JORNADA SEGUNDA
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DIVINAS PALABRAS: JORNADA SEGUNDA: ESCENA PRIMERA
Lugar de Condes. Viejo caserío con palios de vid ante las puertas. Eras con hórreos y alminares. Sobre las bardas, ladradores perros. El rayar del alba, estrellas que se apagan, claras voces madrugueras, mugir de vacas y terneros. Sombras con faroles entran y salen en los establos oscuros, portando brazadas de yerba. Cuece la borona en algún horno, y el humo de las jaras monteses perfuma al casal que se despierta. Marica del Reino, acurrucada en el umbral de su casa, se desayuna con el cuenco de berzas.
UNA VECINA
¿Cuido que espera al carretón, tía Marica?
MARICA DEL REINO
Desde ayer que lo espero.
LA VECINA
Pues se demora su cuñada la Gaila.
MARICA DEL REINO
¡Cuñada! Esa palabra me sujeta la lengua. A la gran ladra, como trae otras luces dentro del fol, la toma el escuro sobre los caminos, y se pasa la noche por ventorrillos y tabernas, perdiendo la conducta.
LA VECINA
Cuando tiene una copa, muy divertida se pone. ¡San Blas, lo que pudimos reír con ella estos tiempos pasados en el ventorrillo de Ludovina! El Ciego de Gondar, que también estaba a barlovento, la requería para que se le juntase, y ella le cerraba la boca con cada sentencia...
MARICA DEL REINO
Pues el ciego es agudo.
LA VECINA
Pues no le valía su agudeza. Y todo se lo decían en coplas: El ciego con la zanfona, y ella con el pandero.
MARICA DEL REINO
Milagros del vino, y mal mirar por la conducta.
LA VECINA
¡Si no se paga todo lo que bebe! Muchos la convidan por su labia y por oírle las coplas tan divertidas que saca.
MARICA DEL REINO
¡Es gracia nueva que nunca le conocí! ¡Y no haber modo de redención para el baldadiño! Ni mira por él, ni le remuda la paja del jergón, ni le pasa unas aguas por sus vergüenzas, que está llagado como un San Lázaro. ¡Ay, qué alma negra!
LA VECINA
Pues el carretón rinde su provecho. ¡Algunos quisieran ese bien!
MARICA DEL REINO
A ella le rinde, porque no se duele de pasearlo por soles y lluvias, de feria en feria. Otra cosa acontece conmigo. Como es mi sangre, me compadece, y solamente trabajos me procura. ¡Rodando el carretón todo el día, nunca arribé al estipendio de una peseta!
LA VECINA
Pues su cuñada, en bebida ya lo sobrepasa.
MARICA DEL REINO
A mí me ata la decencia.
LA VECINA
Y cuando ella bebe, convida al carretón.
MARICA DEL REINO
¡No es mérito! También se lo gana.
LA VECINA
Pues el anisado tampoco ha de ser cosa buena para el Inocente.
MARICA DEL REINO
Superado, no. Una copa, si tiene lombrices, se las quema.
LA VECINA
Quedárase en una...
MARICA DEL REINO
¡No me lo digas!
LA VECINA
Y hoy no espere a su cuñada la Mari-Gaila.
MARICA DEL REINO
¡Cállate ese texto! ¡Cuñada! ¡Cuñada! ¡Nunca esa gran bribona lo fuera! ¡Y el hermano mío, tan engañado!
LA VECINA
Tío Pedro canta en los entierros, y la mujer en los ventorrillos.
MARICA DEL REINO
¡Cuánta verdad que las mujeres somos hijas de la Serpiente! ¡Y el hermano mío, tan ajeno de su vergüenza!
LA VECINA
Él solamente ve la moneda.
MARICA DEL REINO
¡Ni eso!
LA VECINA
La Mari-Gaila aventuro que se fue con el carretón a la feria de Viana. No pierde ella ese provecho.
MARICA DEL REINO
¡Y me roba mi día! ¡Santo Tomás, una y no más! Rescato el carretón y no se lo vuelvo. Te lo digo secretamente: La sombra de mi hermana vino a llamar en mi puerta: Ve los trabajos que pasa el hijo de su pecado, y me declaró que no quiere verlo en manos ajenas. Me ordenó hacerme todo el cargo del carretón, y a esa intrusa le pronosticó fierros de cadenas en este mundo y en el otro. ¡Si te digo mentira, que me condene!
LA VECINA
Son cosas que traen los sueños.
MARICA DEL REINO
Estaba bien despierta.
LA VECINA
¿Y talmente habló con el alma de la difunta?
MARICA DEL REINO
¡Talmente! No lo divulgues.
LA VECINA
Sepulto queda.
La vecina entra en su casa a mirar por la lumbre. Pica en el umbral una clueca con pollos, y tres críos, sucios, que enseñan las carnes, se desayunan sobre una higuera.
JORNADA SEGUNDA: ESCENA II
Un soto de castaños, donde hace huelgo la caravana de mendigos, lañadores y criberos, que acuden anuales a las ferias de agosto en Viana del Prior. La Mari-Gaila, gozosa de su nueva ventura, sofocada y risueña, llega tirando del dornajo, por la carretera cegadora de luz.
MIGUELÍN
Mucho te vale el tesoro, Mari-Gaila.
MARI-GAILA
Ni un mal chavo pelón.
EL CIEGO DE GONDAR
¡Si robas la plata con la ocurrencia que sacaste de enseñar las vergüenzas del engendro!
MARI-GAILA
No son tiempos estos en que corra dinero.
EL VENDEDOR DE AGUA DE LIMÓN
El dinero, aun cuando se deje sentir, es a corros, y siempre se duelen los de algún arte.
EL CIEGO DE GONDAR
¡Por acá nos dolemos todos!
MIGUELÍN
No hay dinero, y el que hay lo emboba el Compadre Miau.
MARI-GAILA
¡Séptimo Miau! Tengo oído, y también de su perro Coimbra. A lo que cuentan, es un tuno de mucho provecho.
MIGUELÍN
¡Un condenado!
Mari-Gaila arrima el dornajo a la sombra de los castaños y se sienta a la vera, los ojos y los labios alegres de malicias.
MARI-GAILA
Me va por la pierna una pulga con zuecos, y voy a ver si la cazo. ¡No mires, Padronés!
MIGUELÍN
¿Qué temes? ¿Que te saque tacha? Público es que las piernas tienes tuertas.
MARI-GAILA
Tuertas y encanilladas.
EL CIEGO DE GONDAR
Contigo no hay penas. Puestos los dos a correr ferias y romerías, ganáramos muy buenos machacantes. Y tú ya no dejas esta vida.
MARI-GAILA
Es el bien que me trujo la herencia renegada.
MIGUELÍN
¿Pues no abandonaste el Palacio del Rey?
MARI-GAILA
Abandoné mi casa, donde era reina.
EL VENDEDOR DE AGUA DE LIMÓN
Muy mal le irá a usted, señora, pero tiene usted unas carnes que no tenía.
LA TATULA
¡Y colores!
MARI-GAILA
Toda la vida tuve las colores de una rosa, así me achacaron lo de la bebida. ¡Cuando era la buena conducta!
Ríen los mendigos, negros y holgones, tumbados a la sombra de los árboles. Por la carretera, una niña con hábito nazareno, conduce un cordero encintado, sonriendo extática entre la pareja de sus padres, dos aldeanos viejos. Mozas vestidas de fiesta pasan cantando, entre tropas de chalanes y pálidos devotos que van ofrecidos...
EL VENDEDOR DE AGUA DE LIMÓN
Promete estar superior la feria de Viana.
MIGUELÍN
La feria que estos tiempos suena, es la del Cristo de Bezán.
MARI-GAILA
Esas ferias distantes son buenas para vosotros, que sois cuerpos libres. ¿Pero, adónde voy yo, siete leguas tirando del carretón?
EL CIEGO DE GONDAR
Se busca una buena compañía, y se hace el camino por jornadas. Para sacar del carretón su porqué, las ferias de la montaña. Esas son ferias de mucho bien de Dios.
MARI-GAILA
A donde ese año no falto es al San Campio de la Arnoya.
EL CIEGO DE GONDAR
Y verás tu provecho, si te pones en un acuerdo conmigo.
MARI-GAILA
De acuerdo ya estamos, salvo que tú llames acuerdo al dormir juntos, y eso de mí no lo esperes.
LA TATULA
¡Amén de Dios, si el pecado no puede con vosotros!
MARI-GAILA
Con mi carne de rosas, que este cativo ya me está palpando. ¡Aparta la mano, centellón!
EL CIEGO DE GONDAR
¡No escapes, Mari-Gaila!
MARI-GAILA
Cachea si tienes un mixto.
EL CIEGO DE GONDAR
¿Quieres hacerte la calderada?
MARI-GAILA
¡Mucho penetras!
EL CIEGO DE GONDAR
Me llegaron vientos de sardinas. ¿Y si juntáramos el compango, Mari-Gaila?
MARI-GAILA
De mi banda, solamente puedo poner cuatro arenques que me dieron en una puerta. Es comida que reclama bebida.
EL CIEGO DE GONDAR
Tiéntame las alforjas, que algo bueno viene en ellas.
MARI-GAILA
¡Ay, tunante! Te das el trato de un Padre Prior.
Mari-Gaila, los brazos desnudos y las trenzas recogidas bajo el pañuelo de flores, enciende unas ramas, y se levantan cantando las lenguas de una hoguera. El humo tiende olores de laurel y sardinas, con el buen recuerdo del vino agrio y la borona aceda. Un viejo venerable, que parecía dormido, se incorpora lentamente. Tiene el pecho cubierto de rosarios y la esclavina del peregrino en los hombros.
EL PEREGRINO
A fe que siento, cristianos, no tener cosa que ofreceros para ser parte.
MARI-GAILA
Pues la alforja rumbo mete.
EL PEREGRINO
No guarda otra cosa que mi penitencia.
EL CIEGO DE GONDAR
¡Algún pernil!
EL PEREGRINO
La piedra donde descanso la cabeza cuando duermo.
Abre la alforja y enseña un canto del río con un gran alvéolo redondo y pulido, la huella de largos sueños penitentes. Mari-Gaila, ante aquel prodigio, siente una gozosa ternura.
MARI-GAILA
Llegue acá venturoso, y haremos entre los tres reparto.
EL PEREGRINO
¡Alabado sea Dios!
MARI-GAILA
¡Alabado siempre sea!
Mari-Gaila aparta las sardinas de la lumbre y las pone en una escudilla de peltre. Luego saca el pan y la bota de las alforjas del ciego, y hace un lugar al peregrino en torno de la capa remendada, que sirve de mantel. Mientras come la compañía, el ciego, con risa socarrona, huele su sardina puesta sobre una tajada de pan, y alarga la oreja.
EL CIEGO DE GONDAR
El cabezal lo tiene de piedra, pero las muelas aún le ganan. La penitencia es para el mal dormir, que para el mal comer... ¡Contro con el santo!
EL PEREGRINO
Tres días llevaba sin tocar sustento.
EL CIEGO DE GONDAR
¿Indigestado?
EL PEREGRINO
¡Penitente!
EL CIEGO DE GONDAR
Somos viejos en esos engaños, amigo.
El Peregrino acoge tales palabras con gesto seráfico, y el ciego, tras de refrescar la boca con el trago, torna a reír. Miguelín el Padronés, que en las mismas sombras remienda un paraguas, hace un guiño maleante y silba un aire. La pareja de tricornios, negra y polvorienta, penetra en las sombras del soto donde sestea la taifa de hampones. Viéndola llegar, todos callan, y la pareja, inquiridora, cruza entre unos y otros.
UN GUARDIA
¿No estuvo aquí uno que hasta hace poco corría las ferias con una mujer de la vida? El Conde Polaco.
EL CIEGO DE GONDAR
Aquí no tratamos con gente tan política.
EL OTRO GUARDIA
Es el nombre con que viene reclamado.
EL CIEGO DE GONDAR
El nombre se cambia más pronto que la pelleja.
MIGUELÍN
¿En qué oficio se emplea ese sujeto, Señores Guardias?
UN GUARDIA
En los más peores, y se me representa extraño que os sea desconocido.
EL CIEGO DE GONDAR
Unos corremos el mundo con honradez, y otros sin ella.
MARI-GAILA
Ya se les alcanza a los Señores Guardias.
EL OTRO GUARDIA
Yo, para no equivocarme, os ponía a todos a la sombra. ¡Cuidado con lo que se hace, que andamos vigilantes!
MARI-GAILA
Nuestras obras están a la luz del sol, Señores Guardias.
UN GUARDIA
¡Pues mucho ojo!
Los señores Guardias, adustos, partida la jeta cetrina por el barboquejo de hule, se alejan bajo miradas de burla y temor. El correaje, los fusiles, los tricornios, destellan en la carretera cegadora de luz.
EL CIEGO DE GONDAR
¡No hay prenda como la vista! Estos son más ciegos que los que andamos a las escuras.
MIGUELÍN
Pudiera suceder.
EL CIEGO DE GONDAR
Me parece que señalamos al mismo santo.
MIGUELÍN
Yo nada aventuro.
EL CIEGO DE GONDAR
Pues mi boca está sellada.
MARI-GAILA
¡Qué hablar por cifra!
EL CIEGO DE GONDAR
Acá nos entendemos.
MIGUELÍN
¡Miau!
El taimado mozuelo, recostado en el tronco de un árbol, abre el paraguas por juzgar del arte con que puso el remiendo, y silba un nuevo aire. Mari-Gaila, procurando tomarle al oído, escucha con una sonrisa quieta y los ojos entornados.
MARI-GAILA
¡Linda tocata! Parece habanera.
EL VENDEDOR DE AGUA DE LIMÓN
El Compadre Miau vino con ella del fin del mundo.
MARI-GAILA
Será de reír la primera vez que nos encontremos. No le conozco, y llevo tres noches que sueño con él y con su perro.
MIGUELÍN
Falta que el hombre de tu sueño tenga la cara del Compadre.
MARI-GAILA
Padronés, si tal acontece, también te digo que tiene pacto.
JORNADA SEGUNDA: ESCENA III
La Mari-Gaila rueda el dornajo y dice donaires. Para convocar gentes bate el pandero. Claros de sol entre repentinas lluvias. Tiempo de ferias en Viana del Prior. Rinconada de la Colegiata. Caballetes y tabanques bajo los soportales: Verdes y rojas estameñas, jalmas y guarniciones. Un campo costanero sube por el flanco de la Colegiata. Sombras de robles con ganados. A las puertas del mesón, alboroque de vaqueros, alegría de mozos, refranes de viejos, prosas y letanías de mendicantes. Miguelín el Padronés, bajo la mirada de la mesonera, laña una fuente de flores azules. Coimbra, vestida de colorines, irrumpe entre el gentío, y el alcázar del pájaro mago aparece sobre los hombros del farandul, que ahora se cubre el ojo izquierdo con un tafetán verde. El Compadre Miau levanta su tabanque a la puerta del mesón, y tañe la flauta haciendo bailar a Coimbra. El pájaro mago entra y sale en su alcázar, profetizando. Mari-Gaila se arregla sobre los hombros el pañuelo de flores, y buscando que la mire el farandul, canta una copla en el ritmo habanero que mueve la flauta del Compadre.
MARI-GAILA
¡Yo quisiera vivir en la Habana, A pesar del calor que hace allí, Y salir al caer de la tarde A paseo en un quitrí!
MIGUELÍN
¿Reconoces al hombre de tu sueño?
MARI-GAILA
Cambia por el ojo que lleva tapado.
MIGUELÍN
Compadre Miau, una suerte del pajarito para esta mujer. Yo la abono.
EL COMPADRE MIAU
Yo se la regalo, que más merece por su gracia. Colorín, saca la suerte de esta señora. Colorín, interroga su estrella.
MARI-GAILA
Mi suerte es desgracia.
Colorín, caperuza verde y bragas amarillas, aparece en la puerta de su alcázar, con la suerte en el pico. Mari-Gaila recoge el billete, y sin desdoblarlo se lo entrega al farandul, que hace la lectura en una rueda de rostros atentos.
LECTURA DEL COMPADRE MIAU
«Venus y Ceres. En esta conjunción se descorren los velos de tu Destino. Ceres te ofrece frutos. Venus, licencias. Tu destino es el de la mujer hermosa. Tu trono, el de la Primavera.»
MARI-GAILA
¡Quebrados aciertos! Mi suerte es desgracia.
Bajo el parral ancho y corrido sobre las puertas del mesón, las figuras se definen en una luz verdosa y acuaria. Miguelín el Padronés, lañada la fuente, se arrima al corro, la lengua sobre el lunar, la risa torcida, recogidos los brazos, el andar ondulante.
MIGUELÍN
¿Qué representa el ojo que lleva usted cubierto, Compadre Miau?
EL COMPADRE MIAU
Que con uno me basta para conocerle a usted las intenciones, Comadre Maricuela.
MARI-GAILA
Vuelve por otra, Padronés.
EL COMPADRE MIAU
¿No me hace gracia el ojo tapado? ¿Dígalo usted, señora?
MARI-GAILA
Si usted se lo descubre, amigo, podré compararlo.
EL COMPADRE MIAU
Luego nos apartaremos secretamente para el cotejo. ¿Hace?
MARI-GAILA
¿Qué representa esa palabra?
EL COMPADRE MIAU
¿Quiere decir si quedamos convenidos?
MARI-GAILA
Si usted lo desea.
El Ciego de Gondar, con la montera derribada y una taza de vino entre las manos, asoma en la puerta del mesón. Tiene la risa jocunda del mosto y del yantar.
EL CIEGO DE GONDAR
Mari-Gaila, ven a echar un trago.
MARI-GAILA
Se agradece.
EL CIEGO DE GONDAR
Bebe para refrescar la voz, Mari-Gaila. Adentro oí tu copla.
Mari-Gaila enjúgase los labios con un pico del pañuelo que lleva a la cabeza, recibe la taza desbordante y roja de manos del ladino viejo, y bebe gorjeando el vino en la garganta.
MARI-GAILA
¡Es canela!
EL CIEGO DE GONDAR
Propio del Condado.
MARI-GAILA
Y con estas calores se aprecia doblemente.
EL CIEGO DE GONDAR
¿Quieres catar ahora un blanco que hay de Amandi? ¡Sabe a fresas!
MARI-GAILA
¡Buena vida te das!
EL CIEGO DE GONDAR
Si quieres catarlo, entra.
MARI-GAILA
¿Y si da en mareárseme la chola?
EL CIEGO DE GONDAR
Nos subimos a dormir al sobrado.
MARI-GAILA
¡Condenada tema! ¿Cómo estás tú sin una buena rapaza?
EL CIEGO DE GONDAR
Las rapazas solamente valen para sí. Un ciego requiere mujer lograda.
EL COMPADRE MIAU
¡Más parece al contrario! Como no ve, no puede apreciar hermosura, y cuando palpe querrá encontrar las mollas prietas.
EL CIEGO DE GONDAR
¿Tú, cómo las tienes, Mari-Gaila?
LA VENTERA
Después de parir, no hay mollas duras.
MARI-GAILA
Eso va en la condición de cada mujer. Yo, después de parir tenía la carne que no se me agarraba un repulgo.
EL CIEGO DE GONDAR
Deja ver cómo las tienes ahora.
MARI-GAILA
Para que te acompañe, has de tener las manos quedas.
EL COMPADRE MIAU
¡Si usted se va, no podremos hacer el cotejo!
MARI-GAILA
¿Habla usted del cotejo del ojo biroque?
EL COMPADRE MIAU
¡Cabal!
MARI-GAILA
Nos juntamos luego.
EL COMPADRE MIAU
¿Quiere usted esperarme en el mesón?
MARI-GAILA
Con este amigo le aguardo, si no se tarda.
Mari-Gaila bate en la espalda del viejo ladino, y penetra en el mesón, tirando del dornajo. Antes de desaparecer en la oscuridad del zaguán, se vuelve, y con un guiño dice abur a los que se quedan.
EL COMPADRE MIAU
El garbo de esa mujer no es propio de estos pagos. ¡Y el pico!
EL VENDEDOR DE AGUA DE LIMÓN
¡Pues no se dan las pocas mujeres de gusto y postín en esta tierra! Y usted habrá oído de una que tiene fama en el mundo. ¡La Carolina Otero! Pues esa es hija del legoeiro de San Juan de Balga. ¡Esa, la propia que se acuesta con el rey de los franceses!
EL COMPADRE MIAU
Los franceses no tienen rey.
EL VENDEDOR DE AGUA DE LIMÓN
Pues del que manda allí.
EL COMPADRE MIAU
Allí es República, como debiera serlo la España. En las Repúblicas manda el pueblo, usted y yo, compadre.
EL VENDEDOR DE AGUA DE LIMÓN
Pues entonces, ¿con quién se acuesta la hija del legoeiro de San Juan de Balga? ¡Porque la historia es cierta! ¡Y ahí tiene usted una hija que no se olvida de su madre! ¡La sacó de andar a pedir, y la puso taberna!
LA TATULA
¡Y pensar que una suerte como esa pudo tener la Mari-Gaila!
MIGUELÍN
Coplas de este amigo.
EL VENDEDOR DE AGUA DE LIMÓN
Este amigo, por tener andado mundo, debe entenderlo.
EL COMPADRE MIAU
Esa mujer, en unas manos que supiesen conducirla, pudo llegar adonde la otra.
EL VENDEDOR DE AGUA DE LIMÓN
¡Mucho decir es!
EL COMPADRE MIAU
No soy el primero. Colorín también se lo ha pronosticado, y en su pico está toda la ciencia de lo venidero. ¡A la suerte del pajarito, señoras y señores! ¡A la suerte del pajarito, que les descorrerá el velo del porvenir! ¡Señoras y señores, a la suerte del pajarito!
JORNADA SEGUNDA: ESCENA IV
La quintana de San Clemente, a la caída de la tarde, en la hora de las Cruces. Está llena de pájaros y de sombras casi moradas. Pedro Gailo, el sacristán, pasea por el pórtico, batiendo las llaves. Con las barbas grises sin afeitar y las mejillas cavadas, el sacristán tiene algo que recuerda la llama amarilla de los cirios. Salen de la iglesia las últimas mujerucas, y reza sobre la tierra fresca de una sepultura, Marica del Reino.
PEDRO GAILO
¡Adiós, Marica! Al salir cierra la cancela.
MARICA DEL REINO
No te vayas sin hablar conmigo. Déjame rematar este Gloria.
El sacristán se sienta en el muro del atrio sonando las llaves. Marica del Reino se santigua. El hermano la ve venir sin moverse.
MARICA DEL REINO
¿Qué era lo tratado?
PEDRO GAILO
¿Por dónde vienen esas palabras, Marica?
MARICA DEL REINO
¿Y no se te alcanza? ¡Pues es manifiesto!
PEDRO GAILO
Si no haces más luz...
MARICA DEL REINO
¿Qué fue del carretón?
PEDRO GAILO
Cuanto tú sabes, cuanto sé.
MARICA DEL REINO
¡Así dejas que la mujer se te vaya extraviada!
PEDRO GAILO
Tiene quien le cubra la honra.
MARICA DEL REINO
¡Ay, hermano mío, otro tiempo tan gallo, y ahora te dejas así picar la cresta! ¿Qué te dio esa mala mujer que de tu honra no miras?
PEDRO GAILO
¡Llegas como la serpiente, Marica!
MARICA DEL REINO
¡Porque te hablo verdad, me motejas!
PEDRO GAILO
¡Te dejas mucho llevar de calumnias, Marica!
MARICA DEL REINO
¡Calumnias! ¡Ojalá lo fueran, que esa mala mujer, con su conducta, es oprobio de nuestras familias!
PEDRO GAILO
¡Tanto hablar, tanto hablar, pudiese acontecer que diese fin de mi prudencia! Ya no le queda más que el rabo.
MARICA DEL REINO
¡Acaba de desollarlo, y paga en esta tu hermana, que lo es, la rabia de tu honra!
PEDRO GAILO
No iban por ti mis palabras, aunque bien pudieran ir. ¡Son muchas las malas lenguas!
MARICA DEL REINO
¡Ya se te caerá la venda, hermano mío!
PEDRO GAILO
¿Qué puñela quieres que haga? ¡Tú buscas que tu hermano se pierda!
MARICA DEL REINO
¡Busco que no sea consentido!
PEDRO GAILO
¡Que se pierda!
MARICA DEL REINO
¡Tendrás honra!
PEDRO GAILO
¡La honra de una cárcel!
MARICA DEL REINO
No te digo que la mates, pero májala.
PEDRO GAILO
Se me vuelve.
MARICA DEL REINO
No le darás a ley.
PEDRO GAILO
Estoy resentido de pecho. ¡Considera!
MARICA DEL REINO
¡Por qué considero!
PEDRO GAILO
Para alcanzar alguna cosa tendría que matarla. Las tundas no bastan, porque se me vuelve. ¡Considera!
MARICA DEL REINO
Pues desuníos.
PEDRO GAILO
Nada se remedia.
MARICA DEL REINO
Esa mala mujer te tiene avasallado.
PEDRO GAILO
Si un día la mato me espera la cadena.
MARICA DEL REINO
¡Eres bien sufrido!
PEDRO GAILO
¡Tú quieres que yo me pierda, y tanto harás que me subirás a la horca! ¡Me hilan el cáñamo las malas lenguas, y llaman sobre mí al verdugo! ¡Por perdido me cuento! ¡Tendrás, Marica, un hermano ahorcado! ¡Esta noche saco los filos al cuchillo! ¡No quisiera sobre mi alma tus remordimientos!
MARICA DEL REINO
¡A mí me culpas! Si tienes perdida la honra y miras por cobrarla, será tu sino que así sea.
PEDRO GAILO
El sino que me dan las lenguas murmuradoras. ¡Abrasadas sean tantas malas lenguas! ¡Así se pierde a un hombre de bien que iba por su camino sin faltar! ¡Cuitado de mí! ¡Marica, hermana mía, cómo de considerarlo no te entra la mayor pena!
MARICA DEL REINO
El corazón tengo cubierto.
PEDRO GAILO
¡Ay, qué negro calabozo el que me dispones!
MARICA DEL REINO
¡En qué hora triste fuiste nacido! ¡Jamás de los jamases me quitaré el luto de encima, si llevas a cabo tu mal pensamiento! ¡Ay, hermano mío, antes quisiera verte entre cuatro velas que sacando filo al cuchillo! ¡Celos con rabia a la puerta de la casa, nunca dictaron buen consejo! ¡Ay, hermano mío, sentenciado sin remedio! ¡Cuando quieres mirar por tu honra, te echas encima una cadena! ¡Esconde el cuchillo, hermano mío, no le saques filo! ¡No te comprometas, que solamente de considerarlo, toda el alma se me enciende contra esa mala mujer! ¡La gran anabolena se desvaneció con el carretón! ¡Ay, hermano mío! ¿Por qué es tan tirana la honra, que te ordena cachear, en busca de esa mujer, hasta los profundos de la tierra?
Las voces declamadoras de aquella vieja, en el silencio del atrio lleno de sombras moradas, de fragancias de rocío, de vuelos inocentes de pájaros, tienen el sentido de las negras sugestiones, en la primera inocencia sagrada. El sacristán huye por el camino de la aldea: La sotana escueta y el bonete picudo ponen en su sombra algo de embrujado: Se vuelve, perdido entre los maizales llenos del rezo de anochecido, y levanta los brazos negros, largos, flacos.
PEDRO GAILO
¡Me entregas al pecado! ¡Me entregas al pecado!
JORNADA SEGUNDA: ESCENA V
Cielo estrellado. Una garita de carabineros medio tumbada en la playa y deshaciéndose. Olas de mar con perfiles de plata abren sobre las peñas; se mecen sombras de masteleros; alumbran las boyas lejanas; en la taberna del puerto hay coplas y cartas. Mari-Gaila llega tirando del dornajo, y escucha, acurrucándose en la sombra de la garita. Suenan livianos unos cascabeles. Coimbra corre la playa olfateando. Y se destaca, por negro, en la puerta iluminada de la taberna, la figura de Séptimo Miau. Mari-Gaila le cecea, y en la sombra de la garita se juntan los dos.
MARI-GAILA
Vamos más lejos.
SÉPTIMO MIAU
No se sobresalte usted.
MARI-GAILA
Miro por mi honra. Si aciertan a vernos juntos, ya están levantando un enredo.
SÉPTIMO MIAU
Podemos ocultarnos en la casilla.
MARI-GAILA
No le quiero a usted tan cerca, amigo. Retire usted el brazo.
SÉPTIMO MIAU
Ya está usted amenazándome con las uñas.
MARI-GAILA
Es mi modo. ¿Y cómo va usted por el mundo sin una buena compañera?
SÉPTIMO MIAU
Aún no pude ganar un corazón.
MARI-GAILA
¿A quién requirió usted, que alcanzó tan mala correspondencia?
SÉPTIMO MIAU
De mujeres maldigo.
MARI-GAILA
Por ellas ciega.
SÉPTIMO MIAU
Por una sola, que es usted.
MARI-GAILA
¡Cuánta calor!... Pues iba el amigo acompañado, no hace mucho, de una buena hembra.
SÉPTIMO MIAU
Usted la ha conocido.
MARI-GAILA
Oí conversas. ¿Qué ha sido de ella?
SÉPTIMO MIAU
Se ha suicidado.
MARI-GAILA
¿Qué representa tal palabra?
SÉPTIMO MIAU
Que ella misma se ha dado muerte.
MARI-GAILA
¿De verse abandonada?
SÉPTIMO MIAU
De falta de cabeza.
MARI-GAILA
O de mucho amor.
SÉPTIMO MIAU
¿Por usted no se ha matado ningún hombre?
MARI-GAILA
¡Cómo se chulea!
SÉPTIMO MIAU
Pues seré yo el primero.
MARI-GAILA
No tiene mi cara ese mérito.
SÉPTIMO MIAU
Usted no puede apreciarlo.
MARI-GAILA
¡Qué labia gasta!
SÉPTIMO MIAU
Usted no querrá mi muerte.
MARI-GAILA
Ni la de usted ni la de nadie. ¡Demonio fuera! ¡No me pase usted el brazo!
SÉPTIMO MIAU
¿Tiene usted cosquillas?
MARI-GAILA
Sí las tengo. ¡Estese quieto el amigo, que llega gente!
SÉPTIMO MIAU
Nadie llega.
MARI-GAILA
Puede llegar. ¡Es usted atrevido!
SÉPTIMO MIAU
Vamos a entrarnos en la casilla.
MARI-GAILA
¡Le acudió buena tema!
El farandul empuja suavemente a la coima, que se resiste blanda y amorosa, recostándose en el pecho del hombre. Los cohetes abren sus luces de colores y cabrillean sobre el mar. Clamoreo de campanas que tocan a vísperas. En la súbita claridad de los cohetes aparecen las torres de la Colegiata. Mari-Gaila, en la puerta de la garita, se agacha y levanta un naipe caído en la arena.
MARI-GAILA
¡Las siete espadas! ¿Cómo se interpreta?
SÉPTIMO MIAU
Que de siete trabajos te recompensas durmiendo esta noche con Séptimo.
MARI-GAILA
¿Y si duermo la semana?
SÉPTIMO MIAU
De tu vida entera.
MARI-GAILA
¡Se proclama usted Dios!
SÉPTIMO MIAU
No conozco a ese sujeto.
Mari-Gaila se detiene resistiéndose a entrar en la garita, entorna los ojos respira con reír alegre de vino y licencias. Dejándose abrazar del farandul, murmura con transporte:
MARI-GAILA
¿Eres el Conde Polaco?
SÉPTIMO MIAU
Deja esos cuentos.
MARI-GAILA
¿No lo eres?
SÉPTIMO MIAU
No lo soy; mas pudiera suceder que le conociese.
MARI-GAILA
Pues si es tu amigo, cumples dándole el santo de que le buscan los Guardias.
SÉPTIMO MIAU
¿Piensas que él no lo sepa? ¡Ya estará advertido!
MARI-GAILA
¿Tú no lo eres?
SÉPTIMO MIAU
Cambia la tocata.
MARI-GAILA
Por cambiada.
SÉPTIMO MIAU
Entra.
MARI-GAILA
¿Y qué hago del carretón?
SÉPTIMO MIAU
Lo dejas fuera. Entramos, pecamos y nos caminamos.
MARI-GAILA
Lindo verso.
SÉPTIMO MIAU
¡Hala!
MARI-GAILA
¡Séptimo, no me aprecias!
El farandul muerde la boca de la mujer, que se recoge suspirando, fallecida y feliz. El claro de luna los destaca sobre la puerta de la garita abandonada.
SÉPTIMO MIAU
¡Bebí tu sangre!
MARI-GAILA
A ti me entrego.
SÉPTIMO MIAU
¿Sabes quién soy?
MARI-GAILA
¡Eres mi negro!
JORNADA SEGUNDA: ESCENA VI
La casa de los Gailos. En la cocina, terreña y a tejavana, ahúma el pábilo sainoso del candil, y las gallinas se acogen bajo la piedra morna de las llares. Simoniña, dando cabezones tras un cañizo, soltábase los refajos para dormir, y el sacristán bajaba del sobrado, descalzo y cubierto con una sotana vieja. En una mano trae negro cuchillo carnicero, y en la otra un pichel. Hablando con su sombra se sienta a canto de la piedra larera.
PEDRO GAILO
¡He de vengar mi honra! ¡Me cumple procurar por ella! ¡Es la mujer la perdición del hombre! ¡Ave María, si así no fuera, quedaban por cumplir las Escrituras! ¡De la mujer se revira la serpiente! ¡Vaya si se revira! ¡La serpiente de las siete cabezas!
SIMONIÑA
¿Qué barulla mi padre? ¡Ande a dormir!
PEDRO GAILO
Callar la boca es obediencia.
SIMONIÑA
Hoy achicó fuera de ley. ¡Ande a dormir, borrachón!
PEDRO GAILO
Tengo de sacar filo al cuchillo.
SIMONIÑA
¡Borrachón!
PEDRO GAILO
¡Toda la noche a la faena!... ¡Para vengar mi honra! ¡Para procurar por ella! ¡Ya va dando los filos! ¡Es mi suerte que me pierda! ¡Sin padre y sin madre te vas a encontrar, Simoniña! ¡Considera! ¡Mira cómo el cuchillo da los filos! ¡Tiene lumbres de centellón! ¿Y tú, tan nueva, qué harás en este valle de lágrimas? ¡Ay, Simoniña, el fuero de honra sin padre te deja!
SIMONIÑA
¡Condenada tema diole la aguardiente!
PEDRO GAILO
¡Sin padre te quedas! Con este cuchillo he de cortar la cabeza de la gran descastada, y con ella suspendida por los pericos iré a la presencia del Señor Alcalde Mayor: Usía ilustrísima mandará que me prendan. Esta cabeza es la de mi legítima esposa. Mirando por mi honra se la rebané toda entera. Usía ilustrísima tendrá puesto en sus textos el castigo que merezco.
SIMONIÑA
¡Calle, mi padre, que toda la sangre se me hiela! ¡Levantáronle la cabeza con cuentos! ¡Ay, qué almas negras!
PEDRO GAILO
¿La mujer que se desgarra del marido, qué pide? ¿Y los malos ejemplos, qué piden? ¡Cuchillo! ¡Cuchillo! ¡Cuchillo!
SIMONIÑA
¡No se encienda en malos pensamientos, mi padre!
PEDRO GAILO
¡Está escrito! ¡Mujer, pagarás tu vilipendio con la cabeza rebanada!... Te quedas huérfana, y lo mereces por rebelde. No me da ninguna dolor de tu orfandad. Pues a lo mío. ¡Mira cómo el cuchillo reluce!
SIMONIÑA
¡Arrenegado! Usted no es mi padre. El Demonio revistiose en su forma. ¡Tres veces arrenegado! ¿Qué gran culpa es la de mi madre? ¿Dónde se manifiesta?
PEDRO GAILO
¡Su culpa tú no la ves! ¡Cacheas por ella, y no la ves! ¿Y ves al viento que levanta las tejas? ¡Tu madre tiene sentencia de muerte!
SIMONIÑA
¡Ay, mi padrecito, esperemos que Dios se la mande! Usted no se cubra las manos de sangre. ¡Mire que habrá de verlas siempre manchadas! ¿Y quién nos dice que mi madre no volverá?
PEDRO GAILO
¡Oveja que descarría, clamará en cortaduría! No te pongas de por medio, Simoniña. ¡Desapártate! ¡Déjame que prenda de los pericos a esa mala mujer! ¡He de arrastrarla por la cocina! ¡Berrea, gran adúltera! Llevarás una piedra entre los dientes, como los puercos.
SIMONIÑA
Repórtese, mi padrecito. Beba otra copa, y duérmase.
PEDRO GAILO
¡Calla, rebelde! ¿Por qué abriste la puerta para que se esvaneciese? Enterrada al pie del hogar, nunca descubierta sería...
SIMONIÑA
Ha de ser una cueva bien honda, y ahora le cumple tomar ánimos con un trago.
En camisa, descubiertos los hombros, toma el pichel del aguardiente y lo levanta sobre la boca del borracho, que lo aparta con una mano y cierra los ojos.
PEDRO GAILO
Bebe tú primero, Simoniña.
SIMONIÑA
¡Es anisado!
PEDRO GAILO
Bebe tú y déjame una gota. ¡La mujer se desgarra de su casa!
SIMONIÑA
Apure lo que resta, y espante los malos pensamientos.
PEDRO GAILO
La mujer se debe al marido, y el marido a la mujer. Los dos usan de sus cuerpos por el Santo Sacramento.
SIMONIÑA
Si quiere mujer ha de hallarla, que no es tan viejo ni tan cativo. Usted busque el amigarse fuera de casa, que otra a gobernar, aquí no entra.
PEDRO GAILO
¿Y si de noche el enemigo me solivianta, que es muy tentador? ¡Muy tentador, Simoniña!
SIMONIÑA
Con latines lo espanta.
PEDRO GAILO
¿Si me llama a pecar contigo?
SIMONIÑA
¡Demonio fuera!
PEDRO GAILO
Cúbrete los hombros, que el pecado está en mí revestido.
SIMONIÑA
Beba y duérmase.
PEDRO GAILO
¡Qué piernas redondas tienes, Simoniña!
SIMONIÑA
Si toda yo soy repolluda, no había de tener flacas las piernas.
PEDRO GAILO
¡Y eres blanca!
SIMONIÑA
No mire lo que no debe.
PEDRO GAILO
Vístete un refajo, y vamos a minar la cueva.
SIMONIÑA
¿Otra vez vuelve con el mismo delirio?
PEDRO GAILO
¡Me parte la cabeza!
SIMONIÑA
Ande para la cama.
PEDRO GAILO
¿Para qué cama, venturosa? Si no has de estar conmigo en la cama, no voy a ella.
SIMONIÑA
Pues deje el cuchillo. ¡Era buena burla acostarnos los dos!
PEDRO GAILO
Vamos a jugársela.
SIMONIÑA
¿Ya no piensa en rebanar ningún pescuezo?
PEDRO GAILO
Calla la boca.
SIMONIÑA
Póngase en pie, y no me pellizque las piernas.
PEDRO GAILO
¡Eres canela!
Simoniña conduce al borracho a la yacija, tras el cañizo, y le empuja, sofocada. Cayéndole la camisa por los hombros, y deshecha la trenza, descuelga el candil y sube a dormir en el sobrado. La voz nebulosa del sacristán sale del cocho de paja.
PEDRO GAILO
¡Ven, Simoniña! ¡Ven, prenda! Pues que me da corona, vamos nosotros dos a ponerle otra igual en la frente. ¿Dónde estás, que no te apalpo? Ahora tú eres mi reina. Si coceas, no lo eres más. Le devolvemos su mala moneda. ¡Cómo ríe aquel Demonio colorado! ¡Vino a ponérseme encima del pecho! ¡Tórnamelo, Simoniña!... ¡Prenda! ¡Espántamelo!
Simoniña, con el candil en la mano, escucha acurrucada en la escalera. El borracho comienza a roncar, y las palabras borrosas que dibujan la línea del sueño, se distinguen apenas.
JORNADA SEGUNDA: ESCENA VII
Viana del Prior. Clamoreo de campanas. Noche de luceros. Un hostal fuera de puertas. Hacen allí posada mendigos y trajinantes de toda laya, negros segadores, amancebados criberos, mujeres ribereñas que venden encajes, alegres pícaros y amarillos enfermos que, con la manta al hombro y un palo en la mano, piden limosna para llegar al Santo Hospital. El acaso los junta en aquel gran zaguán, sin otra luz que la llama del hogar y la tristeza de un candil colgado a la entrada de las cuadras. Aparece Rosa la Tatula tirando del carretón del enano, llega al mostrador, y se registra la faltriquera al tiempo que ríe toda su boca sin dientes.
LA TATULA
¿Es buena esta peseta, Ludovina?
Ludovina, pequeña, pelirroja, encendida, redonda, hace sonar la moneda y la frota entre los dedos, examinándola a la luz cornuda del candil. Vuelve a saltarla sobre el mostrador.
LUDOVINA
Parece buena. Mírala tú, Padronés.
MIGUELÍN
No tiene tacha.
LA TATULA
¿Quieres ponérmela en perras, Ludovina? Tenía mi recelo de que fuese cativa, por la mano de donde viene. Me la dio el castellano que va con el pajarito.
MIGUELÍN
El Compadre Miau.
LA TATULA
Ese ventolera, que ya encartó con Mari-Gaila. Juntos como dos enamorados quedan en la plaza viendo los castillos de fuego, y como es tanto el gentío, me encomendaron el carretón. Bien hacen en divertirse, que son mozos.
LUDOVINA
De mocedad poco les queda.
MIGUELÍN
El rabo por desollar. Son pieles del mismo pandero.
Del fondo oscuro del zaguán sale a la luz un mozo alto, con barba naciente, capote de soldado sobre los hombros, y el canuto de la licencia al pecho. Tiene cercenado un brazo, y pide limosna tocando el acordeón con una mano.
EL SOLDADO
Mari-Gaila no es mujer para un hombre de ese porte. ¡La otra tenía un garbo y un ceceo más bien puesto!
MIGUELÍN
La otra llevaba un crío a cuestas, y esta lleva en el carretón un premio de la lotería. El Compadre Miau, a ese engendro de la cabeza gorda lo pasea por la redondez de España, sacándole mucho dinero.
EL SOLDADO
No es caso superior. Fenómenos, otros que vemos.
LA TATULA
Mejor enseñados en sus principios.
MIGUELÍN
El Compadre, de un perro con pulgas hizo el sacadineros de Coimbra.
LA TATULA
Mari-Gaila, teniendo el disfrute del engendro, o el medio disfrute, no hacía nada.
EL SOLDADO
No es caso superior.
MIGUELÍN
Es para lucido en una verbena del propio Madrid. Ludovina, dale una copa, que yo la abono, y trae papel, que le haré un bonete.
EL SOLDADO
Para una cabeza tan gorda, será solideo.
EL IDIOTA
¡Hou! ¡Hou!
EL SOLDADO
Tú como sacabas el dinero, era con barbas, una joroba y el bonete colorado.
EL IDIOTA
¡Hou! ¡Hou!
MIGUELÍN
Y con todo te verás, si caes en la mano del Compadre Miau.
LA TATULA
Págale otra copa, y estaos atentos. Cuando tiene dos copas se pone un mundo de divertido. Haz la rana, Laureano.
EL IDIOTA
¡Cua! ¡Cua!
MIGUELÍN
¿Quieres otra copa, Laureano?
EL IDIOTA
¡Hou! ¡Hou!
MIGUELÍN
Dale otra, Ludovina.
LUDOVINA
Ya van tres por tu cuenta, tres perras.
MIGUELÍN
Cóbrate de ese machacante.
LUDOVINA
¡Viva el rumbo!
Miguelín, la boca rasgada por una mala risa, y la lengua sobre el lunar rizoso del labio, hace beber al enano que, hundido en las pajas del dornajo, se relame torciendo los ojos. Bajo la campana de la chimenea resuena deformado el grito epiléptico.
EL IDIOTA
¡Hou! ¡Hou!
MIGUELÍN
Bebe, Napoleón Bonaparte.
EL SOLDADO
Píntale unos bigotes como los del Káiser
MIGUELÍN
Voy a afeitarle una corona.
LA TATULA
Tienes ideas del pecado.
A canto del hogar, un matrimonio de dos viejos, y una niña blanca con hábito morado, reparten la cena. Rosquillas, vino y un pañuelo con guindas. La niña, extática, parece una figura de cera entre aquellos dos viejos de retablo, con las arrugas bien dibujadas y los rostros de un ocre caliente y melado, como los pastores de una Adoración. El grito del idiota pone la flor de una sonrisa en la boca triste de la niña.
LA NIÑA
¿Quieres pan de la fiesta, Laureaniño? ¿Y un melindre?
EL IDIOTA
¡Releche!
LA TATULA
Se encandila viendo a la rapaza. ¡Es muy pícaro!
El idiota agita las manos con temblor de epilepsia, y pone los ojos en blanco. La niña deja sobre el dornajo guindas y roscos, y vuelve a sentarse en medio de los padres, abstraída y extática. Con su hábito morado y sus manos de cera, parece una virgen mártir entre dos viejas figuras de retablo.
LA MADRE
Ludovina, no consientas que tanto le den a beber. ¡A pique de que lo maten!
LA TATULA
¡Maldita palabra!
El idiota, los ojos vueltos y la lengua muerta entre los labios negruzcos, respiraba con ahogado ronquido. La enorme cabeza, lívida, greñuda, viscosa, rodaba en el hoyo como una cabeza cortada. Miguelín el Padronés, sesgando la boca, sacaba la punta de la lengua y mojaba de salivilla el rizo de su lunar. Las otras sombras se inclinaban sobre el dornajo.
LUDOVINA
No le quitéis el aire.
MIGUELÍN
Metedlo de cabeza en el pozo, que eso se le pasa.
LUDOVINA
Tatula, sácalo para fuera. Aquí no quiero más danzas.
Con la boca cada vez más torcida, araña la colcha remendada del dornajo, y sus manos, sacudidas de súbitos temblores, parecen afilarse. La niña y los viejos guardan una actitud cristiana, recogidos tras la llama del hogar.
EL PADRE
Lo acontecido no le acontece a la finada. Aquella tenía mano, pero este pronunciamiento de darle cada uno su copa...
LUDOVINA
Saca para fuera el carretón, Tatula.
MIGUELÍN
Mételo en el pozo, que eso no es nada.
EL SOLDADO
¡Nada más que la muerte!
LUDOVINA
¡Centellón! ¡Que no lo quiero bajo mis tejas!
LA TATULA
¡Acaso no sea muerte total!
LUDOVINA
Yo miro por mi casa: ¡Y tú tienes toda la culpa, Maricuela!
MIGUELÍN
Después de que pago las copas, aún me vienes con apercibimientos.
El enano había tenido el último temblor. Sus manos infantiles, de cera oscura, se enclavijaban sobre la colcha de remiendos, y la enorme cabeza azulenca, con la lengua entre los labios y los ojos vidriados, parecía degollada. Las moscas del ganado acudían a picar en ella. Ludovina había dejado el mostrador.
LUDOVINA
¡Que no quiero compromisos en mi casa! ¡Centellón! ¡A ver cómo os ponéis todos fuera!
LA TATULA
Fuera me pongo. Pero conviene que todos se callen la boca de cómo se pasó este cuento.
LUDOVINA
Aquí ninguno vio nada.
La vieja rueda el dornajo, y en el umbral de la puerta, blanco de luna, aparece la Mari-Gaila. Su sombra, llena de ritmos clásicos, se pronuncia sobre la noche de plata.
MARI-GAILA
¡Salud a todos!
LUDOVINA
Oportuna llegas.
MARI-GAILA
¿Qué misterio se pasa?
LA TATULA
Que la muerte no tiene aviso.
MARI-GAILA
¿El baldadiño?
LUDOVINA
Espichó.
MARI-GAILA
¡Espadas son desgracias! ¿Cómo a Séptimo le daría aviso? ¡Bien quisiera pedirle consejo!
MIGUELÍN
¿Dónde quedó?
MARI-GAILA
Fue llamado del Casino de los Caballeros.
LUDOVINA
El consejo es darle tierra.
MARI-GAILA
¿Tierra bendita?
LUDOVINA
¡No vas a enterrarlo al pie de un limonero!
EL PADRE DE LA NIÑA EXTÁTICA
Cumple en conciencia, y pon al hijo bajo la cruz de la madre.
MARI-GAILA
Habré de caminar toda la noche con el muerto en el carro. ¡Arrenegado el Demonio sea! Échame una copa, Ludovina. Tragos con tragos. Échame otra para que sea medio real. Si por mí preguntase Séptimo...
LUDOVINA
Tendrá respuesta. ¡Mari-Gaila, pónteme fuera! ¡No quiero más sobre mis bienes el aire del muerto!
MARI-GAILA
¡Nuestro Señor Misericordioso, te llevas mis provechos y mis males me dejas! ¡Ya se voló de este mundo quien me llenaba la alforja! ¡Jesús Nazareno, me quitas el amparo de andar por los caminos, y no me das otro sustento! ¡No harás para mí tus milagros, no me llenarás el horno de panes, Jesús Nazareno!
JORNADA SEGUNDA: ESCENA VIII
Noche de luceros. Mari-Gaila rueda el dornajo por un camino blanco y lleno de rumor de maizales. Canta el cuco. Cuando fina, suena la risa tremolante del Trasgo Cabrío. Está sentado sobre un peñasco y con la barba greñuda, estremecida por una ráfaga de viento. Mari-Gaila lo conjura.
MARI-GAILA
¡A la una, la luz de la luna! ¡A las dos, la luz del sol! ¡A las tres, las tablillas de Mosén!
EL CABRÍO
¡Jujurujú!
MARI-GAILA
¡Arrenegado!
EL CABRÍO
¡Esta noche bien me retorciste los cuernos!
MARI-GAILA
¡A las cuatro, el canto del gallo!
EL CABRÍO
¡Jujurujú! ¡Bésame en el rabo!
El paraje se trasmuda. Mari-Gaila atraviesa una calzada por un estero rielante. El Cabrío, sentado sobre las patas, en medio de la vereda, ríe con aquella gran risa que pasa retorciéndose por las perillas de su barba.
MARI-GAILA
¡A las cinco, lo que está escrito! ¡A las seis, la estrella de los Reyes! ¡A las siete, ceras de muerte!
EL CABRÍO
Cuando remates, echaremos un baile.
MARI-GAILA
¡A las ocho, llamas del Purgatorio! ¡A las nueve, tres ojos y tres trébedes! ¡A las diez, la espada del Arcángel San Miguel! ¡A las once, se abren las puertas de bronce! ¡A las doce, el trueno del Señor revienta en las tripas del Diablo Mayor!
Mari-Gaila espera el trueno, y solo oye la risa del Cabrío. Otra vez se trasmuda el paraje. Hay una iglesia sobre una encrucijada. Las brujas danzan en torno. Por la puerta sale un resplandor rojizo, y pasa el viento cargado de humo, con olor de sardinas asadas. El Cabrío, sobre la veleta del campanario, lanza su relincho.
EL CABRÍO
¡Jujurujú!
MARI-GAILA
¡Arrenegado una y mil veces!
EL CABRÍO
¿Por qué me desconoces?
MARI-GAILA
¡Negro, si jamás te vi!
EL CABRÍO
¡Vente conmigo al baile!
MARI-GAILA
De tus romerías saber no quiero.
EL CABRÍO
¡Jujurujú! Te llevaré por los aires, más alto que el Sol y la Luna. ¡Jujurujú!
MARI-GAILA
Tu poder aborrezco.
EL CABRÍO
¿Quieres que te ponga al final de tu camino? Con solo soplar puedo hacerlo.
MARI-GAILA
Ya lo sé que puedes.
EL CABRÍO
Tú en toda la noche no das andado lo que te falta.
MARI-GAILA
¡Arrédrate, Cabrío, y déjame pasar!
Mari-Gaila tira del dornajo sin poder moverlo. Lo siente pesado, como si fuese de piedra. El Cabrío deja oír su relincho.
EL CABRÍO
¡Jujurujú! En toda la noche no arribas a tu puerta. ¿Quieres mi ayuda?
MARI-GAILA
¿Por qué precio me la otorgas?
EL CABRÍO
Por ninguna cosa. En rematando el viaje echamos un baile.
MARI-GAILA
Como solamente fuera eso...
EL CABRÍO
Eso y no más.
MARI-GAILA
Tengo mejor cortejo.
EL CABRÍO
¡Jujurujú! A tu ventura te quedas.
El Cabrío revienta en una risada, desaparece del campanario, cabalgando sobre el gallo de la veleta. Otra vez se trasmuda el paraje, y vuelve a ser el sendero blanco de luna, con rumor de maizales. Mari-Gaila se siente llevada en una ráfaga, casi no toca la tierra. El impulso acrece, va suspendida en el aire, se remonta y suspira con deleite carnal. Siente bajo las faldas la sacudida de una grupa lanuda, tiende los brazos para no caer, y sus manos encuentran la retorcida cuerna del Cabrío.
EL CABRÍO
¡Jujurujú!
MARI-GAILA
¿Adónde me llevas, negro?
EL CABRÍO
Vamos al baile.
MARI-GAILA
¿Por dónde vamos?
EL CABRÍO
Por arcos de Luna.
MARI-GAILA
¡Ay, que desvanezco! ¡Temo caer!
EL CABRÍO
Cíñeme las piernas.
MARI-GAILA
¡Qué peludo eres!
Mari-Gaila se desvanece, y desvanecida se siente llevada por las nubes. Cuando, tras una larga cabalgada por arcos de Luna, abre los ojos, está al pie de su puerta. La Luna grande, redonda y abobada, cae sobre el dornajo donde el enano hace siempre la misma mueca.
JORNADA SEGUNDA: ESCENA IX
Simoniña, en camisa, los pies furtivos y descalzos, desciende la escalera del sobrado. En la cocina, negra y vacía, resuenan los golpes con que llaman a la puerta.
SIMONIÑA
¡Están a petar, mi padre!
PEDRO GAILO
Petar petan...
SIMONIÑA
¿Pregunto quién sea?
PEDRO GAILO
¿Y qué mal puede venir de preguntar?
LA VOZ DE MARI-GAILA
¡Abriréis, condenados!
SIMONIÑA
¡Es mi madre que está de retorno! ¡Como ella es de ley!...
PEDRO GAILO
¡A saber qué achaque la trae!
SIMONIÑA
¿Dónde quedaron los mixtos?
PEDRO GAILO
De mi mano no quedaron.
LA VOZ DE MARI-GAILA
¡Ay, aborrecidos! ¿Es que cuidáis de tenerme toda la noche a la luna?
SIMONIÑA
Estoy a cachear por los mixtos.
LA VOZ DE MARI-GAILA
¡Llevo aquí la vida perdurable!
SIMONIÑA
Aguarde que encienda el candil.
La sombra del sacristán, larga y escueta, asoma por encima del cañizo. Bajo la chimenea, el candil, ya encendido, se mece con lento balance, y la mozuela, cayéndole por los hombros la camisa, levanta las trancas de la puerta. Mari-Gaila se aparece en el claro de luna, negra y donosa. En el camino, medio volcado, está el carretón.
MARI-GAILA
¡Sois piedras cuando os echáis a dormir!
PEDRO GAILO
A los cuerpos cansados del trabajo, no ha de pedírseles que duerman con un ojo abierto, como las liebres.
MARI-GAILA
¿Qué estás a barullar, latino? ¡Así durmieses y no despertases!
PEDRO GAILO
¿No tienes mejores palabras cuando te acoges a tu casa, descarriada?
MARI-GAILA
¡No me quiebres la cabeza!
PEDRO GAILO
¡Más me cumplía, y era el rebanártela del pescuezo!
MARI-GAILA
¡Loqueaste, latino!
PEDRO GAILO
¿Dónde está mi honra?
MARI-GAILA
¡Vaya el cantar que te acuerda!
PEDRO GAILO
¡Te hiciste Pública!
MARI-GAILA
¡A ver si te enciendo las liendres!
SIMONIÑA
¡No comiencen la pelea!
MARI-GAILA
¡Buenos latines cuando perdimos nuestro bien!
SIMONIÑA
¿El baldadiño, mi madre?
MARI-GAILA
Espichó.
PEDRO GAILO
Por modo que... ¿Algún dolor repentino?
MARI-GAILA
Una alferecía. ¡Acabose nuestro provecho!
PEDRO GAILO
Él dejó de padecer, y no miró más.
MARI-GAILA
Cuatro machacantes junté en este medio tiempo.
Mari-Gaila desanuda con los dientes una punta del pañuelo, y haciéndolas saltar en la mano, muestra las cuatro monedas. Simoniña, ante aquellas luces, comienza el planto.
SIMONIÑA
¡Ya se fue el sol de nuestra puerta! ¡Ya se acabó el bien de nuestra casa! ¡Ay, que se fue de este mundo sin mirar por nos!
PEDRO GAILO
Corresponde dar aviso a mi hermana Marica.
MARI-GAILA
Que la rapaza se llegue por su puerta al ser de mañana.
SIMONIÑA
¡Madre del Señor, cómo mi tía se va a poner de remontada! ¡La mar de Corrubedo!
MARI-GAILA
Tú no le hablas palabra. Le dejas el carretón a la puerta, y con la misma, te caminas.
SIMONIÑA
¿He de llevar el carretón?
MARI-GAILA
¡Por sabido, aborrecida! ¡Por sabido! ¡No han de ser nuestras costillas a pagar el entierro!
PEDRO GAILO
¡Y andar en declaraciones!...
SIMONIÑA
Falta que mi tía sea conforme.
MARI-GAILA
Cuando se mire con el carretón a la sombra de las tejas, verá si lo pone en salmuera.
PEDRO GAILO
Determinado de hacer conforme a este hablar, cumple que ello se remate antes de venirse el día.
MARI-GAILA
¡Ahí estás asesado, latino!
SIMONIÑA
No me llego a la puerta de mi tía sin cuatro chinarros en el mandil.
PEDRO GAILO
¡Calla, mal enseñada! ¡Es tu tía y no has de alzarte contra ella!
MARI-GAILA
Si te acoge con malas palabras, le rompes las tejas.
PEDRO GAILO
No hay caso de tal incumbencia, aprovechando el rabo de la noche.
MARI-GAILA
No dictaminas mal.
PEDRO GAILO
Hay que evitar pleitos entre familias. Simoniña, tú le dejas el carretón a la puerta, y te caminas sin promover voces.
SIMONIÑA
Ya pudo mi madre hacerlo cuando acá dio la vuelta.
PEDRO GAILO
Son discursos de hombre.
MARI-GAILA
¡Calla, latino! ¿Consideras que no alcanzo tanta doctrina?
PEDRO GAILO
No te hago de menos, pero el hombre tiene otras luces.
SIMONIÑA
¡Muera el cuento!
MARI-GAILA
Muerto y sepultado. Aprovecha este ínterin de noche y llega con el carretón a la puerta de tu tía.
SIMONIÑA
¡Estoy a temblar!
MARI-GAILA
¡Eres muy dama!
SIMONIÑA
¡El muerto me impone!
MARI-GAILA
Anda a turrar del carretón.
SIMONIÑA
¡Ir por esos caminos tan negros!
MARI-GAILA
Por ellos vino tu madre.
PEDRO GAILO
No seas rebelde, Simoniña.
SIMONIÑA
Venga usted conmigo, mi padrecito.
PEDRO GAILO
Yo te hablaré desde la puerta, Simoniña.
MARI-GAILA
No te dilates con retóricas, aborrecida.
Simoniña se ata el refajo con manos temblorosas, échase el mantelo por la cabeza a guisa de capuz, y sale al camino haciéndose cruces y gimoteando. Por el claro de luna tira del negro carretón, donde la enorme cabeza del idiota, lívida y greñuda, hace su mueca. Las manos infantiles, enclavijadas sobre la cobija, tienen un destello cirial. Pedro Gailo, arrodillado en la puerta, con los brazos abiertos, envía la escolta de sus palabras.
PEDRO GAILO
¡Sé bien mandada!... ¡Llegas en una carrera!... ¿Óyesme?... ¡No lleves temor!... ¡Tienes luna!... ¿Óyesme?...
LA VOZ LEJANA DE SIMONIÑA
¡Hábleme, mi padrecito!
JORNADA SEGUNDA: ESCENA X
Prima mañana, rosadas luces, cantos de pájaros. En la copa de las higueras abren los brazos derrengados peleles, y dos marranos gruñen sobre el dornajo, ante la puerta aún cerrada de Marica del Reino. La vieja, raída y pelona, saca la cabeza por el ventano, y con gritos espanta a las bestias.
MARICA DEL REINO
¡Cache!... ¡Cache!... ¡Cache, grandísimos ladrones!... ¡Nuestro Señor me valga, los bacuriños sobre el carretón! ¡A las calladas me lo trujeron! ¡Las malas almas ni una voz para advertirme!
Marica del Reino, el refajo mal ceñido, y los pechos de cabra seca fuera del justillo, surge del fondo de la cocina, enarbolando la escoba.
MARICA DEL REINO
¡Cache, ladrones! ¡Cache, empedernidos!... ¡Alma, no te espantes! ¡No te me vayas, alma! ¡Ay, que toda la cara le comieron! ¡Devorado! ¡Devorado de los bacuriños! ¡Frío del todo!
A las voces van acudiendo los vecinos: Asoman a los ventanos angostos que se abren al socaire de los tejados, se agrupan en los patines, salen de los establos, envueltos en el vaho de los mugidos. La bruja, toda en un grito, apalea las escurridas ancas de los puercos, que gruñen y dan vueltas en la querencia del carretón. Habla Serenín de Bretal, un viejo docto que ahora apaga un farol en la puerta del establo.
SERENÍN DE BRETAL
Está el mundo desgobernado. Ya las bestias se vuelven sin miramiento para comerse a los cristianos.
Una mujer encinta que, rodeada de críos, está en lo alto de un patín, se santigua y abre los brazos sobre su prole, con expresión triste y resignada de muerte lenta.
LA MUJER EN PREÑEZ
¡Madre de Dios! ¡Madre de Dios!
SERENÍN DE BRETAL
Conócese que durmió el carretón a la luna.
UNA VIEJA EN UN VENTANO
Así pudo suceder.
LA MUJER EN PREÑEZ
¡Madre de Dios! ¡Madre de Dios!
MARICA DEL REINO
¡Calladamente esta noche me lo trujeron, y calladamente se caminaron sin revelarme del sueño con una voz, sin batirme en la puerta! ¡Su negra conducta ocasiona este ejemplo!
LA MUJER EN PREÑEZ
¡Su madre estaba a llamar por él!
MARICA DEL REINO
¡Aquí tenéis este cuerpo frío! ¡Cara y manos le comieron los cerdos! ¡Duélense las entrañas, la vista se duele viendo esta carnicería! ¡Testigos sois! ¡Comido de las bestias!
SERENÍN DE BRETAL
Las bestias no tienen idea.
LA VIEJA DEL VENTANO
¡Es manifiesto!
MARICA DEL REINO
¡Las entrañas se estremecen viendo estos despojos! ¡Abandonado fuiste a mi puerta, Laureaniño! ¡Almas soberbias te trajeron la muerte!
LA VIEJA DEL VENTANO
¡Extraño se hace que al ser mordido no diese voces!
UNA RAPAZA
Y pudiera ser que las diese, tía Justa.
MARICA DEL REINO
Hubiérame revelado del sueño.
LA MUJER EN PREÑEZ
Yo en toda la noche no cerré los ojos.
LA VIEJA DEL VENTANO
¡Se hace extraño!
SERENÍN DE BRETAL
¿Y si era muerto cuando los cerdos vinieron a comer en él? ¡Reparad que no ha corrido la sangre! ¡Y el carretón había de estar encendido! Conócese que murió del relente de la luna, que es una puñalada para estos titulados fenómenos.
LA VIEJA DEL VENTANO
¡A saber si lo trajeron ya muerto!
SERENÍN DE BRETAL
De andar en justicias no os libráis.
MARICA DEL REINO
¡Si hay culpados, no se verán sin cadena!
LA VIEJA DEL VENTANO
¡Muy calladamente vinieron!
MARICA DEL REINO
¡Un levante de barbas honradas había de haber contra este vituperio! ¿Quién te quitó la vida, Laureaniño? ¡Si hablaras tú, cuerpo muerto!
SERENÍN DE BRETAL
No alces esas voces, que son responsabilidades. El carretón finó de muerte propia, que nadie va contra su sustento.
MARICA DEL REINO
¿Quieres decir que acabó bajo mi custodia?
SERENÍN DE BRETAL
Quiero decir que se lo llevó la voluntad del Señor.
MARICA DEL REINO
¿Y por qué del sigilo con que me lo dejaron a la puerta? ¡Acabó en sus manos ladronas!
SERENÍN DE BRETAL
Si es así, tú cumples con volver a llevárselo. Como ellos hicieron, haces.
LA VIEJA DEL VENTANO
¡Aquí hay misterio!
FIN DE LA JORNADA SEGUNDA