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A vuela pluma

A VUELA PLUMA

Reading edition

COLECCIÓN DE

ARTÍCULOS LITERARIOS Y POLÍTICOS

colophon
colophon

MADRID LIBRERÍA DE FERNANDO FÉ Carrera, de San Jerónimo, 2 —— 1897

—— Es propiedad del autor.—Derechos reservados. ——

AL ÍNDICE

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PRÓLOGO

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IMPRESO ya este libro y reunidos en él no pocos artículos, se me ofrecen dificultades que conviene allanar antes de que el libro salga á luz pública. Ponerle título es la menor de todas y ya la considero allanada. A vuela pluma es título tan significativo como propio. Ora excitado yo á dar mi parecer sobre flamantes producciones literarias, ora movido é inspirado por los tristes acontecimientos políticos de nuestros días, he escrito y esparcido, por revistas y periódicos diarios, lo que aquí va reunido. No porque soy escéptico, sino porque soy modesto, aunque me contradiga atribuyéndome tan buena cualidad, nada pretendí enseñar al escribirlos en cada uno de los siguientes artículos, ni nada pretendo ahora enseñar al reunirlos en un volumen. Y no porque yo crea que no haya verdades que enseñar, sino porque carezco de fe bastante en mi propio saber y en mi autoridad y competencia para empuñar la férula y revestirme de la toga y demás insignias del magisterio. No es, pues, para enseñanza de mis lectores, para lo que publico este libro.

Si he de confesar la verdad tampoco han acudido mis amigos, admiradores y parciales, aconsejándome y casi impulsándome con la violencia de sus ruegos para que le publique, según ocurre con frecuencia á otros autores más que yo dichosos. Este libro, inútil para la enseñanza, para la cual candorosamente le desautorizo, se publica sin que nadie me lo pida ni se empeñe en ello, por mi espontánea y libérrima voluntad y por mi iniciativa. ¿Qué fin me llevo al publicarle? Alguna explicación acerca de esto me considero obligado á dar á los lectores.

Todo autor, por frío y desamorado que sea, consagra á cuanto escribe, aunque lo estime en poco, un amor semejante al que tienen los padres á sus hijos, á quienes aman aunque sean feos y no bonitos, enfermizos y no robustos, tontos y no discretos. Y dado en mí, como se da, este amor, harto se comprende mi deseo de que no queden mis hijos espirituales anegados en un inmenso piélago de papeles donde se perderían sin duda y nadie volvería á acordarse de ellos. La unión da fuerza, y yo los reuno para ver si de esta suerte se sostienen y sobrenadan y llegan sin hundirse y sin ser arrebatados por la corriente del río del olvido al pequeño y seguro puerto del poco numeroso público, cuyas simpatías he logrado captarme.

Si este público nada aprende leyéndome, bien puede ser que se entretenga apaciblemente con mi lectura y que divierta el espíritu de penosos y graves cuidados. Bien puede ser también que el favorable aspecto bajo el cual veo yo dichos y hechos, y que mi confianza en los destinos de la patria y en el mejor término y desenlace para los conflictos y apuros en que se encuentra hoy, agraden y consuelen á quien me lea, con lo cual me daré yo por bien pagado y justificaré razonablemente el haber reunido estas obrillas que los críticos severos y los que no me quieran bien calificarán por lo menos de insignificantes.

Tienen con todo una muy importante significación, que no mengua sino crece, aunque se suponga trivial y vulgarísimo cuanto se dice en ellas. Yo soy, sin duda, quien lo dice; pero, por lo mismo que lo dicho es vulgar, quien lo piensa y lo siente es una no pequeña parte del público, de la cual vengo así á convertirme en órgano, representante y heraldo.

Al presente, está muy en moda, en literatura, el reunir documentos humanos. Valga, pues, este libro, si no vale para nada más, como reunión de tales documentos. Yo expreso lo que en él se expresa; pero conmigo lo piensan y lo sienten muchos miles de semejantes y de compatriotas míos. Por donde mi libro deja de ser insignificante, se transforma en docente ó en documental y merece ser publicado y hasta leído. Creo, por último, que, si al escribirle he desechado toda preocupación interesada y le he escrito con buena fe, candorosa y sencilla, alguien me leerá con gusto, si no con provecho, y esto me basta.

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DISONANCIAS Y ARMONÍAS DE LA MORAL Y DE LA ESTÉTICA

——

I

Al Sr. D. Salvador Riada.

MI querido amigo: Mucho siento tener que decir á usted que Monte-Cristo, que oye turbio y que, además, suele distraerse, hubo de engañarse, y tal vez engañó á usted, sin la menor malicia, cuando le aseguró que me había parecido muy bien el Himno á la carne. Ni bien ni mal podía parecerme una obra que yo aún no conocía. Acaso al hablarme Monte-Cristo, yo, que también me distraigo, dije algo, como acostumbro, en alabanza del talento poético de usted, que tan claro me parece, y él lo aplicó al Himno de que me hablaba, y que yo no podía alabar por serme entonces desconocido.

Ahora, que ya le conozco, creo de mi deber dar á usted con toda sinceridad y franqueza la opinión que me pide.

Muchísimo hay que decir, y he de decirlo, aunque incurra en la nota de pesado.

No obstante la pesadez y el desaliño con que irá escrita mi carta, yo consiento en que usted haga de ella lo que guste: ó guardarla para sí, ó rasgarla, ó dejar que el público la lea.

Desde luego el título de Himno me desagrada. Un himno es un himno, y catorce sonetos son catorce sonetos. Además, el ir dirigidos á la carne presupone cierta trascendencia teológica ó filosófica que los sonetos apenas tienen.

Los enemigos del alma son tres: mundo, demonio y carne. Y fuerza es confesar que todos los hombres, salvo raras y dichosas excepciones, estamos empecatadillos y entonamos himnos en loor de uno de estos tres enemigos, cuando no de los tres á un tiempo; pero debe notarse que, ó bien no caemos, por extraviados ó ilusos, en que hacemos semejante elogio, ó bien aparentamos no caer, envolviendo nuestro consciente propósito en delicada hipocresía. El elogiar con premeditación á tales enemigos implica un descaro que repugna á las creencias religiosas de la gran mayoría de los españoles, los cuales son, ó se supone que son católicos.

Ya se entiende que, partidario yo del arte por el arte, he de prescindir y prescindo de toda religión positiva y de toda moral que en ella se funde, para juzgar una composición poética. De lo que es difícil prescindir es de la moral universal que coincide con la belleza artística, y de algunas conveniencias sociales, que son ineludible requisito para que esa belleza artística se produzca sin que lo estorbe la disonancia entre la obra del poeta y las costumbres, los usos, y hasta, si se quiere, las preocupaciones y los disimulos de la sociedad en que el poeta vive.

Aún voy más allá en el quidlibet audendi. Supongo que el poeta se rebela contra esos usos, costumbres y creencias, porque los considera malos ó tontos. No por eso he de escandalizarme. Antes bien, aplaudiré al poeta como poeta, si impugna con primor y con brío lo que yo crea más santo, aunque yo, pongo por caso, como católico, considere que él, como impío, acabará, en castigo de sus bien rimadas blasfemias, por arder eternamente en lo más profundo del infierno.

Así me sucede con el Himno á Satanás, de Carducci. Sin dejar de creer en todo lo que enseña la Doctrina cristiana, los hombres, en mi sentir, pueden haber inventado ó descubierto la pólvora, la imprenta, la brújula, el pararrayos, el telégrafo, el teléfono, la fotografía, la mecánica celeste y la terrestre, las estrellas más remotas, los microbios y el protoplasma: pero, si algún poeta entiende de buena fe que Dios se oponía á que inventásemos y descubriésemos todas esas cosas, que quizá hagan la vida menos aburrida y amarga, y que con auxilio del diablo las hemos inventado y descubierto, mejorando y sublimando nuestra condición, yo le aplaudo si compone un himno á diablo tan benéfico, á quien llama él Satanás porque se le antoja, y á quien seguiré llamando energía y luz interior que pone Dios en el alma, hecha á su imagen y semejanza.

En análogo sentido comprendo yo que se componga un Himno á la carne, el cual me guste tanto ó más que el Himno al demonio de Carducci. Si entendemos por carne la sustancia organizada y viviente de que se vale el Artífice supremo para revestir de forma sensible su idea, haciendo patente la hermosura, ya por operación de naturaleza, ya por intervención de la voluntad y del entendimiento humanos, que pulen, acicalan y asean lo que naturaleza preparó y dispuso cual primitivo bosquejo, declaro que el Himno á la carne me parece muy bien, prescindiendo del título, porque ni las nubes nacaradas, ni la cándida luna, ni el sol, ni las flores, ni los verdes bosques, ni los lozanos verjeles, ni nada de cuanto he visto y veo por esos mundos, es más hermoso que una mujer aseada y hermosa. Y es ello tan indiscutible que, para expresar materialmente los más altos objetos, potencias y virtudes, les damos forma de mujer. Y así la fama, la patria, la religión, la ciencia, la filosofía, la justicia, la fe, la caridad y la esperanza, se representan como otras tantas guapísimas señoras.

Pero su himno de usted (sigamos llamándole himno), no se mete en tales honduras. Mejor sería apellidarle himno á la Pepa, á la Juana ó á la Francisca, de cuya carne gusta usted. La generalización filosófica ó teológica sólo está en el epígrafe.

Y lo peor que yo noto (admirando más la inspiración y la habilidad poéticas, que no faltan á usted aun errando el camino) es que usted analiza y resta en vez de sintetizar y añadir, al ir ponderando sus deleites amorosos. Pues qué, ¿no es más que la carne lo que enamora á usted en su innominada querida? Nunca ni el más materialista de los poetas gentiles, sustrajo tanto del amor los elementos no materiales, que le idealizan y hermosean, y le redujo al mero concepto de la lascivia, como si fuera amor de perros ó de gatos. Y como usted no hace la sustracción y el despojo por vehemencia afrodisiaca, sino por preocupación de escuela ultra-naturalista, los versos, ni siquiera resultan fervorosos de libertinaje, sino fríos, afectados y artificiosos, con refinamientos de sensualidad enfermiza, que apela á espejos y á otras diabólicas travesuras. Parece lascivia de viejo, y, por consiguiente, falsa, pues usted es mozo.

Prescribe Horacio que no se hagan ciertas cosas delante del pueblo:

Nec filias coram populo Medea trucidet:

y lo que Horacio prescribe para lo trágico debe aplicarse á lo erótico también. No conviene introducir al pueblo en la alcoba ni imitar al rey de Lidia con Giges. Contra esto peca usted, no pasando de ligero, sino deteniéndose en pormenores con exceso de morosa delectación. No cae usted en que ciertos actos tienen mucho de grotescos, si no van acompañados de misterioso recato. Y esto, no porque seamos cristianos, sino en la risueña religión gentílica, en que, según usted asegura, Citerea prevalece. Así es de advertir que los poetas más libertinos de la docta gentilidad nos dejaban á la puerta de la cámara nupcial, si trataban el asunto por lo serio. Sólo cuando querían hacer reir lo describían todo. El cisne venusino dice desvergonzadamente los estímulos de que se valía la vieja berrionda, mientras que de Glícera sólo nos dice que le aguarda en estancia perfumada; y él va á verla, invocando á Venus para que le acompañe y traiga consigo al Amor.

«Trae al muchacho ardiente,

y á las Gracias, la ropa desceñida,

y á Mercurio elocuente,

y de ninfas seguida

la Juventud sin tí no apetecida»;

pero, en cuanto Horacio entra á ver á Glícera, con todo este cortejo, nos da con la puerta en los hocicos, y acaba la oda, sin que nos cante ni nos deje ver lo que pasa dentro. Ya nos lo presumimos.

Lo antiestético del goce de amor, patentizado por el arte y descrito con circunstancias menudas, se ve hasta en los poemas más primitivos. Sube Juno á la cumbre del Gárgaro, adornada con el cinto de Venus, que la hace irresistible:

«... allí el deseo,

allí la dulce persuasión estaba,

que á los más cuerdos la prudencia roba.»

Júpiter pierde la suya, requiebra á Juno y quiere al punto gozarla; pero antes, él y ella se envuelven en nubes doradas y densísimas, que ningún Dios ni el Sol omnividente traspasa, y que Homero cuida bien de no traspasar, respetando el pudor y el decoro de la dichosa é inmortal pareja.

El tálamo de los dioses, el de los héroes, y aun el de cualquier hombre que se respeta, han de estar rodeados de impenetrable misterio. La prueba más evidente por donde Penélope reconoce á Ulises, es porque éste le describe su tálamo, que sólo él había visto entre los varones todos.

El espíritu de usted es recto por naturaleza y está sano: pero yo advierto en el Himno insanos extravíos y disparatadas disonancias. No extrañe usted que lo atribuya á la vaga lección de malos libros franceses, de los que están de moda, de cuyo pesimismo, naturalismo falso y caprichosa impiedad, se hace usted eco. Usted, de por sí, sería como Dios manda.

Supone usted que la religión de Cristo condena la carne, y luego dice usted para sí: pues voy á glorificar la carne, rebelándome contra la religión de Cristo. Parte usted de un error, fundado en el doble sentido de la palabra carne. Sin presumir de teólogo, sino como hombre de mundo, lego y profano, aunque no olvidado del Padre Ripalda, que aprendí en la escuela, digo que no tiene usted razón. La carne, considerada como enemigo del alma, es la concupiscencia, es el vicio, es la lujuria, que toda religión, no sólo la de Cristo, condena. Pero la carne, el cuerpo humano, considerado como obra de Dios, ¿dónde está condenado? El Verbo se hizo carne, y con cuerpo humano subió al cielo. Todos, según nuestra fe, hemos de resucitar con carne, y los cuerpos de los bienaventurados han de ser muy hermosos y gloriosos. Lo primero que manda Dios al hombre y á la mujer es que crezcan, se multipliquen y llenen la tierra. ¿Cómo, pues, ha de suponerse que Dios condena el amor sexual cuando ordena que nos multipliquemos? El ascetismo, la vida penitente, la virginidad como la más perfecta condición, no son tampoco exclusivos ideales cristianos. En todas las demás religiones se da algo semejante. En la gentílica, por ejemplo, hubo coribantes y vestales.

Lo que exigen la religión cristiana, y toda religión moral, y hasta sin religión y sin moral, la estética y el decoro, es el recato. En la naturaleza de las cosas está que sea cómica, y no seriamente bella, la exhibición ó la representación del abrazo amoroso, más ó menos apretado. Si el cínico Crates se une en público con Hiparca, á pesar de la licenciosa libertad de Atenas, los pilluelos de la calle le silban y escarnecen. Sólo en Otahiti, cuando llega allí el capitán Cook, se toma por lo serio el hacer en público tales actos como ceremonia religiosa.

Fuera de estos casos rarísimos, lo general es que el sigilo y el secreto presidan á los amores. Júpiter, aunque era tan desaforado y tan propenso á ponerse el mundo por montera, satisfaciendo su regalado gusto, elige para unirse á la ninfa Maya, haciéndola madre del dios de la elocuencia, inventor de la lira, alma de la danza, una noche obscurísima y un antro nemoroso y esquivo; y aun todavía, para ocultar mejor su unión á los dioses y á los hombres, les infunde antes dulce sueño. Jano bifronte, no menos precavido y púdico, cuando se propone dar ser á los briosos primitivos pueblos de Italia, se une á la gigantesca ninfa Camesena, en la desierta cumbre del Apenino, y circunda el agreste y amplio tálamo de tenebrosas tempestades.

En resolución, ya que sería cuento de nunca acabar el ir citando sucesos semejantes de hombres y dioses, yo vuelvo á prescindir de religión y de moral: no echo sermón, aunque ya estamos en Cuaresma; pero tratándose de arte, ¿cómo prescindir de lo artístico? No es artístico el describir prolijamente los placeres de la alcoba.

Admirable es la belleza del cuerpo humano. En otros mundos, sujeta la materia á otras condiciones y con otra conformación los sentidos, ¿quién sabe cómo podrá ser la aparición sensible de la belleza? Esto es lo relativo. Pero la esencial y sustancial belleza que se nos revela en el Apolo de Belvedere y en la Venus de Milo, es la belleza absoluta. Todo entendimiento, capaz de comprenderla, aunque venga del más extraño y lejano mundo de cuantos pueblan el éter, lo reconocerá y lo proclamará como nosotros.

Si imaginamos vivos, y no de mármol, sino de carne, á la Venus y al Apolo, hombres y mujeres los contemplarán con pasmo y se podrán enamorar de ellos; pero sería grosero no ver en tanta animada hermosura sino un instrumento de material deleite. Habría en ello algo de profanación sacrílega, no ya en virtud de la religión del espíritu, sino del respeto hasta religioso que la materia misma, tan bien organizada, debe infundir.

Ya usted notará que, en realidad, yo no voy contra usted en lo que digo. Voy contra la escuela mal llamada naturalista, que le pervierte y extravía. Si usted no valiese ya mucho y si no prometiese más de lo que ya vale, no me mostraría yo severo.

Demos por seguro que no hay bien, ventura, ni goce mayor que el de los amores; pero ¿todo bien, todo goce es para referido ó representado estéticamente por lo sublime? Esta es la cuestión. Este es el error del naturalismo; error que se ve más claro aún en las desventuras que en las venturas. Sobre la muerte de un amigo, sobre la ruina de la patria, sobre los suplicios y trabajos de un apóstol, está bien escribir elegías. Pero desventuras son, y no menores, que se le pudran las narices al Dr. Pangloss, que á otro le dé tiña y se le caiga el pelo, que á otro le sobrevenga una debilidad en las encías y escupa los dientes y que á otro le ocurra cada tres días una indigestión molesta y apestosa, y sin embargo, ¿son estos percances á propósito para componer versos elegíacos? Nosotros, en la vida real, nos compadeceremos en extremo del paciente, aunque sólo sea prójimo, y no amigo ó deudo; pero si hablamos en verso heroico de lo que acontece, haremos reir en vez de llorar.

Es indudable que hay desventuras y venturas, triunfos y derrotas, dolores y placeres grandísimos que en la vida real se lamentan ó se celebran; pero sobre los cuales hay que pasar con rapidez en la representación artística, si no queremos hacer reir con ellos.

Así, Ariosto, por ejemplo, no sería por su afición á lo moral y á lo decente, sino por estas reglas de estética, más ó menos reflexiva ó irreflexivamente percibidas, por lo que no cuenta con circunstancias íntimas lo que pasa entre Angélica y Medoro; pero cuando quiere dar en lo grotesco y provocar á risa, lo cuenta todo sin aprensión. Así, en el caso del viejo nigromántico ó mágico que adormece con sus malas artes á la hermosísima dama y la tiene á su talante. El chiste está en que el nigromántico, con toda su magia, si bien adormece á la dama, no atina á despertar en él ó á resucitar algo que hacía años dormía ó estaba muerto, y se lleva un chasco feroz, quedando en salvo la honestidad y entereza de la dama, con apacible risa y júbilo de los lectores. Si el Ariosto hubiera tratado el suceso trágicamente, lo hubiera errado.

Yo no recuerdo haber leído escena tan viva como la del nigromántico, referida con épica dignidad y que produzca efecto, sino una en El Bernardo de Valbuena; pero esto se explica, porque va todo acompañado de un poderoso elemento fantástico que lo dignifica, lo hace simbólico y hasta le da un valor moral. Hablo del tremendo lance de Ferragut con la hechicera Arleta. El héroe penetra en el maravilloso palacio tan estupendamente rico. La gallarda, joven y elegante princesa le recibe á solas y se entrega. Una sola lámpara de extraña luz ilumina la estancia, y sobre todos los objetos derrama encantados resplandores. Pero cuando la luz de la lámpara oscila, la portentosa beldad de la princesa se confunde; los perfiles, las sombras, los colores, todo se altera y se combina por tal arte, que Ferragut se asusta y cree tener un vestiglo entre sus brazos. Vuelve la luz á arder sin oscilación y la princesa recobra sus admirables atractivos. La luz, al fin, se apaga, y Ferragut se encuentra en inmunda caverna y entre los brazos de horrible y asquerosa vieja, cuya fealdad abominable ve á la luz de la luna, y cuyos secos brazos y cuyas manos, á modo de garras, le retienen sin dejarle escapar.

Dirá usted acaso que en sus sonetos hay algo parecido á la moral de la fábula de la hechicera Arleta; que de ello dan prueba las cuatro últimas palabras del último soneto ¡Que tétrica es la vida! Pero yo, en honor de la verdad, no descubro dicho sentimiento en usted, y si le descubro, es expresado débilmente y como ahogado en los pormenores que preceden á las dichas cuatro palabras.

No hay en el himno nada semejante á lo que hay en casi todos los poetas libertinos ó epicúreos de todos los tiempos; aquel sentimiento terrible que asalta el ánimo de ellos en medio de sus deleites; que hace exclamar á Lucrecio:

...Medio de fonte leporum Surgit amari aliquid quod in ipsis floribus angat;

que mueve á Catulo, entre los brazos de Lesbia, cubriéndola de besos, en noches consagradas al amor, á pensar en aquella perpetua noche que tenemos que dormir todos,

Nox est perpetua una dormienda;

y que lleva á Musset á hallar en el fondo del vaso de los placeres el hastío que le mata, á Lamartine á suspirar por el amor ideal que no tiene nombre ni objeto en la tierra, y á Espronceda á pedir un bien, una gloria que él imagina, y que en el mundo no existe, y á desesperarse porque palpa la realidad, odia la vida, y sólo cree en la paz del sepulcro.

No hay en el himno esta contraposición entre el placer ruin é incompleto de la tierra y la infinita aspiración del alma; pero hay algo más tétrico; algo que se deplora en todos los naturalistas, ya escriban en prosa, ya en verso: lo mismo en Zola que en Rollinat.

La pintura minuciosa, vehemente y sobrado material de la pasión, convierte su fisiología en patología; hace pensar, no en robustez y energía, sino en desequilibrio de facultades, en el hospital ó en el manicomio.

No ya el amor de un hombre y de una mujer, ambos de carne y hueso, sino el amor de un santo ó de una santa hacia Dios, resulta enfermedad; caso de neurosis, hiperestesia, ninfomanía ó satiriasis más ó menos alambicada.

La cuestión queda discutida de sobra. No me hubiera detenido tanto si, por una parte, no estimase mucho el ingenio de usted y no sintiese sus extravíos, y si, por otra parte, no viese yo en estos extravíos el resultado de malas teorías estéticas, y de una escuela de moda que es menester combatir.

Sólo añadiré ahora algunas explicaciones sobre la acusación implícita en la dedicatoria autógrafa que pone usted al ejemplar del Himno á la carne que me ha destinado. No sin intención viene este ejemplar para el traductor de Dafnis y Cloe. ¿Quiere usted dar á entender que quien ha traducido aquella novela debe aplaudir el Himno á la carne?

La consecuencia está mal sacada. Aun suponiendo que Dafnis y Cloe tenga cuantas faltas yo censuro, no se ha de inferir que por haber yo cometido esas faltas no las pueda y deba reconocer como tales. Malo es ser pecador, pero es pésimo jactarse del pecado y procurar que se tome como primor y acierto.

La diferencia, sin embargo, es grandísima. Dafnis y Cloe viven hace catorce ó quince siglos; son paganos, están en cierto campo ideal, pastoril y primitivo. No choca el que se desnuden, como cuando se desnudan un caballero y una dama de ahora, quitándose la levita, pantalones, corsé, etc. En fin; es otra cosa.

El naturalismo de la novela es, además, enteramente contrario al de los sonetos de usted. Hay en el naturalismo de Dafnis y Cloe una condición sobrenatural ó fantástica que cambia su condición. El dios Amor, el dios Pan y las Ninfas, por no interrumpida serie de milagros, conservan inocentes á los dos partorcillos, hacen que se amen, los dotan de hermosura más que humana, que no marchitan las inclemencias del cielo: ni los vientos, ni el sol, ni el calor, ni el frío.

La descripción poetizada de las alternadas estaciones del año, de la rustiqueza selvática y de una imaginaria vida pastoril de color de rosa, y que no se da en el mundo real, prestan á todo el cuadro, y aun á las más vivas escenas, cierto velo ó esfumino aéreo que no las hace tan shocking. Y, por último, aunque se funde el amor de Dafnis y Cloe en la material hermosura de ambos, en su contemplación, y hasta en el deseo de lograr su posesión por completo, todavía, á par de este deseo, hay una amistad, un afecto entrañable, una terneza pura en ambos pastorcillos, que evitan el que sea su amor mera lascivia, y que le purifican y realzan.

Recuerde usted que Dafnis aprende al cabo cuál es el verdadero fin de amor, y, á pesar de su pasión, se domina por temor de lastimar á Cloe, y no la hace suya hasta después de la boda.

En suma, y para no cansar, yo no me defiendo de haber traducido el libro de Longo, aunque en Francia le tradujo un obispo. Quiero suponer, ó quiero afirmar y confesar que hice mal. Valgámonos de un símil. Sea como si yo expusiera al público esculturas lascivas; pero de esto á exponerme yo mismo como actor, me parece que dista mucho.

Por último, se ha de notar que la novela de Dafnis y Cloe no quiere ser seriamente sublime, sino que, por cierta malicia candorosa y cierta amañada inocencia, propende á difundir regocijo en quien lee, lo cual podrá ser censurable por el lado de la moral, pero no es antiestético, que es de lo que aquí tratamos.

Si usted, en otro tono más ligero, risueño y jocoso, hubiera escrito catorce sonetos, catorce veces más verdes aún, como yo soy viejo pecador, y nada tengo de misionero, respecto á la moral y á la decencia me hubiera callado; pero en punto á estética, hubiera echado á usted mi absolución, y, si los sonetos alegraban las pajarillas, hubiera concedido á usted indulgencia plenaria y hasta hubiera aplaudido.

II

Mi querido amigo: La cariñosa carta de usted me mueve á escribirle de nuevo, y no poco.

Si usted no hubiese escrito ya en verso y en prosa muchas cosas buenas, y si usted no diese esperanzas fundadísimas de escribir otras mil infinitamente mejores que los catorce sonetos, tendría usted razón en decir que yo le mataba. Pero si usted escribe bien, y si ha de escribir mejor, y si ha de ser, pues no creo que me engañe la simpatía, uno de nuestros más fecundos y amenos ingenios, ¿qué importa que yo hable mal de los catorce sonetos compuestos por usted en algunas horas de extravío?

Yo, aunque sea repetirlo por tercera ó cuarta vez, no voy contra los catorce sonetos, sino contra la mala teoría estética que, nublando el claro entendimiento de usted, se los ha inspirado.

Yo reparo, tal vez por demás, en el pro y en el contra de cuanto digo, y nada afirmo con aquella decisión que se impone. De aquí que me acusen de escéptico. Fácil me sería pasar por dogmático, si prescindiese yo de lo que me dicta la conciencia; pero, como no prescindo, soy ó paso por escéptico, á fuerza de ser concienzudo.

Digo esto, porque al censurar los catorce sonetos de usted, me han asaltado en tropel no pocas dudas y dificultades que deseo exponer aquí, aunque no logre resolverlas y todas se queden en pie.

Necesito, además, escribir esta segunda carta para disculparme de no rasgar la primera; porque, después de la longánima docilidad con que se somete usted á mi censura, tal vez acerba, y me la paga en alabanzas, parece ruindad en mí el que mi censura se haga pública, y el que, siendo yo, por lo común, indulgente y hasta lisonjero con los extraños é indiferentes, me extreme por la severidad con usted, á quien cuento entre mis mejores amigos.

Válgame para explicación de mi conducta que la indulgencia debe recaer sobre el non plus ultra de lo que produce cada uno. No hay que podar el quejigo, porque, á pesar de la poda, siempre dará bellotas ásperas y no dulces almendras. De mal árbol no se espere fruto sazonado y sabroso. Y así, siguiendo esta comparación de los frutos, y convirtiendo imaginariamente cada soneto de usted, pongo por caso, en un melocotón, yo entiendo que usted debe darlos mejores, y que aun los catorce, de que tratamos aquí, serían exquisitos, si el moscardón ó avechucho del naturalismo, que vaga por el aire, no hubiera clavado en ellos el aguijón y depositado allí venenosos huevecillos que se convierten en gusanos y podredumbre. Lo que hago, pues, es osear el avechucho para que no inficione otros nuevos frutos.

Dada ya á usted la satisfacción que le debo, voy á decir algo acerca de las dudas y dificultades.

Y es la primera duda la de si seré yo tan crudo censor de los sonetos porque la vejez me infunde aborrecimiento al Amor: pero la duda se disipa pronto, y creo que mi profundo respeto y mi ardiente devoción al Amor son los que me inspiran.

Los catorce sonetos rebajan las obras de esta deidad á mera función fisiológica, y el brío de las descripciones no las eleva, sino que les presta ciertos visos de patología, que, á más de hacerlas bajas, las hace insanas.

Es cierto que lo contrario debe de ser peligroso y seductor; pero consuela y no deprime. Trae Byron, en el Don Juan, una jocosa diatriba contra Platón, echándole la culpa de las pecaminosas relaciones de su héroe con doña Julia. Yo mismo, aunque disto mucho de ir tan lejos como Byron en la malicia anti-platónica, me pasmo y veo con más incredulidad que fe los anchos límites que pone, verbi gracia, el conde Baltasar Castiglione al platonismo puro.

El beso en la boca, según él, es todo espiritual: es ayuntamiento de almas, en prueba de lo cual se alegan muy sutiles razones que no me convencen. Ni vale para ello la grave autoridad del mismo Platón, de quien nos cuenta el Conde que, divinamente enamorado y besando á su amiga, sintió una vez que el alma se le vino á los dientes para salirse del cuerpo.

Á tales accidentes confieso que debemos dar explicación menos metafísica; mas no por eso debemos quitar del amor todo lo metafísico, trascendente y divino. El amor nuestro se iguala entonces al de los animales. Los refinamientos, las elegancias, los materiales primores de que le rodeamos, le quitan naturalidad y no le añaden belleza. Y la exageración y violencia del sentir, en vez de magnificarle y corroborarle, le ponen enfermo y le dan un aspecto diabólico, delirante y lúgubre. Se diría que las pasiones y operaciones de nuestro ser se resisten á ser atribuídas y sujetas á leyes físicas sólo, y así, al apartar del efecto toda causa ó influjo divino, se le atribuímos infernal ó endemoniado.

No llega usted á este punto del satanismo, y más vale así. Se queda usted en menos de la mitad del camino, y por usted lo celebro.

En cuanto á los catorce sonetos, serían estéticamente mejores si fuesen satánicos.

Yo comprendo á Baudelaire, y en cierto modo le admiro, aunque me disgusta. En su inspiración depravada, sombría y terrible, hay algo de verdad, aunque exagerada por la farsa tenaz que él mismo se impuso para ser más original, para asustar al linaje humano y para contristar y meter en un puño el corazón de cada burgués honrado y sencillote, en cuyas manos cayesen sus Flores del mal. Pero usted no pretende hacer el bu, ni pasar por originalísimo, siendo raro y extravagante. De ello me alegro, aunque los catorce sonetos, por falta de una intención, si perversa, decidida, se queden en el limbo, y no suban al cielo, ni bajen al infierno.

Dice Fóscolo que el Petrarca cubrió con un velo candidísimo al Amor, que andaba desnudo por Grecia y en Roma, y así le volvió al regazo de Venus Urania. Desde entonces, acaso desde antes, no se puede hablar seriamente del Amor, trayéndole á la tierra, prohibiéndole recordar su cielo, y arrancándole la vestidura. Cuando esto se hace, resulta el sacrilegio, que no se motiva ni funda bien, á no seguir el poeta las huellas de Baudelaire, y entregarse al diablo.

Y ahora ocurre otra duda. ¿Cómo es que hay versos eróticos, harto libres y desenvueltos, que el moralista, aunque no sea muy rígido, sin apelación condena, que toda señora ó señorita bien criada no puede oir sin enojarse y ruborizarse, y que, sin embargo, nos gustan mucho á los profanos? Sírvanme de ejemplo no pocas canciones de Béranger. Yo presumo que esto consiste en el tono. El refrán lo dice: C'est le ton qui fait la chanson. La alegría, la ligereza, el aire improvisado é irreflexivo lo disculpa todo. Se diría que estos poetas, alegres y desenfadados, dejan tranquilo en su cielo al Amor primordial y unigénito, y, si toman de él varias prendas, es para adornar á los Amorcillos terrestres, hijos de las ninfas, con los cuales no disuenan las libertades y la carencia de misterios.

De esta suerte, y no con tono heróico y pomposo, la Estética no repugna, aunque la Moral frunza las cejas, que el poeta, velando un poco, no parándose en pormenores, y dejando entender mucho por medio de rodeos y dobles sentidos, nos cuente ó nos cante algunas travesuras. Harto sé que la eutropelia del P. Boneta no permite tanto; pero yo confieso que lo permite la mía. Entiéndase, con todo, que para que estéticamente gustemos de versos así los mismos profanos, es menester que un dejo del verdadero amor, de ternura y de otros bellos sentimientos, difunda en el cuadro que el poeta nos trace algunos resplandores de la luz del cielo. Catulo amaba á Lesbia con el alma, plus quam se atque suos amavit omnes, y lo recuerda y lo confiesa hasta cuando ya Lesbia le es infiel; y lo mismo acontece á Béranger con Liseta, hasta cuando le dice, al verla con tantas galas, que ya no es Liseta y que no debe llevar aquel nombre. Á pesar de la regocijada liviandad de ambos poetas, no es la carne sólo lo que los enamora.

Infiero yo de cuanto va dicho la necesidad, moral y estética, de que en toda poesía de amores intervengan cielo y tierra y concurran lo espiritual y corpóreo; esto último velado por el pudor, sobre todo cuando se quiere que sean grave el tono y elevado el estilo.

Se cita mucho la definición que del orador da Quintiliano. Dice que ha de ser vir bonus dicendi peritus; pero se ignora ó no se recuerda que los griegos exigieron antes para el poeta, como requisito indispensable, la misma calidad de ser varón excelente. Acaso Quintiliano no hizo más que ampliar la exigencia de los griegos y comprender en ella á los oradores. Como quiera que sea, es lo cierto que la poesía, aun para los que seguimos la doctrina del arte por el arte, no es, en el más lato sentido, independiente de la moral. No se pone á su servicio ni la toma como fin, porque su fin está en ella: pero la poesía, siguiendo desembarazada y libre por su camino, si es de buena ley y de alto vuelo, al llegar á su término, tiene que parar en la moral más perfecta y pura que se concibe en la época en que el poeta vive, á no ser que éste, lleno de aliento profético, suba más alto y columbre y revele más bellos ideales. Esto significa la excelencia moral que los griegos requerían en el poeta, aunque careciese de aquella voluntad perpetua y constante que constituye la virtud práctica en todos los actos de la vida, ó aunque no fuese ni héroe ni santo.

Infiero yo de lo expuesto que el amor entre hombre y mujer, cuando no es sólo material, no va contra la moral, sino que ésta le sanciona. La poesía ha hecho de él su principal asunto, así en cantos líricos como en narraciones, desde las edades más remotas hasta nuestros días.

Es más: la poesía erótica es tan bella, entendida y realizada así, que, lejos de condenarla, la religión, por severa y espiritual que sea, ha solido valerse de sus frases vehementes y de sus acentos apasionados, para expresar los éxtasis y arrobos místicos, y los más sublimes misterios, aspiraciones y raptos del alma hacia lo infinito y lo eterno. Testimonio de esto da, en la antigua India, aquella égloga bellísima en que Yayadeva pinta los amores de la gentil pastora Radha y del Dios Crishna, que toma la figura del pastor Govinda para enamorarla: y no menos brillante testimonio da entre nosotros El Cantar de los cantares, donde los terrenales amores de Salomón y de la Sulamita vienen á sublimarse y á convertirse en los de Cristo con la Iglesia, y en los del alma con su Hacedor.

Tenemos, pues, la poesía erótica, siempre que se guarde en ella el debido decoro y no se la prive del elemento espiritual, no sólo tolerada, no sólo permitida, sino hasta canonizada. No ya con significación mística como San Juan de la Cruz, sino dirigiéndose á mujeres, que fueron ó que se supone que fueron de carne, varones piadosos, como Fr. Luis de León y Fr. Diego González, han compuesto versos amorosos.

Lo mejor es seguir tan buenos ejemplos. Sólo se oponen á que los sigamos la última moda de París, el afán de singularizarnos y el temor de ser como cualquiera otro, tomando la senda trillada y empleándonos en asuntos que se imaginan agotados ya, y sobre los cuales nada puede decirse si no repetimos lo que otros dijeron.

Crea usted que este temor es vano. No busque usted la originalidad, y ella vendrá á buscarle. Sea usted natural y espontáneo, y pondrá usted en cuanto escriba el sello de su persona, y será sana y limpiamente original, sin darse á todos los diablos y sin caer en las demencias fúnebres que en Francia se usan.

Inagotable fábrica y rico emporio de ideas es París. Necesario y bueno es tomar de allí lo que conviene; pero haya tino y juiciosa elección en lo que se tome.

Cierta poesía no es ya erótica, sino crapulosa y nauseabunda. Entre las causas que concurren á dar ser á esta poesía, además de las ya mencionadas, entra una vanidad pueril de que el poeta no se da cuenta á veces. Figurémonos al poeta en París. Su prurito será acaso que, en el fondo de la provincia de donde ha venido, le tengan por un picaruelo, sibarita alambicado, que logra venturas superfinas, ni soñadas en su lugar. Además, todo francés hace sin querer la reclame. En París se confeccionan los mejores guisos y se hacen los más graciosos vestidos y sombreros para mujeres; es menester, por consiguiente, que también se crea y se divulgue que en París se entiende mejor el amor y se le condimenta con aliños más picantes y especierías más ricas y exóticas. Con este señuelo, tal vez, no pocos individuos acaudalados de naciones, que en Francia se tienen entre el vulgo por semi-bárbaras, vendrán á París, ya que no á estudiar en la Sorbona, á aprender pornografía en los colegios de la nueva Babilonia.

No acuso yo á ningún autor francés de que lleve tal intención; pero la lectura de sus libros produce el mismo efecto que si la llevara. Nos fingimos por acá, y por muchas otras tierras, un París encantado, donde, si va uno con dinero, se pasea en los jardines de Armida, desembarca en la isla de los amores de Camoens, y penetra en el propio paraíso de Mahoma.

Si el mal se detuviese en esto, yo me callaría; pero el mal no se detiene. Los poetas crapulosos, como Baudelaire y Rollinat, se hartan y se hastían de sus goces; sienten aspiraciones infinitas, hundidos ya en el fango, y después de haber renegado de Dios; y aquí te quiero escopeta. Cada uno de ellos parece un energúmeno. Sus versos son pesadillas de un ascetismo bastardo y sin esperanza. Obsesos por el demonio del remordimiento y por otros demonios más feos y tiznados, rompen en maldiciones y blasfemias inauditas. Ya nos aseguran que no hay crimen que no sean capaces de perpetrar, ya se encomiendan devotamente á Lucifer, ya aseguran que quieren imitar á Cristo, si bien suponiendo que lo que Cristo prescribe y recomienda con el ejemplo es que nos matemos. La muerte es la única redención posible. Además, ellos entienden que deben matarse en castigo de sus culpas.

¡Va, que la mort soit ton refuge!

à l'exemple du Rédempteur,

ose à la fois être le juge,

la victime et l'éxécuteur.

La situación es tremenda, y empezando por versos de amor materialista puro, como los catorce sonetos, se viene á caer en ella, más tarde ó más temprano, á no desviarse pronto del mal camino.

Las visiones de Baudelaire y de Rollinat espeluznan y descomponen el estómago; dan horror y asco: es menester ser valientes y robustos para resistirlas sin vomitar ó sin caer desmayado. Los suplicios más feroces que ve Dante en su Infierno, las abominaciones y espantos de los más ascéticos libros cristianos, como Gritos del infierno, Estragos de la lujuria, y otros así, son niñerias y amenidades, si se comparan con lo que Baudelaire refiere cuando él mismo se ve ahorcado, podrido y hediondo, entre una nube de murciélagos y de grajos que le sacan los ojos á mordiscos y picotazos y se le comen por do más pecado habia, y con lo que cuenta Rollinat de aquel gato celoso, que yo sospecho que era un demonio familiar, el cual araña y destroza á su amiga en sitios tan sensibles y ocultos.

Si tamañas desventuras se tomasen por lo serio, sería cosa de deshacerse en un mar de lágrimas, de morirse de pena y de terror entre convulsiones horribles, y de aborrecer toda vida, y más que ninguna la sardanapalesca, á que se entregaron estos vates ilustres, y cuyos funestos resultados estamos tocando.

Por dicha, yo me consuelo y tranquilizo con sospechar que, tanto en el sardanapaleo como en el lloriqueo, tanto en las culpas como en los castigos, hay abundancia de filfa y camelo. Ni se divierte uno tanto como dice, ni suele exclamar de corazón ¡qué tétrica es la vida! después de haberse divertido. En ambos extremos hay ponderación jactanciosa: pose y blague. Lo peor es el pesimismo. Si se adopta para hacer efecto y darse charol, no tiene perdón de Dios. ¿Por qué en odas, en elegías, en coplas, en dramas, en novelas y aun en gruesos librotes de filosofía, hemos de angustiar á los mortales y quedarnos tan frescos?

Todos, aunque seamos optimistas, tenemos ratos, y días y semanas de mal humor, de tristeza y de abatimiento. Así estaba yo, poco ha, cuando escribía á un amigo diplomático extranjero, á quien quiero mucho, una melancólica carta. Él me contestó, consolándome con discretísimos razonamientos, algunos de los cuales vienen tan á pelo aquí, que voy á citarlos en el propio idioma en que están escritos, abusando quizá de la confianza y rompiendo el sigilo de la correspondencia.

«¿A quoi vous sert votre optimisme? (me dice). Notre maître le Docteur Pangloss restait ferme dans la doctrine après des accidents bien autrement facheux et malgré le cadeau dont l'avait gratifié Paquette et dont vous connaissez la généalogie. ¿L'optimisme ne servirait-il à rien? On serait tenté de le croire en voyant que les pessimistes sont en general de fort bons vivants, qui s'arrangent une existence très agréable et qui sont très peu pressés de sortir de cette création manquée. Leur chagrin est tout en rimes ou en livres de philosophie, qui n'ont pas d'influence sur leur conduite journalière. Schopenhauer n'avait pas l'air de s'ennuyer, si j'en crois ceux qui l'ont connu. Boudha lui même est mort d'indigestion, ce qui peut faire douter de son ascétisme et de son mépris des choses créées. ¿Si nous faisions comme eux et si nous prenions le monde comm'il est, réunissant ainsi les avantages des deux systèmes?»

Estas palabras de mi docto amigo me sugieren una idea luminosa y salutífera. Seamos optimistas y pesimistas alternativamente. Las cosas, aunque no crea uno en el determinismo feroz que nos arrastra al vicio y hasta al crimen, y aunque no vea uno siempre desolación y dolor en torno suyo, no están por eso todo lo bien que sería de desear. Confesémoslo, pero no nos aflijamos demasiado ni menos aflijamos á los demás hombres con nuestros quejidos y aullos. Conviene, pues, para esto, que nuestro pesimismo, en vez de ser trágico, sea chistoso y cómico; como el pesimismo de Voltaire, que en el Cándido hace que nos desternillemos de risa, ó, mejor aún, como el de Cervantes, más gracioso todavía en el Quijote, y lleno de dulzura y de cristiana resignación, sin chispa de hiél ni de impiedad ni de odio.

Y si, en el día de hoy, sin salir de España, quiere usted hallar un modelo acabado de este pesimismo para reir, búsquele en los escritos, en prosa y verso, de Miguel de los Santos Álvarez, y singularmente en algunas octavas del poema María. El pesimismo se expresa en ellas con tanto chiste y gracejo, que regocija, en vez de desesperar, y hasta se le antoja á quien lee ó recita aquellas blasfemias, no ya que él debe perdonarlas propter elegantiam sermonis, sino que hasta la Soberana Potestad, á quien se dirigen, en vez de castigarlas, las celebra y las ríe, como ríe y celebra la madre cariñosa y benigna al niño pequeñuelo y mimado, si la insulta por que no le da, para que no le hagan daño, las chucherías y golosinas que le pide.

En resolución, y para terminar, en las poesías amorosas mezcle usted algo del cielo con la tierra, á fin de no hallar tétrica la vida cuando está en lo más florido de sus años, y en lo demás procure usted no caer en el pesimismo, y si cae en él, témplele y endúlcele con la risa resignada y con la burla sin acíbar de Cervantes y del antiguo amigo de Espronceda. De esta suerte, ya que no los censores graves; los que no lo son ni tienen autoridad para serlo, en lo amoroso perdonarán á usted las verduras, y en lo pesimista las injurias contra la Providencia, cuyos designios y planes, que ignoramos y debemos acatar, tal vez brillan justificados después de tales ataques.

Y con esto termino, augurando á usted rica cosecha de laureles si sigue mi consejo, y reiterándole que soy su afectísimo amigo.

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COLECCIÓN DE MANUSCRITOS Y OTRAS ANTIGÜEDADES DE EGIPTO PERTENECIENTES AL ARCHIDUQUE RANIERO

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NO pocos escritores han dado ya noticia de esta rica y curiosa colección, pero nunca hasta ahora se había expuesto toda ella al público.

A fin de que cualquiera logre enterarse algo de los objetos que la componen, de su mérito y de su rareza, acaba de publicarse, en esta ciudad de Viena, un precioso catálogo ilustrado.

Como los objetos son muchos miles, no es posible que todos estén estudiados y descritos en el catálogo. Este, no obstante, es un tomo en cuarto mayor, de 292 páginas, letra muy metida, con veinte láminas y noventa imágenes y facsímiles intercalados en el texto, y contiene la descripción de más de mil cuatrocientos objetos.

Lejos de ser todos de la misma época, es tan varia su antigüedad, que el origen de algunos se remonta catorce siglos antes de Cristo, mientras que los más modernos son del siglo XIV de la Era cristiana. Todo ello es visible y claro documento de la civilización, no interrumpida por espacio de 2700 años, en el país que riega y fecunda el Nilo.

Como dicha civilización ha adoptado, en el transcurso de los siglos, diversas creencias religiosas, distintos usos, leyes y costumbres y diferentes idiomas en que manifestarse, los objetos, aunque hallados casi todos en el mismo lugar, varían en extremo. Sólo por la lengua ó escritura de los manuscritos pueden éstos clasificarse en hieráticos, demóticos, cópticos, griegos, latinos, arábigos y péhlvicos, ó sea en la lengua oficial de los persas en tiempo de los Sasanidas.

Los últimos vienen á demostrar con evidencia que á principios del siglo VII de nuestra Era, el Egipto fué conquistado por Cosroes II, y que la dominación persa en aquel país se extendió hasta la Nubia.

Por la materia en que los documentos de la colección están escritos, también hay notable diversidad. Lo que más abunda es el papiro, desde los tiempos de Ransés II, el Sesostris de las historias clásicas. Siguen los escritos en papiro, después de la conquista de Alejandro Magno, en el periodo helénico de los Ptolomeos, durante la dominación romana y en la época bizantina.

Cuando los árabes se apoderaron del Egipto, la civilización no se eclipsó ni retrocedió, y el cultivo de la planta de que se saca el papiro y la fabricación del papiro tomaron mayor incremento, proporcionando al Egipto prosperidad y riqueza. Las más importantes fábricas estaban en Wasima y en Bura, cerca de Damieta, desde donde se enviaba esta mercancía á los más distantes y opuestos mercados: á Roma, á Constantinopla, á Bagdad, y á Córdoba.

En la colección del archiduque Raniero hay papiros escritos en lengua arábiga, desde la conquista muslímica, en el siglo VII, hasta bien entrado el siglo X; los hay del tiempo de los primeros sucesores del Profeta, y de las dinastías de los Omiadas, Abasidas y Tulunidas.

En el siglo X, ó tal vez antes, se había ya extendido por el Asia occidental y había penetrado hasta el Egipto mismo un poderoso rival del papiro que había pronto de vencerle y dar con él por tierra. Era este rival el papel de trapo. A lo que parece, el papel se conocía y usaba en China desde la edad más remota. Los árabes le importaron en Occidente. La época de este gran acontecimiento ha venido á fijarse, poco ha, con maravillosa exactitud. Se marca el día, el mes y el año en que fué. Fué el 7 de Julio del año 751 de la Era cristiana. Los anales arábigos y los chinos están contextes en esto. Kao-Hsien-fa, general de Corea, fué vencido por los árabes, que llevaban por auxiliares á los turcomanos, cerca de una ciudad llamada Kangli, en la orilla del río Tharâz. Los vencedores traspasaron las fronteras mismas del Celeste Imperio persiguiendo á los chinos, y les hicieron muchos prisioneros. Entre ellos había, por feliz casualidad, algunos que tenían por oficio hacer papel. Fueron éstos llevados á Samarkanda, donde pronto empezaron á ejercer su industria. Los productos de ella se difundieron, desde Samarkanda, por el Occidente de Asia, por Africa y por Europa. Si tardó casi dos siglos en vulgarizarse el papel y en vencer al papiro, fué porque los primeros fabricantes sólo de algodón sabían hacerle, y les faltaba, ó bien abundaba poco, la primera materia. Al cabo vino á inventarse el hacer el papel de trapos viejos, y pronto entonces se trasplantó esta industria á otros puntos. La segunda fábrica, de que hace mención la historia, se estableció en Bagdad el año de 795, reinando el califa Harun-al-Raschid. No tardó mucho, probablemente, en haber también fábricas de papel en Damasco, y desde allí el papel empezó á conocerse en Europa, tomando el nombre de Charta Damascena.

En Egipto, los árabes emplearon ya el papel desde el siglo IX, y en la colección del archiduque Raniero se ven escritos en esta materia, empezando desde dicha época y continuando durante las dinastías de los Ichschidas, Fatimidas, Aijubidas y Mamelukos.

Y lo más singular, y acaso una de las cosas que dan más precio á esta colección, es que, no sólo hay manuscritos en papel, sino que evidentemente hay también papeles, grabados ó impresos, que datan del siglo X. Los árabes no se limitaron á traer el papel desde la China, si no que, por lo visto, trajeron también el arte de la imprenta antes de que Gutenberg le inventase. Ya se entiende que esto excita la curiosidad y el asombro, pero en manera alguna disminuye la gloria de Gutenberg, como no quita á Colón la gloria de haber descubierto la América el descubrimiento muy anterior y harto infecundo de los islandeses.

Como quiera que sea, en la colección del Archiduque hay no pocos papeles impresos, completamente como los imprimían los chinos, y que son de mediados del siglo X.

El papel manuscrito es en la colección, según es natural, más antiguo que el impreso.

El primero, por orden cronológico, entre los estudiados ya, es una carta, en cuya dirección escrita en el respaldo se lee la fecha correspondiente al año 873 de nuestra Era. Hay después un fragmento de contrato del año 909. La colección, además de papiros y papeles, contiene escritos en madera, en barro, en telas, en tablas de cera, en metal y en varias clases de pergaminos de vaca, de carnero, de becerro y de antílope, que eran los más estimados.

El conocimiento del arte de escribir y de todos los recados y sustancias con y en que se escribe se puede adquirir visitando esta colección, que viene á ser una serie de monumentos de su historia. Y no es el menos notable un cesto, de paja y cáñamo entrelazados, donde hay tres paletas de madera muy dura, en que se frotaba la pastilla ó barra de tinta sólida, humedeciéndola, para que, desleída, sirviese. En cada paleta hay huecos en que se envainaban las cañas ó plumas, de las que se conservan tres. Cesto, cálamos y paletas, que aún tienen tinta endurecida, son de mil doscientos años antes de Cristo, si hemos de dar fe á los inteligentes y al testimonio de un papiro con escritura hierática, que estaba unido á dichos objetos.

Como se ve, todos ellos forman un tesoro de imponderable valor para el anticuario, y están ahora expuestos al público en cinco salones del Museo austriaco de artes é industria.

Lo más importante lo descubrió y trajo á Viena el señor Teodoro Graf, de quien, en 1884, lo adquirió el Archiduque.

El tesoro procede de diversos puntos, por ejemplo, de Al-Uschmunein, la antigua Hermópolis; pero el fondo principal se ha encontrado cerca de Medina-al-Fayun, no lejos del lago Moeris, entre las ruinas de la ciudad de Schet, llamada por los griegos Crocodilópolis ó Ciudad del Cocodrilo, porque allí era adorado el dios Sobk, cuya cabeza era como la de dicho animal. Schet se llamó más tarde Arsinoe, en honor de la segunda reina de este nombre, hija de Ptolomeo I.

El libro, de que vamos extractando todas estas noticias, se titula Guía de la Exposición; está impreso en la imprenta Imperial y Real de la Corte y del Estado, y ha sido compuesto por tres principales autores. En lo egipcio ha trabajado el Sr. J. Krall; en lo greco-latino el Sr. K. Wessely, y en lo arábigo el Sr. J. Karabacek, de quien es también la Introducción de la obra.

Como yo no acierto á escribir nunca con el conveniente disimulo ó hipocresía, que alguien llama pudor literario, y, sin poderlo remediar, impongo al público en mis secretos como si el público estuviese formado de amigos íntimos, no he de ocultar aquí los sentimientos y pensamientos, acaso abominables y vitandos, que acuden á mi alma ó en ella se despiertan, al visitar la referida Exposición ó al hojear el libro que la describe. ¿Hubiera perdido algo el linaje humano con que todos estos papiros y papeles se hubiesen perdido sin llegar hasta nosotros ó con que nunca el Sr. Graf los hubiese descubierto? Sin duda que suministran datos importantes y fehacientes, que aclaran no pocos puntos históricos, y esto es una gran cosa; pero proporciona tanta fatiga el estudiarlos, descifrarlos y traducirlos, que no sé si el resultado obtenido compensará nunca la fatiga. Si yo no fuese tan aficionado á saber, si mi afán de enterarme de todo no fuese tan vivo, me importaría poco que se descubriese, cada día, un cúmulo de manuscritos como el que posee y exhibe el Archiduque: pero yo quiero saberlo todo, y como el tiempo me falta, y la vista me va faltando también, y sé poquísimos idiomas, se apoderan de mi espíritu la inquietud, el mal humor, algo como miedo de acometer un trabajo nuevo y algo como envidia de aquellos para quien apenas es trabajo sino deleite el investigar tales escritos y poner en claro lo que dicen. Entonces me explico y casi aplaudo la supuesta ó verdadera conducta del califa Omar, del Licenciado Barrientes, del Cardenal Cisneros, del arzobispo Zumárraga, y de otros de quienes se cuenta que han quemado manuscritos. La gente los denigra y los saca á la vergüenza como insensatos fanáticos, pero yo tal vez los miro como heróicos dechados de caridad desagradecida. Por fortuna, pronto desecho esta extraviada manera de pensar y de sentir; y pues hay manuscritos, aspiro á saber lo que dicen y hasta á informar un poco de su contenido á los que sean más ignorantes ó menos estudiosos que yo, y algunos habrá.

Hasta ahora sólo he hablado de lo material: del papiro, del papel, del pergamino, de la tinta y de las paletas en que se desleía la tinta, allá en tiempo de los Faraones anteriores á Moisés. Veamos ahora algo de lo que los manuscritos contienen.

Lo primero que se piensa es que son una mina de donde cualquiera autor de novelas históricas pudiera tomar el legitimo color local, ó mejor dicho temporal, para los sucesos que relatase. Acaso no quede acto de la vida de un municipio y de las relaciones y tratos entre sus habitantes del que no se encuentre algún testimonio en la colección del Archiduque. Se diría que hay en esta colección cuanto se custodiaba en las escribanías de Arsinoe y en el archivo de su Ayuntamiento: contratos de matrimonio, partes de defunción, recibos de contribuciones, pagarés, escrituras de compra, venta y arrendamiento, etcétera, etc. Todo es peregrino por la lengua en que se expresa, y porque nos parece que pasa á nuestra vista y que hemos ido retrocediendo veinte ó treinta siglos contra la corriente de los sucesos que vuelven á mostrarse como presentes; pero, en lo esencial, aunque un poquito más negros y más feos, apenas hay casos que no sean idénticos á los de ahora: tributos enormes, gente que se resiste á pagar ó no puede, poco dinero, usura, miseria en el pueblo bajo, y en los empleos públicos filtraciones é irregularidades.

Ejemplo notable de esto ofrece el manuscrito núm. 272, del siglo iii de Cristo, donde hay actas del Ayuntamiento de Hermópolis Magna. La ciudad era espléndida; tenía por patrono á Mercurio Trimegisto, inventor de las letras y de las ciencias; y los templos de dicho Dios, de Apolo, de la Fortuna, de Serapis y de las Ninfas, eran de gran belleza. Sus colosales ruinas pasman aún al viajero.

Aquel municipio era autónomo, y los encargados por elección de gobernarle se titulaban el Ilustrísimo Concejo. Los negocios de que habia que tratar se los repartían los concejales, y como los negocios eran muchos y varios, es también muy variado el contenido de las actas. Así, refieren éstas que dos regidores, Dioscórides y Sarapamón, se apoderaron de las llaves del pósito, y sustrajeron de allí y vendieron muchísimo trigo y cebada, toda la provisión de lentejas, y más de cien artabos de vino de arroz. No contentos con esto, hicieron otras muchas defraudaciones. De aquí largos y acaloradísimos debates en las Casas Consistoriales, para ver cómo había de reponerse la pérdida, pues, á lo que se infiere, ni Sarapamón, ni Dioscórides tenían talentos, ni minas, ni dracmas, ni óbolos, ni calcos, ni sólidos (que eran las monedas que entonces corrían), porque todo lo habían liquidado.

Dejemos nosotros en paz á los señores Sarapamón y Dioscórides, ya que no es posible que devuelvan de lo sustraído ni una lenteja, y procedamos cronológicamente en este rápido recuento.

Las conjeturas y los ensueños, no sólo deben de estar permitidos, sino que suelen ser muy divertidos. Imagine cada cual lo que se le antoje: ponga en la hundida Atlántida, en las regiones hiperbóreas, más allá de las Montañas Rifeas, y hasta en la Lemuria, si le parece bien, un foco primitivo de civilización; lo cierto, lo demostrado es que la civilización más antigua es la de Egipto. Hace cerca de seis mil años que el Egipto está civilizado. Monumentos hay, en aquella tierra portentosa, á los que se atribuyen más de cinco mil años de edad, cuya perfección y magnificencia no han sido después superadas. Cualquiera de ellos da muestra de que ya se conocía la escritura. La más antigua, la monumental y lapidaria, es la hieroglifica, que siguió empleándose hasta el reinado del emperador Decio.

De la escritura hieroglífica había nacido la hierática, que se usó para escribir en los papiros y que no era más que la simplificación de los setecientos signos de que la escritura hieroglífica se componía.

En el mismo cesto, donde estaba el recado de escribir de que hemos hablado, se halló el más bello y bien conservado escrito hierático de la colección archiducal. Se supone, pues, que es de la misma época, ó sea de 1200 años antes de Cristo.

Contiene, en forma de carta dirigida por un señor Pibesa á un señor Amenofis, una descripción poética de la ciudad de Pi-Ransés, de la que no queda rastro y sobre cuya posición discuten los egiptólogos, aunque convienen todos en que era la residencia favorita de Ransés II; tal vez algo á modo de un Aranjuez ó un Escorial de entonces. Según la descripción, había allí hermosos palacios; toda comodidad, deleite y regalo; bien cultivadas huertas, donde se cosechaban granadas, manzanas é higos; sembrados fértiles, estanques llenos de peces, mucha miel y vino más dulce y más aromático todavía.

Otro escrito hierático de la colección, adornado con viñetas y muy extenso, es el Litro de los muertos de Taruma, sacerdotisa de Ptah. Una de las viñetas representa el juicio de los muertos, y otra la momia de la mencionada sacerdotisa, extendida en el lecho mortuorio, que tiene forma de esfinge, sobre todo lo cual se alza volando el alma, bajo la apariencia de un pájaro. Este Libro de los muertos es, como otros que del mismo género se conservan, una serie de oraciones ó salmos, con que se proveía á los difuntos para que luchasen contra los tenebrosos poderes del Amente ó Infierno, los venciesen, y pudiesen volver á las regiones de la luz.

Los escritos demóticos son pocos en la colección, al menos los descifrados hasta ahora. Aunque se llaman demóticos, ó sea populares, son, á lo que parece, harto difíciles de leer, á causa de las abreviaturas y enlaces y de lo cursivo de las letras. En tiempo de los Ptolomeos fué el mayor florecimiento de este género de literatura, cuyo más brillante fruto es la Historia de Xamris y Neferchoptah. En la colección del Archiduque hay, en escritura demótica, conjuros para evocar á Osiris, á Chu, dios del Oriente, y á Amón, dios del Mediodía.

La magia y la teurgia eran ciencias muy cultivadas en Egipto, y con cuyo auxilio se atraía á la luna desde el cielo, se aprendía el lenguaje de los pájaros, se transformaban las varas en serpientes y se hacían otra multitud de milagros. Las fórmulas, por cuya virtud se hacían, estaban custodiadas en los colegios sacerdotales y en los Palacios de los Faraones. Los profanos ó no iniciados no podían valerse de estas fórmulas, ni poseerlas escritas, sin exponerse á muy severos castigos. Hasta el mismo Faraón, si tenía el antojo de hacer algún milagro valiéndose de las tales fórmulas, se exponía á que el cielo le castigase enviando á su reino las más espantosas plagas. Así, pues, los conjuros demóticos que en la colección se ven, deben de ser una divulgación sacrilega, plebeya é incompleta, de la alta y noble ciencia de los sacerdotes y príncipes.

Posee también la colección extraordinaria cantidad de escritos cópticos (pasan de 4.000), en papiros, pergaminos y otras materias. A pesar de la influencia cristiana, tan poderosa en esta literatura, que consta principalmente de traducciones de textos griegos de la Biblia y de los Santos Padres, la afición á la magia persiste aún, y hay no pocos conjuros y fórmulas que servían de amuletos. Entre ellos se ven combinaciones de palabras, que forman lo que, para diversión y adivinanza, ha estado últimamente en moda con el nombre de cuadrado de letras. Así, por ejemplo:

sator

arepo

tenet

opera

rotas

y este otro, hecho con palabras y letras griegas:

αλφα

λεων

φωνη

ανηρ

En la lengua cóptica se contaban muchos dialectos y habían entrado palabras extrañas, ya del griego, ya del latín, ya del árabe. Se empleaba el alfabeto griego, con la adición de algunos signos para expresar sonidos que con las letras griegas no podían expresarse.

Paciencia será menester para descifrar los cuatro mil manuscritos cópticos de que hemos hablado, y de los cuales sólo una vigésima parte explica el Catálogo. Hay cartas particulares y de negocios, cuentas, recibos, vidas de santos, la epístola del rey Abgar de Edesa á Jesucristo, y la contestación de éste, homilías, plegarias y evocaciones de varios linajes de seres sobrenaturales; del demonio Tamsari, del gran querubín Asaror, de los espíritus de los patriarcas Adán, Noé y Matusalén, y del ángel Chrufos.

Posible es que de tamaño caos, después de estudiar mucho y devanarse los sesos, saquen los sabios alguna luz para la historia de las supersticiones, ritos, doctrinas, cultura y modos de vivir, en los tiempos más obscuros, sobre todo para la Europa latina, ó sea desde el siglo v al x.

En la sala segunda están expuestos los manuscritos griegos, que son los más lujosos, elegantes y de mejor gusto artístico. Los hay con dibujos y letras de varios colores, y de plata y de oro. Todos son enrollados y no en la forma moderna del libro. También estos manuscritos son los más interesantes para la historia, porque, ya son ejemplo único ó casi único de algo, ó ya dilucidan puntos obscuros, que á la mayoría de la gente no les importan nada, pero que llenan de entusiasmo á los historiadores y arqueólogos y hacen que prorrumpan en el eureka de Arquímedes. Brillante ejemplo del primer caso presta el pedazo de papiro señalado con el número 531, donde se lee un coro del Orestes de Eurípides, con la música con que se cantaba, y también con la música instrumental del acompañamiento. Este papiro es casi contemporáneo del nacimiento de Jesucristo: debe de tener mil novecientos años de antigüedad.

Yo no sé en qué consiste, ni me parece que el Sr. Wessely lo explica, pero lo cierto es, que, fuera de este coro con música y quizá de algún otro papiro, conteniendo amuletos, conjuros ó fragmentos literarios y sin fecha cierta, no hay entre todos los papiros griegos descritos uno solo anterior á la Era cristiana. Los más antiguos son de fines del primer siglo de dicha Era, esto es, cuando ya la dominación helénica y su cultura y sus letras prevalecían en Egipto hacía cuatrocientos años.

Desde el de 83 hasta el de 735 ó dígase mucho después de la conquista de Egipto por los árabes, que tuvo lugar en 642, hay papiros griegos en la colección del Archiduque. La cultura helénica persistió después de dicha conquista. En todo, duró en Egipto más de mil años.

Las noticias de la vida pública y privada que contienen estos papiros, son en extremo curiosas y pueden producir al que las recoja una abundante cosecha de datos para la historia y para las ciencias auxiliares de ella, como la cronología, la lingüística, la arqueología y la economía social. Así, v. gr.: un papiro de la colección es el único documento escrito del reinado de noventa días de los emperadores Pupieno y Balbino. En otro papiro se declaran los títulos de la reina de Palmira, Zenobia, y de su hijo, que reinó á par de ella, y que se llamaba y titulaba Aurelio Septimio Vabalato Atenodoro, vir clarissimus, Rex, Imperator, dux Romanorum. Otros papiros dan muestra de la decadencia literaria, de la corrupción que se fué introduciendo en el idioma, del mayor número de extravagancias, supersticiones y tristezas que conturbaron los espíritus, de la poderosa reorganización del imperio por Diocleciano y Constantino, del triunfo de la religión cristiana, y de la vergüenza de la universal bancarrota del Estado y del rebajamiento en la ley de la moneda.

Todo esto lo ve sin duda pasar ante sus ojos, como si estuviera viviendo entonces, el que sabe leer los papiros y los lee. A veces conoce, no ya la vida de una sola persona, sino la historia de toda la familia y de sus bienes de fortuna durante algunas generaciones. En un contrato de compra y venta en el año de 268, vemos á la rica y joven viuda Priscila comprando una bonita esclava en la flor de su edad, y pagando por ella cinco mil dracmas. Como ya la muchacha había pertenecido á un oficial de caballería, llamado Aurelio Coluto, no es muy de creer que su inocencia inmaculada entrase por mucho en tan subido precio. La señora Priscila debía de ser caprichosa y vivir con lujo y aparato. Su hermosa casa estaba en la Calle del Castillo del Occidente, en la ciudad de Hermópolis. Pero no hay bien ni mal que dure cien años. La señora Priscila tenía un hijo llamado Aurelio Nicon Aniceto, que fué del Ayuntamiento, y que no sabemos cómo administraría la fortuna comunal, pero sí que administró tan mal la propia, que tuvo que empeñarse y hasta que hipotecar la casa de la Calle del Castillo del Occidente. Tomó prestados sobre esta hipoteca: primero, cuatro mil doscientos dracmas; al año siguiente, mil quinientos más; otro año después, mil doscientos, y todavía otros mil quinientos dracmas, un año más tarde. El resultado natural fué que tuvo que vender la casa, poco tiempo después, á la señora Aurelia Serapias, hija de Trimoros, de quien yo sospecho que era un usurero terrible. La señora Aurelia Serapias había de parecerse mucho á su padre, y sólo dió por la casa tres mil dracmas sobre lo que ya había prestado. Es casi seguro que la casa estaría apreciada, en número redondo, en dos talentos, ó sea doce mil dracmas; de suerte que, al dar los tres mil y cobrarse lo prestado, la señora Aurelia Serapias todavía tuvo un beneficio de seiscientos dracmas lo menos.

Raros son los papiros que no contienen noticias lastimosas; pero, al fin, algunas hay alegres también. Pondré por caso la certificación, expedida por un juez de los juegos olímpicos, de que Horión ha alcanzado la victoria y ha sido coronado á son de trompetas. La certificación es del tiempo del emperador Galieno y se dirige al Ayuntamiento de Hermópolis para que honre, como debe, al referido Horión, natural de dicha ciudad. A los vencedores en los juegos se les concedían no pocos privilegios y distinciones, exención de ciertos tributos y hasta pensiones, á veces.

La serie de documentos es larga, y sería prolijo, para un artículo, detenerse más en dar cuenta de ellos. Los que más abundan son los contratos entre particulares y los escritos relativos al cobro de las contribuciones, las cuales eran en dinero, en toda clase de cereales, viandas y frutos, y hasta en equipo para los militares. La corrupción de los que recaudaban, las vejaciones que imponían, el susto que les entraba cuando había visita de inspección, y la creciente pobreza y opresión del pueblo, todo se refleja en los papiros como en un espejo. La sociedad hubo de hacerse tan insufrible para la mayoría de los hombres, que se comprende la manía que se apoderó de muchos de huir de las ciudades y de retirarse á los yermos á hacer vida de anacoretas.

El pueblo egipcio debía de estar cada día más humillado por sus sucesivos dominadores, de todos los cuales iban quedando descendientes con privilegios como hombres de raza superior, formando colonias militares y constituyendo, á modo de un ejército de reserva, para sostener el gobierno central, primero de los Ptolomeos, y después de los Césares. En los papiros se ven á cada instante las huellas de estas clases privilegiadas. Ellas acaso ayudarían á las legiones romanas para defender el Egipto, aunque en vano, primero contra los persas, y contra los árabes después.

La dominación persa no hubo de durar más de dos ó tres años. Sin embargo, la colección del Archiduque Raniero encierra centenares de documentos que atestiguan esta dominación, la cual terminó sin duda en tiempo del emperador Heraclio.

De los manuscritos péhlvis no da la guía de la Exposición traducción ni cuenta, disculpándose los autores con la dificultad que ofrece la inteligencia de este idioma, del cual, según se hablaba en tiempo de los Sasanidas, afirman que sólo quedan algunas monedas é inscripciones en piedra que puedan haber servido para prepararse á interpretar los recién descubiertos manuscritos, que hoy posee el Archiduque, y son, á lo que parece, los únicos en su género.

Entiéndase que yo hablo como profano y que no acierto á decidir si el péhlvi en que están escritos los papiros de la colección archiducal es otra lengua distinta de aquella en que está escrita parte del Zendavesta, ó si hay algún libro sagrado escrito en un péhlvi menos antiguo, ya del tiempo de los Aquemenides, ya del tiempo de los Arsacidas, ya del de los Sasanidas mismos. En este último caso, dicho libro podría servir, como escrito en idéntico idioma, para traducir los manuscritos persas del Archiduque.

La parte de los manuscritos latinos es muy pequeña en el Catálogo. El latín era en todo el Imperio romano el idioma de las leyes y de la milicia; pero, en Egipto, para la administración, el comercio y los contratos, se empleaba el griego. Así es que hay pocos manuscritos latinos y casi todos de asuntos militares.

Es de lamentar que entre tanto manuscrito del largo, del milenario período greco-latino, apenas se haya descubierto nada que tenga valor estético, salvo el pedazo del coro de Orestes, con su música. Lo más notable, después de dicho coro, es un fragmento del prólogo de un drama de Epicarmo, titulado Ulises explorador, donde el astuto héroe se disfraza de mendigo y penetra en Troya para averiguar lo que allí pasa. Hay asimismo dos hojas de pergamino de un discurso de Esquines impugnando á Demóstenes. El discurso fué pronunciado 330 años antes de Cristo; y el pergamino de que hablamos es del siglo v de nuestra Era. Hay, por último, dos antífonas del siglo iv, y pedazos de las Escrituras Sagradas y de varios Evangelios no canónicos.

La conquista de Egipto por los árabes, en 642, fué para el pueblo conquistado una felicidad, aunque efímera. Los árabes fueron recibidos por los coptos como simpáticos vengadores y libertadores. No eran como los bárbaros que habían acabado con la dominación romana en Europa, sino un pueblo de cierta cultura sencilla, primitiva y patriarcal, cultura que contaba siglos de duración y que en no pocos de sus rasgos tenía bondad y aun delicado refinamiento. Como los árabes venían además, en corto número, ni querían, ni podían, ni necesitaban oprimir demasiado, luego que pasaba el primer choque de la invasión y de la guerra. Amrú, en otro tiempo mercader de cueros y de especias, y luego general del califa Omar, invadió el Egipto y se apoderó de aquella región fértil y dilatada, con un pequeño ejército de tres mil á cuatro mil hombres bien disciplinados. Por una corta capitación anual podía cada habitante vivir tranquilo en su casa, con su familia, su religión y sus leyes. Amrú, lejos de quemar la Biblioteca de Alejandría, protegió las artes, la industria y el comercio, é hizo que el Egipto volviese á florecer.

Los papiros que describe el Catálogo dan repetidos testimonios de esta benéfica suavidad de la conquista musulmana. Los aficionados á ensalzar el islamismo hallarán aquí nuevas pruebas de que, si bien los árabes no fueron un pueblo inventor, fueron conservadores de las ciencias, aficionados á ellas, y vehículo é intermedio de las invenciones, ideas y civilización de otros pueblos.

Durante algunos siglos, tal vez se pudo imaginar que la luz del saber iba á extinguirse entre los pueblos cristianos y á resplandecer entre los muslimes, y que éstos llevaban la delantera en el camino del progreso: pero, en el seno tenebroso de la barbarie europea, en medio de las ruinas del Imperio de Occidente, de donde surgieron nuevos Estados, compuestos de una inerme y abyecta grey, oprimida por una casta superior, ignorante y belicosa, había gérmenes tan fecundos, que de ellos brotó esta civilización más alta, que dura aún, que ha llegado á maravilloso desenvolvimiento, y que es de esperar que ya nunca muera, á pesar de las extrañas enfermedades que suelen atacarla cuando más se ufana y se engríe con sus triunfos y su gloria. Las naciones muslímicas, entre tanto, han descendido muy por bajo del nivel que en su origen tenían y se han sumido en la barbarie. Como no nos incumbe aquí explicar las causas de todo esto, nos limitamos á decir que en los manuscritos del Archiduque hay abundancia de datos que pueden valer para explicarlo, y que, por consiguiente, dichos manuscritos no importan sólo á la historia de Egipto, sino á la historia de la civilización del linaje humano.

Acaso se pruebe por ellos que no duró mucho la mejor condición del pueblo bajo el dominio musulmán. La población decrece en los sucesivos censos, aunque puede atribuirse á que no pocos coptós se hacen sectarios del Islam; la opresión y los malos tratos van aumentando contra los que no reniegan; y los tributos cunden y se agrandan poco á poco, hasta el punto de echar de menos los peores días del imperio bizantino.

De todos modos, la cuestión es complicada y no debe decidirse de plano. La rica colección de documentos, que posee el Archiduque, es un arsenal que suministra armas para defender cualquiera tesis. Lo que desde luego puede afirmarse es que, en aquellos siglos, ninguna horda, tribu ó nación hacía ni hubiera hecho conquista tan benigna como las de los árabes. Los dieciocho preciosos documentos, de que el Catálogo da cuenta, contemporáneos de la conquista, y sólo posteriores los más en doce ó catorce años á la muerte de Mahoma, manifiestan la bondad y la moderación de los conquistadores. En cambio, otros documentos de época posterior se pueden aducir, como prueba de la dureza de la dominación muslímica, al menos contra los cristianos. A veces los sellaban en la mano con un hierro candente, y á los que no llevaban este sello los solían castigar con azotes, y hasta con la muerte. Bien es verdad que los coptos se rebelaron en varias ocasiones, y ya la rebelión sofocada, fueron reducidos muchos á la condición de esclavos, pudiendo acaso decirse en defensa de los muslimes que en los pueblos de la Cristiandad hubo hasta muy tarde la cruel costumbre de sellar á los esclavos de la misma suerte, no en la mano, sino en la cara.

Al lado de esta y otras huellas de ferocidad, hay también documentos, de los que da cuenta el catálogo, en que conviene celebrar ciertas elegancias, primores y hasta ternuras que parecen propias de las más cultas edades. Citaré, por ejemplo, el fragmento de una carta de amor, escrita en el siglo ix, donde el amador ausente se considera tan herido en el corazón y en el alma, que va á morir de mal de ausencia. Es además muy interesante la postdata de esta carta sentimental, ya que por ella se ve que fue confiada á una paloma mensajera. En el siglo ix estaba, pues, establecido este modo de correo, y es probable que, no sólo el gobierno, sino los particulares, hubieran podido valerse de él. De trecho en trecho había estaciones ó palomares, á cada uno de los cuales llegaba con cada carta una paloma que á él pertenecía: los empleados allí confiaban la misma carta á otra paloma, que la llevaba hasta la próxima estación, y así sucesivamente llegaba la carta á su destino. De esta manera, sin duda, el califa recibía nuevas de cuanto iba ocurriendo en sus extensos dominios. Tal vez estas nuevas se ponían en conocimiento del público. Como prueba de que los particulares se valían del mismo medio de comunicación, puede aducirse, en los tiempos más antiguos, un papiro ó pergamino finísimo destinado al efecto, y más tarde, unas hojitas de papel, que se llamaba de pájaro, y que venía á tener seis centímetros de ancho y nueve de largo.

En suma, la colección de manuscritos del Archiduque, en su parte arábiga, da á conocer ya mucho la vida, usos y costumbres de los muslimes en los siglos medios; aclara bastantes puntos oscuros, corrige no pocos errores históricos, y ofrece aún vasto y apenas explorado campo, primero al estudio de los arabistas, y después á las consideraciones, comentarios y consecuencias que pueden y deben sacar los historiadores y los filósofos.

Yo me he limitado á dar de todo la más superficial noticia. Para terminar, recomiendo ahora á mis lectores, si alguno tengo que sea curioso y entendido en estos asuntos, que, ya que no pueda ver la Exposición, compre el catálogo y le lea. Con esto sabrá algo, pero no lo sabrá todo. El catálogo es una fuente ó, si se quiere, un río de conocimiento; pero los objetos no catalogados ni descritos aún son la mar. Me aseguran que pasan de cien mil. Todos los días anuncian los periódicos de aquí interpretaciones ó explicaciones de nuevos manuscritos. Anteayer mismo trajeron que se habían descifrado un himno demótico al Dios Soknopaios, compuesto por su propio sacerdote y escrito en un rollo de papiro de más de un metro de largo, y dos ó tres capítulos de la obra de Xenofonte, titulada Helénica, donde trata de los últimos casos de la guerra del Peloponeso.

Sólo Dios sabe lo que se descubrirá todavía; y como será cuento de nunca acabar, no debe ser censurado que en cierto modo acabe yo este articulo sin que, en realidad, acabe ni haya motivo para que acabe.

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DE LOS AUTORES PORTUGUESES QUE ESCRIBIERON EN CASTELLANO[1]

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DURANTE no breve tiempo, la atención del público inteligente, y, sobre todo, de las pocas personas que leen en España, se fijó con tal ahinco y con tan candorosa admiración en el movimiento intelectual de Francia, y quizá de algún otro país de los que en el día se consideran al frente de la civilización de Europa, que descuidamos mucho el conocimiento de nuestros autores, y aun llegamos á mirarlos con desdén, más ó menos encubierto.

De aquí sin duda el escaso cultivo que hemos dado á nuestra historia literaria, de la cual no tenemos aún tratado de conveniente extensión y escrito por un español en nuestro propio idioma; Amador de los Ríos dejó en el punto más interesante su grande obra, y lo menos malo completo que tenemos hasta hoy, prescindiendo de la frialdad y pobre sentir de las bellezas, es el libro del anglo-americano Jorge Tiknor.

Recientemente, acaso desde ñnes del primer tercio de este siglo, el amor propio nacional nos ha estimulado, y la afición á las letras patrias se ha despertado en España, al menos en el pequeño circulo de los que gustan de libros y no se emplean enteramente en las interminables discusiones políticas.

Nuestros antiguos libros, ó circulaban en ediciones detestables, que arredraban á los tibios y no consentían que los leyesen, ó se habían hecho raros, cayendo los ejemplares que aún quedaban en poder de bibliófilos, que hacían de ellos misterioso tesoro, estimando á menudo con perversa crítica, cada libro, más por su rareza que por su valor literario.

En esta situación, empezó á publicarse en 1847 ó 1848 la Biblioteca de autores españoles, de Rivadeneyra, la cual hizo un gran servicio, divulgando el saber de nuestra literatura y procurando que este saber pudiese ser algo más que somero, sin convertirse en ciencia oculta, de la que sólo entienden los iniciados.

Desde entonces, así los que compusieron los prólogos, introducciones y notas á los varios autores que publicó Rivadeneyra, como otros eruditos que tal vez han venido después, y entre los que descuellan Menéndez y Pelayo, Adolfo de Castro, Laverde y Canalejas, han ido juzgando y estimando en lo que se debe nuestra amena literatura, poesía lírica y épica, novelas y teatro, y hasta nuestros historiadores, filósofos y demás hombres de ciencia.

Aún queda bastante que hacer en este punto de la crítica, y es harto difícil ponerse en el medio razonable para no desdeñar demasiado ni encomiar tampoco sin medida lo que no lo merece. El segundo escollo es el más peligroso de los dos. Quien en él se coloca, en vez de ganarse las voluntades y de fomentar la afición á los antiguos libros españoles, infunde al vulgo, á la gente de mundo semi-ilustrada, miedo y hasta repugnancia, no falta de fundamento, porque si alguien lee un libro que el crítico le ponderó como un primor, lleno de ingenio y de gracia, oro de Tíbar de poesía, etc., y se aburre leyéndole y le halla tonto é inaguantable, creerá que con todos los demás libros que le pondere el crítico le sucederá lo mismo, y no leerá ninguno, y tendrá vehementes sospechas de que no es muy divertida la antigua literatura española.

Harto sabemos todos que la moda, las ideas del tiempo en que se vive, el chiste de fecha reciente, es lo que el vulgo literario penetra bien y aquello en que se complace. De lo pasado suele penetrar poco, y no se divierte ni se interesa por ello; pero, en otros países, no son los hombres tan rebeldes á toda férula como en España; no tienen tanto el valor de sus opiniones, y reconocen las autoridades y las acatan y se someten. Aquí no. Un inglés irá á oir un drama de Shakespeare, y bostezará y se fastidiará de muerte, pero no se atreverá á decir que el drama es malo; antes bien, le declarará maravilloso y estupendo: mientras que todo español, y más aún toda española, si va al teatro y se fastidia ó se duerme con Tirso ó con Lope, dirá desenfadadamente que Lope y Tirso nada valen. La otra noche, por ejemplo, representaron aquí, en uno de nuestros mejores teatros, una comedia de Molière, traducida por Moratín, y el público, que era de lo más selecto de esta coronada villa, echó á rodar sin el menor escrúpulo la gloria del gran dramaturgo francés y de nuestro egregio poeta clásico, y salió casi unánime sentenciando que era estúpida la tal comedia.

El critico y el historiador de nuestra literatura deben tener presente todo esto para no excitar con sus alabanzas á la lectura de libros que no merezcan ser leídos, pero tampoco deben escatimar el encomio á todo libro ó trabajo que sea digno de él, aunque la generalidad del público no sepa apreciarle.

La lectura de libros antiguos, aun de puro pasatiempo, requiere cierto aparato de erudición y bastante fantasía, discreta é ilustrada, para trasladarse en espíritu á la edad en que cada autor escribió, y comprenderle y sentir con él como su contemporáneo, juzgándole después sin pasión y volviendo, al hacer el oficio de juez, á vivir en la edad en que ahora vivimos.

Sólo así se podrá componer al cabo una historia completa de nuestra literatura ó de nuestra cultura en general, donde se tase su valor, ya absoluto, ya con relación á la cultura de Alemania, Italia, Francia é Inglaterra, que son los cuatro pueblos que con los de esta Península han estado alternativa ó simultáneamente á la cabeza de la civilización del mundo, desde que empezó la historia moderna hasta hoy.

En España podemos jactarnos de la cantidad de lo que se ha escrito. Somos ricos en obras. No hay una sola lengua literaria, sino tres: la castellana, la portuguesa y la catalana. Y en cada una de estas tres lenguas, sobre todo en las dos primeras, ha habido un enjambre de fecundísimos autores. Pero como muchos catalanes y muchísimos portugueses han escrito en castellano, la literatura castellana, aunque sólo fuese por esto, sería la más rica de las tres.

Aún nos queda mucho por hacer á fin de lograr una cosa con la que yo sueño: una literatura selecta española: una bibliotequita, por ejemplo, de cuarenta ó cincuenta volúmenes, chiquitos, elegantes y primorosos, donde se reuniese lo mejor de nuestra inmensa riqueza intelectual; bibliotequita que leyesen las damas sin fatiga y hasta con gusto, y que ellas pudiesen tener en sus habitaciones, al lado ó en lugar de los autores franceses que leen ahora cuando algo leen.

Esta selección atinada no se ha hecho bien aún. Hay motivos, que sería prolijo exponer aquí y que la dificultan. De ello proviene que las letras en España son menos populares y divulgadas que en otros países; y que pasado el momento de la moda, si llega durante su vida á estar de moda un autor, todo cuanto se ha escrito se hunde en el más profundo olvido para el público, y sólo permanece para los eruditos, casi como si fuera una reconditez. De ello proviene también algo de muy lamentable ó de muy risible, según el humor con que se considere: un divorcio casi completo entre lo literario y lo ameno ó interesante, sobre todo en el teatro, que es por donde el vulgo, que apenas lee, penetra en el santuario de las letras. A menudo se oye decir á la salida de los teatros—la comedia no tiene sentido común, pero me ha interesado ó me ha divertido:—ó bien,—mucho me ha fastidiado el drama, pero confieso que tiene mérito literario y ¡qué buen verso!—Lo cual da malísima idea de autores y de público, porque razonablemente no se concibe que lo absurdo divierta ó interese, ni menos aún que tenga buen verso ni mérito literario lo fastidioso.

De todo lo dicho se infiere que debemos propender á que salgan en España las letras amenas del apartamiento en que viven, con respecto á la generalidad del público, y lo que es más de sentir, con respecto á lo que ahora llaman high life, en cuyos centros rara vez se ve un libro en castellano.

Alguna culpa tienen de esto los bibliófilos. No pocos de los libros que publican en ediciones elegantes, que jamás ó rara vez tuvieron en España los autores que todo el mundo debiera leer sin aburrirse, son libros que valen por su rareza, y no valen nada en cuanto dejan de ser raros; libros que suele no ver sino por el forro el curioso ó vanidoso que los compra, pudiendo afirmarse que de los trescientos ó cuatrocientos ejemplares de que consta la tirada, las dos terceras partes quedan con las hojas unidas sin que llegue á separarlas la plegadera.

Mi espíritu muy inclinado á las contradicciones, si bien más aparentes que reales, me ha llevado á decir cuanto va dicho, sobrado extensamente si se mira al objeto que hoy me mueve á escribir, y me lleva en seguida á añadir algo que parece diametralmente opuesto. Y lo parece aunque no lo es, porque, á fin de llegar á la clasificación y selección deseada, á que tengamos bien determinadas nuestras obras maestras, y á que salgan, digámoslo así, de entre el ingente cúmulo de cuanto se ha escrito, para que el vulgo las admire, importa que ese ingente cúmulo se forme todo y venga á ser conocido, al menos por los que especialmente se dedican al estudio.

En este sentido, sin salvedad ninguna y con toda el alma, es menester declarar que son altamente beneméritos de la patria y de la cultura castiza, Gallardo, Estébanez Calderón, Gayangos, Durán, Barrera y Leirado, Sancho Rayón, Zarco del Valle, Valmar, Cañete, los dos Fernández-Guerra y algunos otros.

El autor del libro de que voy aquí á dar cuenta, ha venido á colocarse á no poca altura, en compañía de tan ilustres críticos y eruditos.

Aunque D. Domingo García Pérez es portugués de nación, pasó su primera mocedad en Granada, y estudió en el colegio del Sacro-Monte, donde fué compañero de los Fernández-Guerra, y donde, sin duda, tuvo por maestros á D. Juan de Cueto y á D. Baltasar Lirola, quienes hubieron de inspirarle su buen gusto en literatura y su amor á la de Castilla y al idioma de Castilla. Dan prueba de ello el estilo fácil y castellano castizo con que su libro está escrito; la gran copia de noticias curiosas é interesantes que el libro contiene sobre la vida y las obras, de quinientos ó seiscientos autores, y la multitud de composiciones, muy raras ó inéditas, que en sus páginas encierra.

Sin duda el Sr. García Pérez debe bastante, como él mismo confiesa, á trabajos anteriores de los críticos eruditos castellanos que mencionamos ya, y también á los trabajos de algunos egregios portugueses, como Barbosa, Inocencio de Silva y Costa Silva; pero es de admirar lo mucho enteramente nuevo con que ha sabido enriquecer su obra.

Ésta sigue el orden alfabético por los apellidos de los autores, que nos atreveremos aquí á distinguir y á clasificar.

Unos son celebérrimos en Portugal; son los principes de las letras de aquel pueblo. Lo que han escrito en portugués casi siempre vale ó importa más que lo que han escrito en castellano. En este número pueden ponerse Camoens, Gil Vicente, Bernardín Riveiro, Mousinho de Quevedo, el P. Vieira y dos condes y una condesa de Ericeira. Otros son tan ilustres y tan dignos de serlo en Portugal como en Castilla; así, por ejemplo, Sa de Miranda. Otros, aunque portugueses, alcanzan más gloria y nombradía por sus escritos en castellano, y se cuentan entre nuestros clásicos, como Jorge de Montemayor, Gregorio Silvestre y D. Francisco de Melo. Y otros que, si menos gloriosos, son en España muy conocidos por su laboriosidad fecunda, como Faría y Souza.

Es muy grande el número de dramaturgos portugueses que, sobre todo, bajo el dominio de los tres Felipes, escribieron en castellano sus comedias. El más ilustre fué Matos Fragoso. Síguenle dos Pachecos, Cayetano Souza Brandao y otros varios, entre ellos algunas poetisas. De todos trae García Pérez noticias biográficas y bibliográficas en abundancia.

Más interesante, y casi siempre más nuevo, suele ser lo que nos enseña el Sr. García Pérez sobre otros portugueses que también escribieron en castellano, y son célebres por su ciencia, por sus hazañas, por sus peregrinaciones ó por el brillante papel que representaron en la historia de la Península, y aun de todo el mundo, interviniendo en nuestros descubrimientos, colonizaciones, misiones y conquistas. Así el infante D. Pedro; García de Santisteban, compañero del Infante y narrador de sus viajes por las siete partidas del mundo; el gran Fernán Méndez Pinto, cuya veracidad se va limpiando de sospecha conforme se conocen mejor el Asia Central y el extremo Oriente; Pedro Texeira, que nos describió la Persia; el eminente geómetra y cosmógrafo Pedro Núñez; el astrónomo Silva Freire y bastantes misioneros y médicos, escritores y á menudo peregrinos, que nos han informado de la fauna, de la flora y de las lenguas, usos, religión y costumbres de tierras y naciones remotas.

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