IV
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IV
Cuando Jaime se metió en su cama, tres horas después de la media noche, creyó ver en la obscuridad del dormitorio los rostros del capitán Valls y de Toni Clapés.
Parecían hablarle, lo mismo que en la tarde anterior. «Me opongo», repetía el marino con risa irónica. «No hagas eso», aconsejaba el contrabandista con gesto grave...
Había pasado la noche en el Casino, silencioso y malhumorado bajo la obsesión de estas protestas. ¿Qué tenía su proyecto de extraño y absurdo para que lo repeliese aquel chueta, a pesar de constituir un honor para su familia, y aquel payés rudo y falto de escrúpulos, que vivía casi fuera de la ley?...
Era cierto que en la isla este matrimonio iba a producir escándalos y protestas; pero ¿y él?... ¿No tenía derecho a buscar su salvación por cualquier medio? ¿Era acaso una novedad que gentes de su clase intentasen rehacer su fortuna por medio de un casamiento? ¿Y los duques y príncipes que buscaban el oro en América dando su mano a hijas de millonarios de origen más censurable que don Benito?...
¡Ay! Aquel loco de Pablo Valls tenía en parte razón. Esas alianzas podían ser en el resto del mundo, pero Mallorca, la amada Roqueta, tenía un alma todavía viva, el alma de otros siglos, cargada de odios y preocupaciones. Las gentes eran tales como habían nacido, tales como fueron sus padres, y así habían de seguir en el ambiente inmóvil de la isla, que no lograban conmover lejanas y tardas ondulaciones venidas de fuera.
Jaime se agitaba inquieto en su lecho. No tenía sueño... ¡Los Febrer! ¡Qué pasado tan glorioso! ¡Y cómo gravitaba sobre él este pasado, como una cadena de esclavitud que aún hacía más triste su miseria!...
Había pasado muchas tardes en el archivo de la casa, la pieza inmediata al comedor, registrando legajos apilados en armarios con puertas de alambre, a la luz suave que se filtraba por las persianas de los huecos. ¡Polvo y papel viejo que había que sacudir para que no lo devorasen las polillas! ¡Bárbaras cartas de navegación, con erróneos y caprichosos perfiles, que habían servido a los Febrer en sus primeras travesías comerciales!... Por todo esto apenas sí le darían con que comer unos días; y sin embargo, la familia había peleado durante siglos para hacerse digna de tal depósito y aumentarlo. ¡Cuánta gloria muerta!...
La verdadera fama de los suyos, rompiendo los límites de la historia de la isla, comenzaba en 1541 con la llegada del gran Emperador. Una armada de trescientas velas, con diez y ocho mil hombres de desembarco, se juntaba en la bahía de Palma para ir a la conquista de Argel. Estaban allí los tercios españoles mandados por Gonzaga, los alemanes regidos por el duque de Alba, los italianos acaudillados por Colonna, doscientos caballeros de Malta, a cuyo frente marchaba el comendador don Príamo Febrer, el héroe de la familia, y toda la flota navegaba bajo la dirección del gran marino Andrés Doria.
Mallorca acogía con fiestas mitológicas al señor de las Españas y las Indias, de Alemania e Italia, gotoso ya, y roído por otras dolencias. La mejor nobleza de Castilla seguía al Emperador en esta santa empresa, alojándose en las casas de los caballeros mallorquines. La de Febrer recibía como huésped a un noble improvisado, recién salido de la nada, cuyas lejanas hazañas y visibles riquezas inspiraban entusiasmos y murmuraciones. Era el marqués del Valle de Oaxaca, don Hernán Cortés, que había conquistado Méjico y venía en la expedición ansioso de medirse con los antiguos nobles de la Reconquista, ahora sus iguales, en una galera equipada a su costa, acompañado de sus hijos don Martín y don Luis. Una magnificencia real envolvía al lejano conquistador, dueño de fantásticas riquezas. Adornando el puente de su galera llevaba tres esmeraldas enormes, valuadas en más de cien mil ducados: una tallada en forma de flor, otra en forma de pájaro y otra de campanilla, a la que servía de badajo una perla gruesa. Con él iban servidores que habían estado en tan lejanas tierras, adoptando sus extraños usos. Enjutos hidalgos de color enfermizo pasaban silenciosos las horas muertas encendiendo unos manojos de hierbajos, a modo de trozos de cuerda, llamados «tobaco», y arrojando humo por su boca como demonios que ardiesen interiormente.
Las abuelas de Jaime habían conservado de generación en generación un grueso diamante sin tallar, recuerdo del heroico capitán por el generoso hospedaje de los Febrer. La piedra preciosa figuraba en los documentos de la familia, pero el abuelo don Horacio no había alcanzado a conocerla. Desapareció en el curso de los siglos, como tantas riquezas barridas por los apuros de una casa ostentosa.
Los Febrer preparaban un refresco para la armada, a nombre de Mallorca, pero costeado en gran parte por ellos. Este «refresca», para que el Emperador apreciase la abundancia de frutos de la isla, componíase de cien vacas, doscientos carneros, centenares de parejas de gallinas y pavos, de cuarteras de aceite y harina, de cuarterones de vino, de cuarterolas de queso, alcaparras y aceitunas, veinte barriles de agua de arrayán y cuatro quintales de cera blanca. Además, los Febrer avecindados en la isla y que no eran de la Orden de Malta se embarcaron en la escuadra con doscientos caballeros mallorquines, ansiosos de conquistar Argel, nido de piratas. Las trescientas galeras salieron de la bahía, ondeando sus flámulas entre el estruendo de cañones y bombardas, saludadas por el gentío aglomerado en las murallas. Nunca había reunido el Emperador una flota tan imponente.
Era en Octubre. El experto Doria ponía mal gesto. Para él no existían en el Mediterráneo otros puertos seguros que «Junio, Julio, Agosto... y Mahón». El Emperador se había retrasado demasiado en el Tirol e Italia. El papa Paulo III, al salir a su encuentro en Luca, le había profetizado desgracias por lo avanzado de la estación. Los expedicionarios desembarcaron en la playa de Hamma. El comendador Febrer, con sus caballeros de Malta, marchaba a vanguardia, sosteniendo incesantes choques con los turcos. El ejército se apoderó de las alturas que rodean a Argel y comenzó el sitio. Entonces se cumplieron las predicciones de Doria. Sobrevino una horrible tempestad, con toda la violencia del invierno africano. Las tropas, sin abrigo, caladas hasta los huesos durante la noche por la lluvia torrencial, sentíanse ateridas. Un viento furioso obligaba a los hombres a mantenerse tendidos en el suelo. Al amanecer, los turcos, aprovechando esta situación, cayeron por sorpresa sobre el ejército, que casi se desbandó.
Pero estaba allí el comendador Príamo, demonio de la guerra, insensible al agua y al fuego, duro, malicioso y despreciador de la fatiga, que contuvo el empuje enemigo con un puñado de sus caballeros. Españoles y alemanes se rehicieron, y los turcos se replegaron, perseguidos por los sitiadores, hasta las mismas murallas de Argel. Don Príamo Febrer, herido en la cara y en una pierna, se arrastró hasta una puerta de la ciudad, clavando en ella su puñal como testimonio de su avance.
En otra salida de la morisma, el choque era tan furioso, que cejaban los italianos, seguían su ejemplo los alemanes, y el Emperador, rojo de cólera al ver en fuga a sus soldados favoritos, desenvainaba la tizona, pedía su estandarte, metía espuelas al trotón y gritaba al brillante séquito de caballeros que le seguía: «¡Arriba, señores! Si me veis caer con el estandarte, levantad a éste antes que a mí.»
Los turcos huían ante el ímpetu de este escuadrón de hierro. Un Febrer, «el rico», el de la isla, abuelo remoto de Jaime, se había interpuesto por dos veces entre el Emperador y los enemigos, salvando su existencia. A la salida de un desfiladero, el fuego de las culebrinas turcas diezmó a los jinetes. El duque de Alba cogió la brida del caballo de su monarca. «Señor: que vuestra vida vale más que el triunfo.» Y el Emperador, serenándose, volvía al fin sobre sus pasos, y con un gesto de agradecimiento majestuoso se quitaba la cadena de oro pendiente de su cuello, para colocarla sobre los hombros de Febrer.
Mientras tanto, la tempestad destruía ciento sesenta buques, y el resto de la flota tenía que refugiarse detrás del cabo Matifux.
Los más de los nobles opinaban por una retirada inmediata. Hernán Cortés, el conde de Alcaudete, gobernador de Oran, y los caballeros mallorquines, con los Febrer a la cabeza, pedían que se pusiera en salvo el Emperador y dejase al ejército continuar solo la empresa. Al fin se decidió la retirada, y por cumbres y barrancas hinchadas de lluvia se fue realizando la triste operación acosados por el enemigo, dejando una estela de muertos y prisioneros. En plena tempestad se embarcaron los que pudieron. El mar embravecido devoró nuevos buques, y las galeras mallorquinas llegaron tristemente a la bahía de Palma escoltando al Emperador, que sin querer bajar a tierra se dirigió a la Península. Los Febrer volvieron a su casa cubiertos de gloria en plena derrota: uno con el testimonio de amistad del César; otro, el comendador, tendido en una camilla y blasfemando como un pagano por haberse interrumpido el cerco de Argel.
¡Príamo Febrer!... Jaime no podía pensar en este personaje sin un sentimiento de simpatía y curiosidad que le habían infundido los relatos escuchados en su infancia. Era el alma heroica y maldita de la familia. Las antiguas damas de la casa no mencionaban jamás su nombre, y al escucharlo bajaban los ojos y enrojecían. Guerrero de la Iglesia, santo caballero que había pronunciado voto de castidad al entrar en la Orden, llevaba siempre mujeres en su galera. Eran cristianas rescatadas al musulmán, que no tenía gran prisa en devolver a sus hogares, o infieles hechas esclavas en sus audaces desembarcos.
Cuando se procedía al reparto del botín, miraba indiferente las riquezas en montón, dejándolas para el Gran Maestre. Él sólo tenía interés en apropiarse las hembras. Si le amenazaban con la excomunión, reía diabólicamente en la cara de los eclesiásticos de la Orden. Cuando el Gran Maestre le llamaba para reprenderle por sus impurezas, erguíase fieramente, hablando de las grandes victorias en el mar que le debía la cruz de Malta.
Conservábanse en el archivo de la casa algunas de sus cartas: pliegos de papel amarillento con caracteres rojizos, desiguales y confusos, y un estilo que delataba las pocas letras del comendador. Expresábase con soldadesca tranquilidad, mezclando frases religiosas con las más impúdicas expresiones. En una de dichas cartas, que Jaime había leído, escribía alarmado a su hermano de Mallorca en vista de cierta enfermedad misteriosa que sufría éste; y por si era «mal de mujeres, le daba expertos consejos y mágicos remedios. Él había conocido mucho esta dolencia en sus visitas a los puertos de Levante.
Su nombre era terriblemente popular en toda la costa mediterránea ocupada por los infieles. Los mahometanos le temían como al demonio; las moras hacían callar a sus pequeñuelos con la amenaza del comendador Febrer. Dragut, gran corsario turco, le apreciaba como único rival digno de su valor. Los dos se temían y se respetaban, procurando no verse ni encontrarse en el mar, después de varios combates de los que ambos habían salido malparados.
Un día, Dragut, al visitar una de sus galeras en Argel, encontró a Príamo Febrer casi desnudo, encadenado a un banco y con un remo en las manos.
—¡Cosas de la guerra!—dijo Dragut.
—¡Cosas de la fortuna!—contestó el comendador.
Se estrecharon la mano y no dijeron más. Ni el uno ofreció favor ni el otro pidió misericordia. Las gentes de Argel acudían ansiosas para conocer al «Demonio de Malta» amarrado a su banco de esclavo; pero al verle fiero y ceñudo como un aguilucho cautivo, no se atrevían a insultarle. La Orden dio por el rescate de su heroico guerrero centenares de esclavos, naves y cargamentos, como si fuese un príncipe. Años después fue don Príamo el que, entrando en una galera de Malta, encontró encadenado en un banco de remero al intrépido Dragut. Se repitió la escena sin sorpresa para ambos, como si el encuentro fuese natural. Se estrecharon las manos.
—¡Cosas de la guerra!—dijo uno.
—¡Cosas de la fortuna!—contestó el otro.
Jaime amaba al comendador porque había representado en el seno de la noble familia el desorden, la libertad, el desprecio de las preocupaciones... ¡Lo que a él le importaban las diferencias de raza y religión cuando sentía el deseo de una mujer!... Había vivido en la madurez de su existencia retirado en Túnez, con sus buenos amigos los ricos corsarios, que en fuerza de odiarle y perseguirle acabaron por ser sus camaradas. Fue éste el período más obscuro de su existencia. Las leyendas llegaban a suponer que había renegado, y para distraer su tedio daba caza en el mar a las galeras de Malta. Algunos caballeros de la Orden, enemigos suyos, juraban haberle visto durante un combate vestido a la turca en el castillo de una embarcación enemiga.
Lo único cierto era que había vivido en Túnez en un palacio a orillas del mar, con una mora de espléndida belleza, parienta de su amigo el Bey. Dos cartas atestiguaban en el archivo esta dulce e incomprensible esclavitud. Al morir la musulmana, don Príamo volvía a Malta, dando por terminada su carrera. Los más importantes dignatarios de la Orden quisieron favorecerle si cambiaba de conducta, hablando de nombrarle Bailío de Negroponto o Gran Castellán de Amposta. Pero el empecatado don Príamo no se corregía, y continuó siendo un libertino temible, de humor fantástico y desigual para los otros caballeros. En cambio, el heroico comendador era adorado por los «hermanos sirvientes», hombres de armas de la Orden, simples soldados que sólo podían llevar sobre la coraza el adorno de media cruz.
El desprecio a las intrigas y el odio de sus enemigos le hicieron abandonar para siempre el archipiélago de la Orden, las islas de Malta y Gozzo, cedidas por el Emperador a los frailes guerreros sin otro precio que el tributo anual de un azor de los que se criaban en aquellas islas.
Viejo ya y cansado, retirábase a Mallorca, viviendo de los bienes de su encomienda situados en Cataluña. La impiedad y los vicios del héroe aterraban a la familia y escandalizaban a la isla. Tres moras jóvenes y una judía de gran belleza le acompañaban como sirvientes en las habitaciones de toda un ala del caserón de los Febrer, que era mucho más grande en aquella época. Además conservaba varios esclavos, turcos unos, tártaros otros, que temblaban al verle. Andaba en tratos con viejas tenidas por brujas, consultaba a curanderos hebreos, se encerraba en su dormitorio con toda esta gente sospechosa, y los vecinos temblaban viendo a altas horas de la noche sus ventanas inflamadas por un fuego de infierno. Algunos de sus esclavos languidecían, pálidos, como si les chupasen la vida. La gente murmuraba que el comendador había empleado su sangre para mágicos bebedizos. Don Príamo quería volver a la juventud: ansiaba reanimar con fuego vital sus fuerzas pasionales. El Gran Inquisidor de Mallorca hablaba de una visita con familiares y alguaciles a las habitaciones del comendador; pero éste, que era primo suyo, le anunció por carta su propósito de abrirle la cabeza con un mandoble de abordaje apenas avanzase un pie sobre el primer peldaño de su escalera.
Moría don Príamo, o más bien, reventaba con los diabólicos brebajes, dejando como resumen de sus despreocupaciones un testamento cuya copia había leído Jaime. El guerrero de la Iglesia legaba el cuerpo de sus bienes, así como sus armas y trofeos, a los hijos de su hermano mayor, lo mismo que habían hecho siempre todos los segundones de la casa. Pero a continuación figuraba una extensa lista de mandas, todas para hijos suyos que declaraba habidos con esclavas musulmanas o amigas judías, armenias y griegas que debían vegetar a aquellas horas, decrépitas y arrugadas, en algún puerto de Levante. Era una descendencia de patriarca bíblico, pero toda irregular y mestiza, producto del cruzamiento de sangres enemigas, de razas antagónicas. ¡Famoso comendador! Parecía que al quebrantar sus votos hubiese buscado aminorar esta falta escogiendo siempre mujeres infieles. A su pecado de impureza unía lo vergonzoso del comercio con hembras enemigas del verdadero Dios.
Admirábalo Jaime como a un precursor que le salvaba de sus dudas. ¿Qué tenía de extraño que él se uniese a una chueta, igual a las otras mujeres en costumbres, creencias y educación, si el más famoso de los Febrer, en una época de intolerancia, había vivido, fuera de toda ley, con hembras infieles?... Pero los prejuicios de familia despertaban en Jaime como un remordimiento, haciéndole recordar una cláusula del testamento del comendador. Dejaba bienes a los hijos de sus esclavas, mestizos de otras razas, porque eran de su sangre y deseaba evitarles los sufrimientos de la miseria, pero les prohibía que usasen el apellido de su padre, el nombre de los Febrer, que se habían mantenido siempre puros de cruzamientos vergonzosos en su casa de Mallorca.
Al recordar esto, sonreía Jaime en la obscuridad. ¿Quién podía responder del pasado? ¿Qué misterios no se ocultaban en las raíces del tronco de su estirpe, allá en los tiempos medioevales, cuando los Febrer y los ricos de la sinagoga balear comerciaban juntos y cargaban sus naves en Puerto Pi? Muchos de su familia, y hasta él mismo, así como otros de la antigua nobleza mallorquína, tenían algo de judaico en el rostro. La pureza de las razas era una ilusión. La vida de los pueblos residía en el movimiento, gran engendrador de mezclas y confusiones... Pero ¡ay, los orgullosos escrúpulos de familia! ¡La separación creada por las costumbres!...
Él mismo, que pretendía burlarse de los prejuicios del pasado, experimentaba un sentimiento irresistible de altivez al lado de don Benito, que había de ser su suegro. Se consideraba superior a él; le toleraba con una bondad lastimera; se había sublevado interiormente cuando el rico chueta habló de su pretendida amistad con don Horacio. No era cierto; los Febrer no habían tratado nunca a aquellas gentes. Cuando sus abuelos iban a Argel con el Emperador, los abuelos de Catalina estaban tal vez recluidos en el barrio de la Calatrava, fabricando objetos de plata, temblando ante la idea de que los payeses pudieran bajar en son de guerra a Palma, encorvándose pálidos de miedo ante el Gran Inquisidor—algún Febrer indudablemente—para granjearse su protección.
Fuera, en el recibimiento, estaba el retrato de uno de sus ascendientes menos remotos, un señor de rostro afeitado, labios finos y descoloridos, peluca blanca y casaca de seda roja, que, según rezaba la cartela del lienzo, había sido regidor perpetuo de la ciudad de Palma. El rey Carlos III enviaba una pragmática a la isla prohibiendo que se insultase a los antiguos judíos, «gente laboriosa y honrada», amenazando con pena de presidio al que los llamase chuetas. El Concejo se alborotaba con esta disposición absurda del monarca, sobradamente bondadoso, y el regidor Febrer solucionaba el asunto con la autoridad de su nombre. «Archívese la pragmática; se acata, pero no se cumple. ¿Para qué necesitan los chuetas tener dignidad como cualquiera de nosotros? Con tal que no les toquen la bolsa o la mujer, se dan por contentos.»
Y todos reían, diciéndose que Febrer hablaba por experiencia propia, pues era gran aficionado a visitar «la calle», encargando trabajo a los plateros para poder hablar con las plateras.
También estaba en el recibimiento el retrato de otro de sus ascendientes, el inquisidor don Jaime Febrer, que llevaba su mismo nombre. En los desvanes de la casa había encontrado él, amarillas por el tiempo, varias cartulinas de visita con el nombre del rico sacerdote: tarjetas grabadas con emblemas, como empezaron a usarse en el siglo xviii.
En el centro de la tarjeta aparecía una cruz leñosa con una espada y una rama de olivo; a ambos lados dos corazas, una con la cruz del Santo Oficio, otra con dragones y cabezas de Medusa. Esposas, látigos, calaveras, rosarios y cirios completaban el adorno; abajo ardía una hoguera en torno a un poste con argolla y figuraba una caperuza como un embudo adornada de serpientes, sapos y cabezas cornudas. Una especie de sarcófago elevábase entre estos adornos, y en él se leía en antigua letra española: «El Inquisidor Decano don Jaime Febrer.» El pacífico mallorquín que al volver a su casa encontraba esta cartulina de visita debía sentir un espeluznamiento de terror.
Además, pasaba por su memoria otro de sus ascendientes, aquel a quien mencionaba iracundo Pablo Valls al recordar las quemas de chuetas y el librito del padre Garau. Era un Febrer elegante y galanteador, que había entusiasmado a las damas de Palma en el famoso auto de fe, con un vestido nuevo de paño de Florencia recamado de oro, jinete sobre un corcel tan vistoso como su dueño y llevando el estandarte del Santo Tribunal. El jesuita hablaba con líricos arrebatos de su gentil apostura. A la caída de la tarde había presenciado el caballero en la falda del castillo de Bellver cómo ardía la abultada corpulencia de Rafael Valls y cómo reventaban sus entrañas cayendo en el brasero, espectáculo del que le distrajo la presencia de algunas damas, haciendo caracolear su caballo junto a las portezuelas de las carrozas. El capitán Valls tenía razón: todo esto resultaba bárbaro. Pero los Febrer eran los suyos; el nombre y los bienes ya perdidos a ellos los debía. ¡Y él, último vástago de una familia orgullosa de su historia, iba a casarse con Catalina Valls, descendiente del ajusticiado!...
Las consejas oídas en la niñez, los simples relatos con que le entretenía madó Antonia, surgían ahora en su recuerdo como ideas olvidadas, pero que habían abierto hondo surco. Pensaba en los chuetas, que, según la opinión popular, no eran lo mismo que las otras personas; seres de miseria sórdida y contacto viscoso, que debían ocultar terribles deformidades. ¿Quién podía afirmarle que Catalina era igual a las otras mujeres?...
Al momento pensaba en Pablo Valls, tan alegre y generoso, superior por sus cualidades a casi todos los amigos que él tenía en la isla. Pero Pablo apenas había vivido en Mallorca: había viajado mucho; no era como los de su raza, inmóviles en la misma postura durante siglos, reproduciéndose sobre el montón de su vileza y su cobardía, sin fuerzas ni solidaridad para levantarse e imponer respeto.
Jaime conocía en París y en Berlín ricas familias de judíos. Hasta había solicitado que le presentasen a los altos varones de Israel; pero al ponerse en contacto con estos hebreos verdaderos, que conservaban su religión y su independencia de raza, no sintió la instintiva repugnancia que le inspiraban el devoto don Benito y otros chuetas de Mallorca. ¿Era el ambiente, que influía en él? ¿Era que una sumisión de siglos, el miedo y el hábito de doblarse, habían hecho de los de Mallorca una raza distinta?...
Febrer acabó por sumirse en la lobreguez del sueño, rodando a través de las sinuosidades de su pensamiento, cada vez más confuso.
En la mañana siguiente, mientras se vestía, decidióse a realizar cierta visita, con gran esfuerzo de su voluntad. Aquel casamiento era algo audaz y peligroso que exigía larga reflexión, como le había dicho su amigo el contrabandista.
«Antes debo jugar mi última carta...—pensó Jaime—. Voy a ver a «la Papisa Juana» Hace muchos años que no la he visto; pero es mi tía, mi pariente más próxima. En justicia, debía ser yo su heredero. ¡Si ella quisiera!... Le bastaría hacer un gesto, y todos mis apuros habrían terminado.»
Pensó en la hora mejor para visitar a la gran señora. Por la tarde tenía su famosa tertulia de canónigos y graves señores, a los que recibía con un aire de soberana. Estos eran los que iban a heredarla, como mandatarios y representantes de varias corporaciones de carácter religioso. La debía visitar inmediatamente, sorprenderla en su soledad después de la misa y los ejercicios matinales.
Doña Juana vivía en un palacio inmediato a la catedral. Se había mantenido soltera, abominando del mundo después de ciertos desengaños de su juventud, de los que era responsable el padre de Jaime. Toda la acometividad de su carácter bilioso y el entusiasmo de su fe seca y altiva los había dedicado a la política y la religión. «Por Dios y por el Rey», le había oído decir Febrer al visitarla siendo muchacho.
En su juventud había soñado doña Juana con las heroínas de la Vendée; se había entusiasmado con las hazañas y penalidades de la duquesa de Berry, queriendo, como estas hembras fuertes de la religión y el legitimismo, montar a caballo, llevando sobre el pecho un crucifijo y junto a la falda de amazona un sable pendiente. Pero estos deseos no pasaron de ser vagas fantasías. En realidad, no había hecho otra expedición que un viaje a Cataluña durante la última guerra carlista, para ver más de cerca la santa empresa que consumió una parte de sus bienes.
Los enemigos de «la Papisa Juana» afirmaban que de joven había tenido oculto en su palacio al conde de Montemolín, pretendiente a la corona, y que allí lo había puesto en relación con el general Ortega, capitán general de las islas. A estas murmuraciones unían la de un amor romántico de doña Juana por el pretendiente.
Jaime sonreía al oír estas noticias. Todo mentira. El abuelo don Horacio, que estaba bien enterado, habló muchas veces a su nieto de tales sucesos. «La Papisa» sólo había querido al padre de Jaime. El general Ortega era un iluso, al que recibía doña Juana con novelesco misterio, vestida de blanco en un salón casi a obscuras, hablándole con voz dulce de ultratumba, como si fuese el ángel del pasado, de la necesidad de volver España a sus antiguas costumbres, barriendo a los liberales y restableciendo el gobierno de los caballeros. «¡Por Dios y por el Rey!...» Ortega fue fusilado en la costa de Cataluña al fracasar su desembarco carlista, y «la Papisa» se quedó en Mallorca, pronta a dar su dinero para nuevas empresas santas.
Muchos la consideraban arruinada después de sus prodigalidades en la última guerra civil, pero, Jaime conocía la verdadera fortuna de la devota señora. Su vida era simple como la de una payesa; le quedaban en la isla extensos predios, y todas sus economías las invertía en regalos a iglesias y conventos o en donativos al tesoro de San Pedro. Su antiguo lema «Por Dios y por el Rey» había sufrido una mutilación. Ya no pensaba en el rey. De sus antiguos entusiasmos por el pretendiente don Carlos sólo le quedaba una gran fotografía con dedicatoria adornando la parte más obscura de su salón.
—Buen mozo—decía de él—, buen caballero, pero igual casi a los liberales. ¡Ay, la vida en tierra extranjera! ¡Cómo cambia a los hombres!... ¡Qué pecados!...
Ahora su entusiasmo era sólo por Dios, y su dinero emprendía el camino de Roma. Una suprema ilusión animaba su existencia. ¿No le enviaría antes de morir la «Rosa de Oro» el Santo Padre? Era regalo destinado en otros tiempos sólo a las reinas, pero algunas devotas ricas de la América del Sur conseguían ahora esta distinción. Y menudeaba las liberalidades, viviendo en santa pobreza para poder enviar más dinero al Vaticano. ¡La «Rosa de Oro», y luego morir!...
Febrer llegó a casa de «la Papisa»: un zaguán semejante al suyo, aunque más cuidado, más limpio, sin hierbas en el pavimento, sin grietas ni desconchaduras en las paredes, con una pulcritud monacal. Arriba le abrió la puerta una criadita pálida, vestida con el hábito azul de una cofradía y cordón blanco. Esta muchacha no pudo reprimir un gesto de sorpresa al reconocer a Jaime.
Le dejó en el recibimiento, lleno de retratos como el de casa de los Febrer, y corrió con un ligero trote de ratón a las habitaciones interiores, para avisar esta visita extraordinaria que turbaba la paz monástica del palacio.
Transcurrieron largos minutos de silencio. Jaime oyó pasos furtivos en las habitaciones inmediatas; vio cortinajes que se agitaban levemente, como movidos por suave céfiro; adivinó tras de ellos cuerpos en acecho, ojos que le contemplaban ocultos. La criada volvió a aparecer, saludando a don Jaime con grave cortesía. ¡Era el sobrino de la señora!... Le acompañó hasta un gran salón, y desapareció.
Febrer entretuvo la espera contemplando esta vasta pieza, de un lujo arcaico. Así era su casa en tiempos del abuelo. Las paredes estaban cubiertas de rico damasco carmesí, y sobre ellas destacábanse antiguos cuadros religiosos de suaves pinceles italianos. Los muebles eran de madera blanca y oro, con voluptuosas curvas, tapizados de gruesa seda bordada. Sobre las consolas, reflejándose en los espejos azulados y profundos, mezclábanse figuras policromas de santos y péndolas del siglo xvii con figuras mitológicas. La bóveda del techo estaba pintada al fresco, con una asamblea de dioses y diosas sentados en nubes. Sus rosadas desnudeces y atrevidos gestos contrastaban con la faz dolorosa de un gran Cristo que parecía presidir el salón, ocupando la mayor parte del muro sobre el estrado, entre dos puertas. «La Papisa» reconocía lo pecaminoso de estos adornos mitológicos; pero eran recuerdos de la buena época, de cuando mandaban los caballeros, y los respetaba, procurando no verlos.
Se levantó un cortinaje de damasco y entró una criada vieja vestida de negro, con falda lisa y pobre jubón, lo mismo que una campesina. Los cabellos grises estaban cubiertos en parte por una pañoleta obscura, a la que el tiempo y la grasa habían dado un tinte rojizo. Por debajo de la falda asomaban los pies calzados de paño, con unas medias blancas de grueso tejido. Jaime se apresuró a levantarse de su asiento. Aquella criada vieja era «la Papisa».
La sillería estaba en un desorden permanente que parecía denunciar la tertulia reunida allí todas las tardes. Cada asiento pertenecía por derecho consuetudinario a una grave persona, y quedaba inmóvil en el mismo sitio. Doña Juana, al entrar, ocupó un sillón semejante a un trono, asiento desde el cual presidía toda las tardes su fiel tertulia de canónigos, amigas viejas y señores de sanas ideas, como una reina que recibe su corte.
—Siéntate—dijo brevemente a su sobrino.
Tendió las manos, por el automatismo de la costumbre, sobre un brasero monumental de plata que estaba vacío, y contempló fijamente a Jaime con sus ojillos grises de mirada aguda, habituados a infundir miedo. Esta mirada autoritaria fue humanizándose, hasta temblar con una lacrimosidad de emoción. Cerca de diez años que no veía a su sobrino.
—Eres un Febrer de lo más puro. Te pareces a tu abuelo... ¡Igual a todos los de tu familia!
Y ocultaba su verdadero pensamiento; callábase el único parecido que le conmovía: la semejanza de Jaime con su padre, cuando éste era oficial de marina y venía a verla en tiempos ya remotos. Sólo le faltaban para ser idéntico a su progenitor el uniforme y los lentes... ¡Ah, monstruo de liberalismo y de ingratitud!...
Sus ojos recobraron la acostumbrada dureza; sus facciones parecieron más secas, pálidas y angulosas.
—¿Qué deseas?—dijo con rudeza—. ¡Porque seguramente no vienes por el placer de verme!...
Jaime bajó los ojos con una hipocresía infantil, y temeroso de llegar a su verdadera demanda, acometió el relato desde muy lejos. Él era bueno, creía en todo lo antiguo, deseaba mantener el prestigio de su familia y aumentarlo... No había sido un santo, lo confesaba; una existencia loca había consumido sus bienes... ¡pero el honor de la casa siempre intacto! De esta vida de pecado y ruina había sacado dos cosas excelentes: la experiencia y el firme propósito de enmendarse.
—Tía: yo quiero cambiar de modo de vivir; yo quiero ser otro.
La tía asintió con un gesto enigmático. Muy bien; así habían hecho San Agustín y otros santos varones que pasaron su juventud en la licencia, para ser luego lumbreras de la Iglesia.
Se animó el sobrino con estas palabras. Él, ciertamente, no llegaría a figurar como lumbrera de nada, pero deseaba ser un buen caballero cristiano; se casaría, educaría a sus hijos para que continuasen las tradiciones de la casa; un hermoso porvenir. Pero ¡ay! vidas tan desarregladas como la suya son de difícil apaño cuando llega el momento de enderezarlas hacia la virtud. Necesitaba una ayuda. Estaba arruinado, tía. Los predios se hallaban en manos de los acreedores; su casa era un desierto: se había defendido vendiendo los recuerdos del pasado. Él, un Febrer, iba a verse en medio de la calle si una mano misericordiosa no le daba apoyo. Y había pensado en su tía—que al fin era su pariente más próxima, algo así como su madre—para que le salvase.
Esta supuesta maternidad hizo enrojecer débilmente a doña Juana y aumentó la dura brillantez de sus ojos. ¡Ay, la memoria con sus penosas evocaciones!...
—¿Y es de mí de quien esperas tu salvación?—dijo lentamente «la Papisa», con una voz que silbaba entre los dientes, separados y amarillentos, pero todavía fuertes—. Pierdes el tiempo, Jaime. Yo soy pobre... no tengo casi nada. Apenas lo necesario para vivir y hacer algunas limosnas.
Lo dijo con tal firmeza, que Febrer perdió la esperanza y juzgó inútil insistir. «La Papisa» no quería ayudarle.
—Está bien—dijo con visible despecho—. Pero a falta de su apoyo, he de procurarme otra salida en mis apuros, y cuento con una. Usted es ahora la mayor de mi familia, y debo pedir su consejo. Tengo en proyecto un casamiento que puede salvarme: un matrimonio con persona rica, pero que no es de nuestra clase, sino de un origen bajo. ¿Qué debo hacer?...
Esperaba en su tía un movimiento de sorpresa, de curiosidad. Tal vez el anuncio de su casamiento la ablandase. Casi era seguro que, aterrándose ante un peligro tan enorme para el honor de su casa y de su sangre, se allanara a todo, concediéndole su protección. Pero el sorprendido, el aterrado, fue Jaime al ver fruncirse con una sonrisa fría los labios pálidos de la vieja.
—Lo sé—dijo—. Me lo han contado todo esta mañana en Santa Eulalia, al salir de misa. Ayer estuviste en Valldemosa. Te casas... te casas con... una chueta.
Le costó un esfuerzo soltar la palabra, se estremeció al decirla. Luego de esto reinó en el salón un largo silencio, uno de esos silencios trágicos y absolutos que siguen a las grandes catástrofes, lo mismo que si la casa acabara de venirse abajo, extinguiéndose el eco del último muro derrumbado.
—¿Y a usted qué le parece?—se atrevió a preguntar tímidamente Jaime.
—Haz lo que quieras—dijo «la Papisa» con frialdad—. Sabes que hemos estado muchos años sin vernos, y lo mismo podernos seguir el resto de nuestra vida. Tú y yo somos ahora como de otra sangre; pensamos de distinto modo; no podemos entendernos.
—¿De modo que debo casarme?—insistió él.
—Eso pregúntalo a ti mismo. Los Febrer marchan desde hace años por tales caminos, que nada de ellos puede sorprenderme.
Jaime adivinaba en los ojos y la voz de su tía un goce reprimido, la voluptuosidad de la venganza, la alegría de ver caídos a sus enemigos en lo que consideraba una deshonra, y esto le irritó.
—Y si me caso—dijo imitando la frialdad de doña Juana—, ¿puedo contar con usted? ¿Vendrá usted a mi boda?
Esto puso fin a la tranquilidad de «la Papisa», y la hizo erguirse con altivez. Las lecturas románticas de la juventud acudieron a su memoria. Habló como una reina ultrajada al final de un capítulo de novela histórica.
—Caballero, soy Genovart por mi padre. Mi madre era Febrer, pero tanto valen los unos como los otros. Yo reniego de la sangre que va a mezclarse con la de la gente vil, matadora de Cristo, y me quedo con la mía, con la de mi padre, que acabará conmigo pura y honrada.
Señalaba la puerta con ademán arrogante, dando por terminada la entrevista. Pero luego pareció darse cuenta de lo extemporáneo y teatral de su protesta, y bajó los ojos, se humanizó, tomando un aspecto de mansedumbre cristiana.
—Adiós, Jaime; ¡que el Señor te ilumine!
—Adiós, tía.
La tendió él una mano, a impulsos de la costumbre, pero ella retiró vivamente su diestra, ocultándola detrás de su espalda. Febrer sonrió al recordar ciertas noticias de los murmuradores. Esta retracción no significaba desprecio ni odio. Era que «la Papisa» había hecho voto de no tocar en su vida las manos de otros hombres que los sacerdotes.
Cuando se vio en la calle prorrumpió sordamente en denuestos, mirando los panzudos balcones del caserón. ¡Víbora! ¡Cómo se alegraba de su casamiento!... Cuando éste fuese un hecho, fingiría indignación y escándalo ante su tertulia. Tal vez enfermase, para que todos en la isla la compadeciesen, y sin embargo, su alegría era inmensa, la alegría de una venganza incubada durante muchos años, viendo a un Febrer, al hijo del hombre odiado, sumido en lo que consideraba la más afrentosa de las deshonras... ¡Y él, empujado por las angustias de la ruina, tendría que proporcionarle este placer casándose con la hija de Valls!... «¡Ah, miseria!»
Vagó hasta pasado mediodía por las calles poco frecuentadas inmediatas a la Almudaina y la catedral. El desfallecimiento del estómago guió sus pasos instintivamente hacia su casa. Comió silencioso, sin saber lo que comía, no viendo a madó, que, inquieta desde el día anterior, rondaba en torno de él, ansiosa de entablar conversación.
Luego de comer salió a una pequeña galería que daba sobre el jardín, con su ruinosa baranda de balaustres coronada por tres bustos romanos. A sus pies extendíase el follaje de las higueras, las barnizadas hojas de los magnolieros, las bolas verdes de los naranjos. Frente a él cortaban el espacio azul los troncos de las palmeras, y más allá de las almenas puntiagudas de la tapia extendíase el mar, luminoso, con estremecimientos de vida, como si cosquilleasen su blanda epidermis las barcas, sueltas sus velas al viento. A la derecha estaba el puerto, repleto de mástiles y amarillas chimeneas; más, allá, avanzaba en las aguas de la bahía la masa obscura de los pinos de Bellver, y sobre su cumbre erguíase el antiguo castillo, redondo como una plaza de toros, con su torre del homenaje suelta, aislada, sin otro lazo de unión que un gallardo puente. Abajo extendíase el rojo caserío moderno del Terreno, y más allá, al extremo del cabo, el antiguo Puerto Pi, con su torre de señales y las baterías de San Carlos.
Al otro lado de la bahía perdíase mar adentro, en las brumas flotantes del horizonte, un cabo de obscuro verde y peñas rojizas, sombrío y deshabitado.
La catedral destacaba sobre el azul del cielo sus botareles y arcadas, como un navío de piedra con la arboladura desmochada que hubiesen arrojado las olas entre la ciudad y la costa. Más allá del templo, el antiguo alcázar de la Almudaina mostraba sus rojas torres morunas. En el palacio del obispo brillaban como láminas de acero enrojecido los cristales de los miradores, cual si reflejasen un incendio. Entre este palacio y la muralla de mar, en un profundo foso lleno de hierba, por cuyos muros trepaban guirnaldas de rosales, amontonábanse numerosos cañones: unos antiquísimos, montados sobre ruedas; otros modernos, esparcidos por el suelo, esperando, durante años, el momento de ser emplazados. Las torres blindadas estaban oxidadas, lo mismo que las cureñas; los cañones de largo alcance, pintados de rojo y hundidos en la hierba, parecían tubos de desecho. El olvido y el óxido del abandono envejecían estas piezas modernas. El ambiente tradicional y envejecedor que según Febrer envolvía a la isla, parecía pesar sobre estos instrumentos de guerra, decrépitos poco después de nacer y antes de haber hablado.
Insensible a la alegría del sol, a las palpitaciones luminosas de la extensión azul, al piar de los pájaros que revoloteaban a sus pies, Jaime se sentía dominado por intensa tristeza, por un desaliento anonadador.
«¿A qué luchar con el pasado?... ¿Cómo libertarse de su cadena?... Cada uno, al nacer, encuentra marcado el sitio y gesto para todo el curso de su existencia, y es inútil querer cambiar de situación y de postura.»
Muchas veces, en su primera juventud, al ver desde una cumbre la ciudad y sus risueños alrededores, se había sentido obsesionado por fúnebres pensamientos. En las calles bañadas de sol o bajo los caparazones de los techos agitábase el humano hormiguero, impulsado por necesidades e ideas del momento que consideraba importantísimas. Todos creían con el más cándido y vanidoso de los egoísmos que una voluntad superior y omnipotente vigilaba y dirigía sus idas y venidas, iguales a las de los infusorios en una gota de agua. Más allá de la ciudad veía Jaime con la imaginación monótonas tapias, cipreses que asomaban sus puntas sobre ellas, una población apretada de blancas construcciones, de ventanillas como bocas de horno, de losas que parecían cubrir entradas de cuevas. ¿Cuántos eran los habitantes de la ciudad de los vivos en sus plazas y sus amplias calles? Sesenta mil... ochenta mil. ¡Ay! En la otra población situada a corta distancia, apretada, silenciosa, comprimida en sus casitas blancas entre sombríos cipreses, los habitantes invisibles eran cuatrocientos mil, seiscientos mil, tal vez un millón.
Luego, en Madrid, había pensado lo mismo una tarde que paseaba con dos mujeres por los alrededores de la villa. Las cumbres de las colinas inmediatas al río estaban ocupadas por mudas poblaciones entre cuyos edificios blancos surgían agudos grupos de cipreses. Y en el lado opuesto de la gran urbe existían igualmente otros campamentos de silencio y olvido. La ciudad vivía entre un apretado cordón de fuertes de la Nada. Medio millón de seres vivos agitábanse en las calles, creyendo ser solos en el dominio y la dirección de la existencia, sin acordarse ni conocer a cuatro, seis u ocho millones de semejantes que permanecían invisibles en los inmediatos cementerios.
Igual había pensado en París, donde cuatro millones de vecinos despiertos vivían rodeados de veinte o treinta millones de antiguos habitantes dormidos para siempre; y la misma fúnebre idea habíale perseguido en todas las grandes ciudades.
Los vivos no están solos en ninguna parte. Les rodean los muertos en todos los sitios, y como éstos son más, infinitamente más, gravitan sobre su existencia con la pesadez del tiempo y del número.
No; los muertos no se van aprisa, como cree el refrán popular. Los muertos se quedan inmóviles al borde de la vida, espiando a las nuevas generaciones, haciéndolas sentir la autoridad del pasado con un rudo tirón en su alma cada vez que intentan apartarse del sendero marcado por la rutina.
¡Qué tiranía la suya! ¡Qué poder sin límites! Es inútil apartar los ojos y paralizar la memoria; se les encuentra en todas partes, tienen ocupadas todas las avenidas de nuestra existencia, y nos salen al paso para recordar sus beneficios, obligándonos a una gratitud envilecedora. ¡Qué servidumbre!... La casa en que vivimos la construyeron los muertos; las religiones ellos las crearon; las leyes que obedecemos las dictaron los muertos, y obra suya son también nuestras pasiones y nuestros gustos, los alimentos que nos sostienen, todo lo que produce la tierra roturada por sus manos, que ahora son polvo. La moral, las costumbres, los prejuicios, el honor, todo obra suya. De pensar ellos de distinto modo, otra sería la actual organización de los hombres. Las cosas agradables a nuestros sentidos lo son porque así lo quieren los muertos; las desagradables e inútiles se ven sumidas en su vileza por la voluntad de los que ya no existen; lo moral y lo inmoral son sentencias dadas hace siglos por ellos.
Los hombres que se esfuerzan por decir cosas nuevas no hacen más que repetir con diversas palabras lo mismo que los muertos dijeron hace siglos y siglos. Lo que consideramos más espontáneo y personal en nosotros nos lo dictan ocultos maestros tendidos en su lecho de tierra, los cuales, a su vez, aprendieron la lección de otros muertos anteriores. En el punto de luz de nuestros ojos arde el alma de nuestros abuelos, así como en las líneas de nuestras facciones se reproducen y reflejan los rasgos de generaciones desaparecidas.
Febrer sonreía con inmensa tristeza. Creemos pensar por cuenta propia, y en las circunvoluciones de nuestro cerebro se agita una fuerza que ha vivido en otros organismos, semejante a la savia del injerto que lleva la energía desde los árboles seculares y moribundos a las plantaciones nuevas. Lo que decimos a veces espontáneamente, como última novedad de nuestro pensamiento, es una idea de los otros enquistada en nuestro cerebro desde el nacimiento, y que de pronto rompe su envoltura. Los gustos, los caprichos, las virtudes, los defectos, las afinidades y las repulsiones, todo heredado, todo obra de los desaparecidos, que se sobreviven en nosotros.
¡Con qué terror pensaba Jaime en el poder de los muertos!... Ocultábanse para hacer menos cruel su despotismo, pero no habían muerto realmente. Sus almas estaban agazapadas y vigilantes en los límites del campo de nuestra existencia, así como sus cuerpos formaban un campo atrincherado en torno a las aglomeraciones humanas. Nos espiaban con ojos severos, nos seguían, apartándonos con invisible zarpazo al menor intento de desviación en la ruta. Se juntaban todos para tirar con fuerza diabólica de los rebaños de hombres que se lanzan a la conquista de un ideal nuevo y extraordinario, restableciendo con violenta reacción la calma de la vida, que aman silenciosa y plácida, con susurros de hierbas mustias y aleteos de mariposas blancas: una dulce calma de cementerio dormido bajo el sol.
El alma de los muertos llenaba el mundo. Los muertos no se van, porque son los amos. Los muertos mandan, y es inútil resistirse a sus órdenes.
¡Ay! El hombre de las grandes ciudades, que vive vertiginosamente, no sabe quién hizo su casa, quién elaboró su pan, y no ve de la libre Naturaleza otras obras que los pobres árboles que adornan las calles, ignora la tiranía de los muertos. Ni siquiera llega a enterarse de que su vida transcurre entre millones y millones de ascendientes que están amontonados a pocos pasos de él y le espían y dirigen. Obedece ciegamente sus tirones, sin saber dónde termina el cabo de la cuerda amarrado a su alma; cree todos sus actos—¡pobre autómata!—producto de su voluntad, cuando no son más que imposiciones de los omnipotentes invisibles.
Jaime, sumido en la existencia monótona de una isla tranquila, conociendo sus ascendientes uno a uno, sabiendo el origen y la historia de todo cuanto le rodeaba—objetos, ropas, muebles—y de aquella casa que parecía tener un alma, podía darse cuenta de esta tiranía mejor que los demás.
Sí; los muertos mandan. La autoridad de los vivos, sus asombrosas novedades, ¡todo ilusión! ¡engaños que sirven para hacernos sobrellevar la existencia!...
Febrer, mirando el mar, en cuyo horizonte se marcaba la débil columna de humo de un vapor, pensó en los grandes trasatlánticos, pueblos flotantes, monstruos de velocidad, orgullo de la industria humana, que pueden dar en poco tiempo la vuelta al mundo... Sus remotos abuelos de la Edad Media, que iban a Inglaterra en una nave del tamaño de una barca de pesca, representaban algo más extraordinario. Y los grandes capitanes del presente, con sus interminables rebaños de hombres, no habían realizado mayores hazañas que el comendador Príamo con un puñado de marineros.
¡Ah, la vida! ¡Qué engaños, qué ilusiones bordamos sobre ella para ocultarnos la monotonía de su trama! Lo limitado de sus sensaciones y de sus sorpresas resulta desesperante. Igual es vivir treinta años que trescientos. Los hombres perfeccionan los juguetes útiles para su egoísmo y su bienestar, las máquinas, los medios de locomoción; pero aparte de esto, lo mismo se vivía antes que ahora. Las pasiones, las alegrías y las preocupaciones son las mismas: el animal humano no cambia.
Él se había creído un hombre libre, poseedor de un alma que llamaba «moderna», suya, toda suya, y ahora descubría en ella un confuso amasijo de las almas de sus ascendientes. Podía reconocerlas porque las había estudiado, porque estaban guardadas en una habitación inmediata, en el archivo, como esas flores secas que se conservan aplastadas entre las hojas de un libro viejo. La mayoría de los humanos que sólo guardan memoria, cuando más, de sus bisabuelos; las familias que no conocen detalladamente la historia de su pasado al través de los siglos, no se pueden dar cuenta de la vida ancestral que perdura en su alma, tomando como inspiraciones propias los gritos que los ascendientes lanzan dentro de ellos. Nuestra carne es carne de los que ya no existen; nuestras almas son fragmentos de las almas de otros muertos.
Jaime sentía vivir en su interior al grave abuelo don Horacio, y con él los escrúpulos del Inquisidor Decano, el de la tarjeta horripilante, y las almas del famoso comendador y otros ascendientes. Su mentalidad de hombre moderno guardaba algo de la de aquel regidor perpetuo que consideraba como una raza aparte y envilecida a los judíos conversos de la isla.
Los muertos mandan. Ahora se explicaba la repugnancia que había sentido al ponerse en contacto con aquel don Benito tan obsequioso y atento... ¡Y estos sentimientos eran irresistibles! Se los imponían otros que eran más fuertes que él. Los muertos le mandaban, y debía obedecer.
Este pesimismo le hizo recordar su situación presente. ¡Todo perdido!... Él no servía para los pequeños negocios, para las transacciones y arreglos que sacan adelante una vida de apuros. Renunciaba a aquella boda que era su única salvación, y los acreedores, así que se enterasen de esta renuncia que desvanecía sus esperanzas, caerían sobre él. Iba a verse expulsado de la casa de sus abuelos, y la gente le compadecería con una lástima más aflictiva para él que el insulto. Sentíase sin fuerzas para presenciar el naufragio definitivo de su raza y su nombre. ¿Qué hacer?... ¿Adonde ir?...
Permaneció gran parte de la tarde contemplando el mar, siguiendo el curso de las blancas velas que se ocultaban tras el cabo o se perdían en el dilatado horizonte de la bahía.
Al retirarse de la terraza, Febrer, sin saber cómo, se vio abriendo la puerta del oratorio, una puerta antigua y olvidada, que al chirriar sobre sus pernos oxidados esparció polvo y telarañas. ¡Cuánto tiempo que no había entrado allí!... En este ambiente denso de pieza cerrada creyó percibir un vago olor de esencias, de bote de perfumes abierto y abandonado; un olor que le hizo recordar a las solemnes damas de la familia cuyos retratos estaban en el recibimiento.
A través de un rayo de luz que se filtraba por los ventanillos de la cúpula danzaban en espiral ascendente millones de corpúsculos de polvo inflamados por el sol. El altar, de talla antigua, brillaba discretamente en la penumbra con reflejos de oro viejo. Sobre la mesa sagrada había unos zorros y un cubo, olvidados allí hacía años, desde la última limpieza.
Dos reclinatorios de viejo terciopelo azul parecían guardar aún la huella de señoriales y delicados cuerpos que ya no existían. Quedaban sobre sus pupitres, como olvidados, dos libros de oraciones con las puntas roídas por el uso. Jaime reconoció uno de estos libros. Era de su madre, la pobre señora pálida y enferma que compartía su vida entre el rezo y la adoración a un hijo para el que había soñado las mayores grandezas. El otro tal vez había pertenecido a su abuela, aquella americana de los tiempos del romanticismo, que aún parecía estremecer el caserón con el roce de sus blancos vestidos y los susurros de su arpa.
Esta aparición del pasado, todavía latente en la capilla abandonada, el recuerdo de aquellas dos damas, la una toda piedad, la otra idealista, elegante y soñadora, acabó de trastornar a Febrer. ¡Y pensar que dentro de poco las manazas de la usura vendrían a profanar tanta cosa venerable!... Él no podría presenciarlo. ¡Adiós! ¡adiós!...
Al anochecer buscó en el Borne a Toni Clapés. Con la confianza amistosa que le inspiraba el contrabandista, le pidió dinero.
—No sé cuándo podré devolvértelo. Me voy de Mallorca. Que se hunda todo, pero que yo no lo vea.
Clapés dio a Jaime más dinero que el que éste le pedía. Toni quedaba en la isla, y con ayuda del capitán Valls intentaría arreglar sus asuntos, si aún era posible. El capitán entendía de negocios y sabía desenmarañar los más confusos. Febrer y él estaban reñidos desde el día anterior; pero no importaba: Valls era un verdadero amigo.
—No digas a nadie que me voy—añadió Jaime—. Sólo debes saberlo tú... y Pablo. Tienes razón al decir que es un amigo fiel.
—¿Y cuándo te vas?...
Esperaba el primer vapor que saliese para Ibiza. Aún poseía allá algo: un montón de rocas con hierbajos y conejos; una torre ruinosa del tiempo de los piratas. Lo sabía por casualidad desde el día anterior: se lo habían dicho unos payeses de Ibiza que había encontrado en el Borne.
—Lo mismo es estar allí que en otra parte... Tal vez mucho mejor. Cazaré, pescaré; voy a vivir sin ver gente.
Clapés, recordando sus consejos de la noche anterior, apretó satisfecho la mano de Jaime. ¡Se acabó lo de la chueta!... Su alma de payés se alegraba de esta solución.
—Haces bien en irte. Lo otro... lo otro era una locura.