EL DIOS DEL VATICANO. (continued 2)
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Comprendo cuán sublime es el simbolismo de la Iglesia al celebrar la Pascua de Resurreccion. Dia de universal regocijo este dia. Cae en la estacion de las resurrecciones. El calor vivificante renace y abriga á la aterida tierra. Las nieves se derriten y envian sus claras aguas á los rios. El campo se cubre de verdura, la verdura de flores, las flores de mariposas. Los almendros, los manzanos, los limoneros y naranjos semejan otros tantos ramilletes. Las aves se entregan á sus cánticos y á sus amores. Hínchanse las yemas de savia, y las larvas se trasforman en pintados insectos. Sale de su agujero la hormiga, y la abeja de su panal. Las torres, que durante tres dias estuvieron mudas, echan al vuelo sus campanas. Vístense los campesinos de fiesta. La Vírgen-Madre, ántes llorosísima, se ciñe de guirnaldas para salir al encuentro del hijo de sus entrañas. En la procesion de la mañana de Pascua, por nuestros campos y nuestras aldeas todos á una entonábamos el cántico de la resurreccion: aleluya, aleluya. Parecíanos ver el Crucificado erguirse sobre su lecho de mármol, rasgar el sudario, quebrar la losa, volver á la vida, resplandeciendo de alegría. Las amapolas eran más rojas, las flores del almendro más sonrosadas, el aroma del azahar más penetrante, el cántico de las aves más sonoro en este dia á nuestros sentidos perfumados por la miel de santo misticismo. Yo declaro que veia la naturaleza más hermosa. No me extraña esta interior vision del mundo externo. Me han asegurado piadosos viajeros haber oido, atravesando las cordilleras de los Andes, palabras místicas á esas aves que remedan las articulaciones de la voz humana. Convertimos el Universo en verbo de nuestro pensamiento, y sus rumores en eco de las palabras murmuradas por la conciencia á nuestro oido. ¡Santa alegría de la mañana de Pascua, bendita, bendita seas!
Comprendo que el doctor de la epopeya alemana, despues de haber sentido todos los dolores y miserias de la humanidad; despues de haber tocado todos los desengaños de la ciencia; al ver su frente coronada de dudas y su corazon coronado de espinas, pensase en apurar el tósigo, y sólo apartára la funesta copa de los labios al eco de las campanas que anunciaban la resurreccion; de las aleluyas que anunciaban la Pascua; de los cánticos sagrados cuya virtud puede reconciliar á la desesperacion con la naturaleza y con la vida.
El dia de Pascua en Roma seguí yo todas las ceremonias religiosas. Escuché al amanecer el alegre repique de sus innumerables campanas; fuí á la basílica de San Pedro; atravesé la gran columnata del Bernino; oí el rumor de las dos fuentes que envian á las alturas sus aguas en surtidores, verdaderos arroyos; contemplé el obelisco de Calígula traido á Italia por la mayor nave de toda la antigüedad; subí la majestuosa escalinata que conduce al templo, y penetré en su interior con el espíritu regocijado por el recuerdo de mis antiguos afectos é ilusiones en el dia de Pascua. No me asaltó la comezon de crítica que suele asaltar á todos los visitantes de la basílica Vaticana. Como en ella se han empleado tan fabulosas riquezas, como han contribuido á ella los primeros arquitectos del mundo, no hay quien resista la tentacion de criticarla. Irrealizable idea, dicen unos, la idea de Bramante, que propuso una cúpula mayor aún que esta cúpula. Grande lástima, exclaman otros, no se realizára el pensamiento de Rafael, la cruz griega, que permitiera ver la rotonda desde la entrada en el templo. Variedad, riqueza le quitó Miguel Ángel, observan algunos, oponiéndose al plan de San Galo, porque tendia en sus pirámides y sus cúpulas al gótico, abominado en la pagana Roma; miéntras todos observan que la ilusion óptica contraría el efecto de la iglesia; que su grandeza no puede comprenderse á la primera ojeada; que la inmensidad de sus dimensiones daña á la hermosura artística; que el fondo se ve desde la puerta envuelto en una especie de engañoso vapor; que se necesita andar los doscientos pasos en torno de las colosales pilastras, sustentáculos de la inmensa linterna, para conocer en virtud del análisis toda la magnitud de esta iglesia única; que la riqueza de mármoles y bronces pasma, pero no extasía; que las violentas estatuas señalan época ya de triste decadencia, y época de triste decadencia tambien señala el altar mayor con sus columnas salomónicas, y la santa sede romana con los colosos en bronce dorado, representando cuatro Padres de la Iglesia, cuyos mantos henchidos deben estar por huracanes, segun se agitan, y el Espíritu Santo resaltando en trasparentes cristales de color amarillo, que parece paloma caida en gigantesca fuente de bien batidos huevos.
No busquemos en la iglesia vaticana el misticismo que se exhala de nuestras catedrales góticas: la piedad retratada en el rostro de las estatuas y de las efigies que nacieran de espíritus puramente católicos; el misterio de aquellos rayos de luz cernidos por los vidrios de colores y quebrados en las agudas ojivas, no; el genio clásico, el espíritu clásico alzó el templo romano en ideas apartadas del ferviente espíritu católico, en ideas paganas; y la grandeza de los arcos semejantes á los antiguos arcos triunfales; y la elevacion de las áureas bóvedas; y las dimensiones de la maravillosa rotonda; y la riqueza de los mármoles cuyos matices tiran desde el blanco perla al ópalo, desde el ópalo al rosa, desde el rosa al lila, desde el lila al amatista; y el relumbrar de los bronces brillantes como el oro nativo; y la riqueza de los mosaicos que en piedra representan con vivísimos colores los más preciados cuadros; y los altares en su lujo, y las estatuas en sus gigantes nichos, y los ángeles abriendo por doquier las alas, y los papas tendidos sobre sepulcros de tan diversas formas y de tan contrarios siglos, forman realmente, si no un templo católico, uno de los monumentos mayores que sobrelleva la tierra.
El Papa bajó á la Basílica. El aparato que le rodeaba el Domingo de Ramos habíase agrandado en el Domingo de Pascua. El número de obispos y arzobispos era mucho mayor. Llevaba Pío IX una capa blanca, recamada de riquísima pedrería, y coronaba su cabeza con la tiara de oro, en la cual iban sobrepuestas tres coronas de brillantes. Conducido á su sede, entonó la misa mayor con voz melodiosa; y despues de la misa, adoró las santas reliquias con extraordinario arrobamiento. Cumplida esta práctica, subiéronle á la ventana mayor de San Pedro, mostráronle á la gran plaza, henchida de gentes. Sus brazos se abrieron como si quisiera abrazarnos á todos, su voz tomó extraordinaria intensidad, y Roma y el orbe entero fueron bendecidos por su palabra y por sus manos. Yo, en medio de las exclamaciones de aquella muchedumbre, del sonoro repique de las campanas, del estampido de los cañones, del himno exhalado por tantas músicas, de la alegría pintada en tantos semblantes, pensaba cómo realmente aquella bendicion podia dirigirse al orbe entero; cómo alcanzaba desde las regiones boreales hasta las regiones del trópico, y cómo entraba en todos los pueblos, hasta en aquellos que más emancipados se creen de la Iglesia católica: en Inglaterra, por los irlandeses; en Rusia, por los polacos; en la América sajona, por los Estados del Sur; en Alemania, por los bávaros; en todo el mundo por las antiguas colonias portuguesas y españolas, que han sembrado de iglesias el África, el Asia, la América, y han enseñado el símbolo de Nicea, así á los indios del viejo como á los indios del nuevo continente.
Si con todas estas ceremonias quieren mostrar que Roma conserva su predominio antiguo sobre el mundo, á maravilla lo consiguen. Ninguna ciudad tiene este poder. Ninguna envia sus bendiciones desde los palacios de París hasta las cabañas de Patagonia. Ninguna muestra su primer magistrado bendecido en todas las lenguas, adorado en todas las regiones, puesto á la altura de verdadero Dios. Ninguna puede decir que sus leyes son el código moral de una parte considerable del mundo; que su rey reina en las conciencias de pueblos diseminados por todo el orbe. Los obispos son verdaderos prefectos encargados de sostener la superioridad moral de Roma sobre todas las naciones. Tributarios somos, tributarios como las antiguas provincias romanas, tributarios del césar espiritual que nos bendice ó nos maldice á su grado, desde su inmenso santuario del Vaticano. Ántes oponíanle las várias Iglesias, las várias nacionalidades, sosteniendo la rica variedad de la vida bajo la unidad pontificia, algun freno. Hoy no tiene freno alguno. Hoy, declarada la infalibilidad, el Papa es toda la Iglesia. En vano los obispos reunidos en Fulda advirtieron el enorme riesgo que corria la unidad del catolicismo; en vano el Prelado de Orleans, tan entusiasta del Papa, calificó de peligrosa novedad los nuevos dogmas; en vano el elocuentísimo Strossmayer, que tan enérgicamente protestára contra la ruptura del concordato austriaco, hizo vibrar su gran palabra en los oidos del episcopado para separarle de vergonzosa abdicacion; en vano Döellinger apeló á toda su ciencia en demostracion de que diez y ocho siglos no vieron apuntar tamaña monstruosidad, sino por los concilios de Letran, verdaderas antecámaras del rey de Roma; en vano el Padre Gratry probó que el Papa Honorio habia sido condenado en el sexto concilio ecuménico por tender á la herejía de los que negaban las dos naturalezas en la persona de Cristo; en vano el cardenal Schwarzenbeg recordó que tras las pretensiones de Bonifacio VIII al dominio absoluto de la conciencia y del mundo, vinieron disentimientos, guerras religiosas, cismas, servidumbre para el Pontificado; todo en vano: una Asamblea cohibida por servil reglamento, impulsada por contínuas proclamas del Papa, puesta bajo el influjo de invasor jesuitismo, incapacitada de tener la unanimidad moral indispensable en la proclamacion de los dogmas, pues ciento cuarenta obispos, los más elocuentes, los más autorizados, los de mejores diócesis, se oponian; una Asamblea en tales condiciones llegó, entre grandes protestas, despues del retraimiento de los conciliares más célebres y más ilustres, en tarde tempestuosa, que semejaba prematura noche, á la divinizacion de Pío IX, superior desde entónces ¡él solo en la tierra! como Dios extraviado por nuestras bajas regiones, superior á los errores y á las debilidades propias de nuestra limitada y fragilísima naturaleza.
La antigüedad tenía tambien sus apoteósis. El hombre, que habia llegado á césar, no se contentaba con ser césar, y aspiraba á Dios. El Senado se reunia y decretaba la divinidad á sus tiranos. Cónsules, sacerdotes, vestales, corrian en torno del césar, le coronaban, le ponian sobre un altar, le trenzaban guirnaldas, le degollaban víctimas, le ofrecian cánticos sagrados y olorosa mirra, celebraban su nacimiento y su inmortalidad con innumerables fiestas. Pero la igualdad de la vida, la igualdad de la muerte, la implacable igualdad que nos muestra á todos, hijos de la tierra, sujetos á idénticas leyes, decian que esas apoteósis, léjos de elevar á un hombre sobre el nivel de los demas hombres, le empequeñecian hasta ponerlo muy por bajo de nuestra naturaleza. El dolor y el esfuerzo, la pena y el error, están en la condicionalidad, en las limitaciones humanas. Y por consiguiente, los hombres-dioses caen pronto, muy pronto, como cayeron los Faraones y los Nabucodonosores. Casualmente las edades de las apoteósis fueron las edades mortales al paganismo. Despues de haber entrado los hombres en el cielo, salieron los dioses. Los pueblos dejaron de ir al templo de Délfos, donde se veian las cimas del Parnaso, donde se escuchaban los rumores de la fuente Castalia, donde hablaba la Pitonisa en versos que contenian los secretos del porvenir, donde se celebraban los juegos píthicos y las asambleas anfictiónicas, donde Apolo derramaba luz sobre la frente, é inspiracion sobre el alma de la madre Grecia. Inútilmente un sabio, filósofo, orador, poeta, guerrero, héroe y artista, Juliano, quiso restaurarlo, idealizarlo, rejuveneciendo el viejo dogma con la nueva metafísica; los sacrificios se interrumpieron, las aras se destrozaron, el paganismo se extinguió, porque habiendo comenzado por la divinizacion de las fuerzas naturales que rigen el Universo, concluyó por la divinizacion de los césares y de los pontífices.
¡Dia de Pascua en Roma! Despues de haber asistido á la misa católica, á las bendiciones pontificias, preguntéme á mí mismo si en realidad algo ha resucitado en estos últimos tiempos sobre aquella tierra, sobre la tierra de la resurreccion en el siglo décimosexto, sobre la tierra del Renacimiento. Aquí está Galatea, allá Psíquis, acullá las musas danzando en torno del antiguo Parnaso, en una parte las escuelas de Aténas más vivientes y más bellas que lo fueran jamas en la misma realidad; en otra parte las sibilas alzadas á las cimas de lo sublime para promulgar los oráculos; en un museo Diana, con la media luna sobre la frente, el arco entre las manos, seguida de sus ninfas, y saludada por las selvas; en otro museo la aurora abriendo las puertas eternales al dia; por doquier, en los arcos triunfales y en las serenas estatuas, renaciente, resucitada la plástica antigüedad en toda su serena perfeccion.
Pero la Edad Media no ha resucitado. Por más que se haya sostenido la supremacía política de la Santa Sede; el predominio del clero sobre las demas clases sociales; la direccion de la política europea en los papas; el carácter religioso y feudal del antiguo patrimonio de San Pedro, la inquisicion para la conciencia, la censura para el pensamiento, la mezcla de la autoridad temporal y la autoridad espiritual en una sola persona; el anatema inapelable sobre el Estado independiente, sobre la escuela láica, sobre el matrimonio civil, sobre la libertad religiosa y de imprenta; la Edad Media no ha resucitado, no ha podido resucitar en Roma ¡Oh pontífices! Los dioses que quisisteis aniquilar se han levantado, sino en el cielo de la religion, en otro cielo hermosísimo, en el cielo del arte; miéntras el espíritu de la Edad Media, que intentais de resucitar, se hunde cada dia más en lo pasado. Renace todo cuanto maldecisteis, muere todo cuanto vivificasteis. ¿No dice esto nada al Papa infalible, al Dios del Vaticano?
Mas no seré yo quien peque de exclusivo é intolerante. El siglo décimoctavo, en su obra de destruccion, pudo, mirando la vida por uno solo de sus aspectos, creer en la necesidad de destruir toda la Edad Media. El siglo décimonono, en su trabajo de reconstruccion, de reconciliacion, no puede, no, decir que diez siglos, mil años, han sido inútiles al progreso humano, y no han dejado nada en el fondo de nuestra civilizacion y cultura. Aquella tendencia espiritualista, aquella tendencia idealista de los siglos medios debe renacer en nuestro siglo, sin su carácter exclusivo, reconciliándose con la naturaleza y con la ciencia. Necesitamos, para que esta nuestra civilizacion sea perfecta, encender en su cima la clara luz y el fuego purificador de verdadero idealismo. Los milagros se repiten todos los dias en las ciencias naturales, en las ciencias exactas, en las ciencias físicas, en todo aquello que tiene por objeto lo natural y lo sensible. Sabemos observar, sabemos calcular como ningun otro siglo. ¿Pero sabemos con igual perfeccion sentir, sabemos pensar? Conocemos el sol, estamos seguros de que su volúmen es un millon cuatrocientas mil veces mayor que el volúmen de la tierra; y que andando sesenta kilómetros por hora, tardariamos doscientos setenta años en llegar á su ardiente superficie; y que puesto el grande astro en el platillo de una balanza, habria necesidad de poner para su equilibrio trescientos cincuenta mil globos terráqueos en el otro platillo; sabemos todo esto del sol, que á tan larga distancia se halla de nosotros; y apénas sabemos nada de la conciencia, de ese sol interior, que en nosotros mismos llevamos y tenemos eternamente.
Estas maravillas de las ciencias físicas no se interrumpen. Ora descubrimos en la Vía Láctea fenómenos que casi escapan al dominio de nuestra dinámica; ora sabemos los cambios que en veinte años ha tenido la nebulosa de Orion. Conocemos el curso de las edades en el planeta; la aparicion de las primeras especies; el despertamiento de los infusorios en los bancos marinos formados durante la época oceánica; las causas de la milagrosa vegetacion, reveladas por los terrenos carboníferos. Miéntras la astronomía nos relaciona con el Universo y la geología evoca recuerdos del mundo histórico, la química revela secretos de la vida. Priestley descubre el oxígeno. Lavoissier descompone el aire y halla en su seno el gas que favorece y el gas que contraría nuestra existencia. El encuentro de virtudes, ocultas ántes, en los minerales impulsa la agricultura, como el encuentro de un gran número de alcalóides, ántes desconocidos, da nuevos recursos á la medicina. La electricidad viene á colaborar en estos prodigios. Desde los misterios de Cagliostro vamos á las claras experiencias de Galvani, que presta movimiento con sus centellas eléctricas á miembros de animales muertos; desde las experiencias rudimentarias de Galvani al conocimiento de la electricidad y de sus leyes, merced á haber puesto Volta maquinalmente un pedazo de periódico humedecido en sus labios entre las planchas de zinc y las planchas de cobre, descubriendo su maravillosa pila, hasta que, perfeccionados todos estos descubrimientos, encontrada la gran fuente de electricidad por los progresos conseguidos en la pila de Volta, Morse, un hombre perteneciente á la raza de Franklin, el primero á quien la naturaleza creyera digno de recibir en sus manos el rayo, ántes reservado á los dioses; Morse inventa el telégrafo, y pone el flúido electro-magnético, alma de las pavorosas tempestades, bajo la mano del hombre.
Al pensamiento humano, á pesar de su infinita intensidad, le faltan fuerzas para seguir todos los adelantos seguidos por el vapor, y el magnetismo, y la electricidad, y el descubrimiento de nuevos gases, y la composicion de sustancias químicas, y las exploraciones de los telescopios en el cielo, y las exploraciones de los viajeros en la tierra, y la ascension á la atmósfera, y el descenso, así á los abismos de las minas como á los abismos de los mares, y las clasificaciones de las especies muertas como de las especies vivientes, y el progreso de la fisiología que estudia nuestro cuerpo, y el progreso de la cosmología que estudia el Universo.
Pero ¿puede gloriarse de igual grandeza moral, de igual grandeza espiritual? ¿No peca, sin duda alguna, por exceso de materialismo como el antiguo mundo clásico? ¿No peca por olvidarse del alma que lleva dentro de sí mismo y del Dios que anima el Universo? Es necesario, indispensable, elevar á los ojos de esta civilizacion materialista un grande ideal. Yo conozco cuánto se oponen á ello las vocaciones exclusivas. Así como hay oidos que no perciben las armonías de la música, ojos que no ven las bellezas de los cuadros, hay almas que no sienten necesidad de la religion. Pero las sociedades humanas ¡ah! no pueden ser exclusivas, las sociedades humanas contendrán siempre como el derecho, como el arte, como la ciencia, como el trabajo, ese otro término de la misteriosa serie de su vida, la religion. Pero á medida que los progresos materiales son mayores, el espíritu religioso, como la inspiracion artística, deben tender más vivamente al idealismo. Y el Dios del Vaticano, especie de ídolo material, vestido de brocados, coronado de diamantes, envuelto en nubes de incienso, embriagado por palabras que saben á las antiguas apoteósis cesaristas, no responde á las necesidades de nuestra época, ni apaga con sus ideas teocráticas la sed inextinguible de nuestro espíritu. En Roma, á la sombra de tantos templos, entre aquel laberinto de altares, á la vista de las innumerables cúpulas por donde han subido como por su escala misteriosa innumerables oraciones al cielo; sobre las ruinas amontonadas en aquellos campos sacratísimos por los devastadores siglos; el pensamiento deja rodar en desórden al viento de todas las ideas los dioses muertos, y se eleva á considerar el Dios vivo, uno, absoluto, eterno; sér, esencia, verdad, bien, hermosura; el Dios de la naturaleza y del espíritu, que se alza sobre todos los cambios, sobre todas las trasformaciones de la historia, y comunica á nuestra alma la esperanza inefable en la inmortalidad.
Esta grande idea crece con el crecimiento de las conciencias, y se purifica con su purificacion. Las revelaciones no han concluido, no, por más que algunos crean agotada su fuente. Los tiempos de la razon ahora comienzan, y no sabemos cuánta luz y cuánto calor la razon tendrá en su seno. El Zeus indio, nacido al pié de aquellas altas montañas, perfumado por el aroma de aquellas espesas selvas, no se detuvo en su cuna de palmas, sino que yendo de gente en gente, trasfigurándose de nacion en nacion, llegó á la cima del olimpo griego. Y un dia, en los pueblos educados por su sagrado númen, brotó la revelacion de la unidad de la conciencia humana, complemento necesario á la unidad de la naturaleza divina, que se revelára entre los relámpagos del Sinaí. Y estas dos ideas altísimas fueron creciendo, espiritualizándose en los diálogos de la Academia, al influjo mágico de la elocuencia platónica, como una infusion de la divinidad por las venas del hombre. Y cuando el pensamiento, extendiéndose, dilatándose, bajó de la metafísica á la moral, y de la moral pasó al derecho, fué necesario universalizarlo en la mente de las muchedumbres, dárselo en comunion á los pueblos para que tanto trabajo no se perdiera, para que tantas revelaciones no quedáran como ideas sin realidad y sin forma en las vagas abstracciones de las escuelas ¡Ah! La idea en su generalidad, en su pura abstraccion, parece espíritu sin cuerpo: no agita los ánimos, no alarma los intereses. Pero la idea, predicada al aire libre, dicha en los oidos de los pueblos, rompe con el sentido general de su tiempo y provoca las iras de la supersticion y de la ignorancia. Por eso el Redentor es necesario, el Redentor que ha nacido para divulgar la idea, que la lleva viva en el corazon, que la modula como plegaria incesante en sus elocuentísimos labios, que la reparte entre los pueblos, que enciende las iras de los viejos ídolos y de las inmóviles castas, que da su vida en afrentoso suplicio por los débiles, por los humildes, por los oprimidos, por los desheredados del mundo. Y la religion del Redentor se encarna en una Iglesia, que al pronto cree ser órgano de un solo pueblo, de una sola casta; pero luégo se abre á la invasion de todas las razas, al influjo de todas las ideas, por medio de un genio, que tiene la virtud de los innovadores, la elevacion de los filósofos, la elocuencia de los apóstoles, el heroísmo de los mártires. Y la revelacion no se interrumpe. Unos le llevan el espíritu judío y semita; otros el espíritu heleno-latino; otros el espíritu alejandrino. Las cuatro misteriosas ciudades, que tenian en sus manos la trama de la civilizacion europea, Jerusalen, Roma, Aténas, Alejandría, hablaron, y sus palabras fueron recogidas, y elevadas al cielo por el divino Verbo. Y no se interrumpió la serie infinita de las revelaciones; porque vino la revelacion del arte en el Renacimiento, la revelacion de la ciencia en la filosofía, la revelacion del derecho en las grandes revoluciones, cuya electricidad ha creado de nuevo al hombre y traido en lenguas de fuego un espíritu divino sobre su conciencia. ¡Ay de las sectas, de las magistraturas, de las iglesias que creen su ideal exclusivo, su doctrina estrecha, su sentido egoista, el espíritu y la doctrina y el sentido de la humanidad, de ese sér inmortal, cuya conciencia es como el espacio donde todos los grandes principios se contienen; cuya idea es como la luz que todos los mundos esclarece; cuyo espíritu es como el aire que todo lo vivifica! Las ruinas son esqueletos amontonados por los siglos. La idea se levanta de unos altares, y corre á otros altares sin detenerse, renaciendo á cada instante de sus cenizas, trasformándose en una serie de trasformaciones infinitas, como contínua renovacion de la tierra y contínuo holocausto que envia eterna nube de incienso hácia los cielos.