SEGUNDA PARTE LA MORAL Y LAS ACTIVIDADES DE LA VIDA (continued 2)
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Aún hay otros dos géneros de novela, ó más bien tres, que conviene presentar bajo su faz moral.
El primero es ese romanticismo pánfilo con que los llamados católicos nuevos (neo-católicos, en España) han intentado reaccionar contra las tendencias generales de la civilización moderna. Este género de novela no tiene ni el mérito ni la justificación de sus audacias. No el mérito, porque la forma es tan pánfila como el fondo; no la justificación, porque la tesis (la abominación de los progresos de la edad) es audacia tan insensata como la antítesis (las beatitudes de la edad pasada).
El segundo de esos géneros de la novela es la histórica. Es un doble falseamiento: de la Historia, porque la trunca; de la Novela, porque la desnaturaliza. Sin embargo, salvo el daño de la pérdida de tiempo y aún mayor de inculcar errores perniciosos en lo referente al curso de la Historia, que nunca ha sido ni será el curso fluente de la novela hacia su desenlace, ese es el modo de novelar menos pernicioso. Si pudiera mantenerse en límites tales que se deslindara claramente, por la habilidad de la ejecución, lo propio del historiador de lo propio del novelador, tal vez podría ser un género importante de literatura.
La última tentativa de la novela es la más peligrosa, por lo mismo que parece la más racional. Es la tentativa de novela científica. Como el niño á quien se engaña con colores, aromas y confituras 209para obligarlo á que sorba una poción amarga ó repugnante, el novelista científico empieza por engañar á su lector para atraerlo á la trampa que le pone, y empieza por hacer á la Ciencia la injusticia de suponerla trampa á que hay necesidad de atraer al lector. El resultado es el de toda trampa: cuando se sale de ella, se sale para evitarla en lo sucesivo con el mayor cuidado. Y claro es que siendo la trampa, en este caso de la novela científica, la Ciencia misma, la Ciencia es lo que después evita con más cuidado el lector de esas novelas. Y ¿para qué ha de buscarla? ¿No la tiene en las novelas y no es más fácil en ellas?
Este inmoral resultado de distraer del estudio sincero y desinteresado de la Ciencia que tiene la novela científica es resultado común á toda novela en lo que respecta á la buena lectura. Leer imaginando es más fácil que leer pensando.
Pero hay en la producción de la novela y en el uso de ella dos disipaciones, perniciosísimas las dos, que deben alarmar á la ciencia del Estado y á la ciencia de la sociedad, como alarman á la Moral: la disipación de fuerza moral y disipación de tiempo.
Es increíble la cantidad de entendimiento, de sentimiento y voluntad que se pierde casi inútilmente en la redacción y en la lectura de novelas.
Entre los novelistas ha habido y hay intelectualidades sorprendentes: las unas, por la viveza de imaginación; las otras, por el rigor de observación; algunas, por la potencia inductiva; casi todas, por la potencia asimilativa. En algunos géneros particulares, el naturalista, por ejemplo, se requiere en la razón consagrada á cultivarla una disposición 210analítica y un ejercicio del análisis tan escrupuloso, que no se puede menos de lamentar la pérdida de entendimiento que es para la Ciencia esa dedicación de tan fuertes talentos analíticos á la disección de hechos sociales que la Novela adultera, aun no queriendo, y que la Historia y la Sociología aprovecharían.
La misma conversión del realismo romántico en naturalismo indica un esfuerzo de razón científica que, distraída de su objeto propio y de su actividad connatural, es un hecho de inmoralidad, cuando con sólo dedicarse á su genial actividad sería un hecho moral.
Efectivamente: á la concepción del arte naturalista no se ha podido llegar sin previo reconocimiento de la excelencia de intención y resultado que tiene y obtiene la ciencia positiva en el análisis experimental de la Naturaleza, y sin inducir del hecho consumado en el campo de la Ciencia un principio fundamental del Arte, del cual tendría que derivarse una teoría de lo bello natural, un método artístico para realizarlo, y un conjunto de reglas prácticas para incluir en la ejecución estética el principio lógico.
Sin duda que el esfuerzo inductivo que ha habido necesidad de hacer para llegar á la concepción del arte naturalista no es la inducción científica, sino aquella forma inicial, infantil, obscura y vaga de inducción que es como el peristilo de esa función intelectual; mas no por eso ha requerido menos la concepción y la ejecución de la novela naturalista un esfuerzo de alta razón, que es deplorable emplear tan en vago y con fruto tan contrario al de la 211noble función intelectual á que se está empezando á deber la transformación científica del mundo.
Ese malogro de potencia intelectiva, adicionado al de potencia afectiva que noveladores y lectores disipan en los argumentos pasionales de todas las novelas, sería bastante para desconceptuar ante la Moral ese género de literatura, si otra más grande disipación, por ser más universal, la de tiempo, no hiciera de la lectura de novelas un formidable auxiliar de inmoralidad.
El tiempo es vida, y consumir el tiempo en no hacer lo que se debe es consumir inútilmente la existencia. Tanto y tan hondamente sienten esa verdad todos los ociosos, que se mueren vivos del tedio de no saber vivir. Por eso se mueren de fastidio de sí mismos los lectores consuetudinarios de novelas, para quienes el tiempo por emplear es siempre una incógnita y el tiempo empleado un perpetuo acusador.
Si se reunieran en una sola dirección científica ó artística las fuerzas mentales que malgasta el escritor de novelas, el mal hecho por medio de ellas al orden económico y social se convertiría en bien efectivo para el desarrollo sin desviaciones de la sociedad. Si se aunaran en un solo esfuerzo las actividades económicas que se pierden por la legión de ociosos que lee novelas para gastar el tiempo que no sabe emplear en ningún otro esfuerzo, se duplicaría de súbito la potencia industrial de las naciones latinas.
De las naciones latinas y no de las sajonas, escandinavas ó teutónicas, porque aunque éstas leen novelas no emplean horas continuas, días enteros, 212meses sucesivos, en leer sin descanso, ó sin ninguno otra ocupación, libros de entretenimiento y de placer que no deberían representar en la obra de las horas, de los días, de los meses y los años otra inversión de tiempo que los momentos de ocio necesario en el seno de la familia, en los momentos de la noche que se consagran al hogar.
De este modo, y comentada, la lectura de la novela podría ser un útil estimulante intelectual y un benéfico recurso de sociedad doméstica.
Por haberle dado este objeto final es por lo que los pueblos del Norte de Europa han atinado con un género de novela moralizadora, no porque su objeto sea la sandia predicación de virtudes, sino por lo espontáneamente que en ella se objetivan como fáciles ejemplos de la vida diaria las inclinaciones buenas y malas de la familia humana en todas partes y las peculiares al modo de existir y de entender la vida que tiene la familia septentrional.
Ni la Moral ni la crítica pueden pedir al Arte lo que no debe el Arte dar. El objeto substancial del arte literario, como el de todas las artes racionales, es la busca de lo bello, y si lo bello se encuentra en la indagación, observación, análisis y presentación de las deformidades de la vida colectiva, ahí debe el Arte buscarlo: aún habrá moralidad subjetiva y objetiva en ese empeño, porque la verdad es siempre un bien, y lo practica quien la enseña y quien la aprende. Pero si el aforismo de Boileau (rien n’est beau que le vrai) es el guía práctico del arte contemporáneo, y siguiéndolo realiza una fecunda evolución, ¿por qué no se ha de seguir el aforismo consubstancial de la estética en todas sus manifestaciones? 213Si el preceptista reclama verdad en la belleza, la estética reclama bien. Si el uno dice que “nada es bello sino lo verdadero”, la otra afirma concienzudamente que “sólo es bello lo que es bueno”. Oponer uno á otro principio sería mutilar el Arte; combinarlos, será completarlo. La Novela, género que aún dispone de vida, porque aún dispone de contrastes entre lo que es y lo que debe ser la sociedad humana, puede contribuir á que el Arte, siendo verdadero y siendo bueno, sea completo. Entonces será un elemento de moral social. Cumpla con su deber, y lo será. Mientras tanto, no lo es, entre otros, por ese motivo final: porque no cumple con su deber.
CAPÍTULO XXXIV LA MORAL Y LA LITERATURA.—LA DRAMÁTICA
Todas las artes racionales son artes sociales. Consecuentemente, todas son artes morales. Para serlo, les basta su refluencia sobre el sér social. La lírica refluye, porque agita, conmueve y sobreexcita las raíces de todos los problemas de la vida social latentes en el fondo del individuo humano. La épica refluye, porque estremece en el individuo nacional las fibras que la lírica agita en el humano. El arte histórico refluye, porque hace vibrar en cada individuo los nervios de la especie entera. 214La novela refluye, porque convierte en historia simulada la continua vida íntima del elemento y de los grupos de sociabilidad que la historia incompleta no ha coordinado todavía con la vida externa de la sociedad general.
Pero entre todas las artes de razón, la más social, por ser la más objetiva, es la dramática. Todo arte requiere de sus apreciadores ó inteligencia ó gusto. El arte dramático no exige más que ojos en la cara y nervios en el gran simpático: ni siquiera los reclama en el cerebro. De ahí la universalidad, y de ésta, la infalibilidad de su influencia primero sobre el individuo, de su refluencia después sobre la sociedad en masa.
Mucho mejor que la antigua sabe la dramática moderna esta verdad. La sabe hasta el punto de no ocuparse de otra cosa que de producir efectos. Naturalmente, al producirlos afecta la sensibilidad física más que la moral, la imaginación más que la reflexión, el sér animal más que el sér intelectual.
Esa primera desviación de su propósito esencial constituye á la dramática contemporánea en reo de una de las más perniciosas formas de inmoralidad: la forma intelectual. Haciendo por egoísmo ó interés lo contrario de lo que conoce que es su deber, es inmoral.
Pero si por intensidad es perniciosa esta inmoralidad de la dramática, no lo es tanto por su extensión. Se extiende á pocos por ser pocos los capaces de apreciar la relación entre lo que hace y lo que debe hacer el arte dramático como tal arte.
Cuando se extiende á todos, y á todos alcanza, y á todos daña, y sobre todos refluye su inmoral acción, 215es cuando, como sucede en el teatro contemporáneo, en vez de objetivar toda la vida del sér social, y hacer de toda ella el resorte del movimiento estético, convierte una sola pasión en invariable deus ex machina de todos sus efectos, de toda su acción, de todo su movimiento patético.
Y esa pasión, adulterada. Y no cual la han adulterado desde el primer día del drama natural de la existencia las pasiones afines, los instintos próximos, los egoísmos que la cercan, los intereses malsanos que procrea, sino como la adultera la vida artificial de las ciudades populosas, y mucho más exactamente, la vida sensual de las ciudades crapulosas de Europa. La pasión así adulterada que sirve de materia dramática es el amor sexual.
Parece que una humanidad afeminada por falta de conocimiento de sí misma no concibe nada, ni intenta nada, ni realiza nada sin indicación de ese instinto, porque tal nos lo presentan, que ya no es sentimiento, sino instinto.
Una vez es la meretriz que lo despierta, y entonces es redentor: mujer liviana redimida por pasión liviana.
Otras veces lo inspira un criminal, y entonces es regenerador; como algunos regeneradores de América latina, regenera envileciendo.
Otras veces lo inspira la celebridad, y entonces es sacrificio; como todas las virtudes de aparato, lucha para que la venzan.
Cuando no es tanto, el amor teatral es menos que instinto, es pura tontería, ó, más enérgicamente, impura tontería: lo que no va en suspiros, se va (sobre todo en el teatro español), en respiros líricos. 216Si se le ve pasar del sentimentalismo, de seguro no se verá nunca pasar el amor teatral á verdadero sentimiento. Para eso es necesario remontarse á Shakespeare.
Pero no ha bastado á la dramática contemporánea el dar al amor el monopolio dramático. Tal es esa pasión, y tan profunda raíz de nuestra vida, que, entrelazada como va por el mundo á cuantos motivos pasionales y volitivos tiene la Naturaleza, y á muchos de los que tiene la razón, y á todos los que se dramatizan por su contraste con el deber en la conciencia, y á tantos cuantos son manifestaciones de la vida colectiva, hubiera bastado el verdadero amor para llenar toda la dramática en todas sus evoluciones.
Mas no es esa fuerza estética la conocida ni manejada por el teatro de nuestros días. El amor que él conoce, que él objetiva, que él sustantiva, que él adjetiva, que él explora, que él explota, es el amor adúltero. Siempre, ó casi siempre, es él la razón dramática. Cualquiera sea, por otra parte, el elemento intelectual que éntre en la composición, el resorte es el adulterio. Cualquiera sea la intención dramática, la enseñanza es el adulterio. Cualquiera sea la acción, aunque sea eminentemente social, es decir, aunque exponga fuerzas sociales en movimiento, aunque sean pasiones sociales las objetivadas por el drama, el motivo ó la consecuencia de la acción es el adulterio.
Á la verdad, la familia latina no está tan sólidamente cimentada en hábitos tradicionales de trabajo, obediencia, sacrificio y educación como la familia teutónica y escandinava, ni tiene una base jurídica 217tan firme como la familia anglo-sajona: por sus tendencias intelectuales y sociales, por su misma sensibilidad externa, demasiado expansiva para ser muy intensa, la familia latina de ambos mundos está ligada por vínculos menos estrechos que las tres con quienes comparte el dominio de la civilización actual. Pero aunque su único verdadero lazo de unión sea el afecto, y el afecto no es tan resistente como el derecho ó como la educación que lo confirma, no se puede asegurar, ni aun en tesis dramáticas, que la familia está de continuo expuesta á verse disuelta por el adulterio. Á lo sumo, será verdad que acontezcan frecuentes casos de disolución ó de amenaza de disolución de matrimonio en las ciudades necesariamente crapulosas, en donde la competencia por el parecer es tan bestial como la competencia por el ser. Pero las ciudades que capitalizan las influencias generales de una sociedad no son la sociedad, y hay que pedir cuenta al drama moderno de su idea de sí mismo.
Si lo que idea es producir efectos patentizando los riesgos á que la inmoralidad inconsciente de los centros populosos y crapulosos expone á la familia, bien mezquina en su noción de la fuerza moralizadora del teatro, cuando se circunscribe á formas artificiales de la vida; es decir, á las que toma en las cortes monárquicas ó en las semicortes de una república embrionaria; así circunscripta la influencia del arte dramático, no puede trasponer los límites de esos medios sociales, y si los traspone es para mal. La influencia de la dramática francesa (con más exactitud, de la dramática parisiense) no ha podido, al trasplantarse, ser más perniciosa. 218Cuando menos, y por lo que dice relación al solo fin del arte como arte, ha corrompido la inspiración nacional de los dramaturgos del Norte y ha empobrecido la vis dramática del teatro español.
Si la idea que de sí misma tiene la dramática es la que tenemos todos, la que es su propio fin, tiene entonces capacidad moralizadora y puede y debe y es bueno que la despliegue en la objetivación viva y activa de los males sociales que por inducción é irradiación se derivan de una mala organización de la familia ó de las causas de su desorganización.
Dado ó supuesto á la dramática contemporánea ese propósito, y siendo, como efectivamente es, bueno y dramático, dos veces bueno, ante la Moral y ante el Arte, parece increíble que no haya sabido cumplirlo ni sacar de él la multitud de recursos que contiene. Parece increíble, pero es natural, que no haya sabido utilizar su propósito. Inspirándose en el artificio de una vida como la en que se inspira, la dramática contemporánea se olvida ó se aleja constantemente de su objeto; como consecuencia necesaria, no lo alcanza.
Bastaríale reflexionar en los motivos que han hecho de la constitución de la familia la fuente dramática de nuestros días, para fecundarse en ellos.
¿Por qué trata de dramatizar el artista los conflictos, congojas, angustias y catástrofes á que vive expuesto en los centros malsanos de sociabilidad el principio de familia? ¿Por qué promueven el interés dramático? No por sólo eso, porque el fin del arte dramático no es solamente el drama, que lo es también la lección del drama. Pero asintamos á la idea del arte por el arte y desliguemos de todo compromiso 219con la Moral á la dramática; utiliza los motivos dramáticos que le ofrece la vida de familia, porque promueve el interés dramático, está bien. Pero, ¿y por qué promueve ese interés? Porque las peripecias del hogar mal constituído ponen á prueba el talento del artista. Mucho talento, efectivamente, se ha malgastado en la exposición dramática de esa vida artificial; pero en mucho mayor y más abrumadora cantidad se ha producido el fastidio y la monotonía del mismo asunto, las mismas ideas, las mismas apelaciones á la lírica, los mismos recursos teatrales, las mismas inverosimilitudes y la misma desnaturalización de la Naturaleza á que, en apariencia, quiere ceñirse el artista.
Si el interés dramático se promoviera por sólo el partido que el dramaturgo moderno supiera sacar del mal que expone, por lo que hace al Arte bastaría: habría alcanzado á conmover. Pero no conmueve casi nunca y casi siempre fastidia. Y sin embargo de que se repite de continuo, promueve el interés. ¿Por qué? Obvia la razón: porque es un interés humano, un interés social, un interés de todos y de cada uno, un interés de razón y de conciencia, de sensibilidad y voluntad, de instinto y de moralidad, de derecho y ley, de presente y porvenir, que no está localizado en Francia, Italia, España, ni amoldado á los moldes particulares del vicio en Berlín, Viena, Londres, Madrid, y, sobre todas, la capital del vicio y la virtud, París, sino que transciende á todo el mundo civilizado, porque en todo el mundo civilizado está todavía pendiente el problema de ajustar la vida íntima del hogar y las relaciones del hogar con las sociedades exteriores á 220la reforma de vida y pensamiento que ha producido el nuevo sistema de pensamiento y vida.
En la parte de Europa en donde la familia tradicional tiene raíces suficientes para resistir el ímpetu perturbador, no son los cuadros disolventes, sino al contrario, los apacibles cuadros de la vida patriarcal, los que promueven el interés dramático. En la única sociedad, los Estados Unidos, en donde todas las instituciones de la vida se han transformado sin necesidad de reformarse violentamente al ímpetu de nuevas corrientes de ideas, no puede haber interés dramático en la representación de las convulsiones del hogar doméstico, porque estando firme el hogar, no hay interés social. Tan escrupulosamente exacta es la afirmación, que es experimental. Sólo en Nueva York pueden representarse los dramas europeos, y ni aun en Nueva York los entienden bien. Se ha visto allí, entre otras, recusada por el público una de las más ingeniosas composiciones del teatro español contemporáneo, sencilla y exclusivamente por no entender el público que un caso de adulterio puede inspirar interés á una sociedad dueña de sí misma, en donde hay recursos y se han puesto en juego, para que la institución del matrimonio se ajuste á las demás instituciones del Derecho y para que los vicios sólo ejerzan en él la perturbación excepcional que es de eterna experiencia esperar que germinen dondequiera.
El interés dramático del adulterio no puede inspirar otra actividad estética que la de aquellas sociedades en donde las instituciones aún subsistentes del pasado no tienen raíces en el corazón del 221pueblo, ó la de aquellos en donde las preocupaciones románticas han podido coexistir con las tendencias positivas, por no haberse perfeccionado con el derecho nuevo.
La tesis dramática, según se desprende del teatro contemporáneo, es esta: No hay familia; no habiéndola, ¿cómo se llega á ella?
La tesis, aunque incompleta, está bien en su parte negativa. No hay familia en las ciudades crapulosas, y es necesario que el Arte, como todo, contribuya á decir cómo se reconstruye la familia. Pero el desarrollo de la tesis es absurdo. Si de lo que se trata es de contribuir á reconstruir, ¿cómo se empieza por destruirlo todo, de cimiento á cornisamento? El interés dramático no podrá estar en destruir, y no ha estado. El teatro, por tanto, en vez de animarse con la fuerza del propósito nuevo que traía, ha languidecido y languidece. Y seguirá languideciendo y fastidiando mientras persista en su obra negativa. Recursos abundantes para emprender la obra positiva le proporcionan de consuno su propio fin estético, su fin ético y su fin social, aunque se reduzca expresamente al que en la actualidad se atribuye.
En la familia, en el hogar universal, no el desorganizado de las grandes ciudades europeas, hay motivos de drama, de influencia dramática, de enseñanza por medio de la dramática, que son muy más poderosos, muy más íntimos, muy más universales, muy más humanos que el amor fiel ó que el amor infiel.
Con el problema de la educación entra en las corrientes más humanas de este siglo; con el problema 222del derecho interno del hogar la igualdad de los cónyuges entra en la corriente del derecho positivo; con los problemas que en él suscita el conflicto de deberes entra en la vorágine de la libertad revolucionaria; con el problema de la lucha biológica entra en la sirte del movimiento económico. El hogar, puesto en peligro por una educación mal concebida y mal dirigida, ya en el sentido de las ideas pasadas, ya en el sentido de las ideas modernas; quebrantado por la permanencia de la autoridad arbitraria ó por la lucha de autoridades mal definidas por la ley ó mal concebidas por la educación; desolado por el sacrificio del bien doméstico al bien público; angustiado, amenazado, condenado á derrumbarse por las violentas refluencias del oleaje económico de la sociedad sobre él, es infinitamente más dramático que el hogar mal constituído, porque es más real, más social y más moral. Los encantos y los beneficios del Arte no están en el usufructo que él logra hacer del desorden circunstante, sino en patentizar con objetivaciones palpitantes los dolores y los peligros de la alteración del orden moral en cualesquiera actividades de la vida de relación humana.
¿No hay una lucha de sistema de pensamiento contra sistema de pensamiento, de ideas religiosas contra ideas religiosas, de derechos contra derechos, de Estado contra Sociedad, de Sociedad contra Estado, de tradiciones contra innovaciones, de vida vieja contra vida nueva? Mostrarla, arrojándose en la liza y siendo los primeros en mostrar cómo se lucha por el bien contra el mal para ser más hombre, para ser hombre de los nuevos tiempos, 223¿no es más digna empresa, y siendo más digna, no es más moral?
Pues ¿por qué no la acomete la dramática moderna?
CAPÍTULO XXXV LA MORAL Y LA HISTORIA
La Historia, exposición de la vida de la Humanidad como en esencia es, presenta de bulto los bienes y los males producidos por el hombre en el planeta. En el primer momento parece que los males superan á los bienes: tantos son. Pero bien analizados, bien clasificados, bien referidos unos y otros á sus causas y á sus efectos, tanto es el bien como el mal. En cierto modo, mayor la cantidad de bien que la de mal, porque, al fin y al cabo, el bien ha podido flotar y conservarse en la estupenda oleada continua de males que han caído sobre el hombre.
Primero fué la Naturaleza, la sorda Naturaleza que miserar non sá, y la lucha fué despiadada y secular, no ya sólo de los tiempos antehistóricos, sino de los históricos. En todo comienzo de las gentes consta esa lucha formidable: algunas veces, como en los comienzos de la gente china, se puede seguir paso á paso y admirar y bendecir la fuerza de resistencia opuesta á los impulsos destructores por los impulsos constructores.
224Después fué la ignorancia, y la lucha se estableció á brazo partido entre la obscuridad del entendimiento no advertido por la luz que irradiaba desde la Naturaleza misma la verdad, y la claridad de los fenómenos no comprendidos; siglos y siglos de esfuerzo ha costado, está costando y seguirá costando el vencer á ese enemigo: pero al fin se vencerá. Luego se presentaron las pasiones humanas en tropel, y la lucha tuvo por palenque el mismo inaccesible interior del sér humano; formidable enemigo de sí mismo ha sido el hombre: pero se va venciendo á sí mismo. Más tarde comenzó la lucha del hombre disociado con el hombre asociado, y fué terrible; nunca se ha podido saber quién ha sido más salvaje en esa lucha: si el civilizado que hostiga al salvaje ó el salvaje que destroza al civilizado; pero prevalece el que dispone de más bienes.
Ya hace mucho tiempo que las naciones luchan entre sí, y todavía no se columbra el día de razón en que hayan de concertarse en la civilización, en el deber y en el derecho; pero se trabaja sin descanso en eso. Á toda hora, en toda tierra, con estos ó con aquellos medios, siempre trabaja el mal; pero á toda hora, en toda tierra, con los mismos recursos que emplea el mal, trabaja el bien.
Pero, en primer lugar, esa descomposición intelectual de los componentes de la Historia no alcanza todavía á la razón común; y en segundo lugar, el historiador común no alcanza tampoco á elevarse por encima de la razón del vulgo, de donde resulta que la historia escrita por los narradores, y la vista en ellos por el vulgo, es la historia del mal, no la 225del bien. Es sobre todo la historia de los malvados. Dicen que de malvados en quienes invariablemente concurrieron grandes aptitudes; pero el hecho es que fueron malvados. Y no es lo malo que fueran poderosos para ser malvados ó que aprendieran á malvados para hacerse poderosos, sino que fueron y son tan adulados por la historia narrativa y por la historia crítica, que es imposible que se olvide la lección.
Cuando una fuerte individualidad, por el hecho de no haber sabido desarrollarse en el bien, ha perdido en realidad el mérito que hubiera podido tener ante la conciencia humana, la Historia la toma, la manipula, la alarga, la acorta, la somete á la acción del medio histórico, exagera los bienes, disminuye los males de su conducta, la exculpa, la disculpa, la absuelve y la manda á gobernar espíritus desde la posteridad, como gobernó carneros desde la actualidad en que vivió.
La sencilla narración primero, la crítica histórica después, han laborado por el mismo fin inmoral de la Historia; y hasta la filosofía que sobre ella se ha fundado ha querido contribuir á la inmoralidad resultante de la vida y del modo de interpretar la vida del hombre en el planeta; porque cuando no ha tenido un prejuicio filosófico, ha tenido un prejuicio nacional con que adulterar la finalidad moral de la enseñanza histórica.
Ahora no se habla ni se hable de los que en la Historia se proveen de hechos é ideas, diagnósticos y pronósticos, juicios hechos y verdades formuladas, con el objeto de rellenar su kaleidoscopio intelectual, porque para ellos y por ellos es la Historia 226la más incierta visión, la perspectiva más cambiante, la más inmoral sucesión de juicios contradictorios, de causas sin efectos ó de efectos sin causa, ó de causas sin su efecto positivo, ó de efectos sin su causa natural.
No se hable tampoco de la historia de que hacen uso los políticos de oficio, por quienes y para quienes la Historia es el justificador universal de cuantas aviesas intenciones han tenido contra el derecho individual ó nacional los enemigos del Derecho.
De la que emplean en sus defensas de la verdad revelada los intérpretes universales de esa verdad, no es historia de que puede beneficiarse la Moral, á menos que sea una moralidad y un beneficio el incesante trabajo empeñado por ellos en probar que á los seres racionales se debe empezar por arrancarles la razón para poder someterlos al régimen de las ideas transcendentales y á la disciplina de autoridades extrahumanas.
Si, pues, la Historia por sí misma, en cuanto balumba de hechos heterogéneos, tan capaces de argüir con el mal como con el bien, más por el mal y contra el bien que por el bien y contra el mal, es exponente de inmoralidad, y á la corta vista de los vulgos todos aparece como muda expresión de la incapacidad del hombre para el bien; la historia de narradores, críticos, filósofos, artistas, políticos, teólogos, imbuye en el corazón ó en la cabeza una tal muchedumbre de juicios erróneos, juicios de buena fe ó de mala fe, que concluye por ser imposible saber á punto fijo qué ha sido el hombre histórico, y aún más imposible el saber qué son los hombres sobresalientes en la Historia.
227Tal vez este último es el mayor peligro que ofrece á la Moral la historia en uso. Si ella con su relato enseña que la inmensa mayoría, la casi totalidad de los hombres admirados en la Historia, principalmente en la actividad más capaz del mal, que es la del Poder, han sido hombres perversos, ya en toda la serie de actos que constituyen su vida, ya en los que los condujeron al Poder y los mantuvieron en el ejercicio del Poder; y si esa misma Historia, con sus juicios ó con sus excusas, intenta hacer creer que esos mismos hombres ó fueron necesarios ó fueron hechura de su tiempo, de las circunstancias en que se formaron, de la misma sociedad que los formó, y que, en definitiva, no son hombres tan malos como cree el buen sentido común ó la humilde conciencia, y hasta se les puede considerar como hombres de mérito moral y hasta de mucho mérito moral porque fueron generosos servidores del orden, ó del progreso, ó del derecho, ó de la civilización, y fueron muy diligentes, muy activos, muy clementes, muy magnánimos, muy hábiles, muy perspicuos, muy genios, muy genios sobre todo, y genios en todo y para todo, como guerreros, como legisladores, como políticos, como estadistas, como administradores, como jurisconsultos, como penalistas, como pobladores, como colonizadores, como civilizadores.
Esas figuras, que el simple relato denuncia como obscuras sombras de la especie humana, se fabrican á vista de la misma generación que las maldice ó las desprecia, y mientras son ejemplo vivo ó muerto de todas las perversiones en sí mismas y sirven como de resumen á todas las perversiones de 228su tiempo, la Historia, complaciente, las eleva á la categoría de semidioses, y la crítica, por no parecer parcial, y la filosofía de la Historia, por no parecer incapaz de encerrar en el cuadro de las grandes fases de la vida humana que resume las figuras contradictorias de su tesis que se le presentan al paso, las coge, las deforma, las reforma, las violenta y las obliga á que representen á la humanidad de un tiempo dado, cuando sólo fueron vergüenza de la Humanidad de todos los tiempos.
Ese espectáculo de los hombres en la Historia es profundamente corruptor, no tanto porque el hombre haya sido tan malo como aparece, cuanto porque se empeña, si fué grande, feliz ó poderoso, en hacerlo aparecer como no fué; y si fué el verdadero fabricador de los progresos de su tiempo, el civilizador de todas las edades, el trabajador de ayer, de anteayer, de siempre, el cargador de todas las responsabilidades, la víctima de todos los abusos, el luchador de todos los derechos, el cumplidor de todos los deberes, entonces ni nombre tiene. Y como no es justo que se ignore quién hizo lo que hay de sólido, es decir, lo que hay de bueno en cualquier época de la Historia, le dan el nombre de uno de los usurpadores de derecho, ó de algún devorador insaciable de vidas humanas, y la narración, la crítica y la filosofía se quedan muy satisfechas de sí mismas.
No así la Moral, que no puede ver con ojo tranquilo esa deformación de la figura humana, embellecida cuando es fea y repulsiva, afeada ó recortada cuando es bella y atractiva, siempre diferente en la Historia de lo que fué en realidad. La ciencia de la 229Historia, que ahora nace y que empieza á formar de la vida de la Humanidad una historia de la actividad parcial y universal de esa vida, cuidándose poco de los hombres ó sólo cuidándose de ellos para presentarlos como factores de desarrollo cuando supieron ser hombres, ó como obstáculos á ese desarrollo cuando fundaron su fuerza y su poder en la debilidad de todos, es historia que no tardará en moralizar al historiador, y por medio de él á las generaciones que reciban las influencias de la Historia, porque es sencilla, benévola, bienintencionada y se funda en la realidad de la naturaleza humana y en la no menos moralizadora realidad de la convergencia de toda actividad y todo hombre en el fin de hacer mayor la suma de bienes que la de males.
De aquí á entonces aún hay tristeza moral que devorar cada vez que se cuente con la Historia para hacerla contribuir al mejoramiento de los hombres.
CAPÍTULO XXXVI LA MORAL Y EL PERIODISMO
I
El periodismo es, entre todas las instituciones auxiliares del Derecho, la que más le ha servido algunas veces y la que más continua y eficazmente podría servirle siempre.
230Cuando habla, su voz tiene la fuerza de cien voces. Sus razones tienen el peso de la razón colectiva. Sus protestas imponen como si salieran de la conciencia colectiva.
Es más: digno ó indigno de su fin, el periódico es siempre conciencia, razón y opinión pública. La única vez en que, fuera de los tumultos extraordinarios del espíritu social, podemos á punto fijo saber, ó á lo menos sentir, lo que es opinión pública, lo que es razón común, lo que es conciencia colectiva, es cuando vemos exteriorizadas en las hojas del periódico esas fuerzas.
Nació para el Derecho por esfuerzo del Derecho; pero no es esa la única manifestación del periodismo ni es hoy la más extensa. Á medida que el Derecho aumenta, el periodismo, consagrado exclusivamente á propugnar por el Derecho, disminuye. Y en sentido inverso, á medida que disminuye su ingerencia en la vida militante del Derecho, aumenta su influencia en la vida general. Es, á la vez, servidor de todas las industrias, de todas las profesiones, de todos los talentos, de todos los inventos, de todo descubrimiento, de toda ciencia, del arte bello, del arte industrial, del trabajo, del trabajador, del capitalista, de la propiedad, del desposeído, del despojado, del feliz, del desgraciado, de la beneficencia y los beneficios, de ricos y pobres, de pueblos y pobladores, de civilizaciones y civilizadores, de lo bueno, de lo bello, de lo verdadero, de lo justo, de lo grande, de lo serio, de la alegría, del placer, de las victorias, de las ovaciones, de la guerra, de la paz, del estruendo, del reposo, de la vida, de la enfermedad y de la muerte.
231Esa su capacidad de aplicarse á todo y de servir como hoja, como folleto, como revista, todos los días con el diario, cada semana con el semanario, cada quincena ó cada mes con la revista, en urgencias imprevistas con la hoja suelta, en oportunidades calculadas con el opúsculo, á la suerte de las doctrinas, á la vindicación de ideas ó personas, á la exposición reflexiva de sistemas, al interés de grupos ú opiniones sociales, al diario batallar de las ideas, ha sido á la vez la causa del bien y del mal hecho por el periodismo.
Sintiéndose una fuerza, la ha desplegado ciegamente. En vez de dirigirla para hacerla útil, tanto decimos, para hacerla social, se ha dejado dirigir por ella, haciéndola menos social y menos útil.
Según el medio sociológico, así ha operado en una de estas dos direcciones: ó en la dirección del poder, ó en la dirección del lucro. En los países desorganizados, á medio organizar ó sometidos al proceso de una organización penosa, ha tomado la dirección del poder. En los países constituídos definitivamente, ó tan definitivamente que pueden considerarse en equilibrio estable, ha tomado la dirección del lucro.
Al dividir su fuerza, se ha debilitado. Fuerza política, ha servido para empujar hacia el Poder, mas no para enlazar en los múltiples intereses de la vida del Estado y de la sociedad á las agrupaciones en cuyo favor ha trabajado. Fuerza industrial, ha servido para enfrenar con los intereses que representa el desenfreno natural de los que luchan por el Poder, mas no para servir de norma jurídica á los intereses económicos.
232Cuando toma la primera dirección, el periodismo contribuye á la disociación, por tanto al mantenimiento de la inmoralidad pública, favoreciendo el desenfreno de las pasiones políticas. Cuando sigue la segunda dirección, desmoraliza también, atribuyendo á los intereses un predominio que no deben tener sobre el Derecho. En el un caso, el periodismo empieza ó acaba, si victorioso, por ser cofundador de personalismo ó tiranía; si vencido, por ser favorecedor de la anarquía. En el otro caso, acaba por donde empieza: por ser adulador de los bienes materiales y de los afortunados, individuos, grupos ó naciones, que han llegado al término de sus satisfacciones materiales. El periodismo instituído por el afán de poder es una lección diaria, semanal ó quincenal, pero continua en sus efectos, de inmoralidad intelectual, que es de las peores, y de falta de carácter, que es el peor ejemplo de inmoralidad. Siendo tornadizo su objetivo, que es el poder, su criterio se hace tornadizo. Y como opera sobre una muchedumbre, que no es solamente la formada por el partido político á quien sirve, ó por el Gobierno que sostiene, sin la innumerable muchedumbre de lectores á quienes presenta formada una opinión, afecta á la razón, al juicio y al sentido común de esa muchedumbre. Lo bueno ayer es malo hoy; el vaticinio de hoy será ludibrio gitanesco de mañana; la verdad pasada, mentira presente; la alabanza de un día, vituperio del siguiente, y los hombres, y las ideas, y las cosas que no cambian por estar firmes en sí mismos, alternativamente bendecidos y maldecidos, más maldecidos que bendecidos, por ser mayor número el de las veces en 233que su firmeza obsta á la liviandad de los juicios de partido. El periodismo instituído por el afán de lucro es también una lección continua de inmoralidad de sentimiento y voluntad; inmoraliza los sentimientos públicos, porque es una predicación incesante en pro de todos los éxitos, y escarnio frecuente de todos los sentimientos generosos; desmoraliza la voluntad social, porque de continuo la solicitan á desarrollar su actividad en el sentido de los bienes físicos, y á permanecer inerte ante los males morales de la sociedad. En una y otra dirección ha hecho la fuerza del periodismo mucho bien. Á los pueblos envilecidos por la autocracia monárquica ó republicana los ha moralizado, poniendo al alcance de todos el Poder, presentando al alcance de todos la fortuna; ha servido bien al Derecho, demoliendo privilegios; á la Industria, enalteciendo los méritos del trabajo; á la igualdad, sometiendo todas las jerarquías á su crítica; á la riqueza pública, revelando su origen en el trabajo común, su fuerza en la del capital acumulado y la potencia del capital en el ahorro. Cuando combate un error jurídico ó económico, cuando zahiere una preocupación ó un fanatismo, cuando persigue, látigo en mano, una injusticia, cuando mata civilmente á un hombre malo, cuando hace frente, á nombre de los intereses generales, á los intereses particulares, cuando asocia contra los que disocian, cuando liberta contra los que esclavizan, cuando educa contra los que embrutecen; en suma, cuando en nombre de la idea parcial de que son forma, los periódicos políticos ó los periódicos industriales coinciden con las ideas, las necesidades, los derechos, los intereses efectivamente 234sociales, hacen el bien de dar unidad de fuerza á los continuos esfuerzos que hace toda la sociedad por desarrollarse y vivir en sano desarrollo.
Mas no hace entonces el periodismo todo el bien que debe hacer, y aun descontándole el mal que mezcla á los bienes que procura, no se le puede excusar que no sepa servir tanto para moralizar como sirve para desmoralizar.
El periodismo no es en esencia una fuerza privativa, como la han hecho en realidad. Es una fuerza expansiva y comprensiva, que debe extenderse á todo y abarcarlo todo en el sentido de la verdad, del bien, de la libertad y la justicia. Es en esencia una historia continua de una fracción de humanidad que por fuerza ha de exponer indignidades é iniquidades; pero ha de exponerlas, como están, en continua lucha con la dignidad y la justicia. Su norma, como la del historiador, ha de ser la imparcialidad, no sólo la del juicio, que declara la verdad por ser verdad, sino la imparcialidad de la conciencia, que aprueba enérgicamente el bien por ser el bien, y condena categóricamente el mal por ser el mal.
Sus armas deben ser la idea del deber, para vulgarizarla é imponerla; el derecho, para enseñar é incitar á ejercitarlo; el orden económico, para oponerlo á los errores de economía social que malogran ó desvían las fuerzas productivas; el orden jurídico, para oponerlo á las torpezas de voluntad y de razón que de continuo lo conmueven, lo alteran ó lo arriesgan; el orden moral, para presentarlo constantemente como el desideratum de la dignidad humana.
Aunque no hay todavía ninguna sociedad civilizada 235en donde el periodismo alcance el que debiera ser punto de mira de esa historia cotidianamente realizada y cotidianamente escrita, aquellas entre todas las sociedades que mejor han cultivado el Derecho y que más reposan en la base jurídica que han construído, son también las en que el periodismo tiene más fuerza social. La tienen, no sólo por la eficacia de la obra diaria ó periódica, sino porque se encierra mejor entre las dos corrientes de derecho y de interés social que privativamente despliega en este sentido ó en aquel la Prensa de los demás países.
Así, los periódicos de la Unión Americana, los de Inglaterra, Suiza, Bélgica, República Argentina, Chile, son incomparablemente superiores, por la extensión del propósito y por la relativa fijeza de sus medios de acción, á los de cualesquiera otras naciones.
Pero los Estados Unidos é Inglaterra son los pueblos que mejor han comprendido y practican mejor el periodismo. Son los pueblos en donde la Prensa periódica ha servido para secundar los esfuerzos civilizadores, enviando exploradores al África y al Polo; los esfuerzos científicos, promoviendo el progreso de la Meteorología; los esfuerzos del Arte, iniciando certámenes; los esfuerzos de la confraternidad, estableciendo ó aceptando correspondencias de todos los puntos de la tierra; los esfuerzos del sentido común, practicándolo en su propaganda y en sus juicios sobre los hechos humanos.
No obsta la universalidad de miras del periodismo mejor concebido y practicado para que falseen su juicio y desvirtúen su fuerza, acomodando el uno 236y extendiendo ó recogiendo la otra, á merced de intereses ya particulares, ya de partido, ya de secta, ya de reacción, cada vez que un interés humano se presenta momentáneamente como hostil á intereses nacionales cualesquiera ó á cualesquiera intereses del Comercio, de la Industria ó de instituciones poderosas.
II
Si el periodismo es todavía una fuerza ciega, la culpa es del periodista.
No hay ningún sacerdocio más alto que el del periodista; pero, por lo mismo, no hay sacerdocio que imponga más deberes, y, por lo mismo, no hay sacerdocio más expuesto á ser peor desempeñado.
De ahí, principalmente, la inmoralidad del periodismo.
El periodismo está de continuo expuesto á una inmoralidad involuntaria y á otra voluntaria; á la involuntaria, cuando por fanatismo político, científico ó religioso, se pone en abierta contradicción con la verdad ó la justicia; á la inmoralidad voluntaria, cuando vende lo que piensa, piensa por cuánto lo compran y convierte el sacerdocio de que es indigno representante en infame granjería.
Como éstos son los periodistas más peligrosos, son los que hacen al periodismo más incapaz de realizar su fin; y como el periodismo desviado de su fin es el menos escrupuloso, el periodista más formidable es el que escuda su villanía, su indignidad 237y su maldad en el terrible baluarte de un periódico sin conciencia. En la doble acción del periodista malo sobre el periódico malo, y de éste sobre aquél, es en donde suele con frecuencia aparecer más de relieve la inmoralidad social que desarrollan y la inmoralidad social que los sostiene.
Como el periodista innoble se fortalece en la fuerza irresponsable del periódico, es temido por esa fuerza, más que por sí mismo; al modo que en una tertulia al aire libre, el maldiciente que la anima con sus calumnias no es tan temido por él mismo cuanto por la fuerza que recibe del grupo que lo rodea.
Hay estados sociales en los cuales brotan esos periodistas que usurpan nombre, función y autoridad que no merecen, como brotan plantas espinosas en terrenos incultos ó en terrenos agotados; como éstas son hijas de su medio botánico, aquéllas son hijas de su medio sociológico.
Una sociedad infantil, cuyo estado mental es el de las instituciones mal formadas, y una sociedad senil, cuyo estado mental es el pesimismo negativo, son terreno inculto la una, agotado la otra, en donde la función social más civilizadora no puede tener sacerdotes dignos de ella. Los dignos serán la excepción.
No serán la regla general, porque los grandes sacerdocios requieren grandes almas; pero serán mucho más numerosos en las sociedades fuertes, por su sana juventud, los periodistas aptos para su función.
Aptos ante todo por la generosa disposición de su ánimo, por su prontitud de corazón á todo sentimiento 238generoso, por su candorosa aceptación del deber como regla de conducta; pero no es esa la única aptitud ni la que más se echa de menos en los luchadores del periodismo. La aptitud que menos tienen, aunque parezca paradójico, es la que más tienen. Generalmente, el periodista es llamado; lo llama la vocación intelectual, y, en general, es inteligente; pero también, en general, es ignorante.
Debiera, si el genio de periodismo que cultiva es el consagrado á la lucha del Derecho, estar versado en todas las ramas de la jurisprudencia, en el estudio comparativo de las legislaciones, en la historia de las instituciones jurídicas, y principalmente en la filosofía del Derecho.
Entonces no declamaría. No declamando, no desmoralizaría, porque no llenaría de aire la cabeza de sus lectores, ni de exageraciones el sentimiento público, ni de errores la razón común. No declamando, moralizaría, porque prácticamente enseñaría á ajustar medios á fines, procedimientos á propósitos, doctrinas á ideal.
Debiera, si el género de periodismo que ha preferido es el consagrado á la defensa de los intereses económicos de la sociedad, empezar por tener una cultura económica bastante y concluir por tener suficientes conocimientos tecnológicos: la historia general de la industria, la particular del comercio universal, la historia de las instituciones económicas, y sobre todo la historia de la civilización humana, deberían ser sus continuos auxiliares.
Si el género de periodismo á que consagra el periodista la altísima santidad de su función fuera el que debiera ser, el periodismo verdadero, el que 239reune la forma jurídica á la industrial, el periodista debería brillar como autoridad intelectual en ciencias sociales y morales.
Ni el periodista bueno ni el malo tienen hoy esa cultura. No teniéndola, la primera inmoralidad de que son ejemplo y que autorizan y propagan es la de encargarse de una función social cuyas operaciones no conocen.
Sin duda que ha habido, y hoy brillan con honra para ellos, con utilidad para la institución, con beneficio de la sociedad, periodistas de primer orden, capaces en lo moral de la mayor elevación, y de los mejores esfuerzos de cultura y de talento en lo intelectual; pero esas son individualidades, y la individualidad es siempre extraordinaria.
Gracias á ella conserva el periodismo una parte de su fuerza moralizadora; gracias á ella se salva de la pendiente de corrupción por donde va; gracias á ella se reconcilia con la degenerada institución el que tiene de ella la alta y exacta idea que debe tenerse del medio más extenso y más enérgico que existe de exponer á la vista del mundo entero la fuerza y la fecundidad de los deberes.
240
CAPÍTULO XXXVII LA MORAL Y LA INDUSTRIA
Hay algunas industrias que parecen condenadas á ser perpetuo ejemplo de inmoralidad: son las de cambio y producción en corta escala; lo que generalmente se llama pequeño comercio y pequeña industria en castellano afrancesado.
Tan favorecedoras de inmoralidad son la industria del comercio al por menor, la manufactura propiamente dicha y la economía rural, que una de las contrapruebas infalibles de la honradez nacional y de los hábitos virtuosos de las variedades etnográficas de la civilización es la equidad en los trueques, permutas, cambios, transacciones y negocios ordinarios. En general, los pueblos del Norte, principalmente los tres de la Escandinavia, son mucho más probos que los restantes de Europa; los del extremo Norte y el extremo Sur de América, mucho más que los restantes del continente.
En esos medios industriales, la producción de la economía rural y la de la manufactura en corta proporción se mantienen siempre en las condiciones económicas de la producción, y el comercio versa sobre productos legítimos y con arreglo escrupuloso á las alzas ó bajas legitimadas por la ley de la oferta y la demanda. Consumidores honrados que satisfacen con trabajo sus consumos, esos pueblos 241producen y cambian con enternecedora equidad y sencillez.
La doblez y la falta absoluta de equidad empiezan para el comercio y la manufactura en corta escala cuando empiezan las urgencias de la vida urbana. Entonces toda tradición se olvida: la producción de mala fe y el cambio de mala fe sustituyen al trabajo honrado. Comienzan las falsificaciones en la producción, y el hurto, verdadero hurto, en el cambio al por menor. Tan pronto como la demanda excede un poco á la oferta, la producción se adultera y el cambio se desmoraliza. Un simple aumento de población flotante en los lugares de Europa y América apropiados para el veraneo, ó la simple introducción de un nuevo producto en los mercados americanos, no muy abastecidos por el comercio internacional, bastan para iniciar á poblaciones inocentes en las trápalas de la industria de mala fe.
Mas no son, aunque corruptores, esos frutos perversos del lucro á toda costa los que más daño hacen á la Moral universal. Eso mina el corazón sencillo de campesinos y aldeanos en los países civilizados ó que participan del usufructo de la civilización, y desarraiga de la mente candorosa de las razas primitivas las ideas de equidad y buena fe, de lealtad en los contratos y de veracidad en la conducta; pero se presenta ó puede hacerse aparecer como el resultado de la inmoralidad individual.
Cuando la industria se hace solidaria de la inmoralidad de la civilización, ó mejor cuando la inmoralidad de la industria hace responsable de sus faltas, delitos y crímenes á la civilización de que es factor, á la vez que exponente, es cuando, por encima 242de todas las industrias, se presenta triunfante, satisfecha y poderosa la industria de las falsificaciones, cuando la ley de la competencia degenera en guerra económica y cuando el Estado no retrocede ante el crimen con tal de beneficiar su producción y su comercio.
Á ese momento industrial hemos llegado ya hace tiempo. Tanto tiempo hace que nos hemos hecho indiferentes á ese mal. Y cuando en cualquiera manifestación de la vida humana se llega á la indiferencia del mal que con ella se desarrolla, es porque el mal es crónico.
Si un mercado se cierra á productos falsificados ó maleados de determinada procedencia, acto de sanidad internacional que muchas veces no es más que un acto de envidiosa protección á los productos propios, suele oirse el vocerío de la Prensa universal, que repite de eco en eco la misma voz de la alarma, ofendiendo, tal vez sin saberlo, á la verdad, y de seguro favoreciendo el interés económico del que dió la alarma. Eso sucedió más de una vez con los jamones de los Estados Unidos, que efectivamente pueden llevar el germen de muerte que en casi todas partes contienen sus similares, pero que dañan más por la competencia económica en que están triunfando que por ser más ofensivos que cualesquiera otros jamones.
Mas cuando la Prensa universal no vocea, ni los Estados cierran sus puertos, ni cohíben con leyes represivas la producción y el cambio, los productos aparecen científicamente falsificados. Grasas, aceites, vinos, vinagres, granos, colores, tintas, tejidos, objetos de primera necesidad, objetos 243suntuarios, objetos de arte, objetos de ciencia, todo se falsifica, y hay países en donde la mayor fuerza productora de la industria se manifiesta en esa producción de mala ley. ¡Y hecho que patentiza la honda caries moral de nuestro tiempo! Son los dos pueblos que más derecho tienen á la consideración de los otros, por el carácter eminentemente edificante de algunas formas de su vida nacional, los dos que más se distinguen, que más compiten en esa odiosa, y á veces, con frecuencia, criminosa inmoralidad industrial. Dolencias gravísimas, que en el curso regular de la existencia no se manifestaban sino de un modo excepcional, muertes entre dolores atroces, envenenamientos súbitos ó lentos, son las consecuencias notorias y notadas de esa proterva industria; y, sin embargo, los pueblos y sus gobiernos no se creen solidarios de esos crímenes, que tienen todos los caracteres del crimen atroz, desde la premeditación hasta la esperanza de la impunidad. Las dos formas que ha tomado la guerra económica en nuestros días son igualmente abominables; pero si alguna de las dos hubiera de ser más maldecida, todas las maldiciones de la Moral caerían sobre la innoble lucha que se hacen los Estados para asegurarse el prevalecimiento de sus productos y entorpecer ó extirpar el consumo de los productos rivales. Las consecuencias morales de ese proteccionismo son inmediatas: las unas se refieren al descuido y á la falta de emulación para el mejoramiento del producto privilegiado, las otras se refieren á los esfuerzos contra la ley que regula la necesidad mal satisfecha por la producción privilegiada.
244La primera serie de consecuencias transciende á los hábitos y virtudes del trabajador y del capitalista, en primer lugar, y en segundo lugar á la dignidad de la nación. Transciende á hábitos y virtudes industriales, porque altera ó paraliza los esfuerzos de buena fe para el aumento y mejora, para el fomento y perfección de la industria. Transciende á la honra nacional, porque á no ser distinta también de la naturaleza individual la nacional, no puede haber nación que considere honrado proceder el de imponer á mercados menesterosos, aislados ó abandonados, los productos que se sabe son inferiores á aquellos con los cuales no se atreven á competir en el suelo nacional.
Nada puede haber más grave para un pueblo que la mengua de su honra ante los otros pueblos; pero como, en cierto modo, la conciencia universal forma la nacional y hasta la individual, las naciones que protegen sus industrias aun sabiendo y por saber que son inferiores, para imponerlas al comercio nacional, al colonial y al extranjero, pueden seguir teniéndose por honradas. Lo que no pueden es evitar el daño que á sí mismas se hacen con su indiferencia moral, y por eso son más graves las consecuencias de la segunda que las de la primera serie, originada por el inmoral propósito de favorecer las industrias nacionales á costa de las extranjeras.
Entre las consecuencias de esa segunda serie, la más imponente, por los crímenes contra la ley y contra las personas á que da nacimiento, es el contrabando. En la actualidad no hay un solo país de la tierra civilizada, ni uno solo, sin exceptuar á la semilibrecambista 245Inglaterra, en donde, sobre la infamia de la industria de falsificación, no incube la verdadera industria del contrabandista. Y dicho sea sin reparo, en nombre de la misma Moral que condena el torcimiento de la Industria hacia fines tan innobles como los que hoy la dirigen; entre el contrabando, que rehuye el cumplimiento de leyes que violentan el orden económico y los Estados que persiguen á los que tratan de restablecer, aunque inmoralmente, las bases de un orden trastornado, más moral es el contrabando que el Estado que lo hace necesario.
Y si se piensa que el contrabando engendra al contrabandista, que el contrabandista es el instrumento del comerciante, que el comerciante utiliza impunemente los beneficios que le hace el contrabandista, y que éste se pone fuera de la ley y es un enemigo del Estado, que el Estado persigue con agentes organizados y disciplinados para ese solo fin, produciendo sus luchas con los enemigos del Fisco una guerra sangrienta y sanguinaria que en algunos Estados, España, por ejemplo, dan á la estadística de los crímenes y las desgracias nacionales un contingente anual triste y sombrío, se sentirá la necesidad de unir sus maldiciones á las que arroja la Moral sobre los Estados que malean las condiciones esenciales de las industrias extractiva y comercial, imponiéndose con leyes que las vejan al bienestar de nacionales y extranjeras, y desmoralizando del modo más profundo el trabajo, instituído por la Naturaleza para bien individual, social y humano.
Ya, gracias fervientes sean dadas á la alianza de 246los egoísmos nacionales con el altísimo altruísmo de los hombres mejores de este siglo, ha desaparecido la esclavitud que lo manchaba; ya, con ella, la oprobiosa inmoralidad á que concurrían naciones, gobiernos, tráfico y traficantes, compradores y vendedores de almas humanas, sostenedores y utilizadores de la más infame entre cuantas instituciones han servido para patentizar el fácil uso que el hombre hace del mal. Pero tiempo transcurrirá, tiempo lento, tiempo largo, antes de que los pueblos americanos educados por Europa en el uso del trabajo servil, vean devuelta su dignidad al trabajo, su iniciativa al trabajador, su conocimiento del fin para que sirve al capital, su orden á la vida económica, su moralidad á la vida íntima y de relación, privada y pública.
Tiempo será largo el que haya de transcurrir antes de que nos limpiemos de esa asquerosa laceria. No satisfecha de manchar el cuerpo, se ha grabado en el alma de nuestras sociedades. Ni aun el alma saludable de la sociedad norte-americana ha perdonado, y el menor mal que en ella ha producido es grave mal: el de hacerle odiosa una raza de hombres que ha servido de instrumento vil.
En las otras sociedades envilecidas durante siglos por la doble esclavitud del etíope ante la sociedad, y del colono ante su metrópoli, la innoble utilización del hombre como instrumento inconsciente de trabajo empezó por malograr la industria y concluyó por malograr la libertad.
De paso malogró la vida de familia y la vida de relación, cuya única base de reconstrucción es hoy el afectuoso corazón de la mujer en la primera, y la 247tendencia afectiva de la raza latina en la segunda.
Como esa inservible ó no utilizada hierbecilla de nuestra región ecuatorial que, arrancada de cuajo, reaparece obstinadamente cuantas veces se ha creído desarraigada y cunde por entre los plantíos, robándoles la mejor parte del sustento, la esclavitud maleó tan hondamente la industria de estos pueblos, que por en medio de los productos más sanos del trabajo libre reaparece de continuo el trabajo esclavo. Unas veces, como sucede en nuestros más obscuros centros industriales, el comerciante voraz compra en flor la sementera, convierte ipso facto en esclavo el trabajo libre que servía para sustento de una familia y una industria, y corrompe la industria y la familia. Otras veces, como en Méjico, por lo menos en la península de Yucatán, el pobre, el bueno, el benigno, el laborioso indio yucateco, violentado por malas cosechas, por malos negocios ó por torpes transacciones, hipoteca el trabajo de sus hijos. Otras veces, como acontece entre los quichuas de las altiplanicies del Perú, el engaño y la malicia hacen siervos de hombres libres. Otras veces, emisarios infames de esa innoble industria que no sabe prosperar sin esclavizar, han ido á la India y á la China, han hecho cómplices suyos á Inglaterra, á la Unión Americana, á España, al Perú; han convertido en encubridores de su inicua trata á los representantes consulares de esas naciones en el Extremo Oriente, han engañado con viles promesas á los pobres coolíes y á los labradores del Quan-Tung, y esclavizándolos á dolorosos contratos, los han traído á mal morir en las sentinas de los barcos en que los hacinaban ó en la horrible existencia de las 248colonias inglesas, de Filipinas, de Cuba, del Perú, de California, horrible existencia de parias, de verdaderos parias, de hombres que dan asco, de sombras que horripilan, hasta que un día, como en Jamaica, los fusilan en tropel por celebrar ceremonias del culto budista, y otro día, como en California y en los campos del Perú, los persiguen por competencias económicas.
Sin duda que en una industria así manchada con crímenes tan oprobiosos no tiene ante la moral sencilla el esplendor con que se presenta á los ojos deslumbrados del epicúreo; pero aún ha hecho más para hacer más abominable el satánico jesuitismo con que sacrifica los medios á los fines. Ha hecho más. Ha convertido naciones ilustres en la historia de la civilización, como Inglaterra, en impositora de un vicio horrendo á una sociedad de cuatrocientos millones de seres humanos, ó como España, en impositora de un privilegio enervante é incivilizador en favor de sus hijos territoriales contra sus hijos coloniales.
La guerra del opio, una guerra mortífera, inicua y vergonzosa, exclusivamente hecha por Inglaterra contra China para imponerle el consumo del opio que un emperador digno de eterna loa quiso á toda costa impedir que siguiera labrando la vida y la moral de sus súbditos, es la tercera forma, no más aterradora que las otras, pero tan inicua como las otras dos, que ha tomado en nuestros tiempos la inmoralidad industrial.
Muchos errores y muchos delitos ha cometido Inglaterra por favorecer su industria; pero tan horrendo como la guerra del opio, tan infame como 249la mortal narcotización de todo un pueblo para ganar así unos cuantos millones de libras esterlinas, ninguno. ¡Y pensar que ese es el pueblo del siglo XVII!
La guerra sorda, continua, sin cuartel, que á principios del siglo estalló en todo el Continente, desde Méjico hasta el virreinato de Buenos Aires, dando al fin por bendecido fruto la abolición del principio industrial obtenido por los españoles de territorio contra los españoles de origen y derecho, ha continuado y continúa en Cuba, en Puerto Rico, en Filipinas, sociedades cuya potente vitalidad, cuya fuerza económica, cuyos beneficios industriales explotan á mansalva los españoles que usufructúan su privilegio contra los insulares que sienten ligados sus movimientos por ese privilegio.
En el fondo, no es la política, no es un plan político, es la industria, es un plan industrial el que esclaviza á esas islas malogradas para la libertad, para la civilización, para el mundo y para España misma.
El día en que estallen, la moral industrial habrá dado en ellas un gran paso. Si España quiere que no estallen, haga á la Moral el bien de no supeditar la libertad de tres sociedades al beneficio industrial de pocos y no los mejores de sus hijos.
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CAPÍTULO XXXVIII LA MORAL Y EL TIEMPO
El tiempo, para el trabajo, es aire; para el ocio plomo.
Como plomo, pesa en pequeñas cantidades lo que en grandes cantidades el trabajo, y es natural que de continuo busquemos el modo de descargarnos de la carga fatigosa.
En el modo de descargarse está gran parte del arte de la vida, y en combinar el pasatiempo con el tiempo empleado en el trabajo está la superioridad ó la inferioridad de una civilización. En la civilización más adelantada, que ha de ser la más moral, está ingeniado el pasatiempo con propósito de bien, para evitar el mal de que la ociosidad es consejera. En la civilización menos desarrollada, que es, por menos racional, menos moral, el pasatiempo es violenta supresión de tiempo. La civilización moral ha de llevar el orden al descanso del trabajo. La civilización inmoral altera el orden ó continúa el desorden en las horas del reposo y del solaz. La una sabe distraerse, traer su atención de una ocupación de tiempo que la absorbe á otra ocupación de tiempo que la encanta. La civilización inferior no sabe más que divertirse; verter á raudales en nonadas peligrosas el tiempo que pesa sobre individuos, grupos y sociedad entera. La vitalidad de todas 251las formas religiosas está íntimamente relacionada con este serio problema sociológico del empleo del tiempo sobrante. La enérgica resistencia de las diversiones más inmorales á argumentos de razón y de experiencia se explica por la necesidad en que pueblos é individuos están de deshacerse de la carga del tiempo sobrante.
Los vicios más rebeldes, que son los de sensualidad, contra todo remedio se rebelan y resisten, por el vergonzoso poder que tienen de absorber fuera del tiempo los sentidos.
Los vicios más cobardes, la difamación, la maledicencia, la calumnia, porque matan el tiempo, sobreviven.
El culto, en las religiones positivas, es la raíz más profunda de la fe. Cuanto ésta es más irracional, tanto el culto es más teatral. Lo que no se puede obtener por devoción se obtiene por diversión. De ahí, en el fondo histórico de todas las religiones monoteístas, el germen de politeísmo que se ven forzadas á cultivar con esmero para entretenimiento de las multitudes. Cuanto mayor el número de atributos de la divinidad, y más numerosas sus manifestaciones y personalizaciones, tanto más frecuente el culto, tanto más fecundo en pasatiempo. Las innumerables legiones del brahmanismo y del budismo, el arte de brahmines y bonzos en divertirlas con sus cultos respectivos deben la disminución de carga, que es para ellas el tiempo y la flemática fidelidad con que resisten, á la propaganda y al espectáculo del protestantismo en la India. Son, entre indus, tibetianos y chinos, deduciendo confucianos, mahometanos, parsis, nanakianos, panteístas, 252indiferentes y librepensadores, unos seiscientos millones de seres humanos, sobre los cuales pesa el tiempo con la abrumadora pesadumbre con que pesa en aquellos campos de batalla del trabajo en que la competencia biológica no ha podido moderarse ni por la ejemplar sobriedad del combatiente, ni por la fecundidad de recursos naturales en el suelo del combate, ni por la portentosa laboriosidad y la industria secular del mejor mantenedor de ese combate, el chino.
¿Qué sería de ese hormiguero de racionales si sus religiones no le hicieran soportable el tiempo? ¿Qué de los doscientos cincuenta millones de católicos que generalmente pululan en las sociedades menos industriosas de Europa y América, si el culto de su Iglesia no los divirtiera casi todos los días del tiempo que casi continuamente les sobra?
Cierto que el tiempo empleado en el culto es una resta formidable y está lejos de ser un empleo útil; pero, al menos, en esa disipación entra de algún modo la idea del deber en cuanto el religionario está obligado por su religión al culto.
Infinitamente, de todos modos, menos inmoral es ese abuso del tiempo que el favorecido por las cien instituciones del vicio que se levantan en el seno de la civilización á acusarla de su incapacidad para aprovechar en distracciones civilizadoras y moralizadoras el tiempo social que sobra cada día después de las faenas de las industrias mecánicas y racionales.
El teatro, que es una institución de esa buena especie, pasatiempo educador como ninguno por ser más accesible que otro alguno á la receptividad 253mental y sensitiva del pueblo, en ninguna parte es una institución popular ni nacional; no popular, porque no alcanza sistemáticamente al pueblo; no nacional, porque reduce su acción á las grandes capitales, y pocas veces llega á las pequeñas, y nunca á la población rural. La escuela nocturna, que debiera ser en todas partes un atractivo irresistible para la falange industrial que conduce á las naciones, no se ha extendido bastante á villas, burgos, villorrios y aldeas, y en parte alguna tiene fuerza de atracción bastante para disputar su presa á los centros de depravación.
Las conferencias literarias, científicas, religiosas, políticas, económicas, son privilegio de los grandes centros.
De ellos también, como si sólo en ellos indujera la sobra de tiempo á excesos criminales, es privilegio exclusivo la benéfica propaganda de las asociaciones establecidas contra la intemperancia.
La patinación artificial, los gimnasios, las salas de armas, las de tiro, los ejercicios de bomberos, las sociedades de tiro al blanco, las excursiones fluviales y marítimas con propósito de educación placentera, son instituciones privativas de un cortísimo número de individuos en el cortísimo número de ciudades norte-americanas, suizas, inglesas y alemanas en que existen.
Los ateneos, liceos, academias, casinos, instituciones dos veces preciosas porque convierten el estudio en placer, y porque al placer del estudio facilitado por la palabra viviente del propagandista agregan los amables solaces de la sociabilidad, son mucho menos generales de lo que debieran, y 254en parte alguna alcanzan con su fructífero pasatiempo al fondo de la masa social.
Los conciertos populares, que usurpan su apellido, porque casi nunca se ponen al alcance del mínimo ahorro que puede hacer el llamado hombre del pueblo, debieran ser una verdadera institución nacional en todos los países, y alcanzar con su benéfica acción á la población aldeana y rural. Los orfeones, las sociedades corales, las asociaciones filarmónicas, debieran dondequiera corresponder al hondo intento de educación popular y nacional que tienen en Alemania, y sorprender, como allí, al trabajador en su taller y al labrador en su labranza.
El estúpido militarismo que hace omnipotentes en Europa á los inmorales que explotan la necedad y la ignorancia de la turba, podría convertirse en un semillero de instituciones culturales y de útil, honesto y fecundo pasatiempo, si se convirtiera la atención popular hacia los ejercicios gimnásticos, militares y estratégicos en que es educada toda la porción de europeos que el ejército permanente roba á la Industria, al Arte y á la Ciencia.
Los paseos públicos, que en vez de exhibiciones del lujo insolente y de la vanidad triunfante debieran ser, en lo posible, remedos placenteros é instructivos de la Naturaleza; los jardines botánicos; los museos zoológicos, pictóricos y antropológicos, que debieran, como las bibliotecas, hacerse instituciones campestres como urbanas, para empeñar á la muchedumbre en la dulce tarea de ver cada vez mejor el mundo que nos rodea, la cadena biológica de que somos eslabón, el movimiento del Arte en tiempo y países diferentes, el proceso de la 255vida humana desde la edad remota de la tierra, al través de todas las edades de la civilización, son hoy instituciones exclusivas de las que se llaman aristocracias del privilegio, de la fortuna ó del saber, en sólo las grandes capitales de naciones ya robustas.
Mientras la civilización no sepa emplear el tiempo que le sobra después del trabajo de cada día, no será una verdadera civilización, porque no sabrá emplear la primera riqueza y la más transcendental.
Esto es interés de todo el mundo. Á nadie, por laboriosa que su vida se deslice, le falta un momento de ocio en que sentirse abrumado de fastidio, porque necesita un solaz social y no lo encuentra, ó tiene que aceptar como tal, en la mayor parte de las residencias de este mundo, alguno de los pasatiempos que repugna la razón.
Á la mayor parte de los hombres sobra tiempo, aunque sólo sea el cada día deducido del trabajo cotidiano, para aburrirse de sí mismo y de los otros y para verse expuesto á optar entre fastidiarse á solas ó corromperse acompañado. Tanto ha conocido la lírica del día esa doble faz del problema del tiempo, que, cantando el tedio, ha divinizado crímenes, vicios y monstruosidades hijos del fastidio de sí mismo, y que el fastidio de sí mismo ha acogido como inmortales protestas de la justicia y del dolor contra el infame orden del mundo en que el tiempo es plomo que pesa sobre todo el que no tiene dignidad bastante para emplearlo en el trabajo. Las noches de las grandes ciudades son probablemente superiores, en los pueblos más prósperos de la civilización actual, á la vida nocturna de Atenas; 256pero las instituciones atenienses, ó, más históricamente, las costumbres de los atenienses, que tenían por objeto el empleo popular del tiempo que sobraba cada día, serán perpetuo motivo de generosa envidia para todos los que puedan seguir con los ojos de la mente el movimiento de la ciudad por excelencia, en las palestras, en las plazas públicas, en el Pórtico, en la Academia, en los alrededores, ejercitándose en ejercicios del cuerpo, de la mente y del ánimo, y siguiendo material y mentalmente las huellas de Sócrates, de Zenón, de Platón, de Aristóteles y de los cien sofistas que enseñaban á mal razonar, pero que enseñaban también á emplear el tiempo sobrante en hacer menos mal del que es capaz de hacer un ocioso que tiene hambre de placer ó que está agobiado por el peso de las horas.
FIN
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