IV (continued 2)
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—¡Pero confiese usted que mi presencia la ha sorprendido!—dijo Ulises, algo irritado por esta tranquilidad—. Reconozca que no esperaba encontrarme aquí.
Freya repitió su sonrisa con una expresión de dulce lástima.
—Es natural que le encuentre aquí. Está usted en su barrio, á la vista de su hotel... Somos vecinos.
Para recrearse con el asombro del capitán, hizo una larga pausa. Luego añadió:
—Vi su nombre en la lista de huéspedes ayer mismo, al llegar al hotel. Es mi costumbre. Me gusta saber quiénes son mis vecinos.
—¿Y por eso no bajó usted al comedor?...
Ulises formuló esta pregunta esperando que ella respondiera negativamente. No podía hacerlo de otro modo, aunque sólo fuera por buena educación.
—Sí, por eso—contestó Freya sencillamente—. Adiviné que me esperaba para hacerse el encontradizo, y no quise entrar en el comedor... Le advierto que siempre haré lo mismo.
Ulises lanzó un «¡ah!» de asombro... Ninguna mujer le había hablado con tanta franqueza.
—Tampoco me ha sorprendido su presencia aquí—continuó ella—; la esperaba. Conozco las inocentes astucias de los hombres. «Ya que ayer no me encontró en el hotel, me esperará hoy en la calle», me he dicho esta mañana al levantarme... Antes de salir he seguido sus paseos desde la ventana de mi cuarto...
Ferragut la miraba con sorpresa y desaliento. ¡Qué mujer!...
—Podía haberme escapado por cualquiera calle transversal mientras estaba usted de espaldas. Le he visto antes que usted á mí... Pero no me gustan las situaciones falsas que se prolongan. Es mejor decirse toda la verdad cara á cara... Y por eso he venido á su encuentro.
El instinto le hizo volver la cabeza hacia el hotel. El portero estaba en la entrada, contemplando el mar, pero con los ojos vueltos indudablemente hacia ellos.
—Sigamos—dijo Freya—. Acompáñeme un poco; hablaremos, y luego me dejará usted... Tal vez nos separemos más amigos que antes.
Anduvieron en silencio toda la vía Partenope, hasta llegar á los jardines de la ribera de Chiaia, perdiendo de vista el hotel. Ferragut quiso reanudar la conversación, pero no encontró las primeras palabras. Temía parecer ridículo. Le infundía miedo esta mujer.
Se dió cuenta al contemplarla con ojos adorantes de los grandes cambios que se habían efectuado en el adorno de su persona. Ya no vestía el tailleur obscuro con que la había visto por primera vez. Llevaba un traje de seda, azul y blanco, con una rica piel sobre los hombros y un penacho de plumas de garza real en la cumbre del amplio sombrero.
El saco de mano negro que la acompañaba en su viaje había sido sustituído por un bolso de oro de una riqueza aparatosa: oro australiano, de un tono verde, semejante á la pátina de los bronces florentinos. Llevaba en las orejas dos gruesas esmeraldas cuadradas y en los dedos media docena de brillantes, que se pasaban de faceta en faceta la luz del sol. El collar de perlas seguía fijo en su cuello, asomando por el escote angular... Era una magnificencia de artista rica que todo se lo echa encima; de enamorada de las joyas que no puede vivir sin su contacto y las coloca sobre su piel apenas salta de la cama, despreciando la hora y las reglas de la discreción.
Pero Ferragut no podía distinguir lo extemporáneo de este lujo. Todo lo de ella le parecía admirable.
Sin saber cómo, se lanzó á hablar. El mismo se asombró al oír su voz, diciendo siempre las mismas cosas con distintas palabras. Sus pensamientos eran incoherentes, pero todos se iban aglomerando en torno de una afirmación incesantemente repetida: su amor, su inmenso amor por Freya.
Y Freya seguía marchando en silencio, con una expresión de lástima en los ojos y en las comisuras de su boca. Le placía á su orgullo de mujer contemplar á este hombre fuerte balbuceando con una confusión infantil. Al mismo tiempo se impacientaba ante la monotonía de sus palabras.
—No siga, capitán—interrumpió al fin—. Adivino todo lo que le queda por decir, y he oído muchas veces lo que lleva dicho. «Usted no duerme, usted no come, usted no vive por mi culpa.» Su existencia es imposible si no le amo. Un poco más de conversación, y me amenazará con pegarse un tiro si no soy suya... ¡Música conocida! Todos dicen lo mismo. No hay criaturas con menos originalidad que los hombres cuando desean algo...
Estaban en una avenida del paseo. A través de las palmeras y las magnolias se veía por un lado el golfo luminoso y por el otro los ricos edificios de la ribera de Chiaia. Unos chicuelos desarrapados corretearon en torno de la pareja, persiguiéndose. Luego fueron á situarse junto á un templete blanco que se alzaba en el fondo de la avenida.
—Pues bien, lobo de mar amoroso—continuó Freya—, no duerma usted, no coma usted, mátese si es su capricho; pero yo no puedo quererle, yo no le querré nunca. Pierda toda esperanza. La vida no es una diversión, y yo tengo otras preocupaciones más graves que absorben todo mi tiempo.
A través de la risa juguetona con que acompañaba estas palabras, Ferragut adivinó una voluntad firmísima.
—Entonces—dijo con desaliento—,¿todo será inútil?... ¿Aunque yo haga los mayores sacrificios?... ¿Aunque le dé pruebas de un amor como jamás se haya conocido?...
—Todo inútil—contestó ella rotundamente, sin dejar de sonreír.
Habían llegado al templete, cúpula sostenida por columnas blancas, con una verja en torno. El busto de Virgilio se alzaba en el centro: una cabeza enorme, de hermosura algo femenil.
El poeta había muerto en Nápoles, «la dulce Partenope», á su regreso de Grecia, y su cadáver tal vez estaba hecho polvo en las entrañas de este jardín. La muchedumbre napolitana de la Edad Media le había atribuído toda clase de prodigios, hasta convertir al poeta en mago poderoso. El brujo Virgilio construía en una noche el castillo del Huevo, colocándolo con sus manos sobre un gran huevo que flotaba en el mar. Igualmente había abierto con su soplo el viejo túnel de Possilipo, cerca del cual existen una viña y una tumba, visitadas durante siglos como última morada del poeta.
Los pilluelos, jugueteando en torno de la verja, arrojaban papeles y piedras al interior del templete. Les atraía la cabeza blanca del poderoso encantador, sintiendo á la vez admiración y miedo.
Ella se detuvo cerca del abandonado monumento.
—Hasta aquí nada más—ordenó—. Usted seguirá su camino. Yo voy á la parte alta de Chiaia... Pero antes de separarnos como buenos amigos, me va á dar su palabra de no seguirme, de no importunarme con sus pretensiones amorosas, de no mezclarse más en mi vida.
Ulises no contestó. Bajaba la cabeza con un desaliento real. A su decepción se unía el dolor del orgullo herido. ¡El que se había imaginado cosas tan distintas para cuando se viesen por primera vez á solas!...
Freya se apiadó de su tristeza.
—No sea usted niño... Eso pasará. Piense en sus negocios, piense en su familia, que le espera allá en España. Además, el mundo está lleno de mujeres: yo no soy la única.
Pero Ferragut la interrumpió. Sí; era la única... ¡la única! Y lo dijo con una convicción que provocó en ella otra vez una sonrisa de lástima.
La tenacidad de este hombre empezaba á irritarla.
—Capitán, le conozco bien. Es usted un egoísta, como todos los hombres. Su buque está detenido en el puerto por una avería; debe usted quedarse un mes en tierra; encuentra en un viaje á una mujer que comete la tontería de acordarse de que le conoció en otros tiempos, y se dice: «Magnífica ocasión para entretener agradablemente el fastidio de la espera...» Si yo le creyese, si aceptase sus deseos, dentro de unas semanas, al quedar listo el buque, el héroe de mi amor, el paladín de mis ensueños, se haría al mar diciendo como último saludo: «¡Adiós, imbécil!»
Ulises protestó con energía. No: él deseaba que su buque no estuviese nunca recompuesto; calculaba con angustia los días que faltaban. Si era preciso, lo abandonaría, quedándose para siempre en Nápoles.
—¿Y qué tengo yo que hacer en Nápoles?—interrumpió Freya—. Soy aquí un pájaro de paso, lo mismo que usted. Nos conocimos en los mares del otro hemisferio, y hemos venido á reencontrarnos en Italia. La próxima vez, si volvemos á vernos, será en el Japón, en el Canadá, en el Cabo... Siga su rumbo, enamoradizo tiburón, y déjeme seguir el mío. Figúrese que somos dos barcos que se encuentran en una calma, se hacen señales, cambian saludos, se desean buena suerte, y después cada uno se aleja por su lado, tal vez para no volver á verse nunca.
Ferragut movió la cabeza negativamente. Eso no podía ser; él no se resignaba á perderla de vista para siempre.
—¡Los hombres!—continuó ella, cada vez más irritada—. Todos se imaginan que las cosas deben ser con arreglo á sus caprichos. «Porque te deseo, debes ser mía...» ¿Y si yo no quiero?... ¿Y si yo no sufro la necesidad de ser amada?... ¿No puedo vivir en libertad, sin otro amor que el que yo siento por mí misma?...
Consideraba una desgracia el ser mujer. Los hombres le inspiraban envidia por su independencia. Podían mantenerse aparte, absteniéndose de las pasiones que desgastan la vida, sin que nadie viniera á importunarles en su retiro. Les era lícito ir á todos lados, recorrer el mundo, sin llevar tras de sus pasos una estela de solicitantes.
—Usted me es simpático, capitán. El otro día me alegré de encontrarle: fué una aparición del pasado. Vi en usted la alegría de mi juventud que empieza á irse y la melancolía de ciertos recuerdos... Y sin embargo, acabaré por odiarle: ¿me oye usted, argonauta pesado?... Le aborreceré porque no sirve para amigo; porque sólo sabe usted hablar de la misma cosa; porque es un personaje de novela, un latino, muy interesante tal vez para otras mujeres, pero insufrible para mí.
Su rostro se contrajo con un gesto de desprecio y lástima. «¡Ah, los latinos!...»
—Todos son lo mismo; españoles, italianos, franceses. Todos han nacido para la misma cosa. Apenas encuentran á una mujer deseable, creen faltar á sus deberes si no le piden su amor y lo que viene luego... ¿No pueden un hombre y una mujer ser amigos simplemente? ¿No podría usted ser un buen camarada y tratarme como á un compañero?
Ferragut protestó enérgicamente. No, no podría. El la amaba, y después de verse repelido con tanta crueldad, su amor iría en aumento. Estaba seguro de ello.
Un temblor nervioso hizo aguda y cortante la voz de Freya. Sus ojos tomaron un brillo malsano. Miró á su acompañante como si fuese un enemigo cuya muerte deseaba.
—Pues bien, sépalo usted. Yo aborrezco á los hombres: los aborrezco porque los conozco. Quisiera la muerte de todos ellos, ¡de todos!... ¡El mal que han hecho en mi vida!... Quisiera ser inmensamente hermosa, la mujer más hermosa de la tierra y poseer el talento de todos los sabios concentrado en mi cerebro, y ser rica, y ser reina, para que todos los hombres del mundo, locos de deseo, vinieran á postrarse ante mí... Y yo levantaría mis pies con tacones de hierro, é iría aplastando cabezas... así... ¡así!...
Golpeaba la arena del jardín con las suelas de sus breves zapatos. Un rictus histérico contraía su boca.
—A usted tal vez lo exceptuase... Usted, con todas sus arrogancias de matamoros, es un ingenuo, un simple. Le creo capaz de soltar á una mujer toda clase de mentiras... creyéndolas usted antes. Pero á los otros... ¡ay, á los otros!... ¡cómo los odio!...
Miró hacia el palacio del acuario, que asomaba su blancura entre la columnata de los árboles.
—Quisiera ser—continuó, pensativa—uno de esos animales de mar que cortan con las tenazas de sus patas... que tienen en los brazos tijeras, sierras, pinzas... que devoran á sus semejantes y absorben todo lo que les rodea.
Miró después una rama de árbol, de la que pendían varios hilos de plata sosteniendo á un insecto de activos tentáculos.
—Quisiera ser araña, una araña enorme, y que todos los hombres fuesen moscas y vinieran á mí, irresistiblemente. ¡Con qué fruición los ahogaría entre mis patas! ¡Cómo pegaría mi boca á sus corazones!... ¡Y los chuparía... los chuparía, hasta que no les quedase una gota de sangre, arrojando luego sus cadáveres huecos!...
Ulises llegó á pensar si estaría enamorado de una loca. Su inquietud, sus ojos sorprendidos é interrogantes, parecieron devolver la serenidad á Freya.
Se pasó una mano por la frente, como si despertase de una pesadilla y quisiera repeler sus recuerdos con este ademán. Su mirada fué serenándose.
—Adiós, Ferragut; no me haga hablar más. Acabaría usted por dudar de mi razón... Ya lo sabe: seremos amigos, amigos nada más. Es inútil pensar en lo otro. No me siga... Nos veremos... Yo le buscaré... ¡Adiós!... ¡adiós!
Y aunque Ferragut sentía la tentación de seguirla, permaneció inmóvil, viéndola alejarse con paso rápido, como si huyese de las palabras que había dejado caer ante el pequeño templo del poeta.