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Marcela, o ¿a cuál de los tres?

ACTO SEGUNDO.

Reading edition

ESCENA PRIMERA.

MARCELA y JULIANA.

Juliana.

Pronto deja usted la mesa.

Marcela.

Ya han levantado el mantel:

no tienen por qué quejarse.

Les he servido el café,

y huyendo de los cigarros,

que maldiga Dios, amén,

aquí me vengo, Juliana.

Juliana.

Pero eso es mucha esquivez,

señorita. ¿Qué dirán

viendo que se aleja usted

tan pronto?

Marcela.

¿Qué han de decir?

Que preciándome de ser

amiga suya, los trato

con franqueza.

Juliana.

Eso está bien.

El señor don Timoteo,

que habla él solo más que diez,

en punto a conversación

sabrá suplir, bien lo sé,

la falta de su sobrina;

pero, a mi corto entender,

motivos más halagüeños

harán sensible y cruel

esa retirada.

Marcela.

¡Cómo!

Yo no te entiendo...

Juliana.

¡Pues qué!

¿Mi señorita no sabe

que el invencible poder

de sus ojos hechiceros

cautivos tiene a los tres?

Marcela.

¿Qué estás diciendo?

Juliana.

En verdad,

señora, no es menester

ser profeta para eso.

El amor luego se ve,

y en materias semejantes

es un lince la mujer.

Marcela.

Pues yo, que tal no he notado,

no lince, topo seré.

Juliana.

¿Disimula usted conmigo?

Eso, señora, es hacer

agravio a mi discreción.

¿O desea usted tal vez

que la regale el oído?

Marcela.

No por cierto. Pero ¿quién

te ha contado esas patrañas?

En nuestro trato, ¿qué ves

sino una amistad sencilla?...

Juliana.

Me gusta la sencillez.

Digo a usted que están prendados

de esos hechizos. Lo sé

de buena tinta.

Marcela.

Confieso

que muy galantes los tres

me suelen decir lisonjas,

que ni puedo reprender,

porque al fin las alabanzas

nunca se oyen con desdén,

ni les doy otro valor

que el debido al oropel

de cortesanas finezas.

Uno entre ellos suele ser

más pródigo de requiebros.

Juliana.

Don Martín, sin duda.

Marcela.

Pues;

pero yo le oigo, Juliana,

como quien oye llover,

porque es aquella cabeza

otra torre de Babel;

y tan pronto me enamora

diciendo que al rosicler

de la aurora dan envidia

mis ojos, y que el clavel

no es más rojo que mis labios,

y cosas de este jaez,

como me habla de un tordillo

que le envían de Jaén,

y del pienso, la parada,

la patrulla y el cuartel.

Juliana.

Pues crea usted...

Marcela.

Ahora dime:

¿no sería una sandez

el juzgarme yo querida,

solicitada por él?

Don Agapito me asedia,

y suele decir también

sus piropos; pero un hombre

que gasta todo su haber

en perfumes y en pastillas,

víctima de su corsé,

bailarín afeminado,

¿cómo es capaz de querer?

Resta el poeta, y tú sabes

que es la suma timidez

para con las damas. Puede

que por mí perdido esté

de amor; y aun suele mirarme

con melosa languidez;

pero mientras no se explique

mal le puedo comprender.

En fin, tiempo ha que me tratan

todos ellos. La viudez

me da cierta independencia;

mas, aunque a solas me ven,

de ninguno he recibido

hasta ahora ni papel,

ni declaración verbal

por donde pueda creer

que me aman. Los tres me estiman,

y no fuera yo cortés

si tan finas atenciones

me negase a agradecer.

Juliana.

Sin embargo, muchas veces,

mientras una no da pie,

callan los hombres, y... Vamos,

ya sabe usted que soy fiel.

Ese cuerpo ha dado a todos

flechazo, sí; yo doy fe.—

¿Cuál de los tres ha logrado

inspirar más interés...?

Marcela.

Vete, que don Agapito

quiere hablarme a solas.

Juliana.

¿Eh?

¿Qué tal?

Marcela.

Y aquí viene.

Juliana.

Pronto

le verá usted a sus pies,

tierno, rendido...

Marcela.

¡Bobada!

Algún nuevo balancé

querrá enseñarme, o quizá...

Juliana.

Ello presto se ha de ver.

Yo me voy. (Ya por el pronto

cayó en el anzuelo un pez.)

ESCENA II.

MARCELA y DON AGAPITO.

Agapito.

Ahora, bella Marcelita,

que no está aquí el artillero,

y sobre mesa el coplero

no sé si duerme o medita,

pues sola oírme ha querido

colmándome de bondades,

voy a usar de mi licencia.

Prepare usted el oído...

Marcela.

(Para escuchar necedades.

¡Paciencia!)

Agapito.

No es por vanidad; nací,

señora, con tal estrella,

que apenas hay una bella

que no delire por mí.

Yo las dejo suspirar,

y prendido en otra red,

las miro con menosprecio;

que a todas no puedo amar,

y mi alma...

Marcela.

Prosiga usted.

(¡Qué necio!)

Agapito.

Ya prosigo. El alma mía

sola usted ha cautivado,

y a la de usted se ha ligado

por secreta simpatía.

No es dura roca Marcela,

no es insensible diamante

al tierno amor que me inspira.

Sé que por mí se desvela;

me lo prueba a cada instante...

Marcela.

(Mentira.)

Permita usted...

Agapito.

Seré breve.

Pero sus ojos fatales

alientan a mis rivales,

y esta conducta es aleve.

Fijo yo en su corazón,

poco me debe afligir

algún amor transeúnte.

Marcela.

Pero ¿qué demostración...?

Agapito.

Déjeme usted concluir.

Marcela.

(¡Qué apunte!)

Agapito.

Si a solas está conmigo,

su sonrisa encantadora

me prueba... pues, como ahora

(Se sonríe Marcela),

que soy su más dulce amigo;

mas si viene el atronado

de don Martín... ¡fuego en él!

o el mustio don Amadeo,

hago yo siempre a su lado

un ridículo papel.

Marcela.

(Lo creo.)

Agapito.

Pretendo, pues, y ya es hora,

que ese labio lisonjero

ponga fin con un te quiero

al ansia que me devora.

(Viene don Amadeo, Marcela le sale al encuentro, y hablan aparte).

Entonces, si gloria tanta

que mi ventura completa

me disputa un temerario...

¡Calla! ¡Esta es buena! Me planta

para hablar con el poeta.

¡Canario!

ESCENA III.

MARCELA, DON AGAPITO y DON AMADEO.

Marcela.

(Aparte con don Amadeo).

No, no me lo niegue usted:

ocioso es que disimule.

¡Si Juliana me lo ha dicho!

Agapito.

(Merece quien esto sufre...

Pero no; estará picada,

y darme celos presume.)

Amadeo.

Estaba solo. Sentía

inspiraciones del numen,

y una letrilla amorosa

por pasatiempo compuse;

pero está tan incorrecta...

Agapito.

(Si me ve con pesadumbre,

logra su objeto.)

Marcela.

¿Qué importa?

No es razón que se sepulte

en el olvido. Veamos.

Amadeo.

Bien: con tal que no la escuche

don Agapito...

Marcela.

¿Y por qué?

Amadeo.

No temo a una mala nube

tanto como a un necio.

Agapito.

(¡Oh! Sí;

aunque se finge voluble,

ella me ama. Lleva a mal

que sin motivo la acuse...

Bien puedo yo ser su amante

sin exigir que renuncie

a tener amigos.)

Marcela.

Bien:

pues yo haré que desocupe

el puesto.—Don Agapito...

(Se acerca a él).

Agapito.

(¡Miren qué pronto sucumbe!)

Marcela.

Quisiera... Perdone usted.

Agapito.

(¿No digo?)

Marcela.

Mandar por dulces...

Agapito.

Aún he de tener pastillas

aquí... ¡mas son tan comunes!

¿Usted prefiere bombones,

no es cierto?

Marcela.

Lo que usted guste.

(Yo no los he de probar.)

Agapito.

No sé si en casa de Núñez

los habrá. Si no los tiene,

yo veré en Los Andaluces...

Marcela.

No; yo mandaré a Juanillo...

Agapito.

¡Qué! Si ese hombre es tan inútil...

Marcela.

Es verdad.—Bien; vaya usted:

mejor será.

Agapito.

Me confunde

tanta bondad. Voy volando.—

(Ya no es posible que dude

de su amor. Para que hiciera

tal distinción de ese fútil

poetilla, o del insigne

don Martín.—¡Ah! ¡Cuál me bulle

el corazón de alegría!

¡Digo a ustedes que se lucen,

señores míos!) Supongo

(A Marcela con misterio, y haciendo el interesante)

que...

Marcela.

Ya... (Riéndose).

Agapito.

Bien, bien; pero urge...

Marcela.

Sí...

Agapito.

(Muy satisfecho).

Basta, basta.—(Lo más

que resiste es hasta el lunes.)

ESCENA IV.

DON AMADEO y MARCELA.

Marcela.

(¡Habrá títere más...!) Vamos;

ya nadie nos interrumpe.

Lea usted esa letrilla.

Amadeo.

Será fácil que me turbe.—

Léala usted, si merezco

tanta dicha, y me disculpe

la ruego mi libertad.

Marcela.

(Temblando está.)

Amadeo.

(Amor me ayude.)

Marcela.

(Lee).

«Letrilla a Laura».

Amadeo.

(No sangre;

hielo por mis venas cunde.)

Marcela.

(Lee).

«Mis ojos, que admiran

tu talle gentil,

a los tuyos piden

cadena feliz,

y ven en tus labios

las gracias reír,

contino te dicen

que muero por ti.

Si veo a tu mano,

que envidia el marfil,

del arpa divina

las cuerdas herir,

mi dulce embeleso,

mi gozo sin fin

te dicen, oh Laura,

que muero por ti.

Tú ves abrasado

mi pecho latir

desde que Amor me hiere

con dardo sutil.

Mis hondos gemidos,

mi llanto infeliz,

te dicen sin tregua

que muero por ti.

Erato desdeña

mi plectro regir,

si no es que te canto

gloria de Madrid,

y en versos que aspiran

a eterno buril,

oh Laura, te juro

que muero por ti.

Cautivo en tus ojos

me consumo así

cual roto y perdido

capullo de abril.

Tú me ves, oh Laura,

penando morir,

y quizá no sabes

que muero por ti.

Ya es vano el silencio.

Yo te adoro, sí.

Por ti me atormentan

mil penas y mil.

Si airada la tumba

me quieres abrir...

no ignores al menos

que muero por ti».

¡Oh qué preciosa canción!

(¿Seré yo esta Laura bella?)

Amadeo.

Si hay algún mérito en ella

es todo del corazón.

Marcela.

No se llame sin ventura

quien maneja así la lira;

ni la belleza que inspira

tanto amor, tanta ternura.

Amadeo.

¡Ah! Si...

Marcela.

Nombre imaginario,

Laura sin duda será,

que los poetas allá

tienen otro calendario.

Y la razón es muy llana:

¿quién en los versos tolera

a una Blasa, a una Sotera,

Jerónima o Sinforiana?

¿Y tanta es la perfección

de esa Laura? ¿Ha sido fiel

el poético pincel?

¿No ha habido exageración?

Amadeo.

(Con entusiasmo).

Es de las gracias modelo;

la formaron los amores;

sus ojos encantadores

robaron la luz al cielo;

flores nacen donde pisa...

Marcela.

(Remedándole).

Su dulce voz enajena,

y las almas encadena

con su hechicera sonrisa;

su boca es fragante rosa

de Chipre... o de Jericó.—

¿Piensa usted que no sé yo

cómo se pinta a una hermosa?

Amadeo.

(Se burla. No me declaro.)

Marcela.

(¿Tendrá Juliana razón?)

¿Pero quién en conclusión

es ese portento raro?

Amadeo.

No seré yo quien le nombre.

Marcela.

¿Es delito por ventura

el adorarla?

Amadeo.

Es locura.

Marcela.

¡Locura! ¿Eso dice un hombre?

¿Es de áspera condición?

Amadeo.

No, que su agrado enamora.

Marcela.

¿Es casada?

Amadeo.

No, señora.

Más honesta es mi pasión.

Marcela.

(Yo de mi duda saldré.)

¿Es amiga mía?

Amadeo.

Sí.

Marcela.

¿Vive muy lejos de aquí?

Amadeo.

No.

Marcela.

¿Quiere a otro?

Amadeo.

No sé.

Marcela.

¿Hoy la habrá usted visto?

Amadeo.

Ya.

Marcela.

¿Puso mala cara?

Amadeo.

No.

Marcela.

¿Le ha dado a usted celos?

Amadeo.

¡Oh!

Marcela.

¿Le ha hecho a usted preguntas?

Amadeo.

¡Ah!

Marcela.

¡Qué lacónico es usté!—

Vaya; tome su canción,

y a la primera ocasión...

Amadeo.

¡Ah! Ya es inútil.

Marcela.

¿Por qué?

Amadeo.

Porque su rigor me hiela.

Marcela.

Cualquiera de esto se halaga;

y si tanto amor no paga,

lo agradecerá...

Amadeo.

¡Marcela!

Marcela.

Tome usted sus versos.

Amadeo.

¡Oh!

Marcela.

¡Dale con tanto gemir!

Acabe usted de decir

que soy esa Laura yo.

Amadeo.

(Turbado).

¡Ah! Si... mi... la...

Marcela.

(Riéndose).

Si... mi... la...

¿Me enseña usted el solfeo?

Amadeo.

(Perdido soy. Bien lo veo.)

Marcela.

(Lástima y risa me da.)

Vaya; hable usted con franqueza,

monosílabo señor.

¿Soy yo causa de su amor?

Amadeo.

¡Oh desventura! ¡Oh flaqueza!

Marcela.

De nada me maravillo;

y...

Amadeo.

¡Dura fuerza del hado!

Marcela.

Vaya, hable usted, o me enfado.

Amadeo.

¡Ay, Marcela!

Marcela.

(¡Ay, tabardillo!)

Amadeo.

¿Conque al fin he de romper

mi silencio?

Marcela.

Sí; ya es hora.

Amadeo.

Pues la que mi pecho adora...

Marcela.

Ya no lo quiero saber.

Amadeo.

¡Ah!

(Se deja caer sobre una silla).

ESCENA V.

DON AMADEO, MARCELA y DON MARTÍN.

Martín.

Gracias al cielo doy,

que al fin ya libre me veo...

Marcela.

¿De quién?

Martín.

De don Timoteo.

Bufando de rabia estoy.

Marcela.

¿Pues cómo?...

Martín.

¡Malditos sean

sus sinónimos eternos!

Hay hombres de los infiernos

que cuando hablan aporrean.

No acabará en quince días,

a no hacerle yo acostar,

y torna a sus profecías;

y retorna al nacimiento...

¡Digo! ¡Pues tenía traza

de dejarme meter baza!

¡Oh, qué hablador tan sangriento!

Aquello era por demás.

¡Hija, qué nube! ¡Qué nube!

Intención mil veces tuve

de enviarle a Satanás.

No lo puedo resistir;

me desesperan, me endiablan

esos que hablan, y hablan, y hablan

sin respirar ni escupir.

Sirve en mi cuerpo un alférez

que es hablador furibundo,

y se llama don Facundo

Valentín Pérez y Pérez.

No hay poder hablar con él.

¡Sí, sí, facilito es eso!

En soltando la sin hueso

a ninguno da cuartel.

Un día se puso a hablar

conmigo: yo le quería

interrumpir. ¡Bobería!

Sintió que iba a estornudar.

En tan crítico momento

¿qué hacer? La boca me tapa,

el estornudo se escapa,

y prosigue con su cuento.

¡Digo! Esto es ser hablador.

Pues con tanta algarabía,

por cartujo pasaría

al lado de ese señor.

Es mucha, mucha crueldad.

¡Válgame Dios, qué carcoma!...

No lo tome usted a broma:

eso es una enfermedad.

Vamos; aún me dan sudores.

¡Qué suplicio! ¡Qué agonía!

¡Jesús! ¡Mala pulmonía

en todos los habladores!

Marcela.

Cuenta con la maldición.

Martín.

Pues qué, ¿me puede alcanzar?

Marcela.

No; a usted no, que es para hablar

la suma moderación;

mas, ¡oh prodigio admirable!

En el próximo aposento,

a usted le ha dado tormento

un hablador perdurable.

Pues véame usted; yo sudo

de fatiga y de pesar,

porque acabo de lidiar

con un sempiterno mudo.

Martín.

¡Mudo! ¿Y quién...?

Amadeo.

¡Ábrete, abismo!

Martín.

¡Calla! ¿No es mi primo aquel?—

Diga usted, Marcela: ¿es él

ese mudo?

Amadeo.

¡Ay Dios!

Marcela.

El mismo.—

Nunca gusté de llorones.

¿Dónde hay cosa más molesta

que oír solo por respuesta

suspiros e interjecciones?

Martín.

¿Pero cuál es tu quebranto?

Amigos somos los dos.

Habla; di...

Amadeo.

¡Pluguiera a Dios

que no hubiese hablado tanto!

Marcela.

Amor le saca de tino;

mas no sé quién le avasalla.

Si se lo pregunto, calla;

solloza si lo adivino.

Y por cierto que hace mal,

y procede como necio;

que de sensible me precio,

si no de sentimental.

Siento los males ajenos;

soy su amiga verdadera;

y satisfacer debiera

mi curiosidad al menos.

Pero si tanto le halaga

dentro del pecho su pena,

guárdesela enhorabuena,

y buen provecho le haga.

Amadeo.

Yo...

Martín.

¡Quita allá, que eso es mengua!

¡Nada! A salir del barranco.—

A bien que yo soy más franco:

no me morderé la lengua.

Yo no soy nada hablador,

que de prudente me paso;

pero cuando viene al caso

hablo más que un sangrador.

Precisamente deseo

ahora más que nunca hablar:

¡tal dieta me ha hecho pasar

el señor don Timoteo!

Ya que usted me da licencia,

y puesto que el Dios vendado

al más lego, al más callado

da facundia y elocuencia,

basta, basta de tormento;

salga del pecho mi afán,

que estoy hecho un alquitrán,

y si no canto, reviento.

No hay que dudar de mi fe,

porque Dios me hizo soldado,

que Aquiles fue enamorado,

y Marte mismo lo fue.

No sirve contra Cupido

el vestir férrea coraza,

que cual si fuera de estraza

la taladra el fementido.

Harto he mostrado a mi dama

celebrando su belleza,

la intensidad, la fiereza

de esta pasión que me inflama.

Ni Amadís, ni Beltenebros,

ni cuantos de amor bramaron,

a sus bellas regalaron

tantos, tan dulces requiebros;

mas temiendo sus enojos,

admiro mi cobardía,

no la he dicho todavía:

«Muerto me tienen tus ojos».

Mis intenciones son rectas:

bien lo puede conocer;

pero está visto, es mujer

que no entiende de indirectas.

Yo con mi amor no la ultrajo,

porque al fin soy caballero.

Pues pecho al agua. ¿Qué espero?

Echemos por el atajo.

Marcela.

(¡Oh, qué exordio impertinente!)

Martín.

¿Qué dice usted?

Marcela.

Nada digo.

Prosiga usted.

Amadeo.

¡Ah!

Martín.

Prosigo,

que ya he soltado el torrente.

Hay mujeres cuyo oficio

es barrenar corazones,

y con dulces ilusiones

sacar a un hombre de quicio.

Mujeres que a su pesar

son imán de los placeres;

y en fin, señora, mujeres

que es forzoso idolatrar.

Graciosas, discretas, bellas,

y apacibles como el cielo,

¿cuál es el hombre de hielo

que no suspira por ellas?

Una entre todas domina,

como suele en los collados

entre tomillos menguados

descollar gigante encina.

Por ella estoy con el Credo

en la boca; y no, no es chanza,

si no cumple mi esperanza

dará conmigo en Toledo.

Si el hombre más insensible

la adora mal de su grado,

¿qué haré yo, desventurado?

¡Yo, que soy tan combustible!

Pues ese dulce martirio;

esa deidad de la tierra,

que me mueve tanta guerra,

que me infunde tal delirio;

ese apetecido bien;

esa suspirada aurora;

ese prodigio...

ESCENA VI.

DON MARTÍN, MARCELA, DON AMADEO y JULIANA que llega corriendo.

Juliana.

¡Señora!

Martín.

Maldita seas, amén.

Juliana.

Venga usted, que hay novedad.—

Yo estoy loca.

Marcela.

¿Qué ha ocurrido?

Juliana.

Que Clitemnestra ha parido

con toda felicidad.

Martín.

¡Clitemnestra!

Juliana.

¡Pobrecita!

Marcela.

¡Oh, qué gozo! ¿Y cuántos?

Juliana.

Tres.

Martín.

¿Se puede saber quién es?...

Juliana.

¿Quién ha de ser? La gatita.—

Venga usted: el uno es negro;

otro tiene un collarín...

Marcela.

Perdone usted, don Martín.—

(Se va corriendo).

Vamos, vamos.

ESCENA VII.

DON AMADEO y DON MARTÍN.

Martín.

¡Pues me alegro!

¡Oh, mujer aleve, ingrata!

¡Con la palabra en la boca

me deja como una loca

porque ha parido la gata!

Amadeo.

¡Oh cielo!

Martín.

¡Tratarme así!

¡Si lo veo y no lo creo!—

¿Qué dices de esto, Amadeo?

Responde.

Amadeo.

¡Triste de mí!

Martín.

¡Quedamos lindas figuras

para adornar un retablo!

Amadeo.

¡Ay!

Martín.

Jeremías del diablo,

ya la paciencia me apuras.

¿De qué te quejas, maldito?

Amadeo.

De mi desdicha.

Martín.

Si es tanta,

mala angina en tu garganta,

pon en las nubes el grito;

desahoga el corazón;

truena, y no con esa calma

te estés repudriendo el alma

con tanta lamentación.

En el café mucho hablar.

Vaya; ¿quién te pone tasa?

Y en entrando en esta casa

solo sabes suspirar.

(Le hace levantar).

Levanta; deja de hacer

en ese rincón el búho,

y reneguemos a dúo

de esa funesta mujer.

Toma parte en mi rabieta,

y pues tanto me ultrajó,

llámala tú, como yo,

frívola, falsa, veleta.

Por mucho que tú te asombres

de su garbo sin segundo,

di que Dios la ha echado al mundo

para acabar con los hombres.

Di conmigo, pues me mata:

«Mujer inicua y sin fe,

permita Dios que te dé

veinte arañazos la gata».

Amadeo.

No la haré yo tal agravio;

no tomaré tal venganza.

Solo para su alabanza

osaré mover el labio.

Mientras con saña importuna

te quejas de su desvío,

yo la pondré, primo mío,

en los cuernos de la luna.

Diré que eclipsa la gloria

de Cleopatra, de Lucrecia,

y de aquella que en la Grecia

dejó perpetua memoria.

Diré que es, cual otro Edén,

aquel rostro afable, hermoso.

Diré que es grato y sabroso

hasta su mismo desdén.

Con tierna solicitud,

si tanto puede mi acento,

encomiaré su talento,

ensalzaré su virtud.

Diré que es dulce, sencilla,

cuerda, apacible, donosa;

y diré en verso y en prosa

que es la octava maravilla.

Martín.

¡Qué fuego! ¡Qué ponderar!

Estoy de oírte pasmado.

O la viuda te ha flechado,

o yo no sé qué pensar.

Amadeo.

¡Ah! Sí; mi pecho la adora,

y en él su imagen grabada...

Martín.

¡Mire usted con qué embajada

me sale el primito ahora!

Yo bien decía entre mí:

este pisó mala yerba;

pero es tanta tu reserva...

Nunca obsequiarla te vi...

Yo atendía a otro negocio,

y con mi afán no advertía...

Pues escucha: juraría

que tenemos otro socio.

Amadeo.

¡Otro! ¿Y quién?

Martín.

Don Agapito.

Amadeo.

Sí, pero en vano porfía.

Martín.

Querer a ese hombre sería

imperdonable delito;

bien lo conozco. No obstante,

como amor todo es chiripas...

Amadeo.

¡Qué! ¡Si da dolor de tripas

solo el mirar su semblante!

Menospreciarle debemos,

porque a un bicho tan cuitado

le honraría demasiado...

Martín.

Calla, que aquí lo tenemos.

ESCENA VIII.

DON MARTÍN, DON AMADEO y DON AGAPITO con un cucurucho de dulces.

Agapito.

Todo Madrid he corrido

por traer de los mejores,

hasta que al fin..., ¡oh, señores!

¿Y Marcela? ¿Dónde ha ido?

(Don Martín y don Amadeo rodean a don Agapito y le hablan con mucho misterio).

Martín.

A una solemne función.

Agapito.

¿A estas horas? No sospecho...

Amadeo.

Está postrada en su lecho...

la viuda de Agamenón.

Agapito.

¡Eh, señores! Esa chanza...

Martín.

No es ilusión.

Amadeo.

¡Oh maldad!

¡Oh perfidia!

Martín.

¡Oh liviandad,

que está clamando venganza!

Agapito.

Vaya, basta de tramoya,

que es para aspar a cualquiera...

Martín.

¡Oh Atrida! ¡Más te valiera

haber fenecido en Troya!

Agapito.

Pues digo que es buen humor...

Amadeo.

¡Ay, señor don Agapito.

tres de una vez! ¡Oh delito!

Martín.

¡Y el uno es negro! ¡¡Qué horror!!

Agapito.

Véame yo confundido

si entiendo un solo vocablo.

Amadeo.

¡Silencio!

Agapito.

Pero ¿qué diablo...?

Martín.

¡Chist!... Clitemnestra ha parido.

Agapito.

¿Clitemnestra? Por mi abuela...

Martín.

¿Quiere usted que lo repita?

Agapito.

(Dando palmadas).

¡Ah! ya entiendo. La gatita,

la gatita de Marcela.

Por vida... Me alegro mucho.

Voy corriendo; Voy a ver...

(Despidiéndose).

Señores...

Martín.

¿Puedo saber

qué encierra ese cucurucho?

Agapito.

Son bombones, capuchinas,

almendras garapiñadas,

yemas acarameladas

y pastillas superfinas.

¿Gusta usted, don Amadeo?

¿Y usted...?

Martín.

La ventura alabo

de don Agapito. ¡Bravo!

Ya hay dulces para el bateo.

Corra usted...

Amadeo.

Corra usted; sí.

Mi enhorabuena le doy.

Martín.

Cuidarla mucho.

Agapito.

Voy, voy.—

El negrito para mí.

ESCENA IX.

DON MARTÍN y DON AMADEO.

Martín.

¿Has visto, primo, en tu vida

más ridículo animal?

Amadeo.

Ya se iba amoscando un poco.

Martín.

¡Oh! Y si él se enoja, es capaz...

de caerse muerto.—Pero

dejémosle acariciar

a su Clitemnestra, y vamos

a otra cosa más formal.

¿Conque amas a la viudita?

Amadeo.

¿Y quién, oh primo, verá

tantas gracias en su rostro

y en su cuerpo celestial

sin sentir dentro del pecho

un amoroso volcán?

Martín.

A mí también me ha gustado

más de lo que es regular;

y, por cierto, no esperaba

que fueses tú mi rival.

Yo creí que satisfecho

con merecer su amistad,

no aspirabas a la dulce

coyunda matrimonial.

Amadeo.

Tampoco yo esperaba

que fueses tú su galán.

Martín.

¡Poeta y amar de veras,

es cosa particular!

Amadeo.

¿Y qué diremos de ti,

andaluz y capitán?

Martín.

Como que iba yo a pedirte

me hicieses un madrigal

para pintar a Marcela

mi dulce cautividad.

Amadeo.

Yo me iba a valer de ti

para decirla mi afán.

Martín.

Pues querernos a los dos

no es posible.

Amadeo.

Claro está.

Martín.

Dejarla es duro; matarnos

sería una necedad.

¿Qué haremos?

Amadeo.

Querido primo,

ya sabes tú cuán fatal

soy en amores. La adoro.

Solo la tumba podrá

de mi triste corazón

la activa llama apagar;

mas sea que no merezco

tan peregrina beldad,

sea que con tantos ayes

la he llegado a fastidiar,

bien conozco que Marcela

no será mía jamás.

Tú sabes mejor que yo

la ciencia de enamorar.

Yo soy tímido en extremo;

tú eres en extremo audaz;

a mí no me da esperanzas;

acaso a ti te las da.—

Yo te cedo su conquista:

sí, Martín; y de este umbral

apartado para siempre,

triste, desvalido, ¡ay!,

lloraré mi desventura

en amarga soledad.

Martín.

¡Ah, ah!... Déjame reír.

Amadeo.

¿Conque estoy para expirar,

y te ríes?

Martín.

No hay cuidado:

pronto te consolarás,

que amores inconsolables

no son fruta de esta edad.

Amadeo.

¡Cómo! ¿Tú dudas, Martín,

de mi amor?...

Martín.

No dudo tal;

pero hablemos con franqueza,

pues nos conocemos ya.

Hoy por Marcela suspiras;

mañana suspirarás

por otra.

Amadeo.

Yo soy sensible;

yo no vivo sin amar.

Martín.

Pues por eso mismo es fácil

que rinda tu voluntad

otra Filis u otra Laura,

amartelado zagal.

Tres damas te he conocido

desde el día de San Juan.

La cuarta es Marcela.—Vamos,

dime ahora la verdad:

¿no te atreves con la quinta?

¿No hay en tu pecho lugar

para hospedarla? ¡Qué diablos!

Aunque sea en el zaguán.

Amadeo.

Aún me harás reír, Martín,

y eso es una iniquidad.

Martín.

Yo también amo a Marcela;

pero amo a lo militar;

reservándome algún tanto

de juicio y de libertad,

por si hay que volver las grupas

hacia el cuartel general.

Cuando la veo, me inflamo,

pierdo la chaveta, y más

si esgrime aquellos ojos

que tanta guerra me dan.

Confieso que si lograra

su mano, fuera el mortal

más dichoso, pero, amigo,

no me dejará enterrar

como amante de novela

si calabazas me da.

Amadeo.

Pero en suma, ¿qué partido

tomaremos?

Martín.

Declarar

formalmente nuestro amor

a la viuda, y cada cual

ver cómo puede rendirla.

No es mucha temeridad,

que ella nos anima a todos

con su carácter jovial.

Manos a la obra, Amadeo.

¡Al grano!, que lo demás

es perder tiempo. Al que venza,

su fortuna le valdrá,

y el que quedare vencido

ceda el campo a su rival.

Amadeo.

Pues lo quieres, me conformo.

Martín.

Entre tanto, dame acá

esos cinco. Siempre amigos.

Amadeo.

Siempre amigos.—Y del tal

don Agapito, ¿qué hacemos?

Martín.

Declararle sin piedad

la guerra; mortificarle,

perseguirle y no parar

hasta echarle de esta casa;

que aunque él es moro de paz,

y no puede desbancarnos,

semejante orangután,

sin embargo, será útil...

Amadeo.

¿Para qué?

Martín.

Para estorbar.

Sígueme; vamos a casa,

y dispondremos el plan

de ataque. (Mucho me engaño,

o la hago capitular).

FIN DEL ACTO SEGUNDO.

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