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Socialismo y ciencia positiva (Darwin-Spencer-Marx)

{XXI}

Roberto Jorge Payró translation

PREFACIO.

Mientras escribo la segunda edición de un ensayo ya antiguo sobre Socialismo y criminalidad (Turín, 1883) en el que, siguiendo la evolución progresiva de mi pensamiento científico, he de completar las ideas sociológicas de entonces con las ideas socialistas de hoy; quiero publicar este trabajo, el que ha sido, en parte, la conferencia dada en Milán el 1º de Mayo del año que corre.

Darwinista y spenceriano convencido, me propongo probar como el socialismo marxista —el único que tenga método y valor científicamente positivo, y por lo mismo el único que ahora inspira y dirige con unidad a los socialistas demócratas de todo el mundo civil— no es sino el complemento práctico y fecundo en la vida social de esa moderna revolución científica, preparada en los siglos pasados por la renovación italiana del método experimental en todos los ramos del saber humano, y ejecutada y disciplinada en nuestros días por las obras de Darwin y de Spencer.

Verdad es que Darwin, y sobre todo Spencer, se han quedado a la mitad del camino de las últimas {XXII} conclusiones de orden religioso- político-social, que derivan de sus indestructibles premisas de hecho.

Pero ese episodio personal que no puede detener el inevitable progreso de la ciencia regenerada y de sus consecuencias prácticas —en formidable acuerdo con las más dolorosas necesidades de la vida contemporánea—, no hace, por otra parte, sino evidenciar más la justicia histórica que debe recaer sobre la obra científica y política de Carlos Marx, en quien se completa la gran trinidad renovadora del pensamiento científico moderno.

* * *

El sentimiento y la idea son las dos inseparables fuerzas propulsoras de la vida individual y colectiva.

El socialismo, que hasta hace pocos años estaba a merced de las fluctuaciones vivaces pero indisciplinadas, y por lo tanto no concluyentes, del sentimiento humanitario, ha encontrado en la obra genial de Marx y de los que la han desarrollado y completado, su brújula científica y política. Esta la razón de sus conquistas cuotidianas en todas sus manifestaciones de la vida sentimental e intelectual.

La civilización, al mismo tiempo que representa el desenvolvimiento complicado, fecundo y bello de las energías humanas, es también un virus de terrible poder infeccioso. Al lado de los esplendores del trabajo artístico, científico, industrial, acumula los productos gangrenados del ocio, de la miseria, de la locura, del delito, del suicidio físico, y de ese suicidio moral que se llama el servilismo.

{XXIII} El pesimismo —síntoma doloroso de la vida sin ideales, y en gran manera efecto de agotamiento o de degeneración del sistema nervioso— preconiza el aniquilamiento final como cesación del dolor.

Nosotros, por el contrario, tenemos fe en la eterna «virtud medicinal de la naturaleza»; y el socialismo representa justamente ese íntimo hálito de vida nueva y mejor que libertará a la humanidad —aunque sea con un proceso febril— de los productos virulentos de la fase presente de la civilización, para conservar y rejuvenecer en una fase ulterior, las energías sanas y fecundas en bien para todos los humanos.

Roma, Junio de 1894.

Enrique Ferri.

{1} PRIMERA PARTE. DARWINISMO Y SOCIALISMO.

{3}

I. VIRCHOW Y HAECKEL EN EL CONGRESO DE MUNICH.

El 18 de Septiembre de 1877, en el congreso de naturalistas de Munich, Ernesto Haeckel, el famoso embriólogo de Jena, pronunció un elocuente discurso en defensa y como propaganda del darwinismo, que atravesaba entonces por su época más aguda y tempestuosa de polémica y de lucha.

Pocos días después, Virchow, el gran patólogo —que aunque milite ya en el partido parlamentario «progresista» es bastante misoneísta, tanto en la política como en la ciencia— combatía enérgicamente la teoría darwiniana de la evolución orgánica, contra la cual, con agudísima previsión, lanzaba el grito de alarma y el anatema político, diciendo que «el darwinismo conduce directamente al socialismo».

Protestaron de seguida los darwinistas capitaneados por Oscar Schmidt y por Haeckel; y para {4} que a tanta oposición de índole religiosa, filosófica y biológica levantada entonces contra el darwinismo, no se agregara también esta grave preocupación política, sostuvieron que, por el contrario, la teoría darwiniana estaba en abierta y absoluta contradicción con el socialismo.

«Si los socialistas fuesen pillos (escribía el profesor Oscar Schmidt en el Ausland de 27 de Noviembre de 1877), harían todo lo posible por sofocar en el silencio la teoría de la sucesión, porque esa doctrina proclama altamente que las ideas socialistas son inaplicables».

«En efecto, agregaba Hseckel, no hay doctrina científica que declare más abiertamente que la teoría darwiniana, que la igualdad de los individuos a que tiende el socialismo es un imposible, y que esa quimérica igualdad está en contradicción absoluta con la necesaria desigualdad de hecho que en todas partes existe entre los individuos.

»El socialismo pide para todos los ciudadanos derechos iguales, iguales deberes, bienes iguales e iguales goces; la teoría de la herencia establece, por el contrario, que la realización de estas aspiraciones es pura y simplemente imposible; que, en las sociedades humanas como en las animales, ni los derechos, ni los deberes, ni la propiedad, {5} ni los goces de todos los individuos asociados, son ni podrán nunca ser iguales.

»La gran ley diferencial enseña que, tanto en la teoría general de la evolución, cuanto en su parte biológica o teoría de la herencia, la variedad de los fenómenos surge de una unidad originaria, la diferencia de las funciones de una identidad primitiva, la complejidad del organismo de una sencillez primordial. Las condiciones de existencia son, desde el ingreso a la vida, desiguales para todos los individuos. Agréganse las cualidades hereditarias, las disposiciones innatas más o menos desemejantes, ¿cómo, pues, podrían ser iguales en todas partes, nuestras tareas en la vida y sus resultados consiguientes?

»Cuanto más desarrollada está la vida social, más importancia adquiere el gran principio de la división del trabajo, y la existencia duradera del estado exige más que sus miembros se dividan los deberes tan varios de la vida; y puesto que el trabajo que debe ser realizado por los individuos, así como el consumo de fuerza, de ingenio, de medios, etc., que demanda, difieren en el más alto grado, es natural, también, que la recompensa de ese trabajo sea proporcionalmente desigual.

»Estos son hechos tan sencillos y evidentes, {6} que todo hombre político, inteligente y culto, debería, según me parece, preconizar la teoría de la herencia y la doctrina general de la evolución, como el mejor contraveneno para las absurdas utopías igualitarias de los socialistas.

»¡Y es el darwinismo o teoría de la selección, lo que en su denuncia ha tomado Virchow como blanco, más que el transformismo o teoría de la herencia, siempre confundida con aquélla! El darwinismo es todo menos socialista.

»Si se quiere atribuir tendencias políticas a esta doctrina inglesa —lo que es lícito— esas tendencias no podrían ser sino aristocráticas, nunca democráticas, y menos socialistas.

»La teoría de la selección enseña que en la vida de la humanidad, como en la de las plantas y de los animales, siempre y en todas partes sólo una débil minoría arriba a vivir y a desarrollarse; la inmensa mayoría, por el contrario, sufre y sucumbe más o menos prematuramente. Innumerables son los gérmenes de todas las especies vegetales o animales, y los individuos jóvenes que no florecen; pero el número de los que tienen la suerte de desarrollarse hasta su completa madurez, y alcanzan al final de su existencia, es hasta cierto punto insignificante.

»La cruel y despiadada «lucha por la vida», {7} feroz en toda la naturaleza animada, y que tiene naturalmente que serlo, esa eterna e inexorable competencia de todo cuanto vive, es un hecho innegable. Sólo el número escaso de los electos, de los más fuertes y de los más aptos, está en condiciones de sostener victoriosamente esa competencia; la gran mayoría de los competidores desgraciados debe perecer necesariamente.

»Que se deplore esa fatalidad trágica, está bien; pero no se puede ni negarla ni variarla. ¡Todos son los llamados; pocos son los elegidos!

»La selección, la elección de estos elegidos está necesariamente ligada a la derrota o a la pérdida del gran número de seres que son sobrevividos. Por eso, otro hombre de ciencia inglés ha llamado al principio fundamental del darwinismo "la supervivencia de los más aptos, la victoria de los mejores".

»En todo caso, pues, el principio de la selección no es, en manera alguna, democrático; es más bien fundamentalmente aristocrático. Si entonces el darwinismo llevado a sus últimas consecuencias tiene, —según Virchow—, "un lado extremadamente peligroso" para el hombre político, consiste esto, sin duda, en que favorece las aspiraciones aristocráticas.»

* * *

{8} He copiado in extenso esta argumentación de Haeckel, porque es precisamente —con diverso tono y con expresiones más o menos precisas y elocuentes— la que repiten aquellos adversarios del socialismo que gustan de asumir actitudes científicas y se sirven —para comodidad en la polémica— de las frases hechas que, hasta en la ciencia misma, tienen más curso de lo que parece.

Sin embargo, es fácil demostrar cómo, en este debate, la mirada de Virchow ha sido más segura y más límpida, desde que la historia de los últimos veinte años ha venido a darle plenamente la razón.

Ha sucedido, en efecto, que el darwinismo y el socialismo han progresado juntos con una maravillosa fuerza de expansión, conquistando el uno para su doctrina fundamental la unanimidad de los naturalistas, y continuando el otro en su difusión —tanto en sus aspiraciones generales como en su disciplina política— por todos los poros de la conciencia social, como inundación torrencial de territorios enteros determinada por el aumento diario del malestar material y moral, o como infiltración lenta, capilar, irrevocable en los cerebros más despreocupados y menos serviles del interés personal de la ortodoxa ruindad.

{9} Ahora bien, así como las teorías políticas o científicas son fenómenos naturales como cualesquiera otros y no el adorno caprichoso y efímero del albedrío individual de quien las inicia y las propaga, así también es evidente que si ambas corrientes del pensamiento moderno han podido, juntas, vencer las primeras y más fuertes oposiciones del misoneísmo científico y político, y si juntas aumentan día a día la falange de sus conscientes partidarios, esto significa por sí solo —casi diré por una ley de simbiosis intelectual— que no son ni inconciliables ni contradictorias entre sí.

Pero, por otra parte, los tres argumentos principales a que, en substancia, se reduce el raciocinio antisocialista de Haeckel, no resisten ni a la crítica más elemental de las nociones científicas, ni a la observación más superficial de la vida ordinaria.

1º El socialismo tiende a una quimérica igualdad de todos y de todo, el darwinismo, por el contrario, no sólo comprueba, sino también explica las razones orgánicas de la natural desigualdad de los hombres en sus aptitudes, y por lo tanto, en sus necesidades.

2º En la vida de la humanidad, como en la de las plantas y de los animales, la inmensa mayoría {10} de los nacidos está destinada a sucumbir, porque sólo una pequeña minoría queda vencedora en la «lucha por la vida». El socialismo, por el contrario, pretende que todos deben vencer en esa lucha y nadie debe sucumbir en ella.

3º La lucha por la vida asegura «la supervivencia de los mejores y de los más aptos» y sigue más bien un procedimiento aristocrático de selección individualista, que la democrática nivelación colectivista del socialismo.

* * * * *

II. LA IGUALDAD ENTRE LOS HOMBRES.

La primera de estas objeciones opuestas al socialismo en nombre del darwinismo, carece en absoluto de base.

Si fuese cierto que el socialismo aspira a la igualdad de todos los hombres, nada sería más exacto: el darwinismo lo condenaría irrevocablemente.

Pero aun cuando, todavía hoy, muchos de buena fe, como oyentes que repiten las frases hechas, o de mala fe, por habilidad polemista, sostengan que socialismo es sinónimo de igualdad y de nivelación, la verdad es, por el contrario, que el {11} socialismo científico (es decir, aquel que se inspira en la teoría de Marx y que es el único que hoy merezca ser sostenido o atacado) no niega para nada la desigualdad de los hombres, ni la de los demás seres vivientes, desigualdad innata y adquirida, física y moral.

Sería como decir que el socialismo pretende, por ejemplo, que por decreto del rey o del pueblo se establezca que: «¡De hoy en adelante, todos los hombres tendrán un metro y setenta centímetros de estatura! . . . »

Pero el socialismo es algo más serio y menos fácil de combatir.

Y el socialismo dice: Los hombres son desiguales, pero son hombres.

Y así, aun cuando todo individuo humano nazca y se desarrolle de una manera más o menos distinta de los demás (porque así como en una selva no hay dos hojas idénticas, en todo el mundo no existen dos hombres perfectamente iguales), todo hombre, por el simple hecho de ser un hombre, debe tener asegurada una existencia de hombre y no de ilota o de bestia de carga.

Nosotros también sabemos que no todos los hombres pueden llevar a cabo el mismo trabajo, ahora que las desigualdades sociales aumentan las desigualdades naturales; ni lo podrán tampoco {12} bajo el régimen socialista, cuando la organización social tienda, al contrario, a atenuar las desigualdades congénitas.

Siempre habrá quien tenga un cerebro y una musculatura más aptos para la labor científica o artística y quien para un trabajo manual, o de precisión mecánica, o de esfuerzo agrícola, etc.

Pero lo que no debería haber y que no habrá, es hombres que no trabajen nada, y otros que trabajen mucho o muy mal recompensados.

No es esto sólo: el colmo de la injusticia y de lo absurdo es que, ahora, el que no trabaja tiene las recompensas mayores, que le asegura el monopolio individual de la riqueza, acumulable por transmisión hereditaria; riqueza que en el menor número de los casos se debe a los sacrificios de ahorro y de privaciones inhumanas del actual poseedor, o de algún antepasado laborioso; y que casi siempre es fruto secular de espoliaciones por conquista militar, por comercio poco decoroso o por favoritismo de los soberanos; siempre y de todos modos independiente de cualquier esfuerzo, de cualquier trabajo socialmente útil por parte del heredero, a menudo dilapidador veloz en las varias formas del ocio más o menos barnizado de una vida tan vacía cuanto brillante en apariencia.

{13} Y si no se trata de riqueza heredada, se trata de riqueza defraudada. Aparte del mecanismo económico de que hablaré después, revelado por Carlos Marx, y por el cual, aun fuera del fraude, el capitalista o propietario puede acumular normalmente, sin trabajar, una renta o una ganancia; aparte de esto, digo, es un hecho que los patrimonios más rápidamente acumulados o engrosados ante nuestros ojos, no son ni pueden ser fruto del trabajo honrado.

El trabajador realmente honrado, y por lo tanto infatigable y económico, que llega a elevarse de la condición de asalariado a la de jefe de fábrica o empresario, podrá acumular en una larga existencia de privaciones, cuando más algunos miles de liras. Por el contrario, aquellos que sin descubrimientos industriales debidos a su genio, reúnen millones en pocos años, no pueden ser más que negociantes poco escrupulosos, aparte algún caso excepcional de un honrado golpe de fortuna. Y esos son los que —parásitos de los Bancos y los negocios públicos— viven como señores, cubiertos de condecoraciones carnavalescas y de honores oficiales . . . premio a sus buenas acciones.

Y viceversa, los que trabajan, que son la inmensa mayoría, no tienen más recompensa que {14} un alimento y una habitación que bastan apenas para no dejarlos morir de hambre cruel, y cuyos fondines, cuyos desvanes, cuyas callejuelas infectas en las grandes ciudades, o cuyas casuchas en la campaña, no se admitirían ni para caballerizas ni para establos! . . .

Y esto sin agregar los desesperados espasmos de la desocupación forzada, que es uno de los tres síntomas más dolorosos y más crecientes de esa igualdad en la miseria que se propaga por el mundo económico en Italia y, más o menos, en todas partes.

Hablo del inmenso ejército de los desocupados entre los operarios agrícolas e industriales, de los abandonados entre la pequeña burguesía, de los expropiados por impuestos, deudas o usura entre la pequeña propiedad.

No es verdad, pues, que el socialismo pida para todos los ciudadanos una igualdad material y positiva de trabajo y de placeres.

La igualdad puede, solamente, asumir la forma de la obligación de todo hombre a trabajar para vivir, asegurándose a todo individuo las condiciones de existencia humana, en cambio de la labor dada a la sociedad.

La igualdad entre los hombres según el socialismo —como decía Malon— debe entenderse por lo tanto en un doble sentido relativo.

{15} 1º Que todos los hombres, como tales, tengan aseguradas las condiciones de existencia humana.

2º Que, por consiguiente, los hombres sean iguales en el punto de partida de la lucha por la existencia, para que cada uno desarrolle libremente su personalidad, en igualdad de condiciones sociales.

* * *

Ahora, el niño que nace sano y robusto, pero pobre, tiene que sucumbir en la competencia con el niño nacido débil, pero rico.

Esta es precisamente la radical e inmensa transformación que no sólo pide el socialismo, sino que indica y prevé como evolución ya comenzada en la humanidad presente —y necesaria, fatal, en la humanidad próxima futura—.

Transformación que consiste en la conversión de la propiedad privada o individual de los medios de producción, es decir, de la base física de la vida humana (tierra, minas, casas, fábricas, máquinas, instrumentos de trabajo, medios de transporte) en propiedad colectiva o social, según los métodos y procedimientos de que debo ocuparme más adelante.

Entretanto, queda demostrado que la primera objeción del raciocinio antisocialista no tiene consistencia alguna, sencillamente porque parte {16} de una premisa que no existe: es decir, supone que el socialismo moderno afirma y quiere una quimérica igualdad física y moral de todos los hombres, en que el socialismo científico y positivo no sueña siquiera.

Por el contrario, el socialismo afirma que esta desigualdad entre los hombres (que en una organización social mejor deberá atenuarse inmensamente, suprimiendo todos los defectos orgánicos y físicos que la miseria viene acumulando de generación en generación) no podrá desaparecer todavía, precisamente por las razones que el darwinismo ha descubierto en el misterioso mecanismo de la vida y en la sucesión sin fin de los individuos y de las especies.

En cualquiera organización social, como quiera que se imagine, siempre habrá hombres altos y bajos, débiles y fuertes, sanguíneos y nerviosos, más o menos inteligentes, en quienes prevalezca la musculatura o el cerebro; es bien que así sea, y además es inevitable.

Y es bien que así sea porque de la variedad y desigualdad de las aptitudes individuales, nace espontáneamente esa división del trabajo que el darwinismo señala como una ley, tanto de la fisiología individual como de la economía social.

{17} Todos los hombres deben vivir trabajando: pero cada uno debe hacer el trabajo que responda mejor a sus aptitudes, para evitar desperdicios perjudiciales de fuerza y también para que el trabajo no repugne, y hasta llegue a ser placentero y necesario como condición de salud física y moral.

Los hombres que han dado a la sociedad el trabajo que responde mejor a sus aptitudes innatas y adquiridas, son igualmente meritorios porque concurren por igual a esa solidaridad de labor por la que se determina justamente la vida del conglomerado social y, solidariamente, la de cada individuo.

El campesino que labra la tierra hace un trabajo más modesto en apariencia pero no menos necesario, útil y meritorio que el del obrero que construye una locomotora o del ingeniero que la perfecciona o del hombre de ciencia que lucha contra lo desconocido en un gabinete de estudio o en un laboratorio.

Lo esencial es que todos trabajen en la sociedad, así como en el organismo individual todas las células realizan sus diversas funciones, más o menos modestas en apariencia —por ejemplo entre las células nerviosas y las musculares y óseas— pero funciones y trabajos biológicos {18} igualmente necesarios y útiles para la vida del organismo entero.

Y como en el organismo biológico ninguna célula viva está sin trabajo, sino que toma su nutrición de la recompensa material en cuanto trabaja, así en el organismo social ningún individuo debe vivir sin trabajo, en cualquier trabajo que sea.

Y he aquí, ahora, cómo se desvanecen muchas de las dificultades artificiales que al socialismo oponen sus adversarios.

—¿Quién lustrará los botines bajo el régimen socialista? pregunta Richter en aquel libro suyo tan linfático que llega a la grotesca suposición de que, en nombre de la igualdad social, «el Gran Canciller» de la sociedad socialista, se vea obligado, antes de ocuparse de la cosa pública, a lustrarse los zapatos y a remendarse la ropa! De veras que si los adversarios del socialismo no tuviesen mejores argumentos, sería perfectamente inútil la discusión.

—Pero todos querrán hacer los trabajos menos fatigosos y más agradables —se dice con mayor apariencia de seriedad.

Y bien, volvemos a contestar que lo misma sería referirse desde ahora a un decreto que dijese:

{19} Desde hoy en adelante todos los hombres nacerán pintores o cirujanos.

Pero, justamente las variedades antropológicas de temperamento y de carácter son las que distribuirán, sin necesidad de regularización monacal (otra infundada objeción contra el socialismo), las diversas tareas intelectuales y manuales.

Decidle a un campesino de constitución mediana que vaya a estudiar la anatomía o el código penal; por el contrario, decid a quien tenga más desarrollado el cerebro que los músculos, que vaya a arar en vez de observar con el microscopio: uno y otro preferirán el trabajo para el cual estén mejor dispuestos.

Tampoco será tan grande el desorden de las profesiones como muchos lo indican fantásticamente, cuando la sociedad está ordenada según el régimen colectivista. Suprimidas las industrias de mero lujo personal —que tantas veces representa un indecoroso sarcasmo a la miseria de los más— la suma y la variedad de los trabajos se adaptará gradualmente, es decir, naturalmente, a la fase de la civilización socialista, como corresponde ahora a la fase de la civilización burguesa.

En el régimen socialista, cada cual tendrá {20} mayor libertad de consolidar y aplicar sus aptitudes propias, y no sucederá como ahora, que por falta de medios pecuniarios muchos campesinos y ciudadanos y pequeños burgueses, dotados de natural inteligencia, permanecen atrofiados, y se ven obligados a ser labradores, obreros o empleados, cuando podrían dar a la sociedad un trabajo diferente y más fecundo, como más adaptado a sus cualidades particulares.

Lo esencial está únicamente en que tanto el labrador como el profesional que dan su trabajo a la sociedad, tengan por ella aseguradas las condiciones de una existencia digna de seres humanos. Así será también suprimido el indigno espectáculo de que, por ejemplo, una bailarina sólo con sus piruetas, en una noche, gane lo que un hombre de ciencia o un profesional recibe en todo un año de trabajo, cuando no encarna a la miseria de levita.

Las bellas artes vivirán bajo el régimen socialista, porque el socialismo quiere que la vida sea dulce para todos —y no, como ahora, para algunos privilegiados— y dará por lo tanto, grande, maravilloso impulso a todas las artes, aboliendo el lujo privado, pero favoreciendo el esplendor de los edificios y de las reuniones públicas.

Pero, entretanto, serán más respetadas las {21} proporciones de la recompensa asegurada a cada uno en razón de los trabajos realizados. Proporciones que también se disminuirán, disminuyendo el tiempo de trabajo en razón de su rudeza o de su peligro; así, si un campesino pudiera trabajar siete u ocho horas diarias al aire libre, un minero debería trabajar tres o cuatro. En efecto, cuando todos trabajen y se hayan suprimido muchos trabajos improductivos, la suma total de cuotidiana labor, repartida entre los hombres, será mucho menos pesada y más soportable (con la mejor alimentación y habitación y con la distracción asegurada) de lo que hoy lo es por aquellos que trabajan y que son tan mal recompensados; mas no hay que considerar esto sólo, sino también que los progresos de la ciencia aplicada a la industria, harán cada vez menos fatigosa la labor humana.

Por eso el trabajo mismo será buscado espontáneamente por todos, a pesar de la falta de salario o remuneración acumulable como riqueza privada; justamente porque el hombre sano, normal y bien alimentado, así como huye de un irabajo excesivo y mal recompensado, así también huye del ocio, sintiendo una verdadera y propia necesidad fisiológica y psíquica de diaria ocupación correspondiente a sus aptitudes.

{22} Lo vemos, en efecto, diariamente en la clase ociosa que busca en las varias formas, más o menos fatigosas, del sport, cómo sustituir el trabajo productivo, justamente como necesidad fisiológica para evitar los perjuicios del ocio absoluto y del aburrimiento.

El problema difícil consistirá, después, en proporcionar la recompensa del trabajo hecho por cada uno. Y es sabido que el colectivismo adopta la fórmula:

«A cada uno en relación con el trabajo realizado»

mientras que el comunismo adopta la otra:

«A cada uno según sus necesidades».

Nadie podrá decir á priori cómo será resuelto este problema en sus detalles prácticos; pero esta imposibilidad de profetizar el porvenir en sus detalles, se opone sin razón al socialismo para tratarlo de irrealizable utopía. Nadie habría podido profetizar á priori, en el alboreo de ninguna civilización, sus desenvolvimientos sucesivos, según lo diré después, al hablar de los métodos de renovación social.

Lo que, en cambio, podemos decir con plena seguridad, por las inducciones más acertadas de la psicología y de la sociología, es esto:

{23} Es innegable, como lo reconoció también Carlos Marx, que esta segunda fórmula —que para algunos es lo que distingue al anarquismo (teórico y platónico) del socialismo— representa un ideal ulterior y más complicado. Pero es también innegable que, de todas maneras, la fórmula del colectivismo representa una fase de evolución social y de disciplina individual que deberá necesariamente preceder a la del comunismo.

¡No hay que creer que con el socialismo la humanidad vaya a realizar completamente todos los ideales posibles, y que después no le quede nada que desear ni que conquistar! . . .

La posteridad estaría condenada al ocio y la vagancia si pretendiéramos agotar todos los posibles ideales humanos.

El individuo o la sociedad que no tienen ya un ideal por qué combatir, están muertos o moribundos. La fórmula del comunismo podrá, pues, ser un ideal ulterior que conquistar, cuando el colectivismo haya llegado a su completa acción por los procedimientos históricos de que me ocuparé más adelante.

Pero, por ahora, volviendo a Darwin, queda, pues, eliminada la pretendida contradicción entre el socialismo y el darwinismo, a propósito de la igualdad de todos los hombres en que no sueña {24} el socialismo y que tampoco quiere, darwinianamente.

Así se contesta también a la repetidísima objeción de que el socialismo quiere sofocar y suprimir la personalidad humana bajo la uniforme capa de plomo de la colectividad, reduciendo al individuo a la función monástica de una de tantas abejas de la colmena social.

Es precisamente lo contrario.

En efecto, es evidente que la atrofia y la pérdida de tantas personalidades que podrían surgir con mucha mayor ventaja propia y de los demás, ocurren ahora, en la actual organización burguesa, en que cada hombre —salvo raras excepciones de las individualidades más sobresalientes— cuenta por lo que tiene y no por lo que es.

El que nace pobre —claro que sin tener la culpa— puede haber salido de la naturaleza siendo un genio artístico o científico, pero si no tiene patrimonio propio que le facilite el modo de triunfar en las primeras batallas por la vida y de completar su cultura, o si el pastor Giotto no tiene la suerte de encontrarse con el rico Cimabue . . . entonces esa inteligencia tiene que ir a apagarse en la inmensa cárcel de los asalariados, y la misma sociedad pierde tesoros de fuerza intelectual.

En cambio, el que nace rico, sin que en ello {25} tenga parte, puede ser un microcéfalo o un fatuo cualquiera; pero está cierto de que llegará al escenario del teatro social, y que todos los serviles serán para él pródigos en elogios y caricias, y sólo porque tiene dinero, creerá ser diferente de lo que es.

Por el contrario, con la propiedad colectiva, es decir, bajo el régimen socialista —teniendo cada individuo aseguradas sus condiciones de vida— el trabajo diario no servirá sino para sacar a luz las aptitudes especiales, más o menos geniales de cada hombre, y los años mejores y más fecundos de la vida no serán, así, consumidos como ahora en la conquista desesperada, espasmódica y envilecedora del pan de cada día.

En el socialismo tendrán todos, con la seguridad de una existencia humana, la verdadera libertad de desarrollar y manifestar su propia personalidad física y moral, tal como se tuvo al nacer, en la infinita variedad y desigualdad antropológica, que el socialismo no niega pero que quiere ver mejor encaminada hacia el libre y fecundo desenvolvimiento de la vida humana.

* * * * *

III. LOS VENCIDOS EN LA LUCHA POR LA VIDA.

La segunda contradicción que se señala entre socialismo y darwinismo es, que mientras por el darwinismo se demuestra cómo la inmensa mayoría de los nacidos —entre las plantas, los animales, los hombres— está destinada a sucumbir, porque sólo una pequeña minoría queda vencedora en la «lucha por la vida», por el socialismo se pretende al contrario que todos triunfen de esa lucha y nadie sucumba en ella.

Varias son las respuestas que pueden darse.

La primera es que en el mismo campo biológico de la lucha por la vida, la desproporción entre los individuos nacidos y los sobrevivientes va atenuándose progresivamente según se pasa de los vegetales a los animales y de los animales al hombre.

Además, esa ley de desproporción decreciente entre «llamados» y «elegidos» sirve también para las diversas especies de un mismo orden natural.

En efecto, en el orden vegetal, cada individuo genera cada año un número desmesurado de semillas, de las que sólo sobrevive una parte {27} infinitesimal. En el orden animal, disminuye el número de los que nacen de cada individuo, y aumenta el número de los sobrevivientes. En el orden humano, entretanto, es mínimo el número de nacidos que cada individuo puede generar, pero sobrevive la mayor parte.

No es esto sólo; en el orden vegetal como en el animal y en el humano, las especies inferiores y más sencillas, las razas y las clases menos elevadas, son las que tienen en sus individuos mayor abundancia generadora y más rápida generación en cambio de menor longevidad en los individuos.

Un helecho produce millones de esporos y vive poco tiempo, mientras que una palmera da pocas docenas de semillas por año, y tiene vida secular.

Un pez produce muchos millares de huevos, mientras que el elefante y el chimpancé tienen pocos hijos y viven muchos años.

Entre los hombres, las razas salvajes son más prolíficas y tienen escasa longevidad, mientras que las razas civilizadas tienen escasa natalidad y longevidad mayor.

De modo que, aun permaneciendo en el terreno exclusivamente biológico, es evidente que la proporción de los vencedores en la «lucha por la {28} vida» aumenta cada vez más sobre el total de los nacidos, según se pasa de los vegetales a los animales, de los animales a los hombres, y según se vaya de la especie o variedad inferior a las razas o variedades superiores.

La misma férrea ley de la lucha por la vida, va, pues, disminuyendo la hecatombe de los vencidos, tanto cuanto se elevan complicándose y perfeccionándose las formas de esa misma vida.

Sería, pues, un error oponer, sin más razón, el socialismo a la ley darwiniana de la selección natural, tal como se manifiesta en las formas primitivas de la vida, sin tener en cuenta su continua atenuación al pasar de los vegetales a los animales, de los animales al hombre, y en la misma humanidad, de las razas primitivas a las razas más adelantadas.

Así, pues, representando el socialismo una fase de progreso ulterior en la vida de la humanidad, no puede en manera alguna oponérsele una interpretación tan grosera e inexacta de la ley darwiniana.

* * *

Cierto es que los adversarios del socialismo han abusado de la ley darwiniana o mejor dicho de esa interpretación «brutal», para intentar una justificación a la moderna competencia {29} individualista, que demasiado a menudo se convierte en una forma disimulada de antropofagia, y hace propia del estado social presente, aquella condición del homo homini lupus que Hobbes colocaba por el contrario en el supuesto estado natural del hombre, antes del contrato de convivencia social.

Pero el abuso de un principio científico no es la prueba de su falsedad, pues más bien sirve de aguijón para precisar más su índole y sus términos, y obtener su más exacta y completa aplicación práctica, como estoy haciéndolo en esta explicación de perfecta armonía entre socialismo y darwinismo.

He ahí por qué, en la primera edición de mi Socialismo y criminalidad, he sostenido que la lucha por la vida es ley innata de la humanidad, como de todos los seres vivientes, aunque cambie y se atenúe continuamente en sus formas.

Tal es aún mi pensamiento, contra el de algunos socialistas que creyeron mejor vencer esa objeción opuesta en nombre del darwinismo, afirmando que en la humanidad la «lucha por la vida» es una ley que debe perder todo valor y toda aplicación una vez realizada la transformación que el socialismo desea. La señalaban, pues, como una ley que, tiránica dominadora de todos {30} los seres, desde el microbio hasta el mono antropoide, debería extinguirse y caer inerte a los pies del hombre, como si él no fuese un eslabón indisoluble de la gran cadena biológica.

Yo, por el contrario, sostuve y sostengo que la lucha por la vida es ley inseparable de la existencia, y por lo mismo, de la humanidad; pero que, siendo siempre ley inmanente y continua, va transformándose en su contenido y atenuándose en sus formas.

En la humanidad primitiva, la lucha por la vida casi no se distingue de la que sostienen los demás animales: es la lucha brutal por el alimento cuotidiano o por la hembra —desde que hambre y amor son las dos necesidades fundamentales y los dos polos de la vida— y esa lucha se traba con sólo la fuerza muscular. En una fase ulterior, se agrega la lucha por la supremacía política (en el clan, en la tribu, en la aldea, en la comuna, en el estado) y se combate cada vez menos con los músculos, cada vez más con el cerebro.

En el período histórico, la humanidad greco-latina combate por la igualdad civil (abolición de la esclavitud); vence, mas no reposa, porque la vida es lucha; la humanidad de la Edad Media lucha por la igualdad religiosa, y la conquista, pero no se detiene; al terminar el pasado siglo, {31} lucha por la igualdad política. Y ahora la humanidad lucha por la igualdad económica, no en el sentido de igualdad material y absoluta, sino en el más positivo, que he explicado antes; y todo hace prever, con seguridad matemática, que esta lucha también se terminará para ceder su lugar a nuevas conquistas y a ideales nuevos para nuestros sucesores.

Y con el cambio sucesivo del significado o de los ideales de la lucha por la vida, continúa la progresiva atenuación de los métodos de lucha, que de violenta y muscular se torna más pacífica e intelectual, a pesar de las regresiones atávicas o las manifestaciones psico-patológicas de las violencias personales del individuo contra la sociedad y de la sociedad contra el individuo.

Sobre esta concepción mía —que recientemente ha tenido espléndida demostración en la obra genial de Novicow, quien ha desmentido, sin embargo, la lucha sexual—, sobre esta concepción, digo, volveré más ampliamente en el capítulo que trata del Porvenir moral de la humanidad, en la segunda edición de Socialismo y criminalidad.

Por ahora bástame agregar una respuesta a la objeción antisocialista: no sólo disminuye siempre la desproporción entre nacidos y sobrevivientes, sino que también la misma «lucha por {32} la vida» cambia de significado y se atenúa en sus modalidades a cada fase sucesiva de la evolución biológica y social.

Así, pues, el socialismo puede afirmar muy bien que deben asegurarse a todos los hombres las condiciones de una existencia de hombre —a cambio del trabajo dado a la colectividad—, sin tropezar por eso contra la ley darwiniana de la supervivencia de los vencedores en la lucha por la vida, y desde que es necesario interpretarla y aplicarla exactamente en sus varias manifestaciones a la vida progresiva de la humanidad, en relación a las épocas primitivas de ésta y en relación al orden inferior de vivientes vegetales y animales.

* * *

Por otra parte, el mismo socialismo, científicamente comprendido, no impide y no puede impedir que haya siempre en la humanidad vencidos en la lucha por la vida.

Este argumento se refiere más directamente a las relaciones entre socialismo y criminalidad, porque justamente los que sostienen que la lucha por la vida es ley caduca de la humanidad, afirman en consecuencia que el delito (forma anormal y antisocial de la lucha por la vida, así como el trabajo es la forma normal y social) {33} deberá desaparecer de la Tierra, y por eso se cree encontrar cierta contradicción entre el socialismo y las doctrinas de la antropología criminal sobre el delincuente nato, que también se derivan del darwinismo.

Reservando para otro lugar el más amplio desarrollo de esta cuestión, puedo, entretanto, resumir así mi pensamiento de antropólogo criminalista y de socialista al mismo tiempo:

Ante todo, la escuela criminal positiva se ocupa de la vida presente, y su mérito es incontestable por haber aplicado el método experimental al estudio del fenómeno criminal, deduciendo de él lo absurdo e hipócrita de los actuales sistemas penales basados en el concepto del libre albedrío y de la culpa moral, y aplicados en las cárceles de sistema celular, que llamé y llamo «una de las aberraciones del siglo XIX», para sustituirle por la simple segregación de los individuos inaptos para la vida social por condiciones patológicas congénitas o adquiridas, permanentes o transitorias.

Pero decir que con el socialismo desaparecerán todas las formas del delito, es una afirmación inspirada por generoso idealismo sentimental, mas no fundada en rigurosa observación científica.

{34} La escuela criminal positiva demuestra que el delito es un fenómeno natural y social —como la locura y el suicidio— determinado por la anormal constitución orgánica y psíquica del delincuente, junto con las influencias del ambiente físico y del ambiente social. Factores antropológicos físicos y sociales concurren siempre unidos indisolublemente a determinar cualquier delito, del más leve al más grave —como pasa en resumen con todo acto humano—; sólo que para cualquier delincuente y para cualquier delito es diversa la intensidad determinante de cada orden de factores.

Por ejemplo: en el asesinato cometido por celos o por alucinación, la acción más poderosa pertenece al factor antropológico, sin que por eso pueda excluirse la acción del ambiente físico y del ambiente social. Por el contrario, en el delito contra la propiedad, o también contra las personas, por furor de muchedumbre amotinada, o por alcoholismo, etc., la intensidad mayor es del ambiente social, sin que por eso pueda excluirse la influencia del ambiente físico y del factor antropológico.

El mismo raciocinio —completando el examen de la objeción antisocialista hecha en nombre del darwinismo— puede repetirse para las {35} enfermedades comunes, aunque, por otra parte, el delito pertenece también a la patología humana.

Cualquier enfermedad aguda o crónica, infecciosa o no, grave o ligera, es la resultante de la constitución antropológica del individuo y de las influencias del ambiente físico y social. Solamente que en las diversas enfermedades varía la intensidad determinante de las condiciones personales o del ambiente; la tisis o la cardiopatía por ejemplo, son enfermedades que dependen en grandísima parte de la constitución orgánica individual, aunque concurriendo a ella la complicidad del ambiente; pero la gota, o el cólera, o el tifus, o la caquexia palustre etc., dependen, por el contrario, de las condiciones sociales y físicas del ambiente más que de otra cosa. He ahí por qué la tisis hace estragos hasta entre las gentes acomodadas y, por lo tanto, bien alimentadas y mejor alojadas; mientras que el cólera hace el máximum de víctimas entre los mal alimentados, es decir, entre los pobres.

Es, entonces, evidente que con el régimen socialista de la propiedad colectiva que asegura a cada hombre las condiciones de existencia de hombre, disminuirán muchísimo, y quizá desaparezcan —con la ayuda de los continuos descubrimientos científicos y de la progresiva {36} previsión higiénica— las enfermedades determinadas en gran parte por las condiciones del ambiente y por la insuficiente alimentación y abrigo contra la intemperie; pero no por eso desaparecerán las enfermedades por traumatismo, la locura, las pulmonitis, etc.

Lo mismo debe decirse del delito: suprimida la miseria y las inicuas desigualdades de condiciones económicas, seguro es que por la falta directa del estímulo del hambre, aguda y crónica, por la indirecta influencia benéfica, física y moral de la mejor alimentación, y por la falta de ocasiones de abusar del poder o la riqueza, disminuirán muchísimo y desaparecerán esos delitos en gran parte ocasionales y que toman su mayor intensidad determinante del ambiente social. Pero, sin embargo, no desaparecerán, por ejemplo, los atentados contra el pudor por inversión sexual patológica, o los homicidios por epilepsia, o los hurtos por degeneración psicopatológica etc., etc.

Del mismo modo, con el socialismo se hará más extensa e intensa la cultura popular, desaparecerán los analfabetos, todo ingenio tendrá como desenvolverse y consolidarse libremente; pero no por eso desaparecerán los idiotas y los imbéciles por condición patológica hereditaria, {37} por más que también tenga benéfica influencia preventiva y alejadora sobre las degeneraciones congénitas (enfermedades comunes, delincuencia, locura, neurosis), la mejor organización económica y social, unida a la guía cada vez más clarovidente de la biología experimental, y por lo tanto de las más frecuentes abstenciones personales de procreación en los casos de enfermedad hereditaria.

Vale decir, en conclusión, que también en el régimen socialista —aunque en proporciones infinitamente menores— habrá siempre vencidos en la lucha por la vida, bajo la forma de débiles, de enfermos, de locos, de neuróticos, de delincuentes, de suicidas, y por consiguiente que el socialismo no niega la ley darwiniana.

Pero con la inmensa superioridad de que las formas epidémicas o endémicas de la degeneración humana, física y moral, serán completamente suprimidas con la eliminación de su fuente principal, que es la miseria física, y por lo tanto moral, de los más.

Así pues, aunque la lucha por la vida continúe siendo la eterna fuerza propulsora de la existencia social, se desenvolverá en formas cada vez menos brutales y más humanas o intelectuales, y por ideales cada vez más elevados, es decir, {38} de perfeccionamiento fisiológico y psíquico, sobre la base fecunda del pan cuotidiano para el cuerpo y para la mente, asegurado a todos los hombres.

* * *

A propósito de la «lucha por la vida» es preciso no olvidar otra ley del darwinismo natural y social, a la que algunos socialistas han dado excesiva y unilateral importancia, mientras que, por el contrario, muchos individualistas la han condenado a erróneo olvido: hablo de la ley de solidaridad entre los seres vivientes o de la misma especie, como entre los animales que viven en sociedad por la abundancia del común alimento (herbívoros) o también entre especies diversas, por ese fenómeno que los naturalistas llaman hoy de simbiosis, de acuerdo en la vida.

Es excesivo afirmar que en la naturaleza y en la sociedad la única ley imperante sea la lucha por la vida, como es excesivo decir que esa ley no rige para la humanidad. La verdad positiva es que la lucha por la vida es también ley eterna en el mundo humano, aunque se atenúe en las formas y se eleve en los ideales; pero al lado suyo, y más que ella, como determinante progresivamente eficaz de la evolución social, está la ley de la solidaridad o cooperación entre los seres vivientes.

{39} En las mismas sociedades animales, la ayuda mutua contra las fuerzas naturales adversas o contra especies vivas enemigas, tiene manifestaciones constantes y cada vez más intensas, que se desarrollan más en la especie humana, comenzando por las mismas tribus salvajes; y máxime en aquellas que, por condiciones favorables del ambiente, o sea por seguridad y abundancia de medios de subsistencia, presentan el tipo industrial o pacífico de sociedad humana, antes que el militar o batallador que demasiado predomina (justamente por la falta de seguridad e insuficiencia de los medios de vida) en la humanidad primitiva y en las fases de la civilización menor o regresiva; aunque, como lo ha demostrado Spencer, ese tipo tienda continuamente a ser sustituido por el tipo industrial.

Por eso, para permanecer en el mundo humano, mientras en los albores de la evolución social el predominio pertenece más a la ley de la lucha por la vida que a la ley de la solidaridad, a medida que la división del trabajo y por ella la connecesidad entre las partes crece en el organismo social, la lucha se atenúa y se transforma, y la ley de solidaridad y de cooperación adquiere un imperio progresivamente intenso y extenso. Y todo esto, siempre por la razón fundamental que {40} indicó Carlos Marx y que constituye su verdadero y grande descubrimiento científico, es decir, por la seguridad o inseguridad de las condiciones de existencia, y en primer término, entre ellas, la seguridad de la alimentación.

Tanto en la vida de un individuo como en la de varios individuos o de varias sociedades, puede comprobarse que cuando los medios de alimentación, base física de la existencia, están asegurados, la ley de solidaridad predomina sobre la de lucha, y viceversa. El infanticidio y el parricidio se consideran acciones no sólo lícitas sino debidas en el mundo salvaje, si la tribu vive en islas donde los alimentos escasean (Polinesia, etc.) y se convierten en acciones inmorales y delictuosas en los continentes donde el alimento es más abundante y seguro. Así del mundo actual, la falta de seguridad en el pan de cada día para la mayor parte de los hombres, recrudece y embrutece también las manifestaciones de la lucha por la vida, o de la «libre competencia» como dicen los individualistas.

Apenas la propiedad colectiva asegure a cada hombre las condiciones de existencia, prevalecerá indudablemente la ley de solidaridad.

Lo que hoy sucede en pequeño y por excepción en la familia que, mientras sus negocios {41} marchan bien y tiene asegurado el pan cuotidiano, se halla en perfecto acuerdo y pronta a la mutua benevolencia, para dejar que intervengan el desacuerdo y la lucha, apenas la miseria asoma, sucede también en grande en la sociedad entera, y sucederá como regla constante en cualquier mejor organización futura.

Tal será la conquista, y tal, lo repito, es la interpretación más completa y más fecunda que debe darse con el socialismo a las inexorables leyes naturales descubiertas por el darwinismo.

* * * * *

IV. LA SUPERVIVIENCIA DE LOS MÁS APTOS.

La tercera y última objeción del raciocinio haeckeliano, mientras es exacta en sus términos técnicamente biológicos y darwinianos, carece de base en la aplicación que de ella quisiera hacerse en el campo social contra el socialismo.

Se dice: la lucha por la vida asegura la supervivencia de los mejores y de los más aptos, y sigue por lo tanto un procedimiento aristocrático de selección individualista antes que la democrática nivelación colectivista del socialismo.

Comencemos, una vez más, por precisar bien {42} en qué consiste la famosa selección natural, fruto innegable de la lucha por la vida.

La expresión repetida por Haeckel y por tantos otros de «supervivencia de los mejores y más aptos» debe ser corregida en el sentido de suprimir la palabra mejores. Esto representa un resto de aquella teología por la cual se admitía en la naturaleza y en la historia un punto final a que alcanzar mediante un mejoramiento continuo.

Por el contrario el socialismo, y más aún la teoría de la evolución universal, ha excluido todo finalismo del pensamiento moderno y de la interpretación de los fenómenos naturales: la evolución comprende también la involución y la disolución. Puede ser, y es, que en el resultado final, comparando los dos extremos del camino de la humanidad, se halle que realmente hubo una mejoría poderosa; pero de cualquier manera, esta no va en línea recta ascendente, si no, como dice Goethe, siguiendo una espiral, con ritmos parciales de progreso y de regreso, de evolución y de disolución.

Cualquier ciclo de evolución, tanto en la vida individual como en la vida colectiva, lleva consigo los gérmenes del correspondiente ciclo de disolución; y viceversa, con la putrefacción de la {43} forma ya agotada, se prepara en el laboratorio cierno nuevas evoluciones y nuevas formas de vida.

Por eso en el mundo social humano cada fase de civilización lleva consigo y desarrolla siempre los gérmenes de su propia disolución, de la que evoluciona una nueva fase de civilización —cambiando más o menos de asiento geográfico— en el ritmo eterno de la humanidad viviente. Las antiguas civilizaciones hieráticas del Oriente se disuelven y resurgen en el mundo greco-romano, reemplazado después por la civilización feudal y aristocrática de la Europa Central, disuelta a su vez por los excesos a que había llegado, como las civilizaciones anteriores, la sucede la civilización burguesa, más desarrollada en el mundo anglo-sajón. Pero ésta siente ya los calofríos de la fiebre de disolución, mientras nace y evoluciona la civilización socialista, que se esparcirá en mayor extensión del mundo que cada una de las civilizaciones anteriores.

* * *

No es, pues, exacto decir que la selección natural determinada por la lucha por la vida asegura la supervivencia de los mejores; la verdad es que asegura la supervivencia de los más aptos.

{44} Y la diferencia es grandísima, tanto en el darwinismo natural como en el social.

Indudablemente: la lucha por la vida determina la supervivencia de los individuos más adaptados al ambiente y al momento histórico en que viven.

Ahora bien, en el campo biológico natural, el libre juego de las fuerzas y de las condiciones cósmicas, determina precisamente una elevación de las formas vivas, desde el microbio al hombre.

En el campo humano, entretanto, de aquello que Spencer llama la cooperación superorgánica, la interferencia de otras fuerzas y de otras condiciones, determina a veces una selección al revés, disolutiva, que es siempre la supervivencia de los más aptos en un ambiente especial y en un momento histórico, pero que resiente justamente las condiciones viciadas —si lo son— de ese ambiente mismo.

Tal es la cuestión de las «selecciones naturales» que también interpretan inexactamente, de primera impresión, algunos socialistas y no socialistas, en el sentido de negar toda aplicabilidad de las teorías de Darwin a la sociedad humana.

Es sabido, en efecto, como se ha viciado la selección natural en la humanidad civil, con el {45} concurso de la selección militar, matrimonial y sobre todo económica.

El celibato que se impone hoy a los soldados, ejerce evidentemente una influencia perniciosa sobre la raza humana, porque deja en el hogar a los más débiles en la procreación, mientras expone a los jóvenes más sanos a la esterilidad transitoria, y, en las grandes ciudades, a los peligros de la sífilis, desgraciadamente no tan transitoria.

Así el matrimonio, perjudicado como está en la civilización presente por los intereses económicos, efectúa por regla general una selección sexual al revés, porque las mujeres defectuosas o degeneradas pero con buena dote, encuentran marido más fácilmente que las más robustas, del pueblo o burguesas, que están, sin dote, condenadas a esterilizarse en el celibato, o a perderse en la prostitución más o menos dorada.

En la vida social compleja es, pues, innegable la influencia de las actuales condiciones económicas, por las que el monopolio de la riqueza asegura a sus posesores el triunfo en la lucha por la vida, de tal modo que los ricos, aunque menos robustos, gozan de más larga existencia que los mal alimentados; mientras que por el trabajo inhumano, diurno y nocturno, impuesto a los hombres adultos y por el más desastroso {46} todavía que impone a las mujeres y a los niños el capitalismo moderno, se degradan cada vez más las condiciones biológicas de la gran masa de los proletarios.

A esto se agrega también ahora la selección moral al revés, por medio de la cual el capitalismo, en la lucha trabada con el proletariado, favorece la supervivencia de los serviles, mientras persigue y trata de extinguir a los individuos de carácter, menos dispuestos a soportar el juego de la actual organización económica.

La primera impresión determinada por la comprobación de estos hechos, conduce a negar que la ley darwiniana de la selección natural tenga aplicabilidad y valor alguno en el mundo humano.

Pero he sostenido y sostengo que esas selecciones sociales al revés, no sólo no contradicen la ley darwiniana, sino que constituyen un argumento ulterior en favor del socialismo, que, por ese lado, reclama precisamente, y determinará sin duda, un funcionamiento más benéfico de la misma ley inexorable de la selección natural.

En efecto, la ley darwiniana no es «la supervivencia de los mejores»; es solamente la de los «más aptos».

Ahora, es evidente que hasta los efectos {47} degenerativos producidos por la selección social, y especialmente por el más amplio campo de acción continua, en la organización económica actual, confirman hoy y siempre la supervivencia de los más adaptados a este mismo orden económico.

Si los vencedores en la lucha por la vida son los peores y los más débiles, no quiere decir que la ley darwiniana no encuentre aplicación; significa sólo que el ambiente está viciado, y en él, por lo tanto, sobreviven los que están más adaptados a él.

Así como en mis estudios de psicología criminal he tenido que comprobar muy a menudo que en las cárceles o en el mundo criminal quedan vencedores los delincuentes más feroces o más astutos, justamente porque son los más adaptados a ese ambiente viciado; así en el individualismo económico moderno vence quien menos escrúpulos tiene, y la lucha por la vida favorece a quien está más adaptado a un mundo en que el hombre vale por lo que tiene (sin que importe cómo lo ha tenido) y no por lo que es.

La ley darwiniana de la selección funciona, pues, en el mundo humano también; y el error de los que lo niegan proviene de confundir el actual ambiente y momento histórico (que toma el {48} nombre de burgués como el de la edad media se llamó feudal) con la historia entera de la humanidad, y no ver por lo tanto, que los innegables y desastrosos efectos de la actual selección social al revés, no son más que la confirmación de la ley darwiniana de la «supervivencia de los más aptos». La observación popular expresa ese hecho con el refrán de la botte da il vino che ha (la bota da el vino que tiene) y la observación científica lo explica con las necesarias relaciones biológicas entre un ambiente determinado y los individuos que nacen, luchan y sobreviven en él.

Pero esto, justamente, constituye un argumento decisivo en favor del socialismo. Salvándose el ambiente de los vicios que hoy lo enturbian a causa del desenfrenado individualismo económico, se corregirán también, necesariamente los efectos de la selección natural y social. En un ambiente física y moralmente sano, serán también sanos los individuos, más aptos y por lo mismo sobrevivientes.

La victoria en la lucha por la vida estará verdaderamente asegurada entonces a quien tenga mayores y más fecundas energías físicas y morales, y por lo tanto la organización económica colectivista, asegurando a cada hombre los {49} medios de subsistencia, deberá mejorar necesariamente la raza humana en lo físico y en lo moral.

* * *

Pero se añade: aunque se admite que el socialismo y la selección darwiniana marchan de acuerdo ¿no se ve que la supervivencia de los más aptos constituye un procedimiento aristocrático individualista que va contra la nivelación socialista?

Tenemos la respuesta, por una parte en la observación hecha más atrás sobre la libertad asegurada por el socialismo a todos los individuos —y no sólo a pocos privilegiados o afortunados como ahora— para afianzar y desarrollar su propia personalidad. El efecto de la lucha por la vida será entonces, verdaderamente, la supervivencia de los mejores, justamente porque en un ambiente normal la victoria está asegurada a los individuos más normales. Y entonces el darwinismo social no hará sino continuar y hacer más fecundo en bienes el darwinismo natural.

Pero, por otra parte, y contra la afirmación de una indefinida selección aristocrática, es preciso recordar otra ley natural que viene a completar ese ritmo de acciones y reacciones que determina justamente el equilibrio de la vida.

Es necesario agregar a la ley darwiniana de {50} las desigualdades naturales, la correlativa e inseparable de ella, que después de Morel, Lucas, Galton, De Candolle, Ribot, Spencer, Madame Royer, Lombroso, etc., fue puesta en su mayor evidencia por Jacoby.

La misma naturaleza que hace de la «selección» y de la elevación aristocrática una condición de progreso vital, restablece en seguida el equilibrio con una ley niveladora y democrática.

«De la inmensidad humana surgen individuos, familias, razas que tienden a elevarse sobre el nivel común; trepan por las alturas escarpadas, llegan a la cumbre del poder, de la riqueza, de la inteligencia, del genio, y una vez llegados se precipitan abajo y desaparecen en los abismos de la locura o de la degeneración. La muerte es la gran niveladora; aniquilando todo cuanto se eleva, democratiza la humanidad».

Todo lo que tiende a constituir un monopolio de las fuerzas naturales, choca contra la ley suprema de la naturaleza que ha dado a todo viviente el uso y la disposición de los agentes naturales: el aire y la luz, como el agua y la tierra.

Todo lo que se aleja muy abajo o muy arriba del término medio humano —que varía elevándose de época en época, pero que tiene valor absoluto en cada momento histórico—, no es vivaz, y se apaga.

{51} Tanto el cretino como, el genio, el hambriento como el millonario, el enano como el gigante, son monstruos naturales o sociales, y la naturaleza los hiere inexorable con la degeneración o la esterilidad. Estirpes aristocráticas, dinastías de soberanos, familias de genios artísticos o científicos, prole de millonarios . . . todas siguen la ley común que viene a confirmar las inducciones, igualitarias en ese sentido, de la ciencia y del socialismo.

* * * * *

V. SOCIALISMO Y CREENCIAS RELIGIOSAS.

Así, pues, ninguna de las tres pretendidas contradicciones entre darwinismo y socialismo, afirmadas por Haeckel y repetidas por tantos otros, resiste a un examen más sereno y sincero de las leyes naturales que toman su nombre del de Carlos Darwin.

Pero quiero agregar que el darwinismo no sólo no contradice al socialismo, sino que más bien constituye una de sus premisas científicas fundamentales, como también, según lo veía acertadamente Virchow, que el socialismo no es, por una parte, más que la lógica y vivaz filiación del darwinismo, como por otra parte lo es del evolucionismo spenceriano.

* * *

{52} La teoría de Darwin, quiérase o no, al demostrar que el hombre desciende de los animales, ha dado un grave golpe a la creencia en Dios, creador del universo y del hombre con un fiat especial. Y es por eso que las más encarnizadas oposiciones y las únicas que sobreviven contra su inducción fundamental, han sido y son promovidas en nombre de la religión.

Cierto es que Darwin no se dice ateo y que no lo es Spencer; y en rigor, tanto la teoría de Darwin como la de Spencer pueden conciliarse con la creencia en Dios, porque se puede admitir que Dios haya creado la materia y la fuerza, y éstas se hayan desenvuelto luego en formas sucesivas, siguiendo el impulso creador inicial. Pero es innegable, sin embargo, que esas teorías que han hecho cada vez más inflexible y universal la idea de la causalidad natural, caen inevitablemente a la negación de Dios, porque contra esa idea queda siempre la pregunta de: —Y a Dios ¿quién lo ha creado? —Y a la respuesta de expediente de que Dios ha existido siempre, se le opone la misma, diciendo que siempre ha existido el universo. —Según la observación de Ardigó, el pensamiento humano no puede concebir que la cadena que va de los efectos a las causas pueda detenerse en un punto dado convencional.

{53} Dios, como decía Laplace, es una hipótesis de que no ha menester la ciencia positiva y que, cuando más, según Herzen, es una X que resume en sí, no ya lo incognoscible —como dicen Spencer y Dubois-Reymond— sino todo lo que no es conocido todavía por la humanidad. Y es, por lo tanto, una X variable, que se restringe y retrocede a medida que avanzan los descubrimientos de la ciencia.

Y he ahí por qué la ciencia y la religión proceden en razón inversa, la una debilitándose y atrofiándose tanto cuanto la otra se extiende y refuerza en la lucha contra lo desconocido.

Ahora bien, si éste es uno de los efectos del darwinismo, es evidentísima su repercusión sobre el desarrollo del socialismo.

Suprimida la fe en ultratumba, donde los pobres serían los elegidos del Señor, y la miseria de este «valle de lágrimas» encontraría eterna compensación en el paraíso, es natural que se reavive el deseo de un poco de «paraíso terrestre» también para los miserables y los menos afortunados, que son los más sobre la Tierra.

También fuera del socialismo, Hartmann y Guyau han notado que la evolución de las creencias religiosas se realiza en el sentido de {54} que mientras todas las religiones tienen en sí la promesa de la felicidad, las primitivas admiten la realización de esa felicidad en la vida misma del individuo, de donde las sucesivas la transportaron por exceso de reacción, a ultratumba, y en la fase definitiva esa realización de la felicidad se repone nuevamente en la vida humana, pero no ya en el breve instante de la existencia individual, sino en la permanente evolución de la humanidad entera.

Así, pues, el socialismo también por este lado, se acerca a la evolución religiosa y tiende a sustituirla, porque justamente quiere que la humanidad tenga en sí misma el «paraíso terrestre» sin esperarlo en un más allá que, cuando menos, es muy problemático.

Y he ahí por qué muchos han notado que el movimiento socialista tiene, por ejemplo, muchos caracteres semejantes a los del primitivo cristianismo, hasta por el ardor de la fe en el que ha desertado del árido campo del escepticismo burgués: tanto que varios hombres de ciencia, hasta no socialistas, como Wallace, Laveleye, De Roberty etc., admiten que el socialismo puede sustituir perfectamente con su fe humanitaria la fe ultraterrestre de las viejas religiones.

Pero las relaciones más directas y eficaces son {55} siempre, sin embargo, las que existen entre el socialismo y la creencia en Dios.

Cierto es que el socialismo marxista, después del Congreso de los socialistas en Erfurt (1891) declara justamente que las creencias religiosas son asunto de la conciencia privada, y que por lo tanto el partido socialista combate toda forma de intolerancia religiosa, sea contra católicos, sea contra judíos, como yo sostuve también en un artículo contra el antisemitismo. Pero esa superioridad de miras no es, en substancia, más que el efecto de la seguridad de la victoria final.

Justamente porque el socialismo sabe y prevé que las creencias religiosas, si no como fenómenos patológicos de la psicología humana, como las calificó Serbi, seguramente como inútiles fenómenos de incrustación moral, están destinadas a atrofiarse ante la divulgación de la cultura naturalista, aunque sólo sea elemental; justamente por eso el socialismo no siente la necesidad de combatir de una manera especial las mismas creencias religiosas, destinadas a perecer. Y eso aunque sepa que una de las fuerzas más poderosas en favor suyo, es justamente la falta o la disminución de la creencia en Dios, por medio de la cual los sacerdotes de todas las religiones y en todas las fases históricas, han sido los más {56} fuertes aliados de las clases dominantes, al mantener a las turbas subyugadas por la fascinación religiosa, como las fieras bajo el látigo del domador.

Y he ahí por qué los conservadores más clarovidentes, aunque sean ateos por su cuenta, lamentan que el sentimiento religioso —ese narcótico preciocísimo— vaya decayendo entre las masas, entendiéndolo ellos, utilitaria y farisaicamente (aunque no lo digan) como un instrumento de dominación política.

Desgraciadamente, sin embargo, —o afortunadamente— el sentimiento religioso no puede restablecerse por decreto de rey ni de presidente de república. Se va extinguiendo, no por culpa de éste o del otro, y sin necesidad de propaganda especial, porque está en el aire que respiramos —preñado de inducciones científicas experimentales— que no encuentre ya las condiciones de existencia que hallaba tan favorables en la ignorancia mística de los siglos pasados.

Y queda así demostrada la directa influencia de la ciencia positiva moderna —que sustituye el concepto de la causalidad natural al del milagro y de la divinidad—, en el desarrollo rapidísimo y en las bases experimentales del socialismo contemporáneo.

* * * * *

{57}

VI. EL INDIVIDUO Y LA ESPECIE.

El segundo punto que demuestra la filiación directa del socialismo científico del darwinismo, está en el diverso modo de concebir al individuo con relación a la especie.

El siglo XVIII se cerraba con la glorificación exclusiva del individuo, del hombre —como entidad por sí estante— y no era, en las obras de Rousseau, más que un benéfico exceso de reacción contra las tiranías política y sacerdotal de la Edad Media.

Es consecuencia directa de este individualismo, el artificialismo político de que he de ocuparme en seguida, al estudiar las relaciones de la teoría de la evolución con el socialismo, y que es común tanto a los gobernantes del sistema burgués cuanto a los anarquistas individualistas, desde que unos y otros creen que la organización social puede cambiarse de hoy a mañana por el golpe mágico de un artículo de ley o por la explosión más o menos homicida de una bomba.

Por el contrario, la biología moderna ha cambiado radicalmente ese concepto del individuo y ha demostrado en su campo y en el de la {58} sociología que, por una parte, el individuo no es más que el conjunto de elementos vitales más simples, y por otra parte que el individuo por sí estante (selbstwesen dirían los alemanes) no existe, sino que existe sólo en cuanto es parte de una sociedad (gliedwesen).

Todo lo que vive es una asociación; una colectividad.

La misma mónada, la misma célula viviente, que es la expresión irreductible de la individualidad biológica, es un compuesto de diversas partes, cada una de las cuales, a su vez, está compuesta de moléculas, que están compuestas de átomos.

El átomo sólo existe como individuo, pero el átomo es invisible e impalpable, y el átomo no vive.

Todo cuanto vive es una asociación, una colectividad.

Y a medida que se asciende en la serie zoológica hasta el hombre, aumenta más y más la complexidad del compuesto, la federación de las partes.

Porque así como a la metafísica del individualismo corresponde el artificialismo jacobino, unificador y uniformador, así a la positividad del socialismo corresponde el concepto del federalismo nacional e internacional.

{59} Como el organismo de un mamífero no es más que una federación de tejidos, de órganos, de aparatos, el organismo de una sociedad no puede ser sino una federación de comunas, de provincias, de regiones, y el organismo de la humanidad una federación de naciones.

Y como sería absurdo concebir un mamífero que debiera mover por ejemplo la cabeza uniformemente con las extremidades y éstas todas juntas, así también es absurda una organización política y administrativa en la que, por ejemplo, la última provincia del norte o de la montaña, debiese tenerlos mismos engranajes burocráticos, la misma red de leyes, los mismos movimientos de la última provincia del sur o de la llanura, por amor a la simétrica uniformidad que es la expresión patológica de la unidad.

Dejando de lado estas consideraciones políticas —según las cuales, como he dicho en otra parte, la única organización posible para Italia como para cualquier otro país, me parece ser la unidad política en el federalismo administrativo—, queda evidenciado que al final del siglo XIX, el individuo como entidad estante por sí, se encuentra destronado en el campo de la biología y en el de la sociología.

{60} El individuo existe; pero sólo en cuanto forma parte de un compuesto social.

Robinson Crusoe —la genuina expresión del individualismo— no puede ser sino una leyenda o un caso patológico.

La especie —esto es, el compuesto social— es la grande, viva y eterna realidad de la vida, como lo ha demostrado el socialismo y como lo confirman todas las ciencias positivas, desde la astronomía hasta la sociología.

Así, mientras al final del siglo XVIII Rousseau decía que sólo el individuo existe, y que la sociedad es un producto artificial del «contrato», y añadía —atribuyendo (como antes Aristóteles al hablar de la esclavitud) carácter humano permanente a las manifestaciones transitorias del momento histórico de putrefacción del antiguo régimen en que él vivió— que la causa de todos los males era la sociedad, pues todos los individuos nacían buenos e iguales; así, por el contrario, al fin del siglo XIX todas las ciencias positivas están acordes en decir que la sociedad, el compuesto, es un hecho natural e invencible de la vida, así en las especies vegetales como en las animales, desde las primeras «colonias animales» (zoófitos), hasta la sociedad de las mamíferos (herbívoros) y del hombre.

{61} Y todo aquello que el individuo tiene de mejor en sí, lo debe justamente a la vida social, por cuanto cada fase de evolución está caracterizada por condiciones patológicas y finales de putrefacción social que son, sin embargo, esencialmente transitorias y preludian fatalmente un nuevo ciclo de renovación social.

Si el individuo pudiera vivir como tal, viviría obedeciendo a una sola de las dos necesidades e instintos fundamentales de la existencia: la alimentación —esto es, la conservación egoísta del organismo propio, mediante esa primordial función que ya Aristóteles señalaba con el nombre de ctesis—, de conquista de la comida.

Pero todo individuo debe vivir en sociedad, justamente porque se le impone la segunda necesidad e instinto fundamental de la vida, la reproducción de seres semejantes a él, para conservación de la especie, y de esa vida de relación y reproducción (sexual y social) es que nace precisamente el sentido moral o social, por el cual aprende el individuo no solo a existir sino a coexistir con sus semejantes.

Puede decirse, pues, que estos dos instintos fundamentales de la vida —pan y amor— llenan una función de equilibrio social en la vida de los animales, y especialmente del hombre.

{62} El amor es, para el mayor número de los hombres, la principal dispersión fisiológica y primera de las fuerzas acumuladas, más o menos abundantes, con el pan cuotidiano, y economizadas en la diaria labor, o que han quedado intactas en la parasitaria ociosidad.

El amor es el único goce que tenga verdaderamente carácter universal e igualitario, tanto que el pueblo lo llama «el paraíso de los pobres», que, precisamente, son empujados por la religión a gozar de él sin limitación alguna —crescite et multiplicamini— porque el agotamiento erótico, sobre todo en el macho, mientras aminora o hace olvidar las torturas del trabajo o del hambre servil, enerva también la energía de la constante organización, y tiene por lo tanto una función útil a la clase dirigente.

Sin embargo, así como a este efecto del instinto sexual corresponde ineludiblemente el otro, de aumento de población, así la inmovilización de un orden social dado, es frustrada justamente por la presión de la población que en nuestro siglo se acentúa por el fenómeno característico del proletariado, y la evolución social procede por lo tanto, inexonerable y fatal.

Volviendo al argumento: de todas maneras es innegable que, mientras al final del siglo XVIII {63} se creía que la sociedad era hecha para el individuo —y de esto podría derivar como repercusión imprevista quizás, que millones de hombres pudiesen y debiesen vivir trabajando y sufriendo a beneficio de unos pocos individuos—, al fin del nuestro las ciencias positivas han demostrado que es el individuo el que vive para la especie, siendo ésta sola la realidad eterna de la vida.

De donde brota evidente toda la dirección del pensamiento científico moderno en el sentido sociológico o socialista, contra el exagerado individualismo, que dejó como herencia el siglo pasado.

Es verdad que la biología demuestra que no debe caerse en el opuesto extremo —en que caen algunas escuelas de socialismo utópico y de comunismo— de no ver después más que la sociedad, para olvidar completamente al individuo. En efecto, es otra ley biológica que la existencia del compuesto es la resultante de la vida de todos los individuos, como la existencia de un individuo es la resultante de la vida de las células de que se compone.

Pero de todas maneras queda demostrado que el socialismo científico que señala el fin de nuestro siglo y será el alba del siglo XX, está en acuerdo perfecto con la dirección del {64} pensamiento moderno, hasta en el punto fundamental del predominio dado a las exigencias vitales de la solidaridad colectiva y social, ante las exageraciones dogmáticas del individualismo, que señala un poderoso y fecundo despertar a fines del siglo pasado, pero que a través de las manifestaciones patológicas de la desenfrenada competencia, toca fatalmente a la explosión «libertista» del anarquismo que predica la acción individual con olvido completo de la solidaridad social y humana.

Y así es como se llega al último punto de contacto y de íntima conexión entre darwinismo y socialismo.

* * * * *

VII. LA «LUCHA POR LA VIDA» Y LA «LUCHA DE CLASE».

El darwinismo ha demostrado que todo el mecanismo de la evolución animal, consiste en la lucha por la vida entre individuo e individuo de una misma especie, por una parte, y entre especie y especie en el mundo entero de los vivientes por otra.

Así, todo el mecanismo de la evolución social fue reducido por el socialismo marxista a la ley de la lucha de clase, concentrando en ella no sólo {65} la atención como secreto motor y única explicación positiva de la historia humana, sino también el ideal y la rígida norma disciplinaria del socialismo político, substrayéndolo así a todas las incertidumbres elásticas, vaporosas e inconcluyentes del socialismo sentimental.

La historia de la vida animal no ha encontrado su explicación positiva sino en la gran ley darwiniana de la lucha por la vida —por la que solamente se pueden determinar las causas naturales del nacimiento, el desarrollo y la extinción de las especies vegetales y animales, desde las épocas paleontológicas hasta hoy—. Así, la historia de la vida humana no ha encontrado su explicación sino en la gran ley marxista de la lucha de clase, para la que los anales de la humanidad primitiva, bárbara y civilizada, dejan de ser un caprichoso y superficial kaleidoscopio de episodios individuales, para convertirse en un drama determinado, grandioso y fatal —consciente o inconscientemente, tanto en los detalles nimios cuanto en las catástrofes gigantescas— por el motor fatal de las condiciones económicas que son la base física y por consiguiente imprescindible de la vida y de la lucha de clase por la conquista y conservación de la fuerza económica de que, necesariamente, dependen {66} todas las demás (la fuerza político-jurídico-social).

De este grandioso concepto, que constituye la gloria imperecedera de Carlos Marx —y le señalan en la sociología el puesto que Darwin tiene en la biología y Spencer en la filosofía natural— tendré ocasión de hablar más adelante, al delinear las relaciones que existen entre la sociología y el socialismo.

Por ahora me basta con señalar otra concordancia entre darwinismo y socialismo, consistente en que mientras la expresión lucha de clase puede causar una primera impresión de antipatía (que hasta yo confieso haber tenido cuando no había comprendido aún el espíritu científico de las teorías marxistas) encierra, entretanto, en su verdadero significado, la ley primera de la historia humana, y puede por consiguiente ser, ella sola la norma segura para el advenimiento de la nueva fase de evolución humana que el socialismo prevé y apresura.

Lucha de clase quiere decir que la sociedad humana, como cualquiera otro organismo viviente, no es un todo homogéneo, la suma indistinta de un número más o menos grande de individuos, sino por el contrario un organismo viviente, resultante de la agregación de partes {67} diversas y cada vez más diversas, cuanto más alto es el grado de la evolución social.

Así como un protozoo está casi solamente compuesto de gelatina albuminosa, mientras un mamífero está formado por tejidos diversísimos entre sí; así una tribu acéfala de los salvajes más primitivos está solamente compuesta de pocas familias que viven más bien en agregación de pura vecindad material, mientras que una sociedad privilegiada del mundo histórico o contemporáneo se compone de clases diversas entre sí, sea por la constitución fisio-psíquica de los mismos componentes, sea por lo complejo de las costumbres y de las tendencias de su existencia personal, familiar y social.

Estas clases diversas pueden ser rígidamente catalogadas como en la antigua India desde el bramino al sudra, y también en la Europa de la Edad Media, desde el emperador o el pontífice al feudatario, al vasallo, al artesano; de tal modo que no sea admitido entre una y otra clase el cambio de los individuos que por sólo el azar del nacimiento le pertenecen; o que pueden perder la etiqueta legal, como sucede en Europa y América después de la Revolución Francesa, y admitir por lo tanto, como rara excepción, el cambio y el pase de los individuos de una a otra —como las {68} moléculas químicas en los fenómenos de exósmosis y de endósmosis, o según la expresión de Dumont, por un fenómeno de «capilaridad social»—. Pero siempre, de todos modos, esas varias clases existen como realidad innegable y rebelde a toda nivelación de superficie jurídica, por cuanto persiste la razón fundamental de su variedad.

Carlos Marx es quien, más lúcidamente que cualquier otro, ha indicado, comprobado y confirmado esta razón en el crisol de la observación sociológica, por la diversidad de las condiciones económicas.

Variarán los nombres, las apariencias, los fenómenos de repercusión en cada fase de evolución social, pero siempre el fondo trágico de la vida humana estará en el contraste que existe entre quien tiene el monopolio de los medios de producción —y son los menos— y quien, por el contrario, está desposeído de ellos —y son los más—.

Guerreros y pastores, en la sociedad primitiva, apenas realizada la apropiación, primero familiar y luego individual, de la tierra bajo el colectivismo inicial; patricios y plebeyos; feudales y vasallos; nobles y pecheros; burgueses y proletarios . . . todas estas son indicaciones diversas de un hecho idéntico: el monopolio de la riqueza de un lado, el trabajo productor del otro.

{69} Ahora bien, la gran importancia de la ley marxista —lucha de clase— consiste precisamente en indicar con evidente precisión en qué está verdaderamente el punto vital de la cuestión social, y por qué método se puede arribar a resolverla.

Mientras la base económica de la vida política, jurídica y moral no se asentó con evidencia positiva, las aspiraciones de los más hacia un mejoramiento social vagaron inciertas entre la reclamación y la conquista parcial de algún instrumento accesorio, como libertad de culto, sufragio político, instrucción pública, etc., etc. Y no se niega que tales conquistas hayan sido de grande utilidad.

Pero el sancta sanctorum permanecía impenetrable siempre a los ojos de la multitud, y el poder económico, al persistir como el privilegio de los menos, hacía que cualquier conquista o concesión quedara edificada en el aire, sin raíces, arrancada del cimiento sólido y fecundo, único que puede dar vida y fuerza perennes.

Ahora que el socialismo —aun antes que Marx, pero no con tanta precisión científica— ha señalado en la apropiación individual, en la propiedad privada, de la tierra y de los medios de producción, el punto vital de la cuestión: ahora el {70} problema está planteado, preciso, claro, inexorable en la conciencia de la humanidad contemporánea.

* * *

¿Cuál es el método de abolir este monopolio del poder económico y su consiguiente serie de dolores, de males, de odios y de iniquidad?

Aquí está el método de la lucha de clase que partiendo del dato positivo de que toda clase tiende a conservar y acrecentar las ventajas y privilegios conquistados, enseña a la clase privada del poder económico, que para llegar a obtenerlo, la lucha (y de las modalidades de esta lucha nos ocuparemos en seguida) debe ser de clase a clase, no de persona a persona.

Odiar, ultrajar, suprimir a este o aquel individuo que pertenece a la clase dominante, no hace adelantar un segundo la solución del problema, y antes bien la retarda por la reacción del sentimiento común contra la violencia personal, desde que ofende el principio de respeto a la persona humana que el socialismo proclama bien alto para todos y contra todos. Y no coopera a la solución del problema, porque la anormal condición presente (que se ha hecho más aguda), miseria de muchos y satisfacción de pocos, no es efecto de la mala voluntad de este o aquel individuo.

{71} Hasta por ese lado, en efecto, el socialismo está en pleno y completo acuerdo con la ciencia positiva que niega el libre albedrío en el hombre y estudia la actividad humana, individual y colectiva, como el efecto necesariamente determinado por las condiciones de raza y de ambiente.

El delito, el suicidio, la locura, la miseria, no son el fruto del libre albedrío, de la culpa individual, como predica el espiritualismo metafísico; ni es fruto del libre albedrío ni culpa individual del capitalista, si el obrero está mal retribuido, sin trabajo, en la miseria.

Todo fenómeno social es la resultante necesaria de las condiciones históricas y del ambiente; y en el mundo moderno, la facilidad y la frecuencia de las relaciones por todas partes de la tierra, ha hecho más estrecha la dependencia de cada hecho —económico, político, jurídico, moral, artístico o científico— de las condiciones más lejanas y más indirectas de la vida universal.

Dada la organización actual de la propiedad privada, sin limitación de herencia familiar y de acumulación personal; dada la continua y cada vez más completa aplicación de los descubrimientos científicos al trabajo humano de transformación de la materia; dado el telégrafo y el vapor; dado el torrente cada vez más {72} desbordante de las migraciones humanas, es inevitable que la existencia de una familia de labradores, de operarios, o de pequeños comerciantes, etc., ligada a los hilos invisibles pero inexorables de la vida del mundo, por los que la cosecha del algodón, del café o del trigo en los países más lejanos, repercute por todas partes del mundo civil, así como el aumento o la diminución de las manchas solares es un coeficiente de las periódicas crisis agrícolas, e influye directamente sobre el destino de millones de hombres.

En este grandioso concepto científico de la «unidad de las fuerzas físicas», según la expresión del padre Secchi, o de la solidaridad universal ¿cómo puede admitirse aún el concepto mezquino e infantil del libre albedrío y del individuo como causa de los fenómenos humanos?

Si un socialista tuviese la idea —aun con miras de beneficencia— de fundar un taller industrial para dar trabajo a los desocupados, y produjese un artículo abandonado por la moda o por la necesidad del consumo general, se vería evidentemente obligado a quebrar, a pesar de sus intenciones filantrópicas, por el decreto mudo pero inevitable de las leyes económicas.

O si un socialista quisiese dar a los obreros de su establecimiento un salario doble o triple {73} que el corriente, tendría sin duda alguna la misma suerte, por la misma inexorable aplicación de las leyes económicas, porque tendría que vender sus mercaderías con pérdida, o que guardarlas en sus almacenes, sin venderlas mientras su precio —en igualdad de clase— fuese superior al del mercado.

Se vería reducido a la quiebra, y el mundo no le daría otro consuelo que llamarlo un buen hombre, palabra que en la actual fase de «moralidad mercantil» tiene doble sentido.

Aparte, pues, de las relaciones personales más o menos cordiales entre capitalista y obrero, su respectiva condición económica está fatalmente determinada por la ley del supertrabajo con la que Marx explica irrefutablemente cómo el capitalista puede acumular riquezas sin trabajar, sólo porque el obrero produce en cada jornada de trabajo un equivalente de riqueza superior al salario recibido, demasía de producto que naturalmente va a beneficio gratuito del capitalista, aun cuando se le quisiese deducir el salario de un trabajo suyo intelectual de dirección técnica y administrativa.

La tierra abandonada al sol y a la lluvia, no produce por sí sola ni trigo ni vino. Los minerales no salen por sí solos de las entrañas de la tierra.

{74} La producción de la riqueza no se efectúa sino por una transformación de la materia trabajada por la labor humana. Y sólo porque el campesino cultiva la tierra, el minero extrae los minerales, el obrero mueve las máquinas, el químico hace experimentos en su gabinete, el ingeniero inventa etc., etc., es que el propietario o el capitalista, sin haber hecho nada para heredar su patrimonio, y sin fatiga alguna si permanece ausente de su propiedad, puede tener cada año asegurado un producto que otros producen para él a cambio de pan escaso y miserable vivienda, envenenados las más de las veces por los miasmas de los arrozales o de los pantanos, por el gas de las minas o de los talleres, sin lograr nunca una existencia digna de criaturas humanas.

Y hasta en el régimen de la perfecta medianería —que se muestra como una fórmula de socialismo práctico— queda siempre que preguntar por qué milagro el propietario, que no trabaja, ve llegar a su casa el trigo, el aceite y el vino en cantidad suficiente para vivir con comodidad, mientras que el medianero da cada día su trabajo para arrancar a la Madre Tierra el alimento para sí y para los otros.

Lo que hay de menos doloroso en la {75} medianería es la seguridad tranquila de llegar a fin de año sin los espasmos de la desocupación a que están condenados los trabajadores adventicios de la campaña y de la ciudad. Pero, en substancia, el problema queda sin alteración y siempre hay uno que vive bien sin trabajar, porque diez viven mal, trabajando.

Tal es el engranaje de la propiedad privada y tales sus efectos, fuera y contra la misma voluntad de los individuos.

Así, resulta vana y estéril toda tentativa contra este o aquel individuo: lo que hay que cambiar es la orientación de la sociedad, lo que hay que abolir es la propiedad individual, no con la repartición, como vulgarmente se dice, y que sería forma más aguda y más mezquina de propiedad privada, mientras que un año después, persistiendo esa orientación individualista, se volvería al statu quo, sólo en beneficio de los más pillos y de los menos escrupulosos.

Pero la abolición de la propiedad privada o individual, sustituyéndola la propiedad colectiva y social de la tierra y de los medios de producción; sustitución que, por otra parte, mientras no puede hacerse por decreto, de hoy a mañana, como algunos nos acusan de querer, se va realizando de día en día, de hora en hora en forma directa y en forma indirecta.

{76} En forma directa: porque la civilización señala una continua sustitución de propiedades y funciones sociales, a las que antes eran propiedades y funciones individuales. Los caminos, los correos, los ferrocarriles, los museos, la iluminación urbana, la instrucción, etc., etc., que hasta hace pocas decenas de años eran propiedades o funciones privadas, se han hecho propiedades o funciones sociales; y sería absurdo pensar que este procedimiento directo de socialización deba detenerse justamente ahora, en vez de acelerarse progresivamente, como se va acelerando todo en la vida moderna.

En forma indirecta: como último efecto del individualismo económico que tomó el nombre de burgués, de los bravos lugareños que en la Edad Media vivían en los burgos sometidos al castillo feudal y a la iglesia parroquial —símbolos de la clase entonces dominante— y que preparados por un trabajo fecundo y consciente y por las condiciones históricas que cambiaron la orientación económica del mundo (como el descubrimiento de América) hicieron su revolución al final del siglo XVIII, conquistando con ella el poder, y escribiendo páginas de oro en la historia del mundo civil con las epopeyas nacionales y con los milagros de la ciencia aplicada a la industria . . . {77} pero que describen ahora la parábola descendente y presentan síntomas evidentes de una disolución sin la cual, por otra parte, no sería posible la inauguración de una nueva fase social.

El individualismo económico, llevado a sus últimas consecuencias, determina necesariamente la centralización progresiva de la propiedad en un número cada vez más restringido de personas. El «millonario» es palabra nueva, propia del siglo XIX, y expresa en proporciones más evidentes este fenómeno que George reducía a la ley histórica del individualismo económico, por la cual los ricos se hacen cada vez más ricos, y los pobres más pobres.

Ahora, es evidente que cuanto más restringido es el número de los detentadores de la tierra y de los medios de producción, tanto más fácil se hace su sustitución —con o sin indemnización personal— por parte de un solo propietario que es la sociedad y que no puede ser más que ella.

La tierra es la base física del organismo social. Es, por lo tanto, absurdo que pertenezca a pocos individuos y no a toda la colectividad social, como sería absurdo que perteneciese al monopolio de pocos propietarios, el aire que respiramos.

Y esta es la intención suprema del socialismo.

{78} Pero, es evidente que no se puede llegar a eso, tomando como punto de mira a este o aquel propietario, a este o aquel capitalista.

Ese es también un medio individualista de lucha, que está destinado a permanecer estéril o que por lo menos exige un desparramo inmenso de fuerzas para obtener escasos resultados parciales y provisionales.

Por eso es que cuando veo a los hombres políticos afanarse con protestas diarias o anecdóticas, en una lucha personalista —a la que, por otra parte, las asambleas y el público se acostumbran y amoldan por su misma monótona continuidad—, me parece ver a un higienista extravagante que quisiera hacer habitable un pantano, matando a tiros y uno por uno los mosquitos, en vez de proponerse como método y objetivo, el completo saneamiento de toda la zona miasmática . . .

¡Nada, pues, de luchas o violencias personales! Lucha de clase, en el sentido de dar a la inmensa clase de los trabajadores de cualquier arte o profesión, la conciencia de estas verdades fundamentales y por lo tanto de sus propios intereses de clase, contrapuestos a los intereses de la clase que retiene el poder económico, para llegar con la organización consciente a la conquista {79} de ese poder económico, por medio de los demás poderes públicos que la civilización actual ha asegurado a los pueblos libres.

Aunque pueda preverse que la clase dominante de todos los países, antes de ceder restringirá las libertades públicas que para ella eran inocuas cuando las usaban los trabajadores no constituidos en partido de clase, sino distraídos o hipnotizados en seguimiento de otros partidos políticos, tan radicales en las cuestiones accesorias cuanto profundamente conservadores en la cuestión fundamental de la organización económica y de la propiedad.

Lucha de clase, pues. Lucha de clase a clase.

Y lucha, se comprende, con los métodos de que hablaré en seguida, al ocuparme de los cuatro modos de transformación social: evolución, revolución, rebelión, violencia personal.

Pero, entretanto, lucha de clase en el sentido darwiniano, repitiéndose en la historia humana el drama grandioso de la lucha por la vida entre especie y especie, sin relajarse en el pugilato salvaje e insignificante de individuo a individuo.

* * *

Detengámonos en este punto, aunque el mismo argumento de las relaciones entre darwinismo y {80} socialismo podría ir más lejos, siempre en el sentido de eliminar toda pretendida contradicción entre una y otra corriente del pensamiento científico moderno, y de confirmar, por el contrario, el más íntimo, natural e indisoluble acuerdo.

Por eso, la aguda previsión de Virchow responde exactamente al paralelo histórico de Juan Jacoby.

«En el mismo año en que apareció el libro de Darwin (1859), de una dirección enteramente distinta hacia el mismo objetivo, dábase empuje a un importantísimo desarrollo de la ciencia social, por medio de un trabajo que permaneció mucho tiempo desconocido, trabajo que tiene por título Crítica de la economía política, por Carlos Marx, y que fue precursor de la obra El capital.

»Lo que el libro de Darwin sobre el Origen de las especies es para el génesis y la evolución de la naturaleza inconsciente llegando hasta el hombre, lo es la obra de Marx para el génesis y la evolución de la comunidad de los individuos humanos, de las naciones y de las formas sociales de la humanidad».

Y he ahí por qué la Alemania contemporánea, que ha sido el campo más fecundo para el desarrollo de las teorías darwinianas, lo es también {81} para la propaganda consciente, disciplinada, inconmovible, de las ideas socialistas.

Y he ahí por qué, justamente, en Berlín, en las vidrieras de las librerías de propaganda socialista, las obras de Carlos Darwin tienen su puesto de honor junto a las de Carlos Marx.

{83}

SEGUNDA PARTE. EVOLUCIÓN Y SOCIALISMO.

{85}

INTRODUCCIÓN

Aun ante la teoría de la evolución universal que —fuera de este o aquel detalle más o menos discutible— representa verdaderamente la orientación vital del pensamiento científico moderno, se ha creído razonable afirmar que contradice substancialmente las teorías y los ideales prácticos del socialismo.

Pero aquí hay error evidente.

Si por socialismo se entiende esa complicación fluctuante de aspiraciones sentimentales que muchas veces se ha cristalizado en las utópicas creaciones artificiales de un nuevo mundo humano, que por un golpe de varita mágica debía sustituir de un día para otro al viejo mundo en que vivimos, entonces es perfectamente cierto que la teoría científica de la evolución condena los prejuicios y las ilusiones del artificialismo político, reaccionario o revolucionario, pero romántico siempre.

{86} Pero la desgracia de nuestros adversarios está en que el socialismo actual es muy diferente del que precedió a la obra de Marx: y fuera del sentimiento animador de protestas contra las iniquidades presentes y de la aspiración de un porvenir mejor, nada tiene de común con aquel en su estructura lógica y en sus mismas inducciones, sino la visión clara, matemáticamente exacta, (en fuerza justamente de las teorías de la evolución) de la final organización social, basada en la propiedad colectiva de la tierra y de los medios de producción.

Esto se hará evidente en el examen de las tres pretendidas contradicciones principales que, según se afirma, existen entre el socialismo y el evolucionismo científico.

Entretanto es imposible no ver, desde ahora, la filiación directa del socialismo marxista, también, del evolucionismo científico, cuando se piensa que aquél no es, justamente, más que la aplicación lógica y consecuente de la teoría evolucionista en el campo económico.

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