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A vuela pluma

A VUELA PLUMA (continued 4)

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En mi sentir, pues, las alianzas no solo son convenientes, sino indispensables para España, que tiene aún, y no puede menos de tener, tanto que conservar y tanto á que aspirar, si no se arroja en el surco y se declara muerta y prescinde de su historia.

La Época citaba contra las alianzas á Saavedra Fajardo. Yo citaré en favor de ellas á otro político de más fuste y recámara: al propio Nicolás Machiavelli. Precisamente en el capítulo XXI, donde explica cómo se ha de gobernar un príncipe para conquistar reputación, y donde hace tan hermoso elogio de Fernando de Aragón, marido de Isabel la Católica, á quien declara por fama y por gloria el primer rey entre los cristianos, se decide en favor de las alianzas, diciendo que un príncipe no es estimado sino cuando es verdadero amigo ó verdadero enemigo; que el descubrirse es más útil que el quedarse neutral, y que el príncipe irresoluto, cuando, por huir compromisos y peligros, sigue el camino de la neutralidad, las más veces se hunde en vergonzosa ruina, teniendo que salir de la neutralidad por fuerza y no de grado.

Como ya he dicho que las alianzas convienen y hasta son indispensables, quisiera decir también de qué suerte me parece que deben buscarse y celebrarse; pero como hoy me he extendido mucho, lo dejo para otro día, si no fatigo á los lectores de El Liberal con nueva carta.

II

Sr. Director de El Liberal.

Mi distinguido amigo: En cuestión de alianzas tal vez sería lo mejor, después de afirmar que convienen, abstenerse de decir con quién y cómo. Los usos diplomáticos prescriben no hablar de tales conciertos hasta después de ya celebrados. Pero, á pesar de todo, me parece que no hay imprudencia ni falta de sigilo en que alguien, como yo, que está alejadísimo del poder público y de todo centro oficial, y que no compromete á nadie ni se compromete, diga sobre el asunto lo que se le antoje. Lo que yo pienso decir, además, no puede ofender á ninguna nación. Y no porque yo me valga de rodeos y perífrasis, sino porque quizás á causa de mi optimismo y de mi indulgencia afectuosa, apenas condeno á nadie y hallo disculpa para todo.

Triste cosa es que, al llegar casi á su término el siglo xix, llamado de las luces, la humanidad haya adelantado tan poco, moral y políticamente, que, en el mismo centro de su más alta civilización, todos los hombres capaces de empuñar las armas anden cargados con ellas, haciendo el ejercicio, reuniendo con grandes gastos los más eficaces medios de destrucción, aprendiendo á matar y perdiendo en maniobras, revistas y paradas el tiempo que pudieran emplear en divertirse ó en producir cosas útiles y agradables, y teniéndose de continuo unos á otros en jaque y alerta; pero esto no tiene remedio y no hay para qué censurarlo.

Muy costosa es la paz armada, pero más costosa y terrible sería una nueva guerra europea. Dios quiera, pues, que no la haya, y que, pasando años, se harten las grandes potencias de consumir dinero y de convertir á todos sus ciudadanos en soldados, y se decidan á deponer las armas.

Por ahora, y sabe Dios hasta cuándo, la amenaza de guerra es constante, y en vez de ser segura la paz en la tierra á los hombres de buena voluntad, estamos amenazados siempre de una estupenda y colosal conflagración belicosa, en que luchen por un lado Alemania, Austria é Italia, y por otro Francia, tal vez auxiliada por Rusia.

Si por desgracia llegara este caso ¿qué le convendría hacer á España? Los alemanes no nos han hecho ni bien ni mal; de los italianos no tenemos agravios que vengar y los queremos bien, salvo algunas damas elegantes y devotas y cierto número de católicos muy fervorosos, que desean que se lleve el diablo aquella monarquía para que recobre el Padre Santo su poder temporal, y con Austria estuvimos unidos por lazos dinásticos en la mejor época de nuestra historia, hemos vuelto á estarlo en el día, y aun yo creo posible y conveniente que se aumenten estos lazos. Nada tendríamos que ganar con hacer la guerra á la Triple Alianza; pero como también sería duro pelear contra nuestros simpáticos vecinos los franceses, amables difundidores por el mundo de las letras amenas y de las artes elegantes y deleitosas, lo mejor y lo más cómodo sería permanecer neutrales, á pesar de lo que he citado de Machiavelli. Este gran político hablaba en muy distintas circunstancias, para muy otra edad del mundo, y siempre con la mira de libertar á Italia de los que él llamaba bárbaros, cuyo yugo le apestaba, sin que hubiese atrocidad, crimen ni peligrosa aventura á que para sacudir aquel hediondo yugo no excitase él á su Príncipe.

Nosotros tenemos también que sacudir algo á modo de yugo, que no me atrevo á condenar ni por de bárbaros ni por hediondo; pero que sí calificaré de pesado y de vergonzoso, y que nos convertirá en Nación-Job, si hemos de seguir sufriéndole. Ya se entiende que este yugo es el que en Cuba nos imponen los yankees, porque sin el favor, amparo y aliento que dan á los que se rebelan, y sin la mengua de autoridad que nos causan, y sin el descrédito que vierten sobre nosotros, pidiéndonos cuenta de todo, como si fueran nuestros jueces, y sin la facilidad con que convierten en ciudadanos de su gran República á nuestros más acérrimos enemigos, renegados de su casta, obligándonos á darles dinero en vez de fusilarlos ó de enviarlos á presidio, es casi seguro que en Cuba no habría insurrección y es seguro que no sería ni con mucho tan importante y duradera como es hoy. Lo milagroso es que en vista de las ventajas que ofrece á los insurrectos la descarada protección de los Estados Unidos, no acudan á Cuba á combatirnos todos los aventureros sin patria y toda la gente perdida que hay en el mundo.

No creo yo, sin embargo, que el mejor camino para libertarnos del yugo mencionado sería salir de la neutralidad en una posible guerra europea. La neutralidad nos conviene; pero, á fin de que sea respetada y no se encierre en egoísmo estéril, importaría concertarnos, para este fin solo, con alguna gran potencia que no estuviese comprometida ni en favor de Francia ni en favor de Alemania. Este nuevo grupo, de que pudiéramos formar parte, no sólo nos valdría para que nos respetasen durante la guerra, sino tal vez para contribuir á la conservación ó restauración de la paz, y no sólo nos valdría para que el vencedor no nos atase al carro de su triunfo, sino también para concurrir á moderar las exigencias del que hubiese obtenido la victoria, y á restablecer, en lo posible, el equilibrio de las fuerzas.

Otro es el camino que para remediar el mal estado de nuestras relaciones con la gran República nos hubiese convenido ó nos conviene seguir: haber buscado á tiempo aliados y amigos ó buscarlos en lo venidero, si ahora, sola y abandonada como está España, logra conjurar la tormenta ó salir de ella salva.

Lo que nos pasa con los Estados Unidos, á cuya independencia y formación contribuímos un poco, se parece á la más desventurada aventura de Simbad el Marino, que aupó sobre sus hombros al endiablado vejete para que cogiera los frutos en los hermosos árboles de su fértil isla, y el vejete endiablado no quería luego apearse, y seguía montado en Simbad, insultándole y procurando ahogarle para mostrar su agradecimiento.

A fin de quitarnos de encima tan insufrible carga, ¿no hubiera sido conveniente, ó no lo sería en lo futuro, ganar la voluntad de las primeras potencias coloniales de Europa, celebrar tratos y concertarse de algún modo con ellas? Cualquiera promesa, cualquiera sacrificio que hiciésemos, sería mucho menor que los sacrificios que estamos haciendo hoy y que tendremos que hacer en adelante.

A un concierto, á un Tratado de alianza, exclusivamente para asuntos coloniales ó de Ultramar, no creo yo que se negasen, si se negociaba bien, ni Francia, ni Inglaterra, ni Holanda. España ha sido la primera nación colonizadora del mundo; todavía, á pesar de su decadencia, es la tercera ó la cuarta, y no la desdeñarían como inútil peso, y de algo podría servir á sus más poderosos aliados, que también pueden hallarse en ocasiones de empeño y de peligro, y necesitar entonces ó al menos tener por provechoso el auxilio nuestro.

Si no lo recuerdo mal, de algo valió España á los franceses no hace mucho tiempo, cuando, para vengar á nuestros misioneros mártires, ayudamos gratis y con las armas á crear una Francia amarilla en el extremo Oriente. ¿Quién duda de que aún podríamos servir y valer á franceses, ingleses y holandeses, en otras semejantes empresas ó en casos y lances de mayor importancia, sobre todo si ellos nos ayudaban á quitarnos de encima el ingrato estorbo de que hemos hablado y que tan sin piedad y tan sin conciencia nos abruma?

Tendría esto además la ventaja de que los politicians extraviados y los senadores farwestinos y cincinatescos, al vernos en tan buena compañía, arrojasen de sus cerebros el feísimo y bellaco concepto que los sabios y catedráticos yankees les han hecho formar de España, considerándola, por su afición á las corridas de toros y al Santo Oficio, Nación Calígula-Torquemada, como la llama Clarence King, y, por haber destruido, según Draper, no sé cuántas civilizaciones, podrido esqueleto entre las naciones vivas y prueba terrible de la justicia de Dios, que no quiere dejar sin ejemplar castigo nuestras ferocidades y nuestros crímenes.

En fin, tal vez lograríamos así que no apareciese España á los ojos de los yankees como un tirano difunto, en el que se pueden cebar sin gran peligro, ó como un tirano cachazudo y sufrido, semejante á los tiranos de las tragedias de Alfieri, que están, durante los cinco actos, oyendo y aguantando las más desaforadas desvergüenzas, si bien acaban por perder los estribos y por hacer una barrabasada. Tal vez así se conseguiría también que no se le antojase en Washington á ningún senador remedar á Catón Censorino y, en vez de llevar higos en un pliegue de la toga y de exclamar delenda est Carthago, llevar en un faldón de la levita azúcar mascabada ó catite, y exclamar: delenda est Hispania.

Y aquí pongo término á esta prolija carta, prometiendo no escribir la tercera, pues basta con lo dicho.

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TEATRO LIBRE

——

Sr. Director de Los Lunes de El Imparcial.

MUY señor mío y amigo: Me pide usted mi parecer sobre si conviene que haya un Teatro libre é independiente, y sobre varios puntos que con esta primera cuestión se relacionan.

Muchísimo tengo yo que decir, pero, como usted me excita á ser breve por el poco espacio de que se puede disponer en el periódico, sólo diré algo de lo mucho que se me ocurre, y procuraré decirlo en compendio.

A mi ver, en España el teatro tiene toda la libertad y toda la independencia que necesita. Yo aplaudo que las tenga, pero no comprendo ni pido más.

Los límites de la libertad mencionada son principalmente dos, que en manera alguna deseo yo que se traspasen. Uno de ellos es el que señalan la moral, la decencia y el decoro. Fija y traza el otro límite el gusto del público, contra el cual es inútil y peligrosa la lucha. El público paga y oye, aplaude ó silba, y en los espectáculos es juez inapelable, y árbitro soberano. En novelas, en poesía lírica, en libros de filosofía, de historia y de otros asuntos, puede un autor prescindir de la corrupción literaria de su tiempo, de la rudeza y del corto saber de sus contemporáneos y de sus tonterías y extravagancias, y componer su obra para un público eterno; para que la posteridad la aplauda, haciéndole justicia: para que gente más instruída y estéticamente mejor educada le comprenda y le admire, allá en los siglos que están por venir, ó bien para que en el día un cortísimo número de personas discretas, refinadas y doctas, se deleiten leyéndole y saboreando todos los primores de fondo y de forma que hay en su producción literaria, convirtiéndola para el vulgo profano en el libro de los siete sellos.

El autor dramático, y en esto se parece al orador, no puede, ni debe ser así. Es menester que su espíritu esté en intima y constante comunicación con el espíritu de un público numeroso: que él y dicho público se comprendan y se compenetren. Sólo de esta suerte puede haber autores dramáticos. Los que de otra suerte escriban, podrán ser todo lo que quieran menos tales autores.

Infiérese de lo expuesto que la libertad del teatro tiene por limite la voluntad y el entendimiento del vulgo. Ya más allá no sería libertad sino delirio. Yo no me explico que se funde un Teatro libre para ir más allá. Si el público tiene un gusto exquisito y un entendimiento cultivado y un juicio seguro, no hay teatro en Madrid, ni en toda España, que no sea libre é independiente y que no tenga completa seguridad de ganar honra y provecho, dando las más atrevidas representaciones, y, siendo éstas buenas, más aplausos y más dinero ganará mientras más originales sean, y más inauditas y más fuera de los caminos trillados.

Justo es advertir que el prurito de originalidad, el engreimiento necio del que cree pensar y decir cosas profundas, y la manía de reformarlo todo y de resolver en cuatro coplas los más obscuros problemas sociales, religiosos ó políticos pueden seducir á los autores dramáticos que tal vez no han estudiado ni meditado nada que los habilite para la resolución de semejantes problemas, y pueden llevarlos á componer un tejido de vulgaridades y zanguangadas, á crear caracteres falsos y á imaginar una acción absurda y sin interés, que sea como el hilo donde ensarten sus insulsos é inaguantables sermones. Después, si el público se aburre de oírlos y no los aguanta, el autor dirá tal vez que el público es atrasado é indocto. Y si el público los aguanta y los aplaude, por aquello de que

Un sot trouve toujours un plus sot qui l'admire,

el mal será mayor; pero en ninguno de ambos casos veo yo que el teatro libre é independiente que trata de fundarse valga como remedio.

Por otra parte, yo noto inmenso cúmulo de dificultades para la creación del teatro libre, en mi sentir inútil. Mas bien le comprendo como teatro normal ó como teatro modelo que como teatro libre. El teatro libre, en virtud de su misma libertad, buscará por todos los caminos modo de agradar y de entusiasmar al público y de obtener de él aplausos y entradas. Así son el Teatro Español, la Comedia, Lara, Apolo y la Zarzuela. Todos, á mi ver, son teatros libres. No se puede pedir mayor libertad sin incurrir en desatino.

Luego lo que quiere fundarse no es un teatro libre, sino un teatro normal ó modelo, donde se procure ilustrar al público, aguzar su facultad estética, abrir para él nuevos horizontes y moverle á que aplauda, ya antiguas obras maestras que hoy desdeña ú olvida, ya nuevas obras, vaciadas en moldes nunca empleados hasta el día.

A fin de que este teatro, y permítaseme lo pomposo de la frase, cumpliese con su misión, sería indispensable que tuviese una junta directiva. Y como esta junta tendría su criterio y querría y debería imponerle, resultaría que el teatro libre sería el menos libre de todos los teatros.

Supongamos que ya existe, y supongamos también que yo soy un autor dramático que aspira á darse á conocer y ofrece una obra suya. Las empresas de la mayor parte de los teatros deben considerarse como meramente mercantiles. Si rechazan la obra que yo presento, no habrá en ello, literariamente, ni agravio, ni sentencia, ora sea injusta, ora justa, que me desaliente ó humille. Las empresas no fallan literariamente contra mi obra, sólo dicen, con acierto ó sin él, que no es aquello lo que pide el mercado y que no deben aceptarlo, porque no tendrá buena salida y será mal negocio. Pero si en el teatro, mal llamado libre, que trata de fundarse, la junta directiva desecha mi obra, al desecharla, aunque afirme que no es tal su intención, literariamente me condena, empezando por someterme á un tribunal literario y á preceptos y reglas en cuya virtud ese tribunal juzga y sentencia.

Es, pues, evidente que el tal teatro libre será el menos libre de todos; será un alto magisterio, un tribunal supremo, un directorio iniciador y propagador del buen gusto en lo tocante á poesía dramática; en fin, será todo lo que se quiera menos un teatro libre. Los teatros libres son los que ahora hay.

Lo dicho hasta aquí contra el falso teatro libre no impide que desee yo, como el que más, que tengamos en Madrid un teatro modelo, con cuantas condiciones y requisitos sean convenientes para representar bien toda clase de dramas.

Antes de explicar de qué suerte me alegraría yo de que se fundase este teatro, voy á hacer algunas declaraciones.

Primeramente, yo no creo que la producción dramática española en el día sea inferior, ni por calidad ni por cantidad, á la de ninguna otra nación del mundo. Sólo Francia compite con nosotros, y en sentir de muchos, aunque no en el mío, nos vence.

Es la segunda declaración que ningún género de trabajo literario está en España mejor retribuido que el del dramaturgo. Y por esto, y por entender yo que para que una literatura sea espontánea y natural, importa que sólo tenga al público por Mecenas, ni pido ni quiero protección y auxilio del Gobierno para los que escriben dramas.

Es la tercera declaración que nuestros actores no me parecen tan malos como asegura la gente, llevada de la manía, hoy muy en moda, de rebajar y hasta de denigrar todo lo nuestro, como si fuésemos la nación más desventurada y más decaída de la tierra.

Poseyendo, pues, como sin duda poseemos, autores y actores, lo que principalmente nos falta es una empresa que pague sin tacañería ni apuros á los artistas y hasta asegure su porvenir y la materialidad de un teatro muy elegante, lujoso y rico en decoraciones, trajes y maquinaria. Si un príncipe poderoso, si un banquero ó si varios capitalistas, ó si una compañía por acciones, fundase este teatro, yo doy por cierto que merecerían aplauso y gratitud de la patria y que no perderían su dinero, porque, si bien no hay mucho en España, la gente es espléndida, gusta de divertirse, y el teatro modelo, ó de lujo, ó como queramos llamarle, estaría lleno siempre.

Como tengo aún muchísimo que decir sobre este asunto y usted recomienda la brevedad, y yo no atino con ella, he guardado esta carta, escrita desde hace días, sin atreverme á enviarsela á usted y casi desistiendo ya de enviársela. Ahora estoy de otro humor y se la envío, en la inteligencia de que la carta tendrá cola, ó mejor dicho, será como cereza en la que se enredan otras por el cabo y la siguen. A esta carta seguirán otras dos. Si á pesar de la inevitable condición que pongo no teme usted que yo peque de prolijo, inserte mi carta en su apreciable periódico y crea que se lo agradeceré.

II

Muy Sr. mío y amigo: Ya dije á V. que no quiero ni comprendo el teatro libre ó sea más libre que los teatros que hay ahora en España. Esto no se opone á que yo quiera y desee un teatro normal ó modelo. Y como dicho teatro ha de estar en algún punto y no le hemos de fundar en Ovejo, en Churriana ó en la Madroñera, lo natural y razonable será fundarle en Madrid, sin hacer caso de la ruin y disparatada envidia del regionalismo.

Aquí se me ocurre algo que me atrevo á llamar antinomia y que no puede menos de motivar una digresión inevitable aunque prolija. Ojalá que no sea cansada. Mil y mil veces he sostenido que la literatura, sobre todo la amena, si ha de ser natural y espontánea y no artificiosa y criada en invernáculo, conviene que sólo tenga por Mecenas al público que la lea, la pague, la comprenda y la inspire. Nada de protección por parte de principes y de gobiernos para novelistas y poetas. Alfieri compuso un elocuente y hermoso libro sosteniendo esta tesis y yo le he aprobado y aplaudido. Pero aquí surge la antinomia. Trataré de explicarla.

Yo creo á pie juntillas en el progreso indefinido. El término ideal de este progreso es, en mi concepto, individualista.

El linaje humano, constituido en sociedad, puede adelantar tanto en el camino de la perfección que casi ó sin casi no necesite gobierno. En la meta de su carrera triunfante coloco yo, en mis sueños dorados, una pacífica y deliciosa anarquía. El interés de los particulares, la iniciativa y los bríos de asociaciones libres procurarán hacer y conservar caminos y canales, llevar las cartas, cuidar de telégrafos, de teléfonos y de cuanto más tarde se invente, y fundar y sostener escuelas donde cada cual enseñe lo que más verdadero, útil ó bonito le parezca. Y, como progresaremos tanto que los hombres, según determina la Constitución de 1812, serán todos justos y benéficos, los tribunales y los jueces estarán de sobra. El orden público será tan primoroso é inalterable que no será menester fuerza armada que le conserve. Y como las naciones no seguirán amenazándose y tratando de saquearse unas á otras, sobrevendrá la paz perpetua y se suprimirán el ejército y la marina nacional, tan costosos en el día. De aquí que el gobierno no servirá para nada, y los pueblos, por evolución y no por revolución, pacífica y no tumultuosamente, los obligarán á que se jubilen. Tal es el risueño porvenir que yo me finjo, pero no he de negar qué está muy remoto. Todo es relativo, según decia D. Hermógenes. Los sabios modernos dan millones de años de existencia á este mundo en que vivimos. La vida, el protoplasma, la monera, ó como queramos llamarlo, apareció también mucho tiempo ha. Y el hombre, valiéndose ya de la palabra, con organización social, y hasta fundando reinos, imperios y repúblicas, vive, si hemos de creer á sabios profundos, hace veintiséis mil años. Por aquel entonces, afirma Rodier, como si lo hubiera visto, que los arios se disputaron, se dispersaron y se dividieron en indios, iranios y otros pueblos, de quienes proceden las más nobles naciones de Europa.

Aceptado lo dicho, resulta que la humanidad es ya muy vieja, y con todo, yo he leido en un libro de otro sabio más profundo aún, esta sentencia que me ha dejado turulato:

La humanidad, considerada en su vida colectiva, no ha nacido aún.

El sabio echa después sus cuentas, se mete en muy ingeniosas honduras, y averigua, determina y declara la época en que la humanidad empezará á nacer. Será, sobre poco más ó menos, dentro de catorce mil y seiscientos años. Me parece que en período tan amplio bien puedo yo estirar y extender con holgura mis esperanzas hasta su completísimo logro en la anarquía de que he hablado. Suponiendo ahora que con el andar de los siglos subimos á tan gloriosa cumbre y alcanzamos tamaña ventura, todavia no me explico que, suprimidos los gobiernos según son y se conciben hoy, no haya y persistan órganos directores de esa humanidad colectiva que nace y de cada una de las diferentes naciones, que han de permanecer separadas y distintas, á fin de que la monotonía y la uniformidad no aburran á los hombres y no los impulse á ahorcarse.

Imaginémonos llegados á la perfección en cuanto cabe en lo humano. No necesitaremos gobierno que ampare y reprima porque la paz y la seguridad serán completas, ni que nos haga ferrocarriles, carreteras y otros medios de comunicación más ingeniosos que en lo venidero se inventen, porque nosotros lo haremos, ni que procure nuestro bienestar material, porque le procuraremos nosotros, ni que nos enseñe en sus escuelas públicas, porque cada uno de nosotros enseñará y aprenderá lo que se le antoje.

Y sin embargo, hasta dentro de esta soñada perfección, sería ineludible el órgano de que hemos hablado: un gobierno por otro estilo, pero al fin un gobierno. Compongámosle, pues, de un Gran Metafísico, como en la Ciudad del Sol de Campanella, el cual convendría que fuese un rey hereditario, separado secularmente del vulgo, para que tuviese majestad y careciese de una larga parentela ordinaria ó cursi, y asesorado este rey ó gran metafísico de un consejo ó asamblea de varones doctos elegidos por el pueblo.

El ministerio ú oficio de este supremo directorio había de ser ordenar las manifestaciones del espíritu colectivo, sin el cual la nación se desmenuzaría y no sería nación, sino conjunto material, inarmónico y deforme de individuos que en lo tocante á la comunión de los espíritus quedarían aislados, y no con vida sino con muerte colectiva.

Infiérese de todo que, hasta en un ideal inasequible ó sólo asequible dentro de ciento cuarenta y seis siglos, y ya por dicha desgobernados los hombres en cuanto importa á su interés material, no podrían menos de tener un directorio que diese unidad y que ordenase las apariciones, epifanías ó muestras constantes del Genio de la nación, que no muere ni puede morir sin que la nación muera. Por consiguiente, el órgano, vicario ó delegado de este Genio, exento ya de cuidados materiales, sin armas para defenderse y ofender, sólo se emplearía en las cosas del espíritu y éstas serían de dos clases esencialísimas.

Claro está que yo, que soy tan fervoroso amante de la libertad y tan firme creyente en ella, no puedo suponer que entonces no la tuviese completa cada individuo para pensar y decir de Dios lo que mejor le pareciese y para adorarle y darle culto á su manera. Pero la religión es de dos modos. Por uno de ellos, más profundo y más íntimo, pero menos solemne, cada alma humana se pone en relación con su Hacedor y le busca, y tal vez le halla y hasta consigue unirse con él por inefable misterio. Por el otro modo, más solemne y excelso, y en mi sentir ineludible, porque sin él lo más grandioso y bello de la existencia desaparecería, la muchedumbre de los seres humanos concordes todos, y por bajo de ella cada nación separadamente, deben adorar á Dios y tener su culto, sus sacerdotes, sus templos y sus ceremonias y pompas religiosas.

Aun supuesta la religión católica ó cosmopolita, será, valiéndonos del símil de un gran poeta, como la luz, que suscita diferentes colores en los diferentes objetos en que se posa. De aquí que la religión, aun siendo universal y única en su esencia, ha de tener en cada pueblo aspecto distinto en los accidentes y en la forma.

Importa, pues, aunque lleguemos á la perfecta anarquía de mi sueño, que haya una religión del Estado en que aparezcan y den razón de sí la idea y el sentimiento colectivos del Genio nacional, y que haya una dirección para esto, dirección nacional que deberá ponerse y conservarse en perfecta concordancia con el centro directivo y superior religioso, en lo que tiene la religión de universal ó de católica.

Y vea Vd. por donde, hasta realizada ya mi deliciosa anarquía, dejo yo en pie ó reconstituyo sobre más hondas bases y firmes cimientos uno á modo de ministerio de cultos, con Concordatos y todo, y hasta con un seminario ó Universidad católica central, donde se enseñe fundamentalmente la teología del Genio nacional, las creencias religiosas, metafísicas y morales del espíritu colectivo.

La otra epifanía ó manifestación constante y gloriosa del Genio de la nación es el arte. Y del arte, el teatro es lo más sintético y acabado. En él concurren y presiden Apolo y todo el coro de las Musas. La Poesía se alza en el centro como reina, y en torno de ella, acatándola, sirviéndola y cuidando de su ornato y alto decoro, han de estar la Música, la Danza, la Pintura, la Arquitectura y la Indumentaria.

Si es menester que la nación, como nación, rinda culto á la verdad, que en su más alto punto es la religiosa, también es menester que rinda culto, colectivo y unánime, á la belleza, la cual, allá en lo sumo, es atributo divino. Así, pues, aun en mi anarquía, es ineludible otro ministerio al lado del de cultos: el ministerio del teatro y de las otras pompas, espectáculos, procesiones y ceremonias nacionales profanas.

Ahora bien; cuando sin gobierno material, sino ya sólo con una sombra de gobierno ó con gobierno-espíritu, requiere la misma esencia de nuestro ser colectivo humano que haya un teatro que el Estado sostenga, no veo yo contradicción, á pesar de todo mi individualismo, en que, en esta época atrasadísima en que vivimos, haya también un teatro que el Estado sostenga y que sea el teatro normal ó modelo. Es cierto que pudiera fundarle y sostenerle un príncipe rico ó una asociación de capitalistas, pero mejor y más digno es que lo sostenga el Estado.

Ya veremos por qué y cómo.

Perdóneme Vd. que sea tan difuso.

III

Muy señor mío y distinguido amigo: Ya anuncié á Vd. que tenia yo muchísimo que decir sobre la cuestión del llamado Teatro libre. No extrañe, pues, que le dirija esta tercera carta, procurando que sea la última, si bien acaso no lo consiga. No una serie de breves artículos, sino una obra en dos ó tres gruesos tomos pudiera escribirse sobre la cuestión mencionada.

Cada cual tiene su modo de discurrir, y yo también tengo el mío. Suele éste consistir en presentar, de antemano, extremándolos, los argumentos más poderosos que contra mi tesis pueden dirigirse, y en decir luego, si licet in parvis magnis exemplibus uti, lo que dicen que dijo Galileo: e pur sí muove.

De aquí, sin duda, que el ingenioso y agudo Clarín, lisonjeándome mucho con sus generosas alabanzas, haya impugnado, no mi tesis, sino los argumentos que previamente presenté yo en contra de ella, á fin de saltar luego por cima y desbaratarla. Fueron á modo de obstáculos que yo mismo puse para hacer más lucida la carrera y que tuviese saltos y todo. Clarín ha removido ó allanado los obstáculos. Dios se lo pague. Así mi carrera será por lo llano: si menos lucida, más fácil.

El teatro, repito, es hoy, libre en España, y no puede ni debe serlo más. Lo que importa, por consiguiente, es establecer un teatro normal ó modelo. Clarín mismo se ha encargado de refutar no pocos de los argumentos que se ofrecen en contra. Estoy de acuerdo con él: mejor es someterse al fallo de una junta directiva compuesta de los más entendidos y reputados literatos, que no al capricho de un empresario, tal vez ignorante, y tal vez sujeto al influjo de envidiosos y aduladores que, hasta por no dar la cara, pueden dar, sin temor ni escrúpulo, muy malos consejos.

Con el beneplácito y auxilio de Clarín, establezco el teatro normal ó modelo, y le establezco en principio, para lo cual nuestra voluntad basta y sobra, sin que tengamos necesidad de dinero, ó de lo que en cierto lenguaje picaresco se llama caballo blanco.

A pesar de mi radical individualismo, he tratado de demostrar y creo haber demostrado que, hasta después de llegar á la deliciosa anarquía, término ideal de la perfección humana, conviene que persista algo á modo de gobierno, el cual dirija y ordene las manifestaciones ó epifanías del Genio colectivo: que persistan un ministerio del culto y otro del teatro y demás ceremonias, pompas y fiestas nacionales profanas. Así, sin contradicción con mi individualismo, afirmo yo que el teatro normal ó modelo, debe hoy, con más razón que dentro de ciento cuarenta y seis siglos, cuando la humanidad colectiva nazca, ser sostenido por el Estado. Que le sostengan uno ó varios particulares ricos es menos plausible, menos posible y menos decoroso. Es menos plausible porque el particular ó los particulares se propondrán ganar dinero, como cada hijo de vecino, y entonces el teatro normal ó modelo no lo será en realidad, sino será un teatro, peor ó mejor, libre, aunque sujeto á una empresa particular como las demás que hay ahora. En el día no cabe esperar que salgan á relucir magnates, príncipes, ediles rumbosos, como los que hubo en lo antiguo, que se gastaban millones de sestercios, ya para divertir y entusiasmar á la plebe con espléndidos espectáculos, ya para erigir grandiosos monumentos y hermosear á su patria, como hicieron Heredes Atico y otros. ¡Buenos andan los ediles de ahora para descolgarse con semejantes bizarrías! Y si bien se mira, hasta los ediles de otros tiempos no solían ser desinteresados cuando se descolgaban con ellas, porque, ó se parecían á aquel señor Robres del epigrama, que hizo á los pobres antes de hacer el hospital, ó bien derrochaban el dinero para satisfacer la ambición, ganándose el favor de la muchedumbre y comprando sus votos.

Es poco plausible y es casi imposible que un particular ó varios sostengan el teatro normal, porque debe ser sostenido con desprendimiento y sin que piense ganar dinero ni nada quien gaste su dinero sosteniéndole. Y es además menos decoroso que le sostengan particulares, porque el pueblo no ha menester, en el día, esta á modo de limosna. Decidamos en virtud de todo lo dicho, que sea el Estado quien le sostenga, esto es, la nación ó el pueblo mismo. La junta directiva y los actores, en vez de ser los asalariados de un particular, recibirán su salario de Estado, ó sea del pueblo, lo cual, á mi ver, es más digno y honroso.

No recuerdo bien lo que dice Clarín de que no quiere ó de que no pide lujo. Entendámonos. Si por lujo se entiende lo que yo entiendo, yo le quiero y le requiero. Y si ahora no le pido es porque sería pedir cotufas en el golfo, y porque con esta picara guerra de Cuba no está la Magdalena para tafetanes. Pero supongamos, y Dios nos oiga, que ya se acabó la guerra de Cuba y que volvemos á tener prosperidad y bienandanza. Esto supuesto, ya me tienen Vds. pidiendo el teatro normal ó modelo, sostenido por el Estado, no para ganar, sino para perder anualmente, aunque el teatro esté todas las noches de bote en bote, un millón de pesetas que iguale los ingresos con los gastos.

El emperador de Austria, caballero muy cabal, de gusto delicado, con cuantiosas rentas propias, edil á la antigua sin ambicionar ya nada, y si no Herodes hebreo, porque gusta de los niños y no los mata, nuevo Herodes Atico, porque hermosea á Viena con monumentos magníficos, dicen que se gasta en el teatro más de 500.000 florines al año, lo cual sube por cima del referido millón de pesetas.

¿Por qué, no el monarca, que como particular dista bastante de ser tan rico, sino el Estado cuando salga de guerras y de apuros, no ha de imitar aquí al emperador munífico de que voy hablando?

En pocas cosas podría emplearse el dinero con mayor beneficio del buen gusto, de la general ilustración y de la cultura.

No es feo el teatro del Príncipe. Por esto, porque recuerda grandes triunfos literarios y artísticos, y por otras mil razones, debe conservarse, cuidarse y tenerle abierto siempre que se pueda, con buena compañía. ¿Pero en la nación que se jacta, sin pecar de vanidosa, de poseer la más rica, original y sublime literatura dramática, sin que se le adelanten Grecia, Inglaterra y Francia, á pesar de Esquilo, Eurípides, Sófocles y Menandro, y á pesar de Shakespeare, Corneille, Racine y Molière, es bastante monumento nacional de esta gloria, es digno templo de nuestra Melpómene y de nuestra Talia el antiguo y modesto Corral de la Pacheca, por muy corregido, repintado y revocado que le pongamos?

Lo primero, por consiguiente, había de ser erigir para teatro normal y modelo un edificio grande y hermoso donde se luciesen el arquitecto de más mérito y fama y nuestros más valientes escultores en las estatuas y relieves que adornasen y magnificasen la fachada, los peristilos, los anchos pórticos y las empinadas acroteras. Ya se entiende que este edificio había de estar aislado, no empotrado entre casas como los pobres teatros que ahora tenemos, salvo el teatro Real, tan abominablemente feo en lo exterior, que harto bien merece estar empotrado.

En fin, yo quisiera en Madrid un nuevo teatro Español, que fuese al teatro alemán de Viena (Hofburgtheater) lo que, en proporción geométrica, es la literatura dramática española á la literatura dramática alemana.

Construído ya el teatro, sería menester dotarle de toda la maquinaria, decoraciones, trajes y demás riquezas y esplendores que en el de Viena hay y se lucen.

Luego debería formarse una buena compañía de actores, igual y armónica, digámoslo así; esto es, que no hubiese uno ó dos actores buenos y hasta excelentes, siendo los demás malos ó medianos; sino que todos ellos compusiesen un bien concertado conjunto, y que asimismo no repugnase ninguno representar un papel que le pareciese de poca importancia ó lucimiento, sino que se sometiese al director y á su severa disciplina. De esta suerte saldrían bien representados todos los dramas, y el bueno parecería mejor, y el no muy bueno parecería tolerable.

Otra cosa de que importaría muchísimo que cuidase la junta directiva es de que el personal fuese muy guapo, en particular las mujeres. La educación estética de un pueblo no se forma ni se mejora, sino se corrompe y se vicia, manifestándole lo feo, lo inelegante, lo canijo, lo estropeado, lo ruin y lo plebeyo de la figura humana. Así como la naturaleza influye en el arte, ya que Fidias y Praxiteles no hubieran esculpido las maravillosas imágenes de Júpiter, Minerva y Venus, si no hubieran tenido modelos de gran valer, así el arte influye en la naturaleza, porque las mujeres y los hombres, que contemplan lo bello en las representaciones artísticas, se enriquecen la imaginación, é influyendo esto en todo el organismo vital, hace que nazcan chiquillas y chiquillos preciosos. Está probado que, desde el siglo de Pericles en adelante, las mujeres griegas, á fuerza de contemplar las obras maestras de la escultura y de la pintura, vinieron á ser mucho más hermosas que en los siglos anteriores: Y yo he leído también, en autores muy formales, que esas aéreas, aristocráticas y semi-divinas imágenes de mujer, que en los libros de Keepsake nos deleitan, no son copia de las Ladies y de las Misses más celebradas, sino son como norma ó pauta á la que esas Misses y esas Ladies se han ajustado, y son como molde en que, trascendiendo de lo espiritual á lo físico, las han fundido sus madres.

El entendimiento elevado, la no común habilidad, y sobre todo el genio del artista, no equivalen, sino valen más que la hermosura. Esa portentosa luz interior del espíritu se difunde por todo el cuerpo y le ilumina y hermosea. Claro está, por consiguiente, que en los actores y actrices principales no tendrá la junta directiva que investigar y probar si hay ó no corporal belleza. La dicha investigación, la prueba y el cuidado se ordenan sólo para las figurantas, coristas y otra gente de segundo ó de tercer orden.

Digo esto no en tono de broma, sino con la mayor gravedad. Lo demostraré con un ejemplo.

En el Hofburgtheater de Viena, se representa el Fausto (primera y segunda parte) con todas sus fantasmagorías y con todas sus magias: hasta con el Prólogo en el cielo. Allí, en medio de sonrosadas y luminosas nubes, se adelantan los tres arcángeles, Miguel, Rafael y Gabriel, y declaman, al compás de una música verdaderamente celestial, aquel elocuentísimo himno en alabanza del Criador y en alabanza del Universo, su obra, la cual sigue hoy tan perfecta como en el día en que fué creada. Los tres arcángeles son tres muchachas altas, esbeltas, airosas y tan ligera como elegantemente vestidas. Yo aseguro que parecen de verdad los tres arcángeles, con alas refulgentes, con áureos yelmos y con fulmíneas espadas. Pero si fueran tres hembras de formas exuberantes, paticortas y cabezudas, ¿cómo habían de parecer arcángeles? Desde el comienzo se pondría en ridículo el poema de Goethe, y se haría del empíreo la más ruin y bellaca caricatura. Es indispensable, pues, que sean guapas las actrices de tercer orden. Y aquí debo advertir que no basta para esto el cuidado de la junta directiva. Es menester también que los españoles desechen la propensión que tienen, more turquesco, á retirar del teatro á toda mujer guapa, aunque sea casándose con ella y muy santamente. Yo doy por seguro que rara vez, ó que nunca se le ocurre á un alemán, por enamorado que esté, incurrir en rapto y secuestro tan perjudiciales á la estética y á las artes todas, antes bien se engríe de que la muchedumbre contemple y admire desde lejos lo que él más de cerca y con mayor intimidad acaso contempla y admira.

Es indudable, á mi ver, que si los citados tres arcángeles fuesen tres princesas ó reinas, más ó menos morganáticas, seguirían saliendo á las tablas con beneplácito y satisfacción de sus principes ó reyes.

Me voy extendiendo demasiado. ¡Pero hay tanto de que hablar en estos asuntos teatrales!... En fin, yo pido disculpa, y termino esta carta pidiendo también permiso para escribir otra que será definitivamente la última.

IV

Muy señor mío y distinguido amigo: Me he engolfado tanto en el asunto del teatro que no sé cómo podré salir de él tan pronto como deseo.

A semejanza de Platón, Tomás Moro y otros, que construyen una ciudad ideal, me he lanzado yo, en esfera mucho más chica, á forjar una á modo de utopía teatral dramática ó más bien escénica.

Ya tenemos, cuando no en realidad, imaginariamente, edificio para el teatro; la mejor compañía posible hoy en España, y un abundante, lujoso y escogido material de trajes, muebles, armas y decoraciones.

Para custodia de las cosas materiales, para llevar la cuenta de gastos y de ingresos, y para cuanto es meramente económico y administrativo, establezcamos una oficina dependiente del ministerio de Fomento.

Pronta ya la máquina, démosle cuerda y que eche á andar en la dirección que conviene. Mas como para darle cuerda y dirigirla son menester una voluntad y una inteligencia, concedámoslas á la junta directiva que á este fin creemos.

Harto conozco que voy á disgustar á muchos lectores, que en no pocos voy á suscitar contra mí el desdén ó el enojo. Diré, no obstante, mi leal parecer sobre la composición y constitución de la Junta. La compondrán dos académicos de la Real Academia Española, elegidos por sus compañeros; uno de la sección de música de la Academia de Bellas Artes; otro elegido por las secciones de artes del dibujo que hay en la misma Academia; otro elegido por la Academia de la Historia entre sus individuos de número; y, por último, el primer actor del teatro que ya hemos creado.

Estos seis vocales, legalmente, no han de importar ni valer más unos que otros, aunque cada cual tenga su especial cuidado y oficio. Para presidir la Junta, no quiero decir de repente lo que pienso yo, á fin de que no den un brinco de espanto los que me lean.

Considérese que en España hay, desde hace tiempo, un lamentable divorcio entre las artes y las letras castizas y propias de nuestro suelo y la gente que ha visto y corrido más mundo y que parece más culta y que es ó debiera ser más distinguida y elegante. El bello sexo, sobre todo, y más aún el de la high-life, nos es contrario.

Grosero é injusto sería decir con Iriarte:

Las mujeres que ahora no despuntan,

como en siglos pasados, por discretas,

si en el teatro público se juntan,

aplauden cuando más al tramoyista,

oyen tal cual chuscada del sainete,

y sirve lo demás de sonsonete,

mientras que están haciendo una conquista.

Nada; no digamos semejante blasfemia, pero reconozcamos que hay sobrado desprecio por lo nacional é inclinación decidida y admiración exagerada hacia lo extranjero. Se deploran la cancamurria y los hípidos de nuestros actores y, sin caer en la cuenta, parecen deliciosos el inaguantable martilleo de los actores franceses, su remilgada afectación y el continuo subrayar de palabras y frases á fin de que las agudezas sutiles penetren bien en las mentes obtusas del auditorio, lo cual hasta llega á ser ofensivo, ya que presupone tontería en el público y la necesidad de un embudo y de un cazo de bayeta para que trague lo más dificultoso y enmarañado.

Y no es solo contra los actores, sino también contra los autores este desprecio. Ignoran los usos y costumbres de la buena sociedad; cuando la describen se equivocan del modo más deplorable. En fin, todo son cursis.

Lo que llaman en Francia alta comedia no es posible entre nosotros. En cambio las obras dramáticas de Sardou y de Dumas hijo, que tratan de pintar el mundo elegante de París, enamoran, pasman y hechizan á no pocas de nuestras damas. No advierten que aquellos discreteos y tiquis miquis suelen estar confeccionados con una más honda y radical cursería. Con relación á la nuestra es como el aguardiente con relación al vino. Francillon y Le monde où l'on s'ennuie, por ejemplo, son de una cursería pasada por alambique; obras de insufrible afectación, y como entre la moral y la estética hay lazos muy estrechos, obras también de moralidad extravagante y corrompida, por lo mismo que tratan de ser docentes y de corregir las costumbres.

No poco podría yo decir sobre todo esto, pero no tengo espacio. Saltemos, pues, y volvamos á la Junta directiva. Yo aspiro á la perfecta conciliación de nuestra sociedad elegante y de nuestra literatura castiza. Conviene para ello que sea elegante el teatro cuando represente elegancias, y que no se extralimite, ni propagando doctrinas antisociales, ni con sátiras personales y rudas, ni con demasiadas verduras y escabrosidades. Así, pues, y repito que yo estoy fantaseando una utopía, si de mi dependiera, yo elegiría á una dama discreta é ilustrada para presidenta del teatro normal ó modelo. Estoy seguro de que ella velaría para que lo poco decente, lo indecoroso, lo falsamente sentimental y lo inelegante y afectado se desterrasen del teatro modelo, único que no sería libre, pues yo dejaría á los otros en la completa libertad de que gozan ahora, si bien con la esperanza de que por influjo del teatro modelo habían de corregirse y mejorarse.

No se infiera de lo expuesto que yo propenda á que nuestro teatro modelo sea, según dicen los franceses, con frase hecha, honnête mais embêtant. Nada menos que eso; yo gusto del regocijo y del desenfado, con tal de que no traspasen los límites del decoro.

Por esto, por otras razones expuestas ya y por otras muchas que sería prolijo exponer aquí, vendría como de molde una dama discreta para presidenta de la Junta.

De cada cinco funciones había de haber una cuyo producto líquido se consagrase á establecimientos de beneficencia. Buena falta hacen en España. Dos años y medio he pasado últimamente en Viena, y ni en calles, ni en paseos, ni en parte alguna, me ha pedido nadie limosna.

Claro está que el teatro ideal que voy formando es todo lo contrario del teatro libre, y mucho menos es teatro protesta. Yo no niego la razón á Clarín; protestando contra el mal gusto, se consigue á veces que triunfe el bueno. Moratín le hizo triunfar protestando contra Comella; pero no es esto lo que ordinariamente sucede, y todo protestantismo es muy peligroso. El Estado no puede menos de ser conservador. Así como si tiene una religión es porque la cree verdadera, así debe tener también fe en su buen gusto, pero sin alentar á los que buscan en literatura peligrosas novedades. Queden para eso los teatros libres, si se atreven á tanto y les da por convertirse en teatro protesta.

Lo que se llama genio es prenda muy rara, y el afán de hacer creer que le tienen deslumbra y extravía á no pocos incautos y presuntuosos, y los induce á producir disparatadas monstruosidades. Absurdo sería que creásemos el teatro modelo para apadrinarlas. Si cabe comparar lo sagrado con lo profano, sería esto tan ridiculo como si el Estado erigiese un magnifico templo y ensayase en él la religión de Brahma, de Buda, de Zoroastro ó de cualquier profeta flamante, á ver si el pueblo la prefería al catolicismo y se convertía.

Si en la religión hay herejes, en las artes también los hay. Queden en libertad: no los persigamos, pero no los protejamos tampoco.

Recuerdo haber visto en Bruselas una Exposición de pintura y escultura hecha por artistas libres, que protestaban furiosos, en nombre del progreso y del arte del porvenir, contra el arte oficial, ordinario y trillado. Aseguro que no soñaba yo con ver ni he visto jamás delirios más estupendos, pintados y esculpidos, ni más abominables creaciones. Y cuenta que, en medio de su extravío, no podía negarse original y distinguido talento á no pocos de aquellos artistas libres.

Prescindo de la ilación y procedo á brincos y con aparente incoherencia para que esta carta sea la última, y no escribir una docena.

La Junta directiva había de renovarse cada dos años.

Los vocales tendrían sueldo ó dietas. No comprendo que nadie trabaje de balde, humillando ó haciendo competencia invencible al que necesita vivir de su trabajo. Al que no lo necesitase nadie le impediría gastar su sueldo en obras de misericordia ó regalar al teatro mismo, para adorno de sus galerías y salones de descanso, bustos y pinturas que representasen á nuestros mejores dramaturgos, actores y actrices.

Las funciones del teatro modelo habrían de dividirse por igual en tres clases: una sería de composiciones dramáticas de antiguos autores cuyas obras fuesen ya del dominio público; otra sería de composiciones de autores, vivos ó muertos, de cuyas obras conservasen la propiedad ellos, sus herederos ó sus editores; y otra, por último, de composiciones inéditas. Tendríamos, pues, que sólo el tercio de las representaciones de nuestro teatro sería para los estrenos. Así la Junta directiva podría mostrarse severa y aceptar sólo obras excelentes ó que ella juzgase tales. En los teatros libres se daría la protesta ó la apelación al juicio público, aceptando las obras desechadas, obras, por otra parte, que, al no ser aceptadas por nuestro teatro, no recibirían agravio, ya que nuestro teatro no podría ser bastante para muchos estrenos.

En nuestro teatro no habría de hacerse jamás la en mi sentir absurda distinción del género chico y del género no chico. Lo bueno no es chico nunca. Hay no pocos sainetes que valen más que multitud de dramas y de tragedias en cinco actos. Nada es más difícil, más envidiable y más precioso que hacer reir con burlas y chistes urbanos sin desvergüenza y sin chocarrería.

Por esto quisiera yo que volviésemos á la antigua usanza, y que, á no ser un drama extremadamente largo, concluyese toda función con su correspondiente divertido sainete.

En la indumentaria convendría tener el mayor esmero. No sólo los trajes, las armas, el peinado y demás adornos de las personas, sino también los edificios y los muebles habrían de ajustarse siempre con la posible exactitud á la época y al país en que se desenvolviese la acción dramática. Únicamente podrían quedar exceptuados de esta regla algunos dramas antiguos en que hay algo de fantástico y de ideal en el lugar y en el tiempo. Pase v. gr. que en El desdén con el desden no salgan los actores vestidos con trajes de la Edad Media, de cuando había soberanos independientes en Provenza y en Cataluña, sino que salgan vestidos anacrónicamente con trajes del siglo xvi ó del siglo xvii.

Mi indulgencia, no obstante, no llega hasta el extremo de aprobar lo que he visto en Alemania, donde el lacayo, gracioso y agudo, que aconseja el desdén para vencer el desdén de doña Diana, sale vestido como Fígaro en El Barbero de Sevilla, como un majo de Goya. Esto me parece tan extravagante como lo que he oído decir que acontecía hace un siglo entre nosotros, cuando, al ponerse en escena El maestro de Alejandro, salía Aristóteles vestido de abate, con casaca, chupa, espadín, zapato de hebilla y capita veneciana.

No pocos de nuestros antiguos dramas son tan anacrónicos que apenas sería posible ponerlos en escena con trajes de la época en que pasa la acción. Si no recuerdo mal, en La venganza de Tamar, de Tirso, hay damas tapadas, lacayos, mercaderes, genoveses, calle Mayor y todo lo que había en Madrid en tiempo de Felipe III ó de Felipe IV. ¿Cómo, pues, poner en escena La venganza de Tamar con los trajes que se usaban en vida del Rey Profeta? En cambio, yo juzgo conveniente representar El mágico prodigioso con los trajes, edificios y muebles bizantino-orientales que se usaban en Antioquía en los primeros siglos de la era cristiana, y no, como he visto representar en Madrid este drama, con trajes del siglo xvi ó del siglo xvii.

Aun en la representación de los sainetes y entremeses pondría yo no menor cuidado en la indumentaria. Un entremés de Cervantes se representaría con trajes del tiempo de Cervantes, y un sainete de D. Ramón de la Cruz con los trajes que los majos y las manolas gastaban cuando vivía y los retrataba tan á lo vivo aquel escritor ingenioso.

Otro uso antiguo, desde hace años casi perdido, resucitaría yo en nuestro teatro: el indispensable intermedio de baile nacional entre el drama y el sainete.

El arte de la danza es importantísimo y serio. Los antiguos le estimaban como lazo de unión y como centro de todas las artes del espíritu, que llamaban música en su más lato sentido, y de todos los ejercicios corporales, que llamaban gimnástica. La danza además era ensalzada por su complexidad; porque en ella se combinan el sonido y la forma, el dibujo y la melodía, lo plástico y lo aéreo. El rey David no creía perder su dignidad por ir bailando delante del Arca. Los coribantes descendían bailando de la cumbre del Ida, las ménades con sus tirsos bailaban en el Citerón, y los profetas de Israel, en impetuoso coro, descendían bailando del Carmelo. No bailaban menos devota y desaforadamente los salios de Roma. Danzas sagradas ó hieráticas ha habido en todas las épocas y civilizaciones. Todavía, al son de las castañuelas, bailan los seises en la catedral de Sevilla.

No pretendo yo que canonicemos y santifiquemos la danza, pero es un dolor que nuestra danza nacional vaya perdiendo cada día más su carácter propio y castizo ó bien que se avillane, se corrompa y se haga más grotesca, chula y gitana. Ya se bastardea con lo que toma y remeda de las danzas francesas é italianas, ya se corrompe y se impurifica con esto que no sé por qué llaman flamenco. Yo recuerdo todavía con retrospectiva admiración á cierto bailador llamado Ruiz, y á su gallarda, bella, modosa y noble hija Conchita. ¡Qué majestad, qué decoro, qué distinción y qué gracia cuando ambos bailaban juntos el bolero! No es dable danza más aristocrática. Parecían príncipes ó grandes señores. Y aquello era al mismo tiempo español puro y neto. ¿Por qué pues, no hemos de regenerar nuestra danza, hoy pervertida?

Interminable sería el seguir exponiendo aquí todo lo bueno que podría realizar nuestro teatro. Fúndese, si alguna vez hay dinero, paz y humor para fundarle, y ya entonces daré yo los consejos que dejo en el tintero ahora por no pecar de prolijo.

Sólo diré para concluir que en el teatro, durante la representación, deben amortiguarse las luces y quedar el público en misteriosa penumbra, á fin de que la luz y la atención se fijen en la escena: que una vez el telón descorrido, deben cesar las conversaciones y deben abstenerse las damas y los caballeritos de flirteos ó coqueteos: y que terminada la representación, debe haber mucha luz para que las mujeres muestren su hermosura y sus galas. Por último, los entreactos, sin ser tan largos como ahora suelen ser, no deben ser tan cortos como en Alemania, donde no hay tiempo para ver y hablar á las damas bien vestidas y guapas, ni para discurrir sobre el drama que se está viendo, de todo lo cual resulta, á pesar del primor y lujo del espectáculo, algo de apresurado, y de poco ameno que contradice el título de diversiones públicas con que calificamos las del teatro.

Y aquí pongo punto final, deseoso de no haber acabado también con la paciencia de los lectores.

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FINES DEL ARTE FUERA DEL ARTE

——

SIEMPRE fuí yo partidario del arte puro; de que no haya en él otro fin ni propósito que la creación de la belleza; dar pasatiempo, solaz y alegría al espíritu y elevarle á esferas superiores por la contemplación de lo ideal y de lo que se acerca á lo perfecto, cuando logra revestirse de forma material ó bien expresarse por medio de signos, como son los tonos y la palabra hablada ó escrita.

De aquí que yo, en obras de amena literatura, y especialmente en dramas y novelas, guste poquísimo de la tesis, y menos aún de lo que llaman Zola y sus parciales documentos humanos. A mi ver, tales documentos deben coleccionarse en Tratados de estadística y en Memorias de hospitales, presidios, cárceles y manicomios. Y lo que es las tesis, cualquiera que tenga el antojo de demostrar alguna ó de inculcar y difundir doctrinas morales, sociales, políticas ó religiosas, lo mejor es que desista para ello de ser novelista ó dramaturgo, y componga Tratados científicos, disertaciones, homilías ó peroratas.

No he de negar yo por esto que, en todas las edades del mundo y en todas las naciones cultas, la mayoría de los autores de obras de entretenimiento se han propuesto al escribirlas no sólo entretener, sino también enseñar. La novela y el drama han sido para ellos docentes. Así en la teoría como en la práctica han calificado de lecciones morales todo cuanto han escrito, y al escribir han puesto la mira y se han dirigido á un punto completamente fuera del arte.

Este hecho, sin embargo, sólo probará una cosa: que el afán de enseñar fué lo que movió al autor á escribir; mas no que lo escrito valga por lo que enseña, importe por la verdad que contiene, sino por la gracia, el chiste y la hermosura que crea y luce.

El más claro y luminoso ejemplo de lo que digo nos le ofrece Cervantes en el Quijote. Fué su propósito censurar los libros de caballería y hacerlos aborrecibles. Y, á la verdad, si se hubiera limitado á dar en el blanco, si sólo hubiese sido certero y si su ingenio no hubiera volado muy por cima del objeto á que por reflexión quería dirigirse, Cervantes sólo hubiera escrito un libro que ya no leería casi nadie y no el libro inmortal que leerán y releerán siempre todas las personas de buen gusto, ya en lengua castellana, si la saben, ya en cualquiera otra lengua en que se traduzca medianamente.

Persisto, pues, en creer y en afirmar que el propósito de la novela y del drama, y lo más substancial que debe haber en ellos, no es la enseñanza, no es la demostración reflexiva.

El poeta, no obstante (y llamo poeta á quien escribe novelas y dramas, aunque los escriba en prosa), pone ó debe poner en cuanto escribe toda su alma. Y como esta alma no ha de ser vulgar, adocenada ó vacia, sino que ha de estar rica de ideas, de doctrinas y de sentimientos elevados, y han de encerrarse en ella los obscuros enigmas que piden explicación y los temerosos y hondos problemas que se presentan á la humanidad para que los resuelva; todo esto, que está contenido en el alma del autor ó del poeta, aparecerá también y se reflejará en su obra, donde él pone toda su alma.

De las consideraciones que acabo de exponer y que á menudo se ofrecen á mi mente, nace, y yo lo confieso con sinceridad, una contradicción evidentísima: la negación y la afirmación de lo mismo: lo que ahora llaman una antinomia.

Afirmo, primero, que el arte ha de ser sólo por el arte, y afirmo en seguida que el arte, sobre todo cuando es la palabra el medio que emplea para producir la hermosura, contiene en sí y pone, en toda obra suya de algún valer, cuantos problemas y enigmas estimulan la actividad del entendimiento humano, moviéndole á negar ó afirmar y á pronunciarse en uno ó en otro sentido.

Me consuela de mi contradicción y me mueve á creer que no debo ser censurado por escéptico, sino aplaudido por sincero, el notar que la contradicción mencionada no está sólo en mi, sino también en todos los espíritus.

El arte debe ser por el arte. El poeta no debe proponerse la demostración de ninguna tesis: no debe enseñar, sino deleitar. Y, sin embargo, no hay novela ni drama de algún valer donde el poeta no quiera resolver problemas sociales, morales, políticos ó religiosos. Y no hay novela ni drama de algún valer, por lo mismo que es más numeroso y apasionado el público que los oye ó los lee, que no sea vehículo mil veces más eficaz que cualquiera otro libro para propagar doctrinas y para divulgar y difundir novedades, que ya extravían á la gente, ya vuelven á traerla al buen camino.

El poeta se propone á veces demostrar algo: á veces sólo se propone divertir ó entusiasmar: pero, acaso cuando menos conciencia tiene y menos propósito lleva de ser docente, es cuando enseña más, ya que, poniendo el alma en su obra, pone también los enigmas y los problemas que en ella hay y los descifra ó los resuelve á su modo.

A fin de explicar este influjo de las obras literarias, ejercido en ocasiones sin propósito y hasta contra la voluntad del autor, se ha inventado una palabra, para mi gusto nada bonita, pero muy gráfica. La novela y el drama que en alto grado son así, se llaman tendenciosos.

¿Cómo negar, por ejemplo, que son tendenciosas las novelas de Pereda, que lo son también las de Pérez Galdós, que es tendencioso el Juan José de Dicenta, y que Los domadores de Selles son tendenciosos?

Lo que yo no quiero desentrañar aquí es la tendencia de cada una de estas obras, y mucho menos cuál tendencia es buena y cuál es mala.

La intención puede ser distinta y hasta opuesta á la tendencia. Dramas ó novelas hay (y no malos, sino buenos y escritos por autores de grandísimo talento), que pueden producir y que producen en el público un efecto enteramente contrario al que el autor se propone. El público suele ser caprichoso y suele interpretar las obras literarias, en lo tocante á la tendencia, de una manera imprevista para el autor y aun para los críticos más agudos. Una misma persona, según la edad que tiene y la instrucción que posee, al leer un cuento ó al ver un drama, puede y suele juzgarlo de muy distinta manera. Valgan en prueba de esto los Viajes de Guliver de Jonatán Swift. Los leemos cuando niños y nos divierten como cuento amenísimo, lleno de pasmosas aventuras. Y si los volvemos á leer en la edad madura, notamos en ellos amarga sátira, negra melancolía y desconsolador pesimismo. ¿Qué es lo que fundamentalmente había en el alma y en la intención de Swift? No quiero entrar en tales honduras. Voy sencillamente á dar cuenta aquí de dos dramas, representados ahora con grande aplauso en los teatros de Alemania y fruto del ingenio de dos famosos autores: Gerardo Hauptmann y Adolfo Wilbrandt. No trataré de desentrañar la intención de ninguno de los dos, ni los haré responsables de nada. Compararé sus obras con flores hermosas de las que alguien, acaso, extraiga saludable bálsamo y de las que alguien también acaso extraiga mortífera y dolorosa ponzoña. Lo que no se puede negar, es que ambos dramas están inspirados por ideas y doctrinas muy en moda ahora. No acierto á decidir si el público candoroso, los jóvenes sin malicia y las señoritas inocentes, que asisten á la representación de estos dramas, se dejan ó no influir por las doctrinas perversas que los han inspirado, ó si sólo ven en ellos un brillante juego de la fantasía ó bien una leyenda en acción, llena de piedad y de creencias consoladoras.

A mi ver, el fenómeno es tan curioso, que merece detención y estudio. Hannele es el título del drama de Hauptmann. Cabe interpretarle como una leyenda llena de fe religiosa ó como la expresión del pesimismo más ateo y desesperado. Parte del público entiende lo primero, pero otra parte se inclina á ver en el drama lo segundo. Hannele es una niña enfermiza y nerviosa que apenas tiene quince años. Huérfana de madre, vive en poder de su padrastro, menestral rudo y feroz, borracho casi siempre, que maltrata de palabra y obra á la niña, le da mal de comer y la obliga á trabajar de continuo. Hannele llega al extremo de la desesperación, y en horroroso delirio se arroja á un estanque, buscando la muerte. El maestro de escuela, inteligente, bondadoso, joven y guapo, y que siente por la muchacha muy tierna simpatía, la saca del agua y la lleva casi exánime, tiritando con el frío de la calentura, á cierta casa de vecindad de gente pobre, donde ponen á la ñiña en un mezquino camistrajo y vienen el médico á visitarla y una Hermana de la Caridad á cuidar de ella. Toda la acción del drama es la agonía de la niña moribunda. Las visiones de su cerebro salen fuera de él, toman forma y cuerpo y se presentan al público en la escena, merced á la poderosa imaginación del dramaturgo y á la habilidad del tramoyista, de los pintores y de los sastres.

El tirano padrastro aparece aún, en aquel sueño, para atormentar á Hannele. A la Hermana de la Caridad le brotan alas y se convierte en ángel de la guarda. El ángel negro de la muerte sobreviene luego para poner término á la existencia de aquella desventurada. Entonces todas sus más poéticas aspiraciones, todos sus afectos más puros y hasta sus naturales apetitos, nunca satisfechos, de goces materiales, de bienestar y de reposo, y todas sus esperanzas, se cumplen y se logran de un modo ilusorio, en el delirio que precede á la muerte. La madre de Hannele viene á consolarla, como si fuera una santa; el maestro de escuela, que había inspirado á Hannele un delicadísimo amor de adolescente, se convierte en Jesucristo, como para darle la mano de esposo; matizados y luminosos coros de ángeles cantan melodiosamente muy lindas canciones, ofreciendo á Hannele toda clase de regalos y de cosas exquisitas, suculentos manjares y hasta confites. La misma vanidad de la criatura, que empieza á ser mujer, es profusamente lisonjeada. El Príncipe le envía sus emisarios y servidores, y la calzan con preciosos zapatitos, como á la Cenicienta, y la coronan de flores y la adornan con ricas vestiduras de desposada, y la atavían por tal arte que parece hermosa y gallarda. La colocan luego en un resplandeciente lecho de cristal, que ya parece féretro, ya tálamo. Y por último, se abre una senda ó escala, inundada de luz y cubierta de flores, y el maestro de escuela, convertido en Jesucristo, toma de la mano á Hannele y se la lleva al cielo, caminando en triunfo con ella, bajo arcos de verdura que forman dos hileras de ángeles, cruzando los ramos de palmera que sostienen en sus blancas manos.

Al cabo cesa la música, los resplandores se extinguen; la visión celestial se disipa. Vuelve á aparecer la inmunda casa de los pobres y el angosto lecho en que Hannele está postrada. Entra el médico en escena; mira á la muchacha y dice: ¡Está muerta! Así acaba el drama.

Yo me preguntaba cuando le ví y me pregunto hoy: ¿Es culpa del autor ó es culpa de la perversa interpretación que yo doy á su obra?

Sea lo que sea, la impresión que yo recibí fue muy triste. Yo entendí que el autor pinta la vida como abominable para la mayoría de los seres humanos, sin más esperanza de reposo que la muerte y sin más consuelo ni premio que la incoherente fantasmagoría, suscitada por la fiebre, y donde se barajan, en disparatada confusión, los cuentos y consejas vulgares, lo sobrenatural que sabemos por el catecismo, y los bienes y goces que forja la imaginación, cuando la vanidad, el instinto amoroso y hasta el hambre no satisfecha la estimulan.

A mi ver, en el drama del Sr. Hauptmann no quedan, con mayor realidad objetiva que el cuento de la Cenicienta, todas las esperanzas ultramundanas y todas las más altas verdades religiosas.

Otro día analizaré el otro drama que he citado, que se titula El maestro de Palmira, y que aún me parece más extraordinario.

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EL MAESTRO DE PALMIRA

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AL escribir Tirso y Calderón El condenado por desconfiado y La devoción de la Cruz, en todo lo sobrenatural que allí se representa, pusieron la realidad más evidente. Los altos designios de Dios figuran muy por cima de los ensueños que forjan ó pueden forjar los personajes de ambos dramas. Ningún ser sobrehumano aparece y ningún milagro se realiza como ilusión de la mente, entre las sombras de un delirio febril, sino á la luz meridiana, bajo cielo despejado y sin nubes. Así las ninfas y los genios se aparecían á los héroes griegos en las edades divinas. Así los ángeles, in ipso fervore diei, visitaban y hablaban á los antiguos patriarcas.

Sin duda, la falta de fe y la corrupción del siglo presente provocan el desdén hacia nosotros de todos los espíritus puros de más limpia y noble naturaleza; sin duda que ahora, como al declinar el paganismo decía el poeta gentil, puede decir también el poeta cristiano:

Quare nec tales dignantur visere cœtûs.

Nec se contingi patiuntur lumine claro.

Catulo, en su tiempo, en la vida real, hallaba á los hombres indignos del milagro; mas no por eso desterraba el milagro de la poesía: toda la narración que termina con los dos versos que cito, es una larga serie de milagros. En Hannele el Sr. Hauptmann, más cruel que Catulo, no se contenta con desterrar el milagro de la vida real, sino que le destierra también de la poesía, ó le trueca en pesadilla de agonizante.

Si gran parte del público candoroso no cae en la cuenta de tamaña crueldad, y si el poeta mismo no tuvo la intención de ser tan cruel, son puntos que importa poco dilucidar, teniendo como tenemos el convencimiento de que la crueldad está en la obra. Y la crueldad pone grima. En mi sentir, valdría más perder por completo toda esperanza que fundarla en las visiones que acompañan á la enfermedad y que preceden á la muerte.

Y aún es más extraño y más deplorable que, al negar en el día lo maravilloso que consuela y que eleva los corazones, no suele buscarse lo llano y lo sencillo, sino otro maravilloso, que quiere limitarse á ser natural, y que es desconsolador y mil veces más enmarañado que todas las teologías y que todas las mitologías. Negar la realidad objetiva de muchas cosas y convertirlas en productos de nuestro cerebro y de nuestros nervios sobreexcitados no deja de ser inexplicable maravilla. Es convertir nuestro cerebro en organillo que toca diversas sonatas, según el registro que se toca, y en linterna mágica, con movimiento y todo, como la que se ha inventado recientemente, con auxilio de la fotografía, que proyecta escenas, personajes y lances, con la diferencia de que los de la linterna fueron y ya no son, y los de nuestro cerebro acaso no fueron, ni son, ni serán nunca.

Recuerdo á este propósito á cierto singularísimo personaje que conocí en mi mocedad, estando yo en la capital del Brasil. Era un mago ó sabio ambulante. Peregrinaba con una hermosa profetisa de Nueva York, que era su mujer ó cosa parecida, y que, magnetizada por el mago, decía mil cosas estupendas que él le sugería. Aunque él era español, y tenía apellido y nombre bastante vulgares, había adoptado los misteriosos nombre y apellido de Hadado Calpe. Su ciencia ó su arte principal se titulaba la funi-fantasmagoría, sobre la cual había escrito un libro muy grueso. Se fundaba esta ciencia ó arte en que el hombre es el verdadero microcosmo. En su masa encefálica reside la mónada representativa donde están en cifra toda la Naturaleza y cuanto hay ó puede haber más allá: lo existente y lo posible. Había inventado este mago varias pociones que excitaban y movían la tal mónada á desenvolver y á sacar á relucir ya esto, ya aquello de cuanto en ella había envuelto. Poseía el mago un copioso botiquín de estas pociones, y eran las más prodigiosas el elixir diabólico, con el cual se iba al aquelarre y al infierno, se oía la misa negra y se conversaba con los demonios y con los precitos; el elixir místico-celestial, con el cual se veía el cielo cristiano con todos sus purísimos deleites; y el elixir heróico-afrodisíaco, por cuya virtud se lograba el favor de las huríes y se gozaban los placeres del paraíso de Mahoma. Ninguno de los elixires, con todo, hacía el menor efecto, si de antemano no era poderosamente sobreexcitada la médula espinal, valiéndose para ello de la funi-fantasmagórica, nombre que él daba á una horca primorosa é ingeniosísima, de la que se escapaba á tiempo sin morir y donde el ahorcado realizaba por estilo fantástico los ideales todos.

Hannele, en vez de ahorcarse, se remoja. Todo es equivalente, salvo que Hannele no toma antes ningún elixir; se remoja sin precaución y muere.

Pero no divaguemos y digamos algo del maestro de Palmira, que, en punto á extravagancia, echa á Hannele la zancadilla.

El drama de Adolfo Wilbrandt parece fundado en el budismo esotérico, que hoy priva y está en moda bajo el nombre de teosofía.

Palmira, después que el emperador Aureliano venció á la gran Zenobia, decayó de su prosperidad y grandeza; pero tuvo un hijo, llamado Apeles, que ansió y consiguió restaurarla en su antiguo florecimiento. Apeles fué á la vez gran guerrero y gran artista. A la cabeza de sus compatricios y ayudando á las Legiones de Roma, venció á los persas, que habían acudido á apoderarse de su ciudad natal. Luego la hermoseó con templos y palacios espléndidos y con casi inexpugnables fortalezas. Tal fue el maestro de Palmira.

Al volver victorioso de los persas y antes de entrar triunfante en la ciudad, tuvo en el desierto un raro coloquio con dos genios: el de la vida y el de la muerte: y logró la inmortalidad, ó al menos una prolongadísima duración de la existencia propia.

En la misma mágica gruta donde Apeles consigue este don, y en el momento en que le consigue, aparece una virgen cristiana, la cual, impulsada por una voz intima, va á Palmira á predicar el Evangelio. Sedienta de martirio, le predica con generosa imprudencia, insulta á los dioses gentiles, irrita á la plebe, y la plebe la mata en medio de las calles, á pesar de que Apeles la defiende. Sucede esto en tiempo de Diocleciano, cuando la persecución contra el cristianismo era más dura.

Cualquiera creería que la mencionada joven, virgen y mártir gloriosa de la fe de Cristo, se debería ir derecha al cielo; pero nada menos que eso. En el segundo acto (más de veinte años después) Zoe, llamándose Febe, aparece, como una de las heteras, cocottes ó suripantas más elegantes, seductoras y traviesas de Roma. Apeles, por quien no pasan días y que ha estado en Roma una buena temporada, se la trae de allí y la instala en su casa, á pesar de su virtuosísima y severa madre, que vive todavía. La casa de Apeles es un perpetuo holgorio; mucho festín, mucha francachela y mucho brindis. Todos sus amigos, enamorados de Febe, le echan piropos, y ella predica sobre placeres con éxito favorable y no con el mal con que predicó el cristianismo cuando era Zoe. Febe, no obstante, se aburre en aquella remota población y suspira por Roma. Sucede en esto que Apeles, que era muy orgulloso, se pelea con el gobernador, se queda pobre y se aflige al ver que su madre se va á morir de rabia por tener á Febe en casa. Corre, por último, la voz de que las autoridades consideran que la permanencia de Febe en la población causa escándalo y mal ejemplo y que se proponen expulsarla. Febe entonces dice para sí: pues me echaré yo antes de que me echen, y se larga con un señor Septimio, que es muy rico y que se la lleva á Roma.

Háganse ustedes cargo del furor de Apeles. Cae el telón.

Al empezar el tercer acto, han transcurrido unos cuarenta años. El alma de Zoe ó de Febe, alma comodín que se adapta á todos los palos como la espada y el basto en el tresillo, ha tenido ya tiempo de transmigrar y se halla infundida en el cuerpo de una grave matrona, severa y llena de virtudes, mujer legítima de Apeles. Pérsida es su nombre. Y Apeles y Pérsida tienen una hija casadera, llamada Trifena, la cual está enamorada y quiere casarse con un gallardo joven que sigue la religión pagana. Reina Constantino y el cristianismo está triunfante. Apeles es siempre gentil, pero Pérsida es fervorosa cristiana. Su hermano y los amigos de su hermano son sacerdotes celosísimos que entusiasman al pueblo y que llenan de remordimientos el alma de Pérsida, porque no logra convertir á su marido ni se decide á separarse de él. Todo este acto, que no estará, pero que parece compuesto en odio de la religión cristiana, no se puede negar que tiene interés vivísimo y admirable movimiento escénico.

La señora Estela Hohenfels, elegantísima, simpática y eminente actriz, que representa el papel de Zoe, de Febe y de Pérsida, en el Teatro Imperial de Viena, da al drama de Wilbrandt gran realce y poderoso atractivo.

Todo se complica de un modo tremendo. El presbítero, hermano de Pérsida, se ha apoderado de Trifena, no quiere que se case con un pagano y se empeña en que se consagre en los altares y en que viva entre las vírgenes del Señor. Trifena logra escapar y busca amparo entre los brazos de su padre. Amotinado el pueblo cristiano y guiado por el clero fanático, viene en busca de Trifena y quiere llevársela.

Pérsida tiene espantosa lucha en el fondo de su alma, donde combaten por un lado el amor á su marido y por otro los más ardientes sentimientos religiosos. Vencen éstos por último, y Apeles se ve abandonado de Pérsida como lo fué de Febe. Ayudado, no obstante, por su yerno futuro, por el padre de su yerno, y más que nada por su casi inmortalidad y por su valor indomable, se abre camino por entre la muchedumbre furiosa, y salva á su hija, abandonando la patria y buscando refugio entre los persas. Así termina el tercer acto.

Al empezar el cuarto, han pasado ya bastantes años. Juliano el apóstata está en el trono. Su mayor empeño es acabar con el cristianismo y restablecer el culto de los dioses. Antes quiere que reverdezcan con más vigor que nunca los laureles del imperio romano. Con poderoso ejército ha ido contra Ctesifon, ha pasado el Tigris y ha alcanzado una gran victoria sobre las huestes de Sapor, el Rey Sasanida.

Entre tanto, Apeles, que apenas envejece, vive en el desierto, en un oasis, cerca de Palmira. Pérsida, Trifena y el marido de Trifena, murieron tiempo há. Sólo acompañan á Apeles su consuegro y el nieto que de Trifena ambos han tenido. Este nieto es ya un joven gallardo y brioso, que se parece mucho á Zoe, á Febe y á su abuela Pérsida, y que está representado lindamente por la señora Estela Hohenfels, la cual se luce de veras en este drama, representando en cada acto un papel distinto.

Apeles empieza ya á caer en la cuenta, cavila sobre la metempsícosis de Pitágoras y de los indios, y sospecha que el alma de Zoe, de Febe y de Pérsida, era la misma y que ahora está encarnada en su nieto.

Si he decir la verdad, esto me repugna más que nada. Pase porque el alma trasmigre de cuerpo en cuerpo y cambie de condición, de creencias y de carácter, según el cuerpo en que está y según el medio ambiente. Pero que el alma cambie de sexo lo tengo por abominable. Dante y Petrarca bramarían de cólera si topasen, en cualquiera vida ulterior, con Beatriz y con Laura, convertidas en caballeritos, aunque fueran sus nietos.

Sea como sea, no nos detengamos en reflexiones y acabemos á escape.

El nieto de Apeles, que es un furibundo pagano, entra en una conjuración para restablecer en Palmira la idolatría. Apeles sabe á tiempo su propósito, y como no puede disuadirle de que vaya á la ciudad, le acompaña.

En mala hora para los gentiles llega la noticia de la retirada desastrosa del ejército romano y de la muerte del heróico emperador. Los cristianos cobran entonces mayores bríos. En las calles y plazas de Palmira se traba sangrienta y reñida batalla. Quedan en ella vencidos los gentiles y muere el nieto de Apeles.

Este, que ha ido vagando por diversos climas y regiones sin poder morir, llevando en la frente el signo de la vida, como Caín y el judío errante, aparece de nuevo en Palmira, en el quinto y último acto. El genio de la muerte, Pausanias, el que hace cesar todos los cuidados y dolores, le había aparecido á Apeles en los momentos solemnes de los actos anteriores, para arrebatarle las prendas más queridas. Pausanias sale ahora de entre las ruinas. Apeles le pide la muerte, y Pausanias le dice que él no puede morir. Todo muere ó ha muerto, sin embargo, en torno suyo. Palmira está ya casi desierta. Los terremotos y las guerras han derribado sus templos y sus palacios. Los bárbaros invaden por todas partes el imperio y desbaratan ó arrollan las legiones de Roma. La antigua civilización se hunde con el imperio.

Todavía hay en Palmira algunos gentiles que coronan de flores los sepulcros, y que, en aquel día, que es la fiesta de Adonis, cantan el himno de la muerte y de la resurrección, himno que Apeles ha cantado mil veces y que su nieto cantó poco antes de morir:

«Así lo quiere el eterno Zeus: tú debes descender bajo la tierra florida, y besar á la sombría Perséfone ¡oh hermoso Adonis! Al volver la primavera, cuando corran murmurando las fuentes, tú, llorado ahora, resucitarás alegre y besarás á la áurea Afrodite, ¡oh hermoso Adonis!»

La vida es un mal insufrible si no la interrumpe la muerte. Es menester volver á ella bajo nuevas formas y en nuevos tiempos. No basta una vida, por larga que sea, para alcanzar el complemento de nuestro ser. Es inevitable el frió beso de Perséfone para surgir alegre en otra verde primavera y recibir los besos de la áurea Afrodite. Tal es la enseñanza del drama.

Su desenlace es patético.

En Palmira hay una santa mujer llamada Zenobia, portento de caridad, consuelo y amparo de los afligidos y menesterosos. Apeles la ve. Y ella le reconoce y él reconoce en ella á Zoe, á Febe, á Pérsida y á su nieto. Zenobia hace entonces la mayor obra de caridad que jamás ha hecho. Apeles se postra de hinojos á sus plantas, y ella pone la mano en la frente y borra el signo fatídico que le retiene en la vida. El Genio de la muerte, Pausanias, el apaciguador ó libertador de los cuidados, acude entonces, se interpone entre Apeles y Zenobia, y Apeles muere.

Así es, en resumen, uno de los más celebrados dramas del moderno teatro alemán.

Yo diré, para concluir, que es divertido verle y leerle: que es más divertido aún admirar á la señora Estela Hohenfels en sus cinco papeles; pero que, en lo tocante á enseñanza, lo mejor es no sacar ninguna de este drama. Si creyésemos que se saca de él enseñanza, tendríamos que imitar á Platón y desterrar á los poetas de nuestra República. Por dicha, los poetas no valen por lo que dicen, sino por la elegancia, primor y entusiasmo con que lo dicen. Leopardi es ateo, y está desesperado de no tener Dios; Manzoni es un progresista católico; Carducci celebra á Satanás, aborrece á Cristo y cree que el mundo prospera porque el cristianismo acaba; Quintana es un volteriano que pone como hoja de peregil á Felipe II; el duque de Frías se deshace en elogios del rey prudente, y muchos de nuestros poetas mejores, aunque, como Espronceda, sean progresistas en prosa, se lamentan en verso de la funesta manía de pensar y entienden que Dios los castiga porque han querido averiguar muchas cosas que son inaveriguables. En suma; cada poeta se va por su camino y sustenta opinión diversa y contraria á la de los otros. Lo que importa es que la sustenten bien y con brío. Entonces los aplaudimos á todos y cada uno de los que aplauden se queda con la opinión que tenia, si no es un tonto y si no hace como los que se mataban después de leer el Werther de Goethe. Precisamente Goethe le escribió para no matarse y como desahogo.

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LAS RAREZAS DEL «FAUSTO»

——

EN cualquiera punto de este planeta en que vivimos, en la prolongación de los tiempos pasados, según lo que por la historia se sabe y también en los tiempos futuros, hasta donde nuestra previsión alcanza, todo ser humano tiene y tendrá no poco que sufrir, gran multitud de cosas en que ejercitar su paciencia, mil peligros que arrostrar empleando su valor, y no corto número de adversidades y disgustos para desplegar y lucir su santa resignación y su conformidad cristiana, compitiendo con Job y hasta venciéndole.

Para consuelo ó alivio de tantas penas nuestro ingenio ha sido fecundo en sutiles y discretas invenciones. Y la mejor de todas es, á mi ver, la poesía narrativa ó dramática.

Las contrariedades menudas y los males pequeños que nacen con frecuencia de la tontería de los hombres ó de las mujeres, representados luego por el poeta en una novela ó en un drama, pierden y deben perder casi toda su amargura; remediándola ó suavizandola con inocentes ó benignas burlas y ahogándola en risa.

Y cuando los males son grandes y terribles, todavía es más discreta y bienhechora la invención que los remedia ó los consuela. El poeta, en la novela ó en el drama trágico, debe representar estos casos con verosimilitud y fidelidad tan extrañas y hábiles, que en vez de producirnos el mal rato, el ataque de nervios ó los sentimientos penosos que nos producirían dichos casos si fuesen reales, nos produzcan un exquisito y espiritual deleite que llaman estético.

Tal era y tal debe ser, desde muy antiguo, el fin noble y redentor del arte.

Aristóteles llamaba á esto la purificación de las pasiones, es á saber: que el terror y la compasión, que en la vida real son tan dolorosos y aflictivos, gracias al encanto divino de la poesía, se convierten en el drama y en el poema narrativo en placer delicado, porque el terror entonces no nos enerva ni nos humilla, y porque entonces son dulces las lágrimas.

¿Cómo he de negar yo el maravilloso talento de muchos autores del día, extranjeros y nacionales? Lejos de negarle, le reconozco y le admiro; pero me quejo de ellos y los censuro y los encuentro más fotógrafos que poetas, porque faltan al precepto aristotélico, que es, en mi sentir, el fin del arte, y porque pintan las miserias y desventuras humanas con tan minuciosa exactitud y con tan científico, experimental y poco poético detenimiento, que se diría que sus libros, en vez de ser de pasatiempo y de recreo, vienen á reemplazar los silicios, las disciplinas y otros medios á propósito para mortificarse y hacer vida penitente.

La diferencia está en que con los medios antiguos se ganaba el cielo, y con la lectura de estos libros ó con el espectáculo de estos dramas no se gana nada.

Aunque á mi no me cabe en la cabeza que los dramas y novelas así escritos puedan y deban considerarse como documentos humanos, como materiales y ripios, con los cuales ha de construirse la ciencia social del porvenir, todavía concedo que el que crea en el valor de tales documentos los reuna y confeccione, atormentándonos con ellos. La letra con sangre entra. Pero lo que no concedo es que esté bien que los documentos sean falsos: que se ponga tragedia donde no hay motivo de tragedia: y que, habiendo tanto infortunio dialécticamente producido, se creen infortunios infundados y disparatados como una pesadilla.

Cuanto queda expuesto se me ha ocurrido recientemente con ocasión de haber oído el Fausto, de Göethe, casi de seguida, primero en dos óperas, ambas de muy hermosa música, y después en los dos magníficos dramas, representados ambos con aparato y lujo portentosos, en el teatro imperial y palatino de la gran ciudad de Viena.

Se cuenta que D. Ventura de la Vega, agobiado ya por las enfermedades y previendo su próxima muerte, llamó un día á sus hijos para confiarles, antes de morir, un misterioso secreto, cuya pesadumbre le abrumaba el alma. Después de recomendarles el sigilo, que ellos han roto, pecado de que creo debemos absolverlos, aquel padre cariñoso les confesó que el Dante le aburría.

A mí no me aburre Göethe. Si me aburriese, no andaría con tapujos, ni lo confesaría sólo in articulo mortis y en lo hondo de mi casa; pero aunque soy fervoroso admirador de aquel glorioso poeta, que era además gran sabio y sutil y razonable filósofo, y aunque le he elogiado pomposamente en varios escritos míos, me sucede ahora que, echando á un lado el prestigio mágico de su estilo, como quien descorre un velo que disimula los defectos y realza las bellezas, he descubierto en el Fausto rarezas tan chocantes, que temo que se me agrien ó se me pudran en lo interior del alma si no las digo y me desahogo.

Poniendo, pues, á un lado y en salvo mi extraordinaria admiración por Göethe, voy á decir aquí algunas de estas rarezas.

En primer lugar, me pasma y me enoja que el Dios de Göethe tenga el capricho, en su conversación con el diablo, de presentar á Fausto como un segundo Job, como un modelo de varón justo, aunque débil y sujeto á error como todo el que aspira.

Verdaderamente, si en la segunda mitad del siglo xv, en que la humanidad dió cima á tan altas empresas, no hubo hombre mejor que Fausto, es menester confesar que la humanidad no vale un pito.

Pero no es esto lo más singular; lo más singular es que Fausto, á quien el poeta nos presenta en las primeras escenas como un sabio de extraordinaria magnitud, resulta luego un tontiloco.

Tengamos la manga ancha. Disculpemos á Fausto por su desesperación al verse viejo, pobre, desatendido, á pesar de su mucha sabiduría, habiendo gozado poquísimo y en resumidas cuentas sin saber nada á punto fijo después de haberse quemado las cejas estudiando día y noche sin divertirse, sin holgarse y sin echar una canita al aire. Disculpémosle también del conato de suicidio, y disculpémosle, por último, aunque se escandalicen mis lectores, de que haga un pacto con el diablo y le firme con la sangre de sus venas.

Harto se entiende que el diablo, que no es estúpido y que debía estar ya escarmentado, celebra este pacto por si topa, como si dijéramos, sabiendo que se expone á quedar burlado y estafado, y á que Fausto por intercesión de algún santo ó santa que abogue por él, se largue al cielo y deje al diablo con un palmo de narices. Casos por el estilo habían ocurrido ya y debían estar consignados en los archivos y anales del infierno. Así, por ejemplo el del monje Teófilo, y el de Cipriano, mágico prodigioso de Antioquía.

Para un sujeto travieso y listo, fundado en la tontería del diablo y envalentonado con tan curiosos precedentes, un pacto con el diablo ha de ser una ganga de la que debe sacar mil provechos y ventajas. Aquí entra, en mi sentir, la inexplicable tontería, el idiotismo perverso del Fausto de Göethe, sobre todo en lo más humano y menos simbólico, en la primera parte, en sus amores con Margarita.

No digo yo un caballero particular cualquiera, que no haya estudiado libro alguno y que se caiga de tonto, sino el propio Pedro Urdemalas no lo hace peor que Fausto lo hizo.

Remozado ya, elegante y guapo, apasionado y discreto, ¿qué necesidad tenía de joyas para enamorar á Margarita? ¿No deslustraba con esto el carácter de su querida, haciéndola aparecer tan comprada como enamorada? A no dudarlo, el regalo de las joyas afea y empequeñece el principio de aquellos amores.

Se ve luego que Margarita, sin que nadie la vigile ni la acompañe, va sola donde quiere. En el jardín de Marta juega al escondite con su amigo, y sin duda en cualquiera otro sitio, todavía más cómodo, podía estar con él á solas todo el tiempo que quisiera hasta hartarse. ¿Qué lujo de perversidad, sin razón que la justifique, no hay, pues, en el empeño de Fausto y Margarita de estar juntos por la noche al lado de la madre de ella, en lo cual hasta hay mucho de repugnante y de asqueroso?

Y crece de punto la perversidad, cuando Margarita, la candorosa y angelical Margarita, excitada por Fausto, y á fin de que su mamá no se despierte, la atiborra de bromuro de potasio, de opio, de láudano y de otros potingues narcóticos, hasta que acaba por matarla.

A veces se diría que Fausto quiere á Margarita. A veces se diría que no la quiere y que es un ingrato y un galopín de siete suelas. Su insensatez incoherente no se presta á clara interpretación.

Convertido en músico, su diablo lacayo va con Fausto á dar serenata á Margarita; y Fausto tiene la impiedad y la poquísima vergüenza de que su diablo lacayo insulte con indecentísimas coplas á la pobre muchacha por la falta que ha cometido en amarle y en consentir en ser suya. Ahora viene lo mejor. Margarita tiene un hermano, soldado, valiente y espadachín y muy celoso de su honra, aunque no era menester serlo mucho para enojarse contra el doctor Fausto, que estaba alborotando la calle y á todos los vecinos con aquella retahila de sucios improperios puestos en solfa.

Nada más natural que la decisión que toma Valentín de pinchar al doctor Fausto como quien pincha á una rata.

Yo convengo en que nadie gusta de que le pinchen así; pero hay medios de evitarlo, sobre todo, cuando se encuentra con el demonio, más ingeniosos y decentes que los que Fausto emplea. Él sabía poco ó nada de esgrima, y distaba mucho de pensar como San Buenaventura, que dice que cuando alguien nos acomete con una espada desnuda debemos dejarnos matar y no matarle, porque sería cruel, matando á nuestro adversario, enviarle al infierno, mientras que si él nos mata, y nosotros nos resignamos á morir, nos iremos derechitos al cielo; pero, sin imitar á San Buenaventura, bien pudo hacer Fausto que el diablo se llevara á Valentín en volandas ó valerse de otro medio cualquiera para no asesinar infame y traidoramente al hermano de su amiga.

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