SEGUNDA PARTE (continued 2)
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»Aquella vida nada tenía de idílica. Pronto se convirtió en trágica. Una tarde sorprendí al jardinero detrás del muro de la huerta vendiendo una cesta de fruta. En el momento de aparecer yo la compradora le entregaba el precio. A mi vista se turbó un poco, pero reponiéndose instantáneamente me dijo con forzada sonrisa:
—¡Llegas a tiempo, pillo! Tienes buen olfato. Toma, para que bebas un trago a la salud de esta buena mujer.
Y me alargó una peseta.
—Guárdese usted eso, que yo no quiero más dinero que lo que he ganado honradamente—le respondí rojo de cólera.
»Él también se puso colorado. Calló y me dirigió una mirada de través; una mirada tan maligna, que la sentí como una puñalada.
»Aquella tarde me enviaron con un recado a la villa. Era ya cerca del anochecer. Cuando regresé, noche cerrada. Al atravesar por una callejuela entre paredillas guarnecidas de zarzamora me descerrajaron un tiro que no hizo blanco. Me asusté mucho, como puedes figurarte; pero reflexionando después comprendí que aquello no era un asesinato frustrado, sino una advertencia. Me di por enterado, y al día siguiente me presenté al Marqués solicitando mi cuenta y despidiéndome. Escribió el vale para el administrador y me lo entregó silenciosamente con una sonrisa burlona que me hizo adivinar lo que en aquel momento pensaba de mí. «Este es un gandul de nacimiento—debió decirse—que no puede estar tranquilo en parte alguna porque le duele el trabajo.»
»No quise sacarle de su error: hubiera sido difícil y peligroso. Salí de su casa y tomé el tren para Sevilla, que no distaba muchas leguas.
»Como comprenderás, aquella mi primera y heroica salida me dejó tan malparado y mohíno como a Don Quijote la aventura de los molinos de viento. Sin embargo, no tardé en recobrarme. Estos miserables que acabo de dejar—me dije mientras el tren corría por los campos de Andalucía—no son obreros, sino domésticos, esto es, hombres a quienes la servidumbre ha degradado; participan de la vileza del esclavo. Los verdaderos obreros son hombres libres y por lo mismo dignos. Entre ellos quiero vivir.
»Así que llegué a Sevilla me puse a buscar a estos hombres libres y dignos. Pasando por delante de una casa en construcción vi a un sujeto que daba órdenes a los albañiles y suponiendo fundadamente que era el director o encargado de la obra me acerqué a él y le pedí trabajo. Inmediatamente me lo otorgó y no sólo a mí, sino también a otro pobre diablo que detrás de mí se presentó.
»Me puse a trabajar como peón y no tardé en observar que se me recibía por parte de los demás obreros con manifiesta hostilidad. Entablé conversación con mi nuevo compañero, a quien hallé más benévolo, y me enteró de que era un desgraciado con cinco hijos que había venido de su pueblo a Sevilla bajo la promesa que le hiciera un magnate de colocarle como agente de Orden público. La promesa se difería de una semana para otra y sus recursos habían terminado. Para no fenecer de hambre él y sus hijos ínterin se colocaba, vióse obligado, aunque había sido sargento del ejército, a emplearse en un trabajo tan ruin.
»Al día siguiente vinieron otros dos jornaleros solicitando trabajo y se lo concedieron igualmente. Al otro se presentaron dos más y también se quedaron. Entonces observé señales de agitación en los antiguos: hablaban entre sí con ademanes violentos; nos dirigían miradas iracundas. Por último a la hora de dejar el trabajo, se presentó una Comisión de ellos al encargado solicitando que se nos despidiera a los nuevos «porque no estábamos asociados». El director respondió cortésmente, según me enteré después, que a causa de las muchas obras que había en Sevilla a la sazón los peones asociados pretendían cincuenta céntimos más de jornal y que no estaba dispuesto a someterse a esta exigencia.
»Transcurrieron otros tres días y vi a los antiguos obreros cada vez más desabridos con nosotros. De nuevo se dirigieron al encargado, esta vez en actitud amenazadora, intimándole casi la orden de que nos despidiese inmediatamente. El encargado volvió a responderles con las mismas corteses razones; pero como no bastasen a convencerles terminó por encolerizarse y decirles algunas palabras ásperas. La Comisión se retiró enfurecida y comunicó la respuesta a sus compañeros que igualmente montaron en cólera y no se ocultaron ya para vociferar y amenazar con la huelga.
»Sin embargo, se presentaron al trabajo en la mañana siguiente, y, con sorpresa mía, aparecieron risueños, charlando entre sí alegremente, cambiando algunas palabras embozadas que, a no dudarlo, iban contra nosotros. De vez en cuando nos dirigían miradas burlonas y se hacían guiños maliciosos. Nada bueno auguraba esta actitud. En efecto, media hora después de la entrada al trabajo y cuando circulaba aún muy poca gente por las calles, aparecieron de improviso seis u ocho obreros empuñando formidables garrotes. Sin dar un grito ni pronunciar palabra se arrojaron sobre nosotros. Antes de caer al suelo pude observar que los antiguos nos designaban con el dedo para que no se equivocasen.
»Fué una verdadera caza de ratones. Los que pudimos nos refugiamos debajo de los andamios, pero los antiguos nos echaban ladrillos encima como quien aplasta cucarachas. Cuando nos dejaron medio muertos se retiraron sin estorbo alguno. Ningún guardia se presentó por allí hasta pasado algún tiempo. Nos recogieron y nos transportaron al hospital. Yo llevaba dos costillas rotas y varias contusiones de importancia; pero el pobre sargento, mi compañero, iba moribundo y falleció a mi lado pocas horas después. En su agonía no cesaba de murmurar: «—¡Pobres hijos!, ¡pobres hijos míos!» Me volví hacia él y le dije: «—Pierde cuidado, si vivo yo me encargo de tus hijos.» «—Gracias, gracias por tu buena voluntad»—murmuró sonriendo tristemente. En efecto, ¿qué otra cosa más que buena voluntad podía ofrecer un hombre tan desdichado como él? ¡Oh si pudiese adivinar que sus niños estarían muy pronto en un colegio educados como los hijos de los más grandes señores!...»
Calló unos instantes Pérez de Vargas. Observé que el recuerdo de esta triste aventura le había agitado. Yo también estaba conmovido. Al cabo profirió sonriendo con amargura:
—¡Aquellos hombres libres, aquellos dignos obreros nos aplastaban como animales inmundos por el delito de ganar un pedazo de pan con el sudor de nuestra frente!...
Y cambiando bruscamente de tono me dijo con indiferencia:
—¿No te parece que la tarde ha refrescado? Opino que debemos meternos en el coche. Te dejaré en tu casa.
—En mi casa, no. Déjame en el Suizo.
—Vuelta, y para delante del café Suizo—ordenó al lacayo mientras éste cerraba la portezuela.
Hablamos de cosas indiferentes. Sin embargo, yo estaba distraído y preocupado. Al cabo no pude menos de decirle:
—Perdóname que insista sobre un asunto que debe de ser para ti penoso. No me explico cómo después de las aventuras que acabas de narrarme y que han despertado en ti un justificado desprecio hacia la clase jornalera, te preocupas tanto de ella. Es verdaderamente admirable tu generosidad.
—Nada tiene de admirable—contestó riendo—. Yo estoy persuadido de que Sócrates tenía razón cuando afirmaba que el que obra mal no lo hace creyendo que es mal, sino bien, o lo que es igual, que la maldad no significa otra cosa que falta de discernimiento. Instruír a los hombres es hacerlos mejores. Por eso, más que de curar sus llagas físicas fundando hospitales y asilos, dedico mis esfuerzos como hombre público al cuidado de las escuelas y cuanto dinero puedo gastar a la creación de centros de cultura. Que estén enfermos y se mueran es cosa secundaria. Otros vendrán a reemplazarlos. Pero que siga imperando en el mundo el odio y la barbarie subleva mi corazón y despierta mi actividad. La lucecita de bondad y de justicia que alumbra débilmente a nuestra sociedad es lo único interesante de ella. ¿Qué importan los refinamientos de nuestras máquinas si el corazón del maquinista sigue siendo infame? Llegará un día en que estas máquinas servirán de garras y de dientes para destrozarnos los unos a los otros. El esfuerzo moral, la especulación metafísica, la ciencia teórica, el arte, la poesía, he aquí el fin verdadero de los efímeros mortales. El hombre no ha nacido para nutrirse, vestirse y regalar su cuerpo, sino para asomar un instante su cabeza en el mundo de las ideas.
—¿Y caer después en la nada?
—Ningún sér puede caer en la nada, decía el gran Spinosa... Así lo creo yo... Y después de todo, ¿qué? Más valen unos instantes de conciencia perfecta que una eternidad de inconsciencia bestial. El amor y la belleza pesan más en la balanza del universo que el sueño eterno de las fuerzas físicas.
—¿Cuál es el criterio para admitir esa superioridad?
—No existe. Los criterios son fórmulas, invenciones de nuestro sistema cerebral. Sabemos que el amor vale más que el odio, que la conciencia es superior a la inconsciencia, como sabemos al despertar que ya no dormimos.
Guardamos silencio. El carruaje rodaba ya por las calles, que en aquella hora rebosaban de gente y animación.
—¿A que no sabes—me dijo repentinamente poniéndome una mano sobre la rodilla—qué es lo que yo busco ocupándome tanto de la instrucción popular?
—Si no me lo dices...
—Pues busco un hombre. Estoy convencido, como te he dicho, de que las masas son despreciables. Los hombres, en su inmensa mayoría, casi en su totalidad, viven y mueren en la abyección intelectual, sin pisar el umbral de la conciencia. Inclinados siempre hacia la tierra, como decía Platón, al igual de los animales, los ojos fijos en el pasto, se entregan brutalmente a los placeres sensuales. Pero entre estos hombres aparentes puede surgir uno verdadero, un Sócrates, un Spinosa, un Shakespeare, un Cervantes. Es lo que yo busco. Quiero decir que la instrucción en general sirve de poco. El que nace majadero, morirá majadero aunque los más hábiles maestros del mundo se concierten para educarle. Por muchos granos que arrojes a la tierra si ésta es estéril no fructificarán. Observa cómo los juicios de la inmensa mayoría de los hombres no tienen valor alguno. Pero la simiente puede caer por azar en buen terreno y entonces surge en nuestro planeta el verdadero hombre, el hombre simbólico. Yo daría por bien empleados todos mis esfuerzos y mi dinero si al cabo consiguiera que se produzca en el mundo un hombre original.
No hay duda que mi amigo Pérez de Vargas lo era. Con ingenio y elocuencia siguió desenvolviendo su tesis paradójica hasta que el coche se detuvo delante del café Suizo. Me bajé, y apretándole la mano me despedí de él.
—Muchas gracias, Martín. Casi de acuerdo contigo.
—¿Nada más que casi?—me preguntó riendo.
—Nada más que casi.
VI ÚLTIMAS OPINIONES DE UN SABIO
Un día en la Redacción me dijeron que Pasarón se hallaba seriamente enfermo.
—¿Qué es lo que tiene?—pregunté.
—Se trata, al parecer, de algo grave. Se dice que está afectado de una tuberculosis pulmonar. Hace ya dos meses que no asiste a cátedra ni sale de casa.
Esta noticia me impresionó dolorosamente. Si mi cariño hacia este amigo no era apasionado, la estimación que le guardaba era profunda. Nuestra amistad era a la sazón lo que siempre había sido, cordial y familiar aunque sin gran calor. Le veía de tarde en tarde porque girábamos en órbitas distintas, pero cuando nos encontrábamos departíamos un rato alegremente. Recordábamos los buenos tiempos de nuestra convivencia en la casa de la calle de Carretas. Yo me abstenía, sin embargo, de aludir a las lindas bordadoras, nuestras vecinitas, a las cuales, por otra parte, había perdido de vista hacía largo tiempo. Me enviaba con amable dedicatoria sus libros y yo le pagaba citando su nombre siempre que hallaba ocasión, y hasta cuando no la hallaba, en el periódico acompañado de los epítetos más lisonjeros.
Resolví visitarle para enterarme de la verdad de su estado. Habitaba en un piso primero bastante espacioso, pero tétrico, de una casa situada en una calle estrecha del viejo Madrid.
El criado que me abrió la puerta no puso dificultad para introducirme cerca de su amo. Me condujo al través de algunos oscuros corredores tapizados por ambos lados de libros, y entré en una gran sala tan pobre y sórdidamente alhajada que quedé maravillado. El suelo vestido de estera de cordelillo, los balcones provistos de visillos descabalados, los unos cortos, los otros largos, un sofá, dos sillones y algunas sillas, forrado todo de rica tela tan deteriorada por el polvo que apenas se reconocía su color. Las paredes cubiertas casi enteramente de libros colocados en altos armarios de pino barnizados de negro. Pero sobre todo lo que impresionaba más desagradablemente era la suciedad y abandono que se advertía en aquella estancia, lo mismo que en los pasillos que había atravesado.
Pasarón había heredado a sus padres, que en su provincia pasaban por ricos. Unido su patrimonio al sueldo de catedrático y al dinero que le producían sus libros, debiera proporcionarle recursos para vivir con holgura si no con lujo. ¿Por qué tal ausencia de elegancia y aun de decoro en su casa? Algunos lo achacarían a tacañería. Yo pensé más bien que aquella deficiencia era hija del exclusivismo que había reinado siempre en su espíritu. Este hombre no veía en el mundo otra cosa más que libros. Muebles elegantes y tapices y cortinas, adornos bonitos, esmero, limpieza, comodidad, todo esto era para él tan indiferente que apenas si se daba cuenta de que tales cosas existían en el mundo.
El gabinete, donde el criado me hizo entrar después de haberme anunciado, no ofrecía mejor aspecto que la sala. Libros, muchos libros, sillas deterioradas, igual estera de cordelillo, mesa de pino barnizado llena de papeles. Allá en el fondo de la alcoba un sencillo catre de hierro y sobre él colgado un crucifijo. Parecía la celda de un monje.
Pasarón estaba sentado en un sillón y departía con un conocido catedrático y académico que se despidió cuando yo entré. En su rostro la enfermedad traidora que le minaba aparecía ya de un modo bien ostensible. Nos apretamos las manos y yo observé en la suya un calor de mal agüero.
—Me han dicho que estabas un poco delicado de salud, que no sales de casa desde hace ya algún tiempo y he querido hacerte compañía unos instantes. ¿Qué es lo que tienes?
—Lo bastante, querido Jiménez, para dejar este mundo a toda prisa—me respondió sonriendo tristemente.
—¡Qué idea! Veo que estás lleno de aprensión.
—No es aprensión; es una verdad evidente. Y lo peor del caso es que no muero tranquila y valerosamente como un sabio sino como un pusilánime ignorante. Sí; te confieso que me aterra, que me desespera dejar esta vida a los treinta y dos años, cuando aun no he tenido tiempo a gustarla ni a disgustarme de ella.
Hablaba con voz tan apagada y triste que me sentí conmovido. Hice un esfuerzo sobre mí mismo y le respondí procurando dar a mis palabras una entonación alegre.
—Deja esas imaginaciones lúgubres, hijas de una pasajera depresión nerviosa. Tú no padeces más que un catarro que desaparecerá en cuanto cambie este endiablado tiempo. Aun tienes que leer y escribir muchos libros.
—¡Sí; libros, libros... siempre libros!—murmuró en un tono fatigado y desdeñoso que me sorprendió.
—Supongo que en este confinamiento temporal que sufres serán tus mejores amigos.
—¡Los aborrezco!
Yo me reí.
—Eso decía Herder en los últimos años de su vida, y un amigo que lo supo replicaba: «—¡Y sin embargo, qué hermosos libros escribe!»—Lo mismo digo yo ahora de ti.
Pasarón hizo una mueca de desdén.
—Hace cuatro meses que no abro uno solo por prescripción facultativa. Y en estos cuatro meses he meditado más que en todos los años de mi vida. Ocupado en fisgar lo que pasaba en el cerebro de los demás no he tenido tiempo a pensar en el mío, como un hombre dedicado toda su vida a recorrer palacios suntuosos sin descansar jamás en su propio y modesto hogar. A los libros he sacrificado no sólo mi propio pensamiento, sino lo que es peor, los alegres días de mi juventud y por fin mi vida entera puesto que me muero. ¿Merecen este sacrificio? No; el hombre no es un cerebro solamente. Tiene un cuerpo que le pide a gritos la felicidad, ejercicio, aire puro, alimentos sabrosos, vinos que fortifican y alegran, el aroma de las flores, la caricia de las aguas transparentes: tiene un alma que se nutre de amor como el cuerpo de oxígeno, que desea abrirse como una flor al rayo de una dulce pasión, que nos pide la ternura de la familia, los encantos infantiles, el abandono de una amistad generosa, que quiere, en suma, sentirse vivir. ¿Hay algo más horrible que no sentir su alma?
—Sin embargo, Pasarón, los filósofos afirman que la inteligencia pura es quien nos proporciona placeres sin mezcla de daño. Así que interviene el sentimiento o la voluntad, con sus mezquinas aspiraciones, comienza para nosotros la era de los enojos, nos sentimos arrastrados a la región de la desgracia, de la agitación y el hastío.
—¡Falso! La inteligencia por sí sola no nos proporciona placer ni pena; es un frío contemplador del universo. Para que exista uno u otro es necesario que se mezcle de algún modo la emoción a ella. Kepler saltó de gozo al descubrir la forma elíptica de la órbita de los planetas; pero no fué el descubrimiento en sí mismo lo que le infundió alegría, sino el orgullo de ser el primero entre los mortales que lo había averiguado. Arráncale esa satisfacción de amor propio y hubiera contemplado la órbita de Marte con la misma frialdad que tú contemplas la forma elíptica de un macizo de flores en el Retiro... Repaso mi vida en estas largas horas de ocio, y me persuado de que mis goces, descubriendo noticias sepultadas en los archivos o adquiriendo libros raros, semejan bastante a los de los coleccionadores de sellos o porcelanas.
—No, José Luis; el pesimismo que aporta siempre consigo la enfermedad no te deja ver claro. Tú no eres un coleccionador de sellos; eres un hombre glorioso que honra a nuestra nación.
—¡La gloria, la gloria!—repitió con dejo amargo—. Flatus vocis! La gloria es una palabrilla que deja escapar un hombre descuidadamente en la conversación y que el interlocutor recoge con más ligereza aún; es un adjetivo que la Prensa arroja a la publicidad entre otros millones de adjetivos. ¿Hay algún hombre sensato que cifre en ello la alegría de su vida? Pero aun suponiendo que fuese real y no vana esta alegría, para sentirla es necesario vivir. Después que me hayan cerrado en el sepulcro, todas las trompetas de la fama sonando a un tiempo, no lograrán hacer vibrar una parte mínima de mi sér. Además, si existe la gloria y si vale algo debe estar reservada a los que hayan pensado algo por sí mismos, no a los que como yo han pasado el tiempo estudiando lo que pensaron los demás. Concibo que un poeta o un filósofo sienta cierta satisfacción durante su vida imaginando que sus ideas o sus imágenes despierten en las futuras generaciones admiración y deleite, aunque el tiempo que esto dure siempre será muy limitado; pero es altamente ridículo que un crítico como yo sueñe con la gloria.
—Acaso tengas razón en lo que opinas de la gloria. Acaso no sea en el fondo otra cosa que una de las infinitas manifestaciones de la infinita vanidad humana. Pero hay algo, querido Pasarón, que está por encima de la gloria y es la satisfacción que experimenta un hombre honrado cumpliendo con su deber en este mundo.
—Esa misma satisfacción la puede sentir un carretero sin necesidad de estropearse el estómago y los pulmones. Si yo he cumplido con mi deber no hay más remedio que confesar que lo he hecho con poca prudencia. ¿Qué opinarías de un piloto a quien se confía una máquina y que al poco tiempo la devuelve estropeada, con los resortes gastados y algunas piezas rotas? Dirías que era un mal mecánico, pues toda máquina debe producir el máximum de su rendimiento y para ello es menester manejarla con cuidado, hacerla trabajar con las debidas precauciones. Pues eso mismo he sido yo. Un deplorable piloto. No he cuidado para nada de mi pobre cuerpo; le he tenido años enteros en una quietud enervante, respirando el polvo de los archivos en vez del aire puro de los campos, no lo he refrescado cambiando de ambiente, no he dado reposo a mi cerebro, no he alimentado mi corazón con sentimientos fortificantes, he dejado transcurrir mi vida sin los placeres que la hacen amable, que nos dan aliento para continuar la marcha y nos vuelven el equilibrio perdido. ¡Qué gran estupidez! Si hubiese economizado mis fuerzas y endulzado mi existencia es verosímil que llegase a viejo y entonces tal vez pudiera ofrecer al mundo algo no enteramente desprovisto de mérito.
Quise disuadirle de aquellas aprensiones que le atormentaban, pero no me fué posible. Parecía conocer con certeza la enfermedad que le minaba y hallarse persuadido de su próxima muerte.
Hablamos todavía largo rato. A fin de distraerle llevé la conversación a los asuntos que más pudieran alegrarle, a los incidentes cómicos y divertidos de nuestra común estancia en la casa de la calle Carretas; hablamos de los Mezquitas, de Albornoz, de Sixto Moro y discurrimos acerca de su carácter y logré hacerle sonreír.
Al fin no tuve más remedio que despedirme. Cuando me alcé de la silla volvió a pintarse en su rostro la tristeza. Me apretó la mano con toda la fuerza que le consentía su gran debilidad y me dijo:
—Adiós, Jiménez. No seas un iluso como yo lo he sido. ¡Diviértete, diviértete!
Un mes después los periódicos anunciaban con grandes letras capitales el fallecimiento del insigne catedrático gloria y esperanza de las letras patrias.
Fué un día de duelo para todos los españoles cultos. Yo sentí una mortal tristeza. Era el primer amigo que veía morir. Aquella memorable conversación que con él había tenido no se apartaba de mi mente.
Corrieron los años, y como él había previsto, su nombre se fué borrando de la memoria de los hombres. Ahora sólo aparece de vez en cuando en los libros de algún erudito.
Pero aquella tan prematura muerte dejó en mi cerebro huella indeleble. Cuando arrastrado de mis aficiones científicas me excedo un poco en el trabajo, permanezco demasiado tiempo delante de los libros y me siento fatigado, se alza delante de mis ojos la imagen de Pasarón, doy un salto en la silla y me levantó exclamando:
«¡No seas un iluso, Jiménez! ¡Diviértete, diviértete!»
Y salgo corriendo a tomar un billete para los toros.
VII UN AMIGO QUE SE VA Y UN ENEMIGO QUE APARECE
Moro experimentó igualmente vivo dolor con la muerte de Pasarón. No le frecuentaba mucho tampoco: ya he dicho que su aplicación obstinada y exclusiva, su natural retraído y ¿por qué no decirlo? un poco frío le alejaba del trato de sus amigos. Pero no podía menos de recordar con placer, como yo, los días de la casa de huéspedes, nuestras disputas, nuestras bromas y constante regocijo. Sólo en la edad juvenil se forman sólidas amistades, porque quizá solamente entonces intervenga en ellas el corazón.
Vino a buscarme en su coche y ambos acompañamos el cadáver de nuestro amigo, unidos a un cortejo no muy numeroso, pero sí selecto. Formaban en él profesores, literatos, artistas. Cuando llegamos al cementerio experimenté la agradable sorpresa de encontrar entre los pocos que asistieron al sepelio a mi buen amigo Pérez de Vargas. Me aproximé a él, nos saludamos como siempre efusivamente y me dijo:
—No era amigo de Pasarón: sólo una vez le he hablado en mi vida; pero he querido rendirle este testimonio de consideración, porque era un hombre que honraba a su patria.
Terminada la triste ceremonia le presenté a mi amigo Moro. Se saludaron con visible satisfacción como hombres que sin tratarse personalmente se conocían hacía tiempo y se estimaban. Cuando regresamos, Pérez de Vargas nos propuso que montásemos en su coche y le acompañásemos, a lo cual tanto Sixto como yo accedimos gustosos. Traía un landeau y sólo le acompañaba su secretario; pudimos, pues, acomodarnos los cuatro y yo me hallé sumamente complacido de poner en relación a aquellos dos hombres que habían nacido para entenderse y amarse.
Sin embargo, comenzaron su amistad discutiendo. Como yo recordase la conversación que con Pasarón había tenido algunos días antes de morir, en la cual se lamentaba con amargura de haber agotado sus fuerzas y arruinado su salud en el estudio sin gozar de los placeres juveniles, y trajese a la memoria sus cortos amores con una de nuestras vecinitas, a la cual sacrificó en aras de la ciencia, Moro exclamó con el tono resuelto que le caracterizaba:
—Hacía bien en arrepentirse. Sacrificar el amor a la ciencia es lo mismo que cambiar una barrica de jerez por otra de cerveza.
—¿Tan exagerada importancia da usted al amor sexual?—le preguntó Pérez de Vargas.
—Ninguna otra cosa la tiene mayor. Creo que es el solo presente digno que nos han hecho los dioses, lo único que reconcilia con la existencia. Las relaciones entre hombre y mujer son el jugo sabroso que podemos sacar de nuestro tránsito por la tierra, la ambrosía que le da valor y le perfuma. Cuando el hombre pierde la facultad de interesarse por el amor ha sufrido la máxima capitis deminutio; todo lo que le queda no vale la pena de ser vivido, porque todo lo demás es incoloro, fastidioso y triste a su lado. Como los héroes de la antigüedad, cuando descendían a la mansión subterránea de los Campos Elíseos, arrastra desde entonces una vida melancólica y suspira por la que gozaba a la luz del sol.
—Es materialista lo que usted dice, y sin embargo yo sé bien que es usted espiritualista—replicó Pérez de Vargas con amable sonrisa—. El amor, a mi juicio, no es más que un episodio en la vida del hombre, un momento de fiebre, una breve locura durante la cual se desinteresa de todo lo que le constituye como sér independiente para convertirse en un instrumento de la especie.
—Usted me perdonará que rechace ese sofisma que tan válido corre ahora entre los sabios. Si somos instrumentos de la especie cuando gozamos, lo seremos igualmente cuando sufrimos. Nuestra pretendida independencia no es más que una ilusión. Los hombres que como Pasarón se consagran con alma y vida al estudio reciben el impulso de su propia naturaleza como los que se consagran al amor; son seres tan necesitados como ellos. Pero no se trata ahora de eso. Lo que yo he afirmado es que todas las demás emociones placenteras del hombre palidecen al lado de las del amor, mejor dicho, se borran, se desvanecen como las estrellas a la salida del sol.
—¿Tiene usted en nada los goces del místico, del hombre contemplativo que vive comunicándose con la Divinidad, que renuncia a los placeres de la carne, que la mortifica, y en ello logra encontrar alegrías exquisitas mil veces más nobles que las del amor humano? ¿No le inspiran a usted aprecio las puras satisfacciones del sabio cuando después de tenaces esfuerzos, que son para él un manantial de placeres, consigue apoderarse de una verdad y transmitirla al mundo? ¡Qué sensación deliciosa, inefable sería la de Kepler cuando después de haber hecho y rehecho durante largos años infinitos cálculos logra un día descubrir la forma elíptica de la órbita de los planetas! ¿Y la de Bernardo de Palissy, cuando después de arrojar al horno sus muebles y hasta las tablas del entarimado de su casa, al fin consigue fijar el esmalte de sus porcelanas? ¿Y los goces intensos de Agustín Thierry, descifrando infolios para extraer una frase, una palabra que le llevase al conocimiento de los tiempos merovingios que pretendía escrutar? No le quepa a usted duda, Moro; por encima de esos placeres efímeros del amor sexual hay otros más altos y sabrosos a los cuales todo hombre debe aspirar.
Moro se encogió de hombros y dirigió la vista a la ventanilla contemplando el paisaje como si renunciase a discutir. Pero advirtiendo inmediatamente lo que había de descortés en su actitud se volvió sonriente y dijo:
—Ignoro lo que son y hasta dónde llegan las alegrías del hombre contemplativo. En la Imitación de Cristo he leído, en efecto, que si los hombres de mundo las conociesen palidecerían de envidia. Es posible que esto sea verdad. Yo no puedo resolverlo porque no soy místico y me encuentro en la situación de un ciego juzgando de los colores. Pero en lo que se refiere a las sensaciones del sabio puedo hablar con mayor conocimiento de causa. Todas ellas valen bien poco si se las compara a las que proporciona el amor; todas exigen penosos y continuados esfuerzos. En el fondo no significan otra cosa que la satisfacción más o menos intensa que el hombre experimenta cuando ha vencido una dificultad. Usted mismo lo acaba de poner de manifiesto asimilando la de Bernardo de Palissy, un artesano, a la de Kepler, un sabio... Por lo demás, toda la alegría de éste descubriendo la órbita de los planetas es corta si se compara a la de un joven enamorado descubriendo la silueta de su novia al través de la reja en una noche de estío.
Comprendí que a mi amigo Pérez de Vargas no le causaban buena impresión las paradojas de Moro y me apresuré a decir bromeando:
—No vayas a creer, Martín, que el amigo Moro, por lo que dice, es un instintivo o un débil. En lo que se refiere al amor puedo asegurarte que no ha sufrido lo que ahora llaman los sabios «la influencia de lo inconsciente». Por el contrario, te lo presento como un tipo fuerte, en que el amor es verdadero y completo, de corazón y cabeza, de cuerpo y de alma.
—Pues yo confieso—dijo Pérez de Vargas—que soy eso que llaman un débil. He sentido siempre gran debilidad por el bello sexo.
Con esto la conversación tomó un giro jocoso, y así departiendo llegamos hasta las calles de Madrid. Allí Moro, que debía hacer una visita, se trasladó a su coche y Pérez de Vargas me condujo hasta el café de Fornos, donde me esperaba mi tertulia vespertina de amables compañeros periodistas. Cuando quedamos solos, le di cuenta de la pasión de Moro por la hija de Reyes y le conté todo aquello que podía contarse sin lastimar su dignidad. Con estas noticias, Martín rectificó la opinión que había formado de Moro después de sus últimas palabras y le estimó, como era justo, más que antes.
Cuando salí de Fornos, anochecido ya, al atravesar por la Puerta del Sol vi delante de mí, caminando en la misma dirección, un hombre cuya figura me trajo a la memoria un personaje en el cual hacía tiempo que había dejado de pensar. Me acerqué a él con cierta emoción y le examiné ansiosamente. Vestía aquel hombre un chaquet raído y sobradamente holgado que parecía haber sido hecho para otra persona; sus pantalones estaban deshilachados y no muy limpios, los tacones del calzado gastados y torcidos, el sombrero de fieltro grasiento. En suma, representaba la imagen, bien frecuente en la corte, del caballero decaído y hambriento. Sus cabellos, y esto era lo que me desconcertaba un poco, eran grises y la parte de barba que lograba verle, también.
«Es él, es él», me dije, mientras mi corazón latía agitado. Para cerciorarme avancé unos pasos para adelantarme a él y al pasar le miré de través. Él también volvió un poco la cabeza y nuestras miradas se cruzaron. En efecto, era él, era aquel antipático sujeto que se llamaba Rodrigo Céspedes.
Cualquiera puede figurarse la impresión que tal encuentro me produjo. Mi pensamiento voló inmediatamente a Natalia, aquella niña a la cual me habían ligado lazos de afección tan estrechos, un cariño casi fraternal, y me representé de improviso cosas terribles que me apretaron el corazón. Comí sin apetito y antes de acostarme no cesé de pensar en ella, imaginando unas veces que estaba muerta, otras que se hallaba sumida en la miseria. De todos modos, vi la necesidad de tener noticias y medité largamente los medios de adquirirlas.
VIII TRISTES NOTICIAS
Al día siguiente me personé en el ministerio de la Guerra, donde tenía un amigo teniente coronel de infantería. No conocía a Céspedes, ni había oído nunca hablar de él, pero me dijo amablemente:
—Espéreme usted un instante, voy al despacho de Don Santiago Ruiz, que es coronel de caballería, y seguramente podré obtener noticias de ese sujeto.
En efecto, pocos minutos después se presentó de nuevo y sacudiendo la cabeza me dijo:
—Malas referencias puedo dar a usted de ese individuo. Hace años que fué expulsado del ejército en Filipinas, por un negocio sucio de contrabando, y no ha ido a presidio porque el Capitán general había sido amigo de su suegro. Don Santiago le conoce muy bien; fué su compañero de promoción; sabe que ha vivido en Barcelona algún tiempo, luego en Sevilla, siempre del juego y de la trampa, y que desde hace algunos meses se encuentra en Madrid, donde continúa rodando hacia la cárcel entre gente perdida y crapulosa.
Quedé consternado; me apresuré a preguntarle:
—¿Sabe usted si su mujer ha muerto?
—Don Santiago no tiene noticias de ello, pero supone que no.
Mi consternación fué mayor aún. Hubiera deseado que Natalia no existiese.
Di las gracias a mi buen amigo y me retiré más inquieto aún que había entrado.
Aquella noche, al levantarme de la mesa después de comer, el criado me dijo:
—Hay un señor ahí que pregunta por usted.
—Bueno; pásalo a la habitación y enciende la luz.
Me dirigí a mi cuarto y, sin saber por qué, una sospecha cruzó por mi mente. ¿Si será él?
Allí estaba, efectivamente, aquel repulsivo sujeto, arrellanado en una butaca, con las piernas cruzadas, silbando dulcemente una polka de cierta opereta bufa. Su grasiento sombrero descansaba sobre los papeles de mi mesa.
Al verme, se levantó pausadamente y me tendió la mano con impertinente condescendencia.
—¿Cómo va el amigo Jiménez? Supongo que me reconocerá usted.
—¿Céspedes?
—El mismo. Es usted buen fisonomista, porque he cambiado bastante. He saltado de joven a viejo sin sentirlo. Además, la barba...
A su bigotito enhiesto y cuidado habían sucedido unas barbas grises y aborrascadas, que, unidas a la dureza de su fisonomía y a la sordidez de su indumentaria, le daban un aspecto de salteador de caminos.
—¿Y Natalia?—le pregunté reprimiendo mi emoción.
—Buena; gracias—me respondió secamente frunciendo el entrecejo.
—¿Está en Madrid?
—Pues, ¿dónde quiere usted que esté?—me respondió con un acento insolente que me dejó confuso.
Me explicó en seguida que, a consecuencia de un choque que había tenido con el coronel de su regimiento, se había visto obligado a dejar el ejército hacía ya algunos años. Se encontró sin bienes de fortuna: no halló trabajo decoroso: sus parientes le abandonaron miserablemente: sus amigos, viéndole pobre, le volvieron la espalda.
—¿Será usted uno de ellos?—me preguntó clavándome una mirada que queriendo ser humilde guardaba el reflejo sarcástico y agresivo que siempre le había caracterizado.
Yo podía replicar que jamás había sido amigo suyo; pero estaba tan avergonzado, tan dominado por aquella increíble desfachatez, que me incliné haciendo un signo negativo.
Terminó pidiéndome cien pesetas, que le di sin vacilar pensando solamente en Natalia.
Para colmo de desgracia, añadió después de darme las gracias como si le ofreciese un cigarrillo, el único hijo que había tenido, un hermoso niño de siete años, se les había muerto aquí en Madrid hacía dos meses.
—¡Pobre Natalia!—exclamé.
—Sí; no cesa de llorar desde entonces. Yo le digo que si había de ser tan desgraciado como su padre más vale que haya dejado este mundo.
Tan bribón debió decir. Quise hacerle algunas preguntas acerca de ella, pero las rehusó contestando en un tono tan displicente, que estuvo a punto de hacer estallar mi cólera. Se apresuró a despedirse apretándome la mano sin mirarme, como si fuese yo quien le acabase de sacar cien pesetas. Cuando iba a trasponer la puerta le pregunté fingiendo indiferencia:
—Hasta otro rato. ¿Dónde vive usted?
Vaciló un instante y respondió:
—En la calle del Olivar, número diez.
Comprendí que mentía. Aquel bandido no quería que viese a Natalia. Sin embargo, fuí al día siguiente a la calle que me indicó con un resto de esperanza. Pronto se disipó: en aquella casa no conocían a semejante sujeto ni habían oído su nombre.
Pero yo estaba bien resuelto a conocer su domicilio y a ver a Natalia. No se necesitaba ser muy avisado para sospechar que vendría otra vez a sacarme dinero. En efecto, no se pasaron quince días sin que me hiciese otra visita. Me pidió diez duros.
—Aguarde usted un instante—le dije—; no tengo en este momento dinero, pero voy a pedírselo al dueño del hotel.
Busqué al chiquillo que limpiaba las botas y hacía los recados en la fonda y le dije:
—Cuando salga el individuo que está en mi cuarto le sigues con todo disimulo, y si averiguas dónde vive te doy un duro.
Hasta bien entrada la noche no tuve noticia alguna. Al pobre chico le había costado un trabajo enorme averiguar aquellas señas. Antes de restituirse a su domicilio, Céspedes había recorrido tres o cuatro tertulias de café donde se juega, y mi muchacho se vió necesitado a esperarle pacientemente a la puerta en todas ellas. Por último hacía un momento que había ido a su casa. Vivía en la calle de Toledo, número...
Al día siguiente, antes de las nueve de la mañana, me dirigí a esta calle, y ocultándome en un portal me puse a espiar el de la casa citada. Tenía una miserable apariencia que me contristó. ¡Pobre Natalia, dónde había venido a parar! Y me representé la suntuosa y elegante mansión donde hacía doce años la había conocido.
No quise por el momento preguntar por ella ni hablar con la portera. Temía que cualquier indiscreción por mi parte le pudiera acarrear un disgusto: preferí aguardar a que saliese, pues tenía por probable, si no seguro, que lo hiciese a estas horas y no por la tarde. Nada conseguí. Se pasó una hora, se pasaron dos y ninguna persona salió del portal que se pareciese a ella.
Al otro día fuí una hora antes. Me situé, como el anterior, en un lugar donde pudiera acechar sin ser notado. Pocos minutos después de estar allí vi salir de la casa una mujer enlutada. La reconocí en seguida, aunque había cambiado bastante. Estaba mucho más delgada; pero su rostro demacrado guardaba siempre aquel sello de inocencia infantil que tanto seducía. Dirigió una mirada a un lado y a otro de la calle. Había en sus ojos, hermosos como siempre, tanta humillación y tristeza que las lágrimas saltaron a los míos.
La seguí procurando no ser notado. Vestía una pobre falda negra y una mantillita deslustrada por el uso: llevaba en la mano un pequeño cesto. Entró en el mercado de la plaza de la Cebada, situado no muy lejos de su casa y realizó algunas compras para la alimentación, que me parecieron bien reducidas. Después, salió de allí por otra puerta, y con paso rápido se dirigió a la iglesia cercana y penetró en ella.
Sin vacilar, como quien está habituado a hacer todos los días lo mismo, fué derecha al altar de la Virgen del Carmen y se dejó caer de rodillas. Su oración duró larguísimo tiempo. Mientras tanto, yo, detrás de uno de los pilares, con la vista clavada sobre ella, me entregaba a un sin fin de pensamientos melancólicos y de proyectos locos.
Al fin se levantó y vi sus ojos enrojecidos por el llanto. Maniobrando rápidamente salí antes que ella de la iglesia y la esperé. Cuando puso el pie en la calle me planté delante y le dije:
—Buenos días, Natalia.
Me miró estupefacta sin conocerme; fué un instante.
—¡Angelito!
Y al alargarme su mano, bajó la cabeza y rompió a llorar. Los sollozos la ahogaban. Entonces la arrastré hasta el portal más próximo para que no llamase la atención de los transeuntes. Aguardé a que se calmase apretándole la mano en silencio, pues comprendía que ninguna palabra sería oportuna en aquella ocasión.
Al cabo alzó la frente, se secó los ojos y me preguntó:
—¿Me has encontrado por casualidad?
—No; te he venido a buscar.
—¿Cómo has sabido que estaba en Madrid?
—Por tu marido.
Le expliqué que éste no había querido darme sus señas y me había valido de una estratagema para averiguarlas.
—¿Dónde le has visto?
—Ha venido a visitarme.
Una gran inquietud llameó en sus ojos.
—¿Para pedirte dinero?
—Una cosa insignificante.
Se puso roja.
—¿Y se lo has dado?
—¿Pues qué iba a hacer?
Bajó los ojos y dijo sordamente:
—No se lo des más.
—Pero si me dice que estáis pasando grandes apuros, que apenas tenéis que comer, que no tiene dinero para comprarte unas botas...
—No importa, no se lo des más—replicó con resolución.
—Eso es fácil de decir; pero yo no puedo tolerar que pases hambre y que vayas descalza mientras me queden unas pesetas en el bolsillo. Tú eres para mí una hermana.
—Gracias, Angel—profirió conmovida apretándome la mano.
Guardó unos instantes silencio y después haciendo un esfuerzo sobre sí misma y como si le costase enorme trabajo pronunciar las palabras, comenzó a decir:
—No se lo des más porque... desgraciadamente tu dinero no serviría para aliviar nuestras necesidades sino para alimentar sus vicios. Jugaría, se emborracharía y en vez de darme unas botas me daría un mal rato.
—Pero, ¿es que te maltrata?—pregunté con voz alterada.
No me respondió. Al cabo exclamó con vehemencia:
—¡He sido muy desgraciada, mucho, muchísimo!... pero todas mis desgracias no eran nada, no serían nada si Dios me hubiese dejado aquel hijo de mis entrañas que acabo de perder.
Al pronunciar estas últimas palabras rompió de nuevo en sollozos.
Cuando se hubo calmado un poco comenzó a hablarme de su niño muerto: una criatura de siete años, hermoso como un ángel, de una inteligencia tan precoz que ya se daba cuenta de las penas de su madre y la consolaba prodigándole palabras tan cariñosas y apasionadas que no podía recordarlas ahora sin que se le partiese el corazón: «—Mira, mamita, cuando yo sea grande trabajaré y ganaré mucho dinero y te compraré bonitos trajes y viviremos en una casa mejor que ésta y tú no lavarás la ropa porque tendremos criadas como antes. Yo no me casaré nunca más que contigo.»
Me describió su enfermedad con todos los pormenores imaginables. Me repitió sus últimas palabras:
«Mamá, estoy viendo el cielo. Hay una señora muy hermosa, muy hermosa que se parece a ti. Muchos niños la rodean... ¡Mira, mira cómo me hacen señas para que me vaya con ellos!... Dame la mano... Yo no quiero separarme de ti, mamita. Ven conmigo, mamita,..»
La infeliz no dejaba de llorar mientras me narraba estas historias. Algún transeunte al cruzar la miraba con sorpresa, pero viéndola enlutada, comprendía que estaba hablando de algún ser desaparecido y apartaba los ojos con respeto.
Sin embargo, yo tenía clavada en el alma una sospecha que me atormentaba. Bruscamente le repetí:
—Pero dime, ¿tu marido te maltrata?
Sus ojos se secaron, adquiriendo una expresión dura.
—No hablemos de eso. Al morir mi niño concluyó todo... Y te juro que no volverá a empezar.
No pude menos de recordar, observando su acento resuelto y la expresión colérica de su mirada, a la Natalia de otros días, a aquella niña tan viva, tan impetuosa, tan seductora.
No quise insistir; pero le dije:
—De todos modos deseo que sepas que no estás sola en el mundo y que estoy dispuesto a hacer por ti todo cuanto puede hacer un hermano.
Me miró con tal expresión de gratitud y de afecto que largo tiempo después, todavía al recordar aquella mirada, me sentía conmovido.
—¿Tu padre no tenía una hermana?
-Sí; la tía Leocadia. Se ha muerto un año después que él.
—¡Pobre Don Luis!—exclamé—. ¡Quién le había de decir!...
—Cuando se recibió la noticia en La Habana acababa yo de dar a luz a Luisito. Me lo ocultaron mucho tiempo hasta que me puse buena... ¡Pobre papá!... Su sino era malo como el mío.
Guardó silencio y yo también. Los dos pensábamos en lo mismo, pero el nombre que palpitaba en nuestros labios no se llegó a pronunciar. Ni yo tenía ganas de pronunciarlo ni ella seguramente de oírlo.
Nos apretamos de nuevo la mano para despedirnos Yo me decidí a preguntarle:
—¿Necesitas dinero? Cuanto tengo es tuyo.
Hizo un gesto negativo.
—Aunque lo necesitase no podría aceptarlo porque él lo advertiría bien pronto.
—¡Es bien triste! Sin embargo, yo no me separo de ti sin que me prometas que en un caso de apuro, lo mismo de dinero que de otra cosa, acudirás a mí. Vivo en la calle del Arenal, en el hotel de... ¿Me lo prometes?
—Te lo juro.
—¿Podré verte alguna vez?
—Sí; ven a esta misma hora a la iglesia... No muchas veces... Ya comprenderás que pudieran observarnos y sospechar otra cosa.
La vi alejarse con su pobre cestita pendiente de la mano. Me sentí tan melancólico, tan preocupado, que en todo el día no pude apartarla de mi imaginación.
Me guardé bien de comunicar con Moro estas nuevas. No harían otra cosa que inquietar su vida y entristecerla aún más que la mía. Continué viendo a Natalia cada ocho o diez días al salir de la iglesia y hablando con ella algunos minutos. No me fué posible obtener que aceptase el más corto obsequio. En estas breves conferencias lloraba siempre. Sin embargo, alguna vez la hice sonreír recordando algunos incidentes cómicos del tiempo pasado.
—¿Te acuerdas de Sixto Moro, tu profesor?—le pregunté un día repentinamente.
Observé una leve turbación en su fisonomía.
—¿Continuáis siendo tan amigos?—me replicó en un tono que se esforzaba en aparecer indiferente.
—¡Ya lo creo! Nos vemos con mucha frecuencia. Pero el amigo Sixto ha hecho gran carrera desde que le has perdido de vista. Es actualmente uno de los primeros abogados de Madrid, gana mucho dinero, se le conoce, se le respeta, es diputado y será pronto cuanto se le antoje.
—Todo se lo merece: es un hombre muy inteligente y muy simpático—me dijo ya con perfecta tranquilidad.
Pero desvió inmediatamente la conversación hacia otro asunto, sin mostrar curiosidad por conocer más detalles. Sin embargo, cuando nos despedimos, al darme la mano me dijo con alguna vacilación.
—¿Sabes, Angelito?... No digas a Moro que estamos aquí.
—Pierde cuidado. Nada sabrá.
Debí haber añadido: «Por lo que a mí se refiere». Porque Sixto lo averiguó casualmente por sí mismo. Un día que fuí a almorzar a su casa le hallé pensativo y serio: antes de saludarme me dijo:
—¿Sabes a quién he visto ayer?
—Sí; a Rodrigo Céspedes.
—¿Sabías que estaba aquí?
—Lo he averiguado hace unos días.
—El traje que llevaba era deplorable. Parece hallarse en mala situación. ¿No pertenece ya al ejército?
—Ha sido expulsado hace tiempo.
—¿Y su mujer?—preguntó con voz levemente alterada.
—Su mujer vive y está aquí.
—¿La has visto?
—No, no la he visto. Rodrigo, con quien hablé unos instantes en la calle, ha evitado el darme las señas de su casa.
Me pareció que debía mentir en aquella ocasión. ¿Qué ventaja podía resultar de que supiese que hablaba con Natalia? Al contrario, para ésta y para él acaso hubiera peligro.
Guardó silencio obstinado largo rato, almorzó con poco apetito y le observé distraído y meditabundo mientras permanecí en su casa.
Otro tanto me acaeció pocos días después al entrevistarme con Natalia a la puerta de la iglesia. La hallé terriblemente seria: había en sus ojos una gran inquietud: un pliegue profundo surcaba su frente.
Le pregunté si se sentía mal, si había tenido algún disgusto, Me respondió secamente que se encontraba bien de salud y que nada le ocurría. Hablamos pocos minutos y se apresuró a despedirse. Sin embargo, al tiempo de separarnos volvió sobre sus pasos, me tomó la mano de nuevo y apretándola con extraordinaria fuerza me dijo con un sollozo reprimido:
—Pide a Dios por mí..., porque nunca lo he necesitado más que hoy.
Y se alejó rápidamente. Corrí detrás de ella.
—Dime, dime; ¿qué es lo que te pasa?
Pero ella, sin volverse, me hizo seña de que no la siguiese.
IX LA DELINCUENTE HONRADA
Sobre las once de la mañana me desperté. Había llegado tarde del teatro: todavía me quedé dormido algunos minutos. Al fin, dominando la pereza, me planté de un salto fuera de la cama, hice las abluciones acostumbradas; me vestí y me dirigí al comedor para almorzar.
El periódico estaba, como siempre, al lado de mi plato. He tenido toda mi vida la antihigiénica costumbre de leer los periódicos a la hora de las comidas. Lo recorrí lentamente mientras masticaba distraído lo que me ponían delante, y ya iba a soltarlo cuando entre los sucesos del día, colocados al final y que rara vez leo, tropezaron mis ojos con un epígrafe en letra grande que decía: «Las vitrioleras».
«Ayer noche se desarrolló en la casa de la calle de Toledo, número..., una escena que, por desgracia, se repiten con alguna frecuencia. Natalia de los Reyes, de veintiséis años de edad, después de una acalorada disputa con su marido Rodrigo Céspedes, de cuarenta y cinco, le arrojó al rostro un frasco lleno de ácido sulfúrico, que le produjo graves heridas. El herido fué llevado a la Casa de Socorro y desde allí al hospital. La esposa criminal huyó del domicilio y hasta la hora presente no pudo ser habida.»
Quedé sin gota de sangre en las venas. Dejé caer el periódico sobre la mesa y mi consternación fué tal, que permanecí largo tiempo inmóvil sin acertar a levantarme de la silla. Por fin tomé de nuevo el papel entre las manos y volví a leer la noticia, imaginando vagamente que pudiera haberme equivocado en los nombres. No, no; eran bien exactos: Natalia de los Reyes, Rodrigo Céspedes. Seguí leyendo, sin saber lo que hacía, y al final de la columna me encontré con otra noticia referente al mismo asunto.
«Al cerrar nuestra edición tenemos noticia de que la autora del atentado de la calle de Toledo, Natalia de los Reyes, se ha entregado voluntariamente a la autoridad esta madrugada. Según hemos podido averiguar los protagonistas de este drama son personas de buena sociedad que por reveses de fortuna han llegado casi a la indigencia. Natalia de los Reyes es hija del difunto general Don Luis de los Reyes, que hace años representó un papel importante en la milicia y la política. Su marido es un antiguo oficial del ejército, separado de él hace tiempo. Tendremos a nuestros lectores al corriente de las fases de este suceso, que por tratarse de personas conocidas llamará seguramente la atención pública.»
Recordé la actitud extraña en que había hallado a Natalia y sus palabras enigmáticas en el día anterior y comprendí que alguna nueva infamia de Céspedes había venido a llenar la medida de su paciencia. Mi primer pensamiento fué volar a la cárcel y hacer por mi desgraciada amiga cuanto humanamente me fuese posible.
Cuando bajaba la escalera del hotel la subía Sixto Moro. Nuestras miradas se cruzaron y nos entendimos. Nos estrechamos las manos en silencio.
—¿Vas a la cárcel?—me preguntó.
—En este instante.
—Tengo el coche a la puerta. Vamos juntos.
Mientras rodábamos por las calles le expliqué lo que sabía y lo que sospechaba de las relaciones de Natalia con su marido y le referí las últimas conmovedoras palabras que habían salido de su boca cuando nos despedimos el día antes.
En la cárcel nos dijeron que Natalia se hallaba incomunicada por orden judicial.
—Vamos a ver al juez: es mi amigo—dijo Sixto.
Y de nuevo, más tristes e impacientes todavía, volvimos a rodar por las calles.
El juez nos recibió atentamente, y nos manifestó que la incomunicación sólo duraría hasta que tomase nueva declaración al herido. Sixto le dijo que él se encargaba de la defensa de la procesada. Yo le hice saber que era redactor de un periódico importante. En vista de ello nos dió un permiso escrito para que pudiéramos verla particularmente una vez levantada la incomunicación.
Cuando lo logramos era ya cerca de la noche. El jefe de la prisión se mostró cortés en extremo con nosotros, nos hizo pasar a su despacho y él mismo fué a informar a Natalia de mi visita. Le rogamos que nada dijera de la presencia de Moro. Este se quedó en el despacho con él mientras yo, guiado por un dependiente, llegué hasta la celda. Al abrirme la puerta, Natalia salió a mi encuentro con las manos extendidas. Sentí mi corazón tan oprimido al estrechárselas, que me saltaron las lágrimas a los ojos.
—No llores, Angel. Por mala que sea mi situación en este momento, era peor la que antes ocupaba.
Tenía los ojos secos, las mejillas encendidas y en su mirada había un cierto extravío de locura.
Yo no podía hablar.
—No vayas a creer que estoy arrepentida—profirió sacudiéndome las manos—. Nada de eso. ¡Estoy contenta, contentísima!
Y bruscamente, atropellándose para hablar, me dió cuenta de la forma en que había llevado a cabo su acto. Le había arrojado el frasco entero de vitriolo, ¡zas!, a la cara y se había hecho pedazos en ella.
—¡No estoy arrepentida, no! Cien veces volvería a hacer lo mismo con ese miserable.
Comprendí que se hallaba presa de una gran excitación nerviosa y traté de calmarla. Cuando le dije que Sixto Moro se había ofrecido a ser su abogado defensor quedó repentinamente paralizada. Guardó silencio unos instantes y dijo al cabo con voz demudada:
—Pero ¿es verdad lo que dices?
—Tan verdad, Natalia, que está ahí fuera esperando que yo le llame para entrar.
—¡Oh, no, por Dios!—exclamó tapándose la cara con las manos—. ¡Qué vergüenza!
—Sí, sí, Natalia, debe entrar. Lo está deseando ardientemente y va a ser tu salvación.
Y sin más esperar me apresuré a salir de la estancia, fuí al despacho del jefe y traje a Sixto conmigo. Antes de entrar éste se llevó la mano al pecho y me dijo:
—Déjame un instante. Mi corazón parece que quiere salir de su sitio.
Cuando entramos Natalia estaba tan roja que daba miedo. Se adelantó sonriente hacia Moro, que casi estaba tan rojo como ella. Pero al estrecharle la mano le sucedió lo que a mí, no pudo reprimir las lágrimas. Entonces Natalia, lanzando un grito sofocado, se dejó caer sobre el pobre lecho que tenía cerca y estalló en sollozos. Fué una crisis terrible de lágrimas. Sixto quería salir para llamar al médico; pero yo le retuve.
—Déjala; este llanto le ha de venir muy bien.
En efecto, pocos minutos después se incorporó. Su fisonomía se había serenado por completo: tenía otra vez aquella inocente expresión infantil que la hacía tan adorable.
—Gracias, Moro—dijo alargándole la mano—. No merezco esas lágrimas ni puedo pagárselas, pero Dios se las pagará... A mí ya me ha dado lo que merecía.
—Nadie conoce sus designios, Natalia—repuso Moro gravemente—. Confiemos en Él y apresurémonos a hacer lo que esté en nuestra mano para salir de este mal paso.
Sus ojos inteligentes brillaron con firme resolución preparándose al combate. Me invitó a sentarme en la única silla que allí había, salió un momento a pedir otra y acomodándose con enérgica actitud frente a Natalia, que se hallaba sentada sobre el borde del lecho, le dijo con autoridad:
—Necesito saber todo lo que ha pasado: necesito saber también los antecedentes del hecho.
—¿Es necesario que cuente mi historia?
—Sí; es necesario.
—¿Que lo cuente todo?
—Absolutamente todo.
—Pues bien, ustedes saben que después de mi boda estuvimos unos días en Piedra, que volvimos y que poco después embarcamos en Cádiz para Cuba. Por recomendación de papá, Rodrigo en vez de salir al campo de operaciones, se quedó en La Habana a las órdenes del Capitán general. Los primeros meses de mi matrimonio fueron los únicos felices. Mi marido salía poco de casa y casi siempre conmigo: parecía haber abandonado sus hábitos de juego: se mostraba deferente, afectuoso y alegre. Sin embargo, en ciertos momentos aparecía taciturno y respondía a mis preguntas en un tono sarcástico que no dejaba de herirme vivamente. Como duraba poco tiempo, no eran más que leves nubecillas que no lograban empañar mi dicha. Pero estos momentos de mal humor se fueron repitiendo con alguna frecuencia y empezaron a darme que sentir y que pensar. Sobre todo, vuelvo a decir, lo que más me hería y lo que más me ha hecho sufrir toda la vida, aún más que otras cosas peores de que hablaré, era su acento displicente, su actitud despreciativa. Pensando en la manera de remediarlo imaginé ¡pobre de mí! que Rodrigo estaba demasiado habituado a una vida divertida y frívola para soportar fácilmente esta otra un poco monótona de familia. Y yo misma le insté para que se fuese más tiempo con sus amigos y procurase distraerse. No se lo hizo repetir. Comenzó de nuevo a hacer la vida de soltero y calavera. Llegaba tarde a casa y alguna vez con señales de haber bebido en demasía. Pero estaba alegre y me trataba con amabilidad: era suficiente para que yo estuviese contenta. Más tarde quiso que yo también participase de esta vida alegre y me llevó a varias casas donde se bailaba, se cantaba y se jugaba. Pronto advertí que aquella sociedad equívoca no estaba hecha para mí. Se hablaba con una libertad a la cual no estaba acostumbrada; se usaban bromas subidas de color; las señoras fumaban como los caballeros y jugaban a los naipes; los caballeros juraban como carreteros cuando perdían y las damas, en vez de indignarse, reían. A altas horas de la noche se salía algunas veces formando pandilla, se recorría la ciudad y por fin se entraba en cualquier café que estuviese abierto y allí continuaba la jarana hasta que amaneciera...
Me hallaba tan avergonzada de esta sociedad poco honrosa y de esta vida sin recato que a los pocos días le signifiqué a Rodrigo que estaba resuelta a no entrar más en ella. Esto ocasionó el primer altercado serio que habíamos tenido. Me trató con dureza y dejó escapar palabras que me hirieron profundamente trayendo a cuento a mi padre y algunos antecedentes de mi familia. Me mantuve firme y guardé de aquella disputa un resentimiento que con el tiempo fué creciendo. Rodrigo, en vez de apagarlo, le fué echando más leña con su actitud despegada y su conducta libertina. Venía a casa cada noche más tarde; algunas veces no venía hasta la madrugada. Yo me pasaba las horas llorando en una butaca.
Después vinieron los apuros de dinero. Rodrigo jugaba y cuando perdía transcurrían algunos días sin entregarme ninguno para las necesidades de la casa. Pasaba unos momentos crueles, unas vergüenzas increíbles cuando me veía precisada a pedir prórroga para mis compras. ¡Ay!, después tuve tiempo para acostumbrarme a estas penas, que no son las menos insufribles para una persona decente. Un día Rodrigo se mostró conmigo más afectuoso que de ordinario; al día siguiente igual, al otro lo mismo. Yo acepté aquellas caricias como moneda de buena ley y me puse a imaginar con alegría que había vuelto sobre sí, que estaba arrepentido de su vida disoluta y que para nosotros comenzaba una nueva luna de miel. Pronto vinieron al suelo mis ilusiones. Al cuarto día, con no pocos preámbulos de caricias y palabras melosas, me hizo saber que se hallaba en un compromiso de honor muy apremiante, que había jugado bajo su palabra y que había perdido, que había prometido saldar su deuda en el plazo de dos meses cuando le llegase el dinero que tenía en España y que si no lo hacía quedaría deshonrado y no tenía otro recurso que darse un tiro. «—¿Bien, y qué es lo que quieres de mí?»—le pregunté sospechando inmediatamente de lo que se trataba y apreciando en su justo valor ya las caricias de los días anteriores. Ante esta pregunta se hizo el avergonzado, hasta quiso ruborizarse y me insinuó después de largas vacilaciones que debía escribir a mi padre pidiéndole diez mil pesetas. Me negué rotundamente a hacerlo. Insistió, rogó, se puso de rodillas delante de mí y tanto hizo que al cabo logró ablandarme. Escribí a mi padre con una repugnancia invencible. Yo conocía perfectamente su situación, que su sueldo apenas bastaba a cubrir sus gastos personales y que los de la casa pesaban todos sobre la fortuna de mi madrastra. En efecto, a vuelta de correo me envió una carta severísima doliéndose de que le pusiera en el trance de manifestarme su posición un poco humillante, pues Guadalupe, por estipulaciones matrimoniales, guardaba la libre administración de sus bienes. Le era imposible enviarme un céntimo; apenas tenía para sus gastos de representación; pedir el dinero a su mujer le parecía vergonzoso. Sin decirlo claramente dejaba traslucir que sabía perfectamente a qué se destinaban las diez mil pesetas que le pedía. Presenté la carta a Rodrigo; la leyó con gesto avinagrado, pues veía que no venía letra alguna dentro de ella, y dibujándose en sus labios una sonrisa amarga, me la entregó diciendo con sarcasmo:—Muchas gracias al papá y a la hija.
Desde entonces cambió la decoración. Empezó a tratarme con el mayor desprecio y a hacerme la vida muy dura.
—¿Llegó a maltratar a usted de obra?—preguntó Moro.
—Todavía no, pero me hablaba ya sin consideración alguna, paraba poquísimo en casa, dejaba sobre su mesa para que yo las viese cartas de mujeres. A tal extremo llegó en sus desprecios, que un día hice un paquete de mi ropa y dejándole una carta sobre la mesa de noche salí de la casa y me fuí a la de una amiga, señora de un coronel de artillería a quien había conocido en Madrid. Entonces Rodrigo vino inmediatamente a buscarme, se hizo el sorprendido ante mis amigos de mi decisión, procuró quitar importancia a los agravios, me pidió perdón de ellos y, en fin, se reconcilió conmigo. Todo aquello era pura hipocresía. Temía que el coronel diese publicidad a su conducta, que llegase a oídos de mi padre, el cual era hombre bien capaz de tomar venganza de ella y sobre todo que se enterase el Capitán general, a quien le convenía tener propicio. Volviendo, pues, sobre su acuerdo me trató desde entonces relativamente bien. No logró, sin embargo, disimular lo bastante para que yo no comprendiese que en el fondo de su corazón me guardaba rencor.
En esto llegó la fatal noticia de la muerte de papá. El Capitán general y todo el elemento militar de la Habana me dieron en aquella ocasión pruebas inolvidables de aprecio. Mi dolor fué tan vivo que quise volverme loca. Yo quería a mi padre apasionadamente, pero desde que advertí el despego de Rodrigo le quise mucho más. Ahora entendí bien que me hallaba verdaderamente sola en el mundo: este pensamiento me dejó abatida, aniquilada. Pronto vino a añadirse un nuevo dolor a este abatimiento. El Capitán general estaba perfectamente enterado de la conducta disoluta de Rodrigo, de sus escándalos y sus trampas. Hasta entonces había cerrado los ojos por respeto a mi padre; pero tres meses después de la muerte de éste le llamó a su despacho y le intimó la orden de volver a la Península. Fué necesario obedecer. Vinimos destinados a Barcelona. Como no había cumplido el plazo reglamentario en Ultramar para consolidar su ascenso, Rodrigo volvió a ser capitán. Yo estaba ya encinta de mi hijo Luisito. La vida volvió a ser muy dura para mí; teníamos escasísimos recursos: Rodrigo estaba siempre de un humor endiablado. Como ustedes presumirán, todas mis joyas habían desaparecido ya desde hacía mucho tiempo. Sin embargo, conservaba colgado al cuello siempre un retrato de mi madre orlado de perlas y brillantes que papá me había regalado el día de mi primera comunión. Rodrigo me lo pidió, primero con muy amables súplicas, después con amenazas. Me negué a dárselo. Entonces se desató en injurias y por fin me dio un fuerte empellón que me hizo caer sobre la chimenea hiriéndome en la cabeza...
—¿Ha habido testigos de ese acto?—preguntó Moro.
—En aquel momento no había allí nadie, pero la patrona de la casa de huéspedes donde nos hallábamos estaba escuchando la disputa y acudió al grito que yo di y me restañó la sangre recriminando duramente a mi marido, porque yo estaba embarazada de siete meses.
Moro sacó la cartera y apuntó las señas de la casa y el nombre de la huéspeda.
—Yo me hallaba tan preocupada con mi estado y era tan feliz con la esperanza que ya casi había perdido, de tener un hijo, que no di gran importancia a aquel acto. Nació mi niño y poco después Rodrigo fué destinado a Filipinas y ascendió otra vez a comandante. Allí pasamos algunos años. No me trataba bien, pero sólo en contadas ocasiones puso la mano sobre mí. Por otra parte, las caricias de mi niño me compensaban de todas mis desdichas. Pero llegó un momento en que se mezcló en cierto asunto muy sucio de contrabando y sólo el recuerdo de mi padre, que el Capitán general guardaba religiosamente, le salvó del presidio. Se contentaron con expulsarle del ejército: quedamos a la gracia de Dios; salimos de Filipinas; vinimos a Barcelona donde Rodrigo tenía amigos de su misma calaña. Desde entonces mi vida fué un verdadero martirio. Rodrigo, agriado por la miseria, viviendo entre gente crapulosa, sirviendo de crupié en las casas de juego: pasé hambre algunas veces porque mi hijo no la pasara; estuve encerrada en casa temporadas porque no tenía zapatos que ponerme. Fuimos a Sevilla y mi vida aun fué peor... No tengo fuerzas en este momento para contar los malos tratos que sufrí de ese hombre. Fuí golpeada, humillada, privada de alimento y de ropa con que abrigarme...
—¿Por qué no has huído de su lado?—exclamé yo—. Más valía para ti morir en la calle.
—No huí porque me amenazó con que en ese caso se apoderaría de mi hijo, a lo cual le daba derecho la ley, y le haría sufrir a él los martirios que estaban destinados para mí.
Moro dejó escapar un rugido; saltó de la silla y se puso a dar vueltas por la estancia como si estuviera loco, mesándose los cabellos, rechinando los dientes.
Por fin se sentó otra vez y dijo con voz ronca:
—Siga usted.
Natalia le clavó una mirada de asombro y reconocimiento que él no pudo sostener. Bajó la cabeza y observé que sus manos temblaban.
—No quiero entrar en los detalles de las maldades con que me ha atormentado.
—¡Es necesario!—profirió Sixto.
—Dispénseme usted... No puedo en este momento... Me encuentro muy excitada. Acaso más adelante... El amor de mi hijo me ha sostenido en esas duras pruebas. Pero hará pronto tres meses que este ángel subió al cielo comprendiendo que aquí no le aguardaban más que desdichas.
Al llegar a este punto rompió de nuevo en sollozos. Cuando se hubo serenado prosiguió de esta manera:
—Con la muerte de mi hijo todo concluyó. Rodrigo sabía perfectamente que éste era el único lazo que me ligaba los pies. No le convenía que yo me marchase; le era necesaria. Así que desde entonces se abstuvo de maltratarme; aun más, comenzó a mostrarse conmigo deferente, respetando mi dolor: parecía interesarse por mi salud; me trajo algunos medicamentos para la anemia que según él padezco. Por fin anteayer domingo por la mañana me dijo con acento cariñoso: «—¿Quieres que pasemos hoy el día en el campo? A ti te conviene respirar el aire puro, distraerte un poco.»—Como ya todo me tenía sin cuidado en este mundo y lo mismo me importaba quedarme en casa que salir, le dije que sí. Tomamos el tranvía y nos fuimos a la Moncloa, nos paseamos, nos sentamos después sobre el césped. Rodrigo se durmió: yo mientras tanto pensaba en mi hijo y lloraba. Cuando despertó me propuso ir a almorzar a uno de los restauranes de la Bombilla, pues había ganado el día anterior algún dinero. Entramos, pues, en uno de ellos y Rodrigo me hizo elegir amablemente en la carta lo que más me apetecía. Antes de concluir de almorzar se presentó por allí un caballero que vino a saludar muy afectuosamente a mi marido. Este me lo presentó como uno de sus mejores amigos. Era un hombre joven todavía, grueso, no mal parecido, pero de aspecto ordinario; vestía bien y lucía en el dedo meñique un enorme brillante, uno de esos brillantes que llamamos «de jugador». No era otra cosa, al parecer, aquel sujeto. Se sentó a nuestro lado, charló mucho, se mostró galante conmigo, bebió dos copitas de cognac y regaló a mi marido con algunos cigarros. Cuando nos levantamos de la mesa observé que se dirigió al mozo y pagó todo el gasto que habíamos hecho. Esto me sorprendió y me ofendió: se lo dije por lo bajo a mi marido; él se echó a reír diciendo: «—¡Déjale, es rico!» Este sujeto nos acompañó después en el paseo y por último nos dejó en el tranvía. Rodrigo continuó mostrándose conmigo amable. Por la noche después de cenar, en vez de salir, como siempre, se quedó en casa charlando. De pronto me dice sonriendo: «—¿Te gusta Manolo López?» «—¿Quién es Manolo López?»—le respondí, aunque sabía perfectamente a quién se refería. «—Anda, pues el amigo con quien hemos paseado esta tarde.» «—¡Ah! sí, se me había olvidado su nombre... Ni me gusta ni me disgusta.» «—Pues tú a él le has chiflado.» «—¡Qué raro! ¿Cuándo te lo ha dicho?» «—Pues en un momento en que tú estabas distraída.» Yo callé porque algo extraño y terrible comenzaba a moverse en mi corazón. Guardamos silencio algunos minutos y al cabo Rodrigo comenzó a decir como si hablase consigo mismo y no para mí: «—Manolo López ha heredado hace algunos meses un millón de pesetas de un tío prestamista. Manolo López es generoso: si quisiera podía sacarnos de apuros. ¿Y por qué no había de querer? ¡Vaya si quiere! Bastaría con que una personita que yo conozco hiciese una seña para que todo su dinero se pusiese a nuestra disposición.» Una ola de fuego subió a mi cara en aquel momento. Me levanté de la silla como si me hubieran pinchado. «—¡Ni una palabra más, Rodrigo!» Pero él se obstinó en hablar y entonces yo perdí la razón y le cubrí de denuestos. El los sufrió mientras supuso que con la blandura podría conseguir algo; pero una vez convencido de que todo era inútil se volvió a mostrar lo que siempre ha sido, una hiena. Me insultó con las palabras más inmundas y me golpeó bárbaramente. Entonces yo juré interiormente que no volvería a poner la mano sobre mí. Por la mañana en cuanto salí a la calle compré en la droguería un frasco lleno de vitriolo y lo guardé en mi seno. Cuando tú me has encontrado ayer, Angel, lo llevaba ya. Rodrigo no me dirigió la palabra en todo el día. Por la noche llegó temprano, contra su costumbre; se conocía que le pedía el cuerpo reyerta; estaba despechado, furioso: los planes que, sin duda, había trazado, se le venían abajo. Comenzó por dirigirme indirectas y burlas y concluyó por insultarme. Yo le respondí, porque estaba resuelta a no sufrirle más: él me dió una bofetada que me batió contra la pared; entonces yo le grité: «—¡No me tocarás más en tu vida, malvado!» Y sacando el frasco del pecho se lo arrojé con todas mis fuerzas a la cara. Se hizo mil pedazos en ella y Rodrigo cayó al suelo dando gritos horribles. Yo me di a la fuga instintivamente, sin saber lo que hacía; abrí la puerta del cuarto y me precipité por la escalera. Cuando estaba en el portal todavía llegaban a mis oídos sus gritos. Salí y emprendí por las calles una carrera loca: recorrí calles, muchas calles ¡muchas! y por fin salí al campo; seguí una carretera: estaba muy oscura; al poco rato salió la luna y pasé junto a unas casas; había algunos hombres delante de una de ellas que me chichearon y viendo que yo no les respondía me insultaron. Seguí la carretera que estaba llena de polvo; después atravesé un puente: el río era poco caudaloso, más bien un arroyo; me detuve un instante a mirarle y tuve intención de tirarme; pero comprendí que no conseguiría privarme de la vida, sino herirme. Seguí mi marcha anhelante por la carretera; volví a encontrar algunas casas; salí de nuevo al campo; me sentí al fin tan abatida como si fuese a morir; me dejé caer debajo de un árbol y me quedé dormida. Cuando desperté, la luna se había ocultado de nuevo; estaba muy oscuro: no sabía dónde me hallaba. El pensamiento de lo que había hecho me asaltó de pronto; volvieron a sonar en mis oídos los gritos desgarradores de mi marido. Otra vez corrí desalada y otra vez caí rendida al cabo de unos instantes. Me levanté en cuanto me fué posible y seguí marchando aunque más lentamente. Al fin tropecé con casas elevadas, vi una calle alumbrada con faroles y me sentí más tranquila porque comprendí que había llegado a un pueblo. Seguí aquella calle, luego otras y otras. Por fin, cuando ya rayaba el día me encontré a la puerta de mi casa. Un guardia me apresó, me llevó primero a la Inspección y después a esta cárcel.
Calló. Nos hallábamos tan conmovidos que no pudimos decir una palabra. Después de un corto silencio, Moro levantó la cabeza y con resuelto ademán profirió:
—Por hoy basta. Lo importante ahora es la salud de usted. De lo demás que necesito saber tenemos tiempo a hablar más adelante.
Y se puso a hablar de la salud de Natalia como si estuviese en visita, haciéndole minuciosas recomendaciones, proponiéndole remedios preventivos. En cuanto se fuese hablaría con el médico de la cárcel y le enviaría también el suyo. Estaba muy excitada: luego vendría la depresión: era necesario prevenirse contra ella. Y después de haberla animado con afectuosas palabras haciéndole comprender que había obrado con perfecto derecho y en legítima defensa de su honor y de su vida dió con extremada habilidad otro giro a la conversación; habló de los países donde Natalia había vivido; le pidió noticias, hizo observaciones jocosas; en suma, logró distraerla hasta el punto de que por un momento la joven se olvidó de donde estaba y lo que había hecho.
Sin embargo, era necesario separarse. Moro se alzó de la silla bromeando. La visita había sido demasiado larga. ¡Buena cansera le habíamos dado! Y le tendió la mano sonriente como si se despidiese en una visita ordinaria. Natalia se la apretó y se la retuvo unos momentos sonriente también. Ambos se miraron a los ojos con una larga, intensa mirada en que sus almas se besaron.
Pero Natalia volvió bruscamente la cabeza, se llevó las manos al rostro y estalló nuevamente en sollozos. Moro volvió también la suya para ocultar las lágrimas y se precipitó fuera de la estancia.
En el despacho del director convinimos los medios conducentes para hacer más llevadera a nuestra amiga su posición. Aquél nos prometió proporcionarle todas las comodidades compatibles con el Reglamento. Moro dispuso que se le sirviesen las comidas de un restaurán próximo. Cuando iba a decir que los gastos corrían por su cuenta, yo le toqué en el brazo con disimulo. Comprendió bien lo que mi seña significaba. Natalia no hubiera aceptado de su parte estos regalos. Bajó tristemente la cabeza y me dejó la iniciativa y el privilegio de costearlo todo.
Nos retiramos tristes y silenciosos de aquel paraje. La alegría que en los últimos momentos habíamos mostrado era una comedia destinada a divertir de su aflictiva situación el espíritu de nuestra amiga. Cuando nos despedimos a la puerta de su casa me estrechó la mano con fuerza y me dijo:
—Hasta mañana. Tengo la seguridad de que Natalia será absuelta... Pero si no fuese, procuraría hacer mejor la puntería que la vez pasada.
X EN QUE SE DECLARA EL JUICIO DE LOS HOMBRES.
Aquellas palabras de mi amigo me inquietaron bastante. No soy un optimista convencido; la vida nunca me demostró que debía serlo. Era justo que Natalia fuese absuelta; ¿pero se impone la justicia en este mundo?
De todos modos comenzamos con gran ardor la preparación de la defensa. Rodrigo se hallaba en el hospital. Me informé de los médicos; las heridas eran gravísimas: quedaría ciego y desfigurado. Tales noticias me aterraron porque hacían peligrosa la situación de Natalia. En cambio a Sixto le impresionaron agradablemente. Nadie quede sorprendido: así como su amor por Natalia era mayor que el mío, el odio que profesaba al malvado de su marido era cien veces más vivo.
Pocos días después hice un viaje a Barcelona con instrucciones de Moro para obtener el testimonio de la patrona en cuya casa se hospedaron los esposos en otro tiempo. Fuí dichoso en mis investigaciones; no sólo adquirí este testimonio y la promesa de venir a Madrid cuando el juez la llamase, sino también el de otras dos personas que habían presenciado las violencias de Rodrigo. Sixto hizo otro viaje a Sevilla, también afortunado.
Pero lo que había acaecido en Cuba y Filipinas era igualmente de gran importancia. En este último punto algunas escenas habían sido particularmente repugnantes. Los testigos eran criados. ¿Cómo averiguar su paradero? ¿Cómo hacerles venir a España?
En esta ocasión la Providencia quiso ayudarnos por modo maravilloso. Un día recibí una tarjeta de mi amigo Pérez de Vargas invitándome a almorzar. Durante el almuerzo, que se efectuó en completa intimidad, esto es, entre su esposa, él y yo, me manifestó que estaba interesadísimo en el proceso de Natalia, no sólo porque yo lo estaba y por la parte que tomaba en él un hombre a quien admiraba tanto como Moro, sino por la simpatía y la compasión que le inspiraba la procesada, a cuyo padre había conocido. Por lo mismo quería contribuír en la forma que pudiese, con su influencia y con su dinero, al buen éxito del asunto y se ponía desde luego a nuestra disposición. Entonces yo viéndole tan propicio le hice saber nuestro embarazo. Testigos muy importantes y que podían influír notablemente sobre el Jurado se hallaban en Filipinas. Apenas hube pronunciado la última palabra exclamó:
—¡Cosa resuelta! Yo me encargo de buscar a esos testigos aunque se escondan en el centro de la tierra.
Fuimos juntos a ver a Moro; celebramos algunas conferencias. Pocos días después dos hombres hábiles y de toda confianza salían embarcados el uno para Filipinas el otro para Cuba con amplios poderes y todo el dinero necesario. Costase lo que costase era necesario traer a Madrid los testigos que Moro les había designado.
La confianza de éste seguía siendo absoluta. Y sus ojos no sólo expresaban la confianza, sino una secreta y concentrada fecilidad que yo sabía bien de donde manaba. Esta misma expresión dulce y expansiva la advertía en el rostro de Natalia cada vez que iba a visitarla una vez por semana. Moro celebraba con ella frecuentes conferencias prevalido de su cualidad de abogado defensor. Yo no podía dudar de lo que acaecía en el alma de estos dos seres para mí tan caros y esto me causaba una mezcla de alegría y de inquietud que no podría bien definir.
La preparación de la defensa no se limitaba solamente a la busca de testigos. Empecé a trabajar también con todas mis fuerzas a fin de crear en el público una atmósfera favorable a mi desgraciada amiga. En los cafés, en los saloncillos de los teatros, en el Ateneo, a todas partes donde iba me esforzaba en poner de nuestra parte a mis amigos y conocidos. Fuí a visitar a todos los que lo habían sido del general Reyes, les pinté la situación de su hija, los martirios que había sufrido, y logré pronto que se convirtiesen en otros tantos ardientes defensores de ella. Pero lo principal, como debe suponerse, era la Prensa. Mis compañeros me dieron prueba en aquella ocasión de un afecto que jamás agradeceré bastante. Hicieron una campaña discreta y formidable. Dios se lo pague.
Dos meses después desembarcó en La Coruña el emisario que Pérez de Vargas había enviado a Cuba, trayendo consigo una negra que había sido doncella de Natalia. Cuarenta días más tarde hizo lo mismo en Cádiz el que había enviado a Manila. Éste traía a dos indios, cochero y cocinero que habían servido en casa de Céspedes. La instrucción del proceso se desenvolvía, a no dudarlo, en sentido favorable.
Todo se hallaba preparado. Llegó por fin el gran día, el día del juicio oral, que yo esperaba a la vez con ansiedad y temor. No podía desechar éste de mi alma. Por más que me representaba las probabilidades de buen éxito con que podíamos contar dada la naturaleza de los testimonios que se ofrecían, el talento y la pericia de Moro, la simpatía que había llegado a inspirar Natalia, no obstante, el hecho brutal estaba allí, imborrable, incontrovertible: una mujer que hiere gravemente a su marido, le desfigura, le deja ciego para siempre. No era fácil dejar esto sin castigo.
Puede inferirse que la noche precedente dormí mal. Me levanté temprano, di algunas vueltas por las calles, y, por fin, me personé en casa de Moro. Estaba durmiendo aún. Volví a pasearme otro rato y cuando presumí que ya estaría levantado llamé de nuevo a su puerta. El criado me dijo que todavía se hallaba en la cama. Entonces, no pudiendo reprimir la impaciencia, tomé sobre mí la responsabilidad de despertarle y me dirigí a su dormitorio. En efecto, Sixto se hallaba sumido en profundo sueño. Cuando abrí las maderas del balcón volvió la cabeza, abrió los ojos y me miró un instante con vaga expresión sin darse cuenta de lo que mi visita significaba. Por fin, comprendiendo, una sonrisa se dibujó en sus labios.
—Perdona que te despierte, pero ya son las ocho... El juicio es a las diez y...
—¿Y qué?—preguntó incorporándose y mirándome con la misma sonrisa.
Yo no sabía qué decir. Me puse a dar vueltas agitadamente por la estancia.
—No puedo reprimir mi inquietud desde ayer, te lo confieso. Temo que ocurra una cosa mala.
—¿Y por qué lo temes?—me preguntó con calma.
—No lo sé, pero lo temo... Francamente, no comprendo tu flema.
—Para vencer, querido Jiménez, es necesario creer en la victoria.
Y dando un salto fuera de la cama se dirigió a su bañera y se dispuso a tomar una ducha.
Yo estaba admirado de aquella calma. Me trajo a la memoria la de Napoleón cuando la noche víspera de la batalla de Austerlitz, después de recorrer las posiciones de sus tropas, sacó el reloj y dijo:—«Voy a dormir cuatro horas.» Y las durmió sin faltar un minuto. ¡Cuánto he admirado siempre a estos hombres dueños de sí mismos! ¡Cuánto me he despreciado a mí mismo y maldecido de mis nervios alborotadores!
—Bueno, ahora mientras me desayuno y preparo mis papeles, te vas a la cárcel, le encargas bien a Natalia que se atenga estrictamente a las instrucciones que le he dado y le infundes ánimo... si es que puedes.
—Procuraré tenerlo.
Volvió a mirarme sonriente y me apretó la mano.
—Hasta luego, poltrón.
Hallé a Natalia serena y confiada como él. Procuré, como había prometido, hacerme el valiente y me desbordé en palabras de aliento que sobre ser innecesarias debían de sonar a falso. Cuando llegó el momento de separarnos para ir a la Audiencia, mi mano, al estrechar la suya, temblaba. Natalia me miró con sorpresa.
—¿Tiemblas, Angel?... No temas, amigo mío. Venceremos probablemente, pero si no vencemos marcharé al presidio tranquila porque hay todavía en el mundo algunos corazones que se interesan por mí.
Me volví rápidamente para ocultar la emoción que me embargaba. Bajé a la calle y esperé su salida. La vi montar en el coche de la cárcel. Yo monté en el mío de punto y la hice seguir. Cuando llegamos al palacio de la Audiencia, donde debía efectuarse el juicio quise hablar con ella, pero me lo impidieron. La llevaron a la estancia reservada desde donde pasaría a su tiempo a la sala. Yo me introduje en ésta, que se hallaba ya llena. El proceso había despertado vivo interés. No sólo muchos señores de la alta sociedad, sino también un gran número de damas habían solicitado y obtenido entradas para presenciar el juicio y ocupaban los mejores puestos. Yo lo tenía especial por mi condición de periodista. Encontré ya sentados a algunos de mis compañeros. Éstos conocían el interés que yo tenía por la procesada y se mostraban desde luego partidarios resueltos de ella, expresando sus sentimientos en voz alta y con poca discreción. Tuve que llamarles alguna vez al orden porque temía que comprometiesen el éxito del negocio.
Se constituyó el Jurado después de las formalidades acostumbradas. Moro ocupó su puesto y el fiscal el suyo. Todo el mundo sabía que éste pedía para Natalia la pena de doce años de presidio. Era un funcionario de los que juzgan que su deber es mostrarse en toda ocasión, con razón o sin ella, implacables acusadores del procesado y hacen cuestión de amor propio el que sea condenado. Yo le temía porque era hombre influyente y hábil.
Se declaró abierto el juicio y apareció Natalia. Todas las miradas se clavaron sobre ella con intensa curiosidad. Vestía el mismo traje negro y la misma pobre mantilla con que la había visto la primera vez en la calle. Su semblante estaba pálido, pero sus hermosos ojos brillaban sobre él dulces y serenos sin arrogancia y sin confusión.
Hubo en el público un movimiento de simpatía. «—¡Qué hermosa es! ¡qué hermosa es!», oí repetir en voz baja a los que estaban cerca.
Se sentó en el banquillo de los acusados y un guardia se colocó en pie detrás de ella. Desgraciadamente, casi al mismo tiempo se presentó Céspedes. Un ujier le conducía y fué a sentarle en el sitio que le estaba designado. Tenía el rostro horriblemente desfigurado por las quemaduras: los ojos habían casi desaparecido. Un rumor producido por el horror y la compasión se esparció por toda la sala. Yo temblé y miré a Natalia. Ésta bajó la vista y ni por casualidad volvió a mirar a su marido mientras duró el juicio. Después volví los ojos a Moro: éste tenía clavados los suyos en el verdugo de su adorada con expresión de odio.
Fueron examinados los testigos de la acusación. No eran más que tres o cuatro vecinos de la casa que habían escuchado los gritos de Céspedes y habían presenciado la huída de Natalia.
Vinieron los de la defensa. Sus testimonios fueron terribles, abrumadores: los malos tratamientos de Céspedes allí relatados despertaron viva indignación en la asamblea. La sevicia quedaba perfectamente probada; yo volví a recuperar la calma. Sin embargo, el fiscal hizo lo posible por desvirtuarlos dirigiendo preguntas insidiosas a los testigos, procurando ponerlos en contradicción, hasta mostrando hacia algunos ostensible desdén a causa de su raza, pues los de Filipinas eran indios y la doncella de Cuba, negra. Con Natalia también se mostró desconsiderado y duro. Felizmente, ésta supo manifestarse tan serena y animosa que no logró poco ni mucho turbarla: su modestia, el acento sincero de sus palabras, su voz insinuante y dulce, causaron grata impresión en el público. Por otra parte, Moro dirigió hábiles preguntas a Céspedes. Éste respondió a ellas en forma tan altanera, con aquel tono sarcástico en él congénito, que en un instante perdió la simpatía que su lamentable estado inspiraba. Todo el mundo quedó persuadido de que aquel hombre era bien capaz de cometer las maldades que se le atribuían.
El juicio tomaba un giro evidentemente favorable para mi amiga. Sin embargo, a medida que se desenvolvía aumentaba mi agitación. ¡Oh los nervios! ¿Quién sabe lo que podía ocurrir? Cierto que Natalia había sufrido crueles tratamientos, pero al mismo tiempo era evidente que había cometido un delito y que a este delito no fué empujada por una necesidad irremediable. Por otra parte, las inteligencias de los hombres son tan diversas, pesan sobre ellas móviles tan varios... En fin, mi imaginación daba tantas vueltas que concluí por sentirme mareado.
El informe del fiscal vino todavía a turbarme y afligirme más. Fué despiadado, cruel: parecía que advirtiendo las simpatías que Natalia había despertado ponía empeño en contrariarlas y desvanecerlas. Pintó a la acusada como una joven frívola, caprichosa, que habiendo sido demasiado mimada por su padre como hija única y dotada por la Naturaleza de un carácter altanero había contraído hábitos insufribles de dominación. Forzosamente tenía que chocar con su marido, hombre de temperamento rudo y violento. Cierto que éste se había excedido en los medios de corrección; pero debía tenerse presente que era un militar y que en éstos ciertos actos de violencia no son tan vituperables como en los civiles por lo mismo que la férrea disciplina del ejército y los excesos de la guerra los prepara para ellos. Por otra parte, su mujer, por todas las leyes divinas y humanas, estaba obligada a respetarle y obedecerle. ¿Lo había hecho siempre? No; por el contrario, se complacía en contrariar sus gustos y aficiones. El delito que había cometido era odioso, repugnante y sobre todo injustificado. Si se sentía maltratada ¿por qué no daba parte a la autoridad? ¿Por qué no huía de su marido? Se dice que estaba retenida a su lado por el amor de su hijo. ¿Y después de muerto éste? Por el contrario, en vez de abandonar el domicilio conyugal se pone a meditar friamente su venganza.
«¡Vedla ahí!—exclamaba—. Ved ahí a esa perversa mujer marchando solapadamente a comprar el frasco de vitriolo, guardándolo un día entero en su seno, esperando como el tigre pacientemente a que la víctima se mueva para caer sobre ella, ejecutando, al fin, ese acto inconcebible de crueldad y de barbarie que priva de la luz del sol y deja para siempre desfigurado al hombre a quien había jurado fidelidad y amor ante el altar.»
Natalia, al escuchar estas palabras, se puso horriblemente pálida y comenzó a sollozar. Una voz gritó en el público:
—¡Eso es indigno!
Yo conocía bien aquella voz. Se alzó un fuerte rumor. El presidente, airado, convulso, tartamudeando por la cólera, gritó:
—¡Inmediatamente! Inmediatamente los guardias detendrán al sujeto que ha dado esa voz y lo pondrán a disposición de mi autoridad.
Los guardias y los ujieres se lanzaron con solicitud a buscarlo, pero no lograron dar con él, mejor dicho, nadie quiso denunciarlo. Sin embargo, el mismo Pérez de Vargas, que no era otro el delincuente, se entregó voluntariamente y fué trasladado al interior. Allí hizo valer su calidad de diputado y fué puesto inmediatamente en libertad. Pocos días después se envió al Congreso por el irritado presidente un suplicatorio para procesarle, que fué denegado.
La interrupción había producido fuerte conmoción en el público y desconcertado un poco al fiscal, quien terminó su discurso al cabo pidiendo que se declarase culpable a la procesada y se le impusiera la pena por el código señalada.
El presidente concedió la palabra al abogado defensor. Moro comenzó a hablar en medio de una gran expectación.
»Si alzo mi voz en este momento no es para añadir algo nuevo al proceso ni para esclarecerlo, sino para dar cumplimiento a uno de los trámites que la ley determina en estos casos. Después de lo que acaba de oír, por boca de los testigos, el Jurado quedará convencido de que el delito se halla perfectamente probado, un delito que se ha perpetrado por espacio de diez años y que ha terminado por el castigo del culpable sin intervención de las leyes, por la misma mano de Dios, de la cual sólo ha sido instrumento la desgraciada mujer que por caso extraño hoy se sienta en el banquillo de los acusados.
»En un día nefasto ese hombre, que la ira de Dios ha cegado, condujo al altar a una niña de diez y seis años. ¿Qué es lo que ese hombre aportaba a esa niña en cambio de su amor, de su inocencia, de su belleza, de la alta posición que ocupaba en el mundo? Un corazón gastado, una vejez prematura labrada por los vicios y por toda fortuna un honroso uniforme que ya deshonraba. Arrebatada por las dulces ilusiones de un corazón que se abre al primer llamamiento del amor como una rosa de abril al primer rayo del sol de la mañana, esa niña inocente abandona gozosa los tibios regalos de una casa espléndida, los placeres que la sociedad brinda a los que se hallan en su cima, las lisonjas y el aplauso de los salones, las caricias de un padre noble y apasionado para seguir al través de los mares la fortuna precaria y compartir las estrecheces de un modesto oficial del ejército. Todo para ella era nada; los peligros, los azares de la vida militar, las molestias de los viajes, la sordidez del hospedaje, la escasez de recursos; todo era alfombra de flores porque en su tierno corazón reía y cantaba el primer amor con delirio de alegría. La fuerza del amor es superior a los embates de la mar y a la amargura de sus olas, convierte en fragantes azucenas los abrojos de la tierra. ¡Ay! no tardó mucho tiempo en despertar de su mágico sueño de oro. Hay un cuento titulado El Lobo y Caperucita que muy pocos habrán dejado de leer en su infancia. Una niña tropieza en el bosque con un lobo el cual la engaña con palabras melosas, la lleva a su madriguera con promesa de regalarle juguetes y golosinas y concluye por devorarla. Pues bien, esta Caperucita también había encontrado su lobo. En los primeros tiempos los ojos de la fiera eran dulces, atractivos: Caperucita se dejaba guiar por ellos llena de fe y entusiasmo. Poco a poco comienzan a tornarse burlones y sarcásticos, y, por fin, se hacen feroces. Pero aun no había llegado la hora de saciarse en su sangre. Aquella fiera era como todas, cobarde: temía la venganza de un padre irritado y poderoso. Si el bravo general Don Luis de los Reyes contase entre los vivos es bien seguro que ese hombre no se sentaría hoy delante de nosotros.
»En los primeros tiempos se limitó a degradar a su inocente esposa introduciéndola en una sociedad de hombres viciosos y mujeres frágiles, haciéndola presenciar los desórdenes de una vida crapulosa y a compartir los apuros y miserias que el vicio arrastra consigo. Exige de ella que escriba a su padre pidiéndole dinero y porque el General lo niega como era justo sabiendo a lo que se destinaba, la injuria, la hiere en sus más caros sentimientos de familia, de tal modo que, indignada y aterrada a la vez, corre a refugiarse en casa de una amiga, esposa de un pundonoroso jefe del ejército. Otra vez la fiera vuelve a poner los ojos dulces, se muestra arrepentida y logra que la perdonen. No le convenía que aquellas injurias fuesen a oídos del general Reyes ni menos que se enterase el Capitán general de la isla de Cuba a cuyas órdenes se hallaba. Pero llega por fin, en medio de estas tristezas y penalidades, la noticia del fallecimiento del general Reyes. Su desgraciada hija, privada de tal protección, queda a merced del abominable monstruo que la fatalidad le había dado por compañero. La última paletada de tierra echada sobre los restos inanimados del héroe fué la señal del comienzo de su martirio.»