MARZO
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LAS ESCUELAS DE ADULTOS
Jueves 1.º
YER me llevó mi padre a ver las clases de adultos de la escuela Bareti, que es la nuestra; ya estaban todas iluminadas, y los artesanos comenzaban a entrar. Al llegar, nos encontramos al director y a los maestros encolerizados, porque hacía poco habían roto a pedazos los cristales de una ventana; el bedel, echándose a la calle había atrapado a un muchacho que pasaba; pero en el mismo momento se presentó Estardo, que vive frente a la escuela, diciendo: “Éste no ha sido; yo mismo lo he visto con mis propios ojos; Franti ha sido el que ha tirado y me ha dicho: ‘¡Ay de ti si hablas!’; pero yo no tengo miedo”. El director añadió que Franti sería expulsado para siempre. Entretanto observaba a los operarios que llegaban juntos, de dos en dos o de tres en tres, y ya habían entrado más de doscientos. ¡Nunca había yo visto lo hermoso que es una escuela de adultos! Allí estaban mezclados muchachos desde doce años y hombres con barba que volvían del trabajo, con sus libros y sus cuadernos. Había carpinteros, fumistas, fogoneros con la gorra negra, albañiles con las manos blancas de cal, mozos de panadería con el pelo enharinado; se percibía olor de barniz, de cuero, de pez, de aceite, olores de todos los oficios. También entró una escuadra de obreros de la Maestranza de Artillería, de uniforme, con un cabo. Todos se metían presurosos en los bancos; quitaban el travesaño donde nosotros ponemos los pies, e inmediatamente inclinaban sus cabezas sobre los cuadernos. Algunos iban a pedir explicación a los maestros, con los cuadernos abiertos. Vi a aquel maestro joven y bien vestido, el abogadillo, que tenía tres o cuatro operarios alrededor de la mesa, y hacía correcciones con la pluma; también al cojo, que se reía grandemente con un tintorero que le llevaba un cuaderno manchado de tinte rojo y azul. Mi maestro, ya curado, se encontraba allí asimismo; mañana volverá ya a la escuela. Las puertas de la clase estaban abiertas. Me quedé admirado, cuando comenzaron las lecciones, al ver la atención que todos prestaban, sin mover siquiera los ojos. Y sin embargo, “la mayor parte, decía el director, por no llegar demasiado tarde, no habían ido a casa a tomar siquiera un poco de pan, y tenían hambre”. Los pequeños, al cabo de media hora de clase, se caían de sueño. Alguno se dormía con la cabeza apoyada en el banco, y el maestro lo despertaba haciéndole cosquillas con una pluma en la oreja. Los mayores no: estaban bien despiertos, oyendo la lección con la boca abierta, sin pestañear; nos causaba maravilla. Subimos al piso superior, corrí hacia la puerta de mi clase, y me encuentro con que mi sitio estaba ocupado por un hombre de grandes bigotes, que llevaba una mano vendada porque quizá se había hecho daño con alguna herramienta, y que, sin embargo, se ingeniaba para poder escribir muy despacio. Lo que más me agradó fué el ver que precisamente en el mismo banco, y en el mismo rinconcito donde se sienta el albañilito, se sienta también su padre, aquel albañil grande como un gigante, que apenas cabe en el sitio, con los codos apoyados en la mesa, la barba sobre los puños y los ojos fijos en el libro, y con una atención tan intensa, que no se le siente respirar. Y no fué pura casualidad, porque él fué precisamente quien dijo al director el primer día que asistió a la escuela: “Señor director, hágame el favor de ponerme en el mismo sitio que ocupa mi ‘carita de liebre’ (porque siempre llama a su hijo de esta manera)”. Nos detuvimos en la escuela hasta lo último, encontrándonos en la calle muchas mujeres con los niños abrazados al cuello, que esperaban a sus maridos, y que en cuanto salían hacían el cambio; los operarios cogían a sus hijos en brazos, las mujeres tomaban los libros y los cuadernos, y así llegaban a casa. Por algún tiempo la calle estaba llena de gente y de ruido. Luego todo quedó en silencio, y no distinguimos ya nada más que la figura larga y cansada del director, que se alejaba.

LA LUCHA
Domingo 5.—Era de esperar: Franti, expulsado por el director, quiso vengarse, y aguardó a Estardo en una esquina, a la salida de la escuela, por donde había de pasar con su hermana, a quien todos los días va a buscar a un colegio de la calle de Dora Grosa. Mi hermana Silvia, al salir de su clase, lo vió y volvió a casa llena de espanto. He aquí lo que ocurrió: Franti, con su gorra lustrosa de hule, aplastada y caída sobre una oreja, corrió de puntillas hasta alcanzar a Estardo y, para provocarle dió un tirón a la trenza de su hermana; pero tan fuerte, que casi la tira en tierra hacia atrás. La muchachita lanzó un grito; su hermano se volvió. Franti que es mucho más alto y más fuerte que Estardo, pensaba: “O se aguantará, o le daré de cachetes”. Pero Estardo no se detuvo a pensarlo, y, a pesar de ser tan pequeño y mal formado, se lanzó de un salto sobre aquel grandullón y le molió a puñetazos; pero no podía con él, y le tocaban más de los que él daba. Nadie pasaba por la calle, sino algunas niñas; nadie podía separarles. Franti le tiró al suelo; pero él en seguida se puso en pie, y vuelta a echársele encima a Franti, que le golpeaba como quien golpea en una puerta: en un momento le arrancó media oreja, le hundió un ojo y le hizo echar sangre por la nariz. Pero Estardo no cejaba, duro con él; rugía: “Me matarás, pero te las he de hacer pagar”. Franti le daba puntapiés y puñadas; Estardo se defendía a patadas y empellones, y hasta con la cabeza. Una mujer gritaba desde la ventana: “¡Bravo por el pequeño!”. Otras decían: “Es un muchacho que defiende a su hermana. ¡Valor! Dale a puño cerrado”. Y a Franti le gritaban: “¡Porque eres mayor, cobarde!”. Pero Franti también se había enfurecido, le echó la zancadilla y Estardo cayó, y él encima: “¡Ríndete!”. “¡No!”. “¡Ríndete!”. “¡No!”. Y de un empujón se deslizó de entre sus manos y se puso en pie; se aferró a Franti por la cintura, y con un esfuerzo furioso lo tiró impetuosamente sobre el empedrado, echándole la rodilla al pecho. “¡Ah, el infame tiene una navaja!”, gritó un hombre que corría para desarmar a Franti. Pero ya Estardo, fuera de sí, le había cogido el brazo con las dos manos y dándole un fuerte mordisco, le hizo dejar caer la navaja; la mano le sangraba. Acudieron otros varios, los separaron y los levantaron: Franti echó a correr, malparado; Estardo permaneció en el sitio, con la cara arañada y un ojo magullado, pero vencedor, al lado de su hermana, que lloraba mientras otras niñas recogían los cuadernos y los libros desparramados por el suelo. “¡Bravo por el pequeño—decían alrededor—, que ha defendido a su hermana!”. Pero Estardo, que pensaba más en su cartera que en su victoria, se puso luego a examinar uno por uno de los libros y los cuadernos para ver si faltaba algo o se habían estropeado; los limpió con la manga, miró el cartapacio, puso en su sitio todo, y luego, tranquilo y serio como siempre, dijo a su hermana. “Vámonos pronto, que tengo que hacer un problema con cuatro operaciones”.
LOS PADRES DE LOS CHICOS
Lunes 6.—Esta mañana estaba el grueso padre de Estardo esperando a su hijo, temiendo que se encontrase a Franti de nuevo; pero Franti dicen que no volverá más, porque lo meterán a la cárcel. Había muchos padres esta mañana. Entre otros se hallaba el revendedor de leña, el padre de Coreta, que es el retrato de su hijo: esbelto, alegre, con sus bigotes aguzados y un lacito de dos colores en el ojal de la chaqueta. Ya conozco a casi todos los padres de los muchachos de verlos siempre allí. Hay una abuela encorvada con capa blanca, que aunque llueva, nieve o truene, viene siempre cuatro veces al día a traer o llevarse un nietecillo suyo, que va a la clase de primaria superior, y a quien quita el capote, se lo vuelve a poner a la salida, le arregla la corbata, le sacude el polvo, le atusa, le mira los cuadernos: ¡se comprende que no tiene otro pensamiento y que no encuentra nada más hermoso en el mundo! Viene a menudo también el capitán de artillería, padre de Roberto, el niño de las muletas, aquél que salvó a otro niño de un ómnibus: y así como todos los compañeros de su hijo, al pasar por su lado le hacen una caricia, el padre devuelve la caricia o el saludo sin olvidarse de nadie; a todos se dirige, y cuanto más pobres y peor vestidos van, con mayor alegría se las agradece. A veces también se ven cosas tristes; un caballero que no venía ya, porque hacía un mes se le había muerto un hijo y mandaba a la portera a recoger a otro, volvió ayer por primera vez, y al ver la clase y a los compañeros de su pequeñuelo muerto, se metió en un rincón y prorrumpió en sollozos, tapándose la cara con las manos; el director lo cogió del brazo y lo llevó a su despacho. Hay padres y madres que conocen por su nombre a todos los compañeros de sus hijos, muchachas de la escuela inmediata y alumnos del Instituto, que vienen a esperar a sus hermanos. Suele venir también un señor ya viejo, que era coronel; y cuando algún muchacho deja caer un cuaderno o pluma en medio de la calle, él lo recoge. No faltan tampoco señoras elegantes que hablan de cosas de la escuela con pobres mujeres de pañuelo a la cabeza y cesta al brazo, diciendo: “¡Ah! ¡Ha sido terrible esta vez el problema! Esta mañana tenían una lección de Gramática que no se acaba nunca”. Si hay un enfermo en una clase, todas lo saben; y cuando está mejor, todas se alegran. Precisamente esta mañana había ocho o diez señoras y artesanos que rodeaban a la madre de Crosi, la verdulera, para preguntarle noticias de un pobre niño de la clase de mi hermano que vive en su patio y está en peligro de muerte. Parece que la escuela hace a todos iguales, y amigos a todos.
EL NÚMERO 78
Miércoles 8.—Ayer tarde presencié una escena conmovedora. Varios días hacía que la verdulera, siempre que Deroso pasaba a su lado, lo miraba y remiraba con una expresión de afecto muy grande, porque Deroso, después de hacer el descubrimiento del tintero del presidario número 78, ha tomado cariño a Crosi, su hijo, el de los cabellos rojos, el del brazo paralítico; le ayuda a hacer los trabajos en la escuela, le indica las respuestas, le da papel, plumas y lápiz; en suma: le trata como a un hermano, como para compensarle de aquella desgracia de su padre, que le ha cabido en suerte y que él no conoce. Habían pasado varios días en que la verdulera miraba a Deroso, pareciendo querérselo comer con los ojos, porque es una buena mujer que no vive más que para su hijo, y como Deroso es el que le ayuda, y gracias a él hace buen papel en la escuela, siendo Deroso un señor y el primero de la clase, le parece a ella un rey, un santo. Sus ojos daban a entender que quería decirle algo, pero le daba vergüenza. Ayer mañana, por último, se armó de valor, y le detuvo delante de una puerta: “Dispénseme, señorito: usted, que es tan bueno y quiere tanto a mi hijo, hágame el favor de aceptar este pequeño recuerdo de una pobre madre”; y sacó de su cesta de verdura una cajita de cartón blanca y dorada. Deroso se puso como la grana, y la rechazó, diciendo amable, pero resuelto: “Désela usted a su hijo... no acepto nada”. La mujer quedó contrariada y pidió perdón, balbuceando: “No creía ofenderlo... ¡Si no son más que caramelos!”. Pero Deroso repitió la negativa, meneando la cabeza. Entonces ella sacó tímidamente de la cesta un manojo de rabanillos, y le dijo: “Acepte al menos éstos, que son frescos, para llevárselos a su madre”. Deroso sonrió, contestando: “No, gracias, no quiero nada; haré siempre lo que pueda por Crosi, pero no debo aceptar nada; gracias de todos modos”. “Pero ¿no se ha ofendido usted?”, preguntó la pobre mujer con ansiedad. Deroso le dijo sonriendo: “¡Bah! No”; y se fué, mientras ella exclamaba con alegría: “¡Oh! ¡Qué muchacho tan bueno! ¡Nunca he visto otro tan guapo!”. Todo parecía concluido; pero he aquí por la tarde, a las cuatro, en lugar de la madre de Crosi se le acerca el padre, con su cara mortecina y melancólica. Detuvo a Deroso, y en la manera de mirarlo se comprendía en seguida su sospecha de que Deroso conociese su secreto; lo miró fijamente, diciéndole con voz triste y afectuosa: “Usted quiere mucho a mi hijo... ¿por qué le quiere tanto?”. Deroso se puso encendido. Hubiera querido responder: “Lo quiero tanto porque ha sido desgraciado; porque también usted, su padre, ha sido más desgraciado que culpable, expiando noblemente su delito, siendo un hombre de corazón”. Pero le faltaron los ánimos para decirlo, porque en el fondo sentía temor y casi repugnancia ante aquel hombre que había derramado la sangre de otro y había estado seis años preso. Éste lo adivinó todo, y bajando la voz, dijo al oído y casi temblando a Deroso: “Usted quiere bien al hijo, pero no quiere mal... no desprecia al padre, ¿no es verdad?”, “¡Ah, no, no!”, exclamó Deroso en un arranque del alma. El hombre hizo entonces un movimiento impetuoso como para echarle un brazo al cuello, pero no se atrevió, contentándose con coger con dos dedos uno de sus rizos; lo estiró y lo dejó libre en seguida: luego se llevó su propia mano a la boca y la besó, mirando a Deroso con los ojos humedecidos, como para decirle que aquel beso era para él. Después cogió a su hijo de la mano, y se fué con paso rápido.
EL CHIQUITÍN MUERTO
Lunes 13.—El niño que vive en el patio de la verdulera, que pertenece a la sección primera superior, como mi hermano, ha muerto. La maestra Delcato vino el sábado por la tarde llena de aflicción a dar la noticia al maestro; inmediatamente Garrón y Coreta se ofrecieron para llevar el ataúd. Era un muchachito excelente: la semana anterior había ganado la medalla; quería mucho a mi hermano, y le había regalado una hucha rota; mi madre le hacía caricias siempre que lo encontraba. Usaba una gorra con dos tiras de paño rojo. Su padre es mozo de estación. Ayer tarde, domingo, a las cuatro y media, fuimos a su casa para acompañarle hasta la iglesia. Viven en un piso bajo. Ya había en el patio muchos niños de su sección con sus madres, y cinco o seis maestros con cirios, y algunos vecinos. La maestra de la pluma roja y la Delcato habían entrado dentro y las veíamos por una ventanita abierta, que estaban llorando, y a la madre del niño, que sollozaba fuertemente. Dos señoras, madres de dos compañeros de escuela del muerto, habían llevado sendas guirnaldas de flores. A las cinco en punto nos pusimos en camino. Iba delante un muchacho que llevaba la cruz, luego el cura, luego la caja, una caja muy pequeña, ¡pobre niño!, cubierta de paño negro, y sujetas alrededor las guirnaldas de las dos señoras. A un lado del paño negro habían prendido la medalla y tres menciones honoríficas que el muchacho había ganado aquel año. Conducían el ataúd Garrón, Coreta y dos muchachos del patio. Detrás de la caja venía, en primer lugar, la Delcato, que lloraba como si el muerto fuera hijo suyo; detrás otras maestras, y luego los muchachos, entre los cuales había algunos muy pequeños, con sus ramitos de violetas en la mano, y miraban al féretro absortos, dando la otra mano a sus madres, que llevaban las velas por ellos. Oí que uno de éstos decía: “¿Y ahora ya no vendrá más a la escuela?”. Cuando la caja salió del patio un grito desesperado salió de la ventana: era la madre del niño, a quien hicieron retirar al interior en seguida. En la calle encontramos a los muchachos de un colegio, que iban de dos en dos, y al ver el féretro con la medalla y las maestras, se quitaron todos sus gorras. ¡Pobre chiquitín! ¡Se fué a dormir para siempre con su medalla! Ya no veremos más su gorrilla con las tiras rojas. Estaba bueno, y a los cuatro días murió. El último hizo un esfuerzo para levantarse y poder escribir su trabajo de Gramática, y se empeñó en que le habían de poner la medalla sobre la cama, temiendo que se la cogiesen. ¡Nadie te la quitará ya, pobre niño! ¡Adiós, adiós! ¡Siempre nos acordamos de ti en la sección Bareti! ¡Ángel, duerme en paz!
LA VÍSPERA DEL 14 DE MARZO
Hoy ha sido un día más alegre que ayer. ¡Trece de marzo! Víspera de la distribución de premios en el teatro de Víctor Manuel: la fiesta grande y hermosa de todos los años. En el presente no han escogido a la suerte los muchachos que deben ir al escenario para presentar los diplomas de los premios a los señores que hacen la distribución. El director vino esta mañana al final de la clase, y dijo: “Muchachos, una buena noticia”. Llamó en seguida: “¡Coraci!—el calabrés; éste se levantó—. ¿Quieres ser uno de los que mañana, en el teatro, entreguen los diplomas a las autoridades?”. El calabrés dijo que sí. “Está bien—repuso el director—; de esta manera tendremos también un representante de la Calabria. Será cosa hermosa. El Ayuntamiento este año ha querido que los diez o doce muchachos que presentan los premios, sean chicos de todas partes de Italia, entresacándolos de las distintas secciones de las escuelas públicas. Contamos con veinte secciones y cinco sucursales; siete mil alumnos; entre tan gran número no costó trabajo encontrar un muchacho por cada región italiana. En la sección llamada Torcuato Tasso se encontraron dos representantes de las islas: un sardo y un siciliano; la escuela Boncompañi dió un pequeño florentino, hijo de un escultor en madera; hay un romano, de la misma Roma, en la sección Tomoseo; vénetos, lombardos de las romañas, se encuentran varios; un napolitano, hijo de un oficial, procede de la sección Monviso; por nuestra parte, damos un genovés y un calabrés, tú, Coraci. Con el piamontés serán los doce. Es hermoso, ¿no os parece? Vuestros hermanos de todas las regiones italianas serán los que os den los premios: los doce se presentarán a la vez en el escenario. Acogedlos con nutridos aplausos. Son muchachos, pero representan al país como si fueran hombres; lo mismo simboliza a Italia una pequeña bandera tricolor que una grande, ¿no es verdad? Aplaudidles calurosamente; mostrad que vuestros corazones infantiles se encienden, que también vuestras almas de diez años se exaltan ante la santa imagen de la patria”. Dicho esto se fué, y el maestro añadió sonriendo: “Por consiguiente, tú, Coraci, eres el diputado por Calabria”. Todos batieron palmas riendo, y cuando salimos a la calle, rodearon todos a Coraci, lo cogieron por las piernas, lo levantaron en alto y comenzaron a llevarlo en triunfo, gritando: “¡Viva el diputado por Calabria!”. Una broma, por supuesto, no para ridiculizarlo, sino para festejarlo, porque es un chico querido de todos; él no cesaba de reír. Así lo llevaron hasta la esquina, donde se encontraron con un señor de barba negra, que también rompió a reír. El calabrés dijo: “¡Si es mi padre!”. Entonces dejaron los compañeros al hijo en brazos de su padre, y se desparramaron por todas partes.
DISTRIBUCIÓN DE PREMIOS
Martes 14.—A eso de las dos, el grandísimo teatro estaba lleno: el patio, las galerías, los palcos, la escena, todo rebosando; se veían miles de caras de muchachos, señoras, maestros, trabajadores, mujeres del pueblo, niños. Era un movimiento de cabezas y de manos, un vaivén de plumas, lazos y rizos; un murmullo nutrido y jovial que daba verdadera alegría al alma. El teatro estaba adornado con pabellones de tela roja, blanca y verde. En el patio habían hecho dos escaleras: una a la derecha, por la cual los premiados debían subir al escenario; otra a la izquierda por donde debían bajar después de haber recibido el premio. Delante, en el escenario, había una fila de sillones rojos, y del respaldo del que ocupaba el centro pendía una linda corona de laurel; en el fondo, un trofeo de banderas; a un lado una mesa con tapete verde, sobre la cual estaban todos los diplomas, atados con lazos tricolores. La orquesta estaba en su sitio; los maestros y las maestras llenaban la mitad de la primera galería, que les había sido reservada; las butacas estaban atestadas de cientos de muchachos que habían de cantar, con los papeles de música en la mano. Por todas partes veíase ir y venir maestros y maestras, que arreglaban las filas de los premiados, y a las madres, que daban el último toque a los cabellos y a las corbatas de sus hijos.
Apenas entré con mi familia en el palco, vi en el de enfrente a la maestrita de la pluma roja, que reía, con sus graciosos hoyuelos en las mejillas, y con ella a la maestra de mi hermana y a la monjita, vestida de negro, y a mi buena maestra de la sección superior; pero tan pálida, ¡pobrecilla!, y tosiendo tan fuerte que se oía por todas partes. Mirando al patio me encontré en seguida con la simpática carota de Garrón y la cabecita rubia de Nelle pegada al hombro de Garrón. Algo más allá vi a Garofi, con su nariz de gavilán, que se agitaba mucho por recoger listas impresas de los que iban a ser premiados y de las cuales había reunido un gran fajo para hacer, sin duda, algún tráfico de los suyos... que mañana sabremos. Cerca de la puerta estaba el vendedor de leña con su mujer, ambos vestidos de día de fiesta, y su hijo, que tiene tercer premio en la sección segunda; me quedé maravillado al ver que no llevaba la gorra de piel de gato y el chaleco de punto de color de chocolate: estaba vestido como un señorito. En la galería alcancé a ver por un momento a Votino, con un gran cuello bordado; luego desapareció. También estaba en un palco del proscenio, lleno de gente, el capitán de artillería, el padre de Roberto, el niño de las muletas, el pobre cojo.
Al dar las dos la banda tocó, y en el mismo momento subieron por la escalerilla de la derecha el alcalde, el gobernador, el asesor y muchos otros señores, vestidos todos de negro, que se fueron a sentar en los sillones rojos colocados delante del escenario. La banda cesó de tocar. Se adelantó el director de las escuelas de canto, batuta en mano. A una señal suya todos los muchachos del patio se pusieron en pie; a otra, comenzaron a cantar. Eran setecientos los que cantaban una bellísima canción, setecientas voces de muchachos, ¡qué hermoso coro! Todos escucharon inmóviles; era un canto dulce, límpido, lento, que parecía canto de iglesia; cuando callaron todos aplaudieron; después reinó completo silencio. La distribución iba a comenzar. Mi maestrillo de la sección segunda se había adelantado ya, con su cabeza rubia y sus avispados ojos, para leer los nombres de los premiados. Se esperaba que entrasen los doce muchachos para presentar los diplomas. Los periódicos habían publicado ya que serían chicos pertenecientes a todas las provincias italianas. Todos lo sabían y los esperaban, mirando con curiosidad al sitio por donde debían entrar el alcalde y los demás señores; en todo el teatro imperaba profundo silencio...
De repente aparecen a la carrera, deteniéndose en el proscenio, en correcta formación y sonrientes. Todo el teatro, tres mil personas, se levantan y prorrumpen a la vez en un aplauso, que más bien parecía el estallido de un trueno. Los muchachos parecen desconcertados en el primer momento. “¡Ahí tenéis a Italia”, dijo una voz desde el escenario. Inmediatamente reconocí a Coraci, el calabrés, vestido como siempre, de negro. Un señor del municipio, que estaba con nosotros y conocía a todos, se los iba indicando a mi madre: “Aquel pequeño rubio es el representante de Venecia. El romano es aquel otro alto y con el pelo rizado”. Había dos o tres vestidos de señoritos; los demás eran hijos de artesanos, pero bien ataviados y limpios. El florentino, que era el más pequeño llevaba una faja azul en la cintura. Pasaron todos delante del alcalde, quien fué besando en la frente uno a uno, mientras otro señor que estaba al lado le iba diciendo, por lo bajo y sonriendo, los nombres de las ciudades: “Florencia, Nápoles, Bolonia, Palermo...”, y a cada uno que desfilaba, el teatro entero aplaudía. Luego se colocaron al lado de la mesa verde para ir cogiendo los diplomas; el maestro comenzó a leer la lista, diciendo las secciones las clases y los nombres, comenzando a subir por su orden los premiados.
Apenas habían subido los primeros, cuando comenzó a oírse detrás del escenario una música muy suave de violines, que duró todo el tiempo que tardaron en desfilar los agraciados; tocaba un aire gracioso y siempre igual, que semejaba un murmullo de muchas voces apagadas: las voces de todas las madres y de todos los maestros y maestras, como si todos juntos diesen a una consejos, suplicasen y regañasen amorosamente. Mientras tanto los premiados pasaban uno tras otro delante de los señores sentados, que les presentaban los diplomas y les decían alguna palabra afectuosa, o les hacían alguna caricia. Cada vez que algún pequeñuelo pasaba, los muchachos de las butacas y de las galerías aplaudían; lo mismo cuando se presentaba alguno de aspecto pobre o que tuviera los cabellos rizados o fuera vestido de encarnado o de blanco. Entre ellos había algunos de la sección primera superior que, una vez en el escenario, se confundían y no sabían dónde volverse, provocando la risa en todo el teatro; uno de ellos que apenas medía tres palmos, con un gran nudo de cinta encarnada en la espalda, le costaba trabajo andar, se enredó en la alfombra y cayó; el gobernador lo levantó y fué motivo para risas y aplausos generales. Otro se resbaló en la escalerilla, yendo a parar de nuevo al patio; se oyeron algunos gritos, pero no se hizo daño. Toda clase de fisonomías fueron desfilando: caras de traviesos, caras de asustados, caras coloradas como las cerezas y caras siempre risueñas; apenas bajaban a las butacas, los padres y las madres les agarraban y se los llevaban consigo. Cuando tocó la vez a nuestra sección, ¡entonces sí que me divertí! A casi todos conocía. Pasó Coreta, que estrenaba todo el traje, con el semblante risueño y alegre, enseñando sus blancos dientes, y, sin embargo, ¡quién sabe cuántos quintales de leña había ya repartido por la mañana! El alcalde, al darle el diploma, le preguntó qué era una señal encarnada que tenía en la frente, manteniendo entretanto la mano apoyada en el hombro; yo busqué en el patio a su padre y a su madre, y los vi que reían, tapándose la boca con las manos. Pasó luego Deroso, vestido de azul, con los botones relucientes y los rizos como de oro; esbelto, gracioso, con la frente alta, tan guapo y tan simpático, que le hubiera dado un abrazo; todos los señores le hablaban y le dieron un apretón de manos. El maestro pronunció después el nombre de Roberto. Y vimos avanzar al hijo del capitán de artillería con las muletas. Cientos de muchachos conocían el hecho; la voz se esparció en un abrir y cerrar de ojos, y una salva de aplausos y de gritos hizo retemblar el teatro: los hombres se pusieron en pie, las señoras agitaron los pañuelos, y el pobre muchacho se detuvo en medio del escenario, aturdido y tembloroso... El alcalde le hizo acercarse y le dió el premio y un beso; y tomando del respaldo de su sillón la corona de laurel que estaba colgada, la colocó en la almohadilla de una muleta. Le acompañó luego hasta el palco de proscenio donde estaba su padre, el cual le levantó en peso y le metió dentro, en medio de una gritería indecible de bravos y de vivas. La suave música de los violines continuaba entretanto, y los muchachos seguían pasando: los de la sección del Consulado eran casi todos hijos de comerciantes; los de la sección Boncompañi, muchos de ellos hijos de labradores; los de la escuela Reniero, hijos de artesanos. Apenas concluyó el reparto de premios, los setecientos muchachos de las butacas cantaron otro hermosísimo himno; habló luego el alcalde; tras éste el inspector de las escuelas, que terminó diciendo: “...No salgáis de aquí sin enviar un saludo a los que tanto se afanan por vosotros, a los que os consagran todas las fuerzas de su inteligencia y de su corazón, y que viven y mueren por vosotros. Helos allí!”. Y señaló a la galería de los maestros. Todos los muchachos de las galerías, de los palcos y de las butacas se levantaron, señalándolos con los brazos al vitorearlos; los maestros respondían agitando las manos, los sombreros, los pañuelos; era una escena conmovedora. La banda tocó otra vez, y el público envió su último saludo en un fragoroso aplauso a los doce muchachos de todas las provincias de Italia, que se presentaron en fila en el escenario, con los brazos entrelazados, bajo una lluvia de ramos de flores.
LITIGIO
Lunes 20.—Sin embargo, no es posible que porque él haya alcanzado el premio y yo no, por envidia, haya tenido un altercado con Coreta. No fué por envidia. ¡Sí, hice mal! El maestro le había colocado a mi lado; yo estaba escribiendo en el cuaderno de caligrafía; me empujó con el codo y me hizo echar un borrón y manchar también el cuento mensual Sangre romañola, que tenía que copiar para el albañilito, que está enfermo. Yo me enfurecí, y le solté una palabrota. Él me contestó sonriendo: “No lo he hecho a propósito”. Debería haberle creído, porque lo conozco; pero me desagradó que sonriera, y pensé: “¡Oh! ¡Ahora que ha obtenido el premio está ensoberbecido!”. Y al poco rato, para vengarme, le di un empujón que le estropee la plana. Entonces, encendido por la rabia: “Tú sí que lo has hecho de intento”, me dijo, levantando la mano. El maestro lo vió, y la retiró. Coreta añadió por lo bajo: “¡Te espero fuera!”. Yo me quedé en mala situación; la rabia se desvaneció, y sentí verdadero arrepentimiento. No, Coreta no podía haberlo hecho de propósito. “Es bueno”, pensé. Se me vino a las mientes cómo le había visto cuidar a su madre enferma y la alegría con que luego le había recibido en mi casa, y cuánto le había gustado a mi padre. ¡No sé lo que habría dado por no haberle dicho aquella palabrota, ni cometido semejante bajeza! Me ocurría el consejo que mi padre me hubiera dado: “¿Has hecho mal?”. “Sí”. “Pues entonces pídele perdón”. No me atrevía a hacerlo así, porque me avergonzaba el tener que humillarme. Le miraba de reojo, veía su chaqueta de punto descosida por la espalda, ¡quién sabe! quizá por la mucha leña que había tenido que llevar; sentía que le quería de veras, y me decía a mí mismo: “¡Valor!”, pero la palabra perdóname no pasaba de la garganta. Él también, alguna que otra vez, me miraba de reojo; pero más bien me parecía apesadumbrado que rabioso. En tales ocasiones también yo le miraba fosco, para dar a entender que no tenía miedo. Él me repitió: “¡Ya nos veremos fuera!”. Y yo: “Sí que nos veremos fuera”. Pero no cesaba de pensar en lo que mi madre me había dicho una vez: “Si no tienes razón, defiéndete, pero no te pelees!”. Yo no cesaba de decir para mis adentros: “Me defenderé, pero no pegaré”. Estaba desazonado, triste; no oía lo que decía el maestro. Al fin llegó la hora de salida. Cuando me encontré solo en la calle, noté que él me seguía. Me detuve, y lo esperé con la regla en la mano. Se acercó él, y yo levanté la regla. “No, Enrique—dijo él con su bondadosa sonrisa—; seamos tan amigos como antes”. Me quedé aturdido por un momento, y luego sentí como si una mano me empujase por las espaldas, hasta encontrarme en sus brazos. Me abrazó y dijo: “Basta de mohines entre nosotros, ¿no es verdad?”. “¡Nunca, jamás! ¡Nunca, jamás!”, le respondí. Y nos separamos contentos. Cuando llegué a casa, sin embargo, y se lo conté todo a mi padre, creyendo que le agradaría, le sentó muy mal y me replicó: “Tú, debías haber sido el que primero tendiese la mano, puesto que habías cometido la falta”. Luego añadió: “No debiste levantar la regla sobre un compañero mejor que tú, sobre el hijo de un soldado!”. Y cogiéndome la regla de la mano, la hizo pedazos y la tiró contra la pared.
MI HERMANA
Viernes 24.—“¿Por qué, Enrique, después que nuestro padre te censuró el que te hubieses portado mal con Coreta, has hecho conmigo aquella acción? No te puedes imaginar la pena que he tenido. ¿No sabes que cuando tú eras niñito estaba al lado de tu cuna horas y horas, en vez de ir a divertirme con mis amigas, y que cuando estabas malo, todas las noches saltaba de la cama para ver si quemaba tu frente? ¿No sabes tú que ofendes a tu hermana, que ella haría de madre si una tremenda desgracia nos afligiese, y te querría tanto como a un hijo? ¿No sabes que cuando nuestro padre y nuestra madre no existan, yo seré tu mejor amiga, la sola con quien podrás hablar de nuestros muertos y de la infancia, y que si fuera preciso trabajaría para ti, Enrique, para poder tener pan y hacerte estudiar, y que te querré siempre cuando seas grande, y te seguiré con mi pensamiento cuando estés lejos, sin cesar, porque hemos crecido juntos y tenemos la misma sangre? ¡Oh, Enrique, tenlo por seguro! Cuando seas hombre, si te ocurre una desgracia, si estás solo, estoy segura que me buscarás y me vendrás a decir: ‘Silvia, hermana, déjame estar contigo; hablemos de cuando éramos felices, ¿te acuerdas? Hablemos de nuestra madre, de nuestra casa, de aquellos días hermosos tan lejanos’. ¡Ah Enrique! Siempre encontrarás a tu hermana con los brazos abiertos. Sí, querido Enrique, y perdóname también el regaño que ahora te hago. Yo no me acordaré de ninguna sinrazón tuya, ni aun cuando me dieses otros disgustos. ¿Qué me importa? Serás siempre mi hermano; del mismo modo no me acordaré de otra cosa más que de haberte tenido en mis brazos cuando niño, haber querido al padre y a la madre contigo, haberte visto crecer y haber sido por tantos años tu más fiel compañera. Pero escríbeme alguna palabra en este mismo cuaderno, y yo pasaré de nuevo a leerla antes de la noche. Entretanto, para demostrarte que no estaba incomodada contigo, al ver que estabas cansado, he copiado por ti el cuento mensual Sangre romañola, que tú debías copiar para el albañilito enfermo; búscalo en el cajoncito de la izquierda de tu mesa; lo he escrito todo en esta noche mientras dormías. Escríbeme alguna palabrilla cariñosa, te lo suplico.—Tu hermana Silvia”.
“No soy digno de besar tus plantas.—Enrique”.
SANGRE ROMAÑOLA
(CUENTO MENSUAL)
Aquella tarde la casa de Federico estaba más tranquila que de costumbre. El padre, que tenía una pequeña tienda de mercería, había ido a Forli a compras; su madre le acompañaba con Luisita, una niña a quien llevaba para que el médico la viera y le operase un ojo malo. Poco faltaba ya para la media noche. La mujer que venía a prestar servicio durante el día, se había ido al obscurecer. En la casa no quedaban más que la abuela, con las piernas paralizadas, y Federico, muchacho de trece años. Era una casita sola con piso bajo, colocada en la carretera y como a un tiro de bala de un pueblo inmediato a Forli, ciudad de la Romaña, y no tenía a su lado más que otra casa deshabitada, arruinada hacía dos meses por un incendio, sobre la cual se veía aún la muestra de una hostería. Detrás de la casita había un huertecillo rodeado de seto vivo, al cual daba una puertecilla rústica; la puerta de la tienda, que era también puerta de la casa, se abría sobre la carreterra. Alrededor se extendía la campiña solitaria, vastos campos cultivados y plantados de moreras.
Llovía y hacía viento. Federico y la abuela, todavía levantados, estaban en el cuarto donde comían, entre el cual y el huerto había una habitación llena de muebles viejos. Federico había vuelto a casa a las once, después de pasar fuera muchas horas; la abuela le había esperado con los ojos abiertos, llena de ansiedad, clavada en un ancho sillón de brazos, en el cual solía pasar todo el día y frecuentemente la noche, porque la fatiga no la dejaba respirar estando acostada.
El viento azotaba la lluvia contra los cristales; la noche era obscurísima. Federico había vuelto cansado, lleno de fango, con la chaqueta hecha jirones y con un cardenal en la frente, de una pedrada; venía de estar apedreándose con sus compañeros: llegaron a las manos como de costumbre, y por añadidura jugó y perdió sus cuartos, extraviándosele, además, la gorra en un foso.
Aun cuando la cocina no estaba iluminada más que por un pequeño velón de aceite, colocado en la esquina de una mesa que estaba al lado del sillón, sin embargo, la pobre abuela había visto en seguida en qué estado miserable se encontraba su nieto, y en parte adivinó, en parte le hizo confesar sus diabluras a Federico.
Ella quería con toda su alma al muchacho. Cuando supo todo, se echó a llorar: “¡Ah, no!—dijo luego al cabo de largo silencio—; tú no tienes corazón para tu pobre abuela. No tienes corazón cuando de tal modo te aprovechas de la ausencia de tu padre y de tu madre para darme estos disgustos. ¡Todo el día me has dejado sola! No has tenido ni tan siquiera compasión. ¡Mira, Federico! Tú vas por un pésimo camino, el cual te conducirá a un fin triste. He visto otros que comenzaron como tú y concluyeron muy mal. Se empieza por marcharse de casa para armar camorra con los chicos y jugar los cuartos; luego, poco a poco, de las pedradas se pasa a los navajazos, del juego a otros vicios, y de los vicios... al hurto”.
Federico estaba oyendo, derecho, a tres pasos de distancia, apoyado en un arca, con la barba caída sobre el pecho, con el entrecejo arrugado, y todavía caldeado por la ira de la riña. Un mechón de pelo castaño caía sobre su frente, y sus ojos azules estaban inmóviles. “Del juego al robo—repitió la abuela, que seguía llorando—. Piensa en ello, Federico; piensa en aquella ignominia de aquí, del pueblo, en aquel Víctor Monzón, que está ahora en la ciudad siendo un vagabundo; que a los veinticuatro años ha estado dos veces en la cárcel y ha hecho morir de sentimiento a aquella pobre mujer, su madre, a la cual yo conocía, y ha obligado a huir a su padre, desesperado, a Suiza. Piensa en este triste sujeto, al cual su padre se avergüenza de devolver el saludo, que anda en enredos con malvados peores que él, hasta el día que vaya a parar en un presidio. Pues bien: yo le he conocido siendo muchacho, y comenzó como tú. Piensa que llegarás a reducir a tu padre y a tu madre al extremo que él ha reducido a los suyos”.
Federico callaba. En realidad sentía contristado el corazón, pues sus travesuras se derivaban más bien de superabundancia de vida y de audacia que de mala índole; su padre le tenía mal acostumbrado precisamente por esto; porque considerándolo capaz, en el fondo, de los más hermosos sentimientos, y esperando ponerle a prueba de acciones varoniles y generosas, le dejaba rienda suelta, en la confianza de que por sí mismo se haría juicioso. Era, en fin, bueno mejor que malo, pero obstinado y muy difícil, aun cuando estuviese con el corazón oprimido por el arrepentimiento, para dejar escapar de su boca aquellas palabras que nos obligan al perdón: “¡Sí, he hecho mal; no lo haré más, te lo prometo; perdóname!”. Tenía el alma llena de ternura, pero el orgullo no le consentía que rebosase. “¡Ah, Federico!—continuó la abuela viéndole tan mudo—. ¿No tienes ni una palabra de arrepentimiento? ¿No ves a qué estado me encuentro reducida, que me podrían enterrar? No debieras tener corazón para hacerme sufrir, para hacer llorar a la madre de tu madre, tan vieja, con los días contados; a tu pobre abuela, que siempre te ha querido tanto, que noches y noches enteras te mecía en la cuna cuando eras niño de pocos meses, y que no comía por entretenerte: ¡tú no sabes! Lo decía siempre: ‘¡Éste será mi último consuelo!’. ¡Y ahora me haces morir! Daría de buena voluntad la poca vida que me resta por ver que te habías vuelto bueno, obediente, como en aquellos días... cuando te llevaba al santuario. ¿Te acuerdas, Federico, que me llenabas los bolsillos de piedrecillas y hierbas, y yo te volvía a casa en brazos, dormido? Entonces querías mucho a tu pobre abuela; ahora, que estoy paralítica y necesito de tu cariño como del aire para respirar, porque no tengo otro en el mundo, una pobre mujer medio muerta... ¡Dios mío!”.
Federico iba a lanzarse hacia su abuela, vencido por la emoción, cuando le pareció oír ligero rumor, cierto rechinamiento en el cuartito inmediato, aquél que daba sobre el huerto. Pero no comprendió si eran las maderas sacudidas por el viento u otra cosa. Puso el oído alerta. La lluvia azotaba los cristales. El ruido se repitió. La abuela lo oyó también. “¿Qué es?”, preguntaba turbada después de un momento. “La lluvia”, murmuraba el muchacho. “Por consiguiente, Federico—dijo la vieja enjugándose los ojos—, ¿me prometes que serás bueno, que no harás llorar nunca a tu abuela...?”. La interrumpió nuevamente un ligero ruido. “¡No me parece la lluvia!—exclamó palideciendo—. ¡Vete a ver! Pero—añadió en seguida—no, quédate aquí”, y agarró a Federico por la mano. Ambos a dos permanecieron con la respiración en suspenso. No oían sino el ruido de la lluvia. Luego ambos se estremecieron. Tanto a uno como a otro les había parecido sentir pasos en el cuartito. “¿Quién anda ahí?”, preguntó el muchacho haciendo un esfuerzo. Nadie respondió. “¿Quién anda ahí?”, volvió a preguntar Federico, helado de miedo. Pero apenas había pronunciado aquellas palabras, ambos lanzaron un grito de terror. Dos hombres entraron en la habitación: el uno agarró al muchacho y le tapó la boca con la mano; el otro cogió a la abuela por la garganta; el primero dijo: “¡Silencio, si no quieres morir!”. El segundo: “¡Calla!”, y la amenazó con un cuchillo. Uno y otro llevaban un pañuelo obscuro por la cara con dos agujeros delante de los ojos. Durante un momento no se oyó más que la entrecortada respiración de los cuatro y el rumor de la lluvia; la vieja apenas podía respirar de fatiga; tenía los ojos fuera de las órbitas. El que tenía sujeto al chico le dijo al oído: “¿Dónde tiene tu padre el dinero?”. El muchacho respondió con un hilo de voz y dando diente con diente: “Allá... en el armario”. “Ven conmigo”, dijo el hombre. Le arrastró hasta el cuartito, teniéndole cogido por el cuello. Allí había una linterna en el suelo. “¿Dónde está el armario?”, preguntó. El muchacho, sofocado, señaló el armario. Entonces, para estar seguro del muchacho, el hombre le arrodilló delante del armario, y apretándole el cuello entre sus piernas para poderlo estrangular si gritaba, y teniendo la navaja entre los dientes y la linterna en una mano, sacó del bolsillo con la otra un hierro aguzado que metió en la cerradura, forcejeó, rompió, abrió de par en par las puertas, revolvió furiosamente todo, se llenó las faltriqueras, cerró, volvió a abrir, y rebuscó; luego cogió al muchacho por la nuca, llevándole donde el otro tenía amarrada a la vieja, convulsa, con la cabeza caída y la boca abierta. Éste preguntó en voz baja: “¿Encontraste?”. El compañero respondió: “Encontré”, y añadió: “Mira a la puerta”. El que tenía sujeta a la vieja corrió a la puerta del huerto a ver si sentía a alguien, y dijo desde el cuartito con voz que pareció un silbido: “Ven”. El que había quedado, y que todavía tenía agarrado a Federico, enseñó el puñal al muchacho y a la vieja, que volvía a abrir ya los ojos, y dijo: “Ni una voz, o vuelvo atrás y os degüello”. Y les miró fijamente a los dos. En el mismo momento se oyó a lo lejos, por la carretera, un cántico de muchas voces. El ladrón volvió rápidamente la cabeza hacia la puerta, y por la violencia del movimiento se le cayó el antifaz. La vieja lanzó un grito: “¡Monzón!”. “¡Maldita!—rugió el ladrón, reconocido—. Tienes que morir”. Y se volvió con el cuchillo levantado contra la vieja, que quedó desvanecida en el mismo instante. El asesino descargó el golpe. Pero con un movimiento rapidísimo, dando un grito desesperado, Federico se había lanzado sobre su abuela y la había cubierto con su cuerpo. El asesino huyó, empujando la mesa y echando la luz por el suelo, que se apagó. El muchacho resbaló lentamente de encima de la abuela, cayó, de rodillas ante ella, y así permaneció con los brazos rodeándole la cintura y la cabeza apoyada en su seno. Pasó algún tiempo; todo permanecía completamente obscuro; el cántico de los labradores se iba alejando por el campo. La vieja volvió de su desmayo. “¡Federico!”, llamó con voz apenas perceptible, temblorosa. “¡Abuela!”, respondió el niño. La vieja hizo un esfuerzo para hablar, pero el terror le paralizaba la lengua. Estuvo un momento silenciosa, temblando fuertemente. Luego logró preguntar: “¿Ya no están?”. “No”. “¡No me han matado!”, murmuró la vieja con voz sofocada. “No... estás salvada, querida abuela. Se han llevado el dinero. Pero padre... había recogido casi todo”. La abuela respiró con fuerza. “Abuela—dijo Federico de rodillas y apretándole la cintura—; querida abuela..., me quieres mucho, ¿verdad?”. “¡Oh, Federico! ¡Pobre hijo mío—respondió aquélla, poniéndole las manos sobre la cabeza—. ¡Qué espanto debes haber tenido! ¡Oh, santo Dios misericordioso! Enciende luz... No, quedémonos a obscuras; todavía tengo miedo”. “Abuela—replicó el muchacho—, yo siempre os he dado disgustos a todos...”. “No, Federico, no digas eso; ya no pienses más en ello; todo lo he olvidado; ¡te quiero tanto!”. “Siempre os he dado disgustos—continuó Federico, trabajosamente y con la voz trémula—; pero os he querido siempre. ¿Me perdonas? Perdóname abuela”. “Sí, hijo, te perdono; te perdono de corazón. Piensa si no te debo perdonar. Levántate, niño mío. Ya no te reñiré nunca. ¡Eres bueno, eres muy bueno! Encendamos la luz. Tengamos un poco de valor. Levántate, Federico”. “Gracias, abuela—dijo el muchacho, con la voz cada vez más débil—. Ahora... estoy contento. Te acordarás de mí, abuela... ¿no es verdad? Os acordaréis todos siempre de mí... de vuestro Federico”. “¡Federico mío”, exclamó la abuela maravillada e inquieta, poniéndole la mano en las espaldas e inclinando la cabeza como para mirarle la cara. “Acordaos de mí—murmuró todavía el niño, con la voz que parecía un soplo—. Da un beso a mi madre... a mi padre... a Luisita... Adiós, abuela...”. “En el nombre del Cielo, ¿qué tienes?—gritó la vieja palpando afanosamente al niño en la cabeza, que había caído abandonada a sí misma en sus rodillas; y luego, con cuanta voz tenía en su garganta gritaba desesperadamente: “¡Federico! ¡Federico! ¡Niño mío! ¡Cielo santo, ayúdame!”. Pero Federico ya no respondió. El pequeño héroe, el salvador de la madre de su madre, herido de una cuchillada en el costado, había entregado su hermosa y valiente alma a Dios.
EL ALBAÑILILLO MORIBUNDO
Martes 28.—El pobre hijo del albañil está gravemente enfermo: el maestro nos dijo que fuésemos a verlo, y convinimos en ir juntos Garrón, Deroso y yo. Estardo habría venido también; pero como el maestro nos encargó la descripción del Monumento a Cavour, quería él verlo para hacerla más exacta. Sólo para probarle, invitamos al soberbio Nobis, que nos contestó: “No”, sin más. Votino se excusó asimismo, quizá por miedo a mancharse el vestido de cal. Nos fuimos al salir, a las cuatro. Llovía a cántaros. Garrón se detuvo de pronto, diciendo con la boca llena de pan: “¿Qué compramos?”. Y hacía sonar quince céntimos en el bolsillo. Pusimos otros diez cada uno, y compramos tres grandes naranjas. Subimos a la buhardilla. Delante de la puerta, Deroso se quitó la medalla y se la echó en el bolsillo; le pregunté por qué. “No sé—respondió—; para no presentarme así... Me parece más delicado entrar sin medalla”. Llamamos, nos abrió el padre, aquel hombrón que parecía un gigante; tenía la cara desencajada y estaba como espantado. “¿Quiénes sois?”, preguntó. Garrón respondió: “Somos compañeros de escuela de Antonio, a quien traemos tres naranjas”. “¡Ah, pobre Tono!—exclamó el albañil moviendo la cabeza—. ¡Tengo miedo de que no coma vuestras naranjas!”, y se limpiaba los ojos con el revés de la mano. Nos hizo pasar adelante, y entramos en un cuartillo abuhardillado, donde vimos al albañilito que dormía en una cama de hierro; su madre estaba apoyada en la cama con la cara entre las manos, y apenas se volvió para mirarnos; a un lado había colgadas brochas de encalar, picos y cribas para la cal; a los pies del enfermo estaba extendida una chaqueta de albañil blanqueada por el yeso. El pobre muchacho estaba flaco, muy pálido, con la nariz afilada, la respiración premiosa. ¡Oh, querido Tono, compañero mío, tan bueno y tan alegre, qué pena verte así! ¡Cuánto hubiera dado por verle poner el hocico de liebre, pobre albañilito! Garrón le dejó una naranja sobre la almohada, pegando con la cara: el perfume le despertó; la cogió, pero luego la abandonó, y se quedó mirando fijamente a Garrón. “Soy yo—dijo éste—, Garrón: ¿me conoces?”. Se sonrió con una sonrisa apenas perceptible, levantó con dificultad la mano y se la presentó a Garrón, que la cogió entre las suyas, apoyando contra ellas sus mejillas, y diciéndole: “¡Ánimo, ánimo, albañilito! Te pondrás bueno pronto y volverás a la escuela, y el maestro te pondrá cerca de mí: ¿estás contento?”. Pero él no respondió. La madre respondió entre sollozos: “¡Oh, mi pobre Tono! ¡Mi pobre Tono! ¡Tan guapo, tan bueno, y Dios me lo quiere arrebatar!”. “¡Cállate!—le dijo el albañil, desesperado—: ¡cállate, por amor de Dios, o pierdo la cabeza!”. Luego, dirigiéndose a nosotros angustiosamente: “Idos, idos, muchachos; gracias: idos: ¿qué queréis hacer aquí? Gracias; idos a casa”. El muchacho había cerrado los ojos y parecía muerto. “¿Necesita usted algún encargo?”, preguntó Garrón. “No, hijo mío, gracias—respondió el albañil—; idos a casa”. Y repitiendo esto, nos empujó hacia el descansillo de la escalera y cerró la puerta. Pero apenas habíamos bajado la mitad de los escalones, cuando le oímos gritar: “¡Garrón! ¡Garrón!”. Subimos a escape los tres. “¡Garrón!—gritó el albañil con semblante descompuesto—; te ha llamado por tu nombre; dos días hacía que no hablaba y te ha llamado dos veces; quiere que estés con él; ¡ven en seguida! ¡Ah, santo Dios! ¡Si fuera una buena señal!”. “Hasta la vista!—nos dijo Garrón—; yo me quedo”; y se entró en la casa con el padre. Deroso tenía los ojos llenos de lágrimas. Yo le dije: “¿Lloras por el albañilito? Si ya ha hablado, se curará”. “¡Así lo creo!—respondió Deroso—; pero no pensaba ahora en él... ¡Pensaba en lo bueno que es y en el alma tan hermosa que tiene Garrón!”.
EL CONDE DE CAVOUR
Miércoles 29.—“Tienes que hacer la descripción del monumento del conde de Cavour. Puedes hacerla. Pero quién era el conde de Cavour, no lo puedes comprender por ahora. Sabe solamente lo siguiente: fué durante muchos años primer ministro del Piamonte; fué quien mandó el ejército piamontés a Crimea para levantar con la victoria de Cernaia nuestra gloria militar, caída en la derrota de Novara; fué quien hizo bajar de los Alpes ciento cincuenta mil franceses para arrojar a los austriacos de Lombardía; quien gobernó a Italia en el período más solemne de nuestra revolución; quien dió en aquellos años el más poderoso impulso a la santa empresa de la unidad de la patria con su claro ingenio, con su constancia invencible, con su laboriosidad fuera de los humanos límites. Muchos generales pasaron horas terribles sobre el campo de batalla; pero él las pasó más terribles aún en su gabinete, cuando su enorme empresa podía venirse a tierra de un momento a otro, como frágil edificio sacudido por un terremoto; pasó horas de lucha, noches de angustia, con la razón perturbada y la muerte en el corazón. Este trabajo gigantesco y tempestuoso le acortó veinte años la vida. Y, sin embargo, devorado por la fiebre que le debía llevar al sepulcro, luchaba todavía desesperadamente con la enfermedad para poder hacer algo por su patria. ‘Es extraño—decía con dolor, desde su lecho de muerte—; ya no sé leer, no puedo leer’. Mientras le sacaban sangre y la fiebre aumentaba, pensaba en Italia y decía imperiosamente: ‘Curadme; mi mente se obscurece, necesito todas mis facultades para poder ocuparme en graves asuntos’. Cuando estaba en sus últimos momentos, y toda la ciudad se agitaba, y el rey no se separaba de su cabecera, decía con angustia: ‘Tengo muchas cosas que deciros, señor: muchas cosas que haceros ver; pero estoy enfermo, no puedo, no puedo’; y se desconsolaba. Siempre su pensamiento febril volaba tras del Estado, a las nuevas provincias italianas que se habían unido a nosotros, a tantas otras cosas que quedaban por hacer. Cuando el delirio se apoderaba de él: ‘Educad a la infancia—exclamaba entre las angustias de la muerte—; educad a la infancia y a la juventud... gobernad con la libertad’. El delirio crecía; la muerte se venía encima, y él invocaba con ardientes palabras al general Garibaldi, con el cual había tenido disentimientos, y a Venecia y Roma, que todavía no eran libres; tenía vastas visiones del porvenir de Italia y de Europa; soñaba con una invasión extranjera; preguntaba dónde estaban los cuerpos de ejército y los generales; temblaba por nosotros todavía, por su pueblo. Su mayor dolor, ¿comprendes? no era que le faltase la vida, sino ver que se le escapaba la patria que aún tenía necesidad de él, y por la cual había consumido en pocos años las fuerzas desmedidas de su prodigioso organismo. Murió con el grito de batalla en la garganta, y su muerte fué grande como su vida. Ahora, piensa un poco, Enrique, qué es nuestro trabajo, que, sin embargo, nos parece tan pesado; qué son nuestros dolores, nuestra misma muerte, frente a los trabajos, a los afanes formidables, a las tremendas agonías de aquellos hombres sobre cuyo corazón pesa un mundo. Piensa en esto, hijo, cuando pases por delante de aquella imagen de mármol, y dile desde el fondo de tu corazón: ‘¡Yo te glorifico!’.—Tu padre”.

