TIPOS FEMENINOS.
Reading edition
LA MADRE.
ARTÍCULO PRIMERO.
Si deseais hallar en la tierra algo
que dé idea de la perfeccion divina,
buscadlo en la madre.
Ferriz Villeda.
I.
Empiezo estos modestos estudios de los tipos femeninos por el que me parece el más grande, el más sublime de todos, por el que creo que es la base de la familia, así como la familia es la base de la sociedad.
La madre es á mis ojos la figura más grande, más noble y más hermosa de la creacion; ella es la que anima, la que sostiene, la que consuela, la que sobre todo ama y perdona, que es la sublime mision de la mujer.
Puede el hombre atravesar por los huracanes de la vida; puede sufrir el choque de las pasiones y ser amargado por los desengaños; puede combatir cuerpo á cuerpo con los mayores peligros; puede ser extraviado por sus malas pasiones, y pervertido con el contacto del mundo; pero jamas se borrarán de su alma las primeras ideas, cuyo gérmen ha depositado en ella la mano piadosa de su buena madre.
De los pobres seres que no la tienen han salido siempre los grandes criminales, y esos monstruos de maldad, horror de la naturaleza.
Y decimos de los hijos sin madre en absoluto, porque puede estarse sin madre así moral como materialmente, pues hay mujeres que no merecen este nombre sagrado, aunque hayan dado á luz numerosos hijos.
Pero los ejemplos de madres desnaturalizadas son raros, y en cambio la historia nos los ofrece repetidísimos de heroismo materno.
II.
La primera figura que se ofrece á nuestras miradas al empezar á distinguir los objetos es la de nuestra madre; que se apoya en nuestra cuna y espía nuestra primera sonrisa.
Crecemos, y nuestra inteligencia se va desenvolviendo, mirándola velar nuestro sueño, escuchando el dulce cantar con que le arrulla, sintiendo en nuestra frente el dulce calor de sus besos.
¡Feliz la que ha conocido jóven áun y hermosa á su madre!
¡La imágen que guarda de ella en su corazon reune la perfeccion física á la moral, y cualesquiera que sean las pruebas por que pase, halla su refugio en aquel recuerdo incomparable!
¿Pero cuándo puede una madre dejar de ser bella?
¡Jamas!
Ora la veamos con los cabellos blancos, ya estén vestidos con el matiz de oro ó de ébano de la juventud, la madre está siempre rodeada de una aureola de belleza y de poesía.
La amistad, el amor mismo nos engañan muchas veces; el amor paternal es tambien capaz de flaqueza y de olvido; sólo el amor de la madre es infinito, como la clemencia celeste.
Una madre es la figura más noble y más poética que la humanidad nos presenta.
María, Madre de Dios, es la personificacion del amor tierno y sublime, que llega hasta la heroicidad.
La Vírgen de Judá no es más que madre desde el instante en que el ángel le anuncia que ha concebido; su pensamiento, su corazon, su alma entera está unida á su adorado Hijo: en él piensa á todas horas, y desde el dia que le da á luz, se consagra única y exclusivamente al cuidado de su infancia; síguele en su vida errante y trabajosa, oye su divina palabra confundida entre las gentes del pueblo, y llora y siente, conmovida hondamente por el raudal de sabiduría que brota de los labios de aquel hombre, el más grande que ha nacido del seno de una mujer.
El suyo se enorgullece de haber abrigado á Jesus; su corazon palpita acelerado, sus mejillas se ponen encendidas, sus ojos están húmedos y brillantes; la Vírgen divina deja el lugar á la Madre, que siente con su Hijo, que se arrebata al oirle, de amor y de entusiasmo.
Síguele más tarde en todo el curso de su dolorosa pasion, y le acompaña durante su prolongado martirio. ¿Qué dolores son comparables á los que sufre aquella madre, la más amorosa y tierna de cuantas han existido? ¿Qué tormentos pueden igualarse á los suyos?
¡La muerte es mil veces más dulce que aquella agonía prolongada, amarga, lenta, fria, por decirlo así, pues no tenía ni podia hallar consuelo en lo humano!
Vedla despues, sentada al pié de la cruz, sin lágrimas, y contraidas sus facciones por aquel mortal dolor, que despedaza su corazon. ¿Cómo aquella bella y delicada naturaleza supo soportar tan acerbo martirio? Sólo porque su mismo Hijo la impuso la vida, haciéndola la Madre de todos los hombres en la persona del discípulo amado.
--¡Hé aquí á tu Madre! dijo al apóstol.
--¡Hé aquí á tu Hijo! añadió dirigiéndose á María.
De esta suerte dió á la humanidad entera el santo escudo del amor maternal.
III.
¡Cuán sublime es la mision de la madre!
Ella es la que lleva el peso de todos los cuidados de la casa; ella la que medita, la que se desvela para que cada uno de sus hijos halle el bienestar, segun su carácter y sus aspiraciones.
Aunque se halle dotada del organismo más exquisito y más poético, toma para sí las mil pequeñeces materiales que fatigan su espíritu, y que la hacen vegetar en las heladas regiones del positivismo; y como descanso de sus contínuas fatigas se refugia en la religion, para orar, ántes que por ella, por sus hijos, que son la parte más querida de sí misma.
No es al padre á quien se confian los sueños dolorosos, que á veces nos asombran, las ilusiones de un amor naciente, y las aspiraciones de gloria, que al dar los primeros pasos en la senda de la juventud, se agitan en nuestro cerebro; ¡es á la madre! porque la madre, áun más que aconsejar, adivina, consuela, comparte nuestras esperanzas y llora nuestras decepciones.
Si por acaso la inteligencia de la madre no está al nivel de la de su hijo, siempre hay en ella bastante abnegacion para comprenderlo así, y siempre halla recursos en su imaginacion para analizar y dirigir el pensamiento de su hijo.
Y si la madre posee elevado talento, ¡cuánto más grande es su sacrificio!
Á la vez que madre es mujer, es decir, un sér sujeto á sueños é ilusiones; un sér apasionado, sobre el cual ejercen una poderosa influencia los objetos exteriores, y que por lo mismo experimenta muchas veces una vaga tristeza, y cede con frecuencia á un profundo desaliento, que disimula heroicamente para animar y consolar á sus hijos.
¡Cuántas veces la madre tiene que combatir con su esposo, empeñado en contrariar la vocacion de su hijo acerca de la carrera que ha de seguir, ó la inclinacion amorosa de una hija!
¡Cómo suplica entónces!
¡Cómo emplea la doble elocuencia de su corazon y de su talento!
¡Qué inagotable es el manantial de su llanto!
¡Qué irresistibles argumentos halla!
¡Feliz aquel que ha hallado una madre inteligente y tierna apoyada en su cuna!
¡Feliz quien se apoya en este amor, el más santo, el más sublime de todos!
LA MADRE.
ARTÍCULO SEGUNDO.
I.
La historia de Roma nos presenta en medio de sus escándalos, el más sublime ejemplo de amor maternal que puede encontrarse.
Agripina la Grande, la esposa de Germánico, fué desterrada despues de su viudez, con sus hijos, á la isla Pandataria (hoy de Santa María) por su tio, el cruel emperador Tiberio.
Demasiado sabía la desgraciada princesa que no era á sus hijos á quien más ódio profesaba el Emperador; era á ella á quien aborrecia; á ella, nieta del divino Augusto, esposa del Gran Germánico, y adorada del pueblo romano y de las legiones que por sí misma habia conducido tantas veces á la victoria, acompañando á su esposo para alentar al ejército.
Y no era su destierro, ni su desgracia, ni su pobreza lo que deploraba, sino la suerte de sus hijos, condenados por ella á todos los dolores, á todas las humillaciones, y privados de su rango y de sus bienes; por eso desde el instante en que salió de Roma, en la oscuridadde una tempestuosa noche, sólo supo emplear su pensamiento en combinar los medios de salvar á sus hijos de aquella inmensa desgracia.
Tristemente sentada en una pobre barquilla atravesaba el Tíber, envuelta en su manto y rodeada de sus hijos, abrigando á unos contra su seno, cubriendo á otros con su velo, y sosteniendo en sus hombros las bellas cabezas de sus hijas Julia y Drusila, niñas aún, pero que ya prometian todas las gracias de una bella adolescencia.
--¿Qué haré? se preguntaba la infeliz princesa, con esa voz del alma que no sube á los labios, pero que es tan desolada, tan triste y tan profunda; ¿que haré para salvar á mis hijos?
Y la misma voz le respondia:
--¡Morir!
Repitiéndose sin cesar la terrible pregunta y la aterradora respuesta llegaron al destierro, y entónces se apoderó más que nunca de Agripina el deseo de morir, para recomendar á sus hijos á la clemencia del Emperador.
Pronto pudo ponerlo por obra: empezó diciendo á sus hijos que queria comer sola, y arrojaba al rio, que corria bajo su ventana, el alimento que sus esclavas le servian.
Bien hubiera querido precipitarse ella en aquel mismo rio, mas pensaba en la dolorosa sorpresa de sus hijos cuando se hallára su cadáver arrojado á la orilla por las turbias ondas, y desistió de la idea de buscar una muerte pronta; la del veneno, la del puñal, tenian las mismas dificultades, y optó por la más dolorosa para ella, ansiando, ante todo, no herir con una funesta sorpresa, á los seres que amaba con tanto delirio.
Optó, pues, por la muerte de hambre, la más lenta, la más dolorosa de las muertes; pero la única tambien que podia engañar á sus hijos.
¿Puede encontrarse un ejemplo más heroico de abnegacion maternal?
Algunos dias pasaron: la madre recibia siempre á sus hijos á media luz, y con la sonrisa en los labios.
Un dia se la hallaron muerta en su lecho: á su lado habia un pergamino que contenia estas palabras, escritas con mano trémula.
--¡Hijos mios, no existiendo yo volveréis á Roma y al lado del Emperador... adios, y perdonadme si os dejo!
El médico, llamado para que examinase el cadáver, declaró que Agripina se habia dejado morir de hambre; y sobre los restos de aquella madre heroica hizo Calígula, el mayor de sus hijos, el juramento de aquella venganza que se cumplió, y que asombró á toda la tierra.
Aquel rasgo de amor maternal ha vivido como un ejemplo sublime á traves de los siglos; y, sin embargo, yo creo que en nuestros dias hay muchas madres capaces de hacer lo mismo que la ilustre matrona romana.
II.
Hay en la madre tal abnegacion, tanta ternura, tan natural inclinacion al sacrificio, que nada le cuesta exponer y áun dar la vida por sus hijos.
En mi concepto, el sacrificio moral de la madre es más meritorio y más sublime que el material que hizo Agripina; la influencia de aquélla en la familia es hoy de la más alta importancia, y crecerá aún, cuando se eduque á la mujer con más esmero y cuidado del que se ha empleado hasta el dia.
Una madre puede hacer de su hijo lo que quiera; y este axioma, que puede afirmarse como una verdad, le vemos comprobado en dos hombres eminentes, contemporáneo el uno, y el otro nacido en época no remota.
Alfonso de Lamartine debe á su madre, si no su talento, el rápido desarrollo del mismo, y el carácter noble y elevado que este mismo talento tomó: aquella madre bella, poética, entusiasta, tierna y melancólica, modeló á su imágen el alma de su hijo, ó más bien el alma del poeta, era en las manos de su madre un instrumento sonoro del que sacaba celestiales melodías.
Ya en la ancianidad, el poeta se acuerda todavía con ternura de aquella madre, que, vástago de una de las más ilustres familias de Francia, se encerró con su esposo, sus hijos y su libro de oraciones en una pobre casa, antigua y desmantelada, donde todo su recreo consistia en mirar el cielo á traves de los viejos árboles y enseñar á su Alfonso á pensar y á sentir.
Bien se conoce en los escritos del poeta que el talento de una mujer hizo brotar y dirigió sus primeras impresiones: de ahí proceden esa melancolía que resalta en ellos, esa dulzura en los giros, esa belleza en las imágenes, esa inquebrantable fe religiosa, esa exquisita elegancia, esa poesía inagotable, que se advierten en todas las obras de Lamartine: sus detractores dicen que su pluma es un tanto femenina, y tienen razon: ése es el más alto elogio que se puede hacer de su madre.
Cuando el poeta, hombre ya, deja para ir en busca de la fortuna el dulce abrigo del ala maternal, aquel cariño tierno é inteligente le sigue por todas partes, excusa sus errores, le socorre secretamente en sus locos gastos; y cuando llega la hora del amor para Alfonso de Lamartine, la dulce madre comparte con el corazon de su hijo, no sólo todas las penas, sino todas las punzantes emociones de una pasion, acaso culpable, pero verdadera y profunda.
III.
En todos los escritos de Lamartine reside el alma grande, bella, piadosa, tierna y apasionada de su madre; si todos los hombres tuviesen una madre como aquella, habria tambien más nombres gloriosos en el mundo, y las malas pasiones no tendrian tanto imperio.
Como se ve, no quiero hablar aquí del amor ciego é ininteligente de la madre que sólo alcanza á desear una absoluta dominacion sobre sus hijos, y que más que abrirles el camino de la vida y de la inteligencia, se los obstruye todos. Hablo del amor á la vez inteligente y apasionado, como del bello ideal del cariño materno; pero áun aquél es á mis ojos respetable, pues si en sus manifestaciones es errado, en el fondo es grande y lleno de abnegacion.
En el artículo siguiente hablaré de la triste influencia que su madre ha tenido en el destino de otro hombre ilustre, y á la vez muy desventurado.
LA MADRE.
ARTÍCULO TERCERO.
I.
Triste es el ejemplo que vamos á ofrecer á nuestros lectores, y, sin embargo, le elegimos entre muchos, como el más elocuente y como el más propio para manifestar hasta dónde llega la influencia de la madre sobre su hijo.
Ya hemos visto la saludable que ejerció Mad. de Lamartine en el suyo; hablemos de la funesta, de la tristísima, que Lady Byron tuvo en el carácter y en el destino del ilustre poeta que le debe la vida.
La orgullosa y severa Inglaterra se envanece, y con justísima razon, de contar entre sus hijos al poeta cuyo nombre ha llenado con su gloria al mundo entero; pero si esa nacion, moral por excelencia y amante de la familia, separa sus ojos de madre de la entidad poeta de Lord Byron, y los fija en la entidad hombre del mismo, es seguro que los cerrará avergonzada.
Lady Byron estaba dotada de una hermosura encantadora y de un talento tan grande, que no podia comprenderse sin asombro, ó más bien que podian comprender muy pocas personas, pues sólo la inteligencia grande es la que sabe medir y apreciar la grande inteligencia.
Lady Byron no fué dichosa en su matrimonio; á pesar de sus sobresalientes dotes de talento y de hermosura, ó quizá á causa de estas mismas dotes, mal apreciadas de su marido, detestó el lazo eterno que á él le unia, y el nacimiento de su único hijo Jorge la causó más disgusto que placer.
La muerte desató su cadena conyugal, y, viuda ya, amó ó creyó amar muchas veces, engañándose siempre y mirando caer á sus piés los ídolos que su propia imaginacion habia levantado y vestido con doradas galas.
En la perpétua tempestad de su vida, poco ó nada pensaba en su hijo, que desde su más tierna edad escandalizaba, con los arrebatos de su carácter, á los sesudos profesores y á los inocentes educandos de los colegios de nobles de Harrow y de Cambridge; si Lady Byron hubiese modelado desde entónces el carácter de su hijo con el blando cincel del amor materno, seguramente no se hubiesen desencadenado más tarde las furiosas pasiones, que sumergieron la gigantesca naturaleza de Jorge en el abismo de todos los excesos.
Aquella madre fatal reunia una razon débil á una imaginacion ardiente y soñadora y á un corazon árido y frio; su salvaje orgullo le hacía negar todo cuanto no comprendia; sus creencias religiosas, débiles siempre, desaparecieron por completo cuando más falta le hacian; cuando la edad del amor habia pasado; cuando su cabeza, rehusando abrigarse bajo la santa bandera de la fe cristiana, debia quedar expuesta á todas las tempestades de la vida.
II.
Jorge Byron fué á la casa maternal, expulsado del colegio por su desarreglada conducta, hija sobre todo del abandono en que su madre le dejaba; y en vez de hallar en aquella madre una amiga tierna y previsora, halló una mujer dura, fria, indiferente para él, y que en su helado y extraño escepticismo, se reia de las cosas más santas, y se burlaba de todo.
No se lanza á traves de las selvas el caballo que ha roto el freno con más ardor y bravura en la carrera, que el jóven Lord se lanzó en todos los excesos de la vida libertina; juzgó á todas las mujeres en su madre, y á todas las despreció, siendo para él juguetes que le divertian más ó ménos tiempo; sus poemas Childe Harold, El Corsario, Chiam, La Desposada de Abidos, Lara y Don Juan, elevaron su fama al más alto grado de la gloria; pero ¡qué vida la del poeta! viajando sin cesar para olvidar el vacío que ni la gloria podia llenar, cansado de honores y de riquezas, consumido de hastío, Jorge Byron era el hombre más desgraciado de la tierra.
Fatigado de su deplorable existencia, quiso ver si hallaba la calma en el puerto del matrimonio, y obtuvo la mano de Mis Milblanc, jóven encantadora, que le dió pronto una hija; pero los lazos de la familia se le hicieron insoportables al poco tiempo, y huyó á Ginebra, trasladándose despues á Florencia.
Para que no existiese una desdicha que Jorge no apurase, le llegó la hora de amar verdadera y profundamente, cuando ya estaba unido á otra mujer; la Condesa de G.... fué la que le inspiró el único amor de su vida, y la Condesa estaba casada como él.
No es de este lugar el referir los escándalos que estos amores produjeron: la Condesa, cansada del carácter de Byron, agobiada con la esterilidad de aquel corazon que sólo por ella latia, pero que en todo lo demas era de piedra, tuvo, por fin, el noble valor de desprenderse de tan funestos lazos, y Lord Byron, desesperado, recorrió la Grecia y se ocupó en conspirar, hasta que á los treinta y siete años murió de una fiebre inflamatoria, asistido y cuidado solamente por un fiel criado suyo.
III.
Tal fué, considerada á grandes rasgos, la vida de este gran poeta, de quien una madre tierna y piadosa podia haber hecho un buen ciudadano, un buen esposo, un buen padre, y sobre todo, un hombre feliz, y que fué el más desgraciado de los vivientes y uno de los hombres más bajamente viciosos.
Aquel que estudie el carácter y los escritos de Lord Byron hallará entre unos y otros las más extrañas contradicciones; escéptico en su vida, se lamenta amargamente de no haber nacido católico; aristócrata por la cuna y el carácter, hace alarde de despreciar las preocupaciones de su clase; abomina la disipacion en sus obras, y su vida no es otra cosa que una disipacion continuada; considera el matrimonio como una calamidad insoportable, huye de él, y escribe que el matrimonio es el estado más feliz de la vida.
¡Pobre y enferma cabeza! ¡Pobre corazon extraviado y solitario en los desiertos de la vida! ¡Pobre y gigantesco pensamiento, aspirando siempre á un más allá que no encontraba! ¡Si una madre tierna, piadosa é inteligente te hubiera prestado el calor amoroso de su seno; si te hubiera mostrado el cielo con la palabra y con el ejemplo de una virtud suave y sencilla; si te hubiera abierto en su corazon un refugio á todas las decepciones, á todos los dolores de la vida, hubieras sido feliz, aunque no hubiera sido de otro modo que agradeciendo á Dios tu propia grandeza!
IV.
El mundo, casi siempre justo, se ha encargado del castigo de Lady Byron; en vez de rodear su memoria de la aureola de gloria eterna que de justicia se debia á la madre de tan gran hombre, sólo la representa cubierta con los negros velos del sombrío escepticismo y del helado orgullo.
Deploremos todas las mujeres que aquella mujer ilustre, que aquella madre, no se haya elevado sobre su pedestal de palmas y de flores; deploremos que no adorne su frente la augusta corona del amor materno; ciñéronla, es verdad, la de la hermosura y la del talento; pero ¿qué valen éstas, si no sostiene los suaves y perfumados velos del amor maternal y de la fe cristiana?
¡Nada! Todo perece en la tierra para aquella que, habiendo dado á luz hijos, no puede esperar que se grabe en su losa funeraria:
¡Aquí reposa una buena madre!
LA MADRE.
ARTÍCULO CUARTO.
I.
--¡Dadme hijos, Dios mio, ó haced que muera!
Este era el grito que Raquel elevaba al cielo cada dia: éste era el grito de las mujeres de la nacion predestinada, donde todas aspiraban á ser la madre del Mesías.
Este es el grito que hoy tambien se escapa del seno de muchas mujeres, que se inclinan sobre una cuna, áun vacía.
Desde que la mujer siente un hijo en su seno, sólo anhela la venida de este hijo; su corazon se llena de la ternura más fuerte, más pura, más desinteresada; de la ternura que da siempre, y que no recibe casi nunca: de una ternura que no agotan ni las fatigas, ni los sacrificios, ni áun la ingratitud, que es algunas veces su recompensa; de una ternura que no se asusta de las pruebas más duras y que, cuando tiene su orígen en la sagrada fuente de la religion cristiana, nutre, como dice San Agustin, almas para el cielo.
Séfora, madre de los Macabeos, supo exhortar á sus hijos á resistir al tirano Antíoco, y á desafiar el horror de los tormentos, porque aquella valerosa madre amaba á sus hijos tanto y tan bien, que anhelaba conquistarles, áun á costa del martirio que su corazon sufria al verles martirizar, la felicidad eterna.
«Esta madre era--dice la Escritura--admirable y digna de vivir en la memoria de todos.»
Antíoco quiso conquistar por el prestigio de las riquezas y de los honores al más jóven de los hijos, al Benjamin de esta heroica Raquel: mas ella, inclinándose hácia el niño, le exhortó con penetrante energía, y le rogó que fuese digno de sus hermanos y de sí mismo.
«El Rey, inflamado en cólera, fué más cruel con este niño que con sus demas hermanos, y aquél murió confiado en el Señor: la madre sufrió la muerte despues de todos sus hijos»[2].
II.
Virgilio ha celebrado con su poesía encantadora á la madre de Euryalo, la única entre las mujeres troyanas que tuvo valor para seguir el destino de su hijo. Euryalo sucumbe en el combate, y su cabeza, colocada en la punta de una lanza, es paseada ante las tiendas.
La madre, atraida por los gritos de los vencedores, sale del campo de Eneas, á favor del cual combatia su hijo, y vuela al del enemigo, donde aquél ha sucumbido; ve la cabeza de Euryalo; los cabellos de la madre se erizan sobre su frente; su rostro se cubre de mortal palidez; su corazon se ha partido de dolor... tiembla un instante... extiende los brazos, y cae con el rostro contra la tierra, para no levantarse jamas.
Santa Mónica, la dulce y amable madre de San Agustin, mostró su amor hácia su hijo, llorando desconsoladamente los excesos de aquél, y ofreciéndose al cielo en holocausto de sus errores.
San Agustin lo dice en estas admirables palabras, dignas de su colosal talento: «Mi madre ha sufrido mucho más para engendrarme á la verdad y á la virtud, que para darme al mundo.»
Estas palabras encierran una elocuente leccion para todas las madres, porque la maternidad moral es el complemento de la maternidad material, y no pueden las mujeres ser dignas del sagrado nombre de madres, sino educando á sus hijos y haciéndolos amar la virtud.
Santa Mónica comprendia así su admirable mision: educó á su hijo con más tierno cuidado; le dió los profesores más distinguidos de su tiempo para que cultivasen su talento, y ella se reservó el cuidado de formar su corazon; siguióle á Cartago, á Roma, á Milan, hablándole siempre en lenguaje dulce y penetrante y mostrándole á la vez el ejemplo de todas las virtudes.
Pero todo era inútil: el hijo rebelde, extraviado más bien por su imaginacion ardiente que por su corazon, no escuchaba nada, y saltaba de abismo en abismo; un dia el peligro en que se arrojó era tan grande, que el corazon maternal estalló en sollozos profundos y desgarradores.
Dios escuchó aquel grito supremo y ablandó el corazon del hijo, que se volvió por entero hácia su madre.
Mónica lloró veinte años; pero obtuvo, no sólo la conversion, sino la santidad de su hijo; murió dichosa y tranquila, y aquel hijo, que fué obispo, lumbrera de la Iglesia y doctor de sabiduría consumada, no podia, ni áun en los dias de su ancianidad, hablar de su madre, sin que una gota de llanto subiese de su corazon á sus ojos.
La historia de San Agustin, de «ese hijo de tantas lágrimas», es el triunfo del amor maternal y de la confianza en Dios.
III.
San Juan Crisóstomo, ese genio admirable, debió á su madre la cultura de su espíritu y la de su corazon; era hijo de una viuda y quiso separarse de su madre para irse á vivir entre los solitarios de Egipto; pero su madre le detuvo por el tierno discurso que la incomparable pluma del santo ha legado á las edades futuras.
«No me hagas viuda segunda vez, le dijo la amorosa madre; no despiertes, hijo mio, un dolor que está sólo dormido; espera que yo muera; ¿no sabes que jamas he querido formar nuevos lazos, ni abrir á un nuevo esposo la casa de tu padre? Era muy jóven cuando le perdí, pero Dios ha velado sobre mí, yo me dediqué por completo á mi hijo y mi corazon estaba lleno de valor; ¡verte sin cesar, mirar en tus facciones un reflejo de las de tu padre, era mi placer de todos los instantes! Antes de que tu lengua pudiera articular el nombre de madre, tu vista sola me daba la vida; no me dejes ahora: cuando hayas acostado mi cadáver en el sitio donde reposan los huesos de tu padre, emprende largos viajes, cruza los mares, pues que serás dueño de tus acciones; pero en tanto que yo respire, hijo mio, sufre la compañía de tu madre y teme el enojo de Dios, sumergiéndome en un dolor que no he merecido.»
Aun hablaba la amable y dulce madre, y Juan, con las dos manos entre las de aquélla, le prometia no afligir su vejez, vencido hasta en su deseo de santidad, por aquel lenguaje tan elocuente y tan tierno.
Aquella santa y noble mujer era admirada hasta por los mismos paganos, y el filósofo Libanius, al verla en su juventud tan bella, tan casta, tan llena de abnegacion, exclamaba:
--¡Qué mujeres hay entre estos cristianos!
San Basilio y San Gregorio Nacianceno debieron tambien á sus madres la perfeccion de sus virtudes; se puede asegurar que no hay en el cristianismo una grande alma, ni un hermoso genio, que no haya tenido una buena y santa madre.
Blanca, la hermosa y adorable Blanca de Castilla, formó el alma de su hijo San Luis.
La Iglesia y la Francia deben su ilustre hijo San Bernardo á su madre Aletha: esta mujer distinguida inspiró á su hijo el gusto de las letras, y cuando Bernardo quiso llamar al camino de la virtud á su hermana Humbelina, le bastó evocar el recuerdo de su madre para que la jóven cayese de rodillas á sus piés.
LA MADRE.
ARTÍCULO QUINTO.
I.
De la hermosa, amable é interesante madame de Sevigné es de quien vamos á tratar en este artículo, como de uno de los modelos de amor maternal que conocemos.
Infeliz en su enlace, no obstante que estuvo de acuerdo con su corazon, quedó viuda muy jóven, y en vano fué que se viese rodeada de los más brillantes partidos; quedáronle dos hijos, y se dedicó sola y exclusivamente á ser madre.
La Marquesa de Sevigné amaba mucho á sus dos hijos, pero el varon no alcanzó las infinitas pruebas de ternura que dió á su hija Margarita Francisca, que luégo fué la condesa Grignan.
Á la ternura maternal que la Marquesa profesaba á su hija se debe esa obra maestra de naturalidad y de gracia, esas Cartas, que áun nos interesan tan vivamente: se admira en ellas el espíritu ingenioso de su autora y su imaginacion fresca y llena de brillantez; pero se admira aún más su corazon maternal, en el que habitan como en morada propia, una ternura y una afeccion inagotables: hay en esas cartas expresiones mil veces repetidas, pero que parecen siempre interesantes y siempre nuevas: su elocuencia tierna y sublime es tan natural, tan delicada, tan persuasiva, tan amorosa, que admira profunda y tiernamente: se ve en las cartas de esa madre á su hija, pintada la verdadera manera de amar, que se olvida de sí misma y se ocupa sólo de la dicha del objeto amado.
La Marquesa, sin embargo, no era pagada por su hija con un amor igual al que le daba. Margarita era dura, altanera, fria de corazon, y frecuentemente necesitaba del perdon maternal: la hija era una mujer irreprensible, y la madre, que tenía todas las amables debilidades de su sexo, se veia juzgada duramente, y algunas veces reprendida con severidad por la misma hija á quien adoraba.
Hemos dicho que Margarita, condesa de Grignan, tenía necesidad muchas veces del perdon de su madre, y en ninguna ocasion resplandecen mejor la delicadeza y el profundo amor de la Marquesa á su hija, que cuando tiene que perdonarla.
«Tú me amas, hija mia, le escribia, y me lo dices de un modo que trae á mis ojos abundantes lágrimas: te complaces pensando en mí, y en hablar de mí, y dices que nunca eres tan dichosa como cuando me expresas tus sentimientos; cuando estos sentimientos llegan á mí, son recibidos de un modo que sólo puede ser comprendido por los que saben amar como yo te amo; tú eres para mí el mundo entero, y sólo á tí conozco.»
Este sentimiento tan vivo no hizo la dicha de madame de Sevigné: vivió separada de su hija desde el casamiento de ésta, y no pensó en que cuanto más elevamos un ídolo, más le separamos de nosotros: en todos los amores de la tierra la ceguedad, la idolatría, sólo llevan á la desgracia.
En tanto que no salió del lado de su madre, la jóven Margarita fué el objeto de los más tiernos cuidados de aquélla: la presentó en la córte, y la adornaba del modo más á propósito para hacer resaltar su belleza, que era perfecta; jóven áun la madre, bella y más agradable que la hija, pues su hermosura era de un carácter infinitamente más dulce que la de Margarita, apénas pensaba en sí misma, reservando todos sus cuidados y desvelos para la hija que amaba más que á sí propia.
Luis XIV, prendado de la admirable hermosura de Margarita, cuando ésta fué presentada en la córte, la distinguió mucho y hubo noche que bailó con ella cuatro veces seguidas. Margarita no era insensible á los homenajes de aquel Monarca, hermoso jóven y al que se miraba como á un semidios: á los diez y seis años no hay bastante fortaleza para reflexionar, y el alma de aquella niña, bien que oculta tras de un espeso velo de dureza y de egoismo, era ardiente y ambiciosa.
Madame de Sevigné tuvo mucho que sufrir para combatir las seducciones del Rey.
No se atrevia á dejar de ir á las recepciones de la córte con su hija, pues conocia el carácter del Monarca, y temia que la misma privacion de ver á Margarita le empujase á cometer violencias para llegar hasta ella.
Dióse, pues, prisa á casarla con el conde de Grignan, hombre de edad madura, sin que llegase á la vejez, padre de dos hijos, pero que amaba á Margarita con todo el entusiasmo del último amor.
Margarita fué dichosa en aquel enlace, pero no así su madre; habia deseado ésta ante todo que su hija no se separase de ella, y así se lo prometió el conde de Grignan; pero en breve, órdenes superiores del Gobierno, y que él no esperaba, le hicieron salir de París, al cual no volvió en muchos años.
De aquella separacion nacieron las cartas de madame de Sevigné, cartas admirables y de las que ya nos hemos ocupado.
La amorosa madre no pudo resistir largo tiempo sin ir á ver á su hija, y pasó á su lado algunos meses; pero sus ocupaciones y su fortuna la llamaban de nuevo á París, y los dolores de la ausencia empezaron para ella con mayor y más profunda intensidad; para que su correspondencia fuese interesante y no fatigase la atencion de Margarita, madame de Sevigné se informaba de todas las anécdotas de la córte, de todo lo que sucedia, y lo referia en sus cartas á su hija, con una gracia y una viveza encantadoras y teniéndola al corriente de todas las novedades.
El amor de madame de Sevigné llegó para su hija hasta la idolatría: y nosotros creemos que son preferibles las madres cristianas como Santa Mónica y como Blanca de Castilla, á las que, como madame de Sevigné, convierten en una pasion desordenada y ciega el amor maternal, pues este amor, cuando no es débil, es grande, poderoso, admirable: podria reformar el mundo si tuviera la conciencia de su mision, si comprendiera que no se trata solamente de amar al hijo, sino que es preciso educarle y salvarle de los peligros que le rodean.
Es fácil y cómodo amar el cuerpo de un hijo, embellecerle y adularle; pero ¡cuánto más hermoso y más grande es pensar en su alma!
El grande honor, cuando una mujer es madre, no es el sacrificio por su hijo, porque el sacrificio es dulce para la que lo cumple; es el sacrificar en caso de necesidad la vida misma del hijo, y estimar en más que esta vida tan cara, la verdad, el honor y la virtud; es querer más verle muerto que ver marchitas en su alma esas santas y delicadas flores.
Reconvenian no hace mucho á una madre delante de nosotros, porque en vez de reprimir la excesiva sensibilidad de su hijo le excitaba con lecturas tiernas y llevándole á socorrer á los pobres y á los enfermos, y le acusaban de que le hacía desgraciado.
--Amigo mio, respondió aquella madre: prefiero el que mi hijo sea bueno á que sea feliz.
LA MADRE.
ARTÍCULO SEXTO.
I.
Por los ejemplos que hemos presentado á nuestras amables lectoras creemos haber demostrado suficientemente hasta qué punto es grande y hermosa en la humanidad la figura de la madre, hasta qué punto puede llegar su influencia en el destino de sus hijos, y cuán inmensa es la importancia que se la debe conceder.
«Si quereis mejorar la sociedad, educad á las mujeres», decia Mad. Campan á Napoleon I; y al darle aquel consejo, debia indudablemente pensar en las madres, porque nadie como una madre puede hacer marchar á su familia por la senda del bien y de la virtud.
Para que una mujer sea buena madre, debe ser ante todo buena cristiana, y ademas mujer instruida; porque su principal mision es inculcar á sus hijos los sentimientos religiosos, que les han de servir de puerto de paz en todas las borrascas de la vida.
«Nada hay que pueda reemplazar la educacion de una buena Madre», dice Maistre: «cuando la Madre se impone el deber de imprimir el sello de la virtud sobre la frente de su hijo, es casi seguro que la mano del vicio no lo borra jamas.»
«El jóven sigue su primera direccion, dice el libro de Los Proverbios, y no la deja ni áun en su ancianidad.»
Madame de Genlis nos ha pintado, en una de sus encantadoras novelitas, un ejemplo casi heroico del amor maternal.
Una jovencita, hija de una viuda hermosa y rica, estaba dotada de tan rebelde é indomable carácter, que parecia haber nacido solamente para ser el tormento de la que le habia dado el sér: no hubo pena que la pobre madre no sufriese de su hija, y Eglantina, que este era su nombre, en vez de agradecer á su madre el que se hubiera dedicado á ella por completo, renunciando al amor y al matrimonio, parecia complacerse en llenar su vida de disgustos y sinsabores.
Una terrible enfermedad acometió de repente á la jóven: el cielo le envió una viruela maligna, que le atacó á la vista de tal modo, que los médicos la declararon en inminente riesgo de perderla.
--Sólo hay un medio, dijo el más anciano; pero lo veo imposible de lograr.
--¡Hable V., doctor,! exclamó la afligida madre: diga ese medio, y le aseguro que lo encontrar.
--¡Imposible, señora!
--¿Qué hay de imposible para una madre cuando se trata de salvar á su hija? ¡Le digo á V. que lo hallaré!
--Pues bien, es preciso buscar una mujer bastante pobre para que por una cantidad que ella misma fije, extraiga con los labios, y de la manera más lenta y más suave posible, el humor maligno que ha cargado á los ojos de la señorita su hija de V.
--¡Gran Dios! exclamó la madre; ¿y dónde hallar á esa mujer?
--Creo que en ninguna parte, señora, y tanto ménos se hallará, cuanto que es un deber de conciencia el advertirle que peligra su vida, si traga alguna partícula de ese humor.
Aquella misma tarde, al volver los doctores, se hallaron á la madre de Eglantina vestida con un humilde traje de algodon y con una gorra de muselina.
--Ya se ha encontrado la persona que necesitábamos para salvar á mi hija, dijo.
--¿Ha sido posible?
--Sí, señores.
--¿Y dónde está?
--Yo soy.
--¡Usted! exclamaron los dos médicos.
--Yo misma; sírvanse, pues, darme sus instrucciones para ir al instante á aliviar á mi hija.
--Olvida V., señora, que expone la vida, exclamaron los doctores.
--No lo olvido, y por lo mismo que se expone la vida, es á mí, y sólo á mí, á quien corresponde tomar ese cargo. ¡Cómo! ¿me han creido VV. capaz, señores, de ir á buscar quien por dinero llenase un oficio repugnante, y que yo desempeñaré con verdadera felicidad? ¡Salvar á mi hija! ¿Qué más gloria podia yo esperar que me estuviera destinada, ni cómo cederia á nadie esta ventura? Si por un instante he podido pensar que otra lo haria, bien pronto me he dicho que sólo yo debia y podia llenar esta sagrada obligacion.
Y la generosa madre condujo á los médicos á la alcoba de su hija.
Eglantina tenía los ojos cerrados y cargados de viruela; su madre se inclinó sobre ella, y la informó dulcemente del único remedio que habia para salvarla la vida.
--¡De esta suerte, murmuró la jóven con tristeza, estoy ciega para siempre! porque ¿quién habrá que se quiera encargar de salvarme, practicando tan repugnante trabajo?
--Ya se ha encontrado quién lo hará, hija mia.
--¿Y quién es?
--Una pobre madre que quiere ganar la suma que yo la he prometido, y ahora mismo va á empezar la cura: te dejo sola con ella, y vuelvo pronto.
La madre hizo como que se iba, y volvió, arrodillándose en seguida al lado de la cama de su hija, y dando principio á la operacion.
¿Quién podrá pintar la sorpresa de Eglantina, al ver que era su madre la que habia salvado su vista, y acaso su vida?
Un cambio completo se verificó en su corazon, y dedicó toda su existencia á pagar á aquella madre generosa la deuda de gratitud, que con ella habia contraido.
No hay sacrificio, ni moral ni material, que no pueda y sepa hacer una madre, y los rasgos más heroicos de que puede envanecerse nuestro sexo, por las madres han sido llevados á cabo.
Venerad, pues, y amad con ternura á vuestras madres, mis queridas lectoras, y pensad que el amor maternal es el más santo y grande de los amores; el más generoso, el más fuerte, el que perdona siempre y siempre olvida, el que nos recibe al nacer, nos acompaña al morir, y vela por nosotros, áun despues que nuestras madres van á residir al cielo.