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Ruecas de Marfil (Novelas)

LA RONDA DE LOS GALANES

Reading edition

I

El denso grupo formado en el atrio, a la par de la cancela, se fué aclarando por el camino adelante, y la blancura del sendero quedó borrada entre las mieses, teñida por vistosos colores al sol benigno de la mañana. Era que el vecindario del Encinar volvía de la misa mayor.

Bajo los arcos del portal unos hombres mozos coloquian, aún, con recatadas voces, y en el fondo de la fachada se abre la puerta del templo recortando en la piedra rubia de su fábrica un óvalo lleno de la obscuridad interior, nublado por el humo leve del incienso y saturado por aromas de jardín.

Los jóvenes del pórtico esperan, sin duda, que aparezca en aquel marco misterioso alguna devota rezagada, porque disimulan mal la impaciencia con que vuelven los ojos hacia el hueco sombrío.

Cruzando entonces, de puntillas, las losas parroquiales, una mujer se asoma al dintel penumbroso, iluminándole con la radiante luz de su hermosura. Detiénese un momento para hacer, piadosa, la señal de la cruz sobre la frente, y sale, muy gentil, a buscar la cancela. Dos manos solícitas se la abren, de par en par, y Ángeles Ortega pasa delante de los cuatro mozos, sonriendo y dando los buenos días con seráfica voz.

Sin previa consulta, como si un tácito acuerdo uniese la voluntad de aquellos hombres, emprenden, al punto, la marcha detrás de la hermosa.

Desde la iglesia hasta el poblado se hunde el camino en la vega, entre campos feraces y tierras de labrantío recién sembradas de maíz. Limitan el paisaje los montes que se embravecen escalando las nubes pálidas de un cielo dulce, un poco entristecido, y sobre el alisal, a medio vestir por el verde lozano de las hojas nuevas, se mece, como una copla fugitiva, el rumor sollozante de las arroyadas.

Ha desceñido Ángeles de su cabeza preciosa, el velo de la mantilla, y anda con lento paso de meditación, gozándose en que el aire y la luz la envuelvan y acaricien. Sobre el negro vestido, la cara y las manos ponen el contraste de una blancura inmaculada, y está llena de encanto la belleza de esta mujer en cuyos apacibles ojos obscuros parece que se han caído unas gotas de la pena del cielo.

Se retrasan, previsores, los mozos que la siguen, como si todo el camino debieran darle escolta de respeto y protección, y así, despacio por la ondulante vereda, en silencio contemplativo o truncando con languidez frases menudas, le hacen guardia de honor hasta la puerta de su casa...

Es una extraña amistad la de estos cuatro mozos cuyo linaje señala en el pueblo cuatro distintos peldaños de la escala social, y todas las preeminencias favorecen entre ellos a Julián de Alcázar, heredero único de la más encumbrada familia del valle.

Noble y rico, mimado y feliz, Julián ha llegado a la cumbre de la vida sin otro amor de mujer que aquél, dulcísimo y secreto, guardado para Ángeles con timideces y fervores indecibles.

Aquella niña de hermosura triste y deliciosa, fuese apoderando con invencible soberanía del corazón de Alcázar, un corazón que había salido ileso de las aventuras juveniles y que, recio y sano, estaba allí, temeroso como un novicio, delante de unos ojos que el cielo del Norte había tocado con su pena.

Complacíase Julián en recordar su vida fácil y dichosa, llena de halagos; sus años de colegial con vacaciones en la playa y ocios montaraces en el pueblo, después el triunfo que le acompañó en su brillante carrera hasta hacerse abogado, y, por fin, las galantes páginas de sus fugaces amoríos, sin huellas ni raíces. Y toda la amable historia de su existencia la ponía, con humildad y gozo, delante de un nombre: ¡Ángeles! La vió crecer y embellecerse, oculta como un tesoro en la aspereza silvestre del Encinar; la quiso cuando era tan pequeña que no podía saltar los arroyos sin que él la diese las manos; cuando para mirarle le alzaba la cabecita rizosa, sacudiendo en el aire la endrina melena; cuando iba a pedirle, con mimo infantil, los altos capullos que cimeaban los rosales... La quiso entonces con rara ternura, con predilección singular que era ya el germen de un potente cariño.

Y cuando la niña floreció en mujer y aquella ternura floreció en amor, Julián, fugitivo de la corte, se escondió en su torre norteña, sumiso y entregado sin rebeldías a la pasión que señoreaba su alma.

II

Una amistad nunca rota ni lastimada, unía de largos años a la familia de Alcázar con la de Ortega, y Ángeles y Julián se habían tratado siempre con libertad de hermanos.

Cuando el mozo tuvo henchido su corazón de afanes por la niña, dejó que se le asomasen a los ojos para que su amada los leyese, y anduvo muy activo en visitarla, muy hábil para encontrarse con ella en las encrucijadas de la mies y en las lindes del jardín.

Ya por aquel tiempo la madre de la joven finaba en consunción dolorosa bajo los tiernos cuidados de su hija, y Julián acompañaba a la paciente llevando todos los días para la enfermera un silencioso mensaje de cariño oculto en esa clave amorosa que todas las mujeres descifran con sabia precisión.

Pero en vano el galán espiaba, paciente, la sonrisa o la mirada de inteligencia con Ángeles le probase que exaudia sus peticiones. En vano esperó la muda inteligencia de aquellos ojos, bellos y dulces, antes de lanzarse a la solemne declaración; la muchacha no parecía haber leído en la rendida actitud de Alcázar ninguna rima de aquel poema sentimental.

Fué entonces cuando el mozo se acordó con miedo de que su figura no era gallarda ni su cara hermosa. Julián era feo y había crecido muy poco... Sintió esta desgracia con acerbo dolor, por primera vez en su vida, y juzgándose desdeñado se dejó dominar por un aciago pesimismo, por una timidez extraña y agorera. Callado, pesaroso, replegado sobre su pasión, vió como pasaban los días inútiles para su pesadumbre mientras contaba Ángeles, con desconsuelo, las horas de su madre, que declinaba lentamente, en resignada agonía, y llegaba de Cuba Don Felipe Ortega para asistir a la muerte de su esposa, muchos años martirizada por la inconsciencia y el desamor.

Era aquel un hombre veleidoso, tierra liviana y estéril donde no arraigaban los sentimientos ni fructificaban los buenos propósitos. Se había casado con una señorita rica y bella que no detuvo mucho tiempo en sus brazos al tornadizo señor. Pretextos de negocios le alejaron de su hogar apenas transcurrido el breve plazo de una efímera luna de miel, y de uno en otro engaño, humillante para la abandonada compañera, acabó por establecerse en Cuba, entretenido en capricho tráfico mercantil y en licenciosas diversiones.

Padeció la mujer con altivo silencio aquella imperdonable deserción, y los íntimos pesares dañaron pronto el cuerpo delicado de la señora, que, aquejada de incurable dolencia, desalentada y vencida, fué a esconderse en su casa solariega del Encinar, consagrándose a la educación de su hija con ardor enfermizo y doloroso. Allí espigó la belleza de Ángeles entre lágrimas y suspiros; su gracia infantil adquirió una mansa expresión de melancolía, y sus divinos ojos, llenos de luz, tuvieron, siempre, ligeras inflexiones tristes hacia los cielos...

Cuando el descarriado esposo hubo pasado unos pocos días en su casa silenciosa del Encinar, donde la enferma gemía y la niña suspiraba, manifestó, con cruel hastío, su prisa por volver a ocuparse en Cuba de los negocios. Con egoísmo implacable, malhumorado y aburrido, parecía protestar de que la moribunda prolongase su agonía, y ella aterraba la frente llena de miedo por el porvenir de Ángeles, agarrándose con desesperada ansiedad a cada hora doliente de su vida. Ya en el instante supremo, con el impotente afán de proteger a su hija, y el espanto loco de abandonarla indefensa en poder de su padre, le tendió las manos, heladas por la muerte, balbuceando:

—¡Desgraciada... desgraciada!

Y al expirar dejó aquellas palabras lamentables flotando como trágica profecía sobre la inocente cabeza de la joven.

III

Lloraba Ángeles adolecida sobre la tumba reciente de su madre, cuando llegó al Encinar, causando general sorpresa, un mozo de mucho rumbo, jinete en magnífico potro jerezano, luciendo una arrogante figura y unos ojos azules que fulgían dominadores. Se llamaba Adolfo Serrano y era hijo de un socio de Ortega, para quien llevaba una visita. Fué recibido con muchas demostraciones de aprecio, y detenido con reserva y solemnidad. Al cabo de la entrevista, llamó a su hija Don Felipe y la presentó al forastero con orgullo.

Aquella misma tarde, Ángeles y Adolfo, inclinados en el ancho alféizar de una ventana, coloquiaban mirándose en adorable secreto de enamorados, y Don Felipe Ortega sonreía complacido por el éxito de una combinación de antemano premeditada, que le permitía regresar a Cuba en un plazo corto, libre de la tutela de la niña y aparentando la satisfacción de haber cumplido los sagrados deberes paternales.

Padeció la muchacha como una fascinación aquel amor inesperado, sintiendo en las miradas de Adolfo un enardecimiento de conquista que la subyugaba, y en su voz caliente un imperio extraño que la hacía temblar y confundirse en inexplicables emociones de amor y de temor.

Una ansiedad nueva se levantó en su pecho; secáronse sus lágrimas como a impulso de enérgico mandato, y pareció distraerse, curiosa, hacia la tierra, la nostalgia del cielo, escondida en sus ojos.

Durante los días de impacientes dudas que pasó Alcázar en su torre, enamorado y afligido, trató de endurecer su existencia hasta poder avenirse con las costumbres que en el Encinar usaban los mozos, parados a la sombra de raras tradiciones, rudas y primitivas.

Hallaba el señorito un singular placer en bajar hasta la vida humilde de aquellos hombres y hacerla suya, buscando con avaricia los latidos firmes y bruscos del corazón del pueblo. Sediento de emociones nuevas, en una febril inquietud espiritual, tocaba con sensuales deleites las diversiones en que la mocedad varonil de la aldea ponía el alma, brava y sencilla. Y poco a poco, primero en una noche de bullicio, luego en una deshoja trasnochada, después en una hoguera salvaje, el noble heredero de Alcázar llegó a fraternizar entre los mozos del poblado hasta entonar con maestría el clásico ijujú en las rondas de los galanes, y empuñar con fiereza el palo contra los rondadores forasteros. Agazapado a la vera de una tapia en bando aguerrido, con bufanda de flecos y rústica boina, Julián de Alcázar sentía un tónico refrigerio en el atormentado corazón, como si una brisa montaraz le reanimase con viril empuje de libre naturaleza. Hízose entonces muy popular en la comarca, donde se supo que el señorito de la torre, diestro cazador y hábil montero, tenía firmes los puños y sereno el ánimo.

A la vez que temor y respeto se le tuvo cariño, y él acertó a ser mozo aldeano con hidalga llaneza señoril, sin usar de la supremacía que le pudieran conceder en la aldea su fortuna y su valimiento. No disputó jamás la novia a un enamorado ni dejó de ser nunca generoso: quiso únicamente distraer sus pesares y saciar su curiosidad de sensaciones.

Codiciando todos los mozos la intimidad con el señorito, tres de ellos se le habían aproximado con particular adhesión y formaban con él «una piña» constante en las cacerías y en las rondas como en los tranquilos paseos de los días de fiesta.

Así juntos, pacíficos y acordes, habían seguido los pasos de Ángeles Ortega después de la misa mayor en una pálida mañana del mes de Marzo. Y cuando la joven hubo franqueado los umbrales de su hogar, se quedaron los cuatro mozos frente a la casa, bajo los nogales de la bolera, detenidos por misteriosa atracción, tal vez por mortificante inquietud.

Era Julián de Alcázar el que menos disimulaba su impaciencia en el incógnito afán, y, por último, rompió el secreto de aquella zozobra para decir, señalando hacia la casa:

—¿Sabéis a qué hora «viene»?

Lecio, el más tosco de la pandilla, respondió con mucha seguridad:

—«Viene» a la caída de la tarde.

—Pues aquí estaremos cuando «llegue»—repuso con firmeza el señorito.

—Aquí estaremos—dijo Fidel Salcedo, un poco temblorosa la voz.

Lecio mascullaba:

—¡Claro que sí!

Y el más joven de todos, uno a quien llamaban el Estudiante, aprobó con la cabeza muy ensimismado.

Después de una pausa añadió colérico Julián:

—¡Lo que es «ése» no se la lleva!

—¡Qué se la ha de llevar, hombre!—prometió Lecio apretando los puños.

Y con acento de reproche murmuró Fidel:

—¡Si yo fuese Julián de Alcázar!...

—¿Qué harías?—preguntó huraño el aludido.

—¡Me la llevaría yo!

El señorito de la torre, con despecho y enojo, contestó:

—Eso se dice fácilmente...

Los tres hombres le miraron confusos y en los ojos zarcos de el Estudiante brilló un ardiente destello de alegría.

Por temor a que la curiosidad hiciese indiscretos a sus camaradas, cambió Julián el curso de la conversación, anunciando:

—Para entretener la tarde, subiremos al bosque con las escopetas hasta la puesta del sol.

Asintieron los otros, y, citándose en la torre de Alcázar, se alejaron por distintas veredas.

Iba el Estudiante con tácito andar volviendo los ojos hacia los balcones de Ángeles, y su corazón de niño repetía con pesarosa complacencia:

—¡Aunque yo fuese Julián de Alcázar, tampoco habría esperanza para mí!...

IV

Ceñuda, abandonada a los brazos ambiciosos de la hiedra, coronada de helecho y jaramago, la torre de Alcázar señoreaba la selva en bizarra composición con el agreste país. Al pasar la brisa entre los árboles centenarios y sobre el edificio adusto, se tornaba quejosa y llorante, remedando en ocasiones acentos de amenaza y desolación.

En aquel indómito ambiente de montaña iba adquiriendo el alma de Julián apariencias de hurañía y bravura. El íntimo contacto con la rústica soledad endurecía su existencia, y aquella misma tarde su corazón, mortificado, vagaba por veredas y cumbres, anheloso de calmar el acelerado latido sobre el regazo saludable de la tierra virgen, en las gloriosas libertades de la serranía.

Tumbado en el musgo fonje de la selva, bajo la enramada floreciente, esperaba Julián a sus compañeros.

El primero en llegar fué el Estudiante, un muchacho de aspecto infantil, rubio y flaco, raquítico brote de la dura mocedad aldeana. Hijo de un soldado ascendido a oficial y de una señora pobre, un poco hidalga, un poco altiva, César Garrido era una rara mezcla de señor y plebeyo, y le llamaban el Estudiante, porque, a duras penas, con abnegados esfuerzos de su madre, viuda, estaba haciendo desde el rincón del Encinar la carrera de Leyes. Vestido con pobreza vergonzante, bajo su apariencia delicada y tímida había gérmenes de heroísmo romántico y arranques belicosos de guerrero.

Sentía Julián de Alcázar un afecto creciente hacia aquel muchachito que se ruborizaba como una doncella, que hacía versos anónimos, y entonaba en las rondas, con voz insinuante, las bellas coplas de su musa campesina.

También el Estudiante se había aficionado mucho al trato ameno del señorito de la torre. Y tal vez los dos mozos supieron aquel día cómo la mutua inclinación de sus voluntades se apoyaba en la comunidad de un dolor oculto y desesperado.

Detrás de César subía hacia la torre Fidel Salcedo, con la escopeta al hombro, caído sobre la frente el sombrero cordobés. Recién llegado de Andalucía, después de algunos años de ausencia, era Fidel un jándalo de alto copete sin dejar de ser un rústico norteño. Alegre y bravucón, dadivoso y galante, rentista y labrantín, y buen mozo por añadidura, le miraban bien en la comarca las niñas casaderas más recomendables. Y pensando él, seriamente, en buscar una esposa que coronara su dicha, estremecíase ante la tentación de una sola imagen: ¡Ángeles Ortega!... Pero había meditado, receloso, en la obscuridad de su origen y en la rudeza de su educación, y suspiraba muchas veces en secreto aquella frase expresiva que por la mañana se le escapó de los labios: «—¡Si yo fuese Julián de Alcázar!...»

V

Los cazadores hoy no tienen prisa: tirados con pereza en el mantillo suave del bosque, esperan a Lecio, que llega poco después, a paso veloz, terciando con arrogancia la escopeta.

—Te habrás entretenido con la novia—le dicen.

Y con aire de ufanía responde:

—Una miaja de palique a la salida del Rosario..., y luego aquí en cuatro brincos.

—¿Y qué te cuenta Isabel «del asunto»?—insinúa Alcázar.

—Pues lo de siempre: que Don Felipe está muy contento con la boda; que también lo está la señorita... y que también lo está el novio... En fin: ¡que «estamos todos» muy contentos!

—¡Ya se verá lo que dura esa alegría!—augura, bronca, la voz de Fidel, con acento andaluz.

El Estudiante le está preguntando a una margarita silvestre:

—¿Mucho?... ¿Poco?... ¿Nada?...

Ya deshecha la florecilla adivinadora, tira el mozo, con desdén, el tallo escueto, y se queda mirando cómo una pareja de mariposas blancas glorifica en la dulzura de la brisa su breve existencia de un día de sol. Piensa que para amar y gozar en divina alianza, con libre triunfo, un solo día vale por una vida entera.

Las mariposas enamoradas se pierden en errantes giros y los muchachos se han puesto de pie.

Dando cara a la torre, erguida en el fondo de la selva, lanza Julián al aire un silbido, y casi en seguida se abre una puerta en el muro espeso de la fachada y dos perros saltan jubilosos hacia los cazadores: son setters de raza pura, negro el uno, rojo el otro.

Se interna el grupo dentro del bosque, en animada charla, asegurando que el novio de Ángeles Ortega no volverá más al Encinar.

—La de esta noche será la última visita—profetiza Fidel, muy jaque.

Hosca y amarga recomienda la voz de Julián:

—Ni piedras ni tiros: ¡a palo seco!...

Lecio repite la frase subrayada con un juramento que rueda por el monte con bárbaro son; y el Estudiante apaga en sus cándidos ojos un relámpago sombrío para mirar a las mariposas blancas que otra vez le salen al paso: mecidas entre los cañones hostiles de las escopetas, ponen en el aire una nota de poesía y candor... También Alcázar las mira, conmovido, y le parecen dos capullos flotantes de simbólico azahar, mientras que a César le parecían dos lágrimas, puras, de mujer.

Bajo el parpadeo de aquellas alas milagrosas, Fidel y Lecio profieren con alarde brutal:

—Si «el tío» nos hace frente, le acaldamos.

—Y si huye es para no volver por aquí en jamás de los jamases...

Era César Garrido un cazador platónico que no llevaba nunca escopeta. Él conocía muy bien el sitio donde cantaban las codornices, donde los corzos y los rebecos tenían sus guaridas, y había ido muchas veces a la caza del oso y del jabalí bajo la precaución de un revólver que guardaba en el bolsillo. Le enardecía el latir de los perros y el fogonazo de las armas, pero no se sabía que jamás hubiese disparado un solo tiro, y empalidecía, trémulo, cuando un ave herida agonizaba con el vuelo roto y las plumas sangrientas. Esta pasiva actuación en las cacerías le valió algunas burlas, algunas alusiones mortificantes acerca de su «sensibilidad»; bromas que escuchaba con sonrisa impasible, en silencio quizá desdeñoso; pero desde que guapeaba en el bando del señorito de la torre, nadie volvió a poner en duda su valentía.

Aquella tarde sólo una vez hicieron muestra los perros, en el descampado del bosque, y la codorniz levantada se defendió peonando entre las árgomas floridas, hasta que, al fin, voló para caer alicortada por un certero disparo de Julián. La portó el setter negro, muy alegre, y Lecio la colgó, por las patas, del gatillo de su escopeta.

Fidel, belicoso, un poco aburrido, se entretuvo en tirar a los gorriones sin encañonarlos ni por casualidad; bajó el retumbo de las detonaciones hasta el poblado, con rumor de pelea y exterminio, mientras las horas transcurrían lentas para los cazadores en la paz augusta de la montaña.

Y al ponerse el sol en un horizonte bermejo, detrás de la arbolada serranía, Alcázar y los suyos descendieron al Encinar, desazonados y ansiosos, en traza de ronda.

Pero Adolfo Serrano llegó con suerte al pueblo aquella tarde. Aparecióse en el camino llevando el caballo de la brida, arrogante al lado de su novia, y detrás de la airosa pareja Don Felipe, muy complaciente, entretenía su paseo con la lectura de un periódico.

Los de la ronda les vieron pasar con inútil furor: Ángeles Ortega era una égida poderosa para el galán conquistador de los ojos azules.

VI

Chasqueados los rondadores, acordaron averiguar la hora en que Serrano salía del pueblo, y Lecio aseguró que él volvería con la noticia en un periquete.

Dió una vuelta en torno a la casa de su novia y silbó un aire convenido.

En una ventanita baja apareció al momento el garrido busto de Isabel.

—Temprano andáis de ronda—dijo placentera la joven.

—Más ha madrugado el doncel de la tu señorita, que ya está en el nidal.

—Sí; ahora vino: ella fué a encontrarle con el señor dando un paseo.

—Y, ¿hasta qué hora cortejan?

—Hasta las nueve o poco más.

—¡Parece mentira que la señorita Ángeles dé cara a un forastero!

—¡Si en el pueblo no hay quien la pretenda!

—¿Qué no hay?... ¡Pues no digo nada!... Ahí está, el primero, el señorito de la torre, muerto por sus pedazos.

—¿Don Julián?... Nunca le vi cortejarla.

—Porque ella no habrá querido; pero yo sé que se perece por la niña.

—¿Te lo ha dicho él?

—Esas cosas no se dicen cuando están a las claras... Don Julián es mozo noble, campechano, valiente si los hay, rico y nacido en buena cuna... ¡Hubiera hecho guapa boda con la señorita!...

—Pero no es aparente «de personal» como Don Adolfo Serrano...

—¿Defiendes a ese tío?—preguntó el muchacho receloso.

—¿Yo defenderle?... A mí lo mismo me da un galán que otro para la señorita... ¡con tal que ella sea feliz!

—Pues a mí no me da lo mismo—sentenció Lecio iracundo—, que los hombres del Encinar no estamos hechos a que nos lleven las novias así como así...

—Pero ésta ¿con quién estaba comprometida?... ¡Chico, no parece sino...!

—Es la novia de todos ¿sabes?... Ella podía escoger entre lo mejor del valle... Sin ir más lejos, aparte Don Julián, ahí está Fidel Salcedo con buena estampa y muchos «miles».

—Fidel no es un señor... talmente—dijo con desdeño la muchacha.

—Eso te lo parece a ti... Y, mira, ahí está, también, César Garrido, sabidor como un ciudadano, hombre de estudios y de buenos principios...

—¿De manera que todos la quieren?—preguntó asombrada Isabel.

Y el novio con calor repuso.

—Pues claro, mujer, que todos la queremos.

Entre alarmada y risueña, exclamó la moza:

—¿Tú también?

—¿Yo?—pronunció el muchacho confuso. Se echó la boina a un lado de un manotazo torpe, y se rascó la cabeza con saña. Como no respondiese al fin, Isabel insistió:

—Sí; ¿tú la quieres también?... ¡Contesta Lecio!...—y se puso muy seria.

Cediendo a una invencible tentación:

—Sí, la quiero... ¿qué he de hacer?—dijo el galán.

Ella, indignada, le increpó:

—¿Y me lo vienes a contar, bruto?

Pero él quiso satisfacerla.

—Oye, Sabel, y entiende las cosas como son: no te amontones muchacha... Yo la quiero como se quiere a la luna y al lucero del alba y a la Virgen del Carmen, ¿estás?... A ti te quiero de otro modo...

Incrédula y encelada, trató la novia de averiguar.

—¿Te casarías con ella?

—¡Mujer!—clamó Lecio—¡ni siquiera lo mientes!

Al mozón se le entró, de pronto, un gran susto en el pecho, y agarróse mareado a la verja de la ventana.

Alarmada le preguntó Isabel:

—¿Qué te pasa, muchacho?

—Nada, hija—respondió vacilante—, que todo se me anda alrededor... que te veo doble...

—¡Lecio!... Pero, ¿qué dices?... ¿Estás en tus cabales?...

—No lo sé, rapaza... Vaya, hasta luego: me están esperando.

Y alejóse dando tumbos como un beodo, repitiendo:

—¡Que si me casaría con ella!... ¡Me valga Dios!...

VII

Al llegar donde sus compañeros le aguardaban, Lecio dijo cauteloso, algo alterada la voz:

—Que a eso de las nueve «volará el pájaro...»

Impaciente rezongó Alcázar:

—¡Hasta las nueve!... ¡No tenemos mala espera!

Fidel comentariaba con protesta rencorosa:

—¡Buen atracón se da el muy zángano!

Y los cuatro se agazaparon en la penumbra de la bolera, ya caída la noche y nublado el cielo, charlando con sigilo, en conversación desganada y floja.

Apenas vibraron en la torre parroquial las nueve campanadas prevenidas, la propia Isabel sacó de la cuadra el caballo del forastero y le dejó a la puerta de la casa con la brida sujeta en una argolla del muro, esperando al señorito junto al cabalgador.

Los de la ronda se apercibieron fatales a la temeraria aventura, requiriendo con brío los palos, y entonces Lecio, que demostraba una voraz impaciencia, detuvo a Julián por un brazo, a cierta distancia de los otros, para decirle ronco y feroz:

—Usted no querrá a la señorita tanto como para perderse por ella... pero si le hace a usted falta un hombre para matar a ese ladrón... ¡aquí está Lecio!—y se dió en el pecho un terrible puñetazo.

—¿Para matarle?—interrogó Julián como un autómata.

Y ya se abría con chirrido lastimero la puerta de la casa.

En el umbral se presentó Isabel, alzando un farolito de cristales rojos que puso en la calle rústica una sangrienta luz, muy decorativa y fantástica.

La infatigable orquesta de los sapos dejaba en el aire una estela melancólica de funeral campanilleo, y de la vecina pradera llegaba la canción aguda de los grillos apagándose en un quejido triste como si la noche se desfalleciese con un fino estertor de agonía.

Quedó Serrano un instante envuelto en la roja luz, acechando la obscuridad de la calle con visible indecisión. Montó luego, y ya iba a recoger las bridas de manos de la muchacha, cuando ésta gritó, fuera de sí:

—¡Espere... no salga, Don Adolfo!

Su voz tembló con angustia sobre los palos de la ronda, erguidos como lanzas a dos pasos del jinete:

—¿Quién va?—preguntó colérico Serrano.

—Y, ¿quién eres tú?—-rugió Lecio saltando fuera de la sombra con el palo en el aire.

Amedrentado y furioso hizo el caballero retroceder al potro hasta dentro del portal, vociferando:

—¡Cobardes... son cuatro contra mí!

Con súbita inspiración, firme y serena, dijo la voz de César Garrido:

—Pelearemos uno a uno.

Apoderándose gozoso de aquella decisión, extraña a las bárbaras leyes de la ronda, Alcázar se apresuró a insistir:

—Sí; uno a uno.

Y detuvo el brazo de Lecio, pronto a la brutal acometida, mientras Fidel, mudo y pávido, enhestaba el garrote como una bayoneta, en la actitud de un soldado que hace el ejercicio.

Había bajado Don Felipe a reñir con los mozos y desahogaba su indignación en frases vehementes:

—¡Esto es un escándalo!... ¡Esto es una vergüenza!...

Pero tercos, amenazadores, César y Julián repetían:

—¡Uno a uno!...

Entonces se abrió la ventana de Ángeles.

Sobre los teatrales resplandores del farol cayó un haz de luz clara y alegre que desconcertó un momento la indómita guapeza de los muchachos. Detrás de la luz lanzóse a la calle el raudal de una dulcísima voz, un poco inmutada, que decía:

—¡Julián!... ¡César!... Dejad el paso libre... ¿no queréis?

Sí quisieron.

Fué cosa de un segundo: sin discusión, sin resistencia, retrocedieron fuera de la serena claridad, caída de lo alto, y se quedaron mudos, inmóviles, sometidos a la maravilla de la suplicante palabra que bajó a buscarlo envuelta en resplandores.

Partió el caballero hundiéndole al potro las espuelas con rabia, murmurando otra vez:

—¡Cobardes!... ¡Cuatro contra uno!...

Don Felipe, entrando en la casa detrás de la asustada Isabel, cerró con un portazo violento, mientras que Ángeles siguió asomada al marco de la apacible luz, y su voz cristalina, volvió a decir, con acento de tímida plegaria:

—Siempre «le» dejaréis paso, ¿verdad?

Nada respondieron los mozos, acogidos al amparo encubridor de la obscuridad, y las suaves palabras de la niña vibraron en la penumbra de la bolera mecidas por un poco de viento que cantaba en los nogales enverdecidos, bajo un cielo nublado.

Quedó la ventana largo tiempo encendida como un faro piadoso, única estrella de la entoldada noche primaveral, y ya muy tarde, cuando hasta los más desvelados rondadores dormían en el pueblo, una voz, sentida y afinada como la de César Garrido, primoroseaba una copla que a la estrella benigna le decía:

Ventanita, si te rondo no es por tus merecimientos; es por una hermosa niña que está de puertas adentro...

VIII

Todas las tardes, a primera hora, Don Felipe y su hija esperaban a Serrano en agradable paseo campesino para volver a su casa con el cortejante. Charlaban los novios hasta el anochecer, y emprendía el galán la retirada antes de que la luz cayese, previsor contra alguna acometida de los mozos bravíos.

Pero eran inútiles estos cuidados, porque la ronda que capitaneaba el señorito de la torre había conseguido de todas las demás la promesa de que nadie hostigara al forastero en la conquista de aquella mujer, dulce y hermosa, orgullo del valle, en quien se miraba como en un espejo la mocedad varonil y por quien en secreto suspiraban muchos rudos corazones.

Tenía un encanto indefinible la hermosura sentimental de Ángeles Ortega, un raro don de amor y simpatía que blandamente dominaba en las almas todas, y que en el pecho de los galanes aldeanos se había convertido en extraño culto, mezcla de hechizo pasional y de mística devoción.

Siendo Ángeles la única señorita de la aldea, se distinguía entre las jóvenes de sus años por la donosura del porte, la delicadeza del traje y el interesante aislamiento de su vida, si ya por sus gracias personales no hubiera sobresalido por encima de las demás. Todo en torno suyo era nuevo, deslumbrador y atrayente para los mozos que de chiquitina la pasearon en la áspera carreta, le alcanzaron nidos y rosas, y la tutearon con familiaridad. Ahora la saludaban con afable respeto, mezclado de turbación, y aunque delante de su hermosura humillasen la mirada, el destello ideal de aquellos ojos sombríos dejaba resplandecencias ardientes en las rústicas imaginaciones.

Con inconsciente sed de belleza guardaban anhelos codiciosos hacia la perla del Encinar muchos hombres que tenían novia y pensaban casarse, o que amaban con material impulso a otras mujeres de su misma condición. Así en aquel fogoso plantel de montañeses nació una tácita rebeldía contra la posibilidad de que a la más hermosa flor de la aldea se la llevase un forastero, con sus manos lavadas. Y todos se unieron para considerarla como una de tantas jóvenes a quien los extraños no podían cortejar sin previa camorra y larga porfía contundente con los donceles del valle, al uso del país.

Esta despótica ley se hubiera cumplido en Adolfo Serrano sin el prodigio de la dulce voz que bajó de la ventana luminosa para detener a la ronda de Julián.

Por gracia de tal portento los vergajos, amenazadores contra el novio intruso, cayeron rendidos con mansedumbre, como belicosas flámulas arriadas por la derrota. Y ya no se alzaron más al paso triunfante de aquel amor.

IX

Mayo florece cuando se fija el día de la boda.

Tiene Don Felipe mucha prisa por terminar este negocio, y Ángeles se presta a consumarle con una docilidad enfermiza y blanda, en que hay mucho de alucinación y de impotencia. Ningún amparo la escuda; está sola entre su padre, desamorado y egoísta, y el pretendiente ambicioso de la rica dote, tal vez un poco encaprichado por la gentileza de la novia.

Ya nunca Julián de Alcázar visita a los de Ortega, ni tampoco el Estudiante, compañero antaño de los juegos de la niña, va con su tímida presencia a testimoniarle la ferviente adhesión de otras veces.

Se lamenta la joven de este retraimiento. «¿Por qué no vendrán?»—suspira—. Y se angustia ante la nube de soledad que se va esparciendo, densa y creciente, en torno suyo. Sólo Isabel, la criadita cariñosa y servicial, la relaciona con los acontecimientos de la aldea.

Ya prepara la novia su inmaculado vestido, en vísperas del gran día, cuando Isabel, que revolotea junto a las galas con seducción de encantamiento, le dice en tono confidencial:

—¿Qué pensarán «todos esos» cuando la vean tan preciosa, y que se la lleva un extraño?

—¿Quiénes?... ¿Los mozos?... Ninguno de ellos se había de casar conmigo.

—Los labradores no... pero hay otros.

—No me ha pretendido nadie.

—Pues dicen por ahí que todos la quieren.

—Será porque aquella noche salieron contra Adolfo... Yo no creí que conmigo rezaría la brutal costumbre de las rondas...

—Era la del señorito Julián.

—Por eso mismo me extrañó tanto... Julián siempre fué muy amigo nuestro...

Ángeles se quedó pensativa; su mirada, sombría como una floresta, parecía tornar de muy lejos al través de los años infantiles. Daba un suspiro cuando Isabel continuó:

—Dice Lecio que el señor de la torre se muere por usted.

—Pues Lecio está equivocado—murmura Ángeles, no muy sorprendida, algo confusa.

—Y dice—añade la moza—que también el Estudiante la quiere a usted mucho...

—¿César?... Yo le quiero también... ¡Me hacía tantas coronas de flores cuando éramos chiquillos!... Y me hacía cantares...

Otra vez se quedó ensimismada. La incitante memoria de cariños lejanos fué, sin duda, a refugiarse, triste, en la sombra de sus ojos, porque dos lágrimas pugnaban en ellos cuando añadió, lamentable:

—¡Tampoco César viene ya a esta casa!... ¡Parece que todos huyen de mí!...

—Porque la quisieran cortejar a usted y están sentidos.

—Yo no he notado que me pretendan para novia.

—Pues Don Julián siempre la buscaba muy rendido, y el Estudiante, ¿no oye cómo le canta coplas?

—Usanzas de rondadores...

—No, señorita, que las canta con segunda... Y el ricachón de Salcedo igual está prendado de usted.

—¡Ave María!—exclamó Ángeles, risueña de pronto—. Ahora que me caso con un forastero va a resultar que tenía aquí los pretendientes a escoger. ¿Esa es otra noticia de Lecio?

—Del mismo... Y no sabe la señorita lo más gracioso...; que él también, el muy zoquete, está, como los otros, penando por usted.

—¿Lecio?... ¿tu novio?...—Se puso Ángeles muy seria para decir:—¿Te chanceas, Isabel?

Pero Isabel no se chanceaba: se le había empañecido la voz, tenía las mejillas rojas y el aire turbado. Después de un silencio difícil, añadió, tratando de serenarse:

—Me lo contó él mismo la noche que dieron el alto a Don Adolfo.

—Esas son bromas suyas.

—Bromas no eran: para contármelo se puso descolorido y hasta le dió un mareo...

Ángeles se aturde con las noticias de tan sorprendente amor, y muy curiosa, pregunta:

—Pero, ¿no sois novios?... ¿no os vais a casar?

—Eso no quita... Él dice que a usted la quiere «de otra manera»... Serán modos finos de querer que aprende con los señores... ¡como todos son unos en la misma ronda!...

Mirando la señorita con afecto a la compungida moza, le dice:

—¿Y tú has creído esas tonterías, Isabel?

Baja ella los ojos y explica difícilmente:

—Todo lo he creído... conozco que es de veras... pero lo mismo cortejamos: él no lo puede remediar... Como la señorita tiene ese ángel, todos la quieren aunque sea a escondidas... Usted no se ofenderá... ¡Si Lecio supiera que yo se lo he dicho!... ¡No se lo cuente a nadie, por la Virgen!

—Descuida, mujer; esas cosas que habla tu novio, de él y de los demás, son imaginaciones suyas... pero no diré nada... ¿a quién?... Yo no tengo a quien contar secretos.

Y se atristó por tercera vez el semblante precioso de la señorita. Viéndola cavilosa y muda se retira Isabel con prudencia mientras la novia vuelve a quedarse junto al vestido blanco, vaporoso y sutil, como nube del pálido cielo montañés. Mirándole con indefinible sentimiento de inquietud, cierra los ojos para meditar en las confidencias de Isabel y va aposentando en su espíritu la creencia de que, en efecto, Julián de Alcázar la ha querido un poco. Recuerda la asiduidad lejana de sus visitas, la encendida expresión de sus palabras, la pausa elocuente de sus silencios y su alejamiento inexplicable apenas Adolfo apareció en la aldea.

No se detiene la soñadora a pensar en Salcedo, el jaquetón ricacho, pero guarda un pensamiento melancólico y acariciador para César Garrido, el romántico trovista que canta con segunda al pie de una ventana, años hace, en el sagrado misterio de la noche...

El cariño recóndito de César es para Ángeles un adorable perfume de la infancia, el amable secreto de un «escucho» que hace sonreir, tal vez la vibración sentimental que en el alma produce una copla errante, diciendo amores a la luz de la luna, una copla que suspira cuando la ronda pasa... ¡Pero Julián!... ¿Por qué no se ha fijado en que él la quería?... Es bueno y valiente, es el amo del pueblo, el señor de la altiva torre y de la brava selva, tiene franca la mirada, noble el corazón...

Y se estremece la joven aturdida de que la fealdad arisca de Julián le parezca ahora mucho más grata que la gentil apostura de su prometido.

Para sacudir esta idea alarmante se acuerda de Lecio, mareado y descolorido en los deliquios de una fina locura de amor. Y abre los ojos, sonriente, sobre la nube alba de su traje de novia.

X

Diríase que un viento huracanado conmueve a los mozos del Encinar a medida que se acerca el día del casamiento. La sorda irritación que se acentúa entre ellos toma forma y proporciones singulares en la ronda de Alcázar, que ha asumido, con extraño tesón, la responsabilidad de consentir aquel despojo de que Adolfo Serrano «les hace a todos víctimas».

Anda Julián enredado en una aventura de calleja con cierta mozona malviviente, siendo ésta la primera vez que el señorito de la torre hace pública ostentación de semejantes galanteos. Lleva en la cara el pobre hombre una expresión de tedio y amargura que va troncándose en tormentosa nube de fiereza; como si en él creciese, cada día, el salvaje placer de sumirse en aquella torva brumazón de barbarie, para así desmandar sus pasiones y olvidar, con tesón despreciativo, sus nativas costumbres de caballero.

Fidel se las echa de guapo como nunca, vocifera en las noches de ronda hasta enronquecerse, y alarma a los vecinos con incesante tiroteo en persecución de aves felices, que jamás hiere. Hasta en los nogales de la bolera, ya vestidos de ropaje ufano, trata de hacer puntería sobre los canoros malvises: clama la escopeta amenazante envolviendo la nogalera en humos y fulgores, pero los malvises se vengan siempre del susto recibido, causándole al implacable cazador una terrible envidia al volar, ilesos, a la huerta frondosa de Ángeles, en busca de asilo hospitalario.

Más disimulado y prudente, desahoga el Estudiante su mal humor haciendo versos, unos versos mansos y tristes que no parecen haber nacido bajo la tempestad de unas pupilas claras, enfurecidas con relámpagos audaces.

Entretanto Lecio manifiesta a su novia el más voraz deseo de casorio. Zumba su querella con pesadez de mosca en torno a la ventana florida de Isabel, y pregunta, ansioso, en cada palique:

—Pero, di, Sabel, ¿cuándo nos casamos?

—Cuando mi madre coja la cosecha—repite siempre la joven.

—¡Falta mucho tiempo!...

Ella un día, maliciosa, le dice:

—¿Por qué ahora, estás tan impaciente?

—¿Por qué... Por qué?... ¿No ves, criatura, que ya todo el mundo se casa?

—¿Todo el mundo?—repite la muchacha con sorna—. ¡Pues yo no veo que se case nadie más que la señorita!...

Corrido y enojado el hombre, murmura:

—Bueno... ¿nos casamos o no?

Y promete, apacible, la voz de Isabel:

—Cuando mi madre coja la cosecha...

XI

Llegó la hora esperada con tan distintos afanes.

Toda la mocedad aguarda a los novios en el portal de la parroquia: ellas para cantarle a la señorita unos picayos con letra alusiva, rimada por César Garrido; ellos para confundir con miradas iracundas a quien les arrebata la diosa del valle, la mujer venerada con sagrado culto.

Ha nacido la mañana blanca y triste, con cara de llanto, y cuando la comitiva nupcial se dirige al templo, enfilada por la veredita estrecha de la mies, arrecia la brisa dura que desde el alba rueda por los caminos como una loca, deshojando flores y columpiando ramajes.

Se convierte luego en amenazador el soplo matinal que enmaraña las nubes y entolda el paisaje. Y, por fin, el cielo montañés llora unas lágrimas cálidas y lentas sobre el cortejo de la boda.

Lleva Ángeles en el brazo, gallardamente, la cola espléndida del vestido, y se apoya en su padre sonriendo, disimulando con heroica dulzura las inquietudes y recelos de su alma. La siguen Adolfo y los convidados, y la rodean los vecinos con viva solicitud, mientras se celebra el casamiento en el atrio parroquial, al uso del país.

Nunca han visto los aldeanos una novia toda blanca, toda envuelta en encajes y flores:

—¡Parece de nieve!—dice seducida una voz.

—¡Parece de azúcar!—clama un goloso.

Y el acento roto de una anciana, suspira:

—¡Parece de nube!...

Entran los desposados en el templo para asistir a la misa de velaciones, y la ronda de Alcázar forma siempre junto a ellos entre las avanzadas del público; primero en el pórtico, después cerca del altar.

Tienen los cuatro mozos un raro aspecto de emoción que parece comunicarse a la concurrencia y llenar el templo de palpitante interés...

Todo Mayo sonríe en el altar convertido en jardín, mientras arrecia la lluvia, ruedan monte abajo los truenos, y a la amarilla luz de los relámpagos muchos fieles hacen, medrosos, la señal de la cruz.

Apenas terminada la ceremonia, cuando los primeros devotos salen al portal, ha pasado la nube dejando el cielo otra vez pálido y triste, sin que de la fugaz tormenta queden señales más que en el campo henchido de perfumes bajo la intensa caricia de la lluvia.

Viendo correr el agua en el sendero, todos se preocupan de los zapatitos de seda de la señorita, y Don Felipe y Adolfo conferencian, impacientes, sobre la manera de evitar que Ángeles se moje los pies dentro del blanco estuche que los aprisiona.

Entonces Alcázar entra en el templo y sale al punto llevando al hombro las andas de la Virgen. Encarándose con Ortega se las ofrece y en voz alta le explica:

—Se las regaló mi madre a la Patrona y yo sé que Ella me las presta... El señor cura me da permiso para que Ángeles las ocupe: ¿quiere usted que la llevemos?

Sin que Don Felipe, sorprendido, tuviera tiempo de reflexionar ni responder la concurrencia, agrupada alrededor, grita con entusiasmo:

—¡Que la lleven!... ¡que la lleven!...

Julián le pregunta a la novia, algo desfallecido el acento:

—¿Quieres venir?

Alborozada en medio de aquella férvida expresión de cariño, Ángeles responde, con infantil antojo:

—Iré...

Ya una mano solícita ha colocado en las andas un taburete y la joven va a sentarse, riendo, un poco trémula, cuando un ademán y una mirada de su esposo la dejan indecisa. Pero el nutrido coro de voces varoniles afirma, con sorda expresión colérica:

—¡«Queremos» que la lleven!

Y Ortega contrariado, molesto, toma el brazo de Adolfo para decirle en voz baja:

—Hay que dejarlos...

Sentada Ángeles, por fin, las mozas le arreglan el vestido y el velo, con primor devoto y humilde, y Alcázar y los suyos levantan con dulzura el improvisado trono de la novia y bajan al camino con aquel suave peso entre las manos.

Van delante César y Julián, y los cuatro sienten el aturdimiento estremecedor del triunfo, la exaltación de una ventura efímera, que va a pasar, ruidosa y altanera, como la rápida nube que antes mojó el sendero.

Un grito potente, con inflexiones juveniles de guapeza y bravura, resuena detrás del grupo original, lleno de rústica galantería:

—¡Viva la novia!... ¡Vivan los rondadores!...

Y cada vez que huye deja prendido en el paisaje un eco.

XII

Era como un sueño aquella apoteosis encima de la odorante mies, entre setos floridos y halagadores cantares.

Ángeles quería no llegar nunca a su casa, seguir así un camino largo y dulce hasta el cielo calmoso y pálido que la servía de dosel. Suspiró enardecida por aquel delirio, y Julián volvióse a mirarla con tal expresión codiciosa y ardiente que la joven enrojeció bajo sus azahares. Sus manos temblaron como alas de paloma, estremecidas en la falda crujiente del vestido, y su imaginación tendió el vuelo hacia otra quimera que no finaba en el cielo melancólico, sino en una torre maciza y señorial, en la selva de Alcázar.

Iban todos callados. Orillaban un zarzal en flor, y César, con galanía de poeta, arrancó al pasar una mata olorosa, que colocó a los pies de la niña. El tronco punzador había herido con leve arañazo al Estudiante, y un hilo rojo quedó tendido entre los dedos de aquella mano fina que parecía de mujer.

—¿Te has lastimado?—le preguntó Ángeles solícita.

Y él, con audacia increíble en su tímida persona, respondió mirándola a los ojos:

—Me he lastimado mucho... ¿no ves?

Sonriendo le mostraba la mano blanca y tersa con el tenue surco de coral.

—Un hombre no se lastima nunca—tronó el vozarrón de Salcedo—; y el jándalo, arrogante, presentó un puño de madreselvas conquistadas entre espinas que habían punzado su plebeya manaza. Ya se arriesgaba Julián para ofrecer otro don a la novia; ya Lecio sacudía los matorrales con demente regocijo, cobrando ramilletes preciosos, y en un momento quedaron las andas cubiertas de flores.

Trépido el zarzal bajo las acometidas de los mozos, desde la linde del camino sacudía sobre la virgen desposada, gotas brillantes de la reciente lluvia, y voladores pétalos de los febles capullos. Un bando de miruellos, sorprendido por semejante alboroto, rompió el secreto de su escondite en la maleza y voló encima del grupo, desgranando una escala melodiosa de trinos, a porfía con la tonada de los picayos que tremolaba en el aire sus dejos largos y tristes de música norteña.

Para aquella hora de aventura y de magia tuvo la belleza de Ángeles una fantástica aparición ideal y gloriosa. En su carne, hecha flor blanca y pura, el espíritu inocente se asomaba a los apacibles luceros de los ojos y a la divina sonrisa de los labios: y fué toda gracia y luz, brisa y perfume, alma del paisaje, visión de los cielos... Salió del éxtasis prodigioso al tocar los umbrales de su casa. Posaron en el zaguán las andas con blandura, y cuando bajó al suelo la niña, sintió que su planta débil se hundía en la incógnita ruta de una vida nueva y cerrada. Tendió la mano con gratitud hacia sus amigos, diciéndoles:

—Quedaros.

Pero Julián se apresuró a responder con la amarga voz de aquel último tiempo:

—Muchas gracias.

Y salió, seguido de los otros, antes de que llegase la comitiva. Iba ciego, con los puños crispados y el paso veloz.

Desde la puerta, con insólita audacia, el Estudiante vuelto hacia la novia, besó la palma de su mano herida y sopló el beso, enviándosele.

Ella, sin enojo, sonrió al doncel y le devolvió en el aire un capullo del azahar prendido en su pecho.

Ya llegaban Don Felipe y Adolfo con los invitados. Detrás venía el pueblo que rodeó la casa, y en la bolera resonó estruendoso otro bizarro grito:

—¡Viva la novia!... ¡vivan los rondadores!

Bajo la emoción de aquel instante en los ojos sombríos de Ángeles Ortega cayó una cortina de llanto que ya nunca se alzó para dejarla ver una ilusión ni una esperanza...

XIII

Pasó un año.

Se sabía en el Encinar que Ángeles era muy infeliz, que lloraba sin consuelo el abandono y el maltrato de un marido brutal.

Ortega había regresado a Cuba a raíz del casamiento, y la infortunada joven residía en un pueblo cercano, enferma y sin más cariño que el de Isabel.

Ya Lecio se cansaba de esperar y enviaba a la moza recados apremiantes, pero ella respondía que la señora no podía vivir mucho, y que le era imposible dejarla en aquel estado de soledad y dolor.

Entretanto, la ronda de Alcázar seguía constituida en alianza firme, con treguas de reposo, porque Julián había vuelto a Madrid algunas temporadas arrancado por su familia de la existencia esquiva y dura con que llegó a naturalizarse, y que amenazaba absorberle en eclipse total.

No estaba el señorito más alegre ni era más feliz que el año anterior; pero en sus penas había ya dulzores y blanduras tomadas para remedio de sus males, en la vida regalada y muelle que supo recobrar. Cuando iba al pueblecillo norteño, cazaba en el monte, erraba en la selva y largos días holgaba pensativo y suspirante; pero no urdía torpes aventuras por las callejas ni se vestía en traza de gañán ni llevaba en el rostro aquella huraña expresión alarmante y fiera.

Lo noche que salía con sus compañeros, la ronda cantaba y ornamentaba de flores las ventanas de las niñas; la ronda bebía cerveza y disparaba tiros al aire, sin buscar camorra a los novios forasteros. Esta medida, pacífica y generosa, no encontraba oposición en los amigos, porque el Estudiante vivía enfrascado en la transcendental composición de un libro de versos, dedicados A una ingrata; iba dejando en él jirones de su romántica pasión y sólo de tarde en tarde fulgían en los ojos zarcos algunos destellos de tempestad. Tenía Salcedo «en tratos» una novia hacendada, fresca y rolliza que le traía desvelado y rendido. Y Lecio andaba mustio y pesaroso con la ausencia de Isabel y la espera de la boda.

XIV

Triunfaba la primavera con otro Mayo espléndido, cuando en la aldea se supo que Ángeles había conseguido de su esposo la merced de ir a morirse al Encinar. Un acabamiento rápido la inclinaba hacia la tierra, y deseaba caer sobre las flores del bendito huerto donde dormía, esperándola, aquella pobre criatura sacrificada como ella, aquella madre triste que en la suprema despedida acarició una frente juvenil con palabras de fatalidad.

Y hubo en el vecindario un general movimiento de simpatía y compasión hacia la enferma infeliz, que a los bruscos vaivenes de un carruaje, llegó por difícil camino hasta la puerta de su casa.

La casualidad o el intento llevaron a Julián de Alcázar en aquellos mismos días a su torre, y sabiendo que Ángeles padecía, sola y expirante, con generoso impulso de piedad, fué a visitarla. ¡Ya no era la diosa del Encinar!: un solo año inclemente bastó para marchitar la exquisita frescura de su belleza. Enlanguidecida, mustia, sólo parecían vivir en su semblante los ojos, con tristeza desgarradora, y las mejillas, señaladas con rosetas febriles.

¡Qué lástima le dió a Julián!

Su pasión, que ardía alimentada por el oculto embeleso de una seductora imagen, quedóse, espiritualizada al punto, en excelsa ternura, tan santa y pía, que la doliente hubiera podido refugiarse en los brazos de aquel hombre y dormir o morir en ellos como en los de una madre.

Al ver a su amigo, un sentimiento de coquetería se sobrepuso al dolor, un instante, en el corazón de la mujer. Quiso ella sonreir, y sólo consiguió tender en sus labios de lirio una mueca desesperada. Apenas habló; balbuciente y cobarde, oprimida por un espanto sin horizontes, parecía que el hilo tenue de sus frases iba a romperse en un raudal de lágrimas acerbas.

Alcázar sentía caer en su corazón aquel mudo llanto y subírsele a los ojos en marejada asoladora. Y todo el sensualismo de su amor se derretía en piedad, a la sombría luz de una mirada donde el miedo a la muerte era el único reflejo de la vida.

Al despedirse, Ángeles cruzó las manos en ademán de súplica, y él, conteniendo su emoción con palabras de esperanza, le prometió volver.

También César Garrido fué a visitar a la enferma, seguro de llevarle un consuelo y ansioso de verterle sobre la infinita desolación de aquella mujer. Sentía férvidos impulsos de arrodillarse a sus plantas, de besar sus manos, de cantarla, de mecerla y decirle sus románticos pensamientos en un delirante discurso, antes que la muerte la apresara... La quería siempre y más que nunca porque era el suyo un amor de ilusión y de ensueño, raro y divino, que le estremecía toda el alma con un soplo de inmortalidad. Supieron distraerla sus frases opacas y ardientes, y logró hacerla sonreir, ya cayendo la eterna sombra en las azoradas pupilas.

—Hazme coronas y versos como cuando éramos chiquillos—suspiró con antojo la infeliz.

Él la ofreció cantares y flores, y salió de la novelesca entrevista con cara de muerto y alucinaciones de loco.

XV

Nació el mes de San Juan lleno de alegría, insultante de belleza, y fué creciendo, y llegó entre flores la víspera del santo.

Lloraba amargamente Isabel cerca del sillón de triste memoria donde Ángeles se consumía recogiendo una herencia fatal, de penas y de abandono.

Le había dicho a Lecio la moza:

—No me pongas ramo... no vengas a rondarme ni mucho menos a cantar... La señorita se está muriendo...

Muy dolorido, prometió el novio una prudente conducta en la clásica noche, y con sigiloso respeto se alzó de puntillas en el muro de la bolera para atisbar la estancia penumbrosa donde Ángeles fenecía. Entrevió en la sombra una endrina cabeza desmayada sobre los almohadones del sillón, y el conmovedor perfil de una cara de cera. El gallardo busto de Isabel se inclinaba con anhelante cariño sobre aquella vencida juventud, sobre aquella aniquilada hermosura. Y toda la satisfacción del egoísmo irradió en los ojos asombrados de Lecio, viendo a la flor viva, que era suya, lozanear triunfante encima de la mustia flor que le había fascinado con delirios de irrealizables ambiciones.

Bajóse con cautela de su observatorio, y se alejó a lento paso, cuidando de no hacer ruido en torno a la casa dorada de sol, envuelta en el alborozo insolente de la tarde.

Desde los balcones entornados se escapaba un cuchicheo leve, son de rezo o letanía de lamentaciones, y desde la ondulante nogalera volaban los malvises en parejas gozosas, hacia la llanura libre de los cielos...

Libre al azul infinito, voló el alma de Ángeles cuando la tarde caía en una intensa declinación de cárdenos fulgores.

Todo el pueblo había escuchado con silencio profundo el raudo volar de aquel espíritu, gentil como el cuerpo que le encarceló: parecía que al tender las alas hubiese dejado una blanca y vívida estela en el sereno celaje. Y estela fué aquella ilusión que en la memoria popular quedó grabada como perenne surco de ternura y recuerdo.

El vecindario, compungido, se unía en el dolor de la temprana muerte, y censuraba, con rencorosa indignación, al infame esposo de la señorita, avisado por la mañana del estado agónico de la enferma.

Entretanto la fidelidad conmovedora de Isabel se prodigaba en delicadas atenciones alrededor de la difunta.

Después de peinarle los abundantes cabellos sobre las sienes de mármol, le puso el traje níveo de la boda y encendió en torno suyo lámparas y cirios.

La belleza mayestática de la muerte había borrado en la cara de Ángeles la mueca amarga del dolor, trocándola en una plácida expresión descansada y serena: dormía la vida su inquebrantable sueño en los entreabiertos ojos parados a la sombra de las pestañas rizosas, y en el profundo livor de las ojeras las últimas lágrimas habían dejado una divina señal de mansedumbre...

Toda la tarde, bajo el calor solar cuajado en la campiña, unas manos pálidas y bellas, que parecían de mujer, estuvieron cortando flores en los huertos aldeanos y tejiendo coronas con demente frenesí, para colocarlas sobre el cuerpo ya duro y frío de Ángeles Ortega. Con aquel postrer don había dejado César encima del cadáver un sollozo, áspero como un rugido, y un borrascoso relámpago de su mirada azul.

Cuando el Estudiante salió de la trágica visita, le estaba esperando Julián, y juntos conferenciaron en grave reserva. Tenía el señorito el aire solemne y turbios los ojos que largo tiempo contemplaran a la yacente criatura, entre blandones y rosas.

Un poco más tarde corría por el pueblo la noticia de que la ronda de Alcázar se apostaba en la bolera con amenazadora catadura.

XVI

Dulce y sosegada nace la noche cuando llega al Encinar aquel potro jerezano de ingrato recuerdo, y la ronda esperándole, ceñuda como el tribunal que juzga a un delincuente, recibe a Adolfo Serrano, que disimula sus temores lleno de arrogancia desdeñosa.

Fué el mismo Alcázar el que dijo:—¡Alto!—con acento augural que subió a los balcones vecinos y resonó, grave, en el cuarto de la muerta.

—¿Qué quiere usted?—grita el forastero, temblorosa la voz y blanca la cara.

Se le acerca Julián hasta echarle el aliento encima, y le responde, en traza bruta de mozo rondador:

—Que te marches ahora mismo porque ya no hay quien te defienda y tenemos mucha gana de matarte.

Indeciso, asustado, hace el intruso volver grupas a su potro, y profiere, como otra vez en aquel mismo lugar:

—¡Cobardes... cobardes...!

Varios palos caen feroces en las ancas lustrosas, y ondulantes como látigos, alcanzan al jinete.

Hace ademán Adolfo de sacar su revólver, y al punto cuatro manos, dueñas de armas semejantes, le apuntan, inclementes, bajo una tenaz lluvia de improperios:

—¡Ladrón!

—¡Asesino!

—¡Sinvergüenza!

—¡Matador de mujeres!...

Serrano huye. Vuelan los palos a su espalda y algunas piedras le persiguen en la desatinada carrera.

Ya va a perderse en un recodo del sendero, cuando el silbo de una bala y el estampido de un disparo le aturden con más vivo terror.

Inclinado en la silla con un movimiento brusco, ruge y maldice, abrazándose al cuello del animal, que se desboca en galope de espanto.

Detrás de ellos queda en la ruta blanca un rastro de sangre caliente, y en la bolera, una mano fina, que parece de mujer, empuña un revólver humeante.

La mirada azul de César Garrido tiene un bárbaro reflejo de venganza...

Bella noche fué aquella de San Juan, noche silenciosa en el poblado donde otras veces en iguales horas se derramaba la alegría de la mocedad.

Las novias se quedaron sin ramo y sin serenata; la plaza, sin baile y sin hoguera; los rondadores, sin palique. Y en la pureza virginal de la brisa no tremolaron las picantes coplas, ni el ijujú montañés resonó, intrépido y agudo, en los agrios jirones de la sierra.

Ángeles dormía acunada por el duelo del Encinar, mimada en su florido lecho por la tristeza robusta de incultos corazones, en los cuales la compasión fructificaba con todos los densos aromas de la vida desnuda y fuerte, del dolor íntegro y primicial, lleno de impulsos y de instintos humanos.

El disparo certero de el Estudiante atrajo a los mozos con sed de ruido y de camorra, cuando vieron pasar, en disparatada fuga, el caballo de Adolfo. Estaban ya los caminos confusos por la sombra de la noche, y delante de la visión fugitiva todos hicieron acerbos comentarios y se rieron con saña.

Entraron, después, bajo los nogales, muy despacio, mudos y recogidos como en la iglesia, y uno a uno se fueron subiendo a la pared de la bolera para mirar al interior del cuarto mortuorio. En el lecho se destacaba, impreciso, cubierto de galas, el rígido perfil del cuerpo helado; la mística cera de los cirios lloraba sobre la alfombra sus lágrimas ardientes, y de las coronas, suspendidas en torno, caían con lentitud algunos pétalos de flor.

Agrupáronse los mozos estremecidos junto a la casa, hablando quedo; sus cigarros brillaban a porfía con las luciérnagas de la linde; temblaba la sombra con suavidad de idilio, y en el fondo de la bolera la ronda de Alcázar, enmudecida, atraía el interés general.

Estaba muy pálido Fidel, y mirando al Estudiante con profunda admiración, pensaba, receloso, en las posibles consecuencias de aquella hazaña. En vísperas de boda, bien hallado con su dinero y su tranquilidad, le angustiaba la idea de verse, acaso, envuelto en una acusación de muerte, él, que jamás logró encañonar a un solo pajarillo con su escopeta escandalosa...

Había sentido Julián aquella tarde el espasmo bestial de la venganza, con escalofrío deleitoso, dócil su naturaleza a las sensaciones de la ruda hostilidad que tantas veces le dominó. Lejos el impulso cruel, no le aterraba su responsabilidad en la aventura, que arrostraría con el poderoso dominio de la torre de Alcázar y asumiría con nobleza protectora. Y dejó de pensar en el fugitivo jinete para consagrarse al recuerdo de la muerta, lleno de lástima y amor. Le harían un entierro precioso al día siguiente, al caer la tarde, pidiéndole otra vez al señor cura las andas de la Virgen, donde la niña desposada anduvo antaño aquel mismo camino en brazos de la ronda...

Lo mismo que antaño arrancarían para ella, al pasar, las flores silvestres de los setos, en la blanda ruta de la mies... Cada fúnebre posa tañería con un dolor nuevo, nunca igual sentido ni llorado, que dejaría en el Encinar una caricia de las lágrimas siempre viva y suspirante como la mansa corriente de un arroyo... Julián imagina, traspasado de emoción, el gemido de la cancela al derramarse en el atrio parroquial detrás del cuerpo de Ángeles, ya en la vereda del cementerio: imagina el sordo rumor de la tierra, cálida y polvorosa, cayendo implacable sobre el florido ataúd... Un enternecimiento sutil posee al joven; una compasiva pena que le duele como por una hermana chiquitina o por una novia lejana, a la cual en la adolescencia hubiese dulcemente adorado...

XVII

Crece la noche; la tardía luna, brillando apenas en el cielo, baja a la nogalera, y como si apartase con invisibles manos las trémulas hojas, se asoma al cuarto de Ángeles y la besa en la frente.

El hueco de la triste ventana abre en el muro señorial un cuadro de fatídica luz, luz de catafalco, lívida y temblona; algunas mujeres rezan, dormitando en un rincón.

Ya corre, liviana, la brisa del amanecer, rizando los árboles, cuando Lecio, que atisba la reja de su novia, ve un instante a la muchacha detrás de los vidrios. Empuja la puerta y despacio, llama:

—¿Sabel?

Quiere responder ella, rompe en sollozos, y el vozarrón de Lecio se suaviza todo lo posible para suplicar:

—¡Sabel!... ¡Sabeluca!... No llores, mujer, que aquí estoy yo...

El acento condolido de la muchacha se une a las palabras afanosas del mozo, dejando en el aire un jirón de vida sana y fuerte, esperanzada y fecunda, allí, a lo largo del camino, donde brotan, húmedas todavía, las sangrientas flores del odio.

Y como ya palidece la luz funeral del cuarto de Ángeles, delante de la aurora, por debajo de aquella ventana que parpadea con tímido resplandor, como un astro moribundo, desfila por última vez, brava y humilde, la ronda de los galanes...

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