XIII
Reading edition
Salida de Orleans.—Cincinatti.—Claveland.—Búffalo.—Llegada á Niágara.—El Niágara.
Nuestra salida de Orleans fué poco más ó ménos á las cinco de la tarde. Las pocas, pero generosas y amadas relaciones que allí dejamos, hicieron sombría nuestra despedida; sobre todo, aquella marcha al acaso, como sin rumbo, como perseguidos por nosotros mismos, me entristecia lo que no es decible.
Viajeros un tanto aguerridos, nos colocamos lo mejor posible, pusimos en regla nuestros triquis, y merced á las inagotables bondades de Gomez del Palacio, no teniamos que apurarnos en materia de trasportes y formalidades para los equipajes.
El servicio de los ferrocarriles en el Sur, es muy inferior al del Norte en cuanto á exactitud, limpieza y comodidades.
Nuestro objeto era visitar el Niágara, y esto me tenia inquieto como á un chicuelo, gozando en mi mente con un espectáculo que era como todo un mundo desconocido para mi imaginacion.
Mil veces, al salir de mi niñez, y cuando un caos de estrellas y ráfagas de soles, cruzan por el cerebro de un muchacho, habia oido al inmortal Heredia describir con su voz grandilocuente aquella maravilla, y yo me estremecia y le echaba los brazos, como para que no me arrebatase el torrente en que parecia corria yo aturdido escuchándolo.
Mil veces tambien, como quien desea saborear una preciosa leyenda, rogaba á Manuel Payno me contase sus impresiones de viaje al Niágara, que siempre eran distintas en los labios de ese narrador fácil y entretenido, para mí uno de los hombres que poseen en más alto grado ese delicioso talento de la amena conversacion familiar.
Y muchas veces en los cuentos de Hadas con que solia conciliar el sueño á mis nietecitos, les pintaba un Niágara con sus peñascos de trasparente caramelo, sus corrientes de almíbar y sus caidas entre árboles que producen espontáneos, cochecitos con puertas que se abren, ratones con cuerda, tambores y primorosos maromeros.
Y ¿quién lo creerá? estas sandeces y estas fantasías, me consolaban á mí mismo, como que me fingian un mundo encantado, y olvidaba lo real de mis penas y lo incierto de mi destino.
Por otra parte, las quiebras del camino, la continuidad de sembrados, chozas y fincas, los idilios que la vida del campo improvisa y presenta sin ostentacion ni pretensiones, me tenian encantado, y más encantado con Gomez del Palacio que, conociendo mi lado flaco, me citaba los poetas bucólicos con admirable oportunidad, y con un lujo de memoria que me dejaba absorto. Este Pancho, tiene muchísimo talento.
En el cuarto de fumar, hallé á Lancaster en conversacion empeñadísima con un M. Frank, ingeniero de caminos de fierro, jóven inteligentísimo, de muy buena sociedad y de muy variados conocimientos en muchas materias.
Al estimable ingeniero habia simpatizado Lancaster como un hermano, con todo y su seriedad y sus pocas palabras; le obsequiaba, le prodigaba atenciones; en una palabra, como dicen en mi tierra, le nacia ser su amigo, y cuando yo los sorprendí, estaban alegres y parlanchines como dos viejos camaradas de colegio.
Tratábase de ferrocarriles.
M. Frank decia en muy buen frances:
—Nosotros no hemos dado jamás esa grande importancia que vdes. á la discusion sobre vía ancha y sobre vía angosta: eso lo hemos dejado para las gentes que tienen pocas ocupaciones y mucho afan de hablar y de escribir. Para nosotros la cuestion esencial es crear la necesidad de la vía de comunicacion que inicia el guayin y le sigue la diligencia, allanando los obstáculos, perniquebrando cocheros y haciendo tortilla á los caminantes; de la diligencia sigue el palo-carril, ferrocarril, ó lo que se puede. Se viaja en plataforma pelona, con pésimos terraplenes, durmientes inseguros y todos los defectos imaginables.
En esto han quebrado diez arbitristas, se han hundido algunos capitalistas; pero se han visto los beneficios del camino, se han creado sólidas especulaciones, la vía no se detiene, entran á la Compañía accionistas pudientes, hombres científicos, los rendimientos son reales, la charla cesa y se creó al fin un gran elemento de riqueza.
—Nosotros tenemos leyes muy liberales y bien pensadas en esa materia, dije yo, apelando á mis recuerdos y aun citando la generosidad de las concesiones de nuestros gobiernos.
—Oh! los gobiernos de vdes. son otra cosa, nos dijo otro compañero de viaje. Oiga vd. lo que me decia hace muy poco un amigo, sobre aquel sistema de negocios. Habla M. Torckey, á quien se cree muy entendido en las especulaciones de México:
"Vd. lo primero que tiene que hacer es decir que va representando una Compañía de trescientos ó quinientos mil millones: al llegar al país, busque vd. aunque sea á un carretero que tutée señoritos de gran tono que sepan inglés, y tome vd. cuarto en un gran hotel, diciendo que no sabe palabra de español.
"En su cuarto del hotel procure vd. tener, como al descuido, unas chucherías chinas, unos camafeos de Nápoles, unos anillos Ejipcios, schales de cachemira ó pajaritos autómatas.
"Despues de deslumbrar á unos cuantos imbéciles, confíe vd. su grande proyecto en mucho secreto á los amigos de los escritores, de los diputados, y á parientes pobres de las queridas del presidente y los ministros, diciendo que allí hay para que se enriquezca todo el mundo. Por supuesto que en todo lo dicho no se deben quitar los ojos de la brújula política, estando en bien con el partido preponderante, sin dejar por esto de conservar relaciones ocultas con los hombres del porvenir, que en la revuelta que vendrá muy próximamente tendrán el poder en sus manos, y no solo afirmarán lo hecho sino que ampliarán las concesiones.
"Por supuesto en esas correspondencias secretas, se pinta á un pueblo salvaje hundido en la prostitucion; pero en lo exterior, tratando el último bandido de aparecer con reputacion inmaculada.
"Se dice en esas notas que el presidente es un presidiario que se disfraza de noche para quitar capotes; que las grandes señoras comen su tortilla enchilada á la orilla de las banquetas, y que el padre dice la misa con su reata en los tientos, y consagra con cleimap (Tlamapa), que es el vino de la tierra, llamado piulk.
"Para todos los gastos no comprobados se piden grandes sumas; y miéntras trae el correo noticias fabulosas, de minas de oro y de diamantes, allá se forma la Compañía con director, subdirector, agentes, vocales, corredores, abogados, ingenieros, músicos y danzantes.
"El negocio pasó por el ministerio, llegó á la Cámara, y esa es la hora del combate, de la polémica, de las grandes comidas, de las diestras seducciones y de los cohechos sigilosos.
"Los negociantes de estos mundos hacen su humbog á su modo, la concesion triunfa, el ferrocarril es del lago de Texcoco á la luna; se han colmado los deseos de los hombres del progreso.... y no se tiene un centavo para nada.... el grande agente queda con bola en mano, el camino en imposibilidad de hacerse, y el nombre de México por los suelos, y una concesion que rueda y pide prórogas, que es una gloria."
Lancaster, con su genial finura, pero con energía extrema, replicaba á M. Frank, y yo terciaba calmando los ánimos, porque solo se trataba de una conversacion.
La actividad del tráfico, los terrenos esmeradamente cultivados, las chozas más cuidadas, algunas estancias anunciando riqueza, nos advirtieron de la proximidad de Cincinatti, capital del Ohio.
Distínguese á lo léjos esta ciudad rodeada de colinas de grande elevacion, como en el centro de un valle verde y risueño, que corta culebreando el rio Ohio, fuente del progreso y bienestar de aquellas florecientes comarcas.
Mr. Frank se mostraba complacido de mi admiracion sincera por aquel espectáculo, que me recordaba panoramas muy semejantes del interior de nuestra patria.
—La ciudad, como puede vd. percibir, está sobre dos planos, uno de sesenta y otro de ciento doce piés sobre el rio.
Este comienzo de zig-zag que siguen caprichosas calles y tupidas arboledas, hacen muy interesante la ciudad y muy bella la parte destinada á los negocios, que tiene bellos edificios, en su mayor parte de piedra azul de cal.
—Lee aquí, me dijo Lancaster, que tenia en sus manos una guía de viajero: puede que te sirvan algunas de estas noticias. Leí en efecto:
"Cincinatti fué fundado en 1788; pero por algunos años las guerras con los indios detuvieron los progresos de la poblacion.
"Era ésta en 1800, de 750 habitantes. En 1814 fué declarada ciudad.

VIAJE DE FIDEL LIT. H. IRIARTE, MEXICO Gran Fuente de Cincinatti.
"Por los años de 1830, el canal de Mianiz quedó construido, y en los primeros diez años aumentó la poblacion un 85%
"En 1840, el pequeño Main, que es ahora el primero de los muchos caminos de fierro que se unen en Cincinatti, quedó concluido, y en 1850, la poblacion habia aumentado á 115,436 habitantes.
"En 1860—á 161,044 habitantes.
"En 1870—á 216,239 habitantes."
La estacion de Cincinatti, aunque extensa y bien compartida, no fijó mi atencion por ninguna particularidad.
Se habló, como de costumbre, de los hoteles, y se señalaron el Gran Hotel, Gibson-House, Saint-James, Birnet-Hotel y otros.
Alojámonos en uno de esos hoteles, el más central, y nos proveimos de una lista de los mejores restaurants, cuyos nombres son: Keppler, Schmidt, San Nicolás, Becker, etc., etc., en que se sirven excelentes comidas á señoras y caballeros.
No obstante que llovia muchísimo, iba armado de un capote de hule capaz de burlarse del mismo diluvio, y de unas botazas, que dejaban agarrotada é inmóvil la mitad de mi cuerpo, pero excelentes para aquel trance.
Muy inmediato al hotel que ocupábamos, está el Correo y la Aduana, en un mismo edificio y en la misma buena armonía que en Orleans.
Quise visitar ese edificio de preferencia por ver si encontraba á algun conocido.
Ve á la calle cuarta el edificio de que hablo, tiene un gran pórtico adornado con seis columnas de nueve á diez varas, amplia escalinata y cornisas del órden corintio.
Se construye á las inmediaciones un verdadero palacio que debe servir para la Aduana.
Las calles de Cincinatti son amplias y bien compartidas; algunas con tupidas arboledas y todas casi con una regularidad de que carece Orleans.
La calle de la Perla (Pearle Street), se compone de almacenes gigantescos de botas y zapatos: los hay por millones y parecen ser de las primeras industrias del lugar.
Las calles en que el comercio es más activo, son: Vine, Derace y Thirol; allí se ostentan tiendas de modas, cajones de ropa, joyerías, sombrererías, almacenes de ropa hecha, etc. Entre Main y Vine se ven los grandes Bancos, las Casas de Corredores y Compañías de seguros.
La calle cuarta y el Parque de Lincoln, constituyen el paseo de moda, distinguiéndose la calle de Pipe, en que está el paseo de los amantes (Lovers Walk), que es una área abierta con excelente pavimiento y tiene 1,000 piés de largo por 495 de ancho. Hay muchas calzadas hermosas á su alrededor.
Como he dicho, el cielo estaba de un humor de perros, y las calles parecian tapizadas de cáscaras de plátano, segun lo resbalosas é incapaces.
Yo andaba como á tientas: veia edificios, plazas y parques, como tonto en vísperas; toda la gente iba á sus negocios sin cuidarse de la lluvia, que no la dejaba poner pié en postura. Pero para un yankee, el percance de la agua es pecata minuta; se envuelve en un pañuelo el sombrero; si á mano viene, se voltea al revés la levita, se remanga el pantalon, y Cristo con todos.
Muy frecuentemente el yankee usa levita impermeable ó capote de hule, y entónces le pega cada gregorito al cielo, que da gusto.
Volvíme al hotel, y con el chico del mostrador, aleman muy avisado y servicial, entablé mi demanda de un cicerone que me condujese en aquella ciudad de máscaras, mediante una gratificacion.
Procuróme el alemancito del hotel á un jovenzuelo americano, con dos piernas como de grulla, un hueso de mango chupado por cabeza, y dos brazos como dos largos cables pendientes de dos perillas.
Pero es de advertir que en lo que tengo de vida, que no es mal pico, no habia conocido entidad más movediza y más inquieta que la que me servia de guía. Se metia adrede en los charcos, saltaba sobre todos los postes, tenia picos pendientes con cantineros, verduleras y chicas ambulantes; de todas partes le llamaban, y con los más desastrados muchachos mantenia bulliciosas relaciones.
Pee ó Pii era el nombre de mi conductor.
—¿Qué edificio es este, amiguito?
—Espere vd.: Katy (á una muchacha), esta tarde, ¿no es cierto?—Qué edificio? (á mí).
—Ese.
—Ah! la Cámara de Comercio; aquí es el hervidero de los bisnes, (negocios), puede contener 25,000 personas.—Déme vd. un puro.—Adios, amigo! ahora voy muy ocupado con el caballero.—Torzamos por aquí.
—Esto sí es magnífico! clamaba yo. A este estilo creo le llaman Elizabeth.
—Con razon: es el Gran Teatro de la Opera, con espacio para dos mil personas. ¿Vd. quiere un coptail?
—Despues lo tomaremos.
—Hay otros teatros muy hermosos: Wood Robinson, el Nacional, Mussic Hall, Melodeon, etc.—Vea vd.! linda muchacha! va en pos de un amigo mio, está apasionada: el maldito no le hace caso.—¿Quiere vd. un buen tabaco?—Espéreme vd. un poco.
Y saltó aquel maldito por en medio de la calle, trayendo á remolque un viejo alto de gran leviton y sorbete blanco.
—Aquí tiene vd. un sabio: tomaremos con él una copa. El señor es mexicano: sean vdes. amigos.
Y el truhan aquel era tan servicial y tan fino, que el caballero lo seguia sonriendo, y nos instaló en un bar-room.
—Vamos, hable vd. al señor, con ese garbo y esa gracia que le ha dado Dios, de nuestras bibliotecas y de todo lo que sepa, porque quiero que el señor quede contento.
—Pii, te buscan, dijo una voz, y Pii salió á una averiguacion con unas muchachas preciosísimas.
El sabio mi conocido, dando sorbos de su brandy coptail, me dijo:
—El edificio de la Biblioteca pública, donde llevará á vd. Pii, es de los más espaciosos de la ciudad. Está fabricado de piedra y ladrillo, de estilo romanesco, á prueba de fuego, y puede contener 300,000 volúmenes: ahora solo cuenta 72,000. Las otras bibliotecas son en el órden que sigue:
Mercantil de los jóvenes 37,000
La ley 7,600
Instituto mecánico 6,500
Sociedad filosófica é histórica 4,500
Esta Sociedad tiene ademas 12,000 volúmenes de folletos.
No hay galería pública de artes en Cincinatti, continuó el caballero; pero las colecciones privadas son muy numerosas y de valor, especialmente las de Henry Probasco y José Longworth á quienes tendré el gusto de presentar á vd. Vd. verá con cuántas atenciones reciben á sus visitantes.
Hablaba el caballero con suma complacencia, cuando volvió Pii con las bolsas llenas de excelentes peras, de las que traia una en la mano, á la que habia aplicado sendos mordiscos.
—Allons, me dijo Pii.... hizo tres cariños al sabio, que quedó muy contento, y seguimos caminando, no obstante que, aunque aplacada la lluvia, escurrian agua todos los pliegues de mi ropa.
Dando vueltas y revueltas, mi cicerone, que al fin me cayó en gracia, dejándome á cada paso con la palabra en la boca por seguir á una muchacha ó decir cuatro palabritas á un amigo, me paró frente á un templo magnífico de piedra azul y de purísimo estilo griego.
—Esta es la Catedral de San Pedro, me dijo Pii: esas diez columnas que sostienen el pórtico son de mármol.
Penetramos al interior del templo.
El altar mayor es de mármol de Carrara.
Fijéme en una pintura de San Pedro.... Pii, con un libro en la mano, me probó que aquella obra admirable es de Murillo y una de las joyas artísticas que posee la América.
—Hay otras iglesias, me dijo Pii, como San Javier y San Pablo; pero yo no entiendo mucho de ese fandanga, y es tiempo que vea vd. lo más grande y hermoso que para mí tiene Cincinatti: la fuente y el rio.
Esta es la calle quinta: está cercana á Walnut. Ahí tiene vd. la fuente.
Figúrese el lector una explanada de cerca de ciento cincuenta varas de largo por veinte de ancho.
En el centro hay una taza de pórfido de doce varas de diámetro, y de ella arranca un grandioso monumento de bronce, de incomparable hermosura.
Adornando la base de la columna se destacan figuras de niños primorosos que juegan con el agua, algunos montados en delfines. Hay además bajos relieves de exquisito primor.
A una altura como de cinco varas, en sus pedestales anexos á la columna céntrica, se admiran cuatro estatuas colosales alegóricas, de la agricultura, los placeres de la caza y no recuerdo qué otras.
Corona el monumento la estatua gigantesca de la Caridad, llena de infinita dulzura, el semblante sonriendo, como complacida de derramar en el pueblo la vida y el frescor.
Su manto vuela, la aérea figura se ha precipitado á la tierra, y al percibir al pueblo sediento á sus piés, ha extendido en toda su amplitud sus brazos y puesto sus manos sobre la frente abrasada de la poblacion, derramando sobre ella la lluvia que traia entre sus dedos amorosos.
De las manos, de los dedos, de los poros de la estatua brota en hilos delgados luminosos la agua cristalina que ondea con el aire, revistiéndose de los colores del íris y dando al conjunto una belleza realmente arrebatadora.
De las bocas de los monstruos marinos, de los grupos de estatuas, saltan, se enlazan, se abren en plumeros y abanicos, las caidas del agua, formando un laberinto de cristales, de perlas, diamantes y rubíes.
La altura del monumento será de quince varas; pero su esplendor y grandeza es superior á cuanto he visto en su género. La fuente se llama de Tiler Davison, y el arquitecto parece que fué Prebosco.
Regresé á comer al hotel, donde uno de los amigos me habia recogido unas apuntaciones sobre educacion y caridad, que copio íntegras á continuacion:
"Figura con esplendor entre los establecimientos de beneficencia, la Universidad, fundada por Charles Mc. Mickin; están unidas á la institucion, la escuela de leyes y la de dibujo.
"El colegio de San Javier cuenta con una biblioteca de 12,000 volúmenes, valiosos aparatos para los estudios de química y física, un Museo y una vasta coleccion mineralógica y geológica.
"Hay en Cincinatti una excelente escuela para mujeres.
"La librería del colegio Teológico, pasa de doce mil volúmenes.
"El colegio Médico de Ohio es el primero de los Estados del Oeste, y compite con el colegio Médico de Miami.
"Para la niñez hay un instituto clásico.
"La alta escuela de Hughes es un gran edificio de torres octágonas en las esquinas, y tiene gran celebridad.
"Por último, el instituto mecánico ha hecho grandes beneficios á los pueblos.
"En cuanto á los establecimientos de beneficencia, el primero sin duda alguna, es el Hospital de Cincinatti, que consta de ocho edificios conexos, con amplísimos corredores que parten de un gran patio central, cubierto por una inmensa cúpula y una aguja de ciento diez piés de alto.
"Mencionaremos por último la casa de dementes, el hospital de la Samaritana, casa de refugio y orfanatorio de Cincinatti...."
Serian las cuatro de la tarde cuando estaba Pii triunfal en la puerta del hotel, con un bogue como una araña, tirado por dos frisones como dos torres.
—A paseo, Mister D. Guillermo, me dijo Pii contentísimo, subido en el pescante y empuñando el látigo como un cetro.
No sin graves temores me puse á discrecion de mi alegre conductor, y partimos como exhalacion, haciendo el carruaje violentos y peligrosos equilibrios.
Fuimos á los alrededores de Burnet Wood, que los forma un frondosísimo bosque.
Me encantó Lincoln Park, paseo que aunque no muy extenso, se encuentra admirablemente sombreado y cultivado.
Washington Park, que ántes habia sido un cementerio, apénas lo ví, lo mismo que Hopkins Park, porque Pii quiso pasarme por toda la ciudad, para que no hubiese modista, ni florera, ni cantinero, ni limpiabotas, que no le viese en el desempeño de su importante mision.
Por no tener espectadores, Pii sin duda no me condujo á visitar el cementerio, que dicen es bello y contiene hermosos monumentos, entre otros el mausoleo de Dexter, que es realmente una capilla gótica, y una estatua de bronce fundida en Munich, que representa un soldado atlético, y se colocó allí en memoria de los voluntarios del Ohio que murieron en la guerra.
Aquellos caprichos y aquellos chicoleos de Pii me dejaron sin ver lo que se llama el Rhin, que es propiamente una seccion de la ciudad, situada del otro lado del rio y muy notable por su originalidad.
Es de advertir que más de una tercera parte de la poblacion de Cincinatti es de alemanes, y alemanes ubicados en aquella parte de la ciudad.
Fachadas de las casas, rótulos, muebles, trages y fisonomías, son alemanes.
Los teatros y los templos recuerdan á las ciudades y á las aldeas alemanas; sobre todo, los beer gardens (jardines de cerveza), desplegan desusado lujo, y los nietos de Goeth y de Schiller están allí como en sus glorias.
Pii, donde me tuvo más tiempo, fué en Eden Park, situado sobre una colina desde donde se descubren sombrías arboledas, risueñas sementeras, el rio espléndido lleno de embarcaciones, y las montañas cerrando el horizonte á lo léjos. En el centro del park hay dos grandes estanques que semejan hermosísimos lagos.
Aunque á mi entrada en la ciudad habia visto el gran puente colgante suspendido sobre el Ohio, con mucha razon orgullo de Cincinatti.
De torre á torre de las que sustentan el puente, hay 1,057 piés (poco más de 335 varas), y la longitud total es de setenta y cinco varas; tendrá sobre el nivel del agua treinta y cuatro varas de altura.
El puente es de madera y fierro, y su vigámen robustísimo forma tres calzadas, dos laterales como de cinco varas de ancho para la gente de á pié, y una amplia calzada central por donde atraviesa el ferrocarril y transitan carruajes y caballos, miéntras los buques y embarcaciones pequeñas pasan por debajo del puente.
La vista que desde el puente se disfruta es sorprendente: en primer término, á los dos lados del rio, se ven chozas miserables, bar-rooms para marineros, cabañas de pescadores, barrilaje, tercios, arpilleras y tablas á las puertas de los almacenes; pero á medida que la vista se retira de las orillas del rio, se perciben por un extremo grandes edificios, torres, cúpulas y monumentos gigantescos, dominando las apiñadas arboledas, y del otro lado se ven casas de campo, miradores, chimeneas de las fábricas, entre jardines, fuentes y sementeras, que esmaltan y bordan deliciosamente los alegres valles.
Pii, á quien realmente merecí mucha atencion, habia dejado el carruaje á un amigo á la subida del puente, y no sé dónde me procuró un caballero que me dijo habia estado en México y que tenia un establecimiento de curtiduría, que se llamaba: "Los hijos de México," porque, en efecto, sus hijos eran mexicanos.
En efecto, á la izquierda del puente, en una pared blanca, campeaba el letrero de "Los hijos de México," lo cual me dió muchísimo gusto.
El caballero, que se llama D. Manuel, y cuyo apellido no puedo recordar, parece de una instruccion poco comun, y me dijo algunas cosas curiosas sobre el comercio de Cincinatti, que apunté en mi cartera; pero lo hice con tal incuria y con un lápiz tan malo, que apénas por inferencia puedo sacar en limpio lo que van á saber mis lectores.
Ya hemos dado idea de las líneas férreas, que comunican á Cincinatti con todos los grandes centros de actividad mercantil de la Union: ahora no es exagerado asegurar que más de cinco mil embarcaciones frecuentan anualmente su puerto.
La importancia de la industria y comercio de Cincinatti, le ha colocado en el rango de la segunda ciudad comercial de los Estados del Oeste.
La industria manufacturera tiene gran importancia en Cincinatti: se calcula en más de dos millones de pesos. Se fabrican con profusion muebles, puertas y ventanas, y habitaciones enteras que se exportan.
Las fábricas de whiskey producen ochocientos mil pesos.
Pero el grueso de los productos de la industria son fábricas de fundicion de fierro y de cobre, ropa hecha, que rinde dos y medio millones de pesos.
Molinos de aceite, harina, salazon, tabaco y otros artículos, alimentados por muchos bancos de particulares y seis bancos autorizados por el gobierno.
Entre los establecimientos industriales de que no hemos hecho mencion, se cuentan 134 fábricas de aceite y estearina, 8 grandes establecimientos de láminas metálicas, 9 fábricas de papel, 38 de jabon y 7 muelles para construccion de buques de vapor.
—Bueno, me decia yo, y esos hombres ¿son de otra madera distinta de la nuestra, tienen algun secreto para que no los aletargue la holganza, ni los embriague la envidia, ni los entuma la pereza, ni busquen como industria la revolucion y el presupuesto?
¡Oh! si yo fuera gobernante, solo ponia el siguiente artículo en nuestra Constitucion, y me parece que algo se conseguia:
"No ocupará empleo público ninguno, ni podrá en ninguna categoría tener representacion del pueblo, el que no hubiere probado que ha vivido tres años de su trabajo personal é independiente del gobierno."
Con recetitas por este estilo, vdes. verian cómo la cosa marchaba.
Cuando volví al hotel, supe que en el núm. 37 estaba alojada una persona de San Francisco, llegada aquella misma tarde, que habia preguntado por mí.
Era, en efecto, un amigo del Sr. Andrade, que me traia cartas de mis favorecedores de San Francisco: entre esas cartas venia una de mi querido David Guerin, en que me incluia copia de unos versos que le dediqué en San Francisco, y de los que no conservaba ni recuerdo.
Para que no se me pierdan en el barullo de papeles que hay por mis baúles y maletas, aquí los trascribo. Acaso con ellos concilien el sueño mis lectores, como á mí me sucedió....
PATRIA.
A MI QUERIDO AMIGO J. DAVID GUERIN, (POETA COLOMBIANO).
¡Patria! ¡oh patria! tu nombre adorado Me parece que escucho en los vientos, Me parece que dicen los astros, Que alumbran los cielos. —— Quedo fijo mirando las sombras, Y en el sordo rugir de los mares, Hay acentos que lánguidos suenan Cual quejas distantes. —— Hay gemir de esperanzas perdidas; Hay sollozos de angustia y de duelo; Hay de huérfanas almas que me aman Dolientes acentos. —— Cuando brilla del sol de la vida En un sér la vivífica llama, Es la ausencia celaje flotante De pálida gasa. —— Trasparenta las ráfagas de oro En sus pliegues el padre del dia, Que matiza sus ondas de armiño, Con mágicas tintas. —— Si la ausencia desciende entre el hielo De la aislada vejez, es tiniebla Que sepulta en un golfo de muerte La triste existencia. —— Yo te lloro en tus frescos pensiles: Yo te extraño en tu límpido cielo; Y me hiere no ver ni las tumbas Que guardan mis muertos. —— En la casa que tiene una historia, En la piedra que oyó nuestras ansias, Queda siempre viviendo la vida, Se siente la patria. —— Hay mirar de infinita ternura En el triste mirar de los valles: Tienen vida las frentes severas De montes gigantes. —— Cuando viste la luz á los lagos; Cuando riela en sus ondas la luna; Cuando pasan cantando las auras Que flores perfuman, —— Es la patria, la madre y la esposa, La sonrisa del plácido niño, Las caricias del padre caduco, Los besos del hijo. —— Dulce patria, mi aliento, mi niña, Mi arrullar de paloma amorosa, Mi regazo de blancos jazmines, Mi lecho de rosas. —— La esperanza del huérfano oscuro Que tu nombre recuerda con llanto, Es morir á tu frente adorada Pegando los labios! Guillermo Prieto. San Francisco, Febrero 2 de 1877.
Continuamos nuestra marcha el dia 3, sin novedad alguna. Un español de todo punto cruo se encargó á su manera de darnos idea de las campañas del Sur, trastornando nombres y sembrando cadáveres con temeridad.
A poca distancia del camino distinguimos Claveland, segunda ciudad del Ohio; la poblacion se extiende por un llano arenoso que atraviesa el rio, formando un cómodo puerto. En el muelle del Este hay un fanal y otro en una elevada roca.
Muchos puentes sobre el rio Cuyahoga unen las diferentes porciones de la ciudad que están á sus orillas, facilitando el tránsito de siete líneas de wagones que hacen perfectamente su servicio.
Uno de los viajeros que ha vivido mucho tiempo en Claveland, me dió los siguientes detalles:
"Claveland fué fundado en 1796, pero en 1830 tenia más de mil habitantes; cobró cierta importancia con la conclusion del Canal del Ohio en 1834, aumentó con el sistema de ferrocarriles adoptado en el Sur en 1850, y por último, en 1870, contaba 160,000 habitantes.
"Claveland hace su principal comercio con el Canadá y con las regiones mineras del Lago Superior.
"Los artículos principales de su comercio, son: fierro, petróleo, ácido sulfúrico, artefactos de madera, wagones, cueros, mármoles y piedra.
"La ciudad es amplia, las calles tiradas á cordel y sombreadas por hermosas arboledas.
"Celebran los viajeros el Parque Monumental y en él la estatua del comodoro Perry, héroe de la batalla del Lago Erie, que tuvo de costo ocho mil pesos.
"El pedestal es de granito de Rhode Island, de 12 piés de alto, y la estatua, de mármol italiano, de 8 piés y 2 pulgadas.
"En el frente del pedestal hay un medallon de mármol en que está representado el paso del comodoro Perry, del rio de San Lorenzo al Niágara, en un pequeño bote, durante el calor de la batalla.
"Otro de los parques muy bellos es el Circo, que tiene una fuente en medio, de rara hermosura.
"Las personas que habian visitado Claveland, se deshacian en elogios de sus teatros, entre los que se mencionan el de la Opera, el Aleman y el Cómico, de sus salones de lectura y de la estacion del ferrocarril."
Nuestro amigo el ingeniero nos habló de las obras hidráulicas (Watter Works), que se hallan al Oeste del rio.
"Por medio de un túnel de seis mil piés bajo el lago, se obtiene agua para que se lleve á un gran estanque, con dos poderosas máquinas de vapor, para distribuirla en la ciudad: ese estanque constituye un paseo delicioso."
El español nos habló con calor de las iglesias, de los establecimientos de caridad y especialmente del hospital de marina.
Este individualismo que se echa tan en cara al americano, que nos hace decir que no existen vínculos sociales y que hacen temer á los que hemos tenido otra educacion, que cualquier estremecimiento profundo romperá los vínculos de la union, despedazando la nacionalidad americana; en la práctica, robustece la vida del hogar, desarrolla los elementos locales, emancipa y convierte en mayores de edad á los pueblos más insignificantes.
Entre nosotros, el pueblo vive del mineral ó de la hacienda; ésta se comunica con la ciudad de un modo enfermizo y como incompleto, y la plenitud de la vida civilizada está en México. El hacendado, el político de aldea, el literato, quieren vivir y radicarse en México, y la vida de la corte arranca inteligencias y capitales de los pueblos que presentan aspecto de barbarie, donde el comercio y las minas no le comunican esa robustez individual.
En el sistema federativo se ve más patentemente esa aberracion: hace tiempo pidió un diputado subvencion para un pozo artesiano; á poco pidió otro libertad de derechos para la introduccion de unos faroles; luego para la lámpara de un teatro, y por último, para el barandal de un balcon. Y qué dignidad, y qué independencia, y qué soberanía pueden reclamar pueblos que ni pueden beber, ni alumbrarse, ni caminar, si no les da la mano esta especie de papá Bodó, que se llama gobierno general?....
En la tarde del 3 de Mayo tocábamos en Búffalo, tercera ciudad, por su tamaño, del Estado de Nueva-York, y cabecera del rio Niágara. La ciudad, dice la guía que llevaba en la mano, tiene un frente que puede calcularse en cerca de cinco millas, la mitad del cual da sobre el lago y la otra sobre el rio Niágara. Su comercio es muy vasto; así como su posicion, al pié de la magnífica cadena de lagos, la hace el depósito de una gran parte del tráfico entre el Este y el gran Noroeste. Durante el año de 1873, el número de buques que entraron y se despacharon, fué el de 10,303 con 4.678,058 toneladas. La cervecería es uno de los primeros ramos de riqueza.
Búffalo se estableció en 1801: en 1812 era un puesto militar importante: los ingleses lo incendiaron en 1814: en 1832 se declaró ciudad: hoy cuenta 134,573 habitantes.
Búffalo, á la simple vista, parece construida dentro de un bosque, tantas y tan frondosas son sus arboledas, entre las que se distinguen las fachadas de las casas, torres y cúpulas, los chorros de agua de las fuentes de los parques, y clarean calles de suntuosos edificios, como el Correo, la Penitenciaría y la Catedral de San Pablo.
Serian las nueve de la mañana cuando llegamos á la estacion del Niágara: yo no cabia en mí de inquietud.
La estacion tiene un aspecto comun: una de sus puertas laterales da á un alegre hotel que se llama Spencer. Los criados del hotel se apoderaron de nuestras maletas, nosotros les seguimos: yo, con el rabo del ojo, ví una larga calle que me dijeron que conducia á la catarata.
El hotel tiene únicamente dos pisos: es cuadrado, con un aspecto de decencia y alegría que mucho simpatizan.
A la derecha de la entrada se encuentra el despacho, con su amplio mostrador y su gran libro para que se inscriban los viajeros.
Las paredes están tapizadas con vistas del Niágara de todos tamaños, y hay una mesita en que se expenden guías, descripciones, medidas, consejos y todo lo que se quiera para conocer la catarata.
A la izquierda de la entrada está el parlor ó salon de tertulia, con su gran chimenea, que ardia en esos momentos, alfombras, piano, candil y todo el aspecto de exquisita elegancia.
A dos pasos del parlor se ve el comedor, de techo bajo, pero con luz bastante, un laberinto de columnillas blancas y esbeltas, y multitud de mesas con servicio blanco y cristal finísimo: en cada mesa habia, moviéndose con cuerda, un aparato muy curioso para espantar las moscas.
En la parte alta del hotel admiré el saloncito de recepcion, con una gran ventana cuyo marco está revestido de preciosas enredaderas llenas de flores.
Los compañeros y yo nos acomodamos perfectamente, dejándome todos por deferencia un cuarto desde donde se ven los pinos que se avecinan á la catarata y se escucha su rumor imponente.
Gomez del Palacio me compraba guías y me tenia listo lápiz, porque yo tengo por costumbre inveterada perder uno cada cinco minutos.
Cuando estaba almorzando, contraje conocimiento con unos italianos, entre los cuales habia uno afectísimo á México, que me agobió á preguntas.
Llamábase Toretti, y es de tan pristina inocencia, de candor tan columbino, que realmente fué para mí su encuentro una novedad.
Toretti es pintor, y pintor en mi juicio de sobresalientes dotes; hizo su primera educacion en un colegio de Jesuitas en su país, y fué á los Estados-Unidos con la leche en los labios.
Gallardo de presencia y culto de maneras, pero lleno de encogimiento; apasionado, pero tímido; entusiasta, pero susceptible y retraido; enamorado, pero cobarde delante de una mujer, cada paso suyo era una aventura y cada uno de sus arranques de ternura le habia costado un viaje peligroso, un naufragio, y andar á cuchilladas con los hijos de Guillermo Penn.
Miéntras en pláticas sabrosas habia pasado el tiempo con mi amiguito Toretti, mis compañeros se proveyeron de coches para ir á la catarata, y nos pusimos en marcha.
La ancha calle que recorriamos es de amplísimas banquetas, en las que estaban expuestos, géneros, comestibles, juguetes y artículos de comercio de todas clases.
Muy frecuentemente íbamos percibiendo en los aparadores de cristales gigantescos, objetos característicos de la localidad, como sombreros, bastones, aderezos de cuentas relucientes, mancuernas, pulseras y chucherías, de las que hay grandes almacenes y de las que hacen cuantioso consumo los viajeros.
A medida que avanzábamos, y á pesar del ruido de los coches, sentiamos estremecido el viento por el rumor sordo y estupendo de la caida de las aguas, en aquella espectativa silenciosa y grave de cuando nos creemos en la proximidad de algo maravilloso.
Detuviéronse los carruajes á poca distancia de una grande abra de la tierra, desde donde se percibian del opuesto lado hoteles y quintas entre arboledas, señalando el lado del Canadá, como se sabe, perteneciente á los ingleses.
"Todas esas márgenes del Niágara hasta el Lago Ontario, dice Zavala, han sido el teatro de una guerra mortal en los años de 1812, 1813 y 1814, entre los americanos y los ingleses. En el lado izquierdo del rio, diez millas de la catarata abajo, hay una columna de granito de más de cien piés, elevada sobre una colina, en memoria del general inglés Brok, muerto en una accion contra las milicias americanas, en Octubre de 1812. Es de notar que las tropas inglesas eran todas de línea, mandadas por generales aguerridos, educados en las campañas de Europa: tales eran los generales Treeddale, herido mortalmente en la batalla de Chippewa; Drumond, herido igualmente, y Riall, hecho prisionero. Los generales americanos Brown, Scott y Ripley se manifestaron dignos de tales enemigos, aunque nunca habian estado en accion alguna de guerra. El general Scott, que dió bastantes pruebas de valor é inteligencia en las acciones de Chippewa y Bridgewater, era poco ántes un abogado de fama en el Estado de Virginia. La primera accion en que se vió fué en la de Queentown, en que murió el general Brok."
Me sacaron de mis reflexiones los amigos que me excitaron á asomarme á una especie de pretil semicircular, desde donde se ve la barranca profundísima abierta en una extension como de trescientas varas, con sus paredes tortuosas, abigarradas, con rocas inmensas como al desprenderse de los muros arcillosos, con sus aguas verdiosas en el fondo, llevando en su superficie ampollas blancas de los hervores de la corriente.
A mi frente se veian las risueñas casitas, los hoteles y edificios del lado del Canadá, con sus paredes blancas, sus persianas verdes y sus corredores y jardines alegres.
A mi derecha se distinguian dos altísimas torres en la extremidad del puente, que parecia suspendido como para una excursion en el espacio, corriendo como en vecindad de los cielos los carruajes y la locomotora, arrastrando su cauda de edificios de madera, como si fuesen á colonizar sobre las nubes.
A la izquierda, se hundia en recodo una de las cataratas, que se adivina, que se escucha y que la cria fantástica la mente, como cuando por la voz queremos adivinar la fisonomía de una persona: alzando la vista se perciben las puntas de los pinos, y ese ramaje que semeja al candelabro, que remeda el brazo y que tiene algo de severo y humano visto de léjos.
Se angosta el terreno como que se cierra en un punto, y allí clarea, se reviste de oro una imponderable masa como de plata fundida, que parece que no corre sino que está suspendida como la seccion despedazada de un arco. Esto se percibe entre un remolino de polvo de agua, que brilla y reverbera, se une en combinaciones luminosas, se desparce en ráfagas de cristal, de perlas y diamantes de maravillosa belleza.... Pero como todo es incompleto, todo por indicaciones, la sensacion se semeja á la duda de la realizacion del presentimiento, embriaga el anhelo, se teme que la mente supere á la realidad del espectáculo, que nos hemos prometido y que nos han prometido nuestros recuerdos.
Quitéme de aquel lugar, porque por una angosta puertecilla habian entrado mis compañeros á un cañon oscuro, y estaban como en la amplia cornisa de un declive rapidísimo, formando tubo y dejando percibir á lo léjos una claraboya desde donde se veian aquellas aguas verdes y espumosas.
Acostumbrados mis ojos á la oscuridad, distinguí dos ferrocarriles que descendian paralelos. En éstos hay unas como cajas de carretela abierta en que se acomodan los viajeros, haciendo una compensacion mecánica de movimientos, que miéntras los unos bajen, los otros asciendan con la mayor comodidad.
No obstante; lo desconocido del modo de viajar, la oscuridad, la presencia del rio hirviente como fin del viaje y la rapidez con que se desciende, algo afectan; tiene un no sé qué de descenso á los infiernos, que de fijo habria aprovechado Orfeo, cuando tuvo la estúpida ocurrencia de buscar tan léjos á su mujer.
Los muchachos de la comitiva bajaron cantando, y unas señoritas viajeras poetizaron el viaje con sus cuchicheos y su alegría. Llegamos á Table Rocke.
Aún permanecia el hielo en los grandes trozos de roca saliente, que en atrevido semicírculo se avanzan sobre el rio en derrumbamiento espantoso, y dejando dispersos peñascos de inmensa grandeza, que forman, medio sepultados en las aguas, un espectáculo magnífico y salvaje.
No obstante que el hielo medio se desmoronaba; aprovechando las sinuosidades de la piedra; embarrándonos en el muro, ascendiamos á buscar el punto de vista más adecuado.
Susto, asombro, curiosidad invencible me arrastraban: el estruendo de las aguas, las corrientes, los árboles como suspendidos en las alturas, algunas flores meciéndose en las crestas de las rocas.
Mis piernas flaqueaban, mis amigos acudieron á mí y me llevaban como en peso; estábamos en las ruinas de madera de un elegante kiosko, en un recodo desde donde se percibe el aplastamiento de tersa roca, desde donde verifican su salto inmenso las aguas.
Enganché mi brazo á un pilar de fierro que estaba en pié; casi suspendí mi cuerpo en el aire, y ví....
Era un piélago inmenso que se tendia y colgaba en una extension que me pareció inconmensurable; sus gruesos pliegues como columnas de alabastro; sus derramados lienzos como cristal; sus encrespados tumbos como plata fundida; el polvo de las aguas como llama disuelta, como ráfagas de rubí, como partículas de oro; y la luz errante, enamorada, enloquecida, saltando, perdiéndose, rielando, riendo, cantando, sobre la insurreccion tremebunda del ruido, de los colores, de los vientos y de los cielos, y á los piés el abismo como apoyándose en las rocas y alzándose para devorar tanta grandeza.
Dios, patria, humanidad, todo querian invocar ó ensayaban maquinalmente mis labios; pero me llenaba el infinito.... Dios hablaba.... ¿á qué el átomo?.... ¿qué tiene que ver con esa sublimidad la voz de la materia?.... ¡Mortal, mortal!.... siente á Dios.... y adóralo!......
No sé por qué mi cuerpo se sentia estremecido en todas sus fibras.... me estaba ahogando el llanto.... ¿qué sucedió de mí? ¿qué sentí? ¿cuánto tiempo duró mi entrevista con Dios?.... yo no lo sé....
Condujéronme mis compañeros á otro punto, desde donde se percibe la gran catarata llamada "Herradura de caballo."
El muro de roca se retira y se hunde, formando una imperfecta herradura en lo alto, como de un banco enorme de toda la anchura del rio; la masa imponente de las aguas se derriba majestuosa y cae compacta, dejando surcos y canales que reverberan como si se derritiera el alabastro; pero la mole es tan estupenda, tan sólida, por usar algo de análogo á mi sensacion, que no es el torrente que salta, se precipita y se estrella en el abismo; es un mar que sucumbe, que desfallece y muere.
La caida se percibe en extension corta, relativamente hablando, porque hay sembrados en aquel abismo peñascos gigantescos, secciones de montañas, ruinas estupendas del cauce, y en esos laberintos de rocas, y en esos despojos de granito, la caida poderosa se despedaza, ruge, como que quiere levantarse de nuevo, desgarrándose, desmenuzándose y envolviendo el conjunto en una inmensa polvareda de agua, que se plega y se desplega como gasa leve, y sobre la cual brillan despedazados y como en girones, los fragmentos del íris.
Y no es el trueno, no es la voz de Dios de que habla Heredia: es un estertor de muerte; es el suplicio de la grandeza terrena, proclamando á Dios al perderse en el caos; es una grandeza que se desvanece en la nada ó el misterio, como las grandezas humanas.
La catarata de Table Rocke es el himno; ésta grave y sombría; es canto solemne que tiene vibraciones de muerte.
En medio aquel espectáculo de aniquilamiento, cuando el horizonte lo cierran las aguas que perecen; en un rincon apartado bajo el azul del cielo, los pinos, los castaños y la pompa de una vegetacion fantástica, como que se asoma al abismo á contemplar la catástrofe de las aguas, prometiendo al espectador la resurreccion de la naturaleza apacible y risueña....
Esos árboles pertenecen á la Isla de Goat, que bifurca la corriente del gran rio que veremos despues.
Los compañeros y yo, costeando los bordes del abismo y atravesando por entre hermosas casitas blancas con sus jardines esmeradamente cultivados, llegamos al gran puente colgante, citado con justicia como una de las maravillas del Niágara.
El puente nuevo estriba en cuatro gigantescos pilares ó torres cuadradas: dos están en la tierra firme de un lado del barranco, y dos del extremo opuesto.
El ancho de pilar á pilar en uno y otro extremo, es de más de diez varas. El largo del puente, ó sea la distancia de borde á borde del abismo sobre que el puente se suspende, es de cerca de trescientas varas, es decir, más largo que la calle de Tacuba ó la de Zuleta.
De lo alto de los pilares se entretejen cables de alambre de fierro, formando de aumento á disminucion, tupidas redes ó hamacas en que cuelga y descansa con robustísimos afiances, la tremenda canoa ó jaula que forma el puente.
Esta canoa tiene dos pisos, con sus enverjados de fierro y madera y la forma de una dilatada galera; por ella, con la mayor seguridad, atraviesa la gente de á pié.
La parte superior ó azotea del edificio, está defendida en sus lados por robustos y bien labrados barandales, como en amplísimo corredor. El centro es la vía férrea, y por allí, estremeciendo el puente, repicando su campana triunfal, con su cimera de humo y de llama suspendida sobre el abismo, en cuyo fondo muge el torrente, cruza la locomotora llevando como cauda los pueblos y los gérmenes de la confraternidad universal. ¡Vaya vd. ahora á copiar numeritos de alturas y dimensiones! ¡pues no faltaba más!
Desde el centro de ese puente se perciben las dos cataratas, las islas de Goat y las Hermanas, con sus hileras de árboles gigantes, las poblaciones americana é inglesa, y el rio que turbulento, encrespado y terrible, corre, despedazando sus entrañas, al cataclismo, como arrebatado por la fatalidad.
En aquel conjunto, entre aquella imponderable grandeza, el Niágara mismo es un episodio desnudo de la imponente majestad de cuando se le contempla en su tremebundo aislamiento.
A la entrada y la salida del puente, los buitres aduanales hacen de las suyas, porque siempre el contraste es más saliente cuanto mayor es el teatro en que se establece.
El lado del Canadá es alegre y florido: la poblacion está como en el descenso ó arruga de una loma.
En la parte que da al camino, están situados los grandes hoteles, casas de comercio y oficinas de fotografía.
A la llegada cercan al viajero, le instan é importunan los repartidores de anuncios, vendedores de fotografías, mozos de fondas y restaurants, y todos esos enjambres escandalosos que imponen un contingente de paciencia á todo el que arriba á una poblacion de por aquellos mundos.
A la izquierda nos acompañaba el torrente; á la derecha los blancos edificios, entre árboles y flores.
Llegamos por el borde del rio á una especie de garita, que nos dijeron llamarse la Cueva de los vientos, aunque de estas cuevas hay varias del lado americano.
En la garita nos instruyeron que en aquel punto se descendia por una escalera de palo, se atravesaba una plataforma saliente muy resbaladiza y peligrosa, aunque defendida por barras y barandales de fierro, y se disfrutaba, bajo la caida de la "Herradura," de un espectáculo terrífico y sublime.
En aquel lugar se provee á los viajeros del descenso arriesgado, de calzado y vestido de hule con su capucha, quedando cada prójimo como un dominó.
Iglesias, Gomez del Palacio, Lancaster y otros compañeros, adoptaron el disfraz; lo mismo hicieron dos señoritas mexicanas, en medio de los generales aplausos.
Yo renuncié al descenso, y miéntras la comitiva desapareció debajo de la tierra, seguí el borde del rio, y hallé, ántes de un magnífico hotel que se llama "Prospects," y del que todas las ventanas dan á la catarata, una empinada escalerita escurriéndose al pié de la gran caida.
El piso superior de la escalera se vuela sobre lo que se llama la "Herradura."
Vese allí en toda su extension el rio sembrado de rocas enormes, entre las que llega chocándose y despedazándose la corriente, alzando plumeros de espuma y polvo: es como media legua la extension. Entre las olas hirvientes crecen el encino, los robles y los pinos de las islas, y la soledad llena de estrépito, remeda una poblacion de espíritus que nos aturden y subyugan.
Llegan las olas hervidoras, como que se enfrenan y comprimen en un semicírculo inmenso de peñascos gigantes, y allí se ahogan y espiran cayendo verdiosas como vidrio fundido, y rindiéndose al precipitarse en aquel derrumbamiento sublime.
El mar espirante se doblega, se aterra, cae á plomo, no se abalanza rugiente al espacio, no se arroja impetuoso, sucumbe exánime como un gladiador hercúleo que inclina la cabeza sobre su pecho para espirar; y así como el humo es el esqueleto de la llama, el polvo de agua es el espectro de la catarata que se eleva ceñido del íris, como un fantasma de la inmortalidad.
En aquel punto no percibí, como todos dicen, circular la caida: á mí me pareció como una escuadra formada por las rocas.... A pocos pasos de mí, un niño, sonriendo, tiraba piedrecillas y se divertia viéndolas desparecer en el raudal caudaloso de las aguas que caian....
Los chorros blancos parecian colgar de lo alto del abismo, la boca del abismo derramaba luz sobre la espuma, las puntas de las rocas eran como cabezas humanas que salian del abismo.
Con miles de trabajos, arrastrándome, sintiéndome inseguro, y en posturas que no eran para exhibidas, razon por la cual no me uní á mis compañeros, descendí hasta un punto en que la escalera se estremecia, y estaba como colgando sobre el abismo, bañándome las chispas de agua que se desprendian de la catarata......
Alcé los ojos, y los volví á cerrar con terror: aquel derrumbamiento, aquella caida, es superior á lo que el delirio mismo puede fingir ni la mente humana alcanzar; era como el desbaratamiento del universo, como si se asistiera al quebrantamiento de la tierra, al desplome de los astros. El trueno, el huracan, la tiniebla, la luz moribunda, la vida en su desquiciamiento estupendo.
¡Sublime Dios! aquellos mares no alzan con su revolucion tremenda una burbuja en el océano de tu eternidad! El espíritu planea sobre estos prodigios, como el águila en los vientos, y en la aspiracion á lo eterno, desparece, como la película de la hoja, este conjunto de maravillas!.... ¡Sublime Dios! alza á tí mi sér; suspéndelo contigo en el infinito, revélame los horizontes de tu grandeza; y esta emocion que se derrama de mi alma como ese inmenso raudal, me identifique contigo, mi fuente, mi raíz, mi padre!....
¿Qué templos, ni qué fórmulas, ni qué palabras pueden contener lo que tú proclamas con esa majestad sagrada?....
Regresé de mi excursion, y mis compañeros duraban en la suya. Entréme entónces en un establecimiento cuyo primer piso lo forman un Museo y un almacen.
Se asciende por una escalera pequeña y se encuentra uno en un precioso mirador de cristales, circular y rodeado exteriormente por un corredor ó faja estrecha, con su balaustrada de cantería.
La vista que se disfruta desde allí, es magnífica: por una parte, el rio y las cascadas; al opuesto, edificios, tendidas sementeras con arboledas en sus confines; por aquel extremo, la poblacion americana; por el otro, el primero y segundo puentes, columpiándose sobre el abismo y dejando ver como en las nubes la locomotora y los elegantes carruajes abiertos que conducen á los sitios de placer.
Paredes, columnas, marcos y vidrios, están materialmente cuajados de millones de nombres, de inscripciones, firmas y recuerdos de los viajeros: el mirador es como un álbum inmenso en que parecen registrados los nombres de todos los mortales. ¡Impotente esfuerzo del renombre! delirio infantil de la vanidad! protesta contra lo efímero y perecedero de la existencia humana!
Me entretenía en recorrer el álbum singular de que acabo de dar idea, cuando fueron brotando de la cueva los viajeros del otro mundo, que me refirieron, cuando subieron á la torrecilla, sus impresiones.
Al descender de la torrecilla, vimos á los dos lados del pasadizo que da á la calle, dos departamentos: el de la izquierda, que es una especie de Museo, con curiosidades geológicas; y el otro, un almacen en que se expenden esas mil chucherías que son la ambicion de los viajeros y el encanto de las ciudades.
Aderezos deliciosos de piedras blancas y trasparentes, pulseras, cruces, aretes, estrellas, bastones de las ramas de los árboles que circundan la catarata, y todo un repertorio de objetos de gamuza bordados de piedrecillas y cuentas nácares, azules, blancas y verdes.
Gorrillas caprichosas, theuas, pecheras y yo no sé cuántas fruslerías dispuestas con admirable coquetería.
Pero la parte sustancial del riquísimo almacen son las vendedoras, porque de luego á luego se ve que su sin par hermosura y sus gracias, entran como parte muy principal en la especulacion.
Cada una de aquellas sirenas del Niágara, lujosamente vestida, con voz angélica y mirada amorosa, se apodera de un viajero, y le sonríe, le conduce, le mima, mostrándole primores.
Aunque el comprador tenga de granito las entrañas, aquellas sonrisas le conmueven, afloja los cordones de su bolsillo, y se hunde; por supuesto que el dengue, y la sonrisa, y la mirada, se incluyen en las facturas, y son fabulosas las exhibiciones.
Mis lectores, que poco más ó ménos conocen la calidad de sus compatriotas, se harán cargo, por esta indicacion, de lo que serian en aquella estancia, al medirse las proponentes las sogas, dejando al descubierto el seno de alabastro; al pugnar por ajustar una pulsera al hijo de Moctezuma; en una palabra, al entretenerse en trato íntimo con aquellas mercadelas tan provocativas y seductoras.
Los jóvenes que hicieron allí sus compras, se desmorecieron, se despilfarraron y salieron con cargamentos de soguillas, cuentas y abalorios.
A poca distancia del Museo, un saltimbanqui nos invitó, por cuanto vos, á que pasásemos á un cuartito circular completamente á cubierto de la luz.
El cuartito es una muy curiosa cámara oscura, en que sobre una mesa cubierta con un lienzo blanco, se disfrutan en miniatura y en movimiento, los paisajes ya descritos.
La oscuridad completa, las exclamaciones de viajeros y viajeras, y la novedad de aquel cuartito contingente, no dejan de tener su atractivo.
Tomamos unos carruajes y dijimos á los aurigas nos llevasen al puente colgante antiguo, que está como á dos millas de la catarata: fué construido bajo la superintendencia de M. Roebling, y tuvo de costo quinientos mil pesos.
Los wagones del ferrocarril Great Western, pasan por el puente á unirse con el ferrocarril central de Nueva-York.
Ahora sí que no se escapan mis lectores de que les copie las dimensiones de este gigantesco puente:
Extension de los palmos de centro á centro de las torres 822 piés.
Altura de las torres del lado americano 88
Idem en la parte del Canadá 78
Idem de los rastrillos sobre el agua 258
Número de cables de alambre 4
Diámetro de cada uno 10¼ pulg.
Número de alambres en cada cable 3,659
Fuerza agregada á los cables 12,400 ton.
Peso de la superestructura 800
Cargas máximas 1,250
Peso máximo que pueden soportar cables y extendederas 7,309
Nota.—Los primeros alambres fueron echados al través del rio por medio de un papelote. (Cop.)
Poco más abajo del puente, del lado americano, nos apeamos para ver, como á media milla, lo que se llama Whiripol, el Vórtice ó la Olla.
El rio se inclina á la derecha entre derrumbamientos de roca y forma como un arco; las aguas, al estrellarse en la inmensa curva y retachar en el muro frontero, forman un tremendo remolino, desgarrándose y levantando altísimos plumeros de agua en proceloso tumulto.
No obstante los peligros inminentes que en semejante punto se perciben, el vapor Maid of the Mist ha hecho por allí sus viajes, siendo para los pasajeros un atractivo desafiar riesgo tan espantoso.
Cerca de las tres de la tarde regresamos al hotel, donde me esperaba para comer mi querido pintor italiano.
El pintor habia recogido todas las anécdotas que se cuentan sobre el Niágara, excursiones peligrosas, caidas tremendas, episodios trágicos y suicidios horripilantes.
Con su fisonomía animadísima y su semblante expresivo, me hablaba de cuadros que tenia en su mente, y deseaba con el ardor del artista trasladar al lienzo.
—Ya conoce vd. el rio ántes de la gran caida, con sus aguas en que se quiebran los rayos del sol: figúrese vd. una jóven de angélica hermosura, con el cabello desordenado por el viento, el velo flotante sobre los bucles de oro de su espalda. Está en una barca pegada á una roca; se ha levantado y se inclina á coger una flor que temblaba sobre su delgado tallo al borde de la caida: de repente una ráfaga de viento la barre y la precipita en el abismo.... ¿qué le parece á vd. ese cuadro?
—Perfectamente.
—Esa señorita es Marta K. Rugg, de Lancaster, cerca de Boston: la desgracia ocurrió en 19 de Agosto de 1844.
—Vea vd. otro cuadro:
—Es una barca que lleva irresistible la corriente por ese rio impetuoso: en la barca, que estaba atada á la orilla, jugaban dos niños á la vista de la madre.... el cable se rompe, la barca se desprende, la niña ha salvado moribundo á uno de sus hijos.... el otro sigue en la barca y le tiende alegre sus bracitos, corriendo al precipicio en que perece, cruzando sobre la mole de la cascada....
—Eso es magnífico!
—Esa se llama la escena de los hijos de Mr. White.
—Tambien creo,—continuó el artista,—que se podria sacar partido de esta otra tradicion:
—Ya escucho á vd.
—Hace años llegó á visitar la catarata una familia, compuesta del padre de ella, la mamá y una jóven verdaderamente hechicera: parece que el viaje se habia proyectado para divagar á la niña de unos amores que reprobaban sus padres.
No contaban los médicos del amor con que el contrabandista piensa más que el guarda.
A excusas, con cuidadoso disfraz y rodeado de precauciones, seguia el galan perseguido á su adorado tormento.
Llegó al Niágara, se alojó en hotel diferente de los objetos de sus cuidados, y tuvo frecuentes entrevistas con la niña.
Esta le dijo que la esperase en una barca, en punto seguro que marcaron, y que allí se reunirian.
El dia dispuesto para la fuga, ántes de amanecer, la enamorada jóven fuese sola á la isla de Goat; allí desgarró en las ramas de unos árboles su schal, arrojó al torrente su gorro, su sombrilla, sus enaguas interiores y su corsé, y á la hora citada se reunió al amante.
Los padres de la jóven, despiertan, la buscan, inquieren, siguen sus huellas y retroceden espantados cuando ven los girones del schal y señales evidentes del suicidio espantoso.
Los novios, entre tanto, seguian su camino en el colmo de la felicidad, llevando el amante vencedor á la señora de sus pensamientos, casi desnuda, en medio de la corriente impetuosa....
—En efecto, podria un hombre como vd. hacer un bello cuadro de esa leyenda.
—Por último, me dijo mi pintor satisfecho, creo que está ya hecho el siguiente cuadro y que solo falta trasladarlo al lienzo. Es muy sabido de todo el mundo y se encuentra en todas las guías de viajeros.
Un indio que bogaba en lo más hondo y rápido del rio, fué arrebatado por la corriente; luchó, se esforzó, ¡pero todo trabajo fué inútil! Entónces, grave y altanero, dejó de combatir, se asentó con majestad en el centro de su canoa, se envolvió tranquilo en su manta, y grande, sereno, imponente é impasible, se abandonó á la corriente, y se le vió erguido, cuando su canoa saltaba sobre el abismo y desaparecia en la eternidad....
—Realmente es sublime ese desden: es de lo más épico ese triunfo del espíritu sobre la muerte....
Los compañeros habian salido á paseo; mi artista tenia quehaceres que desempeñar, y yo aproveché la ocasion para abandonarme á mis sueños, visitando las islas.
Tomé solitario mi camino para la isla de Goat: salió como á mi paso ese torrente formado por la furia y el desencadenamiento de un mar.
A la entrada de la isla hay un puente de fierro, formado de un largo y amplio carril de gruesos vigones, y á los lados, tendidos arcos de cerca de tres varas de altura, con sus enverjados de fierro, pero los arcos desunidos, que dan al puente bellísimo aspecto.
La isla tendrá media legua de extension; la rodea amplia calzada por donde transitan caballos y carruajes. El conjunto tiene semejanza con la parte del bosque de Chapultepec que da al Molino del Rey: de trecho en trecho hay bancos de césped, asientos y glorietas, ocultándose cuidadosa la mano del arte para que resalte el aspecto grandioso y salvaje de aquel sitio delicioso.
Cuando llegué á la isla, habia varios paseantes; en uno de los puentes de madera se hallaba un jóven de rubia y ensortijada cabellera, escribiendo con su lápiz en uno de los pasamanos del puente.
Yo no sé por qué, del modo más inopinado, á la vista de aquel gallardo jóven, en cuyo semblante creia distinguir el reflejo de la inspiracion, me preocupó aquel episodio del Castillo de Chillon que refiere Dumas en sus "Impresiones de Viaje."
"Contemplaba el castillo en ruinas, dice poco más ó ménos, cuando un desconocido se adelantó á mí, penetró en uno de los calabozos, permaneció allí algunos minutos y salió con el emboce á los ojos; yo le seguí curioso con la vista, y me pareció que su andar era desigual; penetré al punto en que habia estado el desconocido.... busqué, inquirí si habia dejado alguna huella.... y ví recientemente grabado en la piedra, de una manera tosca é imperfecta, este nombre: BYRON."
Yo, sin ser Dumas por supuesto, me esperaba un desenlace semejante con aquel jóven desconocido.
Esperé á que concluyera de escribir.... concluyó en efecto.... apénas se alejó, cuando me acerqué á devorar con los ojos lo escrito.... Es de advertir que el puente es un punto de vista magnífico, desde donde se percibe parte del rio y la gran caida del Niágara.... Acerquéme: lo que habia escrito el yankee, porque yankee era mi ideal poético, era una cuenta de cueros de res, harina y sebo.... Dios me tuvo de su mano para no darme de bofetadas por mi desengaño!
Costeando entónces la isla por toda la calzada que da al rio, y cercano á otro descenso que tiene el nombre de Cueva de los vientos, nombre comun á varios puntos, encontré á un hombre que venia hácia mí fumando, y á quien pedí la lumbre: contestóme en correcto frances, y no faltó motivo para emprender conversacion.
Díjome mi nuevo conocido que los primeros visitadores de aquella isla fueron unos oficiales franceses, que en 1785 fueron conducidos allí por unos indios; que la isla la compró despues Mr. Noah, quien habia soñado hacer de aquel punto el refugio de todos los judíos del globo.
Con voz lúgubre é imponente me relató la historia de Francisco Abbot, llamado el Ermitaño:
"Apareció el misterioso personaje al Oeste de la isla de Goat, sin antecedente que diera á conocer su procedencia; formó una cabaña de ramas de árbol, y no se tenia conocimiento exacto de cómo proveia á su subsistencia, porque vivia en rigurosa incomunicacion.
"Durante el dia, y en general en el buen tiempo, no salia de su choza. Pero cuando las tempestades se desencadenaban, al brillo de los relámpagos y á los estampidos del trueno, salia de su cabaña, corria, levantando los brazos y lanzando gritos, á las orillas de los abismos, dando muestras de infinito placer.
"Esto era á mediados de 1830: en 1831, en medio de una de esas escenas de terror, se lanzó á la corriente de la catarata, y su cuerpo, aunque muy mutilado, se encontró catorce millas más abajo de la caida, cerca del fuerte del Niágara."
Seguí en mi paseo: á mi derecha como que se recortaba el borde, presentando varias hundiciones ó claros en que se distinguian espantosas profundidades. Al inclinarme en una de ellas, contemplé agarrándome de las rocas, una escalerilla de palo con escalones débiles y volados, á una gran altura. Temiendo desvanecerme, me senté en el primero de los escalones, y así fuí descendiendo, sintiendo estremecerse de un modo alarmante la escalera; llegué á un descanso, de él se desprende en la roca viva un corredor con su fuerte barandal de madera: es un balcon suspendido sobre el rio ántes de bifurcarse y de caer, y desde donde se percibe en toda su grandiosa, su espléndida, su magnífica extension. Es más de una legua su anchura: desde aquel punto no se perciben con exactitud sus límites.
Arranca el tropel tempestuoso de las aguas desde el confin del distante horizonte, de donde parece saltar del cielo, que en aquel punto parece unido á la tierra: despues, en declive rapidísimo, aquel vacío que se torna mar; aquel éter que se liquida, centuplicando en reverberaciones la luz que se funde; aquella claridad que se hace corpórea, hija del desquiciamiento del mar, parece precipitarse como una columna compacta, entrando por entre lejanas arboledas, corriendo como si á su espalda se agitase el huracan.
A cierta distancia, el lecho del inmenso rio ya no es un cauce; es un océano de peñascos como montañas, de trozos de ruinas, de fragmentos de mundo, que han salvado de trecho en trecho del naufragio la tierra, y donde quedan como guerreando en pié, convulsos y terribles, gigantes árboles que abaten sus ramas como si pretendieran ahogar á sus piés la corriente procelosa.
Aquel esparcimiento de piedras y peñascos, disperso muro, inútil resistencia de las aguas, impotente conato de su detencion y aquietamiento, rompe en millares de olas la corriente, las aisla, las individualiza, y en su vertiginosa impetuosidad, aullan, gimen, prorumpen en alaridos intensísimos, se desgarran, vuelan en fracciones y producen una gritería de articulaciones, como una insurreccion, un tropel, un tumulto, una locura imposible de describirse ni alcanzarse con la imaginacion.
La luz en cambiantes infinitas, vuela sobre las olas desencadenadas, en que se perfila, se dora y se quiebra en desmoronamientos imposibles, estalla en chispas, se recoge y destiende en ráfagas deslumbradoras, miéntras el movimiento remeda la cabellera, el ojo, el brazo, la espalda de cuerpos hundiéndose, desarticulándose y esparciéndose en pedazos, que se trasforman en figuras fantásticas y espantables.
Parece que el mundo todo corre en fracciones en el torrente, y su ímpetu y su empuje son tales, que todo tiembla y se humilla en su alrededor. Parece que presienten su caida las aguas, y como que protestan, como que aullan, corriendo á su suplicio.
En la corriente de los siglos, en el impetuoso torrente del tiempo, ¿qué son las generaciones? ¿qué más da unas cuantas olas más ó ménos de esos que se llaman los dias y los años? ¡Miserable humanidad! ¡Risibles ensueños de inmortalidad mundana!
¿Qué es lo que impera en medio de este cataclismo? El infinito.... el infinito....! Dios.... Dios....!
Grande, profundísima impresion hizo en mí el Niágara; pero no sé por qué la vista de este torrente me sobrecogió más y me sentí grande cuando me llenaba de ella, la podia abarcar con mi alma y la superaba en mis aspiraciones á identificarme con la Eternidad y Dios......
Atravesé el corredor de madera y salté á una roca que está coronando la caida de la catarata: allí hay unos fierros en ángulo perfecto, estribando en fuertísimos pilares tambien de fierro: el balcon permite inclinarse sobre las aguas, recogiendo los últimos instantes del torrente al precipitarse en el abismo de la sombra pálida de la caida.
En aquel lugar, y no obstante que el viento me importunaba y los últimos rayos del sol caian sobre mí, revistiendo las olas en hirvientes corrientes de púrpura y de llama, trabé mi brazo á uno de los pilares, saqué mi cartera y escribí con mi lápiz los siguientes versos, que no tienen otro mérito que ser un desahogo de mi corazon:
EN EL NIÁGARA.
¡Silencio! el infinito! el infinito! Te miro al fin aquí, y átomo débil Ante este golfo hirviente, Donde mil ecos con tu voz resuenan, Do tu mirada omnipotente brilla, Reverente se dobla mi rodilla Y al polvo pego mi altanera frente! ¡Gran Dios! gran Dios! desprende de mi seno Un cántico sublime, No con la voz del mísero que gime: Con la pompa magnífica del trueno. ¿Ondas, de dó venís? De otras regiones Correis como en tumulto despeñadas, Os revolveis en contorsiones locas, Y gemís al chocar despedazadas En los pechos gigantes de las rocas? Del Océano en vehemente descarrío, Prófugas ondas, ¿con feroz bravura Escalar pretendísteis el vacío, Ebrias por el despecho y la locura? ¿O vibraciones de himno al infinito Que el mundo alzara en entusiasmo intenso, "Dios!" vais clamando en sempiterno grito Hasta perderos en el mar inmenso? Esas voces sin labios que se escuchan: Esos cuerpos informes que se agitan: Esos grupos que llegan, que reluchan, Y al abismo en tropel se precipitan Envueltos en la bruma, Alzando montes de revuelta espuma!.... Esas furias de luengas cabelleras Que visten ropas de ópalo y de gualda, Que al morir nos contemplan hechiceras Con sus ojos divinos de esmeralda! Esas rocas de frente enaltecida En trono de granito presidiendo, Como mirando en sempiterna vida Siglos y siglos á sus piés corriendo!.... ¡Augusta Majestad! la tierra en vano Tiende los brazos y te sigue amante; Parece que á desviarte del destino A tí se acerca temerario el pino, Y al verte despeñar, su voz que gime Se une al acento de tu voz sublime. ¡Ay! este es el espanto, es el suicidio De la corriente, el delirar tremendo Que se agita entre aullidos y terrores; Que lucha, sus tendones retorciendo, Y que esperanzas, ilusion, fulgores, Pasan fugaces cual la vida pasa, Como esa leve y delicada gasa En que el íris derrama sus colores. Cuánto más dulce, caudoloso rio, En tu existencia sosegada fueras, Música dando al blanco caserío Y regando las verdes sementeras. Acaso no escucharas de la gloria Los mil acentos que tu pompa inspira; Pero acaso no hallara tu memoria, Ecos de vanidad y de mentira. Silencio! y hable Dios: él es tu canto, Y son tus aguas su sublime coro: Los mil recuerdos en que tierno adoro, Niágara, te consagro con mi llanto! Guillermo Prieto. Mayo 4 de 1877.
Eran las últimas horas del dia: con la luz del crepúsculo muriendo en los claros del distante horizonte, cobró el paisaje una majestad melancólica y sublime que embriagaba el alma con el infinito del amor y el ensueño.
Recorrí al paso, mejor dicho, ví las otras islas que llevan el nombre de "Las tres Hermanas" y otras, y regresé al hotel, rendido de sentir.
Recogido en mi cuarto, abrí mi cartera, y yo mismo me reí de las apuntaciones que hice frente á la "Herradura;" apuntaciones que son la prosa más pedestre que pude hallarme, á fuerza de buscar exactitud. Tiene la palabra mi prosaica cartera:
"Como si brotaran de un mundo desconocido, así se ven á lo léjos las aguas. Parece que se ha desquiciado el Océano.
"Abre sus brazos el agua y sorprende á las islas, que como que forcejean por huir de la corriente, dejando despedazados encajes á sus piés.
"Es deliciosa la vista de la espuma trémula y brillante sobre el verde oscuro de las aguas, que se redondean como cilindros de esmeralda en la parte superior de las rocas.
"El íris no lo ví como lo pintan, es decir, como un arco inmenso ciñendo la frente de la catarata; vuela en fragmentos, como si entre las aguas se hubiese despedazado el prisma.
"El abismo como que nos magnetiza y encadena, nos estira, da miedo, como que aprisiona.
"El estruendo es la voz del Niágara y como la revelacion de su grandeza.
"Al verse la catarata, se ve despeñar una inmensa cortina blanca y caer lentamente á plomo.
"El agua pierde su carácter: es como una inmensa y gruesa sábana con hondos pliegues.
"El torrente invade, batalla, se despedaza. La catarata sucumbe.... El agua verdiosa que corre á sus piés es cenagosa, vulgar, es la prosa; más aún, el bostezo.
"La gran catarata tiene realmente la figura de una escuadra: sobre ella se dobla el agua, se guillotina el rio. La corriente cae como en copos, en vellones formando canales, y cae con un rumor sordo que pone espanto en el alma."
Así como la intensidad de la impresion que produce la catarata no permite su prolongacion, así despues de haberse visto quiere volverse á ver de nuevo, como para iniciarse en sus intimidades, como sucede con el mar.
Yo queria que aquel espectáculo grandioso fuera para mí solo, hacerlo mio, absolutamente mio, como si se tratase de una querida.
Preocupado con este pensamiento, me puse de acuerdo con el portero del hotel, y á las dos de la mañana me hallaba en el pretil de ladrillo saliente que ya conocemos al comenzar nuestra excursion.
Allí ví un guardia con su farolillo, que me examinó con marcada desconfianza y me siguió constante.
La luna brillaba entre nubes, el grande estrépito retumbaba en las tinieblas, y las casas cerradas, y los caminos solitarios, y las copas de los árboles dominando sobre el abismo, ofrecian un cuadro de encanto indefinible. Volví al hotel, y allí escribí los versos que siguen y dediqué á mi excelente amigo Néstor Ponce de Leon:
AL NIÁGARA.
En la noche me despierto Por ver si la noche puede, Hacer sombra que remede La majestad del desierto. Porque á contemplar no acierto Tu grandeza soberana, Entre la rutina humana Que ruin en tu torno gira, Y que miéntras más te admira Parece que te profana. —— Monstruo de horror que del cielo Sublime te precipitas, Y que tumultuoso gritas Haciendo temblar el suelo. Loco afan, eterno anhelo De pasar para perderte; Que en tu congojosa suerte Agitada y combatida, Vas como huyendo á la vida Sin descansar en la muerte. —— Llegas en marcha altanera Por entre hondas soledades, Y vienen las tempestades Persiguiendo tu carrera. Y cuando tu pompa impera Rasgas el hirviente seno; De horror y soberbia lleno Te lanzas en el abismo, Espantado de tí mismo, Entre gemidos de trueno. —— En tu ciego descarrío, Hecho el corazon pedazos, Tiendes al campo los brazos Y lo aprisionas impío. Al estrecharlo bravío En tu avidez impaciente, Se contempló en tu corriente; Y en sus deliquios divinos, Coronó de excelsos pinos La majestad de tu frente. —— ¿Qué quiere el tropel errante Envuelto en la blanca bruma, Entre montañas de espuma, Entre el tumulto irritante? Es un mar agonizante En terrible batallar, Es de la onda el delirar, El retorcerse, el sufrir.... Es que me siento morir Mirando morir al mar. —— Llega rio cristalino, Raudo, tempestuoso, hirviente; Despues inclina la frente Entregándose al destino. Grande el Hacedor divino Tras velo sutil desata Como un sudario de plata, En que el íris sus colores Rompe entre los resplandores De la hirviente catarata. —— A su pié la miré atento Creyendo, sobrecogido, Que caia ante mí fundido Y en tumbos el firmamento. En el discurrir violento De aquel raudal infinito, Como de un mundo maldito Creyó ver mi mente loca, Los cartílagos de roca Y los huesos de granito. —— ¿Qué es el hombre? qué la suerte? ¿Qué es el ciego devaneo? ¿Qué los sueños del deseo? ¿Qué es la vida, qué es la muerte? Dios poderoso, Dios fuerte! Aquí te encontró mi amor: Guarde este abismo, Señor, Como signo de victoria, En esos ecos tu gloria Y en las aguas tu esplendor. —— Tú morirás: habrá un dia Que alumbre la luz serena, Sobre tu lecho de arena Tu congojosa agonía. La frenética osadía De ese tu girar incierto Se extinguirá en el desierto, Contemplándote la gente En tu esqueleto doliente, Como se contempla un muerto. —— ¿A qué nuestra vanidad, Mirando en tí al íris bello, Lo interpreta como el sello De la augusta eternidad? Morirá tu majestad Del tiempo al fatal vaiven, Y te hundirá su desden En los abismos profundos, Con el polvo de otros mundos Y con mi polvo tambien! Guillermo Prieto. Mayo 5 de 1877.—Son las tres de la mañana.
A la salida de la luz, saludé reverente al 5 de Mayo, con mi pintor entusiasta, que amaba la memoria de Juarez y que lo mencionaba unido siempre á Garibaldi, en ese idioma de cielo que hablaron el gran Dante y mi querido Ludovico Ariosto.