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Mi tio y mi cura

MI TÍO Y MI CURA (continued 3)

Reading edition

«¡Oh, qué talento, enamorarse de una mujer cuyo carácter no se le parece en nada! ¡Él, tan alegre, tan charlatán, tan charlatán como yo, por cierto! Blanca es seria, silenciosa e idólatra de la etiqueta, mientras que a él estoy segura, que lo desespera. ¡En cambio nosotros armonizábamos tan bien! ¿Cómo no lo ha visto? Pero Blanca es tan buena como linda; la conoce desde hace mucho, y luego, al corazón no se le ordena»...

Desgraciadamente todos estos hermosos raciocinios no me consolaban.

De noche sollozaba en mi cama y a veces, hasta entre sueños, y a pesar de la firme resolución de ocultar mis impresiones, al cabo de quince días todos los habitantes del Pavol, se asombraban de mis maneras caprichosas. Por la mañana estaba tan alegre que reía horas y, horas; pero por la tarde, sentábame a la mesa con aspecto sombrío y no despegaba los labios durante toda la comida.

Este silencio tan en oposición con mis hábitos, preocupaba bastante al señor de Pavol.

—¿Qué es lo que pasa en tu cabecita, Reina?

—Nada, tío.

—¿Te aburres? ¿Quieres viajar?

—¡Oh no, no, tío! Por nada dejaría el Pavol.

—Si quieres casarte decididamente, eres libre de ello, no soy un tirano. ¿Te pesarían las negativas con que has acogido las propuestas de matrimonio que se han sucedido en estos últimos días?

—No, no, tío, he abandonado por completo mis antiguas ideas; no quiero casarme.

Estos desdichados partidos, aumentaban mi fastidio. Ya no podía oír hablar de matrimonio sin sentir deseos de llorar. Aunque el señor de Pavol no me apremiaba para que aceptase alguno, me demostraba, sin embargo, las ventajas de cada uno de ellos e insistía algo, para que yo por lo menos consintiese en tratar a mis enamorados.

Hasta les hubiera calificado con mucha facilidad de casos extraordinarios y entre los numerosos descubrimientos que diariamente hacía, no fue la inconsecuencia de mi tío, uno de los que menos me llamaron la atención.

Aquí para nosotros, pienso que estaba algo asustado con la carga de la sobrina que le había caído en suerte. Me dejó completamente libre para elegir y se contentó con mis razones sin pies ni cabeza, para rechazar a mis pretendientes.

—¿Y no eras tú la que tenías tanta prisa por casarte, Reina?—me preguntó Blanca.

—No me casaré, si no encuentro lo que deseo.

—¡Ah! ¿y qué deseas?

—No lo sé aún—respondile con la garganta oprimida.

Blanca me tomó la cara con ambas manos y me miró con atención.

—Quisiera leer en tu pensamiento, Reinita. ¿Amas a alguien? ¿A Pablo?

—Te juro, que no—díjele, zafándome de su caricia,—no quiero a nadie, y cuando quiera, lo sabrás en seguida.

Si la muerte no fuese una cosa tan imponente, estoy segura de que en aquel momento me hubiera dejado matar antes que declarar mi amor por un hombre que amaba a otra y mucho más siendo ésta prima mía. Felizmente no se trataba de horca ni de guillotina, porque mucho me temo que en presencia de ellas, probablemente habría flaqueado mi estoicismo.

—Hago lo mismo que tú, Blanca, espero.

—Yo no tengo la suerte de mi lobezna del Zarzal—respondiome sonriendo,—¡cinco pedidos a la vez: figúrate!

—No me hables más de esto, te ruego; el recordarlo me fastidia, me oprime, me asfixia.

Por desgracia a un sexto pretendiente que reunía las cualidades más raras, extraordinarias y completas, se le antojó de improviso colocarse en el número de mis adoradores.

¡Ay! ¡cosechaba yo lo que había sembrado! pues desde mi entrada en la sociedad no había hecho otra cosa que pregonar, que pensaba casarme lo más pronto posible.

Hízome llamar mi tío y tuvimos una larga conferencia.

—Reina, el señor de Le Maltour, solicita tu mano.

—Que le aproveche, tío.

—¿Te gusta?

—Al contrario.

—¿Por qué? Exponme las razones, pero buenas razones; no como las del otro día que no valían nada.

—Tampoco vuestros partidos no eran presentables, tío.

—Vamos al señor P. muy bien...

—¡Oh, un hombre de treinta años, casi un patriarca!

—¿Y el señor de C.?

—¡Un hombre espantoso!

—Y el señor de N... mozo de mérito y muy inteligente.

—¡Bah! le conté los cabellos y ¡no tenía más que catorce! ¡A los veintiséis años!

—¡Ah!... ¿y el pequeño D?...

—No me gustan los trigueños. Y luego, es una nulidad completa. Una vez casado, querría a su persona, a sus corbatas, a mi dote y nada más.

—Te concedo todo eso. Pero vuelvo al barón de Le Maltour; ¿qué le reprochas?

—Es un hombre que no ha bailado conmigo, sino cuadrillas, porque no sé valsar a tres tiempos—exclamé con indignación.

—¡Horrible falta!; Te lo repito, Reina, creo que es absurdo casarse tan joven; pero a pesar de tu dote y tu belleza, creo que no volverás a hallar jamás un partido semejante. Es un joven bien parecido y tengo las mejores informaciones respecto a su moralidad y su carácter, fortuna inmensa, familia honorable y muy antigua.

—¡Ah, sí, abuelos! como dice Blanca—interrumpí con desdén. Tengo horror a los abuelos, tío.

—¿Por qué?

—Gente que no pensaba más que en pelear y romperse la cabeza. ¡Qué idiotez!

—¡Ah! pues mira, sé también que el escribiente del tribunal de V... gusta de ti; no tiene abuelos, ¿quieres que le diga que en vista de ello, la señorita de Lavalle está dispuesta a casarse con él?

—No os burléis de mi, tío; bien sabéis que soy aristócrata hasta la punta de los dedos—respondí, aprovechándome de la ocasión para admirar mis afiladas manos.

—Es lo que creo, si no engaña tu aspecto. Y ahora, sobrina, óyeme bien. Aun no conoces al señor de Le Maltour, para formar opinión de él, y quiero absolutamente que le trates con intimidad antes de que des una contestación definitiva. Voy a escribirle a la señora de Le Maltour, que la resolución depende de ti, y que autorizo a su hijo a que se presente en el Pavol cuando le plazca.

—Muy bien, mi tío, haced lo que queráis.

Cinco minutos después paseaba yo por el bosque, presa de la más violenta agitación.

—¡Ah, quiere salir con la suya!—decíame mordiendo el pañuelo para ahogar los sollozos;—ya verá cómo recibo a su Le Maltour. Quiero que en cuatro días desaparezca de mi vista.

Mi tío no ve ni comprende nada. Me engañaba. Mi tío, a pesar de mi repentina resolución de disimulo, veía claramente, pero se conducía con prudencia. No podía impedir al señor de Couprat que amara a su hija, ni renunciar al proyecto que tanto él como el comandante acariciaban desde hacía tiempo. Por otra parte, convencidísimo que mi cariño no era profundo y que era más bien una niñada, pensaba que el mejor remedio para tal capricho era el de enderezar mis pensamientos hacia un hombre que enamorado de mi, se hiciera amar, fundándose en este axioma: el amor atrae al amor.

Su razonamiento, si no hubiese fallado por la base, hubiera sido perfecto.

Dos días más tarde llegaron al Pavol la señora de Le Maltour y su hijo, con la sonrisa en los labios y la esperanza en la mirada. La excelente señora me dijo cien amabilidades a las que contesté con la cara ceñuda de un portero de jesuitas.

El barón era un buen muchacho... ¡aguardad, no quiero decir con esto que fuera un tonto; al contrario! Era inteligente y listo, pero no tenía más que veintitrés años. Era tímido y estaba muy enamorado, circunstancia que no le despejaba la mente, pero que sería una ingratitud de mi parte, el criticarla.

Al día siguiente volvió sin su madre y trató de conversar conmigo.

—¿Sentís, señorita, que se haya terminado la temporada de los bailes?

—Sí—le respondí en un tono tan brusco como el de Susana.

—¿Os divertisteis la otra noche en casa de los C?...

—No.

—Sin embargo, me pareció una fiesta brillante. ¡Qué lindo vestido llevabais! ¿Os gusta el azul?

—Puesto que lo uso...

El señor de Le Maltour tosió levemente, para darse valor.

—¿Os gustan los viajes, señorita?

—No.

-Es sorprendente. Os hubiera creído de carácter emprendedor y viajero.

—¡Qué idiotez! ¡Tengo miedo a todo!

La conversación duró un poco más en este tono.

Desconcertado por mi laconismo y el interés con que con la mayor impertinencia del mundo, seguía yo las evoluciones de una mosca que se paseaba por un brazo de mi poltrona, levantose el barón, algo cortado y abrevió la visita.

Acompañole mi tío hasta la puerta del jardín, y volvió enojado en busca mía.

—Esto no puede continuar así, Reina. Es una insolencia ¡caramba! tanto para mi como para ese pobre mozo, que es tímido y a quien desconciertas por completo. El señor de Le Maltour no es una persona a quien se pueda tratar como a un títere, sobrina. Nadie te obliga a casarte con él, pero quiero que le trates con amabilidad. Bien sabe Dios si tienes buena lengua cuando quieres. Trata de que eso suceda mañana; el señor de Le Maltour almorzará con nosotros.

—Bueno, tío, hablaré, perded cuidado.

—Pero no vayas a decir tonterías.

—Me inspiraré en la ciencia, tío—le contesté majestuosamente.

—¿Cómo? en...

—No os aflijáis, haré lo que me exigís, hablaré sin cesar.

—No, sobrina, no se trata de...

Dejé que mi tío confiara sus pensamientos a los muebles del salón, y corrí a la biblioteca en busca de lo que necesitaba para poner en práctica la idea que acababa de ocurrírseme.

Y llevé a mi cuarto la filosofía de Malebranche y un estudio sobre la Tartaria.

El Malebranche casi me dio un arrebato cerebral y lo dejé para arrojarme sobre la Tartaria, que me ofreció más recursos.

Hasta media noche estuve estudiando atentamente, no sin protestar de cuando en cuando contra los habitantes de Bukharia, que se rebozan con nombres tan extravagantes. Sin embargo, conseguí recordar algunos detalles del país y varias palabras extrañas, cuya significación ignoraba por completo. Me acosté restregándome las manos.

—Veremos—me decía,—si Le Maltour resiste a esta prueba. ¡Ah mi querido tío, convenceos de que he de salir con la mía y de que de aquí a pocas horas me habré deshecho de ese intruso!

Al día siguiente el barón se presentó con el aspecto desconcertado, del que camina sobre vidrios. Yo le recibí tan amablemente, que se repuso, al mismo tiempo que se disiparon los temores del señor de Pavol.

Los de Couprat y el cura almorzaban con nosotros. Oprimíaseme el corazón al ver a Pablo conversando alegremente con Blanca, mientras que yo me hallaba condenada a soportar las atenciones tímidas del señor Le Maltour, cuya cara bonita me atacaba los nervios.

—He cambiado de idea desde ayer—le dije repentinamente;—me gustan muchísimo los viajes.

—Comparto vuestro gusto, señorita; viajar es la más interesante distracción.

—¿Y vos habéis viajado?

—Sí, algo.

—¿Conocéis los Ruddar, los Shakird-Pische, los Usbecks, los Tadjies, los Molahs, los Dehbaschi, los Pend-Baschi y los Alamanos?—le interrogué de un tirón mezclando razas, clases y dignidades.

—¿Y qué es todo eso?—preguntó aturdido el barón.

—¡Cómo! ¿no habéis ido nunca a Tartaria?

—No, jamás.

—¡No haber estado en Tartaria!—exclamé con desdén.—¿A lo menos conoceréis a Nasr-Ullah-Bahadin-Kham-Melia-el-Munemim-Bird-Bhic-Blor y el diablo a cuatro?

Añadí algunas sílabas de mi cosecha al nombre de Nasr-Ullah, para hacer mayor efecto, pensando que la sombra de ese buen hombre no saldría de la tumba a echármelo en cara. Mi tío y los invitados mordíanse los labios para no reírse al ver la fisonomía del señor de Le Maltour, que delataba el mayor desconcierto y Blanca exclamó:

—¿Has perdido la cabeza, Reina?

—No, absolutamente. Le pregunto al señor si comparte mi simpatía por Nasr-Ullah, un hombre que según parece, poseía todos los vicios. Pasaba la vida degollando al prójimo, sumiendo a los embajadores en calabozos donde los dejaba pudrir, y por último, era un hombre de energía, que ignoraba por completo ese horrible defecto, que se llama timidez. Y su país ¡qué país! Allí reinan todas las enfermedades y por eso mismo me gustaría llevar a mi marido. La tisis, la viruela, vómitos que duran seis meses, úlceras, lepra, un gusano que llaman richta, que roe a las personas, y para extirparlo se...

—Basta, Reina, basta. Déjanos almorzar tranquilos.

—¿Qué queréis tío? La Tartaria me atrae. ¿Y a vos?—pregunté al barón.

—Lo que decís de ella, no es muy halagüeño.

—Para los que no tienen sangre en las venas—respondí despreciativamente.—Cuando me case, iré a Tartaria.

—A Dios gracias, no dependerá de ti, sobrina.

—Ya lo creo que sí, tío; haré mi voluntad, no la de mi marido, a quien llevaré a Bukharia para que le coman los gusanos.

—¿Cómo? Comido por...—murmuró tímidamente el barón.

—Sí señor, lo que habéis oído. He dicho: comido por los gusanos, porque según mi modo de ver la más encantadora luz de la vida de una mujer, es la de la viudez...

El alto y poderoso barón Le Maltour, aunque de raza de héroes, no resistió a esa prueba. Y comprendiendo el sentido oculto de mis caprichos tártaros, se fue y no volvió más.

Mi tío se enojó, pero no se me importó. Hice una pirueta y le dije con aire sentencioso:

—Tío, quien quiere el fin pone los medios.

XV.

Siempre cumplí la promesa que hice al cura, y le escribía con puntualidad dos veces por semana.

Esta costumbre le pareció tan dulce y halagadora, que cuando interrumpí de golpe la regularidad de nuestra correspondencia, quedó sumergido en inquietudes y tristeza.

Absorta por mis quebrantos, permanecí quince días sin darle señales de vida; después, cediendo a sus instancias, comencé a expedirle misivas por el estilo de ésta:

«Señor Cura:—Acabo de descubrir que los hombres son estúpidos. ¿No os parece así? Y echando al diablo las conveniencias sociales, os abrazo».

O de esta otra:

«¡Ah, mi pobre cura, creo que he descubierto el manantial de agua fría, de que hablábamos tres meses ha! ¡La felicidad no existe, es un engaño, un mito; todo lo que queráis, menos realidad!

«¡Adiós! ¡Si la muerte no nos volviese tan feos, querría morir! ¡Morir, sí, mi cura! ¡Habéis leído bien!»

Él me contestaba correo por correo.

«Hijita querida:—¿Qué significa el tono de tus últimas cartas? Hace tres semanas parecías tan feliz en medio de la gloria y la alegría de tus éxitos sociales. No, no, Reinita, la felicidad no es un mito, y será tu herencia; pero en este momento la imaginación te domina, te ofusca, y por consiguiente, impídete ver con claridad. No has seguido mi consejo, Reina; has abusado de tus fogatas, ¿verdad? Pobre hijita; venme a ver, y conversaremos de tus preocupaciones.»

Yo le respondí:

«Señor Cura:—La imaginación es una tonta, la vida un estropajo, y la sociedad un harapo que brilla mucho desde lejos, pero que bien mirado, no sirve para nada, a no ser para colocarla en un árbol a guisa de espantapájaros. Tengo ganas de entrar en la Trapa, mi querido cura. ¡Ah! si tuviese seguridad de que de cuando en cuando se me permitiría bailar con apuestos caballeros, como algunos que conozco, tened por por cierto que iría a refugiarme allí y a enterrar mi juventud y mi belleza. Pero creo que este género de distracciones no está muy de acuerdo con la regla de la Orden. Dadme algunos datos al respecto, señor cura, y convenceos de que no sois sino un soñador optimista al pretender que la felicidad existe y que me está destinada. Vivís como un ratón dentro de un queso, no porque seáis egoísta, e ignoráis las catástrofes que pueden estallar sobre la cabeza de las gentes que viven en el mundo.

«Ya no tengo ilusiones, mi buen cura. Soy una viejecilla arrugada, apocada y descalabrada, (en lo moral, se entiende, porque, hoy por hoy, estoy más linda que nunca), una viejecilla que ya no cree en nada, que no espera nada, y que no se da cuenta de cómo la tierra es tan tonta, como para seguir girando todavía, cuando mis ensueños y quimeras están destrozados, pulverizados y reducidos a átomos imperceptibles.

«Si se pudiera, despojar a mi persona moral de esta envoltura de carne, que, estoy de acuerdo en ello, engaña al ojo del observador, mi persona moral digo, no sería más que un esqueleto, un árbol muerto, completamente muerto, sin savia y sin hojas, un árbol que tiende hacia el cielo sus largos brazos secos y descarnados. Con tal de que lo moral no arruine a lo físico...

«Ah, señor cura, ¡tiemblo con sólo pensarlo! ¿No es cierto que es terrible no abrigar la menor ilusión a los diez y seis años?

«Hasta la vista, mi viejo cura».

Dos días después de haber expedido esta epístola, que debía dar al cura la más triste idea del estado de mi alma, decidió mi tío llevarnos a paseo al monte San Miguel.

Ese día había algo nefasto en el ambiente; lo presentí. Mi tío y el comandante habían celebrado la víspera una conferencia secreta y prolongada. Pablo parecía inquieto, nervioso y mi prima tenía aspecto soñador.

Mi tío y Juno, que tenían pasión por el monte San Miguel, me lo hicieron conocer con fruición; y en cuanto a mi, tras de no importárseme mucho el arte arquitectónico, miraba todo a través del sombrío velo de mi mal humor positivamente insoportable.

—¡Cómo cansa el trepar por tantos escalones!—decía yo, quejándome a cada paso.

—No son más que seiscientos, prima.

—¡Oh! entonces me quedo aquí.

—Vamos, sobrina, ¡caramba! al fin y al cabo no estáis enferma de reumatismo.

Y mi tío, me contaba la historia del monte y el incidente de Montgomery, mientras subíamos por aquellos peldaños hollados por tantas generaciones.

¿Pero qué se me daba a mi de Montgomery, de los bastiones, de la maravillosa abadía, de las inmensas salas, ni del mundo de recuerdos que duerme allí desde hace siglos? Me hubiera guardado bien de despertarlos, puesto que tenía que observar cosas cien veces más interesantes en el rostro del regordete caballero que colmaba a Blanca de atenciones y cumplidos, sin pensar siquiera en mí.

¡Qué estúpida había sido yo! No ver antes su amor.

Por serla grato, se extasiaba ante la menor piedrecilla, mientras que yo, de tiempo en tiempo, le lanzaba miradas terribles; pero ni se dignaba notarlas.

—Henos ya en la sala de los caballeros. Veamos, Reina, ¿qué dices de ella?

—Digo, tío, que si los caballeros estuviesen en ella, tendría algún encanto.

—¿Que no lo encuentras en ella misma?

—De ningún modo. Veo grandes chimeneas, pilares con esculturillas arriba, pero ni un caballero a quien hacer girar la cabeza... ¡bah, todo eso no sirve para nada!

—Nunca se me había ocurrido este modo de apreciar la arquitectura feudal—exclamó, riendo, mi tío.

Atravesamos corredores obscuros, que me amedrentaron.

—Nos vamos a romper la mollera—gemía yo, aferrándome al brazo del comandante, mientras que Pablo ofrecía el suyo a Blanca.

—¿Estamos tristes, Reinita?—me preguntó quedo el comandante.

—Habláis como mi cura—respondí emocionada.

—Vamos a ver: ¿Queréis tener confianza en mi?

—Yo no tengo tristezas ni confianza en nadie—contesté de mal modo.—Susana decía que los hombres eran unos papanatas, y yo comparto las opiniones de Susana.

—¡Oh, oh!—dijo el comandante, mirándome con un aire tan bondadoso, que tuve miedo de estallar en sollozos;—¡tanta misantropía en tanta juventud!

No contesté nada, y como en aquel momento llegábamos a una espaciosa terraza, me escapé de su brazo y corrí a esconderme tras una enorme arcada. Apoyé la cabeza sobre una de aquellas vetustas piedras y me eché a llorar.

—¡Ah!—pensaba,—cuánta razón tenía mi cura, al decirme, hace mucho tiempo, mucho, que no se discute con la vida, sino que se le sufre! Toda mi lógica no vale nada ante las circunstancias. ¡Qué triste es, Dios mío, qué triste es verse tratada como una chiquilina sin importancia!

Y miraba a través de mis lágrimas, aquellos arenales tan célebres, que me parecían desolados, y aquel monumento cuya mole me oprimía y causaba vértigos; pero sin darme cuenta de ello, sentía una especie de alivio en la afinidad misteriosa que había entre aquella naturaleza triste y mis propios pensamientos; en la contemplación de aquellos murallones que arrojaban su sombra melancólica sobre la tierra y el pasado.

De vuelta a casa y ya en el tren, me interrogó mi tío.

—Y bien, Reina, en resumidas cuentas, ¿cuál es tu impresión sobre el monte San Miguel?

—Que allí, será muy fácil morir de miedo, y enfermar de reumatismo.

En el trayecto de la estación de V*** al Pavol, reflexionaba yo, en la poca duración de las cosas de la tierra. No hacía aún tres meses que recorría el mismo camino, bajo la influencia de mis ensueños de felicidad, y con la embriaguez de mis hipótesis alegres a cerca del porvenir, que cría tan bello!... mientras que entonces, me pareció el camino cubierto con jirones de mi dicha.

Era bastante tarde, cuando llegamos al castillo; sin embargo, mi tío llamó a Blanca a su despacho diciéndole que tenía que hablar con ella muy seriamente. Y yo me acosté, llorando con todas mis fuerzas, y con la convicción de que la espada de Damocles pendía sobre mi cabeza.

Desde algún tiempo atrás, Juno se había hecho más íntima conmigo. Todas las mañanas venía a sentarse a mi cama y conversábamos indefinidamente. Al día siguiente a las siete, entró en mi cuarto con aspecto sereno, tranquilo y con aquella encantadora sonrisa que transformaba su altanera fisonomía, y que tal vez sólo yo conocía bien.

—Reina—díjome sin preámbulos—Pablo ha pedido mi mano.

El hilo se había roto y la espada de Damocles me cayó sobre el corazón. ¡Qué poco sentido común el de ese rey! ¡Atar una espada de tanto peso con un hilo tan débil! ¿No dice la historia que fue de un cabello? estoy por creerlo.

Sin duda alguna, yo esperaba esta revelación, pero mientras los hechos no se verifican, ¿qué criatura humana no abriga en el fondo de su corazón un poco de esperanza? Palidecí tanto, que Blanca lo notó, por más que la alcoba estaba sumida en una media sombra.

—¿Qué tienes, Reina? ¿Estás enferma?

—Un calambre—murmuré con voz débil.

—Voy a buscar éter—dijo, levantándose diligentemente.

—No, no—proseguí, haciendo un violento esfuerzo para recuperar mi altivez que se desvanecía.—Ya ha pasado, Blanca, ya ha pasado.

—¿Sufres de eso a menudo, Reinita?

—No... algunas veces. No es nada; no hablemos más de ello.

Blanca se pasó la mano por la frente, como quien quiere arrojar un importuno pensamiento, pero yo continué conversando con tanta entereza, que en breve pareció libre de su preocupación.

—Y tú, Juno, ¿qué piensas decidir?

—Mi padre me ha dicho, Reina, que este matrimonio colmaría todas sus aspiraciones.

—Y a ti ¿te gusta?

—Esa unión me gusta, por cierto; reúne todas las conveniencias, pero hasta ahora, yo no amo a Pablo sino como a primo.

—¿Qué defecto le encuentras?

—No le encuentro ninguno, a no ser el de no gustarme lo bastante. Es un excelente joven, pero no es mi tipo. No es tan lindo como yo quisiera, y luego ese apetito normando que le caracteriza... ¡Preciso te será convenir conmigo que está desprovisto de poesía!

—Sin embargo, comer cuando se tiene ganas, me parece una cosa muy natural—respondí conteniendo mis lágrimas.

—En fin ¿qué quieres? Pienso que nuestros caracteres no se avienen.

—¿Entonces, lo desairas, Juno?

—He pedido un mes para contestar, Reinita. Me encuentro perpleja; pues temo causar una decepción a mi padre. Por otra parte, ese casamiento reúne bajo los otros puntos de vista todo lo que yo puedo desear; en fin es un cumplido caballero.

—Mas, supuesto que no le amas, Blanca...

—Mi padre me asegura que le amaré después, y que para ser felices en el hogar, no es necesario el amor.

—¿Cómo puedes creer semejante cosa?—exclamé saltando de indignación.—De veras que mi tío profesa doctrinas abominables.

A esto Blanca me respondió con toda calma, que su padre era el buen sentido en persona y que había notado siempre que rara vez se equivocaba en sus apreciaciones y que por consiguiente se hallaba dispuesta a darle oídos.

—Pablo te quiere mucho, Juno—murmuré yo casi sin voz.

—Sí, desde hace tiempo.

—¿Lo sabías?

—Sin duda; una mujer siempre se da cuenta de esas cosas. Y tú, ¿no lo habías notado?

—Sí... algo—le contesté, enviando a mi pasada estupidez un suspiro lleno de melancolía.

Blanca no dejó después de explicarme la tardanza de Pablo en pedir su mano; aquella demora no obedecía más que al temor de una negativa.

Yo pensaba lo mismo y me vestí febrilmente, pensando que influida por su padre, concluiría por dar su consentimiento.

Yo en su lugar, habría dicho que sí en un segundo, y me hubiera casado quince días después.

¡Ay! mis sueños se habían desvanecido... y caí en un enorme desaliento.

XVI.

Convínose en que Pablo pasaría algún tiempo sin venir al Pavol, y ¡cosa increíble, inaudita! desde el día en que Blanca dejó de verle, pareció casi decidida a otorgarle su mano.

Hablábamos de él constantemente, hasta combinábamos los trajes de boda, y yo daba pruebas de una resignación estoica, digna de los antiguos hombres.

Pero esta resignación era sólo aparente.

Mi desaliento aumentaba, mis ojos se circuían de ojeras, y concluí por pensar que no siéndome soportable la vida lejos del hombre que amaba, lo más sencillo era irme al otro mundo.

Evidentemente, este proyecto era bastante doloroso, pero me aferré a él con entusiasmo; lo meditaba y lo acariciaba, con una alegría casi enfermiza. Pero con todo, juro por mi honor, que jamás se me pasó por la idea asfixiarme, o tragar veneno, medios de finalizar tan gratos a las gentes de nuestra época. No; leí no sé en qué libro, que una joven había muerto de pena a causa de un amor contrariado, y decreté que seguiría su ejemplo.

Tomada esta resolución, y confirmándome mi desmejorada cara en mis pensamientos lúgubres, pensé que sería correcto y conveniente advertir al cura, y que por otra parte no podía morir sin estrecharle la mano.

Bien determinada a ello, entré una mañana en el despacho de mi tío y le pedí permiso para ir al Zarzal.

—Más vale escribir al cura que venga, Reina.

—No podrá, tío; nunca tiene un céntimo.

—Es que no es nada divertido el viaje.

—No es preciso que vos me acompañéis, tío, por eso os ruego que no lo hagáis, me estorbaríais. Quiero ir sola con la vieja ama de llaves, si es que me lo permitís.

—Haz como quieras. Mi carruaje, te llevará hasta C***, donde te será fácil hallar otro que te lleve hasta el Zarzal. ¿Cuándo quieres ir?

—Mañana temprano, tío; deseo sorprender al cura. ¡Ah! me quedaré a dormir en la casa parroquial.

—Bueno. Te mandaré el coche a C***, de aquí dos días. Trata, pues, de hallarte allí de vuelta, pasado mañana a las tres.

Y me miró atentamente por bajo de sus espesas cejas, restregándose la barba con aire preocupado.

—¿Estás enferma, Reina?

—No, tío.

—Sobrinita—díjome atrayéndome a sí, he llegado casi a desear que no se cumplan mis deseos.

Le miré asombrada, porque tenía la firme convicción de que no habría visto nada.

Contesele con mucha sangre fría, que ignoraba lo que quería decirme, que era muy feliz, y que hacía votos para que todos sus proyectos tuvieran éxito. Me abrazó con cariño y se retiró.

Partí, pues, al siguiente día de mañana, sin querer aceptar la compañía de Blanca que deseaba ir conmigo.

En el camino medité en las palabras de mi tío.

—Lo sabe todo—pensé.—¡Dios mío, cuán poco perspicaz soy, a pesar de mis pretensiones! Aun cuando el casamiento de Juno no se verifique, ¿de qué me serviría, si Pablo está enamorado de ella? Ahora, ya no puede querer a otra. No entiendo a mi tío.

Ya no creía como antes, que fuese posible enamorarse de muchas a la vez. Juzgando por mi, pensaba que un hombre no puede amar dos veces en su vida, sin ofrecer al mundo el espectáculo de un fenómeno extraordinario.

Una vez reglamentados así los latidos del corazón de la gente barbuda, mis pensamientos tomaron otro curso, y me regocijé con la idea de ver a mi cura. Y decidí saltarle al cuello, para demostrar el desprecio que profesaba a la etiqueta.

Una vez en la casa parroquial, no entré por la puerta, sino por el claro de una empalizada, que conocía desde tiempo inmemorial y me dirigí a paso de carga hacia la ventana del comedor donde el cura debía estar almorzando.

Esta ventana era muy baja, pero yo era tan chica, que para mirar hacia adentro de la habitación tuve que subirme a un tronco de árbol que coloqué contra el muro a modo de banco.

Pasé la cabeza con toda precaución por entre medio de la yedra, que formaba espeso marco a la ventana, y descubrí a mi cura.

Estaba en la mesa y comía con aire triste. Sus lozanas mejillas habían perdido parte de su color y redondez, y los abundantes cabellos blancos no estaban revueltos como en otros tiempos, sino que se achataban sobre el cráneo, con indecible desolación.

—¡Ah, mi pobre y bondadoso cura!

Salté del tronco, corrí a la puerta, perdí mi sombrero en la carrera, y me precipité en el comedor, como una bomba.

El cura se levantó sorprendido. Su dulce y amable fisonomía resplandeció de júbilo al apercibirme, y por no romper con las tradiciones de la etiqueta, sino en un ímpetu de ternura y emoción, me arrojé en sus brazos y lloré largo rato sobre su pecho.

Sé que no hay nada más impropio en el mundo que llorar sobre el pecho de un cura, que mi tío, Juno y todas las matronas de la tierra se habrían cubierto la faz ante tan escandaloso espectáculo; pero mi ingreso en la escuela de la compostura databa de muy poco tiempo para hacerme perder la espontaneidad de mi naturaleza. Por otra parte, tengo por seguro que sólo los tontos, los farsantes y las personas sin corazón pueden tener la pretensión de no sacrificar jamás las leyes de la conveniencia social ante un sentimiento sincero y profundo.

—La vida es un harapo, mi cura, un mísero harapo—exclamé sollozando.

—¿Hemos llegado a eso, querida hijita? De veras, ¿has llegado ya a tal conclusión? No, no; no es posible.

Y el pobre cura, que a la vez lloraba y reía, mirábame con enternecimiento, me pasaba la mano por la frente y me hablaba como a un pajarillo herido, cuyas quebradas alas hubiera querido curar con caricias y frases cariñosas.

—Vamos, Reina, vamos hijita querida, cálmate un poquito, cálmate—me dijo separándome con dulzura.

—Tenéis razón—respondíle, relegando el pañuelo al fondo de mi bolsillo.—Desde hace tres meses se me predica la tranquilidad y la calma, y no he sabido aprovecharme, como veis, de los consejos. ¡Comamos, señor cura!

Me quité los guantes y la capa y por uno de esos cambios repentinos, desde algún tiempo frecuentes en mi, me eché a reír y me senté a la mesa alegremente.

—Conversaremos cuando hayamos comido, mi querido cura, estoy muerta de hambre.

—Y no tengo casi nada que darte.

—¡Oh! aquí hay judías; ¡a mi me gustan mucho las judías! ¡Y pan casero! ¡Es un banquete!

—Y ¿has venido sola, Reina?

—¡Ah, caramba! es verdad: el ama de llaves ha quedado en el coche, a espaldas de la iglesia. Mandadla buscar, señor cura, y que de paso le digan que recoja mi sombrero que vuela por el jardín.

El buen cura fue a dar sus órdenes y volvió a sentarse enfrente de mí. Mientras que yo comía con excelente apetito, a pesar de mí... tisis y mis penas, él, que ya no se acordaba de comer, me contemplaba con una admiración que trataba de disimular, pero infructuosamente.

—Me halláis linda, ¿no es verdad, señor cura?

—Digo... sí, algo, Reina.

—Ah, mi cura, si me confesase ahora ¡cuántos pecadazos tendría de que acusarme! Ya no son, no, los pecadillos de antes, que conocíais tan bien.

Y sin dejar de comer, le describía mis complacencias vanidosas, mis impresiones, mis trajes, mis ideas nuevas. Él reía, tomaba rapé continuamente, con su antiguo aspecto bondadoso, y me contemplaba, por cierto, sin pensar en reñirme.

—¿No voy camino del infierno, señor cura?

—No me parece, mi buena hijita. Son cosas de tu edad. Eres tan joven.

—¿Joven, mi pobre cura? ¡Ah, si pudierais ver el fondo de mi alma! Os he escrito, que no era más que un esqueleto, y es la verdad.

—En todo caso, no lo pareces.

—Ya hablaremos de ello de aquí a un rato, señor cura, y os convenceréis.

Así que sacié mi apetito, levantó la mesa la sirvienta, se encendió un espléndido fuego en el hogar, y nos sentamos, el cura y yo, cada uno a un lado de la chimenea.

—Veamos, pues, Reina, hablemos seriamente. ¿Qué tienes que contarme?

Adelanté mis piececitos hacia las llamas del hogar y respondí tranquilamente.

—Mi cura, me muero.

Algo impresionado, cerró el cura bruscamente la entreabierta tabaquera, en la que estaba a punto de introducir los dedos.

—No tienes aspecto de eso, hijita.

—¡Cómo! ¿no me veis ojerosa y con mis labios pálidos?

—No, Reina; al contrario, tus labios están rosados y tu rostro denota una floreciente salud. Pero ¿de qué te mueres?

Antes de contestarle, miré en torno mío pensando en que iba a pronunciar una palabra, que jamás había oído pronunciar aquella modesta sala; una palabra tan rara, que probablemente haría caer sobre mi cabeza en un movimiento de sorpresa e indignación al viejo reloj sin máquina que se incrustaba en un rincón, y a las imágenes piadosas de las paredes.

—¿Y bien, Reina?

—Pues bien, señor cura, me muero de... amor.

El reloj, las imágenes y los muebles conservaron su inmovilidad y el mismo cura no dio más que un salto pequeñito.

—Estaba seguro de ello—dijo pasándose la mano por la cabellera blanca, que había reconquistado su revuelta actitud de los buenos tiempos,—estaba seguro. Tu imaginación ha hecho de las suyas, Reina.

—No se trata de la imaginación, señor cura, sino del corazón, puesto que amo.

—¡Oh tan joven, tan niña!

—¿Qué tiene que ver eso? Os repito que me muero de amor por el señor de Couprat.

—¡Ah! ¿conque es él?

—¿Qué me tomáis por una veleta, mi cura?

—Pero, Reinita, en vez de morir, sería mejor que te casaras con él.

—Eso sería lógico, querido cura, muy lógico; pero por desgracia, no le gusto.

Esta aserción le pareció tan extraordinaria, que permaneció algunos instante como petrificado.

—¡Eso no es posible!—exclamó y con tal convicción que no pude ahogar la risa.

—No sólo no me ama, sino que ama a otra; está enamorado de Blanca y ha pedido su mano.

Le conté lo que había pasado en el Pavol pocos días antes; mis descubrimientos, mi ceguedad y las vacilaciones de Juno. Y coroné esta narración llorando a lágrima viva, como que mi tristeza era real y verdadera.

El cura, que hasta entonces no había podido decidirse a tomar en serio mis penas y mis palabras, ofrecía en aquel instante la imagen viva de la consternación. Aproximó su silla a la mía, me tomó de la mano y se esforzó en hacerme entrar en razón.

—Tu prima vacila; tal vez no se realice el casamiento.

—¿Y que me importaría eso, si la ama? No se puede querer dos veces.

—Sin embargo, sucede.

—¡Oh, no lo creo; sería espantoso! Mi pobre cura, soy muy desgraciada.

—¿Se lo has dicho a tu tío?

—No; pero ha adivinado lo que pasaba por mí. Y de todos modos ¿para qué? No puede obligar a Pablo a quererme y olvidar a su hija. Yo no quisiera que supiese que le amo; preferiría morir.

Un largo silencio sucedió a este arranque de orgullo.

Ambos mirábamos el fuego como dos buenos hechiceros que intentaran leer el secreto del porvenir en las llamas y carbones encendidos.

Mas, llamas y carbones permanecían mudos y yo lloraba silenciosamente, cuando el cura prosiguió semisonriendo.

—Sin embargo, no se parece a Francisco I, ni a Buckingham.

-¡Ah! señor cura—repliqué rápidamente,—si Francisco I y Buckingham estuvieran aquí, no se harían rogar mucho para amarme, y yo estaría contentísima.

¡Hum! El cura halló la respuesta desprovista de ortodoxia y susceptible de enojosas interpretaciones, y abandonando inmediatamente tan escabroso tema, me aconsejó resignación.

—Pienso, Reina, que eres muy joven; que esta prueba pasará y que tienes delante de ti una larga vida.

—Sabed, mi cura, que no soy de carácter resignado. Si vivo, no me casaré nunca; mas no viviré: estoy tísica. ¡Escuchad!

Y traté de toser de un modo cavernoso.

—No juegues con tu salud. A Dios gracias, estás muy bien.

—Bueno—dije levantándome,—veo que no queréis creerme. Aprovechemos del buen tiempo y de los últimos momentos de vida que me quedan, para ir al Zarzal, señor cura.

Y nos pusimos en camino hacia mi antigua morada bajo un agradable sol de Noviembre, infinitamente menos dulce y confortador que el cariño y el rostro del cura.

¡Con que gusto miraba sus cabellos agitados por el viento, su andar ligero y su aire de regocijo, tantas veces espiados por mi, desde la ventana de la galería, mientras que la lluvia azotaba los vidrios y mugía y silbaba el viento entre las puertas desvencijadas de la vetusta casa!

Después de hacer una visita a Petrilla y Susana, recorrí la casa de arriba abajo. ¡De veras, no debiéramos medir el tiempo por la cantidad de días pasados sino por el número y vivacidad de las impresiones! Pocas semanas antes salía de la antigua morada, y sin embargo, si se me hubiese asegurado que en vez de días eran años los que habían pasado por mi, lo hubiera creído sin dificultad.

Conduje al cura al jardín. ¡Pobre selva virgen! Me recordaba días tristes; sin embargo, sentí cierto placer recorriéndolo en todo sentido.

Y luego, asediábame la mente el recuerdo de algunas horas deliciosas, recuerdo todavía encantador para mi, a pesar de la amargura de las decepciones que habían sucedido a un instante de felicidad.

—¿Os acordáis, señor cura?—díjele indicándole el cerezo, a que había trepado Pablo.

—Pensemos en otra cosa, Reinita.

—¿Acaso me es dable, señor cura? ¡Si supierais cuánto le quiero! Os aseguro que no tiene defectos.

Una vez en este terreno ningún poder humano me hubiera podido detener, tanto más cuanto que en el Pavol me veía obligada a ocultar mis impresiones. Hablé por tanto rato, que el cura quedó como aturdido.

Pasamos la tarde en charlar y disputar. El cura desplegó todo su talento oratorio, para probarme que la resignación es una virtud llena de sabiduría y fácil de alcanzar.

—¡Ah, mi cura—le respondía con toda seriedad,—no sabéis lo que es el amor!

—Créeme, Reina, con un poco de buena voluntad olvidarás y te sobrepondrás fácilmente a esta prueba. Eres tan joven.

Tan joven... Este era su estribillo. ¿No se sufre lo mismo a los diez y seis años como a cualquiera otra edad? Estos ancianos son incomprensibles.

Yo, por mi parte, le contestaba meneando la cabeza:

—¡No comprendéis, mi cura, no comprendéis!

Al día siguiente, mientras nos paseábamos por el jardín, le dije:

—Señor cura, esta noche he concebido una idea.

—Veamos la idea, hijita.

—Tengo ganas de que seáis cura del Pavol.

—No se puede quitar a otro su puesto, Reina.

—El que está actualmente, es muy viejo, señor cura; espío con tierna atención los síntomas de su decrepitud. ¿No os gustaría reemplazarle?

—Sí, evidentemente. No obstante, sentiría abandonar mi parroquia; treinta años hace que estoy en ella, y he concluido por amarla.

—¿Habéis concluido por amarla? Entonces no os ha gustado siempre.

—No, Reina; bien sabes lo triste que es. Tal vez nunca has pensado en que yo también he sido joven. Mis sueños no eran por el estilo de los tuyos, hijita, pero he soñado con una vida activa; hubiera deseado ver y oír muchas cosas, pues no era un tonto, y anhelaba recursos intelectuales, que me han faltado siempre. Luego, antes de conocerte, no tenía cariño ni amistad en torno mío. Pero uno se sobrepone al fastidio y a los pesares, Reina; todo está en quererlo. Era muy feliz desde hacía tiempo, antes de tu partida del Zarzal; había olvidado los largos días tan tristes de mi juventud.

El buen cura me miraba con aire soñador, y yo que, viéndole siempre alegre y satisfecho, no había pensado nunca en que hubiera podido sufrir alguna vez, me sentí enternecida ante una resignación tan verdadera, tan dulce y tan sin hiel.

—Sois un santo, mi cura—le dije tomándole la mano.

—¡Chut! No digamos tonterías, mi hijita. Esa vida algo estrecha me ha hecho sufrir, pero tal es la suerte de todos mis colegas de carácter joven y activo.

Te he hablado de ello para hacerte comprender que todo se puede soportar, y que la felicidad y la alegría se encuentran siempre, cuando se sufren con valor las pruebas y tribulaciones.

Todo lo comprendía perfectamente; sin embargo, el pobre cura predicaba en desierto.

Era demasiado joven para no tener ideas absolutas, y pensaba con toda convicción, que en cuestión de pesares, nada es comparable a un amor desgraciado.

—Si el curato del Pavol se ve vacante algún día, Reina, lo aceptaré con júbilo; desgraciadamente este cambio no depende de mí.

—Lo sé, lo sé, pero mi tío conoce mucho al señor obispo, y arreglara todo.

El cura me acompañó hasta C***, y cuando me vio instalada en el elegante landeau de mi tío, exclamó:

—¡Cuánto me alegro, Reina, de verte en tu lugar! ¡Qué diferencia entre este coche y el carromato de Juan!

—Pronto me veréis en un hermoso castillo. Voy a rezar una novena para que el cura del Pavol se vaya al cielo. Es una idea muy caritativa, puesto que está decrépito y enfermo. Tendréis una espléndida iglesia y un púlpito, señor cura, pero un verdadero y espacioso púlpito.

Arrancaron los caballos, y me asomé a la ventanilla para poder ver por más tiempo a mi viejo cura, que me hacía señales de cariñosa despedida, sin pensar en ponerse el sombrero, pues una feliz y dichosa esperanza había nacido en su corazón.

XVII.

Esta visita al cura sólo me hizo un bien pasajero.

El saludable efecto de sus palabras se desvaneció rápidamente, y recaí en mis negros pensamientos: mi tío, protestando siempre contra las mujeres, las sobrinas, sus cabecitas flojas y sus caprichos, hablaba de conducirnos a París para distraerme, cuando felizmente se precipitaron los acontecimientos.

Pocos días antes del proyectado viaje, el señor de Pavol recibió carta de un amigo que le pedía permiso para conducir al castillo a uno de sus parientes, un cierto señor de Kerveloch, antiguo agregado de embajada. Mi tío contestó con premura que le sería muy grato recibir al señor de Kerveloch, y le invitó a almorzar, sin presumir que salía al paso a un acontecimiento que, desvaneciendo sus sueños, debía resucitarme la esperanza.

El segundo día después de escrita esta carta (tengo mis motivos para acordarme eternamente de tan célebre día)—el segundo día, hacía un tiempo espantoso.

Según nuestra costumbre, nos hallábamos reunidos en el salón. Blanca preocupada y sentada cerca del fuego, respondía con monosílabos al señor de Couprat. Este testarudo enamorado, no habiendo podido soportar su destierro, había reaparecido en el Pavol a las cuarenta y ocho horas.

Mi tío leía el diario, y yo me había refugiado en el hueco de una ventana.

Alternativamente trabajaba con nervioso entusiasmo, pues tenía pasión por las labores de aguja, o contemplaba el firmamento obscuro y la lluvia que caía sin interrupción; escuchaba el rugido del viento, de ese viento de Noviembre que parece llorar quejumbrosamente, y me sentía fatigada, triste y sin el menor presentimiento feliz, aunque en aquellos instantes acudía a mi la felicidad arrastrada por el rápido trote de dos briosos corceles.

De rato en rato y a hurtadillas, yo echaba una miradita a Pablo. Miraba a Blanca con una expresión tal, que me daban ganas de estrangularla.

—¡Qué aire de idiota tiene!—decíame yo, mirándola así, con los ojazos fijos y casi atontados.

—¡Sí!; pero si yo estuviera en el lugar de Blanca, y me contemplara del mismo modo, lo encontraría encantador y más lindo que nunca! ¡Oh, inconsecuencia humana! Y clavé mi aguja con tanta rabia, que la quebré.

En ese momento, oímos el ruido de un carruaje que llegaba al castillo.

Mi tío dobló su diario, Juno aplicó el oído diciendo:—¡Tenemos visitas!—Y algunos segundos después eran introducidos en la sala, el amigo de mi tío y su agregado de embajada.

No sé porqué tal título estaba unido en mi mente a la vejez y a la calvicie. Sin embargo, el señor de Kerveloch, no sólo no era ni viejo ni calvo, sino que, excepción hecha de Francisco I (en su retrato), yo no había visto jamás ningún hombre tan bello.

Así que entró se me ocurrió que en su hermosa cabeza bullían ideas matrimoniales. Tenía treinta años; su estatura era suficientemente elevada para que Pablo a su lado, se transformase en pigmeo; era su expresión inteligente y altiva, y tal que nadie le hubiera otorgado la aureola de la santidad a primera ni a segunda vista. Frío, pero cortés hasta en los menores detalles, tenía maneras elegantísimas y una posesión de sí que inmediatamente subyugaron a Blanca.

Él por su parte, la contempló con admiración, y cuando a la despedida, le vi cerca de ella, comprobé con secreta alegría que era imposible imaginar una pareja más bella.

Y creo que todos pensaron lo mismo, porque Pablo nos dejó con cara entristecida. Juno tocó diez veces seguidas el último pensamiento de Weber u otro aburrimiento por el estilo, indicio en ella de gran preocupación, mientras que mi tío nos observaba de un modo perspicaz y burlón.

El señor de Kerveloch vino a almorzar al Pavol al siguiente día; tres después pedía la mano de Blanca, y apenas habían pasado dos semanas de esto, cuando yo escribía al cura.

«Mi querido cura: El hombre es un animalito voluble, instable y caprichoso; una veleta que gira a todos los antojos de la imaginación y de las circunstancias... Al decir el hombre, comprendo la humanidad entera, porque es mi persona el animalito a que me refiero.

«Ya no estoy desesperada, ni tengo ganas de morir, mi cura. Me parece que el sol ha recobrado todo su esplendor, creo que el porvenir me reserva alegrías, y que es una suerte que el universo exista.

«Blanca se casa, señor cura. Blanca se casa con el conde de Kerveloch. ¡Dios mío, qué pareja tan linda! Y decir que no ha faltado más que un átomo, una línea, para que aceptase al señor de Couprat. Un hombre a quien no amaba y cuyo apetito le chocaba... por comer mucho... ¡Qué consideración tan absurda! ¿No es natural y lógico comer bien, cuando se tiene salud?

«Si me preguntáis cómo han podido variar tan bruscamente las cosas en el Pavol, difícilmente os lo podría explicar. Todo lo que sé es que un día, un hermoso día, no, llovía a torrentes, pero no importa. Un día, digo, llegó el señor de Kerveloch, conducido por un amigo de mi tío. Viéndole entrar, adiviné que traía intenciones, y supuse también que le gustaría a Blanca, porque tenía todas las cualidades que ella pretende en un marido. El señor de Kerveloch la contempló como hombre que sabe apreciar la belleza y pocos días después solicitaba el honor de unirse a ella, como dicen mi tío y la etiqueta.

Juno salió de su habitual indiferencia, y declaró con entusiasmo, que jamás le había gustado tanto un apuesto caballero y que se negaba redondamente a dar su mano al señor de Couprat.

«Y ahí tenéis todo, mi querido cura. Desde entonces he vuelto como antes, a soñar con las estrellas; suelto la rienda a mi imaginación y la dejo galopar hasta cansarse, y cuando estoy sola bailo y salto en mi cuarto, que es un gusto. ¡Ah, mi querido cura, no sé porqué os quiero hoy ocho o diez veces más que de costumbre! Vuestra dulce fisonomía me parece hoy más risueña que nunca, vuestro cariño más tierno y vuestros hermosos cabellos blancos más delicados.

«Esta mañana he contemplado los bosques sin hojas, y me han parecido verdes y lozanos; al cielo plomizo lo he hallado azul, y me he reconciliado de pronto, con la imaginación. Toda mi vida me arrepentiré de haberla tratado tan duramente como lo hice el otro día. Es una hada, mi querido cura, una hada rica de encantos, de poder y de poesía, que al tocar con su varilla mágica las cosas más insignificantes y feas las engalana con su propia belleza.

«¡Qué voluble es el animalito humano! No vuelvo de mi sorpresa. ¿En qué estriban la esperanza y la alegría? ¿A qué desesperarse, cuando se resuelven tan bien las cosas, sin que uno tenga arte ni parte en el arreglo? Pero ¿por qué estoy tan alegre cuando mi porvenir no está decidido todavía, y cuando creo que es imposible amar dos veces? ¡Qué caos, mi cura! En este mundo todo es misterio, y el alma un abismo insondable. Creo que alguien, no sé dónde, ha emitido esta idea; tal vez la haya leído ayer mismo, pero no es plagio; la hubiera podido inventar. No obstante, así que mi imaginación se apacigua, un pánico irresistible se apodera de mis alegres ideas, y corren, vuelan, se escapan y desaparecen a menudo, sin que yo pueda alcanzarlas. Porque al fin, señor cura, él la ama. ¡Qué horrible frase, aplicada como la aplico en este instante!

«Me habéis dicho que no era una cosa rara enamorarse dos veces en la vida, señor cura; ¿estáis bien seguro? ¿Estáis convencido de ello? Dicen que el amor atrae al amor; si conociera mi secreto ¿me querría? Vos que sois un hombre de criterio, señor cura, ¿no halláis que los conocimientos sociales son una idiotez? Probablemente bastaría una declaración mía para hacer la felicidad de toda mi vida, cuando, he aquí, que unas leyes inventadas por alguna cabeza sin discernimiento, me prohíben seguir mis inclinaciones, revelar mis pensamientos íntimos, y declarar mi amor a la persona que amo. La verdad es que también en el fondo de mi corazón siento un cierto no sé qué, que me obligaría a guardar silencio y... ¡ cuándo os digo que el alma es un abismo insondable! Mi querido cura, veo una procesión de ideas lúgubres que avanzan hacia mi ¡Dios mío, que mal equilibrado está el hombre!

«Las circunstancias, sin duda alguna, modifican las ideas. Mi tío va más lejos y pretende que sólo los imbéciles no cambian de opinión; pero ¿sucede con el corazón lo mismo que con la cabeza?

«Dadme luz, mi viejo cura».

Cuando el señor de Pavol decidía algo, tío tardaba en ejecutarlo. Partiendo de este principio, señaló el 15 de Enero para verificar el matrimonio de Blanca.

Fuerte había sido para él la decepción; pero no pensó en contrariar a su hija, y mucho menos conociendo mi amor. Era franco, leal, sensato e incapaz de encapricharse en una idea, sobre todo, comprometiendo la felicidad de una sobrina.

Pablo soportó su desgracia con gran serenidad. No sentía ninguna veleidad feroz; era lo mismo que la criaturita que le amaba tan entrañablemente sin que siquiera lo sospechara.

Certifico que jamás se le pasó por la mente envenenar a su rival, ni atravesarlo de parte a parte en ningún claro de bosque solitario y poético.

Cuando vio sus ilusiones hechas humo, vino de visita con el comandante. Tendió la mano a Blanca, y le dijo con voz franca y natural:

—Prima, no deseo más que vuestra felicidad, y espero que seguiremos siendo siempre buenos amigos.

Pero este comportamiento de héroe de comedia, no le libraba de sentir hondo pesar. Sus visitas al Pavol, fuéronse haciendo cada día más raras, y le notaba muy cambiado, moral y físicamente.

Entonces volvía a llorar a escondidas, y me enojaba con él. ¡Le hubiera sido tan fácil quererme! ¡Era tan lógico y racional comprender que nuestras dos naturalezas armonizaban y que yo le quería con locura!

De veras, si los hombres fueran siempre lógicos, el mundo andaría mejor.

XVIII.

El quince de Enero el tiempo estuvo soberbio, aunque hizo un frío seco y pronunciado. El campo, cubierto de escarcha, tenía un aspecto encantado. Juno, extremadamente pálida, estaba tan linda con su traje blanco que no me cansaba de mirarla. Y la comparaba a aquella naturaleza fría y espléndida que ataviada con brillante blancura, parecía haberse puesto al unísono de su belleza.

Después de almorzar subió a su cuarto para cambiar de vestido. Bajó muy emocionada; nos abrazamos todos patéticamente y... camino de Italia.

—¡Qué lindo viaje! ¡qué lindo viaje!-pensaba yo.

Mis múltiples emociones me habían cansado y tenía sed de soledad. Dejé, pues, a mi tío entenderse con sus invitados como pudiera, tomé una capa de pieles y me dirigí hacia un sitio del parque, por el que sentía especial preferencia.

El parque estaba atravesado por un arroyuelo angosto y rápido, y a cierta altura de su curso, se ensanchaba y formaba una cascada que al caer entre piedras hábilmente dispuestas, tomaba un aspecto imponente y pintoresco.

A pocos pasos de la cascada, cayó una vez un árbol con las raíces en una margen y la copa en otra. Quedó algún tiempo en esa posición y cuando en la siguiente primavera quiso mi tío hacerle sacar de allí, se apercibió que el árbol había brotado vigorosamente a lo largo del tronco. Hizo colocar otro al lado de aquél y entrelazar sus ramas, plantar lianas entre ellos y con el tiempo ramas y lianas hicieron una red tan compacta como para que mi tío se jactara de tener un original puente rústico, que se podía atravesar sin más peligro que el de enredarse en los gajos y caer al agua.

Este sitio solitario, bastante alejado del castillo, era el lugar que había escogido yo para mis meditaciones.

Me detuve junto al puente cargado de escarcha, a pensar en el porvenir y a admirar los enormes copos de nieve, pendientes de la cascada al ser sorprendidos en su líquido curso por el hielo.

No sé cuanto tiempo haría que me hallaba allí, sin preocuparme del frío que me helaba la cara, cuando vi llegar hacia a mi al dulce objeto de mi ternura, como diría el poeta.

El tal objeto parecía melancólico y de muy mal humor. Venía apaleando los árboles con un bastón que había tomado en un momento de distracción del cuarto de mi tío, y la polvareda blanca que los cubría, saltaba y se esparcía sobre él.

Yo le daba la espalda a medias, pero es de pública notoriedad que las mujeres vemos de espaldas; así es, que yo no perdía ni uno solo de sus movimientos.

Ya cerca de mi, cruzó los brazos, miró la cascada inmóvil, el puente, los árboles, y no abrió la boca. Yo, en tanto, retenía el aliento y me hacía la ocupada en una ramita de pino que acababa de quebrar, pero, sin que él se fijara, le miraba de soslayo.

—Prima...

—¿Primo...?

Esperé unos instantes el final del discurso. En esto, viendo que se atascaba en el exordio, me digné dar una media vuelta hacia el orador para alentarle.

Frunció las cejas y exclamó con ansia:

—Tengo ganas de levantarme la tapa de los sesos.

—¡Muy buena idea!—repúsele yo con tono seco,—iré a vuestro entierro.

Esta repuesta le causó tanta sorpresa, que dejó caer los brazos y me miró con fijeza.

—¿Y no haríais nada por evitar que me suicidase, prima?

-No por cierto-respondí muy tranquila. ¿A qué entrometerme en lo que no me importa? Me gusta la libertad, y si tenéis ganas de abandonar este valle de lágrimas... ¡oh, Dios mío! no movería un dedo para impedíroslo. Que cada cual haga su gusto en vida.

Y me puse a observar de nuevo mi rama de pino, mientras que el objeto de mi amor, desconcertado por el modo indiferente con que miraba yo su lúgubre proyecto, quedaba desconcertado.

—Pensé, prima, que abrigarais algún cariño por mí. La primera vez que nos vimos me encontrasteis tan amable.

—¡Ay, primo! ¿de qué vale la opinión de una campesinilla, reducida a la sociedad de un cura, una tía áspera y una cocinera díscola?

—¿Es decir, que no me otorgabais vuestras simpatías nada más que por no ser cura, y tener una cara menos marchita que la de la señora de Lavalle?

—Lo habéis dicho, primo.

Él me miraba furioso, retorciéndose el bigote con despecho, y poniéndose, mal humorado el sombrero, echó a andar por el puente. ¡Oh, cómo comprendía yo los movimientos de su alma! Se sentía feliz, feliz de encontrar un pretexto para reñir, y la pegaba conmigo y del mismo modo que me había desquitado yo de mis amarguras, con mis hombrecillos de barro y con el infortunado barón de Le Maltour.

—Vuestra tía era horrible, señorita,—me dijo volviéndose bruscamente.

—Mis lindos ojos compensaban su fealdad,—respondí en igual tono.

—¡Qué buena mesa! ¡Qué buen servicio! Todo andaba sin pies ni cabeza.

—Sí; pero ¡qué pavo! ¿Cómo no moristeis de una indigestión? Lo creí sinceramente, hasta el día en que os volví a ver aquí, Dios mío... en perfecta salud.

—Sé que es absolutamente imposible el quedarse, discutiendo con vos, con la última palabra. No soy, sin embargo, un primo insoportable. ¿Qué os he hecho?

—Pero, nada. Os doy una prueba de ello, prometiéndoos acompañar vuestro cuerpo a la última mansión.

—¡Mi cuerpo!—exclamó con doloroso escalofrío.—Aun no estoy muerto, señorita. Sabed que no me mataré y que parto para Rusia.

—¡Buen viaje, primo!

Se había alejado, y creyendo no verle en mucho tiempo, crucé las manos con desaliento y dejé correr mis lágrimas, cuando le vi volver sobre sus pasos.

—Vamos, Reina, no nos hagamos los malos. Por qué nos enoja... Pero qué... ¿estáis llorando?

—Pensaba en Juno—repuse logrando hacerlo con voz segura.

—Tenéis razón, primita. Os quedáis muy sola. ¿Queréis tenderme la mano?

—Con mucho gusto, Pablo.

¡Ay! no la besó, pero la oprimió con melancolía; pensaba en una mano más bella, que había soñado poseer.

Y partió para no volver.

A pesar del frío, que ni sentía, me senté llorando junto al puente y contemplaba inclinada hacia el arroyo, caer mis lágrimas sobre el hielo.

¡Decir que se iba a saltar la tapa de los sesos! Para eso es necesario que la quiera prodigiosamente.

Bien sé que no lo hará, pero es muy posible que esté tan enamorado de ella, como yo de él, y veo que no le podré olvidar jamás. ¿No es una intrepidez enamorarse así de una mujer que no le convenía, mientras que cerca de él, una almita?...

—¿Qué haces ahí, Reina?—me interrogó mi tío, que había venido sin que yo le sintiese.

Me levanté rápidamente, avergonzada de no poder ocultar mi emoción.

—¡Cómo! ¿Lloramos?

—¡Qué tontos son los hombres, tío!

—Gran verdad, sobrina. ¿Y por eso lloras?

—Pablo dice que va a levantarse la tapa de los sesos,—proseguí llorando.

—¿Le crees capaz de semejante crimen?

—No,—contesté sonriendo, a despecho de mis lágrimas.—Tal atrocidad es incompatible con su carácter, pero ya la idea sólo prueba que...

—Ya sé, ya sé sobrina, la idea prueba que ama a mi hija; pero, creeme, la olvidará muy pronto, y cuando vuelva, trataremos de que su corazón no se equivoque más.

—¿Entonces, tío, pensáis, que un hombre puede querer dos veces en su vida sin ser un fenómeno?

El señor de Pavol me acarició las mejillas, mirándome con una conmiseración provocada tanto por mi pesar como por mi inexperiencia.

—¡Pobre sobrinita! Los hombres que aman una sola vez son más raros que el Pico de la Aguja Verde.

—Entonces, tío, el hombre es un animal indigno.

Sin embargo, yo estaba más contenta que escandalizada, y no pedía más que poder aprovechar de la indignidad inherente a la naturaleza humana.

—Con todo, Juno es tan linda.

—Mira este puente que te gusta tanto, Reina. Antes que las ramas y plantas que lo cubran hayan retoñado, Pablo la habrá olvidado y antes de que las hojas tengan tiempo de marchitarse otra vez, habrá vuelto al Pavol y...

Sonrió expresivamente, y se marchó sin terminar su frase. Yo le miré alejarse sorprendida, pensando que son muy originales los tíos que predicen el porvenir con tanto aplomo.

—Todo está muy bien,—me dije encaminándome lentamente hacia el castillo,—pero si su corazón cambia, puede enamorarse de otra mujer durante sus viajes. Casualmente dicen que las rusas son muy lindas. Será preciso mandarle a Laponia.

Eché a correr con todas mis fuerzas y llegué a la puerta del castillo en momentos en que el comandante subía a su carruaje.

Le tomé del brazo y llevándole a parte le dije:

—Comandante ¿Pablo se va a Rusia?

—Sí, su viaje está decidido.

—He pensado... si quisierais que... En fin, sería mejor...

Sin duda alguna, la cosa era mucho más difícil de decir que lo que yo me había imaginado. Mi altivez ponía obstáculos y me aconsejaba callar.

-¿Y qué, hijita? Habla pronto, mira que me hielo aquí.

—Los dados están echados—exclamé en voz alta golpeando el suelo con el pie.

Mi altivez y yo saltamos el Rubicón y dije bajando los ojos:

—Mi querido comandante, aconsejad a Pablo que vaya entre los esquimales, os lo suplico.

—¿Y por qué entre los esquimales?

—Porque las mujeres de por allá son espantosas—balbuceé,—mientras que las rusas son lindísimas.

El buen comandante me levantó la cara, roja de confusión, y me contestó sencillamente:

—Está bien, le aconsejaré, que vaya a Laponia.

—¡Cuánto os quiero!—exclamé con los ojos llenos de lágrimas y estrechándole la mano.—Decidle que no permanezca mucho tiempo en las chozas de esas gentes; no sea cosa que enferme. Dicen que apestan.

Mi tío llegaba. Al verle me separé diciendo:

—Comandante, un hombre de honor no tiene más que una palabra; mantened la vuestra.

Subí a mi cuarto, con la desagradable convicción de que había seguido por completo el ejemplo del gobierno, pisoteando todos los principios de la dignidad.

Pero ¡bah! si uno no se ayudara un poco en la vida, ¿cómo podríamos salir del paso?

Esta reflexión acalló mis remordimientos. Me senté en mi escritorio y escribí:

«Todo ha concluido, señor cura. Se han casado y se han ido felices, encantados. Hubiera dado diez años de mi vida por hallarme en lugar de Juno. Con quien, vos sabéis. ¿Cuándo será eso?

«¿Sabéis lo que me ha dicho mi tío? Me ha asegurado que los hombres que aman sólo una vez son tan raros como el Pico de la Aguja Verde. Mi cura, mi querido cura, os lo suplico, aplicad mañana vuestra misa para que el señor de Couprat no sea el Pico de la Aguja Verde.

«Hasta la vista, señor cura; espero que pronto seréis cura de Pavol».

XIX.

El único acontecimiento del fin de invierno, fue en efecto la instalación del cura en la parroquia del Pavol, y me parece inútil demostrar con palabras el júbilo de ambos al hallarnos cerca y sin temor de próxima separación.

¡Con qué delicia le veía subir al púlpito y predicar contra la iniquidad de los hombres!

Por las tardes llegaba al castillo como antes al Zarzal, con la sotana remangada, la teja bajo el brazo y la melena al viento.

Reanudamos nuestras charlas, discusiones y disputas.

Me parecía que el tiempo andaba con pies de plomo, y las cartas de Juno que respiraban la más completa felicidad, no eran a propósito para darme paciencia. Así es que sin cesar iba a casa del cura, a confesarle mis cuitas, inquietudes, esperanzas y protesta contra la espera que me veía obligada a soportar.

Sabía, que el objeto de mi amor ¡ay! no había hallado de su gusto el viaje a Laponia. Paseábase tranquilamente en San Petersburgo, y las hermosas eslavas me daban un miedo horrible.

—¿Estáis seguro de que no se enamorará de una rusa, señor cura?

—Es de esperarse, Reinita.

—Es de esperarse... Contestadme de un modo más categórico, mi cura. ¿En qué pensáis? ¡Oh! no es posible que se enamore de una extranjera; decidme que no es posible y que pronto me querrá.

—Lo deseo ardientemente, pobre hijita mía; pero harías bien en suponer lo contrario y prepararte de antemano.

—Me vais a hacer morir de impaciencia, con vuestra resignación, señor cura.

—¡Cuán poco juiciosa eres, Reina!

—El juicio, según mi opinión, consiste en querer la felicidad. Decidme que me querrá, señor cura, decídmelo.

—No deseo otra cosa, hijita querida,—respondíame el cura, quien a pesar de su horror al sufrimiento físico hubiera sido capaz de seguir el ejemplo de Mucio Scévola, si la realización de mis anhelos hubiese dependido de semejante sacrificio.

Pero a pesar de tener cerca a mi cura, de la bondad de mi tío y de la de todos cuantos me rodeaban, me iba entristeciendo enormemente día por día.

Gustábame recorrer sola los senderos del bosque y permanecía durante horas enteras junto a la cascada, recordando nuestra última entrevista y pensando en lo que haría si me le viese aparecer alegre y encantador, con aquella expresión en los ojos que me había agradado tanto en el Zarzal y que después no había vuelto a ver brillar para mí.

Este amor por la soledad, crecía diariamente en razón directa de mi melancolía. En fin, poco a poco perdí toda mi locuacidad, y si el señor de Pavol, no hubiera tomado a lo serio mi amor desde hacía tiempo, este solo hecho habría bastado para probarle su intensidad.

Seis meses pasáronse así.

Un día, el aniversario de mi llegada al Pavol, hallábame sentada en el jardín de la casa parroquial. Dos horas antes, un chaparrón había refrescado la atmósfera y regado las flores del cura.

Entreteníase él en buscar babosas, mientras que yo, bajo la influencia de dulces pensamientos, apoyaba mi frente contra el muro y me dejaba arrebatar por risueñas esperanzas.

Sólo turbaban mis reflexiones el caer de las gotas de agua que doblegaban las hojas con su peso y el olor de la tierra húmeda que me recordaba las mejores horas de mi vida.

De tiempo en tiempo, decíame el cura:

—Pero sabes que es curioso. ¡Qué cantidad de babosas! ¿Creerás, Reina, que he encontrado ya más de quinientas?

Yo levantaba indolentemente la cabeza, y contemplaba sonriendo al buen cura que continuaba con ardor en sus pesquisas. Luego volvía a mis quimeras y concluía por quedar sumida en una vaga somnolencia.

Me despertaron el rechinar de la barrera que cerraba el cerco del jardín y el sonido de una voz llena de alegría que me causó el más recio sacudimiento que sentí en mi vida.

—¡Buen día, señor cura! ¿Cómo estáis? ¡Cuánto me alegro de veros! Reina ¿dónde está?

Reina estaba siempre en el mismo sitio, fija, y sin poder articular una palabra.

—¡Ah, allí está!—exclamó Pablo, acercándose a mi a grandes pasos.

—¡Querida primita, estoy contento! ¡Dios mío! ¡Cuán contento estoy de volver a veros!

Tomó mi mano y la besó.

Aseguro que lo que pasó en seguida fue ajeno a mi voluntad, y no debéis pensar mal de mí.

Luchaba, lo afirmo, con todas mis fuerzas contra la tentación; pero cuando sentí sus labios sobre mi mano, cuando comprendí que no inspiraba esta acción una banal cortesía sino un sentimiento más profundo, cuando le vi inclinarse hacia mi con una expresión inquieta, afectuosa, especial, cien veces más arrebatadora que la que me había hecho pensar tantas y tantas veces... no pude contenerme. Aquello era más poderoso que mi energía, y la fatalidad, en quien creo desde entonces, me arrojó en sus brazos.

Apenas tuve tiempo de sentir el abrazo que respondió a mi impulso.

Avergonzada y confusa caí sobre el banco, ocultando el rostro entre las manos, no sin haber entrevisto la fisonomía del cura, cuyo aspecto, a la vez estupefacto, espantado y encantado, ha vuelto después muchas veces a mi mente.

—Querida Reina—murmuró Pablo a mi oído;—si hubiese conocido antes vuestro secreto, no hubiera permanecido lejos tanto tiempo.

Yo no respondí, porque lloraba.

Tomó por fuerza una de mis manos y la retuvo entre las suyas, mientras que yo, dominada por una timidez que no había sentido jamás, volví a un lado la cara y hacía esfuerzos por librarme.

—Déjame esta mano tan pequeñita y linda; me pertenece. Vuelve la cara hacia acá, Reina.

Miré de frente a aquellos hermosos ojos francos que me sonreían, y exclamé:

—¡Alabado sea Dios! Mi tío tenía razón; no sois el Pico de la Aguja Verde.

—¿El Pico de la Aguja Verde?—preguntó sorprendido.

—Sí, mi tío pretendía... pero ¿qué importa eso? ¿Quién os ha dicho lo que ignorabais al partir?

—Mi padre, el señor de Pavol, y un montón de cosas que he venido recordando desde hace dos meses.

—¿Es cierto, entonces, que el amor atrae al amor?

—Nada es más cierto, mi querida novia.

¡Oh, qué dulce nombre! Sí, éramos novios y guardamos silencio, mientras que el cura lloraba de alegría.

Aturdían con sus cantos los gorriones y se escapaban las babosas de la prisión en que las había puesto el cura.

Por cierto que el gorrión no es un pájaro muy agradable que digamos; su plumaje es incoloro y feo, su canto carece de melodía y algunas personas lo acusan de ladrón y de inmoral, lo que me resisto a creer. No sé tampoco que las babosas hayan pasado alguna vez por animalitos poéticos, y sin embargo, desde el instante de que acabo de hablar tengo locura por gorriones y babosas.

Yo estaba en vilo, creía soñar... No me cansaba de mirarle, de escuchar su voz querida y de sentir mi mano estrechada por las suyas. Sin embargo, el recuerdo de aquélla que él había amado me trabajaba el espíritu, y me turbaba mi júbilo, pero con todo no me atrevía a nombrársela.

—¿Sabe mi tío, que estáis aquí, Pablo?

—Si vengo del Pavol; he querido absolutamente venir sólo a buscarte. ¿No te recuerda nada este jardín humedecido, Reina?

No respondí directamente a su pregunta; sólo le dije:

—Pero vos... tenéis un triste recuerdo del Zarzal...

—¡Cómo! Nunca he pasado rato más delicioso.

—¡Oh¡—repuse mirándole solapadamente,—si mi tía era horrible.

—No, no; no tan horrible; algo vulgar tal vez, pero parecíais más encantadora...

—Y la mesa tan mal puesta. Todo tan...

—Nunca he comido tan bien. Aquella mansión desmantelada te hacía valer como si fueras una flor hermosa que parece más delicada, cuando más fea e inculta es la tierra en que brota.

—Os habéis vuelto poeta en vuestro viaje.

—¡Oh! no, absolutamente, Reinita.

Pasó mi brazo bajo el suyo y me llevó hacia un lado.

—No poeta, pero sí enamorado de ti, prima. Escúchame bien: te amo con toda la sinceridad de mi corazón.

Saboreé la dulzura de esta frase y la de la mirada que la acompañaba, pensando que era una suerte que los hombres fueran inconstantes.

Como semejante cambio me parecía inaudito, no pude evitar el preguntarle:

—¿Pero es cierto: ya no la queréis nada, nada?

—¿Te hablaría del modo que lo hago, si no fuera así?—replicó seriamente.—¿No tienes confianza en mi lealtad?

—¡Oh, sí!—dije cruzando mis manos sobre su brazo, en un ímpetu de cariño.

Era muy cierto; porque después de tal respuesta no me turbó más la imagen de Blanca.

Le amaba sin la menor idea de celos o inquietud, y merecía tan perfecta confianza.

—Mira, ahí vienen mi padre y el señor de Pavol.

—¿Qué tal, sobrina? ¿Qué dices de mis predicciones?

—Sois muy poco discreto tío—le dije,—ruborizándome.

—Fue el comandante quien reveló el secreto; hacía mucho tiempo que lo conocía.

—¡Oh! mucho no; desde hace ocho meses.

—No, desde la primera vez que te vi, querida hijita.

—Es posible.

—Y Pablo no ha ido a Laponia—continuó, riéndose, mi tío.

¡Qué gran dicha es vivir entre buenas gentes! Vivamente sentí esa felicidad al ver de qué modo gozaban todos con mi alegría, y con cuánta delicadeza y bondad me daban bromas sobre el famoso secreto que, sin saberlo, había divulgado a todo viento.

Entonces comenzó esa hermosa época de noviazgo, exquisita, época sin igual en la vida. Nada tan delicioso como esos días de amor ingenuo, de fe, de ilusiones completas y de niñerías. ¡Ah, cuánto compadezco a los que no han amado así! ¡Cuánto compadezco a los que se dejan arrastrar por sus locuras lejos del hogar común y del amor legítimo! En fin, nunca, nunca, por más elocuencia que se despliegue para probármelo, nadie me convencerá de que pueda haber verdadero amor, sin tener la estimación por base.

Pasábamos los días más agradables del mundo en la casa parroquial, bajo la vigilancia del cura. Le mirábamos recorrer su jardín de un lado a otro; reforzar sus plantas con rodrigones, arrancar las hierbas dañinas y detenerse a menudo en medio de sus faenas para lanzarnos una mirada investigadora, con el objeto de hacernos comprender que era un Mentor formal.

A veces me acercaba a aquel excelente hombre y me extasiaba con él admirando una flor, un fruto, un arbusto y solía decirle:

—¿Os acordáis, mi cura, del tiempo en que me queríais persuadir de que el amor no es la cosa más encantadora del mundo?

—¡Oh! mi hijita, creo que ni el mismo Bossuet hubiera podido convencerte.

—¿Y, no tenía razón?

—Así parece—y sonreía bondadosamente.

El día de mi casamiento amaneció radiante; nunca me pareció más azul la bóveda del cielo. Después me han dicho que estaba nublado, pero no lo creo.

Una muchedumbre simpática y amiga se apiñaba en la iglesia. Y murmuraba:

—¡Qué linda novia! ¡Qué tranquila está! ¡Qué cara de felicidad!

La verdad es que yo estaba extraordinariamente tranquila.

¿Y porqué me iba a agitar? ¿No se realizaba mi sueño más querido? ¿No se abría para mi un porvenir que no empañaba la más leve nubecilla.

Así, confusamente reparé en algunas señoras de edad que me sonreían al pasar, y sentí una inmensa lástima por ellas, al ver que eran demasiado viejas para casarse.

El órgano resonaba tan alegremente, que en ese momento modifiqué algo mis ideas acerca de la música. El altar estaba cuajado de flores, deslumbrante de luz, y todos los detalles del arreglo dirigido por el gusto artístico de Blanca, me encantaban los ojos.

Mi marido me colocó en el dedo el anillo nupcial con trémula mano, y mordiéndose su lindo bigote para disimular el temblor de sus labios. Estaba más emocionado que yo y su mirada me decía lo que deseo que me repita eternamente...

Y también la cara de mi cura estaba radiante de felicidad.

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