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Orígenes de la novela, Tomo III

Note 128 — INTRODUCCIÓN X (continued 2)

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«Era la estatura de Lucrecia algo más que de sus compañeras; su cabelladura roxa en abundancia; la frente alta y espaciosa, sin ruga alguna; las cejas en arco tendidas, delgadas, con espacio conueniente en medio; sus ojos tanto resplandecientes que, a la manera del sol, la vista de quien los mirasse embotauan, con aquellos a su plazer podia prender, herir, matar y dar la vida; la nariz, en proporcion afilada; las coloradas mexillas, con ygual medida della apartadas; ninguna cosa más de dessear ni más deleytable a la vista podia ser, la qual como reya, en cada vna de aquellas vn hoyo hendia, muy desseoso de besar de quien lo viesse; su boca, pequeña en lo conuenible; los beços como corales asaz codiciosos para morder; los dientes, pequeños y en orden puestos, semejauan de cristal, entre los quales la lengua discurriendo, no palabras mas suaue armonia parecia mouer. Qué dire de la blancura de la garganta? Ninguna cosa era en aquel cuerpo que no fuese mucho de loar...». (Pág. 4).

Cf. la descripción que Calisto hace de su amada en el aucto primero: «Los ojos verdes, rasgados; las pestañas luengas, las cejas delgadas e alçadas, la nariz mediana; la boca pequeña, los dientes menvdos e blancos, los labios colorados e grossezuelos; el torno del rostro poco más luengo que redondo; el pecho alto.»

Pero una y otra descripción quedan eclipsadas por la pintura que se hace de la reina Iseo en el último capítulo de Don Tristan de Leonis, justamente elogiada por el señor Bonilla (Libros de Caballerías, tomo I, pág. 456). No dudo que también la tuvo presente el autor de la Celestina, porque coinciden en algunas frases: «Otrosí tenia muy amorosa e graciosa y muy pequeñita boca, cuyos labrios, delgados quanto cumplian, eran colorados, que parescian de color de la resplandesciente mañana quando el sol encomienza a salir. Los quales labrios, segund su apostura, bien parescia no rehusar los dulces besos... La guarda e cobertura de los cuales tenian los muy menudos dientes, que parescian ser de fino marfil, puestos en orden no más uno que otro, puestos affirmados en las muy coloradas enzias, que parescian ser de color de rosa...».

El gracioso rasgo de Rodrigo de Reinosa ó quien quiera que sea el autor del romance de «La gentil dama y el rústico pastor»;

Las teticas agudicas—que el brial quieren romper,

está tomado de este lindísimo retrato de Iseo: «Tenia otrosí muy espacioso e blanco pecho, en que eran dos tetillas a manera de dos mançanas, eran agudas que parescian romper sus vestiduras».

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