CARTA-PRÓLOGO (continued 2)
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Largo rato pasó el sin ventura á pie firme en medio de la estancia, con la cabeza inclinada sobre el pecho, la imaginación perdida en un páramo de desconsuelos, y la memoria atestada de los espectáculos recientes que se renovaban en ella á cada instante con los lamentos que llegaban á sus oídos de todos los rincones del salón. Sintiendo enervarse sus fuerzas y no resignándose fácilmente á darse ya por vencido en su generoso empeño, preguntó si no le quedaba más que ver y que registrar en los departamentos de aquella casa. El preguntado, después de levantar los brazos hasta la cabeza y la vista hacia el techo, le respondió afirmativamente y le dió minuciosas señas del camino que debía seguir.
Con ellas en la memoria y reavivada su energía con el estímulo de una nueva esperanza, salió Pachín de allí; desanduvo todo lo andado al subir, y cuando acabó de bajar la escalera, atravesó el patio interior que tenía enfrente, y después la nave del claustro... Allí estaba, abierta de par en par, la puerta que se le había indicado en los informes.
Cuando puso los pies en el umbral, sintió en la cara la impresión del relente frío de la noche, y tropezaron sus ojos con las espesas columnas de llamas de los incendios de Maliaño, recortadas en sus bases por la línea negra del muro que cerraba por dos lados el espacio del primer término. Se le antojaba que podían alcanzarse con las manos desde allí, á poco que se estiraran los brazos, las guedejas resplandecientes de las cabelleras infernales de aquellas furias destructoras, y tembló de espanto al considerar que podía cernerlas de un momento á otro una veleidad del aire sobre aquel santo asilo colmado de víctimas del otro azote. Rogó á Dios con toda su alma que apartara de allí tan negra desventura, y se dispuso á bajar los cuatro escalones de piedra que le separaban del suelo de aquel extraño recinto, que, por las primeras señales, le pareció un corral abierto, bien poblado de gente y regado de lágrimas.
El corral, patio ó lo que fuera, no tenía otra luz que la reflejada de los incendios por encima de las tapias, y, de este modo, acontecía en él lo que en la explanada de los muelles: que con aquellos reflejos indecisos y fantásticos, las sombras adquirían mayor intensidad que la ordinaria, y en los relieves del suelo se multiplicaban los engaños; por lo cual le costaba á Pachín mucho trabajo orientarse en el terreno que dominaba mal con la vista en la penumbra. Al fin se orientó, aunque más le valiera no haberlo conseguido; porque apenas descubrieron sus ojos, hechos ya á la obscuridad, los misterios de aquel cuadro, los apartó de él estremecido y se encontró sin fuerzas para dar un paso más hacia adelante. El recinto era largo y angosto y con el suelo muy inclinado hacia el sur; es decir, hacia la mar; enfrente de la escalerilla había un cobertizo arrimado al muro que limitaba el patio por aquel lado, paralelo á la fachada del hospital; en la parte alta, una puerta cochera; en la de abajo, un muro ciego; y entre este muro y la esquina visible del hospital, un espacio encerrado por una verja. Inmediato al costado de la escalerilla, á la derecha de Pachín, de largo á largo en el suelo del patio y con la cabeza arrimada á la pared del edificio, había un cadáver; más abajo, á dos palmos de él, otro, y luego otro, y otro... y otro; y así hasta donde alcanzaba la vista ó lo permitía el estorbo de la gente que hormigueaba entre ellos. Por la puerta cochera entraban entonces un carro de bueyes y un furgón; y aquel furgón y aquel carro venían también cargados de muertos, que algunos hombres vivos iban colocando después, uno á uno, en la línea de la pared, boca arriba, para ser más fácilmente examinados y reconocidos por los buscadores que, como Pachín, llevaban horas y horas rastreando desolados lo que no encontraban en ninguna parte. Con los cadáveres del furgón iban algunos sacos: aquellos sacos negros cuyo destino había espantado poco antes al pobre muchachuelo, el cual volvió á sufrir mayor espanto al ver que, después de conducidos del furgón á la tejavana, se amontonaba en el fondo de ella su contenido sangriento. No podía impresionar mucho la vista de unos muertos más á quien tantos y tantos había visto en pocas horas; ¡pero verlos como Pachín los veía allí!... en aquel estrecho y obscuro callejón, ordenados en hilera y cara arriba, oyéndose el coro de gemidos de la gente que iba manoseándolos y reconociéndolos uno á uno; por lo alto, la luz siniestra de los incendios; abajo, la penumbra misteriosa y tétrica, y enfrente, el antro negro del cobertizo colmándose de despojos humanos y de sangre: todo esto ofrecía un conjunto de novedad tan patética y horripilante á los ojos del infeliz aldeanillo, que le hizo temblar de miedo y clavó sus pies en el umbral de la puerta.
Le costó mucho, mucho trabajo rehacerse; pero se rehizo al cabo, impulsándole la conciencia de su deber impuesto por las leyes de su corazón de hijo, y descendió con paso firme y resuelto los peldaños de la escalerilla; y tuvo valor, ó, por lo menos, fuerza de voluntad, para acercarse á la andanada de muertos, y pasarlos revista uno por uno, y palparlos y removerlos en busca de mejor luz, cuando eran sus mortajas vestiduras de mujer. Pasaba ya la fila de ellos de la esquina del hospital, y penetraba en el enverjado. Pero en aquel terreno, que era un pedazo de jardín, cambiaba de forma la exposición y aparecían los cadáveres tendidos en los senderos, con los aterciopelados taludes de las canastillas por cabezal. ¡Contraste bien horrendo! La mansión de las flores, que son el adorno y la sonrisa de la naturaleza, invadida y hollada por los despojos de la muerte en su aspecto más repulsivo y desconsolador.
Pachín notó el contraste á su manera, y á su manera le sintió en el fondo del alma, herida ya en lo más vivo por una alucinación de su vista perturbada. La luz de los incendios, al reverberar en el suelo y en las caras de los cadáveres, contraídas y desfiguradas, fingía en ellas convulsiones y gestos que Pachín descifraba siempre en un mismo sentido. Le parecía que todas aquellas caras terrosas, sepulcrales, mirando al cielo, imploraban algo de él: unas, misericordia; otras, venganza. Esta obsesión invencible y avasalladora, y el espectáculo aflictivo de los que, más felices... ó más desdichados que él, hallaban al fin lo que habían ido á buscar en aquel fúnebre depósito, le obligaron á abandonarle.
Cuando, bien informado, además, de que nada le quedaba que hacer allí ni en ninguna otra parte de la ciudad por aquella noche, salía del enverjado en dirección á la puerta cochera que acababa de abrirse para dar paso á otros furgones con más muertos, se fijó en un hombre, muy anciano, que estaba sentado en un poyo y acariciaba la cabeza de un mastín acurrucado junto á él. Le sorprendió el hallazgo; y por entretener el miedo que le hacía temblar, ó por un inconsciente impulso de su condición de muchacho, preguntó al hombre lo que deseaba saber; y el hombre, bondadoso y con voz dulce y en la desconcertada sintaxis de todos los campesinos de su tierra, después de quitarse de la boca la pipa de barro que chupaba maquinalmente, satisfizo su curiosidad. Era hortelano «de la casa» muchos años hacía, y el perro, guardián de la huerta por las noches. Estaban allí los dos juntos, para que el mastín no molestara á nadie; y no le tenía solo y amarrado en su garita, porque no ladrara.
—¿Y qué que ladrara?—preguntó Pachín.
El buen hombre le miró con gesto admirativo; y extendiendo una mano después y la vista sobre la andanada de cadáveres, le dijo:
—¡Ladrar... ladrar!... ¡y eso por delante todo!... Rezar, rezar mejor es.
—Pero entonces—replicó Pachín lleno de asombro,—¿hasta cuándo va á estar usted de este arte?
—Hasta que Dios amaneciendo mañana, hijo... ó dispués.
Todo, en aquellas horas tremendas, era extraordinario y grande, como el infortunio que las había engendrado: hasta la piedad de los corazones más sencillos.
En el de Pachín González no quedaba más que una chispa de calor para sostenerle en el incierto andar con que seguía el camino de su posada: la esperanza levísima de encontrar en ella, y aguardándole, á su madre. ¡Pero si esta esperanza le salía fallida también!... Y cuando el pobre pensaba en ello, le abandonaba el vigor artificial sostenido por la tirantez de su espíritu, y se sentía desfallecer, le dolían las heridas de la cabeza, y tenía sed ardorosa, latidos en las sienes y mucho frío en las extremidades... En estas alternativas de vida y muerte, llegó á la posada; y febril, dolorido, desconsolado, se desplomó sobre la cama en cuanto la posadera respondió con un triste movimiento de cabeza á la pregunta que él la hizo con los ojos acobardados.
Ni razones, ni súplicas de la buena mujer y de las personas que la acompañaban, lograron sacarle del marasmo en que se hundió. Al verle así, en un estado más alarmante aún que la otra vez en el portal, se pensó en avisar á un médico para que le asistiera; pero ¡quién encontraba entonces un médico libre, cuando todos los de la ciudad no alcanzaban para atender á los grandes apuros de los tristes lugares en que se apilaban los heridos? Con desdichas tan grandes, «¿qué importaba el enfermo venturoso que se moría en su propia cama?... Había que renunciar á este recurso y valerse de los caseros. Y á ellos se acudió inmediatamente. Quieras que no, se le lavotearon las heridas, y se las curaron con menjurjes en que abundaban el vino blanco, la ruda y el aceite; se le vendó la cabeza, y hasta se le obligó á desnudarse y á que se metiera en la cama, donde le hicieron tragar una buena ración de vino generoso. El pobre muchacho, primero insensible á todo, y después dejándose gobernar como una máquina, ni desplegaba los labios para pronunciar una sílaba, ni apenas abría los ojos. La vida exterior no parecía interesarle lo más mínimo. Así permaneció largo rato. De pronto gritó «¡madre! ¡madre!», llevándose ambas manos á la cabeza, y rompió á llorar amargamente. Lloró mucho el infeliz, y llorando desahogó su pecho de las angustias que se le oprimían.
Cuando acabó de llorar, se le acercó la posadera enjugándose las lágrimas, contagiada por la aflicción de su huésped, para preguntarle si se sentía mejor. Pachín la respondía con una mirada en que se reflejaba más la gratitud que una respuesta afirmativa... Pero el hielo estaba roto, y eso buscaba la noble mujer para ingerirse por allí con otro remedio del orden moral, en el que fiaba mucho para esparcir los nubarrones de aquel cerebro enardecido. Había que hablarle, referirle «cosas entretenidas», distraerle, sin salirse del círculo de las ideas que le tenían tan amilanado; porque irse con la conversación por otros caminos más risueños sería como burlarse de las tristezas del pobre muchacho. Y acomodado á esta pauta fué el relato de la posadera, sentada á la puerta de la alcoba. ¡Cómo y por dónde venían las cosas más negras, Señor de los cielos! ¡Qué descuidada estaba ella cuando!... ¡Jesús, María y José! De pronto creyó que habían reventado las cañerías del gas, porque propiamente parecían los tronidos debajo de los balcones. No quedó un cristal á vida, retembló toda la casa y se resquebrajaron casi todos los tabiques: allí tenía Pachín uno de ellos, bien á la vista, si quería mirar. Pero ¿qué valían todas esas pequeñeces comparadas con lo que había ocurrido en otras casas del barrio, como pudo averiguar en cuanto se echó á la calle para saber lo que pasaba? Techos y tabiques enteros desplomados, escaleras descoyuntadas y, lo que era peor, heridos á montones por los ladrillos y cascotes de la ruina... ¡Las cañerías del gas! ¡Buenas y gordas! Al descubrirse lo cierto, todo el mundo se asombraba de que hubiera quedado cosa con cosa en la ciudad ni alma viviente para contarlo. Pues en seguida le entró el recelo por la suerte de los que faltaban de su casa: tres personas, sin contar á Pachín y á su madre; pero todas habían ido volviendo, gracias á Dios, y allí presentes estaban entonces, menos la pobre mujer que no había llegado aún, pero que llegaría, ¡vaya si llegaría!: tenía ella, la patrona, buenas razones para afirmarlo... Pero ¡cuánta desgracia, Señor, y de qué pelaje muchísimas de ellas!... porque no había que decir: primeramente, todas las autoridades, desde el señor Gobernador civil, y luego... en fin, que no tenían cuenta los «malogrados». Ésta era la cara «propiamente mala» del asunto. La otra, no la buena, porque buena no la tenía desde ninguna parte que se mirase, ya era algo distinta. Quedaban los desaparecidos; los que habían sido amparados de repente, al ser barridos por el huracán, en esta tienda y en la de más allá, en esta casa ó en la otra. Pues todos habían de parecer á su hora; pero ¿quién sabía el cómo y el cuándo de tantas cosas raras como habían de suceder?... Por lo pronto, en cuanto amaneciera Dios, saldrían á la calle todos los papeles públicos atestados de noticias, bebidas en buenas fuentes; y en esas noticias habría para todos los gustos y para todas las necesidades de muchísimos desconsolados como Pachín. Con que no había que amilanarse por completo, ni perder la confianza en la misericordia de Dios...
Lo cierto fué que con el relato y los comentos de la posadera, reforzados con la aquiescencia bien declarada de los circunstantes, Pachín fué pasando poco á poco del marasmo á la atención y de la atención al interés, hasta acabar por reanimarse y por tomar el alimento sólido y confortativo que le ofreció la patrona y que hasta entonces se había obstinado en rechazar. Con esto, y el cansancio de unas faenas tan extraordinarias como las suyas y las necesidades imperiosas de su naturaleza juvenil, llegó á dormirse profundamente; y cuando de ello se convenció la posadera, apagó la luz de la alcoba y se alejó allí, de puntillas, como todos sus acompañantes.
El sueño le agarró de tal manera que no le soltó hasta la madrugada. Pero ¡bien caro le pagó entonces el infeliz! Es un hecho comprobado por la experiencia de muchas gentes, que cada hombre tiene designado por el mismo Lucifer un diablejo que se encarga de recogerle, en el momento en que se queda dormido, todos los pensamientos tristes que vagan por su cerebro, y de ponérselos delante de los ojos y á través de un cristal de aumento, en cuanto se despierta. Un diablejo de esa casta fué quien martirizó á Pachín, al despertarse, arrebatándole de pronto las plácidas visiones de su sueño, y poniéndole á la vista el cuadro de su negra realidad.
Jamás había tenido un sueño como aquél. Se había visto dichoso, completamente dichoso; y no porque se hubieran realizado sus ambiciones de gran señor, ni porque tuviera ya los billetes de banco y el oro de las Indias á carretadas: al contrario, la dicha la había encontrado en el rincón de su aldea. ¡Pero qué rincón aquél! ¡qué praderas, qué ganados! ¡qué frutos los de sus heredades! ¡qué montes tan espesos, y qué música la de su ramaje verde! Y la casa, dentro del cercado que parecía un jardín por la abundancia, la variedad y el esmero en el cultivo, tan abrigadita del vendaval y con la solana al mediodía; la parra, que nacía arrimada á un esquinal, formando un arco, amarrada á los tornos del balcón; las cuadras, con hermosas pesebreras debajo del pajar henchido de heno fragante, al costado, y dentro de la casa, la abundancia de todo lo indispensable para la vida de familia; el trabajo de la tierra fecunda, placentero, libre y á la luz del sol; la conciencia tranquila, y el descanso, como la conciencia; el corazón sin odios; y en el más estimado rinconcito de él, un cierto cosquilleo vivificante, que tentaba á levantar y ennoblecer el espíritu y despertaba en la imaginación recuerdos de ojos azules, de sonrisas plácidas, de promesas cambiadas con palabras trémulas y miradas cobardes; cuadros, en fin, de una nueva vida de amor y paz y bienandanza... ¡Y su madre!... el alma de todo, el calor, el ejemplo, el ambiente sano, la luz y la sabiduría de la casa. ¡Cómo le quería y miraba por él y le aconsejaba! ¡Y qué vanidad tan lícita la suya al considerarse merecedor de una madre como aquélla!... En suma, que Pachín había dado con el idilio de la vida y adivinado el argumento de un paisaje de abanico. Pues hallándose en el goce de lo más delicioso de él, fué cuando el diablejo, su enemigo, le apagó las luces de la fantasía y le puso delante de los ojos el cuadro de sus desdichas verdaderas. Gimió, lloró mucho entonces, unas veces en el mayor desconsuelo, otras veces desesperado. Clamó á gritos por su madre, y rezó fervorosamente por ella, y pidió á Dios... todo lo que más necesitaba: á su madre, ó fuerzas para resignarse á perderla de aquel modo.
No quiso desayunarse ni que le curaran las heridas, pero sí levantarse de la cama: esto lo quiso con grande y reiterado empeño, contra el parecer y los consejos de la posadera y cuantos con ella habían acudido á consolarle. Quería levantarse para lanzarse de nuevo á la calle y registrar toda la ciudad, casa por casa y piedra por piedra. Pero el trabajo de la víspera y los sufrimientos morales habían acabado con sus bríos, y se sintió clavado en el lecho por la extrema debilidad.
En estas peleas y arrechuchos, entró el comensal de marras: venía pálido y descompuesto de faz. Le acosaron á preguntas y refirió lo que había visto. Había salido muy temprano, porque había dormido mal, y la curiosidad le arrastraba fuera de casa. Las calles, á la luz del sol naciente, le habían parecido más tristes que al anochecer de la víspera; las gentes más abatidas y desencajadas; los estragos más notorios, y el aspecto, en general, de la población, más patético y aflictivo. Los incendios continuaban, pero aislados y en camino de acabarse por falta de cebo y no haber querido Dios que los empujara el viento hacia donde le había muy abundante. Tentado del diablo y de un mal consejo, había ido al hospital. ¡Nunca allá fuera! Entró sin dificultades, como entraba mucha, muchísima gente, y no toda en son de paz y con el respeto que debía. Por subir la escalera, comenzó á arrepentirse de haberla subido y tuvo tentaciones de volverse á la calle. Pero la curiosidad, ¡la pícara curiosidad!... Estaba la galería por donde andaba, llena de colchones en el suelo, y yacía en cada colchón un herido; ¡pero qué heridos! ¡qué caras tan monstruosas, tan negras, cuando no eran amarillas como la cera de las sepulturas! Y sobre todo, ¡qué alaridos los de aquellos desdichados y otros tales que se oían de más lejos! Según noticias, así estaban desde la madrugada, desde que «se les habían enfriado las heridas» curadas por la noche. Le temblaban las piernas y se le turbaba la vista, pero le arrastraba la fascinación del horror mismo, y ¡adelante, adelante, adelante!... Así llegó hasta una embocadura, á cuya puerta, mal cerrada, se quedó como clavado por los pies. Lo que vió por los resquicios le hizo dar diente con diente: unas mesas muy raras; sobre las mesas, cuerpos desnudos de pies á cabeza; y en aquellos cuerpos, insensibles por el cloroformo, mutilados, chamuscados, desgarrados por la metralla del vapor, un enjambre de médicos con los mandiles manchados de sangre, y grandes y relucientes cuchillos, ó formones ó sierras en las manos, cortando miembros destrozados, ó extrayendo costillas machacadas, ó mondando, desbrozando boquetes horrorosos, obstruidos por piltrafas sanguinolentas; irrigando los cortes en carne viva con chorros incesantes de un agua que olía muy mal, y luego mantas y más mantas de esponjados algodones y vendajes sobre lo operado; y por fin, entre brazos de enfermeros el herido, á otra sala contigua; y otro enfermo de ella, ó de otra igual, á sustituirle en la mesa de operaciones; y cada cual de los heridos no operados aún, pidiendo á gritos desgarradores la merced de la sierra ó del cuchillo cuanto antes. Sudaba de congoja el pobre hombre, y, sin embargo, no podía apartarse de allí: al contrario, iba insensiblemente y poco á poco penetrando en la sala, y no sabía qué le fascinaba más, si el horror de los tormentos y de la sangre, ó el valor, el trabajo heroico é inmensamente caritativo de aquellos incansables y diestros cirujanos. Al fin llegó á sentir su cerebro, su corazón, todo su organismo, saturado, ebrio de aquel conjunto de cosas espantables, y huyó en busca de otro ambiente y de otros espectáculos.
Corrió, más que anduvo, por las galerías en demanda del aire libre de la calle, y le invitaron á ver el patio exterior, lleno ya, materialmente, de muertos; pero esta invitación, lejos de seducirle, le hizo apretar el paso y buscar con dobladas ansias la salida del hospital... De un tirón había llegado á casa por el camino más corto, y sin poder quitarse de entre cejas la visión de tan grandes lástimas y de tanta carnicería...
Con el fin de este relato coincidió la llegada de un periódico recién salido de la imprenta. Al verle Pachín en manos de la posadera, la pidió por caridad de Dios que le dejara enterarse de él con sus propios ojos. No se fiaba de nadie. Complaciósele de buena gana, y se engolfó con avidez febril en aquel mar de letras de molde. Comenzaba por la historia del suceso, con declamaciones y comentarios que, por entonces, no importaban á Pachín cosa mayor. Después iban listas inmensas de nombres, nombres de muertos conocidos y comprobados; de heridos muy graves que pronto morirían, y de otros más leves, y de desaparecidos... Pues todas estas listas leyó Pachín, nombre por nombre y en voz alta, sin topar con el que buscaba el inocente de Dios. Luego venían en montones los anónimos, y en seguida el resumen de cada serie, en números, hasta la hora en que se imprimía... Sumaban más de doscientos los cadáveres recogidos en el campo de la catástrofe y en las calles de la población; más de otros tantos los heridos muy graves, y muchísimos más los relativamente leves, los que habían sido curados en establecimientos y casas particulares y los que se suponían existentes de esta clase; por último, los desaparecidos, que no eran pocos, y que, á aquellas horas, podían sumarse con los muertos. Después, una enumeración de los efectos del estampido en la ciudad: casas ruinosas, inhabitables en absoluto; otras con grandes quebrantos en el interior; la catedral, cuya mole había librado á la ciudad de muchas desgracias, ametrallada materialmente por el costado del sur; el tejado, hundido por la cumbre; en el jardín de su claustro, á montones las vigas de hierro engarabitadas, y las madejas enmarañadas de cables metálicos, y los clavos de herradura y los cartuchos vacíos; en tal casa de tal calle, un casco de la caldera del vapor sobre la alfombra de un gabinete; en el balcón de tal otra, un bastidor de un camarote; y así hasta el infinito. Luego, muestras del alcance increíble, de la fuerza expansiva del volcán diabólico: por ejemplo, un bloque de hierro fundido, de más de seis quintales de peso, que había matado á una mujer en el camino de Corbán, es decir, á tres kilómetros del sitio de la explosión. Otros ejemplos de los extraños efectos de ella: cadáveres sin la más mínima lesión aparente; otro, descalzo de un pie y con el correspondiente botito al lado; otro, de una señora, con el abrigo, que llevaba puesto, intacto, y arrancada una manga del vestido que tenía debajo de él; niños desaparecidos de los brazos de sus zagalas ilesas, y al revés, sobre el tejado de un almacén de los contornos de la explanada, y sin un solo rasguño ni la contusión más leve, un jovenzuelo que había estado viendo el incendio muy cerca del vapor; en la mesa del comedor de un hotel frontero al muelle del desastre y ocupada por varios huéspedes, la caída del busto mutilado de un hombre, colado como un proyectil por la vidriera inmediata... Por último, un aviso de la alcaldía en el que se suplicaba á los propietarios que hicieran reconocer los tejados de sus casas, y si encontraban en ellos restos humanos, los recogieran cuidadosamente para darles cristiana sepultura... ¡Qué más ya?
¿Había entre los allí presentes, ni entre los vivos de la ciudad ni del mundo entero, quien tuviera noticia de cosas semejantes sucedidas, ni siquiera soñadas? Ni en duda puso Pachín este sentido apóstrofe de la posadera... ¡Á buena parte iba con el quejido la buena mujer!... ¡á Pachín, que había visto con sus propios ojos casi todo lo que se puntualizaba en el periódico! Pero no era ese el caso ya para él, que no podía evitar tanta desgracia, sino ver el modo de remediar la suya, si cabía en lo humano, ó, cuando menos, intentarlo con nuevas investigaciones.
Se hablaba en el papel de gentes recogidas en establecimientos y casas particulares... Por aquí se podía rastrear, y mucho, siquiera en las vecindades del abominado sitio, porque no era creíble que su madre hubiera sido impulsada con vida más al centro... Pero... Y se retorcía el infeliz en la cama, haciendo pruebas inútiles para levantarse. No sólo la debilidad, los dolores de sus coyunturas, el quebranto de todo el cuerpo, le tenían amarrado, adherido á aquel potro de insufribles tormentos morales. Volvió á llorar desesperado y á rezar, pidiendo á Dios que le diera las fuerzas que necesitaba para moverse de allí, para salir á la calle y recorrer la población casa por casa: esta merced siquiera, ya que no le considerara digno de la fortuna de hallar á su madre viva, al fin de sus investigaciones. Con lo que hizo llorar de nuevo á la posadera y conmoverse al comensal, que prometió al afligido muchacho echarse á la calle en seguida y hacer sus veces en el empeño que á él le estaba vedado. Y como lo dijo lo cumplió.
Pasó tiempo, casi toda la mañana, sin que el comensal volviera, ni llegaran á la posada otras noticias que las que andaban en todas las lenguas y por todas partes; y Pachín, pensando que el adquirir fuerzas para levantarse pronto dependía de engullir mucho, no cesó de bregar contra la obstinada inapetencia que se lo impedía. Á la hora de comer, bien corrida ya, volvió el comensal, desmadejado y sudoroso, pero no desalentado al parecer. Nada traía de lo que había ido á buscar; pero aseguraba haber dado con un rastro que le prometía algo bueno. Si Pachín creyó ó no creyó aquel embuste caritativo, nadie se lo conoció; pero lo cierto fué que el excelente sujeto se volvió á la calle sin deglutir el último bocado, dejando la posada llena de noticias que había adquirido en su excursión: que venían legiones de hombres con potentes aparatos contra incendios, de varios puntos de la provincia, y todos los bomberos de Bilbao, y el ministro de la Gobernación con una falange de altos funcionarios, de Madrid, y un batallón de ingenieros, de Logroño. Porque toda España se había estremecido de espanto al conocer la extensión de la catástrofe, y de todas partes llegaban generosas demostraciones de ello.
Con el comento de estas noticias y la adquisición de otras por el estilo, fué pasándose la tarde y entreteniendo Pachín sus impaciencias; porque, á todo esto, el comensal no volvía... Hasta que empezó á anochecer; y cansado de llorar, de sufrir y aun de impacientarse, en un breve rato en que se quedó solo en la alcoba y casi á obscuras, le acometió el sueño; pero tan á traición y de repente, que no tuvo tiempo el diablejo, su espía, de recogerle los malos pensamientos, y se le quedaron todos en la cabeza. También soñó con su pueblo entonces; pero ¡de qué distinta manera que la otra vez! Toda la comarca era un erial ingrato: ni el sol se dignaba alumbrarla dos veces al mes, y se sentía frío en ella hasta en agosto. Él se descoyuntaba el cuerpo trabajando, ¡y nada! Sembraba, y lo sembrado no nacía; el suelo resquebrajado de sus praderas, sólo daba escajos y zarzas miserables; la casuca se le desmoronaba á ojos vistas; el hambre y la ruinera acababan con sus ganados, y se veía con el último vestido que había podido adquirir, hecho jirones y mugriento por el uso, y además solo, ¡solo de toda soledad! Porque su madre había muerto también. Subiendo á lo alto del monte para hacer una carga de leña de la única que se conservaba en todo él, pero raquítica y chamuscada, como que procedía del incendio que devoró los robledales que allí hubo, había rodado por los peñascos de una quebrada, sin que apenas hubiera hallado él quien, por caridad, le ayudara á sacar del fondo de la barranca el destrozado cadáver. Todavía estaba viéndole metido en un ataúd sin tapadera, porque era el de los pobres de solemnidad, con cuatro varales y cuatro patas: los unos para ser cargado en hombros de cuatro hermanos de la Vera-Cruz; las otras para mantenerle en alto junto á la sepultura y volcar en ella fácilmente el cuerpo, sin tocarle con las manos. Se había vuelto hacia casa, después de rezar el responso entonado por el cura sobre la fosa rociada con agua bendita al mismo tiempo, y aún seguía andando, andando; pero cuanto más andaba, menos adelantaba en el camino. Había pasado así toda la mañana y casi toda la tarde; y ya se había puesto el sol debajo de la espesa capa de nubes cenicientas, y se veía venir la noche; y unos perros, extenuados de hambre, que habían salido á ladrarle de las corraladas por donde había ido pasando, no cesaban de ladrar ni de perseguirle; y él andaba y andaba, moviendo á un lado y á otro un palo que llevaba en la mano apoyada sobre la cadera, y empezaba á tener miedo. Porque la noche venía; y al latir lastimero de los canes se iban agregando voces humanas, que no sabia él si eran para apaciguarlos ó para azuzarlos más. Por último, anocheció de todo, y á los ladridos y á las voces se juntó un manoseo que sentía sobre el pecho y sobre la cara, sin poder averiguar quién ó qué cosa se le producía; porque la noche era negra, negra como él no había conocido otra, y no veía en torno suyo más que la negrura impenetrable, maciza, de la obscuridad. El manoseo del pecho llegó á quitarle la respiración, al mismo tiempo que le taladraban los oídos, no ya el ladrar de los perros, sino unos gritos y llamadas que no acertaba á definir; y como la angustia, el ahogo de su pecho, seguía apretándole, hizo un esfuerzo de respiración en que puso todo lo que le quedaba de vida... y triunfó en el empeño. Rotas aquellas opresoras ligaduras, hasta se disiparon las tinieblas y cesaron los aullidos de los perros... y vió, vió delante de sus ojos, comiéndole á besos y estrechándole entre sus brazos, ¡oh prodigio y caridad de Dios!... á su madre; pero á su madre viva: no á la que había rodado por los peñascos de la quebrada del monte de sus delirios, sino á su verdadera madre; á la que había desaparecido cuando la voladura del vapor y buscado él por todas partes, llorándola ya por muerta. Y vió más todavía: vió, á la derecha de su madre, á la posadera, y á la izquierda, al comensal, ambos con los ojos encharcados de lágrimas, fijos en él... por más señas, que la posadera tenía en la mano una palmatoria con una vela encendida, á cuya luz, que hasta le deslumbraba, veía Pachín la escena como al sol del mediodía, y distinguió claramente á las personas que formaban parte de ella en la penumbra del segundo término. No cabía la menor duda: aquello no era continuación de su sueño desconsolador y fatigoso, sino la realidad patente. Pachín estaba despierto, y su madre, viva, junto á él. Pensó volverse loco de alegría, como ya lo había estado dos ó tres veces de pesadumbre. De un brinco se sentó en la cama y se colgó del cuello de su madre que seguía devorándole á besos é inundándole de lágrimas... ¡Fueran los químicos del sentimiento á averiguar cuál de los dos corazones ponía mayor cantidad de fibras en aquel abrazo sublime!
No fueron largas ni minuciosas las explicaciones de la madre cuando llegó el momento de darlas, ni podían ser de otro modo. Sabía muy poco de lo que le había pasado; y eso, por referencias hechas cuando ya no había en ella otro pensamiento ni otras ansias que el saber de la suerte de su hijo. Por lo visto, había sido encontrada debajo de unos maderos, á la vera de un portal, por unas almas caritativas que la subieron sin conocimiento á su casa. De tal arte estuvo hasta cerca de la media noche, hora en que empezó á volver en sí. El verdadero y cabal conocimiento no lo había adquirido hasta las dos de aquella tarde. Entonces fué cuando la enteraron de todo lo del vapor y del modo que había sido hallada y recogida ella; pero como no la daban noticias de su hijo cuando preguntó por él, ya no vió ni oyó nada de lo que á su lado pasaba ó se decía, ni pensó en otra cosa que en saltar de la cama para echarse á la calle cuanto antes en busca del pedazo de su corazón. No tenía otro mal que una pesadez muy grande en la cabeza y unos cuantos golpes en el cuerpo, que no le habían hecho sangre ni levantado el menor bulto, pero que le dolían algo... Pues todo se le quitó, como por milagro de la Virgen, tan pronto como se empeñó en que se le quitara con unos sorbos de caldo y la necesidad que tenía de hallarse buena y fuerte. Y tan animosa se vió de pronto y tan firme y atrevida, que ni siquiera quiso aceptar la compañía que le ofrecieron, por lo que pudiera acontecerle en sus exploraciones: demasiado habían hecho ya aquellas caritativas gentes. Se lanzó á la calle como desatinada y loca; y al verse en ella, se la ocurrió que, ante todo, debía comenzar por volver á la posada, donde quizás estuviera Pachín llorándola por muerta. Anduvo, anduvo hacia allá, y á medio camino alcanzó á aquel buen hombre (el comensal), que se alborotó de alegría al conocerla, y la impuso de lo que más la interesaba saber. Alabó á Dios con toda su alma agradecida... y allí estaba, un poco menos boyante que la víspera y más baja de color; pero con la salud sin quebranto serio... y hasta con su paraguas y todo, pues abrazada á él había sido encontrada bajo la pila de maderos, según después se le dijo.
—Y ahora, hijo mío de mi alma—añadió, volviendo á besarle con ansias de frenesí,—ahora que sabes de esto más de lo que hace falta, cuenta, cuenta tú de lo tuyo, que es lo que importa y viene al caso.
Quería Pachín dejarlo «para luego», porque la historia era larga y su madre necesitaba, ante todo, alimentarse y descansar; pero pensaba ella de muy distinto modo: insistió en su empeño; se acomodó en una silla que la posadera le arrimó á la cama; sentáronse también, aunque á prudente distancia, aquella buena mujer y el comensal y cuantas personas estaban allí presentes, y no tuvo Pachín más remedio que ponerse á contar su terrible odisea.
Como tenía el corazón bien repleto del asunto, la boca del narrador le fué pintando de tal arte, que á los fascinados oyentes les parecía estar viéndole estampado en un papel; y tan á lo vivo resaltaban los horrores del cuadro y las angustias del pintor, que al andar éste por la mitad escasa de su tarea, le pidió su madre, por caridad de Dios, que hiciera punto en lo ya dicho y dejara lo restante para otra vez.
—Razón tenías, hijo de mi alma—añadióle,—en resistirte á contármelo ahora. Están las llagas demasiado frescas todavía para poder tocarlas sin que sangren.
Y con el evidente propósito de llevar sus imaginaciones á otra parte menos triste, le dijo en seguida:
—Á más de que hay que hacer de tripas corazón y ponerse cada cual en su deber. Lo que no tiene de por sí remedio, no lo han de remediar fuerzas humanas; y cuando el Señor de los cielos te libró de mal tan grande, será porque te guarda para mejor suerte por otros caminos. ¿No te lo paece á ti también? Y si no, dime: ¿á cuántos estás, á la hora presente, de tu negocio? ¿Á que no has pensado siquiera que se puede haber largado el otro barco sin acordarse del santo de tu nombre?
—¡El otro barco!—exclamó Pachín, llevándose ambas manos á los ojos, espantado de la idea despertada en su cerebro por las preguntas de su madre,—¡el que había de llevarme á mí por esos mares, días y días, lejos, ¡muy lejos! en busca de... no sé qué?
—El mesmo, hijo mío, el mesmo.
—Pues hágase cuenta, madre, que, para mí, todos esos particulares, ya, como las nubes de antaño. Desde ayer acá, soy muy otro de lo que fuí en el ver y en el pensar de ciertas cosas... Aquello, ¡ay, madre de mi alma!... yo no sé explicarlo bien; pero, aunque torpe de entendederas, paéceme á mí que es á modo de libro abierto que tiene mucho que leer y no poco que rumiar. De algo de ello viví yo loco por tentaciones de Satanás, y así y con todo no pagué mi culpa donde tantos inocentes perecieron ayer. ¿Qué mayor suerte? ¿Qué mayor aviso, madre? Y si no lo fuere, yo por tal le tengo y á él me agarro... y al pobre rinconuco del nuestro lugar quiero volverme antes con antes, á trabajar para usté... para los dos, majando terrones como los majó mi padre que, trabajando así, honrado vivió y en santa paz entregó á Dios el alma... Y, en suma y finiquito, ¿qué mejor caudal, madre? El trabajo que honra y da la paz, ¡bendito sea él!... pero la cubicia tirana, el hambre del dinero que con todas entra, porque nunca se ve harta, ¡maldita sea de Dios como la peste más dañosa!
Al otro día, ó al siguiente, porque no están acordes los datos acerca de este insignificante particular, la madre y el hijo emprendieron el viaje de vuelta á su aldea, hablando poco y meditando mucho, según iban adelantando en el camino. Pachín, sobre todo, que había visto y sufrido más que su madre, no podía apartar su discurso del cuadro que llevaba estampado á fuego en la memoria, ni cesar un instante en el empeño de reconstruirle, de componerle y de completarle en su fantasía con los elementos adquiridos fuera del alcance de su propia observación. Así, á larga distancia, con el espíritu en reposo y á la serena luz de sus recuerdos, llegó á verle en toda la magnitud de su conjunto de horrores, sobre los cuales se cernían los espectros del dolor, de la orfandad y de la miseria, como una bandada de buitres sobre un campo de batalla; y al estremecerse entonces de espanto, no podía sospechar el noble y rudo aldeanillo que aún faltaban nuevos renglones en la columna negra de aquella cuenta terrible; que el monstruo, aunque sepultado, respiraba todavía, y que, como el de la fábula bajo el peso de su monte, había de vomitar nuevas desventuras sobre la infortunada ciudad, al agitarse en el fondo de su tumba con las últimas convulsiones de la agonía.
Santander, diciembre 1895.

DE PATRICIO RIGÜELTA (REDIVIVO) Á GILDO, «EL LETRADO» SU HIJO EN COTERUCO
