ZARINA
Reading edition

I.
La doctrina del progreso, á más de tener gran fundamento de verdad, está llena de poesía. ¿Qué no puede fingir la imaginación en lo futuro, suponiendo que la actividad de la mente humana va añadiendo, cada vez con mayor energía, nuevos inventos y mejoras á cuanto ya acumularon y nos legaron las pasadas generaciones? Sin embargo, todo lo que se puede fantasear ó columbrar en lo porvenir es incierto y confuso, mientras que las cosas que fueron conservan ser y consistencia, y, aunque carecen de vida, pueden tomarla prestada de la forma artística y del ingenio de un poeta.
Por otra parte, está muy en duda, al menos para mí, si bien creo firmemente en el progreso, que el progreso sea algo más que extrínseco. No iré yo hasta el punto de creer que los hombres de otros siglos fuesen más valerosos, más leales, más discretos, ni siquiera más robustos que los del día; pero no creo tampoco que, á pesar de todos los medios que la civilización nos proporciona, la raza humana haya ido mejorando en lo substancial. Tal vez ese vivir de los bárbaros ó salvajes, que todavía se hallan en nuestro planeta, no responde al estado inicial desde donde se elevaron los pueblos de Europa á superior cultura, sino que es degeneración ó corrupción en que á la larga han caído los tales salvajes ó bárbaros, y de donde ni por sus propias fuerzas ni con auxilio extraño quizá salgan nunca.
En cambio, ciertas tribus ó castas superiores de los tiempos primitivos, como, por ejemplo, los arios y los semitas, no debieron de valer menos que los cultos europeos de ahora, y hasta hay una ilusión óptica que hace que se nos aparezcan valiendo más. Los vemos como entre nubes, al despertar intuitivo de la inteligencia, cuando lograba más la inspiración que el discurso, bañados por la luz de una aurora divina, y como llevando en el seno fecundo del espíritu de ellos el germen lozano del árbol de la ciencia y de la cultura, cuya riqueza en flores y frutos hoy tanto nos encanta y envanece.
De aquí el que no pocos sabios vuelvan con amor los ojos, en nuestra edad, al estudio de las primeras edades, rehaciendo antiguos idiomas, traduciendo hieroglíficos, interpretando inscripciones, descifrando alfabetos, y sacando á nueva luz, del olvido en que yacían sepultados, imperios, repúblicas, reinos, dinastías, príncipes, héroes y semi-dioses.
¿Por qué los que no somos sabios no hemos de suplir con la imaginación lo que ellos á fuerza de estudio no acabaron de aclarar? ¿Por qué no hemos de concluir con sus debidos pormenores y circunstancias las historias que más nos interesen y conmuevan, y de las cuales la erudición nos dejó á media miel, como vulgarmente se dice?
Hay personajes que, al entreverlos y percibirlos, indecisos, esfumados y como hundidos en el fondo de un mar de años, todavía me encantan y me ilusionan. ¡Qué pena me da de no conocerlos de cerca! ¿No sería posible que, en virtud de un raro magnetismo, de una segunda vista histórica, fijando bien la mirada mental en cualquiera de ellos, llegásemos á comprender su carácter, sus pasiones, el móvil de sus actos y todos los casos de su vida mejor que el sabio, que no se fija en el personaje, sino que inspecciona fría, prosaica y rastreramente tal cual huella que él ha dejado de su paso por el mundo, ya en el fragmento inédito, ó mal entendido hasta hoy, de algún historiador, ya en un obelisco, ya en una pirámide, ya en otro monumento sepulcral, ya en alguna inscripción en forma de clavos, de las llevadas por Layard ó por otros, desde el centro de Asia al Museo Británico, en multitud de sutiles ladrillejos?
Yo no creo ni descreo en el espiritismo. No he profundizado la materia. No me atrevo á decidir. Pero hablando de mí solo y por mi cuenta, aunque no sea más que de puro modesto, no atino á concebir como factible que los héroes, los sabios, los profetas, los santos y los penitentes severos de todas las religiones, los monarcas soberbios, los tiranos y guerreros, foscos, crudos y nada complacientes por naturaleza, y las hermosas mujeres, virtuosas ó galantes, aunque todas caprichosísimas, retrecheras y desmandadas; en suma, todo ser que ha dejado rastro luminoso de sí en la tierra, no bien se muda al otro barrio, se vuelva tan dócil y sumiso, que acuda á mi mandado y responda á infinidad de preguntas, tal vez impertinentes. Y extrema para mí lo increíble de estos hechos la manera de responder á las preguntas, que, en vez de ser rápida, bella y digna de un espíritu, es mecánica, pesada y fastidiosa.
No obstante, por más que yo deseche el espiritismo de esta laya, declaro que en ocasiones me siento muy inclinado á creer en otro espiritismo más vago, menos metódico y más conforme con la poesía. Ya en sueños, ya dormitando, ya en arrobos, durante los cuales el alma se sobrepone á la duración ó adquiere una velocidad mil veces mayor que la del rayo, acaso nos elevamos por el éter y subimos á remotas estrellas, en el momento en que llega allí la luz del sol, que hace cuarenta ó cincuenta siglos reflejó nuestro globo, ó acaso por arte menos complicada y más íntima, y que es por lo mismo más difícil de explicar, vemos á los personajes pasados y los conocemos, y parece como que vivimos en su compañía, averiguando cuanto les ha sucedido.
De aquí la afición y los motivos que me inducen y hasta me habilitan para escribir historias ó aventuras del antigo Oriente. Otro escritor más profundo, ó mejor dicho, otro escritor menos somero que yo, se propondría, al escribir cualquiera de estas historias, dar una lección moral, política, religiosa ó filosófica á sus lectores; resolver algún problema de importancia; pero yo no me propongo nada de esto. Me propongo sólo entretenerme un rato y entretener á los demás. Ojalá lo consiga. Y me propongo igualmente, aunque apenas me atrevo á confesarlo para que no me tilden de presumido, retraer á la vida, con el conjuro de la escritura y con la mágica evocación de la palabra, seres que ya existieron y que me son simpáticos.
Yo no estoy descontento de vivir en el siglo en que vivo, ni de tratar á la gente con quien trato, ni de llevar la vida que llevo, si bien me faltan varias cosas con las cuales viviría yo un poquito mejor; pero todavía, á pesar de que no estoy descontento, hallo consolación en la teoría universal; esto es, no ya sólo en abandonar lo práctico y consagrarme á lo meramente especulativo, sin mezclarme en nada, y contemplando con serenidad cuanto me rodea, sino lanzándome también en la contemplación longincua; volando en busca de objetos muy apartados de mí por el tiempo y por el espacio. Así es que hoy mi alma se ha ido de bureo desde esta villa y corte de Madrid hasta el Asia central, y ha saltado también por cima de no pequeño montón de siglos, subiendo contra la corriente, hasta llegar al año 60 ó 70, sobre poco más ó menos, que en esto no hemos de ser muy escrupulosos, de la era llamada de Nebonasar.
Harto se ve que no nos hemos ido muy lejos. Estamos en una edad relativamente moderna para lo que han descubierto los sabios y prehistoriadores del día. Vivimos con la mente poco más de seiscientos años antes de Cristo.
Roma había sido ya fundada; Licurgo había dado sus leyes; en Atenas y en Corinto habían triunfado los posibilistas, cayendo la monarquía y surgiendo la democracia; el reino de Israel, había desaparecido; el de Judá estaba próximo á desaparecer; y Nínive misma, restaurada después del incendio del alcázar de Sardanápalo y del saqueo y destrucción de la ciudad por Arbaces el medo y Belesu el babilonio, estaba, á pesar del tremendo brío de sus últimos soberanos, amenazada de nueva ruina.
Al pasar, ó dígase al volar, hemos reparado en todo esto. Reposémonos ahora en la recién fundada ciudad de Ecbatana, capital de Media.
II.
Reinaba entonces allí un rey, poderoso y muy nombrado, y que por serlo tenía muchos nombres, cuya significación, ya es idéntica, ya no lo es, ya se ignora ó ya se sabe. En persa le llamaban Uvak-satara, como si dijéramos el poseedor ó dueño de gallardos mulos; en asirio le llamaban Uvakistar; en griego, Cyaxares y Ozauros, y en lengua médica, Vakistarra, que significa el que lleva la lanza. Traducido este título, tan propio, de llevador de lanza ó lancero, á la lengua de los persas, lengua parecida á nuestras lenguas modernas de Europa, el rey se llamaba Astibaras, y así lo designaremos en adelante.
Asistía en la corte de este rey un príncipe ó magnate, bello y agraciado de rostro, de elevada estatura, de afable trato, diestro en todos los ejercicios corporales, impávido en la guerra, infatigable en la caza, y prudente en el consejo, á pesar de sus pocos años. Sentimos no poder darle un nombre bonito y sonoro; pero es personaje histórico; no tiene muchos nombres en que elegir, como tenía su rey; se llamaba Estrianges, y Estrianges le llamaremos.
Nada hay nuevo debajo del sol, ha dicho el sabio, y cuando el sabio lo dijo, estudiado lo tenía. Las cosas no suelen ser exactamente iguales; pero son á menudo semejantes.
En aquel tiempo, los reyes medos iban ya convirtiendo su Estado en monarquía absoluta, haciendo prevalecer la autoridad real sobre los otros poderes.
Antes, la Media había sido conquistada por una raza de arios. Los arios, luchando con las tribus indígenas y subyugándolas, habían formado una aristocracia guerrera. Después, dominada la Media por los asirios, los medos arios y los medos turaníes, esto es, los vencedores y los vencidos habían estrechado un lazo de amistad para libertarse de la común servidumbre. Había ocurrido, por ejemplo, algo de muy parecido á lo que ocurrió en España cuando la conquista de los árabes: que los visigodos y los hispano-romanos se unieron también. El primer gran caudillo que para la reconquista tuvieron los españoles se llamó Pelayo, nombre latino, y no visigodo, para denotar la fusión de las razas. Del mismo modo el primer gran caudillo de los medos había llevado un nombre tomado de la lengua de los vencidos, ó medos turaníes, y se había llamado Arbaces, que significa el primero.
La nueva aristocracia fué de dos clases: turaní, y sus individuos se llamaban busios; y aria, y sus individuos se llamaban arizantes. La plebe, no ya por fuerza, sino por amor de la patria, los seguía devota y voluntariamente. Así vino á constituirse una república ó confederación de caudillos, busios y arizantes, que cada cual tenía sus particulares vasallos, sus fortalezas y dominios. Fundada, por último, la enriscada ciudad de Ecbatana, los caudillos principales, descendientes de Arbaces habían ido poco á poco cambiando aquel Estado en unitaria y fuerte monarquía, á lo cual contribuyó más que ninguno este gran rey Astibaras, á quien hemos ya presentado á nuestros lectores.
Al empezar nuestra narración, Astibaras llevaba más de veinte años de reinado, durante los cuales había hecho cosas estupendas. No las contaremos todas, para no cansar al pío lector; pero algo será menester referir, en resumen, á fin de que se estime y pondere todo el valer y toda la gloria de este monarca, y á fin de que los sucesos de nuestra historia ó leyenda se comprendan sin dificultad.
El padre de Astibaras es conocido también con muchos nombres, que todos significan lo mismo y son el mismo, según la lengua en que el nombre ha sido traducido, á pesar del disfraz con que le han trocado al pasar de un idioma á otro. Llamábase Pirruvartis, Fraortes, Artinés y Hartruna, esto es, el Belicoso.
Artinés, á fin de no desmentir su nombre, había querido sacudir el yugo de los asirios, de quienes era tributario; había levantado un ejército numerosísimo y había ido á combatir al rey ninivita Asurbanipal; pero éste derrotó por completo al rey de Media en una brava y sangrienta batalla que se dió á las orillas del Tigris. Artinés perdió allí la vida.
Astibaras, no bien subió al trono, trató de vengar la muerte de su padre, y ya había invadido, con huestes más disciplinadas y numerosas que las que llevó Artinés, los Estados de Asurbanipal, cuando sobrevino un inesperado y gravísimo acontecimiento, que retardó por muchos años su venganza.
Entre el Ponto Euxino y el mar Caspio hay una gran extensión de tierras, casi cerradas al Norte por dos ríos, el Rha, hoy el Volga, que va á perderse en el mar Caspio, y el Tanais, hoy el Don, que se pierde en el mar de Azof. Acaso más de cien leguas al Sur de dichos ríos, como defensa ó valladar puesto por la Naturaleza, se levanta y extiende, de mar á mar, la ingente cordillera del Cáucaso, donde, según la fábula griega, Júpiter amarró á Prometeo con cadenas de diamantes, y donde un buitre comía el hígado del titán filántropo; hasta que Hércules logró libertarle. Desde la falda del Cáucaso, dilatándose al Mediodía hasta el monte Ararat, en cuya nevada cumbre se posó el arca de Noé, habitaban y habitan aún diversas tribus, gentes ó naciones, apellidadas caucásicas; casta de hombres valientes, robustos y hermosísimos, cuales son hoy los circasianos, georgianos y mingrelianos, en los tiempos á que nos referimos designados con nombres diversos. Al Oriente, en las riberas del Caspio, vivían los albaneses, y más al Sur, los cadusios; al Occidente, orillas del Ponto, habitaban los colquios, famosos por Medea la hechicera y por el áureo vellocino, y más al Occidente, los calibes, diestros forjadores del hierro, y los de Tibar, tan envidiados por su oro. En el centro de estas naciones, y como defendiendo las puertas caucasianas contra las invasiones de los escitas, se hallaban los iberos, de quienes sin duda proceden los primitivos españoles, que se llamaron iberos también.
Aunque se me censure como digresión impertinente, se me antoja decir aquí que he tenido una verdadera satisfacción al ver que mi docto y sagaz amigo el Padre Fidel Fita ha probado casi en su discurso de recepción en la Academia de la Historia que los iberos de España y los del Cáucaso son los mismos iberos, y que el georgiano y el vascuence son lenguas hermanas. Hacía mucho tiempo que yo afirmaba lo mismo, sin haberlo estudiado y como adivinándolo de tenazón. Y una de las razones que yo tenía para ello era y es la corrección de formas y facciones y la hermosura de las mujeres de las provincias vascongadas y de Navarra, donde se conserva aún la raza ibérica primitiva en su mayor pureza; por donde yo no podía persuadirme de que dicha raza tuviese ni hubiese tenido jamás afinidad ni parentesco con la fea raza amarilla, tártara, mongólica, ó como quiera llamarse. Basta echar una rápida mirada de inspección etnográfica á las marquesas de S. y C. T., ambas de pura raza vascongada ó ibérica primitiva, para convencerse de que no corre por sus azules venas una sola gota de sangre tártara, sino que toda es de Georgia y de la más acendrada y exquisita.
Refieren las crónicas georgianas, mandadas redactar y publicar por el Rey Wagtang, que, después de la dispersión de las gentes, fué á poblar la Georgia ó Iberia el gigantesco patriarca Togorma, hijo de Gomer y nieto de Jafet. Otros quieren que fuese Túbal, hijo de Jafet, quien pobló ó colonizó la Iberia del Cáucaso, y que luego él ó sus descendientes llegaron hasta la Iberia al Sur de los Pirineos, ya pasando primero á Irlanda, isla á quien dieron el nombre de Ibernia, y desde allí viniendo á España, ya viniendo á España directamente. Sobre estos nombres de Iberia é Ibernia, de Ebro y de iberos, dados á diversas comarcas, ríos y pueblos, se ponen varias etimologías. Ya los derivan de ibha, que en el idioma de los vedas vale tanto como familia, ya de avara, que en el mismo idioma significa occidente.
Como quiera que sea, parece probado y archiprobado que estos iberos del Cáucaso eran lo que se llama arios, y que desde allí, salvando los desfiladeros de dichas montañas, buscaron y siguieron uno de los más importantes y trillados caminos, por donde la gente aria se fué extendiendo por Europa. Todas las tradiciones convienen en esto, y aun los nombres de lugares, que fueron poniendo al pasar, lo confirman. Y está asimismo demostrado que de la propia manera que desde el Sur del Cáucaso invadían la Europa los arios-iberos, pasando al Norte, también, en no pocas ocasiones, los iberos y demás pueblos del Sur del Cáucaso sufrían la invasión de los hijos de aquéllos que en otro tiempo se apartaron de su lado y emigraron á regiones más boreales.
Ya, desde muy antiguo, cuentan las citadas crónicas de Georgia no pocas invasiones en el Sur del Cáucaso, de las gentes que habitaban al Norte de dichas montañas y que formaban un reino llamado de los cuzares ó kazares, el cual se extendía hasta más allá del Boristenes y del Tiras. Parece además, probado que el rey de los dichos cuzares llegó, dos mil años antes de Cristo, á dominar toda la extensión de tierras que va hasta el Ister, y que al Sur del Cáucaso hizo también tributarios á todos los pueblos caucasianos, que se llamaban entonces togormíes, á causa del patriarca Togorma, de quien se jactaban de descender, ó kartlosíes, á causa del gigante Kartlós, hijo de Togorma, que había sido su primer rey.
Tributarios dicen que permanecieron largo tiempo los kartlosíes del rey de los kazares, á quienes los autores clásicos llaman sauromatas ó sármatas, y cuya capital era Guerrhus, cerca de donde está hoy la ciudad rusa de Kief, á orillas del Boristenes; pero una gran revolución que hubo en el Irán vino, si no á libertarlos, á hacer que cambiasen y mejorasen de dueño.
La gloriosa dinastía de Djenschid y su imperio más glorioso habían sido destruídos por un tirano, descendiente de Chus y de Nembrot, á quien llaman Zohac, ó sea Dragón, y á quien también llaman Peiverasp, porque poseía diez mil caballos árabes; pero pronto suscitó la Providencia á un héroe, por nombre Feridún, cuyas hazañas ha cantado en lindos versos el poeta Firdusi, el cual Feridún, á quien también apellidan Tetraono, libertó á los iranios del yugo de Zohac, y encadenó á este déspota diabólico en la cumbre del Cáucaso ó del Demavend, donde unas serpientes que le brotaron en las espaldas, y que mientras era tirano no le hacían mal porque las alimentaba con sesos de niños, privadas ya de tan costoso alimento, se le comían á él de contínuo.
Prescindiendo de esto, que sin duda debe de ser una fábula, la cual tendrá su sentido moral, es lo cierto que, restablecido por Feridún el imperio de los iranios, éste se extendió sobre los pueblos del Cáucaso, los cuales recibieron entonces la cultura, la religión y los libros de Zoroastro.
Más tarde, según he podido averiguar á fuerza de prolijos estudios, habiendo crecido mucho la población de la Iberia oriental, civilizada entonces con la civilización irania, enviaron los iberos nuevas colonias á España, donde ya habían enviado otras; y estas nuevas colonias llevaron allí los libros zoroástricos y todas sus teologías y filosofías. De aquí el gran saber de los turdetanos y tartesios, y más tarde la ciencia y la virtud de Argantonio, rey de Tarteso y de Cádiz, de cuyo feliz reinado tengo preparada una historia mil veces más interesante que ésta que ahora escribo. En ella se verá cuán atinada es la conjetura del Padre Fidel Fita, de que Argantonio era un athravan zoroástrico que reinó en España durante el eclipse de Tiro, aplastada por Nabucodonosor, y de que el código turdetano, que Estrabón menciona, era el mismísimo Avesta.
Contrayéndonos ahora á los tiempos y negocios del rey Astibaras, diré cuál fué el pavoroso acontecimiento que le detuvo en medio de sus triunfos sobre los hijos de Asur.
Los escitas, que se distinguen con el calificativo de sauromatas ó sármatas, estaban muy pujantes bajo el cetro del rey Madías. Hombres y mujeres iban siempre á caballo y peleaban con igual valor, armados de flechas con puntas de hueso envenenadas y con yelmos y escudos de piel de toro, de donde el primer fundamento de cuanto se refiere de las amazonas. Este pueblo belicoso de los sármatas, después de haber vencido á los cimerios y á los tauros, que habitaban entonces la Crimea, penetraron en Iberia por los desfiladeros del Cáucaso, lo arrollaron todo, y cayeron sobre Media como nube de langostas destructoras y terribles.
Astibaras acababa de derrotar á los asirios, y ya había puesto cerco á Nínive, pero tuvo que levantar el cerco y acudir á la defensa de su patria. Dió á los invasores una gran batalla, y fué vencido.
Los escitas vencedores se derramaron entonces cual torrente devastador, no sólo por el Imperio medo, sino también por la Frigia, la Lidia y la Cilicia, salvando la cordillera del Tauro, y llegando hasta las fronteras de los reinos de Jerusalem y Samaria.
El profeta Jeremías alude sin duda á estos bárbaros del Norte, y no á los persas cuando habla de aquellos guerreros que envía el Señor para destruir á Babilonia. «Viene, dice, contra ella una nación del Norte, que pondrá su tierra en soledad, y no habrá quien la habite». Claro está que Jeremías no había de estar tan poco versado en Geografía, que había de llamar á los persas nación del Norte, cuando con relación á los babilonios pueden llamarse nación del Sur, y mejor aún del Oriente. Y en otra parte añade Jeremías: «He aquí que viene un pueblo del Norte, y una nación grande, y muchos reyes se levantarán de los términos de la tierra». Con lo cual parece indicar que estos invasores vienen de muy remoto país, y no de la Persia y de la Susiana, cuyas tierras baña el Tigris, lo mismo que las de Babilonia. Jeremías alude, pues, en esta ocasión á los escitas. Todo lo que de ellos dice conviene á los bárbaros del Norte, y no á los persas. «Crueles son, exclama, crueles y sin misericordia; y la voz de ellos sonará como el mar»; como si se tratase de lengua peregrina é ignorada, que resonase á modo de bramido.
En suma, y aluda Jeremías á quien se le antoje, lo cierto es que estos escitas-sármatas, si bien devastaron otras muchas comarcas, se fijaron en Media principalmente; y así, tal vez sin concierto previo, fueron auxiliares poderosos de los asirios. Astibaras, en lucha constante y heroica contra ellos, tratando de arrojarlos de sus Estados, durante más de veinte años dejó reposar á Nínive y á sus reyes.
III.
Entre el estruendo y el horror de las armas, en medio del tumulto de esta larga guerra de independencia, se había criado y había crecido nuestro héroe Estrianges.
Á la edad de diez y siete años, cuando apenas le apuntaba el bozo, había ido á pelear al lado de su padre, á quien había visto morir, atravesado el corazón por una enherbolada flecha enemiga.
Estrianges, que era hijo único, heredó los bienes y Estados que su padre poseía, y entre ellos un castillo ó fortaleza, á pocas parasanjas de Raga, en lo más áspero de los montes al sur del Caspio, yendo de Raga hacia el Oriente. Desde allí, como el águila desde su nido, había estado en acecho cuando los escitas podían mucho aún, y había caído sobre ellos en frecuentes expediciones, vengando la muerte de su padre y auxiliando poderosamente á Astibaras en la empresa de libertar á su pueblo.
Cuando ya los escitas fueron pereciendo, ó sometiéndose, ó huyendo de Media, Estrianges entretenía sus ocios cazando tigres y otras fieras alimañas, de las muchas que se crían en aquellos montes, cuyas ramificaciones abarcan el Sur de la silvestre Hircania y la separan de la Partiena.
Ya de edad de veinticuatro años, acudió Estrianges á la corte de Ecbatana, á donde llegó precedido de la fama de sus altos hechos, como guerrero y como cazador. Y no era esta fama vaga é indefinida, sino que se fundaba en datos aritméticos de la más severa exactitud. Sabíase á punto fijo el número de batallas, encuentros y escaramuzas en que se había hallado; cuántos escitas había muerto con su propia diestra, y cuántos tigres, panteras, leones y jabalíes habían perecido entre sus manos.
Además de esto, y de ser Estrianges el más acaudalado y rico del reino, y muy discreto é instruído para lo que entonces se sabía, gozaba de ciertas cualidades de que no podemos dar idea clara sin gastar mucha prosa ó sin apelar á un concepto anacrónico. Puesto en su tanto el modo de ser de tiempo y de lugar, Estrianges era el dandy ó el gomoso más perfecto de Media; era el espejo en que se miraban todos los elegantes sus contemporáneos.
Resultó de aquí la cosa más natural del mundo. La hija mayor del rey, que era lindísima, recatada é inteligente, que bailaba y cantaba bien, y tenía otras mil habilidades, se enamoró de Estrianges del modo más resuelto. Esta princesa llevaba un nombre sonoro y significativo de sus prendas de carácter. Se llamaba Darvasastu, que en lengua pérsica es, como si dijéramos, que ella sea fuerte. Darvasastu lo fué en amor como en todo.
El rey Astibaras, lejos de hallar disparatado este amor, halló que se ajustaba bien con su política. Por medio de un enlace lograría que entrara en su casa y familia el más rico y brioso de sus grandes vasallos, corroborando su dinastía y ligando á sus intereses todo el poder y los medios de que gozaba aquel arizante ilustre.
Fácil fué darle á entender la inclinación que tenía por él la princesa, lo cual no pudo menos de lisonjearle en grado sumo. Si bien no compartió aquel amor fervoroso supo agradecerle. Darvasastu valía un tesoro, y Estrianges, lleno de amistad y de reconocimiento, quizás él mismo confundió tales afectos con los de amor vivo, y decidió casarse con la princesa, sin creer que hiciese con esto el menor sacrificio. Casóse, pues, según los ritos y ceremonias de la religión de Zoroastro, que si bien algo impurificada por la religión de los asirios, era en aquella edad la religión oficial del reino de Media. De esta suerte vino á ser Estrianges yerno del Rey Astibaras.
Con el trato y la convivencia, ambos consortes, que eran finos y prudentes, fueron amándose más cada día y viviendo en santa paz matrimonial, aunque por parte de ella con grande amor, y por parte de él con tibieza; tibieza, no obstante, oculta entre mil cuidadosos extremos y atenciones, pues no en balde era él la flor de la cortesía.
Tan rara concordia duró años; fué una desmesurada luna de miel. Contribuyó á esto que Estrianges, á pesar de que no amaba con fervor á su mujer, era tan descontentadizo y tan crítico, que tampoco hallaba á otra alguna, ni dentro de los dominios de su suegro ni fuera, en cuanto él había explorado en sus peregrinaciones, que fuese más digna de su amor.
De aquí que, allá en el fondo de su alma, él se dijese algo parecido á nuestro refrán castellano: á falta de pan, buenas son tortas; y como todo es relativo en este mundo, él, de un modo relativo, amó á su mujer por cima de todas las otras mujeres conocidas y reales.
La situación de su ánimo, no confesada á nadie sino á sí propio, atormentaba su corazón, á pesar de cuanto va dicho. No era él hombre que se contentase y aquietase con lo relativo: ansiaba lo absoluto y lo perfecto.
Con frecuencia tenía este ó semejante coloquio consigo mismo:
—Yo consagro á mi mujer todo el amor que pudiera dar á otras mujeres; yo soy un dechado de fidelidad; pero descubro en lo más hondo de mi pecho un manantial abundante de cariño, el cual ella no conoce y del cual ni ella ni nadie bebe. ¿De qué me vale este manantial? ¿Para qué esta riqueza de que nadie goza? Esta escondida virtud ¿no llegará jamás á manifestarse?
Así discurría Estrianges; pero como sus discursos en este particular eran recónditos, pasaba en la corte, con gran satisfacción de Astibaras, y pasaba también en la dilatada extensión del reino, por el fénix de los maridos. Por modelo le presentaban á los suyos todas las mujeres casadas, y todos los padres de hijas casaderas anhelaban un yerno que se le asemejase.
En su casa sólo parecía que faltaba un requisito para la completa felicidad; requisito que, no ya en apariencia, sino realmente, hubiera estrechado su lazo de amor legítimo. Su matrimonio había sido estéril. Cinco años hacía que se había casado, y no había tenido sucesión. Estrianges tenía entonces treinta años, y veinticuatro la princesa.
Los hombres, cuando no hallan pábulo bastante al fuego interior, á la actividad que los devora; cuando no tienen objeto real á quien consagrar sus facultades, suelen buscar algún objeto fantástico ó sofístico. Estrianges no era todo lo feliz que él ansiaba ser. Sentía sed, apetito de algo confuso, que no acertaba á explicarse ni sabía dónde encontrar. Su mujer, sus amigos, las demás mujeres, su gloria, su posición, la hermosura del universo, las estrellas que pueblan el éter, el esquivo y grato terror de las selvas, los matices y aromas de las plantas y de las flores, todo deleitaba su ánimo; pero su ánimo no se pagaba de nada por entero. Entonces llegó á imaginar Estrianges si todo sería como misterio, cifra ó emblema, cuyo significado podría descubrirse por medio de alguna clave que explicase el enigma. De aquí que, paso á paso, sin revelar nada á nadie, porque era muy reservado, se fué Estrianges dedicando á la magia.
Él amaba y buscaba la luz, y pensó, por consiguiente, en la magia blanca, y no en la negra; pero, según hemos indicado ya, la pura religión de la luz increada se había contaminado y falseado bastante en Media en aquellos tiempos, mezclándose con extrañas supersticiones y creencias venidas de otros países, y singularmente de Babilonia.
IV.
Estrianges se afanaba por revestir de forma sensible algo que fuese núcleo de luz increada y perfecta concreción de su idea: algo donde pudiera consumir la llama de amor que devoraba su alma.
Consultó á los athravanes y magos, y se dió á entender, en vista de la consulta, que así como en todo el universo no había ser que no tuviese su idea en la mente, así tampoco había idea en mente alguna, por vaga y confusa que la idea fuese, que no tuviera su objeto real en el mundo. De aquí deducía Estrianges que la idea por la que estaba atormentado no era idea vana, sino idea que tenía objeto, y que era menester buscarle para que se aquietase en él su voluntad.
Esto, sin embargo, ofrecía no pocos inconvenientes. La empresa era difícil. Podían además darse circunstancias que la hiciesen imposible.
—En el seno de Zervana-Akerena, pensaba nuestro héroe, en el seno del tiempo sin límites, está todo: está el dios del bien, Aura-Mazda; está el dios del mal, Arimanes; y están las criaturas de ambos dioses enemigos; pero ahora, en el momento en que vivo yo, ¿vive ó no vive también el ser que me enamora? Sin duda vive. Pero ¿vive con forma y en condiciones que me le hagan asequible? ¿No puede haber pasado ya por esta tierra que habitamos y estar aguardando en el reino de las sombras el día de la resurrección de los cuerpos? ¿No puede ser que aun no haya venido á esta mansión terrena, y exista sólo su feruer, esto es, su esencia celestial y divina? ¿Qué esperanza me resta, si el objeto de mi amor es feruer ó espíritu desprendido ya del cuerpo? También es dable que el objeto de mi amor, en vez de ser criatura de Aura-Mazda, sea criatura de Arimanes; provenga de las tinieblas, y no de la luz.
Estrianges trataba de desechar de sí este pensamiento, que le convertía en amador de un ser diabólico; pero el pensamiento persistía. Arimanes, allá en lo hondo de su tenebroso imperio, había acertado á crear seres hermosísimos, que parecían hijos de la luz. Entre ellos se contaban las pairikas ó peris. Estrianges llegó á sospechar si andaría él enamorado de una pairika.
De todos modos, en lo que él estaba firme era en revestir al objeto de su amor, ya viniese de la luz, ya de las tinieblas, de un cuerpo imaginario de mujer hermosa. Pero ¿dónde y cómo hallar la realidad de este ser?
Mil métodos adoptó y ensayó para hallarle. Al cabo hubo de dar un gran paso en este camino, si bien este paso le trajo á más angustiosa situación de espíritu de aquella en que antes se hallaba.
Á nada dió jamás tanto crédito nuestro héroe como á la existencia de un flúido misterioso y sutilísimo, el cual es elemento ó ambiente en que se bañan, viven y respiran los espíritus; por manera que este flúido apenas es materia, pero de él nacen las esferillas sutiles que, apretándose y aglomerándose, de difusas que eran, vienen á formar los soles y los demás astros y cuantos seres en ellos moran y viven; flúido, por otra parte, cuya infinita virtualidad, potencia y brío los espíritus selectos logran á veces reunir, desechando la extensión, la pesadez, la masa, la inercia y otras cualidades que son esencia de los cuerpos, y guardando sólo la energía, que es el principio espiritual, invisible é impalpable de la vida y de la inteligencia.
Lisonjeándose Estrianges de haber adquirido cierto dominio sobre este flúido, se creyó apto para desprender su espíritu, dejando al cuerpo en letargo, y sin desatarse del cuerpo, y unido á él como por un hilo de dicho flúido, volar por donde quiera con tal rapidez, que equivaliese á ser ubicuo.
Para lograr esto, no vaciló en apelar á medios reprobados por Zoroastro, fundador de su religión: bebió del mágico licor llamado Soma ú Homa, que era considerado como el dios de la inspiración, y se untó las plantas de los pies y de las manos, el pecho y la nuca, con linimentos que le suministraron los hechiceros caldeos, los cuales tenían entonces convento ó congregación en Ecbatana.
Cualquiera que fuese la causa, lo cierto es que Estrianges empezó á tener muy singulares visiones. Su alma, como si le nacieran alas para volar y fuerzas para romper la cárcel del cuerpo, le abandonaba dormido, y vagaba con velocidad por mil regiones, buscando siempre el escondido objeto de su idea confusa.
Una vez se halló Estrianges en medio de vastísima llanura, donde apenas había árboles, sino larga y verde hierba. No reparó en otros accidentes del paisaje, porque pronto se halló en un pequeño recinto, cuyas paredes le pareció que flotaban como si fuesen de tela. Sobre enorme piel de oso, extendida en el suelo, había una limpia cama, con cubierta de púrpura. En la cama yacía durmiendo una tan bella mujer, que la imaginación jamás la había fingido tan bella, ni con mucha distancia. Su cuerpo, casi desnudo, era mórbido y gracioso, y modelado con suaves curvas, aunque lleno de vigor; su tez, sonrosada y blanca; su frente, despejada y serena; carmín sus labios; sus mejillas, como claveles, y su luenga cabellera, tan abundante, tan rubia y tan gentilmente rizada en ondas, que parecía envolver en parte á su dueño con manto de luz y de oro.
Extático la contempló Estrianges durante algún tiempo, cuya exacta duración no pudo medir. Tampoco acertó á explicarse si su presencia allí, meramente espiritual, ejercía algún influjo en la mujer dormida. Notó, no obstante, que la mujer despertaba de pronto, abría los ojos y miraba con cariño hacia el punto en que estaba él. Entonces creyó advertir asimismo que los ojos de ella eran azules y llenos de luz, como el cielo en el mediodía, y que en su gesto, en su actitud y en su mirada se revelaban la inteligencia y todo el brío de un noble carácter.
Por un momento pensó Estrianges que aquella mujer no era más que su propia idea, que se proyectaba fuera de sí, saliendo de las nieblas confusas del cerebro y tomando forma distinta; pero esta reflexión (como la del que duda si estará despierto ó soñando, que sólo con dudar parece que afirma que está despierto) le corroboró más en la creencia de la realidad exterior y material del ser que contemplaba. Y esta creencia, por último, hubo de convertirse para Estrianges en certidumbre cuando entendió que otro sentido, además del de la vista, daba testimonio en su alma de la existencia de aquella mujer. Estrianges la oyó decir con acento peregrino y en idioma que comprendía, por más que no acertaba á deslindar cuál fuese:—¿Quién viene á interrumpir mi sueño? ¿Quién me perturba?—Luego con voz entera, aunque se tradujesen en ella la inquietud y el enojo, exclamó la mujer:—¡Hilka, hilka, bescha, bescha!—conjuro mágico, exorcismo asirio, que se ha conservado en uso hasta nuestros días entre quienes cultivan y ejercen las ciencias y artes ocultas, y que significa:—¡Véte, véte, malo, malo! La fuerza de este conjuro se tiene por irresistible cuando se pronuncia acompañado de los signos que el ritual exige. Así es que el espíritu de Estrianges se conmovió y se replegó apenas le hubo oído. La visión se apartó de su vista, ó más bien, él se apartó de la visión. Estrianges se halló despierto, en su lecho y en su propia alcoba, al lado de la princesa Darvasastu, su legítima consorte.
Mil veces intentó después volver á ver á la mujer misteriosa. Mil veces excitó y lanzó á su espíritu en busca de ella. Todo fué en balde. Tan potente era, sin duda, la virtud del exorcismo asirio.
Estrianges acudió de nuevo inútilmente á los bebedizos mágicos y á los impuros linimentos: se hizo iniciar en los misterios de Mitra, á fin de adquirir recursos más poderosos para ver lo escondido y ser zahorí del tesoro que cada día codiciaba más su alma; pero la mujer se sustraía á sus sobrenaturales pesquisas. Por tales medios no volvió á verla nunca.