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Paternidad

Front matter (continued 2)

Ramón Pomés translation

Su exclamación llena de un inexplicado temor y su desmayada actitud extrañaron mucho al inspector general. Manifestábase en su rostro y en toda su persona aquel desaliento, aquella profunda consternación que experimenta aquel que ve de pronto, paralizados por la desgracia, sus más nobles esfuerzos. Delaberge no podía comprender cómo y por qué el solo anuncio de su entrevista con Simón había asustado de tal modo a aquella mujer. Supuso que la señora Princetot se alarmaba sin duda a causa de la enemiga que su hijo manifestaba a la Administración forestal y temiendo que esto le había de causar algún disgusto. Para tranquilizarla añadió:

—Sí, pasé ayer con su hijo algunas agradables horas en Rosalinda...

Un doloroso suspiro se escapó de los labios de Miguelina y esto aumentó todavía la sorpresa de su interlocutor. Se detuvo un momento, y después prosiguió:

—Regresamos juntos a Val-Clavin y, durante el camino, pude convencerme de que la señora Liénard no me había exagerado las brillantes cualidades de Simón. Es un muchacho de espíritu recto y de corazón noble. Aunque adversario de la Administración forestal, espero que seremos buenos amigos... Estoy contentísimo de haberle conocido.

Estas palabras, lejos de tranquilizar a la señora Princetot, parecieron aumentar todavía su espanto; había de nuevo juntado sus manos y se las retorcía nerviosamente. Al mismo tiempo, vio Delaberge que las lágrimas humedecían los ojos de la hostelera.

—¿Qué tiene usted?—continuó.—Diríase que mis palabras le causan pena... Sentiría con toda el alma que involuntariamente...

Se acercó un poco más a la hostelera y con su voz más afectuosa murmuró dulcemente:

—Vamos, Miguelina, ¿por qué no tiene usted confianza en mí?... Yo no soy ciertamente un extraño... Recuerde que en otros tiempos...

Quiso tomarle amistosamente las manos y ella le rechazó con el gesto indignado de una mujer arrepentida a quien se tratase de inducir a nueva tentación.

—¡Calle usted!—murmuró suplicante.—Me da vergüenza oír hablar de aquellos tiempos.

—¿Por qué?—replicó Delaberge, extrañado de una tan extremosa castidad.—En nuestra edad, señora, ya no hay peligro alguno... Y además, si cometimos en otros tiempos el error de ser demasiado jóvenes, fue aquello un pecado del que ya no queda hoy el menor rastro.

Miguelina se cubría la cara con ambas manos y de buena gana se hubiera tapado los oídos.

—¡Calle usted!—repetía.—¿Por qué habrá vuelto, Dios mío?

—Nunca imaginé—dijo Delaberge impaciente—que mi presencia le había de causar tan gran disgusto... Supongo que no me habrá de creer usted capaz de la menor indiscreción... Tranquilícese, pues, que todo se quedó y se quedará entre nosotros.

Miguelina se dejó caer en una silla, gimiendo con voz doliente:

—Eso no impedirá a las malas gentes charlar de nuevo al verle en mi casa.

Y haciéndola el dolor más expansiva, comenzó toda una serie de hondas lamentaciones: ciertamente, no había ella dudado ni un punto de la honradez del señor Delaberge; pero eso no había de impedir que su llegada al Sol de Oro despertase la malignidad de los envidiosos que hablaban mal del Príncipe sólo porque había hecho fortuna. Iban a remover y a remozar antiguas historias. Y ella, sin embargo, había ya llorado mucho para lavar con sus lágrimas sus pecados... Había ido muchísimo a la iglesia y quemado innúmeros cirios y cumplido las más duras penitencias... Creía que el secreto de sus faltas quedaba enterrado en el confesionario del cura párroco... Poco a poco las malas lenguas se habían cansado y acabado por dejarla tranquila... Comenzaba ya a respirar, vivía feliz entre el Príncipe y su hijo, creyendo que todo había acabado, cuando vuelve Delaberge y cae en su casa como un rayo... ¡Oh, sí, un rayo verdadero!... Cuando le vio entrar en la cocina se le agolpó toda la sangre en el corazón y estuvo a punto de caer redonda en tierra... Después ya no había podido conciliar el sueño, viviendo en una continua angustia y pareciéndole que estaba suspendida sobre su casa la amenaza de una gran desdicha.

X

Delaberge escuchaba con disgusto toda esa letanía de lamentaciones. Compartía muy medianamente el dolor de esa mujer a quien, más que el remordimiento, atormentaba el decir de las gentes. Creía además desproporcionados sus terrores por la falta cometida. Veintiséis años habían pasado por encima de sus pecadillos de la juventud. La señora Princetot, que se había refugiado en las sombras del templo, había de creerse por completo absuelta... La falta pasada había ya prescrito. El señor Princetot, que no había sospechado nada cuando la infidelidad era patente, sería menos accesible aún a las sospechas hoy, en que la hostelera del Sol de Oro edificaba con su religiosidad a los fieles todos. Por eso parecieron al inspector general verdaderamente pueriles las lamentaciones de la señora Princetot.

De todas maneras esta escena de lágrimas se iba haciendo penosa. El continuado sollozo movía con violencia el desbordante pecho de la hostelera y sus carnosos labios agitábanse convulsivamente.

Como había sido la causa de esa tempestad, se creyó Delaberge en el deber de calmarla.

—Señora—dijo,—se da usted una pena inmensa por simples quimeras... Cálmese... Fíe en mi buena amistad y en mi delicadeza. Me portaré de manera que no haya de verse turbada su tranquilidad... Le prometo abreviar todo lo posible mi estancia en Val-Clavin.

Miguelina por la primera vez levantó hasta él sus ojos humedecidos, a los que habían las lágrimas devuelto algo de su antigua luminosidad y de su sensual languidez.

—¡Sí!—exclamó juntando las manos.—¡Márchese... márchese lo antes que pueda, yo se lo ruego!...

Admiróse Delaberge al ver con qué egoísta ingenuidad, aquella mujer, que en otros días estuvo tiernamente desfallecida en sus brazos, le despedía ahora para siempre, como tardándole el momento de verse desembarazada de la presencia de su antiguo amante.

—Mi marcha—replicó Delaberge con cierta ironía—dependerá en mucho de las disposiciones que tome su hijo de usted en ese asunto de los deslindes.

—¡Ah!—gimió la hostelera, frunciendo las cejas y moviendo la cabeza.—¿Por qué se habrá metido en ese malhadado asunto? De él nos viene todo el mal, y seguramente no hemos llegado al fin todavía.

—Tenga paciencia. Todo se arreglará. Veré al señor Simón, y si es razonable...

La señora Miguelina le interrumpió precipitadamente:

—No, no le vea usted otra vez. ¡Ya es demasiado que se encontraran ayer!...

Delaberge se le quedó mirando lleno de sorpresa, preguntándose si no estaría loca aquella mujer.

—No la entiendo... ¿Qué quiere usted decir?

—Nada, nada...

Se vio entonces que hacía grandes esfuerzos para recobrar su impasibilidad de figura de cera y prosiguió:

—Deje usted que hable con Simón; será mejor para mí y para usted... Prométame que se marchará usted apenas quede arreglado este asunto.

—Se lo prometo.

—Gracias, señor Delaberge.

Y se levantó con el aire contrito de una mujer que sale del confesionario. Pero, como antes de salir lanzó una furtiva mirada al espejo, vio que tenía enrojecidos los ojos y que desarregladas sus tocas dejaban al descubierto sus cabellos grises. Y reflexionando prudentemente entonces que era peligroso dejar que notasen los demás las huellas de su emoción, dirigióse hacia el lavabo y con una toalla humedecida se lavó los ojos, se arregló los vestidos y rehizo toda su figura de antes.

La manera de poner otra vez en orden sus cabellos, de lavarse los ojos y de arreglarse las ropas, recordó de pronto a Delaberge los tiempos lejanos de sus citas amorosas en que usaba de las mismas minuciosas precauciones al abandonar sus brazos. Esta súbita resurrección del pasado, evocada por la repetición de gestos familiares, conmovió más hondamente al inspector general que todas las lamentaciones de su hostelera. Olvidó a la cincuentona con tocas de beata y creyó que tenía ante sí a aquella dulce y cariñosa Miguelina que por la noche se deslizaba en su cuarto como una gatita, llena de voluptuosidades... Al fin y al cabo, en toda su laboriosa carrera de funcionario, el amor de esa mujer había sido el único rayo de sol de su juventud, la única copa de placer que habían gustado sus labios.

Se enterneció su corazón, y, obedeciendo a un inconsciente impulso de su sensibilidad, atrajo hacia sí a Miguelina y quiso besarla como para darle un testimonio de su agradecida ternura. Mas ella se resistió, le rechazó casi con ira y salió de la habitación precipitadamente.

Mortificado, inquieto, disgustado, resolvió Delaberge salir a tomar un poco el aire a fin de sacudir tan penosa impresión. Abandonó a su vez el cuarto y la hospedería y comenzó a remontar el curso del Aubette, siguiendo una estrecha garganta por donde corre el riachuelo bajo una bóveda de verde follaje, antes de arrojar sus aguas en el estanque de Val-Clavin.

El lugar era solitario, cubierto de sauces, de abedules y de alisos, que habían crecido rápidamente en aquéllas tierras de aluvión. Por encima de las aguas casi invisibles del riachuelo, entrelazaban su tupido ramaje las clemátides y madreselvas silvestres y se hacía tan espeso en aquel sitio el bosque de hayas y otros árboles, que reinaba allí una oscuridad verdaderamente crepuscular.

También en aquel paraje, por donde había paseado Delaberge tanto en sus años juveniles, dejó el tiempo con evidencia impresas las huellas de su paso. Lo que eran tiernos retoños entonces se habían hecho árboles altísimos. Ramas muertas que la borrasca había roto, grandes piedras que las heladas habían hecho desprenderse de las montañas, todo ello obstruía el sendero y parecía imagen de la escasa duración que tienen las cosas de este mundo... En esa garganta tenebrosa, llena de sordos rumores, sintió de nuevo el inspector general aquella misma sensación de malestar, aquella inquietud, que le habían apretado el corazón al rechazarle la señora Miguelina.

A medida que iba recordando los detalles de su entrevista, le parecían más extrañas aún las palabras y la actitud de la hostelera.

¿Por qué tanta prisa en verle marchar? Admitiendo que su presencia pudiese despertar en algunos espíritus malévolos las malicias de otros tiempos, la señora Princetot era mujer bastante experimentada para no haber tomado sus precauciones y preparado sus medios de defensa. Por otra parte, el bueno de Princetot, que por tanto tiempo había estado sordo, no lo iba a estar ahora menos...

De pronto un rayo de luz atravesó el cerebro de Francisco. Seguramente no al Príncipe tan sólo deseaba Miguelina hacer ignorar sus faltas de la juventud... Súbitamente surgió la simpática figura de Simón ante los ojos del inspector general. Sin duda, la señora Princetot deseaba que su hijo ignorase su culpable conducta de otros tiempos, y por él se alarmaba principalmente.

¿Cómo Delaberge no había pensado antes en esto? Y se sintió invadido por una tierna lástima al pensar en que semejante revelación sería sin duda una terrible puñalada para aquel joven de corazón tan noble y tan lleno de filial amor... Por la primera vez comprendió cómo pesan más tarde sobre nuestros destinos aquellas antiguas faltas que creíamos leves y sin ninguna trascendencia. Esos amoríos que tan ligeramente tratamos en los tiempos de nuestra juventud, dejan esparcidas simientes que, una vez llegada la edad madura, pueden dar nacimiento a plantas atormentadoras y mortíferas.

Tembló Delaberge al presentir en la sombra el vuelo de esa misteriosa Némesis que acerca a nuestros labios la copa que nosotros mismos, con nuestras acciones, envenenamos.

Tuvo entonces conciencia de que esa ley fatal del Talión iba también a cumplirse para él. El asunto de los deslindes llevándole de nuevo a Val-Clavin, que él creía no ver jamás; la hospedería del Sol de Oro, en que se encontraba de nuevo frente a frente con sus antiguos huéspedes y en donde su llegada despertaba las adormecidas maledicencias de otros días; su encuentro con el hijo de su antigua amante, con ese Simón cuya tranquilidad de espíritu se exponía a turbar para siempre, ¿no eran otros tantos signos precursores de alguna terrible desgracia?

Sintió Delaberge rebelarse contra todo ello su lealtad generosa. Era necesario a toda costa impedir que el castigo, si castigo había, pudiese caer también sobre una cabeza inocente. No era justo que Simón pagase las faltas cometidas por su madre y por un extraño, en momentos de debilidad que no habían dejado huella ninguna... No era Delaberge un gran filósofo. Durante toda su carrera administrativa, la naturaleza de sus ocupaciones le habían inclinado a interesarse por los fenómenos exteriores y se había estudiado muy poco a sí mismo. Nunca fue muy aficionado a escrutar a fondo su conciencia y a pesar y sopesar con rigor sus escrúpulos. Sin embargo, el estado de ansiosa angustia en que se sentía después de su entrevista con la señora Princetot le predisponía a penetrar algo más en esa oscura región del alma en que se esconden y permanecen en profunda quietud nuestros más secretos pensamientos.

Mas, apenas agitamos un poco tan misteriosas profundidades, nos extraña ver cómo surge de ellas todo un extraño mundo de insospechadas aprensiones, de confusos remordimientos y de dudas jamás presentidas. A medida que el inspector general iba descendiendo en sí mismo, una súbita luz iluminaba los más tenebrosos repliegues de su alma y entreveía la posibilidad de ciertas hipótesis, a las cuales nunca hasta entonces había concedido la menor atención.

Había comenzado por parecerle inicuo que Simón hubiese de sufrir las consecuencias de una falta cometida por un extraño, de un pecado que no había dejado huella ninguna; y ahora su conciencia, haciéndose más timorata y más escrupulosa, formulaba nuevas y cada vez más turbadoras preguntas:—¿Un extraño?... ¿Huella ninguna?... ¿Estaba bien seguro?...

Tembló de pies a cabeza y le faltó la respiración como si hubiese recibido un golpe formidable. Después, sacudiendo con fuerza la cabeza para arrojar la idea que acababa de producirle tan violenta emoción, prosiguió, vacilante, su marcha. «No, ello no era posible... Lo hubiera sabido... Miguelina, después de su separación, no le hubiera dejado ignorar una cosa semejante...»

Por un momento, pareció que estas reflexiones le tranquilizaban, pero en seguida volvió su corazón a latir con fuerza y su mente a trabajar.—«¿Cómo explicar la extraña actitud de la señora Princetot?... Sus frases llenas de ambigüedad y sus terrores... ¿Por qué le había prohibido que viese de nuevo a Simón? ¿Por qué había exclamado con el espanto reflejado en sus ojos: ¡Ya es demasiado que se encontraran ayer!...»

A medida que avanzaba Delaberge en su camino, el bosque hacíase más espeso, el barranco se estrechaba, interceptaban cada vez más la senda toda clase de plantas trepadoras y tupidos herbajes... Y en la apagada luz de ese desfiladero le parecía al inspector general que, como un nuevo Edipo, caminaba fatalmente hacia alguna esfinge, llenos los labios de amenazadores enigmas...

SEGUNDA PARTE

I

Al poner Francisco Delaberge la palabra «urgente» en su informe dirigido a la Administración esperaba recibir una pronta respuesta. Los días que se pasaron aguardando la decisión ministerial pareciéronle tanto más largos por cuanto vivía muy solitario en la hospedería del Sol de Oro. La señora Miguelina se había hecho invisible de nuevo y parecía poner cada vez más empeño en esconderse. El mismo Simón Princetot, hacia el cual sentíase atraído y con quien le hubiera gustado conversar, no manifestaba grandes deseos de continuar las relaciones empezadas en Rosalinda. También se escondía. El inspector general no quería acusarle a él de reserva tan extremada; sospechaba más bien que la señora Princetot había procurado alejar de él a su hijo y quitarle así todo pretexto de nuevas entrevistas. Estas ofensivas y misteriosas precauciones mantenían en el espíritu de Delaberge la enervante inquietud que tanto le hacía sufrir desde su conversación con Miguelina.

Para distraerse de tan hondas preocupaciones y quizás también con la esperanza de encontrar a Simón Princetot en Rosalinda, resolvió Francisco hacer una nueva visita a la señora Liénard.

La perspectiva de pasar una hora o dos en compañía de la encantadora viuda le alegraba suavemente el corazón. Cierto que se hubiera mentido a sí mismo si se hubiese querido convencer de que sentía hacia Camila una de esas tardías pasiones que atormentan a veces con tan dura crueldad a los hombres que han doblado el cabo de la cincuentena. No, no era eso; pero, cuando volvía a sus pensamientos matrimoniales, cuando se forjaba en su imaginación una vida nueva en que había de verse convertido en padre de familia, veía siempre el franco y amable rostro de la señora Liénard asomarse en alguna de las ventanas de sus castillos en el aire. Mientras caminaba hacia Rosalinda, se entretuvo en edificar una vez más ese quimérico refugio en que soñaba abrigar su edad madura.

«Seguramente—pensaba,—enamorarse a mi edad se presta un poco al ridículo, pero no hay duda que la señora Liénard realizaría cumplidamente mis ideales. Con su gracia, con su natural encantadoramente expansivo, alegraría los años que me falta vivir; no tiene ni la frivolidad, ni la empalagosa coquetería de las señoras que trato en París; sería una mujer de su casa, activa y alegre, una esposa que me haría honor y que, no habiendo tenido antes hijos, amaría a los que pudiesen nacer de nuestro matrimonio... Sí, pero, suponiendo que aceptase unir su existencia a la mía, ¿no sería demasiado joven para mis cincuenta años?...»

Ocupado el pensamiento en tales cavilaciones, un poquitín egoístas, atravesó Delaberge la avenida de los fresnos y llegó a la misma terraza, donde encontró a la señora Liénard formando un magnífico ramo con las flores de su jardín.

—Ya lo ve usted, señora—dijo saludándola,—cómo abuso de la libertad que me dio y vengo a pasar unos momentos en su compañía a título únicamente de vecino.

Camila Liénard le recibió con amable sonrisa y le tendió su morena manecita, cuya fina epidermis habían ligeramente rasgado las espinas de los rosales; y dijo la viuda:

—Estoy encantada de su visita y le pido solamente permiso para acabar este ramo... No tardaré mucho, pero es faena que no puedo aplazar... He visto que necesitaban ser cambiadas las flores que tengo en los jarrones del salón... Hay dos cosas que no puedo sufrir: las cintas descoloridas y las flores mustias.

—¿Puedo ayudarle?

—Ciertamente. Tome esas tijeras y tenga la bondad de cortar las flores que yo vaya designando.

Delaberge se puso alegremente al trabajo. A medida que ella le iba nombrando las flores las cortaba él dócilmente, alguna vez se equivocaba y la viuda le reñía... De pie en medio de los caminillos del jardín, al viento los cabellos, relucientes los ojos en la sombra de su sombrero de paja, la señora Liénard, apretando contra el pecho el ramo ya voluminoso de sus flores, le iba dando sus indicaciones con voz límpida y musical.

—Sobre todo, córteme largos los tallos... Deme esos narcisos... No, no, esas flores, ésas no lo son... Aquellas otras, blancas con el corazón anaranjado... ¿Cómo no conoce usted el narciso de los poetas?... No parece usted muy fuerte en la botánica de jardín, señor forestal.

Y ambos se reían. Delaberge se complacía en esa labor florida que compartía con la amable mujer. Sentíase rejuvenecido por el contacto de los fresquísimos pétalos de tantas y tantas flores, de todos colores y formas, subiéndosele a la cabeza los primaverales perfumes de las rosas, de los junquillos y de los iris... Cada vez que añadía una flor al brazado de la viuda, era para él una delicia rozar apenas los dedos de Camila por entre las hojas llenas de humedad.

—Basta—dijo ella al cabo de algunos minutos.—Ya tenemos bastantes flores. Ahora sólo falta ponerlas en los jarrones.

Y con Delaberge se encaminó hacia un emparrado, bajo el cual había algunas sillas de junco y una mesa; encima de ésta lucían sus brillantes colores dos pequeños jarrones llenos de agua.

Entonces comenzó el delicadísimo trabajo de arreglar los ramos. Francisco presentaba una a una las flores a la señora Liénard, quien las iba disponiendo artísticamente en los jarrones, combinando los matices y variando de sitio las flores según su forma y su tamaño. Poco a poco los iris violados, las blancas madreselvas y los miosotis iban surgiendo gentilmente de entre una corona formada de rosas y de narcisos.

Por debajo del emparrado se veía una parte de la terraza, bordeada de naranjos y un trozo de la fachada con sus ventanas abiertas, animado todo por el susurro de innumerables insectos, borrachos de sol.

Delaberge, muellemente enternecido, y sintiéndose expansivo, aun a pesar suyo, se atrevió a hacer una tímida insinuación:

—¡Esta Rosalinda es un paraíso!... Pero un paraíso en que se viva constantemente en compañía de sí mismo, puede a la larga hacerse monótono... ¿No ha pensado usted nunca en animar un poco esta soledad?

La señora Liénard fijó sus límpidos ojos en su interlocutor. Dejó caer de sus manos la rosa cuyas espinas iba quitando y, apoyándose de codos en la mesa, se quedó pensativa un momento. Se entreabrieron sus labios, como a punto de hacer una confidencia, mas en seguida cerráronse otra vez.

Hubo un corto silencio y volviendo a su labor de ir colocando con arte las flores en los jarrones, habló Camila de este modo:

—Sin duda cree usted, señor Delaberge, que es demasiado absoluto mi aislamiento... ¡Dios mío, también yo, algunas veces, lo creo así!... Y me pregunto si no haría mucho mejor modificando un poco mi existencia, aunque es ésta una pendiente hacia la cual no me agrada guiar mis ensueños... Y no obstante...

Hizo la señora Liénard un gracioso mohín y se calló.

Los dos jarrones estaban ya listos. La viuda se levantó, sacudióse las verdes hojitas que se le habían quedado adheridas en la falda y tomando uno de los jarros suplicó a Delaberge que tomase el otro, diciéndolo sonriente:

—Continúo abusando... Pero es usted tan amable que no temo ser indiscreta.

—Tiene usted razón, señora—replicó galantemente Delaberge;—tráteme como un amigo... Siento únicamente que se limiten mis servicios a tan poca cosa... Quisiera poder pagar mucho mejor mi deuda de reconocimiento hacia usted, tan hospitalaria, tan benévolamente amable con un pobre desterrado como yo. Si alguna vez le parece su casa un poco solitaria, es ésta al menos una soledad deliciosa, mientras que la hospedería del Sol de Oro no es más que un fastidioso desierto.

Habían entrado ya en el salón.

—Entonces—repuso la señora Liénard, tomando de sus manos el jarrón—cuando se sienta demasiado triste allá abajo, véngase aquí unos momentos.

—¿Me permite usted que vuelva?... Entonces, márchome enteramente feliz.

Creyó conveniente no prolongar más su visita y se dispuso a despedirse.

—¡Hasta bien pronto!—le dijo ella tendiéndole con amable vivacidad su mano.—Hasta mañana, si quiere usted. Sí, venga usted mañana: tal vez... tal vez tenga un consejo que pedirle.

Y salió Delaberge de la casa, animado por la esperanza de una tan próxima visita y también por la perspectiva de esa misteriosa confidencia que la viuda quería hacerle.

II

Al día siguiente de aquel en que Delaberge había ayudado a la señora Liénard al arreglo de sus jarrones, Simón Princetot, terminado el almuerzo, atravesó la cocina del Sol de Oro y se dirigió hacia la escalera que conducía a la habitación roja. Había ya puesto el pie sobre el primer escalón cuando la señora Miguelina que le seguía con mirada ansiosa, le preguntó:

—¿Dónde vas?

—Al cuarto del señor Delaberge. Mañana se reúne en la alcaldía el sindicato formado por los usuarios y antes de convenir con ellos la forma en que habremos de proceder, desearía ver al inspector general... Ya comprendes... No estaría de más hacerle hablar y saber cuáles son sus intenciones...

Miguelina sacudió de un lado a otro la cabeza y levantó los hombros diciendo:

—Trabajo inútil, el inspector ha salido apenas ha acabado el almuerzo... ¡Ah! ¡no para un momento en su cuarto! Ayer se pasó la tarde en casa de la señora Liénard y pienso que hoy ha vuelto allá, pues le he visto que tomaba el camino de Rosalinda...

Mientras ella hablaba íbase oscureciendo la fisonomía de Simón, lo que no se escapó a las miradas de la señora Miguelina. Hacía tiempo que había leído ya en el fondo del corazón de su hijo y adivinó fácilmente que lo que a éste le disgustaba no era la ausencia del inspector general, sino la noticia de sus reiteradas visitas a Rosalinda.

Entonces se le ocurrió que el medio mejor para impedir que Francisco y Simón llegasen a más íntimas amistades era separar a aquellos dos hombres por medio de los celos, sirviéndose de la señora Liénard como de un seguro elemento de discordia. En el fondo temía la influencia que pudiera ejercer en su hijo la propietaria de Rosalinda. Sabía que Simón habíase encargado del asunto de los deslindes sólo para complacer a la señora Liénard y veía con terror el desarrollo de una pasión, que, según ella, no podía tener para su hijo sino crueles desengaños. Díjose que excitando los celos de Simón podía lograr dos cosas de una vez: hacerle olvidar su engañoso amor y alejarlo para siempre de Delaberge.

Se aproximó al joven, le puso una mano en el hombro y murmuró con acento de maternal compasión:

—¡Pobre hijo mío, te das mucho trabajo por nada y aun creo que te has metido en un mal negocio!...

—No soy de tu parecer, mamá; la causa que defiendo es justa y además no puedo abandonar ahora a las honradas gentes que me han confiado sus intereses.

—No quieras engañarme ni engañarte a ti mismo... Tengo fina la mirada y veo claras las cosas... Si has tomado con tanto empeño este asunto, no ha sido por los hermosos ojos de los usuarios de Val-Clavin, sino por los de la señora Liénard.

—Mamá—interrumpió Simón ruborizándose un poco,—calla, te lo ruego... ¿Por qué dices eso?...

—Digo lo que pienso, lo que es verdad... Estás enamorado de la señora Liénard y te imaginas que va a recompensar tu trabajo consintiendo en llamarse la señora Princetot...

—¡No!—exclamó el joven.—¡Nunca he pensado cosa tan absurda!

—Tanto mejor si me engaño, hijo mío, pues yo te aseguro que, de haberlo esperado, tú te habrías de arrepentir temprano o tarde... Más que ella vales, no hay que dudarlo; pero esas señoras se creen hechas de otra pasta que nosotros. Quieren casarse con gentes de su mundo propio y mientras te engaña con palabras dulces y alegres sonrisas, la señora Liénard se deja hacer la corte por el inspector general.

—¡Vaya, mamá!—dijo Simón.—¡Qué sabes tú de eso!

—Lo sé muy bien—afirmó la señora Miguelina;—¡si salta a los ojos!... Hace una semana que está aquí y le ha hecho ya tres visitas a la propietaria de Rosalinda. Parece que se habían visto ya en Chaumont y el asunto de estos deslindes no ha sido más que un pretexto para explicar su estancia en Val-Clavin... Ese forestal entretiene a todos con palabras y vagas promesas a fin de poder estar más tiempo cerca de la viuda y acabar su conquista... En la reunión de mañana trata tú de ponerle entre la espada y la pared pidiéndole una contestación categórica y ya verás cómo yo tengo razón...

Simón inclinó la cabeza, se mordió los labios y frunció duramente las cejas. Miguelina comprendió que comenzaba a dudar y adivinó al mismo tiempo, por la contracción dolorosa de su rostro, que sufría el muchacho cruelmente. Entonces le atrajo hacia sí, le tomó la cabeza entre las manos y le besó con profunda ternura en la frente...

—¡Pobre hijo mío!—agregó.—Duéleme el mal que te hago, pero yo no quiero que se burle nadie de ti... Reflexiona sobre todo esto y, créeme, no te dejes engañar ni por las coqueterías de la señora Liénard, ni por los halagos del señor Delaberge...

Simón se desprendió de los brazos de su madre y se alejó rápidamente. Tenía necesidad de encontrarse a solas y de pensar mucho en las celosas aprensiones que las palabras de su madre habían despertado en su espíritu.

Al salir de su casa dirigióse hacia los bosques de Carboneras: Ciertamente, con su intuición femenina, Miguelina Princetot había adivinado lo que pasaba en el corazón de su hijo; pero le atribuía al mismo tiempo miras ambiciosas que él no había tenido jamás. Amaba, en realidad, a la señora Liénard, pero la amaba con amor cándido y apasionado, aunque nunca se había hecho la ilusión de que su ternura se pudiese ver correspondida. No ignoraba que una barrera casi infranqueable le separaba de la viuda. Y aunque amaba sin esperanza y sin la ilusión de verse a su vez amado, no por eso había de ser menos accesible a los celos. Recordaba la impresión de hondo disgusto que había dejado en su alma la primera visita que hizo Delaberge a Rosalinda... Por encima de los árboles del bosque, distinguía entonces las puntiagudas torrecillas de la casa de la señora Liénard y decíase que, sin duda, en aquel mismo momento se encontraba el inspector general conversando con la joven y aprovechando la ocasión para llevar a buen término sus propósitos matrimoniales... A esta idea, un acceso de ira le hizo subir la sangre a la cabeza mientras una angustia terrible le oprimía el corazón. No pudo resistir más... Aunque hubiese de ser horrendo el sufrir, quería de una vez acabar con sus mortales inquietudes y conocer toda la realidad de sus angustiosas sospechas. Abandonó las alturas del bosque y caminando por entre los herbajes se dirigió hacia la cerca del parque.

III

Mientras la señora Princetot hablaba con su hijo y arrojaba en su pecho la mala semilla de los celos, el inspector general, conmovido lo mismo que un muchacho que acude a su cita primera, seguía a buen paso el camino de Rosalinda.

Se había vestido con más cuidado que de costumbre y su andar era más firme que otras veces... Vivamos en plena lozanía juvenil o hayamos ya madurado como una fruta de otoño, siempre que se trata del eterno femenino nos sentimos prisioneros de las mismas ilusiones, nos enloquecen las mismas dulces fantasías.

Caminando aprisa, Delaberge encontraba mayor frescor en la verdura de los prados, un sabor mucho más dulce en el aire que respiraba. Los argentinos sones de las campanas del pueblo, volando por encima de los bosques, le mecían alegremente, mientras iba saboreando con fruición los recuerdos de su anterior visita.

¡Oh, esas campanas de los pueblos, modestas como los viejos campanarios que las sustentan, de sonido ligero y límpido como la atmósfera de los bosques en que vibra, cristalino y cantante como los riachuelos encima de los cuales se para un momento, inmenso es el encanto que desparraman por los solitarios campos... meciendo con pacíficos ensueños el espíritu de quienes lo escuchan!... Sea joven o viejo, esté triste o alegre, aquel hasta cuyos oídos llega el dulcísimo son se siente conmovido en lo más hondo y le parece elevarse por encima de las miserias terrenales... Despiertan en el corazón no se sabe qué de un gran frescor matinal y cándido: es el acompañamiento amistoso de nuestros ensueños, de nuestros deseos, de nuestras añoranzas... intensificándolas todavía. El encanto de su música despierta en nosotros, con sus colores de alba purísima, los más caros recuerdos de nuestra juventud...

Regocijado interiormente por el clarísimo son de las campanas, Francisco se representaba con mayor fuerza en su imaginación a la señora Liénard sentada bajo el emparrado, con su vivacidad de gestos y su prestancia, con su amable sonrisa, con sus relucientes y oscuros ojos y con su gracia un poco silvestre. Recordaba sus menores palabras y se las repetía complacientemente, como nos gusta oler de vez en cuando la rosa que hemos arrancado al paso.

Cuando le vio aparecer en el encuadramiento de las cortinas del salón, Camila Liénard dejó precipitadamente el bordado en que trabajaba; brillaron sus ojos y una rápida oleada de rubor coloreó sus mejillas.

—¡Bienvenido, señor Delaberge!—dijo.—Ha sido usted muy amable cumpliendo tan puntualmente su promesa... Grande es mi contento...

Y le tendió la mano, que el inspector general besó con caballeresca galantería.

—No había de olvidar lo prometido—repuso Delaberge reteniendo un momento los dedos de la joven entre los suyos.—¿De qué se trata, señora mía?

Ruborizóse ella otro poco, retiró la mano y la puso suavemente sobre el brazo del caballero al tiempo que murmuraba, mostrándole una de las ventanas.

—Venga usted, hablaremos con más libertad en el jardín...

Y a través de las avenidas asoleadas le condujo hasta el centro del parque. Había allí, en medio de una encrucijada en forma de estrella, un pabellón rústico, adornado su exterior por multitud de plantas trepadoras. El interior estaba decorado con sencillez y eran sus muebles de una elegante rusticidad. Por los ventanales del pabellón cuya luz tamizaban las plantas que a medias los cubrían, distinguíanse hasta perderse de vista las verdeantes avenidas del parque. En el centro del pabellón había una mesa y sobre la mesa estaban preparados algunos refrescos.

—Instalémonos aquí—dijo Camila acercándose a la mesa.—Aquí estaremos bien y, como creo que ha de tener usted mucho calor, voy a prepararle un jarabe de frambuesas.

Aquella hospitalaria acogida, la discreta intimidad de aquel pabellón que el ramaje caído de las hayas cubría de verdor, el rostro franco y ligeramente encendido de la joven viuda sentada, enfrente de él, todo eso llenaba a Delaberge de un sutil desvanecimiento y hacíale perder poco a poco el sentido de la realidad.

Con la ingenua presunción de un hombre que no tiene una experiencia grande de las cosas de amor, interpretaba según su propio deseo el comportamiento de la señora Liénard, y vagas reminiscencias de novelas leídas en su juventud le hacían creer en una tierna y delicada premeditación por parte de la joven viuda. El aislado pabellón y las precauciones tomadas para sustraerse a toda clase de indiscretas miradas, daban a aquella cita un aspecto galante que de una manera deliciosa conturbaba su corazón de viejo soltero.

Al dejar el vaso sobre la mesa, volvió Delaberge hacia la señora Liénard su mirada tiernamente interrogativa.

—Usted se preguntará, sin duda—comenzó ella,—qué es lo que yo puedo tener que decirle a usted... Pues bien, vamos a ello... Es un poco delicado y quizás se extrañe de la facilidad con que hago mis confidencias a una persona a quien he visto por la primera vez hace apenas diez días... En primer lugar, usted no es para mí un desconocido... Su amigo el señor Voinchet me ha hablado con el más caluroso elogio de su lealtad y de su claro juicio. Además, piense que vivo sola aquí, sin parientes próximos, sin más relaciones que las que puedo tener con honrados campesinos o con agentes de negocios. No es muy frecuente encontrarme con un hombre como usted, de su carácter y de su autoridad, por todo lo cual habrá de perdonarme la libertad que acabo de tomarme para pedirle consejo... Finalmente—prosiguió con expresión todavía más afectuosa,—creo ya haberle dicho que desde los primeros momentos me inspiró usted una gran confianza. Cuando me son simpáticas las personas, siento en mí un algo que no me engaña nunca y me impulsa hacia ellas...

Esta especie de confesión murmurada en la quietud de aquel sitio, donde el roce de los movientes verdores contra los cristales de las ventanas revelaban tan sólo la existencia del mundo exterior, aumentó todavía la emoción y las esperanzas de Francisco. Estrechó la mano de la señora Liénard y declaróse profundamente agradecido por la confianza que se dignaba mostrarle.

—Le agradezco—añadió Delaberge—que me trate como amigo; aunque es de reciente fecha nuestro conocimiento, le puedo asegurar, señora, que habré de serle enteramente leal. Siento por usted la más tierna estimación y el ardiente deseo de serle útil.

—En tal caso, voy a poner ahora mismo su indulgencia a prueba...

Se detuvo un momento, bebió un poco de agua de frambuesas para darse algún aplomo y después prosiguió:

—He pensado muchísimo en una frase que se le escapó a usted ayer con respecto a mi vida solitaria... Su observación vino precisamente en apoyo de ciertas reflexiones que yo vengo haciéndome alguna que otra vez desde hace lo menos un año... Sí, aunque pongo en mi vida alguna actividad, me pesa mi aislamiento con frecuencia... Pienso que tengo veintiséis años y que no es ciertamente una edad para entregarse por completo al retiro. Tengo salud excelente, un humor más bien alegre que melancólico, no me siento con vocación para una viudez perpetua y me pregunto algunas veces si no obraría muy santamente casándome de nuevo...

—Tiene usted razón—afirmó Delaberge animándose;—la soledad no es buena para nadie, pero es peor todavía para una mujer joven, para un alma expansiva y encantadora como la suya... No aguarde para hacerlo la edad de las vacilaciones y de las añoranzas...

—Sin duda—replicó ella sonriendo;—pero, aunque estoy todavía lejos de la treintena, pienso que la edad de las vacilaciones ha llegado ya... Un primer matrimonio medianamente feliz despierta una precoz desconfianza; es como un vuelco de carruaje, que nos hace cobardes para siempre. Mi difunto marido, el señor Liénard, era un hombre honrado, pero un compañero poco agradable; débil y a la vez duro de corazón, enfermizo y prematuramente viejo, me tenía encerrada sin quererlo en una atmósfera llena de melancolías y de fastidio. Necesité toda mi juventud, toda la fuerza que había en mí para conservar, después de cinco años de semejante régimen, mi buen humor y mi excelente salud. Me casé con él casi sin conocerle, y no quisiera caer de nuevo en el propio error si alguna vez me decido a casarme. Desearía que ahora guiasen mi elección menos las puras conveniencias que una inclinación sinceramente sentida... He aquí por qué, antes de dar a mis ensueños actuales una forma de realidad, he querido oír el parecer de un hombre serio... Usted vive en París, señor Delaberge, usted tiene experiencia del mundo y podrá, por tanto, aconsejarme bien.

—¡Ay, señora!—replicó suspirando—yo soy un célibe que ha hecho siempre vida muy retirada, puedo decir que he pasado toda mi existencia en las oficinas. Sin embargo, conozco algo a los hombres y puedo ayudarle a ver con claridad a través de sus vacilaciones... Ante todo—agregó sonriendo discretamente,—¿cuál sería su ideal? ¿Lo ha entrevisto ya usted en sus ensueños?

—Alguna vez—contestó ella bajando los ojos.—En primer lugar, detesto a los caracteres ligeros, a las gentes frívolas y ociosas; me gustaría, pues, si yo llegase a tomar un segundo marido, que fuese hombre de un espíritu bien cultivado y que se ocupase útilmente en algo; me gustaría que fuese a la vez tierno y fuerte, reservado y digno...

Delaberge estaba encantado; sin adularse mucho, tenía plena conciencia de poder cumplir el programa de la joven, y una alegre claridad iluminaba su rostro.

—¡Muy bien!—dijo.—Esto en cuanto a lo moral... Pasemos ahora a las cualidades físicas... ¿Desearía usted que el marido ideal fuese muy joven?

—Sin creerlo en absoluto necesario—repuso ella,—paréceme, sin embargo, que la juventud no estaría de más... La juventud es la que hace resaltar las cualidades morales y las hace fecundas. Recuerdo dos versos de Víctor Hugo que me impresionaron hondamente cuando los leí y que se pueden aplicar muy bien al caso:

Yo creo que la ancianidad penetra por los ojos y que envejecemos antes si vivimos con gente vieja...

Es mi parecer que solamente cuando no existe una gran diferencia de edad entre la mujer y el marido es posible la mutua estimación y benevolencia.

—¿Cree usted?—murmuró Delaberge.

Los rasgos de su rostro se alargaron y la luz que iluminaba sus azules ojos desapareció de pronto, como apagada por un soplo trágico.

—¿Le parece a usted que soy exigente?—preguntó ella al notar ese cambio de fisonomía.

—¡Tiene usted derecho a serlo!—repuso melancólicamente.

—Entiéndame usted bien; no doy importancia ninguna a lo que llaman figura brillante...

Levantó sus hermosos ojos hacia los verdes ramajes que se movían más allá de los ventanales, como si buscase en el ancho espacio la imagen del marido soñado y continuó con la mirada fija en los lejanos horizontes:

—No deseo ni un buen mozo, ni un hombre de mundo... Yo desearía que fuese joven mi marido, pero que su juventud estuviese hecha de entusiasmo, de ardor, de ternura... Que no tuviese nada de frivolidad, ni de las elegancias superficiales de los jóvenes de hoy. Me causan horror los hombres desocupados... Yo desearía que el marido de mi elección tuviese el espíritu lleno de nobles ambiciones, que tuviese sencillo el corazón y amase como yo el campo y sus grandes espectáculos... Que fuese orgulloso, que no debiese su posición ni a un título de nobleza ni al dinero, que la hubiese conquistado por sus propios méritos. Yo entonces le amaría por sí mismo, por su espíritu, por su fuerza de carácter, por su alma entusiasta escondida bajo apariencias de frialdad y aun de rudeza...

Abría ella su corazón con ingenua espontaneidad, parecía que soñaba en voz alta y, al escucharla visiblemente desencantado, adivinaba Delaberge que ese marido descrito con tanta precisión era menos imaginario de lo que la joven pretendía; en ciertos rasgos característicos, veíase claramente que ese ideal se parecía muchísimo a un joven que uno y otro conocían... a Simón Princetot.

No cabía duda de que la viuda sentía una secreta inclinación por el hijo de Miguelina... ¿Cómo no lo había él adivinado ya desde el primer día, él que se preciaba de tan buen observador?... Cierto que su egoísta vanidad y su estúpida preocupación de representar tan bien su papel de enamorado le habían puesto una venda en los ojos. Se necesitaba ser fatuo para imaginarse que a su edad había de producir la menor impresión sobre la joven... La señora Liénard con su ingenua franqueza, acababa de darle una durísima lección de modestia.

Le vio ella hondamente preocupado y se atrevió a decir:

—Estoy segura de que me juzga usted en extremo extravagante.

—No, señora mía; cuanto acaba usted de decir es muy justo y muy sensato y le aseguro que su manera de pensar lo hace todavía más simpática a mis ojos.

—Entonces, ¿es usted de parecer que, si encontrara un día el ideal que acabo de esbozarle, podría tomarlo por marido sin hacer lo que se dice una tontería?

—Sin duda ninguna.

Exhaló Delaberge en un suspiro su última ilusión y se levantó.

—Es necesario que la deje; hablando, nos hemos olvidado de que se iba haciendo tarde.

—Es verdad—dijo ella;—el sol camina ya hacia el ocaso.

—Adiós, señora.

—¿Adiós?—exclamó ella.—¿Es que se marcha usted de veras?

—No... No marcharé de Val-Clavin sino después de haber recibido la respuesta del ministerio... Esperaba poderla comunicar mañana a los usuarios, que han de reunirse en la alcaldía; sin embargo, esta reunión en nada modificará mis proposiciones y pienso que de aquí a muy poco podré comunicarlo a usted el satisfactorio arreglo del asunto.

—Entonces no diga usted esa triste palabra «adiós», pues hemos de vernos todavía.

—Ciertamente, no marcharé sin despedirme de usted y sin estrechar su mano.

Hablaba Delaberge con voz contristada y se disponía a salir.

Lo notó Camila Liénard y vio el aire de tristeza que oscurecía su rostro. Temió haberle involuntariamente herido al hablar de la vejez con excesivo desdén y, para destruir el efecto de su aturdimiento, redobló todavía su natural amabilidad.

—Si quiere—dijo Camila,—daremos un paseo por el parque y le acompañaré hasta una puertecilla que da al campo y que no alargará mucho su camino... Deme usted el brazo.

Delaberge obedeció y suavemente apoyada en él, trató la señora Liénard, a fuerza de amabilidades y de exquisitas atenciones, hacerle olvidar las palabras poco meditadas que hubiesen podido molestarle. Caminaron un buen trecho por una de las avenidas del parque, ya bañada por una media oscuridad, mientras los rayos del sol poniente doraban las altas copas de los árboles y moría la tarde en medio de los armoniosos cantos de los pájaros.

Ese acariciador contacto de un brazo femenino, esas delicadas atenciones que tanto se asemejaban a la ternura y se parecían a la indulgencia con que se trata de consolar a un niño, acrecieron todavía en Delaberge su interno sufrir: «No soy para ella nada—pensaba;—me acaricia lo mismo que se hace con un anciano...»

Llegaron junto a una puertecilla, que la yedra medio obstruía y que la señora Liénard pudo abrir apenas. Le acompañó todavía algunos pasos fuera del parque y después tendió al inspector general la mano.

—No tiene más que seguir este camino... Hasta muy pronto... Y perdóneme que haya abusado de su paciencia.

Por toda respuesta, se inclinó hacia la pequeña mano que le tendían y la rozó suavemente con sus labios. La joven corrió hacia la puertecilla del parque y antes de atravesar sus umbrales se volvió hacia Delaberge y le sonrió gentilmente. En seguida desapareció.

Profundamente conmovido, se disponía Francisco a seguir el camino que la joven le había indicado, el cual en aquel sitio cruzaba un pequeño bosque de sauces y de abedules, cuando despertó su atención un ligero rumor de hojarasca y vio al mismo tiempo, confusamente, por entre los árboles la figura de un hombre joven que huía del bosquecillo y se alejaba a través de un campo de centeno. Hubiérase dicho que, avergonzado de haber sido visto en aquel sitio, trataba de escapar y de esconderse tras las altas espigas a fin de no ser reconocido.

El inspector general se detuvo un momento contemplando la figura de aquel hombre que cada vez se iba haciendo menos distinta.

—¡Es singular!—dijo Delaberge casi en voz alta.—Tiene este fugitivo una gran semejanza con Simón Princetot.

IV

Preocupado por este incidente, siguió Delaberge muy pensativo el sendero indicado, separado del parque solamente por un seto vivo y un arroyuelo, por el que discurrían las aguas derivadas del Aubette. Por el otro lado subían hacia los bosques los anchurosos campos, plantados de centenos y de alfalfas, que mostraban solamente aquí y allá algunos claros, tierras pantanosas en que crecían tristísimas plantas acuáticas. Toda la extensa llanura se iba adormeciendo, como mecida por el monótono canto de los grillos. Solamente, en medio de ese rumoreo adormecedor, lanzaban de vez en cuando al aire sus agudos chillidos algunos pequeños mochuelos que volaban de rama en rama e iban a posarse finalmente en las medio desnudas de un viejísimo roble. Los salvajes gritos de los mochuelos, el murmullo intermitente de las aguas y el vespertino canto de los insectos, añadían todavía mayor tristeza a la impresión de soledad que oprimía el corazón de Francisco.

Desde que las confidencias de la señora Liénard habían derribado sus castillos en el aire sentíase dolorosamente desencantado. El hondo malestar que le hacía sufrir antes de su visita a Rosalinda, y que sus quiméricas esperanzas habían por un momento disipado, de nuevo apoderábase de su espíritu, ahora que ya la señora Camila, sin saberlo ella, había disipado sus caros ensueños. Esta mortificante decepción se le aparecía como un anillo más de la cadena de hechos dolorosos que iban sucediéndose desde su llegada a Val-Clavin.

Una fresca brisa que bajaba de las alturas inclinaba muellemente los sembrados y movía con levísimo rumor las copas de los árboles. Se hubiera dicho que era el alma de los bosques exhalando en suspiros de inquietud la melancolía que pone en ellos la caída de la tarde. La infinita tristeza del crepúsculo en aquel sitio tan lleno de soledad, penetraba hasta lo más íntimo en el espíritu del inspector general y una honda amargura le subía a los labios: «¡Demasiado tarde!—pensaba.—¡Es demasiado tarde!... ¡No se recomienza la vida cuando se quiere!...»

Caminando lentamente llegó por fin a los límites del bosque y desde lo alto del camino que seguía pudo ya distinguir las casas del pueblo como veladas sus techumbres por una azulada humareda. Poco a poco iban apagándose los rumores de los campos. De vez en cuando pasaban por su lado rudos leñadores que regresaban a su casa y cuyo pesado caminar se iba extinguiendo a lo lejos.

Muy cerca del estanque, un lavadero mostraba a los cielos sus aguas de un azul de turquesa, rodeadas por una valla hecha de juncos y de herbajes. Arrodillada sobre una piedra ancha y lisa una campesina estaba lavando, inclinada la cabeza y al parecer dándose gran prisa para acabar cuanto antes su faena... Al rumor de los pasos de Delaberge, levantó curiosamente la cabeza y suspendió el trabajo para mirar de hito en hito al paseante. Este no se había fijado y continuaba su camino pensativo, cuando la lavandera, con voz chillona le interpeló atrevidamente:

—Buenas tardes, señor Delaberge, pasa usted muy distraído...

Extrañado, se detuvo un punto y fijó sus ojos en aquella mujer que sabía su nombre y cuyo rostro no despertaba en él ningún recuerdo.

Delgada, más bien escuálida y mal vestida, parecía pasar bastante de los cincuenta. Sus cabellos mal peinados caían en grises mechones sobre su arrugado cuello; su rostro de cabra vieja, en que lucían dos brillantes ojos, tenían una expresión de maligna desvergüenza.

—¿No me reconoce usted?—insistió.—La verdad es que ha pasado agua por debajo del puente, desde los tiempos aquellos en que lavaba yo su ropa... Soy la Fleurota.

Entonces la recordó: esta Celia Fleurota lavaba en otros tiempos la ropa de los huéspedes del Sol de Oro. No era ya por aquel entonces muy joven, pero fresca todavía, limpia siempre, de gestos vivos y sin frío en los ojos. Sus maneras provocativas, sus alegres palabras y sus encendidas miradas, trastornaban a los hombres. Tenía la reputación de ser un tanto ligera y el inspector general recordaba que durante dos o tres meses había dado muchísimas vueltas en torno de él, encaprichada y dispuesta sin duda a concederle el beneficio de sus gracias. Ya enamorado de la señora Miguelina, había permanecido frío a tales avances y desdeñado esta conquista demasiado fácil.

En el estado de espíritu en que sentíase aquella tarde, el encuentro de esa mujer habría de serle poco agradable; sin embargo, no quiso humillar a la Fleurota y le respondió precipitadamente:

—En efecto, me acuerdo muy bien... ¿Cómo le va, Celia?

—Ya lo ve usted, trabajando como un negro para los demás y teniendo miseria sobrada.

—¿Sigue usted lavando?

—De algún modo se ha de ganar el pan... Pero es un endiablado oficio; estoy medio muerta de reumatismo... No ha tenido una buena suerte... No todos nacen con estrella, como el Príncipe y su mujer... Estos han hecho ya lo suyo y pueden ahora cruzarse de brazos.

—¿Ha conservado usted al menos la clientela del Sol de Oro?

—¡Ah! no... Hace ya mucho tiempo que el Sol de Oro no luce para mí... Se han hecho demasiado orgullosos... Además, es necesario saber que mi rostro disgustaba a la señora Miguelina: recordábale cosas que ella desea tener olvidadas. Ahora confiesa todas las semanas y comulga todos los domingos, y por eso no gusta de ver a las gentes que la han conocido en tiempos en que, más que ir a misa, agradábale acudir a una cita.

Poco deseoso Delaberge de sostener una conversación que comenzaba de este modo, hizo ademán de proseguir su camino, cuando la Fleurota, poniéndose en pie, añadió sonriendo con malicia.

Ciertamente que ha tenido gran suerte el Príncipe... Comenzó sin nada y hoy apenas sabe el dinero que posee; no tenía hijos y le cayó uno del cielo cuando menos se lo figuraba... ¿Lo conoce usted al hijo de la señora Miguelina?

—Sí—replicó brevemente.—Es un excelente muchacho.

Abrió la lavandera su desdentada boca y rióse desvergonzadamente; después fijó sus maliciosos ojos en el rostro del inspector general y exclamó:

—¡Pardiez!... Tiene a quien parecerse... También usted, señor Delaberge, también usted era un excelente muchacho en la época en que nació ese niño...

Delaberge se estremeció. Esta maligna insinuación de la Fleurota acababa de despertar en su espíritu una inquietud mal adormecida. Esta mujer, contemporánea de Miguelina, a la que había tratado sin duda con familiaridad, recibió tal vez algún día íntimas confidencias de la hostelera del Sol de Oro. Era mujer muy despierta y debía saber muchas cosas. Aunque experimentando cierta repugnancia a dirigirle determinadas preguntas, Delaberge sentíase mortificado por una imperiosa curiosidad. A la prisa que antes había sentido para alejarse, sucedió un ansioso deseo de esclarecer las sospechas que desde hacía algunos días se agitaban en su cerebro. Volvió hacia su interlocutora, cuya delgada silueta se recortaba sobre el rojizo cielo de poniente, y murmuró:

—¿Qué quiere usted decir?

—No se haga usted el ignorante, ya me entiende usted... Cuando vino Simón al mundo, fue para todos una gran sorpresa y más que nadie se sorprendió el Príncipe... Usted, usted solamente estaba en el verdadero secreto...

—Yo no estaba en nada, y usted debería guardar mejor su mala lengua... ¿No le da vergüenza manchar de ese modo la reputación de las gentes y lanzar tan a la ligera acusaciones que luego le sería imposible probar?

—¿Que a mí me sería imposible probar?... Sepa usted que me encontraba en la hospedería el día en que Miguelina se dio cuenta de su verdadero estado... Precisamente el Príncipe estaba de viaje hacía ya dos meses... ¡Ah! ¡no estaba ella muy alegre entonces, yo se lo aseguro!... Pero como fue siempre una endiablada mujer, supo engañar tan bien a su marido, que éste nunca sospechó nada... Llegó por fin el niño, fue recibido como el Mesías y el Príncipe no se percató siquiera de que el pequeñuelo se le parecía a usted como una gota de agua a otra gota.

—¡Está usted loca!

—No estoy loca... Mírele usted bien. Querría usted desconocerlo y le sería imposible... Es necesario todo el aplomo de la señora Miguelina para atreverse a afirmar que el muchacho tiene algo de los Princetot. Y hace mal en afirmarlo de tal manera, pues, como dice el proverbio: «La gallina que canta es la que huevos pone.» Por aquellos tiempos no había más que una gallina en Sol de Oro... Había también un gallo joven que cantaba con voz clarísima y ese gallo, señor Delaberge, usted le conoce mucho mejor que yo...

—¡Cállese!... La desgracia la ha vuelto a usted mala, ¡pobre mujer!...

—Sí, ya lo sé, los ricos tienen siempre razón... Cuando abren la boca se les cree por su sola palabra; pero cuando una pobretona como yo quiere decir la verdad, se le cierra el pico diciendo que es una mentirosa... La miseria es la miseria, no hay remedio...

Francisco sacó de su bolsillo una moneda de oro y la dejó caer precipitadamente en la mano de la Fleurota.

—Tenga esto, para usted, pero guarde su lengua... Buenas tardes.

Y reanudó apresuradamente su camino mientras la lavandera de pie al borde del agua movía maliciosamente la cabeza apretando la moneda en su descarnada mano. No había dado veinte pasos cuando Delaberge se volvió todavía para mirarla...

La Fleurota había ya cargado sobre el hombro el cubo lleno de ropa y permanecía inmóvil en medio del camino, en actitud de vieja Parca meditabunda. Pensaba sin duda en que acababa de dar un buen tijeretazo en carne viva, pues así lo demostraba la limosna que el inspector general tan generosamente le acababa de hacer.

En efecto, el golpe había estado bien dirigido. La chillona voz de Celia acababa de reavivar cruelmente las sospechas de Delaberge. Las palabras de esa mujer iluminaban la oscuridad en que se movían sus temores imprecisos y sus inquietos presentimientos.

A favor de esa súbita claridad iba ahora coordinando Delaberge los pequeños detalles en que antes no se había atrevido a detener siquiera... Simón tenía ya veinticinco años y se cumplían ahora veintiséis desde que Delaberge y Miguelina se vieron por la última vez. Era esto, en efecto, una concordancia muy significativa. Por otra parte, esta primera presunción venía corroborada por la semejanza que le habían hecho notar la Fleurota y aun la misma señora Liénard, y de la cual también se había él vagamente percatado. Simón tenía, como él, azules los ojos, castaños los cabellos y la fisonomía seria y reservada. Después de la comida en Rosalinda, al encontrarse de nuevo en la hospedería del Sol de Oro, ¿no había por un momento sentido la ilusión de verse a sí mismo apoyado de codos en la ventana de su antiguo cuarto?

¿No explicaba también esta singular semejanza la espontánea simpatía de la señora Liénard, apenas se vieron en casa de su amigo el inspector? Al encontrar en la fisonomía de un extraño un reflejo de la personalidad del hombre a quien ella amaba, compréndese que aquella mujer demostrase a Delaberge la amistosa confianza que la vanidad le había hecho atribuir a sus méritos propios.

Los hechos más insignificantes le sugerían ahora nuevos motivos de convicción. Recordaba curiosas similitudes de gusto, la paridad de ciertas entonaciones, de ciertos gestos; comentaba también la conducta extraña, el espanto y las angustias de la señora Miguelina, y se extrañaba ahora de no haber sentido antes más viva inquietud. Para que todas estas coincidencias no le hubiesen advertido desde un principio, para no haber tenido antes un íntimo presentimiento de esa posible paternidad, era necesario haber estado ciego o muy preocupado. Preocupado, efectivamente, estuvo por sus quimeras matrimoniales, por la egoísta infatuación que le había hecho creer en la posibilidad de casarse con la propietaria de Rosalinda. Pero todo había ya finido y la misma viuda acababa de desengañarle entonces. Ahora, en que la espesa venda le había ya caído de los ojos; ahora en que ya no corría peligro de extraviarse su natural perspicacia, una clarísima luz iluminaba la situación: «El hijo de Miguelina podía ser también su hijo.»

V

Un sentimiento de orgullosa alegría, llenó de pronto el corazón de Delaberge: «Este apuesto muchacho, robusto y hermoso como un roble joven; este Simón de alma noble y de voluntad enérgica era verdaderamente su hijo...» Después toda su alegría se disipó al solo pensamiento de que este hijo suyo llevaba el nombre de otro y sería siempre un extraño para su padre natural. Era el hostelero Princetot quien, habiéndole alimentado, educado y sostenido en la vida, podía sólo enorgullecerse de su paternidad legal; y a ese hombre era a quien Simón amaba como si fuese su padre...

Entonces, bajo una forma nueva volvió la duda a penetrar en el espíritu de Francisco: «Después de todo, pensaba, ¿qué sabemos? Cuando se penetra en esos misterios de la filiación, no es nunca posible tener una absoluta certeza. El adulterio tiene de fatal que deja siempre cerniéndose una sombra sobre el verdadero origen del niño... No se puede saber nunca si es el marido o el amante quien tiene realmente derecho a la paternidad.» Verdad es que Delaberge podía invocar esa singularísima semejanza que había notado; pero sábese también que, durante el oscuro trabajo de la concepción, el absorbente recuerdo del amante ejerce algunas veces sobre la mujer una misteriosa influencia y hace parecerse a este último al hijo que nació en realidad del marido... El inspector general se hacía todas estas reflexiones, pero su conciencia seguía hondamente conturbada. La duda le cansaba ya; quería escapar de una vez a la incertidumbre que le mataba. Solamente Miguelina podía iluminar su entendimiento y a pesar de la perspectiva de una escena penosa, decidió tener con ella una explicación decisiva.

Apretó el paso hacia el Sol de Oro y viendo en la cocina a una de las criadas, le preguntó prudentemente si el Príncipe estaba en casa.

—No, señor—le contestaron;—el patrón está en la ciudad; su hijo ha salido también para encontrarse con él y regresar juntos, de modo que no habrán vuelto antes de las diez.

—¿Y la señora Princetot?

—La señora está en la iglesia, pero no puede ya tardar.

En efecto, acababa de hablar la criada cuando apareció la señora Miguelina en el umbral llevando en una mano su libro de rezos y tocada con una austera capota negra. A la vista de Delaberge un débil rubor coloreó su rostro siempre mate, y como si presintiese las intenciones de Francisco alejó a la criada dándole un recado para una vecina; después sus inquietos ojos dirigieron al inspector general una interrogativa mirada.

—¿Podemos estar solos un momento?—dijo Delaberge con voz grave.—Necesito hablarle.

—Pero...—objetó ella buscando una escapatoria.

—¡Es necesario!—insistió Francisco con mayor energía.

Había en su acento algo tan imperativo que ya no resistió más.

—Venga usted—murmuró con sorda resignación.

Y Delaberge la siguió por un corredor que llevaba a las habitaciones particulares de la familia y le hizo entrar en una pieza que servía al mismo tiempo de despacho y de comedor; con trémula mano encendió una bujía que iluminó vagamente las paredes, adornadas con estampas religiosas, con dos medianos retratos del Príncipe y de su mujer y con los diplomas de Simón, magníficamente encuadrados. Se quitó luego el sombrero, y por la primera vez pudo Francisco verla con la cabeza descubierta, mostrando su espesa cabellera gris ligeramente rizada.

—¡Hable usted!—dijo ella sentándose, pues la angustia la hacía temblar como una hoja en el árbol y apenas podían sus piernas sostenerla.

—Miguelina—comenzó diciendo Delaberge,—perdóneme que vuelva sobre tan doloroso asunto, pero un interés mayor lo exige así... No eran vanos sus temores; mi vuelta a Val-Clavin ha despertado la maledicencia y hace un momento me he encontrado en el camino con una mujer a quien usted conoce muy bien, la Fleurota.

Miguelina tembló, se contrajo todo su rostro y exclamó con voz llena de profunda alarma:

—¡Dios mío!... ¿Qué ha pasado?...

—La Fleurota me ha recordado maliciosamente los tiempos antiguos; tiene una lengua de víbora, pero ella sabe indudablemente muchas cosas y no es probable que me haya querido engañar... Pretende que Simón es hijo mío y no de...

Miguelina le interrumpió con gran violencia:

—¡Calle usted!... No diga estas cosas, pues no son sino viles mentiras.

—Usted solamente puede darme la certidumbre y yo le suplico que sea franca. ¿Cuál es la fecha exacta del nacimiento de Simón?

—No sé... No lo recuerdo bien—balbuceó la hostelera visiblemente turbada.

Adivinó Delaberge en la expresión de su rostro que aquella mujer preparaba una mentira con el objeto de desvirtuar sus presunciones y replicó severamente:

—Contésteme sin vacilaciones... Reflexione que puedo saber la verdad consultando el registro civil... ¿En qué época nació?

Comprendió ella que toda mentira había de ser inútil y contestó resignadamente.

—En 1859... El veinticinco de julio.

Delaberge permaneció un momento pensativo... Se había marchado de Val-Clavin a fines de octubre de 1858 y por aquellos tiempos encontrábase el Príncipe ausente.

—Precise bien sus recuerdos—murmuró ya convencido Delaberge—y vea cómo tengo razón para...

—¿Qué prueba esto?—repuso ella con irritación grande.—¿Se puede nunca saber si...?

—Existen otras presunciones. Simón se me parece y usted lo ve mucho mejor que nadie, pues ha hecho todo lo posible para evitar que nos viésemos... Temía usted que esta semejanza, pues no es imaginaria, me saltase a los ojos y confirmase mis sospechas... Simón nada tiene de aquél cuyo nombre lleva, mientras que todos sus rasgos recuerdan los míos cuando yo tenía su edad... Otras personas lo han observado igualmente y me lo han hecho ver... Yo le suplico, señora, que me diga toda la verdad.

Escondido el rostro entre sus manos, la señora Princetot movía negativamente la cabeza y se limitaba a repetir con obstinación.

—¡Ay, Dios mío!... ¡Dios mío!... ¿Por qué... por qué?...

Se defendía aún, pero mucho más débilmente.

—¿Por qué?—replicó Delaberge.—Porque tengo el derecho de saberlo, porque sus principios religiosos le obligan a decirme toda la verdad, y, finalmente, porque, si usted se empeña, recurriré a otros medios para esclarecer mis dudas...

Esta amenaza, lanzada casi sin querer, destruyó las últimas resistencias de la señora Princetot. Apartó sus manos, dejando ver su rostro convulso por el dolor y fijó en Francisco sus ojos llenos de miedo.

—¡No lo haga usted!—exclamó y después prosiguió con voz muy apagada:—Pues bien, sí... Simón es hijo suyo... Cuando volvió Princetot después de una ausencia de dos meses, yo estaba ya casi segura de mi embarazo, y hasta me alegraba de ello, tan hundida en el pecado vivía entonces, de tal modo me había usted conturbado el espíritu; estaba contenta además de que mi hijo fuese también hijo de usted... El amor me había endurecido la conciencia, y sin escrúpulo ninguno procuré engañar a mi marido. Quise escribírselo a usted, pero luego, temiendo alguna posible indiscreción preferí callarme... Vino al mundo el niño; era hermoso y fuerte, fue recibido con alegría inmensa y yo le he amado locamente... También Princetot estaba loco por él... Pero cuando comenzó a crecer y su semejanza con usted se me hizo cada vez más visible, un gran temor se apoderó de mi alma. Pensé en lo que podía suceder si llegaba mi marido a concebir ciertas dudas, y comencé a arrepentirme de haber engañado a ese hombre para mí tan bueno... En aquellos momentos descendió sobre mí la gracia del cielo y mis ojos se abrieron a la luz; tuve horror de mi conducta y he tratado de hacerla olvidar, humillándome ante Dios y confesando mis pecados... He cumplido las más duras penitencias que se me han impuesto, y nada eran si las comparaba con la angustia que me oprimía el corazón a la sola idea de que mi marido llegase un día a descubrir mi crimen... Cuando creía acabado mi suplicio, perdonada mi falta, asegurada por completo mi tranquilidad, surge usted de nuevo en mi camino... Al verle comprendí que mi verdadero sufrir comenzaba ahora y ya ve cómo no me he engañado... ¡Dios mío, Dios mío! ¿Será preciso que...? En fin, le he dicho la verdad, toda la verdad, señor Delaberge, y pues la sabe usted ya, yo se lo ruego juntas las manos, sea usted bueno y honrado: haga como si nada supiese y déjenos...

Le suplicaba con efusión en que se sentía vibrar un poco de la ternura de otros tiempos. Bajo sus abundantes cabellos grises, algo más sereno el rostro, sus humedecidos ojos tomaban una expresión hondamente dolorosa y parecían reflejar toda su antigua belleza.

—Sí—iba repitiendo la pobre mujer.—Márchese usted y olvídenos... Déjenos tranquilos a los tres en este rincón. A usted, que goza de una posición elevada, que vive en París en medio de las diversiones y del ruido, nada le ha de importar la existencia de pobres gentes como nosotros. Nada tampoco le han de interesar nuestros asuntos ni los de mi hijo.

—¡Pero es mi hijo también!—exclamó Delaberge con acento lleno de emoción y que vibrante salía de lo más hondo de su alma.—Le he visto y estoy orgulloso de él... Comprenda usted que yo deseo probarle mi amor, contribuir de algún modo a su felicidad y a su porvenir...

—Nada puede usted hacer por él—interrumpió la señora Miguelina—Todo lo que usted intentase sería en desventaja suya. Piense que si él llegaba a sospechar los verdaderos motivos de su interés, si llegaba a sentir un día la menor duda, significaría esto el fin de nuestra tranquilidad, la vergüenza y la desesperación de su vida toda... ¡Ah! por eso yo le suplicaba a usted que no le viese de nuevo... Temblé a la idea de que podía el muchacho percatarse de esa desdichada semejanza y esto llevarle al descubrimiento de lo que no ha de saber jamás... Es necesario, entiéndalo usted bien, que siempre sea para usted un extraño... Es el castigo de nuestro pecado y es justo que tenga usted también su parte... Lo mejor que puede usted hacer es callar... y marcharse.

Miguelina se levantó y se apartó a un lado para dejarle libre el paso al tiempo que murmuraba en voz muy baja:

—Buenas noches, señor Delaberge... ¡Si en verdad siente usted alguna afección por él... y por mí... márchese, olvídenos!...

Sintió Delaberge tan claramente la implacable lógica que encerraba esta última súplica, que bajó humildemente la cabeza y salió de la habitación sin decir una sola palabra.

VI

Como había dicho Simón a su madre, el día siguiente era el señalado para la reunión del sindicato que se había constituido para resistir mejor a las pretensiones de la Administración forestal; se componía de algunos consejeros comunales, de varios propietarios de los pueblos vecinos y de Simón Princetot, que más especialmente representaba a la señora Liénard.

Ya la mayoría de ellos se habían ido reuniendo ante la alcaldía en la pequeña plaza de los Abades, cuando llegó Delaberge. Como es fácil adivinar, había dormido muy mal aquella noche y su pálido rostro conservaba las huellas de sus pasadas conmociones. Con la lucidez de espíritu que suele producirse al despertar, se le apareció la situación más cruel todavía. Cuando se arrepentía de no haberse creado una familia, cuando pensaba precisamente en el matrimonio, venía a ofrecerle el destino esa irónica sorpresa... Mientras él arrastraba por el mundo su soledad y sus nostálgicos ensueños de paternidad, allá en un rincón de un pueblo medio perdido entre los bosques, había un muchacho robusto e inteligente que le debía a él la vida. Y cuando hubiera podido amar a ese muchacho, cuando se hubiera sentido orgulloso de confesarlo por hijo suyo, veíase condenado a olvidarle, a comprimir en lo más secreto de su corazón los fuertes impulsos de su ternura. Lo mejor que podía hacer en favor de este hijo suyo era marcharse y no verle nunca más... Había de ahogar en germen ese amor que hubiera sido para él un verdadero consuelo.

Ha sido muchas veces desmentida la «voz de la sangre» y es necesario convenir en que, en determinadas condiciones permanece muda en absoluto. D'Alembert podía con razón decir que su verdadera madre era la mujer del vidriero que le recogió y no la señora de Tencin, que le había abandonado. Es probable que Simón hubiera experimentado un sentimiento parecido con respecto al Príncipe si se le hubiese revelado su verdadero origen. Pero, en el caso de Delaberge, el instinto paternal bruscamente despertado en su corazón, hablaba un lenguaje muy diferente. A la vista de ese hijo suyo que tanto se le parecía y que le había sido tan simpático desde los primeros momentos, sentía como una especie de admirado amor y se decía a sí mismo que no podría consolarse jamás de haberle tan pronto perdido.

Avanzó lentamente hacia la alcaldía, buscando a Simón Princetot entre los campesinos allí reunidos y sintiéndose hondamente disgustado al no verle. Todos aquellos hombres que discutían libremente y en voz alta, se callaron en seco al acercarse el inspector general. Apartáronse para dejarle pasar y apenas si le saludaron, contentándose con observarle de reojo.

Embarazado con acogida tan llena de desconfianza, Delaberge se dirigió rápidamente hacia la puerta del edificio en el momento preciso en que daba las diez el reloj. En aquel mismo instante apareció Simón en la plazuela caminando con paso firme y decidido, grave el continente, amable el rostro y brillante la mirada.

Los grupos se estrecharon en torno de él y todas las manos se tendieron afectuosamente hacia la suya. El mismo Delaberge, deteniendo de nuevo el paso, se preguntó si no iría también a hablarle... Simón le había visto ya, sus miradas se cruzaron y el impulso generoso del inspector general se vio cortado por la mirada hostil que el joven le había dirigido.

Cambiaron un frío saludo y en seguida se dirigieron separadamente hacia la alcaldía: Simón en medio de todos sus amigos y teniéndose que contentar Francisco con la compañía del alcalde que acababa de separarse de los demás para recibir oficialmente al representante de la Administración pública.

En la sala de la alcaldía, desnuda y de paredes blanqueadas, sentado a la derecha del alcalde el inspector general presenció la entrada de los individuos del sindicato. Fueron llegando en fila, llevando unos la blusa nueva que les caía en pliegues rígidos sobre el pantalón de lana, y luciendo otros sus trajes del domingo ya pasados de moda. Sentados en semicírculo en torno de la ancha mesa, frotábanse maquinalmente sus rugosas manos y avanzando su cuello tostado por el sol y por el aire, dirigían sus curiosas y circunspectas miradas hacia aquel elevado funcionario que la Administración les enviaba de París. Simón entró el último y fue a sentarse en el centro casi enfrente de Delaberge, quien, al ser invitado a ello por el alcalde, se levantó para dar a conocer el objeto de su misión.

Independientemente de la emoción que le causaba la presencia del hijo de Miguelina, el hecho de no haber recibido a tiempo la respuesta del ministerio le dejaba en situación desairada, pues no podía ofrecer al sindicato la equitativa solución que él había imaginado y esto le quitó una parte de su natural elocuencia. No podía entonces hacer otra cosa que escuchar las quejas de los usuarios sin poder proponerles en el acto una transacción satisfactoria. Se limitó, pues, a leer la comunicación que le daba plenos poderes para someter el litigio a nuevo examen y estudiar las bases de un arreglo. Hecho esto, declaró que se sentía animado de los mejores sentimientos de conciliación y muy deseoso de encontrar, de acuerdo con el sindicato, una solución que, sin lesionar los derechos del Estado, diese satisfacción a los intereses del municipio y de los particulares.

Sus palabras fueron escuchadas en medio de un glacial silencio y en seguida volviéronse todas las miradas hacia Simón Princetot, que se preparaba ya a replicar.

El joven, sin mostrarse en lo más mínimo conturbado, habló con entonación firme y seca, diciendo:

—Muy corta será nuestra respuesta. Como acaba de decirnos, el señor inspector general tenía la misión de visitar los bosques de Val-Clavin y examinar el emplazamiento de las nuevas tierras de pastoreo. Si, según era su deber, ha procedido detenidamente a esa visita, se habrá podido dar fácilmente cuenta de la naturaleza y del valor de las tierras que ahora se nos ofrecen. Sabe, por consiguiente, tan bien como nosotros, que los bosques de Carboneras son insuficientes en cuanto a leña e impropios en cuanto al pastoreo, privados de caminos de comunicación, y que nos es, por tanto, imposible consentir en lo que sería para nosotros un odioso engaño. Pido, pues, al mandatario de la Administración pública que nos diga francamente si aprueba la solución injusta que al conflicto han dado los forestales de Chaumont...

Mientras Simón hablaba, el inspector general tenía fijas en él sus miradas con una atención llena de ternura.

Ahora es cuando se daba cuenta más exacta de esa semejanza que tanto había sorprendido a la señora Liénard. Esa semejanza no saltaba a los ojos, como había maliciosamente pretendido la Fleurota; para descubrirla era necesario estudiar muy de cerca y en la intimidad los modos de ser y de expresarse del joven Princetot. Consistía no tanto en la paridad de los rasgos fisonómicos como en la analogía de las inflexiones de voz y del ademán sobrio y enérgico; consistía principalmente en un idéntico temblor de los párpados y de los labios bajo el golpe de una irritación súbita. Descubríase también en ciertos pequeños detalles que solamente Francisco podía apreciar; así, por ejemplo, Simón llevaba vestidos oscuros, mostraba en toda su persona un exquisito cuidado, sin aquel rebuscamiento empero que suele gustar a los jóvenes, sin un solo color vistoso, sin una sola joya. Siempre había sentido Delaberge predilección por los colores oscuros, la misma repugnancia por las joyas demasiado vistosas, y con la más profunda emoción iba comprobando esa semejanza de gustos, esas singulares afinidades... De tal modo estaba absorbido en su ansioso examen que no se dio cuenta al principio de la acerba entonación y de las agresivas intenciones que Simón ponía en su réplica.

Solamente los murmullos de aprobación con que fueron acogidas las palabras del joven le sacaron de su ensueño y entonces comprendió que se le atacaba de frente.

—Señores—objetó con suave tono,—comprendo muy bien su impaciencia, pero las formalidades administrativas van menos de prisa que sus deseos. Hecha está mi opinión en este asunto y expresada la tengo en mi informe dirigido al ministro. Sin embargo, el deber profesional me obliga a guardar silencio hasta haber recibido de París una respuesta. No puede tardar, y apenas la reciba me apresuraré a ponerla en su conocimiento.

—Demasiado conocemos esos medios dilatorios—interrumpió Simón;—hace ya dos años que se nos quiere engañar con promesas y aplazamientos. Nada le cuesta a usted la paciencia, señor inspector general, pues cobra su sueldo del mismo modo. Bastante más cara es para nosotros, pues nos perjudican mucho esas lentitudes administrativas. Mientras usted nos adormece con buenas palabras, quedan desconocidos nuestros derechos, nuestros intereses sufren y disminuyen nuestros recursos. No podemos por más tiempo aguardar a que resuelvan el asunto esos agentes forestales que nos mandan de París y que no hacen sino engañarnos...

Bien clara había de ver con esto Delaberge la animosidad de su contrincante. Las duras e irritantes palabras de Simón tenían un carácter de violencia que no consienten las discusiones puramente jurídicas. Por encima de la administración pública, rectamente se dirigían contra el inspector general. No era un adversario lo que éste tenía enfrente, sino un enemigo.

No comprendía Delaberge el motivo de ese inesperado ataque; y era mayor aún su dolor al verse objeto de una hostilidad semejante por parte de aquel joven que era hijo suyo y a quien de buena gana y con la más profunda terneza hubiera estrechado contra su corazón. Se había ya resignado a separarse de él como de un extraño; pero dejarle por todo recuerdo ese odio inexplicable, constituía para él una amargura suprema que le hacía sufrir hondamente.

—¿No es ésta la opinión de todos los aquí reunidos?—continuaba Simón volviéndose hacia los campesinos, que abrían inmensamente los ojos y le escuchaban admirados.—¿No es tiempo ya de que pasemos de las palabras a los actos?... Puesto que la Administración quiere ser con nosotros equitativa, no nos queda más que dirigirnos a los tribunales... Que todos aquellos que sean de mi parecer levanten la mano.

Y como movidos por una misma descarga eléctrica, todos aquellos hombres levantaron sus nudosas manos con amenazadora energía.

—¡Muy bien!—exclamó triunfante y, dirigiéndose luego hacia Delaberge, con mirada retadora le dijo:—Señor, nada más tenemos que decirle en estos momentos... En el término de veinticuatro horas, recibirá usted nuestra respuesta por mano del procurador.

Levantóse y se dirigió hacia la puerta seguido del grupo de los usuarios. El mismo alcalde se batió en retirada y dejó sólo al inspector general. Sorprendido y con el corazón lleno de amargura, se quedó Francisco un momento solo en la sala desnuda y vacía, escuchando el pesado andar y las risotadas de los campesinos que bajaban atropelladamente la escalera y percibiendo en medio de aquel ruido esas palabras dichas con burlona voz: «¡Muy bien! ¡Maltrecho y sin palabra, le ha dejado Simón a ese orgulloso parisiense!»

VII

Movido por el despecho y también por el vehemente deseo de conocer la causa de tan incomprensible enemiga, Delaberge abandonó a su vez la sala. Desde los umbrales de la alcaldía vio a Simón Princetot despidiéndose de sus amigos y atravesando lentamente la plazuela. El inspector general apretó el paso y le alcanzó ya bajo los tilos del paseo. Caminaba el joven con las manos en los bolsillos e inclinada meditativamente la cabeza. A solas ya, se iba disipando poco a poco su satisfacción por el triunfo obtenido. El calor y las irritaciones de hacía poco iban dejando lugar a una reflexión más justa y mesurada. Se acusaba Simón de haber mezclado su rencor personal en una cuestión de negocios, comprometiendo quizás los mismos intereses que se le habían confiado... Nada realmente había ganado obrando como un niño que golpea la piedra que le ha hecho caer. Su cólera en nada podía cambiar los hechos desgraciados que la habían motivado. Después, lo mismo que antes, continuaban siendo sus desilusiones iguales. Lo que la víspera había observado, oculto tras los abedules próximos a la puertecilla del parque, no dejaba de ser una realidad desoladora... La señora Liénard no se preocupaba de él y reservaba para su rival todas sus amables atenciones... Sentíase el corazón lleno de amargores al recordar lo que había visto la tarde anterior en Rosalinda: veía la puertecilla abrirse bruscamente, aparecer en ella amable la hermosa viuda y tender a Delaberge su mano en la que éste dejaba galantemente un beso...

Mientras sentía irritarse más sus celos y sangraba dolorosamente su corazón a tan odioso recuerdo, oyó muy cerca los precipitados pasos y la voz de aquel mismo hombre a quien de tal modo aborrecía.

-Señor—murmuró Delaberge,—tenga la bondad de concederme un momento.

Volvióse Simón y una llamarada de odio brilló en sus ojos; supo, sin embargo, contenerse. Silenciosamente, se dirigió hacia una calle transversal mucho más solitaria.

—¿Qué me quiere usted?—preguntó cruzando los brazos.

—Me ha parecido que en la alcaldía se ha dejado usted llevar de impulsos apasionados más bien que prudentes... Créame usted, espere aún dos días antes de tomar una resolución extrema... No le hablo ahora como adversario, sino como amigo.

—Usted no es mi amigo—replicó con dureza el joven.

—Deseo serlo de todo corazón y me sorprende su hostilidad. Sin embargo, no creo haberle dado motivo para que me trate como enemigo, desde la tarde en que juntos volvimos de Rosalinda.

Esta alusión a Rosalinda, lejos de calmar al hijo de Miguelina, pareció aumentar todavía su irritación.

—¡Detesto el disimulo!—exclamó.—Me prometió usted aquel día obrar lealmente y con justicia respecto a los usuarios, y me ha engañado usted...

—¡No me acuse a la ligera!—repuso Francisco con una mansedumbre que no impresionó a su interlocutor.—Le repito que he escrito ya al ministro y no tiene usted derecho a condenarme sin saber en qué sentido lo hice... ¿Por qué motivo no me concede usted su confianza y me niega los días de plazo que le pido?

—¿Por qué?—replicó Simón, dejándose llevar por el ardor juvenil que no podía ya contener.—Porque he adivinado sus intenciones, porque sé lo que se propone con su perpetua dilación... ¡Esto le permite prolongar su estancia aquí y multiplicar sus visitas a Rosalinda!

Delaberge le miró con honda estupefacción y de nuevo se sintió dolorido por la enemiga que brillaba en sus ojos.

—Me extraña—dijo con acento de reproche—que mezcle usted a la señora Liénard en nuestra discusión.

—¡Ah!—murmuró sarcásticamente el joven Princetot.—¿Esto le extraña?... Aunque sabe usted disimular muy bien, le desagrada conocer que ha visto alguien su juego y ha descubierto el motivo de sus equívocas asiduidades.

—Mis asiduidades nada tienen de misterioso—repuso el inspector general, levantando con indiferencia los hombros,—y no tengo razón ninguna para esconderme cuando voy a Rosalinda.

—¡Pero se esconde usted para salir!

—¿Que yo?...

—Sí, usted... Ayer tarde salió usted del parque por una puertecilla... ¡Atrévase a negarlo!

—Ahora comprendo...

Estas últimas indicaciones recordaron a Delaberge el incidente que otros hechos más graves le habían hecho olvidar; recordó la huida de aquel hombre desconocido a través de los campos y que de tal modo se parecía a Simón.

Fue como un rayo de luz que iluminó la situación e hizo más inteligible para Delaberge la extraña conducta del joven Princetot... El pobre muchacho amaba a la señora Liénard. Con la viva intuición de los enamorados, adivinó los propósitos matrimoniales de un recién llegado que le parecía sospechoso y el demonio de los celos mordió en su corazón. Ya mal dispuesto contra ese intruso, había vigilado sus visitas a Rosalinda, le había sorprendido saliendo de la finca por una puerta de la que no se servían mucho sus propietarios y esto encendió en su alma la violenta enemistad que acababa de estallar furiosa en la reunión de la alcaldía.

Un sentimiento de honda pena, una lástima dolorida llenó todo el espíritu de Delaberge... ¡No le faltaba más que ser el rival de su propio hijo! Lo que en él había de sensibilidad generosa, adormecida por una larga práctica del egoísmo y por la costumbre de no vivir sino para sí, despertóse súbitamente en su corazón. Tuvo clara conciencia de sus responsabilidades y de la situación casi trágica en que se encontraba... Sintió que una profunda emoción le oprimía el pecho y le humedecía los ojos.

—De manera—murmuró con insegura voz—que era usted quien me espiaba...

—¡Sí, yo mismo!—afirmó Simón lanzando sobre su interlocutor una mirada de cólera y de reto.

Hubo un momento de silencio; después puso Delaberge su mano sobre el hombro del joven y repuso:

—Hijo mío—y sintió como una amarga dulzura en los labios al pronunciar estas palabras,—la pasión le ha cegado... Sus sospechas no se fundan sino en simples apariencias, pero desde el momento que esas apariencias han podido engañarle a usted y hacerle sufrir, es seguro que habré cometido yo alguna falta... Me apena profundamente que mi irreflexiva conducta haya podido inducirle a error.

Simón pareció desconcertado por la humildad de esa confesión y contempló a su interlocutor menos hostilmente, a pesar de lo cual persistía aún en sus ojos y en la, contracción de sus labios un resto de desconfianza.

—Le aseguro a usted—continuó Francisco—que siento por la persona de que hablamos, una muy afectuosa estimación, pero que no pienso ni en hacerle la corte, ni en casarme con ella... Ya ve usted que le hablo con toda franqueza; tenga usted conmigo un poco de confianza y contésteme: ¿está usted enamorado?

Simón se turbó y el rubor coloreó sus mejillas... el rubor de un joven seriamente enamorado y que se escandaliza al ver descubierto el tímido amor que guardaba religiosamente escondido.

—¿Por qué tal suposición?—balbuceó inseguro.

—Porque—replicó Delaberge,—sería sin esto imperdonable el espionaje a que se ha entregado... Solamente la pasión puede excusarle... Usted ama a la señora Liénard.

Confuso, bajó el joven la cabeza y replicó hoscamente:

—¿Con qué derecho me interroga usted?

—Con el derecho que usted me ha dado tratándome como rival a quien se detesta... Su antipatía no puede explicarse sino por la ceguera de los celos, y por esta misma razón le repito que está usted enamorado de la señora Liénard.

—¿Se burla usted de mí?—murmuró Simón esquivando la mirada de Delaberge.

—No, hablo con toda mi seriedad... En su edad es un sentimiento natural y no tiene por qué avergonzarse.

—Solamente yo soy el dueño de mis pensamientos... No he de dar a nadie cuenta de ellos.

—¿Ni siquiera a la señora Liénard?

—A ella menos que a nadie... Si lo que usted supone fuese cierto, yo le juro que nunca lo sabría ella... ¡No permitiré yo que pueda sospechar jamás una locura semejante!

—¿Una locura?... ¿A qué llama usted una locura?

—Llamo locura a amar un imposible... No somos ella y yo de un mundo mismo...

Francisco sonrióse melancólicamente y habló así:

—Estas consideraciones no suelen pesar mucho sobre el corazón de una mujer que ama, y no hay motivo para que Camila no le ame a usted. Es usted su igual por el espíritu y por la educación; es ella demasiado inteligente para no haber apreciado sus méritos... Sea usted menos modesto y no desespere de nada... De todas maneras, después de lo que acabo de decirle, ya ve usted que no he de hacerle yo la menor sombra. No me tenga por enemigo, y además le ruego que aguarde un poco para tomar una resolución extrema en el asunto de los deslindes... Mañana, pasado mañana lo más tarde, podré sin duda comunicarle algo que le demostrará la injusticia de sus sospechas... Adiós...

Y como si de pronto hubiese temido que le traicionase la emoción, alejóse bruscamente del hijo de Miguelina.

VIII

Algunas horas después Delaberge se internaba en el bosque y se dirigía muy pensativo hacia Rosalinda.

No tenían sus pensamientos ni la ligereza de las blancas nubecillas que corrían por encima de los árboles, ni tampoco la alegría de las flores, cuyas notas de color vivísimo salpicaban la hierba, sino que eran muy graves y trascendentales.

«Sí—iba diciéndose,—Miguelina se engaña: algo hay que puedo yo hacer por ese muchacho que es mío y de quien la fatalidad para siempre me separa... Puedo darle la felicidad con que sueña y que desespera alcanzar. Ama a la señora Liénard, y ella siéntese también inclinada a amarle. Solamente que, por orgullo, teme el muchacho descubrir su ternura, y ella también, demasiado respetuosa con ciertas exigencias sociales, duda en dejarse llevar por sus propias inclinaciones. Pues bien, yo puedo servir de lazo de unión entre estos dos corazones que se desean y no se atreven a confesarlo. Dignos son el uno del otro y como hechos para saborear esa felicidad rarísima: el amor en el matrimonio. Esta felicidad yo se la habré dado y al menos tendré una acción buena en mi existencia inútil. Me consolaré en mi soledad pensando que ellos son felices y, aunque delgadísimo, esto será un lazo de unión entre mi hijo y yo.»

Esta idea le alegró un poco el corazón, y meditando en todo ello perdíase su mirada en las lejanías del bosque... Una apagada y verdosa claridad reinaba en aquel fresquísimo lugar. Los diminutos pétalos que envuelven los botones de las hayas antes de su completa madurez, se desprendían de las ramillas y caían al suelo como finísima lluvia, produciendo un rumoreo apenas perceptible, mientras un rayo de sol los hacía a veces brillar como si fuesen polvillo de oro.

«Durante toda mi existencia—pensaba Francisco—han ido cayendo en el pasado todos mis días, lo mismo que esos pétalos secos, sin que un solo acto generoso los haya iluminado un instante. Ya no será ahora así, ya tendré un rayo de sol en mi pobre vida.»

Del mismo modo que el verdor le refrescaba los ojos, la idea de que iba a trabajar por la felicidad de Simón, de que ya no vivía únicamente para sí, le refrescaba el alma. Esto le daba valor para hablar a la señora Liénard de esos delicados asuntos de sentimiento, tan peligrosos cuando se ha estado a punto de amar a la mujer con quien se trata de ellos.

Mucho se esforzaba en olvidarla, pero no podía disimularse que aún sentía una tierna inclinación hacia esa mujer, cuyo sabroso encanto y cuyo espíritu lleno de alegres ternuras habían por un momento hecho latir su corazón de cincuentenario. En el aire perfumado de los bosques la riente imagen de la señora Liénard se le aparecía con mayores atractivos aún; veía sus ojos límpidos, su frente pura y la morbidez de sus mejillas aterciopeladas, la gracia de sus labios... Se apoderaba de él una profunda melancolía al pensar que todas esas delicias, que todas esas suavidades de la intimidad femenina no se habían hecho para él. Un húmedo soplo, que de vez en cuando movía las hojas de los árboles y parecía subir de las profundidades del bosque iba murmurando en sus mismos oídos: «¡No será para ti!...»

De pronto, la presencia de un roble joven y robusto, que elevaba a los cielos su tronco recto y liso, le recordaba a su hijo Simón y le hacía avergonzarse de su vuelta al egoísmo.

«Seamos fuertes—se decía entonces,—si no te costase esto un sacrificio, ¿dónde estaría el mérito del acto que vas a cumplir?»

Arrojaba de sí con energía esas añoranzas y luchaba valientemente con esos enternecimientos retrospectivos. Quería presentarse ante la señora Liénard, dueño por completo de sí mismo, a fin de hacer más persuasivas sus palabras y arrancarle la confesión de su amor por el joven Princetot. Apresuró el paso como si la rapidez de la marcha hubiese tenido la virtud de avivar sus ardores y de espolear su voluntad. Algunos minutos después llamaba en la verja de Rosalinda y con un ligero latir en el corazón y una palidez angustiosa en el rostro penetró en el salón donde se encontraba la señora Liénard.

—¡Ah!—exclamó ésta al verle,—en la cara le conozco que viene usted para despedirse...

Y al decir estas palabras una súbita tristeza apagó la alegre sonrisa de sus labios y de sus ojos.

—No sé cómo expresarle—continuó diciendo la joven—hasta qué punto me entristece la idea de su marcha.

Mientras hablaba, sus clarísimos ojos se ensombrecían y cubríanse de una sutil humedad, por lo que Delaberge comprendió que eran absolutamente sinceras sus palabras.

—Sí—repuso Francisco también profundamente conmovido;—vengo a despedirme de usted; probablemente marcharé mañana.

—¡Tan pronto!... Me han dicho, sin embargo, esta mañana que de su conferencia con los usuarios no ha resultado nada bueno... ¿Habremos de renunciar a toda esperanza de arreglo?

—Eso no; lo que hay es que les ha faltado a los usuarios un poco de paciencia... No he recibido todavía la respuesta del ministro; pero, entre nosotros, puedo decirle que estoy casi seguro de que habrá de ser satisfactoria.

—Gracias por el interés que nos demuestra... Mas es para mí un dolor que usted se marche... Me había acostumbrado ya a sus buenas visitas, y no puedo imaginarme que sea ésta la última... Siéntese aquí, muy cerquita...

Hablaba con tono tan afectuoso, filial casi, que fue dando a Francisco mayor aplomo para abordar la delicadísima cuestión de que quería hablarle. Se sentó a su lado y le dijo así, esforzándose por sonreír:

—Antes de separarnos, señora mía, sería bueno quizás que reanudásemos nuestra conversación de ayer... Temo no haber correspondido como debía a la confianza de que me dio usted tan gran testimonio... Al ver mi prisa por marcharme, seguramente me acusó usted de indiferencia. No hay nada de eso. He pensado mucho, por el contrario, en todo lo que usted me dijo y he tomado en ello un verdadero interés.

—¿Será cierto?... Me alegro mucho, pues ya me sentía avergonzada de no haberle hablado sino de mí y casi me arrepentía de haber estado contándole tan minuciosamente las quimeras que rebullen en mi loca cabeza.

—¿Es que no son en realidad sino quimeras?

Camila Liénard se ruborizó y abrió inmensamente sus hermosos ojos. Delaberge prosiguió:

—En ese retrato que hizo usted del marido soñado, pienso que no es imaginario todo... Puede que haya en alguna parte un ser real en quien usted pensase... inconscientemente, cuando me iba enumerando las cualidades de su ideal.

—No... no, yo se lo aseguro; yo no sé...

—Pues bien, esta última noche, he pensado tanto en todo esto que he acabado por leer muy claramente en el fondo de su corazón.

—¡Vaya!...—murmuró la dama afectando tomarlo a broma.—En ese caso, sería usted mucho más hábil que yo misma... ¿Y qué es lo que ha leído usted en mi corazón?

—Probaré de explicárselo... Se ha encontrado usted con alguien hacia el cual se siente secretamente atraída y al que cree enteramente digno... Si no escuchase más que su propio gusto, iría usted espontáneamente hacia él... Pero ese joven... porque es joven—añadió con un poco de tristeza,—aunque es su igual por la inteligencia y por el corazón, no pertenece a la misma clase social que usted, y se siente detenida por escrúpulos convencionales; teme usted que sus amigos, que las personas de su propia sociedad condenen la elección y condenen el suyo como un matrimonio desigual...

IX

Mientras Delaberge hablaba, la señora Liénard había vuelto un poco su rostro y con una de sus lindas manos hurgaba nerviosamente en las flores de un jarrón que tenía a su alcance.

Arrancó por fin una ramilla de madreselva y la fue desmenuzando poco a poco entre sus rosados dedos.

—Sea usted franca y dígame si he leído bien en su corazón.

—Creo... que sí—murmuró la viuda sin mirarle.

—Y ahora, ¿desea usted que le diga el nombre de ese joven?

—No—murmuró levantando hacia él sus húmedos ojos; después añadió aturdidamente, con una vivacidad en que se descubría a la vez su contento y su angustia:—Usted le ha visto... El es quien le ha hablado de mí...

—No, él tiene demasiado orgullo para confiarse así a un extraño.

—Entonces...—exclamó impetuosamente la señora Liénard.—¿Cómo ha podido adivinar usted?...

—Seguramente conoce usted—dijo sonriendo Delaberge,—aquel dicho de su país: «Los enamorados llevan sobre sí una planta cuyo perfume embalsama los caminos por donde pasan». Cuando mi primera visita, este perfume embalsamaba Rosalinda entera, y al regresar a Val-Clavin, acompañado del señor Princetot, adiviné que llevaba consigo la planta y que florecía por usted.

El rubor cubría las mejillas de la señora Liénard, sus labios sonreían y brillaban sus ojos con luces del alba, pero no podía articular ni una palabra. Por única respuesta, con gentil movimiento de gratitud tendió sus dos manos a Delaberge, quien las guardó un momento entre las suyas.

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