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Teatro galante

Comedia en dos actos, estrenada en el TEATRO ROMEA la noche del 24 de Mayo de 1909

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FRIO
FRIO

Á RAMONA VALDIVIA

REPARTO

PERSONAJES ACTORES

Araceli (representa veinticinco años en el primer acto y cuarenta y cinco en el segundo. Carácter impulsivo. Es amante de Daniel en el acto primero y de Paco en el segundo) Srta. Valdivia[D].

Raquel Sra. Ezquerra.

Catalina » Montalt.

Luisa » Doré.

(Las tres de veinte á veinticinco años. Aparecen disfrazadas con trajes caprichosos: capuchones, mantones de Manila, etc.)

Leocadia (cuarenta años. Prendera) » Corona

Teresa (ama de llaves) » Espejo.

Daniel, marqués del parral (hombre de mundo, escéptico, un poco cansado. Representa cuarenta y cinco años en el acto primero y sesenta y cinco en el segundo) Sr. Palacios.

Paco (veinticinco años. Temperamento alegre y vehemente. Viste de frac) » Maximino.

Manolo (veinticinco años) » López Benety.

Don Nicolás (cuarenta ídem) » Castilla.

Ángel (treinta ídem) » Valero.

(Los tres visten de frac ó smoking).

Mariano (criado joven) » Palacios (A.).

ÉPOCA ACTUAL

Derecha é izquierda, las del actor

Illustration from Teatro galante
FRIO
FRIO

ACTO PRIMERO

Gabinete elegante. Chimenea encendida á la derecha. Cerca de la chimenea una ventana. Al fondo y á la izquierda, puertas.

Al levantarse el telón, Daniel y Manolo se disponen á tomar café delante de la chimenea. Daniel en traje de casa. Manolo viste frac ó «smoking».

Es de noche.

ESCENA PRIMERA DANIEL, MANOLO, después MARIANO

DANIEL

(Sentándose). ¿Eh? ¿Tenía yo razón? ¿Qué tal, si hubiésemos esperado á Araceli para cenar?

MANOLO

En efecto, sí... ¡Un escándalo!... Son más de las diez...

DANIEL

Esa, ya no viene.

MANOLO

¿Cómo, que no vendrá?

DANIEL

Vamos, entiéndeme: quiero decir que ya no viene á cenar. Seguramente la ha invitado Mariquita Rojas.

MANOLO

¿La de Federico Paz?

DANIEL

La misma.

MANOLO

¡Preciosa chiquilla!

DANIEL

Lindísima... ¡y baratita!

MANOLO

Ignoraba ese detalle.

DANIEL

Pues Federico no se gasta con ella al mes ni mil pesetas.

MARIANO

(Que llega con el servicio del café y la botella del coñac). ¿Les sirvo á los señores aquí?

DANIEL

Sí, ¿no te parece?

MANOLO

Sí, mejor es aquí, porque la noche está fría.

DANIEL

¡Mala noche para las máscaras!

MANOLO

¡Quiá, el frío es lo de menos! Porque cuando vamos al baile llevamos la ilusión, que es calor, de lo que vamos á beber; y cuando salimos del baile, nos traemos el calor de lo que se ha bebido.

DANIEL

¡Que nunca es poco!

MARIANO

(A Manolo). ¿El señor querrá también coñac?

MANOLO

¡Hombre, eso no se pregunta!

DANIEL

¿Con quién vas al baile?

MANOLO

Con Luisito Gil y su hermano. Tenemos una platea.

DANIEL

¿Lleváis mujeres?

MANOLO

No. Creo que en nuestro palco no habrá mujeres. A no ser que tú te decidas á llevar á Araceli...

DANIEL

No.

MANOLO

Anímate, hombre.

DANIEL

De ninguna manera.

MANOLO

Todo depende de que ella se empeñe. Ya sabes lo que dice el refrán... (Bebe.)

DANIEL

Lo sé: «Lo que una mujer guapa quiere, Dios lo quiere»...

MANOLO

Exacto.

DANIEL

Pero eso es antes del primer abrazo; que después... después no diré que valga menos, pero tampoco diré que valga mucho más que una botella vacía.

MARIANO

¿Tienen los señores algo que mandarme?

DANIEL

No, puedes retirarte. Oye, trae la botella, déjala aquí.

(Mutis Mariano.)

MANOLO

Me encanta tu cachaza, tu filosofía... pero no la entiendo... ¡sin duda porque soy demasiado joven!

DANIEL

Por eso, precisamente. Yo, á tu edad, era como tú, y jamás hubiera creído que los años me domasen la voluntad hasta inclinarme á pensar como ahora pienso. He cambiado mucho... ¡mucho!... Lo que á otro cualquiera le indignaría, á mí me divierte. Me parece bien que un hombre se canse de una mujer... y me parece bien que se suicide por ella... ¿Qué más da?... A mi edad, hijo mío, la vida es como un encogimiento de hombros. (Pausa.) ¿Quieres otra copita de coñac?

MANOLO

Bueno.

DANIEL

Hay que beber.

MANOLO

Y que brindar.

DANIEL

Brindemos, si tú quieres. (Beben.)

MANOLO

¡Eres raro!

DANIEL

¿Por qué?... Te advierto que me halaga ser así.

MANOLO

¿De modo que tú no sientes celos de Araceli?

DANIEL

No; yo estoy cierto de que Araceli me quiere entrañablemente, y, por lo mismo, que no puede engañarme.

MANOLO

¡Ja, ja! ¡Las mujeres!...

DANIEL

Y si me burlase, me separaría de ella, ¡y en paz!... Pero de eso, á sufrir celos, hay mucha distancia. El que está celoso es porque se reconoce un poco en ridículo; los celos, por tanto, no pasan de ser una mueca, más ó menos romántica, del amor propio. ¡Matar al hombre que nos quita la mujer amada, ó matar á la esposa que nos deja por un caballero que halla más inteligente ó más simpático que nosotros! ¡Qué salvajada y qué villanía!... Debemos aspirar á ser amados «porque sí», que no por interés ó por miedo. El amor, para merecer ese nombre, necesita ser una «espontaneidad» del espíritu; así, quítale esa espontaneidad, que constituye su perfume, su esencia divina, y no valdrá diez céntimos.

MANOLO

Pues, yo soy celoso... ¡pero horriblemente celoso!

DANIEL

¡Tanto peor para ti, porque te engañarán muchas veces! ¿Quieres otra copita?

MANOLO

¡Venga otra copita!

DANIEL

Yo, con los años, voy tornándome egoísta, y á fuer de tal, procuro no salir de mí mismo ni hacer nada que me contraríe. ¿Que esta noche Araceli decide irse al baile? Bueno, que vaya. Yo, me quedo aquí, leyendo. Estoy cierto de que no hay mujer que distraiga lo que distrae un libro bueno.

MANOLO

(Sirviéndole coñac). Ahora soy yo quien invita.

DANIEL

Se acepta. (Bebe.) Mis dos últimas aficiones son la lectura y los perros. ¡Qué hermosos, qué bravos, qué leales son los perros!...

MANOLO

(Riendo). ¡Eso decía mi padre! Cuando yo me escapé de mi casa con dos mil pesetas que le robé á mi hermana, y una criada bastante bonita que teníamos, mi padre me escribió una carta terrible, en la que decía «que hay perros que valen más que un hijo».

DANIEL

Pues no exageró tu padre... porque yo, andando por el mundo, me he convencido de que si hay perros que valen más que un hijo, también es cierto que hay muchos padres que merecen menos que un perro.

MANOLO

De donde se deduce que la humanidad no vale lo que un Terranova. (Riendo.) A mi edad, sin embargo, todavía se cree en el amor, en la amistad... ¡Mira! Brindemos por los hombres. (Escancia.)

DANIEL

Sea; bebamos, que, para beber, cualquier pretexto es bueno. Pero, hazme caso á mí: si crees en la eficacia de los brindis, ¡brinda por los perros!

ESCENA II DICHOS y MARIANO

MARIANO

Señor marqués...

DANIEL

¡Hola!

MARIANO

Ahí está una mujer que trae unos mantones de Manila para la señorita.

DANIEL

¿Unos mantones?

MARIANO

Sí, señor.

DANIEL

¡Qué ocurrencia! (A Manolo.) ¿Para el baile, ves? Esa criatura está loca.

MARIANO

¿Quiere usted que la haga pasar?

DANIEL

¡No! Dila que la señorita no está.

MARIANO

Se lo he dicho.

DANIEL

Bueno; pues que los deje ó que se vaya... ¡Lo que quiera!

MARIANO

Pero como tiene prisa... Dice que la esperan en otra parte...

DANIEL

¡Pues que se largue! ¡Hola!... ¡No faltaba más sino que le vengan á uno con exigencias! Si no puede aguardar, que se marche.

MARIANO

Muy bien. (Hace ademán de irse.)

DANIEL

Ahí viene un coche.

MANOLO

Será Araceli.

DANIEL

Seguramente.

MARIANO

(Mirando por la ventana). Sí, la señorita es. Hasta luego. (Mutis.)

MANOLO

(Bromeando). Hombre frío, hombre de hielo... ¿no te dice nada el corazón?

DANIEL

Nada.

MANOLO

Hipócrita.

DANIEL

Si acaso, me dice que Araceli vendrá con ganas de broma y que vamos á tener un disgusto.

MANOLO

¿Por lo del baile?

DANIEL

Por lo del baile.

MANOLO

Entonces me voy; las riñas de familia me aburren.

DANIEL

¡No hombre, espera, no me dejes solo!...

MANOLO

Nada, huyo despavorido.

DANIEL

¡Pero, muchacho!

MANOLO

No quiero que me amarguéis la noche.

DANIEL

Aguarda. ¡Canastos!... Ahora empiezo á comprender lo útil que puede ser un amigo en un matrimonio...

ESCENA III ARACELI, DANIEL, MANOLO

ARACELI

(Viste con gran elegancia. Trae en la mano una bolsa con confetti y confettis en el sombrero y en el traje. Al ver á Manolo, le saluda afectuosamente, con esa efusión un poco teatral con que las coquetas suelen tratar á todos los hombres de quien se saben amadas, aunque les sean indiferentes.) ¿Pero estaba usted aquí, encanto? (Con zumba.)

MANOLO

Esperándola á usted.

ARACELI

Y acompañando á Daniel... dígalo usted así, aunque no lo sienta...

MANOLO

También, también.

ARACELI

¿Quiere usted confettis? (Hace ademán de arrojárselos.)

MANOLO

¡No, por piedad!

ARACELI

Sí, sí...

MANOLO

¡Antes moro!... (Corre, huyendo de ella.)

ARACELI

¿Y tú, Danielín? (Con gran mimo.)

DANIEL

Ya ves... (Refiriéndose á la botella del coñac.)

ARACELI

¡Qué escándalo! ¿Os habéis bebido todo eso?

MANOLO

Copa á copa.

ARACELI

¡Ah, viciosos! (A Daniel.) Trae, yo también quiero un trago.

DANIEL

¿A que tienes envidia de nosotros?

ARACELI

No diré que no. (Bebe.) ¡Brrr!... ¡Qué fuerte está... Agua, agua, dadme agua... (Hablando con volubilidad nerviosa.) Supongo que habréis cenado.

DANIEL

Como no venías...

MANOLO

Ha sido una gran falta de galantería; perdone usted, Araceli.

ARACELI

Hicieron ustedes bien.

MANOLO

¿También usted ha cenado?

ARACELI

No, pero he comido muchas chucherías y no tengo apetito. Ahora vengo de casa de Teresita Serra; hemos estado cantando al piano y bebiendo champagne, y después ella y su amigo me han acompañado en un coche hasta aquí. ¡Uf, qué calor hace! ¿Por qué no abren ustedes un poco la ventana?

DANIEL

¿Pero estás loca, chiquilla?

MANOLO

Usted quiere acabar con nosotros.

ARACELI

¡Qué hombres tan cobardes! Pues yo no tengo frío; al contrario... ¿Eh?... ¡Qué atrocidad!... ¡Cómo traigo el sombrero!... ¡Pero he pasado la tarde muy bien! Todo Madrid ha bajado á Recoletos.

MANOLO

¿Muchas máscaras?

ARACELI

Muchísimas. Yo he pasado la tarde en el coche de Filomena Gil. Ya la conocéis... Ibamos ella, su hermana Lola y Lorenzo. Al pasar por la tribuna de la Prensa, vimos á Juanito Santos. En seguida empezó á gritar: «¡Viva la marquesita, viva la marquesita!...» Y aquello fué como si el cielo se hubiese convertido en confettis; ¡qué risa!, yo creí que nos ahogábamos. Luego se subió al coche un diablo que, después de decirle á Filomena horrores, se marchó sin quitarse la careta.

MANOLO

¿Y fueron «horrores» los que dijo?

ARACELI

Verdaderas atrocidades. Como que hubo un momento en que pensé que Lorenzo iba á romperle una botella en la cabeza.

DANIEL

¿Pero llevaban ustedes vino en el coche?

ARACELI

Media caja de botellas de champagne.

DANIEL

(A Manolo y con enfado cómico). ¿Qué te parece?

MANOLO

¿Pero tú crees que esas bromas se corren á palo seco? ¡Bien se conoce que vas para viejo!

ARACELI

(A Daniel). ¿Viejo?... ¡Bueno! ¿Y qué? Mejor. A mí me gustan los viejos... ¡éste sobre todos!

MANOLO

Ya sé por qué.

ARACELI

¿Sí?

MANOLO

Porque usted es una mujer previsora que sabe aceptar la fealdad del ser amado, antes de que éste se vuelva irremediablemente feo...

ARACELI

No te apures, Daniel, no te apures, que eso no va con nosotros.

DANIEL

¿Apurarme yo?... ¿Para qué, cuando éste y todos, tarde ó temprano, han de hallarse convertidos en unos adefesios? El tiempo, que es el gran amigo de los feos, me vengará... Tú has de verlo, tú, que eres joven. Todos estos buenos mozos que á los treinta años saldrían desnudos á la calle, á los cincuenta puede ser que no se atrevan á salir ni vestidos.

MANOLO

Pero mientras se dobla ó no se dobla el cabo cincuenta... ¡vamos viviendo!

ARACELI

Tiene usted razón.

MANOLO

Y bebiendo. (Llena su copa.) Hay que ponerle espuelas al buen humor.

ARACELI

¿Va usted al baile?

MANOLO

¿No se me conoce?

ARACELI

Yo también voy. Es decir, vamos. (Por Daniel.) Nunca he tenido tantas ganas de divertirme como esta noche.

MANOLO

¡Y yo!

DANIEL

Eso necesita la niña, que le alboroten la cabeza.

ARACELI

Estoy... que me río de todo, como si la alegría me hiciese cosquillas.

MANOLO

El baile va á estar soberbio.

ARACELI

Desde ayer no quedan billetes.

MANOLO

Ni uno. ¡Los cojos van á bailar esta noche! Creo que los carteles anuncian un concurso de mantones de Manila...

ARACELI

¡Ah!... ¡Pero qué cabeza la mía! Ya no me acordaba de que en el recibimiento están esperándome.

MANOLO

¡Es verdad! Con unos mantones...

ARACELI

Justamente. Vamos á verlos. (Asomándose á la puerta del foro.) ¡Leocadia! Pase usted.

DANIEL

(A Manolo). La tormenta se acerca; la siento llegar.

ESCENA IV DICHOS y LEOCADIA, que trae dos disfraces y un mantón de Manila

ARACELI

(Afectuosa). ¿No se llama usted Leocadia?

LEOCADIA

Leocadia Alvarez, para servir á ustedes.

DANIEL, MANOLO

Buenas noches.

LEOCADIA

Salud para todos, señores.

ARACELI

¿Qué me trae usted?

LEOCADIA

Lo mejorcito de la tienda viene aquí.

ARACELI

¡Muy bien!

LEOCADIA

La señorita tendrá donde escoger.

ARACELI

Veamos, veamos... ¿Me trae usted el mantón?

LEOCADIA

Sí, señorita.

ARACELI

¿El que yo vi esta tarde?

LEOCADIA

Sí, señorita.

ARACELI

Como me dijo usted que lo tenía comprometido... ¡Porque si no es el mismo, no lo quiero!

LEOCADIA

¡Que sí, señorita, ¡caramba!, y ustés dispensen; que es el mismo!... ¿Pero iba yo á engañarla á usted? Ya veo que usted no me conoce, porque otra cosa no tendrá la Leocadia... pero formalidad... Lo que yo diga, diga usted que va á misa.

ARACELI

Bueno, mujer...

LEOCADIA

Vamos despacio y por partes. (A Daniel y á Manolo.) Ustés disimulen si, sin querer, les vuelvo la espalda.

DANIEL, MANOLO

¡Dispensada, desde luego!

LEOCADIA

Gracias. (A Araceli.) Aquí tiene usted un capuchón precioso.

ARACELI

¡Yo no quiero capuchones!

LEOCADIA

Es para que usted se haga cargo. Señoras conozco que, como la señorita, no quieren capuchones; y, en cambio otras, ¡pero que no se pondrían más disfraz que ese! Como dijo el otro, de gustos no hay nada escrito, y así hay quien se casa á los veinte años, ¿sabe usted?..., y quien á los ochenta entoavía está soltero. Y es por eso...

ARACELI

Sí, como hay quien enviuda, y después de alegrarse mucho, pero mucho, de haber enviudado... se vuelve á casar.

LEOCADIA

¡Y que lo diga usted! Pues aquí tiene usted este traje, que es una monada.

ARACELI

Sí... no es feo.

LEOCADIA

¿Cómo feo, señorita? Usted no ha reparao bien. ¡Si es el mejor traje de coupletista que se ha visto en Madrid! ¿Usted no ha oído hablar de Juana la Perdía, la que bailaba en el Salón Azul el año pasao?... ¡Pues ella lo estrenó! Y este traje ha salío en los periódicos. Por el alquiler la pondría cien pesetas, lo mismo que por el mantón.

ARACELI

No, no lo quiero... Es bonito, pero, no... no...

LEOCADIA

A la señorita se le ha metío en la cabeza lo del mantón y ha de salirse con su gusto. Bueno, aquí lo tiene usted... Yo, si he de ser franca, siento que no se quede usted con el traje, porque los mantones... aquí los señores lo saben... padecen mucho en los bailes; porque si un estrujón... porque si una copa de champagne... ¡Eso no hay quien lo evite! (Desdobla el mantón.)

ARACELI

¡Qué bonito!

LEOCADIA

Hágase usted cuenta de que lo estrena. Ni una manchita lleva.

ARACELI

(A Daniel y á Manolo). ¿Les gusta á ustedes?

MANOLO

Muchísimo.

ARACELI

Ya lo sabía yo.

MANOLO

Usted siempre está guapa, pero dentro de ese jardín hecho de seda y de sol, va usted á estar guapísima.

LEOCADIA

Ya, ya se ve que aquí el caballero tiene el gusto fino.

ARACELI

Y todo esto, amigo Manolo, lo hago por Daniel, para que se luzca... ¿Verdad?... (A Daniel.)

DANIEL

Lo que no comprendo es que alquiles un mantón, teniendo ahí tres ó cuatro de primer orden: tienes uno azul, otro rojo, otro blanco y verde... ¡qué sé yo!...

ARACELI

Pero si lo hago por ti, bobón... si lo hago por ti, para parecerte «otra...» (Mimosa y risueña.)

DANIEL

¿Por mí?... Yo no he de ir al baile.

ARACELI

¡Vaya si vienes!

DANIEL

¡Quiá!

MANOLO

Sí va, sí.

ARACELI

En cuanto me veas.

DANIEL

Lo que es eso...

LEOCADIA

La señorita tiene mucha razón. ¡Ja, ja, ja!... Ya lo creo; en cuanto usted la vea con el mantoncito bien apretao alrededor de la cintura, se vuelve usted loco.

DANIEL

¡Está usted fresca!

ARACELI

(Un poco irritada). ¿Pero hablas en serio?

DANIEL

Y tan en serio.

ARACELI

¿No vas á venir?... ¿No vas á venir rogándotelo yo?

DANIEL

No, hijita, no. Yo esta noche no voy al baile; ve tú, si quieres.

MANOLO

Pero, oye, Daniel...

ARACELI

No, Manolo, hágame usted el favor de no decirle nada, ni una palabra; quiero que el desaire me lo haga á mí.

DANIEL

(A Manolo). ¿No te lo dije?

ARACELI

Nunca hubiera creído que me pusieses en ridículo así, nunca. Y menos delante de extraños.

LEOCADIA

El señor me perdonará; el señor dirá que esto es meterme donde no me llaman... pero, ¡mire usted que la pobre señorita va á llevarse un disgusto muy grande!

DANIEL

En efecto, usted lo ha dicho: eso es meterse donde nadie la llama.

MANOLO

(A Araceli). Tenga usted paciencia.

LEOCADIA

¡Válgame Dios! Le ponen á una la cara colorá y... Pues crea usted que si he dicho algo no es por el interés de cobrar las cien pesetas cochinas que vale el alquiler del mantón...

DANIEL

(Severamente). ¡Chist!... ¡A callar! Aquí no tolero palabras malsonantes.

LEOCADIA

Bien, caballero; ¡pero qué humos!

MANOLO

Basta, basta...

LEOCADIA

Ya estoy callá del todo... ¡Bueno!... ¡Pero qué humos!... ¡Ni una chimenea!

ARACELI

(Arrebatadamente). ¡Vaya, se acabó la cuestión! Llévese usted sus trajes.

LEOCADIA

Pero, señorita...

ARACELI

¡Que se lleve usted sus trajes, he dicho!...

LEOCADIA

Pero, señorita... ¿qué repente la ha dao?

ARACELI

¡Se acabó, se acabó!... ¡No quiero hablar más!... Llévese usted el mantón, porque no respondo de hacerlo pedazos.

LEOCADIA

(A Manolo). Pero, diga usted, caballero... y usted dispense, que no sé su gracia: ¿no es una lástima, diga usted, que aquí la señorita Araceli se lleve un disgusto por una tontería?

MANOLO

Eso creo yo.

DANIEL

¡Y yo, el primero! ¿Pero, por qué vais á hacerme responsable de este incidente?

ARACELI

La responsable seré yo...

DANIEL

Ni tú, ni yo, ni Manuel, ni nadie. ¿Tú quieres ir al baile? Pues vete enhorabuena, ¿quién te lo impide?... ¡Ve y diviértete mucho... y vuelve á la hora que te plazca! Creo que no puedo ser más liberal... Pero de que yo te deje ir á que tú me «obligues» á acompañarte, ¡hay mucha diferencia!... ¿No te parece?

MANOLO

Sí, y no se enfade usted, Araceli; yo creo, imparcialmente, que Daniel tiene razón.

DANIEL

¡Y tanta! Cada cual distrae su fastidio como puede: yo lo distraigo leyendo, tú bailando... ¡Muy bien! Aquí no se ventila ninguna cuestión de amor propio, ni se trata de que nadie imponga á nadie su voluntad... Sí de que todos pasemos la noche lo más agradablemente posible. (Pausa.)

LEOCADIA

En llegando á ese punto, yo no digo ni pío; los señores verán. Señorita, hable usted...

MANOLO

Vaya usted, si quiere...

DANIEL

Ve, tonta, ve... ¿pero por qué dudas?

ARACELI

(Irritadísima). ¡Venga el mantón! Ea, se acabaron las contemplaciones. ¡Venga!... He prometido ir, y no quiero quedar en ridículo. ¿Usted necesitará su dinero, verdad?... Sí, tome usted...

LEOCADIA

No hay prisa.

ARACELI

Sí, tome, mejor es... á cada cual lo suyo... (Registrando su portamonedas.) ¡Qué demonio! No tengo bastante...

LEOCADIA

¡Pero déjelo usted, señorita!

ARACELI

¡Que no! Tome usted; mañana le daré el resto.

LEOCADIA

¡Nada, no quiero nada!

ARACELI

Sí, sí.

LEOCADIA

¡Que de ninguna manera!

DANIEL

Yo daré lo que falte.

LEOCADIA

¡Vaya, que no! ¡Ni que se fueran ustés á morir! Hasta mañana, hasta mañana si Dios quiere. (Recoge los otros disfraces precipitadamente.)

ARACELI

Venga usted por la tarde.

LEOCADIA

Repito que no hay prisa. Ea... ¡y que pasen ustés tóos muy buena noche!

MANOLO

Adiós, mujer.

ESCENA V ARACELI, DANIEL, MANOLO

ARACELI

¿Ya estarás contento, verdad? Me has puesto en ridículo... ¡Ya estarás contento!

DANIEL

Araceli, te ruego que no riñamos; es de mal gusto.

ARACELI

Egoísta...

DANIEL

No, hija querida, no soy egoísta.

ARACELI

Sí lo eres; Manolo puede decirlo; no hay hombre que se quiera tanto á sí mismo como tú.

MANOLO

Yo, si ustedes me lo permiten, voy á marcharme.

ARACELI

No... yo le ruego que se quede aquí.

MANOLO

Si usted lo quiere...

(Durante este diálogo, Manolo leerá periódicos, hojeará libros, etc.)

ARACELI

Sí, quédese usted... Con usted, amigo íntimo de Daniel, no hay para qué tener secretos. (Pausa.) No crea usted que mi enfado y mi dolor provienen de lo que acaba de suceder. ¡No!... Ir al baile ó no ir... ¿á mí qué me importa?... Pero este hecho, insignificante en sí, es como la gotita que hace derramar el vaso. Sufrimos una pena grande, y otra pena mayor, y otra y otra... y sonreímos. Hasta que llega una contrariedad pequeñísima, una contrariedad cualquiera... ¿qué diría yo?... ¡Unos zapatos que acabamos de comprar y que nos lastiman un poco!... Y, de súbito, acordándonos de que nada nos sale bien, la garganta se nos llena de sollozos y rompemos á llorar á gritos. Y así es todo: eche usted sobre un edificio una piedra más de las que puede soportar, y el edificio se hunde; dele usted al corazón una gota de sangre más de la que pueda contener, y el corazón se rompe.

DANIEL

¿Tantos disgustos te dí que ya no puedes resistir ni uno más?

ARACELI

Tantos, tantos me diste, Daniel... que mi alma, toda mi pobre alma es una llaga.

DANIEL

No recuerdo ninguno.

ARACELI

¡Si lo sé! Pues ese, ese es, cabalmente, mi mayor dolor: que me lastimas sin advertirlo, por distracción... como sólo pueden hacerlo los que no quieren.

DANIEL

¡Ahora salimos con que no te quiero!

ARACELI

No, Daniel, no; aquello se fué...

DANIEL

Eres injusta conmigo.

ARACELI

¡Injusta!

DANIEL

Me acusas sin razón. Yo te quiero con amor firmísimo, lleno de lealtad. Pero recuerda, Araceli, que si yo tengo veinte años más que tú, el cariño que me lleva á ti y el cariño que te acerca á mí, no pueden ser iguales.

ARACELI

¡Estás cansado de amar!

DANIEL

De amar no estoy cansado, pues que tu amor basta á hacerme dichoso; de lo que sí estoy fatigado es de las impaciencias de la pasión, de las grandes «chiquilladas» de la pasión, de todo cuanto hay en ella de intemperante y ostentoso.

ARACELI

Eso tiene un nombre: se llama desilusión.

DANIEL

Desilusión, sí; pero desilusión de lo pequeño, de lo accidental, de lo que en modo alguno daña á la esencia del amor. Tú tienes ahora veinticinco años; yo ¡ay! también los tuve, los cumplí hace tiempo... y entonces, que mi sangre ardía, la posesión de una mujer no me bastaba: necesitaba que mis amigos la conociesen, la llevaba á los bailes, la obligaba á beber, la arrastraba de orgía en orgía como á una presa; no concebía el amor sin exhibición, sin escándalo... Pero, mira... la vida fué pasando... y cuando los cabellos empezaron á blanquear, el alma tuvo frío.

ARACELI

Y ahora tienes frío.

DANIEL

Sí, mucho...

ARACELI

De muy distinto modo me hablabas cuando nos conocimos.

DANIEL

¡Y es natural! Diez años pasaron desde entonces; diez años, en los cuales, sobre mi corazón ha nevado mucho. La vida está dispuesta de modo que la primavera de un alma coincida generalmente con el otoño de otra alma. ¡Siempre fué así!... En las comedias del teatro humano, el Tiempo representó siempre el papel de protagonista.

ARACELI

¡Y para esto me arrancaste de mi casa!... ¡Para engañarme así! (Llorosa.)

DANIEL

¿Engañarte yo, Araceli?

ARACELI

Sí. Entonces mis padres acababan de casarme con un hombre viejo, feo, entregado en cuerpo y alma á sus negocios, á cuyo lado mis quince años, llenos de impaciencias, se ahogaban. Y tú me dijiste: «Ven, sígueme, huyamos... yo soy la alegría...»

DANIEL

¡Y lo era! (Con amargura.)

ARACELI

«Yo soy la locura... déjalo todo, renuncia á todo; viajaremos, conoceremos todos los placeres, nos asomaremos á todos los paisajes; mis labios, que tienen sed de amor, colgarán una túnica de besos sobre tus hombros; yo he aprendido una risa y una canción que nadie sabe...» ¡Eso me decías, Daniel, acuérdate, eso me decías!... ¡Y me volví loca!... Y ahora resulta que mentías...

DANIEL

¡No mentía!

ARACELI

O, cuando menos, te engañabas. Tú también eres frío, tú también eres indiferente y egoísta y cansino, ¡como el otro!... (Con brusca explosión de cólera.) ¡Pues no y no y no!... ¡Aquello, nunca!... Yo te juro que aquel muerto vivir de mi primera juventud, no volverá á repetirse. ¡Te lo juro!... Para eso, para ser dichosa, fue para lo que me puse fuera de la ley. La vida se va... la siento ir... ¡se va!... Es como una vena rota... y no quiero perderla sin haberla vivido...

DANIEL

Habla más bajo, Araceli.

ARACELI

Estoy en mi casa.

DANIEL

Pero no es necesario que los criados se enteren de lo que hablamos aquí.

ARACELI

No me importa.

DANIEL

Yo creía que debía importarte.

ARACELI

Y yo creo que estoy en mi casa, repito, y que tengo derecho á hacer en ella mi gusto...

DANIEL

Indudablemente.

ARACELI

A no ser que me eches de aquí.

DANIEL

Jamás; quien probablemente se irá de aquí, seré yo.

MANOLO

Araceli, Daniel... ¿qué va á ser esto?

ARACELI

Usted lo ha oído todo.

MANOLO

¿Pero se han vuelto ustedes locos?

DANIEL

¡Al contrario! Todos estamos muy cuerdos, porque cada cual defiende lo suyo, lo que más quiere. Por eso, para no molestar nos mutuamente, repito que me iré.

ARACELI

Nadie te ha despedido.

DANIEL

Indirectamente, sí.

ARACELI

Eso, no; yo no te despedí. (Orgullosa.) Ahora, claro es, tú eres libre y, como tal, dueño de hacer lo que más te agrade.

DANIEL

Por eso me iré; ya no te convengo porque no te divierto, y debo marcharme. Mi delicadeza lo entiende así.

ARACELI

¡Si estaba viendo llegar este rompimiento! ¡Si me lo anunciaba el corazón!... (Llora.)

MANOLO

(Colérico). Haces muy mal en decir lo que dices.

DANIEL

¿Que he dicho?

MANOLO

Araceli no merece que la trates de ese modo.

DANIEL

Mira, chiquito... (Nervioso.)

MANOLO

¡Nada, lo sostengo! ¡No lo merece!

ARACELI

Déjele usted, Manolo; ¡es inútil!

MANOLO

Tú no puedes tratar así á Araceli; tú tienes la obligación de hacerla dichosa.

DANIEL

¿La obligación?

MANOLO

La obligación, sí. Tú, que la arrancaste de su hogar, del hogar donde vivía mal ó bien, pero decorosamente, la debes toda clase de respetos...

DANIEL

Creo que te ha hecho daño el coñac que hemos bebido.

MANOLO

¡Daniel!

DANIEL

Me parece que sí.

MANOLO

Piensa lo que gustes. Pero, repito, que á Araceli no la consideras lo que merece... y que delante de mí...

DANIEL

Acaba.

ARACELI

Manolo... no... no se disguste usted...

MANOLO

Que delante de mí no permito que la insultes.

DANIEL

(Fríamente). Está bien.

ARACELI

Bueno, basta... (Conciliadora.) La cuestión terminó ya.

MANOLO

Hay sinrazones que hacen hervir la sangre...

ARACELI

Yo le suplico á usted...

MANOLO

No tiene usted nada que suplicarme.

ARACELI

(Cogiendo el mantón). Yo vuelvo en seguida. Voy á vestirme.

MANOLO

¿Va usted al baile por fin?

ARACELI

Sí. Creo que es lo mejor.

ESCENA VI DANIEL, MANOLO

DANIEL

¿Qué ha sido eso?

MANOLO

¿El qué? ¿Lo que te he dicho?

DANIEL

Sí.

MANOLO

No sé... los nervios, los nervios, que no siempre vibran del mismo modo... Perdona... O será el coñac, como tú dices. (Nervioso.)

DANIEL

No, no es eso.

MANOLO

¿No?

DANIEL

No; no es cuestión de nervios, ni cuestión de bebida...

MANOLO

¡De lo que sea!

DANIEL

No es fácil que yo me equivoque. (Pausa.) La causa de tu apasionamiento la sospecho... la conozco. (Pausa.) Tú estás enamorado de Araceli. (Pausa larga.) ¿No es cierto?

MANOLO

No es.

DANIEL

Sí es.

MANOLO

Te aseguro que no.

DANIEL

Ahora es cuando empiezas á parecerme desairado. Me gustó tu arrebato de hace un momento porque había en él sinceridad juvenil. La juventud sólo sabe pelear así, cara á cara... Pero has reflexionado, y la reflexión envejece á los hombres.

MANOLO

¿Y aunque estuviese enamorado de Araceli, ¡qué importa!... si ella no lo sabe?

DANIEL

Luego la quieres... Sé franco; la franqueza es siempre, siempre, una valentía. Luego la quieres...

MANOLO

No sé si la quiero.

DANIEL

Pero te gusta.

MANOLO

¡Mucho!

DANIEL

Si eso me lo dijeses teniendo yo los años que tú tienes, esta conversación acabaría á cuchilladas. Pero, no... ya, no... Pasó la edad de los celos homicidas, la edad terrible... Si Araceli se va, si Araceli quiere á su placer, es decir... si se quiere á sí misma más que á mí, ¿para qué retenerla?

MANOLO

(Irónico). Haces bien.

DANIEL

Y tú eres quien me la quita. (Colérico.)

MANOLO

¿Yo?

DANIEL

Sí, sí... ¡Oh!

MANOLO

¡Ojalá! Ya ves si soy sincero; ¡ojalá!... Pero no es así; en todo caso será ella quien te deja.

DANIEL

Es que ella no hubiese hablado así, si tú no hubieras estado presente.

MANOLO

Piensa lo que gustes.

DANIEL

(Con repentina cólera). Manuel... ¡eres un miserable!

MANOLO

¿Qué dices?

DANIEL

Que eres un miserable.

MANOLO

Es que si te crees con derecho á insultarme...

DANIEL

Lo tengo.

MANOLO

Yo me reservo el derecho de partirte la cara.

DANIEL

Y yo... ¡Mira!... Manuel... ¡No me saques fuera de mí!... (Avanzando amenazador.)

ESCENA VII DICHOS y ARACELI

ARAGELI

(Que aparece disfrazada con el mantón de Manila y con un antifaz en la mano). Ya estoy lista. ¿Qué tal?

DANIEL

(Dominándose). Muy bien.

MANOLO

Está usted guapísima.

ARACELI

(A Daniel y sonriendo). ¿El mantón, verdad?

DANIEL

Todo influye.

MANOLO

Pero, tenía usted razón; el mantón, efectivamente, es magnífico.

ARACELI

Precioso; ¿qué hora será?

MANOLO

Poco más de las once.

ARACELI

Entonces, llego á tiempo. Desde aquí voy á casa de Filomena, que está aguardándome, y desde allí, al Real.

MANOLO

Allí nos veremos. Si me concede usted el vals...

ARACELI

Con mucho gusto. (A Daniel, que habrá vuelto á sentarse junto á la chimenea.) ¿Vienes?

DANIEL

(Con dulzura y melancolía). No, hija mía.

ARACELI

Decídete y te espero. Anda, ¿quieres?...

DANIEL

No, no... ¿para qué?

ARACELI

En un momento te vistes.

DANIEL

Los bailes ya no me divierten. Perdona...

ARACELI

Como gustes...

DANIEL

Sí, déjame; prefiero leer. (Dentro suena una estudiantina que pasa tocando un alegre paso doble. La música se acerca y luego se aleja gradualmente.)

ARACELI

(Con alegría infantil). ¡Una estudiantina, una estudiantina!... (Ella y Manolo corren hacia la ventana y miran.)

MANOLO

¡La juventud pasa!

ARACELI

¡Y pasa llamándonos, invitándonos á seguirla!... ¡Qué hermosa la juventud, que lleva consigo la alegría!... (Pausa. Los tres escuchan.)

MANOLO

(A Araceli). ¡La alegría! ¿Verdad que arrastra?

ARACELI

Sí. ¡Qué hermosa es! Mire usted, estoy llorando... La alegría es eso: es llorar y es reir, sin saber por qué... ¡Vámonos, vámonos!...

MANOLO

Ya, apenas se oye...

ARACELI

Vámonos. (A Manolo.) ¿Quiere usted acompañarme hasta que encuentre un coche?

MANOLO

Estoy á sus órdenes.

ARACELI

(A Daniel). Entonces, hasta luego.

DANIEL

O hasta nunca... (Tranquilo.)

ARACELI

¿Hasta nunca?

DANIEL

Sí. Porque aunque yo esté aquí cuando tú vuelvas, las almas sólo se despiden una vez, y yo he sentido que en este momento, nuestras almas, Araceli, acaban de decirse «adiós». (Pausa.)

ARACELI

(A Manolo). ¿Me da usted su brazo?

MANOLO

(Desde la puerta, á Daniel.) Buenas noches.

(Araceli mira á Daniel con intención cruel y hace mutis riendo á carcajadas.)

ESCENA VIII DANIEL, luego MARIANO

DANIEL

(Sentado ante la chimenea). ¡Se fué!... Cuando á mí me querían, yo no quise á nadie; ahora, que quiero... ya es tarde para hacerme querer. (Se cubre el rostro con las manos y llora.)

MARIANO

(Por la izquierda). Señor... (Al verle llorando queda suspenso.)

TERMINA EL ACTO PRIMERO

Illustration from Teatro galante

ACTO SEGUNDO

Otro gabinete elegante. Al foro y á la derecha, puertas. La chimenea y la ventana, con objeto de dar variedad á la escena, aparecen á la izquierda.

Es de noche.

Al levantarse el telón, Teresa acaba de arreglar la chimenea y se dirige hacia el foro para recibir á Daniel, que está medio ciego y camina con pasos inseguros. Daniel se sienta junto á la chimenea, y sentado permanece durante todo el acto.

ESCENA PRIMERA TERESA, DANIEL

TERESA

Ya sabía yo, don Daniel que era usted quien llegaba.

DANIEL

¿Por la voz me conociste, Teresita? (Risueño.)

TERESA

Sí, señor marqués, fué por la voz y por el modo de andar. Venga usted por aquí... (Le lleva hacia la chimenea.)

DANIEL

¡Ah, sí!... Ya... ¿Porque arrastro los pies?

TERESA

Los arrastra usted un poquito, muy poco...

DANIEL

¿Tú no sabes por qué, Teresa?

TERESA

No, señor marqués.

DANIEL

Porque la tierra nos quiere mucho á los viejos, y se agarra á nuestros pobres pies cansados... y tira de nosotros... ¡Necesario será irse pronto con ella!

TERESA

¿Quién piensa en morir? Ea, siéntese usted... Esta noche no dirá usted que la chimenea está fría.

DANIEL

No, por cierto, que su calor parece quemarme las mejillas. ¡Brrr!... ¡Qué frío hace!... De poco aprovechan los guantes con este tiempo; ¡heladitas traigo las manos! (Pausa.) ¿Y la señorita?

TERESA

En su cuarto.

DANIEL

¿Pero, está bien?

TERESA

Sí, señor.

DANIEL

Eso es lo principal. ¡Vaya!... ¿Y el señorito Paco?

TERESA

En las habitaciones de la señorita. (Confidencial.) Creo que están riñendo.

DANIEL

¿Sí? ¡Lo siento mucho!

TERESA

No vaya usted á decir nada, don Daniel... que ustedes, los cortos de vista, lo dicen todo, sin duda porque no ven el efecto que causa lo que dicen...

DANIEL

No, mujer. ¿Y por qué riñen?

TERESA

Porque el señorito Paco quiere llevar á la señorita al baile, y ella no quiere ir.

DANIEL

Hace bien la señorita. Los bailes son estúpidos; en ellos se pierde el tiempo, el dinero, la salud... ¡todo lo que más vale! ¿Y qué se saca de los bailes?... Nada... ó casi nada. ¿Verdad, Teresa?

TERESA

Verdad, don Daniel.

DANIEL

Tú, que también habrás perdido en los bailes de máscaras muchas noches, ¿no piensas como yo?

TERESA

Lo mismo, señor marqués.

DANIEL

¡Naturalmente!... Lo que parece imposible es que hayamos necesitado llegar á viejos para saberlo.

TERESA

¿Quiere usted que llame á la señorita?

DANIEL

No, déjala. Supongo que la cena no se habrá retrasado por mí...

TERESA

No, señor. Ya sabe usted que aquí nunca hay hora fija para cenar. Además, hoy tenemos invitados.

DANIEL

¿Y han venido?

TERESA

¿No les oye usted?... En el comedor están.

DANIEL

¿Quiénes son? ¿Les conozco yo?

TERESA

¡Pues digo!... Don Nicolás, don Ángel, la señorita Raquel, la señorita Luisa... y otra joven que no conozco. La han tomado con el champagne...

DANIEL

Les apruebo el gusto.

TERESA

Llegaron hace poco más de una hora y ya llevan descorchadas seis ó siete botellas. Lo que esos cenen después, que me lo claven en la frente. ¿Quiere usted que les llame?.

DANIEL

¡No, no!...

TERESA

No sé si ha reparado usted, don Daniel, en que le dije que hay en el comedor dos hombres y tres mujeres.

DANIEL

Sí.

TERESA

Pues entonces...

DANIEL

¿Y qué quieres decir con eso?

TERESA

¿No cae usted?

DANIEL

No caigo.

TERESA

¡Que sobra una mujer!

DANIEL

Pues sobra, hija mía, porque yo... ¡á la vista está!... yo, ¡como si no estuviese aquí! Oye, Teresa...

TERESA

Diga usted.

DANIEL

¿Está bien cerrada esa ventana?

TERESA

Sí, señor, está bien cerrada. Además, con los burletes no entra ni pizca de aire; traiga usted la mano, verá usted...

DANIEL

Basta que tú lo digas. Es raro... ¡tengo un frío esta noche! (Pausa.) Aunque yo creo que eso del frío, más que del tiempo, depende de la edad, ¿no te parece?

TERESA

Iba yo á decirlo.

DANIEL

¡Es claro!... Cuando somos jóvenes, ya puede nevar aprisa en la calle, que llevamos el verano dentro. En cambio, cuando llegamos á viejos y el fastidio nieva y nieva... y nieva... dentro del alma, ¿para qué sirve el sol?

TERESA

Ahí tiene usted á la señorita. Hasta después. (A Araceli y á Paco.) Con permiso...

ESCENA II ARACELI, PACO, DANIEL

PACO

(Campechanamente). Adiós, marqués.

DANIEL

¡Hola, muchacho!... ¿Y tú, Araceli?

ARACELI

¿Y tú?

DANIEL

Muy bien. Acabo de llegar.

PACO

Creíamos que no vendrías.

ARACELI

Y lo sentíamos.

DANIEL

Ya sabéis que yo nunca falto á cenar los lunes, y menos los lunes festivos. Teresa me ha dicho que tenéis invitados...

PACO

Sí. Ángel y Nicolás han venido con tres amigas suyas; pensábamos comer aquí y luego marcharnos al Real... pero ahora resulta que la señorita Araceli no quiere ir al baile.

DANIEL

Ya...

PACO

¿Qué te parece?

DANIEL

¡Toma!... ¡Qué sé yo!

PACO

Pues yo sí que lo sé: es una estupidez.

ARACELI

No es una estupidez, Paco; es, sencillamente, que no tengo ganas de bailar. ¡Oye, Daniel, fíjate!...

PACO

¿Pero qué vas á explicarle á él?

ARACELI

¿Y por qué no?... Mira, Daniel, óyeme tú, porque estos señoritos que todavía no han salido de la infancia, no nos entienden.

PACO

Como que tenéis veinte ó treinta ó cuarenta años más que nosotros... ¡Es claro!

ARACELI

(Con amargura). Sí... soy vieja para ti.

PACO

¡Lo eres!... Yo te quiero, me gustas... ¡Naturalmente! ¿No te parece, Daniel?... Araceli me gusta, porque si no me gustase no estaría yo aquí... pero comprendo que no pensamos del mismo modo; cada cual interpreta la vida á su manera... ¡y eso me aburre! Yo no sé si es cuestión de temperamento ó cuestión de edad... Ahora, por ejemplo, yo quiero ir al baile; esos amigos han venido á buscarme; podemos pasar una buena noche... Y la digo: «Anda, Araceli, ponte un mantón y vámonos...» ¿Hay nada más natural?

DANIEL

Efectivamente...

PACO

¿Me faltarán mujeres que llevar al baile? Y, sin embargo, la prefiero á ella. ¡Si debías estar orgullosa!

ARACELI

Y lo estoy, y te lo agradezco...

PACO

Lo demuestras muy mal.

ARACELI

Pero, Paco... los hombres, con poneros el frac, ya estáis arreglados. Nosotras, no. Para ir al baile, yo necesito vestirme de cabeza á pies, ponerme el corsé nuevo, que me lastima mucho las caderas, peinarme bien... Y para hacer todo esto es indispensable tener buen humor, ganas de lucir, de divertirse... y yo esta noche no me siento bien... me duele la cabeza... (A Daniel.) Creo que tengo calentura...

PACO

¡Eso faltaba!

DANIEL

(Pulsando á Araceli). No, las manos un poco ardientes... pero, no... no hay fiebre...

PACO

¡Estamos divertidos!

ARACELI

¿Qué quieres, hijo mío?

PACO

¿Eh, Daniel?... ¡Estoy divertido! Supongo que cuando conociste á Araceli, ésta no sería así.

DANIEL

No era así, no.

PACO

Sería, probablemente, todo lo contrario.

ARACELI

Todo lo contrario... ¡Desgraciadamente!

PACO

(Irónico). ¡Ah, vamos!... Le querrías más que á mí...

ARACELI

¡No, hombre!

PACO

Sí, mujer, le querrías mucho más que á mí, y por eso eras con él mucho más complaciente que lo eres conmigo... ¡Delicioso!... ¿Pues sabes lo que digo?

ARACELI

¿Qué dices, Paco? (Resignada.)

PACO

Que esta casa es mía, y que tú eres mía... y que yo pago todo esto para mí, para divertirme, para usarlo cuando me parezca.

ARACELI

Eres grosero.

PACO

¡Déjame en paz!

ARACELI

Hay momentos en que te desconozco. Si tantas ganas tienes de ir al baile, vete; yo no me enfado.

PACO

¡Pero si quiero ir contigo, imbécil! ¿Es que no lo entiendes? ¡Quiero ir contigo... y emborracharme!... (Con énfasis cómico.) Porque si á ti te gustan los amores tranquilos y las copitas de coñac bebidas pacíficamente en tu casita, delante de una chimenea, á mí me gusta bailar y dormir en la delegación y beber el champagne en cubo... ¿te has enterado?...

ARACELI

Ya lo sé, hombre, ya lo sé...

PACO

(A Daniel). ¿No te parece?

DANIEL

Psch... sí...

PACO

Vamos, ya... tú crees que ella tiene razón.

DANIEL

No... tampoco. Araceli, á mi juicio, tiene razón, pero tú también defiendes un deseo justo... (Riendo con amargura.) ¡Qué vida... qué incomprensible vida esta, en la que todos, así el golpeado, como el que golpea, tienen razón!

PACO

Es muy cómodo decir: «Hoy no tengo ganas de salir», y quedarse en casa. O bien: «Hoy el cuerpo me pide retozo; llévame al campo...» Y el hombre, entretanto, convertido en figura decorativa, hecho un mamarracho, á disposición de la señora... ¡Eso, que se te quite de la cabeza! Tú vienes al baile porque yo deseo que vengas, ni más ni menos... porque tienes la obligación de divertirme, porque para eso vivimos juntos.

ARACELI

Bueno, Paco, iré... (A Daniel.) ¿Tú ves qué suplicio?

PACO

Pues, deprisita, deprisita... ¡que se hace tarde! (Dentro y por la derecha resuenan grandes carcajadas.)

VARIAS VOCES

(Dentro). ¡Viva! ¡Viva!

PACO

(Riendo). ¡Oye... cómo están ya esos!

ARACELI

Pero me dejarás ir como yo quiera...

PACO

¿Cómo?

ARACELI

Con capuchón.

PACO

¿Tú eres tonta!... ¿Pero cómo quieres que te lleve de capuchón, hecha una cursi?

ARACELI

¡Si es que no puedo apretarme el corsé!

PACO

Pues, ó te vistes bien, ó no vienes.

DANIEL

Déjala, hombre, que vaya á su gusto.

PACO

¡No quiero!... Yo, con mamarrachos, no voy al baile. La llevo para lucirla, eso es, no para que se rían de mí. Te pones el mantón azul, y te calzas bien, y te peinas bien... y la dices á Teresa que te traiga flores... ¡Ya lo sabes...!

ESCENA III DICHOS y DON NICOLÁS

DON NICOLÁS

(Desde dentro). ¡Paco!... ¡Paco!... (Aparece por la derecha con una copa y una botella de «champagne»). ¿Qué, no queréis una copa?... Pero, ¿cómo no vais allí?...

PACO

Ahora vamos.

DON NICOLÁS

Señor marqués... beso á usted las manos... (Da muestras de hallarse ligeramente embriagado.)

DANIEL

¡Hola, Nicolás!

DON NICOLÁS

(Dirigiéndose á Araceli y á Paco). Apostaría algo bueno á que estaban ustedes riñendo...

ARACELI

No estábamos riñendo, no; porque yo no riño con Paco; es él, quien quiere reñir conmigo.

DON NICOLÁS

Pero como usted no quiere... ¡Pues no hay riña! ¡Claro!... Ea, tomad, tomad una copa; esto no es champagne, ¿sabes?

PACO

¿No?

DON NICOLÁS

El tabernero se ha equivocado; esto no es champagne; esto es sangre de dioses. ¡Bebe!

PACO

Venga.

DON NICOLÁS

Somos unos descorteses, Paco... lo somos porque hemos bebido antes que Araceli. ¡Qué demonio!... Y es que tú, maldito, estás borracho.

PACO

¿Yo?... ¡Sí!

DON NICOLÁS

Estás borracho. Y Daniel, donde le ves, también está borracho... (Riendo.) Y no se levanta de ahí por no caerse... (Riendo más.) Bueno... ahora usted, Araceli... ahora bebe usted.

ARACELI

Gracias, Nicolás, yo no quiero beber.

DON NICOLÁS

¿No quiere usted beber?

ARACELI

Ahora, no; luego.

DON NICOLÁS

¿Y por qué luego?... Luego también... ahora y luego, siempre... ¡se debe beber siempre!... Y si está usted enamorada, con más motivo; los amores son como las fresas, con vino están mejor.

ARACELI

Gracias, gracias... no deseo.

DON NICOLÁS

¿No quiere usted? Conformes; no insisto; en estos casos, la insistencia es descortesía. Pero tú, Daniel, sí beberás... tú eres de los míos.

DANIEL

Sí, hombre.

DON NICOLÁS

Va. ¡Ole! En el champagne que este hombre ha bebido podríamos naufragar los tres.

PACO

(A Araceli). Niña... me voy con éste al comedor; que te vistas en seguida...

ARACELI

Ya sabes lo que te he dicho...

PACO

¡No, con capuchón, no! Te vistes como he dicho.

DON NICOLÁS

¿Qué... qué? ¿A ver qué es eso? ¡Que yo me enteré!

ARACELI

Nicolás, déme usted la razón.

DON NICOLÁS

(Ofreciéndola la botella). Tome usted...

ARACELI

¿No piensan ustedes ir al baile?

DON NICOLÁS

Sí.

ARACELI

¿No se trata de pasar una buena noche, sea como sea?

DON NICOLÁS

Exactamente.

ARACELI

¿Y no es cierto que á usted no le importa que la mujer que usted lleve vaya vestida de este ó aquel modo?

DON NICOLÁS

Crea usted que eso del vestido en noches como esta, me tiene completamente sin cuidado. ¡Mejor si va desnuda!

ARACELI

Pues Paco no es así.

DON NICOLÁS

Pero, hombre... ¡parece mentira!... ¿No me ves á mí?... ¡Deja que la mujer vaya á su gusto, hombre!... Si al fin ha de ser lo que ella quiera...

PACO

Me parece que no...

DON NICOLÁS

¡Mírele usted!... Si debe usted estar orgullosa de verle así, tan enamorado.

ARACELI

¿Enamorado?

DON NICOLÁS

Y dije poco: loco... loco está por usted...

ARACELI

Dice que soy una vieja...

DON NICOLÁS

Hombre, tanto como una anciana, no... pero tampoco diré que es usted una niña... ¿Verdad, Daniel, tú que la conociste joven?

DANIEL

Para mí siempre será una niña.

DON NICOLÁS

¡Ole! (A Paco.) Esa frase también merece una copa. Bebe... (A Paco.) Ahora, vámonos al comedor. (A Araceli y á Daniel.) ¿No queréis venir?

ARACELI

Luego iré yo.

DON NICOLÁS

Usted manda. Tú, ¡eh!... tú, Daniel... ¿Vienes?

DANIEL

Después...

DON NICOLÁS

(Riendo). ¡No puede levantarse!... Está... ¡cómo está! (Dando á entender que Daniel está borracho.) Vente tú, Paquito, vente conmigo...

PACO

(A Araceli). Ya sabes...

DON NICOLÁS

¡Déjala, hombre!... ¡Déjala!... (Confidencial.) Te advierto que la Raquel está divina... ¡hay que comérsela!... (Salen por la derecha.)

ESCENA IV ARACELI y DANIEL

ARACELI

¿Le has oído, Daniel?

DANIEL

Le he oído.

ARACELI

¿Y qué piensas de él?

DANIEL

¡Psch!...

ARACELI

Claro... tú, ¿qué vas á decirme? Eres amigo suyo.

DANIEL

No, si callo no es por eso; es... ¡porque no sé qué decir! Creo que, en este caso, al hombre más experto le sucedería lo mismo.

ARACELI

¡Ah, Daniel, mi viejecito!... De todos los amores que pasaron por mi vida, el tuyo es el único que no ha dejado en mi carne ni en mi espíritu una sensación de brutalidad. Así, después de los años pasados, me pareces, más que un amante perdido, un hermano mayor, un segundo padre... algo muy mío que me quiere con cariño familiar... Cuando Paco, á quien yo le había hablado de nuestros amores, me dijo que habíais viajado juntos por el extranjero y que erais muy amigos, tuve una alegría inmensa. «Vendrá á verme», pensé. Y al saber más tarde que aún estabas soltero, hasta creí que te recobraba... «El me quiere—decía yo—, es el único hombre capaz de quererme, aunque ya no me encuentre bonita»...

DANIEL

¡Pobrecilla!

ARACELI

¿Tú sabes qué difícil y qué angustioso es para nosotras parecer bonitas, cuando ya vamos perdiendo la voluntad de serlo?

DANIEL

Yo lo sé todo, Araceli, por lo mismo que he pasado por todas las edades. Tú, en cuanto seas viejecita como yo, lo sabrás todo también. (Pausa.)

ARACELI

¡Qué mala, qué ingrata he sido para ti, Daniel!

DANIEL

Yo creo que no.

ARACELI

Sí, fuí muy mala, muy cruel contigo, y merezco que me guardes rencor. ¡Pobre Daniel!... ¿Te acuerdas? Hace muchos años, cerca de veinte años... otra noche de máscaras...

DANIEL

Sí...

ARACELI

¿Por qué te dejé aquella noche?... ¡Loca! ¡Estúpida!... ¡Aquel Manolo, que ya se ha muerto!... Y si yo le hubiese querido, aún habría para mi ingratitud alguna disculpa. ¡Pero si yo no le amaba!... Tú lo sabes, Daniel... ¡Si yo no le amaba!... Sí puedo decir que aquella noche te dejé por un baile y un mantón de Manila... Y cuando á la mañana siguiente volví á nuestra casa... ¿te acuerdas?... tú estabas allí... pero yo no te encontraba... no te encontraba porque tú ya no eras el mismo... (Llora.) ¡Lloras, Daniel! No, no, no... ¡eso no!... Yo no quiero hacerte llorar...

DANIEL

Déjame.

ARACELI

No quiero que llores...

DANIEL

Déjame... es que recuerdo... Los viejos no hacemos otra cosa; por eso lloramos tan á menudo; á mi edad, la conciencia es como una lágrima que llevamos dentro...

ARACELI

Pero, ¿es cierto que me guardas rencor por el daño que te hice?

DANIEL

Si tal hiciese, sería injusto contigo.

ARACELI

¡Oh, qué bueno eres!

DANIEL

No, no digas «¡qué bueno!...» Di, mejor, «¡qué viejo!...» La vejez suele parecernos bondadosa porque es pasiva... ¡fíjate en que, para reconocer mi bondad, has tenido que asomarte á la vejez.

ARACELI

¡Es verdad! Lo que fué torrente, hoy es agua mansa. ¿Por qué, cuando nos conocimos, no sería yo un poco más vieja ó tú un poquito más joven? Entonces, tal vez, hubiésemos sido dichosos el uno con el otro.

DANIEL

Tal vez...

ARACELI

Pero es muy difícil coincidir á esa cita que la Felicidad nos ha dado á todos; unos llegan demasiado pronto, otros demasiado tarde... Entonces, que yo me sentaba al banquete de la vida, tú, cansado ya de comer, empujabas con el pie la mesa de tu festín y cerrabas los ojos... Y los dos fuímos desgraciados: yo, porque deseaba mucho y tenía muy poco; tú, porque, teniéndolo todo, ya no querías nada... Pero tú, indudablemente, sufrías más que yo, porque tú no esperabas nada... mientras que yo deseaba, y un deseo siempre es una esperanza... y no hay bajo el sol nada más bonito que una esperanza... (Pausa.) ¡Ahora te comprendo! Nadie es bueno, nadie es malo... son las circunstancias las que, pasajeramente, nos hacen malos ó buenos... (Llora.)

DANIEL

No llores... Araceli... mi pobre Araceli... no llores... ¿para qué?... No se hable más de aquello, porque todos estamos pagados y en paz: lo que tú hiciste conmigo, lo hice yo con otra, y ahora Paco lo hace contigo. La vida es un veneno compuesto con mieles de amor, que va resbalando al través de los siglos de una boca á otra boca; y así, el hastío que tú bebiste en mis labios, se lo das á Paco ahora; y él, cuando sea viejo, besará otros labios jóvenes, y con el beso que les dé, les dará también el dolor... (Pausa larga.)

ARACELI

¡Qué frío!... ¿No te parece que hace mucho frío esta noche?

DANIEL

Sí, mucho frío... A Teresa se lo dije antes.

ARACELI

(Acercándose á la ventana). Pues, no... los burletes ajustan bien; por aquí no entra ni pizca de aire.

DANIEL

Habrá por ahí alguna puerta abierta.

ARACELI

(Asomándose á la del foro). No, todo está bien cerrado. (Se acerca á la chimenea como dispuesta á sentarse.)

DANIEL

No te sientes. Ve á ver qué ocurre en el comedor; me parece que ya va siendo hora de cenar.

ARACELI

En esta casa hoy no se cena.

DANIEL

¿Lo dices porque esos no dejan de beber?

ARACELI

¡Naturalmente! ¡Y no creas que Paco es el mejor!

DANIEL

¿Quieres un buen consejo?

ARACELI

¿Cuál?

DANIEL

Vístete en seguida.

ARACELI

Para el baile...

DANIEL

Sí.

ARACELI

¡Pero si no tengo ganas de salir!

DANIEL

No importa. Vístete y te ahorrarás un disgusto con Paco.

ARACELI

¿Y el disgusto de vestirme?

DANIEL

Bueno, allá tú. (Risueño.) Recuerda que aquella noche, de que antes hablábamos, te perdí por no querer ponerme el frac... Y que ahora es él quien tiene el frac puesto, y tú la que no quiere vestirse...

ARACELI

¿Tú pensabas ir al baile?

DANIEL

¿Yo? (Ríe.)

ARACELI

Entonces no salgo. Cuando esos se marchen, cenaremos juntos los dos. Yo te invito.

DANIEL

¿Y Paco?

ARACELI

Me es igual...

DANIEL

Me parece... en fin...

ARACELI

¿Qué?

DANIEL

Que haces una tontería. La cena va á costarte demasiado cara. (Suenan dentro risas y voces.)

ARACELI

Ahí vienen esos.

ESCENA V ARACELI, RAQUEL, LUISA, DANIEL

RAQUEL

(Con una botella de «champagne»). ¡Qué sorpresa! (Riendo.)

LUISA

(Que trae una bandeja con pasteles). ¡Pero si está aquí don Daniel!...

RAQUEL

¡Viva el marqués, que va á beberse una copa de champagne!

DANIEL

Adiós, criaturas.

LUISA

¿Qué hacíais, pícaros?

ARACELI

Pues, ya lo veis...

RAQUEL

(A Araceli). Bebe.

LUISA

Toma antes un pastel; estos de chocolate son muy buenos.

ARACELI

¿Pero no vamos á cenar?

RAQUEL

¡Quién piensa en eso!

ARACELI

(A Daniel). ¿Qué te dije yo?

LUISA

Ahora nos vamos á Fornos; son cerca de las once. ¿Pero qué haces que no te vistes?

ARACELI

Ya veremos...

RAQUEL

Te aconsejo que no dejes á Paco solo.

ARACELI

¿Por qué?

LUISA

¡Ah, sí! Porque Paco está que arde. Yo no quería decirte nada, pero ya que ésta ha empezado...

ARACELI

Pues, ¿qué le sucede?

RAQUEL

Que Catalina está volviéndole tarumba.

ARACELI

Por mí...

RAQUEL

¿No te importa?

ARACELI

Ni pizca.

LUISA

¡Chica!... ¡Haces bien!... ¿Eh? ¿Verdad que estos pasteles de chocolate están muy buenos?

ARACELI

Muy ricos.

RAQUEL

Mirad, yo me chupo los dedos. Ello no será muy chic, pero es muy práctico.

LUISA

(Imitando á Raquel). ¡Yo también, yo también!...

RAQUEL

(Acercándose á la puerta lateral derecha). ¡Nicolás, Nicolás!... Os advierto que Nicolás, con lo que ha bebido, está delicioso esta noche.

LUISA

Tiene muy buena sombra.

RAQUEL

¡Ja, ja, ja!... Ese hombre, si se hubiese metido á clown, habría sido célebre. ¡Cuidado si la historia de don Casimiro tiene gracia!...

LUISA

¡Ah, sí! Cuéntala... veréis...

RAQUEL

Veréis... (A Araceli.) ¿Tú conoces á Casimiro Giralt, ese viejo pintado de rubio que te presenté una noche en Apolo?...

ARACELI

¿El que tuvo relaciones con Fuensanta?

RAQUEL

¡Ese! Como sabes, Casimiro está casado y tiene un hijo de veintidós ó veintitrés años, que se llama Antonio, y es «el ojito derecho» de su madre. (Bebe.) ¡Ah, y que no toquen á Antoñito, porque doña Cecilia se vuelve loca! ¿Usted se entera, marqués?

DANIEL

Sí, mujer, sigue.

RAQUEL

Pues dice Nicolás que Antoñito se enamoró, pero como una fiera, de una muchacha pobre, planchadora por más señas, y que á todo trance quería casarse con ella. Hasta que se lo dijo á su padre, á don Casimiro... y desde aquel día, el pobre muchacho no hizo más que llorar por los rincones, enflaquecer y quedarse sin color. Los médicos decían que iba para tísico.

LUISA

Como si estuviese embrujado, ¿comprendes?

RAQUEL

Hasta que doña Cecilia le cogió por su cuenta y, por buenas ó por malas, le arrancó el secreto de su pena.—Es que estoy enamorado de una mujer y no puedo casarme con ella—decía el chico.—¿Y por qué?—Porque no puedo.—¿Pero por qué no puedes?...—Hasta que cantó:—Porque mi padre me ha dicho que esa muchacha... ¡es hija suya!...

ARACELI

¡Pobre chico!

RAQUEL

No te apures... ¡Los muchachos se casan!...

DANIEL

¿Pero no son hermanos?

LUISA

¡No lo son!

RAQUEL

¡No lo son, no!... Porque doña Cecilia, comprendiendo que á su hijo aquella pena iba á costarle la vida, echó por la calle de en medio, y ha confesado que Antonio... ¡no es hijo de su padre! (Riendo.)

LUISA

(Riendo). ¡Y se casan, se casan!...

RAQUEL

(Como si llorase). Mujer, di más bien: «Y se casan, y se casan...» ¡No te alegres tanto del mal del prójimo!... (Todos ríen.)

ESCENA VI DICHOS y CATALINA, PACO, DON NICOLÁS y ÁNGEL, que entran por la derecha con gran algazara

CATALINA

(Aparece empujada por sus acompañantes). ¡Que vais á hacerme caer! ¡No seáis locos!

PACO

¡Tú llegarás á donde quieras!

ÁNGEL

Llegarás al suelo.

DON NICOLÁS

Te impulsamos nosotros.

CATALINA

¡Dejadme, que tengo cosquillas!

ÁNGEL

¡Déjala, hombre!

DON NICOLÁS

¡Adiós! ¡Este la ha cogido ya!

ÁNGEL

¿El qué?

DON NICOLÁS

La borrachera, hombre.

ÁNGEL

¡Toma!

PACO

Todos estáis como uvas. A éste no le cabe en el cuerpo ni media copa más. Si le aprietas el cinturón, se vierte.

DON NICOLÁS

¡Y á mucha honra! Yo soy sincero... yo tengo el valor de mis vicios.

PACO

(Por Araceli y Daniel). ¿Y éstos, no beben?

DON NICOLÁS

Beberán, hombre, beberán; de ello me encargo yo.

ÁNGEL

Me encargo yo. (Coge una botella.)

ARACELI

Gracias, Ángel.

DANIEL

Yo, sí. ¡No se dirá nunca que le he vuelto la cara al champagne!

DON NICOLÁS

¡Muy bien!

RAQUEL

(A don Nicolás). Mira, mira cómo tienes la pechera...

DON NICOLÁS

¡Pobre camisa! Cuando salgamos del baile la vamos á llevar clavada en un bastón, como una bandera. ¡Vámonos al baile!...

ÁNGEL

Al baile.

LUISA

Al baile, al baile.

RAQUEL

¡Al baile!... ¡Todos!...

PACO

(A Araceli). ¿Y tú, no acabas de vestirte?

ARACELI

Pero Paco...

RAQUEL, LUISA, DON NICOLÁS, ÁNGEL

¡Al baile, pero todos!... ¡No valen disculpas!

RAQUEL

¡En esta casa no ha de quedar nadie!

PACO

(Amenazador). ¿No sabes lo que te dije antes?... ¿Es que quieres ponerme en ridículo?

ARACELI

Vete tú.

PACO

Pero contigo.

ARACELI

¡Conmigo!...

DON NICOLÁS, ÁNGEL

¡Con usted, sí, señora!

RAQUEL, LUISA

¡No hay escape!

CATALINA

No insistáis; si ella no quiere ir...

ARACELI

(Suplicante). ¡Pero si es que esta noche no me siento bien!... Paco ya lo sabe; que lo diga él... Me duele mucho la cabeza... Tengo mucho frío...

ÁNGEL

Yo creo que ese malestar es falta de champagne.

DON NICOLÁS

¡Es muy posible! Hay que someterla á un tratamiento enérgico. (Coge la botella.)

PACO

Déjame á mí; yo la curaré. Bebe, Araceli. (Agresivo.)

ARACELI

No quiero, Paco.

PACO

Bebe...

ARACELI

No tengo sed.

PACO

Sin sed. Bebe.

ARACELI

No bebo.

PACO

Bebe.

ARACELI

¿Estás borracho?

PACO

Estoy como quiero. ¡Bebe... bebe ó te rompo la copa en la cara!...

ARACELI

¡Paco!... (Llora.)

DON NICOLÁS

¡Eso, no!... (Todos se interponen.)

PACO

¡Maldita sea!... (Tira la copa al suelo.)

RAQUEL

¡La hizo añicos! Estas cuestiones familiares las paga siempre la vajilla.

DON NICOLÁS

¡Alto el fuego! A mí me gustaría que Araceli viniese con nosotros... me gustaría, porque á mí el buen humor del prójimo me engorda... ¡palabra!... Ya sé que la Humanidad no es así... ¡ni mucho menos!... Ya sé que, por regla general, lo que yo como á gusto le hace daño á mi amigo... Yo, no; yo quiero que todo el mundo ría, que todo el mundo esté contento... Pero, si Araceli no quiere, bueno... ahogaré mi dolor...

RAQUEL

Con vino lo ahogarás, borrachón.

DON NICOLÁS

Con vino... con vino...

ÁNGEL, LUISA

¡Ahoguemos nuestras penas!

CATALINA

No esté usted triste, Paco.

PACO

¿Yo?... ¡Ca!

CATALINA

Sí, lo he notado; se ha quedado usted triste.

PACO

¿Yo?... ¿Triste yo?... ¡No me conoces! ¿Triste yo, estando tú aquí? (La abraza.)

ARACELI

¡Paco, Paco!... ¿No consideras que yo estoy aquí?

PACO

¿Y qué?

ARACELI

Eso es una canallada; sois unos canallas; lo eres tú, porque la abrazas; lo es ella, dejándose abrazar por ti.

PACO

Hago lo que quiero.

ARACELI

Será fuera de aquí.

PACO

Será en la calle... Yo necesito una mujer para esta noche; tú no quieres acompañarme y busco á ésta. Ya te lo dije antes bien clarito: mujeres que vengan al baile conmigo, no han de faltarme.

ARACELI

Canallita... ¡Tú, como todos, sois unos chulos de frac! (Llora.)

ÁNGEL

(Recogiéndose los faldones del frac). ¿Nos ha llamado chulos?

DON NICOLÁS

(Solemne). ¡Respetable concurrencia! Creo llegado el momento de beber una copa.

RAQUEL, LUISA

¡Otra, dirás!

DON NICOLÁS

Otra... ¡y que no sea la última!

ÁNGEL

Amén.

DON NICOLÁS

Brindemos, pero solemnemente, con verdadera unción, por la ingratitud.

RAQUEL, LUISA, ÁNGEL

¡Viva la ingratitud!

DON NICOLÁS

¡Viva la diosa santa que embellece la vida, porque la llena de sorpresas! ¡Viva la ingratitud, repito! Porque, gracias á ella, las mujeres que amaron á otros pueden llegar á caer en nuestros brazos... y las amadas que ya empezaban á aburrirnos, se van con el primer amigo buen mozo que viene á visitarnos, y nos dejan en paz... (Bebe.)

TODOS

¡Bravo!... ¡Muy bien!

ARACELI

(Aparte). Miserables... (Va á sentarse cerca de Daniel.)

ÁNGEL

¡Bravísimo!

LUISA

¡Brindemos por todos los hombres que hemos olvidado!

CATALINA

Brindemos.

RAQUEL

¡No!... Porque ibais á estar bebiendo toda la noche y se os iban á quedar para otro día más de la mitad...

ÁNGEL

¡Divina! (Todas ríen.)

DON NICOLÁS

¿Conque, nos vamos?

PACO

¡Vámonos, sí!

ÁNGEL

¿A Fornos?

RAQUEL

A Fornos y desde allí al baile.

PACO

(A Catalina). Yo, contigo.

CATALINA

¿Pero... y Araceli?

PACO

¿Qué te importa? Esa concluyó, y empiezas tú.

ÁNGEL

(A Luisa). Mi brazo.

DON NICOLÁS

¿Qué decís? ¿Vamos á ir á pie?... ¡Ca, hombre!... En coche es mejor.

RAQUEL, LUISA, CATALINA

¡Sí, sí, en coche!...

DON NICOLÁS

¿No hay quien avise un coche?

PACO

¡Sí, hombre, al momento! (Asomándose á la puerta del foro.) ¡Teresa! ¡Teresa!...

DON NICOLÁS

No te oye... ¡Ja, ja, ja!... ¡Es inútil!...

PACO

¡Teresa!...

DON NICOLÁS

Estará borracha también.

ESCENA VII DICHOS y TERESA

TERESA

¿Qué mandan ustedes?

DON NICOLÁS

(Asombrado). ¡No está borracha, no! ¡La templanza refugiándose en las cocinas!... ¡Increíble!

TERESA

Ustedes dirán.

PACO

Avisa un coche.

RAQUEL

Un coche es poco; avise usted dos.

ÁNGEL

Avise usted tres; ¡somos seis!...

TERESA

¿En qué quedamos?

DON NICOLÁS

En eso: avise usted tres coches... puesto que somos tres parejas.

TERESA

En seguida. (Vase. En este momento suena dentro un alegre paso doble, que se acerca y luego se aleja rápidamente. Todos corren hacia la ventana, dando muestras de gran alegría.)

RAQUEL, LUISA, CATALINA

¡Una estudiantina! ¡Una estudiantina!

ÁNGEL

¡Señores!... ¡Qué hermoso! ¡Está nevando!

PACO

¿Qué importa la nieve?

ÁNGEL

¡Viva la alegría!

DON NICOLÁS

¡Viva el champagne! (Pausa. Todos escuchan.)

RAQUEL

(A don Nicolás). Vamos á bailar.

DON NICOLÁS

No puedo.

RAQUEL

No sé entonces para qué vas al baile.

DON NICOLÁS

¿Pero es que á los bailes se va á bailar? ¡Inocente! ¡Se va á beber!...

ÁNGEL

¿Y no vamos á beber desde aquí hasta que lleguemos á Fornos?...

LUISA

¡Dejaros ya de vino!

ÁNGEL

¡Tengo una idea!... ¡¡Ah!!

DON NICOLÁS

¿Cuál?

ÁNGEL

¡Una admirable idea!

TERESA

Señores... ahí están los coches.

PAGO

¿Los tres?.

TERESA

Sí, señor, los tres.

ÁNGEL

¡Esperad, esperad!... (Sale precipitadamente por la derecha. Todos le siguen y se detienen junto á la puerta.)

DON NICOLÁS

¿Pero á dónde va ese?

RAQUEL

Alguna diablura se le ha ocurrido.

LUISA

Indudablemente. Le conozco.

DON NICOLÁS

¡Admirable, admirable!

RAQUEL

La gran idea.

ÁNGEL

¡La barrica del Jerez! (Aparece empujando un barril y todos le ayudan.) ¡Teresa, Teresa!...

TERESA

Mándeme usted.

ÁNGEL

Avise usted otro coche.

RAQUEL, LUISA, CATALINA

¡Otro coche! Hacen falta cuatro coches.

PACO

¡Cuatro... sí... cuatro!

DON NICOLÁS

Uno para cada pareja y otro para el vino.

PACO

Tú, Nicolás, súbete encima del barril; oficia de dios Baco...

DON NICOLÁS

No... no puedo... ¡dejadme! ¡Que me vais á romper algo! (Estúdiese bien toda esta escena, cuyo interés depende en absoluto del conjunto.)

RAQUEL, LUISA, CATALINA

¡Adiós, Araceli... Daniel!...

ÁNGEL

¡Hasta mañana, si podemos volver!... (Salen en tropel por el foro, gritando y riendo, y se oye un gran estrépito, como si el barril hubiese caído por la escalera.)

ESCENA VIII ARACELI y DANIEL

DANIEL

Debiste marcharte con ellos.

ARACELI

¡Bah!... ¿Por qué?... Mejor estoy aquí.

DANIEL

¡Mi pobre Araceli!... Tú quieres á Paco... tú, en estos momentos, sufres mucho.

ARACELI

Sí, le quiero... (Con indiferencia fingida.)

DANIEL

¡No disimules! Le quieres tranquilamente, pero también intensamente, como yo te quise. ¿Ves?... En la vida todo se repite: un Carnaval me dejó sin ti, y otro Carnaval te deja sin él... (Pausa.) ¡Lloras!... No, no...

ARACELI

No puedo contenerme... Perdona... déjame llorar: lloro de rabia... no lloro por él, por él no... no... ¡no!...

DANIEL

¡Y aunque llorases por él!... ¿Acaso hace veinte años, en una noche como ésta, no lloré yo por ti?

TELON

Illustration from Teatro galante

Notes in this chapter

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