Note 57 — ÉGLOGA PRIMERA
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Filomena es el ruiseñor; tiene una trágica leyenda. Un viejo rey de Atenas, Pandión, tenía dos hijas bellísimas, y Tereo, rey de Tracia, casó con una de ellas, con Procné. Cierto día Procné quiso ver a su hermana Filomena, y el rey Tereo marchó a Atenas para traer a sus palacios a la princesa, su cuñada. A la vista de la joven ardió Tereo en ciega pasión; durante el viaje le descubrió sus torpes deseos, y al llegar a una selva triunfó de su virginidad. Vuelta en sí Filomena, juró al cielo venganza. «Yo misma —dijo a Tereo— he de arrostrar la vergüenza para publicar tu delito: he de descubrirlo al universo entero.» El feroz tirano, en su ira, para que no le delatase, le cortó la lengua y la dejó presa en cárcel de rocas. Filomena bordó en una tela la historia de su desgracia, y con una criada la envió a su hermana Procné, que la lloraba creyéndola muerta. Procné, secretamente, la sacó de su cárcel; sintió hacia su marido un odio mortal; ¿qué venganza podía ser la más cruel?... Sacrificó en sí misma su amor de madre; mató a Itis, su propio hijo; puso a hervir una parte de él en vasijas de cobre, y, en la comida, sirvió a su esposo aquel manjar. Pregunta el padre: «¿Dónde está Itis?» Procné contesta: «Está contigo.» Y entonces Filomena se adelanta y arroja la lívida cabeza del niño al rostro de Tereo. Prorrumpe este en horrorosos lamentos; desnudando la espada corre tras de las hijas de Pandión; pero ellas, como si tuvieran alas, huyeron. Y en efecto, alas tenían: Filomena, transformada en ruiseñor, desapareció en una arboleda inmediata; Procné, hecha golondrina, aún tiene en su plumaje, como vestigios de su cruel asesinato, manchas de sangre. Tereo, sediento de venganza, fue convertido en abubilla, la de vistoso penacho y pico de dardo; hay quien dice que se transformó en gavilán; Itis, quedó en jilguero. (Ovidio, Metamórfosis, lib. VI, fáb. VI.) Ahora bien: el ruiseñor no es blanco, la blanca Filomena, por lo cual al Brocense le pareció mejor la blanda Filomena, y esta enmienda siguieron Azara, Castro y otros; también la defiende Tamayo (fol. 41-43), porque aquel ruiseñor blanco que presentaron, según dicen, a Agripina, mujer de Claudio, túvolo Plinio ya por maravilla; pero dice Herrera (pág. 429): «con licencia de ellos no hizo mal Garcilaso en dalle tal apuesto, porque el color blanco es purísimo y el más perfeto de los colores, y por traslación al ánimo se toma por sincero, y así blanca significa simple, sencilla, pura y piadosa...»