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Orígenes de la novela, Tomo III

Note 176 — INTRODUCCIÓN X (continued 3)

Reading edition

«Lucrecia.—Trabajo ternias, madre, con tantas moças, que es ganado muy penoso de guardar.

«Celest.—¿Trabajo, mi amor? Antes descanso e aliuio; todas me obedescian, todas me honrrauan, de todas era acatada, ninguna salía de mi querer; lo que yo dezia era lo bueno, a cada qual daua cobro... Mio era el prouecho, suyo el afan. Pues seruidores, ¿no tenia por su causa dellas? caualleros viejos e moços, abades, de todas dignidades, desde obispos hasta sacristanes. En entrando por la Iglesia via derrocar bonetes en mi honor, como si yo fuera vna duquesa: el que menos auia de negociar conmigo, por mas ruyn se tenia. De media legua que me viessen, dexauan las Horas; vno a vno, dos á dos, venian a donde yo estaua, a ver si mandaua algo, a preguntarme cada vno por la suya. En viendome entrar se turbauan, que no hazian ni dezian cosas a derechas. Vnos me llamauan señora, otros tia, otros enamorada, otros vieja honrrada...

«Sempronio.—Espantados nos tienes con tales cosas como nos cuentas de essa religiosa gente e benditas coronas. Si que no serian todos.

«Celest.—No, hijo; ni Dios lo mande que yo tal cosa leuante: que muchos viejos deuotos auia con quien yo poco medraua, e avn que no me podian ver; pero creo que de embidia de los otros que me fablauan. Como la clerezia era grande, hauia de todos, vnos muy castos, otros que tenian cargo de mantener a las de mi officio; e avn todavia creo que no faltan. Y embiauan sus escuderos e moços a que me acompañassen, e apenas era llegada a mi casa, quando entraban por mi puerta muchos pollos e gallinas, ansarones, anadones, perdizes, tórtolas, perniles de tocino, tortas de trigo, lechones; cada qual como recebia de aquellos diezmos de Dios, ansi le venia luego a registrar, para que comiesse yo e aquellas sus deuotas. Pues vino, ¿no me sobraua de lo mejor que se beuia en la ciudad, venido de diuersas partes: de Muruiedro, de Luque, de Toro, de Madrigal, de Sant Martin, e de otros muchos lugares? e tanto, que avnque tengo la diferencia de los gustos e sabor en la boca, no tengo la diuersidad de sus tierras en la memoria, que harto es que vna vieja como yo, en oliendo qualquiera vino, diga de donde es. Pues otros curas sin renta; no era ofrecido el bodigo, quando en besando el feligrés la estola, era del primer boleo en mi casa. Espessos como piedras a tablado entrauan muchachos cargados de prouisiones por mi puerta». (Aucto IX).

La Inquisición dejó intacto este trozo aun en las ediciones expurgadas del siglo XVII, por lo menos en la de Madrid, 1619, que es la penúltima de las antiguas hechas en España.

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