Note 377 — XI (continued 2)
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«Sigeril.—Pues si lo vieses, señor, cuál anda con unos agallones, que no parece sino ermitaño rezando toda esta mañana...
«Pandulfo.—Señor, ¿qué es lo que demandas?
«Felides.—¿Qué santidad es esta tan súpita, Pandulfo?
«Pand.—Señor, el espíritu donde quiere espira. Quien convirtió a Sant Pablo y a Sant Agustin y a María Magdalena, es mucho que dé gracia á un hombre pecador como yo he sido?
«Felid.—Por cierto que la gracia no sé si te la dió, mas es gracia la que veo en verte con esas cuentas.
«Pand.—Señor, las cuentas como á sólo Dios se han de dar, no me pena que te parezcan gracia; porque á solo Dios se ha de satisfacer, que los hombres de nada se satisfacen; y ándeme yo caliente en su servicio y ríase la gente cuanto quisiere, pues sabes que bienaventurados sereis cuando los hombres dijeren mal de vosotros mintiendo por mí.
«Felid.—En fin, que ya no son tus misas cosas de armas ni de afrentas como hasta aqui?
«Pand.—Señor, no soy tan necio que no entiendo algaravía, como aquel que bien la sabe; mas sabé que en cosas justas que ninguno me echará el pié adelante, ni en cosas injustas quedará más atrás que yo.
«Felid.—Bendito sea Dios que tan presto te mudó. ¿Mas qué llamas cosas justas, para que sepamos lo que te hemos de encomendar?
«Pand.—Guerra contra infieles; tomar armas en defension de tu persona.
«Felid.—¿Pues cómo anoche no las quisiste tomar para ir en defension de mi persona?
«Pand.—Porque ibas en ofensa de tu persona y ánima, y no tenemos los servidores de Dios tanta licencia! que si á ti te viniesen á matar, estonces yo tomaría las armas.
«Felid.—Mas estonces no las llevarías para estar más suelto; que el peso de las armas empide mucho» (pp. 384-386).