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Sonata de estío

MEMORIAS DEL MARQVES DE BRADOMIN (continued 2)

Reading edition

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En aquel vetusto parador gusté las mayores venturas amorosas, urdidas con el hilo dorado de la fantasía. Quise primero que la Niña Chole se destrenzase el cabello, y vestido el blanco hipil me hablase en su vieja lengua, como una princesa prisionera á un capitán conquistador. Ella obedeció sonriendo. Yo la tenía en mis brazos, y las palabras más bellas y musicales las besaba, sin comprenderlas, sobre sus labios. Después fué nuestro numen Pedro Aretino, y como oraciones, pude recitar en italiano siete sonetos gloria del Renacimiento: Uno distinto para cada sacrificio. El último lo repetí dos veces: Era aquel divino soneto que evoca la figura de un centauro, sin cuerpo de corcel y con dos cabezas. Después nos dormimos.

La Niña Chole se levantó al amanecer y abrió los balcones. En la alcoba penetró un rayo de sol tan juguetón, tan vivo, tan alegre, que al verse en el espejo se deshizo en carcajadas de oro. El sinsonte agitóse dentro de su jaula y prorrumpió en gorjeos: La Niña Chole también gorjeó el estribillo de una canción fresca como la mañana. Estaba muy bella arrebujada en aquella túnica de seda, que envolvía en una celeste diafanidad su cuerpo de diosa. Me miraba guiñando los ojos y entre borboteos de risas y canciones besaba los jazmines que se retorcían á la reja. Con el cabello destrenzándose sobre los hombros desnudos, con su boca riente y su carne morena, la Niña Chole era una tentación. Tenía despertares de aurora alegres y triunfantes. De pronto se volvió hacia mí con un mohín delicioso:

—¡Arriba, perezoso!... ¡Arriba!

Al mismo tiempo salpicábame á la cara el agua de rosas que por la noche dejara en el balcón á serenar:

—¡Arriba!... ¡Arriba!...

Me eché de la hamaca. Viéndome ya en pie, huyó velozmente alborotando la casa con sus trinos. Saltaba de una canción á otra, como el sinsonte los travesaños de la jaula, con gentil aturdimiento, con gozo infantil porque el día era azul, porque el rayo del sol reía allá en el fondo encantado del espejo. Bajo los balcones resonaba la voz del caballerango que se daba prisa á embridar nuestros caballos. Las persianas caídas temblaban al soplo de matinales auras, y el jazmín de la reja, por aromarlas, sacudía su caperuza de campanillas. La Niña Chole volvió á entrar. Yo la vi en la luna del tocador, acercarse sobre la punta de sus chapines de raso, con un picaresco reir de los labios y de los dientes. Alborozada me gritó al oído:

—¡Vanidoso! ¿Para quién te acicalas?

—¡Para ti, Niña!

—¿De veras?

Mirábame con los ojos entornados, y hundía los dedos entre mis cabellos, arremolinándomelos. Luego reía locamente y me alargaba un espolín de oro para que se lo calzase en aquel pie de reina, que no pude menos de besar. Salimos al patio, donde el indio esperaba con los caballos del diestro: Montamos y partimos. Las cumbres azules de los montes se vestían de luz bajo un sol dorado y triunfal. Volaba la brisa en desiguales ráfagas, húmedas y agrestes como aliento de arroyos y yerbazales. El alba tenía largos estremecimientos de rubia y sensual desposada. Las copas de los cedros, iluminadas por el sol naciente, eran altar donde bandadas de pájaros se casaban, besándose los picos. La Niña Chole, tan pronto ponía su caballo á galope como le dejaba mordisquear en los jarales.

Durante todo el camino no dejamos de cruzarnos con alegres cabalgatas de criollos y mulatos: Desfilaban entre nubes de polvo, al trote de gallardos potros, enjaezados á la usanza mexicana con sillas recamadas de oro y gualdrapas bordadas, deslumbrantes como capas pluviales. Sonaban los bocados y las espuelas, restallaban los látigos, y la cabalgata pasaba veloz á través de la campiña. El sol arrancaba á los arneses blondos resplandores y destellaba fugaz en los machetes pendientes de los arzones. Habían comenzado las ferias, aquellas famosas ferias de Grijalba, que se juntaban y hacían en la ciudad y en los bohíos, en las praderas verdes y en los caminos polvorientos, todo ello al acaso, sin más concierto que el deparado por la ventura. Nosotros refrenamos los caballos que relinchaban y sacudían las crines. La Niña Chole me miraba sonriendo, y me alargaba la mano para correr unidos, sin separarnos.

Illustration from Sonata de estío: memorias del marqués de Bradomín

ALIENDO de un bosque de palmeras, dimos vista á una tablada tumultuosa, impaciente con su ondular de hombres y cabalgaduras. El eco retozón de los cencerros acompañaba las apuestas y decires chalanescos, y la llanura parecía jadear ante aquel marcial y fanfarrón estrépito de trotes y de colleras, de fustas y de bocados. Desde que entramos en aquel campo, monstruosa turba de lisiados nos cercó clamorante: Ciegos y tullidos, enanos y lazarados nos acosaban, nos perseguían, rodando bajo las patas de los caballos, corriendo á rastras por el camino, entre aullidos y oraciones, con las llagas llenas de polvo, con las canillas echadas á la espalda, secas, desmedradas, horribles. Se enracimaban golpeándose en los hombros, arrancándose los chapeos, gateando la moneda que les arrojábamos al paso.

S
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Y así, entre aquel cortejo de hampones, llegamos al jacal de un negro que era liberto. El paso de las cabalgaduras y el pedigüeño rezo de los mendigos trájole á la puerta antes que descabalgásemos: Al vernos corrió ahuyentando con el rebenque la astrosa turba, y vino á tener el estribo de la Niña Chole, besándola las manos con tantas muestras de humildad y contento cual si fuese una princesa la que llegaba. Á las voces del negro acudió toda la prole. El liberto hallábase casado con una andaluza que había sido doncella de la Niña Chole. La mujer levantó los brazos al encontrarse con nosotros:

—¡Virgen de mi alma! ¡Los amitos!

Y tomando de la mano á la Niña Chole, hízola entrar en el jacal.

—¡Que no me la retueste el sol, reina mía, piñoncico de oro, que viene á honrar mi pobreza!

El negro sonreía, mirándonos con sus ojos de res enferma: Ojos de una mansedumbre verdaderamente animal. Nos hicieron sentar, y ellos quedaron en pie. Se miraron, y hablando á un tiempo empezaron el relato de la misma historia:

—Un jarocho tenía dos potricas blancas. ¡Cosa más linda! Blancas como palomas. ¿Sabe? ¡Qué pintura para la volanta de la Niña!

Y aquí fué donde la Niña Chole no quiso oir más:

—¡Yo deseo verlas! ¡Deseo que me las compres!

Habíase puesto en pie, y se echaba el rebocillo apresuradamente:

—¡Vamos! ¡Vamos!

La andaluza reía maliciosamente:

—¡Cómo se conoce que su merced no le satisface ningún antojico!

Dejó de sonreir, y añadió cual si todo estuviese ya resuelto:

—El amito va con mi hombre. Para la Niña está muy calurosa la sazón.

Entonces el negro abrió la puerta, y la Niña Chole me empujó con mimos y arrumacos muy gentiles. Salí acompañado del antiguo esclavo, que, al verse fuera, empezó por suspirar y concluyó salmodiando el viejo cuento de sus tristezas. Caminaba á mi lado con la cabeza baja, siguiéndome como un perro entre la multitud, interrumpiéndose y tornando á empezar, siempre zongueando cuitas de paria y de celoso:

—¡Ella toda la vida con hombres, amito! ¡Una perdición!... ¡Y no es con blancos, niño! ¡Ay, amito, no es con blancos!... Á la gran chiva se le da todo por los morenos. ¡Dígame no más que sinvergüenzada, niño!...

Su voz era lastimera, resignada, llena de penas: Verdadera voz de siervo. No le dolía el engaño por la afrenta de hacerle cornudo, sino por la baja elección que la andaluza hacía: Era celoso intermitente, como ocurre con la gente cortesana que medra de sus mujeres. El Duque de Saint Simón le hubiera loado en sus Memorias, con aquel delicado y filosófico juicio que muestra hablando de España, cuando se desvanece en un éxtasis, ante el contenido moral de estas dos palabras tan castizas: Cornudo Consentido.

Illustration from Sonata de estío: memorias del marqués de Bradomín

E UN CABO al otro recorrimos la feria. Sobre el lindar del bosque, á la sombra de los cocoteros, la gente criolla bebía y cantaba con ruidoso jaleo de olés y palmadas. Reía el vino en las copas, y la guitarra española, sultana de la fiesta, lloraba sus celos moriscos y sus amores con la blanca luna de la Alpujarra. El largo lamento de las guajiras expiraba deshecho entre las herraduras de los caballos. Los asiáticos, mercaderes chinos y japoneses, pasaban estrujados en el ardiente torbellino de la feria, siempre lacios, siempre mustios, sin que un estremecimiento alegre recorriese su trenza. Amarillentos como figuras de cera, arrastraban sus chinelas entre el negro gentío, pregonando con femeniles voces abanicos de sándalo y bastones de carey. Recorrimos la feria sin dar vista por parte alguna á las tales jacas blancas. Ya nos tornábamos, cuando me sentí detenido por el brazo. Era la Niña Chole: Estaba muy pálida, y aun cuando procuraba sonreir, temblaban sus labios, y adiviné una gran turbación en sus ojos: Puso ambas manos en mis hombros y exclamó con fingida alegría:

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—Oye, no quiero verte enfadado.

Colgándose de mi brazo, añadió:

—Me aburría, y he salido... Á espaldas del jacal hay un reñidero de gallos. ¿No sabes? ¡Estuve allí, he jugado y he perdido!

Interrumpióse volviendo la cabeza con gracioso movimiento, y me indicó al blondo, al gigantesco adolescente, que se descoyuntó saludando:

—Este caballero tiene la honra de ser mi acreedor.

Aquellas extravagancias producían siempre en mi ánimo un despecho sordo y celoso, tal, que pronuncié con altivez:

—¿Qué ha perdido esta señora?

Habíame figurado que el jugador rehusaría galantemente cobrar su deuda, y quería obligarle con mi actitud fría y desdeñosa. El bello adolescente sonrió con la mayor cortesía:

—Antes de apostar, esta señora me advirtió que no tenía dinero. Entonces convinimos que cada beso suyo valía cien tostones: Tres besos ha jugado y los tres ha perdido.

Yo me sentí palidecer. Pero cuál no sería mi asombro al ver que la Niña Chole, retorciéndose las manos, pálida, casi trágica, se adelantaba exclamando:

—¡Yo pagaré! ¡Yo pagaré!

La detuve con un gesto, y enfrentándome con el hermoso adolescente, le grité restallando las palabras como latigazos:

—Esta mujer es mía, y su deuda también.

Y me alejé, arrastrando á la Niña Chole. Anduvimos algún tiempo en silencio: De pronto, ella, oprimiéndome el brazo, murmuró en voz muy queda:

—¡Oh, qué gran señor eres!

Yo no contesté. La Niña Chole empezó á llorar en silencio, apoyó la cabeza en mi hombro, y exclamó con un sollozo de pasión infinita:

—¡Dios mío! ¡Qué no haría yo por ti!...

Sentadas á las puertas de los jacales, indias andrajosas, adornadas con amuletos y sartas de corales, vendían plátanos y cocos. Eran viejas de treinta años, arrugadas y caducas, con esa fealdad quimérica de los ídolos. Su espalda lustrosa brillaba al sol, sus senos negros y colgantes recordaban las orgías de las brujas y de los trasgos. Acurrucadas al borde del camino, como si tiritasen bajo aquel sol ardiente, medio desnudas, desgreñadas, arrojando maldiciones sobre la multitud, parecían sibilas de algún antiguo culto lúbrico y sangriento. Sus críos, tiznados y esbeltos como diablos, acechaban por los resquicios de las barracas, y, huroneando, se metían bajo los toldos de lona, donde tocaban organillos dislocados. Mulatas y jarochos ejecutaban aquellas extrañas danzas voluptuosas que los esclavos trajeron del África, y el zagalejo de colores vivos flameaba en los quiebros y mudanzas de los bailes sagrados con que á la sombra patriarcal del baobad eran sacrificados los cautivos.

Illustration from Sonata de estío: memorias del marqués de Bradomín

LEGAMOS al jacal. Yo ceñudo y de mal talante, me arrojé sobre la hamaca, y con grandes voces mandé á los caballerangos que ensillasen para partir inmediatamente. La sombra negruzca de un indio asomó en la puerta:

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—Señor, el ruano que montaba la Niña tiene desenclavada una herradura... ¿Se la enclavo, señor?

Me incorporé en la hamaca con tal violencia, que el indio retrocedió asustado. Volviendo á tenderme le grité:

—¡Date prisa, con mil demonios, Cuactemocín!

La Niña Chole me miró pálida y suplicante:

—No grites. ¡Si supieses cómo me asustas!...

Yo cerré los ojos sin contestar, y hubo un largo silencio en el interior oscuro y caluroso del jacal. El negro iba y venía con tácitas pisadas, regando el suelo alfombrado de yerba. Fuera se oía el piafar de los caballos, y las voces de los indios, que al embridarlos les hablaban. En el hueco luminoso de la puerta, las moscas del ganado zumbaban su monótona canción estival. La Niña Chole se levantó y vino á mi lado. Silenciosa y suspirante me acarició la frente con dedos de hada: Después me dijo:

—¡Oh!... ¿Serías capaz de matarme si el ruso fuese un hombre?

—No...

—¿De matarlo á él?

—Tampoco.

—¿No harías nada?

—Nada.

—¿Es que me desprecias?

—Es que no eres la Marquesa de Bradomín.

Quedó un momento indecisa, con los labios trémulos. Yo cerré los ojos y esperé sus lágrimas, sus quejas, sus denuestos, pero la Niña Chole guardó silencio, y continuó acariciando mis cabellos como una esclava sumisa. Al cabo, sus dedos de hada borraron mi ceño y me sentí dispuesto á perdonar. Yo sabía que el pecado de la Niña Chole era el eterno pecado femenino, y mi alma enamorada no podía menos de inclinarse á la indulgencia. Sin duda la Niña Chole era curiosa y perversa como aquella mujer de Lot convertida en estatua de sal. Pero al cabo de los siglos, también la justicia divina se muestra mucho más clemente que antaño, con las mujeres de los hombres. Sin darme cuenta caí en la tentación de admirar como una gloria linajuda, aquel remoto abolengo envuelto en una leyenda bíblica. Era indudable que el alto Cielo perdonaba á la Niña Chole, y juzgué que no podía menos de hacer lo mismo el Marqués de Bradomín. Libre el corazón de todo rencor, abrí los ojos bajo el suave cosquilleo de aquellos dedos invisibles, y murmuré sonriente:

—Niña, no sé qué bebedizo me has dado que todo lo olvido...

Ella repuso, al mismo tiempo que sus mejillas se teñían de rosa:

—Es porque no soy la Marquesa de Bradomín.

Y calló, tal vez esperando una disculpa amante, pero yo preferí guardar silencio, y juzgué que era bastante desagravio besar su mano. Ella la retiró esquiva, y en un silencio lento, sus hermosos ojos de princesa oriental se arrasaron de lágrimas. Felizmente no rodaban aún por sus mejillas, cuando el indio reapareció en la puerta trayendo nuestros caballos del diestro, y pude salir del jacal como si nada de aquel dolor hubiese visto. Cuando la Niña Chole asomó en la puerta, ya parecía serena. Le tuve el estribo para que montase, y un instante después, con alegre y trotante fanfarria, atravesamos el real.

Un jinete cruzó por delante de nosotros caracoleando su caballo, y me pareció que la Niña Chole palidecía al verle, y se tapaba con el rebocillo. Yo simulé no advertirlo, y nada dije, huyendo de mostrarme celoso. Después, cuando salíamos al rojo y polvoriento camino, divisé otros jinetes apostados lejos, en lo alto de una loma: Y como si allí estuviesen en espera nuestra, bajaron al galope cuando pasamos faldeándola. Apenas lo advertí me detuve, y mandé detener á mi gente. El que venía al frente del otro bando daba fieras voces y corría con las espuelas puestas en los ijares. La Niña Chole, al reconocerle, lanzó un grito y se arrojó á tierra, implorando perdón con los brazos abiertos:

—¡Vuelven á verte mis ojos!... ¡Mátame, aquí me tienes! ¡Mi rey! ¡Mi rey querido!...

El jinete levantó de manos su caballo con amenazador continente, y quiso venir sobre mí. La Niña Chole lo estorbó asiéndose á las riendas desolada y trágica:

—¡Su vida, no! ¡Su vida, no!

Al ver aquella postrera muestra de amor me sentí conmovido. Yo estaba á la cabeza de mi gente, que parecía temerosa, y el jinete, alzado en los estribos, la contó con sus ojos fieros, que acabaron lanzándome una mirada sañuda. Juraría que también tuvo miedo: Sin desplegar los labios alzó el látigo sobre la Niña Chole, y le cruzó el rostro. Ella todavía gimió:

—¡Mi rey!... ¡Mi rey querido!...

El jinete se dobló sobre el arzón donde asomaban las pistolas, y rudo y fiero la alzó del suelo asentándola en la silla. Después, como un raptor de los tiempos heroicos, huyó lanzándome terribles denuestos. Pálido y mudo vi cómo se la llevaba: Hubiera podido rescatarla, y, sin embargo, no lo hice. Yo había sido otras veces un gran pecador, pero entonces al adivinar quién era aquel hombre, sentíame arrepentido. La Niña Chole por hija y por esposa, pertenecía al fiero mexicano, y mi corazón se humillaba resignado acatando aquellas dos sagradas potestades. Desengañado para siempre del amor y del mundo, hinqué las espuelas al caballo y galopé hacia los llanos solitarios del Tixul, seguido de mi gente que se hablaba en voz baja comentando el suceso. Todos aquellos indios hubieran seguido de buen grado al raptor de la Niña Chole. Parecían fascinados como ella, por el látigo del general Diego Bermúdez. Yo sentía una fiera y dolorosa altivez al dominarme. Mis enemigos, los que osan acusarme de todos los crímenes, no podrán acusarme de haber reñido por una mujer. Nunca como entonces he sido fiel á mi divisa: Despreciar á los demás y no amarse á sí mismo.

Illustration from Sonata de estío: memorias del marqués de Bradomín

NCORVADOS bajo aquel sol ardiente, abandonadas las riendas sobre el cuello de los caballos, silenciosos, fatigados y sedientos, cruzábamos la arenosa sabana, viendo eternamente en la lejanía el lago del Tixul, que ondulaba con movimiento perezoso y fresco, mojando la cabellera de los mimbrales que se reflejaban en el fondo de los remansos encantados... Atravesábamos las grandes dunas, parajes yermos sin brisas ni murmullos. Sobre la arena caliente se paseaban los lagartos con caduca y temblona beatitud de faquires centenarios, y el sol caía implacable requemando la tierra estéril que parecía sufrir el castigo de algún oscuro crimen geológico. Nuestros caballos, extenuados por jornada tan penosa, alargaban el cuello, que se bajaba y se tendía en un vaivén de sopor y de cansancio: Con los ijares flácidos y ensangrentados, adelantaban trabajosamente enterrando los cascos en la arena negra y movediza. Durante horas y horas, los ojos se fatigaban contemplando un horizonte blanquecino y calcinado. La angustia del mareo pesaba en los párpados, que se cerraban con modorra para abrirse después de un instante sobre las mismas lejanías muertas y olvidadas...

E
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Hicimos un largo día de cabalgada á través de negros arenales, y tal era mi fatiga y tal mi adormecimiento, que para espolear el caballo necesitaba hacer ánimos. Apenas si podía tenerme sobre la montura. Como en una expiación dantesca, veía á lo lejos el verdeante lago del Tixul, donde esperaba hacer un alto. Era ya mediada la tarde, y los rayos del sol dejaban en las aguas una estela de oro cual si acabase de surcarlas el bajel de las hadas... Aún nos hallábamos á larga distancia, cuando advertimos el almizclado olor de los cocodrilos aletargados fuera del agua, en la playa cenagosa. La inquietud de mi caballo, que temblaba levantando las orejas y sacudiendo la crin, me hizo enderezar en la silla, afirmarme y recobrar las riendas que llevaba sueltas sobre el borrén. Como la proximidad de los caimanes le asustaba y el miedo dábale bríos para retroceder piafante, hube de castigarle con la espuela, y le puse al galope. Toda la escolta me siguió. Cuando estuvimos cerca, los cocodrilos entraron perezosamente en el agua. Nosotros bajamos en tropel hasta la playa. Algunos pájaros de largas alas, que hacían nido en la junquera, levantaron el vuelo asustados por la zalagarda de los criados, que entraban en el agua cabalgando, metiéndose hasta más arriba de la cincha. En la otra orilla un cocodrilo permaneció aletargado sobre la ciénaga con las fauces abiertas, con los ojos vueltos hacia el sol, inmóvil, monstruoso, indiferente como una divinidad antigua.

Vino presuroso mi caballerango á tenerme el estribo, pero yo rehusé apearme. Había cambiado de propósito, y quería vadear el Tixul sin darle descanso á las cabalgaduras, pues ya la noche se nos echaba encima. Atentos á mi deseo los indios que venían en la escolta, magníficos jinetes todos ellos, metiéronse resueltamente lago adelante: Con sus picas de boyeros tentaban el vado. Grandes y extrañas flores temblaban sobre el terso cristal entre verdosas y repugnantes algas. Los jinetes, silenciosos y casi desnudos, avanzaban al paso con suma cautela: Era un tropel de negros centauros. Á lo lejos cruzaban por delante de los caballos islas flotantes de gigantescas nínfeas, y vivaces lagartos saltaban de unas en otras como duendes enredadores y burlescos. Aquellas islas floridas se deslizaban bajo alegre palio de mariposas, como en un lago de ensueño, lenta, lentamente, casi ocultas por el revoloteo de las alas blancas y azules bordadas de oro. El lago del Tixul parecía uno de esos jardines como sólo existen en los cuentos. Cuando yo era niño me adormecían refiriéndome la historia de un jardín así... ¡También estaba sobre un lago, una hechicera lo habitaba y en las flores pérfidas y quiméricas, rubias princesas y rubios príncipes tenían encantamento!...

Illustration from Sonata de estío: memorias del marqués de Bradomín

A EL TROPEL de centauros nadaba por el centro del Tixul, cuando un cocodrilo que en la otra orilla parecía sumido en éxtasis, entró lentamente en el agua y desapareció... No quise hacer más larga espera en la playa, y halagando el cuello de mi caballo, le fuí metiendo en la laguna paso á paso. Cuando tuvo el agua á la cincha comenzó á nadar, y casi al mismo tiempo me reconocí cercado por un copo fantástico de ojos redondos, amarillentos, nebulosos, que aparecían solos á flor de agua... ¡Aquellos ojos me miraban, estaban fijos en mí!... Confieso que en tal momento sentí el frío y el estremecimiento del miedo. El sol hallábase en el ocaso, y como yo lo llevaba de frente, me hería y casi me cegaba, de suerte que para esquivarle érame forzoso contemplar las mudas ondas del Tixul, aun cuando me daba vértigo aquel poder de los caimanes para no dejar fuera del agua más que los ojos de monstruos, ojos sin párpados, que unas veces giran en todos sentidos y otras se fijan con una mirada estacionaria... Hasta que el caballo volvió á cobrar tierra bajo el casco, lanzándose seguro hacia la orilla, no respiré sin zozobra. Mi gente esperaba tendida á lo largo, corriendo y caracoleando. Nos reunimos y continuamos la ruta á través de los negros arenales.

Y
Y

Se puso el sol entre presagios de tormenta. El terral soplaba con furia, removiendo y aventando las arenas, como si quisiese tomar posesión de aquel páramo inmenso todo el día letargado por el calor. Espoleamos los caballos y corrimos contra el viento y el polvo. Ante nosotros se extendían las dunas en la indecisión del crepúsculo desolado y triste, agitado por las ráfagas apocalípticas de un ciclón. Casi rasando la tierra pasaban bandadas de buitres con revoloteo tardo, fatigado é incierto. Cerró la noche y á lo lejos vimos llamear muchas hogueras. De tiempo en tiempo un relámpago rasgaba el horizonte y las dunas aparecían solitarias y lívidas. Empezaron á caer gruesas gotas de agua. Los caballos sacudían las orejas y temblaban como calenturientos. Las hogueras, atormentadas por el huracán, se agitaban de improviso ó menguaban hasta desaparecer. Los relámpagos, cada vez más frecuentes, dejaban en los ojos la visión temblorosa y fugaz del paraje inhospito. Nuestros caballos con las crines al viento, lanzaban relinchos de espanto y procuraban orientarse, buscándose en la oscuridad de la noche bajo el aguacero. La luz caótica de los relámpagos, daba á la yerma vastedad el aspecto de esos parajes quiméricos de las leyendas penitentes: Desiertos de cenizas y arenales sin fin que rodean el Infierno.

Guiándonos por las hogueras, llegamos á un gran raso de yerba donde cabeceaban, sacudidos por el viento, algunos cocoteros desgreñados, enanos y salvajes. El aguacero había cesado repentinamente y la tormenta parecía ya muy lejana. Dos ó tres perros salieron ladrando á nuestro encuentro, y en la lejanía otros ladridos respondieron á los suyos. Vimos en torno de la lumbre agitarse y vagar figuras de mal agüero: Rostros negros y dientes blancos que las llamas iluminaban. Nos hallábamos en un campo de jarochos, mitad bandoleros y mitad pastores, que conducían numerosos rebaños á las ferias de Grijalba.

Al vernos llegar galopando en tropel, de todas partes acudían hombres negros y canes famélicos: Los hombres tenían la esbeltez que da el desierto y actitudes de reyes bárbaros magníficas, sanguinarias... En el cielo la luna, enlutada como viuda ideal, dejaba caer la tenue sonrisa de su luz sobre la ruda y aulladora tribu. Á veces entre el vigilante ladrido de los canes y el áspero vocear del pastoreo errante, percibíase el estremecimiento de las ovejas, y llegaban hasta nosotros ráfagas de establo, campesinas y robustas como un aliento de vida primitiva. Sonaban las esquilas con ingrávido campanilleo, ardían en las fogatas haces de olorosos rastrojos, y el humo subía blanco, feliz y cargado de aromas, como el humo de los rústicos y patriarcales sacrificios.

Illustration from Sonata de estío: memorias del marqués de Bradomín

O VEIA DANZAR entre las lenguas de la llama una sombra femenil indecisa y desnuda: La veía, aun cerrando los ojos, con la fuerza quimérica y angustiosa que tienen los sueños de la fiebre. ¡Cuitado de mí! Era una de esas visiones místicas y carnales con que el diablo tentaba en otro tiempo á los santos ermitaños: Yo creía haber roto para siempre las redes amorosas del pecado, y el Cielo castigaba tanta arrogancia dejándome en abandono. Aquella mujer desnuda, velada por las llamas, era la Niña Chole. Tenía su sonrisa y su mirar. Mi alma empezaba á cubrirse de tristeza y á suspirar románticamente. La carne flaca se estremecía de celos y de cólera. Todo en mí clamaba por la Niña Chole. Estaba arrepentido de no haber dado muerte al incestuoso raptor, y el pensamiento de buscarle á través de la tierra mexicana se hacía doloroso: Era una culebra enroscada al corazón, que me mordía y me envenenaba. Para libertarme de aquel suplicio, llamé al indio que llevaba de guía. Acudió tiritando:

Y
Y

—¿Qué mandaba, señor?

—Vamos á ponernos en camino.

—Mala es la sazón, señor. Corren ahora muchas torrenteras.

Yo tuve un momento de duda:

—¿Qué distancia hay á la Hacienda de Tixul?

—Dos horas de camino, señor.

Me incorporé violentamente:

—Que ensillen.

Y esperé calentándome ante el fuego, mientras el guía llevaba la orden y se ponía la gente en traza de partir. Mi sombra bailaba con la llama de las hogueras, y alargábase fantástica sobre la tierra negra. Yo sentía dentro de mí la sensación de un misterio pavoroso y siniestro. Quizá iba á mudar de propósito cuando un tropel de indios acudió con mi caballo. Á la luz de la hoguera ajustaron las cinchas y repararon las bridas. El guía, silencioso y humilde, vino á tomar el diestro. Monté y partimos.

Caminamos largo tiempo por un terreno onduloso, entre cactus gigantescos que sacudidos por el viento, imitaban rumor de torrentes. De tiempo en tiempo la luna rasgaba los trágicos nubarrones, é iluminaba nuestra marcha derramando tibia claridad. Delante de mi caballo volaba, con silencioso vuelo, un pájaro nocturno: Se posaba á corta distancia, y al acercarme agitaba las negras alas é iba á posarse más lejos, lanzando un graznido plañidero, que era su canto. Mi guía, supersticioso como todos los indios, creía entender en aquel grito la palabra judío, y cuando oía esta ofensa que el pájaro le lanzaba siempre al abrir las sombrías alas, replicaba gravemente:

—¡Cristiano, y muy cristiano!

Yo le interrogué:

—¿Qué pájaro es ese?...

—El tapa-caminos, señor.

De esta suerte llegamos á mis dominios. La casa, mandada edificar por un virrey, tenía el aspecto señorial y campesino que tienen en España las casas de los hidalgos. Un tropel de jinetes estaba delante de la puerta. Á juzgar por su atavío, eran plateados. Formaban rueda, y las calabazas llenas de café, corrían de mano en mano. Los chambergos bordados brillaban á la luz de la luna. En mitad del camino estaba apostado un jinete: Era viejo y avellanado: Tenía los ojos fieros y una mano cercenada. Al acercarnos nos gritó:

—¡Ténganse allá!

Yo respondí de mal talante, enderezándome en la silla:

—Soy el Marqués de Bradomín.

El viejo partió al galope y reunióse con los que apuraban las calabazas de café ante la puerta. Yo distinguí claramente á la luz de la luna, cómo se volvían los unos á los otros, y cómo se hablaban tomando consejo, y cómo después recobraban las riendas y se partían. Cuando yo llegué, la puerta estaba franca y aún se oía el galope de sus caballos. El mayordomo que esperaba en el umbral, adelantóse á recibirme, y tomando el caballo del rendaje tornóse hacia la casa, gritando:

—¡Sacad acá un candil!... ¡Alumbrad la escalera!...

En lo alto de la ventana asomó la forma negra de una vieja con un velón encendido:

—¡Alabado sea Dios que le trujo con bien por medio de tantos peligros!

Y para alumbrarnos mejor, encorvábase fuera de la ventana y alargaba su brazo negro, que temblaba con el velón. Entramos en el zaguán, y casi al mismo tiempo reaparecía la vieja en lo alto de la escalera:

—¡Alabado sea Dios, y cómo se le conoce la mucha nobleza y generosidad de su sangre!

La vieja nos guió hasta una sala enjalbegada, que tenía todas las ventanas abiertas. Dejó el velón sobre una mesa de torneados pies, y se alejó:

—¡Alabado sea Dios, y qué juventud más galana!

Me senté, y el mayordomo quedóse á distancia contemplándome. Era un antiguo soldado de Don Carlos, emigrado después de la traición de Vergara. Sus ojos negros y hundidos tenían un brillo de lágrimas. Yo le tendí la mano con familiar afecto:

—Siéntate, Brión... ¿Qué tropa era esa?

—Plateados, señor.

—¿Son amigos tuyos?

—¡Y buenos amigos!... Aquí hay que vivir como vivía en sus cortijos de Andalucía mi señora la Condesa de Barbazón, abuela de vuecencia. José María la respetaba como á una reina, porque tenía en mi señora su mejor madrina...

—¿Y estos cuatreros mexicanos tienen el garbo de los andaluces?

Brión bajó la voz para responder:

—Saben robar... No les impone el matar... Tienen discurso... Y con todo no llegan á los ladrones de la Andalucía. Les falta la gracia, que es al modo de la sal en la vianda. ¡Y no son los de la Andalucía más guapos en el arreo! ¡No es el arreo!...

En aquel momento entró la vieja á decir que estaba dispuesta la colación. Yo me puse de pie, y ella tomó la luz de encima de la mesa para alumbrarme el camino.

Illustration from Sonata de estío: memorias del marqués de Bradomín

E ACOSTÉ rendido, pero el recuerdo de la Niña Chole túvome desvelado hasta cerca del amanecer. Eran vanos todos mis esfuerzos por ahuyentarle: Revoloteaba en mi memoria, surgía entre la niebla de mis pensamientos, ingrávido, funambulesco, torturador. Muchas veces, en el vago tránsito de la vigilia al sueño, me desperté con sobresalto. Al cabo, vencido por la fatiga, caí en un sopor febril, poblado de pesadillas. De pronto abrí los ojos en la oscuridad. Con gran sorpresa mía hallábame completamente despierto. Quise conciliar otra vez el sueño, pero no pude conseguirlo. Un perro comenzó á ladrar debajo de mi ventana, y entonces recordé vagamente haber escuchado sus ladridos momentos antes, mientras dormía. Agitado por el desvelo me incorporé en las almohadas. La luz de la luna esclarecía el fondo de la estancia, porque yo había dejado abiertas las ventanas á causa del calor. Me pareció oir voces apagadas de gente que vagaba por el huerto. El perro había enmudecido, las voces se desvanecían. De nuevo quedó todo en silencio, y en medio del silencio oí el galope de un caballo que se alejaba. Me levanté para cerrar la ventana. La cancela del huerto estaba abierta, y sentí nacer una sospecha, aun cuando el camino rojo, iluminado por la luna, veíase desierto entre los susurrantes maizales. Permanecí algún tiempo en atalaya. Aquellos campos parecían muertos bajo la luz blanca de la luna: Sólo reinaba sobre ellos el viento murmurador. Sintiendo que el sueño me volvía, cerré la ventana. Sacudido por largo estremecimiento me acosté. Apenas había cerrado los ojos cuando el eco apagado de algunos escopetazos me sobresaltó: Lejanos silbidos eran contestados por otros: Volvía á oirse el galope de un caballo. Iba á levantarme cuando quedó todo en silencio. Después al cabo de mucho tiempo, resonaron en el huerto sordos golpes de azada, como si estuviesen cavando una cueva. Debía ser cerca del amanecer, y me dormí. Cuando el mayordomo entró á despertarme, dudaba si había soñado: Sin embargo le interrogué:

M
M

—¿Qué batalla habéis dado esta noche?

El mayordomo inclinó la cabeza tristemente:

—¡Esta noche han matado al valedor más valedor de México!

—¿Quién le mató?

—Una bala, señor.

—¿Una bala, de quién?

—Pues de algún hijo de mala madre.

—¿Ha salido mal el golpe de los plateados?

—Mal, señor.

—¿Tú llevabas parte?

El mayordomo levantó hasta mí los ojos ardientes:

—Yo, jamás, señor.

La fiera arrogancia con que llevó su mano al corazón, me hizo sonreir, porque el viejo soldado de Don Carlos, con su atezada estampa y el chambergo arremangado sobre la frente, y los ojos sombríos, y el machete al costado, lo mismo parecía un hidalgo que un bandolero. Quedó un momento caviloso, y luego, manoseando la barba, me dijo:

—Sépalo vuecencia: Si tengo amistad con los plateados, es porque espero valerme de ellos... Son gente brava y me ayudarán... Desde que llegué á esta tierra tengo un pensamiento. Sépalo vuecencia: Quiero hacer emperador á Don Carlos V.

El viejo soldado se enjugó una lágrima. Yo quedé mirándole fijamente:

—¿Y cómo le daremos un Imperio, Brión?

Las pupilas del mayordomo brillaron enfoscadas bajo las cejas grises:

—Se lo daremos, señor... Y después la corona de España.

Volví á preguntarle con una punta de burla:

—¿Pero ese Imperio cómo se lo daremos?

—Volviéndole estas Indias. Más difícil cosa fué ganarlas en los tiempos antiguos de Hernán Cortés. Yo tengo el libro de esa Historia. ¿Ya lo habrá leído vuecencia?

Los ojos del mayordomo estaban llenos de lágrimas. Un rudo temblor que no podía dominar agitaba su barba berberisca. Se asomó á la ventana, y mirando hacia el camino guardó silencio. Después suspiró:

—¡Esta noche hemos perdido al hombre que más podía ayudarnos! Á la sombra de aquel cedro está enterrado.

—¿Quién era?

—El capitán de los plateados, que halló aquí vuecencia.

—¿Y sus hombres han muerto también?

—Se dispersaron. Entró en ellos el pánico. Habían secuestrado á una linda criolla, que tiene harta plata, y la dejaron desmayada en medio del camino. Yo, compadecido, la traje hasta aquí. ¡Si quiere verla vuecencia!

—¿Es linda de veras?

—Como una santa.

Me levanté, y precedido de Brión, salí. La criolla estaba en el huerto tendida en una hamaca colgada de dos árboles. Algunos pequeñuelos indios, casi desnudos, se disputaban mecerla. La criolla tenía el pañuelo sobre los ojos y suspiraba. Al sentir nuestros pasos volvió lánguidamente la cabeza y lanzó un grito:

—¡Mi rey!... ¡Mi rey querido!...

Sin desplegar los labios le tendí los brazos. Yo he creído siempre que en achaques de amor todo se cifra en aquella máxima divina que nos manda olvidar las injurias.

Illustration from Sonata de estío: memorias del marqués de Bradomín

ELIZ y caprichosa me mordía las manos mandándome estar quieto. No quería que yo la tocase. Ella sola, lenta, muy lentamente, desabrochó los botones de su corpiño y destrenzó el cabello ante el espejo, donde se contempló sonriendo. Parecía olvidada de mí. Cuando se halló desnuda tornó á sonreir y á contemplarse. Semejante á una princesa oriental, ungióse con esencias. Después envuelta en seda y encajes, tendióse en la hamaca y esperó: Los párpados entornados y palpitantes, la boca siempre sonriente, con aquella sonrisa que un poeta de hoy hubiera llamado estrofa alada de nieve y rosas. Yo, aun cuando parezca extraño, no me acerqué. Gustaba la divina voluptuosidad de verla, y con la ciencia profunda, exquisita y sádica de un decadente, quería retardar todas las otras, gozarlas una á una, en la quietud sagrada de aquella noche. Por el balcón abierto se alcanzaba á ver el cielo de un azul profundo, apenas argentado por la luna. El céfiro nocturno traía del jardín aromas y susurros: El mensaje romántico que le daban las rosas al deshojarse. El recogimiento era amoroso y tentador. Oscilaba la luz de las bujías, y las sombras danzaban sobre los muros. Allá en el fondo tenebroso del corredor, el reloj de cuco, que acordaba el tiempo de los virreyes, dió las doce. Poco después cantó un gallo. Era la hora nupcial y augusta de la media noche. La Niña Chole murmuró á mi oído:

F
F

—¡Dime si hay nada tan dulce como esta reconciliación nuestra!

No contesté y puse mi boca en la suya queriendo así sellarla, porque el silencio es arca santa del placer. Pero la Niña Chole tenía la costumbre de hablar en los trances supremos, y después de un momento suspiró:

—Tienes que perdonarme. Si hubiésemos estado siempre juntos, ahora no gozaríamos así. Tienes que perdonarme.

¡Aun cuando el pobre corazón sangraba un poco, yo la perdoné! Mis labios buscaron nuevamente aquellos labios crueles. Fuerza, sin embargo, es confesar que no he sido un héroe, como pudiera creerse. Aquellas palabras tenían el encanto apasionado y perverso que tienen esas bocas rampantes de voluptuosidad, que cuando besan muerden. Sofocada entre mis brazos, murmuró con desmayo:

—¡Nunca nos hemos querido así! ¡Nunca! ¡Nunca!...

La gran llama de la pasión, envolviéndonos toda temblorosa en su lengua dorada, nos hacía invulnerables al cansancio, y nos daba la noble resistencia que los dioses tienen para el placer. Al contacto de la carne, florecían los besos en un mayo de amores. ¡Rosas de Alejandría, yo las deshojaba sobre sus labios! ¡Nardos de Judea, yo los deshojaba sobre sus senos! Y la Niña Chole se estremecía en delicioso éxtasis, y sus manos adquirían la divina torpeza de las manos de una virgen. Pobre Niña Chole, después de haber pecado tanto, aún no sabía que el supremo deleite sólo se encuentra tras los abandonos crueles, en las reconciliaciones cobardes. Á mí me estaba reservada la gloria de enseñárselo. Yo, que en el fondo de aquellos ojos creía ver siempre el enigma oscuro de su traición, no podía ignorar cuánto cuesta acercarse á los altares de Venus Turbulenta. Desde entonces compadezco á los desgraciados que engañados por una mujer, se consumen sin volver á besarla. Para ellos será eternamente un misterio la exaltación gloriosa de la carne.

Illustration from Sonata de estío: memorias del marqués de Bradomín

ACABÓSE DE IMPRIMIR ESTE LIBRO EN LA IMPRENTA HELÉNICA DE MADRID Á XXX DÍAS DEL MES DE JUNIO DE MCMXIII AÑOS

Illustration from Sonata de estío: memorias del marqués de Bradomín

J O S E P H M O J A O R N A V I T

Errores corregidos por el transcriptor del texto electrónico:

gloriosas de aquela=> gloriosas de aquella {pg 44}

los aventuros españoles=> los aventureros españoles {pg 51}

la Niña tie=> la Niña tiene {pg 189}

si mirase facisnada=> si mirase fascinada {pg 51}

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