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Sonata de otoño; Sonata de invierno

Front matter (continued 2)

Reading edition

—¡También te escribirá a ti! ¿Qué piensas hacer?

Yo murmuré a su oído:

—Lo que tú quieras.

Ella guardó silencio y quedó un instante con los ojos cerrados. Después, abriéndolos cargados de amorosa y resignada tristeza, suspiró:

—Obedece a tu madre, si te escribe...

Y se levantó para salir. Yo la detuve.

—No dices lo que sientes, Concha.

—Sí lo digo... Ya ves cuánto ofendo todos los días a mi marido... Pues te juro que en la hora de mi muerte, mejor quisiera tener el perdón de tu madre que el suyo...

—Tendrás todos los perdones, Concha... Y la bendición papal.

—¡Ah, si Dios te oyese! ¡Pero Dios no puede oirnos a ninguno de nosotros!

—Se lo diremos a Don Juan Manuel, que tiene más potente voz.

Concha estaba en la puerta y se recogía la cola de su ropón monacal. Movió la cabeza con disgusto:

—¡Xavier! ¡Xavier!

Yo le dije acercándome:

—¿Te vas?

—Sí, mañana vendré.

—Mañana harás como hoy.

—No... Te prometo venir...

Llegó al fondo del corredor y me llamó en voz baja:

—Acompáñame... ¡Tengo mucho miedo a las arañas! No hables alto... Allí duerme Isabel.

Y su mano, que en la sombra era una mano de fantasma, mostrábame una puerta cerrada que se marcaba en la negrura del suelo por un débil resplandor:

—Duerme con luz.

—Sí.

Yo entonces le dije, deteniéndome y reclinando su cabeza en mi hombro:

—¡Ves!... Isabel no puede dormir sola... ¡Imitémosla!

La cogí en brazos como si fuese una niña. Ella reía en silencio. La llevé hasta la puerta de su alcoba, que estaba abierta sobre la oscuridad, y la posé en el umbral.

Illustration from Sonata de otoño; Sonata de invierno: memorias del Marqués de Bradomín
Memorias del Marqués de Bradomin
Memorias del Marqués de Bradomin

E ACOSTÉ rendido, y toda la mañana estuve oyendo entre sueños las carreras, las risas y los gritos de las dos pequeñas, que jugaban en la Terraza de los Miradores. Tres puertas del salón que me servía de alcoba daban sobre ella. Dormí poco, y en aquel estado de vaga y angustiosa conciencia, donde advertía cuándo se paraban las niñas ante una de las puertas, y cuando gritaban en los miradores, el moscardón verdoso de la pesadilla daba vueltas sin cesar, como el huso de las brujas hilanderas. De pronto me pareció que las niñas se alejaban: Pasaron corriendo ante las tres puertas: Una voz las llamaba desde el jardín. La terraza quedó desierta. En medio del sopor que me impedía de una manera dolorosa toda voluntad, yo columbraba que mi pensamiento iba extraviándose por laberintos oscuros, y sentía el sordo avispero de que nacen los malos ensueños, las ideas torturantes, caprichosas y deformes, prendidas en un ritmo funambulesco. En medio del silencio resonó en la terraza festivo ladrar de perros y música de cascabeles. Una voz grave y eclesiástica, que parecía venir de más lejos, llamaba:

M
M

—¡Aquí, Carabel!... ¡Aquí, Capitán!...

Era el Abad de Brandeso, que había venido al Palacio después de misa, para presentar sus respetos a mis nobles primas:

—¡Aquí, Carabel! ¡Aquí, Capitán!

Concha e Isabel despedían al tonsurado desde la terraza:

—¡Adios, Don Benicio!

Y el Abad contestaba bajando la escalinata:

—¡Adios, señoras! Retírense que corre fresco. ¡Aquí, Carabel! ¡Aquí, Capitán!

Percibí distintamente la carrera retozona de los perros. Luego, en medio de un gran silencio, se alzó la voz lánguida de Concha:

—¡Don Benicio, que mañana celebra usted misa en nuestra capilla! ¡No lo eche usted en olvido!...

Y la voz grave y eclesiástica, respondía:

—¡No lo echo en olvido!... ¡No lo echo en olvido!...

Y como un canto gregoriano, se elevaba desde el fondo del jardín entre el cascabeleo de los perros. Después las dos damas se despedían de nuevo. Y la voz grave y eclesiástica repetía:

—¡Aquí, Carabel! ¡Aquí, Capitán!... Díganle al Señor Marqués de Bradomín que hace días, cazando con el Sumiller, descubrimos un bando de perdices. Díganle que a ver cuándo le caemos encima. Resérvenlo al Sumiller, si viene por el Palacio. Me ha encargado el secreto...

Concha e Isabel pasaron ante las tres puertas. Sus voces eran un murmullo fresco y suave. La terraza volvió a quedar en silencio, y en aquel silencio me desperté completamente. No pude volver a conciliar el sueño, e hice sonar la campanilla de plata, que en la penumbra de la alcoba resplandecía con resplandor noble y eclesiástico, sobre una mesa antigua, cubierta con un paño de velludo carmesí. Florisel acudió para servirme, en tanto me vestía. Pasó tiempo, y de nuevo oí las voces de las dos pequeñas que volvían del palomar con Candelaria. Traían una pareja de pichones. Hablaban alborozadas, y la vieja criada les decía, como si refiriese un cuento de hadas, que cortándoles las alas, podrían dejarlos sueltos en el Palacio:

—¡Cuando la madrecita era como vosotras mucho la divertía este divertimiento!

Florisel abrió las tres puertas que daban sobre la terraza, y me asomé para llamar a las niñas, que corrieron a besarme cada una con su paloma blanca. Al verlas recordé aquellos dones celestes concedidos a las princesas infantiles que perfuman la leyenda dorada como lirios de azul heráldico. Las niñas me dijeron:

—¿No sabes que el tío de Lantañón se fué al amanecer, en tu caballo?

—¿Quién os lo ha dicho?

—Hemos ido a verle, y hallamos todo abierto, puertas y ventanas, y la cama deshecha. Candelaria dice que ella le vió salir, y Florisel también.

Yo no pude menos de reirme:

—¿Y vuestra madre lo sabe?

—Sí.

—¿Y qué dice?

Las niñas se miraron vacilantes. Hubo entre ellas un cambio de sonrisas. Después exclamaron a un tiempo:

—Mamá dice que está loco.

Candelaria las llamó, y se alejaron corriendo para cortar las alas a los pichones y soltarlos en las estancias del Palacio. Aquel juego que amaba tanto de niña, la pobre Concha.

Illustration from Sonata de otoño; Sonata de invierno: memorias del Marqués de Bradomín
Sonata de Otoño
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Memorias del Marqués de Bradomin
Memorias del Marqués de Bradomin
Memorias del Marqués de Bradomin
Memorias del Marqués de Bradomin

N LA LUMINOSA pereza de la tarde, con todos los cristales del mirador dorados por el sol y las palomas volando sobre nuestras cabezas, Isabel y las niñas hablaban de ir conmigo a Lantañón para saber cómo había llegado el tío Don Juan Manuel. Isabel me preguntó:

E
E

—¿Qué distancia hay, Xavier?

—No más de una legua.

—Entonces podemos ir a pie.

—¿Y no se cansarán las pequeñas?

—Son muy andarinas.

Y las niñas apresuradas, radiantes, exclamaron a un tiempo:

—¡No! ¡No!... El año pasado hemos subido al Pico Sagro sin cansarnos.

Isabel miró hacia el jardín:

—Creo que tendremos buena tarde...

—¡Quién sabe! Aquellas nubes traen agua.

—Pero esas se van por otro lado.

Isabel confiaba en la galantería de las nubes. Nosotros dos hablábamos reunidos en el hueco de una ventana contemplando el cielo y el campo, mientras las niñas palmoteaban dando gritos, para que asustadas volasen las palomas. Al volverme vi a Concha: Estaba en la puerta, muy pálida, con los labios trémulos. Me miró, y sus ojos me parecieron otros ojos: Había en ellos afán, enojo y súplica. Llevándose las dos manos a la frente murmuró:

—Florisel me dijo que estabais en el jardín.

—Hemos estado.

—¡Parece que os ocultáis de mí!

Isabel repuso sonriendo:

—Sí, para conspirar.

Cogió a las niñas de la mano, y salió llevándoselas consigo. Quedéme a solas con la pobre Concha, que anduvo lánguidamente hasta sentarse en un sillón. Después suspiró como otras veces, diciendo que se moría. Yo me acerqué festivo, y ella se indignó:

—¡Ríete!... Haces bien, déjame sola, vete con Isabel...

Alcé una de sus manos y cerré los ojos, besándole los dedos reunidos en un haz oloroso, rosado y pálido.

—¡Concha, no me hagas sufrir!

Ella agitó los párpados llenos de lágrimas, y murmuró en voz baja y arrepentida:

—¿Por qué quieres dejarme sola?... Ya comprendo que tú no tienes la culpa... ¡Es ella, que sigue loca y que te busca!...

Sequé sus lágrimas y le dije:

—No hay más locura que la tuya, mi pobre Concha... Pero como es tan bella, no quisiera verla nunca curada...

—Yo no estoy loca.

—Sí que estás loca... Loca por mí.

Ella repitió con gentil enojo:

—¡No! ¡No! ¡No!...

—Sí.

—Vanidoso.

—¿Pues entonces, para qué quieres tenerme a tu lado?

Concha me echó los brazos al cuello y exclamó riendo, después de besarme:

—¡La verdad es que si tanto te envaneces de mi cariño será porque vale mucho!

—¡Muchísimo!

Concha pasó sus manos por mis cabellos, con una caricia lenta:

—Déjalas ir, Xavier... Ya ves que te prefiero a mis hijas...

Yo, como un niño abandonado y sumiso, apoyé la frente sobre su pecho y entorné los párpados, respirando con anhelo delicioso y triste aquel perfume de flor que se deshojaba:

—Haré cuanto tú quieras. ¿No lo sabes?

Concha murmuró, mirándome en los ojos y bajando la voz:

—¿Entonces no irás a Lantañón?

—No.

—¿Te contraría?

—No... Lo siento por las niñas, que estaban consentidas.

—Pueden ir ellas con Isabel... Las acompaña el mayordomo.

En aquel momento un aguacero repentino azotó los cristales y los follajes del jardín. Las nubes oscurecieron el sol. Quedó la tarde en esa luz otoñal y triste que parece llena de alma. María Fernanda entró muy afligida:

—¿Has visto qué mala suerte tenemos, Xavier? ¡Ya está lloviendo!

Después entró María Isabel:

—¿Si escampa nos dejas ir, mamá?

Concha respondió:

—Escampando, sí.

Y las dos niñas fueron a enterrarse en el fondo de una ventana: Con la cara pegada a los cristales miraban llover. Las nubes pesadas y plomizas iban a congregarse sobre la Sierra de Céltigos, en un horizonte de agua. Los pastores, dando voces a sus rebaños, bajaban presurosos por los caminos, encapuchados en sus capas de juncos. El arco iris cubría el jardín, y los cipreses oscuros y los mirtos verdes y húmedos parecían temblar en un rayo de anaranjada luz. Candelaria con la falda recogida y chocleando las madreñas, andaba encorvada bajo un gran paraguas azul cogiendo rosas para el altar de la capilla.

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Sonata de Otoño
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Memorias del Marqués de Bradomin
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A CAPILLA era húmeda, tenebrosa, resonante. Sobre el retablo campeaba un escudo de diez y seis cuarteles, esmaltados de gules y de azur, de sable y de sinople, de oro y de plata. Era el escudo concedido por ejecutorias de los Reyes Católicos al Capitán Alonso Bendaña, fundador del Mayorazgo de Brandeso: ¡Aquel Capitán que en los Nobiliarios de Galicia tiene una leyenda bárbara! Cuentan que habiendo hecho prisionero en una cacería a su enemigo el Abad de Mos, le vistió con pieles de lobo y le soltó en el monte, donde el Abad murió atarazado por los perros. Candelaria, la niñera de Concha, que como todos los criados antiguos, sabía historias y genealogías de la casa de sus señores, solía en otro tiempo referirnos la leyenda del Capitán Alonso Bendaña, como la refieren los viejos Nobiliarios que ya nadie lee. Además, Candelaria sabía que dos enanos negros se habían llevado al infierno el cuerpo del Capitán. ¡Era tradicional que en el linaje de Brandeso los hombres fuesen crueles y las mujeres piadosas!

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Yo aún recuerdo aquel tiempo cuando había capellán en el Palacio y mi tía Águeda, siguiendo añeja e hidalga costumbre, oía misa acompañada por todas sus hijas, desde la tribuna señorial que estaba al lado del Evangelio. En la tribuna tenían un escaño de velludo carmesí con alto respaldar que coronaban dos escudos nobiliarios, pero solamente mi tía Águeda, por su edad y por sus achaques, gozaba el privilegio de sentarse. A la derecha del altar estaba enterrado el Capitán Alonso Bendaña con otros caballeros de su linaje: El sepulcro tenía la estatua orante de un guerrero. A la izquierda estaba enterrada Doña Beatriz de Montenegro, con otras damas de distinto abolengo: el sepulcro tenía la estatua orante de una religiosa en hábito blanco como las Comendadoras de Santiago. La lámpara del presbiterio alumbraba día y noche ante el retablo labrado como joyel de reyes: Los áureos racimos de la vid evangélica parecían ofrecerse cargados de fruto. El santo tutelar era aquel piadoso Rey Mago que ofreció mirra al Niño Dios: Su túnica de seda bordada de oro brillaba con el resplandor devoto de un milagro oriental. La luz de la lámpara, entre las cadenas de plata, tenía tímido aleteo de pájaro prisionero, como si se afanase por volar hacia el Santo.

Concha quiso que fuesen sus manos las que dejasen aquella tarde a los pies del Rey Mago los floreros cargados de rosas, como ofrenda de su alma devota. Después, acompañada de las niñas, se arrodilló ante el altar. Yo desde la tribuna solamente oía el murmullo de su voz, que guiaba moribunda las ave-marías, pero cuando a las niñas les tocaba responder, oía todas las palabras rituales de la oración. Concha se levantó besando el rosario, cruzó el presbiterio santiguándose y llamó a sus hijas para rezar ante el sepulcro del guerrero, donde también estaba enterrado Don Miguel Bendaña. Aquel señor de Brandeso era el abuelo de Concha. Hallábase moribundo cuando mi madre me llevó por primera vez al Palacio. Don Miguel Bendaña había sido un caballero déspota y hospitalario, fiel a la tradición hidalga y campesina de todo su linaje. Enhiesto como un lanzón, pasó por el mundo sin sentarse en el festín de los plebeyos. ¡Hermosa y noble locura! A los ochenta años, cuando murió, aún tenía el alma soberbia, gallarda y bien templada, como los gavilanes de una espada antigua. Estuvo cinco días agonizando, sin querer confesarse. Mi madre aseguraba que no había visto nada semejante. Aquel hidalgo era hereje. Una noche, poco después de su muerte, oí contar en voz baja que Don Miguel Bendaña había matado a un criado suyo. ¡Bien hacía Concha rezándole por el alma!

La tarde agonizaba y las oraciones resonaban en la silenciosa oscuridad de la capilla, hondas, tristes y augustas, como un eco de la Pasión. Yo me adormecía en la tribuna. Las niñas fueron a sentarse en las gradas del altar: Sus vestidos eran albos como el lino de los paños litúrgicos. Yo sólo distinguí una sombra que rezaba bajo la lámpara del presbiterio: Era Concha. Sostenía entre sus manos un libro abierto y leía con la cabeza inclinada. De tarde en tarde el viento mecía la cortina de un alto ventanal: Yo entonces veía en el cielo ya oscuro, la faz de la luna, pálida y sobrenatural, como una diosa que tiene su altar en los bosques y en los lagos...

Concha cerró el libro dando un suspiro, y de nuevo llamó a las niñas. Vi pasar sus sombras blancas a través del presbiterio y columbré que se arrodillaban a los lados de su madre. La luz de la lámpara temblaba con un débil resplandor sobre las manos de Concha, que volvían a sostener abierto el libro. En el silencio su voz leía piadosa y lenta. Las niñas escuchaban, y adiviné sus cabelleras sueltas sobre la albura del ropaje. Concha leía.

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Sonata de Otoño
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RA MEDIA NOCHE. Yo estaba escribiendo cuando Concha, envuelta en su ropón monacal, y sin ruido, entró en el salón que me servía de alcoba.

E
E

—¿A quién escribes?

—Al secretario de Doña Margarita.

—¿Y qué le dices?

—Le doy cuenta de la ofrenda que hice al Apóstol en nombre de la Reina.

Hubo un momento de silencio. Concha, que permanecía en pie, apoyadas las manos en mis hombros, se inclinó, rozándome la frente con sus cabellos:

—¿Escribes al secretario, o escribes a la Reina?

Me volví con fría lentitud:

—Escribo al secretario. ¿También tienes celos de la Señora?

Protestó vivamente:

—¡No! ¡No!

La senté en mis rodillas, y le dije, acariciándola:

—Doña Margarita no es como la otra...

—A la otra también la calumnian mucho. Mi madre, que fué dama de honor, lo decía siempre.

Viéndome sonreir, la pobre Concha inclinó los ojos con adorable rubor:

—Los hombres creéis todo lo malo que se dice de las mujeres... ¡Además, una reina tiene tantos enemigos!

Y como la sonrisa aún no había desaparecido de mis labios, exclamó retorciéndome los negros mostachos con sus dedos pálidos:

—¡Boca perversa!

Se puso en pie con ánimo de irse. Yo la retuve por una mano:

—Quédate, Concha.

—¡Ya sabes que no puede ser, Xavier! Yo repetí.

—Quédate.

—¡No! ¡No!... Mañana quiero confesarme... ¡Temo tanto ofender a Dios!

Entonces, levantándome con helada y desdeñosa cortesía, le dije:

—¿De manera que ya tengo un rival?

Concha me miró con ojos suplicantes:

—¡No me hagas sufrir, Xavier!

—No te haré sufrir... Mañana mismo saldré del Palacio.

Ella exclamó llorosa y colérica:

—¡No saldrás!

Y casi se arrancó la túnica blanca y monacal con que solía visitarme en tales horas. Quedó desnuda. Temblaba, y le tendí los brazos:

—¡Pobre amor mío!

A través de las lágrimas, me miró demudada y pálida:

—¡Qué cruel eres!... Ya no podré confesarme mañana.

La besé, y le dije por consolarla:

—Nos confesaremos los dos el día que yo me vaya.

Vi pasar una sonrisa por sus ojos:

—Si esperas conquistar tu libertad con esa promesa, no lo consigues.

—¿Por qué?

—Porque eres mi prisionero para toda la vida.

Y se reía, rodeándome el cuello con los brazos. El nudo de sus cabellos se deshizo, y levantando entre las manos albas la onda negra, perfumada y sombría, me azotó con ella. Suspiré parpadeando:

—¡Es el azote de Dios!

—¡Calla, hereje!

—¿Te acuerdas cómo en otro tiempo me quedaba exánime?

—Me acuerdo de todas tus locuras.

—¡Azótame, Concha! ¡Azótame como a un divino Nazareno!... ¡Azótame hasta morir!...

—¡Calla!... ¡Calla!...

Y con los ojos extraviados y temblándole las manos, empezó a recogerse la negra y olorosa trenza:

—Me das miedo cuando dices esas impiedades... Sí, miedo, porque no eres tú quien habla: Es Satanás... Hasta tu voz parece otra... ¡Es Satanás!...

Cerró los ojos estremecida y mis brazos la abrigaron amantes. Me pareció que en sus labios vagaba un rezo y murmuré riéndome, al mismo tiempo que sellaba en ellos con los míos:

—¡Amén!... ¡Amén!... ¡Amén!...

Quedamos en silencio. Después su boca gimió bajo mi boca.

—¡Yo muero!

Su cuerpo aprisionado en mis brazos tembló como sacudido por mortal aleteo. Su cabeza lívida rodó sobre la almohada con desmayo. Sus párpados se entreabrieron tardos, y bajo mis ojos vi aparecer sus ojos angustiados y sin luz:

—¡Concha!... ¡Concha!...

Como si huyese el beso de mi boca, su boca pálida y fría se torció con una mueca cruel:

—¡Concha!... ¡Concha!...

Me incorporé sobre la almohada, y helado y prudente solté sus manos aún enlazadas en torno de mi cuello. Parecían de cera. Permanecí indeciso, sin osar moverme:

—¡Concha!... ¡Concha!...

A lo lejos aullaban canes. Sin ruido me deslicé hasta el suelo. Cogí la luz y contemplé aquel rostro ya deshecho y mi mano trémula tocó aquella frente. El frío y el reposo de la muerte me aterraron. No, ya no podía responderme. Pensé huir, y cauteloso abrí una ventana. Miré en la oscuridad con el cabello erizado, mientras en el fondo de la alcoba flameaban los cortinajes de mi lecho y oscilaba la llama de las bujías en el candelabro de plata. Los perros seguían aullando muy distantes, y el viento se quejaba en el laberinto como un alma en pena, y las nubes pasaban sobre la luna, y las estrellas se encendían y se apagaban como nuestras vidas.

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EJÉ ABIERTA la ventana, y andando sin ruido, como si temiese que mis pisadas despertasen pálidos espectros, me acerqué a la puerta que momentos antes habían cerrado trémulas de pasión aquellas manos ahora yertas. Receloso tendí la vista por el negro corredor y me aventuré en las tinieblas. Todo parecía dormido en el Palacio. Anduve a tientas palpando el muro con las manos. Era tan leve el rumor de mis pisadas que casi no se oía, pero mi mente fingía medrosas resonancias. Allá lejos, en el fondo de la antesala, temblaba con agonizante resplandor la lámpara que día y noche alumbraba ante la imagen de Jesús Nazareno, y la santa faz, desmelenada y lívida, me infundió miedo, más miedo que la faz mortal de Concha. Llegué temblando hasta el umbral de su alcoba y me detuve allí, mirando en el testero del corredor una raya de luz, que marcaba sobre la negra oscuridad del suelo la puerta de la alcoba donde dormía mi prima Isabel. Temí verla aparecer despavorida, sobresaltada por el rumor de mis pasos, y temí que sus gritos pusiesen en alarma todo el Palacio. Entonces resolví entrar adonde ella estaba y contárselo todo. Llegué sin ruido, y desde el umbral, apagando la voz, llamé:

D
D

—¡Isabel!... ¡Isabel!...

Me había detenido y esperé. Nada turbó el silencio. Di algunos pasos y llamé nuevamente:

—¡Isabel!... ¡Isabel!...

Tampoco respondió. Mi voz desvanecíase por la vasta estancia como amedrentada de sonar. Isabel dormía. Al escaso reflejo de la luz que parpadeaba en un vaso de cristal, mis ojos distinguieron hacia el fondo nebuloso de la estancia un lecho de madera. En medio del silencio, levantábase y decrecía con ritmo acompasado y lento la respiración de mi prima Isabel. Bajo la colcha de damasco, aparecía el cuerpo en una indecisión suave, y su cabellera deshecha era sobre las almohadas blancas un velo de sombra. Volví a llamar:

—¡Isabel!... ¡Isabel!...

Había llegado hasta su cabecera y mis manos se posaron al azar sobre los hombros tibios y desnudos de mi prima. Sentí un estremecimiento. Con la voz embargada grité:

—¡Isabel!... ¡Isabel!...

Isabel se incorporó con sobresalto:

—¡No grites, que puede oir Concha!...

Mis ojos se llenaron de lágrimas, y murmuré inclinándome:

—¡La pobre Concha ya no puede oirnos!

Un rizo de mi prima Isabel me rozaba los labios, suave y tentador. Creo que lo besé. Yo soy un santo que ama siempre que está triste. La pobre Concha me lo habrá perdonado allá en el Cielo. Ella, aquí en la tierra, ya sabía mi flaqueza. Isabel murmuró sofocada:

—¡Si sospecho esto echo el cerrojo!

—¿Adónde?

—¡A la puerta, bandolero! ¡A la puerta!

No quise contrariar las sospechas de mi prima Isabel. ¡Hubiera sido tan doloroso y tan poco galante desmentirla! Era Isabel muy piadosa, y el saber que me había calumniado la hubiera hecho sufrir inmensamente. ¡Ay!... Todos los Santos Patriarcas, todos los Santos Padres, todos los Santos Monjes pudieron triunfar del pecado más fácilmente que yo! Aquellas hermosas mujeres que iban a tentarles no eran sus primas. ¡El destino tiene burlas crueles! Cuando a mí me sonríe, lo hace siempre como entonces, con la mueca macabra de esos enanos patizambos que a la luz de la luna hacen cabriolas sobre las chimeneas de los viejos castillos... Isabel murmuró, sofocada por los besos:

—¡Temo que se aparezca Concha!

Al nombre de la pobre muerta, un estremecimiento de espanto recorrió mi cuerpo, pero Isabel debió pensar que era de amor. ¡Ella no supo jamás por qué yo había ido allí!

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UANDO volví a ver con mis ojos mortales la faz amarilla y desencajada de Concha, cuando volví a tocar con mis manos febriles sus manos yertas, el terror que sentí fué tanto, que comencé a rezar, y de nuevo me acudió la tentación de huir por aquella ventana abierta sobre el jardín misterioso y oscuro. El aire silencioso de la noche hacía flamear los cortinajes y estremecía mis cabellos. En el cielo lívido empezaban a palidecer las estrellas, y en el candelabro de plata el viento había ido apagando las luces, y quedaba una sola. Los viejos cipreses que se erguían al pie de la ventana, inclinaban lentamente sus cimas mustias, y la luna pasaba entre ellos fugitiva y blanca como alma en pena. El canto lejano de un gallo se levantó en medio del silencio anunciando el amanecer. Yo me estremecí, y miré con horror el cuerpo inanimado de Concha tendido en mi lecho. Después, súbitamente recobrado, encendí todas las luces del candelabro y le coloqué en la puerta para que me alumbrase el corredor. Volví, y mis brazos estrecharon con pavura el pálido fantasma que había dormido en ellos tantas veces. Salí con aquella fúnebre carga. En la puerta, una mano, que colgaba inerte, se abrasó en las luces, y derribó el candelabro. Caídas en el suelo las bujías siguieron alumbrando con llama agonizante y triste. Un instante permanecí inmóvil, con el oído atento. Sólo se oía el ulular del agua en la fuente del laberinto. Seguí adelante. Allá, en el fondo de la antesala, brillaba la lámpara del Nazareno, y tuve miedo de cruzar ante la imagen desmelenada y lívida. ¡Tuve miedo de aquella mirada muerta! Volví atrás.

C
C

Para llegar hasta la alcoba de Concha era forzoso dar vuelta a todo el Palacio si no quería pasar por la antesala. No vacilé. Uno tras otro recorrí grandes salones y corredores tenebrosos. A veces, el claro de la luna llegaba hasta el fondo desierto de las estancias. Yo iba pasando como una sombra ante aquella larga sucesión de ventanas que solamente tenían cerradas las carcomidas vidrieras, las vidrieras negruzcas, con emplomados vidrios, llorosos y tristes. Al cruzar por delante de los espejos cerraba los ojos para no verme. Un sudor frío empañaba mi frente. A veces, la oscuridad de los salones era tan densa que me extraviaba en ellos y tenía que caminar a la ventura, angustiado, yerto, sosteniendo el cuerpo de Concha en un solo brazo y con el otro extendido para no tropezar. En una puerta, su trágica y ondulante cabellera quedó enredada. Palpé en la oscuridad para desprenderla. No pude. Enredábase más a cada instante. Mi mano asustada y torpe temblaba sobre ella, y la puerta se abría y se cerraba, rechinando largamente. Con espanto vi que rayaba el día. Me acometió un vértigo y tiré... El cuerpo de Concha parecía querer escaparse de mis brazos. Le oprimí con desesperada angustia. Bajo aquella frente atirantada y sombría comenzaron a entreabrirse los párpados de cera. Yo cerré los ojos, y con el cuerpo de Concha aferrado en los brazos huí. Tuve que tirar brutalmente hasta que se rompieron los queridos y olorosos cabellos...

Llegué hasta su alcoba que estaba abierta. Allí la oscuridad era misteriosa, perfumada y tibia, como si guardase el secreto galante de nuestras citas. ¡Qué trágico secreto debía guardar entonces! Cauteloso y prudente dejé el cuerpo de Concha tendido en su lecho y me alejé sin ruido. En la puerta quedé irresoluto y suspirante. Dudaba si volver atrás para poner en aquellos labios helados el beso postrero: Resistí la tentación.

Fué como el escrúpulo de un místico. Temí que hubiese algo de sacrílego en aquella melancolía que entonces me embargaba. La tibia fragancia de su alcoba encendía en mí, como una tortura, la voluptuosa memoria de los sentidos. Ansié gustar las dulzuras de un ensueño casto y no pude. También a los místicos las cosas más santas les sugestionaban, a veces, los más extraños diabolismos. Todavía hoy el recuerdo de la muerta es para mí de una tristeza depravada y sutil: Me araña el corazón como un gato tísico de ojos lucientes. El corazón sangra y se retuerce, y dentro de mí ríe el Diablo que sabe convertir todos los dolores en placer. Mis recuerdos, glorias del alma perdidas, son como una música lívida y ardiente, triste y cruel, a cuyo extraño son danza el fantasma lloroso de mis amores. ¡Pobre y blanco fantasma, los gusanos le han comido los ojos, y las lágrimas ruedan de las cuencas! Danza en medio del corro juvenil de los recuerdos, no posa en el suelo, flota en una onda de perfume. ¡Aquella esencia que Concha vertía en sus cabellos y que la sobrevive! ¡Pobre Concha! No podía dejar de su paso por el mundo más que una estela de aromas. ¿Pero acaso la más blanca y casta de las amantes ha sido nunca otra cosa que un pomo de divino esmalte, lleno de afroditas y nupciales esencias?

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ARIA ISABEL y María Fernanda anunciáronse primero llamando en la puerta con sus manos infantiles. Después alzaron sus voces frescas y cristalinas, que tenían el encanto de las fontanas cuando hablan con las yerbas y con los pájaros:

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M

—¿Podemos pasar, Xavier?

—Adelante, hijas mías.

Era ya muy entrada la mañana, y llegaban en nombre de Isabel a preguntarme cómo había pasado la noche. ¡Gentil pregunta, que levantó en mi alma un remordimiento! Las niñas me rodearon en el hueco del balcón que daba sobre el jardín. Las ramas verdes y foscas de un abeto rozaban los cristales llorosos y tristes. Bajo el viento de la sierra, el abeto sentía estremecimientos de frío, y sus ramas verdes rozaban los cristales como un llamamiento del jardín viejo y umbrío que suspiraba por los juegos de las niñas. Casi al ras de la tierra, en el fondo del laberinto, revoloteaba un bando de palomas, y del cielo azul y frío descendía avizorado un milano de luengas alas negras:

—¡Mátalo, Xavier!... ¡Mátalo!...

Fuí por la escopeta, que dormía cubierta de polvo en un ángulo de la estancia, y volví al balcón. Las niñas palmotearon:

—¡Mátalo! ¡Mátalo!

En aquel momento el milano caía sobre el bando de palomas que volaba azorado. Echéme la escopeta a la cara, y cuando se abrió un claro, tiré. Algunos perros ladraron en los agros cercanos. Las palomas arremolináronse entre el humo de la pólvora. El milano caía volinando, y las niñas bajaron presurosas y le trajeron cogido por las alas. Entre el plumaje del pecho brotaba viva la sangre... Con el milano en triunfo se alejaron. Yo las llamé sintiendo nacer una nueva angustia:

—¿Adónde vais?

Ellas desde la puerta se volvieron sonrientes y felices:

—¡Verás qué susto le damos a mamá cuando se despierte!...

—¡No! ¡No!

—¡Un susto de risa!

No osé detenerlas, y quedé solo con el alma cubierta de tristeza. ¡Qué amarga espera! ¡Y qué mortal instante aquel de la mañana alegre, vestida de luz, cuando en el fondo del Palacio se levantaron gemidos inocentes, ayes desgarrados y lloros violentos!... Yo sentía una angustia desesperada y sorda enfrente de aquel mudo y frío fantasma de la muerte que segaba los sueños en los jardines de mi alma. ¡Los hermosos sueños que encanta el amor! Yo sentía una extraña tristeza como si el crepúsculo cayese sobre mi vida y mi vida, semejante a un triste día de Invierno, se acabase para volver a empezar con un amanecer sin sol. ¡La pobre Concha había muerto! ¡Había muerto aquella flor de ensueño a quien todas mis palabras le parecían bellas! ¡Aquella flor de ensueño a quien todos mis gestos le parecían soberanos!... ¿Volvería a encontrar otra pálida princesa, de tristes ojos encantados, que me admirase siempre magnífico? Ante esta duda lloré. Lloré como un Dios antiguo al extinguirse su culto.

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Sonata de Otoño
Sonata de Otoño

ACABÓSE DE IMPRIMIR ESTE LIBRO EN LA IMPRENTA CERVANTINA DE MADRID A XI DÍAS DEL MES DE ENERO DE MCMXXIV AÑOS

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RENACIMIENTO.—MADRID

OPERA OMNIA SONATA DE INVIERNO MEMORIAS DEL MARQVES DE BRADOMIN
OPERA OMNIA SONATA DE INVIERNO MEMORIAS DEL MARQVES DE BRADOMIN
SONATA DE INVIERNO MEMORIAS DEL MARQVES DE BRADOMIN LAS PVBLICA DON RAMON DEL VALLE-INCLAN OPERA OMNIA VOL VIII
SONATA DE INVIERNO MEMORIAS DEL MARQVES DE BRADOMIN LAS PVBLICA DON RAMON DEL VALLE-INCLAN OPERA OMNIA VOL VIII
MI SANGRE SE DERRAMÓ POR LA CAZA QUE CAZÓ
MI SANGRE SE DERRAMÓ POR LA CAZA QUE CAZÓ
MEMORIAS DEL MARQUES DE BRANDOMIN
MEMORIAS DEL MARQUES DE BRANDOMIN
Memorias del Marqués de Bradomin
Memorias del Marqués de Bradomin

OMO SOY MUY VIEJO, he visto morir a todas las mujeres por quienes en otro tiempo suspiré de amor: De una cerré los ojos, de otra tuve una triste carta de despedida, y las demás murieron siendo abuelas, cuando ya me tenían en olvido. Hoy, después de haber despertado amores muy grandes, vivo en la más triste y más adusta soledad del alma, y mis ojos se llenan de lágrimas cuando peino la nieve de mis cabellos. ¡Ay, suspiro recordando que otras veces los halagaron manos principescas! Fué mi paso por la vida como potente florecimiento de todas las pasiones: Uno a uno, mis días se caldeaban en la gran hoguera del amor: Las almas más blancas me dieron entonces su ternura y lloraron mis crueldades y mis desvíos, mientras los dedos pálidos y ardientes deshojaban las margaritas que guardan el secreto de los corazones. Por guardar eternamente un secreto, que yo temblaba de adivinar, buscó la muerte aquella niña a quien lloraré todos los días de mi vejez. ¡Ya habían blanqueado mis cabellos cuando inspiré amor tan funesto!

C
C

Yo acababa de llegar a Estella, donde el Rey tenía su Corte. Hallábame cansado de mi larga peregrinación por el mundo. Comenzaba a sentir algo hasta entonces desconocido en mi vida alegre y aventurera, una vida llena de riesgos y de azares, como la de aquellos segundones hidalgos que se enganchaban en los tercios de Italia por buscar lances de amor, de espada y de fortuna. Yo sentía un acabamiento de todas las ilusiones, un profundo desengaño de todas las cosas. Era el primer frío de la vejez, más triste que el de la muerte. ¡Llegaba cuando aún sostenía sobre mis hombros la capa de Almaviva, y llevaba en la cabeza el yelmo de Mambrino! Había sonado para mí la hora en que se apagan los ardores de la sangre, y en que las pasiones del amor, del orgullo y de la cólera, las pasiones nobles y sagradas que animaron a los dioses antiguos, se hacen esclavas de la razón. Yo estaba en ese declinar de la vida, edad propicia para todas las ambiciones y más fuerte que la juventud misma, cuando se ha renunciado al amor de las mujeres. ¡Ay, por qué no supe hacerlo!

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Memorias del Marqués de Bradomin
Memorias del Marqués de Bradomin

LEGUÉ a la Corte de Estella, huyendo y disfrazado con los hábitos ahorcados en la cocina de una granja por un monje contemplativo, para echarse al campo por Don Carlos VII. Las campanas de San Juan tocaban anunciando la misa del Rey, y quise oirla todavía con el polvo del camino, en acción de gracias por haber salvado la vida. Entré en la iglesia cuando ya el sacerdote estaba en el altar. La luz vacilante de una lámpara caía sobre las gradas del presbiterio donde se agrupaba el cortejo. Entre aquellos bultos oscuros, sin contorno ni faz, mis ojos sólo pudieron distinguir la figura prócer del Señor, que se destacaba en medio de su séquito, admirable de gallardía y de nobleza, como un rey de los antiguos tiempos. La arrogancia y brío de su persona, parecían reclamar una rica armadura cincelada por milanés orfebre, y un palafrén guerrero paramentado de malla. Su vivo y aguileño mirar hubiera fulgurado magnífico bajo la visera del casco adornado por crestada corona y largos lambrequines. Don Carlos de Borbón y de Este es el único príncipe soberano que podría arrastrar dignamente el manto de armiño, empuñar el cetro de oro y ceñir la corona recamada de pedrería, con que se representa a los reyes en los viejos códices.

L
L

Terminada la misa, un fraile subió al púlpito, y predicó la guerra santa en su lengua vascongada, ante los tercios vizcaínos que acabados de llegar, daban por primera vez escolta al Rey. Yo sentíame conmovido: Aquellas palabras ásperas, firmes, llenas de aristas como las armas de la edad de piedra, me causaban impresión indefinible: Tenían una sonoridad antigua: Eran primitivas y augustas, como los surcos del arado en la tierra cuando cae en ellos la simiente del trigo y del maíz. Sin comprenderlas, yo las sentía leales, veraces, adustas, severas. Don Carlos las escuchaba en pie, rodeado de su séquito, vuelto el rostro hacia el fraile predicador. Doña Margarita y sus damas permanecían arrodilladas. Entonces pude reconocer algunos rostros. Recuerdo que aquella mañana formaban el cortejo real los Príncipes de Caserta, El Mariscal Valdespina, la Condesa María Antonieta Volfani, dama de Doña Margarita, el Marqués de Lantana, título de Nápoles, el barón de Valatié, legitimista francés, el Brigadier Adelantado, y mi tío Don Juan Manuel Montenegro.

Yo, temeroso de ser reconocido, permanecí arrodillado a la sombra de un pilar, hasta que terminada la plática del fraile, los Reyes salieron de la iglesia. Al lado de Doña Margarita caminaba una dama de aventajado talle, cubierta con negro velo que casi le arrastraba: Pasó cercana, y sin poder verla adiviné la mirada de sus ojos que me reconocían bajo mi disfraz de cartujo. Un momento quise darme cuenta de quién era aquella dama, pero el recuerdo huyó antes de precisarse: Como una ráfaga vino y se fué, semejante a esas luces que de noche se encienden y se apagan a lo largo de los caminos. Cuando la iglesia quedó desierta me dirigí a la sacristía. Dos clérigos viejos conversaban en un rincón, bajo tenue rayo de sol, y un sacristán, todavía más viejo, soplaba la brasa del incensario enfrente de una ventana alta y enrejada. Me detuve en la puerta. Los clérigos no hicieron atención, pero el sacristán, clavándome los ojos encendidos por el humo, me interrogó adusto:

—¿Viene a decir misa el reverendo?

—Vengo tan sólo en busca de mi amigo Fray Ambrosio Alarcón.

—Fray Ambrosio aún tardará.

Uno de los clérigos intervino:

—Si tiene prisa por verle, con seguridad le halla paseando al abrigo de la iglesia.

En aquel momento llamaron a la puerta, y el sacristán acudió a descorrer el cerrojo. El otro clérigo, que hasta entonces había guardado silencio, murmuró:

—Paréceme que le tenemos ahí.

Abrió el sacristán y destacóse en el hueco la figura de aquel famoso fraile, que toda su vida aplicó la misa por el alma de Zumalacárregui. Era un gigante de huesos y de pergamino, encorvado, con los ojos hondos y la cabeza siempre temblona, por efecto de un tajo que había recibido en el cuello siendo soldado en la primera guerra. El sacristán, deteniéndole en la puerta, le advirtió en voz baja:

—Ahí le busca un reverendo. Debe venir de Roma.

Yo esperé. Fray Ambrosio me miró de alto a bajo sin reconocerme, pero ello no estorbó que amistoso y franco me pusiese una mano sobre el hombro:

—¿Es a fray Ambrosio Alarcón a quien desea hablar? ¿No viene equivocado?

Yo, por toda respuesta, dejé caer la capucha. El viejo guerrillero me miró con risueña sorpresa. Después, volviéndose a los clérigos, exclamó:

—¡Este reverendo se llama en el mundo el Marqués de Bradomín!

El sacristán dejó de soplar la brasa del incensario, y los dos clérigos sentados bajo el rayo de sol, delante del brasero, se pusieron en pie sonriendo beatíficamente. Yo tuve un momento de vanidad ante aquella acogida que mostraba cuánta era mi nombradía en la Corte de Estella. Me miraban con amor, y también con una sombra de paterno enojo. Eran todos gentes de cogulla, y acaso recordaban algunas de mis aventuras mundanas.

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Memorias del Marqués de Bradomin
Memorias del Marqués de Bradomin

ODOS ME RODEARON. Fué preciso contar la historia de mi hábito monacal, y cómo había pasado la frontera. Fray Ambrosio reía jovial, mientras los clérigos me miraban por cima de los espejuelos, con un gesto indeciso en la boca desdentada. Tras ellos, bajo el rayo de sol que descendía por la angosta ventana, el sacristán escuchaba inmóvil, y cuando el exclaustrado interrumpía, reconveníale adusto:

T
T

—¡Déjele que cuente, hombre de Dios!

Pero Fray Ambrosio no quería dar por bueno que yo saliese de un monasterio adonde me hubiesen llevado los desengaños del mundo y el arrepentimiento de mis muchas culpas. Más de una vez, mientras yo hablaba, volviérase a los clérigos murmurando:

—No le crean: Es una donosa invención de nuestro ilustre Marqués.

Tuve que afirmarlo solemnemente para que no continuase mostrando sus dudas. Desde aquel punto aparentó un profundo convencimiento, santiguándose en muestra de asombro:

—¡Bien dicen que vivir para ver! Sin tenerle por impío, jamás hubiera supuesto ese ánimo religioso en el Señor Marqués de Bradomín.

Yo murmuré gravemente:

—El arrepentimiento, no llega con anuncio de clarines como la caballería.

En aquel momento oíase el toque de botasillas, y todos rieron. Después uno de los clérigos me preguntó con amable tontería:

—¿Supongo que el arrepentimiento tampoco habrá llegado cauteloso como la serpiente?

Yo suspiré melancólico:

—Llegó mirándome al espejo, y viendo mis cabellos blancos.

Los dos clérigos cambiaron una sonrisa tan discreta, que desde luego los tuve por jesuítas. Yo crucé las manos sobre el escapulario de mi hábito, en actitud penitente, y volví a suspirar:

—¡Hoy la fatalidad de mi destino me arroja de nuevo en el mar del mundo! He conseguido dominar todas las pasiones menos el orgullo. Debajo del sayal me acordaba de mi marquesado.

Fray Ambrosio alzó los brazos y la voz, su grave voz que parecía templada para las clásicas conventuales burlas:

—El César Carlos V, también se acordaba de su Imperio en el monasterio de Yuste.

Los clérigos sonreían apenas, con aquella sonrisa de catequizadores, y el sacristán, sentado bajo el rayo de sol que descendía por la angosta ventana, rezongaba:

—¡No, no le dejará que cuente!

Fray Ambrosio, luego de haber hablado, rióse abundantemente, y aún quedaba en la bóveda de la sacristía la oscura e informe resonancia de aquella risa jocunda, cuando entró un seminarista pálido, que tenía la boca encendida como una doncella, en contraste con su lívido perfil de aguilucho, donde la nariz corva y la pupila redonda, velada por el párpado, llegaban a tener una expresión cruel. Fray Ambrosio le recibió inclinando el aventajado talle, con extremos de burla, y su cabeza siempre temblona pareció que iba a desprenderse de los hombros:

—¡Bien venido, ignorado y excelso capitán! Nuevo Epaminondas de quien, andando los siglos, narrará las hazañas otro Cornelio Nepote. ¡Saluda al Señor Marqués de Bradomín!

El seminarista se quitó la boina negra, que juntamente con una sotana ya muy traída completaba el atavío de su gallarda persona, y poniéndose rojo me saludó. Fray Ambrosio asentándole una mano en el hombro, y sacudiéndole con rudo afecto, me dijo:

—Si este mozo consigue reunir cincuenta hombres, dará mucho que hablar. Será otro Don Ramón Cabrera. ¡Es valiente como un león!

El seminarista se hizo atrás, para libertarse de la mano que aún pesaba sobre su hombro, y clavándome los ojos de pájaro, dijo como si adivinase mi pensamiento y lo respondiese:

—Algunos creen que para ser un gran capitán no se necesita ser valiente, y acaso tengan razón. Quién sabe si con menos temeridad no hubiera sido más fecundo el genio militar de Don Ramón Cabrera.

Fray Ambrosio le miró desdeñosamente:

—Epaminondas, hijo mío, con menos temeridad hubiera cantado misa, como puede sucederte a ti.

El seminarista tuvo una sonrisa admirable:

—A mí no me sucederá, Fray Ambrosio.

Los dos clérigos sentados delante del brasero, callaban y sonreían: El uno extendía las manos temblonas sobre el rescoldo, y el otro hojeaba su breviario. El sacristán entornaba los párpados dispuesto a seguir el ejemplo del gato que dormitaba en su sotana. Fray Ambrosio bajó instintivamente la voz:

—Tú hablas ciertas cosas porque eres un rapaz, y crees en las argucias con que disculpan su miedo algunos generales que debían ser obispos... Yo he visto muchas cosas. Era profeso en un monasterio de Galicia cuando estalló la primera guerra, y colgué los hábitos, y combatí siete años en los Ejércitos del Rey... Y por mis hábitos te digo que para ser un gran capitán, hay primero que ser un gran soldado. Ríete de los que dicen que era cobarde Napoleón.

Los ojos del seminarista brillaron con el brillo del sol en el pavón negro de dos balas:

—Fray Ambrosio, si yo tuviese cien hombres los mandaría como soldado, pero si tuviese mil, sólo mil, ya los mandaría como capitán. Con ellos aseguraría el triunfo de la Causa. En esta guerra no hacen falta grandes ejércitos, con mil hombres yo intentaría una expedición por todo el reino, como la realizó hace treinta y cinco años Don Miguel Gómez, el más grande general de la pasada guerra.

Fray Ambrosio le interrumpió con autoritaria y desdeñosa burla:

—¿Ilustre e imberbe guerrero, tú oíste hablar alguna vez de un tal Don Tomás Zumalacárregui? Ese ha sido el más grande general de la Causa. Si tuviésemos hoy un hombre parecido, era seguro el triunfo.

El seminarista guardó silencio, pero los dos clérigos mostráronse casi escandalizados: El uno dijo:

—¡Del triunfo no podemos dudar!

Y el otro:

—¡La justicia de la Causa es el mejor general!

Yo añadí, sintiendo bajo mi sayal penitente aquel fuego que animó a San Bernardo cuando predicaba la Cruzada:

—¡El mejor general es la ayuda de Dios Nuestro Señor!

Hubo un murmullo de aprobación, ardiente como el de un rezo. El seminarista sonrióse y continuó callado. A todo esto las campanas dejaron oir su grave son, y el viejo sacristán se levantó sacudiéndose la sotana donde el gato dormitaba. Entraron algunos clérigos que venían para cantar un entierro. El seminarista vistióse el roquete, y el sacristán vino a entregarle el incensario: El humo aromático llenaba el vasto recinto. Oíase el grave murmullo de las cascadas voces eclesiásticas que barboteaban quedo, mientras eran vestidas las albas de lino, los roquetes rizados por las monjas, y las áureas capas pluviales que guardan en sus oros el perfume de la mirra quemada hace cien años. El seminarista entró en la iglesia haciendo sonar las cadenas del incensario. Los clérigos, ya revestidos, salieron detrás. Yo quedé solo con el exclaustrado, que abriendo los largos brazos me estrechó contra su pecho, al mismo tiempo que murmuraba conmovido:

—¡El Marqués de Bradomín aún se acuerda de cuando le enseñaba latín en el Monasterio de Sobrado!

Y después, tras el introito de una tos, volviendo a cobrar su sonrisa de viejo teólogo, marrulleó en voz baja, como si estuviese en el confesonario:

—¿Me perdonaría el ilustre prócer, si le dijese que no he creído el cuento con que nos regaló hace un momento?

—¿Qué cuento?

—El de la conversión. ¿Puede saberse la verdad?

—Donde nadie nos oiga, Fray Ambrosio.

Asintió con un grave gesto. Yo callé compadecido de aquel pobre exclaustrado que prefería la Historia a la Leyenda, y se mostraba curioso de un relato menos interesante, menos ejemplar y menos bello que mi invención. ¡Oh, alada y riente mentira, cuándo será que los hombres se convenzan de la necesidad de tu triunfo! ¿Cuándo aprenderán que las almas donde sólo existe la luz de la verdad, son almas tristes, torturadas, adustas, que hablan en el silencio con la muerte, y tienden sobre la vida una capa de ceniza? ¡Salve, risueña mentira, pájaro de luz que cantas como la esperanza! ¡Y vosotras resecas Tebaidas, históricas ciudades llenas de soledad y de silencio que parecéis muertas bajo la voz de las campanas, no la dejéis huir, como tantas cosas, por la rota muralla! Ella es el galanteo en las rejas, y el lustre en los carcomidos escudones, y los espejos en el río que pasa turbio bajo la arcada romana de los puentes: Ella, como la confesión, consuela a las almas doloridas, las hace florecer, las vuelve la Gracia. ¡Cuidad que es también un don del Cielo!... ¡Viejo pueblo del sol y de los toros, así conserves por los siglos de los siglos, tu genio mentiroso, hiperbólico, jacaresco, y por los siglos te aduermas al son de la guitarra, consolado de tus grandes dolores, perdidas para siempre la sopa de los conventos y las Indias! ¡Amén!

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Sonata de Otoño
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Memorias del Marqués de Bradomin
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RAY AMBROSIO tomó como empeño de honra el hospedarme, y fué preciso ceder al agasajo. Salió acompañándome y juntos atravesamos las calles de la ciudad leal, arca santa de la Causa. Había nevado, y al abrigo de las casas sombrías quedaba una estela inmaculada. De los negruzcos aleros goteaba la lluvia, y en las angostas ventanas que se abrían debajo asomaba, de raro en raro, alguna vieja: Tocada con su mantilla, miraba a la calle por ver si el tiempo clareaba y salir a misa. Cruzamos ante un caserón flanqueado por altas tapias que dejaban asomar apenas los cipreses del huerto. Tenía gran escudo, rejas mohosas y claveada puerta que, por estar entornada, descubría en una media luz el zaguán con escaños lustrosos y gran farol de hierro. Fray Ambrosio me dijo:

F
F

—Aquí vive la Duquesa de Uclés.

Yo sonreí, adivinando la intención ladina del fraile:

—¿Se conserva siempre bella?

—Dicen que sí... Por mis ojos nada sé, pues va siempre cubierta con un velo.

No pude menos de suspirar.

—¡En otro tiempo fué gran amiga mía!

El fraile tuvo una tos socarrona:

—Ya estoy enterado.

—¿Secreto de confesión?

—Secreto a voces. Un pobre exclaustrado como yo, no tiene tan ilustres hijas espirituales.

Seguimos andando en silencio. Yo, sin querer, recordaba tiempos mejores, aquellos tiempos cuando fuí galán y poeta. Los días lejanos florecían en mi memoria con el encanto de un cuento casi olvidado que trae aroma de rosas marchitas y una vieja armonía de versos: ¡Ay, eran las rosas y los versos de aquel buen tiempo, cuando mi bella aún era bailarina! Jaculatorias orientales donde la celebraba, y le decía que era su cuerpo airoso como las palmeras del desierto, y que todas las gracias se agrupaban en torno de su falda cantando y riendo al son de cascabeles de oro. La verdad es que no había ponderación para su belleza: Carmen se llamaba y era gentil como ese nombre lleno de gracia andaluza, que en latín dice poesía y en arábigo vergel. Al recordarla, recordé también los años que llevaba sin verla, y pensé que en otro tiempo mi hábito monástico hubiera despertado sus risas de cristal. Casi inconscientemente, le dije a Fray Ambrosio:

—¿La Duquesa vive siempre en Estella?

—Es dama de la Reina Doña Margarita... Pero jamás sale de su palacio si no es para oir misa.

—Tentaciones me vienen de volverme y entrar a verla.

—Tiempo hay para ello.

Habíamos llegado a Santa María y tuvimos que guarecernos en el cancel de la iglesia para dejar la calle a unos soldados de a caballo que subían en tropel: Eran lanceros castellanos que volvían de una guardia fuera de la ciudad: Entre el cálido coro de los clarines se levantaban encrespados los relinchos, y en el viejo empedrado de la calle las herraduras resonaban valientes y marciales, con ese noble son que tienen en el romancero las armas de los paladines. Desfilaron aquellos jinetes y continuamos nuestro camino. Fray Ambrosio me dijo:

—Estamos llegando.

Y señaló hacia el fondo de la calle una casa pequeña con carcomido balcón de madera sustentado por columnas. Un galgo viejo que dormitaba en el umbral gruñó al vernos llegar y permaneció echado. El zaguán era oscuro, lleno de ese olor que esparce la yerba en el pesebre y el vaho del ganado. Subimos a tientas la escalera que temblaba bajo nuestros pasos: Ya en lo alto, el exclaustrado llamó tirando de la cadena que colgaba a un lado de la puerta, y allá dentro bailoteó una esquila clueca. Se oyeron pasos y la voz del ama que refunfuña:

—¡Vaya una manera de llamar!... ¿Qué se ofrece?

El fraile responde con breve imperio:

—¡Abre!

—¡Ave María!... ¡Cuánta priesa!

Y siguió oyéndose la voz refunfuñona del ama, mientras descorría el cerrojo. El fraile a su vez murmuraba impaciente:

—¡Es inaguantable esta mujer!

Franqueada la puerta, el ama encrespóse más:

—¡Cómo había de venir sin compañía! ¡Tiene tanto de sobra, que necesita traer todos los días quien le ayude a comérselo!

Fray Ambrosio, pálido de cólera, levantó los brazos escuetos, gigantescos, amenazadores: Sobre su cabeza siempre temblona, bailoteaban las manos de rancio pergamino:

—¡Calla, lengua de escorpión!... Calla y aprende a tener respeto. ¿Sabes a quién has ofendido con tus infames palabras? ¿Lo sabes? ¿Sabes quién está delante de ti?... Pide perdón al Señor Marqués de Bradomín.

¡Oh insolencia de las barraganas! Al oir mi nombre aquella mujeruca, no mostró ni arrepentimiento ni zozobra: Me clavó los ojos negros y brujos, como los tienen algunas viejas pintadas por Goya, y un poco incrédula se limitó a balbucir con el borde de los labios:

—Si es el caballero que dice, por muchos años lo sea. ¡Amén!

Se apartó para dejarnos paso. Todavía la oímos murmurar:

—¡Vaya un barro que traen en los pies! ¡Divino Jesús, cómo me han puesto los suelos!

Aquellos suelos limpios, encerados, lucientes, puros espejos donde ella se miraba, sus amores de vieja casera, acababan de ser bárbaramente profanados por nosotros. Me volví consternado para alcanzar todo el horror de mi sacrilegio, y la mirada de odio que hallé en los ojos de la mujeruca fué tal, que sentí miedo. Todavía siguió rezongando:

—Si estuviesen matando petrolistas... Da dolor cómo me han puesto los suelos. ¡Qué entrañas!

Fray Ambrosio gritó desde la sala:

—¡Silencio!... A servirnos pronto el chocolate.

Y su voz resonó como un bélico estampido en el silencio de la casa. Era la voz con que en otro tiempo mandaba a los hombres de su partida y la única que les hacía temblar, pero aquella vieja tenía sin duda el ánimo isabelino, porque volviendo apenas el apergaminado gesto, murmuró más avinagrada que nunca:

—¡Pronto!... Pronto, será cuando se haga. ¡Ay, Jesús, dame paciencia!

Fray Ambrosio tosía con un eco cavernoso, y allá en el fondo de la casa continuaba oyéndose el marullar confuso de la barragana, y en los momentos de silencio el latido de un reloj, como si fuese la pulsación de aquella casa de fraile donde reinaba una vieja rodeada de gatos: ¡Tac-tac! ¡Tac-tac! Era un reloj de pared con el péndulo y las pesas al aire. La tos del fraile, el rosmar de la vieja, el soliloquio del reloj, me parecía que guardaban un ritmo quimérico y grotesco, aprendido en el clavicordio de alguna bruja melómana.

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ESPOJÉME del hábito monacal y quedé en hábito de zuavo pontificio. Fray Ambrosio me contempló con infantil deleite, haciendo grandes aspavientos con sus brazos largos y descoyuntados:

D
D

—¡Cuidado que es bizarro arreo!

—¿Usted no lo conocía?

—Solamente en pintura, por un retrato del Infante Don Alfonso.

Y curioso de averiguar mis aventuras, con la tonsurada cabeza temblando sobre los hombros, murmuró:

—¿En fin, puede saberse la historia del hábito?

Yo repuse con indiferencia:

—Un disfraz para no caer en manos del maldito cura.

—¿De Santa Cruz?

—Sí.

—Ahora tiene sus reales en Oyarzun.

—Y yo vengo de Arimendi, donde estuve enfermo de calenturas, oculto en una casería.

—¡Válete Dios! ¿Y por qué le quiere mal el cura?

—Sabe que obtuve del Rey la orden para que le fusile Lizárraga.

Fray Ambrosio enderezó su encorvado talle de gigante:

—¡Mal hecho! ¡Mal hecho! ¡Mal hecho!

Yo repuse con imperio:

—El cura es un bandido.

—En la guerra son necesarios esos bandidos. ¡Pero claro, como esta no es guerra sino una farsa de masones!

No pude menos de sonreir.

—¿De masones?

—Sí, de masones: Dorregaray es masón.

—Pero quien quiere cazar a la fiera, quien ha jurado exterminarla, es Lizárraga.

El fraile vino hacia mí, cogiéndose con las dos manos la cabeza temblona, como si temiese verla rodar de los hombros:

—Don Antonio se cree que la guerra se hace derramando agua bendita, en vez de sangre. Todo lo arregla con comuniones, y en la guerra, si se comulga, ha de ser con balas de plomo. Don Antonio es un frailuco como yo, qué digo, mucho más frailuco que yo, aun cuando no haya hecho los votos. ¡Los viejos que anduvimos en la otra guerra, y vemos esta, sentimos vergüenza, verdadera vergüenza!... Ya me ha dado la alferecía.

Y se afirmó con más fuerza las manos sobre la cabeza, sentándose en el sillón a esperar el chocolate, porque ya sonaban en el corredor los pasos del ama y el timbre de las jícaras en el metal de las bandejas. El ama entró ya mudado el gesto, mostrando la cara plácida y sonriente de esas viejas felices con los cuidados caseros, el rosario y la calceta:

—¡Santos y buenos días nos dé Dios! El Señor Marqués no se acordaba de mí. Pues le he tenido en mi regazo. Yo soy hermana de Micaela la Galana. ¿Se acuerda de Micaela la Galana? Una doncella que tuvo muchos años su abuelita, mi dueña la Condesa.

Mirando a la vieja, murmuré casi conmovido:

—¡Ay, señora, si tampoco recuerdo a mi abuela!

—Una santa. ¡Quién estuviera como ella sentadita en el Cielo, al lado de Nuestro Señor Jesucristo!

Dejó sobre el velador las dos bandejas del chocolate, y después de hablar al oído del fraile, se retiró. El chocolate humeaba con grato y exquisito aroma: Era el tradicional soconusco de los conventos, aquel que en otro tiempo enviaban como regalo a los abades, los señores visorreyes de las Indias. Mi antiguo maestro de gramática aún hacía memoria de tanta bienandanza. ¡Oh, regalada holgura, eclesiástica opulencia, jocunda glotonería, siempre añorada, del Real e Imperial Monasterio de Sobrado! Fray Ambrosio, guardando el rito, masculló primero algunos latines, y luego embocó la jícara: Cuando le dió fin, murmuró a guisa de sentencia, con la elegante concisión de un clásico, en el siglo de Augusto:

—¡Sabroso! No hay chocolate como el de esas benditas monjas de Santa Clara!

Suspiró satisfecho, y volvió al cuento pasado:

—¡Váleme Dios! Ha estado bien no decir la historia del disfraz allá en la sacristía. Los clérigos son acérrimos partidarios de Santa Cruz.

Quedó un momento meditando. Después bostezó largamente, y sobre la boca negra como la de un lobo, se hizo la señal de la cruz:

—¡Váleme Dios! ¿Y qué desea de este pobre exclaustrado el Señor Marqués de Bradomín?

Yo murmuré con simulada indiferencia:

—Luego hablaremos de ello.

El fraile barboteó ladino:

—Tal vez no sea preciso... Pues sí señor, continúo ejerciendo oficios de capellán en casa de la Señora Condesa de Volfani. La Señora Condesa está buena, aun cuando un poco triste... Precisamente ésta es la hora de verla.

Yo hice un vago gesto, y saqué de la limosnera una onza de oro:

—Dejemos los negocios mundanos, Fray Ambrosio. Esa onza para una misa por haber salido con bien...

El fraile la guardó en silencio, y fuése después de ofrecerme su cama para que descabezase un sueño, y me repusiese del camino. Era una cama con siete colchones, y un Cristo a la cabecera. Enfrente una gran cómoda panzuda, un tintero de cuerno encima de la cómoda, y en la punta del tintero un solideo.

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Memorias del Marqués de Bradomin
Memorias del Marqués de Bradomin

ODO EL DÍA estuvo lloviendo. En las breves escampadas, una luz triste y cenicienta amanecía sobre los montes que rodean la ciudad santa del carlismo, donde el rumor de la lluvia en los cristales, es un rumor familiar. De tiempo en tiempo, en medio de la tarde llena de tedio invernal, se alzaba el ardiente son de las cornetas, o el campaneo de unas monjas llamando a la novena. Tenía que presentarme al Rey, y salí cuando aún no había vuelto Fray Ambrosio. Un velo de niebla ondulaba en las ráfagas del aire: Dos soldados cruzaban por el centro de la plaza, con el andar abatido y los ponchos chorreando agua: Se oía la canturia monótona de los niños de una escuela. La tarde lívida daba mayor tristeza al vano de la plaza encharcada, desierta, sepulcral. Me perdí varias veces en las calles, donde sólo hallé una beata a quien preguntar el camino: Anochecido ya, llegué a la Casa del Rey.

T
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—Pronto ahorcaste los hábitos, Bradomín.

Tales fueron las palabras con que me recibió Don Carlos. Yo respondí, procurando que sólo el Rey me oyese:

—Señor, se me enredaban al andar.

El Rey murmuró en el mismo tono:

—También a mí se me enredan... Pero yo, desgraciadamente, no puedo ahorcarlos.

Me atreví a responder:

—Vos debíais fusilarlos, Señor.

El Rey sonrióse, y me llevó al hueco de una ventana:

—Conozco que has hablado con Cabrera. Esas ideas son suyas. Cabrera, ya habrás visto, se declara enemigo del partido ultramontano y de los curas facciosos. Hace mal, porque ahora son un poderoso auxiliar. Créeme, sin ellos no sería posible la guerra.

—Señor, ya sabéis que el general tampoco es partidario de la guerra.

El Rey guardó un momento silencio:

—Ya lo sé. Cabrera imagina que hubieran dado mejor fruto los trabajos silenciosos de las Juntas. Creo que se equivoca... Por lo demás, yo tampoco soy amigo de los curas facciosos. A ti ya te dije eso mismo en otra ocasión, cuando me hablaste de que era preciso fusilar a Santa Cruz. Si durante algún tiempo me opuse a que se le formase consejo de guerra, fué para evitar que se reuniesen las tropas republicanas ocupadas en perseguirle, y se nos viniesen encima. Ya has visto como sucedió así. El Cura ahora nos cuesta la pérdida de Tolosa.

El Rey hizo otra pausa, y con la mirada recorrió la estancia, un salón oscuro, entarimado de nogal, con las paredes cubiertas de armas y de banderas, las banderas ganadas en la guerra de los siete años por aquellos viejos generales de memoria ya legendaria. Allá en un extremo conversaban en voz baja el Obispo de Urgel, Carlos Calderón y Diego Villadarias. El Rey sonrió levemente, con una sonrisa de triste indulgencia, que yo nunca había visto en sus labios:

—Ya están celosos de que hable contigo, Bradomín. Sin duda no eres persona grata al Obispo de Urgel.

—¿Por qué lo decís, Señor?

—Por las miradas que te dirige: Ve a besarle el anillo.

Ya me retiraba para obedecer aquella orden, cuando el Rey, en alta voz de suerte que todos le oyesen, me advirtió:

—Bradomín, no olvides que comes conmigo.

Yo me incliné profundamente:

—Gracias, Señor.

Y llegué al grupo donde estaba el Obispo. Al acercarme habíase hecho el silencio. Su Ilustrísima me recibió con fría amabilidad:

—Bien venido, Señor Marqués.

Yo repuse con señoril condescendencia, como si fuese un capellán de mi casa el Obispo de la Seo de Urgel:

—¡Bien hallado, Ilustrísimo Señor!

Y con una reverencia más cortesana que piadosa, besé la pastoral amatista. Su Ilustrísima, que tenía el ánimo altivo de aquellos obispos feudales que llevaban ceñidas las armas bajo el capisayo, frunció el ceño, y quiso castigarme con una homilía:

—Señor Marqués de Bradomín, acabo de saber una burda fábula urdida esta mañana, para mofarse de dos pobres clérigos llenos de inocente credulidad, escarneciendo al mismo tiempo el sayal penitente, no respetando la santidad del lugar, pues fué en San Juan.

Yo interrumpí:

—En la sacristía, Señor Obispo.

Su Ilustrísima, que estaba ya escaso de aliento, hizo una pausa, y respiró:

—Me habían dicho que en la iglesia... Pero aun cuando haya sido en la sacristía, esa historia es como una burla de la vida de ciertos santos, Señor Marqués. Si, como supongo, el hábito no era un disfraz carnavalesco, en llevarlo no había profanación. ¡Pero la historia contada a los clérigos, es una burla digna del impío Voltaire!

El prelado iba, sin duda, a discurrir sobre los hombres de la Enciclopedia. Yo, viéndole en aquel paso, temblé arrepentido:

—Reconozco mi culpa, y estoy dispuesto a cumplir la penitencia que se digne imponerme su Ilustrísima.

Viendo el triunfo de su elocuencia, el santo varón ya sonrió benévolo:

—La penitencia la haremos juntos.

Yo le miré sin comprender. El prelado, apoyando en mi hombro una mano blanca, llena de hoyos, se dignó esclarecer su ironía:

—Los dos comemos en la mesa del Rey, y en ella el ayuno es forzoso. Don Carlos tiene la sobriedad de un soldado.

Yo respondí:

—El Bearnés, su abuelo, soñaba con que cada uno de sus súbditos pudiese sacrificar una gallina. Don Carlos, comprendiendo que es una quimera de poeta, prefiere ayunar con todos sus vasallos.

El Obispo me interrumpió:

—Marqués, no comencemos las burlas. ¡El Rey también es sagrado!

Yo me llevé la diestra al corazón, indicando que aun cuando quisiera olvidarlo no podría, pues estaba allí su altar. Y me despedí, porque tenía que presentar mis respetos a Doña Margarita.

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Sonata de Otoño
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Memorias del Marqués de Bradomin
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L ENTRAR en la saleta, donde la Señora y sus damas bordaban escapularios para los soldados, sentí en el alma una emoción a la vez religiosa y galante. Comprendí entonces todo el ingenuo sentimiento que hay en los libros de caballerías, y aquel culto por la belleza y las lágrimas femeniles que hacía palpitar bajo la cota, el corazón de Tirante el Blanco. Me sentí más que nunca, caballero de la Causa: Como una gracia deseé morir por aquella dama que tenía las manos como lirios, y el aroma de una leyenda en su nombre de princesa pálida, santa, lejana. Era una lealtad de otros siglos la que inspiraba Doña Margarita. Me recibió con una sonrisa de noble y melancólico encanto:

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—No te ofendas si continúo bordando este escapulario, Bradomín. A ti te recibo como a un amigo.

Y dejando un momento la aguja clavada en el bordado, me alargó su mano que besé con profundo respeto. La Reina continuó:

—Me han dicho que estuviste enfermo. Te hallo un poco más pálido. Tú me parece que eres de los que no se cuidan, y eso no está bien. Ya que no por ti, hazlo por el Rey que tanto necesita servidores leales como tú. Estamos rodeados de traidores, Bradomín.

Doña Margarita calló un momento. Al pronunciar las últimas palabras, habíase empañado su voz de plata, y creí que iba a romperse en un sollozo. Acaso haya sido ilusión mía, pero me pareció que sus ojos de madona, bellos y castos, estaban arrasados de lágrimas: La Señora, en aquel momento inclinaba su cabeza sobre el escapulario que bordaba, y no puedo asegurarlo. Pasó algún tiempo. La Reina suspiró alzando la frente que parecía de una blancura lunar bajo las dos crenchas en que partía sus cabellos:

—Bradomín, es preciso que vosotros los leales salvéis al Rey.

Yo repuse conmovido:

—Señora, dispuesto estoy a dar toda mi sangre, porque pueda ceñirse la corona.

La Reina me miró con una noble emoción:

—¡Mal has entendido mis palabras! No es su corona lo que yo te pido que defiendas, sino su vida... ¡Que no se diga de los caballeros españoles, que habéis ido a lejanas tierras en busca de una princesa para vestirla de luto! Bradomín, vuelvo a decírtelo, estamos rodeados de traidores.

La Reina calló. Se oía el rumor de la lluvia en los cristales, y el toque lejano de las cornetas. Las damas que hacían corte a la Señora, eran tres: Doña Juana Pacheco, Doña Manuela Ozores y María Antonieta Volfani: Yo sentía sobre mí, como amoroso imán, los ojos de la Volfani, desde que había entrado en la saleta: Aprovechando el silencio se levantó, y vino con una interrogación al lado de Doña Margarita:

—¿La Señora quiere que vaya en busca de los Príncipes?

La Reina a su vez interrogó:

—¿Ya habrán terminado sus lecciones?

—Es la hora.

—Pues entonces ve por ellos. Así los conocerá Bradomín.

Me incliné ante la Señora, y aprovechando la ocasión hice también mis saludos a María Antonieta: Ella muy dueña de sí, respondióme con palabras insignificantes que ya no recuerdo, pero la mirada de sus ojos negros y ardientes fué tal, que hizo latir mi corazón como a los veinte años. Salió y dijo la Señora:

—Me tiene preocupada María Antonieta. Desde hace algún tiempo la encuentro triste y temo que tenga la enfermedad de sus hermanas: Las dos murieron tísicas... ¡Luego la pobre es tan poco feliz con su marido!

La Reina clavó la aguja en el acerico de damasco rojo que había en su costurero de plata, y sonriendo me mostró el escapulario:

—¡Ya está! Es un regalo que te hago, Bradomín.

Yo me acerqué para recibirlo de sus manos reales. La Señora, me lo entregó diciendo:

—¡Que aleje siempre de ti las balas enemigas!

Doña Juana Pacheco y Doña Manuela Ozores, rancias damas que acordaban la guerra de los siete años, murmuraron:

—¡Amén!

Hubo otro silencio. De pronto los ojos de la Reina se iluminaron con amorosa alegría: Era que entraban sus dos hijos mayores, conducidos por María Antonieta. Desde la puerta corrieron hacia ella, colgándosele del cuello y besándola. Doña Margarita les dijo con una graciosa severidad:

—¿Quién ha sabido mejor sus lecciones?

La Infanta calló poniéndose encendida, mientras Don Jaime, más denodado, respondía:

—Las hemos sabido todos lo mismo.

—Es decir, que ninguno las ha sabido.

Y Doña Margarita los besó, para ocultar que se reía: Después les dijo, tendida hacia mí su mano delicada y alba:

—Este caballero es el Marqués de Bradomín.

La Infanta murmuró en voz baja, inclinada la cabeza sobre el hombro de su madre:

—¿El que hizo la guerra en México?

La Reina acarició los cabellos de su hija:

—¿Quién te lo ha dicho?

—¿No lo contó una vez María Antonieta?

—¡Cómo te acuerdas!

La niña, llenos de timidez y de curiosidad los ojos, se acercó a mí:

—¿Marqués, llevabas ese uniforme en México?

Y Don Jaime, desde el lado de su madre, alzó su voz autoritaria de niño primogénito:

—¡Qué tonta eres! Nunca conoces los uniformes. Ese uniforme es de zuavo pontificio, como el del tío Alfonso.

Con familiar gentileza, el Príncipe vino también hacia mí:

—¿Marqués, es verdad que en México los caballos resisten todo el día al galope?

—Es verdad, Alteza.

La Infanta interrogó a su vez.

—¿Y es verdad que hay unas serpientes que se llaman de cristal?

—También es verdad, Alteza.

Los niños quedaron un momento reflexionando: Su madre les habló:

—Decidle a Bradomín lo que estudiáis.

Oyendo esto, el Príncipe se irguió ante mí, con infantil alarde:

—Marqués, pregúntame por donde quieras la Historia de España.

Yo sonreí:

—¿Qué reyes hubo de vuestro nombre, Alteza?

—Uno solo: Don Jaime el Conquistador.

—¿Y de dónde era Rey?

—De España.

La Infanta murmuró poniéndose encendida:

—De la Corona de Aragón: ¿Verdad, Marqués?

—Verdad, Alteza.

El Príncipe la miró despreciador:

—¿Y eso no es España?

La Infanta buscó ánimo en mis ojos, y repuso con tímida gravedad:

—Pero eso no es toda España.

Y volvió a ponerse roja. Era una niña encantadora, con ojos llenos de vida y cabellera de luengos rizos que besaban el terciopelo de las mejillas. Animándose volvió a preguntarme sobre mis viajes:

—¡Marqués, es verdad que también has estado en Tierra Santa?

—También estuve allí, Alteza.

—¿Y habrás visto el sepulcro de Nuestro Señor? Cuéntame cómo es.

Y se dispuso a oir, sentada en un taburete, con los codos en las rodillas y el rostro entre las manos que casi desaparecían bajo la suelta cabellera. Doña Manuela Ozores y Doña Juana Pacheco, que traían una conversación en voz baja, callaron, también dispuestas a escuchar el relato... Y en estas andanzas llega la hora de hacer penitencia, que fué ante los regios manteles según profecía de Su Ilustrísima.

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Sonata de Otoño
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UVE EL HONOR de asistir a la tertulia de la Señora. Durante ella, en vano fué buscar una ocasión propicia para hablar a solas con María Antonieta. Salí con el vago temor de haberla visto huir toda la noche. Al darme en rostro el frío de la calle advertí que una sombra alta, casi gigantesca, venía hacia mí. Era Fray Ambrosio:

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—Bien le han tratado los soberanos. ¡Vaya, que no puede quejarse el Señor Marqués de Bradomín!

Yo murmuré con desabrido talante:

—El Rey sabe que no tiene otro servidor tan leal.

Y el fraile murmuró también desabrido, pero en tono menor:

—Algún otro tendrá...

Sentí crecer mi altivez:

—¡Ninguno!

Caminamos en silencio hasta doblar una esquina donde había un farol. Allí el exclaustrado se detuvo:

—¿Pero adónde vamos?... La dama consabida, dice que la vea esta misma noche, si puede ser.

Yo sentí latir mi corazón:

—¿Dónde?

—En su casa... Pero será preciso entrar con gran sigilo. Yo le guiaré.

Volvimos sobre nuestros pasos, recorriendo otra vez la calle encharcada y desierta. El fraile me habla en voz baja:

—La Señora Condesa también acaba de salir... Esta mañana me había mandado que la esperase. Sin duda quería darme ese aviso para el Señor Marqués... Temería no poder hablarle en la Casa del Rey.

El fraile calló suspirando: Después se rió, con un reir extraño, ruidoso, grotesco:

—¡Válete Dios!

—¿Qué le sucede, Fray Ambrosio?

—Nada, Señor Marqués. Es la alegría de verme desempeñando estos oficios, tan dignos de un viejo guerrillero. ¡Ay!... Cómo se ríen mis diez y siete cicatrices...

—¡Las tiene usted bien contadas!

—¡Mejor recibidas las tengo!

Calló, esperando sin duda una respuesta mía, y como no la obtuviese, continuó en el mismo tono de amarga burla:

—Eso sí, no hay prebenda que iguale a ser capellán de la Señora Condesa de Volfani. ¡Lástima que no pueda cumplir mejor sus promesas!... Ella dice que no es suya la culpa, sino de la Casa Real... Allí son enemigos de los curas facciosos, y no se les debe disgustar. ¡Oh, si dependiese de mi protectora!...

No le dejé proseguir. Me detuve y le hablé con firme resolución:

—Fray Ambrosio, se acabó mi paciencia. No tolero ni una palabra más.

Agachó la cabeza:

—¡Válete Dios! ¡Está bien!

Seguimos en silencio. De largo en largo hallábase un farol, y en torno danzaban las sombras. Al cruzar por delante de las casas donde había tropa alojada, percibíase rasgueo de guitarras y voces robustas y jóvenes cantando la jota. Después volvía el silencio, sólo turbado por la alerta de los centinelas y el ladrido de algún perro. Nos entramos bajo unos soportales y caminamos recatados en la sombra. Fray Ambrosio iba delante, mostrándome el camino: A su paso una puerta se abrió sigilosa: El exclaustrado volvióse llamándome con la mano, y desapareció en el zaguán. Yo le seguí y escuché su voz:

—¿Se puede encender candela?

Y otra voz, una voz de mujer, respondió en la sombra:

—Sí, señor.

La puerta había vuelto a cerrarse. Yo esperé, perdido en la oscuridad, mientras el fraile encendía un enroscado de cerilla, que ardió esparciendo olor de iglesia. La llama lívida temblaba en el ancho zaguán, y al incierto resplandor columbrábase la cabeza del fraile, también temblona. Una sombra se acercó: Era la doncella de María Antonieta: El fraile hízole entrega de la luz y me llevó a un rincón. Yo adivinaba, más que veía, el violento temblor de aquella cabeza tonsurada:

—Señor Marqués, voy a dejar este oficio de tercería, indigno de mí!

Y su mano de esqueleto clavó los huesos en mi hombro:

—Ahora ha llegado el momento de obtener el fruto, Señor Marqués. Es preciso que me entregue cien onzas: Si no las lleva encima puede pedírselas a la Señora Condesa. ¡Al fin y al cabo, ella me las había ofrecido!

No me dejé dominar, aun cuando fué grande la sorpresa, y haciéndome atrás puse mano a la espada:

—Ha elegido usted el peor camino. A mí no se me pide con amenazas ni se me asusta con gestos fieros, Fray Ambrosio.

El exclaustrado rió, con su risa de mofa grotesca:

—No alce la voz, que pasa la ronda y podrían oirnos.

—¿Tiene usted miedo?

—Nunca lo he tenido... Pero acaso, si ahora, fuese el cortejo de una casada...

Yo comprendiendo la intención aviesa del fraile, le dije refrenada y ronca la voz:

—¡Es una vil tramoya!

—Es un ardid de guerra, Señor Marqués. ¡El león está en la trampa!

—Fraile ruin, tentaciones me vienen de pasarte con mi espada.

El exclaustrado abrió sus largos brazos de esqueleto descubriéndose el pecho, y alzó la temerosa voz:

—¡Hágalo! Mi cadáver hablará por mí.

—Basta.

—¿Me entrega esos dineros?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Mañana.

Calló un momento, y luego insistió en un tono que a la vez era tímido y adusto:

—Es menester que sea ahora.

—¿No basta mi palabra?

Casi humilde murmuró:

—No dudo de su palabra, pero es menester que sea ahora. Mañana acaso no tuviese valor para arrostrar su presencia. Además quiero esta misma noche salir de Estella. Ese dinero no es para mí, yo no soy un ladrón. Lo necesito para echarme al campo. Le dejaré firmado un documento. Tengo desde hace tiempo comprometida a la gente, y era preciso decidirse. Fray Ambrosio no falta a su palabra.

Yo le dije con tristeza:

—¿Por qué ese dinero no me fué pedido con amistad?

El fraile suspiró:

—No me atreví. Yo no sé pedir: Me da vergüenza. Primero que de pedir, sería capaz de matar... No es por malos sentimientos, sino por vergüenza...

Calló, rota, anudada la voz, y echóse a la calle sin cuidarse de la lluvia que caía en chaparrón sobre las losas. La doncella, temblando de miedo, me guió adonde esperaba su señora.

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ARÍA ANTONIETA acababa de llegar, y hallábase sentada al pie de un brasero, con las manos en cruz y el cabello despeinado por la humedad de la niebla. Cuando yo entré alzó los ojos tristes y sombríos, cercados de una sombra violácea:

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M

—¿Por qué tal insistencia en venir esta misma noche?

Herido por el despego de sus palabras, me detuve en medio de la estancia:

—Siento decirte, que es una historia de tu capellán...

Ella insistió:

—Al entrar, le encontré acechándome por orden tuya.

Yo callé resignado a sus reproches, que contarle mi aventura, y el ardid de Fray Ambrosio para llevarme allí, hubiera sido poco galante. Ella me habló con los ojos secos, pero empañada la voz:

—¡Ahora tanto afán en verme, y ni una carta en la ausencia!... ¡Callas!... ¿Qué deseas?

Yo quise desagraviarla:

—Te deseo a ti, María Antonieta.

Sus bellos ojos místicos fulminaron desdenes:

—Te has propuesto comprometerme, que me arroje de su lado la Señora. ¡Eres mi verdugo!

Yo sonreí:

—Soy tu víctima.

Y la cogí las manos con intento de besarlas, pero ella las retiró fieramente. María Antonieta era una enferma de aquel mal que los antiguos llamaban mal sagrado, y como tenía alma de santa y sangre de cortesana, algunas veces en invierno, renegaba del amor: La pobre pertenecía a esa raza de mujeres admirables, que cuando llegan a viejas edifican con el recogimiento de su vida y con la vaga leyenda de los antiguos pecados. Entenebrecida y suspirante guardó silencio, con los ojos obstinados, perdidos en el vacío. Yo cogí de nuevo sus manos y las conservé entre las mías, sin intentar besarlas, temeroso de que volviese a huirlas. En voz amante supliqué:

—¡María Antonieta!

Ella permaneció muda: Yo repetí después de un momento:

—¡María Antonieta!

Se volvió, y retirando sus manos repuso fríamente:

—¿Qué quieres?

—Saber tus penas.

—¿Para qué?

—Para consolarlas.

Perdió de pronto su hieratismo, e inclinándose hacia mí con un arranque fiero, apasionado, clamó:

—Cuenta tus ingratitudes: ¡Porque esas son mis penas!

La llama del amor ardía en sus ojos con un fuego sombrío que parecía consumirla: ¡Eran los ojos místicos que algunas veces se adivinan bajo las tocas monjiles, en el locutorio de los conventos! Me habló con la voz empañada:

—Mi marido viene a servir como ayudante del Rey.

—¿Dónde estaba?

—Con el infante Don Alfonso.

Yo murmuré:

—Es una verdadera contrariedad.

—Es más que una contrariedad, porque tendremos que vivir la misma vida: La Reina me lo impone, y ante eso, prefiero volverme a Italia... ¿Tú no dices nada?

—Yo no puedo hacer otra cosa que acatar tu voluntad.

Me miró con reconcentrado sentimiento:

—¿Serías capaz de que me repartiese entre vosotros dos? ¡Dios mío, quisiera ser vieja, vieja caduca!...

Agradecido, besé las manos de mi adorada prenda. Aun cuando nunca tuve celos de los maridos, gustaba aquellos escrúpulos como un encanto más, acaso el mejor que podía ofrecerme María Antonieta. No se llega a viejo sin haber aprendido que las lágrimas, los remordimientos y la sangre, alargan el placer de los amores cuando vierten sobre ellos su esencia afrodita: Numen sagrado que exalta la lujuria madre de la divina tristeza y madre del mundo. ¡Cuántas veces, durante aquella noche, tuve yo en mis labios las lágrimas de María Antonieta! Aún recuerdo el dulce lamento con que habló en mi oído, temblorosos los párpados y estremecida la boca que me daba el aliento con sus palabras:

—No debía quererte... Debía ahogarte en mis brazos, así, así...

Yo suspiré:

—¡Tus brazos son un divino dogal!

Y ella oprimiéndome aún más gemía:

—¡Oh!... ¡Cuánto te quiero! ¿Por qué te querré tanto? ¿Qué bebedizo me habrás dado? ¡Eres mi locura!... ¡Di algo! ¡Di algo!

—Prefiero el escucharte.

—¡Pero yo quiero que me digas algo!

—Te diría lo que tú ya sabes... ¡Que me estoy muriendo por ti!

María Antonieta volvió a besarme, y sonriendo toda roja, murmuró en voz baja:

—Es muy larga la noche...

—Lo fué mucho más la ausencia.

—¡Cuánto me habrás engañado!

—Ya te demostraré lo contrario.

Ella, siempre roja y riente, respondió:

—Mira lo que dices.

—Ya lo verás.

—Mira que voy a ser muy exigente.

Confieso que al oirla, temblé. ¡Mis noches, ya no eran triunfantes, como aquellas noches tropicales perfumadas por la pasión de la Niña Chole! María Antonieta soltóse de mis brazos y entró en su tocador. Yo esperé algún tiempo, y después la seguí: Al rumor de mis pasos, la miré huir toda blanca, y ocultarse entre los cortinajes de su lecho: Un lecho antiguo de lustroso nogal, tálamo clásico donde los hidalgos matrimonios navarros dormían hasta llegar a viejos, castos, sencillos, cristianos, ignorantes de aquella ciencia voluptuosa que divertía el ingenio maligno y un poco teológico, de mi maestro el Aretino. María Antonieta fué exigente como una dogaresa, pero yo fuí sabio como un viejo cardenal que hubiese aprendido las artes secretas del amor, en el confesionario y en una Corte del Renacimiento. Suspirando desfallecida, me dijo:

—¡Xavier, es la última vez!

Yo creí que hablaba de nuestra amorosa epopeya, y como me sentí capaz de nuevos alardes, suspiré inquietando con un beso apenas desflorado, una fresa del seno. Ella suspiró también, y cruzó los desnudos brazos apoyando las manos en los hombros, como esas santas arrepentidas, en los cuadros antiguos:

—¡Xavier, cuándo volveremos a vernos!

—Mañana.

—¡No!... Mañana empieza mi calvario...

Calló un momento, y echándome al cuello el amante nudo de sus brazos, murmuró en voz muy baja:

—La Señora tiene empeño en la reconciliación, pero yo te juro que jamás... Me defenderé diciendo que estoy enferma.

Era un mal sagrado el de María Antonieta. Aquella noche rugió en mis brazos como la faunesa antigua. Divina María Antonieta, era muy apasionada y a las mujeres apasionadas se las engaña siempre. Dios que todo lo sabe, sabe que no son éstas las temibles, sino aquellas lánguidas, suspirantes, más celosas de hacer sentir al amante, que de sentir ellas. María Antonieta era cándida y egoísta como una niña, y en todos sus tránsitos se olvidaba de mí: En tales momentos, con los senos palpitantes como dos palomas blancas, con los ojos nublados, con la boca entreabierta mostrando la fresca blancura de los dientes entre las rosas encendidas de los labios, era de una incomparable belleza sensual y fecunda. Muy saturada de literatura y de Academia Veneciana.

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UANDO me separé de María Antonieta aún no rayaba el día, y los clarines ya tocaban diana. Sobre la ciudad nevada, el claro de la luna caía sepulcral y doliente. Yo, sin saber dónde a tal hora buscar alojamiento, vagué por las calles, y en aquel caminar sin rumbo llegué a la plaza donde vivía Fray Ambrosio. Me detuve bajo el balcón de madera para guarecerme de la llovizna, que comenzaba de nuevo, y a poco observé que la puerta hallábase entornada. El viento la batía duro y alocado. Tal era la inclemencia de la noche, que sin detenerme a meditarlo, resolví entrar, y gané a tientas la escalera, mientras el galgo preso en la cuadra se desataba en ladridos, haciendo sonar los hierros de la cadena. Fray Ambrosio asomó en lo alto, alumbrándose con un velón: Vestía el cuerpo flaco y largo con una sotana recortada, y cubría la temblona cabeza con negro gorro puntiagudo, que daba a toda la figura cierto aspecto de astrólogo grotesco. Entré con sombría resolución, sin pronunciar palabra, y el fraile me siguió alzando la luz para esclarecer el corredor: Allá dentro sentíanse apagados runrunes de voces y dineros: Reunidos en la sala jugaban algunos hombres, con los sombreros puestos y las capas terciadas, desprendiéndose de los hombros: Por sus barbas rasuradas mostraban bien claramente pertenecer a la clerecía: La baraja teníala un mozo aguileño y cetrino, que cabalmente a tiempo de entrar yo, echaba sobre la mesa los naipes para un albur:

C
C

—Hagan juego.

Una voz llena de fe religiosa, murmuró:

—¡Qué caballo más guapo!

Y otra voz secreteó como en el confesonario:

—¿Qué juego se da?

—Pues no lo ve... ¡Judías!... Van siete por el mismo camino.

El que tenía la baraja advirtió adusto.

—Hagan el favor de no cantar juego. Así no se puede seguir. ¡Todos se echan como lobos sobre la carta cantada!

Un viejo con espejuelos y sin dientes, dijo lleno de evangélica paz:

—No te incomodes, Miquelcho, que cada cual lleva su juego: A Don Nicolás le parece que son judías...

Don Nicolás afirmó:

—Siete van por el mismo camino.

El viejo de los espejuelos sonrió compadecido:

—Nueve si no lo toma a mal... Pero no son judías, sino bizcas y contrabizcas, que es el juego.

Otras voces murmuraron como en una letanía:

—Tira, Miquelcho.

—No hagas caso.

—Lo que sea se verá.

—¿No echas gallo?

Miquelcho repuso desabrido:

—No.

Y comenzó a tirar. Todos guardaron silencio. Algunos ojos se volvían desapacibles, fijándome una mirada rápida, y tornaban su atención a las cartas. Fray Ambrosio llamó con un gesto al seminarista que estaba peinando el naipe, y que lo soltó por acercarse. Habló el Fray:

—Señor Marqués, no me recuerde lo de esta noche... ¡No me lo recuerde por María Santísima! Para decidirme había estado bebiendo toda la tarde.

Aún barboteó algunas palabras confusas, y asentando su mano sarmentosa en el hombro del seminarista, que se nos había juntado y escuchaba, dijo con un suspiro:

—Este tiene toda la culpa... Le llevo como segundo de la partida.

Miquelcho me clavó los ojos audaces, al mismo tiempo que enrojecía como una doncella:

—El dinero hay que buscarlo donde lo hay: Fray Ambrosio me había dicho cuánta era la generosidad de su amigo y protector...

El exclaustrado abrió la negra boca, con tosco y adulador encomio:

—¡Muy grande! En eso y en todo, es el primer caballero de España.

Algunos jugadores nos miraban curiosos. Miquelcho se apartó, recogió los naipes y continuó peinándolos. Cuando terminaba, dijo al viejo de los espejuelos:

—Corte, Don Quintiliano.

Y Don Quintiliano, al mismo tiempo que alzaba la baraja con mano temblona, advertía risueño:

—Cuidado, que yo doy siempre vizcas.

Miquelcho echó un nuevo albur sobre la mesa, y se volvió hacia mí:

—No le digo que juegue porque es una miseria de dinero lo que se tercia.

Y el viejo de los espejuelos, siempre evangélico, añadió:

—Todos somos unos pobres.

Y otro murmuró a modo de sentencia:

—Aquí sólo pueden ganarse ochavos, pero pueden en cambio perderse millones.

Miquelcho, viéndome vacilar, se puso en pie brindándome con la baraja, y todos los clérigos me hicieron sitio en torno de la mesa. Yo me volví sonriendo al exclaustrado:

—Fray Ambrosio, me parece que aquí se quedan los dineros de la partida.

—¡No lo permita Dios! Ahora mismo se acaba el juego.

Y el fraile, de un soplo mató la luz. Por las ventanas se filtraba la claridad del amanecer y un son de clarines alzábase dominando el hueco trotar de los caballos sobre las losas de la plaza. Era una patrulla de Lanzas de Borbón.

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Memorias del Marqués de Bradomin
Memorias del Marqués de Bradomin

ON CARLOS, A PESAR del temporal de viento y de nieve, resolvió salir a campaña. Me dijeron que desde tiempo atrás sólo se esperaba para ello a que llegase la caballería de Borbón. ¡Trescientas lanzas veteranas, que más tarde merecieron ser llamadas del Cid! El Conde de Volfani, que había venido con aquella tropa, formaba entre los ayudantes del Rey. Al vernos mostramos los dos mucho contento pues éramos grandes amigos, como puede presumirse, y cabalgamos emparejadas las monturas. Los clarines sonaban rompiendo marcha, el viento levantaba las crines de los caballos, y la gente se agrupaba en las calles para gritar entusiasmada:

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—¡Viva Carlos VII!

En lo alto de las angostas ventanas guarecidas bajo los aleros negruzcos, asomaba de largo en largo, alguna vieja: Sus manos secas sostenían entornada la falleba al mismo tiempo que con voz casi colérica, gritaba:

—¡Viva el Rey de los buenos cristianos!

Y la voz robusta del pueblo contestaba:

—¡Viva!

En la carretera hicimos alto un instante. El viento de los montes nos azotó tempestuoso, helado, bravío, y nuestros ponchos volaron flameantes, y las boinas, descubriendo las tostadas frentes, tendiéronse hacia atrás con algo de furia trágica y hermosa. Algunos caballos relincharon encabritados, y fué un movimiento unánime el de afirmarse en las sillas. Después toda la columna se puso en marcha. La carretera se desenvolvía entre lomas coronadas de ermitas. Como viento y lluvia continuaron batiéndonos con grandes ráfagas, ordenóse el alto al cruzar el poblado de Zabalcín. El Cuartel Real aposentóse en una gran casería que se alzaba en la encrucijada de dos malos caminos, de ruedas uno y de herradura el otro. Apenas descabalgamos nos reunimos en la cocina al amor del fuego, y una mujeruca corrió por la casa para traer la silla de respaldo donde se sentaba el abuelo y ofrecérsela al Señor Rey Don Carlos. La lluvia no cesaba de batir los cristales con ruidoso azote, y la conversación fué toda para lamentar lo borrascoso del tiempo, que nos estorbaba castigar como quisiéramos a la facción alfonsina que ocupaba el camino de Oteiza. Por fortuna cerca del anochecer comenzó a calmar el temporal. Don Carlos me habló en secreto:

—¡Bradomín, qué haríamos para no aburrirnos!

Yo me permití responder:

—Señor, aquí todas las mujeres son viejas. ¿Queréis que recemos el rosario?

El Rey me miró al fondo de los ojos con expresión de burla.

—Oye, dinos el soneto que has compuesto a mi primo Alfonso: Súbete a esa silla.

Los cortesanos rieron: Yo quedé un momento mirándolos a todos, y luego hablé, inclinándome ante el Rey:

—Señor, para juglar nací muy alto.

Don Carlos al pronto dudó: Luego, decidiéndose, vino a mí sonriente, y me abrazó:

—Bradomín, no he querido ofenderte: Debes comprenderlo.

—Señor, lo comprendo, pero temí que otros no lo comprendiesen.

El Rey miró a su séquito, y murmuró con severa majestad:

—Tienes razón.

Hubo un largo silencio, sólo turbado por el rafagueo del viento y de las llamas en el hueco de la chimenea. La cocina comenzaba a ser invadida por las sombras, pero a través de los vidrios llorosos, se advertía que en el campo aún era la tarde. Los dos caminos, el de herradura y el de ruedas, se perdían entre peñascales adustos, y en aquella hora los dos aparecían solitarios por igual. Don Carlos me llamó desde el hueco de la ventana, con un gesto misterioso:

—Bradomín, tú y Volfani vendréis acompañándome. Vamos a Estella, pero es preciso que nadie se entere.

Yo, reprimiendo una sonrisa, interrogué:

—Señor, ¿queréis que avise a Volfani?

—Volfani está avisado. Él ha sido quien preparó la fiesta.

Me incliné, murmurando un elogio de mi amigo:

—¡Señor, admiro cómo hacéis justicia a los grandes talentos del Conde!

El Rey guardó silencio, como si quisiese mostrar disgusto de mis palabras: Luego abrió la vidriera, y dijo extendiendo la mano:

—No llueve.

En el cielo anubarrado comenzaba a esbozarse la luna. A poco llegó Volfani:

—Señor, todo está dispuesto.

El Rey, murmuró brevemente:

—Esperemos a que cierre la noche.

En el fondo oscuro de la cocina resonaban dos voces: Don Antonio Lizárraga y Don Antonio Dorregaray, discurrían sobre arte militar: Recordaban las batallas ganadas, y forjaban esperanzas de nuevos triunfos: Dorregaray hablando de los soldados se enternecía: Ponderaba el valor sereno de los castellanos y el coraje de los catalanes, y la acometida de los navarros. De pronto una voz autoritaria interrumpe:

—¡Esos, los mejores soldados del mundo!

Y al otro lado del fuego, se alza lentamente la encorvada figura del viejo general Aguirre. El resplandor rojizo de las llamas temblaba en su rostro arrugado, y los ojos brillaban con fuego juvenil bajo la fosca nieve de las cejas. Con la voz temblona, emocionado como un niño, continuó:

—¡Navarra es la verdadera España! Aquí la lealtad, la fe y el heroísmo se mantienen como en aquellos tiempos en que fuimos tan grandes.

En su voz había lágrimas. Aquel viejo soldado era también un hombre de otros tiempos. Yo confieso que admiro a esas almas ingenuas, que aún esperan de las rancias y severas virtudes la ventura de los pueblos: Las admiro y las compadezco, porque ciegas a toda luz no sabrán nunca que los pueblos, como los mortales, sólo son felices cuando olvidan eso que llaman conciencia histórica, por el instinto ciego del futuro que está cimero del bien y del mal, triunfante de la muerte. Un día llegará, sin embargo, donde surja en la conciencia de los vivos, la ardua sentencia que condena a los no nacidos. ¡Qué pueblo de pecadores trascendentales el que acierte a poner el gorro de cascabeles en la amarilla calavera que llenaba de meditaciones sombrías el alma de los viejos ermitaños! ¡Qué pueblo de cínicos elegantes el que rompiendo la ley de todas las cosas, la ley suprema que une a las hormigas con los astros, renuncie a dar la vida, y en un alegre balneario se disponga a la muerte! ¿Acaso no sería ese el más divertido fin del mundo, con la coronación de Safo y Ganimedes?... Y a todo esto la noche había cerrado por completo, y el claro de la luna iluminaba el alféizar. Por la ventana abierta entraba un aire frío y húmedo que tan pronto abatía como alzaba flameantes las llamas del hogar. Don Carlos nos indicó con un gesto que le siguiésemos: Salimos, y caminamos a pie durante algún tiempo, hasta llegar al abrigo de los peñascales donde un soldado nos esperaba con los caballos del diestro. El Rey montó, arrancando al galope, y nosotros le imitamos. Al pasar ante los guardias, una voz se alzaba en la noche:

—¿Quién vive?

Y el soldado respondía con un grito:

—¡Carlos VII!

—¿Qué gente?

—¡Borbón!

Y nos dejaban paso. Los peñascales que flanquean la carretera parecían llenos de amenazas, y de los montes cercanos llegaba en el silencio de la noche el rumor de las hinchadas torrenteras. En las puertas de la ciudad hubimos de confiar los caballos al soldado, y recatándonos caminamos a pie.

Illustration from Sonata de otoño; Sonata de invierno: memorias del Marqués de Bradomín
Sonata de Otoño
Sonata de Otoño
Memorias del Marqués de Bradomin
Memorias del Marqués de Bradomin

OS DETUVIMOS ante un caserón con rejas: Era el caserón de mi bella bailarina elevada a Duquesa de Uclés. Llamamos con recato, y la puerta se abrió... El gran farol de hierro estaba encendido, y un hombre marchó delante de nosotros franqueando otras puertas, que francas se quedaban mucho después de pasar. Más de una vez aquel hombre me miró curioso. Yo también le miraba queriendo reconocerle: Tenía una pierna de palo, era alto, seco, avellanado, con ojos de cañí, y la calva y el perfil de César. De pronto sentí esclarecerse mi memoria ante el solemne ademán con que de tiempo en tiempo se acariciaba los tufos. El César de la pata de palo era un famoso picador de toros, hombre de mucha majeza, amigo de las juergas clásicas con cantadores y aristócratas: En otro tiempo se murmuró que me había substituído en el corazón de la gentil bailarina: Yo nunca quise averiguarlo porque siempre tuve como un deber de andante caballería, respetar esos pequeños secretos de los corazones femeninos. ¡Con profunda melancolía recordé aquel buen tiempo pasado! Parecía despertarse al golpe seco de la pierna de palo, mientras cruzábamos el vasto corredor, sobre cuyos muros se desenvolvía en viejas estampas la historia amorosa de Doña Marina y Hernán Cortés. Mi corazón aún palpitó cuando en el fondo de una puerta surgió la Duquesa. Don Carlos la interrogó:

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—¿Ha venido?

—Ya no tardará, Señor.

La Duquesa quiso apartarse cediendo el paso, pero muy galán lo rehusó el Rey:

—Las damas primero.

El salón, apenas alumbrado por los candelabros de las consolas, era grande y frío, con encerada tarima. Ante el sofá del estrado brillaba un brasero de cobre sostenido por garras de león. Don Carlos murmuró, al tiempo que extendía sus manos sobre el rescoldo:

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