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Vida de Cervantes

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68. Es muy propio de ignorantes, cuando se ven reprendidos, fundar el agravio que imaginan habérseles hecho reprendiéndolos, en la censura hecha á otros grandes hombres, para que los apasionados á éstos se irriten contra el censor. Lope de Vega era en su tiempo y aún el día de hoy, el príncipe de la cómica española. Censurar un escritor tan célebre era como poner las manos en un hombre sacrosanto.

69. Pero Lope, que sabía que era de carne y hueso, como los demás escritores, como cuerdo agradecía las censuras hechas con verdad y buena intención, y procuraba aprovecharse del conocimiento de sus errores. En prueba de esto, basta el mismo suceso que dió ocasión á que el indiscreto autor aragonés se quejase tan fuera de propósito y maldijese tanto.

70. Reprendieron muchos á Lope de Vega, porque componía comedias no ajustadas á los preceptos del arte. Tengo por cierto que Cervantes fué uno de sus más fuertes censores. Procuraría Lope disculparse como mejor podía, quiero decir, atribuyendo muchos de sus descuidos á la condescendencia del vulgo; y viéndose estrechado, llegó á decir que las nuevas circunstancias del tiempo pedían nuevo género de comedias; como si la naturaleza de las cosas fuese mudable por cualesquiera accidentes. La controversia se puso en términos de que la Academia Poética de Madrid mandase á Lope de Vega que alegase por su parte lo que tuviese que decir. Entonces compuso el razonamiento que intituló Arte nuevo de hacer comedias en este tiempo. Como hombre ingenuo, hubo de confesar sus yerros, dorándolos como mejor pudo, de esta suerte:

Mándanme ingenios nobles, flor de España, Que un arte de comedias os escriba Que al estilo del vulgo se reciba. Fácil parece este sujeto, y fácil Fuera para cualquiera de vosotros, Que ha escrito menos de ellos, y más sabe Del arte de escribirlas, y de todo: Que lo que á mí me daña en esta parte, Es haberlas escrito sin el arte. No porque yo ignorase los preceptos, Gracias á Dios, que ya tirón gramático Pasé los libros que trataban desto. Antes que hubiese visto al sol diez veces Discurrir desde el Aries á los Peces. Mas porque en fin hallé que las comedias Estaban en España en aquel tiempo, No como sus primeros inventores Pensaron que en el mundo se escribieran, Mas como las trataron muchos bárbaros, Que enseñaron al vulgo á sus rudezas. Y así se introdujeron de tal modo, Que quien con arte agora escribe, Muere sin fama y galardón; que puede Entre los que carecen de su lumbre, Más que razón y fuerza, la costumbre. Verdad es que yo he escrito algunas veces Siguiendo el arte, que conocen pocos; Mas luego que salir por otra parte Veo los monstruos de apariencias llenos, Adonde acude el vulgo y las mujeres Que este triste ejercicio canonizan: Á aquel hábito bárbaro me vuelvo, Y cuando he de escribir una comedia, Encierro los preceptos con seis llaves, Saco á Terencio y Plauto de mi estudio Para que no me den voces; que suele Dar gritos la verdad en libros muchos. Y escribo por el arte que inventaron Los que el vulgar aplauso pretendieron; Porque, como las paga el vulgo, es justo Hablarle en necio para darle gusto.

Más adelante, dice:

Creed que ha sido fuerza que os trujese Á la memoria algunas cosas destas, Porque veáis que me pedís que escriba Arte de hacer comedias en España, Donde cuanto se escribe es contra el arte, Y qué decir cómo serán agora, Contra el antiguo, y que en razón se funda, Es pedir parecer á mi experiencia, No al arte, porque el arte verdad dice, Que el ignorante vulgo contradice.

Lo mismo confiesa poco después:

Mas pues del arte vamos tan remotos, Y en España le hacemos mil agravios, Cierren los doctos esta vez los labios.

Y éste mismo, que por los más juiciosos y leídos es tenido por príncipe de la cómica española (porque don Pedro Calderón de la Barca, ni en la invención ni en el estilo es comparable con él), concluye su arte de este modo:

Mas ninguno de todos llamar pudo Más bárbaro que yo, pues contra el arte Me atrevo á dar preceptos, y me dejo Llevar de la vulgar corriente adonde Me llamen ignorante Italia y Francia. ¿Pero qué puedo hacer, si tengo escritas, Con una que he acabado esta semana, Cuatrocientas y ochenta y tres comedias?[93] Porque fuera de seis, las demás todas Pecaron contra el arte gravemente. Sustento, en fin, lo que escribí, y conozco Que, aunque fueran mejor de otra manera, No tuvieran el gusto que han tenido; Porque á veces lo que es contra lo justo Por la misma razón deleita el gusto.

71. Tenemos reo confeso á Lope de Vega antes del año 1602, pues en él se imprimió este arte, si merece tal nombre un razonamiento académico tan contrario á él. Reflexionemos ahora cuán justa y cuán moderada fué la censura de Cervantes dirigida á los malos cómicos de su tiempo, no á Lope de Vega, de quien hizo el debido aprecio, contentándose sólo con reprender (sin nombrarle) lo mismo que él públicamente había confesado. El discurso de Cervantes, en mi juicio, es el más feliz que escribió; y así débame el lector que le repita el gusto de volver á leerlo. Supongo que Miguel de Cervantes Saavedra se revistió de la persona de un canónigo de Toledo, y en nombre de éste habló de esta suerte con el célebre cura Pero Pérez[94]: "He tenido cierta tentación de hacer un libro de caballerías, guardando en él todos los puntos que he significado; y, si he de confesar la verdad, tengo escritas más de cien hojas, y para hacer la experiencia de si correspondían á mi estimación, las he comunicado con hombres apasionados de esta leyenda, doctos y discretos, y con otros ignorantes, que sólo atienden al gusto de oir disparates, y de todos he hallado una agradable aprobación. Pero con todo esto no he proseguido adelante, así por parecerme que hago cosa ajena de mi profesión, como por ver que es más el número de los simples que de los prudentes; y que puesto que es mejor ser loado de los pocos sabios, que burlado de los muchos necios, no quiero sujetarme al confuso juicio del desvanecido vulgo, á quien por la mayor parte toca leer semejantes libros. Pero lo que más me lo quitó de las manos, y aun del pensamiento de acabarle, fué un argumento que hice conmigo mismo, sacado de las comedias que ahora se representan, diciendo: "Si éstas que ahora se usan, así las imaginadas como las de historia, todas ó las más son conocidos disparates y cosas que no llevan pies ni cabeza; y con todo eso el vulgo las oye con gusto, y las tiene y las aprueba por buenas, estando tan lejos de serlo, y los autores que las componen [95] y los actores que las representan dicen que así han de ser, porque así las quiere el vulgo y no de otra manera; y que las que llevan traza y siguen la fábula, como el arte pide, no sirven sino para cuatro discretos que las entienden, y todos los demás se quedan ayunos de entender su artificio, y que á ellos les está mejor ganar de comer con los muchos, que no opinión con los pocos; de este modo vendrá á ser un libro, al cabo de haberme quemado las cejas, por guardar los preceptos referidos; y vendré á ser el sastre del Campillo. Y aunque algunas veces he procurado persuadir á los actores que se engañan en tener la opinión que tienen, y que más gente atraerán y más fama cobrarán representando comedias que haga el arte que no con las disparatadas. Están tan asidos y encorporados en su parecer, que no hay razón ni evidencia que de él los saque. Acuérdome que un día dije á uno de estos pertinaces: "Decidme: ¿no os acordáis que ha pocos años que se representaron en España tres tragedias, que compuso un famoso poeta de estos reinos, las cuales fueron tales que admiraron, alegraron y suspendieron á todos cuantos las oyeron, así simples como prudentes, así del vulgo como de los escogidos, y dieron más dinero á los representantes ellas tres solas que treinta de las mejores que después acá se han hecho?" "Sin duda—respondió el autor que digo—que debe de decir V. M. por La Isabela, La Filis y La Alejandra." "Por esas digo—le repliqué yo—; y mirad si guardaban bien los preceptos del arte, y si por guardarlos dejaron de parecer lo que eran y de agradar á todo el mundo. Así que no está la falta en el vulgo que pide disparates, sino en aquéllos que no saben representar otra cosa. Sí; que no fué disparate La ingratitud vengada, ni le tuvo La Numancia, ni se halló en la del Mercader amante, ni menos en La enemiga favorable[96], ni en otras algunas, que de algunos entendidos poetas han sido compuestas para fama y renombre suyo, y para ganancia de los que las han representado." Y otras cosas añadí á éstas con que á mi parecer le dejé algo confuso; pero no satisfecho ni convencido para sacarle de su errado pensamiento. "En materia ha tocado V. M., señor canónigo—dijo á esta sazón el cura—, que ha despertado en mí un antiguo rencor que tengo con las comedias que ahora se usan, tal, que iguala al que tengo con los libros de caballerías; porque habiendo de ser la comedia, según le parece á Tulio, espejo de la vida humana, ejemplo de las costumbres é imagen de la verdad, las que ahora se representan son espejos de disparates, ejemplos de necedades é imágenes de lascivia. Porque ¿qué mayor disparate puede ser en el sujeto que tratamos, que salir un niño en mantillas en la primera escena del primer acto, y en la segunda salir ya hecho hombre barbado? Y ¿qué mayor que pintarnos un viejo valiente y un mozo cobarde, un lacayo retórico, un paje consejero, un rey ganapán y una princesa fregona? ¿Qué diré, pues, de la observancia que guardan en los tiempos en que pueden ó podían suceder las acciones que representan, sino que he visto comedia que la primera jornada comenzó en Europa, la segunda en Asia, la tercera se acabó en África, y aun si fuera de cuatro jornadas, la cuarta acabara en América, y así se hubiera hecho en todas las cuatro partes del mundo? Y si es que la imitación es lo principal que ha de tener la comedia, ¿cómo es posible que satisfaga á ningún mediano entendimiento, que fingiendo una acción que pasa en tiempo del rey Pepino y Carlomagno, al mismo que en ella hace la persona principal le atribuyan que fué el emperador Eraclio, que entró con la Cruz en Jerusalén, y el que ganó la Casa santa, como Godofredo de Buillón, habiendo infinitos años de lo uno á lo otro, y fundándose la comedia sobre cosa fingida, atribuirle verdades de historia y mezclarle pedazos de otras, sucedidas á diferentes personas y tiempos; y esto no con trazas verosímiles, sino con patentes errores de todo punto inexcusables? Y es lo malo, que hay ignorantes que digan que esto es lo perfecto y que lo demás es buscar gollerías. ¿Pues qué si venimos á las comedias divinas? ¿Qué de milagros falsos fingen en ellas? ¿Qué de cosas apócrifas y mal entendidas, atribuyendo á un santo los milagros de otro? Y aun en los humanos se atreven á hacer milagros, sin más respeto ni consideración que parecerles que allí estará bien el tal milagro y apariencia, como ellos llaman, para que gente ignorante se admire y venga á la comedia; que todo esto es en perjuicio de la verdad y en menoscabo de las historias, y aun en oprobio de los ingenios españoles, porque los extranjeros, que con mucha puntualidad guardan las leyes de la comedia, nos tienen por bárbaros é ignorantes, viendo los absurdos y disparates de las que hacemos. Y no sería bastante disculpa de esto decir que el principal intento que las repúblicas bien ordenadas tienen, permitiendo que se hagan públicas comedias, es para entretener la comunidad con alguna honesta recreación y divertirla á veces de los malos humores que suele engendrar la ociosidad, y que pues esto se consigue con cualquier comedia buena ó mala, no hay para qué poner leyes ni estrechar á los que las componen y representan á que las hagan como debían hacerse; pues, como he dicho, con cualquiera se consigue lo que con ellas se pretende. Á lo cual respondería yo, que este fin se conseguiría mucho mejor, sin comparación alguna, con las comedias buenas que no con las tales. Porque de haber oído la comedia artificiosa y bien ordenada, saldría el oyente alegre con las burlas, enseñado con las veras, admirado de los sucesos, discreto con las razones, advertido con los embustes, sagaz con los ejemplos, airado contra el vicio y enamorado de la virtud; que todos estos afectos ha de despertar la buena comedia en el ánimo de quien la escuchare, por rústico y torpe que sea. Y de toda imposibilidad es imposible dejar de alegar y entretener, satisfacer y comentar la comedia, que todas estas partes tuviere, mucho más que aquélla que careciere de ellas: como por la mayor parte carecen éstas que de ordinario ahora se representan. Y no tienen la culpa de esto los poetas que las componen, porque algunos hay de ellos que conocen muy bien en lo que yerran[97], y saben extremadamente lo que deben hacer. Pero como las comedias se han hecho mercadería vendible, dicen[98], y dicen verdad, que los representantes no se las comprarían si no fuesen de aquel jaez. Y así el poeta procura acomodarse con lo que el representante, que le ha de pagar su obra, le pide. Y que esto sea verdad, véase por muchas é infinitas comedias que ha compuesto un felicísimo ingenio de estos reinos[99], con tanta gala, con tanto donaire, con tan elegante verso, con tan graves sentencias; finalmente, tan llenas de elocución y alteza de estilo, que tiene lleno el mundo de su fama. Y por querer acomodarse al gusto de los representantes, no han llegado todas, como han llegado algunas, al punto de perfección que requieren[100]. Otros las componen tan sin mirar lo que hacen, que después de representadas tienen necesidad los recitantes de huirse y ausentarse, temerosos de ser castigados, como lo han sido muchas veces por haber representado cosas en perjuicio de algunos reyes y en deshonra de algunos linajes. Y todos estos inconvenientes cesarían, y aun otros muchos más, que no digo, con que hubiese en la Corte una persona inteligente y discreta que examinase todas las comedias antes que se representasen: no sólo aquéllas que se hiciesen en la Corte, sino todas las que se quisiesen representar en España, sin la cual aprobación, sello y firma, ninguna justicia en su lugar dejase representar comedia alguna; y de esta manera los comediantes tendrían cuidado de enviar las comedias á la Corte, y con seguridad podrían representarlas; y aquéllos que las componen mirarían con más cuidado y estudio lo que hacían, temerosos de haber de pasar sus obras por el riguroso examen de quien las entiende. Y de esta manera se harían buenas comedias y se conseguiría felicísimamente lo que en ellas se pretende, así el entretenimiento del pueblo, como la opinión de los ingenios de España, el interés y seguridad de los recitantes, y el ahorro del cuidado de castigarlos. Y si se diese cargo á otro, ó á este mismo, que examinase los libros de caballerías que de nuevo se compusiesen, sin duda podrían salir algunos con la perfección que vuestra merced ha dicho, enriqueciendo nuestra lengua del agradable y precioso tesoro de la elocuencia, dando ocasión á que los libros viejos se oscureciesen á la luz de los nuevos que saliesen, para honesto pasatiempo, no solamente de los ociosos, sino de los más ocupados. Pues no es posible que esté continuo el arco armado, ni la condición y flaqueza humana se pueda sustentar sin alguna lícita recreación."

72. ¡Son acaso más graves, más discretos y agradables los Diálogos, de Platón! ¡Fueron mejores sus deseos! ¿Pudo la censura de Cervantes ser más justa y modesta? Ella fué tal en lo que toca á Lope de Vega, que éste no se dió por ofendido; antes bien, cuando se le ofreció decir algo de Cervantes, escribió con mucha estimación.

73. Pero el mal continuador de Don Quijote, como desfacedor de agravios literarios, quiso enderezar el tuerto que imaginaba se había hecho á Lope de Vega; y abroquelándose de la autoridad de éste, intentó con ella reparar los golpes que le dió Cervantes, hiriéndole quizá en alguna de las censuras particulares, á que aluden este coloquio y la Novela de los perros, que puede muy bien llamarse "sátira lucilio-horaciana", porque imitando á Lucilio y á Horacio, reprende á muchísimos mordacísima pero ocultamente. Y siendo quizá uno de los heridos el aragonés, en lugar de satisfacer con buenas razones á la censura de Cervantes, como no las hallaba, ni aun aparentes, se valió de su maledicencia. Pero bien se la castigó Cervantes, porque á lo que le opuso de la vejez, manquedad y genio envidioso, le respondió así[101]: "Lo que no he podido dejar de sentir, es que me note de viejo y de manco, como si hubiera sido en mi mano haber detenido el tiempo, que no pasase por mí, ó si mi manquedad hubiera nacido en alguna taberna, sino en la más alta ocasión[102] que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros. Si mis heridas no resplandecen en los ojos de quien las mira, son estimadas á lo menos en la estimación de los que saben dónde se cobraron; que el soldado más bien parece muerto en la batalla, que libre en la fuga. Y es esto en mí de manera, que si ahora me propusieran y facilitaran un imposible, quisiera antes haberme hallado en aquella facción prodigiosa, que sano ahora de mis heridas, sin haberme hallado en ella. Las que el soldado muestra en el rostro y en los pechos, estrellas son que guían á los demás al cielo de la honra y al de desear la justa alabanza. Y hase de advertir que no se escribe con las canas, sino con el entendimiento, el cual suele mejorarse con los años. He sentido también que me llame envidioso, y que, como á ignorante, me describa qué cosa sea la envidia, que en realidad de verdad, de dos que hay, yo no conozco sino á la santa, á la noble y bien intencionada[103]. Y siendo esto así, como lo es, no tengo yo de perseguir á ningún sacerdote, y más si tiene por añadidura ser familiar del Santo Oficio. Y si él lo dijo por quien parece que lo dijo (esto es, por Lope de Vega), engañóse de todo en todo, que del tal adoro el ingenio, admiro las obras y la ocupación continua y virtuosa."

74. Que Miguel de Cervantes Saavedra no tuviese envidia á Lope de Vega, se ve en las alabanzas que le dió antes y después del discurso que hizo de las comedias, donde en persona del canónigo de Toledo le censuró tan moderadamente como hemos visto. En el libro sexto de su Galatea, en boca de la misma Calíope, dijo:

Muestra en un ingenio la experiencia, Que en años verdes y en edad temprana Hace su habitación ansí la ciencia, Como en la edad madura, antigua y cana. No entraré con alguno en competencia, Que contradiga una verdad tan llana: Y mas si acaso á sus oídos llega, Que lo digo por vos, Lope de Vega.

Después, en el Viaje del Parnaso[104] habló del mismo con la mayor estimación:

Llovió otra nube al gran Lope de Vega, Poeta insigne, á cuyo verso ó prosa Ninguno le aventaja, ni aun le llega.

Y aun después de la censura del aragonés, en la continuación de la misma historia de Don Quijote, hablando de Angélica, dijo[105] que "un famoso poeta andaluz (Luis Barahona de Soto) lloró y cantó sus lágrimas, y otro famoso y único poeta castellano (Lope de Vega) cantó su hermosura." Y en otra parte[106] aludió con mucha estimación á la Arcadia, de Lope de Vega. La censura, pues, que de él hizo Cervantes no nació de envidia, ya que le alabó tanto como el que más y sin medida alguna, sino de su gran conocimiento, pues fué muy justa. Y la que hizo de Cervantes el continuador tordesillesco fué hija de su maledicencia, tan abominable como se ha visto.

75. De otra manera que Fernández de Avellaneda, habló Lope de Vega de Miguel de Cervantes Saavedra, cuando después de haber sido censurado, y aun después de la muerte de su censor, cantó y celebró así su gloriosa manquedad[107]:

En la batalla donde el Rayo austrino, Hijo inmortal del águila famosa, Al rey del Asia en la campaña undosa. La fortuna envidiosa Hirió la mano de Miguel Cervantes: Pero su ingenio en versos de diamantes Los del plomo volvió con tanta gloria, Que por dulces, sonoros y elegantes, Dieron eternidad á su memoria: Por que se diga que una mano herida Pudo dar á su dueño eterna vida.

76. También castigó Cervantes la codicia de su detractor, haciendo desprecio de sus amenazas, encomendando al lector este recado[108]: "Dile también, que de la amenaza que me hace, que me ha de quitar la ganancia con su libro, no se me da un ardite; que acomodándome al entremés famoso de la Perendenga, le respondo, que me viva el Veinticuatro mi señor, y Cristo con todos. Viva el gran conde de Lemos, cuya cristiandad y liberalidad bien conocida contra todos los golpes de mi corta fortuna, me tiene en pie: y vívame la suma caridad del ilustrísimo de Toledo, don Bernardo de Sandoval y Rojas. (Sospecho que porque Cervantes halló algún consuelo en la piedad de este prelado, dijo su detractor[109] que se había acogido á la Iglesia y sagrado.) Y siquiera no haya imprentas en el mundo; y siquiera se impriman contra mí más libros que tienen letras las coplas de Mingo Revulgo. Estos dos príncipes, sin que los solicite adulación mía, ni otro género de aplauso, por su sola bondad han tomado á su cargo el hacerme merced y favorecerme, en lo que me tengo por más dichoso y más rico que si la fortuna por camino ordinario me hubiera puesto en su cumbre. La honra puédela tener el pobre, pero no el vicioso; la pobreza puede anublar á la nobleza, pero no escurecerla del todo; pero como la virtud dé alguna luz de sí, aunque sea por los inconvenientes y requisitos de la estrecheza, viene á ser estimada de los altos y nobles espíritus, y por el consiguiente favorecida. Y no le digas más."

77. Puede ser que alguno eche de menos la respuesta de Cervantes á lo que dijo el maldiciente satírico, que se hallaba tan falto de amigos, que si quisiese adornar sus libros con sonetos, no hallaría título quizás en España que no se ofendiera de que tomara su nombre en la boca. Á lo cual Cervantes no respondió palabra alguna, porque ya no tenía qué añadir á lo que había dicho en boca de aquel amigo suyo, introducido en su prólogo, como consejero del mismo Cervantes, satirizando las costumbres de los escritores de su tiempo, con tanta discreción como ésta[110]: "Lo primero en que reparáis de los sonetos, epigramas ó elogios, que os faltan para el principio, y que sean de personajes graves y de título, se puede remediar en que vos mismo toméis algún trabajo en hacerlos, y después los podéis bautizar y poner el nombre que quisiereis, ahijándolos al Preste Juan de las Indias ó al emperador de Trapisonda, de quienes yo sé que hay noticia que fueron famosos poetas; y cuando no lo hayan sido, y hubiere algunos pedantes y bachilleres que por detrás os muerdan y murmuren de esta verdad, no se os dé dos maravedís, porque ya que os averigüen la mentira, no os han de cortar la mano con que lo escribisteis." Había entonces en España la ridícula costumbre de prevenir el ánimo de los lectores con muchas alabanzas, la mayor parte de ellas fabricadas por sus mismos autores; como sucede hoy en los que dan muchas juntas literarias, que profesan la critica con poca seriedad, fiándose demasiadamente de juicios ajenos, tal vez ignorantes y tal apasionados. Reprendió Lope de Vega aquel abuso cuando dijo[111] que Apolo mandaba en un edicto varias cosas:

Y que no propusiesen alabanzas En censuras fingidas, Con falsas esperanzas De que serán creídas, No sin risa escuchadas, En su soberbia y vanidad fundadas.

78. Satirizando Cervantes á estos tales, y satisfaciendo al mismo tiempo al deseo que tenía de ser alabado, puso al principio de su historia de Don Quijote algunas composiciones poéticas en nombre, no de grandes señores (porque en la república literaria no hay más grandes señores que los que saben), sino de Urganda la Desconocida al libro de Don Quijote de la Mancha; de Amadís de Gaula; de Don Belianís de Grecia; de Orlando el Furioso; del Caballero del Febo y de Solisdán á Don Quijote de la Mancha; de la señora Oriana á Dulcinea del Toboso; de Gandalín, escudero de Amadís de Gaula, á Sancho Panza, escudero de Don Quijote; del donoso poeta entreverado, á Sancho Panza y Rocinante, y últimamente un diálogo entre Babieca y Rocinante, queriendo decir con esto que su libro de Don Quijote de la Mancha era mejor que todos los libros de caballerías, pues Don Quijote de la Mancha hizo ventaja al célebre Amadís de Gaula, libro que, según la fama común y lo que dijo Cervantes[112], "fué el primero de caballerías que se imprimió en España, y todos los demás han tomado principio y origen de este..... dogmatizador de una secta tan mala..... bien que es el mejor de todos los libros que de este género se han compuesto".

79. También se aventajó Don Quijote al afamado Don Belianís de Grecia. "Pues ese—replicó el cura (Pero Pérez, estando haciendo el escrutinio con el barbero maese Nicolás)—, con la segunda, tercera y cuarta parte, tienen necesidad de un poco de ruibarbo, para purgar la demasiada cólera suya: y es menester quitarles todo aquello del castillo de la fama y otras impertinencias de más importancia."

80. Ni son comparables con las graciosas locuras de Don Quijote de la Mancha los desafueros de Orlando el Furioso, bien que de su autor dijo el cura[113], que si hablara en su idioma, le pondría sobre su cabeza.

81. No dijo otro tanto del Caballero del Febo, en cuyo nombre también hizo Cervantes un soneto. Imprimióse este libro con este título: "Espejo de príncipes y caballeros, en el cual en tres libros se cuentan los inmortales hechos del caballero Febo y de su hermano Rosicler, hijos del grande emperador Trebacio, con las altas caballerías y muy extraños amores de la muy hermosa y extremada princesa Claridiana, y de otros altos príncipes y caballeros, por Diego Ortúñez de Calahorra, de la ciudad de Nájera". Salió el Espejo de príncipes en dos tomos en folio, que contienen la primera y segunda parte, en Zaragoza, año 1581, su autor Pedro la Sierra. Después Marco Martínez de Alcalá continuó dichas fábulas con este título: Tercera parte del Espejo de príncipes y caballeros, hechos de las hijas y nietos del emperador Trebacio. En Alcalá, año 1589. Y Feliciano de Silva escribió después: La cuarta parte del Caballero del Febo. Sabidos estos títulos, se entenderá mejor el soneto del Caballero del Febo á Don Quijote de la Mancha, y se podrá aplicar la crítica que hizo el cura, cuando tomando el barbero un libro, dijo[114]: "Éste es espejo de caballerías." "Ya conozco á su merced—dijo el cura—. Ahí anda el señor Reinaldos de Montalván, con sus amigos y compañeros, más ladrones que Caco; y los doce Pares, con el verdadero historiador Turpín. Y en verdad que estoy por condenarlos no más que á destierro perpetuo, siquiera porque tienen parte de la invención del famoso Mateo Boyardo, de donde también tejió su tela el cristiano poeta Ludovico Ariosto." Del estilo de Feliciano de Silva hizo gran burla Cervantes en otra parte[115].

82. De la misma suerte que los caballeros andantes cedieron á Don Quijote de la Mancha, fueron también inferiores sus damas á Dulcinea del Toboso. Y esto significan los versos quebrados de Urganda la Desconocida, y el soneto de la señora Oriana á Dulcinea del Toboso. Damas que hacen mucho papel en la historia de Amadís de Gaula. Fuera de que esto también alude á que en tiempo de Cervantes dieron los escritores en la ridícula manía de hacer sonetos en nombre de mujeres, para que, puestos éstos al principio de sus obras, fuesen aquéllas tenidas por poetisas y ellos se tuviesen por favorecidos de ellas.

83. El soneto de Gandalín á Sancho Panza, quiere decir que ningún escudero hubo como Sancho Panza. Y las décimas del poeta entreverado y el diálogo entre Babieca y Rocinante, que no hubo caballo tan célebre como Rocinante, pues[116] "aunque tenía más cuartos que un real, y más tachas que el caballo de Gonela, que tantum pellis et ossa fuit, le pareció que ni el Bucéfalo de Alejandro, ni Babieca el del Cid, con él se igualaban".

84. En lo que toca, pues, al cargo que el aragonés hizo á Cervantes de que no tenía de quién valerse para autorizar con varios sonetos la entrada de su libro, no tenía Cervantes satisfacción alguna que añadir; pues de lo mismo que el otro echaba de menos, había hecho ya tanta burla, no sólo en el prólogo de Don Quijote, sino también en el de sus novelas; pues hablando de aquel abuso, y del amigo en cuya cabeza introdujo los discretísimos consejos, que el mismo Cervantes tan diestra y felizmente practicó; después de haberse pintado en lo exterior é interior, según el cuerpo, digo, y el ánimo, añadió: "Y cuando á la (memoria) de este amigo de quien me quejo, no ocurrieran otras cosas de las dichas, que decir de mí, yo me levantara á mí mismo dos docenas de testimonios y se los dijera en secreto, con que extendiera mi nombre y acreditara mi ingenio; porque pensar que dicen puntualmente la verdad los tales elogios, es disparate, por no tener punto preciso ni determinado las alabanzas ni los vituperios. En fin, pues ya esta ocasión se pasó, y yo he quedado en blanco y sin figura, será forzoso valerme por mi pico, que, aunque tartamudo, no lo será para decir verdades, que dichas por señas suelen ser entendidas." Después prosigue diciendo lo que sentía de sus propias novelas, sin hablar, como dicen, por boca de ganso.

85. Á lo que dijo el maldiciente de que Cervantes había escrito su primera parte de Don Quijote entre los hierros de una cárcel, y que por eso había cometido tantos. Sobre su encarcelamiento no quiso responder. Quizá por no ofender á los ministros de justicia; porque, ciertamente, su prisión no sería ignominiosa; pues el mismo Cervantes, voluntariamente, la refirió en el principio del prólogo de su primer tomo. En lo que toca á sus descuidos, yo no niego que Cervantes haya tenido algunos, los cuales tengo observados; pero como el aragonés no los especificó, no era razón que satisfaciéndole Cervantes, le atribuyese la gloria de una justa ó razonable censura. Y así la confesión de los propios descuidos ó defensa de los que los críticos de aquel tiempo censuraron como tales, se reserva para la debida ocasión; y la censura de otros, que se pudieran hacer reparables, se omite por la reverencia que se debe á la buena memoria de tan gran varón.

86. En lo que Miguel de Cervantes cargó más la mano á su injuriador, fué en la reprensión de su atrevimiento; pues lo fué, y muy grande, continuar una obra de pura invención, siendo ajena y viviendo el autor. Por eso dice al lector: "Si por ventura llegares á conocerle, dile de mi parte que no me tengo por agraviado, que bien sé lo que son tentaciones del demonio, y que una de las mayores es ponerle á un hombre en el entendimiento que puede componer é imprimir un libro, con que gane tanta fama como dineros, y tantos dineros cuanta fama. Y para confirmación de esto, quiero que con tu buen donaire y gracia le cuentes este cuento." Prosigue Cervantes contando el cuento, y después otro, con tan satírica gracia que no cabe más.

87. Pareciéndole á Cervantes que el atrevimiento del aragonés pedía mayor castigo, para hacerle más ridículo, en varias partes del cuerpo de su obra entremezcló algunas censuras de aquella perversa continuación, las cuales es razón que aquí se lean juntas, para que otros no caigan en tentación semejante.

88. En el capítulo LIX del segundo tomo, suponiendo que unos pasajeros estaban leyendo en un mesón la continuación del aragonés, introduce á un tal don Juan, diciendo así: "Por vida de vuesa merced, señor don Jerónimo, que en tanto nos traen la cena, leamos otro capítulo de la segunda parte de Don Quijote de la Mancha." Apenas oyó su nombre Don Quijote (el cual estaba en el aposento inmediato, dividido del otro con un sutil tabique), cuando se puso en pie, y con oído alerta escuchó lo que de él trataban, y oyó, que el tal don Jerónimo referido respondió: "¿Para qué quiere vuesa merced, señor don Juan, que leamos estos disparates, si el que hubiere leído la primera parte de la historia de Don Quijote de la Mancha no es posible que pueda tener gusto en leer esta segunda?" "Con todo eso—dijo el don Juan—será bien leerla, pues no hay libro tan malo que no tenga alguna cosa buena. Lo que á mí en éste más me desplace es que pinta á Don Quijote ya desenamorado de Dulcinea del Toboso." Oyendo lo cual, Don Quijote, lleno de ira y de sospecho, alzó la voz y dijo: "Quienquiera que dijere que Don Quijote de la Mancha ha olvidado ni puede olvidar á Dulcinea del Toboso, yo le haré entender con armas iguales que va muy lejos de la verdad; porque la sin par Dulcinea del Toboso, ni puede ser olvidada, ni en Don Quijote puede caber olvido. Su blasón es la firmeza y su profesión el guardarla con suavidad y sin hacerse fuerza alguna." "¿Quién es el que nos responde?", respondieron del otro aposento. "¿Quién ha de ser—respondió Sancho—sino el mismo Don Quijote de la Mancha, que hará bueno cuanto ha dicho y aun cuanto dijere?, que al buen pagador no le duelen prendas." Apenas hubo dicho esto Sancho, cuando entraron por la puerta de su aposento dos caballeros, que tales lo parecían, y uno dellos, echando los brazos al cuello de Don Quijote, le dijo: "Ni vuestra presencia puede desmentir vuestro nombre, ni vuestro nombre puede no acreditar vuestra presencia. Sin duda, vos, señor, sois el verdadero Don Quijote de la Mancha, norte y lucero de la andante caballería, á despecho y pesar del que ha querido usurpar vuestro nombre y aniquilar vuestras hazañas, como lo ha hecho el autor de este libro que aquí os entrego." Y poniéndole un libro en las manos, que traía su compañero, le tomó Don Quijote, y sin responder palabra comenzó á hojearle, y de allí á un poco se le volvió, diciendo: "En esto poco que he visto he hallado tres cosas en este autor dignas de reprensión. La primera, es algunas palabras que he leído en el prólogo; las otras, que el lenguaje es aragonés, porque tal vez escribe sin artículos; y la tercera, que más le confirma por ignorante, es que yerra y se desvía de la verdad en lo más principal de la historia, porque aquí dice[117] que la mujer de Sancho Panza, mi escudero, se llama Mari Gutiérrez, y no se llama tal, sino Teresa Panza. Y quien en esta parte tan principal yerra, bien se podrá temer que yerre en todas las demás de la historia." Á esto dijo Sancho: "Donosa cosa de historiador por cierto; bien debe de estar en el cuento de nuestros sucesos, pues llama á Teresa Panza, mi mujer, Mari Gutiérrez; torne á tomar el libro, señor, y mire si ando yo por ahí, y si me ha mudado el nombre." "Por lo que os he oído hablar, amigo—dijo don Jerónimo—, sin duda debéis de ser Sancho Panza, el escudero del señor Don Quijote." "Sí soy—respondió Sancho—, y me precio de ello." "Pues á fe—dijo el caballero—que no os trata este autor moderno con la limpieza que en vuestra persona se muestra; píntaos comedor y simple, y no nada gracioso, y muy otro del Sancho que en la primera parte de la historia de vuestro amo se describe." "Dios se lo perdone—dijo Sancho—; dejárame en mi rincón sin acordarse de mí, porque quien las sabe las tañe, y bien se está San Pedro en Roma." Los dos caballeros pidieron á Don Quijote se pasase á su estancia á cenar con ellos, que bien sabían que en aquella venta no había cosas pertenecientes para su persona. Don Quijote, que siempre fué comedido[118], condescendió con su demanda, y cenó con ellos; quedóse Sancho con la olla, con mero mixto imperio. Sentóse en cabecera de mesa, y con él el ventero, que no menos que Sancho estaba de sus manos y de sus uñas aficionado. En el discurso de la cena preguntó don Juan á Don Quijote qué nuevas tenía de la señora Dulcinea del Toboso; si se había casado, si estaba parida ó preñada, ó si estando en su entereza se acordaba, guardando su honestidad y buen decoro, de los amorosos pensamientos del señor Don Quijote. Á lo que él respondió: "Dulcinea se está entera, y mis pensamientos más firmes que nunca; las correspondencias, en su sequedad antigua; su hermosura, en la de una soez labradora transformada"; y luego les fué contando punto por punto el encanto de la señora Dulcinea, y lo que le había sucedido en la cueva de Montesinos, con la orden que el sabio Merlín le había dado para desencantarla, que fué la de los azotes de Sancho. Sumo fué el contento que los dos caballeros recibieron de oir contar á Don Quijote los extraños sucesos de su historia, y así quedaron admirados de sus disparates, como del elegante modo con que los contaba. Aquí le tenían por discreto, y allí se les deslizaba por mentecato, sin saber determinarse qué grado le darían entre la discreción y la locura. Acabó de cenar Sancho, y dejando hecho equis al ventero, se pasó á la estancia de su amo, y en entrando, dijo: "Que me maten, señores, si el autor de este libro que vuesas mercedes tienen quiere que no comamos buenas migas juntos; yo querría, que ya que me llama comilón, como vuesas mercedes dicen, no me llamase también borracho." "Sí llama—dijo don Jerónimo—; pero no me acuerdo en qué manera, aunque sé que son malsonantes las razones, y además mentirosas, según yo echo de ver en la fisonomía del buen Sancho que está presente." "Créanme vuesas mercedes—dijo Sancho—que el Sancho y el Don Quijote de esa historia deben de ser otros que los que andan en aquélla que compuso Cide Hamete Benengeli, que somos nosotros: mi amo, valiente, discreto y enamorado, y yo, simple, gracioso y no comedor ni borracho." "Yo así lo creo—dijo don Juan—, y si fuera posible, se había de mandar que ninguno fuera osado á tratar de las cosas del gran Don Quijote si no fuese Cide Hamete su primer autor[119]. Bien así como mandó Alejandro que ninguno fuese osado á retratarle sino Apeles." "Retráteme el que quisiere—dijo Don Quijote—, pero no me maltrate; que muchas veces suele caerse la paciencia cuando la cargan de injurias"[120]. "Ninguna—dijo don Juan—se le puede hacer al señor Don Quijote, de quien él no se puede vengar, si no la repara en el escudo de su paciencia, que á mi parecer, es fuerte y grande." En éstas y otras pláticas se pasó gran parte de la noche; y aunque don Juan quisiera que Don Quijote leyera más del libro, por ver lo que discantaba, no lo pudieron acabar con él, diciendo que él lo daba por leído, y lo confirmaba por todo necio, y que no quería, si acaso llegase á noticia de su autor, que le había tenido en sus manos, se alegrase con pensar que le había leído, pues de las cosas obscenas y torpes[121], los pensamientos se han de apartar, cuanto más los ojos. Preguntáronle que adónde llevaba determinado su viaje. Respondió que á Zaragoza, á hallarse en las justas del arnés, que en aquella ciudad suelen hacerse todos los años. Díjole don Juan que aquella nueva historia contaba[122] cómo Don Quijote, sea quien se quisiere, se había hallado en ella en una sortija, falta de invención, pobre de letras, pobrísima de libreas, aunque rica de simplicidades. "Por el mismo caso—respondió Don Quijote—no pondré los pies en Zaragoza, y así sacaré á la plaza del mundo la mentira de ese historiador moderno, y echarán de ver las gentes cómo yo no soy el Don Quijote que él dice." "Hará muy bien—dijo don Jerónimo—, y otras justas hay en Barcelona, donde podrá el señor Don Quijote mostrar su valor." "Así lo pienso hacer—dijo Don Quijote—, y vuesas mercedes me den licencia, pues ya es hora para irme al lecho, y me tengan y pongan en el número de sus mayores amigos y servidores." "Y á mí también—dijo Sancho—, quizá seré bueno para algo." Con esto se despidieron, y Don Quijote y Sancho se retiraron á su aposento, dejando á don Juan y á don Jerónimo admirados de ver la mezcla que había hecho de su discreción y de su locura, y verdaderamente creyeron que éstos eran los verdaderos Don Quijote y Sancho, y no los que describía su autor aragonés." ¡Admirable crítica! Uno de los preceptos de la fábula es, ó seguir la fama ó fingir las cosas de manera que convengan entre sí. Cervantes había figurado á Don Quijote como caballero andante, valiente, discreto y enamorado; y esa fama tenía cuando el llamado Fernández de Avellaneda se puso á continuar su historia; y en ella le pinta cobarde, necio y desenamorado. La dama de Don Quijote, como decía la duquesa[123], era "una dama fantástica (dama, en fin, de loco) que Don Quijote engendró y parió en su entendimiento, y la pintó con todas aquellas gracias y perfecciones que quiso...: hermosa sin tacha, grave sin soberbia, amorosa con honestidad, agradecida por cortés, cortés por bien criada; y finalmente, alta por linaje". Fernández de Avellaneda la pintó muy al contrario. Cervantes ideó á Sancho Panza simple, gracioso y no comedor ni borracho. Fernández de Avellaneda, simple sí, pero no nada gracioso, comedor y borracho. Y así, ni siguió la fama, ni fingió con uniformidad. Con razón, pues, hablando Altisidora de una visión que tuvo (que las mujeres son las que ordinariamente fingen las visiones), dijo[124] que vió unos diablos que jugaban á la pelota con unas palas de fuego, sirviéndoles de pelotas libros, al parecer, llenos de viento y de borra; de suerte que al primer boleo no quedaba pelota en pie, ni de provecho para servir otra vez, y así menudeaban libros nuevos y viejos, que era una maravilla. "Á uno de ellos, nuevo, flamante y bien encuadernado, le dieron un papirotazo que le sacaron las tripas y le esparcieron las hojas. Dijo un diablo á otro: "¿Mirad qué libro es ese?" Y el diablo le respondió: "Esta es la segunda parte de la historia de Don Quijote de la Mancha, no compuesta por Cide Hamete, su primer autor, sino por un aragonés, que él dice ser natural de Tordesillas." "Quitádmele de ahí—respondió el otro diablo—y metedle en los abismos del infierno, no le vean más mis ojos." "¿Tan malo es?", respondió el otro. "Tan malo—replicó el primero—, que si de propósito yo mismo me pusiera á hacerle peor, no acertara." Y poco después añade Don Quijote: "Esa historia anda por acá de mano en mano, pero no para en ninguna, porque todos la dan del pie." De cuyas palabras se colige que luego que salió á luz empezó á despreciarse. Y como Cervantes finge que los diablos jugaban á la pelota con unas palas de fuego, de ahí debieron tomar algunos ocasión de adelantarse á decir[125] que los amigos de Cervantes quemaban los libros del mal continuador, lo cual se dice voluntariamente, porque no tenía Cervantes amigos que tan á costa suya quisiesen favorecerle.

89. Como quiera que sea, oigamos lo que sobre el mismo libro dicen Sancho y Don Quijote[126]: "Yo apostaré—dijo Sancho—que antes de mucho tiempo no ha de haber bodegón, venta ni mesón, ó tienda de barbero, donde no ande pintada la historia de nuestras hazañas; pero quería yo que la pintasen manos de otro mejor pintor que el que ha pintado á éstas." "Tienes razón, Sancho—dijo Don Quijote—, porque este pintor es como Orbaneja, un pintor que estaba en Úbeda, que cuando le preguntaban qué pintaba, respondía: "Lo que saliere." Y si por ventura pintaba un gallo, escribía debajo: Éste es gallo", por que no pensasen que era zorra. De esta manera me parece á mí, Sancho, que debe ser el pintor ó escritor, que todo es uno, que sacó á luz la historia de este nuevo Don Quijote que ha salido, que pintó ó escribió lo que saliere, ó habrá sido como un poeta que andaba los años pasados en la Corte, llamado Monleón, el cual respondía de repente á cuanto le preguntaban. Y preguntándole uno qué quería decir Deum de Deo, respondió: "Dé donde diere."

90. El mismo Don Quijote, hablando en otra ocasión con don Álvaro Tarfe (que en la historia del aragonés hace mucho papel), tuvo este coloquio[127]: "Dígame vuesa merced, señor don Álvaro: ¿parezco yo en algo á ese tal Don Quijote que vuesa merced dice?" "No, por cierto—respondió el huésped—; en ninguna manera." "¿Y ese Don Quijote—dijo el maestro—traía consigo á un escudero llamado Sancho Panza?" "Sí traía—respondió don Álvaro—, y aunque tenía fama de muy gracioso, nunca le oí decir gracia que la tuviese." "Eso creo yo muy bien—dijo á esta sazón Sancho—, porque el decir gracias no es para todos, y ese Sancho que vuesa merced dice, señor gentilhombre, debe de ser algún grandísimo bellaco, frión y ladrón juntamente, que el verdadero Sancho Panza soy yo, que tengo más gracias que llovidas, y si no, haga vuesa merced la experiencia y ándese tras de mí, por lo menos, un año, y verá que se me caen á cada paso, y tales y tantas que, sin saber yo las más veces lo que me digo, hago reir á cuantos me escuchan; y el verdadero Don Quijote de la Mancha, el famoso, el valiente y el discreto, el enamorado, el desfacedor de agravios, el tutor de pupilos y huérfanos, el amparo de las viudas, el mantenedor de las doncellas, el que tiene por única señora á la sin par Dulcinea del Toboso, es este señor que está presente, que es mi amo. Todo cualquier otro Don Quijote y cualquier otro Sancho Panza es burlería y cosa de sueño." "Por Dios, que lo creo—respondió don Álvaro—; porque más gracias habéis dicho vos, amigo, en cuatro razones que habéis hablado, que el otro Sancho Panza en cuantas yo le oí hablar, que fueron muchas; más tenía de comilón que de bienhablado, y más de tonto que de gracioso. Y tengo por sin duda que los encantadores que persiguen á Don Quijote el bueno han querido perseguirme á mí con Don Quijote el malo; pero no sé qué me diga, que osaré yo jurar, que le dejo metido en la casa del Nuncio, en Toledo, para que le curen[128], y ahora remanece aquí otro Don Quijote, aunque bien diferente del mío." "Yo—dijo Don Quijote—no sé si soy bueno; pero sé decir que no soy el malo, para prueba de lo cual quiero que sepa vuesa merced, mi señor don Álvaro Tarfe, que en todos los días de mi vida he estado en Zaragoza; antes, por haberme dicho que Don Quijote fantástico se había hallado en las justas de esa ciudad, no quise yo entrar en ella, por sacar á las barbas del mundo su mentira. Y así me pasé de claro á Barcelona, archivo de la cortesía, albergue de los extranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades, y en sitio y en belleza única. Y aunque los sucesos que en ella me han sucedido no son de mucho gusto, sino de mucha pesadumbre, los llevo sin ella, sólo por haberla visto. Finalmente, señor don Álvaro Tarfe, yo soy Don Quijote de la Mancha, el mismo que dice la fama, y no ese desventurado, que ha querido usurpar mi nombre y honrarse con mis pensamientos. Á vuesa merced suplico, por lo que debe á ser caballero, sea servido de hacer una declaración ante el alcalde de este lugar de que vuesa merced no me ha visto en todos los días de su vida hasta ahora y de que yo no soy el Don Quijote impreso en la segunda parte[129], ni este Sancho Panza, mi escudero, es aquél que vuesa merced conoció." "Eso haré yo de muy buena gana—respondió don Álvaro—, puesto que causa admiración ver dos Don Quijotes y dos Sanchos á un mismo tiempo, tan conformes en los nombres como diferentes en las acciones. Y vuelvo á decir, y me afirmo, que no he visto lo que he visto ni ha pasado por mí lo que ha pasado..." Entró acaso el alcalde del pueblo en el mesón, con un escribano, ante el cual alcalde pidió Don Quijote por una petición, de que á su derecho convenía, de que don Álvaro Tarfe, aquel caballero que allí estaba presente, y que no era aquél que andaba impreso en una historia intitulada Segunda parte de Don Quijote de la Mancha, compuesta por un tal de "Avellaneda", natural de Tordesillas. Finalmente, el alcalde proveyó jurídicamente. La declaración se hizo con todas las fuerzas que en tales casos debían hacerse, con lo que quedaron Don Quijote y Sancho muy alegres, como si les importara mucho semejante declaración y no mostrara claro la diferencia de los dos Don Quijotes y la de los dos Sanchos sus obras y sus palabras. Muchas cortesías y ofrecimientos pasaron entre don Álvaro y Don Quijote, en las cuales mostró el gran manchego su discreción, de modo que desengañó á don Álvaro Tarfe del error en que estaba, el cual se dió á entender que debía de estar encantado, pues tocaba con la mano dos tan contrarios Don Quijotes.

91. Últimamente, el mismo Don Quijote de la Mancha, ó, por mejor decir, Alonso Quijano el bueno, restituído ya á su entero juicio, en una de las cláusulas de su testamento ordenó lo siguiente[130]: "Iten suplico á los dichos señores mis albaceas (el señor cura Pero Pérez y el señor bachiller Sansón Carrasco estaban presentes), que si la buena suerte los trajere á conocer al autor que dicen que compuso una historia que anda por ahí con el título de Segunda parte de las hazañas de Don Quijote de la Mancha, de mi parte le pidan cuan encarecidamente ser pueda, perdone la ocasión que, sin yo pensarlo, le di de haber escrito tantos y tan grandes disparates como en ella escribe, porque parto de esta vida con escrúpulo de haberle dado motivo para escribirlos."

92. Mucha razón, pues, tuvo Miguel de Cervantes Saavedra para juzgar y decir que la gloria de continuar con felicidad la historia de Don Quijote de la Mancha sólo quedaba reservada á su pluma. Y para que esto no sonase á jactancia, puso este discreto razonamiento en boca de Cide Hamete Benengeli, hablando éste con su propia pluma. Dice, pues, Cervantes[131]: "Y el prudentísimo Cide Hamete dijo á su pluma: "Aquí quedarás, colgada de esta espetera y de este hilo de alambre, ni sé si bien cortada ó mal tajada, péñola mía, adonde vivirás luengos siglos, si presuntuosos y malandrines historiadores no te descuelgan para profanarte. Pero antes que á ti lleguen, les puedes advertir y decirles en el mejor modo que pudieres[132]: "Tate, tate, folloncicos; de ninguno sea tocada; porque esta empresa, buen rey, para mí estaba guardada." Para mí sola nació Don Quijote, y yo para él; él supo obrar y yo escribir; solos los dos somos para en uno, á despecho y pesar del escritor fingido y tordesillesco, que se atrevió ó se ha de atrever á escribir con pluma de avestruz, grosera y mal deliñada, las hazañas de mi valeroso caballero; porque no es carga de sus hombros ni asunto de su resfriado ingenio. Á quien advertirás (si acaso llegas[133] á conocerle) que deje reposar en la sepultura los cansados y ya podridos huesos de Don Quijote, y no le quiera llevar, contra todos los fueros de la muerte, á Castilla la Vieja[134], haciéndole salir de la huesa, donde real y verdaderamente yace tendido de largo á largo, imposibilitado de hacer tercera jornada y salida nueva; que para hacer burla de tantas como hicieron tantos andantes caballeros, bastan las dos que él hizo[135], tan á gusto y beneplácito de las gentes, á cuya noticia llegaron, así en éstos como en los extraños reinos; y con esto cumplirás con tu cristiana profesión, aconsejando bien á quien mal te quiere, y yo[136] quedaré satisfecho y ufano de haber sido el primero que gozó el fruto de sus escritos enteramente como deseaba; pues no ha sido otro mi deseo que poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias de los libros de caballerías, que por las de mi verdadero Don Quijote van ya tropezando y han de caer del todo sin duda alguna. Vale." En efecto, luego que salió el primer tomo de la historia de Don Quijote, este caballero andante empezó á arrinconar á todos los demás, y después que salió el segundo tomo, en el año 1615, fué tan grande y tan universal el aplauso que mereció esta obra, que muy pocas han logrado en el mundo tanta, tan general y tan constante aprobación. Porque hay libros que sólo se estiman porque su estilo es texto para las lenguas muertas; otros, á quienes hicieron célebres las circunstancias del tiempo, y pasadas aquéllas, cesó su aplauso; otros, que siempre se aprecian por la grandeza del asunto. Y los de Cervantes, teniéndole ridículo, siendo ahora menos extendido el dominio español, y estando escritos en lengua viva reducida á ciertos límites, viven y triunfan á pesar del olvido, y son hoy en el mundo tan necesarios como cuando salieron á luz la primera vez, porque después que Francia con la feliz protección de Luis XIV llegó á la cumbre del saber, empezó á decaer, y faltando letrados semejantes á Sirmondo, Bossuet, Huet y á otros varones como ellos, de inmortal memoria, comenzó á prevalecer el espíritu novelero, y ha cundido de manera la afición á las fábulas, que sus diarios literatos[137] están llenos de ellas, y de Francia apenas nos vienen otros libros. El daño que causaron en otro tiempo semejantes fábulas fué tan grande, que se puede llamar universal. Por eso aquel juiciosísimo censor de la república literaria, Juan Luis Vives, quejándose gravísimamente de las corrompidas costumbres de su siglo, decía[138]: "¿Qué manera de vivir es ésta, que no se tenga por canción la que no sea torpe? Conviene, pues, que las leyes y los magistrados den providencia contra esto, y también contra los libros pestilenciales, cuales son en España: Amadís, Esplandián, Florisando, Tirante, Tristán, á cuyos despropósitos no se pone término, cada día salen de nuevo más y más: como Celestina, alcahuete, madre de maldades, cárcel de amores. En Francia: Lanzarote del Lago, París y Viena, Puntho y Sidonia, Pedro Provenzal y Magalona, Melisendra, dueña inexorable. Aquí en Flandes (escribía Vives en Brujas, año 1523): Florián y Blanca Flor, Leonela y Canamor, Curias y Floreta, Píramo y Tisbe. Hay algunos libros traducidos de latín en lenguas vulgares, como las desgraciadísimas Gracias de Pogio, Eurialo y Lucrecia[139], las cien novelas de Bocaccio. Todos los cuales libros escribieron unos hombres ociosos, mal empleados, imperitos, entregados á los vicios y á la porquería. En los cuales me maravillo que haya cosa que deleite. Pero las cosas malas nos halagan mucho. Medicina, pues, muy eficaz fué la que aplicó el ingeniosísimo Cervantes, pues purgó los ánimos de toda Europa de tan envejecida afición á semejantes libros tan pegajosos. Vuelva, pues, á salir Don Quijote de la Mancha, y desengañe un loco á muchos locos voluntarios; divierta un discreto, como Cervantes, á tantos ociosos y melancólicos, con la entretenida y apacible lectura de sus artificiosos y graciosísimos libros. Sobre los cuales suele haber duda cuál de los dos tomos es el mejor: ¿el que contiene la primera y segunda salida de Don Quijote, ó la tercera?

93. Yo quiero que la decisión de esta cuestión tan crítica no sea mía, sino del mismo Cervantes, el cual, habiendo oído el juicio que algunos anticipadamente habían hecho, introdujo este coloquio entre Don Quijote de la Mancha, el bachiller Sansón Carrasco y Sancho Panza[140]: "¿Por ventura—dijo Don Quijote—promete el autor (esto es, Cide Hamete Benengeli) segunda parte?" "Sí promete—respondió Sansón—, pero dice[141] que no ha hallado, ni sabe quién la tiene; y así estamos en duda si saldrá ó no. Y así por esto, como porque algunos dicen: nunca segundas partes fueron buenas; y otros: de las cosas de Don Quijote bastan las escritas, se duda que no ha de haber segunda parte. Aunque algunos, que son más joviales que Saturninos, dicen: Vengan más quijotadas. Embista Don Quijote y hable Sancho Panza, y sea lo que fuere; que con eso nos contentamos." "¿Y á qué se atiene el autor?", dijo Don Quijote. "¿Á qué?—respondió Sansón—. En hallando que halle la historia que va buscando con extraordinarias diligencias, la dará luego á la estampa, llevado más del interés que de darla se le sigue, que de otra alabanza alguna." Á lo que dijo Sancho: "¿Al dinero y al interés mira el autor? Maravilla será que acierte, porque no hará sino harbar, harbar, como sastre en vísperas de Pascuas: y las obras que se hacen aprisa, nunca se acaban con la perfección que requieren. Atienda ese señor moro, ó lo que es, á mirar lo que hace, que yo y mi señor le daremos tanto ripio á la mano en materia de aventuras y de sucesos diferentes, que pueda componer, no sólo segunda parte, sino ciento. Debe de pensar el buen hombre, sin duda, que nos dormimos aquí en las pajas; pues ténganos el pie al errar, y verá del que cojeamos. Lo que yo sé decir, es, que si mi señor tomase mi consejo, ya habíamos de estar en esas campañas deshaciendo agravios y enderezando tuertos, como es uso y costumbre de los buenos andantes caballeros." En cuyo coloquio quiso Cervantes darnos á entender que tenía ingenio para la invención, no sólo de uno, sino de cien Quijotes. La del segundo tomo no es menos agradable que la del primero, y la enseñanza es mucho mayor. Fuera de esto, en la narración principal no entremetió novela alguna totalmente separada del asunto, lo cual es muy contra el arte de fabular, sino que diestramente ingirió muchos episodios muy bien enlazados con el principal asunto, cosa que pide gran ingenio y singular habilidad. Oigamos otra vez al mismo Cervantes[142]. "Dicen que en el propio original de esta historia se lee, que llegando Cide Hamete á escribir este capítulo, no le tradujo su intérprete como él le había escrito, que fué un modo de queja que tuvo el moro de sí mismo, por haber tomado entre manos una historia tan seca y tan limitada como ésta de Don Quijote, por parecerle que siempre había de hablar dél y de Sancho, sin osar extenderse á otras digresiones y episodios más graves y más entretenidos; y decía que el ir siempre atenido al entendimiento, la mano y la pluma, á escribir de un solo sujeto, y hablar por las bocas de pocas personas, era un trabajo incomportable, cuyo fruto no redundaba en el de su autor; y que por huir de este inconveniente había usado en la primera parte del artificio de algunas novelas, como fueron la del Curioso impertinente y la del Capitán cautivo, que están como separadas de la historia, puesto que las demás que allí se cuentan son casos sucedidos al mismo Don Quijote, que no podían dejar de escribirse. También pensó—como él dice—que muchos, llevados de la atención que piden las hazañas de Don Quijote, no la darían á las novelas, y pasarían por ellas, ó con priesa ó con enfado, sin advertir la gala y artificio que en sí contienen; el cual se mostrara bien al descubierto, cuando por sí solos, sin arrimarse á las locuras de Don Quijote, ni á las sandeces de Sancho, salieran á luz. Y así en esta segunda parte no quiso ingerir novelas sueltas, ni pegadizas, sino algunos episodios que lo pareciesen[143], nacidos de los mismos sucesos que la verdad ofrece, y aun éstos limitadamente y con solas las palabras que bastan á declararlos. Y pues se contiene y cierra en los estrechos límites de la narración, teniendo habilidad, suficiencia y entendimiento para tratar del universo todo, pide no se desprecie su trabajo, y se le den alabanzas, no por lo que escribe, sino por lo que ha dejado de escribir." Los que dicen, pues, que Cervantes en su segunda parte no se igualó á sí mismo, sepan que su opinión nace, ó de la tradición de los que enamorados de la primera pensaron que no podía tener segunda, ó de su poca inteligencia, pues echan menos en ésta lo que el mismo Cervantes confesó, que en la otra habían sido defectos del arte ó licencias del artífice, para desahogo de su imaginación y divertimiento de la del lector.

94. En medio de tantas y tan justas alabanzas, así de la admirable invención de Cervantes, como de su prudente disposición y singular elocuencia, como el que escribe es uno, y los que leen muchos, y la atención del autor, ocupada en inventar, tal vez se deja transportar de la viveza de su imaginación, y siendo ésta demasiadamente fecunda, la misma multitud de circunstancias suele hacer que éstas no se conformen entre sí ó no convengan al tiempo ó al lugar en que se fingen, no es mucho que Miguel de Cervantes Saavedra tropezase algunas veces con la inverosimilitud y falsedad, en lo cual tiene Cervantes por compañeros á cuantos han escrito hasta hoy obras en que la invención haya sido dilatada, pues en todas ellas se hallan semejantes descuidos. Bien lo conoció el mismo Cervantes, pues habiéndole censurado algunas cosas de las que había escrito en su tomo primero, confesó sus descuidos en los "capítulos tercero, cuarto y cuarenta y tres de su tomo segundo", donde borró muchos de sus yerros con la misma ingenuidad de tenerlos por tales; y procuró dorar algunos de ellos con tan graciosas disculpas, que la misma defensa es un nuevo y glorioso género de confesión. Tan generoso, pues, era su genio, que si viviese hoy, y le propusieran nuevas censuras, como fuesen justas, ciertamente se daría por bien advertido.

95. Con la confianza, pues, que me da el ser yo uno de los más apasionados, me atreveré á decir que en algunos casos excedió los límites de la verosimilitud, y tal vez tocó en los de una manifiesta falsedad. Porque en la célebre pendencia que tuvo con el vizcaíno don Sancho de Aspeitia, en suposición de que Don Quijote le arremetió con determinación de quitarle la vida, es inverosímil que el vizcaíno, que tendría ocupada la mano siniestra con las riendas de su mula, no sólo tuviese tiempo para sacar la espada con la derecha, sino también para tomar una almohada del coche, que le sirvió de escudo, pues los que iban en el coche, naturalmente, estarían sentados sobre ella, y cuando así no fuese, siempre tiene su dificultad que pudiese el vizcaíno tomarla tan aprisa, dando lugar á todo esto la furia de un loco.

96. También me parece inverosímil que Camila, que en la novela del Curioso impertinente se finge que hablaba á solas y consigo misma, hablase tanto y de manera que, Anselmo, que estaba escondido, pudiese oir un tan largo soliloquio. Pues si los cómicos de mayor arte introdujeron en sus comedias algunos soliloquios, fué para que los mirones se instruyesen en los pensamientos ocultos de las personas de la fábula, pero no para que las personas introducidas escuchasen tan prolijas arengas.

97. El razonamiento que hizo Sancho Panza á su amo Don Quijote, referido en el capítulo VIII del tomo II, ciertamente excede la capacidad de un hombre tan sencillo como Panza. No haré cargo á Cervantes de la poca verosimilitud con que escribió lo que sigue[144]: "Este Ginés de Pasamonte, á quien Don Quijote llamaba Ginesillo de Parapilla, fué el que hurtó á Sancho Panza el rucio, que por no haberse puesto el cómo ni el cuándo en la primera parte, por culpa de los impresores, ha dado en que entender á muchos, que atribuían á poca memoria del autor la falta de la imprenta. Pero en resolución, Ginés le hurtó, estando sobre él durmiendo Sancho Panza, usando de la traza y modo que usó Brunelo, cuando estando Sacripante sobre Albraca, le sacó el caballo de entre las piernas, y después le cobró Sancho, como se ha contado." Digo que no haré cargo á Cervantes de que esta invención tiene más de posible que de verosímil, porque se ve que Cervantes tiró en esto á reprender á los autores que suelen disculpar sus errores en los descuidos de los impresores, sin advertir que los de éstos sólo suelen reducirse á trocar letras ó palabras, y á omitir tal vez algunas cláusulas. Y en lo que toca á la salida del modo y tiempo en que Ginesillo de Pasamonte hurtó el rucio, parece, si no conozco mal el genio de Cervantes, que su fin sólo fué reirse de la invención del modo de hurtar el caballo de Sacripante.

98. Pero no sé yo cómo poder disculpar la ficción[145] de que en un lugar de Aragón de más de mil vecinos durase ocho ó diez días[146] la publicidad de tener un gobernador de burlas. Si esto es verosímil, los aragoneses lo digan. Lo que yo sé es que, no habiendo en Aragón caverna alguna que tenga de largo media legua, es contra toda verdad haber fingido que Sancho Panza anduvo por ella todo ese trecho, hasta parar en un lugar donde Don Quijote desde arriba oyó sus lamentos[147].

99. Tampoco sé cómo poder disculpar el que habiendo dicho Cervantes[148] que la fama había guardado en las memorias de la Mancha, que Don Quijote, la tercera vez que salió de su casa, fué á Zaragoza, donde se halló en unas famosas justas que en aquella ciudad hicieron, y allí le pasaron cosas dignas de su valor y buen entendimiento; después, Cervantes, en su continuación dice que Don Quijote no pondría los pies en Zaragoza, por sacar mentiroso al historiador moderno, siendo así que, en hacerle ir á las justas de Zaragoza, hubiera seguido á la fama.

100. Menos disculpa tiene haber llamado Cervantes "Juana Gutiérrez" á la mujer de Sancho Panza[149], ó "Juana Panza", que es lo mismo, porque se usa en la Mancha tomar las mujeres el apellido de sus maridos[150], y reprender al continuador aragonés[151], porque no sin alguna razón[152] la llamó "Mari Gutiérrez", y llamarla después el mismo Cervantes, en todo su segundo tomo, "Teresa Panza", aunque yo creo que esto picó en historia verdadera[153].

101. Fuera de todo esto, cualquiera que se entretenga en formar un diario de las salidas de Don Quijote, hallará la cuenta de Cervantes muy errada y nada conforme á los sucesos referidos.

102. En una cosa debe ser tratado Cervantes con algún rigor, y es en los anacronismos ó retrocedimientos de tiempo, porque habiéndolos reprendido tan justamente en sus contemporáneos cómicos[154], también en él deben ser censurados. Señalaré algunos de estos defectos.

103. Pero para que se entienda mejor lo que voy á decir es menester suponer que ha sido costumbre de muchos que han publicado libros de caballerías, querer autorizarlos, diciendo que se habían hallado en alguna parte escritos con letras muy antiguas difíciles de leer. Así Garci-Ordóñez de Montalvo, regidor de Medina del Campo, después de haber dicho que había corregido "los tres libros de Amadís", que por falta de los malos escritores ó componedores se leían muy corruptos y viciosos, inmediatamente añadió que publicaba aquellos libros, "trasladando y enmendando el libro cuarto con las Sergas de Esplandián su hijo que hasta aquí no es en memoria de ninguno ser visto, que por gran dicha pareció en una tumba de piedra que debajo de la tierra en una ermita cerca de Constantinopla fué hallado y traído por un húngaro mercader á estas partes de España, en la letra y pergamino tan antiguo, que con mucho trabajo se pudo leer por aquéllos que la lengua sabían." Imitando en esto Cervantes á Garci-Ordóñez de Montalvo, dijo[155]: "Que la buena suerte le deparó un antiguo médico que tenía en su poder una caja de plomo que, según él dijo, se había hallado en los cimientos derribados de una antigua ermita, que se renovaba, en la cual caja se habían hallado unos pergaminos escritos con letras góticas, pero en versos castellanos, que contenían muchas de sus hazañas (esto es, de Don Quijote) y daban noticia de la hermosura de Dulcinea del Toboso, de la figura de Rocinante, de la fidelidad de Sancho Panza y de la sepultura del mismo Don Quijote, con diferentes epitafios y elogios de su vida y costumbres." Escribía esto Cervantes en el año 1604 y lo imprimió en el siguiente. Dejo al arbitrio del juicioso lector determinar la edad en que, según las referidas circunstancias, se finge que vivió Don Quijote de la Mancha. Referir un antiguo médico el hallazgo de los pergaminos donde estaban los epitafios de Don Quijote; haberse hallado en los cimientos derribados de una antigua ermita y estar escritos en letras góticas, cuyo uso se prohibió en España en tiempo del rey don Alfonso VI[156], todas son circunstancias que arguyen el pasaje de algunos siglos. Y esto mismo supone un discurso de Don Quijote, tan ocultamente erudito como graciosamente disparatado[157]: "¿No han vuestras mercedes leído—respondió Don Quijote—los anales é historias de Inglaterra, donde se tratan las famosas hazañas del rey Arturo, que continuamente, en nuestro romance castellano, llamamos el rey Artús, de quien es tradición antigua y común en todo aquel reino de la Gran Bretaña que este rey no murió, sino que por arte de encantamiento se convirtió en cuervo y que andando los tiempos ha de volver á reinar y á cobrar su reino y cetro?" Á cuya causa no se probará que desde aquel tiempo á éste haya ningún inglés muerto cuervo alguno. Pues en tiempo de este buen rey fué instituída aquella famosa Orden de Caballería de los caballeros de la Tabla Redonda, y pasaron, sin faltar un punto, los amores que allí se cuentan de don Lanzarote del Lago con la reina Ginebra, siendo medianera de ellos y sabedora aquella tan honrada dueña Quintañona, de donde nació aquel tan sabido romance, y tan decantado en nuestra España, de

Nunca fuera caballero De damas tan bien servido Como fuera Lanzarote Cuando de Bretaña vino.

Con aquel progreso tan dulce y tan suave de sus amorosos y fuertes hechos. Pues desde entonces, de mano en mano, fué aquella Orden de Caballería extendiéndose y dilatándose por muchas y diversas partes del mundo. Y en ella fueron famosos y conocidos por sus hechos el valiente Amadís de Gaula, con todos sus hijos y nietos, hasta la quinta generación, y el valeroso Félix Marte de Hircania, y el nunca, como se debe, alabado Tirante el Blanco[158]. Y casi que "en nuestros días" vimos y comunicamos y oímos al invencible y valeroso caballero don Belianís de Grecia. Esto, pues, señores, es ser caballero andante, y la que he dicho es la Orden de su Caballería." Si Don Quijote, pues, fué tan vecino al tiempo en que se fingió haber vivido don Belianís de Grecia y la demás caterva de caballeros andantes, habiéndose referido éstos á los siglos inmediatos al origen del cristianismo, como lo observó y censuró el erudito autor del Diálogo de las lenguas, es consiguiente que Don Quijote de la Mancha se finja haber vivido muchos siglos ha. ¿Cómo, pues, Cervantes supone introducido ya en tiempo de Don Quijote el uso de los coches, siendo así que Gonzalo Fernández de Oviedo, en su Adición ó Segunda parte á los Oficios de la casa Real, Título del Caballerizo de las Andas, dice que la princesa Margarita, cuando vino á casar con el príncipe don Juan, trajo el uso de los carros de cuatro ruedas, y que habiéndose vuelto viuda á Flandes, cesaron tales carros y quedaron las literas que antes se usaban? Aun en Francia, de donde nos vino esta moda, como casi todas las demás, no es muy antiguo el uso de los coches, porque Juan de Laval Boisdanfin, de la casa de Memoransi, fué el primero que á lo último del reinado de Francisco I se sirvió de un coche por causa de su corpulencia, que era tal, que no le permitía ir á caballo. Debajo del reinado de Enrique II sólo había en la Corte de Francia dos coches, uno para la reina, su mujer, y otro para Diana, hija natural del rey. En la ciudad de París, habiendo sido nombrado primer presidente Cristóbal de Thou, fué el primero que tuvo coche, pero nunca se sirvió de él para ir á la casa real. Estos ejemplos, que introdujo la grandeza ó necesidad, fueron luego tan perniciosos, que llegó la vanidad al último grado. Por lo que toca á España, escribiendo de esto don Lorenzo Vander Hansen y León, en el Libro primero de la vida de don Juan de Austria, dijo estas bien sentidas palabras: "Venía (Charles Pubert, criado del rey emperador Carlos V) en un coche ó carrocilla de las que en aquellas provincias se usaban. Cosa raras veces vista en estos reinos. Salían las ciudades enteras á verla con admiración. Tan corta noticia se tenía por entonces de este género de deleite. Sólo lo que usaban eran carretas de bueyes, y en ellas andaban las personas más graves tal vez. Don Juan (por que no traigamos ejemplos de fuera de casa) fué muchas á visitar el templo de Nuestra Señora de Regla (Loreto de Andalucía) en una de éstas, en compañía de la duquesa de Medina. Esto se usaba en aquel tiempo. Pero dentro de pocos años (el de setenta y siete) fué necesario prohibir los coches por pragmática. Tan introducido se hallaba ya este vicio infernal, que tanto daño ha causado á Castilla." Para pintar este abuso, Miguel de Cervantes hizo que Teresa Panza, mujer de un pobre labrador, manifestase deseos de servirse de coche, sólo por imaginar que su marido era gobernador de la Ínsula Barataria, así como para reirse de algunos grados de doctor que se daban en su tiempo, y que debían suponer pero no hacían á los hombres doctos, hizo mención de algunos licenciados graduados en las universidades de Sigüenza[159] y Osuna[160] en tiempo de Don Quijote, siendo así que por consejo del cardenal Jiménez de Cisneros erigió la de Sigüenza don Juan López de Medina, consejero de Enrique IV y su enviado en Roma, arcediano de Almazán, dignidad de la catedral de Sigüenza y canónigo de Toledo, y más adelante, en el año 1548, fundó la de Osuna, con aprobación de Carlos V y Paulo III, don Juan Téllez Girón, conde de Ureña. Si Cervantes viviese hoy, sobre este punto de los grados diría algo más. Pero sea su comentador don Diego de Saavedra, en su República literaria.

104. Fué también falta de atención aludir en el supuesto tiempo de Don Quijote al Concilio de Trento[161], que empezó á celebrarse el año 1545, siendo Pontífice Paulo III, y se acabó en tiempo de Pío IV.

105. También Cervantes hizo mención de la América del Cura[162], antes que Américo Vespucio, florentino, el año 1497, hubiese puesto los pies en ella dándole su nombre, siendo en esto más feliz que Cristóbal Colón, genovés, que fué su primer descubridor en el año 1492.

106. Ni debía haber hecho mención de Hernán Cortés[163], ni de la destreza de los jinetes mejicanos[164], antes que en el mundo hubiese Cortés, conquistador de Méjico, y que en tal ciudad hubiese habido caballos. Nombró también el famoso cerro del Potosí[165], antes que descubriese sus prodigiosas venas de plata aquel bárbaro cazador[166]. Y la voz "cacique"[167], venida de la isla española[168], no debía ponerse en boca de Sancho Panza[169].

107. Fuera de esto, siendo tan reciente la impresión, no había de suponer su uso en tiempo de Don Quijote[170]; ni hacer mención de tantos autores modernos, así extranjeros como españoles. Extranjeros como Ariosto[171], Miguel Verino[172], Jacobo Sannazaro[173], Antonio de Lostaso, poeta sardo[174], Polidoro Virgilio[175] y otros. Españoles como Garci-Laso de la Vega, á quien unas veces alaba expresamente[176], otras alega sus versos, sin nombrarle[177], y otras alude á él claramente[178]. De Juan Boscán, poeta contemporáneo y muy amigo de Garci-Laso, dice Don Quijote[179]: "El antiguo Boscán se llamó Nemoroso." En lo cual erró de muchas maneras, llamando antiguo á Boscán; y aludiendo á la primera égloga de Garci-Laso de la Vega.

108. El mismo Don Quijote, hablando muy discretamente de la común desgracia de las traducciones, dice[180]: "Fuera de esta cuenta van los dos famosos traductores, el uno, el doctor Cristóbal de Figueroa en su Pastor Fido; y el otro, don Juan de Jáuregui en su Aminta, donde felizmente ponen en duda cuál es la traducción ó cuál el original." Y se ha de advertir, que el doctor Suárez de Figueroa publicó el Pastor Fido, tragicomedia pastoral de Bautista Guarini, en Valencia, año 1609, en la oficina de Pedro Patricio Mey; y don Juan de Jáuregui El Aminta, comedia pastoril de Torcuato Tasso, en Sevilla, por Francisco Lira, año 1618, en 4.º

109. También una pastora, hablando con Don Quijote, nombró con anticipación de tiempo á Camoens, celebrándole como poeta excelentísimo en su misma lengua portuguesa[181]. Que fué lo mismo que reprender las traducciones castellanas de Luis Gómez de Tapia, de Benito Caldera y de Enrique Garcés, para que se vea la dificultad que tienen las traducciones; pues dos tan semejantes dialectos de una misma lengua no son iguales en la expresión y armonía.

110. En el celebrado capítulo VI del tomo I, suponiéndose el escrutinio en tiempo de Don Quijote, se hacen críticas de las obras de Jorge de Montemayor, Gil Polo, López Maldonado, don Alonso de Ercilla, Juan Rufo, Cristóbal de Virués, y aun de La Galatea del mismo Cervantes.

111. También hace éste mención[182] de las obras del obispo de Ávila, don Alonso Tostado[183], natural de Madrigal, de donde quiso llamarse, el cual nació cerca de los años del Señor mil cuatrocientos, y murió en Bonilla de la Sierra, á 3 de Septiembre de 1455[184]. Cita el Dioscórides ilustrado por el doctor Laguna, impreso en Salamanca, año 1586, y los refranes del Comendador griego[185], publicados en la misma ciudad, año 1555. También las Súmulas de Villalpando[186], siendo así que el doctor Gaspar Carrillo de Villalpando las imprimió en Alcalá, año 1599.

112. Las obras que censuró Cervantes sin nombrar sus autores, casi todos coetáneos suyos, son muchísimas. Me contentaré con apuntar algunos ejemplos.

113. Hablando de la traducción que hizo de Ludovico Ariosto, don Jerónimo de Urrea, la cual salió á luz en León de Francia, impresa en 4.º, por Guillermo Roville, año 1556, dice en nombre del cura[187]: "Le perdonáramos al señor Capitán, que no le hubiera traído á España y hecho castellano, que le quitó mucho de su natural valor. Y lo mismo harán todos aquéllos que los libros de verso quisieron volver en otra lengua, que por mucho cuidado que pongan y habilidad que muestren, jamás llegarán al punto que ellos tienen en su primer nacimiento." De donde puede inferirse cuánto más insípidas serán las dos traducciones que hicieron en prosa, y publicaron dos toledanos: el uno, Fernando de Alcocer, año 1510; el otro, Diego Vázquez de Contreras, año 1585. Entrambos tan malos, como fieles intérpretes de la letra de Ariosto. Más adelante, hablando el cura de las tres Dianas, es á saber: de la de Jorge de Montemayor, que tiene primera y segunda parte, publicada en Madrid por Luis Sánchez, año de 1545, en 12.º; de la de Alfonso Pérez, doctor en Medicina, conocido por el nombre de "Salmantino", la cual salió á luz en Alcalá, año 1564, en 8.º, y la de Gaspar Gil Polo, impresa en Valencia, año 1564. Hablando, digo, el cura de las tres Dianas, dice así: "Y pues comenzamos por la Diana de Montemayor, soy de parecer que no se queme, sino que se le quite todo aquello que trata de la sabia Felicia y de la agua encantada, y casi todos los versos mayores, y quédesele en hora buena la prosa, y la honra de ser primero en semejantes libros." "Éste que se sigue—dijo el barbero—es la Diana, llamada Segunda, del "Salmantino", y este otro, que tiene el mismo nombre, cuyo autor es Gil Polo." "Pues la del "Salmantino"—respondió el cura—acompañe y acreciente el número de los condenados al corral, y la de Gil Polo se guarde como si fuera del mismo Apolo." Poco más adelante prosiguió el barbero, diciendo: "Estos que se siguen son El pastor de Iberia, Ninfas de Henares y Desengaños de celos." "Pues no hay más que hacer—dijo el cura—sino entregarlos al brazo seglar del ama, y no se me pregunte el por qué, que sería nunca acabar." El autor de Desengaños de celos no sé quién fué. De El pastor de Iberia lo fué Bernardo de la Vega, natural de Madrid, canónigo de Tucumán, en la América meridional, y le imprimió en el año 1591, en 8.º Bernardo Pérez de Bobadilla fué el que escribió la novela Ninfas y pastores de Henares, y la publicó el año 1587, en 8.º Aludiendo Cervantes á estas dos censuras, y queriendo dar á entender que en el Viaje del Parnaso (en el cual fingió que concurrieron casi todos los poetas de España) había alabado á muchos según la fama popular, introdujo un poeta descontento, haciéndole cargo por la omisión de estos dos poetas y la censura que les hizo. Reprende dicho poeta á Cervantes de este modo[188]:

Yo te confieso, oh bárbaro, y no niego, Que algunos de los muchos que escogiste (Sin que el respeto te forzase, ó ruego) En el debido punto los pusiste. Pero con los demás, sin duda alguna, Pródigo de alabanzas anduviste. Has alzado á los cielos la fortuna De muchos que en el centro del olvido (Sin ver la luz del sol, ni de la luna) Yacían. Ni llamado, ni escogido Fué el gran Pastor de Iberia, el gran Bernardo, Que de la Vega tiene el apellido. Fuiste envidioso, descuidado y tardo, Y á las Ninfas de Henares y Pastores, Como á enemigos les tiraste un dardo.

Más adelante puso Cervantes entre los poetas del Viaje del Parnaso á Bernardo de la Vega, pero entre los malos poetas, diciendo así:

Llegó el Pastor de Iberia, aunque algo tarde, Y derribó catorce de los nuestros, Haciendo de su ingenio y fuerza alarde.

114. Continuándose el escrutinio de los libros de Don Quijote, dijo el barbero: "Este que viene es El pastor de Fílida." "No es ese pastor—dijo el cura—sino muy discreto cortesano." (Habla de Luis Gálvez de Montalvo, que publicó su Pastor de Fílida, en Madrid, año 1582.) "Guárdese como joya preciosa. Este grande, que aquí viene, se intitula—dijo el barbero—Tesoro de varias poesías." "Como ellas no fueran tantas—dijo el cura—fueran más estimadas. Menester es que este libro se escarde y limpie de algunas bajezas que entre sus grandezas tiene. Guárdese, porque su autor es amigo mío, y por respeto de otras más heroicas y levantadas obras que ha escrito." Este es Fray Pedro Padilla, natural de Linares, religioso carmelita, y antes, según dicen, caballero de la Orden de Santiago. Entre otras muchas obras poéticas, publicó un Cancionero, en el cual se contienen algunos sucesos de los españoles en la jornada de Flandes. Imprimióse en Madrid, en casa de Francisco Sánchez, año 1583, en 8.°, y Miguel de Cervantes escribió un soneto en alabanza del autor.

115. Últimamente, por acabar su escrutinio, dice Cervantes: "Cansóse el cura de ver más libros, y así, á carga cerrada, quiso que todos los demás se quemasen; pero ya tenía abierto uno el barbero, que se llamaba: Las lágrimas de Angélica." "Lloráralas yo—dijo el cura—en oyendo el nombre, si tal libro hubiera mandado quemar, porque su autor fué uno de los famosos poetas del mundo, no sólo de España, y fué felicísimo en la traducción de algunas fábulas de Ovidio." Entiendo yo que habla aquí del capitán Francisco de Aldana, alcaide de San Sebastián, que murió gloriosamente en África peleando con los moros, cuya gloriosa muerte celebró en octavas rimas su hermano Cosme de Aldana, gentilhombre de Felipe II, al principio de sus sonetos y octavas, que se imprimieron en Milán, año 1587, en 8.º Este Cosme de Aldana imprimió todas las obras que pudo hallar de su hermano Francisco, en Madrid, en la imprenta de Luis Sánchez, año 1593, en 8.º, y habiendo recogido después otras muchas, publicó Segunda parte en Madrid, en la imprenta de Pedro Madrigal, año 1591, en 8.º De Francisco de Aldana dice su hermano Cosme, que tradujo en verso suelto Las epístolas de Ovidio, y que compuso una obra De Angélica y Medoro, de innumerables octavas; y si bien no se imprimieron, porque no se hallaron; porque de estas dos obras venimos en conocimiento de que Cervantes habló de Francisco de Aldana, y no de Luis Barahona de Soto, de quien tenemos doce cantos de La Angélica, prosiguiendo la invención de Ariosto. De cuyo poema dijo don Diego Saavedra Fajardo en su admirable República literaria: "Ya con más luz nació Luis de Barahona, varón docto y de levantado espíritu. Pero sucedióle lo que á Ausonio, que no halló con quién consultarse. Y así dejó correr libre su vena, sin tiento ni arte." Juicio que también arguye ser otro el poeta á quien alabó sin medida Miguel de Cervantes Saavedra, el cual añade en el capítulo siguiente: "Se cree que fueron al fuego, sin ser vistos ni oídos, La Carolea y León de España, con Los hechos del Emperador, compuestos por don Luis de Ávila, que sin duda debían de estar entre los que quedaban. Y quizá, si el cura los viera, no pasaran por tan rigurosa sentencia." La Carolea, de que Cervantes hace mención, puede ser la que Hierónimo Sempere imprimió en Valencia, año 1560, en 8.º Pero más me inclino á que sea la que publicó en Lisboa, año 1585, Juan Ochoa de Lasalde; porque hablando Cervantes en su Viaje del Parnaso de la lista de poetas que le dió Mercurio, dice así:

Miré la lista, y vi que era el primero El licenciado Juan de Ochoa, amigo, Por poeta, y cristiano verdadero.

116. El autor de El león de España fué Pedro de la Vecilla Castellanos, natural de León, el cual publicó su poema y otras obras en Salamanca, año 1586, en 8.º Los Comentarios de la guerra de Alemania, hecha por Carlos Quinto, los escribió don Luis de Ávila y Zúñiga, comendador mayor de Alcántara, persona á quien el César estimó muchísimo, y á quien dieron grandes elogios los primeros escritores de aquella edad.

117. Estos anacronismos bastan en orden á las personas de letras. Otros muchos cometió Cervantes hablando de los que fueron ilustres en las armas: pues ya supone escrita en tiempo de Don Quijote[189] la Historia del Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba, con la Vida de Diego García de Paredes; siendo así que aquél murió en Granada, día 2 de Diciembre del año 1515, agravado de una cuartana (para él infausta), de edad de sesenta y dos años; y éste murió de sesenta y cuatro años en el de 1533, y las crónicas de ambos se imprimieron en Alcalá de Henares, por Hernán Ramírez, año 1584, en folio.

118. También introduce á un cautivo, refiriendo[190] que el gran duque de Alba, don Fernando de Toledo, pasaba á Flandes.

119. El mismo cautivo dice que le sirvió en las jornadas que hizo; que se halló en la muerte de los condes de Egmón y de Hornos; que alcanzó á ser alférez de un famoso capitán de Guadalajara, llamado Diego de Urbina. Habla de la pérdida de la famosa isla de Chipre, que ganó Selim II, en el año 1571; de la liga del Santo Pontífice Pío V, con España, contra el enemigo común; del general de aquella sagrada liga, don Juan de Austria, hermano natural del rey don Felipe II. Dice que se halló en aquella felicísima jornada ya hecho capitán de infantería; que se halló en la memorable batalla de Lepanto, la cual dieron y ganaron los cristianos el día 7 de Octubre del año 1572. Allí mismo refiere, cómo yendo en la capitana de Juan Andrea de Oria, por haber querido saltar en la galera de Uchali, rey de Argel, desviándose ésta, quedó cautivo. Pondera su desgracia, según se ha referido en otra parte. Algo más adelante celebra á don Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz, y al invictísimo Carlos V. Cuenta muy despacio la pérdida de la Goleta, y de un pequeño fuerte ó torre que estaba en mitad del Estaño, á cargo de don Juan de Zanoguera, caballero valenciano y famoso soldado. Dice que cautivaron á don Pedro Puerto-Carrero, general de la Goleta, y á Gabrio Cervellón, general del fuerte; que murieron en estas dos fuerzas muchas personas de cuenta, como Pagán de Oria, hermano del famoso Juan Andrea de Oria, y don Pedro de Aguilar, caballero andaluz, el cual había sido alférez en el fuerte, soldado de mucha cuenta y de raro entendimiento, y que especialmente tenía mucha gracia en la poesía.

120. En otra parte[191] celebra los puñales de Ramón de Hoces el Sevillano. Acuerda el cuento del licenciado Torralva[192]. Hace también mención del fullero Andradilla[193]. Y á este tenor, de otros muchos, cuya memoria era muy reciente. ¡Hay igual ensarte de anacronismos!

121. Pues no paran aquí. Dice Cervantes[194] que encontró Don Quijote unos recitantes de la compañía de Angulo el Malo, los cuales habían hecho aquella mañana, que era la octava del Corpus, el auto De las Cortes de la muerte, y le habían de repetir aquella tarde en otro lugar: donde es digno de censura que suponga introducidos en España, en tiempo de Don Quijote, los autos sacramentales, siendo así que la gente de farsa no se conocía antes en España, ni era conforme á la gravedad de las antiguas costumbres.

122. También supone el uso de enfriar el agua con nieve[195], siendo cierto que Pablo Jarquíes fué el primero que en tiempo de Felipe III inventó el tributo de los pozos de nieve, habiendo introducido antes en España el modo de guardarla y de usar de ella don Luis de Castelví, gentilhombre de la boca del emperador Carlos V, de quien Gaspar Escolano, explicándose de la manera que suele, escribió así[196]: "Á este caballero le debe España el uso de guardar la nieve en casas (por casas entiende los pozos), en las sierras donde cae, y el modo de enfriar el agua con ella. Porque no conociendo, generalmente, otro medio para eso que el del salmitre, fué el primero que puso en práctica en la ciudad de Valencia el manejo de la nieve, que ha sido (de más de único regalo) singular ahorro de modorrías, tabardillos, calenturas pestilentes y de otras gravísimas dolencias que nos daban en los calores del verano; y como tal, se comunicó poco á poco á lo restante de España el uso de ella, de donde nos quedó á los valencianos llamarle á este caballero don Luis de la Nieve."

123. San Diego de Alcalá y San Salvador de Orta se beatificaron en tiempo de Felipe III, y aludiendo á esto, dice Sancho á Don Quijote[197]: "Advierta, señor, que ayer ó antes de ayer, que según ha poco se puede decir de esta manera, canonizaron ó beatificaron dos frailecitos descalzos, cuyas cadenas de hierro con que ceñían y atormentaban sus cuerpos se tiene ahora á gran ventura el besarlas y tocarlas, y están en más veneración que está, según dije, la espada de Roldán en la armería del rey, nuestro señor."

124. En el reinado de Felipe III fué general de las galeras de la carrera de Indias don Pedro Vich, caballero valenciano, á quien alabó Cervantes en la novela de Las dos doncellas, y señalando á éste con ocasión de referir que Don Quijote entró en una galera, dice[198]: "Dióle la mano el General, que con este nombre le llamaremos, que era un principal caballero valenciano, y abrazó á Don Quijote."

125. El edicto último de la expulsión de los moriscos de España se publicó en el año 1611, y Cervantes introduce á un morisco llamado Ricote[199], alabando á don Bernardino de Velasco, conde de Salazar, á quien dió Felipe III cargo de la expulsión de los moriscos.

126. Pero ¿qué me detengo yo en amontonar anacronismos, cuando toda la historia de Don Quijote está llena de ellos? Baste decir que Sancho Panza puso la fecha de su carta escrita á Teresa Panza, su mujer, á 20 de Julio de 1614[200], que quizá sería el mismo día que Cervantes la escribió.

127. Mas con todo esto, quiero disculpar cuanto pueda á Miguel de Cervantes Saavedra, diciendo que como al principio de su historia dijo que Don Quijote no había mucho tiempo que vivía en un lugar de la Mancha, siguió después el hilo de esta primera ficción, y olvidado de ella en el fin de su historia, se propuso imitar á Garci-Ordóñez de Montalvo, en el lugar citado, y anticipó el tiempo de Don Quijote. Y así sólo incurrió en este descuido. O para decirlo mejor, Don Quijote es hombre de todos tiempos, y verdadera idea de los que ha habido, hay y habrá; y así se acomoda bien á todos tiempos y lugares. Y cuando los más severos críticos no admitan esta disculpa, á lo menos no me negarán que estos descuidos, y los demás que fuera fácil añadir, de falsas alusiones y equivocaciones, que suelen ser muy frecuentes en una mente algo abstraída por la demasiada atención al principal asunto; por otra parte, se recompensan con mil perfecciones, pudiéndose decir con verdad que toda la obra es una sátira la más feliz que hasta hoy se ha escrito contra todo género de gentes.

128. Porque, si atendemos al asunto, ¿quién había de pensar que por medio de unos libros de caballerías se habían de desterrar todos los demás? El caso fué que, escribiendo con invención y estilo de todas maneras agradables, se hizo único en este género de escritos, como quien tenía bien conocido en qué habían pecado los demás escritores; y cómo podrían evitarse aquellos desaciertos cumpliendo al mismo tiempo con el gusto de los lectores; y nunca manifestó mejor su grande idea que cuando en boca del canónigo de Toledo habló de esta manera[201]: "Verdaderamente, señor cura, yo hallo por mi cuenta que son perjudiciales en la república éstos que llaman libros de caballerías. Y aunque he leído, llevado de un ocioso y falso gusto, casi el principio de todos los más que hay impresos, jamás me he podido acomodar á leer ninguno del principio al cabo. Porque me parece que, cuál más cuál menos, todos ellos son una misma cosa, y no tiene más éste que aquél, ni estotro que el otro. Y según á mí me parece, este género de escritura[202] y composición cae debajo de aquél de las fábulas que llaman milesias, que son cuentos disparatados, que atienden solamente á deleitar y no á enseñar. Al contrario de lo que hacen las fábulas apólogas, que deleitan y enseñan juntamente. Y puesto que el principal intento de semejantes libros sea el deleitar, no sé yo cómo puedan conseguirle yendo llenos de tantos y tan desaforados disparates. Que el deleite que en el alma se concibe ha de ser de la hermosura y concordancia que ve ó contempla en las cosas que la vista ó la imaginación le ponen delante; y toda cosa que tiene en sí fealdad y descompostura no nos puede causar contento alguno. Pues ¿qué hermosura puede haber, ó qué proporción de partes con el todo y del todo con las partes, en un libro ó fábula, donde un mozo de dieciséis años dé una cuchillada á un gigante como una torre, y le divide en dos mitades, como si fuera de alfeñique? Y ¿qué cuando nos quieren pintar una batalla, después de haber dicho que hay de la parte de los enemigos un millón de combatientes, como sea contra ellos el señor del libro, forzosamente, mal que nos pese, habernos de entender que el tal caballero alcanzó la victoria por sólo el valor de su fuerte brazo? Pues ¿qué diremos de la facilidad con que una reina ó emperatriz heredera se conduce en los brazos de un andante y no conocido caballero? ¿Qué ingenio, si no es del todo bárbaro é inculto, podrá contentarse leyendo que una gran torre llena de caballeros va por la mar adelante, como nave con próspero viento; y hoy anochece en Lombardía, y mañana amanezca en tierras del preste Juan de las Indias, ó en otras, que ni las descubrió Tolomeo, ni las vió Marco Polo? Y si á esto se me respondiese que los que tales libros componen los escriben como cosas de mentira, y que así no están obligados á mirar en delicadezas ni verdades, responderíales yo que tanto la mentira es mejor (habla de la mentira parabólica, que por el fin del que la dice no lo es) cuanto tiene más de lo dudoso y posible. Hanse de casar las fábulas mentirosas con el entendimiento de los que las leyeren, escribiéndose de suerte que, facilitando los imposibles, allanando las grandezas y suspendiendo los ánimos, admiren, suspendan, alborocen y entretengan, de modo que anden á un mismo paso la admiración y la alegría juntas; y todas estas cosas no podrá hacer el que huyere de la verosimilitud y de la imitación, en quien consiste la perfección de lo que se escribe. No he visto ningún libro de caballerías que haga un cuerpo de fábula entero con todos sus miembros, de manera que el medio corresponda al principio, y el fin al principio y al medio; sino que los componen con tantos miembros, que más parece que llevan intención á formar una quimera ó un monstruo, que á hacer una figura proporcionada. Fuera de esto, son en el estilo, duros; en las hazañas, increíbles; en los amores, lascivos; en las cortesías, mal mirados; largos en las batallas, necios en las razones, disparatados en los viajes; y finalmente, ajenos de todo discreto artificio, y por esto dignos de ser desterrados de la república cristiana como á gente inútil." ¿Se podía hacer sátira más fuerte y discreta contra los escritores caballerescos?

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Note 1 · Montalván, en los elogios á Lope de Vega Carpio, ó Fama póstuma, dice que Lope compuso mil ochocientas comedias.Note 2 · Tomo I. cap. XLVIII.Note 3 · Véase lo que dijo Lope de Vega, ya citado.Note 4 · Comedias de Miguel de Cervantes Saavedra. Véase la Adjunta al Parnaso.Note 5 · Uno de ellos era Lope de Vega.Note 6 · El mismo Lope en su Arte.Note 7 · Lope de Vega, de quien dice Montalván que compuso mil ochocientas.Note 8 · Seis dijo Lope de Vega que había escrito con arte. No las señaló, librándose con esta cautela de nueva y más rigurosa censura.Note 9 · En el prólogo del segundo tomo.Note 10 · En la batalla de Lepanto.Note 11 · Esto es, á la emulación.Note 12 · Cap. II.Note 13 · Tomo II, cap. I.Note 14 · Tomo II. cap. LVIII.Note 15 · Laurel de Apolo, Selva 8.Note 16 · En el prólogo del segundo tomo de Don Quijote.Note 17 · En el prólogo ya citado.Note 18 · En el prólogo del tomo primero del Quijote.Note 19 · Laurel de Apolo. Selva 9.Note 20 · Tomo I, cap. VI.Note 21 · En el mismo cap. VI.Note 22 · Tomo I, cap. VI.Note 23 · Tomo I, cap. I.Note 24 · Tomo I, cap. I.Note 25 · Cap. VIII, y en otros muchos.Note 26 · No le pinta así el aragonés.Note 27 · Véase el tomo I, cap. IX, de Don Quijote.Note 28 · Esta es una oculta amenaza contra el escritor aragonés.Note 29 · Como lo es la continuación del aragonés en muchos capítulos.Note 30 · En el cap. II.Note 31 · Tomo II. cap. XXXII.Note 32 · Tomo II. cap. LXX.Note 33 · Véase el prólogo de la reimpresión del llamado Fernández de Avellaneda.Note 34 · Tomo II. cap. LXXI.Note 35 · Tomo II, cap. LXXII.Note 36 · Véase la continuación de Fernández de Avellaneda, capítulo XXXVI.Note 37 · Habla de la de Fernández de Avellaneda.Note 38 · Tomo II, capítulo último.Note 39 · Tomo II, en el fin.Note 40 · Lo que se sigue está sacado de un romance antiguo, no me acuerdo cuál.Note 41 · Indicio de cuán oculto era el autor tordesillesco.Note 42 · El mal continuador, en el capítulo último, dió indicios de querer escribir algunas andanzas de Don Quijote en Castilla la Vieja.Note 43 · Si se contase la del tomo II, serían tres las salidas de Don Quijote. Pero Cervantes habla suponiendo no estar publicado sino el primero.Note 44 · Esto es, Miguel de Cervantes Saavedra.Note 45 · Periódicos.—N. del E.Note 46 · De christiana fœmina, lib. I. cap. Qui non legendi scriptores, qui legendi.Note 47 · Novelas de Eneas Silvio, siendo mero beneficiado, retratada después en su Epíst. 395.Note 48 · Tomo II, cap. IV.Note 49 · Véase el fin del tomo I.Note 50 · Tomo II. cap. XLIV.Note 51 · Esto es, que pareciesen novelas, como verdaderamente lo son.Note 52 · Tomo II, cap. XXVII.Note 53 · Tomo II, cap. L.Note 54 · Tomo II, cap. LV.Note 55 · En el mismo capítulo.Note 56 · En el fin del tomo primero.Note 57 · Tomo I, cap. VII.Note 58 · Tomo I, capítulo último.Note 59 · Tomo II, caps. V y último.Note 60 · Véase el tomo I, cap. VII, en el fin.Note 61 · Obsérvese el fin del tomo I.Note 62 · Tomo I, cap. XLVII.Note 63 · Véase el tomo I, capítulo último.Note 64 · Roderic. toletan., lib. 6, cap. 30.Note 65 · Tomo I, cap. XIII.Note 66 · El mismo Cervantes le alaba mucho, lib. I, cap. VI. Pero Vives le vitupera con todos sus semejantes.Note 67 · Tomo I, cap. I.Note 68 · Tomo II, caps. I y XLVII.Note 69 · Tomo I, cap. XIX, y tomo II. cap. LVI.Note 70 · Tomo I, cap. XLVIII.Note 71 · Tomo II, cap. VIII.Note 72 · Tomo II, cap X.Note 73 · Tomo II, cap. XL y LXXI.Note 74 · Miniana de rev. hisp., lib. IV, cap. VIII.Note 75 · Tomo II, cap. XXXV.Note 76 · Primera parte del lib. II de la Historia de la Florida, capítulo X, del inca Garci-Laso de la Vega.Note 77 · Tomo II, cap. XXXV.Note 78 · Tomo I, cap. VI, y en otros muchísimos.Note 79 · Tomo I, cap. VI. Tomo II, caps. I y LXII.Note 80 · Tomo II, cap. XXXIII.Note 81 · Tomo II, cap. LXVII.Note 82 · Tomo I, cap. VI.Note 83 · Tomo II, cap. XXII.Note 84 · En el mismo capítulo.Note 85 · Tomo II, caps. VI, LXIII y LXX.Note 86 · Tomo II, caps. VIII y XVIII.Note 87 · Tomo II, cap. LXVII.Note 88 · Tomo II, cap. LXII.Note 89 · Tomo II, cap. LVIII.Note 90 · Tomo I, cap. XVIII.Note 91 · Tomo I, cap. III.Note 92 · Historia del rey don Juan II.Note 93 · Tomo II, cap. XXXIV.Note 94 · Tomo I, cap. XLVII.Note 95 · Tomo I, cap. VI.Note 96 · En el cap. IV.Note 97 · Tomo I, cap. XXXII. Añádase el cap. XXXV, en el fin.Note 98 · Tomo I, cap. XXXIX.Note 99 · Tomo II, cap. XXIII.Note 100 · Tomo II, cap. XLI.Note 101 · Tomo II, cap. XLIX.Note 102 · Tomo II, cap. XI.Note 103 · Tomo II, cap. LVIII.Note 104 · Historia de Valencia, lib. VIII, cap. XXVIII.Note 105 · Tomo II, cap. VIII.Note 106 · Tomo II, cap. LXIII.Note 107 · Tomo II, cap. LXV.Note 108 · Tomo II. cap. XXXVI.Note 109 · Tomo I, cap. XLVII.Note 110 · Según se había usado antes de Cervantes.
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