EN ORIENTE (continued 2)
Reading edition
Lo que se admira al momento en él es la tranquilidad, la resignación valerosa del musulmán. Este hombre no tiene miedo ni puede tenerlo, á pesar de cuanto han dicho los periodistas franceses. Es un fatalista. Si está escrito que le maten, le matarán de todas maneras, por ser así la voluntad de Alláh. Y á pesar de que en el Sélamlik intentaron asesinarle, valiéndose de un vehículo cargado de dinamita, va á él todos los viernes, y pasa bajo las ventanas del kiosco diplomático, desde las cuales se le puede alcanzar fácilmente, y se exhibe más allá, ante una muchedumbre que aguarda bajo el sol, contenida por las filas de la tropa.
Las bandas de música hacen sonar el himno imperial, una especie de mazurca alegre; los gritos del imán llegan de lo alto durante las breves pausas del himno; los soldados lanzan por tres veces una aclamación feroz, un grito de guerra que es un viva.
El sultán penetra en la mezquita. Fuera, en el gran patio, aguardan las damas del harem, dentro de sus carrozas, con los caballos desenganchados, por una precaución tradicional. Todas las tropas vuelven el frente á la mezquita para no estar, ni aun á gran distancia, de espaldas al emperador.
Cuando media hora después, terminada la plegaria del Sélamlik, vuelve el sultán al palacio, el regreso parece menos ceremonioso y más entusiasta. El Comendador de los Creyentes, dejando partir las carrozas de las mujeres, los caballos de respeto que llevan de la brida los dorados palafreneros, toda la pompa de su corte, avanza en un ligero cochecillo de dos ruedas, tirado por un tronco de hermosas bestias que él mismo guía, acariciándolas con el látigo. Su hijo favorito, vestido de almirante, se sienta al lado de él.
El tumulto de generales, dignatarios y simples soldados de la guardia, se hace mayor en torno del ligero cochecillo. Corren jadeantes los pachás y los oficiales, pisoteándose y aclamando al emperador. Suenan otra vez las músicas; pero apenas se oyen, sofocadas por el griterío de muchos miles de hombres.
Los soldados, silenciosos antes como estatuas, rugen al presentar las armas y ver de cerca á su emperador: «¡Larga vida al Padichá!»
No son los fríos vivas de ordenanza de otros países. Las aclamaciones del turco vienen de adentro, de lo más hondo.
En este país es inútil soñar con reformas y revoluciones.
Turquía podrá desaparecer; pero cambiar... ¡nunca! Sólo puede ser como es, y así vivirá ó morirá.
El buen musulmán jamás discute á su soberano. El Padichá es algo más que un rey de la tierra: es representante de los poderes del cielo. Cuanto él hace, bueno ó malo, lo hace Dios, y el turco es el más religioso y resignado de los hombres.
Aun en sus mayores desgracias, al verse en la miseria ó ante el cadáver de un ser amado, nunca tiene una lágrima ni una palabra de protesta. Le basta, para consolarse, suspirar melancólicamente:—¡Alláh lo ha querido!
XXIII Los perros
Antes de conocer Constantinopla, cuando yo evocaba en la imaginación la gran ciudad oriental, reconstruyéndola con arreglo á ciertas lecturas, lo primero que veía eran los perros, los famosos perros de la metrópoli turca.
Muchas cosas que amaba por los libros, no las he encontrado al llegar aquí. Unas han desaparecido bajo las huellas del tiempo; otras eran mentiras poéticas, que jamás tuvieron realidad. Pero los perros, los célebres perros, aquí están, como en otros siglos, llenando las calles, obstruyendo las aceras, dificultando el paso de los vehículos, sin casa, sin amo, sin otro medio de subsistencia que el respeto tradicional y la ternura que siente el turco por todos los animales.
¿Quién no ha oído hablar de los perros de Constantinopla? Hasta hace pocos años eran la única policía urbana de la gran ciudad; el cuerpo de limpieza pública, encargado de que las calles no quedasen totalmente obstruídas por carroñas de animales y montones de estiércol. Ahora, la influencia europea ha logrado que la triple ciudad de Constantinopla, ó sea Stambul, Pera y Scutari, tengan tres municipios, compuestos exclusivamente de ciudadanos turcos, que velan á su modo por la limpieza de las calles. Hay barrenderos indolentes y carretillas de riego para las principales vías; mas no por esto los perros han perdido sus antiguos privilegios. Al anochecer, de todas las casas arrojan á la vía pública el estiércol y los desperdicios; acuden los perros; la noche entera pasa entre ladridos, mordiscos y estrépito de lucha en torno del festín, y á la mañana siguiente, los barrenderos «quitan la mesa», llevándose lo que no han podido devorar estos pupilos de Constantinopla.
Venecia tiene sus palomas, que han vivido y procreado durante siglos á expensas de la República, como una institución nacional.
Constantinopla tiene sus perros, respetados por el turco con cierta superstición, como si su suerte fuese unida á los destinos del pueblo otomano en el suelo de Europa.
Vinieron, según la tradición, desde el fondo del Asia, siguiendo al ejército turco. Cuando éste tomó á Constantinopla, los perros se aposentaron en las calles y en las ruinas, considerando á la enorme ciudad como conquista propia. Eran perros vagabundos y guerreros, acostumbrados á toda clase de privaciones; perros de soldado, sin dueño fijo, acariciados y mantenidos por todo un ejército; animales de campamento hechos á la vida común, á buscarse el sustento por sí mismos. Dentro de Constantinopla continuaron su vida de vivac. Su parte de gloria en la gran hazaña turca, su muda colaboración en la marcha de siglos, desde el centro de Asia á las bóvedas de Santa Sofía, la cobran estos animales con el respeto de todo un pueblo, con una consideración popular que parece elevarlos casi al nivel del hombre.
Yo me los imaginaba feos, hirsutos, flacos, amenazantes, con colmillos babosos de rabia y ojos amarillentos de fiebre: una especie de leopardos urbanos, que hacían peligroso el tránsito por las calles de Constantinopla. Me sorprendí al verlos por primera vez, gordos, lustrosos, de una belleza ruda y silvestre, con hocico y gestos de lobo, pero de buen lobo, cortés y juguetón, con un pelo de color de miel, lavado por las lluvias. Son de regular alzada; muestran unos colmillos de espeluznante blancura; casi os derriban cuando se alzan sobre las patas traseras para acariciaros, y sin embargo, á nadie inspiran miedo. Peléanse entre ellos con encarnizamiento de fieras: todos llevan en su cuerpo señales de mordiscos; un combate de dos perros es algo horrible que pone en conmoción á toda una calle, y á pesar de esto, basta que un niño les amenace con un palo, para que se retiren, basta que un turco les largue una patada, para que huyan sin revolverse, pasando del rugido feroz al lamento lacrimoso. Saben que su subsistencia depende del hombre, y lo respetan como á un dios que dispone de sus vidas. Rara vez atacan á las personas; nunca se ha conocido la enfermedad de la rabia en estos vagabundos, y cuando muerden, muy de tarde en tarde, á los transeuntes, casi siempre son mujeres las víctimas de sus ataques.
¿Cuántos perros vagabundos existen en las calles de Constantinopla? Nadie lo sabe. Los más parcos en sus cálculos dicen que 80.000. Otros los hacen ascender á centenares de miles. Un comerciante francés ofreció al gobierno otomano una enorme cantidad para exterminar los perros y aprovechar sus pieles. Un buen negocio industrial, según parece. El vecindario turco se indignó. ¡Matar sus perros! ¡Exterminar á los fieles camaradas de los conquistadores de Constantinopla!...
Los extranjeros van por las calles con grandes pedazos de pan, para obsequiar á estos pupilos de Turquía. Así como en la plaza de San Marcos las damas viajeras tienden sus manos llenas de trigo á los palomos venecianos, desapareciendo envueltas en una nube de plumas palpitantes y picos acariciadores, aquí se las ve, hundidas hasta las rodillas, entre pelos rojizos, hocicos babeantes y rabos inquietos, partiendo un mendrugo con los enguantados dedos y arrojando pellizcos de pan á las fauces glotonamente abiertas.
Causa admiración el orden de esta república perruna, falta de gobernantes y de leyes escritas, pero sometida, por el instinto de vivir, á una disciplina social. Muchas veces, al abandonar yo el comedor del hotel, recolecto en todas las mesas los pedazos de pan olvidados, tarea en la que se me adelantan con frecuencia otros viajeros. Salgo á la calle y me rodea un grupo de perros estacionados frente á la casa; la familia ó tribu á la que corresponde por derecho tradicional este trozo de vía. Ni ladridos ni empujones de impaciencia. El jefe de grupo, el patriarca, el guerrero, alcanza en el aire el primer pedazo, y va á situarse lejos de los suyos, vigilando la calle para evitar que ningún intruso se ingiera en el banquete. Mientras tanto, la familia va cogiendo al vuelo los otros pedazos, siguiendo un turno riguroso, sin que á nadie se le ocurra adelantarse á otro y arrebatarle su parte. De vez en cuando se aproximan otros perros, azuzados por el hambre, queriendo introducirse en el grupo, y una ruidosa batalla pone en conmoción á la calle entera.
El guerrero, erguido sobre las patas traseras, hace frente á los invasores, y pelea él solo, mientras la tribu come. Aullidos, mordiscos, lucha á brazo partido; pues los perros de Constantinopla combaten poniéndose de pie y agarrándose como hombres, al mismo tiempo que dirigen á la cara del enemigo las acometidas de sus colmillos. Cuando el peleador sale ensangrentado del encuentro, se tiende en el arroyo, y toda la familia le rodea, con aulladora gratitud, lamiendo horas y horas sus heridas.
Marcháis por una callejuela seguido de varios perros que os husmean las manos y se empinan hasta vuestros bolsillos, con la esperanza del pan. De pronto, os veis solo. Los perros quedan atrás, y no os seguirán por más que intentéis atraerlos con silbidos y exclamaciones cariñosas. Están en los límites de «su jurisdicción»: han llegado al término del trozo de calle que les pertenece, y no pasarán de allí. Otros perros os salen al encuentro, os acarician, os siguen, hasta llegar al término de su territorio, y allí os dejan rodeados por una nueva tropa canesca. Así, de escolta en escolta, podéis correr por la noche toda Constantinopla. Cuando estalla una tempestad de ladridos, es que un grupo ha osado introducirse en terreno enemigo. Cuando una riña feroz conmueve el barrio, es que un perro vagabundo, sin familia y sin domicilio, es atacado por los burgueses de la raza, gente de bien, amiga del orden, que no puede tolerar tales faltas de disciplina social. El bohemio canino que vaga por Constantinopla, acaba inevitablemente sus días asesinado y devorado por las familias honradas de su especie.
Según es la calle, así es el aspecto de los perros acampados en ella. En las vías modernas más elegantes de Pera y Galata, donde están las grandes tiendas de bisutería, ropas, muebles y libros, los perros ofrecen un aspecto lamentable; flacos, piojosos y lanudos, mirando melancólicamente á las enormes lunas de los escaparates, tras los cuales se exhiben cosas hermosísimas, pero que no sirven para comer. En las callejuelas turcas, llenas de inmundicias y de pequeños puestos de comestibles alineados en el arroyo, el perro es alegre, juguetón y de sano aspecto.
Dice un antiguo refrán turco: «Si mirando se aprendiese un oficio, todos los perros serían carniceros.»
No hay carnicería de Constantinopla que no tenga ante la puerta unos veinte ó treinta perros, todos en fila, sentados sobre el cuarto trasero, silenciosos, con una gravedad de gentes bien educadas, fijos sus ojos en el dueño, con expresión de súplica, y abriendo la roja garganta á impulsos de insinuantes bostezos. Aguardan lo que caiga, y lo que cae las más de las veces es una mano de latigazos, pues el carnicero turco acaba por enojarse con esta tertulia muda que obstruye la puerta de la tienda y hace tropezar á los parroquianos.
En medio de las bandas de perros que corretean por las calles á la caída de la tarde y duermen enroscados en las aceras á la hora del sol, se ven animales grotescos y repugnantes, tristes caricaturas de su especie. Unos llevan los ojos saltados; otros el lomo partido por sanguinolentas dentelladas ó el hocico medio devorado y con un morro pendiente. Son recuerdos de sus batallas con los compañeros de raza. Otros caminan á saltos, con una pata rota vuelta hacia arriba, ó arrastran por el suelo su inmóvil parte trasera, como si fuesen extraños lagartos. Las ruedas de un vehículo les han dejado así, á pesar del respetuoso cuidado con que los turcos tratan á los animales. El cochero de Constantinopla antes prefiere volcar que aplastar á los perros. Los carruajes se detienen á cada instante ó dan bruscos rodeos para salvar sus vidas. Pero estos animales, habituados á un respeto tradicional, abusan de él, durmiendo tranquilamente en mitad de las calles de más tránsito.
Cuando una perra lanza su prole en plena vía pública, el buen turco saca un cajón, un tonel, un gran cesto lleno de paja, y lo coloca en mitad de la acera para que sirva de cuna á los reciennacidos. La gente tiene que dar un rodeo y bajarse de la acera desafiando el peligro de los coches; la circulación se dificulta é interrumpe, pero nadie protesta ni mueve el obstáculo. Sálvense los animales, aunque perezcan las personas.
Las primeras noches de estancia en Constantinopla son horribles. Los viajeros buscan en los hoteles las habitaciones interiores, lejos de la calle. Ladridos toda la noche; batallas en torno de los montones de estiércol; concierto de aullidos cada vez que pasa un trapero con un farol, ó cuando un transeunte les parece sospechoso. Las noches de luna, Constantinopla se estremece con ruidosas y feroces contorsiones. Hasta las piedras parecen ladrar al astro de la noche. Al fin, el viajero adquiere oídos turcos, y se duerme arrullado por esta tempestad de ladridos, como podría dormir bajo el susurro de las olas ó la brisa perfumada de un jardín lleno de ruiseñores.
¡Las obscuras tragedias que se desarrollan en esta sociedad animal, regida por el misterioso idioma de la mirada y el ladrido! ¡Las leyes crueles é inexorables de esta república de los perros!...
Una tarde fuí al santo barrio de Eyoub en un vaporcito, siguiendo el Cuerno de Oro en toda su extensión. Un perro flaco, triste, de mirada dulce, pasaba y repasaba durante el viaje, entre las piernas de los viajeros. Al abordar al pontón de Eyoub, intentó deslizarse, oculto entre el gentío, pero un estrépido horripilante estalló de pronto, asustando á las buenas turcas encapuchadas que salían del vapor. Más de una docena de perros se arrojaron sobre el recién llegado como bestias feroces, mordiendo de veras, «tirándose á matar», buscando su cabeza con los agudos colmillos. El pobre can, como si esto no le sorprendiese, como si fuera algo esperado, corrió á refugiarse en el barco que volvía á Constantinopla.
Pasé la tarde en Eyoub. Al anochecer esperé en el pontón la llegada del barco que iba á hacer su último viaje á la ciudad. Llegó el vapor, y entre la avalancha de viajeros intentó pasar el mismo perro. Pero otra vez salieron á su encuentro los enemigos, con terrible acometida de aullidos y mordiscos, y tuvo que refugiarse de nuevo en la cubierta.
¡El triste regreso hacia Constantinopla! En vano di pan al mísero animal. Comía con avidez de hambriento, pero sus ojos iban hacia Eyoub, que se perdía en el fondo del Cuerno de Oro, con sus cristales inflamados por la agonía del sol; hacia Eyoub, al que le atraía el instinto, y en el que no podía desembarcar. Cuando llegamos, ya de noche, al Gran Puente, el pobre perro se alejó á la luz de las estrellas, para refugiarse entre dos tablones y esperar el primer vapor de la mañana, emprendiendo de nuevo su viaje. Y al día siguiente comenzaría su triste peregrinación, sin otro resultado que mordiscos y una fuga vergonzosa; y al otro y al otro lo mismo; y aun estoy seguro de encontrarle si emprendo el viaje; y así vivirá hasta que muera ó le maten; empujado hacia la santa barriada de Eyoub por un buen recuerdo del pasado, y detenido siempre por la ferocidad implacable de unos enemigos que ladran y muerden, tal vez á impulsos de una antipatía de raza, de una venganza de familia ó de un obscuro drama de animalidad inferior... ¡Quién sabe!
XXIV Los Derviches Danzantes
El muro oriental de la mezquita de Bakarié, en las afueras de Eyoub, está rasgado por grandes ventanales con celosías encristaladas, y á través de ellas, mientras llega la hora de los oficios, veo cabrillear, bajo la lluvia de oro del sol del mediodía, las aguas azules, densas y como muertas del Cuerno de Oro, allí donde éste se confunde con las llamadas Aguas Dulces de Europa.
De vez en cuando, como una visión cinematográfica, pasa por la extensión azul que tiembla más allá de los ventanales una lancha de vela con un cargamento de mujeres, ó un caique blanco y dorado, con damas envueltas en obscuro dominó, llevando como escolta de honor, junto á los remeros sudorosos, una esclava negra.
Adivino que desembarcan en el muelle de la mezquita, invisible para mí. Después pasan otra vez estas mujeres misteriosas, ante los ventanales, pero á pie, siguiendo lo largo del muro, como actrices que cruzan el fondo de una escena dejándose ver sólo por los huecos de la decoración.
Á cada entrada de éstas crece el zumbido de conversaciones y risas que se escapa de todo un lado del piso superior de la mezquita, galería cerrada con espeso enrejado, tras el cual asisten á la fiesta las mujeres turcas.
Yo estoy en lo que pudiera llamarse el coro de la mezquita; una tribuna de madera, sobre la puerta de entrada, frente á los ventanales que dan á la ría azul, y al lado de la galería enrejada, tras cuyas celosías se adivinan vagamente los mismos bultos blancos y negros, é iguales movimientos de curiosidad misteriosa que en una iglesia de monjas.
Es miércoles y la respetable cofradía de los Derviches Danzantes va á celebrar la fiesta en Bakarié, que es su templo más importante en Constantinopla. Los viernes dan otra representación en pleno barrio de Pera, en una mezquita perdida entre edificios europeos, rodeada de cafés y tiendas modernas, interrumpida muchas veces la solemnidad del rito por el pitar de los tranvías y los gritos de los vendedores de periódicos. Es una fiesta para los extranjeros de paso; algo semejante á las diversiones pintorescas que organiza la Agencia Cook para que los viajeros se enteren de las costumbres tradicionales de un país, á tanto por ejecutante.
En Bakarié la fiesta religiosa no tiene otro público que los devotos, y asiste á ella el Cheik, sacerdote jefe de los Derviches Danzantes. Bakarié sólo atrae á las gentes del país. Es una mezquita perdida entre risueños cementerios y jardines abandonados en las afueras de Eyoub, barrio extremo de Constantinopla, donde no vive ningún europeo, donde subsiste la santa mezquita cerrada é inabordable á todo infiel durante siglos, donde es molesto á ciertas horas transitar por las tortuosas callejuelas, pues las viejas fanáticas, encapuchadas de negro, escupen con entusiasmo religioso á los pies del cristiano y le siguen con un barboteo senil de palabras incomprensibles, en las que sólo se adivina la palabra perro seguida de misteriosas maldiciones.
En el coro de la mezquita de Bakarié no hay otro europeo que yo. Me siento como avergonzado por las cien miradas de curiosidad desdeñosa que adivino tras las espesas celosías y por el gesto impasible de los músicos sentados junto á mí, que parecen no haberse enterado de mi presencia. Ocupo una silla mugrienta, algo coja y con el asiento de paja próximo á desfondarse, único mueble europeo que el sacristán, tras larga rebusca, ha podido encontrar en la mezquita. Los músicos se sientan en el suelo, con las piernas cruzadas sobre esteras de fresca y amarilla limpieza, y todos ellos visten el traje de los derviches danzantes; largas túnicas de pesado paño rojo, verde, blanco ó azul, y sobre ellas un manto negro. Sus caras barbudas, bronceadas, feroces, de cejas hirsutas y ojos con manchas de color de tabaco, parecen empequeñecerse, abrumadas bajo la enormidad del respetable gorro que sirve de distintivo á la cofradía: un cono truncado de fieltro gris, sin alas y sin otro saliente que un ligero reborde circular. Algo así como una maceta de flores, de barro cocido, puesta boca abajo. Unos tienen en sus manos la flauta turca y soplan en ella ligeramente, haciendo sordas escalas para convencerse de la bondad del instrumento; otros colocan junto á ellos los darboukas, pequeños timbales que sirven de acompañamiento. Los cantores abarcan entre sus rodillas unos catrecillos de madera que sustentan el libro abierto, de amarillento papel, con caracteres negros y rojos.
Miro al fondo de la mezquita. Las columnas de madera que sostienen las galerías superiores están unidas por una barandilla blanca y roja. Entre esta barandilla y los muros se hallan las tumbas de los derviches de la cofradía que murieron en olor de santidad, catafalcos de paño verde, apolillado por el polvo de los siglos, y con enormes turbantes que usaron en vida los varones bienaventurados. Entre las tumbas, sobre frescas esteras de junco, se sientan en cuclillas ó se arrodillan descansando el cuerpo en los talones todos los fieles que acuden á la fiesta; gruesos tenderos de Eyoub, burgueses venidos en barca desde Constantinopla, jardineros de las cercanías, marinos de los acorazados turcos eternamente inmóviles en el Cuerno de Oro, todos con los zapatos en la mano y el fez erguido sobre la frente.
Las barandillas de las cuatro columnatas cierran el centro de la mezquita, formando á modo de un gran salón de baile con el pavimento de madera, limpio, encerado y brillante. Allí están aguardando su hora los sagrados ejecutantes de la fiesta, los derviches acurrucados en el suelo, formando tres filas, frente al Cheik, que ocupa él solo la parte de Oriente, sentado en una piel de cordero. Envueltos en sus mantos negros, que forman en torno de ellos amplio embudo, é inclinando á impulsos de la meditación el alto gorro que cubre su cabeza, parecen extraños insectos que se repliegan para saltar de pronto sobre una presa invisible.
Un cantor se ha puesto de pie y avanza con el libro abierto hasta la barandilla del coro. Su manto, al entreabrirse, deja descubierta una gruesa túnica anaranjada, de pliegues rígidos: una prenda venerable, con la respetabilidad de varias generaciones sacerdotales, y que parece tejida al mismo tiempo de lana y de plegarias. Es un joven barbilampiño y rubio. Su pescuezo blanco se hincha y colorea de sangre con los esfuerzos de la voz de falsete. Una ruda protuberancia del cuello, la nuez de la garganta, se agita convulsa, sube y baja, marcando las modulaciones de la voz.
La plegaria tiene el ritmo de un canto oriental, monótona, soñolienta, de misteriosa lentitud, retardándose cada palabra con reflexivas pausas, prolongándose con repeticiones é interminables gorjeos, como ciertas canciones de Andalucía.
Los derviches, abajo, con la frente en una mano y el codo en la rodilla, parecen soñar replegándose cada vez más dentro de sus embudos negros, empequeñeciéndose con el reconcentramiento de la meditación.
¿Qué dice la plegaria?... Nada. Interminables alabanzas á Alláh invisible, señor del universo, misterioso justiciero sin forma material ni otra imagen que los dorados caracteres árabes de elegantes rabos que lucen en la mezquita sobre el fondo verde de redondos escudos; nombres de sultanes que, agrupados en lista cronológica, son como la historia del pueblo turco. Y sin embargo, esta oración, cuyas palabras carecen de mérito literario y sólo tiene el encanto de la música adormecedora, causa en el auditorio un efecto de recogimiento sincero que rara vez se encuentra en los ritos occidentales. La voz del cantor parece hipnotizar á los oyentes. Los fieles, con la mirada perdida y el cuerpo rígido, empiezan á moverse sobre su cintura, siguiendo con un vaivén cada vez más enérgico las palabras del derviche. Los rostros se colorean como si reflejasen las llamas de una combustión interior. Las narices se dilatan y en los ojos brilla como chispa perdida un punto de luz azulada y misteriosa. De vez en cuando un rudo suspiro se escapa de estos pechos contraídos por la emoción religiosa. El europeo, solo y aislado en esta mezquita lejana, entre la vehemencia silenciosa de unas ceremonias que parecen resucitar siglos lejanos, bárbaros y belicosos, se siente invadido por la inquietud.
Calla el cantor, cierra el libro, se retira remontando sobre sus hombros anaranjados el negro aleteo de su capa, y una música tenue y dulce, un suspiro pastoril se extiende en el silencio profundo de la mezquita, donde los hombres parecen cuerpos sin alma.
Es una flauta. La media hora de meditación que precede á la danza sagrada la llena el gorjeo de este instrumento bucólico. El músico, inmóvil entre sus compañeros en cuclillas, que parecen maniquíes, hincha sus carrillos, enrojece, suda con el continuo esfuerzo, pero al mismo tiempo sus ojos mates, perdidos en éxtasis, delatan el fiero orgullo de tener pendiente de su soplo el fervor de los fieles y de los santos hermanos de cofradía.
El tierno vagido del instrumento parece enardecer á los orientales, creyentes de una religión, en la cual la ausencia de estatuas y pinturas litúrgicas obliga al devoto á un continuo esfuerzo imaginativo para representarse los poderes ultraterrenos. Los fieles de la mezquita de Bakarié sueñan en pleno mediodía, bajo la luz de las ventanas llenas de azul y de sol, mecidos suavemente por los lentos trinos de la flauta.
¿Qué ven en sus ensueños? Huéspedes nada más del continente civilizado, europeos de paso, obligados á soportar una vida moderna extraña á sus costumbres y su tradición, su pensamiento va al más viejo de los mundos, á la venerable y misteriosa Asia, cuyas montañas casi pueden contemplarse desde los ventanales de la mezquita. El pastoril instrumento les hace ver los amarillentos rebaños escalando lentamente las colinas tostadas de la Siria y ramoneando sus hierbas olorosas; el fresco pozo del desierto al que llega el rudo jinete, mezcla de pastor y de pirata de la llanura, saludando á la doncella envuelta en velos que extrae el cubo con sus brazos redondos, en los que tintinean anillos de bronce; los arenales del Yemen, obscuros á la caída de la tarde, por cuyo horizonte pasan las filas de camellos, como cabeceantes y gibosos monstruos, sobre el cielo inflamado de rojo; los grupos de palmeras que ondean sus penachos de verdes plumas en los oasis que marcan el camino solitario hacia la Santa Meca; las tumbas venerables de Medina, cubiertas de polvo secular y ostentando entre andrajos de oro las pesadas cimitarras de los guerreros de Dios: las plácidas callejuelas de Damasco, de húmeda sombra y cerrados jardines; las rojizas y pedregosas colinas de Jerusalén, sobre las cuales parece haber pasado el soplo de hoguera del Gran Implacable; Bagdad, con sus mezquitas de cúpulas partidas y sus bazares como pueblos, adonde acuden las caravanas portadoras de fantásticas riquezas; Bassora, cuyos marineros desnudos pescan la perla: toda la gloria y todo el esplendor, latentes aún, de la raza semita, despreciada ó perseguida por los hombres modernos, y que sin embargo, un día, siguiendo las palabras de paz de Jesuhá, el hijo del carpintero, se hizo dueña de medio mundo y siglos después, repitiendo los gritos de Mohamed, el hijo del camellero, se enseñoreó del otro medio.
Un nuevo espectador de la fiesta se sienta junto á mí. Es un oficial de la escuadra turca, un joven teniente de navío, con su uniforme inglés modificado únicamente por el gorro rojo que cubre su cabeza. Los galones de oro de la bocamanga, rematados por un óvalo, brillan sobre el paño azul obscuro de la levita. Entre el alto cuello de inmaculada blancura, que refleja los objetos inmediatos como un espejo, y la nítida pechera de su camisa, resalta la corbata anudada de seda negra, con una gruesa perla. Lleva en la mano sus zapatos de charol y sus pies huellan la alfombrilla de junco con sus calcetines de seda. Al pasar, parece sonreirme con los ojos, como á una persona que no se conoce, pero que se ha visto con frecuencia. Todas las noches le encuentro en el barrio europeo de Pera, en el teatro de Petits-Champs, donde actúa una compañía de opereta francesa. Unas veces lleva su uniforme, otras viste de smoking, y mientras se atusa los empinados bigotes á lo kaiser, mira amorosamente, á través de sus lentes de oro, á las cocottes de diversas nacionalidades que pululan en Constantinopla, y habla con ellas en diversos idiomas. Se adivina que ha vivido en París y en Londres, que es un marino de largos viajes... en tierra, un secretario de comisiones internacionales, un agregado militar de embajadas. ¿Qué extraña curiosidad le guiaba á la mezquita de Bakarié?...
Se sentó en el suelo, cruzando sus piernas, oprimiéndolas con las manos para aproximarlas más al tronco. Escuchó inmóvil la plegaria del cantor, y poco á poco su cuerpo empezó á moverse con un balanceo creciente, lo mismo que los otros fieles. Luego el susurro de la flauta le sumió, como á los demás, en profunda meditación.
Cuando volví á mirarle, sus lentes habían caído sobre el pecho. Un arrebol de sangre coloraba su rostro, antes pálido. Su pelo, lustroso y plano á los dos lados de la raya central, parecía alborotado por un espeluznamiento de cólera. Su ancha nariz turca, nariz de caballo leal y arrogante, ensanchábase palpitante como si oliese pólvora. Sus ojos miopes, al encontrarse con los míos, reflejaron una extrañeza hostil y salvaje. El azul uniforme, con sus insignias europeas, parecía despegado de su cuerpo.
Aquel marino era la personificación de la Turquía europea que se apropia los inventos modernos, copia la organización alemana, habla todos los idiomas de los pueblos civilizados, y adopta las modas de París... pero guardando bajo este exterior su alma asiática.
Me imaginé al amigo de las cocottes de Petits-Champs, al marino casi inglés, al elegante agregado de embajada, al que yo creía un escéptico y alegre vividor, escuchando á un imán que proclamase la guerra santa; y vi al asiático despojándose de golpe de su complicado disfraz de europeo y agitando en una punta del sable una cabeza cortada, lo mismo que los grandes capitanes de Mohamed blandían sus cimitarras tintas en sangre para demostrar la unidad de Dios.
* * *
En el coro de la mezquita de Bakarié, el flautista sagrado sigue improvisando trinos ó lanza agudas y gimientes notas, mientras abajo, acurrucados sobre el lustroso pavimento, meditan los derviches danzantes.
De pronto suena un golpe sobre la madera. Es el Cheik, que ha salido de su inmovilidad dejando caer las dos manos sobre el suelo, como si fuese á desplomarse. Un sonoro redoble contesta á este movimiento. Todos los derviches dejan caer igualmente sus manos á un mismo tiempo, quedando á gatas, con el enorme gorro junto al suelo.
Al gemido de la flauta se unen los darboukas, que baten una marcha lenta, cortada por endiablados repiqueteos, y al compás de esta marcha, los derviches se yerguen y emprenden un lento paseo á lo largo de las barandillas. Al erguirse han dejado caer los mantos obscuros, y quedan al descubierto sus trajes de ceremonia, cada uno de uniforme color, pero abarcando en su variado conjunto todas las tintas del iris.
¡Extraña vestimenta que haría reir en otro lugar, y á la que da cierto respeto el gesto solemne de las barbudas cabezas, iluminadas por el fuego hostil de unos ojos de fanático!... De cintura arriba son hombres, con chaquetilla á la turca, alto chaleco y faja rayada. De cintura abajo son mujeres, arrastrando una falda amplísima de rígidos pliegues, que roza el entarimado con crujidos de pesadez.
Avanzan descalzos, contoneándose ligeramente al compás de la marcha, con los brazos cruzados sobre el pecho y las manos extendidas junto á los hombros. El Cheik camina al frente de la hilera, marcando las ceremonias del lento paseo. Al llegar junto al Mirab, gira sobre sus talones y saluda profundamente al derviche que le sigue, con tan profunda inclinación, que las dos caperuzas de fieltro se tocan. Los demás repiten el mismo saludo. Al pasar ante la barandilla, tras la cual están las tumbas de los santos varones de la orden, se reproduce igual ceremonia.
Tres veces da vuelta á la sala la procesión de los derviches, y este desfile dura mucho tiempo, con la rígida lentitud que es para los orientales el signo más imponente de la majestad. Los pies, descalzos, se mueven incesantemente al compás de la música, pero sin adelantar apenas. Por fin, el Cheik, al pasar por tercera vez ante el Mirab, queda inmóvil en el centro del muro oriental, con los brazos en el pecho, destacando su figura sobre los vidrios iluminados de una gran ventana.
Los derviches, formados en larga fila, parecen bailarinas que se preparan á lanzarse, haciendo piruetas, hasta el borde de un escenario. Poco antes, al despojarse de los mantos sombríos y aparecer en todo el esplendor de sus vestiduras deslumbradoras, recordaban á las danzarinas de ciertas óperas que surgen de entre bastidores como negras brujas, y de pronto, abandonando sus disfraces, muéstranse luminosas, envueltas en gasas y colores rosados.
Los instrumentos del coro adoptan un ritmo semejante al del vals, y al repiqueteo de los tamborcillos y el dulce ganguear de las flautas, se unen las voces de los cantores, que entonan una salmodia bailable, monótona y chillona, sin otra variación que el cambio de tono al final de cada estrofa.
Avanza un derviche hacia el gran sacerdote, lo saluda con reverente inclinación, como pidiendo su venia, el Cheik le contesta con ligero gesto, y el sagrado danzarín empieza á girar sobre sus talones, con una velocidad cada vez mayor, añadiendo á este vertiginoso movimiento de rotación otro ligerísimo de traslación, que le hace avanzar lentamente, siguiendo el contorno de la sala. La falda pesadísima arremolina sus pliegues en torno de las piernas, y poco á poco, con la velocidad, toma aire y se hincha... se hincha, adquiriendo proporciones gigantescas. Primero es un enorme paraguas á medio abrir, luego un globo, después un paracaídas, y el paño pesadísimo se extiende casi horizontal, girando con loco vértigo sobre las piernas desnudas, que dan vueltas y vueltas como una peonza loca.
Al comenzar su movimiento de rotación, el derviche lleva los brazos cruzados sobre el pecho, en actitud sacerdotal. Poco á poco los despega, los extiende sonriente, con gracioso desperezo de bailarina, hasta que al fin los mantiene rígidos, en cruz, ayudándole esta tensión á la rapidez de su volteo. Apenas se sume en esta embriaguez rotatoria, ya no sonríe. Sus ojos quedan vidriosos y vagos, su rostro palidece y se contrae con un gesto de estupidez extática, de voluptuosidad dolorosa.
Tras el derviche vestido de blanco, empieza á girar otro verde; luego otro azul; después otro rojo, y así van saliendo en ruidosa ondulación circular faldas rosadas, azules, vinosas, amarillas y naranja, con esa intensidad profunda de color que es la gloria de los tintoreros orientales.
La mezquita se llena de peonzas vistosas que giran y giran, dando al espectador el mareo del vértigo. En las raras pausas de la música se oye el aleteo del pesado paño cortando el aire y el roce de los pies. El espectáculo es original, obsesionante, con el extraño poder que ejerce la mezcla de lo bello y lo ridículo. Son flores gigantescas que bailan, rematadas por hombres feos y barbudos. Rosas fantásticas que giran llevando hundidos en el centro de su corola unos gnomos de rostro feroz coronados por un gorro de fieltro.
Los cantores aceleran el ritmo, gritando cada vez más fuerte; los darboukas repiquetean con redobles de trueno; las flautas saltan y balan como cabras locas, y los danzantes giran y giran con tal rapidez, que sus brazos y piernas son pálidas sombras, borrosas por la velocidad, y las faldas cortan el aire como sierras horizontales... ¿Cuánto tiempo dura la sagrada danza?... No lo sé. Siento, á pesar de mi inmovilidad, los efectos del vértigo: mi vista se deslumbra y marea con este continuo girar de colores. Creo estar rodando por una pendiente que no termina nunca. La música infernal y el volteo de los derviches embriaga á los fieles. Encogidos en el suelo, mueven sus cuerpos al compás de la música, y la mezquita parece una enorme caja de juguetes donde centenares de monigotes mecánicos, con gorro rojo y cara de palo, se balancean impasibles á los sones de un cilindro de música.
El Cheik hace un gesto; cesa el coro; los derviches contienen su rotación; van descendiendo sus faldas con la falta de movimiento; se deshinchan; dejan de ser un paraguas para convertirse en un embudo; luego se achican más aún, surgen los pesados pliegues, que acaban por rozar el suelo, y los sagrados bailarines vuelven á formarse en fila, á un lado del templo. Sus rostros brillan con el gotear del sudor: los ojos vidriosos tienen aún la locura del vértigo. Agítanse sus pechos como fuelles con el jadear de la fatiga. Algunos, mareados por la repentina inmovilidad, se tambalean como ebrios. Pero á pesar de esto todos miran al Cheik, esperando un gesto suyo para pedir de nuevo la venia y reanudar la loca danza.
Los cantores entonan durante el descanso una especie de himno litúrgico, lento y solemne, pero sus voces vuelven pronto á adoptar el ritmo del sagrado baile, y otra vez las peonzas animadas tornan á girar en el centro de la mezquita.
Por tres veces bailan los derviches, y durante una hora larga giran y giran, con un movimiento vertiginoso, que agotaría las fuerzas, la razón y aun la existencia de cualquier occidental. Al fin cesan de voltear, y vacilando sobre sus congestionados pies salen para despojarse de los trajes de ceremonia en una casa ruinosa, inmediata á la mezquita, atravesando el huerto de nopales y palmeras que rodea á ésta.
El Cheik hace su oración ante el Mirab, se prosterna varias veces sobre la piel de cordero, extiende los brazos invocando el nombre de Alláh y se retira también.
La ceremonia ha terminado... ¡Ridícula!... Los que la vieron desde pequeños, cuando su razón comenzó á abrirse á las cosas del mundo aceptándolas tal como las encontraron, asisten á ella con sincero fervor y la consideran como el más noble y poético de los cultos... ¿Quién sabe lo que un oriental, entusiasta de los derviches danzantes, pensará al ver por vez primera las ceremonias litúrgicas de los occidentales? Todos los pueblos del misterioso Oriente, tierra natalicia de dioses, han danzado ante las potencias celestes, haciendo del baile una ceremonia religiosa. La danza es seguramente un acto más elevado y menos material en honor de la Divinidad que beber vino, aunque sea en copas de oro.
De todas las cofradías musulmanas de Oriente, la de los derviches danzantes es la más aristocrática. Sus afiliados gozan de general respeto. El Sumo Sacerdote, al que pudiéramos llamar el Papa de los derviches, reside en Konia, la gran ciudad turca de Asia, hogar de las tradiciones otomanas, adonde no ha llegado aún la influencia europea que atrofia y envilece á la vieja Turquía.
Cuando muere el sultán y hay que consagrar un nuevo Comendador de los creyentes, el jefe supremo de los derviches viene desde Konia á la Santa Mezquita de Eyoub, donde se verifica la ceremonia de investir al emperador. Este no tiene corona. El signo visible de su majestad y su poder es el sable del Profeta, que se guarda en la famosa mezquita de Eyoub. El gran derviche ciñe la venerable cimitarra de Mohamed á la cintura del nuevo soberano, y Turquía entera aclama á su Padichá.
La Santa Mezquita de Eyoub es el único lugar que guarda el misterio y el aislamiento religioso del pueblo turco. Ningún cristiano ha pisado ni siquiera las losas de sus patios interiores. Los viajeros, al pasar ante ella, procuran no mirar por las puertas y rejas de los muros que rodean sus patios y jardines.
Al salir yo de Bakarié, buscando la ribera del Cuerno de Oro para que una embarcación me condujese á Constantinopla, me perdí en unas callejuelas inmediatas á Eyoub, formadas por blancos panteones, kioscos funerarios al través de cuyas rejas se ven túmulos de sultanes y santos, coronados de turbantes y cubiertos de terciopelo y oro.
Al final de un callejón vi una gran arcada con la verja abierta. Me aproximé. Enfrente, un patio solitario y fresco; más allá una arcada; en último término, una gran extensión inundada de sol y cerrada por murallas, en cuyo centro, como un monstruo vegetal, alzábase la enormísima pilastra de un plátano de quinientos años, con el ramaje invisible. Cantaban las fuentes en la sombra de los claustros de azulejos, desgranando sus surtidores sobre tazas de verde mármol; centenares de palomos obscuros aleteaban en los capiteles de las columnas, cortando con sus arrullos el silencio animado por el gotear del agua. En el último patio jugueteaban varios grupos de pilluelos casi desnudos, y permanecían acurrucadas viejas horribles, esperando una limosna.
Eran los patios de la Santa Mezquita, del templo inabordable para el cristiano, donde no pudo entrar ni el mismo emperador de Alemania en su visita á Constantinopla. Á un lado una fachada misteriosa, de azulejos verdes y negros, con un fanal turco pendiente ante el arco de herradura.
Apenas asomé mi cabeza, un zapethie, gendarme turco, vino hacia mí. Los pilluelos inclinaron sus gorros al suelo como si buscaran piedras, chillando y manoteando con belicosa alegría: «¡Giaour! ¡Giaour!» (¡Un cristiano!)
Me alejé prudentemente, pero la rápida visión del patio solitario con sus palomos y sus chorros de agua, y de la fachada verde y negra, de feroz misterio, no se borrará fácilmente de mi memoria.
¿Qué habrá en el interior de la Santa Mezquita de Eyoub?...
XXV El heredero de «Las mil y una noches»
La punta de Stambul, que avanza ante Galata formando de un lado la entrada del Bósforo y del otro la embocadura del Cuerno de Oro, la ocupa el palacio del Serrallo, enorme como una ciudad, y que hace muchos años dejó de servir de residencia á los soberanos de Constantinopla.
Los occidentales confunden con frecuencia el serrallo con el harem. Serrallo es simplemente un palacio: sólo el harem (lugar sagrado) es el departamento destinado á las mujeres.
Este extremo de Stambul forma una altura desde la cual se abarca el más asombroso de los panoramas. Á un lado la azul extensión del mar de Mármara, infinita á la vista, con las deliciosas islas de Prinkopo, que parecen inmóviles bajeles, de casco sonrosado y velas verdes: enfrente la ribera asiática de montañas rojas, con el Bósforo que oculta en sus revueltas los veleros de blancas lonas y los buques modernos de negro penacho: al lado opuesto, Constantinopla, extendiendo en pendiente su caserío por ambas riberas del Cuerno de Oro, que tiene sus aguas casi invisibles bajo los cascos de toda una ciudad flotante.
En esta colina, que avanza como un cabo, estuvo situada la acrópolis de la antigua Bizancio. Aquí, el maravilloso palacio de la emperatriz Placidia, las mansiones de los personajes más importantes del imperio, las termas de Arcadio, la iglesia de la Madre de Dios Hodégetria (conductora de los ciegos) y el alcázar de los emperadores bizantinos, monumento de monstruosa grandeza, mezcla de harem y de convento, donde las vastas salas destinadas á la orgía y á la muerte estaban decoradas con escenas bíblicas sobre fondos de oro.
Cuando Mohamed II conquistó Constantinopla, sus construcciones de gusto oriental se elevaron sobre los escombros de los palacios del vencido, y en esta colina vivieron los Padichás hasta los primeros años del siglo XIX. Los motines de Constantinopla y las amenazas de la milicia de los jenízaros, hicieron levantar el campo á Mahmoud II. El Serrallo era una vivienda demasiado grande para que el Comendador de los creyentes pudiese subsistir con entera seguridad. Enclavada en el corazón de Stambul, dominadas sus murallas por edificios pegados á ellas, el pueblo sublevado ó los pretorianos descontentos podían invadirlo con gran facilidad. El sultán abandonó el antiguo Serrallo en 1808, trasladándose á la otra ribera del Cuerno de Oro, y desde entonces los emperadores viven en plena campiña, apartados de su ciudad y rodeados de un pueblo fiel de guardias y cortesanos que ellos mismos se forman.
Sólo algunas sultanas viejas, con su corte olvidada y pobre de parientas del emperador, viven como monjas en los abandonados palacios del antiguo Serrallo.
Éste se halla dividido en tres partes: los jardines, el Patio de los Jenízaros y los palacios ó kioscos esparcidos caprichosamente en la meseta de la colina. Los jardines son viejos, con todo el encanto de la vegetación secular abandonada á la libre expansión de sus fuerzas; terrazas en escalones con enormes cipreses ó seculares plátanos; rosales que crecen y se enmarañan como bravías malezas, y en medio de este oleaje de verde sombrío, kioscos de simples líneas y amarillenta blancura. Un cinturón de murallas rojas, con puntiagudas almenas y gruesos torreones, cierra el recinto del Serrallo, como una ciudad aparte dentro del antiguo Stambul.
Lo más notable que encierra es el tesoro de los sultanes, la colección de riquezas históricas de estos soberanos del fabuloso Oriente, que conquistaron Bagdad y guerrearon con la opulenta Persia. Para visitarlo se necesita una invitación del sultán, y aun así la visita no está al alcance de todos. Yo mismo, después de recibir la invitación, tuve que aguardar durante muchos días la oportunidad de que otros viajeros sintiesen el mismo deseo.
Para visitar el Tesoro se moviliza en el antiguo palacio un verdadero ejército de criados, funcionarios de corte, ayudantes del sultán, pachás depositarios de las llaves, soldados de la guardia, en total unos trescientos hombres, y como en Turquía es natural y corriente la costumbre del batchis ó propina, y nadie cree envilecerse tomándola, la tal visita cuesta unos setecientos francos, y los viajeros, para realizarla, se reunen, poniéndose á escote.
Dos personajes de Rumania venidos á Constantinopla para una conferencia con el gobierno turco sobre las minas de petróleo, recibieron la invitación de visitar el Tesoro al mismo tiempo que yo, y junto con ellos y sus esposas, entré en este depósito de fabulosas riquezas, á las tres de la tarde, precedido de una doble fila de eunucos negros y personajes pálidos de espesa barba y ojos tristes, todos con levita stambulina y gorro rojo, marchando con la frente baja y las manos cruzadas sobre el vientre.
Así atravesamos el extenso Patio de los Jenízaros, pasando bajo la Puerta Augusta, un arco de mármol blanco y negro con columnas de jaspe verde. Á cada lado de la puerta hay un nicho que aun conserva señales de escarpias. De estas escarpias se colgaban para terrible ejemplo las cabezas de pachás cortadas por orden del Gran Señor.
Nuestros conductores nos entran en un kiosco blanco, cuyos grandes ventanales dan sobre una terraza que domina la entrada del Bósforo. Una alfombra sedosa de finos colores, ámbar y rosa, se hunde bajo nuestros pies. Grandes espejos nos reflejan con toda nuestra escolta de empleados palatinos y negros eunucos. Los muebles (¡oh anacronismo!) son de estilo Luis XV, aunque enormes y en extremo dorados, como para satisfacer el gusto oriental, amigo de exuberancias. Desde la terraza se admira el agua azul y mansa que bate silenciosamente el pie de la colina del Serrallo. La roca, casi cortada á pico, da al Bósforo en este lugar una gran profundidad: cien metros, ¡Los misterios que guarda esta superficie límpida, débilmente rizada por la brisa que viene del mar de Mármara, y en la que tiemblan como pedazos de espejo los suaves rayos del sol de la tarde!... Aquí caían en el eterno misterio, con una piedra al cuello, los hermanos de los sultanes, estrangulados para evitar á Turquía una guerra civil; aquí desaparecían para siempre los pachás ambiciosos y en desgracia; aquí acababan las perfumadas sultanas y las odaliscas de voluptuosos ojos, sospechosas de infidelidad, cosidas dentro de un saco de cuero, antes de rodar á las tenebrosas profundidades.
Entran nuevos criados en el kiosco, portadores de grandes bandejas cubiertas de tapices de seda con bordados de oro. Es el obsequio del sultán á los extranjeros que visitan su antigua residencia.
El maestro de ceremonias tira de las ricas envolturas. Dos eunucos sostienen una bandeja de bronce cincelado, enorme como un escudo, y en ella se yergue majestuosa una compotera de cristal y oro llena de confituras de rosas y flanqueada de cucharillas del mismo metal. Es el eterno presente de toda visita turca. Un criado circula una bandeja con vasos de agua y tras él llega otro con un gran incensario dorado lleno de brasas, en el que humea una cafetera. Las minúsculas tacitas de porcelana persa se llenan de café espeso como pasta, y el perfume intenso del negro y delicioso brebaje se une al olor de rosa que impregna el ambiente. El maestro de ceremonias manda ofrecer los cigarrillos de dorada boquilla, y todo el grupo de invitados, hombres y mujeres, sentándonos en divanes de rayada seda, contemplamos durante un cuarto de hora las espirales de humo en los cuadros de puro azul (azul de cielo y azul de mar), á los que sirven de marco las ventanas del kiosco.
Otra vez en marcha, precedidos de la procesión de servidores de negra levita y gorro rojo, que parece haber aumentado considerablemente. Son ya más de cien.
Atravesamos un patio extenso, ó más bien una llanura cerrada por un sinnúmero de claustros, kioscos sueltos y palacios ruinosos, en los cuales se abren los muros bajo el peso de los siglos, de los mantos de hiedra y de las parras trepadoras.
Junto á una puerta de arco, y bajo un porche de tejas viejísimas, cubiertas de moho y desunidas por las raíces de plantas parásitas, están formados los soldados de una compañía de infantería, en cuatro filas, dos á cada lado del espacio por el que debemos pasar. Un oficial de marina con cordones de ayudante avanza hacia nosotros, una mano en la empuñadura del sable y la otra en el fez, saludando con una rigidez alemana. Puesto que somos europeos é invitados del sultán, indudablemente debemos ser grandes personajes en nuestro país. Los soldados, al pasar nosotros, lanzan el rugido de ordenanza, elevando sus fusiles y presentándolos. Después vuelven á aullar con unidad atronadora y los dejan caer al mismo tiempo, conmoviendo con las culatas las viejas losas, en cuyos intersticios crece la hierba.
Estamos en la entrada del Hasné, del famoso Tesoro, puerta venerable de cedro, roída por los años, con clavos oxidados y cerraduras que parecen olvidadas durante siglos y de imposible funcionamiento. Junto á ella aparecen nuevos personajes como si surgiesen de la tierra. Son viejos pachás de miembros trémulos y barbillas blancas, arrugados personajes con el paño del dorso de la levita tirante sobre la curvatura de la espina dorsal. Cada uno saca su llave pesada y brillante; se abre con estridente cric-cric un enorme candado, giran con doloroso gemido los pernos de las cerraduras y se quejan los cerrojos al ser arrancados de la inmovilidad de su sueño. Los respetables gnomos del Serrallo van de un lado á otro trabajando en su penosa obra, y al fin giran chirriantes las hojas de cedro en el silencio conventual del Serrallo, y de la penumbra surge una bocanada de aire húmedo y espeso, una respiración de lugar cerrado, de antigua bodega.
Todos los criados que nos preceden entran apresuradamente, mientras nosotros, contenidos cortésmente por el ayudante y el maestro de ceremonias, permanecemos en la puerta. Se oyen sus precipitadas carreras en el interior, el roce de sus sordas babuchas, la rápida confusión del grupo que penetra de golpe y se desgrana inmediatamente, encontrando cada cual el sitio que tiene designado con anticipación.
Cuando entramos, cada mesa, cada vitrina, ofrece como nuevo adorno una pareja de hombres inmóviles, tan inmóviles como las estatuas y los maniquíes que contiene el Tesoro, las manos sobre el vientre y sin respirar apenas, pero que os siguen con ojos fijos en todas vuestras evoluciones. Imposible moverse sin tropezar con ellos. Se adosan á los descansos de las escaleras, se introducen en el hueco entre armario y armario, se empequeñecen y disimulan para no ocultar con su cuerpo la vista de ningún objeto, pero ni por un instante podéis encontraros más allá del fuego cruzado de sus miradas.
Todos los visitantes deben ser excelentes personas, ya que el Comendador de los creyentes los honra con su invitación, pero los pachás guardadores del Tesoro conocen el impulso tentador de Eblis y demás potencias infernales, y desconfían de la codicia del hombre y de la demencia de la mujer ante el oro que embriaga y la piedra preciosa que enloquece.
¡El Tesoro del sultán, dueño desde hace siglos de la prodigiosa Bagdad! ¡La colección de riquezas de este heredero de Las mil y una noches!...
Al abarcar con la vista el amontonamiento de objetos preciosos, experimenté una profunda decepción. Los objetos están guardados como en un museo europeo, pero las vitrinas palidecen bajo el polvo, y los vidrios se enturbian, dando á todo un aspecto de pobreza y falsedad. Ocurre aquí como en los tesoros de las catedrales católicas, donde los siglos y la inercia dan al oro un tono miserable de cobre, y convierten los diamantes en vidrio y las perlas en gotas de cera.
El Tesoro del sultán (que no ha visto nunca el sultán actual ni visitaron jamás muchos de sus antecesores) parece una enorme tienda de anticuario, abandonada. Hasta los vidrios de las ventanas están rotos en parte, y las goteras del techo hacen caer en grandes desconchados el enlucido del cielorraso. Polvo, telarañas y vejez por todas partes.
Este abandono y la enormidad absurda de las riquezas que contiene, hacen dudar en el primer momento del valor del Tesoro.
—¡Todo mentira!—murmuran en nuestro interior la malicia y la desconfianza—. ¡Baratijas orientales para deslumbrar al pueblo de otros siglos! Esto no es posible: es demasiado sobrehumano para que pueda ser verdad.
Y sin embargo, es verdad, por más que la razón se subleve ante lo enorme de semejantes riquezas. Por algo los poetas de todos los tiempos, cuando han querido cantar magnificencias fabulosas, han vuelto sus ojos á Oriente.
Un trono es el primer objeto que se encuentra al entrar en el Tesoro; un trono para descansar en él con las piernas cruzadas, bajo y casi tan grande como un lecho. Lo robaron los turcos á los persas en el siglo XVI, durante la guerra del sultán Selim contra el sha Ismail. Es de oro macizo, y sus cortas patas, al descansar en el suelo, dan una sensación de ruda pesadez. El precioso metal sólo es visible en pequeñísimos espacios. Un mosaico de fina labor, formado con riquísimos materiales, cubre todas sus caras, hasta las que son poco visibles, como la parte inferior del asiento. Son millares y millares de perlas, de esmeraldas, de rubíes, todos de igual tamaño, que se repiten formando flores y hojas. La razón, que parece rebelarse ante tanta magnificencia y duda de su autenticidad, sólo se convence tras largo examen de la riqueza de este mueble.
En otra sala se encuentra el verdadero trono de los sultanes, semejante á un púlpito de musulmán. Es á modo de una garita de ébano, dentro de la cual se sentaba el Padichá con las piernas cruzadas. De cada ángulo del asiento se levanta una columna sosteniendo el techo en forma de cúpula, y en el centro de ésta se eleva un joyel de inverosímil magnificencia, un ramillete de diamantes tan enormes, que parecen simples pedazos de empañado cristal. Todo este pequeño edificio de ébano y sándalo está incrustado de nácar, concha, plata y oro. Por todas sus caras interiores y exteriores corre un dibujo de plantas fantásticas en nácar, y el centro de cada flor está formado de grandes cabujones de rubíes, esmeraldas, zafiros y perlas. En su interior pende del techo una cadena de oro que venía á caer sobre la cabeza del sultán. La cadena sostiene un corazón también de oro y de éste cuelga una esmeralda de forma irregular, pero de un tamaño inaudito, gruesa de cinco centímetros y grande como una mano abierta.
¡Las esmeraldas del sultán! Después de visitar el pabellón del Tesoro se hace igual caso de esta piedra preciosa que de los guijarros de un camino.
Apenas se entra, el maestro de ceremonias os lleva ante una vitrina, donde sobre el fondo de terciopelo polvoriento se ven tres pedruscos planos de un verde obscuro, algo así como tres adoquines de vidrio opaco. ¡Son esmeraldas!... Las tres más grandes que existen en el mundo. Una de ellas pesa cerca de tres kilos.
Y á lo largo de las otras vitrinas empieza el aturdidor espectáculo de las riquezas amontonadas por el heredero de Las mil y una noches: armas que son verdaderas joyas; yataganes y grandes sables con la vaina cubierta de perlas y rubíes y la empuñadura formada de brillantes y esmeraldas: armaduras antiguas de gruesas placas de oro, con dibujos de brillantes y topacios; telas de seda de brocado y terciopelo, en cuyo bordado se mezclan con los brillantes hilos centenares y miles de piedras preciosas; vasos de cristal de roca, de jade, de onix; copas y frascos de cincelado oro persa; joyas indias de sutil labor; cofrecillos de menudas incrustaciones en maderas perfumadas ó ricos metales, que reproducen escenas al borde del Eufrates, en las riberas del Ganges ó sobre las mesetas del Isphan llenas de rosas, donde cantaron los poetas Shadi y Ferdussi.
Una gualdrapa de caballo (la del corcel favorito de los antiguos sultanes) llena todo el fondo de una vitrina. Tiene dos metros y medio de ancha y casi tanto de larga. Es de terciopelo carmesí y está bordada con miles de perlas, todas exactamente del mismo tamaño, que es el de un garbanzo grueso. El color de la tela apenas se deja entrever como un rojo arabesco entre el apretado mosaico de granos preciosos.
La armadura que Mourad IV llevó á la toma de Bagdad en el siglo XVII, deslumbra majestuosa frente á dos ventanas. Es una cota de mallas de oro con placas damasquinadas, y á su lado está la cimitarra, con la guarda y el puño cubiertos de brillantes en forma de tablero de ajedrez, todos de la misma dimensión y de trece milímetros de grueso.
En una galería superior está lo más interesante del Tesoro: las vestiduras de gala, los trajes de aparato de los antiguos sultanes, desde Mohamed II, que conquistó Constantinopla, hasta Mahmoud, que murió en 1839. Estas vestiduras están puestas sobre maniquíes, sin cabeza, coronadas por un turbante de aparato, enorme como un globo. Cada turbante está rematado por un penacho sujeto con un joyel magnífico, y en la faja de todo maniquí luce un puñal, que es obra maestra de cincelado y un alarde de fantástica riqueza. Los hay que parecen trabajados por Benvenuto Cellini. La empuñadura de una daga está formada de una sola esmeralda. Otra se compone simplemente de cinco brillantes: dos en cada cara del puño y el restante sirviendo de pomo.
La profusión de pedrerías sobre las armas y en los penachos de los turbantes, deslumbra y confunde. Uno de los joyeles que retienen estos ramilletes de plumas, está formado de dos esmeraldas y un rubí, que tienen pulgada y media de gruesos. Las túnicas son de brocado magnífico, tan cubierto de bordados y de oro, que pueden sostenerse derechas sin el apoyo interior del maniquí. Las fajas de rica seda, sustentan los puñales, y cada uno de ellos representa una enorme fortuna; maravillosos símbolos de la majestad de estos soberanos, para los cuales era la daga lo que el cetro para los monarcas de Occidente.
La larga fila de sultanes, inmóviles y sin cabeza, cubiertos de las mayores magnificencias de la tierra, encierra la historia del pueblo turco. Dentro de estas rígidas y deslumbrantes túnicas vivieron hombres respetados como dioses, que se hacían obedecer desde las orillas del golfo Pérsico hasta los muros de Viena y obligaban á temblar á toda la cristiandad, en perpetuo escalofrío de miedo, turbando el santo reposo del Vicario de Cristo.
La imaginación, entre estas vestiduras pesadas y deslumbrantes como corazas y los hinchados turbantes faltos de cabeza, evoca rostros barbudos y morenos, de picuda y ancha nariz, de ojos sensuales é imperiosos. Bastaba un gesto de estas caras entristecidas por el exceso de poder y las harturas del harem, para que centenares de galeras aparejasen en el Cuerno de Oro y miles y miles de arqueros negros y jinetes turcos emprendiesen la marcha por las riberas del Danubio, queriendo llegar conquistadores hasta sus fuentes.
«¡Que baja el turco!», gritaba pavorosamente la cristiandad desde Viena á Lisboa, desde Cádiz á Londres, y la vida pacífica quedaba en suspenso, y las naves mercantes de Venecia, Génova y España convertíanse en barcos guerreros, haciéndose á la vela para salir al encuentro del enemigo en los mares de Grecia, y los monarcas de Europa alistaban ejércitos, y el continente entero quedaba inmóvil, en angustiosa espera, sin saber ciertamente si había llegado su última hora ó si tendría aún derecho á seguir existiendo.
Los hechos que en la historia parecen más lejanos y faltos de relación, están unidos por el misterioso engranaje, generador del movimiento de avance que desde hace siglos empuja á la humanidad. Sin los sultanes de Constantinopla, fanáticos koranistas ansiosos de someter Europa entera á la ley del Profeta, la Reforma religiosa iniciada por Lutero habría perecido, lo mismo que otros intentos anteriores, y tal vez el Norte europeo seguiría á estas horas con la conciencia sometida al gran sacerdote de Roma.
Los reyes católicos de Europa (especialmente nuestro Carlos V), á instigaciones del Papa, hubiesen acabado por entrar á sangre y fuego en Alemania, sometiendo con mano férrea á los pequeños señores germánicos partidarios de la nueva doctrina, como siglos antes habían sido vencidos los provenzales heréticos y los húngaros entusiastas de Huss. Pero el miedo al turco no dejaba espacio para pensar en esto. El peligro exterior no permitía al catolicismo ocuparse de los asuntos internos de su casa. Como si los déspotas de Oriente estuviesen de acuerdo con los partidarios de la Protesta religiosa, cada vez que los soberanos europeos, á impulsos de una paz momentánea, volvían los ojos hacia el hogar de la herejía, en Constantinopla se armaba una nueva expedición y el grito pavoroso corría por todo el continente: «¡Que baja el turco!»
La cristiandad necesitaba combatientes, Alemania era un plantel inagotable de soldados, y el Papa y los monarcas católicos, para salir del peligro inmediato, procuraban no ver la rebelión espiritual del país que les ayudaba en la santa empresa militar de impedir los avances de los infieles. Cuando el turco, escarmentado en Lepanto y en las llanuras del centro de Europa, ya no bajó más, era tarde para el catolicismo romano. La herejía, fácil de matar en la cuna, había crecido desmesuradamente. La necesidad de hacer frente al turco costó á Roma la pérdida de media Europa.
* * *
Salgo del Tesoro con un deslumbramiento en los ojos, con el mareo de una borrachera de riquezas. Dentro del pabellón vetusto se pierde la noción del valor de las cosas. La retina, habituada al brillo del oro y al centelleo de las piedras, como si esto fuese un espectáculo ordinario, experimenta una gran extrañeza al reflejar la desnuda miseria que existe fuera del pabellón.
Tardo un buen rato en volver á la realidad al salir del Hasné. En los primeras momentos me extraña que los fusiles de los soldados formados junto á la puerta no sean de oro; que sus tristes y viejos uniformes no estén rígidos, bajo una capa de preciosos bordados, como las túnicas que quedan allá dentro; que la hierba de las losas no esté formada de esmeraldas, y que no sean brillantes las gotas de agua que cantan y ruedan en un tazón al final del patio.
Al fin logro serenarme, y me habitúo al nuevo ambiente, como el que pasa de un salón iluminado con vivas luces á una callejuela lóbrega. ¡Adiós, esplendores absurdos, riquezas turbadoras é inauditas de Las mil y una noches, que quedáis invisibles, sumidas en el polvo y la penumbra, tras la venerable puerta de cedro que vuelven á cerrar los gnomos de barbilla blanca, con chirridos de herrumbre!... Sólo el recuerdo me llevo de vosotros, pero juro que en adelante no habrá escaparate parisién de la rue de la Paix que me haga detener el paso con asombro, y que sonreiré como hombre que está en el secreto cuando en noches de gala vea en la Grande Opera ó en el Real de Madrid el desfile de la centelleante pedrería sobre los hombros desnudos.
En el centro del patio del Tesoro vemos el Kafess, un kiosco enrejado, una prisión que casi es una jaula, dedicada antiguamente á los hermanos de todo sultán, príncipes infelices, esclavos de la razón de Estado, que así habían de vivir para no turbar el sueño del soberano con amenazas de rivalidades. Esta prisión en pleno Serrallo casi resultaba para ellos una felicidad. Peor era que un día su augusto hermano, no satisfecho del encarcelamiento, les hiciera cortar las arterias, colocando después unas tijeras junto al lecho ensangrentado para hacer creer en un suicidio.
Al otro lado del patio del Tesoro está la sala del Trono, el famoso Diván. Aquí recibían los sultanes á los embajadores de la cristiandad, bajo un techo, que aun subsiste, de dorados arabescos. En el fondo de la sala está el trono, en forma de diván, lecho enorme con un toldo de viejo terciopelo sostenido por columnas incrustadas de piedras preciosas. Existe una ventana enrejada junto al Diván, y tras ella escuchaba el Padichá á los embajadores, que ocupaban una pieza inmediata. Merced á tal precaución, los sultanes, que vivían en continuo miedo al asesinato, y las más de las veces no acababan sus días en la cama, creíanse á cubierto de una agresión de parte de los enviados extranjeros, á los que apenas conocían.
Cerca de la ventana hay una fuente. El sultán, apenas comenzada la entrevista, la hacía correr, y el murmullo del agua ensordecía y apagaba la conversación para que no la oyesen los familiares de los dos séquitos.
¡Los caprichos de estos déspotas, ahítos de poder, y semejantes en sus bromas terribles á los emperadores romanos de la decadencia!...
Cierto día un duque francés, embajador de Luis XIV, fué admitido como gran honor en el mismo salón del Trono, manteniéndose de pie ante el diván en el que estaba tendido el Padichá.
—Mira lo que tienes al lado—dijo el déspota sonriendo, con una malicia infantil en la mirada.
El embajador miró á la derecha, miró á la izquierda, y sin la más leve emoción, continuó el discurso, exagerando más aún su actitud rígida y tranquila.
Dos fieros leones estaban junto á él, frotando la melena alborotada contra sus piernas, rugiendo de extrañeza, mirando al intruso y mirando á su amo, como si sólo esperasen un ademán de éste para caer sobre él. El sultán experimentó una gran decepción al no poder divertirse con el miedo del extranjero. El embajador terminó su conferencia y salió dejando aturdidos á todos con su serenidad.
Un héroe el tal embajador: un diplomático que sabía sobreponerse á las terribles emociones. Pero después, al llegar al palacio de la embajada, cuenta el duque modestamente en sus Memorias que se apresuró á despojarse de la vistosa casaca cubierta de condecoraciones y bandas, que se quitó los calzones de terciopelo... y llamó á la lavandera, para entregarla su ropa interior.
XXVI Santa Sofía
Estoy en el gran patio de la mezquita «Aya Sophia» (la famosa Santa Sofía de los bizantinos), sentado bajo las ramas de un plátano venerable, ante una mesilla en la que humean dos tazas de café, y aspirando el perfume de sándalo de un rosario musulmán que acabo de comprar á un mercader sirio.
Á mi lado está Nazim-Bey, joven capitán de caballería que ha viajado por toda Europa, y ostenta sobre el pecho los cordones de oro de los oficiales del cuarto militar del emperador.
¡Lo que me costó entrar en Santa Sofía!... Todos los viajeros que han visitado Constantinopla hasta hace unos meses, han podido verla con entera libertad. «Aya Sophia» estaba abierta á todo el mundo, como las demás mezquitas. Pero una comisión de jefes del Yemen, árabes fanáticos, habituados á la vida de los desiertos arenales, que no entienden de relaciones internacionales y desprecian á los infieles, vino á Constantinopla á visitar al Padichá, y al entrar en la más famosa de las mezquitas, todos ellos se indignaron viendo el poco respeto con que la frecuentaban los cristianos, viajeros en su mayoría, que iban de un lado á otro hablando fuerte y con el Baedeker en la mano.
Pocos extranjeros entrarán ya en ella. El sultán, para dar gusto á los revoltosos jefes del Yemen, ha prohibido el acceso á los infieles, y yo tuve que invertir más de quince días en ruegos, visitas y gestiones casi diplomáticas para visitar la famosa mezquita. ¡Irse de Constantinopla sin conocer Santa Sofía!... Al fin, una tarde, á la hora en que escasean los fieles en el templo, y acompañado de un ayudante del sultán, pude entrar en la antigua basílica.
Sentados en un cafetucho del patio, junto á las fuentes de abluciones, que chorrean incesantemente, aguardamos á que un servidor del templo nos avisase el momento más propicio para la visita, después de la salida de ciertos devotos rezagados y antes que los muezines se asomaran á los balconcillos de los cuatro alminares llamando á los fieles á la oración de la tarde.
Por fin, entramos... ¡Inolvidable impresión! No todos los días puede pisarse un pavimento fabricado por hombres que vivieron hace mil cuatrocientos años; no se respira con frecuencia bajo unas bóvedas que cuentan catorce siglos de antigüedad.
Inútil es describir Santa Sofía. Su atrevida cúpula, agujereada por estrechas é innumerables ventanas, sus nobles y grandiosas proporciones, sus tribunas sostenidas por columnatas de jaspe verde, y desde las cuales se ven como enormes insectos pender sobre el suelo las lámparas, los huevos de avestruz y demás adornos de la religiosidad musulmana, son conocidos en todo el mundo. El grabado antiguo, la fotografía y la tarjeta postal han popularizado el interior de este monumento, que es el más antiguo de la cristiandad europea, y puede ser llamado el Partenón del arte bizantino.
La luz que penetra por las ventanas de la cúpula toma una densidad amarillenta de ámbar. La capa de pintura con que han cubierto los turcos las imágenes de los muros, contribuye á colorar el ambiente de este tono suave. La repugnancia religiosa de los musulmanes á toda representación de la forma humana, ha borrado los deslumbrantes mosaicos bizantinos, en los cuales santos y emperadores de rostro puntiagudo y miembros alargados, destacábanse con rigidez hierática sobre un fondo de oro.
Es el único vandalismo que se han permitido los otomanos. Las hermosas columnas, los arcos de graciosa majestad, los huecos de las capillas, las balaustradas de jaspe, todo se mantiene lo mismo que en tiempo de los emperadores de Bizancio. La costra de pintura amarilla se ha caído en algunas partes del muro, y el mosaico antiguo brilla con una luz mate y discreta, como una venerable armadura de oro al través de los desgarrones de una capa vieja. Unos cartelones verdes de diez metros de diámetro, con inscripciones gigantescas en honor de Alláh, y cuatro ángeles pintados en el arranque de la bóveda, son todos los adornos que el arte turco ha osado añadir al templo erigido por Justiniano. Los ángeles son convencionales. Cada uno de ellos está representado por cuatro alas en forma de rueda. La pintura musulmana no puede ir más allá.
Un interminable susurro, un batir incesante de plumas, llena el ambiente ambarino y crepuscular de la mezquita, uniéndose al crepitar de las lámparas y á la cantinela monótona de los aprendices eclesiásticos, que, encogidos sobre las rodillas, balancean el cuerpo cantando de memoria suras enteras del Korán, mientras un efebo, con el libro entre las piernas, sigue con la mirada el texto, para corregir el más leve olvido. Centenares de palomos obscuros, con plumas de metálicos reflejos, aletean en las bóvedas, descansan en capiteles y cornisas, ó descienden hasta las cabezas de los fieles, inmóviles como estatuas en su oración, posándose por unos instantes en sus brazos. Con frecuencia abandonan desde lo alto sus superfluidades digestivas, y los servidores de la mezquita tienen que limpiar continuamente la fresca estera del pavimento, sobre la cual marchan los fieles descalzos y con los pies limpios, para que después el buen creyente, al prosternarse, pueda besarla sin contagio alguno.
Ocurre en este grandioso monumento, al contemplarlo por primera vez, lo que en San Pedro, de Roma. La vista lo abarca todo sin extrañeza alguna. Un templo poco más grande que los otros... y nada más. Sólo cuando se avanza, y la perspectiva va prolongándose á cada paso, es cuando se da cuenta el visitante de la enormidad de proporciones que van surgiendo de esta armonía general. Lo que de lejos parecían esbeltas columnas, son troncos enormísimos de piedra, junto á los cuales el hombre se iguala á la hormiga: las distancias entre una arcada y otra se prolongan mágicamente, como si el templo fuese creciendo y estirándose á cada paso que se avanza.
La antigua basílica es enorme, abrumadora, soberbia, y sin embargo, da una impresión dulce, de suave ligereza.
Su historia es tan accidentada como la de una nación.
Santa Sofía no fué elevada en honor de una santa de este nombre, como muchos creen. Sancta Sophia es una invocación á la Santa Sabiduría, y en honor de la Sabiduría divina elevó Constantino la primera basílica, en el mismo lugar que ocupa la actual. Cien años después la quemó el populacho, creyente y revoltoso, excitado por el destierro de San Juan Crisóstomo. Teodosio II la volvió á construir, y en 532 la incendió de nuevo el pueblo de Bizancio, amotinado esta vez, no por un santo, sino por una cuestión de Circo, el motín de los Victoriatos, en los primeros tiempos de Justiniano.
Fué este emperador legista, manso marido de la interesante Teodora, mezcla de voluptuoso tirano oriental y austero teólogo, quien creó el monumento que aun hoy subsiste, y que vivirá siglos y siglos.
Quiso en sus ambiciones de gloria que el templo á la Santa Sabiduría fuese «la obra más magnífica que se hubiese visto después de la creación», y en todas las partes del vasto imperio de Oriente hizo recoger los materiales más preciosos: mármoles, columnas y esculturas. Los monumentos de la antigüedad griega fueron saqueados. Éfeso le envió las columnas de jaspe verde de su famoso templo de Diana; Roma, las que había robado del templo del Sol en Heliópolis, é igualmente fueron puestos á contribución los santuarios de Atenas, Delos, Cizica é Isis y Osiris, en Egipto. Dos arquitectos griegos, los mejores de la época, Antemio de Tales é Isidoro de Mileto, se encargaron de la dirección de los trabajos; pero la credulidad popular, ansiosa de lo maravilloso, propaló que un ángel había entregado á Justiniano los planos del monumento con el dinero necesario para construirlo.
Diez mil obreros, dirigidos por cien maestros alarifes, trabajaron á la vez. Una capa de betún de veinte varas de espesor, que llegó á adquirir la dureza del hierro, sirvió de base al edificio. Los alfareros de Rodas hicieron los ladrillos para la bóveda de una tierra tan ligera, que doce de ellos no llegaban á pesar lo que un ladrillo ordinario. Todos ellos llevaban una inscripción: «Es Dios quien me ha fundado y Dios me socorrerá.»
La construcción fué una mezcla de esfuerzos arquitectónicos y ceremonias religiosas. Los sacerdotes bendecían los materiales, acompañaban con plegarias la erección de cada columna, y al elevarse los muros, los albañiles introducían en la argamasa huesos de santos y otras reliquias.
Sumas inmensas se consumieron en este alarde arquitectónico, y Justiniano se vió en los mayores apuros, y recurrió á los medios más criminales para conseguir dinero y terminar la casa de la Santa Sabiduría. Por fin, en 537 la obra quedó acabada. Después de una marcha triunfal por el Hipódromo, con todo el esplendor de su corte bizantina, y de pródigas distribuciones al populacho, hambriento de pan y ahíto de disputas teológicas, Justiniano inauguró el monumento.
—¡Gloria á Dios, que me ha juzgado digno de terminar esta obra!—gritó al entrar—. ¡He vencido á Salomón!
Catorce días duraron las plegarias, los festines públicos y las distribuciones de dinero.
La Santa Sapiencia vivió siglos en una relativa tranquilidad, sin otros accidentes que los que sufren los monumentos gigantescos, eternos enfermos necesitados de cuidados y reparaciones. Toda la vida del imperio de Bizancio se reconcentró en ella. Bajo sus bóvedas se consagraron aquellos emperadores que se asesinaban unos á otros, se sacaban los ojos, ó degollaban en masa á sus súbditos, por si el Hijo era igual al Padre, y otras sutilezas teológicas, que tomaron el carácter de verdaderos programas políticos.
El día que los turcos sitiadores acabaron por penetrar en Constantinopla, una muchedumbre de sacerdotes, mujeres y combatientes fugitivos se amontonó en la santa basílica, que tenía ya cerca de mil años de antigüedad. El caudillo victorioso entró á caballo hasta el altar mayor, y gritó agitando su cimitarra: «No hay más Dios que Dios, y Mohamed es su Profeta.»
¡Se acabó la Santa Sapiencia! Las cruces rodaron por el suelo, los sables se enrojecieron hundiéndose en la muchedumbre cristiana, y el saqueo y la matanza dentro de la basílica duraron tres días.
En el momento de la entrada de los turcos, un sacerdote celebraba la misa, y huyó del altar con el sagrado cáliz, desapareciendo por una puertecilla practicada en una de las galerías. Inmediatamente la puerta se cerró milagrosamente, con una pared de piedra que nadie pudo distinguir del resto del muro. El día que Santa Sofía sea devuelta al culto cristiano y los turcos huyan expulsados de Constantinopla, volverá á abrirse la puerta y el mismo sacerdote acabará su misa interrumpida.
Esto lo sé por mi guía Stellio, un honrado griego, verídico y creyente, que me acompaña á todas partes, discurriendo el medio más rápido y seguro para extraer el dinero de mis bolsillos.
Los historiadores de Santa Sofía dicen que esto es una leyenda; pero Stellio se ríe de su ignorancia.
Todas las viejas del barrio del Fanar, residencia de las antiguas familias griegas, piden á Dios que no las llame á su seno sin haber visto antes á ese pobre sacerdote, que aguarda entre paredes, durante cuatro siglos y medio, el momento de terminar su misa.
XXVII El Papa griego
El barrio del Fanar es Bizancio que se sobrevive. Los griegos, antiguos señores de la gran ciudad, se refugiaron en este barrio después de la conquista turca, y allí continúan, en viejos palacios adosados á murallas medio derruídas del tiempo de los Paleólogos.
Los guerreros bizantinos se hicieron comerciantes después de la derrota, ó mejor dicho, continuaron siéndolo, pues en tiempo de su imperio siempre fueron mercaderes, dejando la defensa de su país confiada á bravos mercenarios comprados en Asia ó en Bulgaria.
La fama de los comerciantes fanariotas ha sido universal. Durante siglos, el oro de todo el mundo se amontonó en este barrio del Fanar. Los turcos belicosos, ocupados en hacer la guerra á la cristiandad, dejaron á los griegos, vencidos y astutos, el manejo de sus riquezas, y el fanariota fué el intermediario entre Asia y Europa, el mercader de los objetos preciosos de Oriente, y al mismo tiempo el proveedor y prestamista de sus señores otomanos. Este barrio del Fanar ha sido durante siglos una Venecia, una Génova, de poderoso movimiento comercial. Una gran flota mercante movíase en los mares de Oriente y en todo el Mediterráneo, siguiendo las inspiraciones de sus mercaderes. El Cuerno de Oro, que lame con sus aguas las piedras verdosas de los edificios del Fanar—palacios obscuros con balcones bajos, que casi se tocan con la cabeza—, veíase cortado incesantemente por las galeras que llegaban de las escalas de Siria y el Mar Negro y partían hacia los puertos de Nápoles y Marsella.
Hoy el Fanar está solitario y tranquilo. Junto á sus muelles no se ven más que viejas barcazas en reparación, y enfrente, al otro lado del brazo de mar, los navíos de guerra turcos, los buques antiguos que sirven de pontones, y el palacio del Almirantazgo rodeado de las innumerables construcciones del Arsenal. Mas los fanariotas aun viven tan ricos y poderosos como en otros tiempos. Los nuevos puentes que dificultan la navegación en el Cuerno de Oro, el gran calado de los buques modernos y las exigencias del comercio, les han obligado á trasladar sus oficinas á Galata, cerca del Bósforo, en medio de los chorros de vapor, rugidos de sirena, chirriar de grúas y ensordecedora y negra actividad de un puerto de nuestros días.
Pero las venerables casas del Fanar son, como en otros siglos, á modo de un título de nobleza para los que las habitan, y en ellas siguen viviendo las familias de estos griegos, más griegos que los que habitan Atenas, y que hacen remontar sus orígenes en línea recta á los tiempos gloriosos del imperio bizantino.
El pequeño reino actual de Grecia se nutre de la rica savia del Fanar. Todos estos helenos de Constantinopla son grandes patriotas, con el entusiasmo nacional excitado por largos siglos de servidumbre y desgracia. Son riquísimos, pero no tienen una patria. Fingen sumisión al turco, á quien explotan, pero su pensamiento va á todas horas á la pequeña nacionalidad formada en torno de la acrópolis ateniense, viendo en ella como un huevo del que resurgirá un pasado glorioso.
¡Atenas! ¡Constantinopla!... Estos dos nombres de gran sonoridad excitan á todas horas su entusiasmo. Todos conocen en el Fanar los misterios del porvenir. Grecia volverá á ser lo que fué: se apoderará de la Macedonia, se extenderá por las riberas de Asia, pasará un día los Dardanelos, y la antigua Bizancio será otra vez helena, brillando sobre la cúpula de Santa Sofía la cruz del Santo Sínodo, en vez de la media luna de oro. Y enardecidos por una fantasmagoría tan generosa, no hay sacrificio que no hagan estos comerciantes avaros, capaces de los mayores crímenes en el curso de los negocios, y que, sin embargo, desparraman el dinero á manos llenas en empresas patrióticas.
Los griegos del archipiélago vuelven sus ojos al Fanar cada vez que intentan moverse. La sublevación de los isleños de Candía, las guerrillas macedónicas, la misma guerra turcohelena de hace pocos años, que tan grotesco y vergonzoso final tuvo para los nietos de Temístocles, y la agitación presente, que convierte las fronteras griegas en perpetuo campo de combate, todo es obra del dinero fanariota, que corre pródigamente, como sangre vivificadora del patriotismo. El griego de Constantinopla es un buen súbdito del sultán, incapaz de provocar ningún disturbio. Procura separarse del armenio revoltoso, que intenta revoluciones dentro del imperio, pero trabaja y sacrifica su fortuna por crear á éste en el exterior toda clase de conflictos.
No sólo piensa en su pequeña patria para lanzarla á la guerra contra el país en que vive. Sabe que los pueblos son grandes por algo más que las armas y que la fama imperecedera de la antigua Grecia no se asienta en los ruidosos triunfos sobre los persas, sino en las enseñanzas y las inspiraciones de los filósofos, poetas y artistas, gloriosos abuelos de la presente humanidad. La grandeza intelectual de su raza preocupa á los fanariotas hasta el punto de que en Grecia es insignificante la instrucción pública costeada por el gobierno, en comparación con la que sostiene la iniciativa particular. No muere un griego rico de Constantinopla que no deje fuertes legados para las escuelas de su país. Muchos han dejado dos y tres millones de francos. Innumerables escuelas del archipiélago, grandes universidades, valiosas bibliotecas se sostienen con herencias de patriotas del Fanar, que pasaron su vida explotando á turcos y cristianos y dando las más fieles muestras de adhesión al sultán que aborrecen.
Además, el Fanar es para todos los griegos del mundo el barrio santo, la tierra sagrada donde tiene puesto un pie Dios: algo semejante á lo que es para el católico el barrio de Roma inmediato al Tíber, donde alza la basílica de San Pedro su enorme cúpula y se alínean perforando la piedra las innumerables ventanas del Vaticano.
En el Fanar está el palacio del Patriarcado, la residencia del Papa griego, llamado vulgarmente Patriarca de Constantinopla.
Este representante de Dios es un personaje poderosísimo, un sacro pastor que extiende su cayado de oro sobre millones de místicas ovejas. Si el Papa de Roma no tuviese al otro lado del Atlántico la antigua América española, su colega de Constantinopla sería tan poderoso como él. Grecia, Bulgaria, Servia, Rumania, Montenegro, los cristianos ortodoxos de la enorme Turquía, que son millones, y la inmensa Rusia, que aunque autónoma religiosamente, respeta, sin embargo, al sumo sacerdote de Constantinopla, forman el feudo espiritual de este pontífice que vive en el barrio del Fanar y una vez al año bendice toneladas y toneladas de aceite, convirtiéndolo en óleo santo que envía á los metropolitanos y popes de sus Estados.
El patriarca actual es Joaquín II. Un amigo suyo, que á la vez lo es mío, me invita á visitar al Pontífice, ensalzando la llaneza de su trato y costumbres. ¿Por qué no?... El amigo añade que ya ha hablado de mí á Su Santidad, y una tarde á las dos, llegamos juntos al palacio del Patriarcado.
Es un enorme caserón sin adorno alguno, situado en la cumbre de una colina vecina al Cuerno de Oro. Una tapia alta cierra los patios exteriores, y ante la triple puerta de entrada hay un cuerpo de guardia.
Su Santidad es después del Gran Imán el primer funcionario religioso del Imperio. El sultán lo recibe con frecuencia y vive en las mejores relaciones con él, temiendo la influencia que puede ejercer sobre varios millones de almas que forman parte del pueblo otomano. Los soldados turcos, fervorosos musulmanes, velan, bayoneta en el fusil, sobre la existencia y el reposo de este sacerdote extraño á sus creencias, lo mismo que en Jerusalén montan la guardia cerca del sepulcro de Cristo. Además, Su Santidad recibe del sultán una paga enorme, uno de esos sueldos inauditos que sólo puede concebir la prodigalidad de un soberano oriental.
Joaquín II es bueno y tan generoso al repartir como el sultán al dar. Vive sin aparato, como en los tiempos que era un pobre teólogo en una universidad de Grecia, y su enorme asignación la devora el populacho del Fanar, que descansa en sus tugurios como una nube de langosta en torno del Patriarcado.
Entramos en éste por una puerta lateral. El arco del centro está cerrado, y sólo se abre, con largos intervalos de años, en las grandes conmemoraciones religiosas.
En el interior encontramos unos criados, bigotudos y morenos, semejantes á los piratas antiguos del archipiélago, y popes jovencitos que deben ser familiares de Su Santidad. Subimos una escalera de madera con esterilla de junco. Las paredes están adornadas con pinturas de imágenes bizantinas y retratos de patriarcas. Entramos en un salón de espera igualmente modesto, con la misma esterilla é idénticos retratos de patriarcas: cabezas venerables y barbudas, con la mitra cuadrada y lóbrega envuelta en una gasa fúnebre que pende sobre los hombros y la cruz de oro destacándose sobre el pecho negro.
Se abre una puerta, y avanza unos pasos en la inmediata habitación un pope de estatura enorme, un venerable gigante que mueve los brazos invitándonos á entrar.
Hermoso hombre. Yo, que no soy bajo de estatura, tengo que echar atrás la cabeza para verle bien. Tiene blancas, con una nitidez de nieve, las barbas luengas y ensortijadas; blancas igualmente, las guedejas que se escapan de su alto gorro, semejante á un sombrero de copa sin alas. Pero el rostro es joven, y aunque algo demacrado, da una impresión de fuerza y salud, por el lustre de la tez, de un moreno rojizo, y la solidez ósea de la faz. La nariz, un tanto grande y demasiado aguileña, es sin embargo hermosa por su pureza de líneas, sin la más leve desviación. Los ojos, grandes é imperiosos, ojos de mando que se esfuerzan por ser dulces, parecen gotas de densa tinta, brillando un pequeñísimo punto de luz en su negra intensidad.
Este gigante, blanco, fuerte y majestuoso como un Padre Eterno, se agita al andar con enérgicos movimientos y encorva la espalda para ponerse al nivel de los que llegan. Mi amigo se inclina al coger su diestra y besa un gran anillo. Entonces reparo en la faja de seda que ciñe la sotana del arrogante sacerdote y en la cruz que brilla sobre su pecho, con un suave fulgor de oro antiguo. Es Joaquín II.
Mi amigo le habla en griego brevemente, y yo adivino por las miradas que hace mi presentación.
—¡Ah, Blascos!—dice el Patriarca con una voz sonora de barítono, al mismo tiempo que me coge una mano y tira de mí para que avance—. ¡Blascos Ibañides!...
Cualquiera diría que Su Santidad se había pasado la existencia no oyendo otro nombre que el mío. Es la amabilidad superior de los soberanos, de los grandes personajes que fingen conocer á todos los que llegan y parecen recordar sus nombres, que les han dicho momentos antes. Y repitiendo mi apellido desfigurado á la griega, con una expresión satisfecha, como si no conociera otra cosa, me empuja con su volumen de coloso, me hace sentar en un diván redondo en el centro de la pieza, y él vuelve al sillón dorado y viejo que ocupaba momentos antes.
La sala, larga y estrecha, es una galería cerrada con cristales. Al través de ellos, se ve abajo parte del caserío del Fanar, y más allá de los tejados, una mitad del Cuerno de Oro, los navíos de guerra, el Arsenal, y los montes desnudos de la ribera de enfrente, con abandonados cementerios turcos, en los cuales las blancas fichas de las tumbas dan la sensación de lejanos corderos rumiando inmóviles en las laderas.
El Patriarca está sentado de espaldas á los cristales, con el cuerpo en la sombra y rodeado de un nimbo de luz que forma el sol de la tarde en torno de su alba cabellera. Junto á él sonríe un joven pequeño, vestido como un gentleman, el monóculo brillante sobre el rostro afeitado y el pelo rubio y lustroso partido por una raya central en dos bandós que caen sobre la frente cual lacios cortinajes. Es el secretario de la legación de Grecia, que está en conferencia con el Patriarca y juntos pasan el tiempo hablando de los asuntos del amado país.
Joaquín II habla en su idioma, de sonora armonía, ininteligible para mí, y al terminar mi amigo, que parece emocionado en presencia del Patriarca y apenas osa levantar los ojos, me dice en francés:
—Su Santidad está muy contento de verle, y dice que le es usted simpático... Además le desea una estancia muy feliz en Constantinopla.
—Su Santidad es muy amable. Dele usted las gracias.
Quedamos los cuatro en profundo silencio, mirándonos, como es de buen tono en toda visita oriental, donde la conversación animada no surge más que tras larguísima pausa luego de haber tomado el café.
El Patriarca ha dado sus órdenes con una voz de marino que ordena una maniobra, y aparecen los criados trayendo el inevitable obsequio de toda visita.
El café no es gran cosa, los cigarrillos son comunes y el servicio de porcelana de lo más vulgar. Joaquín II vuelvo á repetir que vive pobremente, como un hombre de escasas necesidades. Nos ofrece las tazas y los cigarrillos con ademanes de graciosa cortesía, pero él no bebe ni fuma. Sólo la confitura es magnífica: un dulce de exquisitez monacal, formado de diversos y misteriosos aromas: un regalo tal vez de lejano convento, ó de algunas griegas devotas, enclaustradas voluntariamente en algún ruinoso palacio del Fanar.
El Patriarca, sin dejar de mirarme, habla al joven que tiene al lado. Este sacude su actitud indolente, se desenrolla en el interior de su sillón, y avanza la cabeza, en la que parece pegado el monóculo, sonriéndome con diplomática calma. Su Santidad sólo habla el griego y el turco, pero desea conversar conmigo. Es la primera vez que ve á un español. Él me traducirá en francés lo que diga Su Santidad y á continuación le comunicará en griego lo que yo responda.
—Puede preguntar Su Santidad lo que guste.
Y Joaquín II se lanza á hablar apresuradamente, con un ímpetu de orador tribunicio, rodando como truenos los párrafos sonoros, en los que abundan las armoniosas onomatopeyas.
Cuando el Papa se calla, el diplomático hace la traducción, acompañándola de fina sonrisa.
—Su Santidad dice que siente muchísimo las desgracias de España; que durante la guerra con América, dedicó muchas veces sus oraciones á vuestro pueblo, que le es muy simpático, y que comprende que en vuestro país aun estará vivo el dolor por tan grandes pérdidas.
La lástima bondadosa de Joaquín II me irrita un poco.
—Dígale á Su Santidad que no hay para qué lamentarse de lo pasado; que en mi país ya nadie se acuerda de eso, y que habiendo perdido hace un siglo casi toda la América, no había razón para conservar unas cuantas islas que eran en cierto modo un bagaje pesado.
El Patriarca, de ojos imperiosos, es un intuitivo, de rápida penetración. Mirándome fijamente parece adivinar mis palabras, mueve la cabeza como si me entendiese, y cuando el secretario hace su traducción, él se adelanta completando las ideas.
Continúa el diálogo entre Su Santidad y yo, con la mediación del elegante intérprete. Joaquín II se entera con gran interés de las costumbres españolas, de las que tiene una vaga y fantástica idea, y me pregunta especialmente por nuestra literatura nacional.
Él, gran erudito en letras clásicas, comentador de Homero, como todo griego ilustrado que se respeta un poco, no conoce nada de España. Hace muchos años, cuando no era en Atenas más que un simple pope dedicado á enseñanzas teológicas, vió un drama español traducido al griego, un drama de un señor que se llamaba... se llamaba...
Y el patriarca y el diplomático se consultan con la mirada, al mismo tiempo que pugnan por pronunciar un hombre, sin llegar á completarlo en sus dudas.
—Echegaray—digo yo, adivinando sus balbuceos.
Su Santidad sonríe moviendo la cabeza. Eso es, Echegaray. El Patriarca guarda un hermoso recuerdo de la obra. Indudablemente fué la única vez que asistió al teatro el austero sacerdote.
—¿Vive aún monsieur Echegaray?—pregunta Su Santidad con gran interés por mediación del secretario.
—Vive, y á pesar de sus años es animoso como un muchacho y no descansa.
Su Santidad vuelve á sonreir, como si bendijese con el gesto al lejano poeta que alegró con la magia del arte algunas horas de su existencia. Y yo sonrío también, pensando en el ilustre don José, muy ajeno á imaginarse que el Papa griego es uno de sus más sinceros admiradores, con esa admiración del que sólo ha ido una vez al teatro y se acuerda del magno suceso durante toda su vida.
El Patriarca, después de esto, habla de la literatura griega contemporánea. Hay en Atenas poca producción; escasos dramas y muy contadas novelas. Los literatos, antes de dedicarse al trabajo, viven enzarzados en interminable disputa sobre si deben escribir en griego antiguo ó en el griego vulgar que hoy se habla en el archipiélago. Esta disputa apasiona á la nación entera, dividida en dos partidos.