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Manfredo

ESCENA II.

Reading edition

[El teatro representa el monte Jungfro; el dia da principio. Manfredo está solo entre las rocas.]

MANFREDO.

Los espíritus que habia invocado me abandonan, las ciencias mágicas que habia estudiado me son inútiles. Busco un remedio á mis males y no he hecho sino agriarlos: ceso de contar con el socorro de los espíritus; lo pasado no es de su resorte, y el porvenir … hasta tanto que tambien esté sepultado en la noche de los tiempos, me causa muy poca inquietud. ¡O tierra en donde he nacido! aurora radiante, y vosotras altas montañas ¿ porqué sois tan hermosas? Yo no puedo amaros. Y tú, antorcha brillante del universo, que estiendes tu luz sobre toda la naturaleza, y la haces temblar de gozo, tú no puedes lucir en mi helado corazon. Desde esta cima escarpada veo las orillas del torrente, los pinos magestuosos que la distancia los hace semejantes á los humildes arbustos; y cuando un solo movimiento bastaria para hacer pedazos mi cuerpo sobre esta cama de rocas, y para fijarlo en un eterno descanso, ¿por qué razon estoy dudoso?

Siento el deseo de precipitarme al pie de la montaña y no me atrevo á ejecutarlo, veo el peligro y no pienso en huirle. Un vértigo se ha apoderado de mi vista, y sin embargo mis pies se mantienen inmóviles y firmes. Un poder secreto me detiene y me condena á vivir á pesar mio, si es vivir el llevar un desierto árido en mi corazon, y el ser yo mismo el sepulcro de mi alma, supuesto que no trato de justicar mis crímenes á mis propios ojos: esta es la última desgracia de los malos.

[Un águila pasa sobre Manfredo.]

¡O tú, reina de los aires, cuyo rápido vuelo te remonta hácia los cielos, que no te dignes caer sobre mí, para hacer presa de mi cadáver, y alimentar con él á tus hijuelos! Ya has atravesado el espacio en que podian seguirte mis ojos; y los tuyos pueden todavía descubrir todos los objetos que estan sobre la tierra y en el aire… ¡Ah! ¡cuántos objetos dignos de admiracion ofrece este mundo visible! ¡cuán grande es en sus causas y en sus efectos! pero nosotros que nos llamamos sus señores, nosotros, criaturas de barro y semidioses al mismo tiempo, incapaces de poder caer á un rango mas inferior, y tambien de elevarnos, escitamos una guerra continua entre los elementos diversos de nuestra doble esencia, respirando á un mismo tiempo la bajeza y el orgullo, estamos indecisos entre nuestras miserables necesidades y nuestros deseos soberbios, hasta el dia en que la muerte triunfa y en que el hombre viene á ser … lo que no se atreve á confesar á sí mismo, ni á sus semejantes.

[Un pastor toca la flauta en un parage lejano.]

¡Qué dulce melodía es el sonido natural de la zampoña campestre! porque, en estos parages, la vida patriarcal no es ciertamente una fábula de la edad de oro; el aire de la libertad no resuena aquí sino en las armonías de la flauta pastoral, y en el ruido sonoro de los cencerros del ganado que retoza en las colinas. ¡Mi alma está hechizada con semejantes ecos!… ¡Qué no sea yo el invisible espíritu de un sonido melodioso, de una voz viva, de una armonía animada, qne nace y muere con el soplo que la produce!

[Llega un cazador de gamuzas que viene del pie de la montaña.]

EL CAZADOR.

La gamuza ha salvado las rocas, y sus pies ágiles la han llevado lejos de mí; apenas mi caza me habrá proporcionado en el dia con que hacerme olvidar mis correrías peligrosas… ¿Pero qué veo? ¿Quién es este hombre que parece que no es ninguno de nuestros cazadores, y que no obstante ha sabido recorrer estas alturas escarpadas que nuestros compañeros los mas ejercitados son los únicos que pueden practicarlo? Sus vestidos anuncian la riqueza; su aspecto es varonil, y sus ojos son tan arrogantes como los de un labrador que sabe que ha nacido libre. Acerquémonos á él.

MANFREDO.

[Sin haber visto al cazador.]

¡Es indispensable el verse encanecer por las penas; semejante á los pinos disecados, restos de los destrozos de un solo invierno, despojados de su corteza y de sus verdes hojas! ¡Es necesario conservar una vida que no sustenta en mí sino el sentimiento de mi ruina! ¡es preciso recordarme siempre de los tiempos mas dichosos! ¡Tengo mi rostro lleno de arrugas, no por los años, pero sí por las horas y los momentos mas largos que los siglos! ¡y todavía puedo vivir! ¡Cumbres coronadas del hielo, avalanges que un soplo puede separar de las montañas, venid á confundirme! He oido muchas veces rodar en los valles vuestras masas destructoras, pero vosotros no aniquilais sino los seres que todavía quisieran vivir, las tiernas plantas de un nuevo bosque, la cabaña ó la choza del inocente labrador.

EL CAZADOR.

La niebla empieza á levantarse en el centro del valle, voy á advertirle que se baje, se arriesgaria á perder á un mismo tiempo el camino y la vida.

MANFREDO.

Los vapores se amontonan al rededor de los hielos, las nubes se forman en copos blanquecinos y sulfúreos, semejantes á la espuma que salta por encima de los abismos infernales, en donde cada ola burmugeante va á romperse en la costa en donde estan reunidos los condenados como las piedras en la de la mar. Un vértigo se apodera de mí.

EL CAZADOR

Acerquémonos con precaucion por temor de no sobrecogerle: parece que ya titubea.

MANFREDO.

Las montañas se han abierto un camino al traves de las nubes, y con su choque han hecho temblar toda la cordillera de los Alpes, cubriendo de escombros los verdes valles, deteniendo el curso de los rios por su caida repentina, reduciendo sus aguas en turbillones de vapores y forzando al manantial á que se forme una nueva madre. Asi cayó en otros tiempos el monte Rosemberg minado por los años. ¡Qué no hubiese caido sobre mí!

EL CAZADOR.

¡Amigo tened cuidado! el dar otro paso pudiera seros fatal. Por el amor del Criador, no permanezcais á la orilla de este precipicio.

[Manfredo continua sin oirle.]

MANFREDO.

¡Hubiera sido un sepulcro digno de Manfredo! mis huesos habrian descansado en paz bajo un monumento semejante, no hubieran quedado sembrados sobre las rocas, viles juguetes de los vientos, como van á serlo, después que me haya precipitado… ¡A Dios bóvedas celestes; que vuestras miradas no me reprendan mi accion, vosotras no estais hechas para mí! ¡Tierra, yo te restituyo tus átomos!

[Cuando Manfredo va á precipitarse, el cazador le coge y le detiene.]

EL CAZADOR.

¡Detente! insensato: aunque te halles fatigado de la vida, no manches nuestros pacíficos valles con tu sangre culpable. Ven conmigo, yo no te dejaré.

MANFREDO.

Tengo el corazon desolado… Vaya, no me detengas mas… Me siento desfallecer… Las montañas dan vueltas delante de mí como si fuesen turbillones. Yo ceso de vivir… ¿Quién eres?

EL CAZADOR.

Yo responderé despues, ven conmigo. Las nubes se apaciguan. Apóyate sobre mi brazo y pon aquí tu pie… Toma este baston y ostente un momento en este arbolito dame la mano y no abandones mi cinto… Poco á poco… Bien … de aquí á una hora estaremos en la casa en donde se hacen los quesos. Valor; muy luego encontraremos un pasage mas seguro, una especie de sendero abierto por un torrente de invierno… Vamos; ved que está bueno. Tú hubieras sido un escelente cazador; sígueme….

[Descienden con trabajo por las rocas.]

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