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Nuevas cartas americanas

NUEVA RELIGIÓN (Á DON JUAN ENRIQUE LAGARRIGUE)

Reading edition

I.

Muy amable y simpático señor mío: Hace ya mucho tiempo que recibí, con fina dedicatoria manuscrita, un ejemplar de la importante Circular religiosa, que imprimió y publicó usted en Santiago de Chile, en el día 6 de Descartes del año 98 de la Gran Crisis, fecha que, en nuestra vulgar cronología, corresponde al día 13 de octubre de 1886.

No extrañe usted mi largo silencio ni le atribuya á desdén.

Su obra de usted fué leída al punto por mí con avidez y curiosidad, y releída luego varias veces con interés que ha ido siempre en aumento.

Bien dijo el que dijo que el estilo es el hombre. Yo doy tal valer á la máxima, y me guío de tal suerte por ella, que creo conocer á usted, con solo leerle, como si le hubiera tratado íntimamente toda mi vida. Hay, en cuanto usted expone, la más profunda convicción, el entusiasmo más fervoroso y el más puro amor por el bien de todo el humano linaje, por donde yo me persuado de que, en esa república, haga usted ó no prosélitos, ha de ser usted considerado como varón virtuosísimo y excelente, respetado y querido por todos sus conciudadanos.

Cuando el Caballero del Verde Gabán, yendo de camino con D. Quijote y Sancho, explicó á éstos su modo de vivir, sentir y pensar, Sancho le halló tan bueno y tan ajustado, según diríamos ahora, á sus ideales, que penetrando hasta sus entrañas las frases del Caballero, se las derritieron de ternura y se las encendieron en afectos de amistad y veneración, movido de los cuales se apeó del asno y fué á besar los pies á aquel bendito hidalgo, á quien calificó y preconizó de santo á la gineta. Algo parecido me ocurrió á mí cuando hube leído la Circular de usted; y, abandonando mi espíritu sus vulgares ocupaciones, desechando sus cuidados prosáicos y mezquinos, apeándose también de su asno, saltó por montes y valles, atravesó el Atlántico, pasó la línea equinoccial, corrió por toda la extensión de la América del Sur, voló por cima de los Andes y llegó hasta la ciudad y casa de usted (calle de la Moneda, núm. 9), donde dió á usted un abrazo muy apretado. Pero, como esta visita y esta muestra de mis simpatías se hicieron por arte etérea, ni usted ni el público se habrán percatado de nada, y así no juzgo excusado escribir á usted, aunque tarde, y hablar de las ideas y planes de usted, cuya bondad me seduce, aunque de su realización me quepan dudas.

¿Quién sabe si lo que yo diga podrá ser útil por algún lado? Acaso valga mi escrito para divulgar en España el sistema de usted y ganarle parciales; acaso para remover inconvenientes; acaso para disipar estas ó aquellas de las dudas que, como he dicho, me asaltan.

Los sistemas y pensamientos de los hombres son ó parecen mayores vistos desde lejos. Hay en ello algo de más mágico que en la linterna mágica. ¿Cómo negar que Augusto Comte y su positivismo han ejercido y ejercen aún grande influjo en toda Europa? Difundida por el laborioso, infatigable, fecundo y sabio Emilio Littré, la doctrina del maestro se dilata, desde París, por todas las regiones de la tierra; pero el talento crítico, frío y excesivamente razonador de Littré, despoja de fervor la doctrina y hace que llegue tibia hasta nosotros, como la claridad de la luna. En cambio, en la mente de usted, como rayos de sol en espejo ustorio, convergen y se reúnen todas las llamas y fogosidades de Augusto Comte, que, reflejadas así, abrasan, funden y volatilizan los corazones.

Es más, y vuelvo á mi símil de la linterna mágica; lo que pensado y expuesto en París por Augusto Comte, visto de cerca, me parece pequeño, como es pequeña la figurilla pintada en el vidrio, toma en el espíritu de usted colosales y magníficas proporciones, como el espectro que va á larga distancia á proyectarse en cándido muro.

En las elocuentes páginas de la Circular de usted palpitan brío tan noble, amor tan entrañable del bien de la humanidad y fe tan poderosa, que á pesar de mi maldito escepticismo hay momentos en que me dejo arrebatar y traspongo, parodiando á Moisés, á la cumbre del monte Nebo, y me parece que descubro la tierra prometida, ó por mejor decir, que veo renovada toda la faz de la tierra y que la nueva Jerusalem baja engalanada del cielo con vestiduras relucientes de fiesta sin fin y de perenne consorcio.

Por desgracia no es todo oro lo que reluce, y quién sabe si encajará aquí como de molde la manoseada cita que dice:

¡Lástima grande que no sea verdad tanta belleza!

Casi todos los preceptos que impone usted al género humano para que alcance sus más gloriosos destinos, son, á mi ver, tan sanos y beatificantes que no hay más que pedir, y si los siguiésemos sería el mundo un paraíso; pero aquí está el toque de la dificultad: en que usted va á predicar en desierto, como predicó mi santo y otros, en que nadie va á hacer caso de usted y en que todos van á continuar en sus vicios y malas mañas.

A usted se le antoja todo muy llano con tal de que el egoísmo se convierta en altruísmo; pero ¿de qué medio nos valdremos para hacer esta conversión? Yo no quisiera calumniar la naturaleza humana; yo reconozco, aplaudo y proclamo los arranques generosos de que es capaz; pero ¿no habrá en el fondo de nuestro sér algo de radicalmente egoísta? ¿Por qué pasa siempre por axiomática la sentencia de que la caridad bien ordenada empieza por uno mismo, sentencia que no pocas personas avillanan transformándola en esta otra: cada cual arrima el ascua á su sardina? Usted mismo destruye, contradice ó menoscaba el altruísmo en la sentencia capital que pone al frente de su bello discurso. Vivamos, dice usted, para los demás: la familia, la patria, la humanidad.

Con esto concede usted cierta predilección á la patria sobre la humanidad, y á la familia sobre la patria, de suerte que mientras más estrecho es el círculo de los objetos amados, y más exclusivo es, y más cerca está de nuestra persona, como si fuese emanación ó irradiación de la persona misma, más activo es el amor que se le consagra. No hay razón, pues, para que la progresión de amor quede incompleta, sin el término que en el texto de usted le falta, y que viene á ponerse en él, natural y forzosamente, traído por dialéctica impersonal é irresistible. Así es que el que lea el precepto y se decida á seguirle dirá en el fondo de su conciencia: yo amo y quiero amar á la humanidad y comprendida en la humanidad á la patria, y comprendida en la patria á mi familia, y comprendida en mi familia á mi persona. Con lo cual es indudable que todo irá comprendido en el amor de la humanidad como en superior predicamento: pero sucederá que mientras más alto y comprensivo sea el término en esta escala de lo amable, más vacío estará de razones y motivos para ser amado, ya que cada uno de los atributos que constituyen las diferencias es en lo amable una razón y un motivo más para que lo amemos.

Amaremos á la humanidad por mil razones; pero dentro de la humanidad está la patria, para cuyo amor hay, sobre las mil, quinientas razones más; y dentro de la patria, la familia, con otras nuevas quinientas razones, lo menos, y dentro de la familia, uno mismo, con todas las razones que hay para amar á la humanidad, á la patria y á la familia, y además con nuevas razones, fundadas en aquellos predicados ó atributos que me diferencian, distinguen y determinan dentro de la humanidad, de la patria y de la familia. Resulta, pues, que el altruísmo es falso, que no se da dialécticamente, que sólo puede amarse uno á sí mismo sobre todas las cosas, como no sea á Dios á quien ame. En mi sentir, uno puede amar más que á sí mismo, no sólo á Dios, sino á todas sus criaturas, cuando las ama por amor de Dios; pero sin este amor de Dios, uno se ama á sí mismo más que á nadie.

Entiéndase que hablo, según dialéctica: con fundamento racional. Yo no niego que el ateo teórico ó práctico, el ateo que niega á Dios ó que le arrincona y neutraliza, arda en caridad, que él llama altruísmo, pero sostengo que entonces, con inconsecuencia dichosa y bella, ama á los demás séres por amor de Dios, sin saberlo, y negando á Dios, y no viendo el lazo misterioso que le une con los demás séres, y que es Dios y no puede ser sino Dios.

En este caso, la efusión generosa del amor, que se sobrepone al egoísmo, provendrá de cierta inclinación sublime, de cierto ímpetu instintivo, de cierto ciego impulso del alma que nos lance á la devoción, al sacrificio, á buscar el bien de los demás, aun á costa del propio bien: pero un sistema tan sabio como el de Augusto Comte no debe ni puede fundarse en esto. Además, si el altruísmo fuese instintivo y congénito, no sería educable ó asequible por educación. ¿Cómo íbamos á convertir en altruísta al que fuese egoísta a nativitate?

Y si se me dice que las ciencias sociales y políticas, exactas y naturales, van á ordenar tan lindamente las cosas que acaben por hacer de suerte que el interés bien entendido esté en ser altruísta, porque el bien general vendrá á ser el mayor bien singular mío, y todo crimen, todo delito, toda infracción de la ley moral, no será sino un error, una mala inteligencia de mis propios intereses, una locura, en suma, diré que no me parece muy probable que las ciencias lleguen á conseguir tanto; pero que, si á tanto llegasen, no llegarían al altruísmo verdadero, sino á que el egoísmo bien entendido produjese los mismos efectos que el altruísmo más puro. Entonces, allá en la profundidad de cada conciencia, en las intenciones, habría devoción y caridad, ó sórdido interés y bellaquería; pero en toda acción ejecutada, no habría sino necedad ó discreción, cordura ó locura. Los hombres, en la vida práctica, no serían buenos ó malos, sino tontos ó discretos, cuerdos ó locos.

Ya ve usted que yo vengo á parar á una conclusión contraria á la de usted. Quita usted á Dios como base de la moral, y yo concluyo, por todos los caminos que tomo, por no hallar moral sin el concepto de Dios, que le sirva de base. Y no por los premios y castigos con que la moral se sanciona, lo cual es un sofisma de todos los ateístas al uso, sino porque Dios es el objeto y el fin y la razón del amor, cuando el amor no hace que nos amemos sobre todas las cosas. Dios es el centro de todo bien, el foco de la caridad, la luz y el fuego, que enciende é ilumina los corazones. Si usted le apaga nos quedamos fríos y á oscuras.

Yo me encanto de leer la purísima moral que usted predica, y que no es otra moral sino la cristiana; pero como usted me quita á Dios y me apaga su luz, me entran ganas de decir á usted lo que le dijeron al mono que enseñaba la linterna mágica con la luz apagada:

¿De qué sirve tu charla sempiterna, si tienes apagada la linterna?

No, Sr. Lagarrigue, un creyente en Dios, que hace obras de virtud, no debe hacerlas por el egoísta interés de ganar el cielo, ni debe abstenerse del pecado para que no le echen á freir en las calderas de Pedro Botero, sino que debe decir á Dios:

Aunque no hubiera cielo yo te amara y aunque no hubiera infierno te temiera,

y ser bueno por amor suyo, ó sea por amor del bien, no abstracto, sino vivo y personificado en Dios. Porque ¿dónde ha visto usted que nadie se enamore de abstracciones ó de generalidades sin sustancia?

Yo soy más positivista que usted y que Augusto Comte, en el recto sentido de la palabra, y no me cabe en la cabeza que nadie ame lo ideal, sino como manifestación y apariencia, imagen ó trasunto de una realidad soberana, ni puedo convertir el nombre genérico que se da al conjunto de todos los hombres, y que es un concepto lógico vacío, en ser individuo, objeto de mi amor, á quien unas veces llame yo Humanidad, otras Ente Supremo, y otras Virgen Madre.

Todavía comprendo yo, aunque no aplauda, que me niegue usted al real Ente Supremo y á la Virgen Madre, real y efectiva, á quien llaman los católicos María Santísima; pero lo que ya no se puede aguantar es que á la gran multitud de negros, chinos, europeos, hotentotes, cafres, indios, etc., me los sume usted bajo el denominador común de hombres y luego me convierta en Dios y en Virgen Madre esta suma.

Enójese usted ó no conmigo, he de decirle la verdad. Me aflige ver que un entendimiento tan delicado y alto como el de usted, un juicio tan sano y un corazón tan recto y amoroso, se trastornen y echen á perder por esta pícara manía que nos entró, hace siglos, á casi todos los españoles de nación, ó casta y lengua, de seguir las modas de París. Yo confieso y declaro, sin envidia, si bien con algún estímulo de emulación, que en París todo se hace mejor y con más arte y gracia, desde la cocina y los trajes hasta los libros, pero elijamos, al menos, lo mejor con atento y atinado criterio, ya que no inventemos y hagamos algo original, no menos divertido, y no tan disparatado.

De todos modos, el positivismo, tal como viene expuesto por usted en la Circular, con superior elocuencia de lenguaje que la de Augusto Comte, y con más poesía y entusiasmo que los de Emilio Littré, debe examinarse y refutarse hasta donde en cartas brevísimas sea posible.

II.

No comprendo que ningún optimista sea ateo, y menos comprendo aún que lo sea usted, que es el más optimista de cuantos optimistas he conocido.

Aunque yo no aplauda, me explico al pesimista tétrico que no acierta á conciliar la bondad y el poder infinitos de Dios con el mal moral y físico que hay en el mundo, y niega á Dios, prefiriendo la negación á la blasfemia; pero, si el mal es transitorio y ha de venir al cabo á resolverse en bien, resulta la plena justificación de Dios y el cumplido acuerdo de su bondad y de su poder infinitos con la perfección y excelencia de su obra, la cual aparece sin mancha, en la plenitud del tiempo, así en cada singular criatura, como en el conjunto ó totalidad de la creación entera.

A mi ver, usted hace el más elocuente discurso que puede hacerse contra los ateístas al sostener (no diré al probar) que todo está divinamente; que cuanto existe va caminando á un fin dichoso, y que esta escena del Universo y este drama de la Historia terminarán en el más alegre desenlace, en una fiesta espléndida y en un perenne regocijo.

¿Por qué hemos de excluir de esta fiesta á Dios, que es, á lo que entiendo, quien nos la prepara? Paso porque excluyamos de la fiesta al diablo, contra cuya voluntad y propósito se celebra; pero á Dios... me parece una ingratitud y una grosería.

Y, sin embargo, hasta sobre lo de excluir al diablo hay no poco que decir. Discurramos, no metiéndonos en muchas honduras, sino como pudiera discurrir un racionalista de medianos alcances.

Tal vez, diremos entonces, allá en el horror de la caída del Imperio romano y de la civilización antigua, y durante la ulterior tenebrosa barbarie que duró hasta el Renacimiento, hubo de corroborarse el dogma de las penas eternas; pero este dogma repugna á los hombres de nuestro siglo por oponerse, á lo que ellos imaginan, á la bondad del Altísimo, á quien convierte en tirano, enemigo de indultos y amnistías. ¿Quién sabe si, por esto, los más ilustres Padres de la Iglesia griega, y muy especialmente San Clemente de Alejandría, Orígenes y ambos Gregorios, de Nacianzo y de Nyssa, dejándose arrebatar por las sublimes esperanzas que había infundido en sus espíritus el cristianismo, concibieron la fin del mundo según el gusto de ahora, creyendo que todo se resolvería en bien y que hasta el diablo habría de reconciliarse con Dios y ser perdonado? ¿Cómo excluirle de la magnificencia y pompa de la fiesta final y del júbilo perdurable? ¿Cómo no hacer que tenga término el dualismo, que la redención se complete, y que haya bienaventuranza para todos, ora la obtengan unos más tarde y otros más temprano?

Sea de ello lo que sea, no cabe duda en que, así en la teología de toda religión revelada, como en la teología natural, fundada sólo en humano y racional discurso, es gran prueba de la existencia de Dios y hábil refutación de los más válidos argumentos de los que la niegan el afirmar la bondad infinita de la Providencia soberana y omnipotente.

Para llegar al error, lo mismo que para llegar á la verdad, hay cierto encadenamiento dialéctico. Cuando siguiéndolo, se llega por él á la verdad, la verdad brilla más clara. Cuando se va por él hasta el error, el sofisma se disimula, y el error tiene visos y vislumbres de razón y de ciencia. Y, por el contrario, el error anti-dialéctico, parece aún más disparatado, si cabe.

Aplicado esto al ateísmo, se ve que el pesimista tiene fundamento racional en su extravío. Si todo está mal, si el hombre está condenado al infortunio, y si el Universo es un infierno y guerra perpétua la vida, preferible es negar á Dios á abominar de él. Pero si está bien todo, si nada puede estar mejor de lo que está, el ateísmo no se concibe.

Para mí es de toda evidencia que, así en el fondo de mi alma, como en el fondo del alma de todo prójimo mío, dado que como usted, crea en la felicidad, y dado que espere salvación, redención, buen éxito en cualquiera cosa, está el convencimiento profundo de que ni él, ni ningún semejante suyo, ni toda la suma de sus semejantes, basta á salvarle, á redimirle, á hacer su ventura, y á ordenar las cosas todas según un plan indefectible y diestramente trazado á fin de que vengan á parar en general bienaventuranza y en colmo de bienes. Tiene, pues, que suponer un sér inteligente y mil y mil veces más poderoso que él y que todos los hombres habidos y por haber en lo futuro, á quien deba tantos beneficios.

De esta consideración, harto fácil de hacer, nace que yo juzgue muy desatinado el ateísmo optimista y que no me inspire temor; que resulte chistoso, por implicar de parte del ateo el más extremado alarde de pueril vanidad, y que provoque á risa.

De la que á mí me cause espero yo que usted no se enoje. No recae en la persona, sino en la doctrina, que tantos y tantos filósofos y pensadores comparten hoy con usted, porque está de moda el ateísmo.

Entienden estos sujetos, que se jactan de ilustrados y progresistas, que Dios entra en el número de los obstáculos tradicionales, supersticiones y abusos, que todo buen liberal debe suprimir; que Dios es contrario á la ciencia, que Dios es contrario al progreso, y que, pasada ya la edad de la fe, y viviendo, como vivimos, en la edad de la razón, es menester quitar á Dios del medio, como quien quita un estorbo. Así pensaba en Europa Augusto Comte, así piensa la gran mayoría de sus discípulos, y así piensan y predican, usted en Chile, en Méjico D. Jesús Ceballos Dosamantes, á quien he escrito ya varias cartas, y en los Estados Unidos el coronel Roberto Ingersoll, de quien, por ser americano como usted y en Europa poco conocido, he de hablar con extensión en estas nuevas cartas que la Circular de usted me inspira.

Para evitar logomaquias conviene distinguir bien á Dios en sí del concepto ó idea que de Dios nos formamos, por más que sólo le conocemos por este concepto ó idea, á la cual, univocándola con Dios, llamamos Dios.

Debemos decir con el místico alemán Novalis: «Lo que se dice de Dios no me satisface, la sobredivinidad es mi luz y mi vida.» Esto es, que el verdadero Dios está muy por cima del concepto que yo de Dios me formo. Y si Dios está hoy muy por cima del concepto que de él me formo, ¿cuánto más no lo estaría del concepto que de él se formaban hasta los hombres de mayor santidad y de mayor entendimiento hace diez, veinte ó treinta siglos, en el seno de una sociedad bárbara y ruda, mucho menos moral, más ignorante y más cruel mil veces que la de ahora?

Cierto ingenioso amigo mío, glosando á su modo la célebre frase de que Dios está in fieri, en el llegar á ser, lo cual es indudable si se aplica á nuestro humano, racional y limitado concepto de Dios, siempre deficiente aunque va siempre creciendo, decía que Dios hoy le llevaba mucha ventaja, pero que dentro de cierto número de años, sería él y valdría él mucho más que Dios ahora. Ocurriría, no obstante, que Dios en este tiempo habría ganado tanto que se le adelantaría mil veces más que ahora se le adelanta, y así hasta lo infinito, por manera que jamás su mente, ni ninguna otra mente humana, lograría alcanzar y comprender á Dios.

Despojado esto de su aparato paradoxal, que le da trazas de blasfemia, es afirmación juiciosa y hasta de mucha sustancia. Para el hombre que vive en la sucesión de los tiempos, y que vive breve y trabajosa vida, en el seno de las cosas finitas y caducas, no hay más forma de concebir á Dios que prestándole cuantas cualidades hay en el hombre, elevadas por la imaginación á infinita potencia. Si prescindimos, pues, del fetichismo más irracional y grosero ó de un simbolismo anti-estético que tal vez representa y adora las fuerzas naturales por medio de monstruos, no hay religión ni teodicea ó filosofía de lo divino que no sea antropomórfica. Sin duda por un esfuerzo de ingenio logramos abstraer de este concepto de Dios la sustancia material y reducirle á puro espíritu; pero este espíritu será siempre como el nuestro, magnificado y sublimado, en cuanto vemos en él de mejor ó mejor nos parece.

De lo dicho se deduce que cuando la humanidad, en un período de civilización, ó el individuo, en un momento de su vida en que se ha ilustrado y pulido algo más de lo que estaba, llega ó se figura que llega á ponerse por cima del concepto que de Dios tenía, le deseche por falso ó por incompleto. Entonces el que llega á tal situación de espíritu hace una de estas tres cosas: ó forma de Dios otro concepto más alto, ó venerando y respetando el concepto de Dios, que tuvo y que ha desechado, prescinde ya de Dios en sí, porque le niega ó le supone incognoscible, ó bien, no sólo niega á Dios, sino que se vuelve furioso contra todo concepto que de él ha formado hasta su tiempo la mente humana, en su marcha progresiva, á través de varias evoluciones.

Esto último es lo más absurdo. Podemos llamarlo antiteísmo ó enemistad á Dios. D. Jesús Ceballos Dosamantes y el coronel Roberto Ingarsoll son de estos enemigos en el Nuevo Mundo. En este viejo mundo hay tantos, que llenaría yo pliegos enteros con sólo citar nombres de los más famosos.

Por dicha, usted no pertenece á esta clase, sino á la clase de los que siguen el segundo camino. En esta clase hay mil grados y matices, pero, en fin, casi todos los que á ella pertenecen tienen el buen tino y mejor gusto de reverenciar las antiguas creencias religiosas, aun desechándolas ya. En ellas ven, en cada momento histórico, en cada evolución, la más fecunda causa de progreso y de mejora. El supremo sér que imaginó el creyente fué, según ellos, el más alto ideal del hombre mismo objetivado, ó digase exteriorizado, para servirle de guía y de modelo.

Augusto Comte, Littré y usted son así; pero usted de modo más terminante y claro supera y vence á sus maestros en esta veneración de Dios en la historia. Para usted no hay hombre que valga lo que San Pablo después de Cristo y después de Augusto Comte. San Pablo para usted hubiera sido el Apóstol de las gentes en el positivismo si hubiera nacido ahora, y el más ferviente deseo que usted muestra es el de que le salga ó le salte á Augusto Comte su respectivo San Pablo.

El respeto de usted hacia lo pasado, la equidad de usted, el imparcial criterio con que usted practica la máxima de distingue los tiempos y concordarás los derechos, son tales que, después de San Pablo, no hay hombre á quien usted ensalce más (y yo le aplaudo y me adhiero á las alabanzas) que á nuestro admirable San Ignacio de Loyola.

En todo esto, usted es fiel á Augusto Comte y á Emilio Littré; pero usted es más claro, más franco y más explícito. Caro, cuando nos pinta el estado del alma de Littré, después de haber negado, añade; «La filosofía positiva vino á calmar todas las fluctuaciones de su espíritu, fijando su nuevo punto de vista, que es tratar las teologías como un producto histórico de la evolución humana, y convencernos de lo relativo de nuestro entendimiento, y no afirmar ni negar nada en presencia de un inmenso incognoscible.» En nombre de la evolución histórica, se reserva Littré el derecho de no ser «el menospreciador absoluto del cristianismo y de reconocer sus grandezas y sus beneficios.» Littré va más allá: Littré confiesa que «no siente ninguna repugnancia á prestar oído á las cosas antiguas que le hablan en secreto y le echan en cara el que las abandone».

En esta situación de ánimo está usted lo mismo que Littré. Ambos piensan ustedes que hay incompatibilidad entre toda teología y el moderno concepto del mundo; pero ambos ven que las religiones entran en el tejido íntimo de la historia del desenvolvimiento humano, y así, al alabar este desenvolvimiento y la civilización á que nos ha traído, alaban las religiones que han creado é informado dicha civilización.

Y sin embargo, ambos niegan ustedes toda religión, si bien la niegan, no porque quieren, sino porque suponen que no pueden menos de negarla. Parodiando á Pío IX, dicen ustedes: Non possumus.

Tenemos, pues, á ustedes ateos, imaginando que lo son á pesar suyo, porque en el concepto del Dios de los creyentes no cabe el concepto que, según la ciencia, tienen ustedes ó presumen tener de las cosas todas.

El conflicto entre la razón y la fe, entre la religión y la ciencia, se diría que es la causa de todo. No parece sino que es ahora nuevo y recién nacido este conflicto, cuando en realidad, y entendido, no del modo burdo que le entienden Draper, Büchner y otros materialistas, sino por estilo sublime, es conflicto que existe desde que hubo hombre que se puso á filosofar. Elevado este conflicto á su mayor altura, es raíz de lo que llaman los místicos contemplación negativa, por la cual negamos á Dios todo lo que por afirmación le atribuímos: destruímos el concepto de Dios que por afirmación nos hemos formado. Y así, copiando aquí las palabras del iluminado y extático padre fray Miguel de la Fuente, diré «que Dios no es sustancia, porque es más que sustancia; ni es sér, porque excede infinitamente á todo sér, ni es bondad, porque es mucho más que toda bondad; y que Dios, en su sér esencial, no es grande, ni hermoso, ni sabio, ni poderoso, como nosotros le conocemos y le entendemos, porque es de otra muy diferente manera, la cual no la pueden comprender ni alcanzar todos los entendimientos juntos de hombres y de ángeles.»—«De aquí que cuanto lo supremo de nuestra alma puede entender y pensar de Dios, no es Dios.» Muchos santos llaman á este altísimo conocimiento de Dios ignorancia pura, tinieblas de luz inaccesible y falta absoluta de proporción entre nuestra mente y el sér de Dios, por lo cual, quien aspire á conocerle ha de cerrar los ojos.

Augusto Comte, Littré y usted los cierran sin duda, pero de muy distinta manera, y así se quedan sin el concepto de Dios por afirmación y sin el más puro conocimiento de Dios que nace de la contemplación negativa.

Y como conservan ustedes la aspiración y el sentimiento religiosos, ya sin objeto adecuado y condigno, inventan y procuran difundir la nueva religión atea de la humanidad y de su progreso.

III.

La moral que predica usted en su Circular religiosa es, á mi ver, la más pura moral cristiana, así en lo que es de precepto, cuya omisión ó infracción es pecado, como en lo sublime, que puede llamarse de exhortación y consejo, á donde no pueden llegar todos y que se pone como término de la aspiración virtuosa. Usted convida á sus prójimos al desinterés, á la devoción, al sacrificio. No hay virtud cristiana cardinal que usted no recomiende é inculque. La prudencia, la justicia, la paciencia, la generosidad, la longanimidad para perdonar las injurias, la fidelidad en amistades y en amores, y hasta la castidad y la continencia virgíneas. ¿Qué he de decir yo á esto sino que está muy bien? ¡Ojalá que fuésemos todos tan buenos como usted quiere, que ya andarían las cosas mejor y la tierra sería un trasunto ó antesala del Paraíso!

La diferencia, con todo, entre la moral cristiana y la moral de usted y de los positivistas, no está en los preceptos y consejos, sino en la base en que éstos se fundan. La moral cristiana tiene base sólida y bastante para sostener todo el edificio. La moral de usted está en el aire, ó al menos fundada sobre terreno movedizo, inseguro é insuficiente. Usted, como Littré, funda la moral en razones empíricas y mezquinas. Esto en cuanto al principio. En cuanto al fin, yo hallo que ustedes los positivistas degradan y malean la moral sometiéndola á lo útil, aunque sea lo útil colectivo, y buscándole un fin práctico fuera de ella misma.

Para mí, cuando están bien entendidos los términos, no hay discusión que valga contra la sentencia que dice: «El arte por el arte.» Y lo que digo en estética lo digo con más razón en moral. Yo no subordino lo bello á lo bueno, ¿cómo he de subordinar lo bueno á lo útil? Si lo subordinase, el fin justificaría los medios. La moralidad de cada acción se mediría por el provecho que sacásemos ó que supiésemos que de ella íbamos á sacar para muchas personas, ó para todas las que componen la nación ó para todas las que componen el linaje humano. Esto sería muy peligroso y nos llevaría, con pretexto ó motivo de hacer el bien, á incurrir en mil faltas y delitos, convirtiéndonos, con desmedida soberbia, en delegados y ejecutores de la Providencia ó del Destino.

La Providencia, y para los que en ella no creen, el Destino inflexible, es quien convierte el mal en bien, y no nosotros. Identificando lo bueno y lo útil vendríamos á justificar mil actos horribles que no sería difícil probar que tuvieron dichosísimos resultados. Tal tirano hizo que triunfase en su país la unidad nacional, ejecutando infinitas barbaridades: tales bandidos fundaron la libertad y la independencia de su pueblo, y aun extremando el argumento, bien se podría sostener que Caifás y Poncio Pilatos son dignos de gratitud y de encomio, ya que concurrieron como el que más, á la Redención, haciendo que crucificasen á Cristo. Filósofos modernos y exegetas hay, como Bruno Bauer y otros, que han hecho, siguiendo este modo de argumentar, la más brillante apología de Judas Iscariote.

En cambio, cuando la moral pone en ella misma su fin, y no convierte en instrumento providencial consciente á cada individuo, la máxima del fin justifica los medios queda condenada y aparece en su lugar la hermosa máxima que dice: fiat justitia et ruat cœlum.

No vale la distinción entre el egoísmo y el altruísmo. No es para nosotros la utilidad más ó menos general la medida de la moralidad de las acciones. El hombre bueno ó justo hace lo que debe, suceda lo que suceda, aunque el universo se hunda.

Para el que tiene fe todo es sencillo y no hay conflicto posible. Cualquier acto suyo es el cumplimiento de un mandato del cielo. Acaso no prevé su utilidad; pero en un sentido elevado, en el plan divino del conjunto de las cosas y de los sucesos, su acto será útil, si bien él le hace, no porque va á ser útil, sino porque hay una ley que se le prescribe.

Cuando en ocasiones, ó ya en la vida real, ó ya en dramas y novelas, vemos alguna virtud muy calamitosa, y sentimos cierto deseo de que el héroe ó la heroína de la historia afloje un poquito en virtud que tantos infortunios acarrea, es porque estamos relajados, es porque no damos grande importancia al precepto moral, con cuya infracción se evitarían por lo pronto las calamidades.

No hace mucho tiempo asistí yo á la representación de un drama francés, cuya heroína es una comedianta.

No es La Tosca; es otro nombre italiano de otra prima donna, del cual, por más que hago, no logro ahora acordarme. Pero el nombre importa poco. Lo que importa es el caso, y el caso es que la comedianta es tan severa y tan púdica que de resultas unos se suicidan, otros se matan en desafío, otros son perseguidos por no sé qué tirano, y otros se mueren de hambre y de miseria. Si la comedianta, en vez de ser tan cogotuda, hubiese sido, como hablando de la feroz Lucrecia dice Lope en cierto famoso soneto,

.....más blanda y menos necia,

se hubieran ahorrado todos aquellos trabajos y desazones.

Pero claro está que esta idea de mirar la virtud como perjuicio y estorbo, ocurre porque la virtud es falsa, porque en el drama ó en el caso real se nota sensiblería de mal gusto que excita á tan grotesca broma.

Cuentan que el infante D. Alfonso de Portugal disgustadísimo con que Amadís, por ser tan fiel á Oriana, tuviese tan desesperada á la princesa Briolanja, enamorada de él, hizo que el autor portugués de un nuevo Amadís, ablandase el corazón de este héroe y le moviese á ser caritativamente infiel, por donde se salvó la vida de aquella augusta y hermosa señora, y aun se dió vida á dos principillos gemelos, con ligero menoscabo de la gentil Oriana. Pero luego Garci-Ordóñez de Montalvo volvió á poner la verdad en su punto, y convirtió á Amadís á su inmaculada fidelidad primitiva, sin la cual no hubiera acabado jamás la aventura de la Insula Firme, pasando por debajo del arco de los leales amadores, porque la estatua encantada le hubiera derribado con el espantoso son de su trompeta, en vez de celebrar su honestidad y su triunfo con una clarinada melodiosa y apacible.

Más patente se ve aún el peligro de subordinar lo bueno á lo útil, ó de identificar ambas calidades, en el cuento de Voltaire, titulado «Cosi-Santa», linda dama de Hipona, cuya fidelidad conyugal dió ocasión á crímenes y desventuras, y que luego, con ser tres veces infiel y con tres distintos galanes, salvó la vida de su marido, de su hermano y de su hijo. Por donde supone Voltaire que Cosi-Santa murió en olor de santidad y hasta que la canonizaron y pusieron en su sepulcro:

Chico mal y mucho bien.

Y tal vez el infante D. Alfonso de Portugal y Voltaire y otros muchos sujetos así, de manga ancha, tendrían razón, si lo útil y lo bueno se confundiesen: si no hubiese, por cima y con plena independencia de toda utilidad, el deber, el decoro y la honra; si no resonase con imperio en el fondo de nuestra alma aquel mandato que tan bien expresa Juvenal, aun siendo gentil, estigmatizando al que consiente en

.....vítam preferre pudori Et propter vitam vivendi perdere causas.

Lo singular es que Littré, en el escrito titulado Origen de la idea de justicia, conviene en la distinción entre lo bueno y justo y lo útil. Dice que los que confunden lo útil con lo justo «causan detrimento al rigor de las nociones y á la claridad de las cosas.» Y confiesa también Littré que la inmoralidad inspira aversión; que es espontáneamente odiada y despreciada, aunque no cause ningún perjuicio. Después añade: «Cuando obedecemos á la justicia, obedecemos á convicciones muy semejantes á las que nos impone la vista de la verdad. De ambos lados es mandato el asentimiento: ya el mandato se llame demostración, ya se llame deber.»

Tenemos, pues, que el deber no nace empíricamente y por experiencia, sino que se impone con imperio y graba sus irrevocables preceptos en la conciencia por buril penetrante y con indeleble escritura.

Imposible parece que, después de esta afirmación de lo absoluto, de lo imperativo y de lo independiente y superior á lo útil que es lo justo, venga Littré á fundar la idea de la justicia y de toda moral en la concordancia ó equilibrio de dos impulsos, del egoísmo y del altruísmo. Y más insuficiente, ruín y frágil aparece aún el fundamento de Littré cuando añade que dicho egoísmo y dicho altruísmo proceden de dos necesidades del hombre: la de alimentarse y la de propagar la especie.

Aunque me tilden de criticón y descontentadizo, ¿cómo no he de reirme y burlarme de estos descubrimientos de la ciencia novísima, ciencia de experiencia, de observación, que no da brincos, que va con pies de plomo y con el método más severo, y que después de mucho afanar, se descuelga con semejantes antiguallas, olvidadas ya de puro sabidas?

¿Quién ha de negar que dos cosas mueven al hombre, según afirma Aristóteles, chistosamente citado por el famoso Juan Ruiz, arcipreste de Hita; mantenencia y ayuntamiento con fembra? Es verdad que el deseo de mantenerse y el de propagarse son los dos móviles primeros de todo sér con vida; de

Omes, aves, animalias, toda bestia de cueva.

como sigue explicando el bueno de arcipreste; pero es desatino poner en el hambre y en la lujuria el origen de ideas, de sentimientos y de pasiones de superior elevación.

Sin duda que el arcipreste no escasea merecidas alabanzas al amor, encareciendo sus benéficos milagros: al hombre rudo le vuelve sotil, al cobarde valiente, al perezoso listo, y al mudo fablador lozano; pero si dejamos á un lado agudezas y discreciones ingeniosas, y consideramos el asunto con juicio recto, jamás sacaremos del afán de mantenencia y de ayuntamiento nada que nos distinga mucho de las animalias y de las bestias de cueva. Nuestro altruísmo se quedará en raíz, en su embrión inicial y bestial, y no logrará elevarse sobre la tierra, transfigurado gloriosamente en amor de la patria, en amor de la humanidad toda, y hasta en amor de Dios, pues aunque para los positivistas no haya Dios, los positivistas no pueden negar que el amor de lo sobrenatural y divino se da en el alma humana, aunque carezca de objeto.

El gorrión y el mico tienen más altruísmo inicial ó radical que nosotros y, sin embargo, no salen místicos, ni patriotas, ni mártires, entre los micos y entre los gorriones; y en punto á progreso y mejoras siguen estacionarios.

Aun cuando concediésemos que el altruísmo no es más que el instinto sexual trasformado en devoción, todavía no explica esto la idea de la justicia. Al decir Littré que la justicia es el equilibrio entre el altruísmo y el egoísmo, pone sin caer en cuenta algo que no es altruísmo ni egoísmo: la causa de ese equilibrio, la virtud que tiene en su fiel la balanza, la justicia misma, que es la moderadora de ambas tendencias, en vez de nacer de ellas.

Otro no menos sofístico origen empírico de la justicia imagina Littré: la idea de indemnización. Causamos un daño y es menester subsanarle, á fin de que el perjudicado no cause otro mayor mal.

Para evitar que nadie se indemnice ó se vengue por su mano, se funda la autoridad pública. Y el castigo, además de ser como venganza, es como freno, es como escarmiento saludable.

Littré queda satisfecho con su explicación; pero yo creo que nada ha explicado. Aun retrocediendo con la imaginación á siglos remotos y sociedades bárbaras, todavía no es la justicia ni venganza, ni indemnización, ni medio de conservar el orden por temor del castigo, sino la virtud que regula y ejerce la indemnización, el castigo y aun la venganza, á fin de que indemnización, venganza y castigo sean justos.

Vuelvo, después de lo dicho, á mi primera afirmación: la moral de usted es muy buena, pero carece de base.

La moral no puede fundarse empíricamente; tiene que fundarse en una metafísica ó en una teología, y sus maestros de usted, Comte y Littré, arrojan del reino del espíritu á la teología y á la metafísica.

La teología fué primero. Por ella se empezó á educar la humanidad, pasando sucesivamente por el fetichismo, el politeísmo y el monoteísmo.

De la teología, que se fundaba en autoridad, se pasó á la metafísica, que quiso fundar en raciocinio el conocimiento de lo trascendental y absoluto. Pero según los maestros de usted, pasó la metafísica como la teología había pasado.

Para ellos, en la historia de la civilización hay tres grandes períodos: el teológico, el metafísico y el positivo. Ahora estamos ya en el tercer período. El rasgo esencial que le caracteriza es el extrañamiento de la metafísica: su exclusión de la enciclopedia, de toda la ciencia, del cuadro de los conocimientos humanos. Este cuadro se compone de matemáticas, astronomía, física, química, biología y ciencia social.

Littré se desata en alabanzas de tan rara y fecunda invención de su maestro, y la encuentra llena de armonía.

No ve ó no quiere ver una gravísima discordancia que lo invalida todo. El método de la ciencia primera, de las matemáticas, es distinto del método de las otras ciencias y hace de las matemáticas como órgano ó instrumento que habilita á la mente humana para adquirir la verdad.

Las matemáticas parten de principios inconcusos y proceden por deducción. Las otras ciencias parten de la observación de los hechos y se elevan á las leyes generales. Resulta de aquí que para que la observación y la experiencia sean fecundas y no erróneas, tenemos en las matemáticas guía infalible, pero sólo en lo que se refiere á la cantidad, al más y al menos. Y como por desgracia no hay matemáticas de la calidad (sobre todo para los que niegan la metafísica), la experiencia y la observación dan mezquinísimos ó erróneos resultados en cuanto á la cantidad no se refiere.

Esta carencia de guía en lo que no es meramente cantidad se nota cada vez más mientras más complicada va siendo la ciencia. En la astronomía apenas se nota, porque apenas se emplea la astronomía sino en medir y en pesar ó en evaluar masas, tamaños, fuerzas y movimientos. En física y en química, ya la carencia de matemáticas de calidad se advierte bastante más. En biología la dificultad crece, y por último en la ciencia social (moral y política) llega la dificultad á su colmo.

Y sin embargo, á mi ver, el recto juicio, la elevación de miras y la serena imparcialidad en la contemplación y estudio de los sucesos humanos, se sobreponen en Comte, en Littré y en usted, á esa ciega negación de la metafísica y hacen que, sin querer, empleen ustedes á veces la mejor metafísica á par que la niegan, y que digan y sostengan cosas que á mí me parecen razonables y justísimas, por más que no vea yo, ni nadie, cómo las infieren sólo de la observación, de la experiencia y de las matemáticas. Que hay un orden y un plan en la historia cuya ley es el progreso; que Europa está predestinada y cumple esta ley desde hace cerca de tres mil años; que las naciones que en la antigüedad hicieron más por este progreso fueron Grecia y Roma; que en los tiempos modernos ni los adelantos en las ciencias, ni la perfección de las bellas artes, ni el brillo de la literatura, ni el desarrollo de la industria se explicarían, como dice Littré, si se suprimiese uno solo de los grandes órganos del espíritu de la humanidad: Italia, España, Francia, Inglaterra y Alemania. Todo esto me parece muy atinado. Yo voy casi hasta á dar la razón á Littré cuando afirma que los tres tiranos más retrógrados, los que más se han opuesto á la ley del progreso, han sido Juliano el Apóstata, Felipe II y Napoleón I.

Lo que me aflige y lo que me llevaría á perdonar á Juliano el Apóstata, á Felipe II y á Napoleón I el haber sido tan retrógrados, es la idea de usted de que el término de tanto progreso será convertir á la Santísima Trinidad en Humanidad, Tierra y Espacio, tres personas, una de las cuales, la Humanidad, es además la Virgen Madre á quien, según usted asegura, hubiera adorado Fray Luis de Granada si hubiera vivido en nuestros días.

Siento extenderme demasiado, pero yo deseo rebatir ciertas ideas de usted y de sus dos maestros, y demostrar que con Santísima Trinidad por el estilo y Virgen Madre tan rara, no son posibles moral, política y ciencia social con lógicos y sólidos fundamentos.

IV.

Cuando alguien censura la prolijidad y el reposo con que voy estudiando el folleto de usted, digo yo para disculparme que en él se tocan todas las cuestiones y que su propósito es la renovación del mundo, convertido en Edén luminoso, la paz perpétua, el crecimiento harmónico de la sociocracia universal y otras mil estupendas é inauditas felicidades. El asunto merece, pues, que le consideremos con atención.

Todo ello y más ha de lograrse con una buena moral; la de usted es excelente, y yo no niego que la moral es medio adecuado y eficaz para llegar á donde nos proponemos.

En lo que no estoy conforme es en que la buena moral pueda existir sin un fundamento metafísico ó religioso.

No veo la necesidad, ni siquiera la conveniencia de esa impiedad de que usted hace alarde y que cuenta hoy con ilustres divulgadores y apóstoles en todo el Nuevo Mundo.

No demuestra esto que las creencias se vayan perdiendo ahí, sino la actividad intelectual y la libertad completa de conciencia y de palabra, la cual da razón de sí, tanto en el aumento y prosperidad de la Iglesia católica, que levanta en Nueva York y en otras grandes ciudades catedrales espléndidas, como en el nacimiento de sectas cristianas disidentes; como en la propagación de las más extrañas religiones, por ejemplo la de Budha, que ya tiene en Boston sectarios y templo; como en la predicación del ateísmo en todos sus grados.

El más singular, ingenioso y elocuente predicador del ateísmo en toda América es, en mi sentir, el coronel Roberto Ingersoll. Hombre de no escaso saber, de variadísima lectura, atento y enterado de cuanto se piensa en Europa, se puede afirmar que es un positivista como usted. Véase lo que dice de Augusto Comte.

«En el cerebro de este hombre grande despuntó la aurora del día dichoso en que la humanidad será la única religión, el bien el único Dios, la felicidad general el único propósito, la indemnización la única pena, el error el único pecado, y el afecto, guiado por la inteligencia, el único Salvador del mundo. Esta aurora enriqueció la pobreza de Augusto Comte, iluminó las tinieblas de su vida, pobló su soledad con millones de seres que han de nacer para la progresiva ventura, y llenó sus ojos de tiernas lágrimas de satisfacción y de orgullo. La gloria de Napoleón se disipará: sólo se recordarán sus crímenes: y Augusto Comte será fervorosamente acatado y amado como bienhechor de la especie humana.»

A fin de llegar á esta meta en la carrera de nuestro progreso, á fin de entrar en el Edén y gozar de todos los sazonados frutos del árbol de la ciencia, importa arrojar á empellones al querubín de la superstición que defiende la puerta, y arrancar de su diestra la espada de fuego.

Por esto Ingersoll es más enemigo que usted de la religión, y de Dios sobre todo.

Para él, uno de los más benéficos sabios que hay ahora en la docta Alemania, es Ernesto Hæckel, «no sólo porque ha demostrado las teorías de Darwin, sino también la monística concepción del mundo. Hæckel ha demostrado que no hubo, ni hay, ni pudo haber Creador de cosa alguna. Ingersoll celebra mucho también á Herberto Spencer, pero se le deja atrás. Conviene con él en que toda ciencia nace de la observación de los sentidos: pero no se limita al agnosticismo de lo demás. Al poner lo desconocido, lo tal vez para siempre incognoscible, se afirma en cierto modo que existe ó que puede existir. Dios es, por lo menos, una conjetura. Y si para la ciencia de nada sirve, Dios queda para que el alma humana llegue á él por la fe y por el amor, y de él se valga para fundar sociedad, leyes y preceptos morales.

Nótese cómo del agnosticismo pudiéramos llegar á un sistema irracional profundamente religioso. Al cabo Bonald, de Maistre y Donoso Cortés, no llegaron de otra suerte á su empecatada y tiránica teocracia.

De aquí que Ingersoll no se contente con ser agnóstico. No dice que no sabe de Dios, sino rotundamente niega que exista. Así lo va predicando por escrito y con la palabra hablada.

Es Ingersoll alto y fuerte, hermoso de rostro, blanco y rubio, casi sin barba, simpático y elocuentísimo. Da conferencias en teatros y en grandes salones, ya á duro ya á dos duros la entrada, y la multitud acude á oirle y le aplaude con entusiasmo. Sus discursos tienen todos los tonos. Ya son tan floridos, líricos y abundantes como los de Castelar, á pesar de la concisión de la lengua inglesa, ya patéticos y tiernos, ya trágicos y terribles, ya chistosos y amenos hasta rayar en la chocarrería. Su casa está en Washington donde vive elegantísimamente, entre pinturas y lindos objetos de arte, pero de vez en cuando sale á predicar, y ya predica en Filadelfia, ya en Nueva Orleans, ya en San Francisco, ya en Chicago.

Sus conferencias corren impresas en lujosas ediciones, de que se venden miles y miles de ejemplares.

Para el vulgo pobre se ha hecho en Chicago un Catecismo ó Vademecum, titulado Ingersolia, joyas del pensamiento, donde está reunido lo más sustancial y capital de este apóstol.

Coincide Ingersoll con usted en el profundo, y á mi ver, sincero amor á la humanidad; pero se extrema más aún que usted en creer lo contrario de lo que piensan los deístas y los católicos: en que ese amor á la humanidad se funda en el amor de Dios. Para Ingersoll el amor de Dios se opone al de la humanidad, y por eso le odia. Uno de sus argumentos es decir que, si Dios se le llevase al cielo y él supiese allí que su mujer, ó algún hijo suyo, ó algún amigo, mientras que Dios le daba á él bienaventuranza, estaba atormentado en el infierno por toda una eternidad y con atroces castigos, sería él un villano y un miserable si no dijese á Dios: ó tráigame aquí también á los míos, y no me los maltrate tan ferozmente, ó envíeme con ellos, que yo no quiero esta infame gloria que me concede.

Harto se nota que tales argumentos podrán ir contra determinados dogmas de ésta ó de aquella religión positiva, por los cuales dogmas volverán los teólogos de la dicha religión; pero en nada quebrantan la firmeza del alto concepto metafísico y racional que de Dios nos formamos.

Por lo demás, en la moral y en los arreglos, usted é Ingersoll coinciden, salvo que en la Circular no entra usted en tantos pormenores como el yankee.

Su moral parte de la sentencia famosa mens sana in corpore sano.

De aquí que Ingersoll dé muchas reglas para la higiene y buena alimentación. Good cooking is the basis of civilization. La buena cocina, dice, es la base de la civilización. Así es que el Coronel recomienda á todas las mujeres que aprendan á guisar y á todos los maridos que den qué guisar en abundancia á sus mujeres. Sin esto no hay rica sangre en las venas, ni pensamientos sublimes, ni valor, ni paciencia, ni nobles impulsos. Todo proviene de buenos y suculentos beefsteaks. Así es que Ingersoll quiere que un beefsteak se haga muy bien: explica el modo de hacerle; y propone que se promulgue una ley castigando como un crimen, con bastantes días de cárcel en negro calabozo, al que ó á la que condimente un beefsteak malo, sobre todo echando á perder un buen solomillo. En suma, el arte culinario es para Ingersoll una de las bellas artes. Es como la música y la poesía, y además da sér á la poesía y á la música.

Pero elevándose luego Ingersoll, no es menos sublime que usted en sus moralidades.

La mujer no se puede quejar de los positivistas; todos la adoran, todos la ponen por las nubes. Ninguno quiere, es cierto, que sea electora, ni guerrera, ni diputada, ni ministra; pero es porque todos le dan más alta misión y más hermoso empleo. La mujer será la diosa, la santa, la musa, lo ideal, lo celeste. Cuando estemos en pleno positivismo, la mujer, como dice usted, desplegará mayor virtud, alcanzará felicidad y gloria sin iguales. «Fuente inagotable de los más puros afectos, ella será el símbolo de la abnegación y de la ternura. En la más augusta de las funciones, la de madre, creará fervientes servidores de la humanidad; en su carácter de esposa, endulzará la existencia del hombre y le alentará al cumplimiento de sus deberes; como hija, fortalecerá en el padre el más altruísta de los sentimientos, la bondad. Para todas las condiciones sociales será la mujer divina Providencia. Su santa imagen resplandecerá en los altares, domésticos y públicos.»

Antes de que llegue el triunfo del positivismo, la mujer hará más que el hombre para este triunfo. Usted así lo espera, y sobre todo de la mujer española ó de casta española, ya que es de la casta ó patria de la sublime Santa Teresa. Unas, las escritoras, guiarán á los hombres con sus escritos. Otras, presidiendo el salón social, ejercerán influjo intenso y saludable. «Coronadas de modestia, dulzura y pureza, reinarán sobre los hombres, encaminándolos con persuasivas insinuaciones al positivismo. Talentos perdidos, voluntades inertes, recibirán de ellas luz y vida. A cuantos las conozcan alcanzará su radiante inspiración. Y muchos seres decaidos, que veían ya cerrada la senda de una digna existencia, emprenderán, regenerados del todo y sin mirar hacia atrás, una fructuosa carrera de servidores del linaje humano. Esas santas mujeres serán, ciertamente, madres espirituales de innumerables hombres, hechos de nuevo con su bendito influjo. Completamente desinteresadas en su celo religioso, gozarán de altruísta satisfacción al ver cómo aumentan los buenos obreros, crece la buena doctrina y la sociedad se reconstituye sobre bases inconmovibles.»

Ingersoll no es menos entusiasta que usted de las mujeres. «Los hombres, dice, son encinas, las mujeres vides y los niños flores; y, si hay cielo, la familia es el cielo. El cielo está donde la mujer ama á su marido y el marido ama á su mujer y los redonditos brazos (dimpled, con hoyuelos) de los niños enlazan el cuello de ambos.»

En el hogar está el templo, la bienaventuranza, la gloria del hombre, y de este templo es la mujer divinidad y sacerdotisa á la vez. Sin este templo, el mundo sería un horror, y los seres humanos bestias feroces. Así da Ingersoll á la mujer no menos redentora, beatificante é inspiradora misión que la que usted le atribuye. Para ello entra en pormenores y hasta prescribe que la mujer se vista y se adorne mucho, con aseo y de última moda. «Yo digo á toda muchacha y á toda mujer, aunque la tela del vestido sea barata y ordinaria, que el vestido esté cortado y hecho in the fashion. Gusto también de joyas. Alguien censura como uso bárbaro el llevar muchos dijes; pero, á mi ver, el llevarlos es la primera prueba que da la persona bárbara de que desea civilizarse. El adorno está en nuestra condición natural, y tal deseo se advierte por donde quiera y en todo. A veces imagino que este deseo, sentido por la tierra, hizo brotar las flores, pintó las alas de mariposas y libélulas, cuajó las perlas en las conchas, y dió á los pájaros su plumaje y su canto. ¡Oh, mujeres solteras y casadas, si queréis ser amadas, adornaos, y si queréis estar bien adornadas, sed hermosas!»

Justo es confesar que el respeto, el amor y la delicada consideración á la mujer en ningún país rayan más alto que en los Estados Unidos. Los hombres, luchando allí con la naturaleza para domarla y hacerla útil á nuestra especie, buscando ó creando la riqueza, y en otros negocios prácticos, que son raíz de la poesía, pero no son la poesía, dejan y casi prescriben que sean poéticas las mujeres. Ellas procuran cumplir la prescripción, y con frecuencia la cumplen. Suelen ser bonitas y gallardas. Con cierta libertad é independencia, que les dan el carácter y la costumbre, en los ademanes, en la palabra y hasta en el andar, tienen lozanía, majestad y brioso aunque honesto desenfado, como el de Diana cazadora. El respeto de que todos los hombres las rodean, sin piropearlas con impertinente grosería, cuando las ven solas, hace que puedan ir solas sin que las vigile ó las chaperone ninguna dueña. Y sin pedantería, sino naturalmente, estudian mucho de ciencias, y de literatura, y á veces hablan varias lenguas vivas, y no es raro que sepan también latín y griego.

De aquí que esa misión civilizadora, beatificante é inspiradora de la mujer, tal vez no se ve más clara, en parte alguna, que en los Estados Unidos.

La hermana del actual presidente de aquella república, miss Rosa Isabel Cleveland, notable escritora, ha querido cifrar y condensar, en el más elocuente y sentido de sus Estudios, esta misión de la mujer. Estriba en una virtud que miss Cleveland llama fe altruísta, y éste es también el título de su Estudio.

Por dicha para todos nosotros, aunque sea desgracia para usted, para Ingersoll, y aun para Comte y Littré, esta fe altruísta, ó dígase fe en otro y no sólo en uno mismo, brota, según la hermana del presidente, no de la negación de Dios, sino de la fe en Dios.

La mujer es más capaz de fe que el hombre, y esto la habilita para ejercer una función social de la mayor trascendencia: descubrir la aptitud del amigo, del hijo, del hermano, del amante ó del esposo, revelar á él su propio valer, alentarle y entusiasmarle, y darle impulso para que cumpla su vocación y su destino.

El prototipo y dechado de esta fe altruísta le halla miss Cleveland en Cadiyah, primera mujer de Mahoma, que descubrió cuánto valía Mahoma, y le amó y le animó y le confortó cuando por los hombres todos era desdeñado. El Profeta, victorioso ya y en toda su gloria, recordaba siempre con lágrimas de amor á su Cadiyah, que murió anciana, y no se consolaba de haberla perdido. Su hermosa y joven esposa, Ayesha, le dijo, «¿Por qué no te consuelas? ¿No era ya anciana? ¿No te ha dado Dios, en lugar suyo, otra mujer mejor?» El Profeta respondió entonces con efusión de honrada gratitud. «No hubo nunca mujer mejor que ella. Ella creyó en mí cuando los hombres me despreciaban.»

Yo encuentro este oficio muy propio de la mujer y creo que ella con frecuencia le ha ejercido. Por cada Onfale, por cada Dalila, causa de perdición de Hércules y de Sansones, ha habido siempre miles de Cadiyahs para todos los Mahomas chicos y grandes.

El oficio, sin embargo, no he de negar yo que es para la mujer harto peligroso. El primer peligro es el engaño en que puede caer la mujer, creyendo descubrir la aptitud de sabio, de poeta, de héroe ó de santo; en el hombre que tal vez la atrae y la fascina por otras aptitudes. Y es el segundo peligro que, aun no equivocándose en el descubrimiento de la buena aptitud, puede ocurrir que la mujer descubridora la halle en hombre que sea, en todo lo demás, indigno, perverso é ingrato. Cadiyah acertó en todo con su Mahoma; pero no acertó en todo, por ejemplo, Mad. de Warens con su Rousseau. Sin ella Rousseau quizás no hubiera sido nunca mucho más que lacayo; pero Rousseau, en lo tocante á gratitud, siguió lacayo y se quedó á infinita distancia de Mahoma.

Pongo aquí esto como aviso y reparo para que las mujeres, cuando cadiyehen, lo hagan con la debida circunspección; pero lejos de tirar á la invalidación del discurso de Miss Cleveland, le aplaudo y acepto la doctrina. Nada más útil y agradable que el cadiyého. Es verdad que madres y hermanas pueden ser Cadiyahs; pero lo más común es que lo sean las enamoradas. Por eso el cadiyého está en íntima relación con el flirt.

En el Maestro de ustedes, en el Mahoma de ustedes, en Augusto Comte, se advierte la verdad de esto que digo. Su verdadera Cadiyah es la amiga; es Clotilde de Vaux. Las otras dos mujeres son como a-lateres y nada más.

La una resucita en el recuerdo evocado por Clotilde: la otra es como apéndice del afecto á Clotilde: Rosalía Boyer, madre del Maestro, y Sofía Bliaux, su hija adoptiva.

Entusiasmado usted con esto, coincide con miss Cleveland en la exaltación de la mujer y en su nobilísima misión de descubridora y aguzadora de aptitudes. Elocuentísimo está usted en todo esto, y quisiera yo citar mucho de lo que usted dice; pero aquí no cabe. Baste con algo.

«Preciosa—dice usted—es la intervención de la mujer en las labores del hombre. Dada su índole altruísta, ella es quien sabe despertar las más santas emociones de donde sólo emanan acciones fecundas. En este sentido idealizóla la antigüedad en las Musas, y la Edad Media en la Virgen Madre, que resume á las Musas completamente purificadas. Pero cábele al Dante la gloria insigne de haber cantado proféticamente en su maravilloso poema la función normal de la mujer. Es su amada Beatriz quien le salva de sus extravíos, quien disipa las dudas de su espíritu, quien enciela su alma.»

De esta suerte convierte usted á Dante en uno de los precursores del positivismo.

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