ACTO SEGUNDO
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La misma decoración del acto primero
ESCENA PRIMERA
DON CÉSAR. Aparece sentado y meditabundo.
Don César
Dijo bien; no pertenece
a la tierra el ser de ese hombre.
¡Me fascina, me enloquece!
¡Que en derredor de su nombre
gira el mundo me parece!
Sí; de cuanto le rodea
es el eje, el punto fijo,
todo lo demás voltea
en torno suyo. Me dijo
que iba a dormir, pero vela;
no he cesado de sentir
sus pasos, por más cautela
que puso al ir y venir
por su aposento. Recela
que le sorprendan; previene
cauto el porvenir, y pienso
que entre su equipaje tiene
objetos que le conviene
no mostrar. ¿Es él? ¡Inmenso
riesgo corre!... ¿Y si no es?
¡Ay de mí! Siempre es de Aurora
padre, hermano..., algo... A través
doy con todo; me devora
la impaciencia... Llamo, pues.
(Llama a la puerta por donde se fue Gabriel en la última escena del acto primero).
ESCENA II
DON CÉSAR y GABRIEL
Gabriel
¿Qué me queréis?
Don César
Advertiros
de que mi padre el alcalde
vendrá pronto.
Gabriel
Será en balde.
Don César
No lo será el preveniros,
que toda la noche ha estado
declaraciones oyendo
de gentes que ha ido prendiendo.
Gabriel
Pues el tiempo ha malgastado.
Don César
Vuestra situación es grave.
Gabriel
Lo sé.
Don César
Quizás un proceso...
Gabriel
Vuestro padre anda ya en eso.
Don César
¿Culpado saldréis?
Gabriel
¿Quién sabe?
Don César
Mi padre es hombre tenaz.
Gabriel
¡Pues a buena parte viene!
Don César
Es que tal vez os condene.
Gabriel
Cumplo la pena y en paz.
Don César
Mas si antes que vuelva él
hacer prevención alguna
os importa...
Gabriel
¿A mí? Ninguna.
Don César
¡Señor!
Gabriel
Llamadme Gabriel.
Don César
Vos lo dijisteis: secreto
nos liga un nudo a los dos,
y siento a un tiempo por vos
inclinación y respeto.
Quisiera una prueba hallar
irrecusable que daros
de mi fe para obligaros
sin recelo a confiar
en mí.
Gabriel
¡Vaya! ¡Estáis chistoso,
por Dios. En este aposento
queríais hace un momento
atravesarme furioso,
¿y ahora mi confianza
conquistaros pretendéis
con ofertas? Ya sabéis
que la razón se me alcanza
de esa simpatía oculta
que me tenéis; y a respeto
muéveos solo mi secreto,
que vuestra aprensión abulta
tanto que seguís mi viaje
vos, y a atajarle se arroja
el juez, porque se os antoja
que soy un gran personaje.
Don César
Las apariencias están
por ahora en contra vuestra.
Gabriel
Pues la verdad se demuestra
con la verdad, capitán.
Don César
Pues bien; antes que un proceso
entable el juez contra vos,
valiera más, ¡vive Dios!...
Gabriel
¿Que me diera por confeso
yo mismo? ¿Que haciendo justo
del juez el empeño, diera
por supuesto que yo era
no sé quién, y por dar gusto
él al rey, y diversión
al populacho, me ahorcara
y Aurora por vos quedara?
¿Es esa vuestra cuestión?
Don César
No así abuséis imprudente
de ese misterioso influjo
que a respeto me redujo
para con vos, e insolente
mi lealtad y mi amor
ultrajéis. Esta es sincera,
y mi pasión verdadera,
señor.
Gabriel
¡Dale con señor!
Vos sois noble y yo villano,
vos sois gentil caballero
y yo humilde pastelero;
decid Gabriel liso y llano.
Don César
Me vais a desesperar.
Gabriel
Y vos me vais a aburrir.
Don César
¡Vos obstinado en fingir!
Gabriel
¡Vos empeñado en hablar!
Don César
¿Pronto a todo, fascinado
que estoy, por vos no miráis?
Gabriel
¿Y os mando yo que tengáis
de mi porvenir cuidado?
Don César
Una palabra tan solo.
Gabriel
¿Vais a volver a lo mismo?
Don César
De esperanza en este abismo
dadme un rayo.
Gabriel
¿Cuál?
Don César
Sin dolo,
prometedme responder
a una pregunta.
Gabriel
Si puedo,
responderé.
Don César
No hayáis miedo
que os pueda comprometer
la respuesta. ¿Sois de Aurora
padre?
Gabriel
No conoció más
que a mí por padre jamás.
Don César
¡Oh! ¡No lo sois!
Gabriel
En buen hora
que no lo soy os diré;
mas de este arcano la llave
tengo solo.
Don César
¿Ella no sabe?...
Gabriel
Nunca se lo revelé.
Don César
¿Y la amáis?
Gabriel
Mucho; quizás
mucho más de lo que debo.
Don César
¿Conque la guardáis?...
Gabriel
¡Mancebo!
Don César
Sí, para vuestra...
Gabriel
Jamás.
Pero tened desde aquí
y para siempre entendido,
que es mujer que no ha nacido
para vos ni para mí.
Don César
¡Cielos!
Gabriel
De toda esperanza
despedíos.
Don César
¿Ofrecida
está a Dios?
Gabriel
No. Está elegida
para prenda de venganza.
Don César
¿Vuestra?
Gabriel
Yo no voy en pos
de venganzas.
Don César
¿Es quizás
de su familia?
Gabriel
De más
arriba.
Don César
¡Del rey!
Gabriel
De Dios.
Don César
(¡Imposible atar un cabo!
¡Su ser parece que abarca
con la altivez del monarca
la abnegación del esclavo!).
ESCENA III
DON CÉSAR, GABRIEL y un ALGUACIL
Alguacil
Su señoría el alcalde
don Rodrigo.
Don César
En el momento
volved a vuestro aposento.
Gabriel
La entrevista será en balde.
ESCENA IV
DON CÉSAR y DON RODRIGO
Don Rodrigo
¿Seguros ambos?
Don César
Seguros,
señor.
Don Rodrigo
Todo lo recelo
de él, que es audaz.
Don César
Sin embargo,
no temáis ningún extremo.
Don Rodrigo
¿Le has hablado?
Don César
Sí, un instante.
Don Rodrigo
¿Y qué dice? ¿Muestra miedo
de la justicia?
Don César
Ninguno.
Don Rodrigo
¿Bravea, eh?
Don César
Nada de eso;
tranquilo está, tal vez tiene
de justificarse medios.
Don Rodrigo
Imposible: en contra suya
tengo datos manifiestos.
Don César
¿Sabéis ya?...
Don Rodrigo
Nada. Hilo a hilo
voy la madeja cogiendo.
Parece que hay en la vida
de ese hombre tales enredos
que, solo a fuerza de maña
y paciencia, deshacerlos
es posible. Mas no es
lo que me trae más inquieto
lo intrincado del negocio,
que el laberinto estoy hecho
a recorrer de las leyes.
Acósame el alma empero
una agitación, que no
sé distinguir con acierto,
si es afán o repugnancia,
si es duda o presentimiento.
Hay un punto de la historia
de ese hombre, cuyo misterio
del tiempo de mi mayor
pesar me trae un recuerdo.
Don César
¿De cuándo?
Don Rodrigo
Tú no lo sabes;
eras aún pequeñuelo.
Luego, estas causas políticas
de Portugal me trajeron
siempre desgracias. Parece
que el destino, con empeño
fatal para mí, me pone
portugueses siempre en medio
de mi camino. Seis años
anduve por aquel reino,
en comisión especial,
los rebeldes persiguiendo,
y como todos conspiran
contra el rey y su gobierno,
yo soy allí detestado.
Don César
¿Fuisteis quizá muy severo?
Don Rodrigo
Fui de Felipe segundo
leal servidor. Tan terco
como ellos en resistirse,
fui yo en desplomar sobre ellos
todo el rigor de las leyes,
y a fe que no me arrepiento.
Rebeldes eran: cumplí
con mi obligación; mas tengo
todavía que volverles
cierta partida, y si puedo,
quedarán tan bien pagados
como yo bien satisfecho.
Mas las horas vuelan, César,
déjame aquí con el preso.
Guarda esa puerta por fuera,
y si llamo, acude presto.
ESCENA V
DON RODRIGO DE SANTILLANA
Don Rodrigo
Las diligencias primeras
terminaron, y el proceso
está entablado. ¡Malditos
portugueses!... ¡Qué de enredos!
Dieciséis, y gente toda
de probidad, de respeto
y hasta de ciencia, declaran
que en el fondo de su pecho
existe la convicción
de que el trágico suceso
es falso, y que están seguros
de que en África no ha muerto.
Unos en Cintra le han visto,
y en Cintra fue donde él mesmo
dijo que compró su espada.
Otros cruzando le vieron
el Tajo una tarde: el fraile
dice que en su monasterio
le rezó él mismo una misa
antes del alba, y a esto
para obligarle, del Papa
le mostró bula, y que cierto
está de que él era: y todos
afirman con juramento
que fueron a Madrigal
y que le reconocieron.
Ahora bien, señor alcalde,
pise su merced con tiento,
que es la tierra escurridiza.
O es él, o no: en los decretos
de Dios todo cabe, y todo
cabe en los humanos yerros.
Si en verdad es él, alcalde,
no será en verdad muy cuerdo
ahorcarle sin dar al rey
de todo aviso primero.
Si es un impostor..., también
le avisaré, y a lo menos
si se yerra, entre los dos
el error compartiremos.
ESCENA VI
DON RODRIGO y GABRIEL
Don Rodrigo
¡Hidalgo!
Gabriel
Más alto pico.
Don Rodrigo
¿Caballero?
Gabriel
Todavía
más alto.
Don Rodrigo
Su señoría
me excuse si no le aplico
su título verdadero:
mas hablemos un instante,
y de hoy para en adelante
no erraré en él: porque espero
que aquí, y a solas los dos,
me diréis la jerarquía
que ocupáis.
Gabriel
Su señoría
espera bien, pues por Dios,
que sabiendo yo quién es,
debo de hablar sin reparo.
Don Rodrigo
Eso quiero, que habléis claro.
Gabriel
Ya veréis.
Don Rodrigo
Decidme, pues,
señor Gabriel.
(Don Rodrigo va a sentarse a la mesa).
Gabriel
Un momento
señor don Rodrigo.
Don Rodrigo
¿Qué?
Gabriel
¿Vais a sentaros?
Don Rodrigo
(Se sienta).
Sí a fe.
(Gabriel trae con mucha calma una silla, y la coloca frente a la mesa de don Rodrigo).
¿Qué hacéis?
Gabriel
Lo mismo; me siento.
Don Rodrigo
Yo soy alcalde de corte.
Gabriel
Sí; mas no sabéis quién soy
yo, y si mal o bien estoy
sentado ante vos.
Don Rodrigo
¿Del porte
audaz que usáis conmigo,
buenas razones supongo
que me daréis?
Gabriel
Me propongo
hacerlo así.
Don Rodrigo
Pues prosigo.
Gabriel
Seguid.
Don Rodrigo
La duda primera
que al escucharos me asalta
es la de que nombre os falta
digno de vuestra alta esfera.
Gabriel
Lo tengo.
Don Rodrigo
Pues no lo sé.
Gabriel
Gabriel Espinosa.
Don Rodrigo
¿Un tal
pastelero en Madrigal?
Gabriel
Sí.
Don Rodrigo
Pues poneos en pie,
señor pastelero.
(Gabriel se levanta).
Así:
ante el juez solo se sienta
quien altos títulos cuenta.
Gabriel
Como me sucede a mí.
(Se vuelve a sentar).
Don Rodrigo
(Aparte).
(Ir le tengo de dejar
por donde quiera, y a ver).
Gabriel
(Aparte).
(Pienso que mi proceder
le empieza a desconcertar).
Don Rodrigo
¿Pues cómo oficio tan bajo
siendo tan alto elegís?
Gabriel
Por vivir, cual vos vivís
de la ley, de mi trabajo.
Don Rodrigo
Mas mi toga y aranceles
no deshonran.
Gabriel
No a fe mía;
pero yo hacer no sabía
otra cosa que pasteles.
Don Rodrigo
(No es lerdo el señor Gabriel).
Gabriel
(Astuto es el don Rodrigo).
Don Rodrigo
(Por aquí nada consigo,
pero yo daré con él
en tierra al fin). ¡Caballero!
Gabriel
Mandad.
Don Rodrigo
Una relación
que os llamará la atención
contaros quisiera.
Gabriel
Espero
que será por lo galana,
lo discreta y lo curiosa,
la invención más ingeniosa
del señor de Santillana.
Don Rodrigo
Pues oíd. Buen capitán,
más que rey, de fe tesoro,
allá en las playas del moro
murió el rey don Sebastián.
¿Supongo que de una historia
tan pública oísteis algo?
Gabriel
¡Si viérais qué poco valgo
en esto de la memoria!
Don Rodrigo
En vuestro horno no me extraña
que estéis de noticias falto.
Gabriel
Sé que a su muerte, de un salto
pasó Portugal a España.
Don Rodrigo
Justo: más hoy los noveles
vasallos, por sacudir
sus leyes, dan en decir
a los pueblos a ellas fieles
que ha sido una usurpación,
y pregonan de concierto
del rey en África muerto
la fausta resurrección.
Gabriel
¡Oiga! No está mal pensado.
Don Rodrigo
No, mas la dificultad
era el dar en realidad
con el rey resucitado.
Buscósele con esmero,
y hallose por toda cosa
un tal Gabriel Espinosa,
en Madrigal pastelero.
Gabriel
Vamos, ya caigo; el error
de esta semejanza mía
hizo a vuestra señoría
creer que soy...
Don Rodrigo
(Interrumpiéndole).
Un impostor.
Gabriel
¿Quién lo dice?
Don Rodrigo
Yo lo digo,
y el rey Felipe y el mundo
entero.
Gabriel
Pues miente el mundo
y el rey, y vos, don Rodrigo.
Don Rodrigo
Inútil es vuestra audacia:
testigos tengo allá fuera
que os acusan por doquiera
por impostor.
Gabriel
¡Vaya en gracia!
Mas permitid que os arguya:
para llamarme impostor,
esa impostura, señor,
ha de ser mía y no suya.
¿Y dónde hay hombre capaz
de jurar que he dicho yo
que era el rey?
Don Rodrigo
Vos mismo, no.
Gabriel
Entonces dejadme en paz.
Si yo me parezco a un rey,
y el vulgo por rey me tiene,
citar al vulgo os conviene,
pero no a mí, ante la ley.
Don Rodrigo
¡Espinosa!
Gabriel
Don Rodrigo,
aunque en leyes sois muy ducho,
os falta que aprender mucho
para habéroslas conmigo.
¿Cree, buen juez, vuestra altiveza,
que a ser yo el que habéis pensado
estaríais vos sentado
y cubierta la cabeza?
(Don Rodrigo se levanta y se descubre conforme va hablando Gabriel).
Rodrigo de Santillana,
a ser yo el que habéis creído,
hubiérais vos ya salido,
¡vive Dios!, por la ventana.
Don Rodrigo
(Por quien soy, que me ha turbado.
¿Si contarán con razón
lo de la resurrección?).
Gabriel
(¡Pobre juez!).
Don Rodrigo
(No habría osado
palabras tan arrogantes
decir.) Señor... Si en mal hora...
Gabriel
Ni tan bajo como ahora,
ni tan alto como antes.
Don Rodrigo
(Tanta majestad me asombra).
Gabriel, quienquier que seáis,
manda en mí el rey que digáis
quién sois, en fin.
Gabriel
Una sombra;
y porque acabemos, voy,
y afanes para excusaros,
señor Santillana, a daros
cuenta exacta de quién soy.
Nací donde quiso Dios;
si de noble raza, bien
se demuestra en mí; de quién
me importa callar, y a vos
saber de mí no os importa;
prestadme, empero, atención,
pues va a ser mi relación,
cuanto complicada, corta.
Apenas cumplí la edad
que se llama juventud,
con loca solicitud,
con ciega temeridad,
abandoné mis hogares,
y en más remoto hemisferio,
dueño del mayor imperio,
pirata fui de los mares.
En ellos, profundo osario
de cien bajeles, guerrero
alcé mi estandarte fiero
de Asia y Europa corsario,
y amontoné más tesoros
que guarda el mar en su centro
y arenas quemadas dentro
de sus desiertos los moros.
Ebrio con tanta riqueza,
dejé mi gente y la mar,
queriendo en tierra ostentar
mi valor y mi grandeza,
y con el nombre supuesto
de marqués de Mari-Alba,
al lado del duque de Alba
gané en sus glorias un puesto
y en la cabeza esta herida
(La muestra);
bien es que al que me la abrió,
con mi espada le abrí yo
las puertas de la otra vida.
Don Rodrigo
No os daría poca pena
después.
Gabriel
¡Fue un fatal desliz!...
Don Rodrigo
(Mirándole a la frente).
No es mala la cicatriz.
Gabriel
La cuchillada fue buena.
No me tendió, sin embargo;
el furor me mantenía,
y combatí todavía
hasta caer, tiempo largo.
Mas, harto al fin del oficio
de lidiar en tierra firme,
licencia para salirme
por entonces del servicio
al duque de Alba pedí;
diómela el duque cortés,
y vedla.
(Le da un papel).
Don Rodrigo
Su firma es:
para el marqués...
Gabriel
Para mí.
Di, pues, vuelta hacia la corte,
sirviéndome mucho en ella,
primero mi buena estrella,
después mi lujoso porte.
Por ese tiempo, de vos
nadie hablaba todavía,
y a mí el rey me recibía
con grande amistad.
Don Rodrigo
(¡Gran Dios,
entonces fue cuando vino
el monarca portugués
a Castilla! ¿Será, pues,
este hombre?). ¿Quién previno
más festejos a usarced?
Gabriel
No hay por qué ocultarlo al fin;
el conde de Medellín
con tantos me hizo merced
que corresponder no supe,
como era mi obligación.
Don Rodrigo
¿Y os tuvo tal atención
en Madrid?
Gabriel
No, en Guadalupe.
Don Rodrigo
¿En ese pueblo?
Gabriel
Sí tal.
Don Rodrigo
No recuerdo que de allí...
Gabriel
Al rey de España en él vi
junto al rey de Portugal.
Después..., abrid, Santillana,
un paréntesis aquí,
y poned en él de mí
cuanto mal os diere gana.
Básteos saber, don Rodrigo,
que perdí mi oro y mi gloria
sin que una buena memoria
me quedara, ni un amigo.
Por tierra extranjera anduve
errante, como un bandido,
y el pan que en ella he comido
que mendigármelo tuve.
Mas el desengaño, al fin,
¿qué ánimo feroz no doma?
Llegué arrepentido a Roma
remando en un bergartín.
Visité a Su Santidad;
confesión le hice de todo,
y el Santo Padre halló modo
de absolverme en su piedad,
dándome por penitencia
de los pecados sin cuento
que abrasan mi pensamiento
y me abruman la conciencia,
que emprendiera el viaje entero
del Santo Sepulcro a pie.
Don Rodrigo
¿Y lo hicisteis?
Gabriel
Por la fe
lo juro de caballero.
Y aun fue más: Su Santidad
me ordenó que renunciara
mi jerarquía y que echara
mi nombre en la eternidad.
He aquí por qué no os lo digo.
Penitente le arrojé
dentro de ella, y le olvidé
para siempre, don Rodrigo.
Don Rodrigo
¡Interesante proemio!
Y a ser tan cierto...
Gabriel
Lo es tanto,
que tengo del Padre Santo
por testimonio y por premio
esta bula. Me conviene
que la leáis.
(Le da otro papel).
Don Rodrigo
Os la tomo.
No está vuestro nombre.
Gabriel
¿Y cómo,
si a quien se dio no lo tiene?
Don Rodrigo
Proseguid.
Gabriel
Mi protector,
el Papa, en sus santos juicios,
utilizar mis servicios
imaginó, y fiador
constituyéndose mío,
me envió a un poderoso Estado,
que al verme tan bien fiado
fió un bajel a mi brío.
Venecia fue nuevamente
del corsario protectora;
ved de tan noble señora,
don Rodrigo, la patente.
(Le da otro papel).
Volví al mar; del africano
las costas guardando anduve,
y en un combate que tuve
los dos dedos de esta mano
perdí; mas su nave, hundida,
cogí a mi enemigo preso.
La mano llevo por eso
siempre en el guante metida.
El rumbo a Venecia di
contento, cuando topé
con un barco de no sé
qué argelino, resolví
abordarle, y por despojo
de esta sangrienta jornada,
rescaté una desgraciada
niña, a quien con noble arrojo
defendía un pobre anciano,
y a quien, según esperaba,
iba a vender por esclava
el argelino inhumano.
Don Rodrigo
¿Y esa niña es doña Aurora?
Gabriel
Que pasa por hija mía.
Don Rodrigo
¿Familia, pues, no tenía?
Gabriel
Y tiene.
Don Rodrigo
¿Por qué hasta ahora
no se la habéis vos devuelto?
Gabriel
Necesito presentar
documentos que probar
puedan que es ella, y resuelto
estoy conmigo a guardarla
mientras tanto.
Don Rodrigo
¿Y dónde están
los documentos?
Gabriel
Vendrán
muy pronto; porque entregarla
mucho a su padre me importa.
Don Rodrigo
Pensáis que él os dé...
Gabriel
Al contrario:
las riquezas del corsario
son para ella.
Don Rodrigo
Porción corta
no será.
Gabriel
¡No habrá, a fe mía,
quien competirla pretenda!
Millones tiene en hacienda,
millones en pedrería.
Don Rodrigo
¿Dónde?
Gabriel
En Venecia.
Don Rodrigo
¿Estarán
en el poder?...
Gabriel
Del Estado;
es ahijada del Senado
serenísimo, y tendrán
que devolvérsela salva
sus parientes a Venecia,
rica y libre, cual la precia
el marqués de Mari-Alba.
Ya nuestra historia sabéis.
A qué vine a Madrigal
y a qué voy a Portugal,
indagadlo si podéis.
Ni sabréis de mí otra cosa,
ni nadie más de mí sabe.
Solo Dios tiene la llave
del corazón de Espinosa;
y si más de lo que digo
saber importa a la ley,
llevadme a Madrid, el rey
me conoce, don Rodrigo.
Don Rodrigo
(Su altivez en confusión
me pone, y su majestad
me asombra. ¿Será verdad
lo de la resurrección?
Si miente, lo hace con tal
aplomo y con tanta fe,
que a poco más le daré
por el rey de Portugal.
Mas no ha de quedar por mí.
Yo he de apurar este arcano;
no dirán que de un villano
impostor juguete fui).
(Llama don Rodrigo y habla en secreto con un alguacil, que se vuelve a marchar).
Gabriel
(¿Secretos con el ministro
de justicia? Estoy al cabo:
tenemos careo; alabo
por sorprendente el registro).
ESCENA VII
DON RODRIGO, GABRIEL y el MARQUÉS DE TAVIRA.
(Gabriel se aparta a un lado, y, sentándose, se mantiene en toda esta escena dando la espalda al marqués).
Don Rodrigo
Señor marqués, perdonad
si cumpliendo obligaciones
de juez...
Marqués
Vuestras atenciones
os agradezco, en verdad;
pero advertid que mañana
quiero dejar a Castilla,
y que el mesón de una villa
no es el lugar, Santillana,
que me conviene; os prevengo
que hombre soy muy principal
y de todo Portugal
la sangre más limpia tengo.
Gabriel
(Aparte).
(Si mi mente no delira,
por Dios, que está en mi presencia
la hinchada magnificencia
del buen marqués de Tavira.)
Don Rodrigo
No os he de faltar en nada;
mas quiero que me digáis
sin doblez cuanto sepáis
de aquella fatal jornada
de África; corre el rumor
por ahí de que no es cierto
que don Sebastián ha muerto;
y aun hay algún impostor
que usurpa su augusto nombre.
Gabriel
(Mirándole).
(Y el gesto y el ademán.
¡Pobre rey don Sebastián
si en manos cae de ese hombre!)
Don Rodrigo
Conque decid, ¿es verdad
que en África el rey murió?
Que allá estuvisteis sé yo
con toda seguridad.
Hablad, marqués de Tavira,
vuestra nobleza es notoria.
No echéis en su ejecutoria
el borrón de una mentira.
Marqués
Inexperto capitán,
de mi edad en el vigor
esclavo fue mi valor
de mi rey don Sebastián.
Juntos un mismo bajel
a tierras del africano
nos llevó; como un hermano
al combate fui con él.
Un mar de sangre corrió.
Pero al partirse la suerte
solo el baldón y la muerte
a nosotros nos tocó.
Gabriel
(No sé por qué la memoria
de este lance me enternece
y me irrita; no parece
sino que cuentan mi historia).
Marqués
El rey, que escudo y celada
tiró para más grandeza
de valor, en la cabeza
recibió una cuchillada
tal, que la frente serena
le rajó hasta la nariz.
Don Rodrigo
(A Gabriel).
¡No es mala esa cicatriz!
Gabriel
La cuchillada fue buena.
Don Rodrigo
(Al marqués).
Seguid.
Marqués
El rey, nuevo Marte
de tan sangrienta jornada,
continuó, rota la espada
defendiendo su estandarte,
hasta que el filo fatal
de un yatagán africano,
segó de su izquierda mano
dos dedos.
Don Rodrigo
(A Gabriel).
Si no oí mal,
me habéis dicho...
Gabriel
(Con calma y sin volverse).
Que perdí
dos dedos en un combate
naval.
Don Rodrigo
Marqués, el remate
de la batalla.
Marqués
Caí
bajo un hachazo a los pies
de mi rey..., y no viví más;
perdí el sentido.
Don Rodrigo
Quizás
al recobrarlo después...
Marqués
Ya no le hallé; con la luna
tomé del mar el camino,
maltratado peregrino,
caballero sin fortuna,
llevando en el corazón
el recuerdo de una hazaña
que será, no para España,
para su rey, un baldón.
Don Rodrigo
¡Señor marqués de Tavira!
Esa frase infamatoria...
Marqués
No tendrá mi ejecutoria
el borrón de una mentira.
Don Rodrigo
Conque, en fin, ¿el rey murió?
Marqués
No lo sé, ¡por vida mía!
Si lo supiera os diría,
señor alcalde, que no.
Don Rodrigo
(Al Marqués, llevándole aparte).
¿Buena memoria tenéis?
Marqués
Buena.
Don Rodrigo
¿Y vista?
Marqués
Perspicaz.
Don Rodrigo
Si vive y le veis, ¿capaz
de conocerle seréis?
Marqués
¡Si vive habéis dicho!
Don Rodrigo
Sí.
Marqués
¿Tenéis, pues, noticias de él?
Don Rodrigo
¿Recibisteis un papel
anónimo?
Marqués
Recibí
uno ayer.
Don Rodrigo
¿Y qué os decía?
Marqués
Las señas de un personaje
me daban, que iba de viaje
y aquí a hospedarse vendría.
Mandábanme a un comerciante
que me daría dinero
para pagar del viajero
el gasto, y que en el instante
fuera a cobrarlo y corriera
con el pago, y tras el tal
viajero hacia Portugal
la vuelta sin falta diera.
Don Rodrigo
¿Y cobrasteis?
Marqués
Sí cobré.
Don Rodrigo
¿Y pagasteis?
Marqués
¿Pues cobrado
por mí, no fuera pagado?
Don Rodrigo
Perdonad; ¿e iréis?
Marqués
Iré.
Don Rodrigo
¿Luego sabéis de quién es
el anónimo?
Marqués
Aunque no
lo sé, jamás me engañó
en uno.
Don Rodrigo
¿Os ha escrito, pues,
otros?
Marqués
Varios.
Don Rodrigo
Sobre asuntos...
Marqués
Secretos.
Don Rodrigo
Mas ¿ciertos?
Marqués
Sí.
Siempre que salieron vi
ciertos en todos sus puntos.
Gabriel
(Aparte).
(¡Con famosos servidores
cuenta el rey don Sebastián!
¡Pobres reyes! ¡Siempre dan
con tontos o con traidores!).
Marqués
Si he concluido, no es cosa
de estarme aquí sin provecho.
Don Rodrigo
Perdonadme que aún insista;
mas ya que memoria y vista
tenéis, de ese hombre en acecho
estad, y del rey en nombre
os mando decir, marqués,
si le conocéis, quién es.
Gabriel
(Aparte).
(Santillana es todo un hombre).
Marqués
(Aparte).
(¿Qué diablos de juego es este?
¡Posición más engorrosa!).
Don Rodrigo
(A Gabriel).
Señor Gabriel Espinosa,
permitid que os manifieste
que habéis descortés andado
con el marqués de Tavira,
que está mirándoos con ira.
Gabriel
¿Se lo habéis vos ordenado?
Don Rodrigo
Ved que son los portugueses
quisquillosos; despedidle
al menos; vamos, decidle
cuatro palabras corteses.
Gabriel
Voy, pues que vos lo queréis.
Don Rodrigo
(Yo apuraré la mentira).
Gabriel
¿Señor marqués de Tavira?
Marqués
¡Jesucristo!
Gabriel
¿Qué tenéis?
Marqués
¡Señor!... ¿Sois vos?... ¿Aún vivís?
Gabriel
¡Si vivo! ¿Pues no lo veis?
¡Pero qué diablos decís!
Marqués
¡Ese gesto, ese ademán,
esa voz, ese semblante
que no olvidé ni un instante!
(Cae de rodillas).
Es el rey don Sebastián.
Gabriel
¡Imbécil! A ser de cierto
don Sebastián, ¿no reparas
que antes que me delataras
a mis pies te hubiera muerto?
Marqués
¡Jesús!
Gabriel
Señor Santillana,
¿que sé, daréis por supuesto,
que sois vos quien me ha dispuesto
una farsa tan villana?
Don Rodrigo
¡Yo! ¡Farsa!... ¿Y con qué interés?
Gabriel
Salta a los ojos: es fuerza
que ya la opinión se tuerza
del buen pueblo portugués.
Interesa a un impostor
ahorcar porque más en él
no espere, y soy yo, Gabriel,
el que os parece mejor.
Ya veis que os he comprendido.
Vos y ese hombre los traidores
sois aquí y los impostores;
con él estáis convenido.
Don Rodrigo
¡Yo!
Gabriel
Traedme otro marqués
como ese; aunque sean doce.
Ni ese sandio me conoce,
ni es noble ni portugués.
(Gabriel se mete desenfadadamente en su cuarto, dejando estupefactos al marqués y a don Rodrigo).
ESCENA VIII
DON RODRIGO y el MARQUÉS DE TAVIRA
Don Rodrigo
Ese hombre me va a volver
el juicio a mí. ¡Por mi vida
que está buena la salida!
No me queda más que ver.
Mas me pone en confusión
su aplomo, su majestad
y su audacia... ¿Habrá verdad
en esta resurrección?
Marqués
Sandio dijo..., sandio soy,
mas contenerme no pude.
Don Rodrigo
¿Es él?
Marqués
No habrá quien lo dude.
Don Rodrigo
¿Estáis seguro?
Marqués
Lo estoy.
Don Rodrigo
¿Engañado no os habrán
vuestro error y su apariencia?
Marqués
No.
Don Rodrigo
¿Jurárais en conciencia?
Marqués
Que es el rey don Sebastián.
Don Rodrigo
(Llamando).
El capitán Santillana.
ESCENA IX
DON RODRIGO, el MARQUÉS y DON CÉSAR
Don Rodrigo
Ruégoos que me perdonéis,
señor marqués, mas me obliga
mi deber a hacer que el viaje
suspendáis.
Marqués
(Ya no podría
continuarlo: ya le he visto
y a verle nada más iba).
Don Rodrigo
(Aparte a don César).
Escucha, César.
Don César
Decid.
Don Rodrigo
Antes de que apunte el día
deben de partir los presos.
Don César
¿Adónde van?
Don Rodrigo
A Medina
del Campo.
Don César
¿Pues qué razones
hay?
Don Rodrigo
Dos: aquí la atrevida
audacia de algunos pocos
que mucho a Gabriel estiman,
pudiera hacer un arresto
y burlar a la justicia.
Don César
¿Sabéis, pues?...
Don Rodrigo
Yo no sé nada.
La situación se complica
de tal modo, que no hay ciencia
ni sagacidad que sirvan
para dominarla. Doña
Ana de Austria, sobrina
del rey y abadesa ahora
de las monjas agustinas
de Madrigal, y otras muchas
personas como ellas dignas
de respeto, es menester
que declaren. En la villa
de Madrigal peligroso
fuera instalarme; en Medina
hay cárcel segura, estoy
casi a la distancia misma
de aquí que de Madrigal,
y hay algunas compañías
de arcabuceros.
Don César
¿Pues tantas
precauciones son precisas?
Don Rodrigo
Todas son pocas tratándose
de una cabeza proscrita,
que puede hacer la desgracia
de toda una monarquía.
Tú le escoltarás, y luego
partirás a toda prisa
a la corte, para el rey
con una consulta mía.
Voy a mandar las literas
traer, y estar prevenida
la escolta que has de llevar.
César, la más exquisita
vigilancia ten: con ellos
vas guardando nuestras vidas.
Adiós. Seguidme si os place,
señor marqués de Tavira.
ESCENA X
DON CÉSAR; después DOÑA AURORA
(Don César aguarda a que se vayan don Rodrigo y el marqués, escucha un momento a la puerta del fondo y va a abrir la primera de la izquierda, donde está el cuarto de doña Aurora, llamándola con precaución).
Don César
¿Aurora?... ¿Aurora?... Cerráronla
en la cámara vecina,
sin duda porque no oyera
lo que en esta sucedía.
(Entra y vuelve a salir con doña Aurora).
Venid, Aurora.
Doña Aurora
¿Qué pasa,
capitán, que así os obliga
a llamar?
(Don César cierra la puerta del fondo).
¿A qué cerráis
las puertas con tanta prisa?
Don César
¡Aurora, Aurora! Esta casa
es ya una cárcel sombría
para vosotros.
Doña Aurora
¡Dios mío!
¿Qué decís?
Don César
De la justicia
en poder estáis. Gabriel
con pertinacia inaudita
se obstina en callar, e inútil
todo es con él. Ni le obligan
las ofertas, ni le mueven
los ruegos, ni le dominan
las amenazas. Impávido
hacia el abismo camina
con el semblante sereno
y en los labios la sonrisa,
cual si pudiera de un soplo
disipar la enfurecida
tempestad en que sin rumbo
va la nave de su vida.
Doña Aurora
Capitán, es inflexible;
sus acciones son siempre hijas
de una decisión resuelta
y de una convicción íntima,
y no cede.
Don César
Pues os lleva
esa condición altiva
hoy, antes que raye el alba,
a la cárcel de Medina
bajo mi custodia.
Doña Aurora
¿Entonces?
Don César
Ya os he dicho que no había
ley ni deber que valiera
para mí lo que una mínima
insinuación vuestra. Habladle
vos, que sois su amor, su hija;
habladle y decidle: «Huyamos;
don César nos facilita
la fuga, huyamos...», y huid,
Aurora. Y ya que mi vida,
por un tenebroso arcano
que vuestro padre no explica,
está, ¡ay de mí!, para siempre
de la vuestra dividida,
huid, y al menos debédmela
aunque pierda yo la mía.
Huid. Nada hay que me espante:
seré traidor, si es precisa
la traición para salvaros.
Doña Aurora
Dios hará que tal mancilla
sobre vuestro honor no caiga.
(Mira por el hueco de la cerradura del cuarto de Gabriel).
Él va a salir... ¡Que me asista
rogad al cielo!... Y dejadme
con él.
(Vase don César, cerrando la puerta).
Trae embebida
su alma en los pensamientos
de hiel que le martirizan.
(Sale Gabriel sombrío, los brazos cruzados, sin ver a Aurora, que se ha retirado a un lado, y habla consigo mismo).
ESCENA XI
DOÑA AURORA y GABRIEL
Gabriel
A él solo, sí, desenredar le toca
la peligrosa red que se me tiende;
solo el rey puede descoser mi boca;
él solo; si me salva o si me vende,
él con Dios se verá: no es cuenta mía.
Yo acepto mi fortuna, tal cual sea
la que el cielo me dé; mas vendrá un día
en que todo mortal con Dios se vea,
y en aquel día en que de Dios espero
temblar ante el semblante soberano,
yo, de cetro en lugar, tener prefiero
una palma de mártir en la mano.
Doña Aurora
¿Ni una mirada para mí?
Gabriel
Mi Aurora,
único sol que en mi sombría frente
disipa con la luz de una sonrisa
las nubes del pesar que la ennegrecen,
perdóname si en reflexiones tristes
abismado ante ti pasé sin verte.
Mas, ¿por qué el llanto tu mirada enturbia?
¿Por qué la agitación que te conmueve?
¿Qué te asusta, mi bien?
Doña Aurora
Riesgos traidores
te acechan por doquier, tal vez la muerte.
¿Y te admira, señor, de que mi llanto
copioso y triste mis mejillas riegue?
Gabriel
Te engañas.
Doña Aurora
Tú, la misteriosa nube
que impenetrable tu existencia envuelve,
es fuerza que hoy ante la ley se rasgue
de un juez, terror de cuantos nobles seres
asilo hallaron, nacimiento o nombre
de Tajo y Miño en las riberas fértiles.
Gabriel
¿Quién te lo ha dicho?
Doña Aurora
Yo lo sé.
Gabriel
Pregunto
quién te lo ha dicho.
Doña Aurora
El capitán, que tiene
más de leal, de noble y generoso
que tú de franco con quien más te quiere.
Gabriel
¡Aurora!
Doña Aurora
No receles que mis labios
dejen salir palabras imprudentes,
que a impulso de un amor desatinado
compliquen más la situación presente.
Gabriel
¿De don César, al fin, desventurada,
al fuego dio tu corazón albergue?
Doña Aurora
El corazón entero es de otro hombre
y me son los demás indiferentes.
Ni te hablara yo de él en esta hora,
que habrá de ser para los dos solemne.
Yo quiero al capitán porque tú mismo
me viniste a decir: «Aurora, quiérele»;
mas yo le quiero porque tú lo mandas,
porque quiero no más lo que tú quieres.
Gabriel
Quiérele, Aurora, porque ya es acaso
el solo amigo que tu padre tiene.
Doña Aurora
¡Mi padre, sí, mi cariñoso padre!...
¿No es este el nombre que emplear conviene
en esta situación?
Gabriel
Silencio, Aurora;
que es el encanto de mi vida advierte
ese nombre feliz.
Doña Aurora
Pero ese nombre,
dímelo de una vez, ¿te pertenece?
Gabriel
¿Quién te lo hizo dudar? ¿Quién te lo dijo?
Doña Aurora
La que a tu lado y con placer mil veces
y acaso en busca de la paz perdida
veló tu sueño y sorprendió inocente
tu secreto.
Gabriel
¡Gran Dios! ¿y nada dije
de mi vida anterior? ¿De otros placeres,
de otros tiempos, en fin?
Doña Aurora
Nada dijiste,
nada, señor; mas aunque dicho hubieres
en el pecho de Aurora lo enterraras,
que en ti a sufrir como a callar aprende.
Gabriel
(¡Miserable de mí! Porque el misterio
que intentan aclarar oculto quede
siempre en mi corazón, ¿será preciso
que yo mismo la lengua me cercene?).
(Gabriel escucha desde aquí como distraído en sombrías reflexiones).
Doña Aurora
¡Padre!
Gabriel
Explícate, Aurora.
Doña Aurora
Oye: al impulso
de una curiosidad impertinente,
o de otro sentimiento inexplicable
que en mí se agita y que en mi alma enciende
la misteriosa luz de una esperanza
lejana, incierta, misteriosa, débil,
cedí, señor, y en la callada noche
mi lecho abandoné..., porque a mi mente
mil visiones de amor se amontonaron
en confuso tropel, puras y alegres
como las olas que la mar en calma
sobre sus lomos incansable mece;
como las aves que en el árbol saltan
trinando al son de la escondida fuente.
Gabriel
Prosigue, Aurora.
Doña Aurora
Abandoné mi lecho,
y al tuyo me acerqué, como quien teme
ser sorprendido en criminal intento
por un extraño que a su lado duerme.
Tu faz un punto contemplé, y mi labio
un ósculo filial posó en tu frente.
¿Me oyes, Gabriel?
Gabriel
Prosigue, Aurora mía,
tu voz la voz de un ángel me parece.
Doña Aurora
Al contacto sutil del labio mío
sonreíste, señor; y tu voz débil
oí que el nombre mío murmuraba
entre esos ayes conque el mal divierte
de una pasión el que vivió en el mundo
secretos hondos ocultando siempre;
y entonces supe por la lengua misma
que hablar en sueños indiscreta suele,
que si es la tuya misterioso arcano,
espesa sombra mi existencia envuelve.
Gabriel
¿Y entonces?
Doña Aurora
Me aparté ruborizada
de quien mi padre no es; sentí más fuerte
latir mi corazón; sentí otra sangre
circular por mis venas más ardiente;
sentí en presencia del mayor cariño
mi cariño filial desvanecerse,
y al apartarme de tu lecho trémula
un ósculo de amor grabé en tu frente.
Gabriel
No lo digas jamás, Aurora mía.
Jamás a nadie tu pasión reveles.
Quema los labios que en mi frente seca
pusiste; quema el corazón rebelde
que el cariño filial de sí arrojando,
dio a mi cariño en su lugar albergue.
Doña Aurora
Es ya tarde, Gabriel, mi amor es hijo
de tu callado amor.
Gabriel
Tú lo mereces;
tú eres la sola flor que brotar hizo
en mi camino Dios... Dios, que al ponerme
sobre la tierra, me alfombró de espinas
la senda que mis pies recorrer deben;
pero yo no merezco tu amor santo;
yo soy un árbol cuyo tronco estéril
despojado de vida por el rayo,
ya ni sombra, ni flor, ni aroma tiene.
Doña Aurora
No, no: tú eres un árbol cuya sombra
cobijó mi niñez: cuyo ámbar bebe
mi pobre corazón, de quien tú solo
sombra, delicia y alimento eres.
Dios me entregó a tus brazos en mi infancia,
porque Dios quiso que en tu pecho ardiente
brotase, para encanto de tu vida,
de esta pasión correspondida el germen.
Gabriel
Tienes razón, Aurora, reconozco
en tu amor la piedad omnipotente.
Tienes razón, Aurora, Dios del cielo
te envía..., un ángel de los cielos eres.
Doña Aurora
Escúchame, Gabriel.
Gabriel
Habla.
Doña Aurora
En el nombre
de esa pasión que en nuestras almas hierve,
desaparezcan hoy esos misterios
que nuestras dos historias oscurecen.
Gabriel
Imposible.
Doña Aurora
No temas que me espante,
Gabriel, ni me arrepienta, conociéndote,
de haberte amado nunca.
Gabriel
Es imposible.
Doña Aurora
Habla. Dime quién soy, dime quién eres.
Si eres villano y en tus venas viles
la sangre impura y maldecida tienes
de raza hebrea o de morisca tribu,
yo te amaré, Gabriel; si reales puedes
ostentar de tu estirpe en el escudo
coronados y espléndidos cuarteles,
yo te amaré, Gabriel; si eres acaso
criminal fugitivo y por mí temes
de un patíbulo infame la deshonra,
yo te amaré, Gabriel; llama si quieres
a un sacerdote, y que con lazo eterno
anude nuestras almas; y no pienses
que el deshonor de criminal memoria
me humille. Te amo con amor tan fuerte,
que oraré mientras viva en tu sepulcro,
orgullosa del nombre que me dejes.
Gabriel
¡Calla, Aurora, deliras!
Doña Aurora
Un momento,
Gabriel, óyeme aún, no te impacientes.
Si eres un impostor, un ambicioso,
cogido al fin entre sus propias redes,
huyamos; tienes ocasión y tiempo.
Sí, nuestra fuga el capitán protege,
huyamos, nuestro amor y nuestra infamia
arrastrando a remoto continente.
Gabriel
¡Aurora!
Doña Aurora
Hoy a la cárcel de Medina
rayando el alba trasladarnos deben,
y el capitán que en nuestra guarda parte...
Gabriel
Silencio, Aurora. ¿Deshonrarle quieres
para salvarte tú? ¿Sabes que si huyo
cuando en su guardia el infeliz me lleve,
morirá en mi lugar, y que al fugarme
me doy por criminal siendo inocente?
Yo no huiré jamás; ni sé, ni quiero,
ni nací para huir: ya muchas veces
la he visto cara a cara, y en el pecho,
no por la espalda, me herirá la muerte.
Doña Aurora
Hiéranos a los dos un mismo golpe.
Gabriel
Tú no debes morir; aún que hacer tienes
sobre la tierra.
Doña Aurora
¿Qué, sin ti?
Gabriel
Llorarme.
Doña Aurora
¿Me lo mandas?
Gabriel
Yo, no: Dios. Obedece.
Dios me pone en los labios un candado,
no lo intentes romper. Pura, inocente,
noble eres tú; si a deshonrada tumba
mi silencio me lleva, Dios lo quiere.
Inclina, Aurora, la cabeza humilde
bajo la voluntad omnipotente,
y ora en mi tumba sin vergüenza, Aurora.
Mártir me quiere Dios, y obedecerle
es fuerza. Vive; y si te dice el mundo
que he sido un impostor, el mundo miente.
Yo no he dicho jamás que era el que buscan,
y a morir me enviarán sin conocerme.
Ora en mi tumba sin vergüenza, y ora
mientras los hombres libertad te dejen;
y si te culpan como a mí, en silencio,
digna siempre de mí, como yo muere.
Doña Aurora
¿Tú me lo mandas? Obedezco: sea,
Gabriel; digna de ti quiero ser siempre.
ESCENA XII
DOÑA AURORA, GABRIEL, DON CÉSAR
Don César
Don Rodrigo sube.
Gabriel
(A don César).
Oíd
antes. Si en algo apreciáis
a Aurora, ved cómo enviáis
ese papel a Madrid.
(Gabriel da una carta a don César, que la toma rápidamente).
Don César
Sabéis que mi fe la aprecia
en más que en mi mismo honor.
Yo lo llevaré.
Gabriel
Al señor
embajador de Venecia.
ESCENA XIII
DICHOS, un ALGUACIL, después DON RODRIGO
Alguacil
(Entrando).
Su señoría.
Gabriel
Aguardamos
sus órdenes.
Don Rodrigo
(Entrando).
Os espera
allá abajo una litera,
señor Gabriel.
(Gabriel, tomando de la mano a doña Aurora y dirigiéndose a la puerta, dice):
Gabriel
Pues partamos.
Don Rodrigo
¿Ni inquirís adónde vais
ni tomáis vuestro equipaje?
Gabriel
Vos que disponéis mi viaje
sabréis cómo me lleváis.
Don Rodrigo
Conmigo.
Gabriel
Pues ya tardamos.
Don Rodrigo
Vuestros cofres van con sellos.
Gabriel
Haced lo que os plazca de ellos.
Don Rodrigo
Pues cuando gustéis.
Gabriel
Pues vamos.
(Vanse delante Gabriel con doña Aurora, luego don Rodrigo y don César).
FIN DEL ACTO SEGUNDO
