EL AMANTE LIBERAL. (continued 2)
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Diéronse luego todos por consejo de Ricardo á pasar cuantas cosas habia de precio en su bajel y en el de Hazan á la galeota de Alí, que era bajel mayor y acomodado para cualquier cargo ó viaje, y ser los remeros cristianos, los cuales contentos con la alcanzada libertad y con muchas cosas que Ricardo repartió entre todos, se ofrecieron de llevarle hasta Trápana, y aun hasta el cabo del mundo, si quisiese: y con esto Mahamut y Ricardo llenos de gozo por el buen suceso, se fueron á la mora Halima, y la dijeron que si queria volverse á Chipre, que con las buenas boyas le armarian su mismo bajel, y le darian la mitad de las riquezas que habia embarcado; mas ella, que en tanta calamidad aun no habia perdido el cariño y amor que á Ricardo tenia, dijo que queria irse con ellos á tierra de cristianos, de lo cual sus padres se holgaron en estremo.
El cadí volvió en su acuerdo, y le curaron como la ocasion les dió lugar, á quien tambien dijeron que escogiese una de dos: ó que se dejase llevar á tierra de cristianos, ó volverse en su mismo bajel á Nicosia. Él respondió que ya que la fortuna le habia traido á tales términos, les agradecia la libertad que le daban, y que queria ir á Constantinopla á quejarse al Gran Señor del agravio que de Hazan y de Alí habia recebido; mas cuando supo que Halima le dejaba y se queria volver cristiana, estuvo en poco de perder el juicio. En resolucion le armaron su bajel, y le proveyeron de todas las cosas necesarias para su viaje, y aun le dieron algunos cequíes de los que habian sido suyos, y despidiéndose de todos con determinacion de volverse á Nicosia, pidió ántes que se hiciese á la vela, que Leonisa le abrazase, que aquella merced y favor seria bastante para poner en olvido toda su desventura. Todos suplicaron á Leonisa diese aquel favor á quien tanto la queria, pues en ello no iria contra el decoro de su honestidad: hizo Leonisa lo que le rogaron, y el cadí le pidió le pusiese las manos sobre la cabeza, porque él llevase esperanzas de sanar de su herida: en todo le contentó Leonisa. Hecho esto, y habiendo dado un barreno al bajel de Hazan, favoreciéndoles un levante fresco que parecia que llamaba las velas para entregarse en ellas, se las dieron, y en breves horas perdieron de vista al bajel del cadí, el cual con lágrimas en los ojos estaba mirando cómo se llevaban los vientos su hacienda, su gusto, su mujer y su alma.
Con diferentes pensamientos de los del cadí navegaban Ricardo y Mahamut; y así sin querer tocar en tierra en ninguna parte, pasaron á la vista de Alejandría de golfo lanzado; y sin amainar velas, y sin tener necesidad de aprovecharse de los remos, llegaron á la fuerte isla de Corfú, donde hicieron agua, y luego sin detenerse pasaron por los infamados riscos acroceraunos, y desde léjos al segundo dia descubrieron á Paquino, promontorio de la fertilísima Tinacria, á vista de la cual y de la insigne isla de Malta volaron, que no con ménos lijereza navegaba el dichoso leño.
En resolucion, bajando la isla, de allí á cuatro dias descubrieron la Lampadosa, y luego la isla donde se perdieron, con cuya vista se estremeció Leonisa, viniéndole á la memoria el peligro en que ella se habia visto: otro dia vieron delante de sí la deseada y amada patria, renovóse la alegría en sus corazones, alborotáronse sus espíritus con el nuevo contento, que es uno de los mayores que en esta vida se pueden tener, llegar despues de luengo cautiverio salvo y sano á su patria; y al que á este se le puede igualar es el que se recibe de la victoria alcanzada de los enemigos.
Habíase hallado en la galeota una caja llena de banderetas y flámulas de diversas colores de sedas, con las cuales hizo Ricardo adornar la galeota: poco despues de amanecer seria, cuando se hallaron á ménos de una legua de la ciudad, y bogando á cuarteles, y alzando de cuando en cuando alegres voces y gritos, se iban llegando al puerto, en el cual en un instante pareció infinita gente del pueblo, que habiendo visto cómo aquel bien adornado bajel tan de espacio se llegaba á tierra, no quedó gente en toda la ciudad que dejase de salir á la marina.
En este entre tanto habia Ricardo pedido y suplicado á Leonisa, que se adornase y vistiese de la misma manera que cuando entró en la tienda de los bajáes; porque queria hacer una graciosa burla á sus padres. Hízolo así, y añadiendo galas á galas, perlas á perlas, y belleza á belleza, que suele acrecentarse con el contento, se vistió de modo que de nuevo causó admiracion y maravilla: vistióse asimismo Ricardo á la turquesca, y lo mismo hizo Mahamut, y todos los cristianos del remo, que para todos hubo en los vestidos de los turcos muertos.
Cuando llegaron al puerto serian las ocho de la mañana, que tan serena y clara se mostraba, que parecia que estaba atenta mirando aquella alegre entrada. Antes de entrar en el puerto hizo Ricardo disparar las piezas de la galeota, que eran un cañon de crujía y dos falconetes: respondió la ciudad con otras tantas.
Estaba toda la gente confusa, esperando llegase el bizarro bajel; pero cuando vieron de cerca que era turquesco, porque se divisaban los blancos turbantes de los que moros parecian, temerosos y con sospecha de algun engaño, tomaron las armas y acudieron al puerto todos los que en la ciudad son de milicia, y la gente de á caballo se tendió por toda la marina: de todo lo cual recebieron gran contento los que poco á poco se fueron llegando hasta entrar en el puerto, dando fondo junto á tierra, y arrojando en ella la plancha, soltando á una los remos, todos uno á uno, como en procesion, salieron á tierra, la cual con lágrimas de alegría besaron una y muchas veces, señal clara que dió á entender ser cristianos que con aquel bajel se habian alzado: á la postre de todos salieron el padre y madre de Halima, y sus dos sobrinos, como está dicho, vestidos á la turquesca: hizo fin y remate la hermosa Leonisa, cubierto el rostro con un tafetan carmesí: traíanla en medio Ricardo y Mahamut, cuyo espectáculo llevó tras sí los ojos de toda aquella infinita multitud que los miraba. En llegando á tierra hicieron como los demas, besándola postrados por el suelo.
En esto llegó á ellos el capitan y gobernador de la ciudad, que bien conoció que eran los principales de todos; mas apénas hubo llegado, cuando conoció á Ricardo, y corrió con los brazos abiertos y con señales de grandísimo contento á abrazarle. Llegaron con el gobernador, Cornelio y su padre, y los de Leonisa con todos sus parientes y los de Ricardo, que todos eran los mas principales de la ciudad: abrazó Ricardo al gobernador, y respondió á todos los parabienes que le daban: trabó de la mano á Cornelio (el cual como le conoció y se vió asido dél, perdió la color del rostro, y casi comenzó á temblar de miedo), y teniendo asimismo de la mano á Leonisa, dijo:
—Por cortesía os ruego, señores, que ántes que entremos en la ciudad y en el templo á dar las debidas gracias á nuestro Señor de las grandes mercedes que en nuestra desgracia nos ha hecho, me escucheis ciertas razones que deciros quiero.
Á lo cual el gobernador respondió que dijese lo que quisiese, que todos le escucharian con gusto y con silencio. Rodeáronle luego todos los mas de los principales, y él alzando un poco la voz, dijo desta manera:
—Bien se os debe acordar, señores, de la desgracia que algunos meses ha en el jardin de las Salinas me sucedió con la pérdida de Leonisa: tambien no se os habrá caido de la memoria la diligencia que yo puse en procurar su libertad, pues olvidándome de la mia ofrecí por su rescate toda mi hacienda (aunque esta que al parecer fué liberalidad, no puede ni debe redundar en mi alabanza, pues la daba por el rescate de mi alma); lo que despues acá á los dos ha sucedido requiere para mas tiempo otra sazon y coyuntura, y otra lengua no tan turbada como la mia: basta deciros por ahora, que despues de varios y estraños acaecimientos, y despues de mil perdidas esperanzas de alcanzar remedio de nuestras desdichas, el piadoso cielo sin ningun merecimiento nuestro nos ha vuelto á la deseada patria, cuanto llenos de contento, colmados de riquezas: y no nace dellas ni de la libertad alcanzada el sin igual gusto que tengo, sino del que imagino que tiene esta en paz y en guerra dulce enemiga mia, así por verse libre, como por ver como ve el retrato de su alma: todavía me alegro de la general alegría que tienen los que me han sido compañeros en la miseria; y aunque las desventuras y tristes acontecimientos suelen mudar las condiciones y aniquilar los ánimos valerosos, no ha sido así con el verdugo de mis buenas esperanzas; porque con mas valor y entereza que buenamente decirse puede, ha pasado el naufragio de sus desdichas y los encuentros de mis ardientes cuanto honestas importunaciones: en lo cual se verifica que mudan el cielo y no las costumbres los que en ellas tal vez hicieron asiento. De todo esto que he dicho, quiero inferir que yo le ofrecí mi hacienda en rescate, y le di mi alma en mis deseos: di traza en su libertad y aventuré por ella mas que por la mia la vida, y todos estos que en otro sujeto mas agradecido pudieran ser cargos de algun momento, no quiero yo que lo sean; solo quiero lo sea este en que te pongo ahora.
Y diciendo esto, alzó la mano y con honesto comedimiento quitó el antifaz del rostro de Leonisa, que fué como quitarse la nube que tal vez cubre la hermosa claridad del sol; y prosiguió diciendo:
—Ves aquí, oh Cornelio, te entrego la prenda que tú debes de estimar sobre las cosas que son dignas de estimarse; y ves aquí tú, hermosa Leonisa, te doy al que tú siempre has tenido en la memoria: esta sí quiero que se tenga por liberalidad; en cuya comparacion dar la hacienda, la vida y la honra no es nada: recíbela, oh venturoso mancebo, recíbela, y si llega tu conocimiento á tanto que llegue á conocer valor tan grande, estímate por el mas venturoso de la tierra: con ella te daré asimismo todo cuanto me tocare de parte en lo que á todos el cielo nos ha dado, que bien creo que pasará de treinta mil escudos: de todo puedes gozar á tu sabor con libertad, y quietud y descanso; y plega al cielo que sea por luengos y felices años: yo sin ventura, pues quedo sin Leonisa, gusto de quedar pobre; que á quien Leonisa le falta, la vida le sobra.
Y en diciendo esto calló, como si al paladar se hubiera pegado la lengua; pero desde allí á un poco, ántes que ninguno hablase, dijo:
—¡Válame Dios, y cómo los apretados trabajos turban los entendimientos! Yo, señores, con el deseo que tengo de hacer bien, no he mirado lo que he dicho, porque no es posible que nadie pueda demostrarse liberal de lo ajeno: ¿qué jurisdiccion tengo yo en Leonisa para darla á otro? ó ¿cómo puedo ofrecer lo que está tan léjos de ser mio? Leonisa es suya, y tan suya, que á faltarle sus padres, que felices años vivan, ningun opósito tuviera su voluntad; y si se pudieran poner las obligaciones que como discreta debe de pensar que me tiene, desde aquí las borro, las cancelo y doy por ningunas; y así de lo dicho me desdigo, y no doy á Cornelio nada, pues no puedo; solo confirmo la manda de mi hacienda hecha á Leonisa, sin querer otra recompensa sino que tenga por verdaderos mis honestos pensamientos, y que crea dellos que nunca se encaminaron ni miraron á otro punto, que el que pide su incomparable honestidad, su gran valor é infinita hermosura.
Calló Ricardo en diciendo esto; á lo cual Leonisa respondió en esta manera:
—Si algun favor, oh Ricardo, imaginas que yo hice á Cornelio en el tiempo que tú andabas de mí enamorado y celoso, imagina que fué tan honesto, como guiado por la voluntad y órden de mis padres, que atentos á que le moviesen á ser mi esposo, permitian que se los diese: si quedas desto satisfecho, bien lo estarás de lo que de mí te ha mostrado la esperiencia cerca de mi honestidad y recato: esto digo por darte á entender, Ricardo, que siempre fuí mia, sin estar sujeta á otro que á mis padres, á quien ahora humildemente, como es razon, suplico me den licencia y libertad para disponer la que tu mucha valentía y liberalidad me ha dado.
Sus padres dijeron que se la daban, porque fiaban de su mucha discrecion que usaria della de modo que siempre redundase en su honra y en su provecho.
—Pues con esa licencia, prosiguió la discreta Leonisa, quiero que no se me haga de mal mostrarme desenvuelta á trueque de no mostrarme desagradecida: y así, oh valiente Ricardo, mi voluntad hasta aquí recatada, perpleja y dudosa, se declara en favor tuyo; porque sepan los hombres que no todas las mujeres son ingratas, mostrándome yo siquiera agradecida: tuya soy, Ricardo, y tuya seré hasta la muerte, si otro mejor conocimiento no te mueve á negar la mano que de mi esposo te pido.
Quedó como fuera de sí á estas razones Ricardo, y no supo ni pudo responder con otras á Leonisa, que con hincarse de rodillas ante ella y besarle las manos, que le tomó por fuerza muchas veces, bañándoselas en tiernas y amorosas lágrimas: derramólas Cornelio de pesar, y de alegría los padres de Leonisa, y de admiracion y de contento todos los circunstantes.
Hallóse presente el obispo ó arzobispo de la ciudad, y con su bendicion y licencia los llevó al templo, y dispensando en el tiempo los desposó en el mismo punto. Derramóse la alegría por toda la ciudad, de la cual dieron muestra aquella noche infinitas luminarias, y otros muchos dias la dieron muchos juegos y regocijos que hicieron los parientes de Ricardo y de Leonisa. Reconciliáronse con la Iglesia Mahamut y Halima, la cual imposibilitada de cumplir el deseo de verse esposa de Ricardo, se contentó con serlo de Mahamut. Á sus padres y á los sobrinos de Halima dió la liberalidad de Ricardo, de las partes que le cupieron del despojo, suficientemente con que viviesen. Todos en fin quedaron contentos, libres y satisfechos, y la fama de Ricardo, saliéndose de los términos de Sicilia, se estendió por todos los de Italia y de otras muchas partes, debajo del nombre del Amante liberal, y aun hasta hoy dura en los muchos hijos que tuvo en Leonisa, que fué ejemplo raro de discrecion, honestidad, recato y hermosura.