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Torquemada y San Pedro

PRIMERA PARTE (continued 2)

Reading edition

—Ya lo ha visto, y sabe que las dos tenéis la inteligencia tan dañada como el corazón. No quiero seguiros por ese camino de monstruoso filosofismo. Bromeáis impíamente.

—¡Impíamente!—exclamó Fidela.—No, padre. Bromeamos, y nada más. Cierto que cuando Dios lo ha hecho así, bien hecho está. Pero yo sigo en mis trece: no critico al Divino Poder; pero me gustaría que estableciera esto del morirse á voluntad.

—Es lo mismo que defender la mayor de las abominaciones, el suicidio.

—Yo no lo defiendo, yo no—declaró Augusta poniéndose pálida.

—Pues yo...—indicó la otra aguzando su mente,—sino lo defiendo, tampoco lo ataco... quiero decir... esperarse... que si no fuera por lo antipáticos que son todos los medios de quitarse la vida, me parecería... quiero decir... no me resultaría tan malo.

—¡Jesús me valga!

—No, no se asuste el padrito—dijo la de Orozco, acudiendo en auxilio de su amiga.—Déjeme completar el pensamiento de ésta. Su idea no es un disparate. El suicidio se acepta en la forma siguiente: Que una... ó uno, hablando también por cuenta de los hombres... se duerma, y conserve, en medio del sueño profundísimo, voluntad, poder, ó no sé qué, para permanecer dormido por los siglos de los siglos, y no despertad nunca más, nunca más...

—Eso, eso mismo... ¡qué bien lo has dicho!—exclamó Fidela batiendo palmas, y echando lumbre por los ojos.—Dormirse hasta que suenen las trompetitas...

Pausadamente cogió Gamborena una silla y se colocó frente á las dos señoras, teniendo á cada una de ellas al alcance de sus manos, por una y otra banda, y con acento familiar y bondadoso, al cual la dulzura del mirar daba mayor encanto, les endilgó la siguiente filípica:

XI

—Hijas mías, aunque no me lo permitáis, yo, como sacerdote y amigo, quiero y debo reprenderos por esa costumbre de tratar en solfa, y alardeando de humorismo elegante con visos de literario, las cuestiones más graves de la moral y de la fe católica. Vicio es este adquirido en la esfera altísima en que vivís, y que proviene de la costumbre de poner en vuestras conversaciones ideas chispeantes y deslumbradoras, para entreteneros y divertiros como en los juegos honestos de sociedad... suponiendo que sean honestos, y es mucho suponer.

»No necesito que me déis licencia para deciros que cuanto expresásteis acerca de la muerte, y de nuestros fines aquí y allá, es herético, y además tonto, y extravagantísimo, y que sobre carecer de sentido cristiano, no tiene ninguna gracia. Podrán alabar ese alambicado conceptismo los majaderos sin número que acuden á vuestras tertulias y saraos, hombres corrompidos, mujeres sin pudor... algunas, no digo todas. Si queréis decir gracias, decidlas en asuntos pertinentes al orden temporal. Juzgad con ligereza y originalidad de cosas de teatro, de baile, ó de carreras de caballos y velocípedos. Pero en nada pertinente á la conciencia, en nada que toque al régimen grandioso impuesto por el Criador á la criatura, digáis palabra disconforme con lo que sabe y dice la última niña de la escuela más humilde y pobre. Aquí resulta una cosa muy triste, y es que las clases altas son las que más olvidadas tiene la doctrina pura y eterna. Y no me digan que protegéis la religión, ensalzando el culto con ceremonias espléndidas, ó bien organizando hermandades y juntas caritativas: en los más de los casos, no hacéis más que rodear de pompa oficial y cortesana al Dios Omnipotente, negándole el homenaje de vuestros corazones. Queréis hacer de Él uno de estos reyes constitucionales al uso, que reinan y no gobiernan. No, y esto no lo digo precisamente por vosotras, sino por otras de vuestra clase; no os vale tanta religiosidad de aparato; no se os acepta el homenaje externo si no lo acompañáis del rendimiento de los corazones, y de la sumisión de la inteligencia. Sed simples y candorosas en materia de fe; dad al ingenio lo que al ingenio pertenece, y á Dios lo que siempre ha sido y será de Dios.

Oían las dos damas absortas, bebiéndose con los ojos la dulzura de los ojos del misionero, al propio tiempo que absorbían por el oído, y las agasajaban en el pensamiento, las ideas que expresaba. Durante la breve pausa que hizo, apenas respiraban ellas, y él siguió tranquilo, apretando un poquito en la severidad:

—Las clases altas, ó por hablar mejor las clases ricas, estáis profundamente dañadas en el corazón y en la inteligencia, porque habéis perdido la fe, ó por lo menos andáis en vías de perderla. ¿Cómo? Por el continuo roce que tenéis con el filosofismo. El filosofismo, en otros tiempos, no traspasaba el lindero que os separa de las clases inferiores; el filosofismo era entonces plebeyo, ordinario, y solía estar personificado en seres y tipos que os eran profundamente antipáticos, sabios barbudos y mal olientes, poetas despeinados y que no sabían comer con limpieza. Pero ¡ah! todo ello ha cambiado. El filosofismo se ha hecho fino, se ha hecho elegante, se ha colado por vuestras puertas, y vosotras le dáis abrigo, y le hacéis carantoñas. Antes le despreciábais, ahora le agasajáis; y os parece que vuestras mesas no están bastante honradas si no sentáis á ella diariamente á dos ó tres de estos alumnos de Satanás; y vuestros saraos no os parecen de tono, si no traéis á ellos á toda la caterva de incrédulos, herejes y ateistas.

»Vosotras, clases altas y ricas, aburridas, fatigadas por no tener un papel glorioso que desempeñar en la sociedad presente, os habéis bajado á la política, como el noble enfermo y melancólico, que no sabiendo qué hacer para distraerse, desciende á bromear con la servidumbre. El filosofismo, harto de vivir en sótanos y entre telarañas, se ha subido á la política para buscar en ella su negocio, y en ese terreno común os habéis encontrado todos, y os habéis hecho amigos. Después, incurriendo en familiaridades de mal gusto, lleváis al filosofismo arriba, á vuestras salas, y allí, el infame os contagia de sus perversas ideas, amortiguando la fe en vuestros corazones. Cierto que conserváis la fe nominal, pero tan sólo como un emblema, como una ejecutoria de la clase, para defenderos con ella en caso de que veáis atacados vuestros fueros y amenazadas vuestras posiciones... Y la prueba de esto la hallamos en las novísimas costumbres de la gente noble. Decidme: ¿no salta á la vista que vuestras devociones son superficiales y que debajo de ellas no hay más que indiferentismo, corruptela? Vosotras mismas os habéis reído, esta Navidad, de las que dieron misa del gallo con baile. Vosotras mismas habéis organizado conciertos caritativos, y con igual frescura tomáis el teatro y la lotería por instrumentos de caridad, que lleváis á la iglesia las formas teatrales. Todo está bien con tal de divertiros, que es la suprema, la única aspiración de vuestras almas.

Descansaron las dos damas de aquella tirante atención, sacando cada cual un suspiro de lo más hondo del pecho, y Gamborena, después de repartir por igual palmaditas en las manos de una y otra, prosiguió y terminó benévolamente en esta forma:

—Hay que volver á la sencillez religiosa, señoras mías, limpiar el corazón de toda impureza, y no permitir que la frivolidad se meta donde no la llaman, y donde hace tanta falta como los perros en misa. ¿Queréis ser elegantes? Sedlo enhorabuena, sin mezclar el nombre de Dios ni la doctrina católica en vuestras chismografías epigramáticas. La caridad, el culto, la devoción sean cosas serias, no uno de tantos temas para lucir la travesura del pensamiento. La que no tenga fe, que lo diga y se deje de comedias que á nadie engañan, y menos al que todo lo ve. La que la tenga sepa tenerla con simplicidad; sea como los niños para aprender la doctrina, y como los humildes y pobres de espíritu para practicarla, dejando los escarceos del ingenio para el diablo, que es el gran hablador, y el maestro de la cháchara, y el que á la postre sale ganando con todas esas vanidades de la conversación picaresca. La alcurnia y el dinero suelen ser carga pesada para las almas que quieren remontarse, y estorbo grande para las que buscan la simplicidad: el toque está, señoras mías, en conseguir aquellos fines, sin arrojar dinero y alcurnia, aunque hay casos, pero de esto no se hable, por ser excepcional y extraordinario. Sabiendo uno con quién trata, y en qué tiempos vive, no incurrirá en la tontería de decir: «imitad á los que siendo nobles y ricos, quisieron ser pobres y plebeyos.» Esto no: vivimos en tiempos de muchísima prosa, y de muchísima miseria y poquedad de ánimo. La voluntad humana degenera visiblemente, como árbol que se hace arbusto, y de arbusto, planta de tiesto: no se le pueden pedir acciones grandes, como al pigmeo raquítico no se le puede mandar que se ponga la armadura de García de Paredes y ande con ella. No, hijas mías. No os diré nunca que seáis heroínas, porque os reiríais de mí, y con razón. Sois muy enanas, y aunque os empinárais mucho, aunque os pusiérais penachos de soberbia y tacones de vanidad, no podríais llegar á la talla. Por eso os digo: ya que sois tan poquita cosa, procurad ser buenas cristianas dentro de la cortedad de vuestros medios espirituales; seguid siendo aristócratas y ricas; compaginad la simplicidad religiosa con el boato que os impone vuestra posición social, y cuando os llegue el momento de pasar de esta vida, si habéis sabido limpiaros de la impureza que os invade el corazón, no encontraréis cerradas las puertas de la eterna dicha.

Oyeron las damas esta plática con emoción profunda, y poco faltó para que lloraran. Cuando el misionero terminó, repitiendo las afectuosas palmaditas en las manos de sus oyentes, Augusta no hacía más que suspirar. Fidela parecía un poquito asustada, y cuando se repuso, su genial travesura salió bruscamente con uno de aquellos rasgos que el sacerdote acababa de reprender.

—Pero si no puedo purificarme bien, lo que se llama bien, espero que habrá un poquito de manga ancha conmigo, y que usted me abrirá la puerta celestial.

—¿Yo?

—Usted, sí, usted que tiene las llaves.

—¿Yo?

—Lo dice mi marido, y lo cree, y por creerlo así le llama á usted San Pedro.

—Es una broma.

—¿Y no mereceré yo un poco de indulgencia?

—Indulgencia Dios la da.

—Pues mire usted, nadie me quita de la cabeza que la voy á necesitar pronto, muy pronto.

—¡Oh, no digas tal!

—Me lo pueden creer. Hace días vengo pensando en eso, en mi próxima muerte, y ahora, cuando usted hablaba, se me metió en la cabeza la idea de que ya estoy al caer, pero ya, ya...

—¡Qué tontería!

—Si no me asusto. Al contrario, lo miro con una tranquilidad... ¡Morir... dormir mucho tiempo! ¿No es eso, padre? ¿No es eso, Augusta?

Entró en aquel momento Cruz, y habiendo entendido algo de lo que su hermana decía, la reprendió con dulzura, fijándose en la expresión de su rostro. Debió éste de parecerle hipocrático en grado sumo, aunque no lo bastante para sentir alarma.

—Claro, te estás toda la tarde de palique y luego viene la fatiguita y la opresión. Tú no hagas más que oir, y habla lo menos que puedas; sobre todo no te pongas á defender los mil disparates que se te ocurren, porque en las discusiones te quedas sin aliento, y ya ves...

—Si no estoy mal—dijo Fidela, con dificultosa respiración.

—No, no estás mal. Pero yo que tú me acostaría. Ya ves qué día tenemos. Con todas las precauciones del mundo, y echando leña sin cesar en las chimeneas, no podemos evitar que te enfríes. ¿Verdad, padrito, que debe acostarse?

Las instancias de su hermana, reforzadas por Gamborena, llevarónla al lecho, donde se sintió mejor. Después de haber descabezado un sueñecillo, hallábase muy risueña y decidora. Augusta, que de su lado no se separaba, le mandó más de una vez que cerrase el pico.

Nada ocurrió en el resto del día digno de ser contado. Gamborena y Cruz charlaban en el gabinete de Fidela, y ésta en su alcoba se entretenía con Valentinico y con su fiel amiga. Ya entrada la noche, poco antes de la hora de comer, la Marquesita de San Eloy despertó de un breve y tranquilo sueño, respirando desahogadamente. ¡Qué bien estaba! Así lo creyó Augusta al acercarse á ella, inclinándose sobre el lecho. Llevóse la niñera al chiquitín para darle de comer, y entonces Fidela, acariciando la mano de su amiga, le dijo en el tono más natural del mundo:

—Tengo que decirte una cosa.

—¿Qué?

—Que quiero confesarme.

—¡Confesarte!—exclamó Augusta palideciendo y disimulando su turbación.—Pero ¿estás loca?

—No sé por qué ha de ser signo de locura el querer confesarse.

—Pero, hija, es que... creerán que estás mal.

—Yo no sé si estoy mal ó bien. No hay más sino que quiero confesarme... y cuanto más pronto, mejor.

—Mañana...

—Déjate de mañanas. Mejor será esta misma noche.

—Pero ¿qué idea te ha dado...?

—Pues una idea, tú lo has dicho, una idea. ¿Acaso es mala?

—No... pero es una idea alarmante.

—Bueno, mejor. Me harás el favor de decírselo á mi hermana. Ó se lo dices á Tor... No, no, mejor á mi hermana.

XII

En el mismo instante que esto ocurría, entraba del Senado D. Francisco, llevando consigo á un amigo, médico y senador, á quien había invitado á comer, más que por el gusto de obsequiarle, porque viera á su esposa, y proporcionarse de este modo una consulta gratuita sobre la dolencia fastidiosa y tenaz, ya que no grave, que aquélla sufría. Figuraba el senador entre las eminencias médicas, y quería serlo también política, para lo cual había tomado por su cuenta las reformas sociales, pronunciando discursos campanudos y pesadísimos, que á Torquemada le encantaban, por hallar en ellos perfecta concordancia con sus propias ideas sobre tales materias. Hicieron amistades en los pasillos, y en el salón se sentaban casi siempre juntos. Era el médico hombre amabilísimo, y D. Francisco se encariñaba con los hombres finos, siempre que fueran desinteresados y no atacasen al bolsillo con las armas de la cortesía refinada como ciertos puntos que á nuestro tacaño se le sentaban en la boca del estómago.

Vió, pues, el senador médico á la señora Marquesa, la interrogó con exquisita delicadeza y gracejo, y su dictamen fué tranquilizador para la familia. Todo ello no era más que anemia, y un poco de histerismo. El tratamiento de Quevedito le pareció de perlas, y había que esperar de él la anhelada mejoría. No se permitió añadir más que la rusticación cuando llegase el verano, residiendo en país montañoso, lejos del mar. Después comieron todos muy campantes, y Cruz notó en Augusta una tristeza que en ella era cosa muy rara, pues por lo común alegraba la mesa y entretenía gallardamente á los comensales. Torquemada estuvo decidor, queriendo á toda costa lucirse delante de su amigo, el cual, velis nolis, metió entre dos platos los problemas sociales, y allí fué Troya, pues el médico resolvía la cuestión por lo político, el misionero por lo religioso, y el señor Marqués deploraba las exageraciones de escuela. Tristes y aburridas, abstuviéronse las dos damas de dar su opinión en tan cargante materia.

Terminada la comida corrió Augusta á la alcoba, y se secreteó con Fidela:

—Dice Cruz que mañana...

—Mi hermana no ha dicho eso.

—¿Cómo no?

—No, porque tú no le has dicho nada todavía. Si todo lo sé y lo veo desde aquí. Conmigo no valen mentirillas. Y si no se lo dices pronto, tendré que decírselo yo.

La inesperada presencia de Cruz en la alcoba, entrando como una aparición, cortó bruscamente el diálogo. Al pronto, notando algo extraño en la actitud de ambas, creyó que se trataba de una travesura. Interrogó, le replicaron, y al fin supo la verdad de aquel antojo de su hermana. ¡Confesarse! ¿Cuándo? ¡Pronto, pronto! ¿Qué prisa había? Su empeño verdadero ó fingido de tomarlo á risa, no dió más resultado que confirmar á la otra en su tenaz deseo. Bien se comprende que aquel repentino afán de confesión, no hallándose la señora peor de su dolencia, al decir de los médicos, inquietó á la familia. Cruz fué con el cuento á Gamborena, y éste á don Francisco, que corrió alarmadísimo á la alcoba, y dijo á su cara mitad:

—¿Pero tú qué fenómenos tienes? Si dice el doctor que son fenómenos reflejos, exclusivamente reflejos... ¿Á qué viene esa andrómina del confesarse? Tiempo tienes. Mi amigo se ha ido; pero si quieres le llamo... No, no será preciso. Mientras menos médicos parezcan por aquí mejor. Quevedo no tardará en llegar, y entre todos te convenceremos de tu tontería.

Interrogada por todos de un modo apremiante, Fidela no podía declarar, sin mentir, ningún síntoma peligroso. De fiebre no tenía ni chispa, según una vez y otra hizo constar D. Francisco, que se las echaba de buen entendedor de pulsos. Lo único que sentía era la opresión del pecho, la dificultad del respirar, cual si un corsé de hierro le oprimiera la caja torácica, y algo, además, que, á su parecer, como dogal interno, apretaba su garganta, á la cual se llevaba las manos sin sosiego, creyendo cerciorarse con ellas de una fuerte hinchazón.

—Pero, ¿no tengo aquí un bulto muy grande?

—No, hija, no tienes nada. Todo es aprensión.

—Fenómenos reflejos.

—Duérmete, y verás.

—Eso es lo que quiero, dormirme y ver lo que hay por allá. Pero me parece que no pegaré los ojos en toda la noche.

Quevedito, que á la sazón entrara, no encontró en ella novedad que debiera ser motivo de alarma; pero el estado moral de la enferma, y las extrañas inquietudes de su espíritu pusiéronle al fin en cuidado, y propuso á su suegro que, al día siguiente, fuese llamado en consulta el doctor Miquis. En tanto, Cruz trataba de de convencer á Gamborena de la inconveniencia de retirarse á su domicilio en noche tan cruda y desapacible, y él no insistió, como otras veces, en largarse, afrontando la ventisca y el frío. Más que las molestias y aun peligros de la caminata, le retenían en la mansión ducal presentimientos vagos de que no sería excusada en ella su presencia. Convino, al fin, en alojarse en la habitación cardenalicia que en el piso alto le tenían preparada, y Cruz le suplicó que, antes de recogerse, tratara de obtener de Fidela, con su omnímoda autoridad, el aplazamiento de la confesión hasta el siguiente día. Dicho y hecho. Llegóse á la puerta de la alcoba el buen sacerdote, y desde allí con insinuante cariño dijo á la enferma:

—¿Sabes que tu hermana no me deja marchar? Me resigno, porque las calles están heladas: caballos y personas tenemos miedo de un resbalón, y de rompernos pata ó pierna... Eso que has pensado, hija mía, me parece muy bien, muy bien. Por lo mismo que no estás peor, quieres hacerlo descansada y fácilmente, como obligación de todo tiempo y de circunstancias normales. Bien, muy bien. Pero yo estoy cansado, tú necesitas dormir, y como me tienes en casa, quédese para mañana. Duérmete niña, duérmete tranquila. Buenas noches.

Poco después de esto, despidióse Augusta, besando una y otra vez á su amiga, y prometiéndole ir tempranito á la mañana siguiente. La paz y la quietud reinaron en la casa, mas no en el corazón de Cruz, que no tenía sosiego, y se acostó como el oficial de guardia cuando hay temores de trifulca. Toda la noche la pasó don Francisco vigilando á su esposa. Entraba de puntillas, y aproximábase al lecho como un fantasma. La pobrecita dormía algunos ratos; pero eran sus sueños breves y nada tranquilos.

—Estoy despierta—decía alguna vez.—Aunque me veas con los ojos cerrados, no duermo, no. ¡Y qué ganas tengo de coger un buen sueño largo, largo...!

—¿Hay algún nuevo fenómeno, hija mía?

—Nada, nada más que esta opresión maldita. Si no tuviera esto, me sentiría muy bien.

—Y más tarde:

—Eximio, no te asustes, esto no es nada. Un momento que me ha faltado la respiración, y creí que me ahogaba.

—¿Quieres otra cucharadita?

—No, ahora no. Creo que me hace daño tanto brebaje. ¡Ay! qué horrores soñé en un momento que me quedé dormida. Que nuestro Valentín se había sacado los ojos y jugaba con ellos. Después me los daba á mí para que se los guardara... ta... ca... pa... ca... ¿Y qué haces que no te acuestas, pobrecito eximio?

—Mientras tú estés despierta, velaré yo—le dijo el esposo, sentándose á su lado.—Blasono de precavido y vigilante y soy la previsión personificada.

—Si no tengo nada; si estoy bien...

—Pero debemos tender á que estés mejor. Á mí se me ha ocurrido un plan. Á veces sabe uno más que toda la cáfila de médicos que pululan por ahí.

—¡Si yo durmiera...! Pero, ya verás... de mañana no pasa que coja yo un sueño largo, largo...

—Cuando yo estoy desvelado, me pongo á sumar cifras, y á meter y sacar por todos los rincones del cerebro la aritmética que aprendí de muchacho.

—Pues yo también sumo, y no saco en limpio más que los mil y quinientos minutos que me faltan para dormirme. ¡Qué cabeza esta! ¿Ves? Ahora parece que tengo sueño. Respiro bien, y el bulto de la garganta se me sube á los ojos. Los párpados me pesan. Eximio Tor, yo te aseguro que Valentín tendrá mucho talento, no talento para los negocios, como tú, sino para la poesía, y para...

Se quedó dormida. Á la madrugada, después de varios letargos breves, tuvo un ligero ataque de disnea. Torquemada se alarmó. Pero ella le tranquilizaba diciéndole:

—Querido ex... ex... imio, no te asustes. No es nada. Quiero respirar, y la nariz dice que... respire por la boca, y la boca... que por la nariz..., y en esta disputa... ¿ves?... ya pasó... ya.

Ya de día claro, durmió como unas dos horas, y se despertó alegre, charlatana, preguntando si había venido Augusta. Acudió su hermana á darle el desayuno, un té con leche, que tomó con gran apetito. Torquemada se había ido á descansar, y Gamborena se preparaba para decir la misa. Revuelto y glacial como el anterior, ofrecióse al amanecer aquel día, lo que no impidió que la de Orozco se personase en el palacio, diligente y recelosa, poco antes de la misa, que oyó con gran recogimiento y devoción. Á las nueve, cuando Gamborena se desayunaba en la sacristía, y se oían en los pasillos bajos el desapacible chillar del heredero, y el ruido de los varetazos que daba en bancos y sillas, subió Augusta á la alcoba y charló con Fidela de cosas gratas, amenas y tentadoras de la risa. En lo mejor de este sabroso coloquio entró el eclesiástico diciendo con gracejo:

—Amiguita, ahora está usted de más aquí. Fidela y yo tenemos que echar un párrafo.

Salió de la alcoba la dama, y quedaron solos la Marquesa y el misionero. La confesión fué larga, aunque no tanto como el sueño que aquélla deseaba.

XIII

—¿Y qué?—preguntaba Augusta al sacerdote en el gabinete de Cruz, mientras ésta pasaba un rato junto á su hermana,—después de la confesión ¿tendremos también Viático?

—¡Tendremos! Habla usted de ello, amiga mía, como si se tratase de una garden party, ó de un cotillón.

—No es eso... Quiero decir...

Torquemada entró súbitamente, haciendo la misma pregunta:

—¿Y qué? ¿Viático tenemos?

—Esperaremos á que ella misma lo pida—indicó Augusta,—ó á que los facultativos indiquen su oportunidad. Yo la encuentro bien, y no veo motivo de alarma. ¡Pobre ángel!

—Es una santa—dijo el tacaño con cierta solemnidad,—y no será justo ni equitativo que se nos muera tan pronto, habiendo por el mundo tantos y tantas que maldita la falta que hacen.

—Sólo Dios sabe quién debe morir—agregó el sacerdote,—y cuanto Él dispone, bien dispuesto está.

—Sí; pero no es cosa de conformarse así, á lo bóbilis bóbilis—replicó Torquemada amoscándose.—¡Pues no faltaba más! Admito que todos somos mortales; pero yo le pediría al señor de Altísimo un poco más de lógica y de consecuencia política... quiero decir, de consecuencia mortífera... Esto es claro. No se mueren los que deben morirse, y tienen siete vidas como los gatos, los que harían un señalado servicio á toda la humanidad tomando soleta para el otro mundo.

Gamborena no contestó nada, y se fué á rezar á la capilla.

Poco después de esto, Fidela, que por consejo de toda la familia y disposición de Quevedito, se había quedado en el lecho, mandó que le llevaran al chiquillo, el cual, si al pronto se enfurruñó, porque le privaban de hacer el burro en los pasillos bajos, no tardó en avenirse con la compañía de su madre, única persona á quien solía mostrar cariño. Cansado de dar vueltas por la alcoba pegando latigazos, se hizo subir á la cama, y por ella se paseó á cuatro patas, imitando el perro y el cochino; y ya se corría hacia la cabecera para dejarse besar de su mamá, ya bajaba hasta los pies, mordisqueando la colcha, y haciendo gru, gru, para hacer creer á Augusta que era un terrible animalejo, que le iba á comer una mano.

—Está monísimo—decía Fidela, encantada de aquel juego.—No me digan que este chico va á ser tonto. Lo que tiene es muchísima picardía, y en él, la travesura del animalillo anuncia la inteligencia del hombre.

Agitaba ella los pies dentro de las sábanas, para que él hociqueara en el bulto con saltos y acometidas de bestia cazadora, y ya se esparranclaba, ya husmeaba el aire descansando sobre los cuartos traseros y erguido sobre los delanteros, ya, en fin, sentábase para frotarse el hocico con movimientos de oso cansado de divertir á la gente. Pero su principal diversión era asustar á las personas que rodeaban el lecho, y á su mamá misma, ladrándoles, embistiéndoles de mentirijillas, con la boca abierta en toda su pavorosa longitud. Verdad que nunca se las comía; pero les hacía creer que sí, á juzgar por las voces de espanto con que acogían sus furores. Por fin, tendióse á lo largo junto á su madre, y apoyando su rostro en el de ella, largo rato estuvo mirándola de hito en hito, sin articular gruñido ni voz alguna. Maravillábase Augusta de que la mirada de Valentinico tuviera aquel día expresión menos fosca y aviesa que de ordinario; pero no apuntó ninguna observación sobre este particular.

—¡Si es más bueno este hijo!—decía Fidela gozosa.—¡Ahora me está diciendo al oído unos secreticos tan salados!... Ta, ta, pa, ca... que me quiere mucho, y otras cosas muy bonitas, muy rebonitas.

Diferentes veces le puso Cruz en el suelo para que no molestase á su madre; pero él, con una querencia tenaz, que fué la mayor rareza de aquel memorable día, se las arreglaba para volver á la cama. Creyérase que comprendía la obligación de ser dócil y bueno para merecer aquellos honores. Nunca se le vió más sumiso ni se notó expresión tan dulce en el ta, ca, ja, pa, que á cada instante pronunciaba, ni tuvo tanto aguante para permanecer quieto, pegado su hocico al rostro de su mamá, dejándose acariciar de ésta y oyendo de su boca tiernas palabras que seguramente no había de entender. Quedóse dormido un rato, y Fidela no consintió que le quitasen de su lado. Durmió también ella con placidez que todos creyeron de feliz augurio, y de fijo le habría sido provechoso aquel sueñecico, si hubiera durado más.

Con la tardanza del doctor Miquis, que no pudo ir hasta la tarde, estaban en ascuas Cruz y don Francisco, esperando uno y otro cobrar ánimos con la visita del famoso médico. Antes que éste llegara, tuvo Fidela otro ataquillo de disnea, seguido de un colapso muy breve, del cual sólo Augusta, única persona que entonces se hallaba presente, pudo enterarse. Volvió Valentinico á subirse á la cama, y si, poco antes, pudieron observar todos en sus ojuelos cierta dulzura (como no fuera esto efecto de la buena voluntad de los que le miraban), luego notaron en ellos la singularísima expresión ofensiva que de ordinario tenían. Quizás dependía esto de su pequeñez, contrastando con la voluminosa cabeza, y de una irisación gatuna en las obscuras pupilas. No se sabe; pero todos decían, y Augusta la primera, que aquél no era el mirar inocente y seductor de un niño. ¡Demonio de engendro! Le dió por echarse como un perro á los pies de su madre, y de amenazar con gruñidos á cuantos al lecho se acercaban, enseñando los dientes, y preparándose para morder al que se dejara, ya fuese su mismo papá, ó su tía.

—¡Qué bravo!—decía Fidela.—¡Cómo defiende á su madre! Esto se llama inteligencia, esto se llama cariño... ¡Pero si nadie me hace daño, hijo mío! Estáte quietecito, y no te muevas mucho, que me molestas.

Entró en esto Miquis, y se llevaron al salvaje bebé, que con berridos protestaba de no hallarse presente en tan importante visita. Larga fué ésta, y detenidísimo el examen que de la ilustre enferma hizo aquel espejo de los facultativos. La animó con su galana y piadosa palabra; mostróse después reservado con la familia, y al fin, solos él y Quevedito, hablaron mutatis mutandis lo que sigue:

—¿Pero tú qué estás pensando?... ¿tú qué haces? ¿Estás tonto?

—¡Yo!... ¿qué?—replicó balbuciente y poniéndose pálido, el yerno de Torquemada.—¿Por qué me dice usted eso, D. Augusto?

—Porque eres un ciego si no ves que esta pobre señora está muy mal. ¡Á buena hora me avisas, cuando ya...! Puede que aún sea tiempo; pero lo dudo. La depresión cardíaca es tal, que temo el colapso, y si viene el colapso con la intensidad que presumo, ya no hay nada que recetar, como no sea el Viático.

Quevedito se limpió el sudor del rostro. Un color se le iba y otro se le venía, no sabiendo qué contestar á las aterradoras palabras de su amigo y maestro. El cual siguió:

—¿Pero á qué tanta digitalina? Basta, basta, y dispón las inyecciones de cafeína y éter, y las inhalaciones de oxígeno... para lo que ha de venir esta noche.

—¡Teme usted...!

—Ojalá me equivoque. Pero... no te comprometas ante la familia con optimismos que por desgracia serían ilusorios... no des esperanzas.

—¿Teme usted que el colapso...?

—Se ha iniciado ya. Lo he conocido en el pulso irregular, en el rostro, que se descompone, ó parece querer descomponerse...

—No había observado...

—¿Y para qué sirve la adivinación médica, el arte de ver los fenómenos ya pasados, en el rastro casi imperceptible que dejan en el organismo? Volveré esta noche. No te separes de la enferma, y observa al minuto todo cuanto ocurra.

—¿Volverá usted?

—Sí. Creo que no adelantaremos nada, y que la pobre señora no saldrá de la noche.

De tal modo desconcertaron estas lúgubres palabras al bueno de Quevedito, que cuando el otro se fué, y Cruz, ansiosa, se llegó al médico de la casa, éste no pudo disimular su turbación. Faltábale poco para echarse á llorar. Á las preguntas anhelantes de Cruz, y á las de D. Francisco, contestó desordenadamente, luchando entre la veracidad profesional y el afecto de familia:

—Mal diagnóstico... ¿para qué ocultarlo?... malo, malo... Sería peor dar esperanzas, que... Pero aún no debemos perderlas, no, no, eso no... Basta de digitalina... Habrá que hacer inyecciones... inhalaciones... Veremos esta noche... Creo que Miquis exagera el mal. Estos médicos de punta son así; dan grandes proporciones á la cosa más sencilla, para luego salir diciendo... Pero la gravedad existe, una gravedad relativa... y vale más estar prevenidos...

XIV

La primera idea de Cruz, rehaciéndose valerosa ante el peligro, fué llamar inmediatamente á las principales eminencias médicas de Madrid. Torquemada, que poco después de oir á su yerno tocaba el cielo con las manos, empezó por arrojar todas sus iras contra Miquis:

—Ese hombre está loco. Ese hombre es un bribón que quiere explotarnos. Ve que en esta casa hay trigo, y dice: aquí me dejo caer... No, no, fuera médicos ilustres, que no saben una patata. ¡Decir que hay peligro grave! ¿Dónde y por qué? Si sólo con verla se comprende que todo ello es unas miajas de fenómeno reflejo, catarro descuidado, el dengue y los achaquillos que deja... Esto es una picardía, un complot, por decirlo así.

Pronto varió de opinión, transigiendo con que se llevaran cuantos doctores de campanillas fuesen menester, y después, su excitado cerebro discurría los arbitrios más extravagantes, por ejemplo, llamar á un curandero famoso de la Cava de San Miguel... Él le conocía, y testimonio podía dar de sus maravillosas curas: nada se perdía, pues, con llevarle, porque si no curaba, daño no hacía; toda su terapéutica era agua del pozo, y dar friegas en el estómago y en los vacíos con un cepillo de hierbas. Tan desconcertado estaba el hombre, que no tardó en reirse de su propio consejo, y volvió á poner en duda la competencia de la Facultad para curar á nadie.

Con rapidez pasmosa cundió entre los amigos de la casa la noticia de la gravedad de la señora Marquesa de San Eloy, llegando también al Senado antes del término de la sesión, por lo cual vióse D. Francisco asaltado, á primera hora de la noche, de multitud de amigos políticos y particulares, que con enfáticas demostraciones de sentimiento, estuvieron dándole matraca más tiempo del que su tristeza y ganas de soledad consentían. No hizo caso de nadie, ni aun de los que, echándoselas de profetas optimistas, le anunciaban una solución feliz de la enfermedad. Renegaba el tacaño de todo, de los amigos y de la ciencia, de la fatalidad y de los llamados... altos designios de... Quien quiera que fuese. Hasta la compañía y los consuelos de Donoso, su amigo y en cierto modo maestro en ilustración, le cargaban en aquella infausta noche. Resistióse á probar bocado, y cuando los importunos empezaron á desfilar, andaba de un lado para otro del palacio, como un demente, paseándose entre fantasmas, que no otra cosa le parecían las figuras religiosas ó paganas, desnudas unas, otras mal vestidas con sábanas ó colchas, que poblaban salones y galerías.

Entre tanto, Fidela había pasado, en el tránsito melancólico del día á la noche, por diferentes alternativas, hallándose por momentos gravísima, por momentos tan aliviada, que la familia no sabía si temer ó esperar. Augusta no se separaba de su lecho: las manos de una enlazadas con las de la otra, confirmaban en aquellos críticos instantes el intenso cariño, contra el cual la muerte misma no debía prevalecer.

—Ahora te sientes mejor, mucho mejor, ¿no es verdad? No creas que nos hemos alarmado mucho. Bien se ve que no es nada.

—Sí, no es nada—dijo Fidela recobrando la viveza de su acento.—¡Si siguiera como estoy ahora...! Me siento bien; respiro sin dificultad; y... ¡qué cosa tan rara! se me ha refrescado tanto la memoria, que todo lo veo clarito, y mil cosas que había olvidado, insignificantes, se me presentan ahora en la imaginación como si hubieran pasado ayer.

—¿Sí? ¡Qué gracia! Pues mira, no hables mucho. Ya sabes que los médicos quieren que cierres el pico... Fácil medicina es callar.

—Déjame que hable un poquitín. ¡Si es lo que me gusta más en el mundo! La charla... mi pasión...

—Bueno, te permito una pizca de charla. Si se enteran Quevedo y tu hermana me reñirán.

—¡Ay, qué cosa tan rara! Alababa yo mi memoria, y ahora me encuentro sin ella... Pues nada... Había pensado preguntarte una cosa, y se me ha olvidado... ¡Pero si hace medio minuto que lo tenía aquí, en la punta de la lengua!

—Pues déjalo para después.

—¡Ah!... ya, ya lo tengo.—Verás: cuatro palabras nada más... Díme una cosa. ¿Crees tú que los muertos vuelven?

—Mira, hija de mi alma—replicó Augusta sintiendo frío en el corazón,—no hables de muertos. ¡Vaya, qué tonterías se te ocurren!

—¿Y por qué ha de ser tontería? Yo te pregunto si crees tú que los que se mueren... vuelven al mundo de los vivos. Pues mira, yo creo que sí, y que no hay que burlarse de la conseja de las ánimas en pena.

—Yo no sé nada de eso: cállate, ó llamo á Cruz.

—No, no... ¡Flojo réspice me echaría!... Yo creo que cuando una es espíritu libre, puede ir y venir donde le plazca. Lo que no sé es si tú podrás verme, como yo te veré á tí... Y cuidadito con hacer picardías... Mira que te estaré mirando...

Augusta temblaba. Se apoderó de ella un terror instintivo; y como en la estancia había poca luz, creyó ver surgir de aquellas penumbras espectros que se aproximaban lenta y terroríficamente.

—¿Tú qué piensas de esto?—insistió Fidela con ligera inquietud.—¿Alguna vez, en tu vida, en circunstancias gravísimas ¿me entiendes?, has visto la imagen de alguna persona querida, que se te hubiera muerto? Porque el ser la persona muy querida, muy querida, paréceme condición indispensable para que el hecho de verla, de verla como te estoy viendo á tí, se verifique.

—Bah, bah... ¿Te callas si te contesto lo que más puede gustarte? Pues bien, si te callas te diré que sí... Pero no me preguntes más. Queriendo mucho, pues... Ea, basta ya. Esto podría desvelarte, y es preciso que duermas, pobrecita.

—Si yo también quiero dormirme. De eso se trata, tonta. ¡Que me place tu respuesta! Los que duermen, sueñan, y el que sueña, vive en sueños, y su ser soñante puede ser su imagen visible... ¡Vaya unas filosofías! ¡Ah, que no nos oiga el padrito! ¡Menudo sermón nos echaría!... Pues sí, á dormir, á dormir.

Cerró los ojos, y Augusta, después de abrigarle el cuello con el embozo, la besó cariñosamente, y la arrulló como á los niños. Cruz entró de puntillas, y enterada de su tranquilidad volvió á salir. En consulta estaban á la sazón tres eminencias, á más de Miquis y Quevedito, y había gran ansiedad en la familia por conocer el resultado de la discusión científica. Por desgracia, el protomedicato confirmó plena y categóricamente la opinión de Miquis, respecto á la gravedad y al inminente peligro. La temida catástrofe podía tardar un día, dos, ó precipitarse en el instante menos pensado, aquella misma noche.

Quiso Cruz consultar con Torquemada si se traería el Viático, sin pérdida de tiempo; pero don Francisco, por mediación de Donoso, que era el que andaba en aquellos tratos, negóse á dar su opinión sobre tan grave materia. Su abatimiento y pesimismo quitábanle la serenidad para resolver cosa alguna. Gamborena, en tanto, con pretexto de visitar á la enferma, entró en su alcoba. La vió dormida; esperó... Un ratito después, Fidela despertaba; alegróse mucho de ver al misionero, y le dijo que quería reconciliarse. Retiráronse todos, y Gamborena, como era natural, aprovechó tan buena coyuntura para proponerle la administración del Sacramento. Acerca de la hora no hubo perfecto acuerdo, porque la enferma dijo: «mañana»; Cruz no quería contrariarla, manifestando prisa, y el padre transigió dando al mañana una interpretación ingeniosa.

—Tempranito, tempranito... Es lo mejor. Son las diez de la noche.

Don Francisco, á eso de las once, se dirigió á la alcoba, cuando ya se había iniciado el temido colapso. El mismo terror que invadía su alma le sugirió ardiente anhelo de ver el tristísimo cuadro de aquella preciosa vida, próxima á extinguirse en lo mejor de la edad, burla horrorosa de la lógica, del sentido común, y aun de las leyes de la Naturaleza, sacrosantas, sí señor, sacrosantas, cuando no se dejan influir ¡cuidado! de las arbitrariedades que vienen de arriba. Contempló á su querida esposa, lívido, desconcertado, sin acertar á proferir palabra ni queja, y allí se estuvo como estatua, sintiendo, con más fuerza que había sentido el terror de la entrada en la alcoba, el terror de la salida. No hallaba ni la palabra, ni el gesto, ni el movimiento para largarse. Por fin, Augusta, que lloraba á lágrima viva, le cogió por un brazo, diciéndole entre sollozos:

—Retírese, D. Francisco, que esto le afectará demasiado.

El hombre encontróse fuera del cuarto cuando menos lo pensaba, y silenciosamente, las manos á la espalda, los labios fruncidos, bien apretados los dientes, como si nunca más en su vida hubiese de articular palabra, se fué á su despacho, en la planta baja, donde no había nadie, pues Donoso andaba también por las alturas, tratando de algo referente á la imponente ceremonia que se preparaba.

XV

Metióse en su cuarto el Marqués de San Eloy como alimaña huída, que sólo se cree segura en la grieta que le sirve de albergue; pero como éste era, en aquel caso, bastante holgado, allí se entretuvo el hombre en espaciar su desventura, paseándola de un extremo á otro, como si de esta suerte, por estirarla y darle vueltas, pudiera llegar á ser menos honda. Verdaderamente, era una cosa inícua, casi estaba por decir una mala partida... vamos, una injusticia tremenda, que debiendo ser Cruz la condenada á fallecer, por razón de la edad, y porque maldita la falta que hacía en el mundo, falleciese la otra, la bonísima y dulce Fidela. ¡Qué pifia, Dios! Y á él no le faltaban agallas para decírselo en su cara al Padre Eterno, como se lo diría al Nuncio y al mismo Papa, para que fueran á contárselo. ¿Á qué obedecía la muerte de Fidela? «¿Á qué obedece?—repetía furioso, volviendo la cara hacia el techo, como si en él pintada estuviese la cara de su interlocutor.—¿Es esto justo? ¿Es esto misericordioso y divino?... ¡Divino! Vaya unas divinidades que se gastan por arriba. Pues yo le digo á Su Señoría que no me ha convencido, y que todo eso de infinitamente sabio, infinitamente... que sé yo, lo pongo en cuarentena. Ea, no me gusta adular á los poderosos, á los que están por encima de mí. La adulación no se compadece con mi carácter. Tengamos dignidad. ¿Y qué es el rezo, más que una adulación, verbigracia, besar el palo que nos desloma? Yo... al fin y al cabo... rezaría, si fuese preciso, si supiera que había de encontrar piedad; pero... como si lo viera... ¡piedad! ¡Ah, quien no te conozca que te compre! Esto es obvio. La piedad que haya, que me la claven en la frente. ¿Qué más? ¿Cómo olvidar el caso de mi primer Valentín, de aquel cacho de ángel, que me quitaron de la manera más atroz y bárbara, barrenando las leyes de la Naturaleza, sin que me valieran rezos, ni limosnas, ni nada?... ¡Anda y que adulen otros! No es uno un pelagatos, no es uno un cualquiera, no es uno un mariquita...»

Fatigado de dar tantas vueltas, se sentó en una silla, apoyándose en la mesa, y se tapó los ojos con ambas manos. «¡Ñales!—decía,—paréceme que estoy delirando. Lo que me pasa no es para menos... Aunque nos volviéramos locos de tanto rezar todos los que estamos en la casa, nada conseguiríamos, porque el mal, á estas alturas, es de los que no tienen remedio. La pobrecita Fidela se muere... se muere sin remisión... quizás se ha muerto ya... Sería preciso, para salvarla, que Aquél hiciera un milagrito, y lo que es eso... Favores ya los hace; pero milagros... Y falta que sea verdad que los hiciera... Favores sí; pero estas gangas son para los beatos y ratones de Iglesia... No está uno en el caso de rebajarse... ¡cuidado!... Cierto que si me aseguraran que..., yo me rebajaría, vaya si me rebajaría... Pero, ¡con cien mil Biblias! para que me dejen con un palmo de narices, como en el caso de Valentín...»

Volvió á pasearse, transido de pena y terror, atormentado por la imagen de su esposa moribunda, fija en su mente con los rasgos y matices de la pura realidad. La veía, la estaba viendo, cual si delante la tuviera. ¡Cuánto mejor para él no haber entrado en la alcoba, haberse quedado fuera... evitando el mal rato de verla agonizante, y el tormento de quedarse con aquella imagen, con aquella fotografía en el cerebro, la cual no se borraría en mil años que viviese!... Perdido el conocimiento, sin ver á nadie ya, columbrando quizás las cosas del Cielo, la pobrecita Fidela se iba muriendo sin sentirlo, los ojos hundidos, las pupilas sin brillo ni viveza, vueltas hacia arriba, como si quisieran mirar al interior del cráneo; la boca anhelante, distendiendo y contrayendo los labios... al modo de los pececillos de redoma... en derredor de la boca un cerco violado que le desfiguraba horrorosamente el rostro... la piel húmeda, del sudor frío que la cubría; el cabello pegado á las sienes, y también con aspecto de cosa muerta, postiza, como peluca desencajada y fuera de su lugar... y por fin, el cuerpo inmóvil, vencido ya de la inercia, sin contracciones. Sólo en los dedos, la vida muscular se manifestaba expirante en ligeras crispaduras... Tal era la imagen lastimosa que había visto D. Francisco, y que en su mente quedó estampada, con fuerza bastante para transportarse de la mente á la realidad.

Pasó algún tiempo, no podía decir cuánto, en aquella abstracción dolorosa, sintiendo hondo, viendo claro lo que no ver quería, luchando por borrar la imagen cuando se vivificaba demasiado, y por revelarla de nuevo cuando se desvanecía, pues si penoso era verla, desconsuelo le causaba no percibirla, y á tantos tormentos unióse pronto el de la duda. ¿Había muerto ya ó vivía aún? Por nada del mundo habría vuelto á la alcoba. ¿Cómo no se le daba cuenta de la muerte, si ésta era un hecho? Lo probable era que aún viviese. ¿Le habrían traído el Viático? No, porque él hubiera sentido rumores de gente y el toque triste de la campanilla. Grande era el palacio; pero no tanto que un acto de tal naturaleza pudiese verificarse sin que él se enterara. Creyó sentir un bullicio extraño... ¡Gente de la parroquia! La Extremaunción sería, que el Viático no podía ser.

Puso después atento oído á los ruidos que sonaban en el inmenso caserón. Á ratos reinaba silencio tan profundo, que todo parecía muerto, todo quieto y mudo, como las figuras de los lienzos que adornaban la ducal mansión; á ratos oía pasos precipitados de la gente de servicio, que bajaban ó subían á prisa, como en busca de algo muy urgente. Tentado estuvo, en más de una ocasión, al sentir próximo á su leonera el paso de algún criado, de salir á la puerta y preguntar... Pero no: si le anunciaban la muerte, ¿cómo soportar la noticia? Además, los criados todos se le habían hecho antipáticos, que no quería nada con ellos, y si por acaso le contestaban algo desagradable, trabajillo le había de costar no emprenderla con ellos á puntapiés. Tanta llegó á ser al fin su ansiedad, que entreabrió la puerta. Frente á ésta, extendíase una ancha galería bien iluminada. ¡En su dorada cavidad cuánta tristeza! Pasos se oían, sí, pero no muy lejanos, arriba, allá, donde estaba pasando... lo que pasaba. En el fondo de la galería vió una figura enorme, desnuda, con la cabeza próxima al techo y las piernazas encima de una puerta. Era un lienzo de Rubens, que á don Francisco le resultaba la cosa más cargante del mundo, un tío muy feo y muy bruto, amarrado á una peña. Decían que era Prometeo, un punto de la antigüedad mitológica: picardías muy malas debió de hacer el tal, porque un pajarraco le comía las asaduras, suplicio, que á juicio del Marqués de San Eloy, estaba muy bien empleado. Más acá vió á una ninfa que también le cargaba, casi en cueros la muy sinvergüenza, con los pechos al aire, y tan tiesa como si se hubiera tragado el palo del molinillo. No se acordaba Torquemada de su nombre; pero ello era también cosa de tirios y troyanos... Ganas le dieron súbitamente de salir con una estaca y emprenderla á palos con la estatua (copia de la Dafne de Nápoles) que decoraba el fondo de la galería, y hacerla pedazos, para que aquella pindongona no le señalara más con su dedo provocativo, ni se le riera en sus barbas... Pero habría sido disparate romperla, valiendo lo que valía.

En esto sintió ruidos de pasos en la escalera, y azorado cerró la puerta. «Ya vienen, ya vienen á decírmelo.» Después se acordó de que había dado á su ayuda de cámara la rigurosa consigna de que no le llevasen recados, que no quería saber nada ni ver á nadie. «Velay por qué no se acerca á mi cuarto ni una mosca. Me tienen miedo.»

Ya debían de ser las dos de la mañana. El ruido se acentuó en la parte superior de la casa. Sintió D. Francisco un frío intenso, y sobre el gabán que puesto tenía, se echó otro, y siguió paseándose. «Seguramente—se dijo,—es un hecho ya. Como si lo viera. Cruz estará haciendo aspavientos de dolor..., y lo siente, no dudo que lo siente. Pero no será ella quien venga á decírmelo. Donoso quizás. Tampoco: no se separará un momento de su adorada Cruz, para consolarla, y ponerse á pensar los dos... ¡ah, les conozco! en las disposiciones para el entierro. Donoso no vendrá. Augusta tampoco, porque esa sí que estará afligidilla. ¡La quería tanto...! ¡Ah! ya caigo; el llamado á comunicarme la triste noticia, es el clérigo, mi señor Gamborena, que debe de estar también arriba, echando latines. ¡Á buena hora! Véase para lo que vale la santa religión. Este San Pedro ó San Perico, á quien tengo por portero del departamento celestial, no puede ó no sabe evitar que se muera quien no debe morirse. Ya, lo que ellos quieren es llevar gente y más gente para arriba... No les importa quien sea. En el fondo de esa santidad, hay un gran egoísmo, por decirlo así... Pues, sí, el beato Gamborena será el comisionado para traerme la noticia... Cuando no me la trae, es que todavía...» Acercóse á la puerta, aplicó el oído... Nada sentía. «¡Si no vendrá tampoco el misionero á decirme nada!...Vamos, que reviento de ansiedad... ¡Si al fin tendré que subir, y...! Paseemos otro poco.»

Algunas docenas de vueltas había dado, cuando sintió pasos. El corazón quería saltársele del pecho... Sí, eran los pasos de Gamborena; los habría conocido entre mil y mil pisadas de una multitud en marcha. Hasta los andares del buen eclesiástico revelaban la grave noticia de que era mensajero, y antes de llegar, venía diciéndola con los pies, con el compás seguro y rítmico, con el ruidillo que hacían las suelas sobre el entarimado... Detuviéronse al fin los pasos en la puerta; abrióse ésta con lentitud ceremoniosa, y en el rectángulo, como luminosa figura en marco negro, vió aparecer Torquemada la persona del misionero de Indias, su cara de talla antigua, de caliente y tostada pátina, la calva reluciente, el cuerpo todo negro, los ojos de angélica expresión. D. Francisco clavó en él los suyos, diciéndole con la mirada: «Ya sé... ya.» Y él con voz patética, solemne, terrible, que sonó en los oídos del tacaño como el restallar de los orbes al desquiciarse, le dijo:

—¡Señor, Dios lo ha querido!

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