← Table of contents
Metamorfóseos o Transformaciones (3 de 4)

LIBRO DÉCIMO.

Francisco Crivell translation

ARGUMENTO.

Himeneo, que habia asistido á las bodas de Ifis, partió desde ellas á las de Orfeo; pero fue con mal agüero, pues de alli á poco perdió este dos veces á Eurídice; una cuando murió mordida de una serpiente, y otra cuando la sacaba de los infiernos. Orfeo con este suceso quedó tan asombrado, como aquel á quien la vista del Cancerbero deja convertido en piedra. Despues de esto, como para alivio de sus penas cantase al son de su lira en un monte muchas y varias transformaciones, vinieron á él y le rodearon todos los árboles de aquella montaña, y entre ellos el pino en que habia sido convertido Atis, y el ciprés en que habia sido transformado Cipariso.

FÁBULA PRIMERA.

EURÍDICE MUERE DE LA MORDEDURA DE UNA SERPIENTE.

Desde las bodas de Ifis partió el Dios Himeneo por los aires cubierto con un vestido amarillo, y llegó á las playas de Tracia, en donde fue inútilmente invocado por Orfeo[142] para que asistiese á sus bodas. El asistió efectivamente á ellas; pero ni profirió la cantinela nupcial, ni fue con buen semblante ni con feliz agüero. La antorcha que tenia en las manos no ardia ni se encendia, aunque se le aplicaba el fuego, ni hacia otra cosa que rechinar y apagarse, despidiendo un humo que hacia salir las lágrimas de los ojos. El suceso fue mas triste que los anuncios; porque mientras la recien casada[143] andaba discurriendo por un florido prado, acompañada de una tropa de Náyades, la acarreó la muerte la mordedura que la hizo una serpiente en un talon.

Illustration from Metamorfóseos o Transformaciones (3 de 4)

(100) Corriendo Eurídice por un prado con otras ninfas es mordida por una serpiente y muere.

FÁBULA II.

BAJADA DE ORFEO Á LOS INFIERNOS.

Despues de haber llorado Orfeo la pérdida de su esposa, y haber llenado los aires de ayes y lamentos, para hacerlos tambien resonar en la region de las sombras, formó por último el atrevido designio de bajar á los infiernos por la cueva y entrada que está en el monte Ténaro;[144] y caminando por entre una multitud de leves sombras de las almas de los que habian logrado el honor de la sepultura, se presentó ante Proserpina y Pluton, que son los que reinan en aquella triste region, é hiriendo las cuerdas armoniosas de su lira, las acompañó con la cancion siguiente:

Illustration from Metamorfóseos o Transformaciones (3 de 4)

(101) Saca Orfeo á Eurídice del Infierno y vuelve á perderla por mirarla.

„Ó Deidades del mundo subterráneo, adonde venimos á parar todos los mortales, si dais licencia para que hable la verdad, omitiendo preámbulos importunos, no he venido acá para ver la negra mansion de los infiernos, ni para atar al Cancerbero de tres gargantas, ásperas con las serpientes que las rodean. Mi esposa es la causa de mi venida, que pisando una víbora, la mordió é infundió su veneno, y la causó la muerte en los floridos años de su juventud: procuré sufrir con paciencia esta desgracia, y confieso haber hecho cuanto pude para conseguirlo; pero venció el amor: ese Dios, que es bien conocido allá sobre la tierra: dudo si aqui lo será igualmente; pero me inclino á creer que sí tambien lo es, pues á vosotros igualmente os ha ayuntado el amor, si es que no miente la fama de que os unisteis por medio del pasado rapto.[145] Yo pues os suplico, poderosos Dioses, por estos lugares llenos de temor, por este caos, y por el pavoroso silencio de este dilatado reino, que me deis á Eurídice, y anudeis el hilo de su vida, que fue cortado fuera de sazon. Todos los vivientes os somos deudores; y aunque dilatemos algo nuestra vida, tarde que temprano todos caminamos á estas regiones. Estas son nuestras últimas moradas, en que os podeis vanagloriar de tener un imperio eterno sobre el género humano. Tambien Eurídice, cuando muera á su tiempo y en otra edad mas avanzada, volverá á recaer en vuestra jurisdiccion. Solo os pido el uso de algun tiempo por gracia y beneficio; pero si los hados se oponen á mis deseos, vengo con determinacion de quedarme en estos lugares: gozad enhorabuena de la muerte de dos.” Aquellas pálidas almas lloraban al ver expresar los sentimientos de Orfeo, y al oir acompañar sus acentos con su armoniosa lira. Tántalo[146] dejó de coger el agua que siempre se le escapaba. La rueda de Ixion[147] se detuvo; los crueles buitres, que despedazaban el hígado del desgraciado Ticio, le dieron algun descanso; las hijas de Belo cesaron de echar agua en el tonel horadado, que se vacia al paso que lo llenan; Sísifo se sentó sobre la piedra, que está condenado á rodar sin pausa ni descanso. En esta ocasion fue cuando se vió por primera vez llorar á las implacables Furias. Proserpina y Pluton se enternecieron, y mandaron llamar á Eurídice, que estaba entre las almas recien entradas, y vino cojeando[148] por causa de la mordedura de la serpiente. Recíbela Orfeo bajo la condicion de no volver atras los ojos hasta haber salido de los valles del Averno, so pena de que la perderia, y seria nula la gracia.[149] En medio de aquel profundo silencio trepan por un camino cuesta arriba lleno de malezas, y en que habitaban la oscuridad y las mas densas tinieblas. Ya les faltaba poco para llegar á la superficie de la tierra, y salir de aquella oscura region, cuando Orfeo, temiendo en este sitio no se cansase Eurídice, y deseoso de verla volvió la vista, y al punto fue detenida y retirada hácia atras; y extendiendo sus brazos para asir con ellos á su esposo, ó ser asida por él, no encontró ni palpó otra cosa la infeliz que el viento deleznable, y muriendo con esto segunda vez, no se quejó de que tuviese la culpa su marido. Porque ¿cómo habia de quejarse de verse amada? Con esto le dió el último á Dios, que con dificultad llegó á sus oidos, y fue tornada con violencia al oscuro reino de donde habia salido. No causó menos pasmo á Orfeo la duplicada muerte de su muger que á aquel pastor[150] que tímido vió á Cancerbero encadenado por la garganta de en medio, el cual no perdió el pavor hasta que se le trasmutó su naturaleza convirtiéndose en peñasco: ni el referido pasmo de Orfeo fue menor que el de Oleno, que, cargando sobre sí el delito de su muger, quiso parecer y aparentar que era reo, el cual y Letea su esposa, engreida con su hermosura, y que en otro tiempo se quisieron tiernamente, ahora son peñascos del monte Ida. El desgraciado Orfeo volvió hácia atras en seguimiento de su muger, y se esforzaba para pasar el rio Leteo; pero el barquero Aqueronte[151] se lo prohibió, alejándole de su barca. Permaneció siete dias y otras tantas noches á la ribera del rio infernal sin otro alimento que sus lágrimas.

Illustration from Metamorfóseos o Transformaciones (3 de 4)

(102) Orfeo atrae al son de su voz y de su lira á los animales, rocas y árboles.

FÁBULA III.

ORFEO TOCA LA LIRA EN EL MONTE RODOPE.

En fin despues que Orfeo se quejó inútilmente de la crueldad de los Dioses del infierno, se fue al monte Rodope y á Hemo, donde reina el frio Aquilon. Pasáronse tres años sin haberse permitido al trato de ninguna muger, ya porque le habia salido tan mal el casamiento, ó ya porque le queria guardar á Eurídice la fidelidad que le habia prometido. No obstante muchas Ninfas desearon casarse con él, y solo las correspondió con desprecios, dedicándose á un amor inverso, que de él aprendieron los pueblos de Tracia,[152] á quienes agradaba la florida edad de los niños que aun no habian entrado en la juventud.

Sobre la cumbre de un collado se ostentaba una hermosa llanura de un campo, que estaba siempre verde con la grama y otras yerbas. En este sitio sin sombra fijó su residencia Orfeo, y en él tocaba su lira, y al sonido de ella vinieron todos los árboles comarcanos á hacerle sombra, atraidos del dulce sonido de la lira. No hicieron falta ni dejaron de concurrir las encinas, los álamos blancos, los suaves tilos, las hayas, los laureles, los avellanos, los fresnos, los abetos, los carrascos, los plátanos, los acebos, los sauces, los lotos, el box siempre verde, los brezos, los arrayanes de dos colores, y las higueras. Tambien vinisteis vosotras, yedras trepadoras, juntamente con las vides llenas de pámpanos, y los olmos vestidos de parras, los quejigos, el madroño cargado de fruto encarnado, las erguidas palmas, premio de los vencedores, el pino de áspera y recogida copa, grato á la madre de los Dioses desde que Atis, sacerdote de esta Diosa, se convirtió en él.

Illustration from Metamorfóseos o Transformaciones (3 de 4)

(103) Queriendo darse la muerte Cipariso, es transformado en Ciprés por Apolo.

FÁBULA IV.

CIPARISO TRANSFORMADO EN CIPRÉS.

Entre toda la multitud de árboles que acudieron al son de la lira de Orfeo, vino tambien el ciprés, émulo de las pirámides, el cual, aunque ahora es árbol, fue antes un muchacho querido de aquel Dios que con las cuerdas arma y maneja la cítara y el arco.[153] El caso de su transformacion fue el siguiente: Habia un corpulento ciervo dedicado á las Ninfas de los campos de Cartea, el cual tenia unas astas de tal elevacion y anchura, que le servian de sombrage á su cabeza: las astas resplandecian con el oro, y de su delgado cuello iba pendiente hasta los brazuelos un collar de piedras preciosas. Un medallon de plata colgaba sobre su frente sujeto con unos pequeños lazos de cuero, y de sus orejas pendian tambien sobre las sienes dos arracadas del mismo metal. Este ciervo domesticado, y acostumbrado á no conocer el miedo, solia entrar en las casas, y presentar su cuello aun á las manos desconocidas para que lo halagasen; pero no obstante á nadie le agradaba tanto como á tí, Cipariso, jóven el mas hermoso de toda la isla de Cos.[154] Tú cuidabas de llevarlo á los pastos mas abundantes y á las fuentes mas cristalinas. Unas veces entretejias sus astas con variedad de flores, otras, acomodándote en su espalda, ibas con él de una á otra parte, enfrenándole con un cabestro de color de púrpura.

Un dia de estío á la hora del mayor calor se echó el ciervo sobre la yerba, viéndose muy fatigado, para tomar un poco el fresco á la sombra de los árboles. El muchacho Cipariso, sin saber lo que se hacia, le atravesó con una aguda flecha, y viéndole espirar de aquella cruel herida, quedó sobrecogido de tal tristeza y desesperacion, que resolvió darse á sí mismo la muerte. ¿Qué de cosas no le dijo Febo para consolarle? Le amonesta que no se abandone á tanto sentimiento por una cosa de tan poca consideracion; pero él seguia entregado á sus gemidos y sentimiento, pidiendo á los Dioses que por último don le concediesen que jamas interrumpiese sus lágrimas. Á puro llorar vino á derramar su sangre por los ojos, y sus miembros empezaron á tomar un color verde, á transformarse en erizada melena aquellos hermosos cabellos que poco há pendian de su nevada frente; y endureciéndose poco á poco, se elevó mirando rectamente al cielo, angostándose la copa hasta rematar en punta. Fue muy sensible á Apolo esta transformacion de que habia sido testigo, y suspirando: „Yo lloraré tu pérdida, le dijo, Cipariso; tu llorarás la de otros, y asistirás siempre á los lúgubres llantos.”[155]

FÁBULA V.

RAPTO DE GANIMEDES.

Aquellos eran los árboles que Orfeo habia atraido al rededor de sí, y permanecia ordinariamente sentado á la sombra en medio de los animales y aves, que el encanto de su voz hacia venir de todas partes. Un dia despues que templó bien su lira, y conoció que las varias voces concordaban, sin embargo de la diversidad de sonido, se puso á cantar de este modo: „Ó Musa,[156] madre mia (pues todas las cosas estan sujetas al imperio de Júpiter), inflama mi pecho para que mis versos comienzen con sus alabanzas. Yo he celebrado ya muchas veces su poder; y subiendo mi lira al tono heroico, canté en otro tiempo la victoria que ganó sobre los gigantes, que abatió con los rayos[157] en los campos de Phlegra: ahora conviene un estilo mas llano para cantar los jóvenes que han sido amados por los Dioses, y las doncellas que, entregadas á no permitidos amores, merecieron la justa pena de su liviandad.

Illustration from Metamorfóseos o Transformaciones (3 de 4)

(104) Júpiter transformado en Águila arrebata á Ganimedes.

„El Rey de los Dioses amó en otro tiempo con el mayor ardor al troyano Ganimedes,[158] y para conseguir su amor queria deponer su divinidad, é inventar una cosa en que transformarse diversa de la que él era; pero no quiso trasmutarse en otra ninguna ave sino en águila, porque esta era sola la que podia llevar sobre sí sus rayos. Puso por obra sin demora esta su determinacion; tomó con efecto la figura de águila, y rompiendo los aires con sus aparentes alas, bajó volando, y arrebató á Ganimedes, y lo subió al olimpo, en donde, aunque á pesar de la zelosa Juno, le hizo su copero, y le sirve la bebida del néctar.”

FÁBULA VI.

JACINTO TRANSFORMADO EN FLOR.

„Á tí tambien, jóven Jacinto, te hubiera trasladado Apolo al cielo si se lo hubieran permitido los hados; sin embargo tienes el privilegio de la inmortalidad, que es cuanto pudo hacer en tu obsequio. Cuantas veces expele la primavera al invierno, y cuantas saliendo el sol del signo de Piscis entra en el de Aries, otras tantas te renuevas, brotando tus flores en la verde pradera. Mi padre Apolo te amó mas que á otro ninguno, y tanto que por tí abandonó el templo y oráculo de Delfos,[159] frecuentando solo las riberas del rio Eurotas y la ciudad de Esparta por visitarte: ni le gustaba la lira ni tampoco las flechas, sino que enagenado de sí no se avergonzaba ni rehusaba llevarte las redes, los perros, y acompañarte por los collados de los ásperos montes, fomentando de este modo su pasion, y convirtiéndola en costumbre.

Illustration from Metamorfóseos o Transformaciones (3 de 4)

(105) Jugando Jacinto con Apolo, le mata un tejo que el viento desvió.

„Un dia cuando Titan se hallaba en medio de su carrera, queriendo Apolo y Jacinto jugar al disco, se despojan de las ropas, y se ungen con aceite segun costumbre; Apolo arrojó el primero el disco con tanta fuerza y destreza, que penetrando la region del aire, dividió con su violencia las nubes, y de alli á mucho tiempo empezó á bajar hácia la dura tierra. Viéndolo Jacinto, sin prever el riesgo á que se exponia, y embebido en el juego, echó á correr para coger el disco; pero al tiempo que dió en el suelo saltó de rebote, y dió á Jacinto en el rostro, haciéndole una mortal herida. Quedóse Apolo tan descolorido como el mismo Jacinto; y reuniendo la carne que el golpe habia despedazado, unas veces la unia á la restante, otras enjugaba la sangre que corria de la herida, y otras procuraba contener su ya fugitivo espíritu, aplicándole los remedios y yerbas mas medicinales.[160] Nada aprovechó el arte, porque la herida era incurable. Al modo que las adormideras, los lirios y violetas, quebrantados sus tallos, inclinan su cabeza hácia la tierra, y ya no pueden erguirse, asi se inclinó su rostro al tiempo de espirar, y el cuello y cabeza, faltos de vigor, se abatieron sobre los hombros. Entonces Apolo: „Desfalleces, le dijo, Jacinto, en tu primera edad, y veo que yo tengo la culpa de tu muerte. Tú eres causa de mi dolor, y en tí vino á descargar mi golpe. Mi diestra debe ser marcada con una señal que signifique tu muerte. Sí, yo soy la causa y el autor de ella. Pero ¿en qué está mi culpa? Como no se quiera dar este nombre al juego, y llamarse delito el haberte amado. ¡Ojalá pudiera dar mi vida por la tuya ó morir contigo! Pero puesto que el destino se opone á ello, reinarás siempre en mi memoria; mi canto y mi lira jamas dejarán de publicar tus alabanzas, y convertido en una nueva flor, estarán en tí escritos mis llantos y gemidos. Llegará tambien un tiempo en que el fortísimo Ayax[161] se añada á esta flor, y se lea en sus hojas su nombre.” Mientras Apolo decia estas cosas la sangre de Jacinto, que habia caido y manchado las yerbas, dejó su color, y convirtió en una flor mas resplandeciente que la púrpura de Tiro, y tomó la forma que tiene el lirio, si este no fuera blanco y el jacinto encarnado. No se contenta Apolo con esto; él es el primero que le tributa honores; esculpe en las hojas sus suspiros, conteniendo la triste inscripcion de ay ay con las mismas funestas letras. La ciudad de Esparta no tiene por afrenta el haber sido patria de Jacinto, antes sí por un honor que dura hasta el presente tiempo, en el que se repiten y celebran cada año con mucha pompa unas fiestas y juegos en su honor, siguiendo la costumbre de los mayores.”

FÁBULA VII.

LOS CERASTES CONVERTIDOS EN TOROS.

„Mas si se pregunta á la ciudad de Amatonta, abundante en metales, si ella tiene por honor el haber sido patria de las Propétides, como Esparta en haberlo sido de Jacinto, responderá que antes bien lo tuvo por afrenta, del mismo modo que el haberlo sido de aquellos que procreó en otro tiempo, los cuales, por tener dos cuernos en la frente, se llamaron Cerastes. Frente de la casa de estos habia un templo y ara dedicada á Júpiter, protector del hospedage, en la que se hacian los mas abominables y tristes sacrificios. Cualquiera extrangero que llegase á verla teñida y salpicada de sangre creeria que en ella se habian sacrificado algunos ternerillos ó algunas ovejas de Chipre, y no era eso, sino que las víctimas que en ella se habian ofrecido eran los huéspedes y extrangeros que alli llegaban. Ofendida Venus de esta abominacion, estaba resuelta á retirarse de sus ciudades y de toda la region é isla de Chipre; pero reflexionándolo mejor, dijo:

Illustration from Metamorfóseos o Transformaciones (3 de 4)

(106) Venus transforma en Toros á los Cerastes que profanaban á Chipre.

„¿En qué han pecado mis ciudades y estos campos, que me son tan agradables? ¿Qué delito hay en ellos? Mejor es que los delincuentes paguen su pena con el destierro ó con la muerte, ó con otro castigo que venga á ser un medio entre estos dos. Y ¿cuál podrá ser este sino el de transformarlos en otra diversa figura?” Venus vacilante en qué los convertiria, vuelve la vista á los cuernos que tenian en su frente; y ocurriéndola el dejarlos con ellos, los transformó en crueles toros.”

FÁBULA VIII.

PIGMALION.

„Las Propétides[162] tampoco hicieron honor alguno á su patria, pues ademas de ser obscenas se atrevieron á negar que Venus fuese Diosa, por lo cual airada esta, se dice que las enardeció hasta el extremo de que fuesen el primer egemplar de la prostitucion; y como perdieron el pudor, y se les endureció la sangre en el rostro, poco á poco se fueron convirtiendo en duros peñascos.

„Como antes de su transformacion las viese Pigmalion que pasaban su vida en tan criminal disolucion, espantado de los vicios y desarreglos en que naturalmente incurren las mugeres, las juró aborrecimiento, y vivia en el estado de celibato, en el cual se mantuvo por mucho tiempo. En el intermedio de él hizo felizmente y con mucho arte una estatua de marfil, á la cual dió la forma de una muger tan hermosa, que ni la naturaleza ni el arte llegaron á mas, y viéndola tan bella, se enamoró de su estatua.

Illustration from Metamorfóseos o Transformaciones (3 de 4)

(107) Pigmalion se enamora de la estatua que habia hecho, y Venus la anima.

„Su semblante era de una verdadera doncella: parecia que estaba viva, y que queria moverse á no prohibírselo la modestia: ¡tan grande era el primor que ocultaba el arte! Maravíllase Pigmalion, y se enciende en su pecho un fuego de amor á la estatua como si estuviese viva. Muchas veces la tocaba con sus manos dudando si era cuerpo viviente, y no se atrevia á decir que fuese marfil: besábala, y le parecia que le retornaba el cariño: la hablaba, la tenia en sus brazos, y se persuadia que sus dedos se imprimian en los miembros como si fuesen flexibles, temiendo que la impresion de ellos no la hiciese algun daño ó contusion. Con la idea de complacerla unas veces la hacia halagos, otras le traia conchas y piedrecillas, dones agradables á las doncellas, diversos pajarillos y flores de mil colores, lirios, bolitas pintadas y granos de ámbar. Tambien la adornaba con vestidos de gala; poníala en los dedos lucidos anillos, y en el cuello largas gargantillas, arracadas de piedras preciosas en sus orejas, y joyas en su pecho. Todas estas cosas le caian muy bien; pero despojada de ellas no estaba menos hermosa. Poníala en su cama llamándola su muger, y como si tuviera sentido la colocaba y reclinaba sobre almohadas de suaves plumas. Llegó el dia y festividad dedicada á Venus, el cual se celebraba en la isla de Chipre con mucha solemnidad.[163] Ofrecíanse sacrificios de blancas novillas, doradas sus extendidas astas, y humeaban en los templos los ofrecidos inciensos. Pigmalion, despues de haber hecho un sacrificio, se puso delante del altar, y con el debido respeto hizo esta deprecacion: „Si podeis, ó Dioses, conceder todo lo que se os pide, os ruego que la muger con quien me case (y no atreviéndose á decir fuese la doncella que habia hecho de marfil, pronunció en lugar de ello) sea semejante á la estatua que he formado.” La refulgente Venus, que asistia á su festividad, conoció lo que queria decir aquella deprecacion, y en señal de que venia bien en darle gusto en lo que suplicaba, por tres veces se encendió por sí misma la llama de una antorcha, y su piramidal punta se elevó por los aires. Pigmalion, contento con este agüero, se volvió á su casa, y al punto que entró en ella se dirigió á la estatua de su querida, y tentándola le pareció que estaba caliente; que el marfil se ablandaba, y que deponiendo su dureza, cedia á los dedos suavemente, á la manera que la cera del monte Himeto[164] se ablanda á los rayos del sol, y se deja manejar con los dedos, tomando varias figuras, y haciéndose mas dócil y blanda con el manejo. Al verlo se pasma Pigmalion; se llena de un gran gozo mezclado con temor, creyendo que se engañaba. Volvió segunda vez á tocar la estatua, y se cercioró que era un cuerpo flexible, y que las venas daban sus pulsaciones al explorarlas con los dedos. Entonces Pigmalion pronunció las palabras mas enérgicas y acomodadas para dar gracias á Venus; estrechó su rostro con el verdadero de su querida, y sintiéndolo esta se llenó de rubor; y alzando su tímida vista, vió á un mismo tiempo al cielo y á su amante. La Diosa Venus felicitó con su asistencia el casamiento que ella misma habia proporcionado, y al cabo de nueve meses la que antes habia sido estatua dió á luz á Epafo, del cual la isla tomó el nombre. Tambien nació de ella y fue fruto de este enlace Ciniras, el cual hubiera podido contarse entre los hombres felices si no hubiera tenido sucesion.[165]

„Me veo en la ocasion de contar cosas obscenas y horrendas. Retírense de aqui las doncellas y sus madres, pues no es razon las oigan: y si el suceso que van á referir mis versos os agradare y entretuviere, tenedlo por una novela, y no lo creais; y si lo creyéreis, creed tambien la pena con que fue castigado. Si es posible y parece creible que se haya cometido una maldad que aborrece la misma naturaleza, doy el parabien á la nacion traciana, á nuestro reino y á nuestras tierras por hallarse tan distantes de aquellas regiones en que sucedió la horrible maldad que voy á referir. Enhorabuena que la Arabia sea abundante en amomo, en cinamomo, en costo, en incienso y en otras flores y perfumes, con tal que sea ella sola donde se crie la mirra, árbol nuevo, que se produjo á costa de tal maldad.”

Illustration from Metamorfóseos o Transformaciones (3 de 4)

(108) Desesperada Mirra se colgó; pero su Nodriza corta el lazo y la libra.

FÁBULA IX.

MIRRA CONVERTIDA EN ÁRBOL.

„Abominable Mirra, no tienes disculpa excusándote con el amor, porque este niega y repugna haberte herido sus armas, y se disculpa de que sus incentivos te pudiesen incitar. Solo alguna de las infernales Furias te abrasó con su horrible tea,[166] é inspiró en tí el venenoso hálito de sus hinchadas víboras. Maldad abominable seria el que hubieses aborrecido á tu padre; pero es mas abominable el que te enamorases de él. Puesto que de todas partes concurrian á ser pretendientes tuyos los próceres mas afamados, y la juventud de todo el Oriente se presenta como á competencia á solicitar tus bodas, elige al que quieras de todos ellos, con tal que en ellos no esté ni se cuente uno.[167] Mirra, conociéndose arrebatada de su pasion, resistia cuanto podia á un amor tan abominable, y decia entre sí: „¿Adónde me precipito? ¿Qué es lo que intento? Deidades, piedad y reverencia paternal, sagrados respetos y derechos de los padres, impedid que llegue á egecutarse tal maldad, y oponeos á tan execrable deliro, á llamarse asi lo que intento, porque puede con razon negarse que lo abominen y condenen la piedad y la reverencia, pues vemos que los brutos y animales se enlazan entre sí sin reparos ni respetos: no es torpe ni feo en la novilla el tener por marido al toro su padre, ni al caballo el tener por muger á su propia hija: por el mismo órden se conducen las aves y los demas animales que andan y pacen reunidos en rebaños. Dichosos todos ellos, pues se hallan sin trabas, y les es lícita esta libertad.[168] La invencion de los hombres estableció unas extrañas leyes, que niegan y prohiben envidiosamente lo que la naturaleza permite y dispensa.[169] Con todo eso se cuenta que hay pueblos entre quienes la madre se casa con el hijo, el padre con la hija, y crece la piedad[170] con el amor duplicado. ¡Desgraciada de mí! ¡Que no hubiera tenido la suerte de haber nacido en aquellas regiones, y me perjudicase la costumbre y derecho de mi patria! Pero ¿de qué me sirve cavilar sobre estas cosas? Alejaos de mí, esperanzas prohibidas. Es cierto que Ciniras es digno de ser amado; pero solo como padre. De aqui infiero que si yo no fuese su hija, podria enlazarme con él en lícito casamiento. La proximidad es la que me perjudica; y si fuera extraña, seria mas asequible mi esperanza. El corazon me inspira la resolucion de alejarme de aqui, y abandonar el suelo patrio por evitar tan execrable delito; pero mi loca pasion me detiene, porque presente podré recrearme con la vista de Ciniras, con tocarle, hablarle y besarle, ya que no pueda ser otra cosa mas. Pero ¿qué es esto que digo de mas, impía doncella, puedes esperar alguna otra cosa mas? ¿No conoces el trastorno que causarias en los nombres y en las leyes? Entonces serias una competidora de tu madre, concubina de tu padre, hermana de tu propio hijo, y madre de tu hermano. ¿No temes pues á las implacables Furias, que con la hacha en la mano y los cabellos erizados de serpientes amedrentan sin cesar á los delincuentes? Pero tú, puesto que aun no has cometido la maldad en efecto, no la concibas en el ánimo, ni atropelles con un gusto prohibido las poderosas leyes de la naturaleza. Imagínate que él pueda inclinarse á quererte; pero la cosa no es permitida, y le detendrá su misma piedad, y el acordarse de la prohibicion de la ley. ¡Ay! ¡cuánto desearia yo que él estuviese poseido de un fuego semejante al mio!” Con esto puso fin á su razonamiento; pero Ciniras, á quien la multitud de los pretendientes de su hija le hacia dudar sobre la eleccion, se los nombró todos, preguntándola á ella misma á cual escogia por su marido. Enmudece al principio; y reclinándose como desmayada sobre el rostro de su padre, se abrasa, y humedece sus ojos con un ardiente llanto. Creyendo Ciniras que sus lágrimas y silencio eran efecto de su modestia y pudor virginal, las interrumpe con su mandato, la besa y enjuga sus mejillas. Causaron mucho gozo á Mirra estas demostraciones de la terneza de su padre, y preguntada por este á quien de los pretendientes queria elegir por esposo, le respondió que á uno que en todo se le asemejase. Ciniras aplaudió sin entender la respuesta de su hija, teniéndola por obediencia y subordinacion, y la dijo: „Persevera, hija mia, en ser siempre tan obediente y piadosa.” Mirra, que oyó la palabra piedad que su padre habia pronunciado, bajó el rostro avergonzada de su delito. Á la media noche, cuando todos estan descuidados y entregados al sueño, Mirra desvelada se abrasaba en el fuego de su amor, y resolvia en su imaginacion sus locos deseos. Unas veces desconfia, otras se resuelve á probar fortuna, y á intentar el ponerlos en egecucion. Ya se avergüenza, ya se inflama, y por mas que discurre no halla ni le adapta medio ni modo alguno de egecutar su proyecto; y á la manera que un grande árbol herido con los golpes de la segur, cuando ya resta poco para acabarlo de cortar, no se sabe hácia qué lado podrá caer, y se teme por todas partes, asi el ánimo de Mirra, agitado de tantos y tan varios impulsos, duda entre los medios que debe escoger, y no encuentra medio ni reposo sino en la muerte. Resuélvese á ella, se levanta precipitada con la determinacion de echarse un dogal á la garganta; y teniendo ya para ello atado al techo el cíngulo que al efecto se quitó, dijo: „Á Dios, querido Ciniras, sabe que tu amor es la causa de mi muerte.” Dijo esto, y al momento acomodó el lazo á su descolorido cuello. Se cuenta que su fiel aya, que dormia en la pieza inmediata, oyó el confuso ruido de las voces. Levántase asustada, abre la puerta, y viéndola en la disposicion que estaba, puesto en el cuello el lazo para ahorcarse, empieza á dar voces, se da golpes, se hiere el pecho, la desata y quita el lazo, y le hace pedazos. Despues la estrecha entre sus brazos, derrama un torrente de lágrimas, y la pregunta la causa de su desesperacion. Queda enmudecida la doncella, é inmóvil fija sus ojos en el suelo, sintiendo que su ama la hubiese hallado en aquella accion, y la estorbase darse la muerte. La anciana la insta de nuevo; y descubriendo sus canas y ya arrugados pechos, la ruega con mucho ahinco por la leche que la dió, y por los desvelos que padeció en criarla, que la comunique su dolor, cualquiera que él fuese. Mirra gimiendo con alguna indignacion repelió sus ruegos. La anciana persiste en averiguar la causa, prometiéndola todo su favor. „Dime, hija mia, la decia, ¿qué es lo que te aflige? No me niegues el gusto y consuelo que tendré en aliviarte. No me servirá de estorbo la vejez. Si el amor causa tu mal, tengo yerbas virtuosas y encantos para curarlo: si alguno te ha fascinado, serás purificada con las ceremonias mágicas: últimamente si los Dioses vengadores quieren castigarte, yo sabré aplacarlos con los sacrificios. Yo no puedo atribuir á otra cosa alguna mas que á las referidas la causa de tu desesperacion, porque tus bienes y tu casa no padecen ninguna quiebra ni menoscabo, y viven y estan sanos tu madre y tu padre.” Al oir Mirra la palabra padre arrancó un triste suspiro de lo íntimo de su pecho, y el ama, aunque comprendió que podia proceder de algun amor, no sospechó que pudiese ser de los nefarios y prohibidos. Tenaz en su propósito de averiguarlo, la hace instancias á que la manifieste la causa de su desesperacion, fuese de la clase que fuese; y viendo que no daba otra respuesta que la de deshacerse en lágrimas, la tomó en su regazo, y abrazando estrechamente su cuello con sus débiles brazos, la dijo: „Ya he penetrado lo que ello es: tú estás enamorada; anímate y depon tu temor, y confia en que mi industria y mi eficacia te serán útiles para proporcionarte el logro de tus deseos, sin que jamas lo llegue á entender tu padre.” Mirra se soltó furiosa de los brazos de su ama, y echándose boca abajo sobre la cama y mordiendo la ropa, la dijo: „Apártate de aqui por vida tuya, y déjame ocultar mi vergüenza con el llanto;” y como el ama redoblase las instancias, la respondió: „No seas importuna, vete de aqui, ó deja de preguntarme la causa de mi dolor, porque es una maldad lo que pretendes saber.” Llenóse de horror la vieja; y alargando sus manos trémulas con la edad y con el miedo, se postró rendida á los pies de su alumna; unas veces la acaricia, otras la amedrenta si no la descubre el secreto, amenazándola que descubrirá y publicará el delito que intentaba cometer cuando la halló á punto de quitarse la vida con el dogal al cuello, y por el contrario la aseguraba su ayuda y favor para el logro de su amor si se descubria. Mirra algo animada se incorporó, y echándose al cuello de su ama, la riega el pecho con sus lágrimas. Mil veces intenta descubrir su debilidad, y otras tantas detiene los acentos. En fin, cubriéndose el rostro con su ropa: „¡Ah! dijo suspirando, ¡qué dichosa es mi madre con ser esposa de mi padre!” No dijo mas, y concluyó con un suspiro; pero la aya, que comprendió el sentido de estas palabras, entró en un temblor que la penetró hasta los huesos, se llenó de pavor, y se le erizaron los plateados cabellos. Persuadióla cuanto pudo por si podia apartarla de una pasion tan criminal. Penetra Mirra lo justo de sus persuasiones; pero sin embargo estaba resuelta á morir si no daba satisfaccion á sus deseos. „Vive, la dijo entonces el aya: tú gozarás de tu propio...” y calló, no atreviéndose á decir padre, y la asegura con juramento esta promesa. Era tiempo en que las matronas vestidas de blanco celebraban la fiesta de Céres, y la ofrecian como en primicias de sus cosechas guirnaldas de espigas; y era rito de esta solemnidad el que en los nueve dias y noches que duraba las casadas no podian cohabitar con sus maridos, y como Ceneris[171] era una de las que asistian á la fiesta, quedóse solo el Rey Ciniras su marido. Aprovechándose la oficiosa aya de esta coyuntura, se entró en su cámara en ocasion que le halló algo trastornado con el vino, y le propuso bajo un nombre supuesto el amor que le tenia una jóven, alabándole mucho su hermosura. Preguntándola el Rey los años de la doncella, respondió que era de la misma edad de su hija, de lo que informado, mandó se la llevara. Al momento fue al cuarto de Mirra, y abrazándola la dijo: „Alégrate, hija mia, pues ya te tengo proporcionada la victoria y el logro de tus deseos.” Aunque esta noticia no causó sino una alegría imperfecta á Mirra, y que su corazon le presagió alguna cosa funesta, no obstante no dejó de regocijarse: tanta era la perturbacion en que la tenia su pasion. Llegó la media noche, en que todo yacia en silencio profundo, y el carro de Bootes habia ya torcido su direccion. Á esta hora se encaminó Mirra al aposento de su padre á egecutar su torpe deseo. La luna desamparó el cielo, ocultándose debajo del horizonte; las estrellas se cubrieron de nubes negras y espesas, y la noche quedó en una total oscuridad. Icario y Erigone,[172] vosotros que por el amor paternal fuisteis colocados en el cielo, velasteis vuestro rostro por no ser testigos de una accion tan abominable. Mirra tropezó tres veces, y tres veces el fúnebre buho la presagió alguna desgracia con su lúgubre canto. No obstante como la noche y las tinieblas la hacian menos tímida, continuó su camino asida á la mano izquierda de su aya, y de la derecha se servia para atinar el camino por medio de la oscuridad. Llega por último á la entrada del cuarto de su padre. Apenas entró cuando le temblaron las rodillas, vacilando las piernas; mudó de color, y la faltaba el ánimo para proseguir. Cuanto mas se acerca á su delito tanto mas se horroriza y arrepiente de su atrevimiento, y quisiera poder volverse sin ser conocida. La vieja, que la ve detenerse, la conduce é introduce, llevándola asida por la mano, y al tiempo que la entregaba á Ciniras habló de esta manera: „Esta es la persona que te he prometido,” y se retiró, dejándola en el cuarto. Ciniras para acariciarla, alentarla y hacerla deponer el temor es creible que alguna vez la llamase hija, y ella á él padre, y de este modo no faltaron á la maldad los verdaderos nombres. Cometido el incesto, del que fue consecuencia la gravidacion, se repitió por el mismo órden otras noches, hasta que Ciniras, ansioso por ver y conocer á su amante, hizo entrar una luz, á cuyo resplandor vió y comprendió su delito, y que la cómplice era su hija. Callando y sin pronunciar una palabra, porque no se lo permitia su dolor, arremetió á su espada, y la desenvainó. Mirra al verlo echó á huir, y se ocultó y escapó de la muerte favorecida de la oscuridad y de lo tenebroso de la noche, á quienes debió poder escapar del palacio y salir á los dilatados campos, y entregándose por ellos á la fuga, penetró peregrinando hasta la Arabia, abundante en palmas, y se dejó atras las llanuras de Pancaya, y despues de haber andado errante por espacio de nueve meses, hallándose cansada de la fatiga de su viage, y aun mas de la incomodidad de su embarazo, hizo alto en la region Sabea. Entonces sin saber qué hacer, pues le era odiosa la vida, aunque temia la muerte, hizo á los Dioses esta súplica: „Ó Dioses, si favoreceis á los que confiesan su delito, yo me reconozco digna de la mayor pena: no rehuso el merecido castigo. Mas para que yo no sea el oprobio y escándalo de la tierra si vivo en ella, ó la vergüenza y espanto de los muertos si bajo al reino tenebroso, arrojadme de ambos imperios, y mudándome mi forma, negadme la vida y la muerte.” Estos votos y súplicas de Mirra hallaron propicios á los Dioses, pues aun no las habia concluido cuando la tierra empezó á cubrir sus pies, que se volvieron raices retorcidas, capaces de sostener un robusto árbol. Sus huesos, que conservaron su medula, formaron el tronco; su sangre se convirtió en jugo, sus brazos y dedos se trocaron en las ramas, y su piel en dura corteza; la que creciendo poco á poco, habia ya ocultado el elevado é hinchado vientre y el pecho, y se dirigia á cubrir el cuello y cabeza, que era lo que únicamente faltaba: no aguardó á tanto Mirra, sino que impaciente con la tardanza se encogió un poco, y zabulló su rostro en la corteza que venia creciendo. Aunque con la transformacion de su cuerpo perdió Mirra el uso de todos los sentidos, conservó el llanto, pues del tronco se destilan unas cálidas gotas, que corriendo por él á manera de lágrimas, se congelan y forman una preciosa goma, que tiene y conserva el nombre de Mirra, y perpetuarán la memoria y noticia de su transformacion á todas las edades.”

Illustration from Metamorfóseos o Transformaciones (3 de 4)

(109) Mirra pare á Adonis y es transformada en el árbol de su nombre.

FÁBULA X.

NACIMIENTO DE ADONIS.

„El incestuoso feto que Mirra tenia en su vientre antes de su transformacion creció,[173] y se puso despues de ella á punto de salir á luz, para lo cual buscaba camino por donde echarse fuera, y dejar el seno materno. El vientre se entumecia debajo de la corteza, y el peso hacia extender y dilatar al árbol, sin que los dolores pudiesen explicarse por falta de voz, ni en aquel aprieto de la parturienta pudiese ser invocada Lucina. El árbol tomó una postura semejante á la de una muger que hace esfuerzos para el parto, y encorvándose daba continuos gemidos, y se humedecia con las gotas que destilaba á manera de lágrimas. Lucina propicia acudió á los ramos y troncos que tristemente rechinaban, aplicó á ellos sus manos, y pronunció las palabras y cláusulas que sirven para facilitar los partos. Por la eficacia de ellas se abrió el árbol, y por la abertura de su corteza salió vivo un niño, y empezó á llorar. Las Náyades le pusieron sobre la mullida yerba, y le ungieron y bañaron con las gotas que como lágrimas destilaba el árbol. Hasta la misma Envidia alabaria la hermosura de su rostro, pues era tal, que no le excedian los retratos que al vivo se expresan del desnudo Amor; y para que entre estos y aquel no hubiera diferencia con el adorno, pudiera muy bien quitársele á este el carcax,[174] y acomodarse á aquel.”

Illustration from Metamorfóseos o Transformaciones (3 de 4)

(110) Venus aconseja á Adonis que solo caze animales indefensos.

FÁBULA XI.

VENUS Y ADONIS.

„El tiempo y la edad corren ocultamente, y no hay cosa mas veloz que los años. Este niño, hijo de su hermana y de su abuelo, que poco antes habia estado oculto en el árbol, y habia nacido de él, llegó, siendo cada vez mas hermoso, desde la infancia á la juventud, y desde esta á la edad varonil,[175] en la que excediéndose á sí mismo en belleza, fue el objeto del amor de la Diosa Venus, y vino á vengar en ella el amor que habia inspirado á su madre: fue pues el caso que el niño Cupido, al tiempo que como hijo se acercó á dar un beso á su madre Venus, sin advertirlo la clavó en el pecho la punta de una de sus flechas.[176] La Diosa sintiéndose herida, arrojó y apartó de sí á su hijo Cupido; y aunque al ir á mirarse la herida le pareció que era pequeña, era mas profunda de lo que parecia. La flecha la encendió en el amor de Adonis (que este era el nombre del hijo de Mirra), y este amor la hizo descuidarse de las playas de Citera, y de frecuentar las islas de Pafos, la de Cnido y la de Amatonta, abundante en metales.[177] Tambien se ausentó del olimpo, al cual preferia á su Adonis. Á este ama, de este no puede apartarse un momento; y la que antes estaba acostumbrada á las delicias de estar á la sombra, y á adornarse para acrecentar su hermosura, ahora, semejante á Diana, con el vestido arregazado y descalza trepa por collados, selvas y ásperos peñascos con su amante, azuzando á los perros, y dando alcance á las veloces liebres, ciervos, gamos, y á los demas animales fáciles de cazar; pero se abstiene de los bravos jabalíes, de los hambrientos lobos, de los osos armados de sus uñas, de los leones hartos con la muerte de los ganados, y amonesta á Adonis tema á unos animales tan peligrosos. „Tú puedes, le decia, seguir con tu valor y denuedo á las bestias que huyen del cazador. La osadía no es segura contra las fieras, á quienes dió armas la naturaleza: no te expongas, querido jóven, temerariamente y con peligro mio: mira que me estará y costará muy cara tu animosidad: ni tu edad, ni tu hermosura, ni cuantas cosas me hicieron inclinarme á tí, serán respetadas, ni detendrán á los leones, á los cerdosos jabalíes, ni templarán la centellante vista ni impetuosidad de las fieras. No olvides nunca que los rayos no son tan temibles como los colmillos de los ásperos jabalíes, y que los rojos leones tienen ímpetu y una grande saña, y estos últimos son para mí muy odiosos.” „¿Cuál es la causa, la pregunta, que te estimula á darme tales consejos?” „Yo te la diré, respondió Venus, y te referiré una monstruosa transformacion, á quien dió causa una culpa que es ya bien antigua.”

FÁBULA XII.

VENUS Y ADONIS SOBRE EL CESPED.

„Pero ya me siento fatigada del egercicio de la caza, á que no estoy acostumbrada: este blanco álamo nos convida con su fresca y apacible sombra, y la yerba de esta pradera nos ofrece blando lecho, en el que me será de gusto y complacencia el disfrutar contigo, mi amable Adonis, un rato de descanso.” En esto se reclinaron en la pradera; y Venus, apoyada mas sobre aquel que sobre el suelo, dejando caer sobre su pecho la cabeza, é interpolando á cada palabra los mas tiernos ósculos, le refirió el suceso siguiente.”

Illustration from Metamorfóseos o Transformaciones (3 de 4)

(111) Hipomenes vence con ardid en la carrera á Atalanta.

FÁBULA XIII.

CARRERA DE HIPOMENES Y ATALANTA.

„Acaso habrás oido hablar de una doncella que llevaba ventajas en la carrera á los hombres mas ligeros. La voz que acerca de esto corrió no fue ciertamente una fábula. Es evidente que los aventajaba, y no era fácil decidir en qué se aventajaba mas, si en la ligereza de sus pies ó en su hermosura. Habiendo esta doncella consultado al oráculo sobre la eleccion de un esposo, le respondió aquel: „Atalanta, no te conviene tener marido. Huye del consorcio; pero no podrás huir, y tendrás la desgracia de carecer, aunque viva, de tí misma,[178] siendo convertida en otra forma.” Amedrentada con la respuesta del oráculo, resolvió vivir soltera, frecuentando las selvas sombrías en el egercicio de la caza.[179] Cuando se veia importunada de la multitud de pretendientes los despedia y excluia con una terrible condicion, diciéndoles: „Si me he de casar con alguno de vosotros, ha de ser con el que me exceda en la carrera: apostad todos á correr conmigo: si yo fuese vencida, será el premio mi mano y mi consorcio; pero si yo venciere, la muerte será el castigo del vencido. Esta ha de ser la ley del certamen.” Ella ciertamente era una condicion cruel; pero la hermosura tiene mucho atractivo y eficacia. Sujetóse á esta dura ley una grande y temeraria multitud de pretendientes. Hipomenes, que habia concurrido movido de la curiosidad de ver el certamen de la carrera, instruido de la dura ley con que se hacia: „¿Es posible, dijo, que haya hombre que solicite á una muger, exponiéndose á tanto riesgo y peligro?” Al tiempo que desaprobaba los excesivos amores de los jóvenes descubrió á Atalanta con el velo quitado,[180] y al ver su hermosura, el aire y gracia de su cuerpo (que era como el mio, ó como el tuyo si fueses muger),[181] se quedó pasmado, y alzando las manos dijo: „Perdonadme, jóvenes amantes, á quienes sin razon poco hace tuve por temerarios, por no estar informado de la calidad del premio á que aspirábais.” Alabando asi á Atalanta, concibe amor por ella; del amor pasa luego á la envidia, y desea que ningun jóven corra mas velozmente que ella. „¿Por qué, dice, no he de probar yo fortuna en esta competencia? Los Dioses favorecen siempre á los atrevidos.” Mientras Hipomenes se decia á sí mismo estas razones vió pasar á Atalanta; y aunque iba con la misma velocidad que una ave ó una saeta de Escitia, no obstante tuvo tiempo de admirar su belleza, que habia tomado incremento con el egercicio de la carrera. El aire con que corria, tremolando los lazos de su calzado, daba nuevo impulso á sus ligeras plantas; tambien hacia ondear sus cabellos sobre las espaldas mas blancas que el marfil, y agitaba las lazadas de las ligas, que se la veian debajo de las rodillas, y el egercicio de la carrera sonroseaba la blancura de su rostro, no de otro modo que cuando la luz, penetrando por un velo ó cortina encarnada, pinta de color encarnado la blancura de la pieza que ilumina. Mientras Hipomenes nota admirado todas estas bellezas llega Atalanta al fin de la carrera, en la que salió vencedora, y mereció se la diese el premio de la corona. Suspiran los vencidos, y padecen el castigo segun las leyes del combate. Poco amedrentado Hipomenes con el suceso de estos jóvenes, se presentó en la palestra, y fijando la vista en Atalanta, la habla de esta manera: „¿Qué gloria puede tributarte la fácil victoria de los cobardes? Contiende conmigo; y si mi fortuna me hiciere vencedor, no te avergonzarás de haber sido vencida por un pretendiente de mi gerarquía, porque mi padre es Megareo, hijo de Onquestio, y nieto de Neptuno, de modo que yo vengo á ser biznieto del Rey de las aguas: mi valor no es menor que mi nobleza; y si yo soy vencido, tendrás un grande y memorable nombre por haber vencido á Hipomenes.” Mientras decia estas cosas Atalanta le miraba con semblante halagüeño,[182] é incierta de si le estaria mejor vencerle ó ser vencida, habló en estos términos: „¿Qué deidad contraria y opuesta á los hombres de gallardía y gentileza se propone perder á este jóven? ¿Quién es el que le inspira á que pretenda mi casamiento con peligro de su amable vida? En mi sentir no me considero acreedora á que por mí se exponga á tanto riesgo; no me mueve á compasion su gallardía, aunque ella es tal que pudiera conmoverme, sino el verle aun tan jóven. No él sino su edad es la que me compadece; y ¿qué diré siendo testigo de su valor, y del desprecio que muestra á la muerte? ¿Qué cuando le contemplo en cuarto grado descendiente de Neptuno? ¿Qué al ver un amor tan fino que estima mi mano mas que su vida, y se resuelve á morir si la dura suerte le negase el vencerme? Ilustre extrangero, le dijo, desiste ahora que estás en tiempo, y abandona la pretension de un enlace que te expone á perder la vida. Mi casamiento es cruel y costoso. Hallarás otras infinitas que apetezcan casarse contigo, pues eres digno de ser amado por cualquiera discreta jóven. Mas ¿por qué, prosiguió, me tomo yo estos cuidados por este jóven, á quien no desanima el egemplar de los muchos que han sufrido la muerte por haber sido vencidos? Allá se las avenga; muera, pues él lo quiere; y sin escarmentar con la desgracia de tantos pretendientes, parece que le desagrada el vivir. Pero ¿será puesto en razon que muera únicamente porque intenta vivir en union conmigo?[183] ¿Será buena recompensa del amor que me manifiesta el que sufra la muerte, que él en verdad no merece? Todo el lauro de mi victoria no podrá mitigar el disgusto y resentimiento que tendré de haberlo vencido; pero en caso de que incurra en esta desgracia, no será culpa mia, sino de su temeridad. ¡Ah, inconsiderado jóven, si te allanaras á desistir de tu empresa! ¡Ah, si ya que eres temerario fueras mas ligero que yo! ¡Qué femenil hermosura se descubre en tu pueril semblante! ¡Ah, infeliz Hipomenes, no querria haber sido vista por tí! Ciertamente eres digno de vivir; y si yo fuese mas feliz, y los importunos y contrarios hados no me prohibiesen el estado conyugal, serias tú el solo con quien yo apeteceria casarme.” Concluyó su razonamiento; y como poco experimentada, y por primera vez acometida del amor, ama sin advertirlo y sin saber lo que hace. El padre de Atalanta y todos los espectadores instaban sobre que se continuase el certamen de la carrera; y estando para principiarla, Hipomenes invocó mi proteccion[184] con el mayor fervor, diciendo: „Ayude y favorezca Venus Citerea[185] mi atrevimiento, y proteja este amor que en mí ha fomentado.” Conmovíme, lo confieso, con esta rendida súplica, que el blando viento hizo llegase á mis oidos; pero como ya iba á empezar la carrera, quedaba muy poco tiempo para usar de arbitrios en su favor. En la isla de Chipre[186] hay un campo, que sus naturales le llaman Tamaseno. Este sitio, que es la mejor parte de la isla, me fue dedicado por los antiguos, y mandaron que se agregase en dote á mi templo. En medio de este campo hay un árbol, cuyas hojas y frutos son de oro. Yo volvia de él en esta sazon, y traia en la mano tres manzanas de oro que habia cogido. Lleguéme á Hipomenes sin que nadie pudiese verme sino él solo, y le enseñé al dárselas el uso que habia de hacer de ellas. Á la señal que hicieron las trompetas el uno y la otra partieron á un tiempo de los señalados límites con la mayor ligereza. Parecia que sus pies apenas tocaban la arena. Al verlos se creeria que podrian correr sobre el mar sin humedecer sus plantas, y sobre las espigas de las secas mieses sin ajarlas.[187] Animaban á Hipomenes las voces y aplausos de los espectadores, que gritaban diciendo: „Ahora, ahora, Hipomenes, es la ocasion de que te esfuerces; corre ligero; usa ahora de todas tus fuerzas; date priesa, que tú alcanzarás la victoria.” No es fácil de decidir á quien de los dos agradaban mas estos aplausos, si á Hipomenes ó á Atalanta. ¡Cuántas veces, pudiendo ella dejarle atras, se detuvo de intento! ¡Y con cuánta dificultad apartaba la vista que en él llevaba clavada! Fatigado Hipomenes de tan larga carrera, respiraba ya un aliento seco y anhelante, y aun faltaba mucho para llegar al término de la carrera. Entonces arrojó una de las tres manzanas. Pasmóse Atalanta al verla, y deseosa de cogerla torció la carrera para alzarla. Entre tanto Hipomenes la cogió ventaja, y empezaron á victorearle los espectadores. Mas ella repara la detencion y el tiempo perdido con la veloz carrera, y deja atras al jóven. Aunque Hipomenes volvió á detenerla arrojando otra manzana, volvió á alcanzarle y á dejársele atras. Ya solo faltaba el último tercio de la carrera cuando Hipomenes me hizo esta súplica: „Asísteme ahora, ó Diosa, y haz que me aproveche este don que benéfica me has hecho.” Al pronunciar estas palabras arrojó con fuerza la tercera manzana hácia un lado para que perdiese la direccion en ir por ella, y volver á la carrera. Pareció que la doncella dudaba si iria ó no á cogerla; pero yo con mi inspiracion la incliné á que se determinase, y al tiempo de cogerla aumenté el peso de la manzana, y la impedí su velocidad con esta detencion y con el mayor peso de aquella. Últimamente porque mi narracion no se extienda mas que aquella carrera, Atalanta quedó vencida, é Hipomenes vencedor obtuvo su premio.”

FÁBULA XIV.

HIPOMENES CONVERTIDO EN LEON Y ATALANTA EN LEONA.

„Dime ahora, querido Adonis, ¿no era yo digna de que Hipomenes me hubiese rendido gracias y ofrecido el honor del incienso y de los sacrificios por semejante favor? Pues has de saber que ni me las tributó ni me ofreció sacrificios. Me dejé arrebatar de la ira mas violenta; y sintiendo vivamente este desprecio, me indigné contra ambos, é hice en ellos un castigo tal que me asegurase de ulteriores desprecios. Pasaban un dia junto á un templo, que escondido en una espesa selva habia en otro tiempo edificado por voto á la madre de los Dioses el esclarecido Equion.[188] Como se hallaban fatigados del largo camino, se sentaron á la sombra para descansar. Alli asaltó á Hipomenes un intempestivo deseo del uso conyugal, promovido por mí. Cerca del templo habia un lugar retirado de escasa luz, formado naturalmente de las peñas, á manera de una cueva, y que habia sido consagrado desde la mas remota antigüedad, y alli los sacerdotes habian colocado muchos simulacros de madera de los antiguos Dioses. Entraron en este sitio, y le profanaron con una accion tan agena de su santidad. Los Dioses por no ver este sacrilegio volvieron los ojos, y Cibeles dudó si sumergiria á los delincuentes en la laguna Estigia; pero le pareció que este castigo era muy leve para un delito tan enorme. Al punto pues se cubren sus cuellos de rojas crines; sus dedos se encorvan en uñas; los hombros se convierten en espaldas; todo el peso carga sobre los pechos; con la cola barren la superficie de la arena; en el rostro se ve pintada la saña, y en vez de palabras pronuncian un espantoso murmullo, y tienen por tálamo las selvas: en una palabra, fueron transformados en leones, animales temidos de todos, y dóciles para el carro de Cibeles. Tú pues, amado Adonis, huye de estas fieras, y de todas aquellas que en vez de huir y volver la espalda presentan su cuerpo y pecho á los que les acometen. Evita su encuentro, no sea que tu osadía sea perjudicial á tí y á mí, que mas que tú sentiré tu desgracia.” Despues que Venus dió este consejo á Adonis, tomó el camino por los aires en un carro tirado de cisnes. Pero Adonis, dejándose llevar de su valor, no se aprovechó de las advertencias de Venus.”

Illustration from Metamorfóseos o Transformaciones (3 de 4)

(112) Venus llora á su querido Adonis herido por un jabalí.

FÁBULA XV.

MUERTE DE ADONIS.

„Los perros de Adonis, que seguian el rastro, echaron del bosque un jabalí, y cuando iba á salir de la selva le hirió de través con una flecha. Al punto el feroz animal sacudió el dardo ensangrentado, y con sus colmillos corvos siguió á Adonis, que temblaba y buscaba donde guarecerse; se los clavó todos debajo de la ingle, y lo arrojó moribundo en la roja arena. Venus, conducida por medio de los aires en su ligero carro, no habia llegado aun á la isla de Chipre, y de lejos oyó los suspiros de su moribundo amante, y volvió hácia alli el ligero carro: luego que desde la alta region le vió desmayado, y que se revolcaba en su misma sangre, bajó; y rasgando sus delgados vestidos, se arranca los cabellos, se hiere el pecho lastimosamente, y quejándose de los hados, les dice: „No han de estar todas las cosas sujetas á vuestro poder. Querido Adonis, quedarán para siempre vestigios de mi llanto y sentimiento por tí, y en memoria de tu muerte se repetirá y celebrará todos los años una fiesta en que se imitará y representará mi llanto y mi dolor. Tu sangre será convertida en flor. Asi como tú, Proserpina, pudiste en otro tiempo convertir á tu rival[189] en olorosa yerbabuena, ¿no podré yo tambien, sin que se me atribuya á mal, convertir á Adonis en otra yerba?”

„Despues que dijo esto roció con néctar oloroso la sangre de Adonis, que hinchándose como aquellas gotas de agua que al caer forman menudas y transparentes ampollas, en menos de una hora salió de la sangre una flor colorada semejante á la de la granada. Esta flor es de corta duracion, porque siendo de poco vigor y de mucha ligereza, la marchitan los vientos, de quienes tomó el nombre de amapola.”

Illustration from Metamorfóseos o Transformaciones (3 de 4)

Notes in this chapter

Note 1 · La invocacion que hacian á Himeneo para que asistiese á las bodas y las felicitase puede verse en aquel verso de Catulo Hymen, o Hymenaee, HNote 2 · Era Eurídice, que pocos dias despues de las bodas murió de la mordedura de una serpiente, y Orfeo su marido bajó con su lira al infierno á pNote 3 · Era un monte de Laconia, en el cual habia una profunda cueva, que creian ser la entrada para bajar á los infiernos.Note 4 · Alude á la fábula del rapto de Proserpina, que ya queda tocado en el libro quinto.Note 5 · Por haber puesto en una cena á Júpiter y Mercurio á su hijo Pelope fue condenado al infierno á la pena de estar en un rio y huírsele el aguaNote 6 · Fue el padre de los Centauros, que los hubo en una nube que tenia la figura de Juno, y fue condenado al tormento de la rueda. Este y los demNote 7 · Esto indica el errado concepto que tenian de los espíritus, á quienes daban configuracion corporal.Note 8 · Esta fábula se hubo de confarcinar sobre la confusa noticia que hubieron de tener los gentiles del suceso de la muger de Loth, que por haberNote 9 · Tócase aqui de paso la fábula de un pastor, que al ver á Cancerbero, á quien Hércules sacó del infierno, y le traia por las ciudades de GrecNote 10 · Era el barquero, que en su barca pasaba las almas al otro lado del rio; pero no admitia en ella á las de los que no habian sido sepultados. Note 11 · Los gentiles tuvieron sin duda noticia de lo que refiere Moises de las ciudades nefandas Sodoma y Gomorra &c., abrasadas con fuego del cieloNote 12 · Este es Apolo.Note 13 · Una de las Cícladas, en el mar Egeo.Note 14 · Dice esto porque el ciprés es árbol fúnebre, que se plantaba junto á los sepulcros, y cuyas ramas se ponian en señal de luto y tristeza á laNote 15 · Por esta invocacion empieza el cántico Orfeo, en el cual injirió las muchas transformaciones que se refieren en este y el siguiente libro, yNote 16 · Dos especies de ellos atribuian á Júpiter; unos que llamaban menores, con los que suponian destrozaba los edificios y los árboles, y otros qNote 17 · Fue hijo del Rey Tros, de quien tomó su nombre la ciudad de Troya, y por su hermosura Júpiter le arrebató transformado en águila para que leNote 18 · Fue famoso el templo y oráculo de Apolo de la isla de Delfos, en el que la sacerdotisa, llena de entusiasmo y con ademanes de locura, daba dNote 19 · Como que era y le hacian el inventor y Dios de la medicina, la que por esto se llama aun en el dia arte ó facultad Apolinia.Note 20 · Fue hijo de Telamon, que desesperado por la repulsa en el certamen con Ulises sobre las armas de Aquiles, se mató con su espada, y de su sanNote 21 · Fueron unas doncellas de Chipre, que por haber sido las primeras que se prostituyeron, segun se cuenta en la fábula siguiente, dieron ocasioNote 22 · Como cada deidad tenia su influencia y dominio en su diverso territorio, pues Juno dominaba en Samos, Apolo en Delfos, Diana en Éfeso, y asiNote 23 · Hace mencion de la cera de este monte, porque era la mas exquisita, y sus abejas y colmenas las mas afamadas, como puede verse en el libro 4Note 24 · Los hijos viciosos son la afrenta de los padres, y es desgracia el tenerlos, asi como los virtuosos y bien criados son el honor y la felicidNote 25 · Pintaban á las Furias con un azote en la mano, una humosa tea en la otra, y una cabellera de víboras enroscadas.Note 26 · Quiere decir su padre.Note 27 · Discursos de una muger que se halla obcecada por una pasion, y que prueban el gran trastorno que causan las pasiones.Note 28 · Antes bien lo detesta y aborrece.Note 29 · El amor, inclinacion y oficios paternales del padre á los hijos, y de estos á aquel, se llamaba y conocia entre los gentiles con el nombre dNote 30 · Era la muger de Ciniras y madre de Mirra.Note 31 · Son dos constelaciones asi llamadas, inmediatas la primera al Boote, vulgarmente llamado el Carro, y la segunda al signo de Virgo, en las cuNote 32 · Es cosa bien ridícula que el feto pudiese vivir y crecer despues de transformada en árbol su madre; pero tal es la naturaleza de las fábulasNote 33 · Pinta á Adonis de un modo que solo le falta el carcax para equivocarse con Cupido.Note 34 · Progresos y sucesion de las edades del hombre.Note 35 · Á las flechas de Cupido atribuian la eficacia de incitar al amor.Note 36 · Ciudades y regiones dedicadas á Venus, y en que esta asistia.Note 37 · Énfasis con que desde el principio indica la transformacion de Atalanta.Note 38 · Parece que la caza era un egercicio acomodado al celibato, y por eso se dedicó á ella Atalanta, el jóven Hipólito y otros algunos célibes quNote 39 · Para empezar la carrera.Note 40 · En este paréntesis habla Venus de sí misma.Note 41 · Primer paso, expresion é indicio del amor de que ya estaba penetrada Atalanta por Hipomenes.Note 42 · Fluctuacion y combate, que elegantemente denota los rápidos progresos del amor de Atalanta.Note 43 · Es la de Venus, en cuya boca pone el poeta la referencia de esta fábula.Note 44 · Es un epíteto de Venus por la isla de Citera, que la estaba dedicada.Note 45 · Otra de las dedicadas á Venus, de quien tomó el epíteto de Cipria.Note 46 · Hipérboles elegantes de la ligereza de los dos corredores.Note 47 · Fue uno de los compañeros de Cadmo en la fundacion de Tebas.Note 48 · Fue una Ninfa querida de Pluton llamada Menta, á quien, zelosa Proserpina, convirtió en yerbabuena.
Explore with AITake your curiosity a little further.

Reading settings