SAN FRANCISCO Y SU CONVENTO EN ASIS. (continued 2)
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La muerte es verdadera trasfiguracion. El sér más vulgar crece y se vuelve un sér sagrado en el sepulcro. Encierran los cadáveres en su ataud sus errores, sus faltas y sus vicios, como si fueran los gusanos de la podedumbre y sólo exhalan los aromas de la virtud, como si la virtud solamente fuera el alma inmortal. No debiamos pintar la muerte como un esqueleto, con los ojos cavernosos, huecos, vacíos, y la guadaña en las huesosas manos despojadas de venas, fibras, nervios y piel; debiamos pintarla como divino ángel, sonriente, gozoso, luminoso, que recoge las almas en sus blancas inmaculadas alas y á traves de lo infinito, entre los coros de las estrellas, se las lleva para engarzarlas allá en la inmensidad de los cielos. El sepulcro vacío, oscuro, silencioso, donde todo acaba, es un océano de luz y de vida. El problema de nuestra existencia no está en vivir, sino en morir; no está en pasar por este mundo, donde todos combaten, quieran ó no; está en llegar al puerto seguro de la muerte, donde todos descansan. La creencia general no se engaña cuando afirma que nuestra tumba es cuna, nuestro ataud lecho, y el cadáver podrido para este mundo un recien nacido para otro mundo mejor. Así, en cuanto el pobre penitente de la Porciúncula se perdió en las tinieblas de la muerte, comenzó á brillar en sus sienes la aureola de la inmortalidad. Todo cuanto habia de vulgar en su vida, de desordenado en sus palabras, de extraño en su proceder, de original y hasta insensato en sus maneras y en sus costumbres, todo se perdió, y sólo quedaron los resplandores de su alma en los cielos, las cadencias de sus cánticos en los aires, las huellas de sus virtudes en la tierra, el eco de su predicacion religiosa en los oidos, las llamas de su caridad en los corazones, las historias de su vida y de su muerte trasformadas por la fe en una religiosa leyenda. El calavera de los juegos y de las jácaras, el rey de los festines orgiásticos, el ambicioso de principados y castillos, el pobre loco á quien su padre ataba en una prision, el extravagante insensato, á quien los pilluelos tiraban piedras, muerto, enterrado, envuelto en esa tierra del sepulcro donde todas las grandezas acaban, pasó á ser el santo de los santos, el nuevo Cristo con sus manos y sus piés y su costado abiertos por la fe, el intermediario privilegiado entre el cielo y la tierra que debe estar durante toda la historia de rodillas en alturas inaccesibles para interceder con Dios á favor de la Humanidad, el ángel del Apocalípsis, entrevisto por San Juan desde su isla de Pátmos, que ha de venir, cuando los soles se apaguen, y se pulvericen los mundos, y se enrollen los cielos como un pergamino abrasado, á recoger las almas justas y guiarlas á las serenas alturas y á la incomunicable presencia del Eterno.
VI.
Conocido el San Francisco de la historia, precisa conocer el San Francisco de la leyenda. Por poco que ésta se estudie, obsérvase desde luégo un empeño preestablecido de aproximar la vida del Santo á la vida de Cristo. La leyenda os dirá que se presentó hermoso ángel á su madre en la preñez para decirle todo el precio de la criatura engendrada en sus entrañas y para mandarle que pariera en pobre establo. El guía que nos acompañaba por el intrincado laberinto de las pendientes calles de Asis, decíanos en la Chiesa Nuova levantada sobre el sitio que ocupaba la casa de San Francisco, enseñándonos una puerta: «Por aquí entró el ángel enviado de Dios y por aquí salió la santa madre á dar á luz su hijo en la cuadra y prepararle por toda cuna un pesebre.» Francisco tiene doce apóstoles y entre estos apóstoles un Júdas que lo vende y se ahorca. De sus discípulos, uno fué arrebatado hasta el tercer cielo como San Pablo; otro tocado en sus labios por carbones encendidos para que cantára eternamente celestes alabanzas como Isaías; éste, trasportado á ver cara á cara á Dios y á departir con él amistosamente como Moises; aquél, suspendido de alas tan potentes como las alas del águila de San Juan Evangelista, y el de más allá canonizado por Dios mismo en la gloria, ántes de ser canonizado por el Papa en San Pedro. Leed el capítulo primero de las Fioretti di San Francesco.
Cierto dia, el más noble y el más rico de los caballeros de Asis, viendo la piedad de Francisco y la entereza con que soportaba todas las injurias, llevóselo á su casa para examinar de cerca tanta virtud. Acostáronse ambos amigos en el mismo cuarto, y Francisco no se atrevia á rezar, temeroso de que Bernardo arguyera de farisáicas sus devociones. Pero como fingiera éste haberse dormido pronto y roncára con fuerza, el mendigo se hincó de rodillas y estuvo toda la noche invocando á Dios para que socorriera á la desfallecida humanidad. Al dia siguiente Bernardo pidió á Francisco que le admitiera en su compañía y le dejára vivir su misma vida. Convino éste, pero á condicion de ir juntos á misa y de consultar juntos el Evangelio. Tres veces le abrieron y tres veces toparon con las máximas que prescriben dejar todos los bienes de la vida para abrazar la cruz y no llevar al viaje de este mundo ni sandalias, ni zurron, ni báculo, y repartirlo todo entre los pobres, sin desvelarse por el vestido ó por el alimento, pudiendo estar seguros los buenos de que les sostendrá quien sostiene á las aves del aire, las cuales ni siembran ni cosechan, y de que les vestirá quien viste á los lirios del valle, los cuales ni hilan ni tejen. Y las mayores riquezas de Asis, que eran las riquezas de Bernardo, pasaron de sus manos á manos de los pobres. Y un avaro llamado Silvestre, como viera repartir tanto dinero á los franciscanos, reclamó el importe de unas piedras entregadas al Santo para erigir piadosa iglesia. Y como si los tesoros de Bernardo no hubieran de agotarse, díjole Francisco al avaro que fuera á sus cajas y tomase cuanto le pidiese el gusto. Sacó el avaro á su arbitrio las monedas que debian satisfacerlo, y se encontró ménos satisfecho que nunca. Y vió en sueños á San Francisco y de sus labios saliendo inmensa cruz, cuya cima tocaba al cielo y cuyos brazos á Oriente y á Occidente. Y se convirtió y fué uno de los doce apóstoles, predicando el desprecio de todas las riquezas y el amor á Dios.
Y los ángeles vienen del cielo á conversar con los frailes humildes y amenazar á los frailes orgullosos, conduciendo á aquéllos á Santiago de Galicia á traves así de las altas montañas como de los profundos rios, y entregando á éstos á las reconvenciones del Seráfico Padre San Francisco. Y entre los frailes humildes, Bernardo fué enviado á Bolonia para que allí fundase un monasterio de la franciscana órden. Y como se presentára en medio de la plaza vestido toscamente, reíanse de él las mujeres, apedreábanle los mozalbetes, tirábanle fuertemente de la capucha los pequeñuelos y le maldecia y le injuriaba todo el mundo. Pero él, sereno, devoraba las injurias y las bendecia en su interior, porque le procuraban el dar una prueba relevante de su paciencia y el medir toda la fuerza de su resignacion. Un durísimo legista que vió tanta virtud, preguntóle cómo podia vencerse á sí mismo, y Bernardo le entregó las santas ordenanzas de su convento. Sintióse el legista convertido é instaló en su propia casa la religion seráfica. Y en alabanza á Dios, fuese San Francisco al borde risueño de uno de los hermosos lagos de Italia. Tenía allí un amigo, llamó á su puerta en la madrugada del Miércoles de Ceniza, y le rogó que ántes de rayar el alba le llevase á una isla del lago y le dejase cuarenta dias y cuarenta noches para ayunar como Cristo, sin decirle á nadie dónde estaba y sin ir á buscarle hasta el Juéves Santo. Llevóse dos panes y en cuarenta dias sólo se comió medio. Y áun este medio se lo comió por humildad, por no igualarse con Cristo, el cual en los cuarenta dias con cuarenta noches que estuviera en el desierto, no probó bocado. San Francisco tuvo allí por todo asilo, durante toda la Cuaresma, una zarza, y despues en memoria de su penitencia, se elevó un monasterio, y á la sombra del monasterio una ciudad.
Y como cierta tarde bajase Francisco al convento de los Ángeles desde la selva donde habia ido á rezar y le siguieran las gentes en tropel para recoger su palabra, preguntóle el hermano Maesso la causa de que sin ser ni hermoso de cuerpo, ni despierto de inteligencia, ni noble de orígen, todos se agolpáran á escucharle, á bendecirle, á obedecerle, y el Santo le respondió que lo debia á la divina misericordia, la cual, viéndolo entre los más pecadores y los más viles y más oscuros, le habia escogido para sus obras milagrosas, confundiendo con tan despreciable criatura la nobleza, la fuerza, la ciencia del mundo, y demostrando que todo viene de Dios, cuando por gracia de Dios puede así trasformarse en ángel de los cielos pobre gusanillo de los campos. Y una vez que iban Francisco y Maesso á Francia, mendigaron en ostentosa ciudad. Y Francisco, reducido ya de estatura, demacrado de rostro á causa de sus maceraciones, apénas recogió ninguna limosna, en tanto que Maesso, en la flor de los años y lleno de gracia, llevó consigo, no ya mendrugos, sino panes. Y los pusieron los dos hermanos sobre una piedra que brillaba á los ojos del Santo como próvida mesa, y á los ojos de Maesso aparecia como el extremo de la miseria. Y á fin de apartarlo de estas dudas y sostenerlo en el amor á la pobreza, desanduvo el camino andado, se volvió de la ruta de Francia á la basílica de Roma, y allí oró tanto, que Pedro y Pablo descendieron del cielo al templo y se presentaron resplandecientes de celeste luz á Francisco para mantener sus fuerzas y alentarlo en la pública profesion de la pobreza. Y no solamente vió á Pedro y Pablo, sino que vió con todos sus hermanos á Jesus mismo, pues un dia que estaba rodeado de los monjes más rudos, los cuales hablaban de Dios en el lenguaje más elocuente, se les apareció el Salvador en la forma de un jóven hermosísimo y todos quedaron como ciegos y cayeron como muertos, de la misma suerte que los apóstoles cuando resplandeció á sus ojos la luz divina del Tabor.
Los prodigios menudeaban en torno del Santo á medida que crecia en virtudes y se ejercitaba en austeras penitencias. En cierta ocasion que le importunaban los frailes para que recibiese á comer á Santa Clara, convidóla á partir el pan sobre la dura tierra, y cuando se acababa el banquete púsose á hablar de Dios con tan vivos trasportes, que encendió en la llama de su palabra bosques, campos, convento, hasta el punto de creerlos todos cuantos pasaban presa de voraz incendio y próximos á reducirse á cenizas; creencia de cuya falsedad se persuadieron observando que aquel fuego milagrosísimo resplandecia y no quemaba, pues era como la espesa llama de un espíritu animado en el divino amor. Otro dia recibió órden de no reducirse á orar, sino de correr á la predicacion y sin curarse de senda ni camino, confiando su palabra á la Providencia, como las palmas confian su pólen al viento, encontró á muchedumbre de campesinos y les predicó la virtud, y como quisieran seguirlo, mandóles que se quedáran en sus viviendas, pues él tenía mensajeros en todas partes, y dirigiéndose á bandadas de pájaros, las cuales formaban misteriosos círculos sobre su cabeza, los conjuró á sembrar la palabra divina y á este conjuro se dividieron como en legiones, yéndose unas á Oriente y otras á Occidente, éstas á Septentrion y aquéllas á Mediodía á repetir en sus divinos gorjeos cuanto habian oido. Otra vez fuese á Rieti y predicó á la puerta de una iglesia en el campo. Acudieron tantas muchedumbres en torno de la iglesia que talaron una viña llena de racimos. El rector de tan sagrado lugar se arrepintió de haber consentido la predicacion cuando el Santo le dijo: «¿Cuántas cargas de vino cogias de tus cepas todos los años?—Doce, le respondió.—Pues en nombre de Dios te prometo que este año, de los pocos racimos olvidados bajo los sarmientos desnudos, cogerás veinte cargas.» Y vino el mes de Octubre y cortó mezquinos racimos que apénas tenian unos cuantos granos, y de tan corta vendimia resultaron las veinte cargas. Y no habia ciudad por San Francisco habitada que no tuviera algun testimonio de su poder sobrenatural y de su facultad de obrar milagros. Hallábanse los habitantes de Gubio poseidos del más espantoso terror. Un lobo feroz andaba por los alrededores y arremetia así á los ganados como á las personas, encarnizadamente. Nadie osaba venir á la poblacion ni de la poblacion apartarse. San Francisco prometió que él concluiría estrecho pacto entre la ciudad y el lobo, á cuyo fin se encaminó hácia el término más frecuentado por las correrías y más castigado por los dientes de la feroz alimaña. Seguíanle innumerables curiosos, pero en cuanto se acercó el peligro dejáronle solo, abandonado á su ciega confianza. Así que lo atisbó el lobo, dirigióse á él furioso, babeantes las quijadas, encendidos los ojos, erizada la piel; pero San Francisco le hizo la señal de la cruz é inmediatamente se detuvo como desconcertado y confuso. Entónces el Santo le pronunció elocuente discurso conjurándole á dejar sus crueldades; á vivir en paz con los vecinos de Gubio, para lo cual, en cambio de la deseada sumision prometióle que satisfarian su hambre y respetarian su vida. El lobo tendió su mano al Santo en señal de asentimiento y le acompañó hasta la ciudad como un perro. Y llegados allá predicó un sermon Francisco diciendo que las gentes tenian mucho miedo á las fauces del lobo y poco á otras fauces más terribles, á las fauces del infierno. Y renovó en la plaza el pacto hecho en los campos con el lobo, el cual, en testimonio de su asentimiento, alzó la pata y la puso entre las manos del Santo. Y desde entónces el lobo vivió en Gubio como un perro hasta su muerte natural, y los habitantes le alimentaban y le agasajaban en memoria de San Francisco. Y domesticaba éste las tórtolas de las selvas y vencia los demonios del infierno y sellaba con la nocion de la eterna justicia almas perdidas en las argucias de la mundana jurisprudencia y recogia en las faldas de su sayal, como en amiga madriguera, las liebres perseguidas, y curaba y limpiaba los cuerpos podridos de los leprosos y convertia los ladrones y los asesinos á manera de Cristo en lo alto de la cruz y lograba que la madre de Dios se apareciese á sus hermanos enfermos, y yéndose un dia á Babilonia, como cayese prisionero, á punto de morir, dirigióse al Sultan mahometano con tan tiernas palabras y con promesas tales, que tocado en su empedernido corazon el infiel, le prometió convertirse en cuanto el Santo pasase de este mundo al otro y le enviára por medios sobrenaturales dos franciscanos que vertiesen sobre su frente tenebrosa el agua bendita y regeneradora del bautismo.
Despues de todo esto, no puede ya extrañarnos el imperio ejercido por San Francisco sobre las cosas, tanto animadas como inanimadas. Metíase en las selvas á predicar á los pájaros y mandaba á su discípulo predilecto, el portugues San Antonio de Pádua á que predicase á los peces. Su predicacion á los hombres tenía por objeto mejorarlos, á fin de hermosear en ellos la imágen de Dios que cada cual lleva dentro de sí mismo, y la predicacion á los irracionales tenía por objeto asociarlos á las alabanzas contínuas que entonaba al Criador. Decíales á las aves en sus discursos cosas de una extrema delicadeza; decíales cuanta gratitud debian á Dios que en las pajillas del campo y en las lanas dejadas por los corderos sobre los abrojos les daba materia para sus nidos, y del fondo de un humilde huevo las levantaba con el calor de la vida á los cielos, vistiéndolas de brillante plumaje para que adornasen el espacio, dotándolas de canoras gargantas para que entonasen suaves cánticos, de resistentes alas para que recorriesen lo infinito, de un pecho que podia respirar en las más apartadas alturas y de una vista que podia recoger de hito en hito los solares rayos para que se confundiesen con las estrellas; favores no otorgados á los demas seres, y por los cuales se hallaban como obligadas á componer un coro eterno, á producir un Te Deum inacabable, á ser en la catedral del universo como las trompetas del órgano maravilloso destinado á acompañar con sus melodías y sus acordes las oraciones de todos los seres cuyos misteriosos rumores llenan la inmensa Naturaleza. Y si veia un corderillo conducido al matadero, lo rescataba y le devolvia á la vida; si una tórtola enjaulada, le abria las puertas de su jaula y la tornaba á la libertad; una liebre perseguida la recogia en las faldas de su hábito y le señalaba el camino de la madriguera. Poeta, y poeta entusiasta; abrasado en las llamas del misticismo; conociendo el estrecho parentesco de su cuerpo con el cuerpo de los demas animales, como conocia el estrecho parentesco de su alma con el alma de los ángeles, subíase á las alturas, hincábase en los peñascos, abria en cruz los brazos y conjuraba á su hermano el sol y á su hermana la luna; al viento que pasaba sobre su cabeza y al torrente que se despeñaba á sus piés; al gusanillo perdido en los abismos y al astro perdido en el éter; á todas las cosas creadas é increadas, para que entonasen á una con él, mirando al cielo y adivinando á Dios, cánticos de amor. Sí; que el amor le tenía loco, fuera de sí, en una fragua donde se abrasaban todas las fibras de su carne y hervian todas las gotas de su sangre, amor inmenso, amor eterno, de todo su sér, originario de Dios mismo y consagrado á la dolorida humanidad, semejante al que poseyó á Cristo y le obligó á dejar los cielos por la tierra, la compañía de los ángeles por las injurias de los hombres, las cimas del Empíreo por las cimas del Calvario; el trono luminoso del Eterno, por la cruz ignominiosa del esclavo. Una noche de estío hallábase en oracion al borde de parlero arroyo en las maravillosas campiñas de Italia. Todo convidaba al éxtasis: la claridad de los horizontes, el resplandor de la luna, el murmullo de los bosques, la plateada cinta de las aguas, el aroma de las flores, las estrellas que resaltaban bajo la blanca gasa tendida por el astro de la noche y las luciolas errantes entre las hojas de los árboles como enjambres de celestes aereolitos. Á tanta hermosura le faltaba una voz y pronto canoro ruiseñor, escondido en el ramaje, comienza á entonar sus serenatas, sus arpegios divinos, sus sartas de notas semejantes á las efusiones de misterioso espíritu encendido en ardentísimo amor. San Francisco creyó que el pájaro alababa á Dios y creyó tambien que no debia dejarlo solo en esta religiosa obra. Así que el ruiseñor suspendia su gorjeo, elevaba la voz el Santo, y entonaba una de sus místicas canciones con todos los primores que le permitia la garganta y todo el estro de su inagotable inspiracion. Excitado el pájaro por la voz humana, volvia á cantar con mayor fuerza y con mayor belleza de voz y de escalas. En aquella soledad y en aquella noche, al borde de los arrojaos y á la luz de la luna, bajo las ramas de un verde primaveral y sobre la hierba florida, parecian pájaro y Santo dos pastores de las Églogas de Teócrito y de Virgilio, entonando por las campiñas de Arcádia ó de Parthénope, en poético desafío, sendas canciones de amor. Al fin, la voz del ruiseñor venció á la voz del Santo. Con su natural candidez no se sonrojó de confesar éste que en alabar á Dios vencia el ave de los cielos al pobre poeta de la tierra. Mas la música le era indispensable á la expresion de esos sentimientos intensísimos en cuyo calor estalla y se rompe la frágil palabra humana. Cuando llegaba al extremo de la pasion, al extremo del éxtasis, al extremo de sus religiosas exaltaciones, daba de mano á la palabra, al discurso, al verso, acogiéndose á los cánticos y á las melodías como formas propias de las inspiraciones más sublimes y, sobre todo, de aquellas que provienen ó de la religion ó del amor. Despues de su conversion, cantaba los objetos sacros con el mismo fuego y con el mismo empeño con que en sus mocedades cantára los objetos profanos. Y no solamente cantaba, se complacia en oir cantar á los demas, cosa que por todo extremo le exaltaba, pues le abria el cielo de nuevas místicas visiones. Un dia, al término ya de su carrera, bajo el peso de sus penitencias y de sus maceraciones, deseó recrearse y esparcirse un poco oyendo alguna sonata. Los ángeles del cielo que por mandato de Dios miraban hasta el fondo de aquella alma purísima, penetráronse de su deseo y quisieron satisfacerlo. Dejaron, pues, la eterna luz y descendieron á nuestras tinieblas. Era de noche y San Francisco oraba en su celda. De pronto, los venidos al traves de lo infinito desde las cimas etéreas á nuestro oscuro abismo, suspensos de sus alas en torno de la reja, pulsando sus laúdes, aquellos mismos que acompañan los hosannas de la gloria y los conciertos de los astros, difundieron unas melodías tan puras en los aires y llegaron hasta el alma extática del Santo con emociones tan profundas, que creyóse muerto de místico placer y trasportado á la eterna vida. No es mucho, por tanto, que á la hora de su muerte, en misteriosa tarde, cuando se habia desvanecido el crepúsculo y acercado la noche, las hijas de la luz, las profetisas del alba, las cantoras de la mañana, las alondras, abandonaran todas en tropel sus nidos de barro y vinieran á bañarse en los resplandores espirituales de aquel tránsito sublime, en tal modo que la bellísima alma del Santo, al tomar su vuelo hácia la eternidad, no dejó ni un momento de oir los cánticos de las sencillas aves que le despedian desde la tierra, confundidos con los cánticos de los ángeles y de los serafines que saludaban su triunfal entrada en la gloria.
VII.
¿Cómo ha sido formada la leyenda de San Francisco? El sentido vulgar cree que en cuanto se habla de la leyenda de un santo, de un héroe, de un reformador, se niega implícitamente su histórica existencia. Nada más infundado. Todos los críticos reconocen unánimes cuán fácil es convertir una relacion histórica en una relacion legendaria, ó aumentar las proporciones de los hechos ciertos con los espejismos de la exaltada fantasía. Sobre datos históricos indudables pueden levantarse con suma facilidad leyendas inverosímiles. Que San Francisco vivió en Asis, predicó, evangelizó, fundó su órden, influyó poderosamente en su tiempo y entregó el alma á los cuarenta años en rígida penitencia, cosa es evidente, por todos admitida, de nadie negada. Pero que en torno de esta figura histórica se extiende como una luz fantástica, tampoco admite duda alguna. Así que muere, la trasfiguracion del Santo se verifica hasta el punto de que aquellos mismos empeñados en no verle sino á traves de las ligerezas de su juventud y de las exaltaciones de su edad madura, le creen preservado del más irredimible y más fatal de todos nuestros forzosos tributos á la naturaleza; del tributo de la muerte. Los superiores de su órden inflaman de tal modo con el relato de sus milagros la imaginacion popular, que en tres años se alza en Asis su inmenso monasterio, como si hubieran descendido á fabricarlo por sobrenatural llamamiento los ángeles del cielo. Y sucede esto, porque en los palacios y en las cabañas, entre ricos y pobres, se conocen los hechos de Francisco piadosamente aumentados por la fe y admitidos por la índole propia de aquellos tiempos. La devocion se extiende en tales términos, que cincuenta años despues de su muerte los artistas corren todos en tropel á revestir de los cuadros nacientes en la fantasía regenerada, la tumba de un mendigo. Ya en el mismo siglo décimotercio, la epopeya de Francisco de Asis está escrita en hexámetros de latin eclesiástico. Y ántes de que el siglo décimocuarto se desarrolle, la traducen los fieles al habla de los trovadores y la ponen junto á los libros de caballería. Su historia crece en maravillas á medida que á mayor distancia del Santo se relata por fidelísimos devotos. La relacion de Celano, en prosa y en latin, cuatro años despues de la muerte de Francisco, es la más sencilla. La relacion de los tres socios, ó de los tres discípulos, Vita à tribus sociis, escrita más tarde para corregir y completar la obra de Celano, admite en mucho mayor grado lo sobrenatural y lo maravilloso. La distancia en el tiempo suele ser al reves de la distancia en el espacio, aumenta los objetos.
Luégo, un filósofo escribe la vida de San Francisco de Asis y la escribe para demostrar una tésis fundamental de su filosofía. Este filósofo es San Buenaventura. Su sistema se deriva de Platon, y por lo mismo se relaciona más estrechamente con el arte y con la poesía que ningun otro sistema de aquel tiempo. Para conocer los hechos y las ideas, lo existente y lo posible, la naturaleza y el espíritu, la ciencia y el Criador, no tenemos bastante con las luces naturales y con el puro raciocinio; necesitamos la intuicion sobrenatural, cuya mirada se aguza más que en las argumentaciones dialécticas, en la caridad y en el amor. El mundo ideal ó de los arquetipos eternos, el mundo exterior ó de las realidades imperfectas, el mundo de las ideas increadas y el mundo de los seres creados, propio aquél de los ángeles y éste de las bestias, exigen, si no han de estar separados, si han de ser comprendidos el uno por el otro, puesto que al cabo forman los dos volúmenes de un mismo libro, las dos páginas de una misma hoja, sólo que una página mira hácia lo divino, hácia arriba y otra hácia lo material, hácia abajo; exigen estos dos mundos, decia, si han de ser comprendidos, una entidad mediadora, un ente intermedio, con algo de los ángeles y algo de las bestias: el hombre, el cual no conoce las esencias, sino sus manifestaciones externas, no conoce las sustancias, sino los fenómenos y no puede elevarse hasta lo permanente, hasta lo absoluto, hasta lo eterno, hasta las leyes que son obra del Verbo y hasta el Verbo mismo que es esencia de Dios, ni por la percepcion, que sólo ve lo externo; ni por el sentimiento, que sólo adivina la belleza en las proporciones; ni por el juicio, que sólo conoce la relacion de los fenómenos; sino por algo más grande, por un arranque soberano de la voluntad, por un impulso ciego del sentimiento, por la mística plegaria del creyente, exaltado, trasfigurado, fuera de sí, en arrobamiento, en éxtasis, viendo las ideas y los arquetipos en Dios y los mundos como sombras de esas ideas y de esos arquetipos en los espacios. Y no podia presentarse ideal más perfecto de los trasportes del corazon, de sus arrebatos y deliquios, de los impulsos á lo sobrenatural que este pobre, este mendigo, este cenobita, muerto para sí y sólo viviente para la humanidad; elevado desde las cenizas y el cilicio á la intuicion de Dios; ántes un gusanillo de la tierra y luégo un íris que luce sobre el diluvio de nuestras lágrimas; un Elías atravesando los espacios en el ígneo carro de abrasador misticismo; el ángel que San Juan viera en el Apocalípsis, apareciendo por el Oriente y llevando el sello de Dios en las manos; sér de inmensa grandeza, sér casi divino, que ha llegado á esta sublime trasfiguracion por la virtud de religiosa exaltacion y por los milagros de religioso amor.
En la órden de San Francisco se profesaba como una especie de superior adoracion á Dios, la poesía. El Santo mismo ha compuesto versos que pasaron de boca en boca sin fijarse, sin escribirse hasta muy tarde. Ozanam confiesa en su bellísimo libro sobre los poetas franciscanos en el siglo décimotercio, que la oda ó himno al sol es citado por la vez primera por Bartolomé de Pisa á fines del siglo décimocuarto y que el poema al amor divino sólo aparece en San Bernardino de Siena, el cual escribe cien años despues de la muerte de San Francisco. El crítico Crescimbeni publicó el himno al sol como muestra de antigua versificacion italiana, y otro crítico le reprochó lo mucho añadido y lo mucho quitado so color de correccion, diciendo que por este método podia convertirse un discurso de Demóstenes en una oda de Anacreonte. Por aquel tiempo, Italia celebraba grandiosos espectáculos. Ya eran torneos y justas; ya procesiones en que se veian millares de personas vestidas con túnicas blancas y coronadas con flores várias; ya jubileos donde trescientos mil peregrinos se congregaban en torno de un sepulcro; ya autos sacramentales en los claustros de las iglesias que representaban misterios de la religion; ya capítulos como el que tuvo la órden tercera de San Francisco, compuesto de cinco mil hermanos congregados en el campo, al aire libre; fiestas muy gustadas del pueblo, que las amenizaba con el esparcimiento propio del carácter italiano, con las populares improvisaciones poéticas. Y aquí, en estas congregaciones, brotaba la poesía popular, la poesía vertida en el habla de los pueblos, cada vez más alejados del latin eclesiástico. Y la órden franciscana, órden esencialmente democrática, órden de puro carácter evangélico, órden popular, debia, para ganarse las muchedumbres, hacer dos cosas igualmente gratas al pueblo: trovar, y trovar en la lengua del vulgo. Así, poco á poco se iba creando la democracia, se iba desprendiendo el arte y la ciencia del idioma de las aristocracias teocráticas para usar el idioma de todo el mundo. Y era natural, naturalísimo, que los franciscanos trovasen la poética vida de su seráfico fundador y que la trovasen para el pueblo. Fray Pacífico, que acompañaba á Francisco, á la manera del evangelista San Juan á Jesucristo, compuso versos místicos en alabanza al inmortal fundador. Y su asunto no podia ser más legendario. Alzó una noche los ojos al cielo y vió la gloria, los santos, los mártires, las vírgenes, los ángeles, los arcángeles, los serafines, los querubines, todas las jerarquías de los seres celestes. Y en aquellos luminosos círculos sin fin, en aquellas espléndidas esferas, por las altas cimas del Empíreo, vió un sitio vacante; el sitio de un ángel destronado como Luzbel, y caido desde la eterna luz en las eternas tinieblas. Y aquel sitio angélico estaba reservado en el pensamiento de Dios al bienaventurado Padre San Francisco. El pueblo, que toma por realidad la poesía, lo alcanzaba tambien á descubrir allí y le consagraba su apasionado culto y sus fervientes oraciones.
Así, poco á poco la leyenda se fué formando y se fué sustituyendo á la historia. Un siglo más maduro que el siglo décimotercio necesitaba reunir las tradiciones franciscanas en su conjunto y darles la apariencia de relatos históricos. El siglo décimocuarto es el siglo en que la prosa italiana se fija definitivamente. Y el siglo décimocuarto es el siglo en que se escribe I Fioretti di San Francesco en prosa. No intenteis averiguar el autor de esa leyenda. Las obras que representan el ideal de un siglo tan admirablemente como esa obra mística, no tienen autores personales; nacen como las catedrales que se levantan por todo un pueblo entusiasmado, el cual eleva las piedras á los cielos, obedeciendo el llamamiento y la órden de un arquitecto invisible. No las leais tampoco en ninguna traduccion moderna. Nuestras lenguas son demasiado sábias para verter todo el candor de la primitiva fe. La misma traduccion de Ozanam, con ser obra de este literato puramente católico, de ideas ortodoxas, de creencias purísimas, cuya fe no se desmintió un momento, está muy léjos de verter en su correcto frances académico toda la inocencia de ese libro. Para comprenderlo mejor, sería necesario admirarlo en el pergamino de los primitivos códices, donde áun se conservará el calor de la ardiente mano que trazára aquellas páginas y el borron de alguna lágrima ferviente. No pudiendo procurarse esto, convendria leer las Florecillas franciscanas en esos libros de feria impresos en tosco papel y con primitivas láminas, donde sobre la rudeza de la forma resplandece el alma de un pueblo. Seguramente hay que devorarlo en el italiano de la Edad Media. Su carácter iguala al candor de una pintura de Cimabue, al dibujo de una viñeta de breviario, al eco de una salmodia gregoriana, al Stabat Mater en su no aprendida sencillez que llega á lo sublime.
Las leyendas no han quitado su grandeza á ninguno de los seres sobre los cuales han tendido sus redes de oro y perlas. Guillermo Tell vive todavía. Cuando atravesais el lago de los Cuatro Cantones, cuando veis resplandecer en la cima de los Alpes la nieve eterna y en el fondo de los valles el lago celeste, la sombra que corre por todos aquellos encantados espacios es la sombra del gran cazador que dió muerte á un tirano y vida á un pueblo. La historia ha querido, por una de sus extrañas coincidencias, que la personalidad histórica de Zuinglio, el creador de la conciencia religiosa de Suiza, tenga el lugar de su muerte cerca de la capilla de Guillermo Tell, el creador legendario de la conciencia política de Suiza. Desde lo alto del Righi, podeis ver la iglesia de Zuinglio desierta de peregrinos. Y en el lago de los Cuatro Cantones veréis todos los dias barcas que se dirigen á llevar peregrinos al sitio donde la tradicion ha convenido en poner la leyenda del arquero inmortal, fundador de la secular República de Helvecia. Y en aquel espléndido paisaje los versos de Schiller, las notas de Rossini, las narraciones de la leyenda no hacen más que aumentar la realidad del héroe, tan duradero como la misma naturaleza. Pero la crítica os dirá que una parte considerable de la poblacion suiza proviene de las costas del Báltico, de los pueblos boreales, y que en esas costas, entre esos pueblos se ha encontrado tradicion semejante á la tradicion de Guillermo Tell, el cazador obligado á traspasar con aguda flecha la manzana puesta sobre la cabeza de su hijo por la alevosía de un tirano, para el cual guarda su víctima la otra flecha.
Nosotros no podemos extrañarnos de nada, porque hay en la historia nacional un personaje parecido, símbolo de la independencia naciente, orígen de la literatura patria, personificacion del genio hispano; nuestro Cid Campeador. La crítica histórica del pasado siglo llegó á negar su existencia. Eruditísimo sabio consagró un libro entero á demostrar que el héroe aparecia en nuestros anales como una especie de fantástica figura formada por los rayos de la exaltada fantasía popular y semejante á las mentidas islas que la refraccion de la luz dibuja en los purpurinos cielos del África. La especie pasó de los libros nacionales á los libros extranjeros, y uno de nuestros más grandes oradores tradujo la historia del célebre autor inglés que negaba rotundamente la historia del Cid. Dábase tal viso de verdad á la ligera crítica, que Rodrigo de Vivar se desvanecia como héroe engañoso de falso cronicon. Inútilmente los devotos de las glorias nacionales se hundian en los archivos, registraban los pergaminos y veian el nombre del Cid en los últimos versos latinos que precedieron á los primeros balbuceos de la lengua castellana. «Ya lo veis, decian los críticos, héroe de versos, de poemas, de romances, un Amadis de Gaula. No teneis más remedio que renunciar á él como habeis renunciado á Bernardo del Carpio.» Los eruditos continuaban su trabajo titánico y descubrian huellas del nombre de Rodrigo en los documentos del siglo undécimo. Y los críticos decian que del nombre no dudaban; pero dudaban de la verdad de los hechos atribuidos á ese nombre. Y el Cid se enlaza á toda nuestra historia: al orígen de las Córtes, por la Jura en Santa Gadea; al engrandecimiento de Castilla, por sus estrechas relaciones con D. Fernando I; al combate de los nobles con los reyes, por sus altivas relaciones con D. Alfonso VI; á las clases populares, por sus venganzas en los Condes de Carrion y sus protestas contra las innovaciones religiosas; á la toma de Toledo, en cuyos muros se dibuja aún la sombra del héroe; á la conquista de Valencia, que lleva su glorioso nombre; al rescate de todo nuestro suelo, pues en sus correrías por la España árabe quebrantó los brillantísimos reinos nacidos entre las ruinas del Califato de Córdoba; al comienzo de la lengua, porque sus leyendas, sus poemas, los cantares consagrados á sus hazañas, son los primeros vagidos del habla nacional; y, por último, á nuestra literatura entera, donde el Cid anima al Romancero y el Romancero anima al teatro para producir aquellos milagros de genio, cuyo imperio se dilatará todavía más que el imperio inmenso de nuestras conquistas y de nuestros descubrimientos por toda la redondez de la tierra. Inmensa pérdida la de un héroe así en nuestros anales, pérdida irreparable que arrancaba á un tiempo la raíz de nuestra literatura, de nuestra nacionalidad y de nuestra historia. Pero la crítica no tiene entrañas. Y se restauró la erudicion árabe y se comenzó el estudio de la Historia de España en las relaciones de nuestros enemigos, y se vió que el Cid existia con sus principales hazañas, y dejaba en el suelo mahometano y en los mahometanos anales, un reguero de luto y de terror tan grande como el reguero de luz y de gloria que dejára en nuestros anales y en nuestro patrio suelo. Y la verdad histórica no fué obstáculo para que cada clase creára un Cid á su imágen y semejanza; los nobles, el Cid altivo con los reyes y pendenciero en el palacio; los reyes, el Cid leal y monárquico que resplandece en las obras de Alfonso X; los pueblos, el Cid que no transige con el regicidio consumado al pié de Zamora, y que castiga á los Condes feudales orgullosos de su prosapia, y que amenaza á la Roma pontificia por las maniobras contra la liturgia mozárabe y contra la Iglesia nacional; hasta los monjes, el Cid, sentado ante el altar mayor de San Pedro de Cardeña, despues de muerto, y que resucita y saca la espada cuando un judío quiere mesarle las barbas; de suerte que cada clase, cada aspiracion pone sus ideas, sus intereses, sus recuerdos en el grandioso ideal de todo nuestro pueblo, y el Cid de la leyenda resulta tan verdadero y tan vivo como el Cid de la Historia, y pasa del cronicon al poema latino, del poema latino á la leyenda de sus mocedades, de la leyenda de sus mocedades al poema de su nombre, del poema de su nombre al Romancero, del Romancero al teatro, siempre creciendo á medida que crece y se agranda el genio nacional.
Así, no podeis extrañar ya el nacimiento y el desarrollo de las leyendas religiosas, la parte que tiene en ellas el hecho histórico y la parte que tiene la poesía. Evocad las crísis entre mundos que nacen y mundos que espiran; trasladaos á tiempos de paz universal propicia á la actividad del pensamiento despues de universales guerras, ó á tiempos de guerras, que exigen fuerzas sobrehumanas y son gérmenes de trasformaciones profundas; recorred aquellos desiertos poblados de ideas y poblados de penitentes, aquellas ciudades donde se espera siempre una revelacion que apague la sed del espíritu y un salvador que rompa las cadenas con que estamos atados al límite; evocad todo el prestigio de sitios como las Pirámides, como la Meca, como Jerusalen, como Alejandría, en que se han condensado los misterios y han relampagueado las ideas; ved la aptitud de esas razas orientales educadas en lugares tan brillantes que las arenas resplandecen como si fueran luminosas y los profetas surgen como seres naturales de tan privilegiadas regiones; añadid la índole de esos pueblos para la creencia, la sed del martirio que en ellos se despierta, su vocacion al doble apostolado de la palabra y de la espada; reconoced la tendencia de las ideas científicas á penetrar de un lado en los abismos más insondables de los principios metafísicos, y por otro lado á encarnarse en las verdades más prácticas de la moral; notad luégo cómo los ideales que ciertas gentes ven por superior inteligencia en sí, no pueden verse de todos si no se encarnan en seres aparte de virtudes ó méritos sobresalientes, y explicaréis con sencillez el orígen de tantas y tantas leyendas como consuelan á los pueblos y á los hombres en las tristes asperezas de la realidad, y los congregan en torno de un templo ó de un sepulcro y les dan la idea de lo infinito para expresar lo supremamente bello en el arte y penetrar por su esperanza desde las tristes condiciones de nuestra vida, en la inmortalidad.
VIII.
Extraordinarias y maravillosas circunstancias concurrian, por rara coincidencia, en el sitio, en el tiempo, en la nacion donde brotó la órden franciscana. Escoged el autor que os parezca ménos hiperbólico y más sencillo; el que dé ménos parte en la historia á lo sobrenatural y mayor á los hechos; un positivista, un realista en el sentido artístico de la palabra, un analizador, el cual, en vez de resucitar esta época la diseque, Maquiavelo, por ejemplo, y veréis lo crítico del tiempo realzado por la divina mision de San Francisco. El Pontificado se levanta espléndido despues de haber conseguido la inmolacion de la prematura ciencia de Abelardo y de la prematura rebeldía de Arnaldo, reduciendo el Imperio á ser lo que deseaba Gregorio VII enfrente de la Iglesia como la luna enfrente del sol. El Imperio griego, que se ha preservado de los bárbaros y que ha desarrollado la metafísica antigua aplicándola al dogma, acepta la invasion latina como si resucitára la unidad descompuesta por Diocleciano; anegada en diluvios de sangre. Las cruzadas se detienen á pesar del rápido triunfo de Federico de Suabia, sin poder pasar el límite del desierto, cuando en los tiempos anteriores parecian impulsadas por el espíritu de Dios, y comienza á ceder el feudalismo á la creciente marea de la democracia, que llegará desde el fondo de los municipios á las cúspides de los castillos.
Y luégo, cuando el Santo ha muerto y la leyenda del Santo nace, los tiempos cambian profundamente, como si la segunda mitad del siglo décimotercio fuera contraria á la primera mitad. Apénas ha subido el Pontificado á su cénit con Inocencio III, cuando, muerto éste, declina hácia su ocaso. Los güelfos y los gibelinos combaten como nunca, exarcebándose en crueldad y encarnizamiento. El gran combatiente Erzelino, hombre feroz é implacable, que representaba con justos títulos en las guerras contínuas y sangrientas á los gibelinos, degüella doce mil ciudadanos de Pádua. El Papa Urbano VI llama contra sus enemigos al feroz Cárlos de Anjou, que desembarca en Ostia con gran golpe de gentes llevadas en treinta galeras é inaugura una piratería contínua por las costas del Mediterráneo italiano. La sangre real de Conradino, descendiente de los Emperadores de Alemania é inmolado en afrentoso cadalso por Cárlos de Anjou, salpica la corona del Rey de Nápoles y la tiara del Pontífice de Roma, como su guante de desafío lanzado bajo el hacha del verdugo es recogido por la mano de los aragoneses, que llevaron nuevos elementos de dominacion pero tambien de combate, á la desgarrada Italia. Los franceses que sostenian á los angevinos, son degollados todos á la señal de un astrólogo en Fiorli y al toque de vísperas en Palermo.
El Pontificado recibe por este tiempo cada dia una herida que le produce irremediable decadencia política. El penúltimo papa del siglo décimotercio, Celestino V, revelaria esta decadencia si no la revelasen otros muchos hechos y personajes históricos. Dos años y tres meses yació por tierra el trono pontificio sin Pontífice que lo ocupase, á causa de las turbulentas rivalidades del Sacro Colegio dividido en tres bandos irreconciliables. Por fin, uno de los cardenales propone elegir pobre anacoreta, ajeno á las mundanas ambiciones, desconocido del mundo y menospreciador de sus vanidades, dado desde los más tiernos años al ayuno y á la penitencia en las selvas y en las montañas de la tierra de Apulia, nacido al pié de los castillos feudales en los campos parthenópeos de una sierva familia de jornaleros, educado como los lobeznos y como los aguiluchos en las cavernas; reducido á la soledad desde los primeros años, y por lo mismo apto para sobreponerse al torbellino de las humanas pasiones y regir la Iglesia por amor á Cristo que no dejaria de prosperar su sublime pontificado, en cuyos dias habrian de renovarse los tiempos heroicos del cristianismo y reinar las máximas sagradas del Evangelio. Á estas consideraciones, el Sacro Colegio le elige por voto unánime. Cuando la diputacion de cardenales, atravesando montañas que parecian inaccesibles, selvas que parecian inexplorables, llanuras que parecian desiertas, lo encuentra al borde de los torrentes, en la desnudez más completa, confundido casi con los seres irracionales y materiales, semejante al San Jerónimo que ha consagrado la tradicion religiosa en los cuadros de los pintores ascéticos, el anacoreta espantado no alcanza á entender de qué le hablan y rehusa el irse con los embajadores, prefiriendo á todas las pompas y á todas las dominaciones del mundo, su austera soledad. Dos reyes, uno de Nápoles y otro de Hungría, van á los desfiladeros, donde se mantiene de hierbas y se viste de hiedra, como un sacerdote contemplativo de la India, para echarse de rodillas á sus plantas y rogarle que salve á la Iglesia, bañándole los piés con torrentes de lágrimas y perturbándole la cabeza con suspiros y súplicas hasta obligarle á ceder y conducirlo á Aquila en la patriarcal montura en que Cristo llegó triunfante á Jerusalen, llevada por manos reales del ramal y seguida de obispos, arzobispos, caballeros, todos vestidos de púrpura y brocado, como para realzar la humildad del pobre penitente hecho jefe espiritual del catolicismo y representante de Dios sobre la tierra por súbita intervencion de la Providencia. En Agosto de 1294 fué coronado y en Diciembre del mismo año tenía hecha ya pública dejacion de su tiara. No habia remedio: en las ciudades se ahogaba su pecho acostumbrado al aire libre de las selvas; en las intrigas de los palacios se perdia su inteligencia consagrada á la contemplacion pura de la verdad religiosa y al éxtasis más completo: la mesa del festin repugnaba á quien comia el duro pan de los siervos y bebia en el hueco de las manos el agua pura de los torrentes; la corona de oro y pedrería abrumaba aquella cabeza, acostumbrada como los lirios del valle á una corona de rocío; en las alturas del poder sufria vértigos su mirada, propia sólo para contemplar como las águilas frente á frente el sol en las sublimes alturas de las montañas, y la presencia de los hombres aterraba al que se creia por sus oraciones y por sus ayunos, sólo con sus pensamientos místicos y sus prácticas piadosas, en presencia siempre de Dios. Á mayor abundamiento, refieren los historiadores que el ambicioso cardenal Gaetani, aspirando á ser su sucesor, le ponia emboscadas á cada paso, le llenaba de escrúpulos la conciencia, le fingia voces de condenados y trompetas de los ángeles del Apocalípsis en las largas noches de invierno, para reducirlo á deponer su corona y á tornar á su desierto. Y en efecto, abdica la tiara y corre á la Apulia en demanda del anhelado reposo. Pero Gaetani, que alcanza su codiciada sucesion bajo el nombre de Bonifacio VIII, manda emisarios que le liberten de un competidor peligroso. Avisado con tiempo el pobre Celestino V, corre á las playas, toma una barca de pescador y rema para ganar las costas de Dalmacia y perderse en más apartados desiertos. Pero los vientos y las olas le arrojan nuevamente á las costas de Italia, donde su perseguidor le apresa y le encierra dentro de una torre, tumba anticipada que presencia una agonía de diez meses y recoge el cadáver de aquel penitente exaltado desde las cavernas al trono y caido desde el trono en los calabozos, imágen fiel de las deshechas borrascas de sus rudos tiempos.
La órden de San Francisco debia, por su orígen y por su carácter democrático, oponerse á estos desórdenes del pontificado y contribuir por tanto á la decadencia de la institucion que podriamos llamar fundamento único de la moral religiosa en la Edad Media. El más ilustre de los franciscanos, despues del fundador, fué Jacopone de Todi. Educado en Bolonia, perito en el derecho, rico y poderoso, casado con idolatrada y hermosísima mujer, nada le faltaba de todo cuanto llama felicidad el mundo. Un dia del siglo décimotercio, á los cuarenta años de la muerte de San Francisco, celebrándose alegres fiestas y espectáculos en Todi, se hunde un tablado y mueren tristemente en la catástrofe numerosas personas. Entre los muertos se encuentra la idolatrada esposa de Jacopone, el cual sólo tiene tiempo para recoger entre sus brazos el cuerpo desgarrado y aspirar en los labios el suspiro último de su idolatrada compañera. Desde aquel dia arroja su toga y toma el sayal; abandona el mundo y abraza la penitencia; cierra los libros de Ciceron y abre los libros de piedad; renuncia á los discursos elocuentes y entona los versos místicos; deja la compañía de los jurisconsultos y sigue la compañía de los franciscanos; huye los aplausos y busca los sarcasmos de las gentes; reparte sus bienes y se resigna á la pobreza; renuncia á las locuras insensatas del mundo y sigue la divina locura de la Cruz. Para conocer hasta donde llega su inspiracion, basta decir que es autor del Stabat Mater, esa sublime elegía cuyos acentos no podemos oir el Viérnes Santo entre los altares desnudos, el santuario solitario, el templo oscuro y la Cruz recien descubierta, sin que nuestro corazon se inunde de tristeza y participe de todos los dolores de la Vírgen Madre durante la pasion. Jacopone es contemporáneo de Celestino V. Naturalmente, el asceta debia desde el claustro exaltar al asceta que se eleva al trono. Á mayor abundamiento, en los cinco meses que duró el reinado de Celestino, el principal empeño de éste debia ser reformar, en sentido cada dia más austero, las órdenes monásticas, y en este empeño debia sostenerle el austerísimo poeta. Luégo, Celestino abdica y Bonifacio VIII le sucede. Jacopone debia seguir al penitente en su desgracia y condenar la ambicion coronada con la humilde corona de Cristo. Así, firma la protesta de aquellos que niegan la validez de la eleccion de Bonifacio. Y á la protesta añade sátiras en las cuales dice que el nuevo Papa vive en los delirios y ambiciones de este mundo como la salamandra en el fuego. Bonifacio VIII no podia sufrir estas injurias y con gran ejército se dirige á Palestrina, donde estaban los cardenales protestantes y su exaltado poeta. Largo sitio sufre la ciudad, pero al cabo se entrega, y el Papa busca al cantor y lo encierra en húmedo calabozo. Los escritores Wisseman, Döllinger, defienden al Papa y no pueden negar, sin embargo, la autenticidad de todos estos hechos. Jacopone es arrojado entre tinieblas eternas. Enormes cadenas le abruman; el agua podrida de una letrina apaga su sed, y contra tantos dolores sólo encuentra alivio en su desprecio de las dichas del mundo y en su exaltacion por el dolor. Estando en la cárcel se convocó el gran jubileo de 1300 que vino á torturar su alma áun más que su cuerpo, pues oia al traves de las paredes de su cárcel los cánticos sagrados y el paso de los peregrinos encaminándose á Roma, sin poder participar de sus místicas alegrías. En vano demandaba misericordia al representante de un Dios todo misericordioso. Una vez que Bonifacio pasaba por la calle de su calabozo, segun cuentan autores de todo crédito, se asomó á los barrotes de su reja y le dijo: «¿Cuándo saldrás, Jacopone?—Cuando tú entres, Bonifacio», le respondió el franciscano. Y en efecto, á los pocos dias, los Colonnas se dirigen á Agnani y entran en el palacio del Papa. Éste, no teniendo ninguna defensa material, se fia por completo á su autoridad religiosa, se ciñe sus vestiduras sacerdotales, se cubre con su áurea tiara, empuña su báculo y se sienta en el trono, sobre cuya cima agita las blancas alas el Espíritu-Santo. Los invasores entran, lo desacatan, lo abofetean y lo arrojan en una prision. Por fin, los habitantes de la ciudad le libertan y se va á Roma. Pero sale de manos de los Colonnas para caer en manos de los Orsinis. Y allí muere á los treinta y siete dias de haber recibido el bofeton que sella la decadencia del Pontificado y muere en un acceso de febril locura engendrada por el sentimiento de sus humillaciones, por haber querido ser un Papa más grande, más fuerte y más imperioso de lo que consentia el espíritu de su tiempo. Jacopone, libertado de su prision por el sucesor de Bonifacio VIII, tiene hoy un nombre glorioso entre los poetas y un nombre bienaventurado entre los santos. Su espíritu democrático contribuyó, como todo el espíritu de su órden, al quebrantamiento y á la decadencia de la autoridad teocrática en la Edad Media.
Lo cierto es que la órden de San Francisco, á sabiendas ó no, contribuye á descomponer los dos elementos capitales de aquellos tiempos: el feudalismo y la teocracia. No medimos al pronto la trascendencia de una idea, porque no conocemos toda su naturaleza, y una idea contiene siempre otra larga serie de ideas. Tal afirmacion, que parece puramente artística, puramente filosófica, resulta luégo una afirmacion política y social. Por ejemplo, el romanticismo literario era una revolucion, tanto en España como en Francia, porque se levantaba contra las reglas de una poética tradicional y cortesana. Tened por cierto que los franciscanos ignoraban el destino social de su aparicion necesaria en el mundo; pero lo cumplian ignorándolo. Por eso el alma de la nueva sociedad, que estalla en el siglo décimosexto, contará siempre entre sus Bautistas al Padre Seráfico y entre los precedentes de su aparicion á la seráfica órden, puesto que representa un término dialéctico en el desarrollo de su idea progresiva y un necesario predecesor en la genealogía larguísima de sus progenitores.
El cristianismo se habia convertido en una doctrina de autoridad, indispensablemente para cumplir estos dos ministerios capitales en la transicion dolorosa del antiguo mundo al mundo moderno; para sustituir con algun principio de unidad moral la soberanía política perdida por Roma y para educar y domar con una verdadera disciplina religiosa la inteligencia inculta y la voluntad indómita de los bárbaros. Esta doctrina, que desde el siglo primero al siglo cuarto fuera una doctrina del pueblo, desde el siglo cuarto al siglo décimotercio se convierte en una doctrina del Imperio. Por tal razon, á no dudarlo, cuantos tratan de fundar la autoridad, ó sobre las ruinas de la antigua Roma ó sobre la cerviz de las nuevas tribus en la larga descomposicion de las sociedades paganas y en la no ménos larga recomposicion de las sociedades modernas, se acogen al catolicismo. Constantino lo saca de las sombras de las catacumbas al aire de la libertad; Teodosio lo declara religion oficial violentando la conciencia pagana del senado romano; Carlo-Magno funda sobre sus dogmas un pacto político, y cree que sería imposible sujetar la barbarie de su tiempo sin pedirle inspiracion y fuerza, para lo cual se arroja á los piés del Pontífice y besa, de rodillas sobre el suelo durísimo, cada una de las gradas que se extienden al pié del templo vaticano. Los Papas mismos contribuyen á este fin, porque desde Gregorio Magno á Gregorio VII y desde Gregorio VII á Inocencio III no hacen más que fulminar sus rayos contra todas las rebeldías del individualismo religioso ó político y rehacer, por medio de su autoridad dogmática, la autoridad social en sus tempestuosos tiempos.
El primero en reanudar la tradicion puramente evangélica, es San Francisco de Asis. Diríase al verlo que ha salido de las catacumbas, que ha orado en sus tinieblas eternas, que ha visto flamear como una amenaza sobre su cabeza los cetros y las espadas de los poderosos y arder á sus piés como un infierno las hogueras de los mártires. Para sus penitencias, busca, como los primitivos apóstoles, el desierto; para sus cánticos y oraciones, el acompañamiento de las aves del cielo y el incienso de las flores del campo; para el apostolado de su doctrina, el pobre y el mendigo, porque su objeto es llorar con los que lloran, padecer con los que padecen, morir por los desvalidos y por los opresos. El espíritu democrático del Evangelio renace en él con toda su pristina pureza. Y se oye en coro sublime, sobre un mundo de autoridad, de fuerza, de guerra, donde la espada es el primer derecho y la victoria es la primer razon, sonar el eterno tema de la oracion en la montaña: bienaventurados los humildes, los débiles, los pobres, los desgraciados, los ignorantes, los atribulados, porque de ellos será el reino de los cielos. Y San Francisco resucitaba la verdadera doctrina cristiana, puesto que toda la enseñanza evangélica es una enseñanza democrática. La han preparado los profetas, y los profetas no son más que los tribunos religiosos consagrados á combatir la idolatría de los reyes. Jamas ha dicho Milton contra Cárlos I, ni Mirabeau contra Luis XVI, ni Tácito contra Tiberio lo que ha dicho Samuel contra Saul en sus esfuerzos para impedir la trasformacion monárquica de Judá. El Bautista vive preparando las vías del Salvador, y muere al capricho de una córte, al antojo de una cortesana, al mandato de un poderoso de la tierra, enemigo natural de las revelaciones del cielo. El dia que la Vírgen siente palpitar el divino Hijo en sus entrañas se exalta de alegría, y alaba á Dios en términos que parecen arrancados á una arenga tribunicia: potentes deposuit de sede et exaltavit humiles; exurientes implevit bonis, et divites missit inanes. El pueblo de Cristo es un pueblo de esclavos; su familia, una familia destronada; su padre, un carpintero; su cuna, un establo; sus primeros devotos, los pastores; sus primeros enemigos, los escribas y los fariseos que componian la aristocracia de Jerusalen; sus primeros apóstoles, los pobres pescadores; su primer perseguidor, un Heródes; su mayor enemigo, un Caifás; su juez, un Pilátos; su templo, el desierto lleno de ideas y no la sinagoga teocrática llena de tinieblas; sus bienaventuranzas, la promesa de consuelo á los afligidos y de libertad á los opresos; su doctrina religiosa venida de un solo Dios y consagrada á todos los hombres, doctrina de igualdad; su vida, un combate con la supersticion y el privilegio; su muerte, un divino holocausto por la salud de todos los desheredados, y una eterna acusacion á la soberbia de todos los tiranos.
Esa tendencia democrática de la doctrina cristiana resucitaba el Santo, en una sociedad tan fundada en la guerra y en la fuerza de la autoridad como la misma sociedad romana. Á la cabeza del mundo habia un papa con tres coronas y con extenso patrimonio temporal, donacion de Pipino, agrandada por la piadosa condesa Matilde y que era el signo de la autoridad moral del pontificado. Á la cabeza del mundo habia un emperador cuyo poder estaba siempre en litigio y cuyo litigio era una guerra perpétua. La soberanía estaba en la propiedad y la propiedad se extendia, á pesar de tres siglos de cristianismo, sobre las personas. Los valerosos, que habian sometido una compañía á sus mandatos y luchado con ella contra otros enemigos en armas, tomaban sus conquistas por una propiedad, y sobre la propiedad constituian todas las jurisdicciones, desde la jurisdiccion del rey hasta la jurisdiccion del juez y desde la jurisdiccion del juez hasta la jurisdiccion del verdugo. Los reyes no eran más que los jefes, los primeros, los más fuertes de aquella sociedad de conquistadores y terratenientes, siempre armados para defender su propiedad ó conquistar la propiedad ajena. Los obispos, los abades, los monjes eran señores feudales y ejercian todas las jurisdicciones anexas al privilegio señorial. Las ciudades mismas donde comenzaba á brotar la raíz de la democracia se constituian como una personalidad jurídica con ejercicio de derechos señoriales y luchaban rudamente con las otras ciudades en aquella guerra universal por la propiedad. Y en mundo constituido de tal suerte, la voz de un religioso se levanta por los campos, por las calles, por las encrucijadas, predicando que está la perfeccion cristiana en la humildad, en la pobreza, en la miseria; entre los siervos, entre los desheredados, entre los mendigos. Naturalmente, las castas se rompian, la igualdad avanzaba, los maldecidos por los malos usos, los esclavizados por las bárbaras leyes, entraban en el claustro y se colocaban á la cabeza de todas las clases ungidos por la religion, y de esta suerte se fundaba con las mismas órdenes monásticas más desavenidas del mundo, más ajenas á la vida real, más consagradas á sus ayunos y á sus oraciones, por vías misteriosas y providenciales, una sólida, una profunda, una invariable democracia que debia fundar una nueva sociedad.
Así es que la órden franciscana engendra inmediatamente una secta, la cual rompe toda la doctrina ortodoxa y despierta la tendencia vivísima á creer en segura renovacion dogmática despues de la renovacion moral para el establecimiento de progresiva Iglesia donde sean perpétuas las relaciones del cielo con la conciencia del hombre. Evangelio eterno se llama el sistema teológico erigido en creencia complementaria del cristianismo por estos hermanos de San Francisco. Dos revelaciones religiosas han esclarecido el alma humana. Primero, en el comienzo de las edades, cuando la tierra todavía está cercana á su creacion, aparece en los desiertos, y ante la tienda de los patriarcas, en la zarza del Horeb y en las tempestades del Sinaí, aquella revelacion que los franciscanos llaman del Padre, por ser de Dios puro, de la primer persona de la Trinidad, revelacion apropiada á un pueblo primitivo que se ha educado en la servidumbre de Egipto al pié de las Pirámides; que se ha redimido por una peregrinacion nómada desde el África al Asia hasta llegar á su tierra de Palestina; que ha necesitado, junto á los preceptos morales, preceptos higiénicos y políticos para iniciar la lenta y trabajosa educacion de humanidad en el crecimiento de su vida sobre la tierra y de su conciencia en lo infinito. Pero á la revelacion del Padre sucede la revelacion del Hijo. Aquélla se verifica en el comienzo de los tiempos y ésta en su madurez; aquélla cuando las sociedades civiles nacen bajo la tienda de los patriarcas, y éstas cuando las sociedades civiles se completan y robustecen por las instituciones del derecho romano; aquélla en el relampagueo de las cumbres del Sinaí, y ésta en la sublime desnudez del Calvario; aquélla por la tonante voz de un Dios airado, y ésta por la humilde sangre de un mártir sin mancha, siendo la primera la revelacion del Sér, y la segunda la revelacion del amor; la primera, la revelacion de Jehová, y la segunda, la revelacion del Verbo; la primera, la revelacion del Padre, y la segunda, la revelacion del Hijo, necesarias ambas para el desarrollo de nuestro espíritu en la tierra y para su comunicacion estrecha con el cielo. Y así como la sociedad patriarcal se iluminó en la revelacion del Padre ó del Sér, y la sociedad romana con la revelacion del Hijo ó del Amor, nuestra sociedad se iluminará con la revelacion del Espíritu ó de la Ciencia. Y de esta suerte, la órden franciscana rompe, por la apoteósis del mendigo, la sociedad feudal, y por la esperanza en el advenimiento del Espíritu Santo para revelar una verdad más clara en una conciencia más humana, la autoridad teocrática.
Despues de esto, ya podeis explicaros los dos siglos que han de suceder al siglo de San Francisco: el poder de los gremios; la extension de los municipios, las libertades tempestuosas, las asambleas populares, los síndicos elevándose á la altura de los reyes, los nobles perdiendo su imperio sobre los siervos, las artes emancipándose de la tutela litúrgica y yendo á renovar el calor de su sangre en la savia de los campos, el cisma en vigor, la Iglesia en crísis, la conciencia en rebeldía los Concilios llenos de aspiraciones democráticas, las lenguas vulgares elevadas á expensas de la ciencia, el escolasticismo hundido, la razon preparada para entrar triunfante en la filosofía, y la conciencia pidiendo la sustitucion de todos los sacerdocios quebrantados, y el derecho á interpretar la naturaleza, y el espíritu con su libre exámen que forjará otra nueva Europa.
Uno de los misterios mayores que hay en la vida, es el enlace de las causas con los efectos. ¿Á qué cometa habrá pertenecido la materia de que estamos formados? ¡Cuántas revoluciones habrán sido necesarias, cuántas catástrofes, qué de terremotos, qué de levantamientos del suelo y de erupciones del fuego central para producir la arcilla del frágil vaso de vidrio donde apagamos nuestra sed! ¿De qué sustancia se habrá alimentado ó en qué bosque ó selva habrá crecido, cuántas flores habrá llevado, cuántos nidos, cuántos frutos el árbol señalado ya por el destino para ser mi mortaja? ¿Á dónde habrá ido á parar la primera lágrima evaporada de mi mejilla, ó irá á parar el último suspiro de mi pecho en esa fragua contínua de la vida que se llama atmósfera? Pues más difícil todavía es saber cómo penetra la idea en la palabra y la palabra en la conciencia para pasar luégo de los individuos á las colectividades y producir nuevos organismos sociales en estas cristalizaciones incesantes de las ideas que forman como las bases de la sociedad, la cual parece tan sólida á primera vista y está sujeta á una renovacion permanente. En el convento de San Francisco de Asis, á la luz cernida por los rosetones ojivales, al cántico exhalado de los coros semibizantinos, al rumor que producen los rezos de los creyentes bajo las bóvedas sembradas de estrellas y los pasos de los peregrinos sobre las losas del pavimento de mármol; entre aquellos ángeles y aquellos santos que se destacan de los muros como ideas vivientes; entre aquellas estatuas tendidas sobre los sarcófagos, que os hablan de la eternidad con sus labios de piedra; creeis estar delante de una de esas rocas donde acaban los terrenos primitivos y empiezan los terrenos secundarios ó terciarios del planeta, como que estais en presencia del monumento sublime donde se trasformó la Edad Media y empezó el espíritu moderno por virtud de la palabra de un penitente, que con su amor impulsó á la tierra en su carrera por el espacio, y acercó á nuestras manos los apartados cielos donde se trasfigura la conciencia. Así ha podido el sentido comun llamar al pobre penitente de Asis, el Cristo de la Edad Media.