ACTO PRIMERO.
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LA DESPEDIDA.
Calle. Un café en el foro con puerta vidriera.
ESCENA I.
Durante esta escena atraviesan de un lado a otro del teatro algunos milicianos nacionales equipados como de camino, y gentes del pueblo que se supone van a ver salir la tropa.
Don Antonio, don Lupercio, don Mariano. (Saliendo del café).
Antonio.
Salgamos, Lupercio, a ver
lo que pasa por la calle.
Lupercio.
Ya transita poca gente.
Mariano.
Como por aquí no sale
la columna...
Lupercio.
Quiera Dios
que a los facciosos alcancen
y los destruyan.
Antonio.
¿Qué fuerza
va a marchar?
Lupercio.
Dos mil infantes
y ciento veinte caballos.
Mariano.
¿Cuántos son los nacionales
movilizados?
Lupercio.
Mil hombres
que en vivos deseos arden
de purgar el noble suelo
aragonés de esa infame
canalla.
Mariano.
Vamos al Coso,
que ya es regular que marchen
en breve.
Antonio.
No tengas prisa.
Cuando están los oficiales
tan despacio en el café...
Lupercio.
Sí. Ahí quedan don Pablo Yagüe
y don Matías Calanda;
pero este es un botarate
que cuando está en una broma
no oye cajas ni timbales,
y don Pablo embelesado
en los ojos de su amable
Jacinta...
Antonio.
Pues malas lenguas
dicen que el otro compadre
gusta también de la niña,
y si puede desbancarle...
Lupercio.
Por ahora es el preferido
don Pablo. Más adelante,
no diré... Porque en mujeres
no hay que fiar, y el carácter
de Jacinta es en mi juicio
más veleidoso que el aire.
Mariano.
Sin embargo, tiene mil
apasionados, y nadie
piensa en Isabel, su hermana,
aunque yo creo que vale
mucho más.
Antonio.
Mal gusto tienes.
Ella podrá ser un ángel,
mas ¡tan callada!...
Mariano.
Es modestia.
Antonio.
Sosería. Aquel donaire
de Jacinta, aquel mirar,
aquel despejo, aquel talle...
Mariano.
No es menos bella Isabel,
pero desconoce el arte
de coquetear y fingir.
Si yo hubiera de casarme
con alguna de las dos...
Antonio.
Eh, no digas disparates.
Lupercio.
Filósofo estás, Mariano.
Antonio.
Perdió anoche dos mil reales
al ecarté, y no me admiro...
Mariano.
No reprobará el enlace
de su hermana don Froilán,
pues sufre que la acompañe
don Pablo, y la dé convites...
Lupercio.
Como en ellos tenga parte,
no haya miedo que por eso
se incomode. Es el más grande
egoísta...
Antonio.
Es un amigo,
y no debo criticarle;
mas por no mover un brazo,
morir dejara a su padre
si lo tuviera.
Lupercio.
Y en todo
ve peligros y desastres.
¡Qué agorero! Otra campana
de Velilla.
Antonio.
Eso lo hace
para excusar su egoísmo.
Ya se ve, cuando a los males
no hay remedio, es excusado
que los médicos se cansen.
Mariano.
¡Antonio! Ten caridad.
Y nosotros, paseantes
y ociosos de profesión,
¿qué hacemos en este valle
de lágrimas?
Antonio.
¡Eh!... Nosotros,
aunque somos holgazanes,
servimos de algo en el mundo.
Acreditamos a un sastre,
alegramos las tertulias,
sostenemos los billares,
y brindamos en la fonda
por las patrias libertades.
Lupercio.
A propósito. ¿Estarán
almorzando hasta la tarde?
Pero ya sale don Pablo.
ESCENA II.
Los mismos, don Pablo (con uniforme de teniente de nacionales movilizados).
Pablo.
(Ese usurero bergante
no parece, y necesito
que me preste para el viaje
diez onzas. Estos tal vez
me dirán...). ¿Ustedes saben
dónde para don Elías?
Mariano.
No.
Lupercio.
No sé.
Pablo.
Voy a buscarle.
ESCENA III.
Don Antonio, don Lupercio, don Mariano.
Antonio.
Ya anda en busca de usureros.
Mariano.
Ya se ve, tanto gastar...
Lupercio.
Ese hombre se va a arruinar.
Antonio.
Le vamos a ver en cueros.
Mariano.
Su patrimonio es crecido.
Lupercio.
Su vanidad es mayor.
Antonio.
Libertino...
Lupercio.
Jugador...
Mariano.
Disipado...
Antonio.
Corrompido.
¿Veis el ardor con que pinta
la pasión que le sujeta?
Pues que me lleve pateta
si se casa con Jacinta.
Lupercio.
Yo sé que tiene otra moza.
Mariano.
Sí; la viuda de Quirós.
Antonio.
Pues se olvida de las dos
al salir de Zaragoza.
Lupercio.
Con la seducción y el dolo
otras hallará al momento.
Mariano.
Presume tener talento...
Antonio.
Es un ignorante, un bolo.
Lupercio.
Aunque atusando el bigote
se tiene por muy galán,
me parece a mí un gañán.
Antonio.
Y a mí un Judas Iscariote.
ESCENA IV.
Los mismos, don Froilán.
Froilán.
¿Todavía por aquí,
caballeros?
Antonio.
¡Don Froilán!
Froilán.
¿No van ustedes a ver
la columna desfilar?
Lupercio.
Eso pensamos. Supongo
que también usted irá
con las niñas...
Froilán.
No por cierto.
Hoy tengo un esplín mortal.
Estoy malo. Hace mal día.
Mariano.
¡Hombre, si hace un sol que da
regocijo!
Froilán.
Sin embargo,
el viento se va a mudar...
y yo tengo para mí
que esta tarde nevará.
Antonio.
El calendario de usted,
amigo, es siempre fatal.
Froilán.
Nevará. ¡Pobre milicia!
¡Qué trabajos va a pasar!
Antonio.
Mucho sentirá don Pablo
marcharse de la ciudad
dejándose aquí a la bella
Jacinta. Dicen que ya
se trataba de la boda.
Froilán.
Sí; pero ¡buenos están
los tiempos para casorios!
Yo no quiero contrariar
el gusto de mis hermanas;
pero pronostico mal
de ese casamiento.
Lupercio.
¡Cómo!
¿No iban con gusto al altar
ambos contrayentes?
Froilán.
Mucho;
mas si la fatalidad
hiciera... Anoche Jacinta
vertió en la mesa la sal
nombrando a don Pablo.
Mariano.
Y eso
¿qué puede significar?...
Froilán.
Es mal agüero. Ese viaje
inesperado es quizá
otro aviso de los cielos...
Piensa mal y acertarás,
dice el refrán.
Antonio.
Si es funesta
esa coyunda nupcial,
¿por qué no interpone usted
su fraterna autoridad
para que no se efectúe?
Froilán.
No, amigo; no haré yo tal.
Las voluntades son libres;
las chicas tienen ya edad
para saber lo que se hacen.
Mi individuo y nada más.
Yo sé que puedo vivir
sin una cara mitad.
Si ellas piensan de otro modo,
si ellas se quieren casar,
para ellas será la dicha
o la pena: me es igual.
Ellas comen de su dote...
Ni me quitan, ni me dan.
Antonio.
¡Vaya, que es filosofía
la de usted... original!
(Sigue hablando con los ociosos don Froilán).
ESCENA V.
Los mismos, Jacinta, Isabel, don Matías (con uniforme de subteniente de milicia movilizada).
Jacinta.
¡Cómo! ¡Aún no viene don Pablo!
Matías.
No tardará. Aquí en la puerta
estaremos más alerta...
(A un mozo que llega a la puerta).
¡Hola! ¡Mozo!... ¿Con quién hablo?
Trae sillas aquí; al momento.
Isabel.
(¡Dios mío, vela por él!)
(Trae sillas el mozo, y se sientan don Matías y Jacinta).
Jacinta.
¿No te sientas, Isabel?
Isabel.
Sí..., me sentaré... (¡Oh tormento!)
(Se sienta).
(Don Matías y Jacinta hablan en voz baja).
Matías.
Mil veces afortunado
mi cautivo corazón
si fuese yo la ocasión
de ese amoroso cuidado.
Jacinta.
Vamos, deje usté esa chanza.
Matías.
¡Chanza cuando gimo y ardo,
y tengo en el pecho un dardo...
He dicho poco. Una lanza!
Aun ese desdén fatal
amara yo con delirio
si no viese mi martirio
en la dicha de un rival.
Isabel.
(¡Que desgraciada nací!)
Jacinta.
¡Qué temeraria porfía!
Mi voluntad ya no es mía.
¿Qué pretende usted de mí?
Matías.
O tan divina beldad
no estrechen brazos ajenos,
o vuélvame usted al menos
mi perdida libertad.
Jacinta.
Si basta decirlo yo,
libre es usted desde ahora;
libre y sin costas.
Matías.
¡Traidora!
¿Te burlas de mí?
Jacinta.
Yo no.
Matías.
Si otro consuelo no halla
el afán que me atormenta,
me hago dar muerte sangrienta
en la primera batalla.
¡Qué temeraria virtud!
Jacinta.
¿Conque usted quiere un favor?...
Bien. Portarse con honor,
buen viaje y mucha salud.
Matías.
Eso se dice a cualquiera.
Jacinta.
Mas no como yo lo digo.
Le amo a usted... como a un amigo.
Matías.
¿Por qué no de otra manera?
Jacinta.
Porque estoy comprometida
y así la suerte lo quiso.
Matías.
¿Y a no mediar compromiso...?
Jacinta.
Entonces...
Isabel.
(¡Fatal partida!)
Jacinta.
Me apura usted demasiado.
Eso es ponerme en un potro.
Matías.
Si no amara usted a otro...
Jacinta.
Usted sería el amado.
Matías.
Ya que victoria no cante,
aunque la razón me sobre,
no es malo que aspire un pobre
a la primera vacante.
Jacinta.
Basta. Merece castigo
quien a la dama echa flores
de su amigo.
Matías.
Hija, en amores
no hay amigo para amigo.
Jacinta.
Pues de camarada fiel
se la echa usted.
Matías.
Estoy loco.
Anímeme usted un poco,
y hoy mismo riño con él.
Jacinta.
Busque usted más alta gloria
combatiendo al vandalismo,
y vénzase usté a sí mismo,
que es la más noble victoria.
Matías.
¡Amonestación discreta!
Mas quien mira esos encantos...
Jacinta.
Déjeme usted con mil santos.
Yo no quiero ser coqueta.
Matías.
¡Cruel!
Jacinta.
(Lástima me da,
mas el deber... ¡Y es buen chico!)
Matías.
Tus ojos...
Jacinta.
Calle usté el pico,
que viene Pablo.
Isabel.
(¡Allí está!)
(Se levantan viendo venir a don Pablo, y reparando en las damas los otros interlocutores se incorporan con ellas).
ESCENA VI.
Los mismos, don Pablo, don Elías.
Pablo.
Me vienen perfectamente
los tres mil reales y pico,
y con la vida y el alma
quedo a usted agradecido.
Jacinta.
(Mi Pablo... No, no es posible
que yo ponga mi cariño
en otro hombre.)
Elías.
El interés
es muy corto. Un veinticinco
por ciento...
Pablo.
Sí; en cuatro meses...
No me parece excesivo.
Elías.
Ser servicial y económico
son mis dotes favoritos.
Sin lo segundo no hiciera
lo primero. Economizo,
y de esta manera puedo
ser útil a mis amigos.
Pablo.
¡Bien! Lo explica usted a modo
de charada o logogrifo.
Elías.
No tomará usted a mal
que extendamos un recibo...
Pablo.
Sí, sí; que somos mortales.
Elías.
No es decir que desconfío...
Ahí en el café lo pongo
en dos plumadas...
Pablo.
Lo firmo,
y estamos del otro lado.
(Se reúne con los demás interlocutores. Don Elías va a entrar en el café, y a la puerta le detiene don Antonio).
Cierto negocio preciso
ha motivado mi ausencia...
Elías.
Tengo prisa.
Antonio.
Necesito...
(Siguen hablando los dos en voz baja).
Pablo.
Ahora soy todo de ustedes
hasta ponerme en camino.
Isabel.
(¡Le quiero más que a mi vida,
y me parece delito
el mirarle!)
Elías.
Ya hablaremos.
Ya sabe usted donde vivo...
(¡Cuando el otro va a partir
me detiene este maldito!)
Antonio.
La hipoteca es abonada.
Elías.
Bien, sí...
Antonio.
Corrientes los títulos.
Si hoy no me socorre usted
mañana me pego un tiro.
Elías.
(¡No hay quien te lo pegue ahora!)
(Con un pie dentro del café).
Veremos...
Antonio.
Pero...
Elías.
Lo dicho.
(Entra en el café).
Lupercio.
(A don Antonio y a don Mariano).
Vamos a ver la columna.
¿Qué hacemos en este sitio?
Antonio.
Sí, vámonos. Señoritas,
a los pies de ustedes. Chicos,
¡buen viaje!
Matías.
¡Abur!
Jacinta.
Beso a ustedes
la mano.
Pablo.
(Está muy entretenido hablando con Jacinta desde que se acercó al corro).
Adiós...
Lupercio.
Si servimos
de algo...
Mariano.
Que escribáis...
Froilán.
Señores...
¡Gracias a Dios que se han ido!
ESCENA VII.
Jacinta, Isabel, don Pablo, don Matías, don Froilán.
Matías.
(Ellos en dulce coloquio
y yo aquí siendo testigo...
Me largo con viento fresco,
que es cruel este suplicio.)
La columna va a marchar
y yo no me he despedido
de mi familia. Madamas,
¡hasta la vuelta!
Froilán.
Repito...
Isabel.
Buen viaje.
Jacinta.
Abur, don Matías.
Matías.
(¡Ah! Voy hecho un basilisco.
Vosotros lo pagaréis,
soldados de Carlos quinto.)
ESCENA VIII.
Isabel, Jacinta, don Pablo, don Froilán. Luego don Elías. (Siguen hablando aparte don Pablo y Jacinta).
Isabel.
(¡Qué felices son! Y yo...
¡Suerte infeliz, suerte amarga
la de una mujer! Mis labios
sella la vergüenza. El alma
se me arranca, y yo no puedo
decir: ¡ese hombre me mata!)
(Se sienta afligida).
Froilán.
Despacio la toman.
(A la puerta del café).
¡Mozo!
La gaceta. Nunca acaban
de hablar los enamorados.
(El mozo le trae la gaceta, se sienta y la lee. Sale don Elías del café con el recibo en la mano).
Elías.
¿No es droga que en estas casas
nunca ha de haber un tintero
corriente? Ya solo falta
que firme usted...
(Acercándose con el recibo en la mano a don Pablo, que entretenido con Jacinta no le ve).
Jacinta.
Sí, mi Pablo.
Mi corazón se desgarra
al verte partir. Si el freno
del pudor no me atajara,
tan briosa como amante
te siguiera a la campaña.
Ni el agua, ni el sol, ni el frío,
ni privaciones, ni balas
entibiarían mi ardor.
Quizá a manejar las armas
aprendería de ti,
y con tu amor alentada
lidiaría defendiendo
la libertad sacrosanta,
que también late en mis venas
la sangre zaragozana;
y a ejemplo de las gloriosas
heroïnas que las águilas
en este suelo humillaron
de la usurpadora Francia,
verter sabría mi sangre
en el altar de la patria.
Mas, ya que de este placer
me privan leyes tiranas;
ya que viva no te sigo,
ya que el cielo nos separa,
he aquí mi retrato: toma
(Se lo da),
bien mío, y amor le haga
escudo que te defienda
de las enemigas lanzas.
Isabel.
(¡Qué suplicio!)
Elías.
Con permiso...
Pablo.
(Besando el retrato que guarda luego en el pecho).
¡Oh don precioso! Tú inflamas
mi valor, que con la pena
de ausentarme desmayaba.
Ahora me siento capaz
de las mayores hazañas.
Isabel.
(¡Que no me muriera aquí!)
Elías.
Con licencia de esa dama,
la firma...
Froilán.
(Levantándose, y acercándose a don Pablo).
¡Ah, señor don Pablo!
Elías.
(¡Este llorón me faltaba!)
Froilán.
¡Inútil valor! ¡Inútil
patriotismo! Está ya echada
la suerte. ¡Pobre nación!
Volverá a gemir esclava.
El genio del mal persigue
a la miserable España.
Tanto afán, tantos tesoros,
tanta sangre derramada
¿de qué han servido? La hidra
de la rebelión levanta
sus cien cabezas. El cielo
nos abandona... ¡No hay patria!
Elías.
(A don Pablo).
Mientras don Froilán parodia
la tragedia de Quintana,
firme usted...
Pablo.
Mucho me admiran,
don Froilán, esas palabras
en boca de un español,
de quien liberal se llama.
Cuando humillada en Bilbao
toca a su fin la malvada
facción carlista, ¿habla usted
de hidras y de desgracias?
Froilán.
Ya verá usted...
Pablo.
Ese cuadro
es el parto de una amarga
misantropía... No quiero
atribuirle otra causa.
Mas yo supongo que es fiel;
que mil desastres amagan
al Estado; que peligra
la libertad. ¿Por ser ardua
la lid debemos acaso
abandonar la demanda?
¿Ha de faltarnos el brío
primero que la esperanza?
¿Doblaremos la cerviz
antes de probar la espada?
Sacrificios; no clamores,
tesón, virtudes, no lágrimas
la nación pide a sus hijos.
¿Cuál es más pesada carga,
el fusil o la cadena?
Con declamaciones vanas
no se desarma al contrario.
Si hoy se pierde una batalla,
no se recobra el honor
sino venciendo mañana.
Jacinta.
¡Bien dicho!
Isabel.
(¿Y no le he de amar?)
Elías.
El recibito...
Froilán.
La llaga
es muy profunda, don Pablo.
Nuestras discordias infaustas
nos llevan al precipicio.
Las pasiones enconadas
nos ciegan: los pueblos gimen;
no hay dinero; esto no marcha;
no vamos todos a un fin;
los partidos...
Pablo.
Así hablan
el egoísmo y el miedo.
En las tristes circunstancias
se acrisola el patriotismo;
y el que noble tiene el alma
no se deja dominar
de miras interesadas,
ni de ocultas influencias,
ni de pasiones bastardas.
En tierra por tanto tiempo
con las lágrimas regada
de mísera esclavitud,
fácilmente no se planta
el árbol de libertad.
Donde un hombre solo manda,
y los demás obedecen
sumisos, ciegos, es llana
la ciencia de gobernar;
pero es forzoso que haya
encontradas opiniones
en un pueblo que trabaja
por regenerarse. ¡Y qué!,
porque tengamos en casa
disputas, ¿olvidaremos
a la facción de Navarra?
¿No hay un común enemigo
a quien osado combata
quien blasone de patriota?
Hoy argüir en la plaza,
lidiar mañana en el campo;
hoy en el cuerpo de guardia,
y mañana en la tribuna;
hoy votar que haya dos cámaras,
mañana andar a balazos
para no quedar sin nada;
hoy escribir un artículo
contra el ministro que no anda
derecho, y mañana dar
un buen susto a Sopelana.
¿Es esto acaso imposible?
En el establo regañan
los alanos entre sí,
mas contra el lobo se lanzan
siempre que le ven hambriento
perseguir a la manada.
Senado y pueblo romano
en el foro se acosaban,
pero solo al enemigo
era funesta su saña.
Deponga el buen español
sus rencillas ante el ara
de la hermosa libertad;
y pues a todos aguarda,
moderados y exaltados,
servidumbre, muerte, infamia
si ciñe Carlos un día
la diadema soberana,
acuda animoso adonde
la voz del honor le llama,
y mientras una bandera
liberal se alce en España,
ella a combatir le guíe
contra la servil canalla.
Elías.
Y el que diga lo contrario
es un pancista, es un mandria.
Don Pablo es buen caballero,
y así maneja la espada
como la pluma. A propósito:
¿quiere usté hacerme la gracia
de firmar?...
Pablo.
¡Ah! Sí. El recibo...
Vamos...
(Va a entrar en el café, y le detiene don Froilán).
Froilán.
Nadie me aventaja
en patrio amor; mas al ver
tantos errores y tantas
calamidades, confieso
que mi corazón desmaya.
¡Ay, don Pablo! Rara vez
mis presentimientos fallan.
El yerro mayor de Troya
fue no escuchar a Casandra.
Crea usted a un fiel amigo.
No salga usted a campaña.
Jacinta.
¿Por qué?
Pablo.
¡Es honroso el consejo!
Isabel.
(¡Si pudiera hablar!)
Froilán.
La baja
de un hombre, sea quien fuere,
no es de tan grave importancia...
Quédese usté en Zaragoza.
Pablo.
¡Bravo! Si esa cuenta echara
cada cual, pronto estaríamos
en una paz octaviana.
Froilán.
¡Mire usted que ya en el cielo
leyendo estoy una página
sangrienta! ¡Ya en mis oídos
está silbando la bala
homicida! ¡Ay, infeliz!
¡En vez de bélica palma,
tu generoso ardimiento
va a buscar... una mortaja!
Isabel.
(¡Maldita tu boca sea!)
Jacinta.
¡Ah! ¿Qué estás diciendo? Calla.
¿Por qué afligirnos así?
¡Qué idea...!
Pablo.
¡Bah! Es una chanza.
Si yo creyese en agüeros
sería un poco pesada.
Pero, en fin, morir lidiando
por la mejor de las causas
es muerte gloriosa.
Jacinta.
¡Ah! No.
Dios oirá mis plegarias...
Pablo.
Solo por ti lo sintiera.
Por lo demás, no me espanta
la muerte a mí. Y casi, casi,
muriera de buena gana
solo por dar un petardo
a mis acreedores.
Elías.
¡Cáscaras!
Jacinta.
Vamos, deja ya esa broma.
Elías.
(¡Ah! Si no firma y le matan...)
Vamos, don Pablo. Esa firma...
(Tocan dentro llamada y tropa. Isabel se levanta).
Pablo.
Vamos...
Froilán.
¡Ya suenan las cajas!
Jacinta.
¡Oh pena!
Isabel.
(¡Amargo momento!)
Elías.
(¡Voto a...!) Si usted me firmara...
Pablo.
¡Adiós, bien del alma mía!
(Abrazando a Jacinta).
La ausencia no será larga.
¿Serás fiel?
Jacinta.
Hasta la tumba.
¡Oh! Poco he dicho. La llama
que abrasa mi corazón
ni en el sepulcro se apaga.
Elías.
(Los momentos son preciosos.
Traeré el tintero...) ¡Despacha!
(A un mozo desde la puerta del café).
¡Un tintero! (Por el gusto
de que yo me ahorque de rabia
se hará matar.)
Pablo.
En tus ojos
prisionera dejo el alma.
Jacinta.
¡Adiós!... ¡La pena me ahoga!
(Solloza).
Mi corazón te idolatra
más de lo que yo creía.
Si mi desventura es tanta
que por la postrera vez
tu Jacinta fiel te abraza,
¡ay!, te seguiré muy pronto
a la tumba solitaria.
¡Adiós!
Pablo.
(Desprendiéndose de sus brazos).
¡Adiós!
Froilán.
(Abrazando a don Pablo).
¡Caro amigo!
Elías.
(Con el papel en una mano y el tintero en la otra).
(No me dejan meter baza
el amor y la amistad.)
Froilán.
¡Adiós! La lengua me embarga
el sentimiento...
Pablo.
(Volviendo a Jacinta, que llora).
¡Qué llantos...!
Aunque me fuese a la Habana...
Ea, adiós... No más...
(Yéndose).
¡Adiós!...
Isabel.
(Con amargura y llorando).
(¡Y a mí no me dice nada!)
Elías.
Don Pablo... ¡Señor don Pablo...!
Pablo.
¡Pobre Isabel!... Me olvidaba...
Venga un abrazo. (La abraza).
Isabel.
(Estremecida de gozo).
(¡Ah, Dios mío!)
Pablo.
Case usted a esta muchacha,
don Froilán. Está tan triste...
Adiós. Cuídame a tu hermana.
Isabel.
(¡Infeliz!...) Así lo haré.
Elías.
Antes de romper la marcha...
(Viendo don Pablo que don Elías se dirige a él con los brazos abiertos, le estrecha en los suyos, y ruedan por tierra papel y tintero).
Pablo.
Sí. ¡Adiós, adiós, don Elías!
Elías.
(En vez de firmar me abraza...
¡Adiós tintero! El papel...)
Jacinta.
¡Pablo!
Pablo.
¡Jacinta!
(Le da el último abrazo, y vase corriendo).
Elías.
(Buscando la pluma después de haber recogido el tintero).
¡Mal haya!...
¡Don Pablito!... ¡Échale un galgo!
¡Don Pablo!... ¿Ya quién le alcanza?
(Arroja enfadado el tintero).
ESCENA IX.
Los mismos, menos don Pablo.
Jacinta.
Vamos a verle marchar...
Froilán.
No. La gente... Los caballos...
¡Eh! Ya no es tiempo... Y los callos
que no me dejan andar...
¡Esta noche gran escarcha!
Elías.
(¡Ahí es un grano de anís!
¡Diez onzas!)
Jacinta.
Vamos...
(Una música militar toca marcha a lo lejos).
Froilán.
¿Oís?
Partió. Ya suena la marcha.
Jacinta.
¡No podré vivir sin él!
Elías.
¡Libértale de un balazo,
Virgen del Pilar!
Froilán.
(Da el brazo a Jacinta).
El brazo,
y a casa. Usted a Isabel.
(Don Elías da el brazo a Isabel).
Elías.
Con mucho gusto. (¡Qué bella!
Esto alivia mi dolor.
A estar de mejor humor
hoy me declaraba a ella.)
Froilán.
¿Qué hace usted tan pensativo?
Ande usted.
Jacinta.
¡Qué desconsuelo!
Isabel.
(Me ha dado un abrazo. ¡Oh cielo!)
Elías.
(¡No me ha firmado el recibo!)
