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Divinas palabras

JORNADA PRIMERA

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DIVINAS PALABRAS: JORNADA PRIMERA: ESCENA PRIMERA

San Clemente, anejo de Viana Del Prior. Iglesia de aldea sobre la cruz de dos caminos, en medio de una quintana con sepulturas y cipreses. Pedro Gailo, el sacristán, apaga los cirios bajo el pórtico románico. Es un viejo fúnebre, amarillo de cara y manos, barbas mal rapadas, sotana y roquete. Sacude los dedos, sopla sobre las yemas renegridas, las rasca en las columnas del pórtico. Y es siempre a conversar consigo mismo, huraño el gesto, las oraciones deshilvanadas.

PEDRO GAILO

...Aquellos viniéronse a poner en el camino, mirando al altar. Estos que andan muchas tierras, torcida gente. La peor ley. Por donde van muestran sus malas artes. ¡Dónde aquellos viniéronse a poner! ¡Todos de la uña! ¡Gente que no trabaja y corre caminos!...

Pedro Gailo se pasa la mano por la frente, y los cuatro pelos quédanle de punta. Sus ojos con estrabismo miran hacia la carretera donde hacen huelgo dos farandules, pareja de hombre y mujer con un niño pequeño, flor de su mancebía. Ella triste y esbelta, la falda corta, un toquillón azul, peines y rizos. El hombre, gorra de visera, la guitarra en la funda, y el perro sabio sujeto de un rojo cordón mugriento. Están sentados en la cuneta, de cara al pórtico de la iglesia: Habla el hombre, y la mujer escucha zarandeando al niño que llora. A esta mujer la conocen con diversos nombres, y, según cambian las tierras, es Julia, Rosina, Matilde, Pepa la Morena. El nombre del farandul es otro enigma, pero la mujer le dice Lucero. Ella recibe de su coime el dictado de Poca Pena.

LUCERO

Tocante al crío, pasando de noche por alguna villa, convendría soltarlo.

POCA PENA

¡Casta de mal padre!

LUCERO

Pon que no lo sea.

POCA PENA

Tú mismo eres a titularte de cabra.

LUCERO

Pues titulándome padre del crío, considero que no debo legarle mi mala leche.

POCA PENA

¿Qué estás ideando? ¡No te pido correspondencias para mí, te pido que tengas entrañas de padre!

LUCERO

¡Porque las tengo!

POCA PENA

Si el hijo me desaparece, o se me muere por tus malas artes, te hundo esta navaja en el costado. ¡Lucero, no me dejes sin hijo!

LUCERO

Haremos otro.

POCA PENA

¡Ten caridad, Lucero!

LUCERO

Cambia la tocata.

POCA PENA

¡Escapado de un presidio!

Lucero hace un gesto desdeñoso, y con la mano vuelta pega en la boca de la coima, que, gimoteando, se pasa por los labios una punta del pañuelo. Mirando la sangre en el hilado, la coima se ahínca a llorar, y el hombre tose con sorna, al compás que saca chispas del yesquero. Pedro Gailo el sacristán levanta los brazos entre las columnas del pórtico.

PEDRO GAILO

¡A otro lugar era el iros con vuestros malos ejemplos, y no venir con ellos a delante de Dios!

LUCERO

Dios no mira lo que hacemos: Tiene la cara vuelta.

PEDRO GAILO

¡Descomulgado!

LUCERO

¡A mucha honra! ¡Veinte años llevo sin entrar en la iglesia!

PEDRO GAILO

¿Te titulas amigo del Diablo?

LUCERO

Somos compadres.

PEDRO GAILO

Ahora ríes enseñando los dientes, ya te llegará el rechinarlos.

LUCERO

No temo esa hora.

POCA PENA

Hasta las bestias del monte temen.

PEDRO GAILO

Para toda conducta hay premio o castigo, enseña la doctrina de Nuestra Santa Madre la Iglesia.

LUCERO

Cambie usted la tocata, amigo. Esa polka es muy antigua.

PEDRO GAILO

Dios Nuestro Señor no baja su dedo porque yo calle.

LUCERO

¡Bueno!

Una vieja con mantilla de paño pardo sale al pórtico, después otra, más tarde otra. Salen deshiladas, portan agua bendita en el cuenco de las manos y la van regando sobre las sepulturas. La última tira de un dornajo con cuatro ruedas, camastro en donde bailotea adormecido un enano hidrocéfalo. Juana la Reina, sombra terrosa y descalza que mendiga por ferias y romerías con su engendro, interroga al sacristán, de quien es hermana.

LA REINA

¿Cómo no disteis la comunión en la misa?

PEDRO GAILO

No había partículas en el copón.

LA REINA

Hacía cuenta de recibir a Dios. La tierra me llama.

PEDRO GAILO

Sí que estás decaída.

LA REINA

Esta madre roe en mí.

PEDRO GAILO

¡Madre llamas a la tierra! ¡Madre es de todos los pecadores! ¿Y el sobrino va despertándose? Él alumbra algún conocimiento, hermana mía.

LA REINA

¡Malpocado!

Pedro Gailo pone su ojo bizco sobre el enano, que con expresión lela mueve la enorme cabezota. Y la madre le espanta las moscas que acuden a posarse sobre la boca belfa donde el bozo negrea. Tirando del dornajo cruza la quintana y sale a las sombras de la carretera. El perro del farandul, levantado en dos patas, ensaya un paso de danza ante aquella figura triste y color de tierra. Lentamente el animal se dobla, y agacha la cola aullando con el aullido que reservan los canes para el aire del muerto. Lucero silba, y el perro, otra vez en dos patas, va para su amo, que ríe guiñando un ojo.

LUCERO

Este animal tiene pacto con el compadre Satanás.

PEDRO GAILO

Hasta que tope quien le diga los exorcismos y reviente en un trueno.

LUCERO

Reventaremos los dos.

PEDRO GAILO

Con la verdad quieres levantar una duda.

LUCERO

Me has conocido el pecado.

POCA PENA

¡Cuánta pamema!

LUCERO

¡Ven acá, Coimbra! Y mira mucho cómo respondes a una pregunta. Mano derecha para el Sí. Mano siniestra para el No. El rabo te queda para El Qué Sé Yo. Y ahora responde sin mentira: ¿A este amigo su señora le hace Don Cornelio?

Coimbra, siempre en dos pies, reflexiona moviendo la cabeza manchada de negro y azafrán, con cascabeles en la punta de las orejas. Poco a poco, poseída del espíritu profético, queda inmóvil mirando a su dueño, y tras un momento de vacilar, temblantes los cascabeles de las orejas, comienza a mover furiosamente el brazuelo izquierdo.

LUCERO

Amigo, Coimbra responde que no. Ahora va a decirnos otra cosa: ¿Coimbra, tendrías ciencia para conocer si este amigo está llamado a ser de la Cofradía de los Coronados? Mano derecha para el Sí. Mano siniestra para el No. El rabo le queda a usted, señorita, para El Qué Sé Yo.

Coimbra, moviendo la cola y ladrando, vuelve a saltar en dos patas, y con leve y alterno temblor en los brazuelos, se avizora mirando al farandul. Los cascabeles de las orejas tienen un largo y sutil temblor. El farandul sonríe siempre guiñando un ojo, y de pronto la perra se decide a levantar el brazuelo derecho.

LUCERO

¿No estarás equivocada, Coimbra? Saluda, Coimbra, y pide perdón a este amigo de haberle calumniado.

PEDRO GAILO

¡Mala ralea! Burlas de un réprobo no afrentan.

LUCERO

Amigo, hay que tomarlo como juego. ¡Al avío, Poca Pena!

PEDRO GAILO

Mucho vas a reír en los infiernos.

Poca Pena tercia el pañolón, recogiendo al niño en sus pliegues, y el farandul se carga a la espalda la jaula del Pájaro Sabio. Caminan.

POCA PENA

¡Ten entrañas de padre, Lucero!

LUCERO

¡Boca callada!

POCA PENA

Romperé la esclavitud de esta vida. Me desapartaré de ti.

LUCERO

¿Sospechas que iría a cortejarte? Estás engañada.

POCA PENA

Ya fuiste una vez y a un hombre diste muerte.

LUCERO

Mi intención no era.

POCA PENA

Si el golpe venía para mí, ¿por qué lo erraste?

LUCERO

Suspende la tocata. ¿Tiene alpiste el pájaro?

POCA PENA

Se niega a comer.

LUCERO

Coimbra, ¿dónde encontraremos otro? ¿Te parece pedírselo al compadre Satanás?

POCA PENA

¡Pamemas!

Se desconsuela el niño en brazos de la madre, y sobre la espalda del errante bambolea la jaula del pajarito que saca la suerte: Dorada bajo el sol, es Alcázar de la Ilusión.

JORNADA PRIMERA: ESCENA II

Paraje de árboles sobre la carretera. Juana la Reina, en aquellas sombras, pide limosna con el pañuelo de flores abierto en las ribas de la cuneta, y el enano hundido en el jergón del dornajo, vicioso bajo la manta remendada, hace su mueca.

LA REINA

¡Un bien de caridad para el desgraciado sin luz de razón! ¡Miradle tan falto de valimiento!

A lo largo de sus palabras, gime oprimiéndose los vacíos. Y Rosa la Tatula, que en el buen tiempo de romerías y sementeras también pide limosna, le da sus consejos de vieja prudente y doctora.

LA TATULA

Habías de estar en el Hospital de Santiago. ¡Te entró fiera la dolor!

LA REINA

¡Años va que no me deja!

LA TATULA

¡Y fortuna que el hijo te vale un horno de pan!

LA REINA

¡Pudiera él salir de su jergón, aun cuando contra su madre, con un puñal desnudo se viniera!

LA TATULA

Dios Nuestro Señor te lo dio así, y con ello se cumple su divina voluntad.

LA REINA

¿Has visto que vaya contra ella?

Suspirando y tranqueando, con un plato de peltre en las manos, iba al encuentro de los ricos feriantes. Un chalán que conduce novillos del monte, levantándose sobre los estribos, da voces por que se aparte del camino.

EL CHALÁN

¡Eh!... ¡No me espantes el ganado!

La mendiga, oprimiéndose los flancos, vuelve a la sombra de los robles. Tiene los ojos con vidrio, y la boca del color de la tierra. Los juvencos del monte, berrendos en negro, desfilan en una nube de polvo, y el chalán, de perfil romano, encendido y obeso, trota a la zaga.

LA REINA

¡Ay, muero! ¡Ay, muero!

LA TATULA

¿Es mucha la dolor?

LA REINA

¡Un gato que me come en el propio lugar del pecado!

LA TATULA

¡Es mal de ijada!

LA REINA

¡Un trago de anisado dábame la vida!

LA TATULA

Alguno pasará que lleve su caneco.

LA REINA

¡El Señor me abra sus puertas!

LA TATULA

Los trabajos del mundo ganan el Cielo.

LA REINA

¡Este día acabo!

Se dobla con la boca pegada a la tierra, el pelo sobre las mejillas, y las manos arañando la yerba. Bajo el cairel roído del refajo, las canillas y los pies descalzos son de cera. Rosa la Tatula la contempla con expresión de sobresalto.

LA TATULA

¡Prueba a levantarte! ¡No entregues el alma en este camino, criatura! ¡Tienes que hacer confesión y ponerte a las buenas con el Señor!

LA REINA

¡Ay, qué gran romaje! ¡No falta condumio!

LA TATULA

La dolor te priva el sentido.

LA REINA

¡Recogedme ese pañuelo, que no le cabe encima más moneda!... ¡Calla, Laureano!... ¡Ay, qué bueno!...

LA TATULA

¡San Blas! ¿Esto es delirio?

LA REINA

¡Marelo, pon un vaso de agua de limón! ¡Hay dinero, Marelo!... ¡Hay dinero!

LA TATULA

¡Juana Reino, no acabes aquí, que me comprometes! ¡Prueba a tenerte! ¡Vamos para la aldea!

LA REINA

¡Qué estrellón en el Cielo!

La Tatula intenta levantar aquella reliquia doliente, y el cuerpo flácil y deshecho escúrrese alzando los brazos como dos aspas.

LA TATULA

¡Ay, qué rajo!

A lo lejos, bajo chatas parras, sostenidas en postes de piedra, asoma un mozuelo, y tras esta figura se diseña el perfil de otra figura tendida a la sombra. El rapaz, requiriendo el palo, échase a los hombros el tabanquillo de los lañadores. Es Miguelín el Padronés, uno que anda caminos, al cual por sus dengues le suele acontecer en ferias y mercados que lo corran y afrenten. Miguelín lleva arete en la oreja.

LA REINA

¡Acude acá, cristiano!

MIGUELÍN

Si es por que te socorra, ya estoy cerca.

LA TATULA

¡Ven acá, por el alma de quien te trajo al mundo!

MIGUELÍN

Me parió mi suegra.

LA TATULA

Deja esos relatos. ¡La acudió una dolor de alferecía a Juana la Reina!

MIGUELÍN

Friégala con ortigas.

LA TATULA

¡Ven acá, mal cristiano!

MIGUELÍN

Ahora acude el Compadre Miau.

El otro que estaba tumbado a la sombra de las parras, ya se incorporaba y salía a la luz. Es aquel farandul otras veces visto en compañía de una mujer apenada que le llamaba Lucero.

MIGUELÍN

¿Bajamos, Compadre Miau?

EL COMPADRE MIAU

Solamente veríamos la mueca de la muerte.

MIGUELÍN

¿A usted le mandó el aire?

EL COMPADRE MIAU

Hace rato mandóselo a Coimbra.

LA TATULA

¿Qué receláis, cativos?

EL COMPADRE MIAU

Puesto que por nuestro nombre nos llama, vamos para allá caminando.

Los dos compadres bajan hacia la carretera. Miguelín se busca con la lengua un lunar rizoso que tiene a un canto de la boca, y el otro bate el yesquero. En la sombra de los robles yace la pordiosera inmóvil y aplastada. Las canillas desnudas salen del refajo como dos cirios de cera.

LA TATULA

¡Juana Reino! ¡Juana Reino!

EL COMPADRE MIAU

No esperes respuesta: Te cumple llevar aviso a las familias. Solamente declaras media verdad: Que en este paraje le entró dolor, y que con el dolor queda. Esa mujer ya está difunta.

LA TATULA

¡San Blas! ¡Que me cueste andar en justicias tener el corazón de manteca!

EL COMPADRE MIAU

Excusado decir que a mí para nada me nombras...

LA TATULA

¿Y quién advirtió que era muerta?

EL COMPADRE MIAU

No me nombras.

LA TATULA

¿Y si me llaman a declarar?

EL COMPADRE MIAU

No me nombras.

LA TATULA

¡Tanto temor qué representa!

EL COMPADRE MIAU

Tu cuero para un pandero.

El farandul se ha sentado a la sombra de los árboles, y pica dos tagarninas juntas con su navaja de Albacete. Rosa la Tatula, helada y prudente, se calza los zuecos en la orilla de la carretera, requiere el zurrón de espigas, y apoyada en el palo, tranqueando, se parte a llevar la mala nueva. En la fronda del robledo, el idiota, negro de moscas, hace su mueca. Miguelín el Padronés, con la punta de la lengua sobre el lunar rizoso, se escurre ondulando, y mete las manos redondas bajo el jergón del dornajo, de donde saca una faltriquera remendada, sonora de dinero.

EL COMPADRE MIAU

¡El timbre es de plata!

MIGUELÍN

De la que da la gata.

EL COMPADRE MIAU

A verlo vamos.

MIGUELÍN

Esto solamente es negocio mío.

EL COMPADRE MIAU

¡No le creía a usted tan avaro, compadre! Usted no quiere que sea negocio de los dos, y tenemos que ventilarlo.

MIGUELÍN

¿En qué tribunal?

EL COMPADRE MIAU

¿Compadre, quiere usted que el pleito lo sentencie Coimbra?

MIGUELÍN

Compadre, no quiero mi pleito en el Diablo.

El farandul se levanta, liando el cigarro con aquella su navaja de cachas doradas, y apenas anda dos pasos se sienta sobre la arqueta del lañador. Miguelín, con una sonrisa sesga y muy pálido, esconde el bolso entre la faja. Después, bizcando para mirar el tufo que le cae sobre la frente, estalla la lengua.

EL COMPADRE MIAU

¡Maricuela! Si por buenas no arrías el bolso, te mando al corazón la navaja.

MIGUELÍN

¿Qué fue de aquella mujer que iba en su compañía, Compadre?

EL COMPADRE MIAU

Para su tierra caminando.

MIGUELÍN

¿Muy largo camino?

EL COMPADRE MIAU

¡Muy largo!

MIGUELÍN

¿No será el fin del mundo?

EL COMPADRE MIAU

La plaza de Ceuta.

MIGUELÍN

Donde está el gran presidio.

EL COMPADRE MIAU

Y la flor de España.

MIGUELÍN

¿Conoce usted esa ribera?

EL COMPADRE MIAU

Comadre Maricuela, de allá soy escapado. ¿Qué se ofrece?

MIGUELÍN

¡Y mirando que tanto tiene corrido, no será mejor que renuncie a estos cuartos!

EL COMPADRE MIAU

Maricuela, cambia la tocata. Aún estoy por reclamarte un recuerdo en el escalo de la Colegiata de Viana.

MIGUELÍN

Si por sospechas fui a la cárcel, por estar sin culpa a la calle me echaron.

EL COMPADRE MIAU

¿Recuerda usted una ocasión en que estábamos con chanzas en la taberna del Camino Nuevo?

MIGUELÍN

¡Coplas!

EL COMPADRE MIAU

Coimbra le ha designado como de aquel negocio.

MIGUELÍN

¡Coplas!

EL COMPADRE MIAU

Coplas fueron, que escarbando al pie de la ventana por donde se hizo el robo, descubrió este arete. Recóbrelo usted, que es hermano del que lleva en la oreja, y repartamos ese dinero. Y si usted no quiere la prenda, iremos con ella a los Señores Guardias.

MIGUELÍN

¡Cochinos ochavos! ¡Los aborrezco! ¡A pique estuvimos de reñir, compadre! Riña de enamorados.

JORNADA PRIMERA: ESCENA III

Otro camino galgueando entre las casas de un quintero. Al borde de los tejados maduran las calabazas verdigualdas, y suenan al pie de los hórreos las cadenas de los perros. Baja el camino hasta una fuente embalsada en el recalo de una umbría de álamos. Silban los mirlos, y las mujerucas aldeanas dejan desbordar las herradas, contando los cuentos del quintero. Rosa la Tatula llega haldeando, portadora de la mala nueva.

LA TATULA

¡Alabado sea Dios, y qué callada es su divina Justicia! Ahí atrás queda privada del sentido Juana la Reina. Estuve dándola voces, y ni a pie ni a mano. Tiene la color de la muerte. Sin tanta ansia como llevo por estar en la villa, pasábame por la puerta de aquella hermana que tiene en la Cruz de Lesón. ¿Alguna de vosotras, mora por aquel ruero?

UNA MUJERUCA

Puerta con puerta tenemos las casas.

LA TATULA

Ya le podías llevar la mala razón.

UNA MUJERUCA

¿Y a tu consentimiento rindió el alma?

LA TATULA

Que tiene la color de la muerte, es cuanto digo.

OTRA MUJERUCA

Llevaba tiempo que roía en ella el mal. Ya pasó sus trabajos, soles y lluvias, siempre a tirar del carretón. ¿Qué suerte tendrá ahora el engendro? ¿Adónde rodará?

LA TATULA

Conforme al modo que ello se considere, es una carga y no la es. Juana la Reina achicaba en un día más bebida que una de nos achica en un año, y la bebida no la dan sin moneda. Por su engendro tenía mantenencia. ¡Mal sabéis lo que se gana con un carretón! No hay cosa que más compadezca los corazones. Juana la Reina sacaba un diario por riba de siete reales. ¿Y adónde vas tú, cuerpo sano, que saques ni medio de ese estipendio?

Dos mujeres, madre e hija, con los cántaros en la cabeza, bajan por el sendero a la umbría de la fuente. La madre, blanca y rubia, risueña de ojos, armónica en los ritos del cuerpo y de la voz. La hija, abobada, lechosa, redonda con algo de luna, de vaca y de pan.

UNA MUJERUCA

Cara aquí vienen las Gailas. Esas son familias.

LA TATULA

Mari-Gaila, casada con un hermano carnal de la difunta. Pedro Gailo el sacristán, en sus papeles es Pedro del Reino.

OTRA MUJERUCA

El porte que ellas traen no es de saber la nueva.

LA TATULA

Mari-Gaila corre, que a tu cuñada le acudió una alferecía, y está privada en las sombras de la vereda.

MARI-GAILA

¿Cuál de las los cuñadas?

LA TATULA

Juana la Reina.

MARI-GAILA

¡Ay, Tatula, declárate si ella es difunta, que no me falta fortaleza!

REZO DE LAS MUJERES

Más de lo que sabes aquí no sabemos.

Mari-Gaila deja caer el cántaro, desanuda el pañuelo que lleva a la cabeza, y frente a la hija que suspira apocada, abre los brazos en ritmos trágicos y antiguos. La fila de cabezas, con un murmullo casi religioso, está vuelta para la plañidera que bajo las sombras de la fuente aldeana resucita una antigua belleza histriónica. Detenida en lo alto del camino, abre la curva cadenciosa de los brazos, con las curvas sensuales de la voz.

MARI-GAILA

¡Escacha el cántaro, Simoniña! ¡Simoniña, escacha el cántaro! ¡Qué triste sino! ¡Acabar como la hija de un déspota! ¡Nunca jamás querer acogerse al abrigo de su familia! ¡Ay, cuñada, no te llamaba la sangre, y te llamó para siempre la tierra que todos pisan, de una vereda! ¡Escacha el cántaro, Simoniña!

UNA MUJERUCA

¡No hay otra para un planto!

OTRA MUJERUCA

De la cuna le viene esa gracia.

OTRA MUJERUCA

Corta castellano como una alcaldesa.

MARI-GAILA

¡Ay, cuñada, soles y lluvia, andar caminos, pasar trabajos, fueron tus romerías en este mundo! ¡Ay, cuñada, por cismas te despartistes de tus familias! ¡Y qué mala virazón tuviste para mí, cuñada! ¡Ay, cuñada, te movían lenguas anabolenas!

LA TATULA

Las familias, si no es que son padres para hijos, hay que tenerlas como ajenas.

UNA MUJERUCA

La ley de sangre siempre da su dictado.

LA TATULA

Por veces también se niega.

MARI-GAILA

¡No en mi pecho, Tatula!

LA TATULA

Así se contempla.

MARI-GAILA

Y aun cuando me quede sin pan que llevar a la boca, he de hacerme el cargo del carretón.

LA TATULA

El carretón, si no lo retiras de los caminos, trae provecho.

MARI-GAILA

¡Cativo provecho si tengo que dejar el apaño de mi casa!

LA TATULA

Lo pones en arriendo. Si llega el caso, habla conmigo.

MARI-GAILA

Lo tendré presente. Que venga a mí el cargo del carretón, tampoco lo dificulto. La difunta era hermana de mi hombre, y otra familia más allegada no tiene.

LA TATULA

El pleito será entre vosotros y tu cuñada Marica del Reino.

MARI-GAILA

¡Pleito! ¿Por qué ha de haber pleito? Yo hago esta caridad porque tengo conciencia. ¿Quién puede disputarle el cargo al hermano varón? Si van a justicias, el varón gana el pleito o no hay ley derecha.

LA TATULA

Pues si para en tu dominio, recuerda de lo que ahora tenemos hablado.

MARI-GAILA

Ya te echo el alto. Ninguna palabra hay de por medio.

LA TATULA

Cierto que no hay palabra, pero si quieres recordar alguna cosa de lo hablado...

MARI-GAILA

Aquello que no se me borre podré recordarlo.

LA TATULA

Yo me pasaré por tu puerta.

MARI-GAILA

Con bien llegues a ella.

UNA MUJERUCA

El carretón representa un horno de pan.

OTRA MUJERUCA

¡De pan trigo!

MARI-GAILA

¡Qué mala ventura tuviste, cuñada! ¡Aprendan de ti las anabolenas! ¡Morir sin confesión en un camino!

Simoniña, blanca, simplona, carillena, apretando los ojos remeda el planto de su madre, y abre los brazos ante el cántaro roto.

JORNADA PRIMERA: ESCENA IV

El robledo, al borde del camino real. Juana la Reina está tendida de cara al cielo, y tiene sobre el pecho una cruz formada por dos ramas verdes. Los pies descalzos y las canillas del color de la cera, asoman por debajo de la saya como dos cirios. Bastián de Candás, alcalde pedáneo, pone guardas a la muerta, y da sus órdenes con una mano en el aire, como si fuese a bendecir.

EL PEDÁNEO

Vosotros, rapaces, aquí firmes, sin desviaros del pie de la finada difunta. No habéis de consentir por cosa del mundo que muevan el cuerpo antes de comparecer el Ministro de la Ley.

Algunas mujerucas aldeanas llegan haldeando. Resplandor de faroles, negrura de mantillas. Viene, entre ellas, una vieja encorvada que da gritos con el rostro entre las manos. Por veces se deja caer en tierra abriendo los brazos, y declama las frases rituales de un planto. Es Marica del Reino, hermana de la difunta.

MARICA DEL REINO

¿Dónde estás, Juana? ¡Callaste para siempre! ¡Nuestro Señor te llamó, sin acordar de los que acá quedamos! ¿Dónde estás, Juana? ¿Dónde finaste, hermana mía?

UNA MOZA

¡Conformidad, tía Marica!

Tía Marica, ayudada por las mujeres y cubierta con el manteo, camina encorvada. Cuando llega al pie de la difunta, se abraza con ella.

MARICA DEL REINO

¡Ay, Juana, hermana mía, qué blanca estás! ¡Ya no me miran tus ojos! ¡Ya esa boca no tiene palabras para esta tu hermana que lo es! ¡Ya no volverás a detenerte en mi puerta para catar los bollos del pote! ¡Cegabas por ellos! ¡Inda esta segunda feria los merendamos juntas! ¡Qué bien te sabían con unto y con nebodas!

Después del planto, queda recogida sobre las rodillas, gimiendo monótonamente. Las mujerucas se sientan en torno, refiriendo azares de los caminos, casos de muertes repentinas, cuentos de almas en pena. Y cuando decae el interés de aquellas historias, renueva su planto Marica del Reino. Atravesando la robleda, llega el matrimonio de los Gailos. La mujer echada sobre los hombros la mantilla, y el marido con capa larga y bastón señoril de dorada contera y muleta de hueso. La hermana, viéndolos llegar, se alza en las rodillas y abre los brazos con dramática expresión.

MARICA DEL REINO

¡Tarde vos dieron el aviso! Yo llevo aquí el más del día, casi que estoy tullida de la friura de la tierra.

PEDRO GAILO

El hombre que tiene cargo no dispone de sí, Marica. ¿Y cómo fue que aconteció esta incumbencia?

MARICA DEL REINO

¡Ordenado estaría en la divina proposición!

PEDRO GAILO

¡Cabal! ¿Pero cómo fue que ello aconteció?

MARICA DEL REINO

¿Y a mí lo preguntas? ¡Vírate para la difunta, que ella solamente puede darte la respuesta!

PEDRO GAILO

¡Difunta, hermana mía, mucho te tiraba el andar por caminos, y andando por ellos topaste la muerte!

MARICA DEL REINO

¡Las mismas consideraciones le tengo hechas! ¡Dios nos ampare!

El sacristán, limpiándose los ojos, donde el estrabismo parece acentuarse, se acerca al dornajo del idiota.

PEDRO GAILO

¡Ya eres huérfano, y no puedes considerarlo, Laureano! ¡Tu madre, la hermana mía, es finada, y no puedes considerarlo, Laureano! ¡Por padre tuyo putativo me ofrezco!

MARICA DEL REINO

El cargo del inocente a mí me cumple.

MARI-GAILA

Nosotros tampoco lo abandonamos, cuñada.

Mari-Gaila tiene el gesto de desenfado y una luz provocativa en los ojos parleros. La otra tuerce la cabeza mostrando desdén.

MARICA DEL REINO

A mi hermano, que lo es, me refería.

MARI-GAILA

Mas yo te respondía.

EL PEDÁNEO

Muera el cuento.

PEDRO GAILO

¿Qué esperamos, Bastián?

EL PEDÁNEO

Esperamos la comparecencia de la Justicia.

PEDRO GAILO

Poco tiene que esclarecer. Para mí, la difunta bebió alguna agua corrompida, y eso la mató. Es probado que los sulfatos de las viñas emponzoñan las aguas y producen muertes.

EL PEDÁNEO

¿Recordáis aquella mi vaca pintada?

MARI-GAILA

¡Una vaca como una reina!

EL PEDÁNEO

Pues a la muerte la tuve, que la saqué adelante con cocimientos de genciana. Por cima de siete reales gasté en botica.

UNA VIEJA

Hay aguas mortales.

PEDRO GAILO

Que las hay no tiene duda, y al cuerpo adolecido más pronto lo dañan. Le corrompen el interior.

MARI-GAILA

Entre el señorío, tanto mirar mal el aguardiente, y no decir cosa ninguna contra las aguas.

EL PEDÁNEO

El señorío mira mal el aguardiente porque se regala con otros resolios.

MARI-GAILA

¡Anisete escarchado!

Por el camino real vese venir al juez, caballero en un rucio de gayas jalmas y anteojeras con borlones. El alguacil zanquea al flanco, como espolique. Las mujerucas, alzadas sobre las rodillas y soplándose los dedos, avivan la luciérnaga de sus faroles. Comienza un planto solemne.

MARICA DEL REINO

¡Juana, hermana mía, si en el mundo de la verdad topas con mi difunto, dirasle la ley que le guardé! ¡Dirasle que nunca más quise volver a casar, y que no me faltaron las buenas proporciones! Ahora soy una vieja, pero me dejó bien lozana. Dirasle que un habanero de posibles me pretendía, y que jamás le viré cara. ¡Un mozo como un castillo!

MARI-GAILA

¡Cuñada, flor de los caminos, ya estás a la vera de Dios Nuestro Señor! ¡Cuñada, que tantos trabajos pasaste, ya tienes regalo a su mesa! ¡Ya estás en el baile de los ángeles! ¡De hoy más, tu pan es pan con huevos y canela! ¡Ay, cuñada, quién como tú pudiese estar a oír los cuentos divertidos de San Pedro!

JORNADA PRIMERA: ESCENA V

San Clemente. El atrio con la iglesia en el fondo. Pasa entre los ramajes el claro de la luna. Algunos faroles, posados en tierra, abren sus círculos de luz aceitosa en torno al bulto de la difunta, modelado bajo una sábana blanca. Los aldeanos del velorio —capas y mantillas— beben aguardiente al abrigo de la iglesia. El murmullo de las voces, las pisadas, las sombras tienen el sentido irreal y profundo de las consejas.

PEDRO GAILO

Desde el momento primero, yo fui en decir que la difunta finó por haber bebido de alguna fuente ponzoñosa, pues ya van muchas desgracias en ganados y cristianos así aparejadas.

MARI-GAILA

Y el engendro bebió algún trago de la misma agua, pues todo se derramó, con perdón, en las pajas. Fue menester lavarlo como a un niño de teta. ¡Y si supieseis qué completo es de sus partes!

MARICA DEL REINO

¡Calla, cuñada! Poco tendrás que renegar de tales trabajos, que yo me hago cargo del carretón.

MARI-GAILA

¡Ahí está tu hermano! Con él te gobiernas, Marica.

MARICA DEL REINO

¿Qué tienes tú que deponer, hermano mío?

PEDRO GAILO

Los brazos de un hombre llevan mejor cualisquiera carga.

MARICA DEL REINO

La voluntad de la difunta era encomendarme el cuido del carretón. ¡Declarado me lo tenía!

MARI-GAILA

¿Dónde están los testigos, Marica?

MARICA DEL REINO

Con mi hermano hablaba.

MARI-GAILA

Pero yo te escuchaba.

MARICA DEL REINO

¡Ay, si la difunta pudiera declarar su voluntad!

PEDRO GAILO

¡Habla tú, difunta hermana mía! Habla si era tu intención negar la ley de familia.

LA TATULA

No esperes te responda, que la muerte no hila palabras.

EL PEDÁNEO

Tiene sin aire el fol, y no hay palabra sin aire, como no hay llama.

PEDRO GAILO

Pero se obran prodigios.

EL PEDÁNEO

En otros tiempos, que en estos al carro de la muerte ninguno le quita los bueyes.

MARICA DEL REINO

¡Y todo este hablar salió a cuento del pleito que tratan entre sí de sustentar dos hermanos propios carnales!

MARI-GAILA

No habrá pleito si tú respetas el derecho del que nació varón.

MARICA DEL REINO

Consultaremos con hombres de Ley.

EL PEDÁNEO

¡Como lleguéis a la puerta del abogado, os enredáis más! Sin salir de la aldea hallaréis barbas honradas sabiendo de Ley.

PEDRO GAILO

¿Cuál es tu dictado, Bastián de Candás?

EL PEDÁNEO

Si fuese a daros mi dictado, a ninguno había de contentar. ¡Como que ninguno tiene la Ley!

MARI-GAILA

¿No llama al hermano varón?

EL PEDÁNEO

Las voces de la Ley tú no las alcanzas.

MARI-GAILA

¡Pero aquí hay alguno que sabe latines!

EL PEDÁNEO

A eso solamente respondo que latines de misa no son latines de Ley.

PEDRO GAILO

¿Cuál es tu dictado, Bastián de Candás?

EL PEDÁNEO

¡Si no habéis de seguirlo, para qué escucharlo!

MARICA DEL REINO

Te pedimos tu consejo, y cumples con darlo.

EL PEDÁNEO

Si como la finada no deja otro bien que el hijo inocente, dejase un par de vacas, cada cual se llevaría su vaca de la corte. Tal se me alcanza. Y si dejase dos carretones, cada cual el suyo.

LA TATULA

Tampoco había pleito.

EL PEDÁNEO

Pues si solamente deja uno también habéis de repartiros la carga que represente.

LA TATULA

No es carga, que es provecho.

EL PEDÁNEO

Son bienes proindivisos, que dicen en juzgados.

MARI-GAILA

¡Ay, Bastián, tú sentencias, pero no enseñas cómo se puede repartir el carretón! ¿Zueco en dos plantas, dónde irás que lo veas?

EL PEDÁNEO

Pero vi muchos molinos, cada día de la semana, moler para un dueño diferente.

UNA MOCINA

Mi padre muele doce horas en el molino de András.

MARICA DEL REINO

Por manera que el justo sentir es de repartirse el carretón entre las familias, determinados los días.

EL PEDÁNEO

Un suponer: Sois dos llevadores de un molino. De lunes a miércoles saca el uno la maquila, y el otro de jueves a sábados. Los domingos van alternados.

LA TATULA

Así no había pleito.

MARICA DEL REINO

A ti te corresponde hablar, hermano mío.

PEDRO GAILO

Lo que propone aquí este vecino honrado es un consejo, y a nosotros cumple tomarlo o dejarlo. Mi sentir ya está manifiesto, el tuyo debes declararlo.

MARICA DEL REINO

Mi sentir está con el tuyo, y de ahí no me descarrío.

MARI-GAILA

Retuertas vienen esas palabras.

MARICA DEL REINO

Claras como el sol.

EL PEDÁNEO

Veremos si yo marcho por tus caminos, Marica del Reino. A mi ver, con tales palabras quieres significar que te avienes con aquello que se avenga este tu hermano.

MARICA DEL REINO

¡Claramente!

EL PEDÁNEO

¿Y tú qué respondes, Pedro del Reino?

MARI-GAILA

Este bragazas se conforma al respective.

EL PEDÁNEO

Pues muera el cuento.

MARICA DEL REINO

Por manera que tres días el carretón al cargo mío, y otros tres al cargo de mi cuñada.

EL PEDÁNEO

El domingo es el indiviso.

LA TATULA

Ya tenéis hechas las partijas, sin peritos.

MARI-GAILA

Hay que cumplimentarlo bebiendo una copa. Cachea por el caneco del aguardiente, marido.

PEDRO GAILO

Míralo a la vera tuya, arrimado a las parihuelas de la difunta.

MARI-GAILA

Y hay que darle una copa al baldadiño.

EL PEDÁNEO

¿Lo cata?

MARI-GAILA

Y se relame. Veréis vosotros cómo no se conforma con una. Está imbuido en la bebida.

LA TATULA

Tantas lluvias y soles por caminos... Sin ese reparo moría.

MARI-GAILA

¿Quieres echar una copa, Laureano?

LA TATULA

Amuéstrale el caneco, que por palabras no saca el sentido.

Mari-Gaila, donairosa y gentil, erguida al pie de la difunta, colma el vaso de las rondas, y respira con delicia el aroma del aguardiente.

MARI-GAILA

Bastián, a ti toca beber el primero, que fallaste el pleito.

EL PEDÁNEO

Pues a la salud de toda la compañía.

MARI-GAILA

A tras de ti va el baldadiño. Ahora lo catas, Laureano.

LA TATULA

Dáselo para que remede el trueno. ¡Lo hace cumplidamente!

MARI-GAILA

¡Mirad aquí, por vuestra alma! ¡Saca la lengua como un pito!

EL IDIOTA

¡Hou! ¡Hou! ¡Dade acá!

MARI-GAILA

¿Quién lo da?

EL IDIOTA

Nanay.

LA TATULA

¿Qué es ello, Laureano?

EL IDIOTA

¡Hou! ¡Hou!

MARI-GAILA

¿Cómo se pide?

EL IDIOTA

¡Releche! ¡Hou! ¡Hou!

MARICA DEL REINO

Dale el trago y no lo hagas más condenar.

MARI-GAILA

Has de hacer el trueno, si quieres beber.

EL IDIOTA

¡Miau! ¡Fu! ¡Miau!

MARI-GAILA

Cativo, así es el gato.

LA TATULA

Laureano, remeda el cohete que vas a beber.

MARICA DEL REINO

No lo hagáis más condenar.

EL IDIOTA

¡Ist!... ¡Tun!... ¡Tun!... ¡Tun!... ¡Ist!... ¡Tun!...

EL PEDÁNEO

Ya se ganó el trago.

MARI-GAILA

¡Es un mundo de divertido!

PEDRO GAILO

¡Enternece!

MARICA DEL REINO

¡La finada, muy bien adeprendido lo tenía! No por ser nuestra hermana dejaba de ser una mujer de provecho. ¡Ay, Juana, qué negro sino tuviste!

MARI-GAILA

¡Ay, cuñada, espera el día para el planto, y bebe tu copa, que ya se me cansan los brazos de estar alzados con el caneco!

La otra suspira y, antes de catar el aguardiente, se pasa por los labios un pico de la mantilla. Luego, de un sorbo y con mueca de repulsa, apura el trago. Mari-Gaila bebe la postrera y se sienta en el corro. Una vieja comienza un cuento, y el idiota, balanceando la cabeza enorme sobre la almohada de paja, da su grito en la humedad del cementerio.

EL IDIOTA

¡Hou! ¡Hou!

EL SAPO

¡Cro! ¡Cro!

FIN DE LA JORNADA PRIMERA

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