PRIMERA PARTE (continued 2)
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La aventura de Moro se desarrolló desde un principio con la mayor inocencia. Los cortos momentos que pudo estar cerca de Natalia y las pocas palabras que con ella había cruzado causaron sobre él tan profunda impresión, que durante algún tiempo apenas sabía hablarme de otra cosa. Quería averiguar no solamente los rasgos de su carácter, sino también los pormenores referentes a su vida y costumbres, y me saeteaba con preguntas que la mayor parte de las veces no podía yo satisfacer. Me confesaba ingenuamente que la imagen de aquella niña le seguía a todas partes y turbaba la marcha hasta entonces tranquila de su vida.
Yo comprendía el estado de su alma por lo que en la mía pasaba: hubiera tenido placer en ayudarle a conquistar el corazón o la mano de aquella bella criatura, mas vi prontamente lo absurdo de tal empresa. Moro era un joven de extraordinario talento, de una maravillosa facilidad de palabra, que a no dudarlo se abriría camino en la sociedad y alcanzaría los primeros puestos de la política. Pero su mérito hasta ahora se hallaba inédito: sólo sus condiscípulos de la Universidad y sus compañeros de la Academia de Jurisprudencia podían apreciarlo. En el mundo no se cotizan las esperanzas, y a la hora presente mi amigo no era otra cosa que el hijo de un pobre zapatero de Alcalá y un aprendiz de abogado. ¿Cómo poner los ojos en la hija única de un tan encumbrado personaje como el general Reyes?
Demasiado lo comprendía él. Por eso jamás, ni directa ni indirectamente, salió de sus labios en nuestras conversaciones una palabra que pudiese significar alguna remota esperanza de ser correspondido. En cambio, se entregaba libremente a los goces del amor platónico, buscando las ocasiones de dar satisfacción a los ojos con la imagen de su adorada.
No le faltaban, ciertamente, porque yo conocía bien las costumbres de las damas; sabía en qué iglesia y a qué hora oían misa los domingos y cuáles los teatros que frecuentaban durante la semana. El pobre Moro, aunque disponía de escasísimos recursos, encontraba de vez en cuando una peseta en su bolsillo para procurarse una entrada de paraíso. Yo le prestaba mis gemelos y desde aquellas alturas se saciaba contemplando toda la noche a su ídolo.
Más de una vez, cuando yo tenía el honor de acompañarlas, al levantar los ojos desde nuestra platea a la galería tropezaron con los de mi amigo ávidamente posados en nosotros. Yo le hacía un signo, él me hacía otro, y nada más. Me había suplicado con mucho encarecimiento que jamás diese a entender a Natalia aquel amor que le había inspirado, y le cumplía la promesa. Más de una vez también, hallándole por la mañana con los ojos enrojecidos, he comprendido que había pasado la noche anterior con ellos pegados a los cristales de los gemelos en algún teatro. Yo le embromaba con aquellas manchas sanguinolentas y él no me negaba el hecho.
Natalia me dijo un día:
—Tu amigo Moro debe de ser muy aficionado al teatro: le he visto ya diferentes veces.
—Sí—le respondí con alguna vacilación—; le gusta mucho la música y la literatura... pero le habrás visto en las alturas, porque todavía no puede permitirse el lujo de una butaca.
—Eso demuestra que es un sincero aficionado—replicó graciosamente—. La mayoría de los que vamos a butacas y a palcos no asistimos al teatro por el drama o por la ópera que representan, sino por ver gente, por exhibirnos, por pasar el rato.
Repetí estas palabras a Moro y le causaron muy grata impresión. El espíritu grave, recto y sincero de Natalia se adivinaba al través de ellas.
—¡Ya ves cómo no adoro a una muñeca!—exclamó con los ojos brillantes de alegría.
Se hizo más cauto, sin embargo, y redobló sus precauciones para no ser visto por ella.
¡Qué placer infinito le causé un día que le traje la rosa que Natalia había llevado sobre el pecho en el teatro! Se le había caído cuando salimos. Yo la recogí del suelo y quise entregársela.
—Tírala, no sirve ya para nada.
—Es lástima—le respondí—; me quedo con ella.
—¡Con tal que no te sirva para hacer alguna conquista!
—Bueno, se la regalaré a mi patrona Doña Encarnación, a ver si consigo que se ablande.
—¿Qué estás diciendo?—exclamó, mirándome con espanto.
—Sí; que se ablande el beefsteak que nos sirve en el almuerzo.
Soltó una fresca carcajada. El General y Guadalupe se volvieron, y mi palabrita, repetida por Natalia, obtuvo un gran éxito.
El pobre Moro quiso volverse loco de alegría cuando le entregué esta rosa. Me hizo jurar que no le engañaba, que había estado, en efecto, sobre el pecho de su amada. Una vez convencido se entregó a tan graciosos extremos de alegría, que pasamos un rato delicioso. La colocó en un pequeño florero, se arrodilló delante de ella, se puso a cantar el Tantum ergo y a guisa de incensario quemó en su honor algunas hojas de papel de Armenia. Después la llevó con toda solemnidad a su cuarto y, haciendo previamente grandes y repetidas genuflexiones, la encerró en su armario, prometiéndome que de vez en cuando la «pondría de manifiesto», sonando antes la campanilla para que todo el mundo de la casa viniese a adorarla.
¡Cuánto nos hacían reír estas bromas! Nos hallábamos en la edad dichosa en que se ríe con las alegrías y también con las penas.
Como ejemplo igualmente de que el humor jocoso de Moro no se había extinguido por la pasión sin esperanza que le había cogido, contaré una chanza que por aquellos días nos hizo reír mucho.
Algunas noches, después de comer, los primos Mezquita solían arrastrarnos consigo al Café de Madrid.
En aquel tiempo se juntaban por las noches en este café los enemigos más caracterizados que el Sér Supremo tenía en la capital de España. La mayor parte eran estudiantes de Medicina. Había también muchos dependientes de comercio y algún que otro borracho sin profesión conocida.
Se hallaba situado entonces frente al Ministerio de Hacienda. A un lado de la puerta de éste aparecía un gran letrero en negro, trazado con brocha gorda, que decía: «Cayó para siempre la raza espúrea de los Borbones.» Al otro lado decía: «Justo castigo a su perversidad.» Estos renglones fatídicos, que podían leerse a la luz de los faroles, contribuían no poco a mantener vivo el espíritu revolucionario en el café.
Todo el mundo era rebelde en el Café de Madrid: el dueño, los mozos, la clientela. Si por casualidad se deslizaba allí algún incauto monárquico, pronto se marchaba escandalizado por los conceptos sediciosos que se vertían en voz alta.
Verdad que en aquella época no se corría peligro amenazando a lo existente en voz alta. Nos hallábamos en plena revolución. Los ministerios se sucedían unos a otros alzados y derrocados por la presión del populacho y de los periódicos que mejor lo representaban. El Ejército se cruzaba de brazos, presenciando con desdeñosa indiferencia la agitación de las masas; la Policía ejercía su ministerio tan tímidamente, que no se la sentía, como si tuviese vergüenza de sí misma.
Con todo, no podía dudarse de que los clientes del Café de Madrid eran hombres indómitos y peligrosos, y el más feroz de todos su mismo propietario, un hombrecillo gordo, barrigudo, que acostumbraba a situarse en una mesa próxima al mostrador, rodeado siempre de una camarilla o guardia negra que comentaba sus hazañas y bebía sus licores. Corría, como válido en el café, que Don Pancracio (así se llamaba su dueño) se había batido heroicamente en las barricadas y había entrado en todas las conspiraciones fraguadas diez años antes de la revolución, por lo cual había sido condenado cinco veces a muerte, sin que estas condenaciones hubiesen alterado poco ni mucho sus facultades digestivas.
Don Pancracio era hombre feroz por convicción más que por temperamento. Todo el mundo convenía en que tenía un corazón bondadoso y tierno y se contaban de él algunos rasgos de generosidad muy laudables. Pero había llegado a imaginar que era un sér temeroso y esto le lisonjeaba hasta un punto indecible. Se susurraba que en los barrios bajos de Madrid había dos mil hombres de pelo en pecho que no aguardaban más que una señal suya para empuñar el trabuco y lanzarse a la barricada.
Aunque esto no fuese cierto, los clientes así lo creían y él debía de creerlo aún más firmemente que ellos, a juzgar por su entrecejo siempre fruncido y la manera temerosa de hacer rodar sus ojos sanguinarios por todo el ámbito del café. Cuando allá en una mesa lejana se producía una disputa demasiado violenta y los contendientes se hallaban próximos a venir a las manos, esto despertaba inmediatamente los instintos guerreros del propietario quien, soltando una terrible blasfemia, tomaba una botella por el cuello y, mirando hacia los perturbadores del orden de un modo provocativo, murmuraba amenazas capaces de hacer estremecerse al Cid en su tumba. Pero sus genízaros se apresuraban a calmarle: «—¡Don Pancracio! ¡Don Pancracio!... ¡Un hombre como usted ensuciarse las manos en esos peleles!»
El propietario se calmaba con estas o semejantes razones, soltaba el cuello de la botella y no tardaba en bebérsela en compañía de su estado mayor. No puedo medir la capacidad estratégica que éste alcanzaba, porque nunca le he visto a la hora de la batalla, pero sí puedo certificar de la que poseía para los líquidos espirituosos.
Todas las horas eran trágicas para este café de conspiradores; pero la más trágica de todas era aquella de la noche en que aparecía un periódico revolucionario titulado El Combate. Cuando se abría la puerta y el vendedor se presentaba con su gran paquete debajo del brazo, los clientes todos como un solo hombre se ponían en pie, se agitaban convulsos, gritaban, gesticulaban y el orden no quedaba restablecido hasta que todos se veían poseedores de la preciosa hoja que devoraban con espasmos de alegría. En esta hoja se llamaba todos los días «granuja» al presidente del Consejo de Ministros, se le desafiaba y se empleaban las palabras más sucias del diccionario para calificar a los ministros.
¿Cómo podía consentirse esto?, preguntará tal vez el lector. Sencillamente, porque habíamos concluído con la ominosa tiranía y gozábamos de todos los derechos individuales.
No pudiendo reprimir legalmente la injuria, el Gobierno acudía al recurso de pagar a unos cuantos bravucones que entraban de improviso en las redacciones de los periódicos, apaleaban a los redactores y rompían y deshacían cuanto encontraban. Todo el mundo habrá oído hablar de la famosa partida de la porra. De un día a otro se esperaba que estos terribles apaleadores penetrasen en la redacción de El Combate. Si no lo habían hecho hasta entonces era porque los redactores se hallaban prevenidos y escribían con un par de revólveres delante de las cuartillas. Pero en cuanto se demoraba un cuarto de hora la salida del periódico, una gran impaciencia reinaba en el café, algunos salían a la calle, circulaban noticias alarmantes y sólo respirábamos cuando aparecía el enorme paquete por la puerta.
Una noche no apareció. ¡Noche terrible, noche aciaga en los fastos de aquel memorable café! A medida que el tiempo transcurría la consternación se pintaba en todos los semblantes. Al principio se gritaba mucho, se gesticulaba, había gran movimiento de entradas y salidas: los clientes más jóvenes se lanzaban en descubierta por las calles y volvían pálidos sin poder dar noticias concretas. Más tarde una desesperación sombría se apoderó de todas las cabezas. Las voces comenzaron a sonar más roncas. Después se apagaron por completo y un silencio heroico se extendió por todo el café.
Don Pancracio ordenó cerrar las puertas como estaba prevenido, pero sus camareros recorrieron como agentes ejecutivos todas las mesas, advirtiéndonos que podíamos permanecer allí el tiempo que tuviéramos por conveniente.
Nadie se movió en efecto. Allí permanecimos todos hasta que rayó la luz del día, convencidos de que el dios Morfeo no tenía poder para prender nuestros párpados si antes no habíamos leído las fulgurantes amenazas de El Combate.
Es de saber, no obstante, que en el Café de Madrid no todos eran hombres de acción. Había también pensadores. Y siento verdadera satisfacción al declarar que los que correspondían a la mesa donde se sentaban los Mezquita con otros estudiantes eran los más conspicuos.
Después que se había injuriado suficientemente a los Poderes constituídos se discutía indefectiblemente el tema de la espiritualidad del alma. En realidad no se discutía, porque aquellos estudiantes no admitían discusión sobre este punto; pero servía de blanco para sus burlas más ingeniosas y para sus sarcasmos más sangrientos. Había un profesor de la Facultad de Medicina que les decía: «—Entre los centenares de cerebros que he disecado, jamás tropezó mi escalpelo con el alma.»—Y esta frase se repetía a menudo y cada vez con más unción por los tertulios.
En cuanto a Dios, no contaba allí más que con una minoría irrisoria. Sólo dos o tres nos atrevíamos a sostener que no estaba completamente sepultado y putrefacto. Si alguna vez se nos ocurría pronunciar su nombre, inmediatamente se nos atajaba: «—Perdón, amigo, ¿no podrías decir en vez de Dios, la Naturaleza?»
Sin embargo, nosotros nos obstinábamos en nombrarle. Decentemente no podíamos dejar abandonado un sér indefenso.
Esto producía terribles contiendas teológicas, en las cuales alguna vez tomaba parte el mozo que nos servía, llamado Fariñas. No sé si algún día escribiré un estudio sobre este mozo, pero sí estoy seguro de que debiera hacerlo. Serio, reflexivo, conciliador, mediano filósofo, pero gran matemático. Cuando le debíamos cuatro cafés y siete botellas de cerveza nos demostraba con el lápiz en la mano que le debíamos cinco cafés y nueve botellas. Se escuchaba siempre su opinión con deferencia más por respeto a su lápiz que a sus conocimientos.
Por supuesto era cosa averiguada para aquellos jóvenes que el pensamiento no es otra cosa que una secreción del cerebro, como la orina de los riñones. Se repetían estas y otras frases de Cabanis y Carlos Vogt como si fuesen el fin y el compendio de toda la sabiduría humana. No existían aún los mecanistas, los energéticos, los pansensacionistas, los cientistas, y se atenían, por lo tanto, a la forma más primitiva del monismo materialista.
Otra verdad inconcusa era que todo lo referente a la religión entraba en los dominios de la patología interna. El que creyese en otro mundo más que el que veíamos y palpábamos era un enfermo. Si afirmábamos la existencia de Dios y del alma era porque teníamos atascados los conductos biliares. El misticismo, una forma aguda del histerismo; el ascetismo, un síntoma manifiesto de degeneración.
Como consecuencias de tales premisas los santos fueron todos unos perturbados, histéricos y degenerados. Con quienes más se ensañaban aquellos jóvenes era con san Francisco de Asís y santa Teresa. ¡Pobre santa Teresa! No la dejaban intacta ninguna parte de su organismo. Se investigaban, se estudiaban minuciosamente sus más recónditas dolencias femeninas, se sacaban a relucir despiadadamente las imperfecciones de sus conductos interiores. Yo protestaba en nombre del pudor; pero mis protestas quedaban sofocadas por sus carcajadas.
La elocuencia y donaire de Sixto Moro, sus ingeniosas observaciones, con que a veces los desconcertaba, de nada servían tampoco. Sus conocimientos sobre la trompa de Falopio, la placenta y los ovarios eran, como los míos, rudimentarios.
Sin embargo, una noche entró en el café y se sentó a la mesa con ademanes tan altaneros y provocativos que a todos nos sorprendió. Inmediatamente procuró entablar discusión con los jóvenes fisiólogos y comenzó a saetearlos con su inagotable repertorio de burlas. Cuando logró ponerlos exasperados, dió el golpe de gracia que tenía preparado. Sacó del bolsillo el último número de El Siglo Médico, que acababa de aparecer, y, poniéndolo sobre la mesa, profirió con acento triunfal:
—¡Leed este artículo y edificaos!
Uno de los tertulios tomó la revista y se puso a leer; pero Sixto le atajó:
—No, no; exijo que se lea en voz alta.
Reinó un silencio profundo, y el que tenía entre manos la revista comenzó a leer. Se trataba del extracto de una Memoria que el célebre fisiólogo francés Claudio Bernard presentaba a la Academia de Medicina, dando cuenta de una experiencia curiosa efectuada por él en los hospitales de París. Habiendo necesitado hacer para sus investigaciones anatómicas sobre la laringe y faringe algunos estudios detenidos, pudo observar en dos cadáveres, cuya disección hizo simultáneamente, un desarrollo anormal de la llamada glándula tiroides. Esta masa glandular que se encuentra en la parte inferior del cuello detrás de la traquearteria siempre es más voluminosa en el niño que en el adulto. Por eso le llamó la atención su extraordinario desarrollo en dos hombres que habían fallecido después de los cuarenta años. Informándose de los antecedentes de estos dos sujetos pudo averiguar que se habían señalado por una impiedad recalcitrante. No sólo se habían negado a recibir los sacramentos de la Iglesia, sino que habían escandalizado constantemente a las religiosas que los asistían con sus burlas y blasfemias. Excitada la atención del observador con esta experiencia, procuró verificarla en casos sucesivos. Al efecto, estudió en los dos últimos años la laringe de cincuenta y siete sujetos manifiestamente ateos y sólo en dos casos la tiroides dejó de presentar un volumen anormal.
El artículo cayó como una bomba en la mesa. Todos quedaron con una cara larga y melancólica que recordaba las figuras del Greco. El lector soltó la revista con desaliento. Los demás guardaron silencio. Sólo uno se aventuró a decir en voz baja y balbuciente:
—Mucho me sorprende de Claudio Bernard...
Sixto Moro recogió la revista, la guardó en el bolsillo y porque no sufriese menoscabo su victoria se levantó del diván y se despidió muy cortésmente diciendo que iba al teatro. Yo le seguí alegando el mismo motivo.
Cuando hubimos salido del café, Moro se detuvo y comenzó a reír de tan buena gana, con tan estrepitosas carcajadas, que me sorprendió un poco, pues no hallaba razón para tanta algazara.
—Es gracioso—le dije por seguirle el humor.
—¡Y tan gracioso! ¡Mucho más gracioso de lo que puedes imaginar!
Y vuelta a reír hasta querer reventar. Al fin, cuando se hubo sosegado, pudo articular:
—Has de saber que todo ha sido una farsa.
—¿Cómo una farsa?
—Sí; que no hay tal Memoria de Claudio Bernard.
—No lo entiendo.
—Ese artículo está escrito por mí.
—Ahora lo entiendo menos.
—Soy amigo del regente de la imprenta donde se imprime El Siglo Médico y me ha hecho el favor de tirar un solo ejemplar con mi artículo, prometiéndole que lo inutilizaría así que hubiera dado la broma a mis amigos... Y es lo que voy a hacer en este momento.
Sacó en efecto el periódico del bolsillo y lo hizo menudos pedazos sin dejar de reír.
—Pero ¿cómo has podido escribir este artículo? ¿Quién te ha enseñado ese fárrago de términos técnicos?
—Los he extraído de sus mismos libros, que los Mezquita dejan esparcidos sobre la mesa de su cuarto.
Celebré como merecía la broma, que era realmente chistosa; y seguimos riendo al recordar el gesto de estupefacción de nuestros contertulios.
Al cabo, poniéndose repentinamente serio, Moro exclamó:
—¡Vamos a ver! Después de todo, si hay glándulas para la fe, ¿por qué no ha de haberlas para la impiedad?
VII MI AMIGO JÁUREGUI, ESPIRITISTA
¿Por qué le miraban todos con tan declarada hostilidad? Hay que escrutar los senos recónditos del orgullo humano para explicarlo. Cuando se mentaba su nombre en la mesa, hasta el mismo Pasarón, tan pacífico, tan indiferente, se encogía de hombros con displicencia.
Don Carlos de Jáuregui, nuestro compañero de pensión, huésped del gabinete frontero al mío y copropietario de la sala que nos separaba, era un joven que podría contar veinticinco años. Alto, delgado, esbelto, de facciones delicadas y expresivas, la tez pálida, los ojos negros y rodeados de un círculo azulado que acusaba un temperamento nervioso y enfermizo. Vestía con exagerada elegancia y sobre el costado izquierdo del frac, que indefectiblemente se ponía todas las noches, ostentaba bordada la cruz roja del hábito de Calatrava. Un bigotito negro con las puntas enhiestas, los cabellos esmeradamente peinados, las manos breves y cuidadas, la marcha arrogante y majestuosa, todo quería pregonar su esclarecida estirpe.
En efecto, aquel joven pertenecía a una aristocrática familia de la provincia de Alicante y estaba próximamente emparentado con algunos títulos que residían en Madrid. Sabíamos por Doña Encarnación que era huérfano de padre y madre, que tenía o había tenido por tutor al marqués de la Ribera del Fresno; sabíamos igualmente que poseía una mediana fortuna y sabíamos también que estaba dando buena cuenta de ella entre los placeres de la vida cortesana.
No hacía más que dormir en casa. Almorzaba, según nuestras noticias, en un Círculo de la calle de Alcalá y a la hora del crepúsculo venía a casa, se vestía de etiqueta y salía después a comer en alguna de las muchas residencias aristocráticas que frecuentaba. Cuando le tropezaba casualmente en el corredor o en la sala me hacía un reverente saludo, al cual yo correspondía con idéntica ceremonia. Lo mismo efectuaba con todos nuestros compañeros. Su actitud no podía ser más correcta, pero tampoco más fría.
Pues esta corrección y frialdad era precisamente lo que escocía a los huéspedes de Doña Encarnación. Sospechaban, no sin fundamento, que aquel joven aristócrata se consideraba por encima de nosotros en la escala de los seres vivos, y que si en los órganos externos y visibles parecíamos todos iguales, existía realmente entre su naturaleza y la nuestra un abismo infranqueable. Particularmente los primos Mezquita le habían dedicado un odio africano, como africanos que eran en cierto grado, odio que crecía todos los días al observar las muestras de acatamiento que nuestra patrona Doña Encarnación le prodigaba. Porque si nosotros no estábamos absolutamente ciertos de que Jáuregui estableciese teóricamente una diferencia radical entre su organismo y el nuestro, a nadie ofrecía duda que prácticamente Doña Encarnación la instituía.
Por eso cada vez que se hablaba del calatravo (así se le conocía entre nosotros), los primos Mezquita sonreían con amargura y rechinaban los dientes.
He aquí que un día, al abrir la puerta del gabinete para salir por la sala, como lo hiciese sin ruido acerté a presenciar un espectáculo que me llenó de confusión. El caballero Jáuregui se hallaba en pie frente al espejo ejecutando una serie de movimientos desordenados, de gestos convulsivos que me pusieron en suspensión y espanto. Tenía el sombrero en una mano y lo agitaba frenéticamente y sacudía al mismo tiempo la cabeza con extraño furor, clavando una mirada de extravío sobre su propia imagen pintada en el cristal.
Me detuve un instante estupefacto. No sabía qué hacer; si llamarle la atención, ya que él no me veía, o dar la vuelta y meterme otra vez en el gabinete. Opté por esto último y con rápido ademán cerré la puerta; pero no pude llevarlo a cabo de tal manera que no hiciese algún ruido.
Me dejé caer sobre el sofá y me puse a pensar, no sin inquietud, que mi vecino se había vuelto loco o estaba en camino de volverse. ¿Qué era aquello? ¿Qué significaban tan grotescas maniobras?
No tuve tiempo a hacerme muchas más reflexiones. En aquel momento llamaron suavemente a la puerta.
—¡Adelante!—dije con no poca zozobra, por no dudar un punto de quién era el que llamaba.
Se abrió la puerta. Apareció Jáuregui. Su rostro, ordinariamente pálido, estaba ahora teñido de carmín. Yo me puse al verle más colorado aún que él.
—Perdone usted... Me creo obligado a darle algunas excusas por la situación extravagante en que hace un momento me ha encontrado...
Yo levanté el brazo con un gesto que sin duda aspiraba a significar que aquella situación era, a mi juicio, la más natural del mundo.
—Sí, sí, muy extravagante—prosiguió él sin prestar asentimiento a aquel gesto—. Todo depende de una enfermedad nerviosa que desde hace tiempo padezco y que me obliga a menudo a ejecutar movimientos involuntarios.
Fingí de palabra, como lo había hecho con el gesto, no dar importancia alguna a tales movimientos y haberlos visto sin sorpresa. Luego le expresé mi sentimiento por su dolencia y el deseo de verle pronto restablecido.
Le invité a sentarse. Cedió gustoso y comenzamos a departir amigablemente. Pocos minutos después todas mis prevenciones desfavorables, las prevenciones que me habían infundido mis compañeros, se habían desvanecido por completo. Aquel joven era un dechado de cortesía, de franqueza y cordialidad. Ni sombra del orgullo que le habíamos supuesto. Me habló de la vida cortesana y de sus amistades en un tono de modestia e indiferencia que dejaba suponer que se hallaba lejos de conceder extremada importancia a los timbres de nobleza y a las prerrogativas sociales. Se enteró con visible interés de mi vida y mis estudios y me hizo amables preguntas también sobre mis compañeros. Nos despedimos y nos apretamos la mano como verdaderos amigos.
Cuando di cuenta de esta conversación (aunque ocultando su origen) a mis compañeros y les expresé el juicio favorable que nuestro vecino me había merecido, recibieron mis declaraciones con duda y hostilidad. Sin embargo, poco a poco se fueron rindiendo a ellas, y aunque no logré por entonces que se le mostrasen propicios, su ojeriza mermó notablemente.
Mis relaciones con Jáuregui se fueron estrechando. Al principio hablábamos solamente cuando por casualidad nos tropezábamos en la sala o en el pasillo. Después nos fuimos buscando. Me invitó a pasar a su gabinete. Quedé asombrado de la elegancia con que estaba amueblado. Pronto averigüé que ninguno de aquellos preciosos artefactos, ni siquiera el lecho, pertenecían a Doña Encarnación: todo estaba comprado por él. Y a pesar de eso, por lo que pude colegir, pagaba casi tanto por su habitación como yo por la pensión completa. Razón tenía, pues, nuestra huéspeda para mostrarse con él tan reverente.
Jáuregui, aunque haciendo una vida cortesana de placer, era más culto de lo que yo había supuesto. Pero no pude menos de observar en seguida que su cultura se reducía casi enteramente a un ramo, el ramo más extraviado de la ciencia, el que se refiere a la magia y al ocultismo.
—¡Cómo! ¿llama usted ciencia a la magia?—me preguntará cualquiera inmediatamente. No soy yo quien así la llama sino sus adeptos modernos. Actualmente todo tiende a convertirse en ciencia y lo maravilloso reviste apariencia científica. Tiene sus libros, sus Revistas, sus Sociedades sabias y Congresos. Los augures y profetas no visten ya la túnica de estrellas, sino la levita del profesor.
De todos modos Jáuregui poseía una copiosa colección de libros ocultistas que guardaba en un armario de caoba destinado al efecto. Me la mostró con cierto orgullo y de una en otra vino a confesarme que él era un entusiasta espiritista, que había leído y meditado mucho sobre este asunto y que en un viaje que había realizado a París hubo de ponerse en relación con los partidarios más conspicuos de esta teoría y asistió a algunas de sus sesiones prácticas.
¡Cosas sorprendentes, milagrosas, había logrado presenciar! Bajo la influencia del espíritu de Copérnico, había visto escribir páginas brillantes sobre astronomía a un sujeto que ignoraba por completo esta ciencia, y, guiado por el de Abelardo, otro había dibujado la espléndida casa que este filósofo posee en el planeta Venus, donde vive en compañía de Eloísa.
Además, había hablado con adivinos, luciferanos, quirománticos; había presenciado casos milagrosos de materialización de fantasmas; no sólo materialización de manos y brazos aislados que flotaban en el aire y cuyo contacto sintió en el rostro, sino verdaderos fantasmas de sujetos fallecidos hacía mucho tiempo, apariciones increíbles de dos o tres personas al mismo tiempo que marchaban por la sala vestidas con túnicas blancas, mostraban sus brazos desnudos y daban apretones de manos a los circunstantes. Había visto a un famoso medium traer repentinamente a sus manos pájaros y flores de climas apartados, mover los objetos sin contacto, levantar las cortinas y trasladar los muebles; había visto tomar fotografías de los objetos pensados y casos estupendos de transmisión del pensamiento.
Era de noche, a las altas horas de la noche, cuando Jáuregui me contó estas increíbles maravillas. Confieso que me sentí impresionado y aun puedo añadir un poco inquieto y medroso. Aquel joven tan pálido, de ojos tan grandes y negros, narrándome conmovido y con voz temblorosa tales espantos era cosa realmente para aterrar a cualquiera.
—Y usted por sí mismo, ¿no se ha puesto jamás en relación con algún espíritu?—me atreví a preguntarle.
Jáuregui vaciló un instante y balbució algunas palabras de excusa. Después, súbitamente resuelto, me declaró con toda franqueza que hacía ya mucho tiempo que se hallaba en estrecha comunicación con el mundo de los espíritus. Había tenido un trato muy íntimo con Napoleón, Felipe II y Pedro el Grande de Rusia, si bien hacía tiempo que no hablaba con ellos por negligencia; pero así que los evocaba, inmediatamente acudían a responderle. Yo no pude menos de hacerle observar la gran diferencia que existía entre el mundo de los espíritus encarnados y el de los desencarnados; porque era bien seguro que aquellos señores, en vida, no se hubieran dignado concederle una audiencia, cuanto más acudir a las suyas.
—Cierto, cierto—manifestó Jáuregui gravemente.
—Además, prueba que en el otro mundo los reyes y emperadores andan muy desocupados cuando pueden venir a conferenciar con cualquiera que les llame en éste.
—Exacto—volvió a murmurar Jáuregui.
Sin embargo, a pesar de tan sorprendentes prerrogativas, no estaba satisfecho. Jamás había logrado materializar a un espíritu y esto le tenía desalentado y triste. Desde hacía largo tiempo apenas se comunicaba con otros que con el de Sócrates y el de su novia, una novia que se le había muerto tísica hacía dos años. A estos dos espíritus les había hecho los consultores y guías de su existencia. Con ellos conferenciaba todos los días por medio de un veladorcito rotativo con abecedario parecido a una ruleta donde una aguja movida por impulso inconsciente de sus dedos señalaba las respuestas. Esta mesita giratoria la guardaba misteriosamente en su armario y me la mostró con gesto solemne.
También me hizo ver unos cuadernos donde se ejercitaba en la escritura automática escribiendo con los ojos cerrados bajo el soplo de la inspiración. Tenía asimismo un diccionario con el cual se consultaba: fijaba de antemano con el pensamiento la columna y la línea en que había de hallar la respuesta, abriéndolo después al azar por medio de una plegadera. Me narró casos sorprendentes. En cierta ocasión, escribiendo automáticamente, estampó más de cien veces una sola palabra, la palabra veneno. Aquella misma tarde se envenenó con una gaseosa. Otra vez abrió el diccionario para averiguar la enfermedad que padecía una de sus parientas y se encontró con la palabra vapor, que nada significaba. Pocos días después, no obstante, el médico diagnosticó que lo que aquella señora padecía eran vapores.
Naturalmente, con tales maravillas Jáuregui se hallaba absolutamente persuadido de la verdad de la teoría espiritista que para él era una verdadera religión. Pero, sobre todo, estaba entusiasmado con la acertada dirección que Sócrates imprimía a la conducta de su vida y la manera airosa con que le sacaba de todos los atolladeros que en ella se le presentaban.
—Claro está—hube de manifestarle—; como que Sócrates está reputado lo mismo en la antigüedad que en la edad moderna por el hombre más juicioso que ha existido. Y en verdad que es caso asombroso y digno de toda alabanza el que un filósofo tan glorioso venga a departir amablemente con una persona cuyos méritos no desconozco, pero que no ha alcanzado celebridad en el mundo.
—¿No es cierto?—exclamó Jáuregui con los ojos brillantes de triunfo y alegría—. Pues casi todos los días se está dos horas lo menos conmigo. Por cierto—añadió bajando la voz y sonriendo—que la otra noche nos ocurrió un lance singular y bastante cómico. Verá usted. Nos hallábamos charlando hacía un rato largo y yo le consultaba sobre ciertas materias delicadas, cuando de pronto, ¡zas!, oigo un chasquido en el aire. Quiero continuar mi conferencia, pero Sócrates no responde. Le llamo repetidas veces, y nada. Al día siguiente, cuando acudió a mi llamamiento me confesó que su mujer Jantipa le había sorprendido en conversación conmigo y le había dado una bofetada.
—¡Una bofetada!—exclamé en el colmo del asombro—. ¿No decía usted que jamás había logrado obtener una materialización? Pues ahí la tiene usted... Porque me parece que una bofetada es algo bien material.
—¡Sí, pero no la he visto!—exclamó con aflicción.
—Eso acontece casi siempre con las bofetadas: se las oye, se las siente... pero no se las ve venir.
Después de esta conferencia tuvimos otras varias y entramos en gran intimidad. Casi todas las noches, cuando ya la gente de la casa reposaba, me hacía pasar a su gabinete y charlábamos un rato más o menos largo. Al cabo me propuso que nos tuteásemos, a lo cual, como es de suponer, cedí con el mayor gusto.
En realidad, aquel joven aristócrata, con su erguida cabeza y su imponente cruz de Calatrava, era lo que suele llamarse un infeliz. Yo llegué pronto a cobrarle afecto, pero no logré que mis otros compañeros le concediesen su simpatía. Verdad que Jáuregui seguía mostrándose con ellos tan frío y ceremonioso como antes y sólo conmigo abandonaba su empaque.
Pues después que yo me iba a la cama, porque debía madrugar, todavía él, que no estaba obligado a hacerlo y podía dormir a su sabor la mañana, solía quedarse largo tiempo en conferencia con los espíritus.
Una noche, cuando me hallaba sumido ya en el más profundo sueño, oigo llamar a mi puerta con fuertes golpes.
—¿Quién va?—pregunté, incorporándome despavorido.
—¡Jiménez! ¡Jiménez!
Era la voz de Jáuregui.
—Entra. ¿Qué ocurre?
Jáuregui se presentó en mi alcoba con la palmatoria en la mano, tembloroso, el rostro descompuesto, los cabellos erizados.
—Pero ¿qué pasa?—exclamé yo, asustado también.
—¡Una cosa horrible!
Y colocó la palmatoria sobre mi mesa de noche y se dejó caer sobre una silla sin acertar a articular más palabras. Yo llené un vaso de agua, que tenía al alcance de mi mano, y se lo di a beber. Se calmó un poco y profirió velozmente:
—He logrado materializar a mi novia.
—¡Anda!—exclamé yo súbitamente tranquilizado—. ¿Y por eso te asustas? Pues, al contrario, debías estar muy satisfecho.
—Es que... ¡es que tú no sabes!... Se me presentó en una forma espantosa, envuelta en un sudario blanco, los cabellos sueltos, el rostro amarillo, los ojos inflamados...
—No tiene nada de particular, porque la has cogido desprevenida y no ha tenido tiempo a arreglarse... Pero ya verás más adelante cómo se te presentará en traje más adecuado.
Me dirigió una mirada recelosa. Yo permanecí serio. Al fin se tranquilizó por completo.
Pocos momentos después se alzó de la silla y se retiró, pidiéndome perdón por haberme despertado de tan dramática manera. Me volví del otro lado y no tardé muchos segundos en quedar de nuevo profundamente dormido.
VIII LOS ÁNGELES DE LA BUHARDILLA
Acaeció que en los últimos meses del curso académico vino a instalarse en el cuarto cuarto de aquella misma casa una modesta familia compuesta de una mamá, dos niñas ya casaderas y un chico de catorce o quince años. Bien modesta necesitaba ser, porque aquel cuarto cuarto, si se le despojase de su tarjeta de visita, se llamaría sencillamente buhardilla.
No tenía vistas a la calle, sino tan sólo tres ventanas al patio, enfrente y un poco más altas que las de nuestras habitaciones interiores. En estas habitaciones alojaban Moro y los primos Mezquita. Así que éstos se dieron cuenta de la llegada de aquellas jóvenes, se sintieron cada día más y más apegados a la vida sedentaria. Y comenzó el imprescindible tiroteo de miraditas, señas y sonrisas. Las niñas eran lindas y trabajaban la mayor parte del día arrimadas a una de las ventanas. Y los primos Mezquita, acometidos súbitamente de un ansia irresistible de saber, estudiaban casi las mismas horas pegados a la suya.
Pronto supimos todos en la casa que una de las niñas, la más bella y pizpireta, se llamaba Lolita; la otra, Rosarito; el chico, Perico, y la mamá, Doña Enriqueta. Era ésta viuda de un comandante de infantería fallecido hacía ya algunos años y se sostenía con la módica pensión que le quedara y con el trabajo de sus hijas. Las dos eran bordadoras, ocupación mal recompensada como todos saben. Para ganar lo indispensable, nada más que lo indispensable, necesitaban las pobrecitas aplicarse duramente todas las horas del día y quizá también algunas de la noche.
Doña Encarnación, nuestra patrona, no tardó en hacer conocimiento con ellas. Se hallaron primero en la escalera. Doña Encarnación era exageradamente comunicativa. Subió después a su cuarto; bajó doña Enriqueta al nuestro; por último, las bellas ninfas, sus hijas, también se dignaron descender envueltas, como diosas que eran, en una espesa nube que las ocultó a nuestras miradas profanas. Acaso no sería la nube. Acaso aprovecharan astutamente el momento en que todos los huéspedes nos hallásemos en la calle. De todos modos, el hecho fué que no logramos verlas. En otras de sus apariciones celestiales sucedió lo mismo.
Los primos Mezquita se torcían las manos, se mesaban los cabellos, se dejaban caer desfallecidos sobre las sillas, pensaban vagamente en el suicidio cuando al llegar a casa adquirían conocimiento de tan sublime epifanía. Aspiraban después con delicia el aire embalsamado por las bellas y tocaban con respeto los objetos donde ellas habían puesto sus torneadas manos.
Doña Encarnación, sonriente, implacable, coadyuvaba a su desesperación relatando minuciosamente los incidentes de la aparición: cómo se habían presentado, si peinadas o con el cabello suelto, los lindos pies calzados o solamente con babuchas, qué palabras habían pronunciado, qué risas divinas habían fluído de sus rosados labios. Doña Encarnación gozaba cruelmente como una divinidad infernal con la aflicción de sus huéspedes.
El cerebro del hombre apretado por las circunstancias puede engendrar ideas muy fecundas. La que brotó de la mente de uno de los Mezquita en esta ocasión fué maravillosa. Nada menos se le ocurrió que despedirse en voz alta de Doña Encarnación cada vez que salía a la calle, dejar la puerta entornada, volverse desde la escalera, penetrar de nuevo en la casa y encerrarse traidora y solapadamente en su cuarto espiando como un sátiro la entrada en escena de las ninfas de la buhardilla.
Repetida esta maniobra diferentes veces, al fin aquéllas cayeron en el lazo. Se hallaban en el comedor holgándose alegremente en compañía de Doña Encarnación, narrando los dulces incidentes de su vida poética, inmarcesible, engullendo al mismo tiempo algunas galletitas con que aquélla las obsequiaba, cuando aparece repentinamente por la puerta Bruno Mezquita. El impostor tuvo la audacia de fingirse sorprendido, de balbucir algunas frases de excusa y hasta de intentar retirarse. Pero no lo hizo, ¡ya lo creo que no lo hizo! Venía solamente a participar a Doña Encarnación que se le había caído un botón del chaleco y a suplicarle que tuviese la amabilidad de pegárselo.
¡Un botón! ¡Qué pretexto ridículo y prosaico! Sin embargo, aquellas preciosas niñas se ruborizaron como si entrase cantando una trova de amor. Y después de todo, aquel botón, bajo su sórdida apariencia, no era otra cosa que un madrigal. El que no lo reconozca así no dará pruebas de gran perspicacia.
Doña Encarnación salió en busca de los enseres necesarios para realizar la operación que se le encomendaba. Bruno Mezquita quedó solo unos instantes con aquellas ninfas, y si no las abrazó y las besó y las arrastró por la fuerza al paraje más sombrío del bosque como un sátiro que era, no fué porque le faltasen deseos de hacerlo.
Llegó Doña Encarnación al punto de impedirlo. Traía en la mano la aguja y la hebra de seda; pero en el momento de colocar el botón en su sitio observó con disgusto que le faltaban las gafas. Trató de ir a buscarlas, pero Lolita, la primera y más bella de las dos divinidades, se ofreció con graciosa condescendencia a pegar el botón con sus manos inmaculadas.
Entonces le tocó al primo Mezquita ruborizarse. Lo hizo como si fuese un tierno colegial y no un sátiro empedernido. El botón quedó pegado al instante con perfección inimaginable. Bruno Mezquita se hubiera arrancado de cuajo todos los que tenía en su ropa, a riesgo de quedar desnudo, por sentir tan cerca de sí más tiempo las manos de la deidad.
Aunque es fuerza confesar que existen en el mundo seres tan egoístas que no agradecen o agradecen débilmente los servicios que se les presta, no fué este el caso del primo Mezquita. Al contrario, dió las gracias de un modo tan apasionado y vehemente, que todo su cuerpo se retorció al hacerlo como si repentinamente hubiera caído en un ataque epiléptico. Doña Encarnación no pudo menos de preguntarse con inquietud si su huésped iba a experimentar la dislocación de alguno de sus miembros más importantes.
Al fin quedó asegurada con gusto de que esta seria calamidad no se efectuaría. Bruno se calmó, y después de dar algunas docenas más de gracias anunció su intento de subir a la mansión cerúlea de su bienhechora para ponerse a los pies de la autora de sus días, en el caso de que ésta consintiera en recibir la visita de un mortal tan desprovisto de mérito. Lolita manifestó que su mamá era toda afabilidad, toda benevolencia, y, por lo tanto, acogería la visita con el mayor agrado.
La visita se efectuó al día siguiente. Bruno Mezquita nos lo hizo saber por la noche a la hora de la cena y nos hizo su relación con exasperante prolijidad. Exasperante para su primo Manuel, que empalideció de envidia. En cuanto al pequeño Albornoz, que secretamente alimentaba ya una pasión incurable por Lolita, quedó anonadado.
Por espacio de algunos días el más anciano de los Mezquita tronó y relampagueó solo en lo alto de la buhardilla sin que nadie osara hacerle la competencia. Poco tiempo le bastó para adquirir gran confianza en aquella región luciente. Iba y venía con pasmosa frecuencia llevando y trayendo recaditos para Doña Encarnación, subiendo unas veces periódicos de modas, bajando otras algún dibujo de bordado, un pañuelo olvidado, una novela prestada, etc. Doña Encarnación enviaba por su conducto de vez en cuando a aquellos ángeles algunas almendras y galletas que cercenaba de nuestro postre y hasta hubo sospechas de que en una ocasión no tuvo reparo en hacer cargar a Bruno con una fuente de arroz con leche. Pero tal extremo nunca se pudo esclarecer por completo; aunque Pepito Albornoz lo daba por seguro y lo contaba con una sonrisa amarga que revelaba su despecho.
Todo tiene su fin en este mundo. Aquella odiosa dictadura terminó cuando Manolo Mezquita, guareciéndose bajo el manto protector de Doña Encarnación, que gustaba de extenderlo sobre todos los desesperados, se hizo presentar en la morada gloriosa a la imponente divinidad que la regía.
Doña Enriqueta acogió con benignidad los homenajes del nuevo devoto, como no tardó en hacérnoslo saber el mismo interesado. Pepito Albornoz, que ardía en ansias de obtener el mismo honor, alentado por estos precedentes, no tardó mucho en conseguirlo, merced igualmente a la graciosa intervención de nuestra patrona. Por último, ésta, en un rapto de su inagotable caridad, encarándose con Sixto Moro y conmigo, nos dijo:
—¿Qué es eso? ¿No quieren ustedes que les presente en casa de mis amiguitas como a estos señores?
Sixto Moro y yo nos miramos y en los labios de uno y otro se esbozó la misma sonrisa. Porque admirábamos la belleza de aquellas niñas, sobre todo la de Lolita, que era en realidad quien lo merecía, mas sus gracias no habían logrado causar un efecto mortífero en nuestro corazón. Sixto Moro tenía el suyo prisionero en otra parte, y el mío yacía también por los mismos parajes maltrecho y ensangrentado.
Nos mostramos, sin embargo, agradecidos, dimos nuestro asentimiento, y, en efecto, a la noche siguiente fuimos presentados en el casto asilo de las bordadoras con toda la solemnidad que el caso requería.
Era un verdadero nido de golondrinas, una casa de muñecas. Se componía de una salita de regulares dimensiones, dos alcobas para la mamá y las niñas, un comedorcito, en él un pequeño agujero para el chiquillo, y una cocina.
Doña Enriqueta nos acogió con gravedad benévola. Era una señora de prócer estatura, cabellos blancos, nariz aguileña, tez pálida y ojos bellos y severos. El conjunto no podía ser más imponente y majestuoso.
—¡Ah! es usted del norte de España—me dijo con sonrisa condescendiente—. Allá en América les tenemos en mucha estima por su honradez y laboriosidad. Es gente que sabe abrirse camino y aprovecha bien las circunstancias para hacerse una posición más o menos brillante. En la Habana hemos tenido dos criados, uno asturiano y otro montañés, tan fieles, que yo les entregaba la llave de la caja de las joyas cuando necesitaba sacar algunas para ir a los bailes de la Capitanía o de los marqueses de la Reunión.
Si he de confesar la verdad, no me sentí muy halagado en aquel momento por el testimonio generoso de la fidelidad de mis paisanos. Hubiera deseado verles en posición más desahogada, aunque su virtud no fuese tan ostensible. Pero esta ligera humillación quedó bien compensada por la satisfacción orgullosa que sentí al verme tan bien acogido de una dama que había brillado en otro tiempo en los salones de los magnates americanos.
Esta satisfacción creció de un modo desmesurado cuando a los pocos momentos me hizo saber que sus años juveniles se habían deslizado en un ingenio de azúcar propiedad de sus papás, donde trabajaban seiscientos esclavos. Cada vez que ella, la más joven de las señoritas de la casa, entraba o salía del ingenio en su coche, aquellos esclavos le hacían una ovación estruendosa. Porque había sabido captarse su cariño y admiración.
Yo asentí con todas mis fuerzas insinuando al mismo tiempo la idea de que aquellos esclavos poseían una perspicacia nada común, muy superior a lo que podía esperarse de su condición y de su raza.
Con esto doña Enriqueta me miró aún con más benignidad.
—En lo que se refiere a la condición es posible que no esté usted equivocado, porque los trabajos a que se dedican les impiden toda instrucción, aún la religiosa. Yo, sin embargo, he trabajado muchísimo y con buen éxito por inculcarles las ideas más necesarias para nuestra salvación eterna. Logré de mi papá que todos los viernes les dejasen una hora de descanso, en la cual yo les explicaba el catecismo. También conseguí que se celebrase los domingos una misa al aire libre para que la negrada la oyese. Yo misma preparaba el altar y lo adornaba con flores que hacía cortar de nuestro jardín... Porque teníamos un jardín... ¡qué jardín, madre mía! Era casi tan grande como el parque del Retiro y mucho mejor cuidado. El jardinero que dirigía los trabajos había estado en Inglaterra al servicio del príncipe de Gales y había logrado cultivar tal número de flores, tan raras y tan hermosas, que no se celebraba ningún baile aristocrático en la Habana sin que viniesen a suplicarnos que les cediésemos algunas cestas de ellas. Pero yo prefería enviarlas a las iglesias y que adornasen el altar de nuestra capilla. Por esta razón, mis hermanas se reían de mí y me llamaban siempre la monjita, aunque mis papás las reprendían; porque yo era la niña mimada de la casa. Mi mamá decía muchas veces: «—Todas vosotras juntas no valéis lo que vale mi Enriqueta.» Y el obispo de la Habana, una vez que vino a visitarnos, me dijo: «—¡Enriqueta, eres un apóstol!»—y me dió particular y especialmente su bendición.
Yo estuve también por dársela y marcharme después de hacerlo; pero como no era obispo y pudiera interpretarse mi conducta como una usurpación de funciones, resolví quedarme quieto.
—En cuanto a la raza, no puedo estar conforme con usted—prosiguió Doña Enriqueta—. Entre la gente de color se encuentran tipos de una inteligencia muy despierta. Las dos doncellas que yo tenía a mi servicio (porque mi papá quería que cada una de sus hijas tuviese dos doncellas) eran mulatas y no puede usted figurarse qué rara penetración la suya. En los ojos me adivinaban los pensamientos. Si observaban que tenía deseos de dormir, bajaban los estores silenciosamente, me ponían un cojín debajo de la cabeza y comenzaban a darme aire con los abanicos; si venía de algún baile un poco agitada, en seguida notaban mi inquietud y a los pocos momentos me servían una tacita de tila con azahar; si comprendían que una visita me era molesta se presentaba una de ellas previniéndome que mi papá me hacía llamar, y de este modo me permitían salir de la habitación...
—¡Qué lástima!—exclamó Sixto Moro.
—¿Cómo lástima?—preguntó Doña Enriqueta.
—Sí; qué lástima y qué tristeza para aquellos señores el verse privados tan pronto de su presencia.
—Muchas gracias, es usted muy galante—replicó Doña Enriqueta, y prosiguió inmediatamente—. El cochero que yo tenía era cuarterón: un hombre muy notable; un verdadero talento. Ya quisieran aquí en Madrid el Duque de Osuna o el de Fernán Núñez tener un hombre parecido a su servicio. Jamás he sufrido un percance con él, y eso que mi tronco de caballos era de lo más vivo y rozagante que pudiera verse; como que lo había comprado mi papá en Nueva York a un banquero inglés que levantaba su casa y se marchaba a Italia, porque no le sentaba bien el clima de los Estados Unidos. En cambio, dos de mis hermanas han tenido más de un accidente con los suyos... Porque cada una de nosotras tenía su coche y su cochero. Mi papá no quería que hubiese disputas entre nosotras sobre las horas de paseo o de tiendas, y deseaba que cada cual pudiera salir con su doncella cuando quisiese sin verse obligada a esperar por las otras.
—¿Y cuántas eran ustedes, si la pregunta no es indiscreta?—dijo Moro.
—Éramos cuatro hermanas y un hermano. Éste era un calavera deshecho y no sólo tenía coche, sino varios caballos de silla; pero no hacía caso; en vez de usar el suyo se apoderaba de cualquiera de los nuestros, porque se complacía en hacernos rabiar. ¡Qué cabeza! Pero tenía mucho ángel, como aquí se dice: todo el mundo le quería en la Habana; nosotras mismas, a pesar de sus bromitas, le adorábamos. Verdad que era generoso y espléndido como nadie. Cuando nos había enfadado un poco más de lo ordinario, para ponernos contentas nos traía cualquier regalito, una sortija, un relojito de oro, unos peinecillos de concha...
Esta interesante descripción del carácter y costumbres de su único hermano fué interrumpida desgraciadamente por la aparición de un gato que llevaba en la boca un trozo de bacalao. Verlo Doña Enriqueta, exhalar un gemido lastimero, que nos hizo dar un salto, y lanzarse en su persecución fué todo uno.
Pero el gato no estaba en humor de dejarse atrapar y comenzó a saltar de un rincón a otro y por fin se escapó de nuevo a la cocina, que era el paraje mismo donde había perpetrado su crimen.
—Mamá, ¿qué le vas a hacer ya?—exclamó avergonzada Lolita.
—¿Qué le vas a hacer tú, estúpida, cuando te quedes sin cenar?—gritó enfurecida Doña Enriqueta, clavando en su hija una mirada iracunda.
—¡Mamá!—exclamaron a un tiempo las dos niñas.
Entonces Doña Enriqueta hizo un esfuerzo inverosímil sobre sí misma y recobró súbito toda su majestad.
—¡Pobrecito! Dejarle que se regale un poco esta noche... Después de todo no tiene la culpa él, sino yo, que me he olvidado de guardar el pescado.
—Lo mejor que podías hacer—manifestó Lolita, que continuaba ruborizada—es ir a guisarlo.
La mamá alzó la cabeza como hubiera hecho la reina Isabel de Inglaterra en su caso, dirigió una larga y seria mirada a su hija y, por fin, giró lentamente sobre sus talones y salió con dignidad por el foro.
Pocos minutos después se sintió el chirrido del aceite y llegó a nuestra nariz su ingrato olor peculiar.
Por razones de delicadeza que todo el mundo comprenderá, hubiera sido procedente que su familia le enviase uno de los seiscientos esclavos para guisar el bacalao.
Las niñas eran extremadamente simpáticas. Lolita, una linda morena de ojos vivos y picarescos, toda alegría y movilidad. Rosarito, morena también, pero del género sentimental, con grandes círculos azulados en torno de los ojos, lánguidos ademanes y aspecto un poco enfermizo. No era hermosa como su hermana, pero nadie con justicia pudiera llamarla fea.
Naturalmente, Bruno Mezquita, su primo Manolo y Pepito Albornoz cayeron a los pies de la primera, le rindieron pleitesía y le dedicaron una fervorosa adoración, que en Pepito Albornoz adquirió caracteres alarmantes. En el espacio de quince días perdió tres kilos de peso. Verdad que después ganó dos; pero inmediatamente perdió uno y así sucesivamente. Siendo cada vez mayores las salidas que las entradas llegó a fin de curso con la piel y algunas piltrafas.
Doña Encarnación estaba desesperada porque su mamá le había recomendado con lágrimas en los ojos el cuidado de su alimentación. ¿Qué iba a decir al verle llegar tan desnutrido? Pensaría que no le daba de comer más que lechugas. Doña Encarnación maldecía del momento en que había tenido la ocurrencia de presentarle en casa de las bordadoras.
Lolita gozaba recibiendo el incienso de sus devotos, tenía para cada uno una palabrita amable o una bromita salada, pero no acababa de entregar el corazón a ninguno, como un niño que se encuentra enfrente de tres pastelitos y no sabe por cuál optar. Hubiera preferido comerse los tres, claro está, pero comprendía que esto no era posible. Después que Sixto Moro y yo fuimos presentados, tal vez nos hubiera engullido también de buen grado a juzgar por las miradas rapaces que nos dirigía. Esto era más imposible aún, porque repito que Sixto y yo llevábamos ambos clavado en el corazón un dardo envenenado.
Bruno Mezquita, su primo y Albornoz no se sintieron regocijados con nuestra llegada: disimulaban su malestar difícilmente. Los tres pensaban que íbamos a competir con ellos en el corazón de Lolita. Pero el primero se sentía más molesto que los otros porque ejercía en aquellas alturas el monopolio del humorismo. No se hartaba Doña Encarnación de celebrar lo bien que se pasaba allá arriba con sus chistes y sus invenciones felices. Unas veces haciendo juegos de manos, otras con disfraces cómicos, otras narrándoles historias graciosas o haciéndoles reír con dichos agudos, tenía, al parecer, casi siempre en grata suspensión a la tertulia.
Así que aparecimos nosotros se encerró en una hosca reserva, donde se advertía el mal humor y la inquietud. Desde luego que esta actitud no era yo quien la provocaba, sino Sixto Moro, hacia el cual sentía un miedo vecino del terror.
Pasado largo rato sin que dejase advertir su presencia, Moro le clavó una mirada risueña.
—¿Qué es eso, Bruno; cómo no das suelta ya a ese raudal de chistes con que alegras esta tertulia todas las noches?
—Esperamos que tú sueltes el tuyo—respondió de malísimo talante Mezquita.
—Mi ingenio está pasado ya de puro viejo, pero el tuyo es una verdadera novedad, de la cual ni Jiménez ni yo teníamos la menor noticia. Venga, pues, alguna gracia para compensarnos del mucho tiempo que nos has estado privando de ellas.
Bruno Mezquita se enfurruñó todavía más y murmuró algunas frases impolíticas que Moro y yo hicimos ademán de no escuchar.
Rosarito, que era dulce y amable más que su hermana, atajó la disputa.
—Bruno es una persona muy agradable que se esfuerza en hacernos pasar bien un rato sin presunción alguna.
—Todos lo sabemos, señorita—replicó Moro inclinándose—; pero yo sé también por qué sale usted con tal solicitud a su defensa.
—¿Por qué?—dijo la niña ruborizándose.
—Porque la magnetiza.
—Sí que me magnetiza—manifestó Rosarito, ruborizándose todavía más—. ¿Y cómo sabe usted eso?
—Porque Bruno es un hombre excesivamente cargado de flúido y no puede menos.
IX LOS AMORES DE MI AMIGO PASARÓN, BIBLIÓFILO
Cierto, Bruno Mezquita se dedicaba desde hacía algún tiempo a magnetizar a todos los adultos que se prestaban a ello.
El hipnotismo, recientemente importado del extranjero, se hallaba como novedad en plena boga. En todas les reuniones de la clase media, a falta de otros atractivos, los tertulios se hipnotizaban los unos a los otros; los jóvenes dormían a las jóvenes y hacían con ellas pruebas maravillosas; los maridos dormían a sus esposas y pretendían descubrir sus pensamientos más íntimos.
Era un entretenimiento agradable que a veces no resultaba perfectamente honesto.
Habíamos vuelto a los buenos tiempos del mesmerismo. Así que entrábamos en cualquier tertulia no era raro hallar a un joven magnetizador sentado enfrente de la niña de la casa o de cualquiera de sus amiguitas, las rodillas tocando con las rodillas, los ojos fijos sobre sus ojos, las manos sobre el epigastrio, haciendo pases y describiendo semicírculos con los dedos. Esta faena interesante, que provocaba gritos de admiración reprimidos, terminaba algunas veces en la Vicaría, otras, en el juzgado de guardia.
Digo que Bruno Mezquita, atacado de furor hipnótico, se empeñaba en dormir a cuantas personas estaban a su alcance. Había intentado dormir a su primo sin resultado alguno, después a Doña Encarnación, a Pepito Albornoz, a la criada y a mí mismo con idéntico éxito. La criada fué la única persona que pareció ceder un poco a la influencia de su mirada fascinadora. No era extraño, porque se levantaba demasiado temprano. Pero a las preguntas capciosas que Bruno le dirigía con voz insinuante y misteriosa sólo contestaba con ronquidos estridentes. Y no se pudo obtener de ella otra cosa.
Con Rosarito acaeció algo muy distinto. Esta joven, si no era histérica, tenía por lo menos un temperamento neurópata, como se adivinaba fácilmente por su aspecto, y fué un sujeto admirablemente adecuado para la experiencia hipnótica.
Bruno quiso volverse loco de alegría al poder realizar con ella los experimentos que había leído en los libros o había oído en la cátedra. Como hombre de ciencia, sabía a qué atenerse en lo referente al flúido magnético. Esta antigualla estaba desechada. Se conocían en la escuela de San Carlos los trabajos de Faria, de Braid y de otros, y el sueño hipnótico no se producía como el vulgo imaginaba arrojando puñados de flúido a los ojos, sino por la sugestión o por el cansancio de la vista.
Rosarito a los pocos días llegó a dormirse sólo con ponerle la mano sobre la frente y decirle en tono imperativo: «¡Duerma usted!» No solamente contestaba a las preguntas del hipnotizador, sino que obedecía a sus mandatos. Le ordenaba, por ejemplo, frotarse las manos, diciéndole: «No puede usted ya detenerse.» Y la pobre chica continuaba frotándolas sin tregua, a pesar de todos los esfuerzos de su voluntad. Ejecutaba con ella las sorprendentes sugestiones sobre el gusto y el olfato, tan conocidas en el mundo extracientífico, haciéndole morder una patata cruda con la misma delicia que si fuese un fragante albaricoque o dándole a beber agua por jerez. Llegó también a producir con ella durante el sueño hipnótico las aún más sorprendentes sugestiones visuales, verdaderas alucinaciones en que trocaba a las personas, hablando a su madre como si fuese Doña Encarnación o dirigiéndose a Albornoz como si fuese su hermana Lolita.
Pero lo que más nos sorprendía era que ejecutaba las órdenes del hipnotizador no sólo inmediatamente después de despertar, sino a distancia, esto es, uno o dos días después. Le decía Mezquita: «Mañana, a las doce, abrirá usted la ventana y sacará usted la mano fuera para cerciorarse si llueve.» Y en efecto, a la hora indicada y a presencia de nosotros, que la espiábamos desde nuestro comedor, Rosarito abría la ventana y extendía el brazo para ver si llovía, aunque no hubiese una nube en el firmamento.
Estos últimos experimentos hicieron surgir en la mente de Sixto Moro la idea de dar una broma a nuestro amigo Pasarón. Era el único de los huéspedes que no había subido aún a casa de las bordadoras. Se lo habíamos propuesto diferentes veces, pero siempre se negó a ello resueltamente, a mi entender no sólo porque esto podía distraerle de sus estudios incesantes, sino porque, como la mayoría de los sabios, era de una extremada timidez con las mujeres.
Ignoro cómo Moro se arregló para convencerle, pero el hecho fué que al cabo cedió a ser presentado. Designóse para tal ceremonia la noche de un sábado, pues alguna que otra vez, no siempre, Pasarón se autorizaba en estas noches apartarse algunos momentos de sus libros y dar una vueltecita por las calles.
Una vez fijado el día, Moro hizo que Bruno Mezquita durmiese a Rosarito y le ordenase lo siguiente: Cuando mañana sea presentado en esta casa nuestro amigo José Luis Pasarón, usted al verle entrar se levantará de la silla, se dirigirá a él, le tenderá la mano y le dirá: «Buenas noches, señor Pasarón. ¡Cuánto me alegro de ver a usted por aquí! Es usted el joven más guapo y más simpático de la casa.»
Aprovechamos un momento en que Doña Enriqueta se ocupaba en freír algo allá en la cocina para que Bruno durmiese a Rosarito y le intimase la orden. Lolita quiso protestar, pero la argüimos que era una inocente broma sin consecuencia alguna y la permitió, no sin haberle prometido descubrirla después al mismo Pasarón.
Subió éste por fin, con poquísima gana, al cuartito de las bordadoras. Veíamos claramente que necesitaba hacer un esfuerzo grande sobre sí mismo para vencer su imponderable timidez. Es seguro que en el fondo le halagaba la visita, porque asomadas a las ventanas y de refilón en los pasillos de la casa había tenido ocasión de ver aquellas lindas muchachas, y al fin era hombre y tenía pocos años; pero la idea de verse frente a frente de ellas le sobrecogía.
Moro y yo subimos con él. Ya estaban en la salita acompañando a las bordadoras y a su magnífica mamá nuestros amigos los Mezquita y Albornoz.
Cuando entramos yo clavé mis ojos en Rosarito, que se hallaba sentada al lado de su madre, y observé con viva curiosidad que se ponía fuertemente colorada. Después la vi agitarse en la silla, bajar la cabeza, levantarla, mirar con ojos extraviados a todas partes; por último, como movida por un resorte, alzóse del asiento, y tendiendo la mano al nuevo visitante repitió con voz alterada las palabras mencionadas.
Pasarón se puso aún más rojo que ella, lo que realmente parecía imposible, y balbució algunas palabras que no pudimos entender. Pero Doña Enriqueta se irguió como si la hubiesen pinchado, se puso en pie desplegando su majestuosa figura, que nos dominaba a todos, y sacudiendo a su hija por un brazo profirió con voz irritada.
—¡Cómo! ¿Qué palabras son esas? ¿Te parecen dignas de una joven bien educada? ¿Dónde está la modestia y el recato que te ha enseñado tu madre? Si mi papá te hubiera escuchado en este momento te hubiera enviado a la Piñata lo menos por ocho días... Pida usted ahora mismo la bendición... ¡y a la cama!
Rosarito, en un estado de alteración indescriptible, cruzó los brazos sobre el pecho y pidiendo la bendición a su mamá, en la forma que al parecer usan los niños en Cuba, se retiró a la alcoba sollozando perdidamente.
Lolita, roja también y alterada, nos dirigió una mirada suplicante de angustia y se llevó el dedo a los labios implorando nuestro silencio. Se lo concedimos de buen grado porque comprendimos que la broma no era tan inocente como habíamos imaginado y podía traer consecuencias enfadosas. Doña Enriqueta se hallaba fuertemente excitada, y necesitó hacer un gran esfuerzo sobre sí misma para saludar a Pasarón. De todos modos lo hizo tan fríamente y en actitud tan altanera, que aquél, confuso y tembloroso, dirigía miradas ansiosas a la puerta mostrando vivos anhelos de emprender la fuga.
El embarazo de todos era grande. Moro, principal responsable de aquella escena, supo no obstante disiparlo al cabo iniciando una conversación indiferente que pronto, con sus habituales donaires, se convirtió en jocosa. Doña Enriqueta permaneció todavía algún tiempo silenciosa y enfoscada, sin querer tomar parte en ella. Pero Moro, como profundo psicólogo que era, logró, cuando menos se esperaba, desarrugarla por medio de una pregunta habilísima.
—Diga usted, Doña Enriqueta (y perdone si la pregunta es indiscreta), ¿la Piñata es una prisión de la Habana?
La poderosa y alta señora, al escuchar tal disparate, se dignó sonreír levemente y respondió con graciosa condescendencia.
—No, querido, la Piñata no es una prisión. La Piñata era un ingenio de poca importancia, pues no trabajaban en él más de doscientos esclavos, que mi papá poseía bastante lejos de la Habana. Era el sitio donde acostumbraba a confinarnos cuando alguna de nosotras cometía alguna falta que mereciese castigo. Nos enviaba a allá con algunos criados y nos tenía varios días desterradas sin gozar de ninguna de las diversiones de la capital. Para nosotras era un castigo terrible, sobre todo cuando sucedía que por aquellos mismos días hubiese un baile en la Capitanía o en el palacio de los marqueses de la Reunión.
Por qué ocultos y silenciosos pasos, a partir de esta escena, se introdujo el amor en el alma erudita y bibliográfica de nuestro amigo Pasarón, es cosa que nunca podrá saberse. Fué un hecho averiguado pronto por todos nosotros, por nuestra patrona Doña Encarnación, por la misma Doña Enriqueta, cuya cabeza a larga distancia de la tierra parecía traspasar las mismas nubes y vivir solamente en relación con sus alcázares flotantes. Pero fué asimismo una sorpresa para todos.
Pasarón comenzó a subir a la buhardilla con notable regularidad, con la misma asiduidad que si allí existiese una biblioteca de veinte mil volúmenes y entre ellos algunos raros y preciosos. Y sin embargo, en aquel cuartito yo no había visto más libros que dos novelas sentimentales con la pasta deteriorada y las hojas grasientas. Si se forzase la cerradura de los cajones de la cómoda que existía en la alcoba de las niñas y la del viejo armario de Doña Enriqueta, seguro estoy de que no se encontraría tampoco ningún incunable, sino tal vez tres o cuatro devocionarios y la novena de Santa Rita de Casia.
No sólo ejecutaba estas maniobras, que contrastaban con sus antiguos hábitos de estudio y retiro, sino que ponía en práctica aun otras más insólitas entrando y saliendo infinitas veces en el comedor, desde cuyos balcones se veían las ventanas de las bordadoras y espiando a éstas por detrás de los visillos.
En suma, a los pocos días Pasarón había conquistado el corazón de Rosarito y ésta era señora absoluta del albedrío de Pasarón. Pocas veces se había visto unos novios más tiernos y acaramelados; pero pocas también más grotescos.
Pasarón, por completo ignorante de los artificios con que el amor se vela y de los usos consagrados por todos los novios que hasta ahora han sido en el mundo, se mostraba tan extravagante en sus pasos y ademanes, que nos hacía reír a carcajadas. Era ridículo como un salvaje del Africa del Sur, que para saludar a sus amigos se arroja al suelo y se palmotea las nalgas.
Si Pasarón a la vista de Rosarito no hacía otro tanto, poco le faltaba. Causaba risa, sin duda, pero compasión también ver a aquel joven de tan superior inteligencia colocado en tan ridículas actitudes. Aunque si bien se hurgase en el fondo de nuestra alma quizá se hallasen huellas de cierta malévola alegría. Porque en el fondo de casi todos, sino de todos los seres humanos, se alza un grito más o menos clamoroso contra la superioridad ajena y nos place verla humillada.
Era cosa divertida contemplar a nuestro sabio amigo departiendo en un rincón con Rosarito. Aquellos vivos colores que habían nacido en las mejillas de ambos en el punto en que se conocieron allí habían quedado fijos. Lo único que hacían era cambiar un poco de intensidad, pero siempre compensándose. Unas veces eran las mejillas de Rosarito donde el rojo se ostentaba más brillante, otras eran las de Pasarón.
A nadie podía ofrecer duda que los dos se hallaban profundamente enamorados. Sin embargo, Bruno Mezquita, que pretendía ejercer el monopolio de la seducción, se autorizaba el dudarlo; sonreía compasivamente cuando se tocaba a este punto, dando a entender con esta sonrisa que, en su opinión, Rosarito se hallaba aún bajo la influencia del sueño hipnótico que él la había comunicado.
¡Falso de toda falsedad! Rosarito no sólo le miraba con profunda indiferencia, sino que se había negado a dejarse dormir por él nuevamente. Si algo lograba magnetizarla ya era el brillo de los lentes de Pasarón. Y si esto no era bastante, ¿cómo escapar al influjo de unos sáficos adónicos y una silva en verso blanco, estilo horaciano, que aquél había compuesto en su honor? En estas composiciones de clásica inspiración la llamaba Lidia en vez de Rosarito y hablaba del fuego de Vesta, de las umbrosas faldas de Helicona, del Pindo, de Febo y de los Dióscoros.
X EN QUÉ PARÓ EL IDILIO CLÁSICO DE MI AMIGO PASARÓN
Terminamos al fin nuestro curso académico. Todos los huéspedes de la casa de la calle de Carretas salieron airosamente de los exámenes: algunos con extraordinaria brillantez. Pasarón obtuvo el premio extraordinario del doctorado de Letras y Moro el de la licenciatura de Derecho. Luego nos diseminamos marchando cada cual a reunirse con su familia. La del general Reyes se fué a veranear a San Sebastián.
Sin embargo, Pasarón, con pretexto de consultar algunos libros y manuscritos de la Biblioteca Nacional para su discurso del doctorado, permaneció más tiempo en Madrid; pero al cabo también se fué en los últimos días del mes de julio para volver en los primeros de septiembre. En los cuarenta y cinco días que residió en su tierra envió a Rosarito cuarenta y cinco cartas, alguna de las cuales tuve ocasión de ver más adelante. Por el aliño y la galanura de la dicción, tanto como por la nobleza de los pensamientos, estas misivas, aunque del género amoroso, serían si se publicasen de tan sabrosa lectura como las de Plinio el Joven.
Aquel idilio clásico prosiguió tan suave como una égloga de Virgilio y tan vehemente como una elegía de Tíbulo. Pasarón dejaba transcurrir las horas dulcemente al lado de Rosarito viendo cómo sus dedos ágiles imprimían en relieve sobre la batista guirnaldas de hojas y flores. Y cuando los respetos sociales le obligaban a apartarse un mínimo espacio de tiempo, era todavía para sentarse en el comedor al lado del balcón con un libro en la mano, que recibía menos de la mitad de las miradas que la ventana de la bordadora.
Y en verdad que ésta merecía tan rendida pasión. En este punto todos estábamos de acuerdo. Rosarito, por su carácter dulce y humilde, por la bondad que reflejaban sus ojos, por el timbre insinuante y afectuoso de su voz había conseguido cautivarnos a todos. Se empezaba admirando a su hermana y se concluía por prendarse de ella. Por eso nada nos sorprendía el amor de Pasarón; y aunque su manera de expresarlo nos pareciese ridícula, lo aprobábamos de todo corazón y deseábamos que terminase felizmente.
No obstante, Sixto Moro se autorizaba algunas dudas; nos decía riendo que los amores de Pasarón eran una pasión greco-romana y que, más tarde o más temprano, concluiría por la intervención fatal y dolorosa del Destino, como las tragedias clásicas.
Esta broma profética se verificó desgraciadamente. Cuando llegué a casa una tarde a la hora de comer hallé a Doña Encarnación profundamente consternada; la criada también parecía estarlo; en los rostros de los Mezquita, de Albornoz y del mismo Sixto Moro se percibían igualmente señales de mal humor.
—Sabrás—me dijo este último sentándose a la mesa—que nuestro sabio amigo nos ha dejado.
—¿Pasarón se ha ido?—pregunté sorprendido.
—Sí; Pasarón nos ha soltado con la misma indiferencia con que echaría a un lado una edición moderna del Quijote impresa en Barcelona con muchas erratas.
Entonces levanté la cabeza interrogando con los ojos a Doña Encarnación.
—Esta tarde, poco después del almuerzo, me pidió su cuenta y me dijo que se trasladaba a otra casa donde está de huésped un primo hermano suyo porque su familia así lo quiere. Comprendí que era un pretexto y le pregunté si estaba descontento del servicio o de los huéspedes. Me respondió que no y hasta me aseguró que se marchaba con gran sentimiento, que todos ustedes le eran muy simpáticos, que se hallaba muy satisfecho del trato que yo le daba... Pero, en fin, lo cierto es que se ha ido. Hace un momento que ha venido un mozo de cuerda por su equipaje.
Guardamos silencio todos por unos instantes. Al cabo, Bruno Mezquita profirió en voz baja con señales de irritación:
—La verdad es que la cortesía no parece por ninguna parte.
—La cortesía, amigo Bruno—respondió Moro—, no tiene el mérito de haber estado tres siglos llena de polvo y telas de araña en el archivo de algún convento. Por lo tanto, no hay que hacer caso de ella.
Sin embargo, antes de que hubiéramos terminado de comer, llamaron a la puerta y Doña Encarnación entregó a Moro una carta que para él traían.
—La letra es de Pasarón—dijo éste echando una mirada al sobre—, por lo tanto, le devuelvo la honra que le he quitado.
En efecto, era de nuestro amigo, y aunque venía dirigida a Moro como huésped más antiguo, el contenido estaba dedicado a todos. Se despedía de nosotros con palabras corteses y bien aliñadas. Yo eché de menos en su misiva un poco de cordialidad y franqueza. Pienso que los demás opinaron lo mismo, pero nadie lo expresó en voz alta y se dieron por satisfechos en la apariencia. La prueba mejor de que este sentimiento latía en todos los corazones al mismo tiempo, fué que se habló poquísimo de Pasarón aquel día y en los siguientes casi nada.
Doña Encarnación me comunicó después confidencialmente que había roto bruscamente sus relaciones con Rosarito enviándole una carta fría de despedida como había hecho con nosotros. La pobre niña había experimentado un disgusto tan fiero, que había caído enferma en la cama. En vista de ello no intenté siquiera subir a su cuarto. Bruno Mezquita y su primo, que se aventuraron a hacerlo, no fueron recibidos.
Así transcurrieron algunos días, cuando una mañana al llegar de la Universidad salió a abrirme la puerta la misma Doña Encarnación. Observé en su rostro señales de preocupación. Me tomó de la mano con cierto misterio y hablándome en voz baja, casi imperceptible, me dijo:
—Tiene usted en su cuarto una visita.
—¿Una visita?, ¿quién es?
—Entre usted; ya lo verá.
Seguí por el corredor lleno de curiosidad, abrí la puerta del gabinete y vi sentada en el sofá a Rosarito. Se puso en pie vivamente y una sonrisa de vergüenza y confusión se dibujó en sus marchitos labios. Porque estaba realmente desfigurada. Era cosa asombrosa que unos cuantos días de enfermedad dejasen huellas tan visibles en su rostro.
—Perdone usted esta visita que no podrá menos de importunarle—me dijo con voz apagada.
—Usted no puede importunarme jamás, Rosarito—me apresuré a decirle, apretándole la mano—. Siéntese y dígame en qué puedo servirla.
Se sentó de nuevo y ruborizándose aún más de lo que estaba, empezó a balbucir:
—Ya estará usted enterado de que José Luis...
—Sí, sí; ya sé que se ha portado con usted de un modo bien poco correcto.
—No me quejo. Ningún compromiso formal había contraído conmigo. Nuestras relaciones han sido como las de tantos otros novios que comienzan y se rompen con igual facilidad. Usted ha sido testigo del comienzo de ellas. Me dijo que me quería y yo le entregué mi corazón. Quizá alguno de ustedes me habrá tildado de presuntuosa, porque es evidente que nuestras posiciones son muy distintas. El es hijo de una familia rica, un joven de extraordinario provecho y gran porvenir; yo no soy más que una pobrecita huérfana que necesita vivir del trabajo de sus manos... Pero le juro por la sagrada memoria de mi padre que al aceptar sus relaciones no me ha movido cálculo alguno de interés. Me sentí atraída hacia él desde que le conocí. Luego, su trato tan cortés, tan dulce; su talento, que ustedes mismos admiran, me llegaron a seducir. Le quise entrañablemente... le quise como no es posible querer más..., le quise, le quise y ¿por qué no he de confesarlo si es verdad? ¡le quiero todavía con todo mi corazón...!
Aquí Rosarito rompió a sollozar. Yo, fuertemente impresionado, traté de calmarla.
—Tranquilícese usted, Rosario... Acaso no sea más que una mala inteligencia... Seguramente harán ustedes las paces.
—Perdóneme usted... Comprendo que le estoy molestando... No, no espero nada. Estoy segura de que hemos concluído para siempre... Y después de todo ¿qué tiene de particular? ¿Qué importa que una pobre chica se enamore de un hombre, y que este hombre no le corresponda y que sufra, y que llore, y que enferme? Es cosa que se está viendo todos los días.
—Importa mucho, Rosario. Los empeños del corazón deben ser más sagrados aún para el hombre que los que están amparados por la ley. Yo he sido testigo de sus amores como lo han sido mis compañeros; todos sabemos que José Luis entraba en casa de ustedes como un prometido oficial, como una persona de la familia...
—Es cierto; yo había depositado en él toda mi confianza y mamá le consideraba ya como un hijo... Pero yo estaba ofuscada y mamá lo estaba también. ¿Cómo hemos podido tan pronto hacernos la ilusión de que un joven de la posición y del mérito de José Luis iba de buenas a primeras a ligar su suerte a la de una pobrecilla desvalida, a una miserable artesana?
—¡Rosario, es usted exageradamente humilde!
—Nada, nada; ha sido una verdadera aberración por nuestra parte... Pero no se trata ahora de eso. Un sueño es un sueño y la claridad del día lo disipa. Lo único que me importa en este momento es saber si la ruptura de nuestras relaciones ha sido por su parte una resolución espontánea o si ha sido inducido a ella por alguna falta que yo haya cometido sin darme cuenta o por algo que contra mí le hayan dicho. En el primer caso me resigno con mi suerte. Que no se me hable, que se me deje tranquila y Dios me dará fuerzas para soportar mi dolor...
Otra vez Rosarito volvió a romper en sollozos, mostrando claramente que Dios todavía no le había concedido el don de la fortaleza. Al cabo de unos momentos levantó de nuevo la cabeza, se secó las lágrimas y prosiguió:
—Pero si puede quejarse de mí por algún motivo o alguien se lo ha hecho creer, me parece que tengo derecho a saberlo.
—¿No se lo ha preguntado usted por carta?
—Sí; me ha contestado con cuatro líneas. No es bastante. Quiero saberlo de un modo más claro. Ese favor vengo a pedir a usted suplicándole me perdone el atrevimiento. Me dirijo a usted con preferencia a los demás amigos, porque me inspira usted más confianza que ninguno. Además, me consta, porque se lo he oído muchas veces, que José Luis le estima a usted de veras y estoy segura de que le escuchará con respeto y satisfará a sus preguntas.
—Agradezco mucho su confianza, que me esforzaré en merecer, pero se me figura, Rosarito, que padece usted un error. José Luis no es hombre pródigo de estimación y no creo que haya malgastado demasiado en mí. Sin embargo, para dar a usted una prueba de la afectuosa amistad que me inspira, estoy dispuesto a conferenciar con Pasarón a riesgo de sufrir algún desaire.
—¡Dios se lo pague!—exclamó la pobre niña estrechando fuertemente mi mano.
Pocas más palabras hablamos. Rosarito, enternecida de nuevo, lloraba.
—¿Sabe usted, Rosario—la dije al cabo—, que si su mamá se enterase del paso que acaba de dar la enviaría a usted lo menos por quince días a la Piñata?
Rosarito levantó la cabeza y sonriendo al través de sus lágrimas, exclamó:
—¡Pobre mamá!
El encargo de conferenciar con Pasarón acerca de este delicado asunto no era placentero. En primer lugar, yo no tenía derecho alguno a mezclarme en él, puesto que no era pariente de Rosarito ni me ligaba con José Luis una amistad muy íntima. Verdad que vivíamos en la misma casa y nos tratábamos con bastante familiaridad, pero nuestra intimidad era puramente accidental e impuesta por las circunstancias. No estudiábamos la misma Facultad, no éramos paisanos, y sobre esto Pasarón me llevaba tres o cuatro años de edad y muchos grados de superioridad intelectual.
Además, debo confesarlo, Pasarón era un joven de trato fácil y correcto; pero no lograba inspirar confianza. Sus palabras y ademanes eran suaves y afables; rara vez contradecía y cuando se veía obligado a hacerlo era siempre guardando excesivos respetos: aun en las más vivas discusiones con Moro jamás se descomponía. Y sin embargo, todos advertíamos secretamente que le faltaba cordialidad. Fuese por virtud de un temperamento nativamente frío o por la distracción que engendraba en él su absorbente pasión por el estudio, no hallábamos en él ese gracioso abandono que en la edad juvenil hace tan grata y tan firme la amistad. No parecía que en esta reserva tuviese parte su reconocida superioridad, porque repito que era un hombre afable y modesto, pero se echaba de ver pronto su indiferencia hacia las personas y su desdén por los asuntos que no tocasen directamente a sus estudios.
Me dirigí, pues, a su casa con poca gana y solamente arrastrado por la promesa que había hecho, quizá demasiado ligeramente, a mi afligida vecinita. Cuando ya iba a tirar del cordón de la campanilla, abría Pasarón la puerta para salir a la calle.
—¿Tú por aquí?—me dijo mostrando alegría y apretándome afectuosamente la mano.
—Veo que la visita es importuna.
—Nada de eso. Si quieres entraremos y pasaremos a mi cuarto. No tengo prisa.
Como esto debía contrariar sus planes le respondí:
—No; mejor será que te acompañe hasta el sitio donde te dirijas y así podremos charlar unos momentos; te haré la visita al aire libre... Por supuesto, en el caso de que esto no sea una indiscreción...
—Ninguna—replicó satisfecho—. Voy solamente al almacén a dejar estos libros.
Llevaba un paquete de ellos en la mano. Salimos, pues, a la calle, que era la de la Montera, y siguiendo la de Jacometrezo y pasando por la plaza de Santo Domingo entramos en la de San Bernardo, donde se hallaba el almacén que había mencionado. Entonces me enteré de que un comerciante de productos alimenticios paisano suyo y muy relacionado con su familia le había cedido una habitación en el sótano de su casa para guardar los muchos libros que ya tenía.
Llegamos a la tienda sin que yo me hubiese decidido a tocarle el asunto objeto de mi visita. Cuando ya no vi otro remedio, esto es, cuando comprendí que íbamos a separarnos traté de detenerle a la puerta.
—Pasa conmigo—me dijo poniéndome amablemente la mano sobre el hombro—. Te mostraré mi biblioteca.
Entramos en la tienda, me presentó a su dueño y bajamos acto continuo por una estrecha escalera al sótano. Había allí un olor asfixiante a chocolate; como que era el sitio donde se fabricaba. Sacó Pasarón una llave del bolsillo y penetramos en una gran estancia bastante bien esclarecida por algunas claraboyas. Las cuatro paredes estaban revestidas de estantería de pino donde se apilaba una cantidad enorme de libros. Me produjo admiración; pues aunque tenía noticia de que mi amigo adquiría muchos, no podía imaginar que fuesen tantos.
Pasarón gozó un momento de mi sorpresa y paseando una mirada de propietario satisfecho por los estantes me preguntó:
—¿Qué te parece mi biblioteca?
—¡Asombrosa! ¿Cuántos volúmenes hay aquí ya?
—Cerca de cuatro mil.
—No comprendo cómo has podido llegar a esta cifra, si no dispones de más recursos que los que solemos poseer los estudiantes.
—Todas mis economías están aquí. Me he privado durante la carrera de muchas cosas, he engañado algunas veces a mi familia, he fingido enfermedades, hasta he simulado vicios, he sacrificado en fin a esta biblioteca todos los goces de la juventud.
No pude menos de pensar que aquella colección de libros no merecía tan enorme sacrificio, porque estaba lejos de sentir tan furiosa pasión hacia ellos; pero me guardé de expresarlo advirtiendo el deleite, la extraña voluptuosidad con que Pasarón los contemplaba.
Me mostró con orgullo algunas ediciones raras de libros famosos. Su adquisición era un poema de habilidad, de paciencia, de esfuerzos heroicos. Al narrarme las peripecias de aquellas jornadas en busca y captura del ambicionado vellocino de oro, las manos de Pasarón temblaban y su voz se alteraba por la emoción.
Confieso que todo aquello me producía un efecto casi cómico. No comprendía su significado interior, que era el de una victoria personal, el recuerdo de una lucha tenaz por la posesión de un objeto para él precioso.
Por otra parte, deseaba llenar mi cometido, cumplir el encargo de Rosarito. Estaba inquieto, impaciente; no sabía por dónde ni cómo embocar el asunto. Y como sucede casi siempre en estos momentos de ansiedad empecé de la peor manera posible.
—Amigo Pasarón—le dije repentinamente—, ayer he hablado con Rosarito.
—¿Rosarito?—me respondió mirándome al través de los lentes con sus ojos apagados, como si aquel nombre no despertase en él recuerdo alguno.
—Sí, con Rosarito. Tu repentino traslado de casa y el modo perentorio con que has cortado las relaciones la ha llenado de estupor. No acierta a comprender qué pudo haberte empujado a esa resolución que no ha tenido preparativo alguno, pues el día anterior a tu marcha nada pudo hacerle sospechar en tus palabras ni en tu actitud que ibas a tomarla. Aparte del sentimiento natural que esto le ha producido, pues tú no puedes dudar de que te quiere, se encuentra en un estado triste de agitación y de duda; toda se vuelve hacer cálculos sobre los motivos que habrás tenido para tan brusca y misteriosa ruptura.
Pasarón cerró el libro que me estaba mostrando y fué silenciosamente a colocarlo de nuevo en su sitio. Temí haberle ofendido con mi repentina interpelación y le dije:
—Comprendo que no tengo derecho alguno a mezclarme en tus asuntos y así se lo hice entender a Rosarito; pero ésta se empeñó en que te hablase fiando demasiado en la buena amistad que siempre me has mostrado... Si te he de confesar la verdad, acepté el encargo por la compasión que me inspira... Está verdaderamente afligida y desea con anhelo saber si te ha ofendido en algo.
—Absolutamente en nada—contestó resueltamente sin volver la cabeza.
—Si tienes alguna duda de su fidelidad.
—Ninguna.
—Si alguien te ha insinuado cualquier especie que la desacredite.
—Nadie me ha hablado de ella.
—Entonces... a la verdad, no comprendo...
Pasarón guardó silencio y siguió examinando con atención los lomos de los libros. Yo comencé a sentirme embarazado y aún corrido de aquel silencio y tomé la resolución de despedirme bruscamente. Pero Pasarón se volvió de pronto, vino hacia mí y poniéndome una mano sobre el hombro me dijo con grave expresión:
—Escucha, Jiménez; los hombres siguen caminos muy diferentes en el curso de su vida y el de cada cual se halla trazado por su naturaleza misma. Cuando nos apartamos de él sufrimos las consecuencias enfadosas que acompañan a la violación de toda ley natural. El mío se me ofreció bien determinado desde que llegué a la adolescencia. Nadie en el seno de mi familia ni entre las personas que me rodeaban ha dudado de mi vocación. Yo he nacido para esto (apuntando a los libros) y a esto he consagrado mi juventud y consagraré mi vida en adelante. Hasta ahora he marchado derecho a mi objeto y a él he sacrificado, como acabo de decirte, los goces que más nos seducen a los jóvenes; porque bien sabes que si las sirenas cantan dulcemente en todas las edades de la vida, en la nuestra cantan aún con acentos más melodiosos. Ulises, el más sabio y prudente de los helenos, necesitó que le amarrasen con cuerdas y cadenas al mástil del barco para no acercarse a sus praderas esmaltadas de flores. Grandes, colosales esfuerzos de voluntad he necesitado hacer yo, pobre niño arrojado desde los diez y seis años en la corte, para sustraerme a sus instancias. ¡Cuántas veces pasando por delante de los cafés atestados de gente bulliciosa y alegre, contemplando los escaparates repletos de tantos manjares sabrosos al paladar y de objetos preciosos a la vista, mirando iluminadas las puertas de los teatros y a la muchedumbre penetrar regocijada por ellas, cuántas veces sentí mis fuerzas flaquear! Y sin embargo, apartando la vista de aquellas alegrías tan contagiosas y que estaban a mi alcance iba a depositar mis pobres pesetas en algún puesto de libros y a encerrarme en mi oscuro cuarto de estudiante para pasar la noche con la cabeza bajo el hediondo quinqué de petróleo... Pero llegó un día, amigo Jiménez, tú lo sabes bien, en que las sirenas hicieron sonar en mis oídos un canto celestial, un canto al cual ni los mortales ni los inmortales han podido resistir jamás. Y mi corazón se estremeció, la brújula de mi existencia comenzó a dar saltos cual si se le aproximasen raspaduras de acero, todas mis ideas se trastornaron de golpe. El Amor es fuerte como la muerte. Ni hombre ni dios ni su misma madre la hermosa diosa de Chipre han estado jamás a cubierto de sus flechas de oro. El mismo Júpiter, que pretendió aniquilarlo al nacer previendo todo el mal que al universo haría este rapazuelo, se rindió al cabo a sus encantos y le recibió en el Olimpo entre los dioses patricios. ¡Qué mucho que yo me entregase a él atado de pies y manos! Vosotros todos pudisteis apreciar los efectos que en mí causó aquel sueño... Desgraciadamente, los sueños no son de mucha duración. Desperté y en medio del camino de mi vida me hallé como el Dante en una floresta oscura. Me sentí extraviado, perdido, comprendí que aquella pasión me alejaba del polo magnético hacia donde había orientado mi existencia y que jamás conseguiría alcanzar el objeto hacia el cual han tendido mis esfuerzos hasta ahora. Tuve el valor de volverme atrás y buscar de nuevo el sendero que había perdido. No puedes siquiera sospechar la violencia que he tenido que hacerme para ello, cuánta batalla librada en mi cerebro, cuánta noche de insomnio, cuanto desfallecimiento, cuánta lágrima... Pero al fin he vencido. Vuelvo a ser lo que era. Necesito aprovechar el tiempo que he perdido. Mis estudios hasta ahora no han sido verdaderamente serios. Tengo en perspectiva las oposiciones a una cátedra en Madrid, y para conseguir la victoria a mi edad se necesita un esfuerzo casi sobrehumano... Y ahora, amigo Jiménez—añadió después de una larga pausa—, te ruego encarecidamente que no hablemos una palabra más de este asunto. Deploro el disgusto que ha producido mi momentáneo extravío, pero hay que apartar los ojos y el pensamiento de lo que ya no tiene remedio.
Comprendí que era inútil insistir y me callé. Seguimos hablando de libros y al poco rato me despedí de él.
¡Pobre Rosarito!
XI CÓMO LOS ESPÍRITUS JUGARON UNA MALA PARTIDA A MI AMIGO JÁUREGUI
Mi amigo Jáuregui gastaba el dinero a manos llenas. Su tío el marqués de la Ribera del Fresno era un viejo escéptico, volteriano, que se había ocupado poco de él mientras estuvo bajo su tutela. Ahora, que desde hacía algunos meses había salido de ella, no se ocupaba poco ni mucho.
Era por naturaleza espléndido, y como yo le había entrado por el ojo derecho se complacía en hacerme cada pocos días un regalito: una caja de jabones, una boquilla, un bastón y otras chucherías por el estilo. Cuando alguna vez íbamos juntos al café era imposible que yo pagase el servicio. Casi a diario tenía a la puerta un coche del Círculo aristocrático donde almorzaba y a menudo me llevaba en él de paseo a la Castellana. En estas ocasiones le veía hacerse señas con las beldades libres más a la moda y, por lo tanto, más caras. Las propinas que vertía en manos de los cocheros y los mozos de café eran escandalosas por lo crecidas.
Gastaba el dinero y gastaba la vida al mismo tiempo. Su organismo se marchitaba velozmente por la combinación antihigiénica de las comunicaciones carnales y espirituales. De un lado Antonia la Gallega, Paca la Serrana. Del otro, Sócrates y Pedro el Grande. Era imposible resistir a este conjunto de fuerzas tan opuestas. El pobre chico ya no tenía más que ojos en la cara.
Un suceso inesperado, fulgurante, vino a turbar, sino a precipitar, aquella marcha lenta y metódica hacia el cementerio. He aquí cómo se desenvolvió tan extraño acontecimiento, según los datos que el mismo interesado me suministró.
Se hallaba nuestro joven una tarde celebrando su acostumbrada conferencia con Sócrates cuando se le ocurrió preguntar al célebre filósofo si estaba destinado por Dios a ser casado o soltero y en el primer caso quién sería la mujer a la cual había de llamar esposa. La respuesta del filósofo fue terminante: «La primera mujer que veas y te hable, esa será tu esposa.»
Como puede inferirse, este oráculo produjo mucha turbación en el ánimo de Jáuregui. ¿Quién no se sentiría trastornado al saber que la desgracia o la felicidad de su vida se hallaba pendiente de un hilo tan delgado? Por esta razón, Jáuregui se apresuró a repetirla pregunta temiendo no haber comprendido bien. Sócrates respondió con la misma precisión, aunque variando un poco los términos: «La primera mujer a quien vean tus ojos, a esa debes elegir por esposa.»
En aquel mismo instante llamaron con la mano a la puerta de escape de su alcoba. Toda su sangre fluyó al corazón.
—¿Se puede?—dijo una voz femenina desde fuera.
Era la de la criada de su planchadora que solía traerle dos veces por semana la ropa. Jáuregui, sin responder, se precipitó a echar el cerrojo. No llegó a tiempo. La chica, viendo que no la respondían, coligió que el señorito no estaba en casa, como de ordinario acontecía, y empujó la puerta. Al hacerlo tropezó con Jáuregui, que retrocedió espantado.
—¡Celedonia!—exclamó fuera de sí.
Gruesas gotas de sudor frío le resbalaban por la frente.
La muchacha, sorprendida a su vez, dió unos pasos atrás contemplando con espanto la fisonomía descompuesta del joven.
—¡Señorito!
Se miraron ambos con el mismo terror por espacio de algunos segundos. Al cabo, la chica balbució toda confusa:
—Perdone, señorito..., creí que no estaba en su habitación.
—No hay de qué... Pase usted—murmuró Jáuregui con la respiración jadeante, pasando repentinamente del terror a la resignación, mejor dicho, al abatimiento.
Esta Celedonia, criada y aprendiza de su planchadora, era una moza de veinte años, frescachona y razonablemente fea, la boca grande, la nariz ancha, los ojos saltones. Su ilustración al mismo tiempo no dilatada. Sumaba por los dedos bastante bien, pero no había abordado otros misterios de las matemáticas. Hablaba con todos como si estuvieran del lado de allá del río; sus fuerzas, hercúleas; sus discursos, pintorescos; su risa, formidable.
Jáuregui no había podido comprobar estos extremos, porque rarísima vez había hablado con ella; pero Doña Encarnación, que la conocía mejor, los había divulgado.
Por aquellos días hallé a mi elegante amigo hondamente preocupado. Hablaba poquísimo, no reía jamás y parecía huírme. Al fin una noche, encerrado conmigo en su gabinete, me confesó con labio balbuciente lo que acabo de referir.
—¿Y qué es lo que piensas hacer?—le pregunté picado por la curiosidad.
Tardó algunos instantes en responder y al cabo profirió con voz sorda:
—Seguir el camino que los espíritus que me asisten han querido trazarme en este mundo.