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Orígenes de la novela, Tomo I

Note 689 — VIII (continued 2)

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Al campo de Mondego nos salgamos, Al pie del alto fresno, sobre el rio Que los pastores tanto celebramos. Iamas te olvidaré, Mondego mio, Ni aun olvidarte yo será en mi mano, Si no fuere por muerte ó desvario... Aquella alta arboleda, aquella vida Que a su sombra el pastor cansado lleva, Y el ave oye cantar de amor herida: Aquel ver madurar la fruta nueva, Aquel ver cómo está granado el trigo, Y el labrador que el lino a empozar lleva: Y ver a Gil hablar con Juan su amigo, Debaxo de una haya en sus amores Para que de sus males sea testigo: Y ver Iuana en la fuente coger flores, Su soledad contando a Catalina Y Catalina a ella sus amores: Y ver venir a Ambrosia su vezina Cantando «por mi mal te vi, ribera», Deshojando una rosa o clavellina: Verla topar a Alonso, y como quiera Adereçar la toca y componerse, Como si sobre acuerdo lo hiziera, Y verla cómo muestra no dolerse De su dolor, y el triste estar llorando Y ella en secreto lloro deshazerse. Pues quién, señor, tal vida está trocando Por revoltosa vida cortesana, Que con un falso gusto va engañando? Pues qué si el pastor pasa la mañana Tratando con las Musas sutilmente, Y muestra alli su gracia soberana: Y con la fresca tarde a la corriente El cuévano va a echar con gran cuidado De yllo a levantar el dia siguiente, Y estando de la pesca ya enfadado, La cautelosa red arma al conejo Que en su cueva se está muy encerrado? No puede un hombre alli hazerse viejo, Ni hasta que lo sea morir puede, Pues para bien vivir tiene aparejo, Y aun para bien morir si alli succede. (Fols. 111 vto. y 112 del Cancionero).

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