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Orígenes de la novela, Tomo III

Note 281 — XI

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Calisto.—En esto veo, Melibea, la grandeza de Dios.

Melibea.—En qué, Calisto?

Calisto.—En dar poder a natura que de tan perfecta hermosura te dotasse, y fazer a mí inmerito tanta merced que verte alcançase, y en tan conueniente lugar, que mi secreto dolor manifestarte pudiesse. Sin duda incomparablemente es mayor tal galardon que el seruicio, sacrificio, deuocion y obras pias que por este lugar alcançar tengo yo a Dios offrecido, ni otro poder mi voluntad humana puede complir. Quién vido en esta vida cuerpo glorificado de ningun hombre como agora el mio? Por cierto los gloriosos santos que se deleitan en la vision diuina, no gozan más que yo agora en el acatamiento tuyo. Mas, o triste! que en esto diferimos: que ellos puramente se glorifican sin temor de caer de tal bienauenturanza, y yo mixto (A) me alegro con recelo del esquiuo tormento que su absencia me ha de causar.

Melibea.—Por gran premio tienes esto, Calisto?

Calisto.—Téngolo por tanto en verdad, que si me diesse en el cielo la silla sobre sus santos, no lo ternia por tanta felicidad.

Melibea.—Pues aun más ygual galardon te daré yo, si perseueras.

Calisto.—O bienauenturadas orejas mias que indignamente tan gran palabra aueis oydo!

Melibea.—... Vete, vete de ay, torpe, que no puede mi paciencia tolerar que aya subido en coraçon humano comigo el ylicito amor comunicar su deleyte...

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