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Amores

LIBRO TERCERO.

Reading edition

ELEGÍA PRIMERA. ARGUMENTO.

La Tragedia y la Elegía se disputan la posesion de Ovidio.

Existe una antigua selva, que durante largos años ha permanecido virgen, y se la cree el santuario de una divinidad. En medio hay una fuente sagrada, que domina una gruta cortada en la roca: el aire resuena al alrededor, con el dulce murmullo de las aves. Paseándome un dia en los espesos sotos de este bosque, pensaba sobre qué género de obra ocuparia mi musa.

Ví venir hácia mí la Elegía con los cabellos olorosos y atados con arte; y, si no me engaño, uno de sus piés era más largo que el otro. Su aire era decente: su ropa, del tisú más lijero; su aspecto, el de una amante. El defecto mismo de sus piés aumentaba su gracia. Ví venir tambien á la Tragedia avanzándose á grandes pasos, la mirada feroz, los cabellos dispersos, la ropa talar. En su mano izquierda llevaba con arrogancia el cetro de los reyes; sus piés calzaban noblemente el coturno Lydio.

La primera, dirigiéndose á mi, me dijo: «¿Cuál será, cuál será el término de tus amores, poeta infiel á mi culto? En los festines licenciosos cuéntanse tus locuras, cuéntanse en las encrucijadas. Casi siempre que pasas te señalan con el dedo, y dicen: «Ved ahí ese poeta á quien consume el cruel Amor.» Tú eres, sin duda, la fábula de la capital cuando cuentas sin pudor tus espansiones amorosas. Tiempo es ya de que, cediendo á los impulsos del thyrso, trates asuntos más elevados. Por largo tiempo has estado reposado; emprende una nueva obra. El asunto de tus cantos apoca tu génio: celebra los grandes hechos de los guerreros. ¿Soy yo, dirás tú, para servir en esa carrera? ¿Pero tu Musa no ha prodigado bastantes canciones á las bellas? Tu primera juventud está enteramente entregada á esas bagatelas. Sé conmigo ahora; que yo te debo el nombre de Tragedia romana. Tu génio puede bastar para esta noble tasca.» Dijo ella, y, apoyándose con altanería en sus coturnos bordados, sacudió tres ó cuatro veces su cabeza sombreada por una espesa cabellera.

La Elegía, si no recuerdo mal, sonrió mirándome de soslayo. Tenia, si no me engaño, un ramo de mirto en la mano. «¿Por qué, dijo, orgullosa Tragedia, me tratas con tan pocos miramientos? ¿no puedes jamás dejar de ser severa? Esta vez no obstante has tenido á bien combatirme en versos desiguales con mi propia rima. No comparo mis cantos á tus sublimes acentos: tu soberbio palacio aplasta mi humilde morada. Lijera como soy, me deleito con Cupido, no menos lijero que yo. No tengo la vanidad de creerme superior á mi papel. Sin mí, la madre del voluptuoso Amor no tendria tantos encantos: soy la auxiliar y la compañera de esta diosa. La puerta que no sabria forzar tu duro coturno, se abre á los dulces acentos de mi voz; y sin embargo, si mi poder es superior al tuyo, lo debo á la paciencia con la cual sufro bien las cosas que sublevarian tu orgullo. De mí aprende Corina á engañar á su guardian, á forzar la cerradura de una puerta rigurosamente cerrada, á salir furtivamente de su lecho, vestida de una túnica arremangada, y á avanzar con paso sordo, en las tinieblas de la noche.

«¡Cuántas veces me he visto suspendida en una puerta rebelde, importándome poco ser vista por los paseantes! Hay más: recuerdo que la sirvienta de Corina me recibió y tuvo escondida en su seno, hasta que vió alejarse al severo guardian de su señora. ¿Te recordaré que para celebrar el aniversario del nacimiento de tu bella, me enviabas á ella en presente, y que me rasgó y me arrojó despiadada en el agua? Soy yo la primera que ha hecho germinar en tí las semillas fecundas de la poesía: á mí debes el privilegiado talento que reclama para sí mi rival.»

Las dos Musas habian acabado, y, dirigiéndome á ellas, les dije: «Por vosotras mismas os conjuro; acojed sin prevencion mis tímidas palabras. Vosotras me ofreceis el cetro y el noble coturno y ya los acentos sublimes salen de mi boca apenas entreabierta; y vosotras haceis inmortales mis amores. Sé, pues, propicia á mis votos y déjame mezclar entre sí el grande y el pequeño verso: otórgame una poca dilacion, majestuosa Tragedia: tus obras exigen años, y las de tu rival solamente algunas horas.»

No fué sorda á mi ruego: los tiernos amores esméranse en aprovechar la próroga otorgada: he de ultimar una obra mucho más grande que me apremia.

ELEGIA SEGUNDA. ARGUMENTO.

Los juegos del Circo.

«Si me siento aquí, no es por el interés que tomo en los famosos corceles; y sin embargo, mis votos no son menos para aquel que tú favoreces. Vengo para charlar contigo, para estar á tu lado, para no dejarte ignorar todo el amor que tú me inspiras. Tú miras la corrida y yo te miro á tí. Gocemos los dos del espectáculo que nos agrada, ambos repasemos nuestras miradas holgadamente. ¡Oh, dichoso, sea quien quiera, el competidor que tú favorezcas! tiene la dicha de interesarte. Que semejante dicha me alcance; al instante me lanzaria de la barrera, abandonándome á mis impetuosos corceles. Sabria, aquí, soltarles las riendas; allá, marcar sus flancos con golpes de látigo; más lejos, estrechar el círculo dando vuelta. Pero si, en mi carrera rápida, llegara á divisarte, ¡oh! me detendria, y las riendas se me escaparian de las manos. ¡Ah! faltó poco para que Pelops no cayera en medio de la carrera de Pisa, ocupado como estaba en contemplarte, ¡bella Hippodamia! Y no obstante él debió su victoria á los votos de su señora. ¡Así pudiesen todos los amantes deber su triunfo á los votos de sus bellas!

¿Por qué tratas vanamente de alejarte de mí? la misma grada nos retiene al uno junto al otro: es una ventaja que debo á los reglamentos del Circo. Pero tú, que estás á la derecha de mi bella, sostente bien; la molestas, apoyándote sobre ella. Y vosotros que estais colocados detrás, no extendais tanto vuestras piernas; tened bastante circunspeccion para no ajar sus espaldas con vuestra ruda rodilla. Cuidado, amiga mia, tu ropa demasiado baja arrastra por tierra; levántala como voy á hacerlo yo mismo. Oh ropa, estabas celosa por cubrir tan bellas piernas; tú querias ser sola en verlas; si, tú estabas celosa. Tales eran las piernas de la lijera Atalante, que Milanion hubiera querido tocar con sus manos: tales tambien las de Diana, cuando, levantada la ropa, perseguia en las selvas los venados, menos intrépidos que ella misma. Estoy encendido por aquellas piernas que no he podido ver; ¿qué sucederá al ver las tuyas? tú vienes á añadir fuego á un brasero, y agua al mar. Juzgo, por lo que he visto, lo que pueden ser los otros atractivos tan bien cubiertos bajo tu lijera ropa.

¿Quieres tú, entretanto, que un aire agradable venga á refrescar tu rostro? esta tablilla agitada por mi mano, te dará ese placer; á menos que no sea el fuego de mi amor, más bien que el calor del aire, lo que te ahoga, y que tu corazon no arda con una placentera llama. Mientras que te hablo, una negra polvareda ha empañado el brillo de tu blanca ropa: ¡huye de encima de aquellas espaldas de nieve, polvorosa tierra! Mas vé ahí venir la corte; callad, y prestad toda vuestra atencion. Es llegado el momento de aplaudir: la brillante corte se adelanta.

En primer lugar aparece la Victoria, con las alas desplegadas. Oh diosa, seme favorable, y haz que mi amor sea vencedor. Aplaudid á Neptuno, vosotros los que tanta confianza teneis en sus ondas. Por lo que á mí toca, nada tengo de comun con el mar, y no amo mas que la tierra que habito. Tú, soldado, aplaude á tu dios Marte. Yo huyo de los combates: amo la paz y el amor al que la paz favorece. Que Febo sea propicio á los augures, Febé á los cazadores. Tú, Minerva, recibe el saludo de todos los amigos de las artes. Y vosotros, labradores, saludad á Céres y al tierno Baco. Que Pólux oiga los votos del gladiador, y Cástor los del caballero. Nosotros te aplaudimos á tí, dulce Vénus, á tí y á los Amores armados de flechas. Secunda mis esfuerzos, tierna diosa; dá otro génio á mi amante; que ella se deje amar. Con un signo de cabeza, me predice Vénus el éxito. Lo que ella me ha prometido, prométemelo tú tambien. Atiende mi súplica, y perdóneme Vénus, serás á mis ojos más grande que esta diosa. Te lo juro, y pongo en testimonio de mi juramento á todos los dioses que brillan en esa corte, tú serás siempre mi querida señora. Pero tus piernas no tienen punto de apoyo: puedes, si quieres, apoyar en medio de estos barrotes la punta de tus piés.

Ya la carrera está libre, y los grandes juegos van á empezar: el pretor acaba de dar la señal: los cuádrigas[10], se han lanzado todos á un tiempo, desde la barrera. Miro aquel por que te interesas; quien quiera que sea el que tú favoreces, saldrá vencedor. Los mismos caballos parecen adivinar tus voces. ¡Ay! qué círculo describe alrededor del mojon, desgraciado ¿qué haces? te lleva ventaja tu rival, que ha rasado de más cerca. ¿Qué haces, imprudente? Dejas inútiles los votos de la belleza. Por favor sujeta fuertemente la rienda izquierda. Nos hemos interesado por un torpe. Vamos, romanos, llamad, y dad la señal sacudiendo de todos lados vuestras togas. Hé aquí, que se le llama: pero, por miedo á que el movimiento de las togas no desordene la simetría de tu tocado, puedes ponerle al abrigo bajo la falda de la mia.

Ya la liza se abre de nuevo, la barrera está levantada, y los rivales, á quienes distingue su color, lanzan sus caballos en la arena. Esta vez al menos sé vencedor, y vuela por el espacio que se abre ante tí. Haz que mis votos, y los de mi señora se vean cumplidos. Lo son efectivamente los de mi señora y aun más los mios. Ha conquistado la palma; me resta ganar la mia.» La bella ha sonreido, y su chispeante mirada ha prometido alguna cosa. Por ahora es bastante: en otra parte darás el resto.

NOTAS AL PIE:

ELEGÍA TERCERA. ARGUMENTO.

A su amiga, que habia faltado á sus juramentos.

¿En adelante creeré que hay dioses? ¡Ella ha hecho traicion á la fé jurada, y su belleza es la misma que antes! Tan larga como era su cabellera antes que tomase por testimonio á los dioses, tan larga es hoy día en que los ha engañado.

Las rosas se mezclaban á la blancura de su color, y su tez ostenta aun el matiz de las rosas.

Tenia un pequeño pié, y su pié es aun lo que tiene de más lindo. Su talle era á la vez noble y gracioso; noble y gracioso es aun su talle. Los ojos relumbrantes que tan frecuentemente me han engañado, los ojos, semejantes á dos astros, lanzan aun los mismos fuegos.

Así los mismos dioses permiten el perjurio á las bellas, y la misma belleza es una diosa. No há mucho, no lo he olvidado, ella juraba por sus ojos y los mios; y los mios han vertido lágrimas. ¡Oh dioses! si la perfidia ha podido abusar de vosotros impunemente, decid, ¿por qué me habeis penado de su crímen? pero no temeis en hacer condenar á muerte á la hija de Cefea, para castigar en ella el orgullo de su madre. Si no es bastante que yo haya encontrado en vosotros testigos sin valor, y que ella triunfe hoy dia de haberos engañado, al mismo tiempo que á mí; ¿será menester aun que sufra yo la pena de su perjurio, que yo sea á la vez víctima y responsable de su perfidia?

Ó la divinidad no es más que un nombre sin realidad, una quimera imaginada para espantar la necia credulidad de los pueblos; ó si hay un Dios, no es favorable más que á las bellas y les dá muy exclusivamente el derecho de atreverse á todo. Solo contra nosotros se arma Marte con homicida espada; solo contra nosotros Pálas vuelve su formidable lanza. Contra nosotros solo dirije Apolo sus flechas: contra nosotros amenaza el rayo en la mano soberana de Júpiter. Los dioses no osan penar las ofensas de las bellas, y, no habiendo sabido hacerse temer, son los que las temen. ¿Y aun irán á quemar incienso en sus altares? No, los hombres deben tener más corazon.

Júpiter fulmina contra los bosques y las ciudadelas, y prohibe á su trueno alcanzar á las mujeres perjuras. En presencia de tantos culpables, la desgraciada Semelé es la sola quemada por el rayo: su complacencia es la causa de su suplicio. Si hubiera evitado la visita de su amante, el padre de Baco no hubiese sido cargado del peso que debia llevar su madre.

Mas ¿por qué estos reproches y esta guerra que hago á todo el cielo? Los dioses tienen ojos como nosotros, y como nosotros tienen corazon. Yo mismo, si fuera un dios, no me ofenderia de que una mujer engañara mi divinidad con una mentira. Atestiguaria con un juramento la verdad de los juramentos de una bella, y no pasaria por un dios uraño.

Tú, sin embargo, jóven belleza, usa más moderadamente de la proteccion de los dioses, ó al menos evita la vista de tu amante.

ELEGÍA CUARTA. ARGUMENTO.

Exhorta á un marido á no hacer vigilar tan severamente á su mujer.

Intratable esposo, tú has atado un guardian á los pasos de tu jóven compañera: ¡pena inútil! el guardian de una mujer es su virtud. Es solo casta aquella que no se vé obligada á serlo por el temor y la que es fiel á la fuerza no es verdaderamente fiel. Gracias á tu contínua vigilancia, su cuerpo ha podido quedar intacto; su corazon es adúltero. No se sabria guardar una alma á despecho de ella, y los cerrojos entonces nada valen. Por bien que cierres las entradas de tu casa, el adúltero penetrará: quien impúnemente puede cometer algunas faltas comete menos: el poder de hacer mal enfria el deseo. Cesa, créeme, de incitar al vicio prohibiéndolo: triunfarás mucho mejor por la complacencia.

Yo ví no há mucho un corcel rebelde al freno ponerse furioso y dispararse como el rayo: despues se detuvo de un golpe, desde que sintió las riendas flotar muellemente sobre su larga crin. Nosotros corremos siempre á lo que es prohibido, y deseamos lo que se nos rehusa. Así el enfermo desea el agua que le es vedada.

Argos tenia cien ojos en la cabeza y en la frente, y solo el amor supo frecuentemente engañarle. La roca y la arena componian la imperecedera torre donde Danae fue encerrada vírgen, y allí llegó á ser madre. Penélope, sin estar guardada, quedó pura en medio de tantos jóvenes adoradores.

Cuanto más cuidadosamente se guarda una cosa, más la deseamos: la vigilancia no es más que una provocacion al ladron: pocas gentes aman los placeres permitidos. No es la belleza de tu esposa, es tu amor lo que hace buscarla; se la supone no sé qué atractivos que te cautivan. Una mujer guardada por su marido, no sea virtuosa, sino que sea adúltera, y es codiciada. Los peligros que acompañan á la posesion son más preciosos que la posesion misma. Soy sedicioso, si tú quieres, yo no amo más que los placeres prohibidos. Agrádame solo aquella que puede decir: «Tengo miedo.» Y en tanto está permitido tratar como esclava á la mujer que ha nacido libre, no usamos de esta tiranía más que con las mujeres de naciones extrañas. Tú sin duda quieres que su guardian pueda decir: «Eso es gracias á mí.» ¡Ah, bien! Si tu esposa es casta, que el honor sea todo para tu esclavo.

Es ser muy tonto, ofenderse del adulterio de una esposa: es conocer muy poco las costumbres de la ciudad en donde no nacieron sin crímen Rómulo y Remo, hijos de Marte y de Ilia. ¿Por qué tomarla bella si la quieres virtuosa? virtud y belleza no sabrian ir en compañía.

Si tú haces bien, ten un poco de indulgencia, deja ese aire severo, y no hagas prevalecer tus derechos como un esposo rígido. Acepta los amigos que te dé tu esposa; ella te dará muchos; así es como se obtiene sin trabajo un gran crédito. A este precio tendrás siempre sitio en los banquetes de una juventud juguetona, y encontrarás en tu casa mil objetos que no te habrán costado nada.

ELEGÍA QUINTA. ARGUMENTO.

Sueño.

Era de noche, y el sueño habia cerrado mis fatigados ojos, cuando una vision vino á traer el terror á mi alma.

Sobre la vertiente de una colina expuesta al Mediodía, habia un bosque sagrado lleno de robles, cuyas frondosas ramas servian de abrigo á millares de aves. Más abajo se extendia un llano, revestido del más verde césped, y regado por un arroyo que allí arrastraba sus aguas con dulce susurro.

A la sombra de un frondoso roble traté de huir del calor; pero este se hacia sentir á la misma sombra de los frondosos árboles. Hé aquí que, paciendo en el césped sembrado de mil diversas flores, se ofreció á mis miradas una blanca vaquilla, una vaquilla más blanca que la nieve caida de reciente y que no ha tenido tiempo de transformarse en agua límpida; más blanca que la tremente espuma de la leche de la oveja que se acaba de ordeñar.

Junto á ella estaba un toro, su dichoso esposo. Se acostó á su lado, sobre el espeso tapíz de verdura. Así muellemente tendido, rumia lentamente la tierna yerba, y se alimenta segunda vez de su primer alimento; luego el sueño le quitó sus fuerzas, y creí verle dejar caer en tierra su cabeza armada de cuernos, no pudiendo sostenerla.

Al mismo tiempo ví una corneja, hendiendo rápidamente los aires, descender graznando, sobre el verde césped. Tres veces hundió el pico audaz en el pecho de la vaquilla, tres veces arrancó como copos de nieve. Despues de una larga resistencia, abandonó aquella el sitio y el toro; pero su blanco pecho dejaba vislumbrar una mancha negra. Desde que ella vió otros toros que pascían á lo lejos sabrosos pastos (porque efectivamente otros toros á lo lejos pascían) corrió á mezclarse entre ellos y tomar su parte de las riquezas de un suelo más fértil.

«Oh tú, intérprete de los sueños de la noche, exclamé, si el mio encierra alguna verdad, dime lo que significa.» Entonces el intérprete de los sueños de la noche, reflexionando sobre todos los detalles de mi sueño, me dió esta respuesta:

«El calor de que procuras guardarte á la sombra del follaje, y que no alcanzas evitar, es el fuego del amor. La vaquilla, es tu señora: tu señora es blanca como ella, tú eres el toro que seguia su compañía. La corneja, cuyo agudo pico se hundía en el pecho de la vaquilla, es aquel viejo pervertidor que corrompió el corazon de tu amante. La tenaz resistencia de la vaquilla que abandona en seguida á su toro, es el alejamiento de tu señora, quien no calentará de nuevo tu solitaria cama. Las manchas negras que afean el pecho del animal es el signo del adulterio que deshonra el corazon de tu bella.»

A estas palabras del intérprete, mi sangre huia de mi helado rostro, y ante mis ojos se extendia una profunda noche.

ELEGIA SEXTA. ARGUMENTO.

Á un rio que crecía de repente de una manera prodigiosa, y se oponia al paso del poeta, ansioso de llegar cerca de su señora.

Rio cuyas cañas obstruian las riberas cenagosas, vuelo cerca de mi señora: deten un momento el curso de tus aguas. Tú no tienes ni puente, ni barca, que sin remero me lleve á la otra ribera, con ayuda solamente de un cable.

No há mucho, recuerdo que eras pequeño: no he temido vadearte á pié, y la superficie de tus aguas apenas mojaba mis talones. Hoy dia, has crecido por el deshielo de las nieves de la montaña vecina, te precipitas con furia, y por tu cauce cenagoso, arrastras profundas aguas.

¿Qué ventaja me trae ser tan apresurado, haber otorgado tan poco tiempo al sueño, haber hecho de la noche dia, si es preciso que me detenga aquí, si no hay medio para mí de poner el pié en la otra ribera? ¡No tener yo en este momento las alas del héroe hijo Danae, cuando llevaba la cabeza de Medusa, erizada de mil serpientes! ¡No tener yo aquí el carro de Triptoleme, quien, el primero, enseñó á los salvajes humanos el arte de confiar á la tierra las semillas de Céres! Estos prodigios, ¡ay! jamás han existido mas que en la imaginacion de los antiguos poetas: ni se han visto, ni se verán. Pero tú, rio desbordado, (¡ojalá en recompensa sea eterna tu corriente!), vuelve otra vez á tus primeros límites. No podrás, créeme, llevar el peso del ódio público, si se sabe que tú has detenido los pasos de un amante.

Los rios deberian secundar á los jóvenes enamorados; los mismos rios han sentido lo que es el amor. El pálido Inaco se prendó, segun dicen, de los encantos de Melia, ninfa de Bithinia, y se abrasó por ella, hasta en sus frias aguas. Troya no habia aun sostenido sus diez años de sitio, oh Xantho, cuando Nerea fijó tus miradas. ¿Qué hizo recorrer á Alfeo tantos países diversos? ¿no fué su amor por una vírgen de Arcadia? Y tú, Penea, cuando Créusa estaba prometida á Xantho, tú la tenias, se dice, escondida en los campos de la Phthiótida. ¿Hablaria yo de Asopo, prendado de los encantos de la guerrera Thebe, Thebe que debia dar á luz cinco hijos? Y tú, Acheloe, si te pregunto dónde están hoy tus cuernos, me dirás con dolor que la mano de Hércules con ira los ha cortado. Esto que no lo hubiese hecho Hércules por Calydon, que no lo hubiese hecho por Etolia misma, lo hizo por la sola Dejanira. El Nilo, ese rico rio que precipitándose por siete embocaduras, tan bien oculta el orígen de sus fecundas aguas, dicen que no pudo en sus profundos atolladeros, matar la llama que le consumia por Evadna, hija de Asopo. Enipea, para poder abrazar á la hija de Salmoneo sin inundarla, Enipea ordenó á sus aguas retirarse, y á su vez las aguas se retiraron. No te olvidaré tampoco, á tí que, huyendo á través de las rocas que has socavado, riegas con tus aguas espumosas los campos del argeo Tíber; ni á tí á quien agradó Ilia, toda descuidada como estaba en su compostura, después de haberse arrancado los cabellos y golpeado el rostro con sus uñas. Llorando el sacrilegio de su tio y el atentado de Marte, vagaba ella, con los piés desnudos, en los caminos solitarios. Del seno de sus rápidas ondas, el rio generoso la descubrió, y levantando la cabeza por encima de las olas, le dijo una voz sonora: «¿Por qué vagar en mis riberas, con un aire inquieto, Ilia, descendiente de la sangre del Ideo Laomedonte? ¿Qué has hecho de tus adornos? ¿dónde dirijes tus pasos solitarios? ¿por qué la blanca cintilla no retiene tus desordenados cabellos? ¿por qué llorar y ajar con esas lágrimas el brillo de tus ojos? ¿por qué, en tu delirio, te golpeas así el pecho? Tiene un corazon de roca ó bronce, quien puede ver, sin conmoverse, un rostro encantador regado por las lágrimas. Ilia, cesa de temer; mi palacio estará abierto para tí: mis ondas te protejerán: Ilia, cesa de temer. En medio de más de cien ninfas, tú sola serás reina; porque más de cien ninfas habitan en el fondo de mis aguas. No me desdeñes, es todo lo que te pido, ilustre vástago de Troya. Mis presentes serán superiores á mis promesas.»

Así habia dicho; é Ilia, con los ojos dirigidos humildemente hácia tierra, bañaba con lágrimas su conmovido seno. Tres veces trató de huir; tres veces se detuvo en el borde de las profundas aguas, el temor le quitó la fuerza para correr. Por último, sin embargo, arrancándose los cabellos con mano enemiga, dejó escapar de su boca balbuciente estas lamentables palabras: «¡Oh! pluguiese al cielo que mis huesos hubiesen sido recogidos y encerrados en el sepulcro de mi familia, cuando eran aun los de una vírgen! ¿Por qué invitarme al himeneo, á mí, vestal ayer, hija infame hoy dia, indigna en adelante de velar el fuego sagrado de Ilion? ¿Qué espero aun? Ya se me señala con el dedo como á una adúltera. ¡Perezca conmigo el pudor que no me permite levantar los ojos sin sonrojarme!» Dijo, y cubriendo con su ropa sus hermosos ojos llenos de lágrimas, se precipitó desesperadamente en medio de las olas. El rio, dicen, la sostuvo, llevando amorosamente la mano bajo su pecho, y la admitió en su lecho, como á esposa.

Tú mismo, es probable que te hayas tambien consumido por alguna bella: pero los bosques, las selvas, están allá para ocultar tus crímenes. Mientras que hablo, tus olas van engrosando siempre, y tu lecho, tan largo como es, no basta para contener las aguas que á él afluyen de todas partes. ¿Qué he de disputar contigo, rio furioso? ¿Por qué diferir los placeres de dos amantes? ¿Por qué detenerme tan brutalmente en medio de mi camino? Si á lo menos tú corrieras, no debiendo más que á tí tus olas orgullosas, y envanecido de un nombre conocido por el universo entero. Un nombre... tú no tienes: tus ondas, las debes á miserables arroyos. Tú no has tenido nunca ni orígen, ni morada cierta. Tu orígen, en tí, son las lluvias y las nieves derretidas; riquezas que debes al perezoso invierno. O llevas espumosas aguas durante la estacion de las escarchas, ó tu lecho no es durante el estío más que un sulco ávido y pútrido. ¿Qué viajero ha podido entonces encontrar en él jamás bastante agua para extinguir su sed, y decirte en su reconocimiento: «¡Sea eterno tu curso!»

Tu curso es funesto á los rebaños, más funesto aun á los campos. Otros, quizá, serán sensibles á estos males: yo no lo soy más que á los que sufro. ¡Qué insensato soy! ¡Le he contado los amores de los rios! Tengo vergüenza de haber pronunciado tan grandes nombres delante de un tan pobre arroyo. ¿En qué pensaba yo, pues, al citar delante de él los nombres de Acheloon é Inaco y el tuyo, Nilo de dilatadas ondas?

¡Pero tú, torrente cenagoso, bien lo mereces, ojalá no veas más que estíos abrasadores é inviernos siempre secos!

ELEGIA SÉPTIMA. ARGUMENTO.

Contra él mismo, por haber caido en falta con su querida.

Pero esta muchacha no es bella, ni atractiva. ¡Por eso no ha sido pues bastante largo tiempo el objeto de mis deseos! ¡Oh vergüenza! la he tenido en mis brazos, perdiendo el tiempo: en su lecho me he quedado, como una masa inerte, sin fuerza y sin accion. A pesar de todos mis deseos, á pesar de los deseos de mi bella, no he podido despertar mi extenuado órgano del placer. Ella tuvo cuidado en pasar con tiento al rededor de mi cuello sus brazos de marfil, más blancos que la nieve de Tracia; ella tuvo cuidado en luchar su lengua amorosa contra la mia ávida, y meter bajo mi muslo su muslo lascivo; por más que me prodigaba los nombres más tiernos, me llamaba su vencedor, añadia todo lo que se repite en semejante caso para excitar la pasion, mi órgano adormecido, como si hubiera sido frotado con la fria cicuta, no supo llenar su deber. Quedé como un tronco sin vigor, como una estátua, como una masa inútil, al punto que ella ha podido dudar si yo era un cuerpo ó una sombra.

¿Qué haré cuando viejo, suponiendo que llegue, si mi juventud cae en tal defecto? ¡ay! tengo vergüenza de mi edad: soy jóven, soy hombre, y no he podido probar á mi señora que soy jóven, que soy hombre. Ella ha abandonado su lecho como la piadosa sacerdotisa que vela por la conservacion del fuego eterno de Vesta, tal cual una casta hermana abandonando á un hermano querido. Poco antes, sin embargo, dos veces pagaba mi débito con la rubia Chie, tres veces con la blanca Pitho, tres veces tambien con Libas; y, acosado por Corina, en una corta noche, nueve veces, recuerdo, tengo librado el combate.

¿Es la virtud mágica de un veneno Thessálico el que embota hoy dia mis miembros? ¿es un encantamiento, una yerba venenosa, lo que me reduce á un tan triste estado? ¿ó bien una hechicera habrá grabado mi nombre sobre la cera roja, y me habrá hundido una aguja en el hígado? Los tesoros de Céres, golpeados por un encantamiento, no son más que una yerba estéril; golpeados por un encantamiento los manantiales de agua viva se secaron; bajo el peso de un encantamiento la bellota se desune del roble, el racimo cae de la viña, y los frutos abandonan el árbol sin que se les sacuda. ¿Quién niega que el arte mágico paralice tambien los nervios? Quizá á él debo haber sido de hielo. A esto añadid la vergüenza; la misma vergüenza me quitaba mis medios; ella fué la segunda causa de mi impotencia.

¡Qué belleza, en tanto, se ofrecia á mis miradas, á mis tocamientos! Porque la toqué como la túnica que la cubre. El rey de Pilos, á este dulce contacto, habria podido rejuvenecer, y Tithon se sentiria con fuerzas superiores de su edad. Encontré en ella una mujer: ella no encontró en mí un hombre. ¿A qué nuevos votos, á qué súplica recurrir hoy dia? Sin duda despues del vergonzoso uso que tengo hecho, los dioses están arrepentidos de haberme otorgado un tan raro presente. Me deshacia por ser admitido cerca de aquella bella; y he sido admitido; por darla besos, y se los he dado; por obtener todos sus favores, y los he obtenido. ¿De qué me ha servido ser tan dichoso? ¿De ser rey sin reinar? ¡Avaro en medio de las riquezas, no he tenido de tantos tesoros más que la posesion y no el goce! Así abrasa de sed, en medio de las aguas, al indiscreto Tántalo; así vé al rededor suyo frutos que no obtendrá jamás; así el marido deja en la madrugada á su cariñosa esposa, para aproximarse santamente al altar de los dioses.

Pero quizá ella no me ha prodigado sus más dulces y ardientes besos; quizá ella no lo ha puesto todo en obra para estimularme. Los más robustos robles, el diamante más duro, los más escabrosos peñascos, hubiese podido ella animarlos con sus caricias. Hubiese podido mover todo sér dotado de vida, todo lo que es hombre; pero entonces yo no era un sér vivo, ni un hombre. ¿Qué placer producirian á un sordo los cantos de Femio? ¿qué placer causaria un cuadro al desgraciado Thamyras?

¡Qué deleites, empero, no me tenia yo prometidos en secreto! ¡qué série de placeres, qué variedad de goces no habia imaginado! y mis miembros, ¡oh vergüenza! han quedado como muertos, más lánguidos que la rosa cogida de la víspera. Al presente hé ahí que intempestivamente se reaccionan y vuelven á la vida; hélos ahí que piden obrar y prestar de nuevo su servicio. ¿No quedas confundida de vergüenza, oh parte la más vil de mí mismo? así es como he sido juguete de tus promesas. Por tí mi señora ha sido engañada, por tí me encuentro caido en falta, por tí he probado la más sensible afrenta, el más grave daño.

Y no obstante mi bella no desdeñó aguijonear con su mano delicada; pero, viendo que todo su arte no puede nada, que el órgano, olvidando su antigua arrogancia, se obstina en recaer impotente sobre sí mismo. «¿Por qué, dice ella, te burlas de mí? ¿Quién te forzaba, insensato, á venir, á pesar tuyo, á acostarte en mi cama? ó bien un mágico de Ea, con su aguja y su lana, te ha hechizado: ó tú vienes enervado de los brazos de otra.»

Al instante se arrojó de la cama, apenas vestida con su túnica lijera, y no titubeó en escaparse con los piés desnudos; y no queriendo que sus camareras dudaran de si salia intacta del combate, tomó agua, para disimular la afrenta.

ELEGIA OCTAVA. ARGUMENTO.

A su señora, que habia preferido un amante más rico que Ovidio.

¿Y quién contará ahora con las bellas artes para cosa alguna? ¿Quién otorgará algun valor á tiernos versos? El génio era en otro tiempo más precioso que el oro: hoy dia es más bárbaro que el no tener nada. Mis libros han tenido la dicha de gustar á mi señora: la ventaja de ser admitidos cerca de la misma han tenido ellos; yo no la tengo. Despues de haber prodigado elogios al poeta, ella le tiene, á pesar de estos elogios, cerrada su puerta. Con todo el ingenio que se me concede, se me deja, confuso, vagar á la ventura. Vese un rico advenedizo que debe su fortuna á sus heridas, y su título de caballero á la sangre de que está mantenido, y se le antepone á mí.

¿Puedes, insensata, abrazarle con tus bellos brazos? ¿Puedes, insensata, echarte en los suyos? si tú lo ignoras, un casco cubria no mucho esa cabeza; una espada pendía de ese costado que te es tan adicto. Su mano izquierda, en la cual sienta mal ese anillo de oro, ha llevado un escudo: toca su mano derecha, está bañada en sangre. Esa mano homicida ¿puedes bien tocarla? ¿Qué se ha hecho ¡ay! la ternura de tu corazon? Cuenta aquellas cicatrices, señales de sus antiguos combates: cuanto posee lo ha adquirido con el precio de su sangre. ¡Quizá te cuente cuántos hombres ha degollado; y tú, avara, tocas manos tan crueles! ¡Y yo, sacerdote inocente de Apolo y de las Musas, dirijo inútilmente versos á tu inflexible puerta!

Aprended, vosotros que sois sábios, no á saber lo que nosotros sabemos para nuestro mal, sino á seguir los ejércitos tumultuosos y el curso de los combates. En lugar de ser un poeta de génio, sed primer centurion. Con este título solamente, podrias, si quisieses, Homero, obtener los favores de la belleza. Júpiter que sabia que nada es tan poderoso como el oro, fué bajo la forma del mismo el precio de una vírgen seducida. En tanto que no dió nada, encontró un padre intratable, una hija inflexible, puertas de hierro, una torre de metal; pero cuando el seductor, mejor enterado, se mostró bajo la forma de un presente, la bella descubrió su seno, é invitada á someterse, se sometió.

En otro caso se encontraba bajo el reinado del viejo Saturno: todos los metales estaban profundamente sepultados en las entrañas de la tierra; el cobre como la plata, y el oro como el hierro, tocaban al imperio de los Manes; no se veian tesoros amontonados; pero los que daba la tierra eran más preciosos; habian ricas mieses sin cultivar, frutos en abundancia y miel pura depositada en los huecos de los robles. Nadie se fatigaba en surcar los campos con el arado: no habia agrimensor que viniese allí á trazar los lindes: no habia remeros que azotasen las embravecidas olas del mar: sus riberas eran para los mortales, los limites intransitables del mundo.

¡Oh hombre! contra tí has vuelto tu industria; has sido demasiado ingenioso para crearte mil males. ¿Qué has ganado en cercar las ciudades de murallas y torres? ¿Qué has ganado en armar la una contra la otra, enemigas manos? Dí, ¿qué tenias que debatir con el mar? la tierra podia bastarte. El cielo es un tercer reino por conquistar. ¿Por qué no lo atacas? ¿Qué digo? tú aspiras tanto cuanto de tí pende, á alcanzarlo. Quirino, Baco, Alcides y César tras ellos, tienen cada uno su templo.

Nosotros cavamos la tierra para sacar el oro macizo en lugar de mieses. El soldado posee los tesoros adquiridos al precio de su sangre. El Senado está cerrado para los pobres; la riqueza dá los honores. Ella es tambien la que dá tanta gravedad al juez, tanta arrogancia al caballero. ¡En hora buena que solo ellos lo posean todo; que dispongan como soberanos del campo de Marte y del Foro; que guarden para sí el derecho de decidir la paz ó la guerra! A lo menos su concupiscencia no llegue hasta el extremo de arrebatarnos nuestros amores. Todo lo que se les pide, es que permitan á los pobres tener alguna cosa.

Pero hoy dia una mujer, aunque fuese tan inflexible como las Sabinas, es tratada como pais conquistado por cualquiera que está en el caso de dar mucho. El guardian de la bella me rechaza; ella misma teme por mí á su marido. Si enseño oro, ya no hay guardian, ya no hay marido en toda la casa. ¡Oh! si existe un Dios vengador de las afrentas del amante, que reduzca á polvo riquezas tan mal adquiridas!

ELEGIA NOVENA. ARGUMENTO.

Sobre la muerte de Tíbulo.

Si la madre de Memnon, si la madre de Aquiles han llorado la muerte de sus hijos; si las más grandes diosas no son insensibles á los golpes de la suerte, tú tambien, plañidera Elegía, deja caer tus cabellos en desórden. Tu nombre, ¡ay! no te convendrá nunca mejor que en este momento.

Este poeta que tú inspirabas y que fue tu gloria, Tíbulo, no es más que un cuerpo sin vida, que la llama de la pira vá á consumir. Mira, el hijo de Venus lleva su carcax derribado, los restos de su arco y sus hachas apagadas. Ved cómo marcha triste con las alas caidas; cómo hiere con su mano cruel su desnudo pecho. Sus lágrimas se derraman sobre los cabellos esparcidos que flotan sobre su cuello; su boca deja oir sollozos entrecortados. Tal, para asistir á los funerales de su hermano Eneas, salió de tu palacio, encantadora Jule. La misma Vénus no se conmovió menos por la muerte de Tíbulo que por la de su jóven amante, cuando le vió desgarrado por un feroz jabalí.

Y no obstante, á los poetas, se nos llama séres sagrados, favoritos de los dioses. No falta quien nos mira como si hubiera en nosotros algo divino. Mas ¡ay! la despiadada muerte profana todo lo sagrado, á todos alcanza su invisible mano. ¿Qué sirvieron á Orfeo el Ismario, ni su padre ni su madre? ¿Qué le sirvió haber domado y hecho sensibles á sus cantos los animales más feroces? Lino debia la vida al mismo padre, y Lino fue, dicen, llorado sobre la lyra en lo más retirado de las selvas. Añadid al cantor de Meonia, ese manantial inagotable donde vienen á beber y á inspirarse los poetas. Tambien ha tenido su último dia, que le ha precipitado al fondo del negro Averno. Solo los versos escapan á la llama de la ávida pira. La obra del poeta es imperecedera: siempre se hablará del sitio de Ilion y de aquella tela famosa, que, gracias á una astucia nocturna, duró tan largo tiempo sin concluir. Así el nombre de Némesis, así el nombre de Delia será eterno: la una, última amante de Tíbulo, y la otra, su primer amor.

¿De qué os sirven los sacrificios ofrecidos á los dioses? ¿De qué os sirven los sistros[11] de los egipcios? ¿De qué os sirve no haber admitido á nadie en vuestra cama? Cuando veo á los más virtuosos arrastrados por un destino cruel, perdonadme esta idea, estoy tentado de creer que no existen dioses. Vivid piadosamente; á pesar de vuestra piedad, morireis; honrad la religion; la despiadada muerte os arrancará de los templos, tan religiosos como sois, para precipitaros en el sepulcro. Contad con vuestro génio poético; hé ahi á Tíbulo muerto: de un tan grande poeta, apenas queda con qué llenar la más pequeña urna.

¡Qué! ¡es á tí, poeta sagrado, á quien acaba de consumir la llama de la pira, y no teme alimentarse de tus entrañas! Habrá podido consumir los templos dorados de los más augustos dioses esa llama que fue para tí tan culpable. La diosa del monte Erycis desvió sus miradas; tambien dicen que ella no pudo retener sus lágrimas.

Y sin embargo, la suerte del poeta era menos de lamentar que si, muerto en el pais de los Feacianos, hubiese sido enterrado sin honor y sin nombre. Aquí al menos una madre ha cerrado sus ojos cubiertos de las sombras de la muerte, y llevado sus últimos dones á las cenizas de su hijo. Aquí al menos una hermana ha partido el dolor de su desgraciada madre, y, agarrándose los cabellos, ha venido á llorar junto á él. Némesis y Delia han dado ambas á tus lábios un último beso, y no han dejado un instante tu pira abandonada. Delia decia alejándose: «Yo soy la que ha hecho tu amor más dichosa: tú vivias cuando yo era el objeto de tu llama.»«—¿Qué dices tú? replica Némesis. ¿Te toca llorar la pérdida que yo he experimentado? Á mí es á quien al morir ha estrechado la mano con la suya desfallecida.»

Si no obstante queda de nosotros alguna otra cosa que un nombre y una sombra, Tíbulo habitará en los risueños valles de Elíseo. Ven á su encuentro, con la frente coronada de yedra, ven aquí con tu querido Calvo, jóven y docto Catulo. Y tú tambien, si te acusan injustamente de haber ofendido á un amigo, ven aquí, Galo, pródigo de tu sangre y de tu vida.

Vé ahí las sombras que deben juntarse á la tuya, si todavía la sombra de un cuerpo es alguna cosa; porque á sus cantos de amor tú has unido los tuyos, elegante Tíbulo. ¡Que tus huesos descansen tranquilos y á salvo en la urna! ¡Que la tierra sea lijera á tu ceniza!

NOTAS AL PIE:

ELEGIA DÉCIMA. ARGUMENTO.

A Céres: se lamenta de que no le sea permitido asistir á sus misterios con su señora.

Vé aquí el aniversario de las fiestas de Céres; la jóven bella reposa sola en su lecho no dividido. Rubia Céres, cuya fina cabellera es coronada de espigas, ¿por qué, pues, el dia de tu fiesta, nos privas tú el placer? Sin embargo, oh diosa, las naciones hablan de tu munificencia, y ninguna otra divinidad es más propicia á los mortales.

Antes de tí, los groseros habitantes de los campos no cocian pan, y el área era un nombre desconocido entre ellos. Pero los robles, primeros oráculos, producian la bellota: la bellota y la yerba tierna eran todo el alimento de los mortales. Céres, la primera, les enseñó á confiar á la tierra el grano que debia allí multiplicarse, y á segar con la hoz las espigas doradas; la primera que forzó á los toros á llevar el yugo, y partió, con el corvo diente del arado, la tierra largo tiempo ociosa. ¿Quién podria creer, después de esto, que quiera ver correr las lágrimas de los amantes, y ser honrada con sus tormentos y su continencia? Ciertamente que para gozar la vida activa de los campos no tiene aspereza, y su corazon no está cerrado al amor. Tomo por testigo á los cretenses, y todo no es pura fábula en esta Creta tan ufana por haber alimentado á Júpiter. Allí se crió el soberano del imperio celeste: allí mamó con infantiles lábios una leche bienhechora. Los testigos son aquí dignos de fé: su hijo de leche es el que garantiza su veracidad, y Céres convendrá, segun creo, en una debilidad muy conocida.

La diosa habia visto, al pié del monte Ida, al jóven Yasio, cuya mano segura cazaba las bestias feroces. Ella lo vió, y de pronto un fuego secreto se introdujo en sus venas delicadas. De un lado el pudor, y de otro el amor se disputaban su corazon; el amor triunfó del pudor. Desde entonces hubiéseis visto secarse los surcos; y la tierra apenas dió tantos granos como se la habian confiado. Despues de haber, con ayuda de azadas, revuelto bien sus campos, y abierto, con la reja del arado, el regazo rebelde de la tierra; despues de haberla en todas partes igualmente sembrado el confiado labrador veia defraudados sus deseos.

La diosa que preside á las mieses vivia retirada en lo más espeso de las selvas. Las coronas de espigas se habian desprendido de su larga cabellera. La Creta sola tuvo un año fértil y cosechas abundantes. Todos los lugares por donde la diosa habia pasado, estaban cubiertos de mieses. La misma Ida habia visto sus bosques llenarse de espigas amarillentas, y el feroz jabalí se alimentaba de trigo. El legislador Minos deseó muchos años semejantes; deseó que el amor de Céres fuese de larga duracion.

La pena que tú hubieras experimentado, rubia diosa, si te hubiese sido preciso descansar lejos de tu amante, estoy precisado á sufrirla en este dia consagrado á tus misterios. ¿Por qué es necesario que esté triste, cuando tú has vuelto á encontrar á una hija, á una reina que no es inferior á Juno más que por el capricho de la suerte? Los dias festivos invitan á la voluptuosidad, á los cantos y á los festines: tales son los presentes que conviene ofrecer á los dioses señores del universo.

ELEGIA UNDÉCIMA. ARGUMENTO.

Cansado en fin de los numerosos desprecios de su señora, el poeta hace aquí el juramento de no volver á amar.

Mucho y por mucho tiempo he sufrido: tu perfidia ha puesto á prueba mi paciencia. ¡Huye de mi fatigado corazon, vergonzoso amor! Esto es hecho, me he sustraido al yugo, y he quebrantado mis cadenas: estos hierros que llevé sin vergüenza, tengo vergüenza al presente de haberlos llevado. Triunfo y pisoteo al Amor vencido. Es muy tarde, es verdad, que el bochorno me sube á la cara. ¡Vamos, valor y energía! Estos males tendrán un dia su recompensa. Los enfermos han debido frecuentemente su curacion á los venenos más amargos.

¡Qué! ¡yo he podido, yo, despues de tantas humillaciones, olvidarme hasta el punto de dormir en el suelo de tu puerta! ¡Qué! ¡yo he podido, yo, para no sé cuál amante que tú estrechabas entre tus brazos, hacerme, como un esclavo, el guardian de la casa que me estaba cerrada! Yo mismo lo he visto salir fatigado de tu casa, con el paso de un veterano gastado por el servicio. Aun he sufrido menos de verlo que de ser visto. ¡Ojalá semejante afrenta sea reservada para mis enemigos!

¿Cuándo has paseado tú sin encontrarme á tu lado, á mí, tu guardian, á mí, tu amante, á mí, tu inseparable compañero? mucho agradabas á las gentes, acompañada por mí; y mi amor te ha valido buen número de amantes. ¿Por qué recordaré los vergonzosos engaños de tu mentirosa lengua, y los dioses testigos de tantos juramentos violados para perderme? ¿Por qué diré aquellas señas de inteligencia, dirigidas durante la corrida, á jóvenes amantes, y aquellos términos convencionales para disfrazar el sentido de nuestras palabras? Un dia se me dijo que ella estaba enferma: yo corro á su casa enteramente perdido, enteramente fuera de mí; llego y no estaba enferma para mi rival.

Vé ahí, sin hablar de otras muchas, las afrentas que he tenido que sufrir frecuentemente. Busca hoy dia otro que pueda soportarlas en mi lugar. Ya mi popa, adornada de una corona votiva, vé, sin conmoverse, el fracaso de las olas que se levantan tras ella. Basta de caricias y de palabras otras veces poderosas: es trabajo perdido: no soy tan loco como lo fuí. Siento luchar en mi corazon, muy lijero y diversamente agitado, el amor á la vez y el ódio: y si no me engaño es el amor quien le enoja. Yo aborreceré, si puedo; si no yo amaré únicamente mi defendido cuerpo. El toro tampoco ama el yugo: lo aborrece y sin embargo lo lleva.

Huyo de su perfidia: su belleza es la que vuelve mis pasos hácia atrás. Aborrezco los vicios de su alma; amo los hechizos de su cuerpo. Así yo no puedo vivir ni sin tí, ni contigo; y yo mismo no sé lo que deseo. Yo querria que tú fueses ó menos bella ó menos pérfida. Tantos hechizos se aunan mal con tanta perversidad. Tu conducta escita el ódio, tu belleza encomienda al amor. ¡Desgraciado soy! sus atractivos pueden más que sus defectos.

Perdóname, yo te conjuro por los derechos de aquella cama que nos fué comun, por todos los dioses (¡pudiesen frecuentemente dejarse engañar por tí!), por tu semblante que adoro como una divinidad poderosa, por tus ojos que han cautivado los mios: como sea, siempre serás mi amiga. Escoje solamente si quieres que te ame por gusto ó por fuerza. ¡Ah! despleguemos cuanto antes las velas y aprovechemos los vientos favorables; porque á pesar de mis esfuerzos, no me veria yo menos obligado á amar.

ELEGIA DUODÉCIMA. ARGUMENTO.

Siente que sus escritos hayan dado demasiado á conocer á su bella.

Decidme, lúgubres aves, ¿qué dia fué aquel en que no me augurásteis sino amores desgraciados? ¿Qué astro supondré sea hostil á mis deseos? ¿Qué dioses debo acusar de hacerme la guerra? Aquella que no há mucho se llamaba toda mia; aquella de quien fuí el primero y solo amante, temo no poseerla sino con mil rivales.

¿Me engañé? ¿O es que mis escritos no la han hecho demasiado conocer? Ella era toda mia; mi genio poético ha hecho de ella una cortesana. Y yo lo he merecido: ¿tenia yo necesidad, en efecto, de preconizar su belleza? si ella se vende hoy, la falta es mia. Por mi mediacion ella agrada: soy yo quien le trae amantes; mis propias manos le abren la puerta. ¿Son útiles los versos? esta es una cuestion: ciertamente ellos me han sido siempre funestos; son los que han atraido sobre mi tesoro las miradas de la envidia.

Cuando yo podia cantar á Thebas, Troya ó los altos hechos de César, solo Corina encendió mi genio. ¡Ojalá las Musas hubiesen sido rebeldes á mis primeros esfuerzos, y Febo me hubiese abandonado en medio de mi carrera! Y sin embargo, como es costumbre tomar por testigos á los poetas, que hubiese preferido que la medida hubiera faltado á mis versos.

Nosotros somos los que hemos mostrado á Scyla, arrancando á su anciano padre el cabello fatal, condenada á ver salir de sus entrañas perros furiosos. Somos nosotros quienes hemos puesto alas á los piés, y dado serpientes á la cabellera. A nosotros debe el victorioso pequeño hijo de Abas el hendir los aires sobre un caballo alado. Nosotros hemos dado á Tityo su prodigiosa grandeza, y á Cerbero sus tres bocas y su crin de serpientes. Encélada ha recibido de nosotros mil brazos para lanzar sus dardos, y por nosotros un jóven májico somete los héroes á sus encantamientos. Nosotros hemos cerrado los vientos eólicos en los odres del rey de Itaca; gracias á nosotros el indiscreto Tántalo padece sed en el seno mismo de las aguas; Nicole se cámbia en peñasco, y una jóven vírgen en osa; gracias á nosotros el ave de Cécrops canta el Odrysio Itys; Júpiter se transforma en ave ó en oro; ó, convertido en toro, hiende las ondas, llevando sobre su espinazo una vírgen tímida. ¿A qué recordar no solo á Protea, sino aquellos dientes de donde nacieron los Tebanos? ¿Diré que fué de los toros que vomitaban llamas? ¿ó que lágrimas de ámbar corrieron de los ojos de tus hermanas, desgraciado Faeton? ¿que embarcaciones han sido cambiadas en diosas del mar? ¿que el sol retrocedió de horror, por miedo de alumbrar el horrible festín de Atrea? ¿que los más duros peñascos fueron sensibles á los acordes de una lira?

El vuelo del fecundo genio de los poetas no conoce límites; no se sujeta á la fidelidad de la historia. Tambien se hubieran debido mirar como falsas las alabanzas que daba á mi señora: vuestra credulidad es hoy dia la causa de mi desdicha.

ELEGÍA DÉCIMOTERCIA. ARGUMENTO.

Fiesta de Juno.

Siendo mi mujer originaria del fértil pais de los Faliscos, hemos visto aquellos muros en otro tiempo vencidos por tí, ilustre Camilo. Las sacerdotisas de la casta Juno se disponian á celebrar su fiesta con juegos solemnes y con el sacrificio de una vaquilla indígena. Poderoso motivo para mí de detenerme; yo queria ver aquella ceremonia, aunque no se llega al lugar en que se hace, más que por un camino montuoso y difícil.

Es un antiguo bosque sagrado, cuya espesura le hace impenetrable al dia; no es menester más que verle para reconocer que una divinidad reside allí. Un altar recibia las súplicas y el incienso ofrecido por la piedad, un altar hecho sin arte por las manos de nuestros antepasados. Allí es de donde á los primeros acentos de la trompeta cada año el cortejo de Juno parte y avanza por los caminos tapizados. Conduce, en medio de los aplausos del pueblo, blancas vaquillas alimentadas con los crasos pastos de Falisca, jóvenes becerros cuya frente no está aun armada ni amenazante, el humilde puerco, víctima más modesta, y el jefe del rebaño con la cabeza dura y adornada de cuernos encorvados. Solo la cabra es odiosa á la potente diosa, despues que en un bosque espeso descubrió la presencia de Juno, y la obligó á detenerse en su huida. Además los niños, hoy dia aun, persiguen con sus flechas á la cabra indiscreta, y el primero que la ha herido la obtiene en premio de su destreza.

En todas partes por que la diosa debe pasar, tiernos muchachos y vírgenes tímidas cubren de tapiz los verdes caminos. El oro y las pedrerías brillan en los cabellos de las jóvenes, y una ropa magnífica desciende hasta caer sobre sus piés donde brilla el oro. A la manera de los griegos, sus padres, marchan vestidas de blanco, y llevan sobre su cabeza los objetos del culto confiados á sus cuidados. El pueblo guarda silencio durante la marcha del brillante cortejo. En fin, á continuacion de las sacerdotisas aparece la misma diosa.

La fisonomía de este espectáculo es enteramente griega. Despues del asesinato de Agamemnon, Haleso no pensó más que en huir del teatro del crímen y de los ricos dominios de sus padres. Despues de arriesgadas carreras por tierra y por mar, edificó, bajo felices auspicios, una ciudad rodeada de altas murallas. De él han aprendido los Faliscos á celebrar las fiestas de Juno. ¡Que ellas me sean siempre favorables! ¡que ellas lo sean siempre á su pueblo!

ELEGIA DÉCIMOCUARTA. ARGUMENTO.

A su señora.

Yo no te prohibo, bella como eres, tener algunas debilidades; lo que yo no quiero, es el dolor y la necesidad para mí de saberlas. No, yo no exijo censor rígido, que seas casta y púdica; lo que yo te pido es que procures parecerlo. No es culpable la que puede negar el hecho que se le imputa; la confesion que hace es la que la deshonra. ¿Qué manía es esa, de revelar cada mañana los secretos de la noche, y proclamar á la luz del dia lo que no haces más que en la sombra?

La cortesana antes de abandonarse al primero que llega, tiene cuidado de poner entre ella y el público una puerta bien cerrada. ¡Y tú, tú divulgas en todas partes tus vergonzosos extravíos, orgullosa de ser á la vez la delatora y la culpable! Sé en adelante más casta, ó al menos imita á las mujeres púdicas. Que yo te crea honesta aunque no lo seas. Culpable ayer, sé culpable hoy; pero no lo confieses, y no te avergüences en público de hablar un lenguaje modesto.

Un apartado retiro provoca el desarreglo; que sea el solo teatro de todos tus placeres, desterrado de allí el pudor. Pero desde que salgas, no conserves nada de la cortesana, y en tu lecho queden sepultados tus crímenes. Allí, no te ruborices de quitarle la túnica y sostener otro muslo apoyado sobre el tuyo. Allí, recibe hasta el fondo de tu encarnada boca una lengua amorosa, y que para tí el amor invente mil especies de voluptuosidades. Allí ninguna tregua á los dulces coloquios, á las palabras halagüeñas, y que tu cama cruja con los vivos apretones del placer. Toma en seguida, con tus vestidos, la modesta postura de una virgen tímida, y que el pudor de tu frente niegue la lascivia de tu conducta. Engaña al público, engáñame; pero permite al menos que yo lo ignore, y déjame gozar de mi tonta credulidad.

¿Por qué delante de mí, tantos billetes enviados y recibidos? ¿Por qué tu lecho está batanado á la vez por todos lados? ¿Por qué veo sobre tus hombros tus cabellos en un desórden que no ha causado el sueño, y sobre tu cuello la marca de un diente? No te falta más que hacerme testigo ocular de tu vida licenciosa. ¡Oh! si tú te cuidas poco de atender á tu reputacion, cuídate de mí al menos. Mi alma me abandona, y me siento morir todas las veces que tú te reconoces culpable; y en mis venas corre una sangre helada. Entonces amo, entonces me esfuerzo en vano en aborrecer lo que me veo forzado á amar; entonces yo quisiera morir, pero contigo.

No haré yo ninguna averiguacion; no insistiré, desde que te vea pronta á negar: tu denegacion solo equivaldrá á inocencia. Si no obstante llegara yo á sorprenderte en flagrante delito, si mis ojos hubieran de ser un dia testigos de tu vergüenza, lo que yo hubiera visto demasiado bien, niega que lo haya visto, y mis ojos tendrán menos autoridad que tus palabras. Así te será fácil vencer á un enemigo que no pide más que ser vencido. Que solamente tu lengua se acuerde de decir: «No soy culpable.» Cuando puedes tan fácilmente triunfar con estas dos palabras, triunfa, si no por la bondad de tu causa, al menos por la indulgencia de tu juez.

ELEGÍA DÉCIMOQUINTA. ARGUMENTO.

Dice adios á su Musa lasciva, para seguir otra más severa.

Busca un nuevo poeta, madre de los tiernos Amores; yo no tengo más que tocar la meta de mi carrera elegíaca. Estos cantos que he compuesto, yo, hijo de los campos pelignos, han hecho mis delicias y mi nombradía. Si este honor es alguna cosa, yo he heredado, del primero como del último de mis antepasados, el título de caballero, y no lo debo al tumulto de las armas. Mántua está envanecido de Virgilio, Verona de Catulo: se me llamará á mí, la gloria del pueblo Peligno, de este pueblo cuyo amor por la libertad le impuso el santo deber de combatir, en la época en que Roma inquieta tembló delante de las armas reunidas para su ruina. Un dia, viendo la pantanosa Sulmona encerrada en el estrecho circuito de sus muros, el viajero exclamará: «Villa que has sido cuna de tal poeta, tan pequeña como eres, te proclamo grande.»

Amable niño, y tú, Vénus, madre de este amable niño, arrancad de mi campo vuestros dorados estandartes. El dios cuya frente está armada de cuernos, Baco, agitando cerca de mí su temible tirso, me apresura á lanzar los corceles vigorosos en una más vasta carrera. Vosotras, delicadas elegías, y tú, Musa lijera, adios: mi obra me sobrevivirá.

FIN.

Notes in this chapter

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