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Corazón

ABRIL

Reading edition

Sábado 1.º

RIMERO de abril. ¡Tres meses, tres meses todavía! Ha sido la mañana de hoy una de las más hermosas del año. Estaba contento en la escuela, porque Coreta me había dicho que iríamos pasado mañana con su padre a ver llegar al rey, que dice que le conoce; y también mi madre me había prometido llevarme el mismo día a visitar el asilo infantil de la Carrera Valdoceo. También lo estaba porque el albañilito está mejor, y porque ayer tarde, al pasar, el maestro dijo a mi padre; “Va bien, va bien”. ¡Y luego hacía una mañana tan hermosa de primavera! Desde las ventanas de la escuela se veía el cielo azul, los árboles del jardín todos cubiertos de brotes, y las ventanas de las casas abiertas de par en par, con los cajones y tiestos ya reverdecidos. El maestro no se reía, porque jamás se ríe; pero estaba de buen humor, tanto, que no se le veía la arruga recta que casi siempre tiene en medio de la frente, y explicaba un problema, en la pizarra, bromeando. Bien se notaba que sentía placer al respirar el aire del jardín que penetraba por las ventanas, lleno de fresco perfume de tierra y hojas, que hacía pensar en los paseos del campo. Mientras él explicaba, se oía en la calle inmediata a un maestro herrero que golpeaba sobre el yunque, y en la casa de enfrente una mujer que cantaba para dormir a un niño; lejos, en el cuartel de la Cernaia, sonaban las trompetas. Todos parecían contentos, hasta el mismo Estardo. En un momento, el herrero se puso a martillar más fuertemente, y la mujer a cantar más alto. El maestro cesó de explicar, y puso el oído atento. Luego, mirando por la ventana, dijo lentamente: “El suelo que sonríe, una madre que canta, un hombre honrado que trabaja, muchachos que estudian... ¡Oh qué cosas tan hermosas!”. Cuando salimos de la clase, vimos que todos los demás estaban también alegres; marchaban todos en fila marcando fuertemente el paso y cantando, como en víspera de vacaciones; las maestras jugueteaban; la de la pluma roja saltaba siguiendo a sus niños como una colegiala; los padres de los muchachos hablaban entre sí, riéndose, y la madre de Crosi, la verdulera, tenía en la cesta muchos ramitos de violetas, que llenaban de aroma el salón de espera. Yo nunca he sentido tanto contento al ver a mi madre que me aguardaba en la calle, y se lo dije según corría a su encuentro: “Estoy alegre: ¿qué ocurre para que esté tan contento hoy?”. Y mi madre me respondió, sonriendo, que era la bella estación y la conciencia tranquila.

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EL ASILO INFANTIL

Martes 4.—Mi madre, según me había prometido, me llevó ayer, después de almorzar, al asilo infantil de la Carrera Valdoceo. Iba para recomendar a la directora una hermanita de Precusa. Yo no había visto nunca un asilo. ¡Cuánto me divertí! Eran doscientos entre niños y niñas, tan pequeños, que los de la sección primera de nuestra escuela son hombres a su lado. Llegamos en el momento en que entraban formados en el refectorio, donde había dos larguísimas mesas con muchos agujeros redondos y en cada uno su escudilla negra, llena de arroz y judías, y una cucharilla de estaño al lado. Al entrar, algunos se caían y permanecían sentados en el suelo y allí se quedaban hasta que venía alguna maestra a ponerlos en pie. Muchos se paraban delante de una escudilla, creyendo que aquél era su sitio, engullían a escape una cucharada, cuando llegaba una maestra diciéndoles: “¡Adelante!”. Avanzaban tres o cuatro pasos, y vuelta a tragar otra cucharada; y adelante todavía, hasta que llegaban a su puesto, después de haber picado una media ración a cuenta de los demás. Finalmente, a fuerza de empujar y gritar: “¡Despachad! ¡Vamos pronto!”, les pusieron a todos en orden, y comenzó la oración. Pero los de la fila de dentro, que al rezar tenían que ponerse de espaldas a la escudilla, volvían la cabeza hacia atrás para no perderla de vista como si temiesen que se la cogieran, y así rezaban, con las manos juntas y los ojos al cielo, pero con el corazón en el plato. Luego se pusieron a comer. ¡Oh, qué espectáculo tan divertido! Uno comía con dos cucharas; otro se arreglaba con las manos; muchos separaban las judías enteras y se las metían en el bolsillo; otros las vertían en el delantalito y las golpeaban hasta hacer una pasta. No faltaba quien dejaba de comer, embobado, viendo volar las moscas, ni quien, al toser, lanzase una lluvia de arroz por su boca. Un gallinero, parecía aquel comedor. Pero, así y todo, el espectáculo era gracioso. Las dos filas de niñas hacían hermoso conjunto, con sus cabellos atados atrás con cintas rojas, verdes, azules. Una maestra preguntó a una fila de ocho niñas: “¿En dónde nace el arroz?”. Las ocho, abriendo de par en par la boca llena de comida, respondieron a una voz cantando: “Nace en el agua”. Luego la maestra mandó “¡manos en alto!”. Daba gusto ver entonces cómo de todos los bracitos, que dos meses antes estaban fajados, salían las manecitas, agitándose como si fueran otras tantas mariposas blancas o sonrosadas.

Más tarde fueron a jugar; pero antes todos iban cogiendo sus cestitas con la merienda, que estaban colgadas en las paredes. Salieron al jardín y se desparramaron, sacando sus provisiones; pan, ciruelas pasas, pedacitos de queso, un huevo cocido, manzanas, puñaditos de cereza, un ala de pollo. En un momento quedó cubierto el jardín de migajas, como si se hubieran esparcido granzas para bandadas de pájaros. Comían de las maneras más extrañas, como los conejos, como los topos y como los gatos, bien royendo, lamiendo o chupando. Había un niño que sostenía de punta, contra el pecho, una rebanada de pan y la untaba con un níspero, como si estuviese sacando brillo a una espada. Niñas que estrujaban en la mano requesones frescos, que escurrían por los dedos, como si fuera leche, hasta meterse por entre las mangas, y apenas si lo advertían ellas. Corrían y se perseguían unos a otros, con las manzanas y los panecillos entre los dientes, como los perros. Me chocó ver tres niñas que agujereaban con un palito un huevo duro; creyendo que en su interior había un tesoro, le desparramaban por el suelo, y luego iban recogiéndolo poco a poco con gran paciencia, como si fuesen perlas. Al que tenía en su cesto algo extraordinario, le rodeaban ocho o diez, con la cabeza inclinada para mirar, como habrían mirado la luna dentro de un pozo. Lo menos había veinte alrededor de cierto arrapiezo, como un huevo de alto, que tenía en la mano un cucurucho de azúcar, y todos iban a hacerle cumplidos para que permitiera mojar el pan allí; él daba permiso a unos y a otros a fuerza de súplicas, mas sólo concedía que le chupasen un dedo después de haberlo metido en el cucurucho.

Mi madre en esto, había vuelto al jardín, y acariciaba ya a uno, ya a otro. Muchos la seguían y se le echaban encima pidiéndole un beso, como si mirasen a un tercer piso, abriendo y cerrando la boca, como para pedir la papilla. Uno le ofreció un casco de naranja mordida ya; otro una cortecita de pan; una niña le dió una hoja; otra le enseñó con grande seriedad la punta del dedo índice, donde, mirando bien, se veía una ampollita microscópica que se había hecho el día antes tocando la llama de la luz. Le ponían ante sus ojos como grandes maravillas los insectos pequeñísimos, que yo no sé cómo los veían y los recogían, tapones de corcho partidos por la mitad, botoncitos de camisa, florecillas que cortaban de los tiestos. Un niño con una venda por la cabeza, que quería que a toda costa le oyesen, le contó no sé qué historia de una voltereta, de que no pude comprender ni palabra; otro se empeñó en que mi madre se inclinase, y le dijo al oído: “Mi padre hace escobas”. En el entretanto mil desgracias ocurrían en todas partes, que hacían acudir a las maestras: niñas que lloraban porque no podían deshacer un nudo del pañuelo; otras que se disputaban a arañazos y gritos dos semillas de manzana; otro niño que se había caído boca abajo sobre un banco derribado, y sollozaba sin poder levantarse.

Antes de salir mi madre, cogió en brazos a tres o cuatro, y entonces de todos lados vinieron corriendo para que también los cogiera, con las caras manchadas de yema de huevo y de zumo de naranja; quien la agarraba de las manos; quien le cogía un dedo para ver la sortija; quien le tiraba de la cadena del reloj, y quien se esforzaba por tocarle las trenzas. “¡Por Dios!—decían las maestras—; ¡le estropean a usted todo el vestido!”. Pero a mi madre le importaba nada el vestido y siguió besándoles, y ellos echándose encima, los primeros con los brazos extendidos como si quisieran trepar, los más distantes tratando de ponerse en primera fila, metiéndose por entre todos. “¡Adiós!, ¡Adiós!”, todos gritaban. Por fin mi madre pudo escaparse del jardín. Todos fueron corriendo a asomarse por entre los hierros de la verja para verla pasar y sacar los brazos fuera saludándola, ofreciéndole todavía pedazos de pan, bocaditos de nísperos, cortezas de queso, y gritando a unísono: “¡Adiós!, ¡Adiós!, ¡Adiós! ¡Vuelve mañana! ¡Que vengas otra vez!”. Mi madre, al salir, todavía acarició a aquellas cien manecitas, pasando la mano por ellas como sobre guirnaldas de rosas, y una vez en la calle, toda cubierta de migajas y de manchas, ajada y descompuesta, con una mano llena de flores y los ojos llenos de lágrimas, se sentía contenta como si saliera de una fiesta. Aún se oía el vocerío de dentro, cual gorjeo de pajarillos que dijeran: “¡Adiós!, ¡Adiós! ¡Ven otra vez, señorita!”.

EN CLASE DE GIMNASIA

Miércoles 5.—En vista de que el tiempo sigue hermosísimo, nos han hecho pasar de la gimnasia de salón a la de aparatos, que están colocados en el jardín. Garrón estaba ayer en el despacho del director cuando llegó la madre de Nelle, aquella señora rubia, vestida de negro, para suplicarle que dispensasen a su hijo de los nuevos ejercicios. Cada palabra le costaba un esfuerzo, y hablaba teniendo una mano puesta sobre la cabeza de su muchacho. “No puede...”, dijo al director. Pero Nelle se puso tan angustiado al ver que le excluían de los aparatos y que tenía que sufrir otra humillación más... “Ya verás, mamá—decía—, cómo hago lo que los demás”. Su madre le miraba en silencio, con expresión de afecto y de piedad. Luego, dudando, le hizo observar: “Pero temo que sus compañeros... Quería decir... temo que le hagan burla”. Pero Nelle respondió: “¡No me importa...! Y luego está Garrón. Me basta que esté él y que no se ría”. En vista de esto le dejaron venir. El maestro, aquél que tiene una herida en el cuello y que estuvo con Garibaldi, nos llevó en seguida a las barras verticales, que son muy altas, y era preciso que trepásemos hasta la punta y que nos pusiéramos en pie sobre el penúltimo eje transversal. Deroso y Coreta se subieron como dos monos: también el pequeño Precusa subió con soltura, aunque entorpecido por su chaquetón, que le llegaba hasta las rodillas; para hacerle reír, mientras iba subiendo, todos le decían su estribillo: “Dispénsame, dispénsame”. Estardo bufaba, se ponía colorado como pavo, apretaba los dientes que parecía perro rabioso; pero aun cuando hubiese reventado, habría llegado a lo alto, como llegó, en efecto; y también Nobis, que al llegar arriba adoptó una actitud de emperador; pero Votino se resbaló dos veces, a pesar de su bonito traje nuevo de rayitas azules, hecho exprofeso para la gimnasia. Para subir con más facilidad, todos se habían embadurnado las manos con pez griega, colofonia, como la llaman; y ya se sabe, el traficante de Garofi es quien provee a todos, vendiéndola en polvo, a cinco céntimos cartucho, y ganándose otro tanto. Luego tocó la vez a Garrón, que subió mascando pan, como si no hiciese nada, y creo que hubiera sido capaz de subir a uno de nosotros montado en las espaldas: hasta tal punto es vigoroso y fuerte aquel torete. Después de Garrón, vino Nelle. Apenas le vieron agarrarse a la barra con sus manos largas y delgadas, muchos comenzaron a reír y a embromarle; pero Garrón cruzó sus gruesos brazos sobre el pecho, y echó en derredor una mirada tan expresiva, que todos entendieron claramente que soltaría cuatro lapos al que se atreviera, aun delante del maestro; así que todos dejaron de reír. Nelle comenzó a trepar; le costaba mucho trabajo, ¡pobrecillo!; se le ponía la cara morada; respiraba muy fuerte; le corría el sudor por la frente. El maestro dijo: “¡Baja!”. Pero él no hacía caso, se obstinaba y hacía esfuerzos; yo esperaba verlo desplomarse medio muerto. ¡Pobre Nelle! comenzó a trepar; pensaba que si hubiese sido como él y me hubiese visto mi madre, ¡cómo habría sufrido, pobre madre mía! Y pensando en esto, le quería tanto a Nelle, que hubiese dado no sé qué porque al fin llegase arriba, o poderlo sostener por debajo sin que me viesen. Entretanto Garrón, Deroso y Coreta decían: “¡Arriba, Nelle, arriba; fuerza; todavía otro empujón; ánimo!”. Y Nelle hizo un esfuerzo violento, lanzando un gemido, y se encontró a dos cuartas del travesaño. “¡Bravo!—gritaron todos—¡Ánimo! ¡Ya no falta más que otro empujón!”. Y Nelle se agarró al travesaño. Todos le aplaudieron. “¡Bravo!—dijo el maestro—; pero ya basta; bájate”. Nelle quiso subir hasta la punta como los demás, y después de forcejear un momento, llegó a agarrarse con los brazos al último travesaño; luego puso las rodillas en el penúltimo, y, por fin, los pies; ¡ya está de pie!, sin poder respirar, pero sonriente. Volvimos a aplaudirle, y él miró entonces hacia la calle. Volví la cabeza hacia aquel lado, y a través de las plantas que cubren las verjas del jardín, vi a su madre que paseaba por la acera, sin atreverse a mirar. Nelle bajó, y todos le festejaron; estaba excitado, encendido; sus ojos resplandecían, y no parecía el mismo. Luego, a la salida, cuando su madre se le acercó y le preguntó algo inquieta abrazándole: “Y qué, pobre hijo, ¿cómo ha ido?, ¿cómo ha ido?”, todos los compañeros respondieron: “¡Lo ha hecho muy bien! Ha subido como nosotros. Es fuerte. Es ágil. Hace lo que los demás”. ¡Era preciso ver entonces el placer de aquella señora! Nos quiso dar las gracias y no pudo; apretó la mano a tres o cuatro; hizo una caricia a Garrón, se llevó consigo al hijo, y les vimos por un gran trecho que iban de prisa, hablando y gesticulando entre sí, tan contentos como no se les había visto nunca.

EL MAESTRO DE MI PADRE

Martes 11.—¡Qué expedición tan hermosa hice ayer con mi padre! He aquí cómo. Anteayer, al comer, leyendo el periódico, mi padre saltó de repente con una exclamación de maravilla. Luego añadió: “¡Y yo que le creía muerto hace veinte años! ¿Sabéis que todavía vive mi primer maestro de escuela, Vicente Croseti, que tiene ochenta y cuatro años? Veo que el Ministerio le ha dado la medalla de benemérito por sesenta años de enseñanza. Sesenta años... ¿lo entendéis? Y no hace más que dos que ha necesitado dejar de dar clase. ¡Pobre Croseti! Vive a una hora de ferrocarril de aquí, en Condove, el pueblo de nuestra antigua jardinera de la quinta de Chieri”. Y luego añadió: “Enrique, iremos a verle”. Y en toda la tarde no se habló más que de él.

El nombre de su maestro de escuela le traía a la memoria mil cosas de cuando era muchacho, de sus primeros compañeros, de su madre, ya difunta. “Croseti—exclamaba—tenía cuarenta años cuando yo iba a la escuela. Me parece estarlo viendo. Un hombrecillo un poco encorvado ya, con los ojos claros y la cara siempre afeitada. Severo, pero de buenas maneras, que nos quería como un padre, sin dejarnos pasar nada. A fuerza de estudio y de privaciones había llegado a maestro desde trabajador del campo. Un hombre honrado. Mi madre le profesaba grande afecto, y mi padre le trataba como a un amigo. ¿Cómo ha ido a parar a Condove desde Turín? No me reconocerá, ciertamente. No importa. Lo reconoceré yo. Han pasado cuarenta y cuatro años. ¡Cuarenta y cuatro años! Enrique, iremos a verle mañana”. Ayer mañana, a las nueve, estábamos en la estación de Susa. Yo hubiese querido que Garrón nos acompañase; pero no pudo, porque tiene a su madre enferma. Era una hermosa mañana de primavera. El tren corría por entre verdes prados y setos floridos; se percibía un aire cargado de olores. Mi padre estaba contento, y a cada paso me echaba un brazo al cuello y me hablaba como a un amigo, mirando al campo. “¡Pobre Croseti!—decía—. Él es el primer hombre que me quiso después de mi padre. No he olvidado nunca ciertos buenos consejos suyos, ni tampoco algunos regaños desabridos que me hacían volver a casa con el corazón triste. Tenía las manos gruesas y pequeñas. Aún le estoy viendo entrar en la escuela; ponía su bastón en un rincón, colgaba su capa en la percha, siempre con los mismos movimientos. Todos los días el mismo humor, concienzudo, atento y lleno de cariño, como si siempre fuera la primera vez que diera clase. Le recuerdo como si ahora mismo me gritase: ‘¡Chico, eh, chico! El índice y el del corazón sobre la pluma’. ¡Cómo habrá cambiado después de cuarenta y cuatro años!”. Apenas llegamos a Condove, fuimos en busca de nuestra antigua jardinera de Chieri, que tiene una tenducha en una callejuela. La encontramos con sus muchachos, nos recibió con mucha alegría, nos dió noticias de su marido, que debe volver de Grecia, donde está trabajando hace tres años, y de su primera hija, que está en el colegio de sordomudos, en Turín. Luego nos enseñó la calle para ir a casa del maestro, a quien todos conocen.

Salimos del pueblo y tomamos un caminito en cuesta, flanqueado de setos en flor.

Mi padre ya no hablaba: parecía totalmente absorto en sus recuerdos, y tan pronto sonreía como sacudía la cabeza. De repente se detuvo, y dijo: “¡Ahí está; apostaría cualquier cosa a que es él!”. Venía bajando hacia nosotros, por el caminillo, un viejo pequeñito de barba blanca, con ancho sombrero y apoyado en su bastón: arrastraba los pies y le temblaban las manos. “Él es”, repitió mi padre apresurando el paso. Cuando estábamos cerca, nos detuvimos. El viejo también se detuvo y miró a mi padre. Todavía tenía la cara fresca y los ojos claros y vivos. “¿Es usted—preguntó mi padre quitándose el sombrero—el maestro Vicente Croseti?”. El viejo también se quitó el sombrero y respondió: “Yo soy”, con voz algo temblona, pero llena. “Pues bien—dijo mi padre cogiéndole la mano—: permita apretar su mano a un antiguo discípulo, y preguntarle cómo está. He venido de Turín para ver a usted”. El viejo le miró asombrado. Luego dijo: “Es demasiado honor para mí..., no sé... ¿Cuándo ha sido mi discípulo? Perdóneme si le pregunto. ¿Cuál es su nombre, por favor?”. Mi padre le dijo su nombre, el año que había ido a su escuela y dónde, y añadió: “Usted no se acordará de mí, es natural. ¡Pero yo le reconozco a usted tan bien...!”. El maestro inclinó la cabeza y se puso a mirar al suelo pensando y murmurando por dos o tres veces el nombre de mi padre; el cual, entretanto lo miraba con los ojos fijos y sonriente.

De pronto, el viejo levantó la cara, con los ojos muy abiertos y dijo con lentitud: “¿Conque... hijo del ingeniero...? ¿Aquél que vivía en la plaza de la Consolación?”. “Aquél”, respondió mi padre cogiéndole las manos. “Entonces...—dijo el viejo—permítame, querido señor, permítame”, y habiéndose adelantado, abrazó a mi padre. Su cabeza, blanca, apenas le llegaba al hombro. Mi padre apoyó la mejilla sobre su frente. “Tenga la bondad de venir conmigo”, dijo el maestro. Y sin hablar se volvió y emprendió el camino hacia su casa. En pocos minutos llegamos a un corral, delante de una casa pequeña con dos puertas, una de ellas con el dintel blanqueado alrededor.

El maestro abrió la segunda y nos hizo entrar en un cuarto. Cuatro paredes blancas; en un rincón un catre de tijera con colcha de cuadritos blancos y azules; en otro, la mesita con una pequeña librería; cuatro sillas y un viejo mapa clavado en la pared: ¡qué olor tan rico a manzanas!

Nos sentamos los tres. Mi padre y el maestro se estuvieron mirando en silencio un momento. “¡Ya, ya!—exclamó el maestro fijando su mirada sobre el suelo de ladrillos, donde el sol pintaba un tablero de ajedrez—. ¡Oh! me acuerdo bien. ¡Su señora madre era una señora tan buena...! Usted, en el primer año, estuvo una temporada en el primer banco de la izquierda, cerca de la ventana. ¡Vea usted si me acuerdo! Me parece que estoy viendo su cabeza rizada”. Luego se quedó un rato pensativo. “¡Era muchacho vivo...! ¡Vaya! ¡Mucho! el segundo año estuvo enfermo del crup. Me acuerdo cuando volvió usted a la escuela, delgado y envuelto en un mantón. Cuarenta años han pasado, ¿no es verdad? Ha sido muy bueno al acordarse de su maestro. Han venido otros en años anteriores a buscarme, antiguos discípulos míos: un coronel, sacerdotes, varios señores”. Preguntó a mi padre cuál era su profesión. Luego dijo: “Me alegro, me alegro de todo corazón. Se lo agradezco. Hacía tanto tiempo que no veía a nadie, que tengo miedo de que usted sea el último”. “¡Quién piensa en eso!—exclamó mi padre—, usted está bien y robusto; no debe de decir semejante cosa”. “¡Eh, no!—respondió el maestro—. ¿No ve usted este temblor?—y enseñó las manos—. Ésta es mala señal: me atacó hace años, cuando todavía estaba en la escuela. Al principio no hice caso; me figuré que pasaría. Pero, al contrario, fué creciendo. Llegó un día en que no podía ya escribir. ¡Ah! aquel día, la primera vez que hice un garabato en el cuaderno de un discípulo, fué para mí un golpe mortal. Aun seguí adelante algún tiempo, pero al fin no pude más, y después de sesenta años de enseñanza tuve que despedirme de la escuela, de los alumnos y del trabajo. Me costó mucha pena. La última vez que di lección me acompañaron todos hasta casa y me festejaron mucho; pero yo estaba triste y comprendía que mi vida iba acabando. El año anterior había perdido mi mujer y mi hijo. No me quedaron más que dos nietos labradores. Ahora vivo con algunos cientos de liras que me dan de pensión. No hago nada y los días me parece que no concluyen nunca. Mi única ocupación consiste en hojear mis viejos libros de escuela, colecciones de periódicos escolares y algún libro que me regalan. Allí están—dijo señalando a la pequeña biblioteca—, allí están mis recuerdos, todo mi pasado... ¡No que queda más en el mundo!”. Luego, cambiando de improviso, dijo alegremente: “Voy a proporcionar a usted una sorpresa, querido señor”. Se levantó, y acercándose a la mesa, abrió un cajoncito largo que contenía muchos paquetes pequeños, atados todos con un cordón, y con una fecha escrita de cuatro cifras. Después de buscar un momento, abrió uno, hojeó muchos papeles, sacó uno amarillento y se lo presentó a mi padre. ¡Era un trabajo suyo de hacía cuarenta años! En la cabeza había escrito lo siguiente: (el nombre de mi padre) y dictado, 3 de abril, 1838. Mi padre al momento reconoció su letra, gruesa, de chico, y se puso a leer sonriendo. Pero de pronto se le nublaron los ojos. Yo me levanté para preguntarle qué tenía.

Me pasó un brazo en derredor de la cintura, y apretándome contra él, me dijo: “Mira esta hoja. ¿Ves? Éstas son las correciones de mi pobre madre. Ella siempre me duplicaba las eles y las erres. Las últimas líneas son todas suyas. Había aprendido a imitar mi letra, y cuando estaba cansado y tenía sueño, terminaba el trabajo por mí. ¡Santa madre mía!”. Y besó la página. “He aquí—dijo el maestro, enseñando los otros paquetes—. ¡Mis memorias! Cada año ponía aparte un trabajo de cada uno de mis discípulos, y aquí están numerados y ordenados. Muchas veces los hojeo, y así, al pasar, leo una línea de uno, otro línea de otro, y vuelven a mi mente mil cosas que me hacen resucitar tiempos añejos. ¡Cuántos han pasado, querido señor! Yo cierro los ojos, y empiezo a ver caras y más caras, y clases y más clases, ciento y cientos de muchachos, de los cuales Dios sabe cuántos han muerto ya. De muchos me acuerdo bien. Me acuerdo bien de los mejores y de los peores, de aquéllos que me han dado muchas satisfacciones y de aquéllos que me hicieron pasar momentos tristes; los he tenido verdaderamente endiablados, porque en tan gran número no hay remedio. Ahora, usted lo comprende, estoy ya como en el otro mundo, y a todos los quiero igualmente”. Se volvió a sentar, cogiendo una de mis manos entre las suyas. “Y de mí—preguntó mi padre riéndose—. ¿No recuerda ninguna travesura?”. “¿De usted, señor?—respondió el viejo con la sonrisa también en los labios—. No, por el momento. Pero no quiere esto decir que no me las hiciera. Usted tenía, sin embargo, juicio, y era serio para su edad. Me acuerdo el cariño tan grande que le tenía su señora madre... ¡Qué bueno ha sido y qué atento al venir a verme aquí! ¿Cómo ha podido dejar sus ocupaciones para llegar hasta la pobre morada de un viejo maestro?”. “Oiga, señor Croseti—respondió mi padre con viveza—. Recuerdo la primera vez que mi pobre madre me acompañó a su escuela. Era la primera vez que debía separarse de mí por dos horas, y dejarme fuera de casa en otras manos que las de mi padre, al lado de una persona desconocida. Para aquella buena criatura, mi entrada en la escuela era como la entrada en el mundo, la primera de una larga serie de separaciones necesarias y dolorosas: era la sociedad que le arrancaba por primera vez al hijo para no devolvérselo jamás por completo. Estaba conmovida, y yo también. Me recomendó a usted con voz temblorosa, y luego, al irse, me saludó por la puerta entreabierta, con los ojos llenos de lágrimas. Precisamente en aquel momento usted le hizo un ademán con una mano, poniéndose la otra sobre el pecho, como para decirle: ‘Señora, confíe en mí’. Pues bien: aquel ademán suyo, aquella mirada por la cual me di cuenta de que usted había comprendido todos los sentimientos, todos los pensamientos de mi madre; aquella mirada, que quería decir: ‘¡Valor!’; aquel ademán que era una honrada promesa de protección, de cariño y de indulgencia, jamás la he olvidado; aquel recuerdo es el que me ha hecho salir de Turín. Heme aquí después de cuarenta y cuatro años, para decirle: Gracias, querido maestro”. El maestro no respondió; me acariciaba los cabellos con la mano, la cual temblaba, saltando de los cabellos a la frente, de la frente a los hombros.

Entretanto mi padre miraba aquellas paredes desnudas, aquel pobre lecho, un pedazo de pan y una botellita de aceite que tenía sobre la ventana, como si quisiese decir: Pobre maestro, después de sesenta años de trabajo, ¿es éste tu premio? Pero el pobre viejo estaba contento, y comenzó de nuevo a hablar con viveza de nuestra familia, de otros maestros de aquellos años y de los compañeros de escuela de mi padre, el cual se acordaba de algunos, pero de otros no; el uno daba al otro noticias de éste o aquél; mi padre interrumpió la conversación para suplicar al maestro que bajase con nosotros al pueblo para almorzar; él contestó con espontaneidad: “Se lo agradezco, muchas gracias”; pero parecía indeciso. Mi padre, cogiéndole ambas manos, le suplicó una y otra vez. “Pero ¿cómo voy a arreglarme—dijo el maestro—para comer con estas pobres manos, que siempre están bailando de este modo? ¡Es un martirio para los demás!”. “Nosotros le ayudaremos, maestro”, dijo mi padre. Aceptó moviendo la cabeza y sonriendo. “¡Hermoso día!—dijo cerrando la puerta de fuera: ¡un día hermoso, querido señor! Le aseguro que me acordaré mientras viva”. Mi padre dió el brazo al maestro; éste me cogió por la mano, y bajamos. Encontramos dos muchachillas descalzas que conducían vacas, y un muchacho que pasó corriendo con una gran carga de paja al hombro. El maestro nos dijo que eran dos alumnas y un alumno de segunda, que por la mañana llevaban las bestias al pasto y trabajaban en el campo, y por la tarde se ponían los zapatitos e iban a la escuela. Era ya cerca del mediodía. No encontramos a nadie más. En pocos minutos llegamos a la posada, nos sentamos a una gran mesa, colocándose el maestro en el centro, y empezamos en seguida a almorzar. La posada estaba silenciosa como un convento. El maestro rebosaba de alegría, y la emoción aumentaba el temblor de sus manos; casi no podía comer. Pero mi padre le partía la carne, le preparaba el pan y le ponía la sal en los manjares. Para beber era necesario que tomase el vaso con las dos manos, y aun así le golpeaba contra los dientes. Charlaba mucho, con calor, de los libros de lectura, de cuando era joven, de los horarios de entonces, de los elogios que los superiores le habían otorgado, de los reglamentos de los últimos años, sin perder su fisonomía, serena, más encendida que en un principio, con la voz simpática y la cara animada de un muchacho. Mi padre no se cansaba de mirarle, con la misma expresión con que a veces le sorprendo yo cuando me mira en casa, pensando y sonriendo a solas, con la cabeza algo inclinada hacia un lado. Al maestro se le vertió el vino sobre el pecho, y mi padre se levantó y le limpió con la servilleta. “¡No, eso no, señor, no lo permito!”, decía riéndose. Pronunciaba algunas palabras en latín. Al fin levantó el vaso, que le bailaba en la mano, y dijo con mucha seriedad: “A su salud, querido señor... a la de sus hijos y a la memoria de su buena madre!”. “¡A vuestra salud, mi buen maestro!”, respondió mi padre apretándole la mano. En el fondo de la habitación estaba el posadero y otro, que miraban y sonreían de tal modo, que parecía que gozaban en aquella fiesta en honor del maestro de su pueblo.

A más de las dos salimos, y el maestro se empeñó en acompañarnos a la estación. Mi padre le dió el brazo otra vez, y él me cogió de nuevo de la mano; yo le llevaba el bastón. La gente se detenía a mirar, porque todos le conocían; algunos le saludaban. Cuando llegábamos a determinado sitio del camino, oímos muchas voces que salían de una ventana, como de muchachos que leían juntos. El viejo se detuvo y pareció entristecerse. “He aquí querido señor mío—dijo—, lo que me da pena: oír la voz de los muchachos en la escuela, y no estar con ellos y pensar que está otro. He escuchado sesenta años seguidos esta música, y mi corazón estaba hecho a ella. Ahora estoy sin familia. Ya no tengo hijos”. “No, maestro—le dijo mi padre reanudando la marcha—; usted tiene ahora muchos hijos esparcidos por el mundo, que se acuerdan de usted como me he acordado yo siempre”. “No, no—respondió el maestro con tristeza—; ya no tengo escuela, ya no tengo hijos. Y sin hijos no puedo vivir más. Pronto sonará mi última hora”. “No diga eso maestro; no lo piense—repuso mi padre—. De todos modos, ¡usted ha hecho tanto bien...! Ha empleado su vida tan noblemente...”. El viejo maestro inclinó un momento su blanca cabeza sobre el hombro de mi padre, y me apretó la mano. Habíamos entrado ya en la estación. El tren iba a partir. “¡Adiós, maestro!”, dijo mi padre abrazándole y besándole la mano. “¡Adiós, gracias, adiós!”, respondió el maestro cogiendo con sus temblorosas manos una de mi padre, que apretaba contra su corazón.

Luego le besé yo; tenía la cara mojada por las lágrimas. Mi padre me empujó hacia dentro del coche, y en el momento de subir cogió con rapidez el tosco bastón que llevaba el maestro en su mano, poniéndole en su lugar una hermosa caña con puño de plata y sus iniciales, diciéndole: “Consérvela en mi memoria”. El viejo intentó devolvérsela y recobrar la suya; pero mi padre estaba ya dentro y había cerrado la portezuela. “¡Adiós, mi buen maestro!”. “¡Adiós, hijo mío...!—contestó él (el tren se puso en movimiento)—¡y Dios le bendiga por el consuelo que ha traído a un pobre viejo!”. “¡Hasta la vista!”, gritó mi padre con voz conmovida. Pero el maestro movió la cabeza, como diciendo: “No, ya no nos veremos más”. “Sí, sí—repitió mi padre—; hasta la vista”. Él respondió levantando su trémula mano al cielo: “¡Allá arriba!”. Y desapareció a nuestra vista en la misma postura, señalando con la mano al cielo.

CONVALECENCIA

Jueves 20.—¡Quién me había de decir, cuando volvía tan alegre de aquella hermosa excursión con mi padre, que pasaría diez días sin ver el campo ni el cielo! He estado muy malo, en peligro de muerte. He oído sollozar a mi madre, he visto a mi padre muy pálido, mirándome con los ojos fijos, a mi hermana Silvia y mi hermano que me hablaban en voz baja, al médico de los anteojos, que no se separaba de mi lado, y me decía cosas que yo no comprendía. He estado bien cerca de dar un último adiós a todos. ¡Ah, pobre madre mía! Pasé tres o cuatro días por lo menos, de los cuales no me acuerdo nada, como si hubiese estado en medio de un sueño embrollado y obscuro. Me parece haber visto al lado de mi cama a la buena maestra de la sección primaria superior, que se esforzaba por sofocar la tos con el pañuelo para no molestarme; recuerdo, confusamente también, a mi maestro, que se inclinó para besarme, y me pinchó un poco la cara con sus barbas; he visto pasar, como en medio de una niebla, la cabeza roja de Crosi, los rizos rubios de Deroso, al calabrés vestido de negro, a Garrón, que me trajo una naranja mandarina con hojas, y se marchó en seguida porque su madre estaba enferma. Me desperté como de larguísimo sueño, y comprendí que estaba mejor al ver a mi padre y a mi madre que sonreían, y al oír a Silvia que cantaba. ¡Oh, qué sueño tan triste ha sido! Luego, cada día que pasaba me sentía mejor. Vino el albañilito, que me hizo reír al poner el hocico de liebre, que ahora lo hace admirablemente porque se le ha alargado algo la cara con la enfermedad; ¡pobrecillo! Vino Coreta, y también Garofi, a regalarme dos billetes para su nueva rifa de “un cortaplumas con cinco sorpresas”, que compró a un tendero amigo suyo. Ayer, mientras dormía, entró Precusa, puso su cara sobre mi mano, sin despertarme, y como venía del taller de su padre, negro de polvo del carbón, me dejó una marca negra en la manga, que luego, al despertarme, he visto con mucho gusto. ¡Qué verdes se han puesto los árboles en estos pocos días! ¡Y qué envidia me dan los muchachos que veo ir corriendo a la escuela con sus libros, cuando mi padre me acerca a la ventana! Pero poco tardaré en volver yo también. ¡Estoy tan impaciente por volver a ver a todos, mi banco, el jardín, aquellas calles; saber todo lo que en este tiempo haya pasado; coger de nuevo mis libros y mis cuadernos, que me parece que ya hace un año que no los veo! ¡Pobre madre mía, qué delgada y qué pálida está! ¡Pobre padre mío, qué aire tan cansado tiene! ¡Y mis buenos compañeros que han venido a verme, y andaban de puntillas y me besaban en la frente! Me da tristeza pensar que llegará un día en que nos separemos. Con Deroso y con algún otro quizá continuaré haciendo mis estudios; pero ¿y los demás? Una vez que concluyamos el cuarto año, ¡adiós!, no nos volveremos a ver; no los veré ya al lado de mi cama cuando esté malo; Garrón, Precusa, Coreta, tan buenos muchachos, tan queridos compañeros míos, esos no los volveré a ver probablemente.

LOS AMIGOS ARTESANOS

Jueves 20.—“¿Por qué, Enrique, no los volverás a ver? Esto dependerá de ti. Una vez que termines el cuarto año, irás a la Escuela Secundaria, y ellos se dedicarán a un oficio. Pero permaneceréis en la misma ciudad quizá por muchos años. ¿Por qué entonces no os habéis de ver más? Cuando estés en la Universidad o en la Academia, los irás a buscar a sus tiendas o a sus talleres, y te dará mucho gusto encontrarte con tus compañeros de la infancia, ya hombres, en su trabajo. ¿Cómo es posible que tú no vayas a buscar a Coreta y a Precusa, donde quiera que estén? Irás y pasarás con ellos horas enteras en su compañía, y verás, estudiando la vida y el mundo, cuántas cosas puedes aprender de ellos, y que nadie te sabrá enseñar mejor, tanto sobre sus oficios, como acerca de su sociedad, como de tu país. Y ten presente que si no conservas estas amistades, será muy difícil que adquieras otras semejantes en el porvenir; amistades, quiero decir, fuera de la clase a que tú perteneces; así vivirás en una sola clase; y el hombre que no frecuenta más que una clase sola, es como el hombre estudioso que no lee más que un solo libro. Proponte, por consiguiente, desde ahora, conservar estos buenos amigos aun para cuando os hayáis separado, y procura cultivar su trato con preferencia, precisamente porque son hijos de artesanos. Mira: los hombres de las clases superiores son los oficiales, y los operarios son los soldados del trabajo; pero tanto en la sociedad civil como en el ejército, no sólo es el soldado tan noble como el oficial, toda vez que la nobleza está en el trabajo y no en la ganancia, en el valor y no en el grado, sino que si hay superioridad en el mérito, está de parte del soldado y del operario, porque sacan de su propio esfuerzo menor ganancia. Ama, pues, y respeta sobre todo, entre tus compañeros a los hijos de los soldados del trabajo; honra en ellos los sacrificios de sus padres; desprecia las diferencias de fortuna y clase; porque sólo las gentes despreciables miden los sentimientos y la cortesía por aquellas diferencias; piensa que de las venas de los que trabajan en los talleres y los campos salió la sangre bendita que redimió a la patria; ama a Garrón, ama a Precusa, ama a Coreta, ama a tu albañilito, que en sus pechos de operarios encierran corazones de príncipes; júrate a ti mismo que ningún cambio de fortuna podrá jamás arrancar de tu alma estas santas amistades infantiles. Jura que si dentro de cuarenta años, al pasar por una estación de ferrocarril, reconocieras bajo el traje de maquinista a tu viejo Garrón, con la cara negra... ¡Ah! No quiero que lo jures: estoy seguro que saltarás sobre la máquina y que le echarás los brazos al cuello, aun cuando seas senador del Reino”. Tu padre.

LA MADRE DE GARRÓN

Sábado 29.—Apenas volví a la escuela, recibí muy triste noticia. Hacía varios días que Garrón no iba porque su madre estaba gravemente enferma. Murió el sábado por la tarde. Ayer mañana, en seguida de que entré en la escuela, nos dijo el maestro: “Al pobre Garrón le ha cabido la más negra desgracia que puede caer sobre un niño. Su madre ha muerto. Mañana volverá a clase. Desde ahora os suplico, muchachos, que respetéis el terrible dolor que destroza su alma. Cuando entre, saludadlo con cariño, estad serios; nadie juegue, nadie sonría al mirarlo, nadie, os lo recomiendo”. Y en efecto, esta mañana, algo más tarde que los demás, entró el pobre Garrón. Sentí una grande angustia en el corazón al verlo. Tenía la cara sin vida, los ojos encendidos, y apenas se sostenía sobre las piernas: parecía que había estado enfermo un mes; era difícil reconocerlo; vestía todo de negro, y daba compasión. Nadie respiró; todos le miraron. Apenas entró, al ver por primera vez la escuela, donde su madre había venido a buscarle casi todos los días; aquel banco sobre el cual tantas veces se había inclinado ella los días de examen para hacerle la última recomendación, y donde él tantas veces había pensado en ella, impaciente por salir a encontrarla, no pudo menos que estallar en un golpe de llanto desesperado. El maestro lo trajo a su lado, y apretándole contra su pecho, le dijo: “¡Llora, llora, pobre niño, pero ten valor! Tu madre ya no está aquí; pero te ve, te ama todavía, vive a tu lado, y la volverás a ver, porque tienes un alma buena y honrada como ella. Ten valor”. Dicho esto, le acompañó al banco, cerca de mí. Yo no me atreví a mirarle. Sacó sus cuadernos y sus libros, que hacía muchos días que no había abierto; al abrir el libro de lectura, donde hay una viñeta que representa una madre con su hijo de la mano, no pudo contener el llanto, y dejó caer su cabeza sobre el brazo. El maestro nos hizo señal para que lo dejásemos estar así, y comenzó la lección. Yo hubiese querido decirle algo, pero no sabía. Le puse una mano sobre el brazo, y le dije al oído: “No llores, Garrón”. No contestó, y sin levantar la cabeza del banco, puso su mano en la mía, y así la tuvo un buen rato. A la salida nadie le habló; todos pasaron a su lado con respeto y silencio. Yo vi a mi madre, que me esperaba, y corrí a su encuentro para abrazarla; pero ella me rechazaba y miraba a Garrón. En el primer momento no comprendí por qué; pero luego advertí que Garrón solo, a un lado, me miraba; me miraba con implacable tristeza, que quería decir: “¡Tú abrazas a tu madre; yo ya no la abrazaré más! ¡Tú tienes todavía madre, y la mía ha muerto!”. Entonces comprendí por qué mi madre me rechazaba, y salí sin darle la mano.

JOSÉ MAZZINI

Sábado 29.—Garrón vino también hoy por la mañana a la escuela; estaba pálido y tenía los ojos hinchados por el llanto; apenas miró los regalillos que le habíamos puesto sobre el banco para consolarle. El maestro había llevado, sin embargo, una página de un libro de lectura para reanimarle. Primero nos advirtió que fuésemos todos mañana a las doce al Ayuntamiento, para ver dar la medalla del valor a un muchacho que ha salvado a un niño en el Po, y que el lunes nos dictaría él la descripción de la fiesta, en vez del cuento mensual. Luego, volviéndose a Garrón, que estaba con la cabeza baja, le dijo: “Garrón, haz un esfuerzo y escribe tú también lo que voy a dictar”. Todos cogimos la pluma. El maestro dictó: “José Mazzini, nació en Génova en 1805, murió en Pisa en 1872; patriota de alma grande, escritor de preclaro ingenio, inspirador y primer apóstol de nuestra revolución italiana, por amor a la patria vivió cuarenta años pobre, desterrado, perseguido, errante, con heroica fidelidad a sus principios y a sus propósitos. José Mazzini, que adoraba a su madre, y que había heredado de ella todo lo que en su alma fortísima y noble había de más elevado y puro, escribía así a un fiel amigo suyo para consolarle de la mayor de las desventuras. Poco más o menos he aquí sus palabras: ‘Amigo: No, no verás nunca a tu madre sobre esta tierra. Ésta es la tremenda verdad. No voy a verte, porque el tuyo es de aquellos dolores solemnes y santos que es necesario sufrir y vencer cada cual por sí mismo. ¿Comprendes lo que quiero decir con estas palabras? ¡Es preciso vencer el dolor! Vencer lo que el dolor tiene de menos santo, de menos purificante; lo que, en vez de mejorar el alma, la debilita y la rebaja. Pero la otra parte del dolor, la parte noble, la que engrandece y levanta el espíritu, ésta debe permanecer contigo y no abandonarte jamás. Aquí abajo nada substituye a una buena madre. En los dolores, en los consuelos que todavía puede darte la vida, tú no la olvidarás jamás. Pero debes recordarla, amarla, entristecerte por su muerte de un modo que sea digno de ella. ¡Oh, amigo, escúchame! La muerte no existe, no es nada. Ni siquiera se puede comprender. La vida es vida, y sigue la ley de la existencia: el progreso. Tenías ayer una madre en la tierra: hoy tienes un ángel en otra parte. Todo lo que es bueno sobrevive con mayor potencia a la vida eterna. Por consiguiente, también el amor de tu madre. Ella te quiere ahora más que nunca, y tú eres responsable de tus actos ante ella más que antes. De ti depende, de tus obras, el encontrarla, el volverla a ver en otra vida. Debes, por tanto, por amor y reverencia a tu madre, llegar a ser mejor y que goce de ti, de tu conducta. Tú, en adelante, deberás en todo acto tuyo decirte a ti mismo: ‘¿Lo aprobaría mi madre?’. Su transformación ha puesto para ti en el mundo un ángel custodio, al cual debes referir todas las cosas. Sé fuerte y bueno; resiste el dolor desesperado y vulgar; ten la tranquilidad de los grandes sufrimientos en las grandes almas; esto es lo que ella quiere’.

“¡Garrón!—añadió el maestro—: sé fuerte y está tranquilo; esto es lo que ella quiere. ¿Comprendes?”.

Garrón indicó que sí con la cabeza; pero gruesas y abundantes lágrimas le caían sobre las manos, sobre el cuaderno, sobre el banco.

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VALOR CÍVICO

(CUENTO MENSUAL)

A medio día estábamos con el maestro ante el palacio municipal, para presenciar la entrega de la medalla del valor cívico al chico que salvó a un compañero suyo en el Po.

Sobre la terraza de la fachada ondeaba la bandera tricolor.

Entramos en el patio.

Ya estaba lleno de gente. Se veía allí, en el fondo, una mesa con tapete encarnado y encima varios papeles, y detrás una fila de sillones dorados para el alcalde y la Junta, varios ujieres del Ayuntamiento estaban de pie alrededor del estrado con sus dalmáticas azules y sus calzas blancas. A la derecha del patio había formado un piquete de guardias municipales, todos los cuales se hallaban condecorados con muchas y distintas cruces, y al lado otro piquete de carabineros; en la parte opuesta, los bomberos con uniforme de gala y muchos soldados sin formar, que habían venido a presenciar la ceremonia, de caballería, infantería, cazadores y artillería: de todas las armas, en fin. Y, por último, alrededor, caballeros, gente del pueblo, oficiales, mujeres y niños que se apretaban: un gentío inmenso. Nos arrinconamos en un ángulo del patio.

Alumnos de otras escuelas estaban con sus maestros, y había cerca de nosotros un grupo de muchachos del pueblo de diez a dieciocho años, que reían y hablaban recio, y se comprendía que eran todos del barrio del Po, compañeros o conocidos del que debía recibir la medalla. Arriba, en todas las ventanas, estaban asomados los empleados del Ayuntamiento; la galería de la biblioteca también estaba llena de gente, que se apiñaba contra la balaustrada, y en la del lado opuesto, que está sobre la puerta de entrada, se agolpaba gran número de muchachos de las escuelas públicas, y muchas huérfanas de militares, con sus graciosos velos celestes. Parecía un teatro. Todos discurrían alegremente, mirando de vez en cuando el sitio donde estaba la mesa encarnada, a ver si se presentaba alguno. La banda de música se oía a lo lejos, en el fondo del pórtico. Las paredes resplandecían con el sol. Estaba aquello muy hermoso.

De pronto todos empezaron a aplaudir; en los patios, en las galerías, en las ventanas.

Yo, para ver, tuve que empinarme.

La multitud que estaba detrás de la mesa encarnada había abierto paso, y se pusieron delante un hombre y una mujer. El hombre llevaba de la mano a un niño.

Era el que había salvado al compañero.

El hombre era su padre: un albañil vestido de día de fiesta. La mujer, su madre, pequeña y rubia, estaba vestida de negro. El muchacho, también rubio y pequeño, tenía una chaqueta gris.

Al ver toda aquella gente y oír aquel ruido de aplausos, se quedaron los tres tan sorprendidos, que no se atrevían a mirar ni a moverse. Un guardia municipal les empujó al lado de la mesa, a la derecha.

Todos callaron un momento, y después resonaron de nuevo los aplausos por todos lados. El muchacho miró hacia arriba, hacia las ventanas, y luego a la galería de las huérfanas de los militares; tenía el sombrero en la mano y parecía que no sabía bien en dónde estaba. Me pareció que le daba cierto aire a Coreta en la cara, pero era más sonrosado. Su padre y su madre no apartaban los ojos de la mesa.

Entretanto, todos los muchachos del barrio del Po, que estaban cerca de nosotros, pasaron delante y le hacían señas a su compañero, para hacerse ver, llamándole en voz baja. A fuerza de llamarle se hicieron oír. El muchacho les miró y se cubrió la boca con el sombrero para ocultar una sonrisa.

En un momento dado, todos los guardias se cuadraron.

Entró el alcalde acompañado de muchos señores.

El alcalde, que tenía el pelo cano y llevaba una faja tricolor, se puso de pie junto a la mesa; los demás, detrás y a los lados.

Cesó de tocar la banda, hizo el alcalde una señal y callaron todos.

Empezó a hablar. Sus primeras frases no las oí bien; pero comprendí que estaba contando la hazaña del muchacho. Después levantó la voz, y se esparció tan clara y sonora por todo el patio, que no perdí ya ni palabra—“...Cuando vió desde la orilla al compañero que se revolvía en el río, presa ya del terror de la muerte, se quitó la ropa y acudió sin titubear un momento. Le gritaron: ‘¡Que te ahogas!’. ‘No’, respondió; lo agarraron y se soltó; lo llamaron, y ya estaba en el agua. El río iba muy crecido, y el riesgo era terrible hasta para un hombre. Pero él desafió la muerte con toda la fuerza de su pequeño cuerpo y de su gran corazón; alcanzó y agarró a tiempo al desgraciado, que estaba ya bajo el agua, y lo sacó a flote; luchó furiosamente con las ondas, que lo querían envolver, y con el compañero, que se le enroscaba; varias veces desapareció bajo la superficie y volvió a salir fuera, haciendo esfuerzos desesperados, obstinados, y decidido en su santo propósito, no como un niño que quiere salvar a otro, sino como un hombre, como un padre que lucha por salvar a su hijo, que es su esperanza y su vida. En fin, Dios no permitió que fuese inútil hazaña tan generosa. El pequeño nadador arrebató su presa al gigante río y lo sacó a tierra, y aun le prestó, con los demás, los primeros auxilios; después de lo cual se volvió a su casa, sereno y tranquilo, a contar sencillamente el suceso. Señores: hermoso, admirable es el heroísmo de un hombre; pero en el niño, en el cual no es posible aún ninguna mira de ambición o de otro interés; en el niño, que debe tener tanto más arrojo cuando menos fuerza tiene; en el niño, en el cual nada pedimos, que en nada es temido, que ya nos parece tan noble y digno de ser amado, no ya cuando cumple, sino sólo cuando comprende y reconoce el sacrificio de otro; en el niño el heroísmo es divino. No diré más, señores. No quiero adornar con elogios superfluos una grandeza tan sublime. He aquí delante de vosotros el salvador, noble y generoso. Soldados, saludadlo como a un hermano; madres, bendecidlo como a un hijo; niños, recordad su nombre; estampad su rostro en vuestra memoria, que no se borre ya de vuestra mente ni de vuestro corazón. Acércate, muchacho. En nombre del rey de Italia te doy la cruz de Beneficencia”. Un viva atronador, lanzado a la vez por multitud de voces, atronó el palacio.

El alcalde tomó la condecoración de la mesa y la puso en el pecho del muchacho. Después lo abrazó y lo besó.

La madre se llevó la mano a los ojos; el padre tenía la barba en el pecho.

El alcalde estrechó la mano a los dos; y cogiendo la orden de concesión de la cruz, atada con una cinta, se la dió a la madre.

Después se volvió al muchacho y le dijo: “Que el recuerdo de este día, tan glorioso para ti, tan feliz para tus padres, te sostenga toda la vida en el camino de la virtud y del honor. ¡Adiós!”. El alcalde salió; tocó la banda, y todo parecía concluido cuando de las filas de la multitud salió un muchacho de ocho a nueve años, impulsado por una señora que se escondió en seguida, y se lanzó al condecorado, dejándose caer en sus brazos.

Otro rumor de vivas y aplausos hizo atronar el patio; todos comprendieron desde luego que era el muchacho salvado en el Po el que acababa de dar las gracias a su salvador. Después de haberlo besado, se le agarró a un brazo para acompañarlo fuera. Ellos dos primeros, y el padre y la madre detrás, se dirigieron hacia la salida, pasando con trabajo por entre la gente, que les hacía calle, confundiéndose guardias, niños, soldados y mujeres. Todos se echaban hacia adelante y se empinaban para ver al muchacho. Los que estaban más cerca, le daban la mano. Cuando pasó por delante de los niños de la escuela, todos echaron sus sombreros por el aire. Los del barrio del Po prorrumpieron en grandes aclamaciones, agarrándole por los brazos y por la chaqueta gritando “¡Viva Pinot! ¡Bravo, Pinot!”. Yo lo vi pasar muy cerca. Iba muy encarnado y contento; la cruz tenía la cinta blanca, roja y verde. Su madre lloraba y reía; su padre se retorcía el bigote con una mano, que le temblaba mucho, como si tuviese calentura. Arriba, por las ventanas y galerías, seguían asomándose y aplaudiendo. De pronto, cuando iban a entrar bajo el pórtico, cayó de la galería de las huérfanas de los militares una verdadera lluvia de pensamientos, de ramitos de violetas y margaritas, que daban en la cabeza del muchacho, en la de sus padres y en el suelo. Muchos se bajaban a recogerlos y se los alargaban a la madre. Y a lo lejos, en el fondo del patio, se oía la banda que tocaba un aire precioso que parecía el canto de otras tantas voces argentinas que se alejaban lentamente por orillas del río.

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