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Amores

LIBRO PRIMERO.

Reading edition

ELEGIA PRIMERA. ARGUMENTO.

Por qué el poeta pasa de los versos heróicos á los eróticos.

Las armas y las encarnizadas batallas me preparaba á cantar en forma heróica. Los versos eran todos de igual medida, pero dicen que se echó á reir Cupido y acortó un pié. ¿Quién, niño cruel, te ha dado tal derecho sobre la poesía? De las musas, y no tuyo, somos cortejo los vates. ¿Qué se diria si Vénus se cubriese con las armas de Minerva ó si esta atizase tu hacha para avivar su llama? ¿Quién hallaria conforme que Céres reinase en las frondosas selvas y la vírgen del Carcax presidiese el cultivo de los campos? ¿Apolo, el de los rubios cabellos, será armado de aguda lanza mientras que Marte hará vibrar las cuerdas de la lira Aonia? Demasiado grande y demasiado poderoso, ¡oh muchacho! es tu imperio; ¿por qué aun quieres extenderlo más? ¿Es todo tuyo? ¿son tuyos el monte Helicon y el valle de Tempe? ¿Tambien ha de ser tuya la lira de Apolo? El primer verso principiaba rotundamente mi nuevo poema, cuando el Amor acorta repentinamente mi brio. Para inspirarme versos más ligeros, no tengo ni un jóven ó una jóven de blondos cabellos, que me den pié.

Apenas me habia quejado, cuando desligando su carcax, sacó flechas destinadas á herirme y despues de tender fuertemente sobre la rodilla su flexible arco: «Recibe, dijo, oh vate, asunto que cantar.»—¡Infeliz de mí! el niño acertó la puntería. Me abrasó, y en mi pecho, hasta ahora vacío, reina el Amor. Comencé mi obra con seis piés y acabé con cinco. Adios, sangrientas guerras; adios, ritmo bélico. Ciñe tu rubia cabeza con el verde mirto, Musa mia, que no tienes que modular más que once piés en cada dos versos.

ELEGIA SEGUNDA. ARGUMENTO.

Descríbese el triunfo del amor.

¿Podrá haber quien me diga por qué me parece tan duro mi lecho, por qué mi cubrecama no puede permanecer sobre él, por qué esta tan larga noche ha pasado sin poder yo conciliar el sueño, y por qué, aun echado, me duelen todos los huesos? Comprendo que así sucediera, si algun amor viniese á tentarme. ¿Por dónde traidoramente se desliza y callado me hiere con sus artificios? Sí, eso es: agudas flechas han penetrado mi corazon, que fiero, el amor trata como pais conquistado. ¿Me daré por vencido, ó, luchando, daré pábulo á esta súbita llama? Cedamos: leve se hace la carga cuando se la sabe llevar. Crecen las llamas cuando se las combate soplando, y se extinguen cuando nadie las toca. Más golpes llevan los bueyes que repelen el yugo, que los habituados á llevarlo. El caballo indómito es duramente regido, y ménos siente el freno el que está pronto á marchar al combate. Así tambien el Amor apremia más cruelmente á los rebeldes que á los que se conforman á prestarle vasallaje.

¡Yo lo confieso, soy tu nueva presa, Cupido! somos los vencidos que extendemos las manos ante tu poder. No hay necesidad de guerra; paz y perdon te imploramos. Pero no mereces alabanza en vencer con tus armas á un hombre inerme. Corónale de mirto, unce las palomas de tu madre; el mismo Marte te dará el carro que te conviene, y sobre ese carro, en medio de las aclamaciones del pueblo, te erigirás triunfador, y guiarás con arte las uncidas aves. Seguiránte jóvenes cautivos y cautivas niñas. Esta será la pompa de tu magnífico triunfo, y yo mismo, postrer víctima, estaré allí con mi reciente herida, y, esclavo sumiso, arrastraré mi nueva cadena. La Moralidad será conducida con las manos atadas tras la espalda, lo mismo que el Pudor y cuanto es obstáculo á las armas del Amor. Todos te temerán y, extendiendo hácia tí sus brazos, entonará el pueblo con grandes voces «¡Victoria!» Las caricias serán tus compañeras, y la ilusion y la locura tu inseparable escolta. Con este ejército somete los hombres y los dioses. Alegre tu Madre te aplaudirá triunfador, desde lo alto del Olimpo, y esparcirá rosas sobre tu frente. Tus alas y tus cabellos se adornarán con piedras preciosas, y resplandeciente como el oro, serás conducido por las doradas ruedas de tu carro. Tambien entonces, si mal no te conozco, inflamarás no pocos corazones; tambien entonces abrirás á tu paso muchas heridas. Tus flechas, aunque lo quisieras, no pueden estar quietas, tu férvida llama quema aun en medio del agua.

Tal era Baco cuando triunfó del pais donde corre el Ganges: tú eres conducido por aves, él lo fué por tigres; así, pues, que forme yo parte de tu sacra comitiva; no quieras perder el derecho del vencedor. Contempla la feliz conquista de tu pariente César: con la misma mano con que los vence proteje á los vencidos.

ELEGIA TERCERA. ARGUMENTO.

Se recomienda á su querida por las excelencias de la poesía, la pureza de sus costumbres y la fidelidad á toda prueba, que ofrece.

Mi plegaria es justa: que la niña que há poco me han robado, ó me ame, ó haga por que le ame toda mi vida. ¡Ah, demasiado he ambicionado! que solamente me permita amarla. Ojalá Venus oyera mis súplicas. Acepta un amante que te servirá por largos años, acepta un amante que sabe amar con fidelidad eterna.

Si no me recomiendan ilustres apellidos de antigua familia; si mi abuelo era solo un caballero particular, y si las tierras de mi casa no se remueven con innumerables arados y mis padres restringen mi escaso gasto, recomiéndenme no solamente Apolo y sus nueve compañeras y el inventor de la viña, sino tambien el Amor que me entrega á tí, y la fidelidad á que nadie me hará faltar; mis costumbres sin tacha, mi inocente sencillez, y mi rubicundo pudor. No me gustan todas: no soy burlador de Amores. Tú sola, si me correspondes con la misma fidelidad, serás siempre mi perene cuidado. Ojalá pase junto á tí los años que la Parca me deje, y muera con sentimiento tuyo.

Dame feliz tema para mis versos y serán dignos de quien los inspira. A la poesía deben su celebridad la ninfa Io, asustada de sus cuernos; y aquella á quien el adúltero sedujo, trasformado en Cisne[2], y la que robada por un fingido toro se cogió á sus largos cuernos con virgínea mano[3]. Nosotros tambien seremos cantados por todo el mundo, y siempre citarán unidos tu nombre y el mio.

NOTAS AL PIE:

ELEGIA CUARTA. ARGUMENTO.

Antes de cenar con su querida le indica las señas con que podrán manifestarse su mútuo amor á presencia del marido.

Tu marido ha de cenar con nosotros; ¡así sea esta su última cena! ¿mientras tanto solo contemplaré á mi amada como convidado? ¿El derecho de estar junto á ella será de otro? ¿Recostada con él darás nuevo calor á su seno? ¿Cuando guste, pasará su mano sobre tu cuello? No atiendas á la que tras el festin de su boda[4] puso en guerra á los deformes Centauros. Yo no habito las selvas, ni soy medio caballo como ellos, pero me parece que apenas podré contenerme. Aprende lo que tienes que hacer y no dejes que se lleven mis palabras ni el Euro ni el tibio Noto.

Llega ántes que tu marido; no preveo aun así qué puede hacerse, pero vé primero. Cuando se acerque á la mesa, irás con aire modesto á ponerte á su lado; procurando el oculto contacto de nuestros piés. Observa lo que te indiquen mis señas y el lenguaje de mis ojos. Mira y devuelve del mismo modo las furtivas señas. Sin voz le hablarán mis cejas y leerás palabras trazadas con los dedos. Cuando te ocurra la idea de nuestros placeres, toca con el tierno índice tus sonrosadas mejillas. Si quieres darme alguna secreta queja, suspenda el extremo de tu oreja tu blanda mano. Cuando te plazca, sol mio, lo que yo haga ó diga, haz rodar tu sortija al rededor de tus dedos. Pon las manos sobre la mesa del modo como cuando suplicantes piden para tu marido todos los males que merece. Cuando él te escancie el vino, haz que se lo beba, y pide despues por lo bajo al criado que te sirva el que prefieras. Yo tomaré el primero la copa que tú dejes y beberé en ella por la misma parte por donde tú hayas bebido. Si por casualidad te ofrece el vino libado ántes por él, rehúsalo. No permitas que oprima tu cuello con indignas caricias, ni reposes tu cabeza sobre su rudo pecho; sobre todo, guárdate de darle besos. Si se los das, yo me declararé públicamente tu amante, diciendo «son mios;» y se los disputaré con mis manos.

Estas caricias, sin embargo, las veré; pero las que me ocultará la cubierta de la mesa serán mi mayor tormento. No juntes, pues, ni tus piernas, ni tus rodillas á las de tu marido, ni roces con tu delicado pié, su pié grosero.

Temo, infeliz, muchos males, porque muchos males hice, y me atormento con el temor de mi mismo ejemplo. Muchas veces mi querida y yo hemos estimulado bajo los vestidos que nos cubrian, el momento del dulce placer. Tú no harás eso; pero, para ahuyentar toda duda, desnuda tus espaldas del manto que las cubre. Ruega contínuamente á tu marido que beba, pero sin acompañar las súplicas con besos; y mientras beba, añádele furtivamente si puedes vino puro, y si se deja caer por efecto del sueño y del vino, nos aconsejarán el sitio y las circunstancias.

Cuando te levantes y todos nos levantemos para irnos á casa, no olvides introducirte en medio de la comitiva; allí me encontrarás ó allí te encontraré, y entonces tienta de mí lo que puedas.

¡Infeliz de mí! Te he enseñado lo que debe aprovechar para pocas horas, pues la noche manda separarme de mi compañera. Su marido se encerrará con ella toda la noche, y yo, bañado de lágrimas, no podré seguirle sino hasta la puerta. Le dará besos, despues se tomará algo más que besos, y le darás como un deber, lo que á mí me concedes furtivamente; pero no te prestes, esto te es posible, sino de mala gana y como á la fuerza. Callen las caricias, y séale Vénus avara. Si de algo sirven mis votos, él no hallará placer alguno; á lo menos tú no lo recibas de él. Por lo demás, cualesquiera que sean los sucesos esta noche, niégame mañana porfiadamente haberle concedido cosa alguna.

NOTAS AL PIE:

ELEGÍA QUINTA. ARGUMENTO.

Alégrase de haber poseido á su amiga.

Hacia mucho calor; era el medio dia, y yo me recosté en la cama para descansar. Las ventanas estaban entreabiertas, dando paso á una media luz semejante á la que suelen dejar los árboles del bosque, ó á la que destella el crepúsculo cuando el sol se pone, ó bien la que se distingue cuando acaba la noche, pero aun no ha principiado el dia. Tal es la luz que ha de prepararse á las niñas vergonzosas, para que su tímido pudor pueda cohonestarse con la penumbra.

Hé aquí que llega Corina, con la túnica recojida y con el cabello dividido sobre su blanco cuello, cual se dice iba al tálamo la hermosa Semíramis, ó como Lais se presentaba á sus numerosos amantes. Le separé la túnica, que por lo fino no perjudicaba gran cosa, pero luchaba por cubrirse con ella, y así luchando, como quien no quiere vencer, fué vencida sin gran pena.

Cuando se descubrió ante mis ojos sin velo alguno, no apareció ni una imperfeccion en todo su cuerpo. ¡Qué hombros, qué brazos ví y toqué! ¡qué seno formado para las caricias! ¡Qué liso vientre bajo su preeminente pecho! ¡Qué esbelto talle! ¡Qué juvenil pierna! ¿Por qué descender á detalles? No he visto nada tan perfecto, y desnudo oprime su cuerpo con el mio. ¿Quién ignora lo demás? Fatigados, descansamos los dos. ¡Así pueda yo pasar á menudo las calurosas horas del medio dia!

ELEGÍA SEXTA. ARGUMENTO.

Imprecaciones contra el portero que rehusaba abrirle la puerta.

Portero, indignamente cargado de hierros, abre, haciendo rodar los goznes la rebelde puerta. Poco es lo que te pido: entreábrela solo lo suficiente para que pueda yo pasar de lado. La prolongada pasion amorosa, ha extenuado mi cuerpo y ha puesto mis miembros á propósito para ello. El amor me enseña á insinuarme suavemente á los guardianes, y dirije, protegiéndolos, mis pasos.

En otro tiempo, empero, yo temia la noche y sus vanos fantasmas, y me admiraba de que álguien se aventurase entre tinieblas. Se burló á mis oidos Cupido con su tierna madre, y díjome por lo bajo: «Tú tambien te volverás valiente.»

La hora del amor ha llegado sin tardanza y no temo las sombras que vagan durante la noche, ni las manos dirigidas contra mi persona. No temo mas que tu lentitud; solo á tí te halago; tú tienes el rayo con que puedes perderme. Para que mejor lo veas quita estas crueles barreras, y mira cómo esa puerta está regada con mis lágrimas. Cuando desnudo estabas para recibir azotes, intercedí por tí ante tu señora. Así, pues, mis súplicas que entónces pudieron alcanzar gracia en favor tuyo, ¿no podrán ¡oh infamia! alcanzarla hoy en mi favor? Págame lo que me debes, hé aquí la ocasion de mostrarte agradecido, como deseas. La noche avanza: descorre los cerrojos. Hazlo, y ¡así seas libertado de la larga cadena y no bebas perpétuamente el agua de los esclavos!

Duro como el hierro, no me oyes, portero, cuando te suplico, y la puerta de fuerte roble permanece cerrada. Que las cerradas puertas sirvan á las ciudades sitiadas; pero en medio de la paz, ¿por qué temes las armas? ¿Qué harás con un enemigo, si así resistes á un amante? La noche avanza; descorre los cerrojos.

No vengo con armas y soldados, yo estaria solo si el cruel Amor no viniese conmigo. Aunque quiera, no puedo alejarle. Me acompañaria aunque me dividiese en dos. El Amor, un poco de vino que se me sube á la cabeza, una corona que se desprende de mis perfumados cabellos, es lo que llevo conmigo: ¿quién temerá tales armas? ¿quién no correrá á su encuentro? La noche avanza, descorre los cerrojos.

¿Es tu inercia ó es el sueño, contrario del que ama, la causa de que sin que las atiendas se lleve el viento mis palabras? Pero yo me acuerdo que en otro tiempo cuando me queria ocultar de tí, te hallaba en pié y vigilando á media noche. Tal vez á estas horas duerme á tu lado tu compañera. ¡Ah, cuánto mejor es tu suerte que la mia! Así pasasen á ese precio á mis manos tus duras cadenas. La noche avanza, descorre los cerrojos.

¿Me engaño? ¿no ha crujido la puerta sobre sus goznes, como en señal de que está franca la entrada? Me he engañado; el impetuoso viento habrá impulsado las puertas. ¡Ay de mí! ¡cuán lejos el viento se ha llevado mi esperanza! Por poco que te acuerdes, Borcas, del rapto de Oritia, llega aquí y con tu violencia derriba estas puertas, sordas á mi ruego. Todo calla en la ciudad, y humedecida con trasparente rocío avanza la noche: descorre los cerrojos, ó yo mismo, más activo que tú, fuerzo á hierro y á fuego, la puerta que se me niega.

La noche, el Amor y el vino nada moderado me aconsejan. La noche no conoce el pudor, el Amor y el vino no conocen el miedo. Todo lo he probado; pero ni con súplicas, ni con amenazas te he podido mover, ¡oh portero más sordo que tu misma puerta! Tú no sirves para guardar la casa de una hermosa jóven; eres más digno de estar guardando un calabozo. Ya el lucero de la mañana aparece en el horizonte y el gallo llama á los pobres al trabajo. Pero tú, corona arrancada á mi triste frente, queda por el resto de la noche sobre los duros umbrales; serás testimonio ante su señora, cuando mañana te vea por tierra, del tiempo tan lastimosamente perdido. «Adios;» á pesar de todo, «¡Adios!» Ojalá experimentes lo que siente su amante despedido. Y vosotras tambien, crueles puertas con inalterables goznes, «Adios;» y tú tambien, umbral cruel como tu guardian, «¡Adios!»

ELEGIA SÉPTIMA. ARGUMENTO.

Contra sí mismo, por haberle pegado á su querida.

Ata mis manos, merecedoras de cadenas, ahora que ha pasado la furia, si te muestras amigo mio. El furor fué causa de que levantase contra mi señora mis temerarios brazos, y llora herida por mi mano. Era yo capaz entónces de maltratar á mis caros padres y de golpear á los santos dioses.

¡Mas qué! ¿Ayax, dueño de un impenetrable escudo, no degolló rebaños á través de los campos? El desgraciado Orestes, que no pudo vengar á su padre sino con la sangre de su propia madre, ¿no armó sus manos contra las misteriosas deidades? ¡Yo, pues, he podido maltratar su peinado! Ni el desarreglo de sus cabellos la ha desfigurado, sino que aun así estaba hermosa. De tal modo la Scheneida, dicen que con el arco perseguia las fieras Menalias. De tal modo lloraba la hija del rey de Creta viendo á los raudos vientos llevarse á la vez las promesas y los bajeles del perjuro Theseo; de tal modo, sin la venda que ceñia sus cabellos, se tendió Calandra sobre el pavimento, casta Minerva, de tu templo.

¿Quién no me hubiese tratado de demente? ¿quién no me hubiese llamado bárbaro? Ella nada dijo, paralizada su lengua por el pavoroso temor. Pero sin palabras, su rostro expresaba sus reproches, y, callando su boca, me acusaba con sus lágrimas como reo. Hubiera yo querido que mis brazos se hubieran desprendido de mis hombros. Mejor me hubiera sido carecer de alguna parte de mi cuerpo. Contra mí mismo se volvieron mis fuerzas y mi delirio, y fuí vigoroso para mi suplicio. ¿Qué tengo que ver con vosotros, ministros del asesinato y del crímen? Sufrid, manos sacrílegas, las merecidas cadenas. Si hubiese herido al último de los romanos, seria castigado; ¿tengo mayor derecho contra mi señora? El hijo de Tideo[5] ha dejado un afrentoso monumento de su maldad; fué el primero que pegó á una Diosa; yo he hecho otro tanto, pero aun fué él menos culpable, pues yo he maltratado á la que decia amarme y aquel fué cruel con su enemiga.

Ve ahora, vencedor, á gozar de tu triunfo; ¡ciñe tu frente con el laurel de la victoria, cumple tus votos á Júpiter! Y la turba que seguirá tu carro, clame «Vítor al valiente vencedor de una niña!» Vaya delante tu pobre víctima, suelto el cabello, y blanca desde los piés á la cabeza, á no ser por las lesiones de sus mejillas.

Más á propósito era su boca para marcarla con mis lábios y su cuello para tener la señal de un diente acariciador. En fin, si yo me desencadenaba como un torrente impetuoso y estaba ciego de coraje, ¿no era bastante dar gritos á una tímida niña, sin amedrentarla con demasiado fuertes amenazas ó despojarla torpemente de su vestido hasta la cintura? Al menos hubiese osado no más contra la mitad de su cuerpo; pero despues le he arañado las mejillas, agarrándola por los cabellos.

Quedó ella sin sentido con el rostro descolorido y blanco como el mármol de Páros. He visto sus nervios inanimados y sus miembros temblando como la hoja del álamo agitada por el viento, como la débil caña mecida por el blando céfiro, como la onda rizada por el Noto. Sus lágrimas, retenidas por mucho tiempo, corrieron sobre sus mejillas, como fluye el agua de la nieve que se deshiela. Entónces comencé á reconocerme culpable: las lágrimas que ella derramaba, eran mi propia sangre. Tres veces quise arrojarme suplicante á sus piés, y tres veces rechazó mis temidas manos.

No lo dudes, la venganza disminuirá tu dolor: araña mi rostro con tus uñas, no perdones mis cabellos. La ira ayude tus débiles manos, ó por lo ménos, para borrar las tristes señales de mi crímen arregla y peina tus cabellos.

NOTAS AL PIE:

ELEGIA OCTAVA. ARGUMENTO.

Contra una alcahueta que intentaba enseñar á la querida del poeta las artes de la prostitucion.

Oiga, quien quiera conocer una alcahueta: hay cierta vieja Dipsas; su nombre lo toma de su oficio[6]; jamás vió en ayunas á la madre del negro Memnon[7], en su carro de púrpura. Conoce las artes mágicas y los versos de encantamientos, y con su poder hace volver hácia su orígen las rápidas aguas. Conoce bien la virtud de las yerbas, la del lino arrollado sobre el torno cabalístico y la del hipomanes. Cuando ella quiere, se llena el cielo de nubes; cuando ella quiere, brilla la luz del dia en el puro firmamento. Yo he visto, ¿lo creereis? las estrellas destilando sangre, y la faz de la luna estaba tambien ensangrentada.

Sospecho que suele volar viva entre las sombras de la noche y cubrir con plumas su viejo cuerpo. Lo sospecho y así es fama: en sus ojos brilla una doble pupila de donde nace la luz más viva. Evoca á los antepasados, que yacen en los sepulcros, y al són de su plañidero canto, se abre el duro suelo. Se complace en profanar el casto tálamo, y no carece de elocuencia su corruptora lengua. La casualidad me hizo testigo de su enseñanza, á favor de una doble puerta que me ocultaba, mientras decia así: «¿Sabes, luz de mis ojos, que prendaste ayer á un rico jóven? Te vió y no cesó de fijar sus ojos en tu rostro. ¿Y á quién no has de gustar? No cedes en belleza á ninguna otra. Pero ¡ay de mí! faltan galas dignas de tan bellas formas. ¡Quisiera yo que fueses tan rica como hermosísima eres! No seré pobre cuando seas rica. Has tenido que sufrir la adversa estrella de Marte, pero Marte ha cesado y ahora Vénus te es favorable. Mira cómo te es propicia su llegada: un rico amante te quiere y desea saber qué es lo que te haga falta. Su cara no desdice de la tuya, y si no te quisiera comprar los suyos, habrias tú de comprarle tus encantos.»

La jóven se sonrojó. «El pudor, continuó la vieja, sienta bien á las blancas mejillas; si lo finges, aprovecha; pero cuando tengas tus ojos con arte inclinados sobre tu seno, no mires á nadie sino á proporcion de lo que te ofrezca. Quizá, bajo el reinado de Tacio, las rudas Sabinas no hubiesen querido entregarse á muchos hombres. Ahora escita Marte los ánimos contra las armas extranjeras, y Vénus reina en la ciudad de su querido Eneas. Divertíos, hermosas jóvenes, solo es casta aquella á quien nadie solicita, y aun si su rusticidad no lo impide, ella misma busca. Desarruga el entrecejo; ¡cuántos crímenes se ocultan á menudo debajo de una arruga! Penélope probaba las fuerzas de los jóvenes con un arco, y para el que quiera saber más este arco era de cuerno. El tiempo vuela sin sentir y engaña la voluble edad, como se desliza el agua del rio, renovada incesantemente. El acero brilla con el uso: un buen trage quiere ser llevado. Los palacios deshabitados se arruinan bajo la yerba. La belleza, si nadie la regocija, envejece. Y no son bastantes uno ó dos amantes; ¡cuantos más, es más seguro y fácil el provecho! Los lobos viejos buscan su presa en un rebaño entero. Dime, ¿qué te dá ese tu poeta, fuera de nuevos versos? De tu amante muchos miles lees. El mismo dios de los poetas, cubierto con un manto recamado de oro, pulsa las cuerdas de una dorada lira. Quien te dé oro sea á tus ojos más grande que el grande Homero. Créeme, el dar es cosa ingeniosa. Ni desdeñes al redimido por merced; pues el tener el pié marcado con la señal de la esclavitud, no es un crímen; pero tampoco te dejes engatusar por rancios títulos de nobleza. Váyase con sus abuelos el amante pobre. ¿Qué? porque sea guapo, ¿querrá el otro pasar una noche sin pagar? Que busque antes el oro de su amigo.

No seas demasiado exijente mientras tiendes las redes, por miedo de que te se escape la presa: una vez apresados, remátalos á tu antojo. Ningun efecto hace un amor fingido, deja creer que tu amante es amado, pero cuida de que este amor no sea cierto. Rehusa muchas veces pasar la noche juntos, finge para ello un dolor de cabeza ó la abstinencia que requieren los dias consagrados á Isis; pero recíbele á menudo para que no se habitúe á la privacion, ó que no se enfrie el amor frecuentemente rechazado. Sean tus puertas sordas al que ruega y blandas al que dá; oiga el amante recibido las palabras del desdeñado. Y no dejes nunca en cualquier desavenencia de quejarte como primeramente ofendida. Desvanece tus culpas con tus inculpaciones; pero no te abandones demasiado tiempo á la cólera: una cólera prolongada ha engendrado á menudo el odio.—Aprendan tambien tus ojos á derramar lágrimas forzadas, y á humedecer tus mejillas—y con tal de engañar á alguno, no temas ser perjura: Vénus hace que los Dioses sean sordos á las lágrimas de los ilusos. Toma á tu servicio un siervo y una criada hábiles que sepan indicar lo que se haya de comprar para tí, y para sí pidan cortos regalos. Si entre muchos, piden un poco á cada uno, de muchas migajas se hará grande monton. Y tu hermana y tu madre y tu ama de leche, hagan contribuir á tu amante. Pronto se hace buen botin cuando muchas manos ayudan á ello. Cuando te falte un pretesto, celebra tu cumpleaños.

Cuida sobre todo de no dejar creer á tu amante que está seguro sin rival; sin la rivalidad, poco dura el amor. Vea sobre tu lecho indicios de otro poseedor de tu belleza, y marcado tu cuello con lascivas señales, y vea principalmente los regalos que otro te hubiese enviado. Si nada te lleva, háblale de las novedades que se venden en la Via sacra. Cuando le hayas sacado bastante, para que no todo sea dar, pídele prestado lo que nunca le habrás de volver. Ayude tu lengua á lo que se proponga tu mente; halágale para mejor perderle; el mortífero veneno se encubre con dulce miel. Si sigues mis lecciones, fruto de una larga experiencia, y no dejas que mis palabras se las lleve el viento, llegará dia en que me dirás «vive desahogadamente.» ¡Cuántas veces despues que yo muera pedirás al cielo que descansen en paz mis huesos!»

Así decia, cuando me delató mi sombra. No sé cómo pude contener mis manos para no arrancarle su blanco y escaso pelo, sus ojos llorosos de vino, y sus rugosas mejillas. ¡Sin casa ni hogar, exclamé, dente los Dioses una miserable vejez, largos inviernos y perpétua sed!

NOTAS AL PIE:

ELEGIA NOVENA. ARGUMENTO.

Gracioso paralelo entre la guerra y el amor.

Todo amante es soldado, y Cupido tiene su campo: sí, Atico, créeme, todo amante es soldado.

La edad que conviene para la guerra es la propia para Vénus. ¡Malhaya un soldado viejo! ¡Malhaya un amante anciano! La edad que quiere un general en un bravo soldado, es la que pide una jóven beldad en el poseedor de sus encantos. Uno y otro vigilan; ambos duermen en tierra; ambos hacen centinela: el uno á la puerta de casa su querida, el otro en la de su general.

¡Cuánto camino tiene que hacer el soldado! El amante, cuando su querida está desterrada, la seguirá intrépido hasta el fin del mundo. Atravesará las montañas más altas y los rios más engruesados por las tempestades; cruzará las amontonadas nieves. ¿Conviene pasar los mares? No pretestará los vientos desencadenados; no buscará el tiempo propicio para la navegacion. ¿Qué otro que un soldado ó un amante despreciará la frescura de las noches y los torrentes de lluvia mezclados de nieve? El uno es enviado delante del enemigo como explorador; el otro tiene los ojos fijos en su rival, como en un enemigo. Aquel sitia las ciudades amenazadoras, este la casa de su inflexible dama: más ó menos grandes, ambos baten las puertas para irse á fondo.

Se fué frecuentemente vencedor, por haber podido sorprender á un enemigo sumerjido en el sueño, y matar, espada en mano, á un ejército sin defensa. Así fueron degollados los bravos batallones del tracio Reso, quien se vió robar sus famosísimos caballos. Tambien con frecuencia los amantes saben aprovecharse del sueño de los maridos, y volver sus armas contra el enemigo. El cuidado de escapar á la vigilancia de los guardas y de los centinelas tiene siempre en suspenso al soldado y al amante.

Marte es dudoso y Vénus nada tiene de asegurada: los vencidos se reaniman, y los que os parecen no poder ser derrotados, caen á su vez. Que se deje, pues, de llamar al amor la desidia: es menester un alma á toda prueba para amar.

Aquiles arde por Brisada, arrebatada á su amor: mientras que su dolor os lo permita, Troyanos, quebrantad las fuerzas de la Grecia. De los abrazos de Andrómaca, Héctor corria á las armas: su esposa le cubria la cabeza con su casco. El primero de los jefes de la Grecia, el hijo de Atrea, á la vista de la hija de Priamo con los cabellos esparcidos á la manera de las bacantes, quedó, se dice, suspenso de admiracion. Pero él mismo fué preso en el lazo que habia forjado Vulcano: ninguna historia hizo tanto ruido en el cielo. Yo mismo estaba sosegado y nacido para no hacer nada: el lecho y el descanso habian ablandado mi alma. El cuidado de una jóven belleza puso término á mi apatía: ella me mandó hacer mis primeras armas á su servicio. Desde entonces, me veiais ágil y siempre ocupado en alguna expedicion nocturna. ¿Quereis no ser cobardes? Amad.

ELEGÍA DÉCIMA. ARGUMENTO.

A una jóven para apartarla de la prostitucion.

Como la princesa, que arrebatada en las orillas del Eurolas sobre los bajeles frigios, fué para sus dos esposos la causa de una tan larga guerra; y la bella Leda, que el diestro Júpiter, oculto bajo la engañosa apariencia de un cisne de blancas plumas, sedujo con menosprecio de himeneo; y Anémona corriendo con una urna sobre la cabeza, los campos estériles de la Argólida: tal eras tú á mis ojos. Temia para tí la metamórfosis del águila y del toro, y todas las astucias que sugiere el Amor al poder de Júpiter. Hoy dia, no temo nada; estoy fuera de mi error, y tu belleza no anubla mis ojos. ¿De qué proviene, pues, este cambio? me preguntas. Consiste en que tú la pones á precio: y vé ahí lo que hace que tú no sabrias gustarme. Cuanto más sencilla y sin arte fueras, tanto más amaria tu alma y tu cuerpo: hoy dia, la enfermedad de tu alma ha despojado tu cuerpo de todos sus encantos. El Amor es á la vez niño y desnudo. Si su edad es tan tierna, si no lleva ningun vestido, es por mostrarse en toda su sinceridad. ¿Para qué querer que el hijo de Vénus nos haga pagar sus favores? No tiene ropa donde pueda guardar su precio. Ni Vénus, ni su hijo, son propios al duro manejo de las armas. ¿Conviene que los Dioses que no son hechos para la guerra reciban un sueldo?

Una prostituta se vende, á tal precio, al primero que llega: entregando su cuerpo, es como adquiere miserables riquezas. Aun maldice la tiranía de su avaro corruptor, y lo que haceis de buen grado, ella no lo hace más que con desagrado.

Tomad por modelos los animales desprovistos de razon: os abochornareis al ver que las bestias son más tratables que vosotras. La yegua nada exige al garañon, ni la vaquilla al toro; el carnero no tiene que pagar á la oveja que le gusta. Solo la mujer quiere engalanarse con los despojos del hombre; solo ella pone sus noches á precio, solo ella se dá en locacion. Vende un placer hecho para dos, un placer que ambos han buscado; y su tarifa está establecida por ella en razon de su goce. Cuando el amor debe tener el mismo hechizo para ambos, ¿qué razon para comprarlo el uno, para venderlo el otro? ¿Por qué perderé yo mientras que vos ganais, en un juego en que el hombre y la mujer van asociados?

Los testigos no pueden, sin cometer un crímen, perjurarse por el dinero; sin cometer un crímen, el juez no puede tender la mano á la seduccion. Es una vergüenza para un abogado el vender sus palabras á un pobre; es una vergüenza para un tribunal el enriquecerse vendiendo la justicia; así como es una vergüenza para la mujer aumentar su patrimonio con las rentas de su cama, y prostituir sus gracias al que más ofrece. Se debe reconocimiento por un favor gratuito, nunca por la odiosa locacion de una cama. Una vez recibido el precio de vuestra mercancía, todo acabó, y el arrendatario no está obligado á más.

Guardaos, bellas, de poner á precio el favor de una noche: una ganancia mal adquirida nunca aprovecha. ¿Qué valieron los brazaletes de los Sabinos á la jóven vestal que pereció aplastada bajo el peso de sus armas? Un hijo traspasó con su espada el vientre de que nació: un collar fué la causa de su crímen.

No quiere decir esto que sea excusado exijir de un rico algunos presentes; tiene que satisfacer vuestras exijencias: rebuscad los racimos en las viñas ricas de uvas; cojed los frutos en los fecundos vergeles de Alcino. En cuanto al pobre, tomad en cuenta sus buenos oficios, sus cuidados, su fidelidad. Lo que se tiene, es todo lo que se puede dar al dueño. Mi riqueza, consiste en ilustrar con mis versos á las bellas que se hacen dignas. Aquello que me place llega á ser célebre, en gracia á mi arte. Se verá gastarse los vestidos, y desgastarse el oro y las piedras preciosas; pero la gloria que darán mis versos durará eternamente. Lo que me indigna y me subleva, no es el dar, es ver que se pide un salario. Lo que rehuso á tus solicitaciones, deja de quererlo, y lo tendrás.

ELEGÍA ONCENA. ARGUMENTO.

Suplica á Nape lleve un billete amoroso á Corina.

¡Oh tú, tan hábil para reunir y disponer con arte los cabellos de tu dama, y que no te se debe colocar en la clase de los simples sirvientes, Nape, tú que, no menos hábil en concertar citas nocturnas que en llevar billetes amorosos, has decidido más de una vez á la indecisa Corina á venirme á encontrar! Oh tú, cuya fidelidad frecuentemente me ha sacado de embarazos; toma estas tablillas y entrégalas, esta mañana misma, á tu señora; que tu solicitud allane todos los obstáculos. Tú no tienes en el corazon la dureza del diamante, la inflexibilidad del hierro, y tu simplicidad no es más grande de lo que conviene: tú, además, verosímilmente, has sentido los dardos de Cupido; defiende, pues, para mí la bandera bajo la cual marchamos ambos. Si ella te pregunta cómo estoy, dile que la esperanza de obtener una noche me hace vivir; en cuanto á lo demás, mi amorosa mano lo ha confiado á esta cera.

Mientras hablo, el tiempo vuela. Ve, escoje el momento en que estará sola para entregarle estas tablillas, pero haz de modo que las lea en seguida. Observa sus ojos y su frente mientras lea: su mirada muda puede enseñarte mi destino. Así que haya acabado, pídele una larga respuesta; nada me hace tanto daño como ver un grande espacio de cera sin llenar. Que estreche sus líneas; que mis ojos estén fijos por largo tiempo en su letra; que llene hasta las extremidades del márgen. ¿Pero qué necesidad tengo de que se fatigue en manejar el estilo? Que en la tableta se lea únicamente esta palabra «Ven,» y habré así cubierto de lauro mis tablillas victoriosas, y bien pronto las habré suspendido en el templo de Vénus con esta inscripcion: «A Vénus os consagra Ovidio, fieles instrumentos de su amor, vosotras que ahora mismo no érais más que un vil fragmento de árbol.»

ELEGIA DUODECIMA. ARGUMENTO.

Maldice las tabletas portadoras de la respuesta negativa de su dama.

Llorad mi infortunio: mis tabletas han llegado, pero no contienen mas que esta tan triste palabra: ¡Imposible! Los presagios son algo efectivamente: al salir Nape ha tropezado con el pié en el umbral de la puerta. De hoy en adelante, cuando te se envíe á alguna parte, procura salir con más precaucion; y despues de parada, marchar con el pié levantado. ¡Lejos de mí, siniestras tabletas, madera lúgubre, y tú, cera maldita, que no me traes mas que una negativa! Extracto de la flor de la larga cicuta, tú no puedes ser mas que el resíduo de la miel impura de una abeja Córsica.

Parecias deber tu brillo únicamente al bermellon y era la sangre á lo que debias tu color. Id á embarazar las encrucijadas, tabletas inútiles: que la rueda parada del primer trajinero os haga astillas. No, aquel que os desgajó del árbol, para puliros, no tenia las manos puras. Ese árbol mismo debió servir únicamente para colgar á algun infeliz, para suministrar al verdugo infames cruces; para dar lúgubre sombra al buho graznador, y para sostener sobre sus ramas los huevos del buitre y del osifraga. ¡Y á esta madera he tenido la locura de confiar los secretos de mi amor! ¡Á ella he encargado llevar á mi dueña las palabras más tiernas! A esa cera convenia mucho mejor la insípida asignacion que despacha el juez en tono feroz; era mucho más propia para servir de diario al avaro, quien no habria consignado mas que llorando los gastos hechos con pena. Tabletas engañosas, no sin razon se os llama dobles; tampoco este número era de buen agüero. ¿Qué puedo desear para vosotras en mi cólera? Que el tiempo os inme y os roa, y que la cera que os cubre se enmohezca y sea manchada por un robin inmundo.

ELEGÍA DÉCIMO TERCIA. ARGUMENTO.

A la Aurora, para que no acelere demasiado su marcha.

Ya aparece sobre el Océano, al salir de los brazos de su anciano marido, la blonda diosa, cuyo carro resplandeciente conduce el dia. ¿A dónde corres, bella Aurora? detente; y que á este precio un combate solemne sea, cada año, ofrecido por las aves á los manes de Memnon. Vé ahí el momento en que deseo quedar en los brazos cariñosos de mi dueña; vé ahí el momento, mejor que nunca, de estrechar amorosamente su cuerpo contra el mio; vé ahí el momento en que el sueño es dulce y el aire fresco, en que la garganta flexible de las aves, deja oir sonidos melodiosos. ¿A dónde vas contra los votos de los amantes, contra los votos de las bellas? Acorta con tu radiosa mano, las riendas húmedas de tus corceles.

Antes de que asomes, el piloto observa mejor los astros y no vaga á la aventura en medio de los mares. Cuando apareces, por fatigado que esté, el viajero se levanta, y el soldado empuña sus armas belicosas. Eres la primera en ver al trabajador cargado de la azada; la primera en llamar bajo su yugo al pesado buey. Tú arrancas á los niños al sueño, y los entregas al pedagogo, para que sus delicadas manos se ofrezcan á la cruel férula. Tú tambien traes la caucion delante el tribunal, donde va á pesar sobre ella la responsabilidad de una sola palabra. Tan importuno para el abogado como para el juez, les obligas cada dia á levantarse para nuevos procesos. Eres tú aun quien, cuando las mujeres podrian saborear las dulzuras del descanso, las llamas á hilar la lana con sus manos laboriosas.

Pasaria por alto lo demás; pero ¿quién sino el que no tenga ninguna, sufrirá que las bellas se levanten tan de mañana? ¡Cuántas veces he deseado que la noche no quisiera hacerte lugar, y que los astros fugitivos no se cubriesen delante de tí! ¡cuántas veces he deseado que el viento volcara tu carro, ó que uno de tus caballos cayera atascado en la espesura de una nube! ¡Cruel! ¿A dónde corres? Si has tenido un hijo cuya piel era negra, debió este color al del corazon de su madre.

¡Qué! si se hubiese abrasado menos de amor por Céfalo, ¿crée que su culpable pasion nos seria desconocida? Yo quisiera que Tithon pudiese libremente hablar de tí: jamás nadie hubiera oido en los cielos la historia de tan vergonzosos amores. Tú huyes de tu viejo esposo, porque la edad le ha helado, y te apresuras á montar sobre un carro que él detesta. Pero si tú tuvieras amorosamente en tus brazos algun Céfalo, se te oiria gritar: caminad lentamente, corceles de la noche.

¿Si tu esposo siente el frio de su perdurable edad, debo yo pagarlo? ¿Soy yo quien te ha unido á un viejo? Vé cuántas horas de sueño la Luna otorga á su jóven amante; y su belleza no es menor á la tuya. El padre mismo de los dioses, para no verte con tanta frecuencia, de dos noches no hace mas que una, á fin de dar un más libre campo al amor.

Habia terminado estos reproches, y, como si ella me hubiese oido, su frente se enrojecia, sin que no obstante el dia apareciera más tarde que de costumbre.

ELEGIA DECIMACUARTA. ARGUMENTO.

A una muchacha vuelta calva de repente.

Bien te lo decia yo: «Deja de teñir tus cabellos.» Hoy dia no tienes cabellera que teñir. No obstante, si tú lo hubieras querido, ¡qué habia más hermoso que tus cabellos! Descendian hasta tus rodillas. Tal era su finura que temias peinarles. No era más fino el tejido de que se cubren los Tártaros de atezado color; no es más fino el hilo que, con su delicado pié, desarrolla la araña, suspendida en la viga solitaria, para tramar allí su desliada tela. Sin embargo, su color no era el del ébano, no era tampoco el del oro: era una mezcla de ambos. Tal es, en los delicados valles del monte Ida, el color del alto cedro despojado de su corteza.

Tal era tambien su flexibilidad, que se prestaban á mil colocaciones, sin causarte jamás el menor dolor. Jamás la punta de la aguja, jamás el diente del peine los partió, jamás tu peinadora tuvo nada que temer. Muchas veces he asistido á su tocador, y jamás tomó la aguja para pincharle los brazos. Más de una vez tambien, por la mañana, con sus cabellos aun desordenados, quedó hasta medio dia acostada en su cama de púrpura, y su descuido no carecia de gracia: se la hubiese tomado entónces por una bacante de la Tracia, muellemente recostada sobre el verde césped para reparar sus fatigas.

Aunque sus cabellos fueran tan flexibles como el vello, ¡cuántas veces, ay fueran puestos en tortura! ¡cuántas veces sufrieron pacientemente el hierro y el fuego, para sujetarse en torneadas trenzas! «Un crímen es, exclamaba yo, sí, es un crímen quemar estos cabellos: ellos mismos se arreglan con gracia: ¡cruel, conserva tu cabeza! Lejos de tí esa violencia: no son cabellos para quemar: muestran ellos mismos su sitio á la aguja.»

Ya no existe aquella bella cabellera de que Apolo y Baco hubieran estado celosos, aquella cabellera comparable á la que Dione, saliendo desnuda de la espuma de las olas, sostenia con sus húmedas manos.

¿Por qué, si no te gustaban, deplorar la pérdida de tus cabellos? Insensata, ¿por qué con mano enojada rechazas el espejo? tus ojos no se fijan en él tan á gusto como otras veces: para gustar aun, tienes necesidad de olvidar lo que eras.

Su caida no es debida á las yerbas encantadas de una enemiga, ni al agua sacada de las fuentes de Hemonia por un pérfido hechicero. No es efecto tampoco de una enfermedad grave (de que el cielo te preserve), ni de los celos de una rival, envidiosa de su hermosura. No, la falta está en tí; á tu propia mano debes la pérdida que te desola, tú misma derramabas el veneno sobre tu cabeza. Entretanto la Germanía te enviará cabellos de esclavos: una nacion vencida se encargará de tu compostura. ¡Cuántas veces, cuando oirás alabar la belleza de tus cabellos, te dirás abochornada: «Hoy dia es un adorno comprado que me hace parecer bella; no sé que Sicambro se admira en mí. Y sin embargo, recuerdo hubo un tiempo en que estos homenajes no se dirigian mas que á mí misma!»

¡Infeliz! ¿qué he dicho? Apenas puede contener sus lágrimas; con sus manos oculta su frente, y el rubor ha pintado sus mejillas hechiceras. Tiene el valor de contemplar sobre sus rodillas los cabellos que no eran hechos para hallarse en este puesto. Calma la perturbacion de tu corazon y de tu mirada: el mal no es irreparable: presto embellecerás aun, con tu primera cabellera.

ELEGIA DECIMAQUINTA. ARGUMENTO.

Contra los adversarios de la poesía.

¿Por qué me acusas, maldiciente Envidia, de consumir mis años sin hacer nada? ¿por qué llamas á mis versos la obra de un perezoso? ¿por qué reprocharme de no seguir las huellas de nuestros antepasados, de no aprovechar las fuerzas de mi edad para cojer los laureles empolvados del dios de la guerra; de no estudiar la prosa de nuestras leyes, de no prostituir mi palabra en las luchas fastidiosas del foro? Estas obras que alabas, son perecederas; aspiro á una gloria inmortal, á fin de ser celebrado siempre y en todos lugares.

El cantor de Meonia vivirá mientras subsistan Tenedos é Ida, mientras lleve el Simois al mar sus veloces aguas. Vivirá tambien el poeta de Ascra, mientras la uva granará en la viña, mientras los dones de Céres caerán bajo el cortante de la hoz. Siempre hablará el mundo entero del hijo de Batto, aunque en este poeta el arte domine al génio. El coturno de Sófocles no se usará, pero vivirá Arato tanto como el sol y la luna. Tanto como la falacia caracterizará al esclavo; tanto como el padre será severo, la alcahueta pérfida, la cortesana cariñosa, vivirá Menandro. Ennio, que no conoció el arte; Accio, cuyos acentos eran tan varoniles, tienen un nombre que el tiempo no destruirá. ¿Qué siglo no conocerá á Varron, y el primer marinero, y el Vellocino de oro conquistado por un jefe ausonio? Los versos del sublime Lucrecio, no perecerán, sino el dia en que el mundo perezca. Títyro y los segadores, Eneas y sus combates serán leidos, en tanto que Roma sea la reina del mundo que ha conquistado. Mientras el arco y el fuego sean las armas del Amor, se aprenderán tus cantos melodiosos, elegante Tibulo. Galo será conocido por los pueblos de Occidente; Galo será conocido por los pueblos de Oriente; en todas partes, con Galo, será conocida su querida Lycoris.

Así, aunque el tiempo mine los peñascos, aunque destroce el diente de la dura esteva, los versos escapan á la muerte. ¡El cetro con sus conquistas, cedan, pues, el paso á la poesía! ¡Cédanselo tambien, las riberas afortunadas del Tajo, que arrastra el oro con sus aguas!

En buen hora que el vulgo se entusiasme por cosas de poco más ó menos: yo lo que pido es que Apolo me vacie á copa llena el agua de Castalia; que el mirto que teme el frio orne mi cabeza, y que mis versos no dejen de ser leidos por el agitado amante. Viviendo, se sirve de pasto á la Envidia; muerto, se disfruta del reposo á la sombra de la gloria que se ha merecido. Cuando la pira fúnebre me habrá consumido, viviré, y la mejor parte de mí mismo habrá triunfado de la muerte.

Notes in this chapter

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