LÁZARO. (continued 2)
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La mujer se mostraba pesarosa en extremo; parecía dolerse también de tener que manifestarse agradecida a quien consideraba inferior a su casa; calculaba la ofensa hecha a Félix, y, sobre todo, no perdía ocasión de repetir a su marido que Aldea estaba enamorado de Josefina. A pesar de todo, el disgusto tomó en Margarita un aspecto distinto del que pudieran prestarle tales consideraciones. Ni el orgullo, que creía rebajado por la persona que hacía el favor, ni la contrariedad de ver ofendida a esa misma persona, eran motivos bastantes a justificar su mal humor. Limitose, con respecto a sumando, a llamarle torpe y hablador, indicando ligeramente la idea de un desagravio, tanto menos doloroso, cuanto que Aldea no había recogido públicamente la ofensa; pero luego, a solas, con el ceño adusto y la mirada triste, abría a su mortificación libre salida, dando desahogo a su pena; arrojaba con desprecio sus alhajas en el sortijero: al no hallar lo que buscaba, cerraba con fuerza los cajoncitos de sus mueblecillos maqueados; recogía como con ira el abanico escurrido hasta la alfombra desde su falda de seda, y, al verlo en sus manos, metía distraídamente los dedos entre las varillas, o desgarraba el país con las sonrosadas uñas. Había momentos en que se humedecían sus párpados; pero el más leve rumor daba fuerzas al miedo de ser sorprendida, y ahogaba la inoportuna lágrima, trocando en dulce sonrisa el salado llanto. Sumida en profundo y silencioso abatimiento, la mirada inquieta reflejaba el fondo intranquilo de su espíritu; pero no brotaba una queja de sus labios, ni hubiera sido posible averiguar, aun espiándola de cerca, la causa verdadera de su pesar. ¿Era quizá el disgusto de ver alejado de la casa al hombre que estaba enamorado de su hija? No, seguramente, pues harto podía comprender Margarita de Algalia que nunca faltarían a Josefina ocasiones de ventajosa y feliz boda. Ni su corazón de madre, ni su orgullo de dama podían tolerar suposición semejante.
Sólo por las conversaciones de sus padres, y al cabo de varios días, supo Josefina el alejamiento de Aldea. La impresión que recibió fue penosa: dando al olvido las inquietudes inspiradas por la conducta que Félix observaba respecto a ella, pensó en que ya no vería cerca de sí al primer hombre en quien creyó hallar algo como una promesa de felicidad. Cuando llegó a enterarse de la ofensa que mediaba, conociendo el carácter de su padre, sintió esperanza de que pudieran las cosas arreglarse; y, apenas concebida la sospecha, resolvió hablar a su madre.
Había en el palacio de los duques una ancha y lujosa galería, a la cual se abría la puerta de un salón tapizado de rojo, que era el menos frecuentado de la casa, y donde el duque guardaba en enormes armarios los libros que no cabían en las bibliotecas de su despacho o consideraba indignos de vistosa encuadernación y lugar visible, lo cual originaba que en cambio se viesen en descarado sitio novelas de mala muerte con cantos dorados y corona ducal en el lomo.
A este salón venía muchas veces Lázaro en busca de algo para leer, o por entretenerse ordenando lo que allí estaba confundido. Abría un balcón que daba al jardín, y, respirando el grato aroma de los tilos cercanos, dejaba pasar el tiempo o se abismaba en sus eternas dudas.
Era cerca del anochecer cuando Josefina, decidida a pedir a su madre que la ayudase a facilitar la reconciliación con Aldea, cruzaba la galería, en cuyos vidrios venían a dar los últimos resplandores del día. Al ver entornada la puerta, miró hacia dentro. El salón estaba casi oscuro; todo era sombra. Lázaro, para aprovechar la claridad que iba faltando por momentos, leía apoyado de espaldas en los hierros del balcón, y su figura se destacaba por negra sobre la amarillenta luz del crepúsculo. El vientecillo de la tarde mecía ligeramente las ramas del jardín, y al chocar las hojas unas contra otras, producían un murmullo cadencioso y apacible, interrumpido sólo por las agudas notas de alguna golondrina que tenía su nido entre las vigas del tejado.
Al sentir ruido, Lázaro alzó la vista, y viendo a Josefina, adelantó algunos pasos, mientras ella permanecía callada y quieta, recostada en el quicio de la puerta.
Lo que allí pasó fue triste, silencioso, casi horrible. El confidente se trocó en capellán, el amigo dejó su puesto al ministro del cielo. Ella miró a Lázaro como quien, sin confesar su pena, implora alivio a su dolor, y él, juntas y caídas las manos que sujetaban el libro, se abismó en la contemplación de aquella mujer que mendigaba un apoyo o un consejo del único ser que no podía dárselo, y a quien era crueldad exigírselo. Los ojos de la niña suplicaban sin comprender el riesgo a que podía exponerle la súplica, y los de Lázaro querían entender el ruego; pero el cura veía alzarse ante sí su propia imagen, como se interpone lo imposible entre el hombre y la felicidad. El sacerdote podía aconsejar; el hombre no sabía formular la frase, y en tanto la mujer aguardaba en vano, mirándole cada instante con más cariño, hermosa, inmóvil, sin explicarse en su mejor amigo la obstinación de aquel silencio. Dejó entonces caer la cabeza sobre el pecho, miró al cura reconviniéndole dulcemente, y le dijo:
—«Voy a hablar con mamá.»
Calló él, salió ella lentamente del salón, desapareciendo entre las sombras de la galería; y Lázaro, volviendo al balcón, abrió de nuevo el libro, y, sin fuerza para contener el llanto, a través de sus propias lágrimas leyó estas palabras del Divino Maestro:.... Y ¡ay de vosotros, Doctores de la Ley, que cargáis los hombres de cargas que no pueden llevar, y vosotros ni aun con uno de vuestros dedos tocáis las cargas![2]
Al mismo tiempo, en el opuesto extremo de la casa, el duque, solo en su despacho, cómodamente sentado en un sillón, buscaba en un periódico la última sesión del Senado; y al llegar al fin, en la reseña de una votación nominal, los antojos de la impaciencia le hacían, buscar antes de tiempo su título, para verlo en letras de molde, ignorando a punto fijo dónde encontrarlo, si junto a los señores que dijeron sí, o entre los que dijeron no.
VIII.
Lázaro no durmió aquella noche. La conmoción recibida era demasiado fuerte. Por vez primera se daba cuenta del género de afecto que le inspiraba Josefina, y vivo todavía el dolor de verla desear la vuelta de Félix a la casa, sintiendo la pena de recordarla implorando su ayuda, comprendía la grandeza de su mal y lo imposible del remedio. Pero no se sorprendió al confesarse el secreto de aquella inclinación; sus impresiones anteriores le habían llevado de la mano hasta aquel punto, y las que le pasaron antes casi inadvertidas, le aparecían explicadas ahora. Sus recuerdos le iban diciendo que los materiales del fuego, al parecer prendido entonces, ardían desde mucho tiempo atrás, y su memoria le revelaba cosas que, regocijándole como hombre, le espantaban como sacerdote. Las reminiscencias le venían, no evocadas por el deseo, sino involuntariamente. Recordaba que un día, estando sentada ella (¡ya subrayaba el pronombre!) en el invernadero con su bordado entre las manos y los ojos fijos en la labor, él, antes de llegarse a hablarla, la contempló a hurtadillas largo rato, deleitándose como un devoto en la imagen que tiene reputación de milagrosa. Otra vez, al querer alcanzar al mismo tiempo un ovillo de estambre que había rodado por la arena del jardín, el pelo de ella, rozándole la cara, le había estremecido, cual si su alma vibrara dentro de su cuerpo. Con frecuencia, sin dar al olvido sus encantos morales, se había parado a grabar en el fondo de su imaginación aquellas líneas que dibujaban un cuerpo formado de bellezas. Lázaro conocía hasta dónde llegaban el sutil ingenio de la niña y su candidez exenta de mojigatería; no se le ocultaba ninguna excelencia de condición y carácter; pero aquella noche se dijo que desde meses atrás hubiera podido dar detalles sobre la esbeltez del cuerpo, la pequeñez del pié, la roja frescura de la boca, o el delicioso mirar de las pupilas de Josefina. El capellán descubrió primero en ella una ser humano que parecía un ángel, y el hombre acabó por enamorarse de una mujer angelical, pero mujer al fin. Esto había sucedido natural, sencillamente, sin provocación de una parte o cálculo de otra, sobre todo sin intención en Lázaro, que se encontraba preso en una red, no porque se la preparasen, ni porque él, hallándola tendida, entrase en ella, sino porque los lazos estaban preparados en torno suyo por la fuerza y la naturaleza de las cosas. Tan inocente era Josefina, como irresponsable era él. Su único delito era llegar a comprender la monstruosidad de su desgracia, sin que antes lo que en él existía de sagrado le hubiese dado la voz de alarma. El hombre de la tierra y el del cielo caminaban juntos, y cuando el primero empezó insensiblemente a desviarse de la buena senda, el hombre de Dios no le avisó del peligro ni le previno del mal, y Lázaro, obligado a llamar a las cosas por su nombre, vio el peligro en Josefina y el mal en el amor.—! La dulzura y la bondad un peligro; el amor un mal! ¿Por qué?
Antes de que el pobre clérigo llegase a persuadirse de la certeza de su amor, empleaba en la lectura y el estudio la mayor parte de los días y muchas horas de la noche. Las ideas que de sus observaciones brotaban chocaron claramente con los preceptos que se le imponían; su buena fe le impulsaba a buscar, cada vez con más ahínco, una opinión, un juicio, que diera solución a sus dudas, algo fuerte en que apoyarse para vivir y creer al mismo tiempo; pero ningún filósofo, ni ningún escrito sagrado le podían dar lo que su propia conciencia se obstinaba en negarle. Lázaro llegó a ser uno de los seres más desdichados de la tierra: el cura que adquiere la costumbre de pensar.
Lenta, muy lentamente, pero de un modo seguro y cierto, fue convenciéndose de que le habían educado dándole por verdades infalibles afirmaciones que no podía comprender; y, sin embargo, no cedía. La santidad de la misión impuesta le servía de refugio, o buscaba en las prácticas religiosas una ocupación piadosa, durante la cual se imaginaba sentir vagamente que su espíritu se elevaba en arrobos místicos hasta los prometidos cielos, como espiral de incienso que sube a perderse en el espacio.
Otras veces las limosnas que hacía la duquesa ocupaban su imaginación, hasta el punto de amortiguar todos sus pensamientos. Margarita quiso solemnizar la senaduría concedida a su esposo dando a los pobres una gruesa suma, y Lázaro fue el encargado de distribuirla. Cumplió el mandato escrupulosamente, consagrándose a él de modo que durante algunos días vivió embargado por su hermosa tarea; no salió de sus manos una sola moneda sin que supiera que realmente la necesitaba quien la recibía; se gozó en remediar las pesadumbres, y lo hizo con tal dulzura, desplegando tanta bondad, prodigando con tan divino arte los consuelos, que duplicó el socorro, añadiendo al oro de la duquesa esa otra limosna que sólo se da con el espíritu; quien la recibía de sus manos, quedaba obligado sin humillación y agradecido sin bajeza. El oro, al pasar por ellas, parecía purificarse sin dejarlas manchadas.
Cumplida su misión de caridad, Lázaro se encerró de nuevo en sus soledades, y entonces las dudas, muertas al parecer aquellos días, tornaron a mostrarle las insaciables fauces, semejantes a esos reptiles asquerosos que después de aplastados vuelven a revivir y arrastrarse.
Habitaba el capellán en casa de los Algalias un cuarto, casi una celda, de humilde aspecto, que los señores quisieron inútilmente amueblarle con mayor regalo. Frente a un balcón, abierto sobre las arboledas del jardín, tenía una cama de hierro pintada de verde, y a su cabecera un Crucifijo de torpe talla, de lacia y triste figura; un reclinatorio al pié del lecho; dos estantes de caoba deslucida llenos de libros, y una mesa también cargada de ellos hasta el punto de parecer rebosar, desparramándose por las sillas inmediatas; un modestísimo aguamanil de loza con su jofaina de lo mismo; un armario de pino barnizado, donde se guardaba la sotana de los domingos; una exquisita limpieza en todo, y una apariencia de profunda calma: tal era el cuarto, cuyas vidrieras se abrían antes que ninguna otra de las de la casa, y las que hasta más tarde estaban iluminadas por la lámpara que ayudaba el tenaz trabajo de sus largas veladas.
Aparte la impresión de apacible melancolía que aquella estancia causaba, lo más chocante de ella era la multitud de libros esparcidos por todos lados. Parecía que el dueño de aquel cuarto trataba de resolver un problema, y que en alguna de sus infinitas páginas esperaba encontrar la solución. No había fase ni aspecto del espíritu humano que no estuviese representado allí. Lázaro buscaba la verdad en todas partes; en los grandes escritores paganos, como en los Padres de la Iglesia; en los heresiarcas más ilustres y los ortodoxos más severos; en los mantenedores del sentimiento religioso y en los descreídos pensadores modernos. Se enorgullecía con las certezas de la ciencia, y sonreía ante las promesas de las religiones; examinaba los piadosos engaños y las verdades demostradas. Todo quería abarcarlo, cielo y tierra, presente y pasado, buscando con perseverante tenacidad las causas de las cosas, o el origen de las ideas, lo mismo en los tomos amarillentos y apergaminados de los siglos muertos, que en los volúmenes modernos, húmedos todavía, con su olor a tinta de imprenta y sus cubiertas de colores.
Solo, inteligente, ávido de saber y con tiempo libre, Lázaro estudió y observó cada vez con más ansia. Todas las perspectivas en que puede dilatar su mirada el entendimiento humano fueron presentándole dificultades e incertidumbres, y en confuso desorden invadieron su espíritu impresiones contrarias, dándose al mismo tiempo a su razón ideas justas y apreciaciones erróneas. De cada sistema recogió una palabra distinta, y de ninguno la verdad: unos le atormentaban con sus fraseologías de tecnicismos ingeniosos que dan nombre de cosas reales a creaciones del espíritu, afirmando lo que no demuestran; otros le decían que el hombre es fuerza y materia nada más, un reloj con cuerda para cierto número de años, que suele por su genio adelantarse al tiempo en que vive, que se retrasa por la ignorancia, que puede arreglarse cuando se descompone, pero que al fin se rompe; unos todo lo fundan en ideas, otros todo lo basan en hechos. Y cuando tales pensamientos le absorbían, parecía que una vocecilla burlona, desde un rincón de su cerebro, se le acercaba al oído, aconsejándole que arrojase los libros y se dejara de filosofías y estériles monólogos, que no habían de darle un grano de trigo ni una gota de agua. Él, sin embargo, seguía en sus estudios, y como el buzo baja con su escafandra a las profundidades del Océano, penetraba en los mares sociales, con la buena fe por apoyo y la sinceridad por guía.
Entonces cada paso fue un desengaño: vio que la vida es lucha de egoísmos contrarios, donde el oro sirve de absolución para la infamia y salvo-conducto para la nulidad; el mundo una batalla en que se cuentan las preseas, no según lo que se trabaja, sino con arreglo a lo que se posee. Adquirir es el talismán que todo lo resuelve; no tener, el delito que a nadie se perdona; no haber tenido, una mancha que jamás se borra. En las puertas del mundo la impudencia ha escrito este letrero: «Posee, y lo demás te será dado con hartura.»
Algunas veces Lázaro creía ir convenciéndose de que la tierra era el asiento del mal, como le habían dicho sus maestros: todo, al parecer, le incitaba para inclinarse a esta opinión. Mezclado con su amor a la humanidad, empezaba a sentir desprecio hacia el hombre, ser extraño, ridículo y sublime al mismo tiempo, que con frecuencia es malo, pero que algunas veces es peor. Veía que, como la fruta pasa pronto de la madurez a la corrupción, el hombre pasa rápidamente de la experiencia al egoísmo, y se fue persuadiendo de que la experiencia es inútil, porque siempre llega tarde. Si pensaba en sí propio, sentía humildad; si estudiaba al prójimo, le poseía el orgullo. Todo eran dudas continuas, enlazadas cual esas olas mutuamente engendradas, y en que ninguna es la postrera.
Al analizar el presente, todo le parecía negro; mas al estudiar la vida de otras épocas, miraba bajo distintas formas reproducidas las mismas dificultades, pero siempre disminuidas, hechas cada vez más soportables, y supo que ese trabajo de los siglos, aspiración y tarea de la humanidad, es el progreso. Vio que el mundo mejoraba con el tiempo, que el mal disminuía, y que sus antiguos maestros le habían pintado como perdurablemente malo lo que es eternamente perfectible. Aunque los estudios y las cavilaciones le amargaran, en el fondo de su alma quedaba siempre, como en la caja de Pandora, un bálsamo dulcísimo, la esperanza; y entonces la vocecilla burlona, cual si tuviera empeño en trocar sus ideales por ídolos, le decía:—«La esperanza es el manjar más sabroso de la tierra, pero es también el menos nutritivo.»—
Fruto de tantos desvelos, Lázaro llegó a saber mucho, pero todo podía reducirse a dos puntos: uno relativo al mundo, otro concerniente a sí mismo. Supo que el mal y el bien no radican uno en la tierra y otro en el cielo, sino que ambos están aquí abajo, dentro de nosotros mismos, en gérmenes dispuestos a brotar y florecer o podrirse, según los instintos, la educación, el tiempo o la voluntad del hombre. Y supo, en cuanto así, que en la tierra hay algo muy parecido a la felicidad: el amor. Un libro que nadie puede leer dos veces en la vida, pero que realmente existe y a él le estaba negado. Su alma debía ser un muerto que tuviese por sudario una sotana.
Las doctrinas de los que le educaron lo ordenaban así. Por cima del decálogo casi divino que debía practicar, los hombres habían escrito este mandato:—«No te amarán.»—
—¡No te amarán!!, se repetía Lázaro continuamente, y cada vez le parecía más injusto. Su inocencia protestaba con la impetuosidad de la ira o con la amarga laxitud del desaliento, pero siempre tenía que confesarse vencida. Su conciencia era un siervo puesto en la alternativa de alzarse en armas o aceptar humilde y bajamente la esclavitud; no había más que dos caminos; abjurar, o resignarse. Lo que no existía, lo que nadie le podía ofrecer, era una solución que tuviese algo de consuelo.
Cuando la tempestad sorprende al pájaro que se aleja del nido, el ave lucha con la tormenta, aleteando por recobrarlo; cuando el niño que rompe a andar cae y se lastima, busca afanoso el regazo de su madre; cuando el hombre abandona la mujer que le quiere, y sufre desengaños, torna a ella, y en sus brazos se arroja: Lázaro no tenía nido, ni regazo, ni brazos a que acogerse; llevaba, como una doble maldición, la duda en la frente y el amor en el alma. Su meditación de religioso se quebrantaba con sus cavilaciones de hombre, y si la enérgica voluntad o el temor al peligro traían la oración a sus labios, entre los severos pensamientos del sagrado rezo se deslizaba un nombre de mujer, penetrando su imagen alegre y bulliciosa entre las austeras reflexiones, como entraría una maga en un coro de monjes.
IX.
Josefina entró en el cuarto de la duquesa resuelta a descubrir francamente la inclinación que hacia Félix sentía, pidiendo a su madre ayuda para que pudiese aquel hombre ir decorosamente a la casa; pero frente a Margarita la energía y la resolución dieron en tierra; rompió a llorar, y balbuceó entre temores lo que se había propuesto decir claro. La duquesa, besándola cariñosamente, secó sus lágrimas, escuchó la confesión de aquel amor naciente, y despidiéndola ruego con ternura, la llevó hasta la puerta de su gabinete, procurando que aquella entrevista fuese lo más breve posible.
Al quedarse sola, la duquesa lloró también, pero no con aquel llanto apacible y puro de la niña, sino amarga, desconsoladamente, con lágrimas tardías en brotar y abrasadoras al deslizarse por el rostro.
Decidida a hablar con su esposo, mandó preguntar si estaba en casa; y cuando la contestaron que el señor no había salido, se encaminó al despacho, donde encontró al duque hojeando el reglamento del Senado. Hízole suspender la lectura, y abordando de frente la cuestión, le dijo que por su propio interés, por no pecar de ingrato y en gracia de Josefina, era necesario que Félix Aldea volviese como antes a frecuentar la casa. Examinose entre ambos cónyuges la cuestión, y el duque, que ya se iba encariñando con todo lo que tuviera sabor de discusión, aprovechó la oportunidad, hablando largamente de su decoro y prestigio, de que no quedase lastimada su dignidad, y de otra porción de cosas que hubieran hecho murmurar a cualquiera: palabras, palabras, palabras.
Por fin, Margarita, con ese tacto que sólo las mujeres tienen, resolvió las dificultades proponiendo que se diera un baile para celebrar lo de la senaduría, enviándose a Félix, como de costumbre, su correspondiente invitación; lo cual, después de lo ocurrido, venía a ser como una satisfacción, que sin desdoro del ofensor podía desagraviar al ofendido. Aceptada la idea, Margarita dejó al duque continuar su examen del reglamento de la alta Cámara, y vuelta a su cuarto, después de haber cerrado cuidadosamente las puertas para evitar verse de pronto sorprendida, se dejó caer en un sillón, apoyó en uno de sus anchos brazos los codos, y ocultándose el rostro con las manos, dejando rebosar el llanto por entre sus sonrosados dedos, fruncido el ceño y enrojecidos los párpados, se quedó pensativa, sin que nadie al verla hubiera podido averiguar si aquella dama era una madre que se imponía un sacrificio, o una mujer a quien los celos hostigaban.
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Se fijó el día de la fiesta, y empezaron los preparativos. Los tapiceros y adornistas tomaron posesión de los aposentos en que había de verificarse; se construyó una galería de follaje, que ponía en comunicación el salón principal de la planta baja con el espacioso invernadero de cristales que en el jardín se alzaba; cubriéronse las columnas de hierro con entrelazadas hojarascas; se colgaron de la bóveda de cristales los aparatos para gas; se pusieron en los ángulos las mejores esculturas que había en la casa, haciendo que los mármoles blancos destacaran sobre fondos de oscuro follaje; se prepararon farolillos para las enramadas del parque; diose orden en las cocinas para que la cena fuera opípara; se apuraron todos los caprichos que puede el oro satisfacer al buen gusto, y una legión de artesanos invadió el palacio durante muchos días, disponiendo las cosas de suerte que cuando dos horas antes del baile los duques inspeccionaron todos los preparativos, el nuevo senador, arrellanándose en un sillón con la dignidad propia de su investidura, y mirando a su mujer con vanidosa satisfacción, exclamó:—«Estará bien.»
Y así fue. Desde las once de la noche una larga fila de coches iba poco a poco dejando en el vestíbulo del palacio centenares de convidados; las damas, envueltas en riquísimos abrigos, bajaban de sus berlinas y sus clárens, dejando ver pies coquetamente calzados que se apoyaban un momento en el estribo, mientras con la mano, enguantada hasta el codo, recogían la larga cola ornada de valiosos encajes; los lacayos recibían órdenes de volver a la madrugada; los mirones y curiosos, estacionados en la acera opuesta, contemplaban aquellas grandezas haciendo comentarios, sugeridos por la hermosura de las mujeres o la envidia de las riquezas; los salones se iban llenando, y el calor que la aglomeración y las luces engendraban iba animando y coloreando los rostros. Aquí se oían alabanzas a los dueños de la casa, dichas en voz alta; allá se agrupaban otros a murmurar censuras; unos buscaban a sus conocidos; saludaban todos a los duques; los más serios o curiosos examinaban en los salones inmediatos las obras de arte coleccionadas con exquisito gusto, o los libros de lujo, puestos sobre las mesas de riquísimas incrustaciones; y los jóvenes, juntos con los viejos alegritos, parados en las puertas, pasaban revista a las que entraban, cambiando apretones de manos, diciendo lisonjas o recibiendo miradas que parecían señas.
A poco más de media noche el salón ofrecía tal aspecto de lujo y riqueza; la alegría reinaba, al parecer, con tanto imperio sobre las almas de toda aquella gente; tanto goce se reflejaba en sus caras, que no parecía sino que en aquella regocijada turba nadie había que conociera la pesadumbre ni el dolor.
Ellas, ceñidas por estrechos trajes que oprimen hasta modelar las formas, con sus largas faldas prendidas de flores y de blondas, con sus diademas de pedrería en la frente, la belleza impresa en el semblante y la alegría en las miradas, recibían el homenaje de rebuscadas frases, no siempre franco, con que sus adoradores trataban de rendirlas. Ellos, vestido el severo y antipático frac, pugnaban por llegar hasta alguna de las que más efecto causaban, para hacer en el corro gala de su ingenio, mirando casi con descaro a las casadas, requebrando con prevención a las viudas, y tratando de inquirir el dote de las solteras. Hacia los extremos del salón veíanse algunas parejas, más ocupadas de sí mismas que del prójimo, en que ella parecía resignarse a conceder lo que deseaba otorgar, mientras él se obstinaba en pedir lo que luego había de cansarle. En un círculo se discurría de política; se comentaba en voz baja el escándalo de la semana, pronunciando al oído y en secreto los nombres de los protagonistas. Algún caballero se acercaba con disimulo a las habitaciones contiguas, espiando el momento de tender la mano sobre los riquísimos vegueros esparcidos en bandejas de plata. La música dominaba a intervalos el rumor de las conversaciones; la atmósfera se iba cargando hasta hacerse enojosa; la temperatura aumentaba por momentos; el abrasado ambiente de la sala parecía luchar con el fresco que penetraba del jardín por los anchos balcones en suaves ráfagas, y entre aquel mar de luz o torbellino de colores, se percibía el olor extraño que formaban los aromas de las flores, los perfumes de tocador y el calor de los sudorosos cuerpos.
La duquesa, rodeada de sus más íntimas rivales, recibía de cuantos se la acercaban elogios tributados a su buen gusto, casi todos cortados por un mismo patrón, muy pocos ingeniosos o bien dichos. Su traje era objeto de hablillas entre las damas, de admiración entre los hombres. El vestido de raso blanco, entre cuyos esculturales pliegues se quebraba la luz como en un mármol flexible, había llegado de París aquella mañana, y las dos perlas negras que llevaba en las orejas valían una fortuna. Al lado de su madre, Josefina parecía el nuevo brote de una flor hermosísima: la madre era como esas rosas que han agotado ya la pompa de sus galas desplegando todos sus pétalos a las caricias de la luz; ella, como esos capullos entreabiertos que comienzan a esparcir en torno suyo olor suave y débil. Su traje era blanco también, pero en el tocado y los prendidos, las flores sustituían alas joyas.
La excitación que la agitaba la hacía más hermosa. Inquieta y disgustada, miraba sin cesar a todas partes, preguntándose:—¿No vendrá? Contestaba lo más brevemente que podía desdeñosa y displicente, y de cuando en cuando miraba con cariño a su madre, que por vez primera parecía esquivar las miradas de su hija.
Por fin, la enamorada niña vio entrar a Félix, que, saludando al paso a diversas gentes, llegó hasta la duquesa, cambiaron ambos algunas frases de simple cortesía, llegose luego a Josefina, y un momento después se les vio confundidos entre los grupos de alocadas parejas que parecían moverse impelidas por las notas de un vals de Strauss.
Lázaro estaba recogido y leyendo cuando llegó hasta sus oídos el alegre bullicio de la fiesta. Cerró entonces el libro, abrió el balcón, y el airecillo fresco de la noche le trajo claras y distintas las apasionadas frases de la música, como si el mundo, con aquella voz de sirena, quisiera arrancarle de la soledad. Bajó al jardín, se acercó a una reja, y oculto entre unos arbustos cuyas ramas se entrelazaban trepando por los gruesos barrotes de hierro, tendió la vista hacia el salón. Su mirada lo abarcó todo. Pasado un instante, la sorpresa se convirtió en asombro; sus ojos, deslumbrados por la claridad, fueron descubriendo los grupos, aislando las figuras, fijándose en los rostros, viendo surgir de entre un confuso mar de luces y colores las formas y el aspecto de las cosas. Los corrillos tan pronto formados como disueltos; la extraña amalgama que producían en el cuadro los trajes negros de los hombres destacándose sobre los vestidos claros de las mujeres; el continuo pasar de sombras que se cruzaban ante la reja, cortándole la vista; la variedad infinita de actitudes; el estado de los ánimos reflejado en las caras, atestiguando en uno de la indiferencia, en otro de los celos, mostrando acá la frialdad del apático, allá la impaciencia del nervioso, todo aquel conjunto de riquezas para él desconocidas, de lujos ignorados, le produjeron una impresión extraña, fuerte porque era nueva, y poderosa porque era continuada. La vista de aquel incesante movimiento, la luz arrancando destellos en pedrerías y collares, las damas, unas de semblante fresco como flores de campo, ajadas otras por los afeites o los años, engalanadas con sedas de todos los matices, desnudas las espaldas y los pechos a propio intento revelados en lo poco que el raso les cubría, el aire bochornoso y viciado que por la reja se escapaba, acabaron de marear al cura, sin que por eso dejara de mirar con ansia, creyendo a cada instante descubrir novedades que hiriesen su imaginación y calmasen sus agitados nervios. Hubo un momento en que la música apagó todos los otros ruidos; el ritmo sonoro y melódico de sus notas parecía arrastrarse como aurora de primavera en plantío de rosas; los giros lánguidos de acordes amortiguados y dulcísimos se trocaban de pronto en explosión de sonidos alegremente locos, y las armonías se esparcían como suspiros que volaban a refugiarse entre los pliegues de las amplias colgaduras, produciendo combinaciones raras, que se perdían, unas envueltas entre los giros de otras, como crujir de sedas y estallar de besos comprimidos. Las parejas iban deslizándose rápidamente ante la reja en confuso desorden, desapareciendo y tornando a pasar cual figuras de una linterna mágica, hasta que, callando de repente la orquesta y suspendiéndose aquel vertiginoso movimiento, Lázaro vio acercarse, impelidos todavía por la última vuelta del vals, una mujer y un hombre: Félix y Josefina. Él la ceñía el talle atrayéndola hasta sentir confundidas las respiraciones, mientras ella se abandonaba por completo, dejándose llevar. Llegaron hasta donde estaba el cura, y ya parados, la niña, moviendo el abanico de nácares y encajes ante su agitado pecho, se apoyó en el brazo de Aldea, mientras él murmuraba a su oído una frase, pagada con la sonrisa más hechicera del mundo. Lázaro, asido fuertemente a la reja, los miró sin cuidarse de ser visto, sin pensar que no tenían ojos más que para contemplarse uno a otro. Fuera de sí, agitado por un sentimiento desconocido para él, creyó apurar toda la hiel del sufrimiento humano; y como si su sangre hirviese y fermentara agolpándose a ofuscar aquel pobre cerebro, la idea del odio se irguió en él terrible y poderosa. No hubo entonces crimen ni infamia que no se creyera capaz de cometer; y midiendo con la rapidez del pensamiento su inocencia, mayor aun que su desdicha, se preguntó, en un arranque impío, si era divina la justicia que toleraba aquel tormento.
Bajo la sotana del cura latieron por vez primera en el corazón del hombre los impulsos del mal. El ministro de Dios sufrió como las criaturas de barro, y su alma de pureza inmaculada, su mansedumbre, su bondad evangélica, fueron un punto derrocadas por la ira, el aborrecimiento y la venganza. La que entonces le pareció más que nunca creada por el Señor con hueso de su hueso y carne de su carne, la prometida por el deseo y la Naturaleza para ser satisfacción de sus amores, la mujer que era emblema de su ideal y su felicidad, estaba en brazos de otro. Aquellos hierros que les separaban y que él inútilmente sacudía con impotente fuerza, eran sus propios votos, y aquel instante supremo de su vida, la ratificación solemne de la infame ley que le decía: «No te amarán.»
Sintiéndose morir, dejó caer con desaliento los brazos, y todo su rencor se disolvió en dos lágrimas que rodaron lentamente por su abrasado rostro. Hay almas que rechazan instintivamente el mal. El odio pasó sin detenerse sobre el espíritu de Lázaro, como la gota de agua que resbala por el hierro candente. Las fuerzas le faltaron, y mientras los alegres ruidos de la fiesta, convertidos en voces misteriosas por la fantasía, le llamaban queriendo embriagarle con efluvios de desconocidos placeres, dio en tierra rendido y sin aliento.
El baile estaba en sus momentos de mayor brillantez, y la animación, engendrada por la muchedumbre, se traducía en un continuo murmullo, que sólo a desiguales intervalos podían dominar desde la orquesta los instrumentos de metal. El salón parecía un foco de claridad intensa. Las temblorosas llamas del gas se reproducían hasta lo infinito en las grandes lunas venecianas, que, multiplicando las imágenes, creaban una confusión extraña, y empezaba a reinar ese desorden propio de todo sitio donde se divierten muchos a la vez. Allí dentro todo eran goces y alegrías; fuera no había sino silencio y sombra; un hombre en tierra, como soldado herido que se desangra en el campo de batalla, y un cielo de azul profundo, casi negro, estrellado, que desde su inconmensurable altura miraba con millares de ojos, tan indiferente a los placeres de unos como a la desdicha de otros.
Los vientecillos precursores del día empezaron a retozar entre los troncos con las hojas agitando blandamente las ramas, y algún pájaro, desvelado por los inusitados ruidos, batía las alas piando alegremente, y confundiendo desde su oculto nido las luminarias del festejo con los resplandores de la aurora.
X.
Servida la cena, que fue espléndida, los convidados empezaron a marcharse contentos y satisfechos, como gentes que habían cumplido su misión. El ruido que causaban los que iban saliendo, despidiéndose con regocijadas risas, y el húmedo relente con sus fríos vapores, hicieron a Lázaro volver en sí del largo desmayo al tiempo que los últimos grupos esperaban, en el espacioso vestíbulo y en los primeros términos del jardín, la llegada de sus carruajes.
Los hombres, fuertemente arropados con gabanes rusos o entre los embozos de las capas, fumaban puestos en filas, viendo a las damas que bajaban las escaleras de mármol, cuchicheando o cubriéndose los desnudos hombros con costosos chales o vistosos abrigos. Unas se tapaban el escote aún sudoroso con el cachemir de cien colores; otras se envolvían entre las pieles del skunc, el zorro azul y la marta zibelina; esta contestando a un saludo, aquella buscando una mirada entre los apiñados rostros, todas parecían en aquel momento hermosas y felices, aunque muchas lo pareciesen sin serlo; todas llevaban algo que decir o habían dado algo que envidiar.
Algunos hombres se marchaban a pié lentamente, divididos en grupos o en parejas, escuchando a lo lejos durante largo rato el ruido del rodar de los coches en las desiertas calles, cuando ya empezaba a despuntar el día y los serenos corrían soñolientos, de farol a farol, apagando los mecheros de gas.
El cura, oculto entre las sombras del jardín, los vio irse, esperando para salir de su escondite que se hubiesen todos alejado, cuando notó que no lejos de sí, entre las ramas de unos arbustos y cerca de una reja, había un hombre, que indudablemente se quedaba rezagado adrede, y que, moviéndose de pronto cuidadosamente, se escurrió con cautela a lo largo de la casa, hasta penetrar en ella por una puerta de servicio, que por razón del baile aún estaba abierta aquella noche. Lázaro entonces intentó gritar; pero el asombro le ahogó la voz en la garganta, porque al volverse para entrar conoció al que de tan sospechosa manera penetraba en el palacio de los duques, y aquel hombre era Félix Aldea, el mismo que pocos momentos antes había hecho brotar de los labios de Josefina una sonrisa de felicidad.
Subió rápidamente la escalera, y el cura se lanzó en su seguimiento; pero aquél llevaba mucha delantera. Al llegar al piso principal, Aldea, espiado siempre por Lázaro, cruzó los pasillos desiertos, y atravesando la galería que separaba las habitaciones del duque de las de su esposa y su hija, penetró en una sala, ala cual afluían dos grandes corredores, uno que conducía al cuarto de la duquesa, y otro que llevaba al de Josefina. La puerta de aquella habitación estaba cerrada; pero apenas Aldea se detuvo ante ella, golpeándola suavemente con los nudillos, una de sus hojas se abrió calladamente hacia fuera, mostrando un brazo de mujer ceñido por una manga de seda roja. Aldea entró, y el brazo atrajo a sí la puerta, que volvió a quedar instantáneamente cerrada, mientras Lázaro, pálido y tembloroso, como clavados los pies en el suelo, escuchaba alejarse, sin saber en qué sentido, los pasos de dos personas, que andaban de puntillas para no producir ruido sobre los mármoles del piso.
¿Qué hacer en tan horrible situación? ¿A quién pedir auxilio? ¿A quién llamar? Un desaliento que tenía mucho de impotencia y algo de despecho le arrancó de allí, y temeroso de ser visto, huyó de aquella puerta, tras la cual quedaba rota para siempre la más hermosa de sus ilusiones. Además, juntamente con el imperioso mandato que la conciencia le imponía, sintió latir en su alma vacilaciones, engendradas por la sorpresa, sospechas pérfidas, pero lógicamente sugeridas por los celos. La que supuso un ángel era mujer, y nada más; no merecía que el corazón de un hombre la ensalzara, ni que él la adorase, aunque su indulgencia de sacerdote tratara de redimirla o disculparla. En su caída había llegado hasta la culpa por el camino de la premeditación; procuró que su amante volviera a pisar la casa de sus padres, y trémula de amor, agitada por el deseo, le debió esperar para recibirle en sus brazos.
Divagando de esta suerte, admitiendo como buenos los torpes antojos del despecho, la piedad iba quedando en el alma de Lázaro completamente borrada por la incontrastable fuerza de los celos, hasta el punto de que el miedo de hacer público el suceso, el temor al escándalo, y aun la idea horrible de ver la hija deshonrada a los ojos de su propia madre, llegaron a ser en aquel hombre rémoras creadas por la malicia para eludir el cumplimiento del deber.
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Al día siguiente del baile, ya muy entrada la mañana, se notaba en el palacio de los duques la falta de movimiento propia de toda casa donde el mucho trasnochar de los amos autoriza que madruguen poco los criados. Algunos de ellos, reunidos en la caseta del portero, formaban corro restregándose todavía los ojos, haciendo comentarios de la fiesta, charlando y maldiciendo. Otros arreglaban los salones reparando el desorden que habían producido los convidados. El cocinero, seguido de un pinche que llevaba al hombro un esportón, atravesaba el jardín para tomar el camino de la plaza. El mozo de cuadra, calzados los zuecos y entonando una canción de su tierra, frotaba los arreos en la puerta de la cochera; y en una habitación de la planta baja, junto a una ventana, la doncella de la duquesa limpiaba cuidadosamente los vestidos con que su señora se había engalanado la víspera, mientras otras compañeras admiraban las ricas telas y los finísimos encajes que, desordenadamente puestos sobre el respaldo de un sofá, podían fácilmente ser vistos desde fuera.
Lázaro, como de costumbre, había bajado al jardín, y con su libro entre las manos, paseo arriba, paseo abajo, recorría lentamente el trecho comprendido entre la estufa de cristales y la verja de entrada, pasando repetidas veces ante las rejas del salón de baile. Frente a una de ellas acertó apararse distraídamente, y a través de los gruesos barrotes vio desamparado y desierto aquel mismo lugar donde pocas horas antes era todo animación y bullicio. Los sillones de oro y sedas estaban removidos, como recordando aún los corrillos de que fueron asiento; los cristales, velados por el polvo de una noche de continuo movimiento; olvidado sobre una butaca un abanico; las bujías de los candelabros, apuradas hasta gotear sobre el terciopelo y el mármol que cubría las consolas, habían hecho saltar con su llama espirante alguna de las arandelas de cristal. Las puertas que ponían en comunicación unos salones con otros estaban abiertas, dejando ver, fingida por los espejos, la perspectiva de una galería profunda, encerrada en marcos dorados, formada con imágenes de telas o tapices que, multiplicándose, se reproducían hasta confundir la vista con su último término vacilante y confuso. Los rayos de sol penetraban por entre las junturas de los cortinajes, liquidando en resbaladizas gotas el vaho que empañaba los vidrios, y posándose luego en rasgos o girones de luz sobre los rasos de colores. En el suelo, confundida con las de la alfombra, había quedado alguna que otra flor pisoteada y marchita.
—«Así son ellas,»—pensó Lázaro al verlas; y volviendo al libro los ojos, prosiguió su paseo hasta llegar a la ventana donde estaba la doncella, que para distraer su trabajo tarareaba a media voz una polka de moda. Oyola el cura, y, al mirarla, su vista se detuvo en la prenda que la muchacha tenía entre las manos: una bata de riquísimo raso de un rojo muy brillante, el mismo rojo que Lázaro había visto en el brazo que la noche pasada cerró la puerta donde Aldea era esperado. Su sorpresa fue inmensa. Su pensamiento se resistió a creer lo que los ojos le decían. Aquella chica era la doncella de Margarita de Algalia, y como Josefina tenía su servidumbre aparte, lo lógico era que aquella ropa fuese también de la duquesa. Dudó un momento, y atreviéndose por fin, quiso ver resuelta su sospecha.
—¿De quién son esos trajes?—preguntó a la doncella.
—¿De quién han de ser,—repuso la muchacha,—sino de la duquesa? Ésta,—dijo señalando un magnífico vestido y un soberbio abrigo,—es la ropa que la señora llevó ayer al paseo; y esta bata de raso rojo,—añadió,—es la que se ha puesto de madrugada después del baile. Por cierto que se empeñó en quedarse leyendo, sin querer acostarse ni que yo la desnudara. Debe haber velado hasta muy entrado el día, porque está, de ojerosa y descompuesta, que da grima mirarla.
Calló la criada, y siguió el hombre su paseo. Ya no cabía duda. Josefina era, no sólo inocente, sino víctima de una infamia. La culpable era Margarita de Algalia, y el que pasaba por novio de la hija era su amante. ¡Maldad inicua! La madre quería comprar el secreto de su delito a costa del reposo de la pobre niña. Por eso Josefina no podía explicarse la actitud de Félix Aldea, aquel empeño en mostrarse enamorado junto al recelo para confesarla su amor.
Lázaro apreció rápidamente la situación: Josefina era buena, y el galanteo de que Félix la hacía objeto servía para alejar sospechas. La inocencia era tercera sin saberlo, y su pureza cubría aquel amor culpable, de igual suerte que el inmaculado manto de nieve puede ocultar el sucio estercolero.
Una sensación, por mitad indignación y repugnancia, estremeció el alma del cura, y como el mal no engendra sino males, sus labios murmuraron involuntariamente esta blasfemia:
—«¡Oh, madre; tú también puedes llegar a ser ídolo falso!»
Le pareció imposible llevar más lejos la degradación y la maldad.
Pocas horas antes, el dolor había estrujado su corazón, considerando perdida la mujer amada, tanto más, cuanto más imposible. Ahora sus ojos tropezaban con el delito más cobarde y monstruoso de la tierra.
Eran ya cerca de las doce. El ardoroso sol de los últimos días primaverales inundaba todo el jardín, engendrando sombras enérgicamente proyectadas que dibujaban en la arena formas extrañas. El movimiento y los ruidos iban devolviendo animación a la casa. Las persianas cerradas se abrían tras cortos intervalos, indicando el despertar de los señores, y los criados fingían acelerar la faena de borrar el desorden causado por la fiesta. Sólo en la habitación de Josefina reinaban todavía la quietud y el silencio. El cuarto estaba casi a oscuras; por las rendijas de la madera penetraban dos o tres rayos de sol, agitando millares de átomos inquietos que bullían como polvo de luz; las galas estaban esparcidas sobre un sofá de raso, y el corsé de seda azul con trencillas blancas, caído al pié de una butaca. La heredera de los Algalias dormitaba en su cama de batistas y encajes como una maga recostada sobre una nube. Tenía desnudo, fuera de las ropas, un brazo, ceñida aún la muñeca por la pulsera lisa de oro mate, y en el otro, puesto sobre la almohada, apoyaba la cabeza, embelesada por ensueños formados con reminiscencias de la víspera. Las sábanas habían quedado por un movimiento tirantes y presas bajo el peso del cuerpo, modelando a trozos la forma que cubrían; el embozo caído dejaba al descubierto algo más que el nacimiento del pecho. Nada turbaba la tranquilidad de aquel reposo reflejado en una respiración fácil e igual. La sangre, como savia enérgica, regaba los tejidos, tiñendo la epidermis de tonos que variaban delicadamente desde el azul de las ramificaciones venosas hasta el carmín brillante de los labios húmedos; y una mata de pelo, escapada de la redecilla, hacía resaltar la blancura del cuello. Dormía descuidada, tranquila, segura de sí misma, y tan ajena de la pasión del cura como de la perfidia de su madre. La salud y la pureza parecían haberse hermanado para formar aquella figura hermosa, impregnada de gracia natural y espontánea. Semejaba la bacante virgen de los bosques antiguos traída de pronto por ensalmo al centro de la vida moderna. Reposaban a la par el cuerpo exento de males y la conciencia libre de impurezas.
De fijo hacía mucho tiempo que su madre no dormía así.
XI.
Aquella misma tarde la duquesa mandó recado al capellán, rogándole que pasase a su gabinete.
—«¿Qué me querrá?—se dijo Lázaro.—Sabrá que no ignoro su falta? Quizá entonces, aunque culpable, sienta hacia mí el desprecio que debe inspirar quien, encargado en su casa de velar por la moral, transige cobardemente con el engaño y la deshonra. Seremos dos reos frente uno de otro.... y, así son las cosas de la vida, ella tendrá que ver en mí algo del juez.»—
Un momento después Lázaro entraba en el gabinete. Margarita estaba sentada ante una mesilla de valiosas incrustaciones, colocada delante de un balcón y sobre la cual, sostenido por dos amorcillos de bronce, había un espejo bastante grande para retratar entre sus abiselados bordes la cabeza de la hermosa dama, a quien una doncella sujetaba con dos horquillas de oro el rodete bajo en que, según la moda, estaba recogido el pelo después de ondular ligeramente hacia las sienes. Tenía puesta una bata de un gris muy claro, guarnecida con encajes y lazos del color que toma el granate cuando la luz le hiere. Las medias, de finísima seda, eran del mismo color, y ceñían sus pies unas chinelas grises, que aun siendo muy pequeñas, eran grandes para ella. Las mangas de la bata, sueltas y muy cortas, descubrían unos brazos blanquísimos, dorados por ese vello apenas perceptible que tienen algunas frutas antes de estar manoseadas. Al cuello, libre de alhajas, se ceñía desordenadamente un encaje ancho y rico, de tonos huesosos que acusaban su antigüedad, y el fulgurar intenso de un grueso solitario en cada oreja hacía resaltar la palidez mate de la cara, amortiguando el brillo de los ojos, algo hundidos, y cercados por ojeras débilmente azuladas. La boca, en que el labio superior ligeramente contraído daba a la fisonomía cierto aire desdeñoso y triste, dejaba ver unos dientes blancos, menudos y apretados. El óvalo del rostro era gracioso y severo al mismo tiempo. La mirada triste con la falsa resignación del hastío. Era el tipo de la señora moderna, frívola sin ser insustancial, y coqueta sin parecer liviana, como era devota sin ser profunda y verdaderamente religiosa. Fuera cansancio físico o dejadez moral, había en su figura cierto melancólico abandono, interrumpido a veces bruscamente por movimientos de una gracia encantadora que tenía algo de felina.
Iba pasando con los dedos las hojas de un libro, puesta en ellas la vista descuidadamente, como si el pensamiento y la voluntad estuvieran muy lejos de aquellas páginas, que no bastaban a detener el vuelo caprichoso de sus antojos femeniles.
En sus hechiceras facciones empezaba a desaparecer la frescura que es el aliento misterioso de la vida. Parecía tener esa edad de la rosa en que unas cuantas horas más marchitan la fragancia y ajan la lozanía. Estaba hermosa, y más que hermosa seductora; pero los ojos, la actitud, la voz, acusaban un desaliento amargo. Nadie hubiera podido averiguar si aquella laxitud era la huella pasajera de los placeres de una noche, o la marca indeleble de los sufrimientos del espíritu.
Al entrar Lázaro salió la doncella, y Margarita, ladeándose ligeramente en la butaca y echando atrás el rostro, animado por una sonrisa encantadora, le tendió la mano.
La situación de Lázaro era peligrosa y difícil: el menor descuido, la más ligera inoportunidad, podían ofenderla sin resultado; que quien no está satisfecho de sí mismo, ve acusaciones en las frases más inocentes. Él, además, se consideraba sin derecho alguno para atacar a la madre en defensa de la hija. ¿Cuál podía invocar? Si el de enamorado, confesaba la propia y criminal flaqueza; si únicamente el de hombre de corazón, ¿quién había de reconocérselo?; si el de sacerdote, ¿cómo podría su conciencia sancionar la ridícula comedia de un hombre que utiliza la investidura sagrada para proteger su misma falta?
Tenía delante a la mujer adúltera; pero no podía ser él quien la arrojase la primera piedra.
Margarita rompió el silencio, diciendo cariñosamente:
—¿Qué es de usted? Vivimos bajo el mismo techo, y apenas nos vemos. Estos días, los preparativos del baile, el bullicio de la fiesta, le han alejado de nosotros; pero también usted es tan excesivamente inclinado a sus soledades y sus estudios, que nunca se le ve. De los convites, aun de los más íntimos, siempre se excusa; en habiendo alguien de fuera, desaparece usted como por encanto. Y usted, sin embargo, no es huraño, sino cariñoso, afable. Vamos, siéntese usted, aquí, a mi lado, y hablemos.
Obedeció Lázaro, y, acercando otra butaca como la que ella ocupaba, dijo:
—Mucho agradezco a usted, duquesa, las deferencias con que me distingue: tan sinceramente le estoy reconocido por ellas, que aunque el deber y el sacerdocio no me lo impusieran, sentiría por Vds. verdadero cariño, profundo deseo de ser útil, verdaderamente útil, en esta casa, donde se me ha recibido con los brazos abiertos.
—Todos le queremos a usted de veras. Mi marido y yo le aprecíamos en lo que vale; y en cuanto a Josefina, puede usted estar seguro de que, si fuese necesario defenderle, con dificultad se encontraría abogado que tomara la cosa más a pechos.
—Yo también me haría defensor suyo si ella lo hubiera menester; pero está en una edad en que antes necesita guía que defensa. ¿Quién puede pensar en hacerla daño? Eso sí, si sucediera, si alguien cometiera con ella una mala acción, lucharía con todas mis fuerzas por salvarla.
—Afortunadamente, replicó la dama, estamos seguros de que nadie la quiere mal; por el contrario, si algún disgusto hemos de prever, será de los que puedan ocasionarla los que aparenten quererla bien. ¡Está en una edad tan peligrosa!
—Tiene usted razón, duquesa; de los que aparenten amarla, de los que deben estimarla en más, es de quienes hay que guardarla. Los encargados del mayor bien son, con frecuencia, los que producen el mal mayor.
El cura dijo esto con la voz algo temblorosa, casi sin calcular el alcance de lo que decía; en parte ávido de arrostrarlo todo por la engañada niña, y en parte temeroso de que su inexperiencia en los discreteos inutilizara su buen deseo.
Ella, sin extrañar precisamente semejantes frases, sintió cierta sorpresa desagradable al escucharlas; pero pensó que a veces casualmente se dicen cosas que parecen intencionadas.
—Tiene usted razón—añadió;—es necesario velar sin descanso y muy de cerca por las hijas cuando están en la edad de la mía; pero también es preciso convenir en que los deberes que la vida social impone, el trato con diversas gentes, tanto vivir fuera de casa y tanta facilidad en escuchar lo malo, hacen el deber más difícil.
—Eso mismo ha de aumentar la vigilancia y acrisolar el consejo, duquesa; pero cuando son tales las condiciones de la vida; cuando la atmósfera de fuera llega a viciar el ambiente de la casa, créame usted, entonces es cuando hay que ponerse en guardia contra aquello que debía inspirar más confianza.
—¿Qué quiere usted decir con eso? ¿Que la educación de mi hija está vaciada en un molde torpemente labrado? Quizá tenga usted razón. Mil veces he pensado que para nosotras, el educar a las hijas es asunto más difícil que para las familias de la clase media y las mujeres del pueblo. Primero los cuidados mercenarios del ama, luego la hipocresía del convento, después la inútil compañía de un aya extranjera, más tarde la libertad de los salones, las emociones del teatro, la tentación por el espectáculo del mal....
—Y rara vez,—interrumpió el cura,—el ejemplo de la virtud.
—Felizmente Josefina es una de esas naturalezas que repugnan instintivamente lo torpe. No es necesario esforzarse mucho para que lo aborrezca, y si lo fuese, usted nos ayudaría a ello. Un hombre de corazón, un sacerdote, ¿quién mejor?
—Pues crea usted, duquesa, que ni el hombre de corazón ni el ministro de Dios podrían aliviarla el peso de su santa tarea. Los medios que tiene para guiarla bien son infinitos; pero usted, usted sola puede emplearlos. Aunque mis hábitos me hagan como enviado del cielo, mi palabra siempre será palabra humana, y para una hija sólo es divina la palabra de su propia madre.
La hermosa y noble faz de Lázaro se iluminó con esa satisfacción intensa que produce la resolución inquebrantable de vencerse a sí mismo por amor al prójimo.
La duquesa, que ya empezaba a desasosegarse, esquivó las miradas del capellán. Su lenguaje era inesperado. ¿Qué decía aquel hombre? ¿Tenían realmente intención sus advertencias, o era que ella a sí misma se acusaba adaptando a la situación el sentido de cuanto hablaba el cura?
Hubo un instante en que callaron ambos: él, por temor de ir más allá de lo prudente; ella, por no escuchar sin provocarlas cosas como las que acababa de oír.
—Vengamos a lo que motiva esta entrevista, dijo de pronto Margarita. Le he llamado a usted para algo que se relaciona, en cierto modo, con nuestra conversación, según el giro que ha tomado, y se lo diré en dos palabras. Cuando llegó usted a casa creímos que el capellán era demasiado joven.... no se ofenda usted...: estábamos acostumbrados a la frente rugosa, a las canas del pobre viejecito que le precedió. Después hemos visto que el carácter suple en usted lo que otros adquieren a fuerza de años; y, francamente, nadie hubiera creído que pueda infundir tanto respeto quien cuenta todavía tan pocos. Al principio el cuidado de la capilla, la misa de los domingos y el reparto de las limosnas.... no hizo usted más. Luego usted mismo nos ha ido convenciendo de que teníamos en casa una joya, de que podíamos confiarnos a usted bajo todos conceptos....: Josefina y yo nos confesaremos en adelante con usted: esto es lo que tenía que decirle.
—¡Conmigo!—exclamó Lázaro poniéndose en pié, y sin poder reprimir su asombro.
—¿Y por qué no? ¿Se niega usted? No creo que el depósito de nuestras culpas pueda abrumarle. A Josefina, ya la conoce usted: tendrá usted, quizá, que desvanecer errores, esquivar preguntas, eludir respuestas, y hasta, en obsequio a su pureza, mentir algunas veces aparentando ignorancia de lo que no deba saber; pero no se verá usted obligado a resolver problemas ni perdonar graves faltas. Y en cuanto a mí, me dará usted buenos consejos, ahorrándome algunas amarguras. Yo, que parezco tan alegre, lloro a solas como si dentro de mí tuviera algo malo de que pudiera librarme con el llanto. Llorar es nuestra defensa, con frecuencia nuestro recurso, el mayor encanto de la mujer, siempre nuestro verdadero consuelo. Pero ¡qué diferencias establece el tiempo! Hay una edad en que el dolor se disuelve en las lágrimas como la sal en el agua; después, aunque se llore, también se sufre, y al fin ya no se llora, pero se sigue padeciendo.
—Eso será, repuso Lázaro, si el dolor procede de la culpa, como ponzoña que se destila de fruto venenoso, que mientras el sufrimiento no está manchado de delito ni tiene sabor a remordimiento, cuando es puro, no faltan lágrimas en que anegarle. ¿Ha visto usted esas flores que, arraigadas a la orilla de los ríos, parecen prolongar su tallo si las aguas aumentan, sobrenadando siempre? Pues semejante a ellas es la pureza del alma: no hay lágrimas bastantes para ahogarla. Nunca llega el corazón a endurecerse tanto que se le pidan en vano; más duras son las peñas de los montes, y de entre sus grietas surgen los manantiales.
Margarita escuchaba confusa. Era indudable que aquel hombre conocía su delito. Lo que la había dicho ya era algo; pero el modo de decírselo no podía ser más expresivo ni elocuente.
Estaban cerradas todas las puertas; el gabinete envuelto en las tintas pálidas del ocaso; los brillos de las sedas y el relucir de los metales amortiguados por la creciente sombra; la luz escasa parecía aumentar las distancias robando la forma a los objetos, y la mancha negra del ropaje del cura junto a la esbelta figura de Margarita, parecía absorber toda la claridad que penetraba por el ancho hueco del balcón.
De repente, hacia la puerta que conducía a las habitaciones de Josefina, se oyó el crujir de un vestido de seda que rozaba contra el muro: era que la niña venía al cuarto de su madre.
Lázaro se puso en pié, indicando a la duquesa con los ojos el ruido de los pasos que se acercaban, y ella bajó calladamente la cabeza. La mirada del hombre no pudo hablar mejor; el silencio de la mujer no pudo decir más.
Al entrar Josefina estrechó a Lázaro la mano y abrazó a su madre. De allí a poco el cura y la niña conocieron que Margarita quería estar sola, y saliendo cada uno por distinto lado, la dejaron.
XII.
A sí llegó para Lázaro el momento decisivo de la lucha, el instante supremo en que las vacilaciones y las dudas habían de resolverse, informando en uno u otro sentido una resolución que decidiera de su vida.
La inexperiencia de la edad y la docilidad de la ignorancia le hicieron, casi niño, aceptar con alegría una misión, a la cual pensó dedicarse por completo, consagrándola la actividad de la inteligencia y el entusiasmo de la fe. Los que labraron su espíritu le hallaron dúctil y obediente para recibir las doctrinas de lo pasado, que fueron amoldándose a su pensamiento como el líquido al vaso. Nunca hubo hombre colocado en mejores condiciones para cumplir debidamente las exigencias de su sagrado ministerio. Aún resonaban en su oído las palabras del Obispo cuando llegó a la corte y penetró en la vida moderna, no para llevar la agitada existencia del que vive al día, sin saber hoy dónde comerá mañana, sino para pasar las horas tranquila y reposadamente, sin más cuidados que cumplir con el formalismo y las exterioridades necesarias de una casa donde el capellán era un artículo de lujo. Tuvo a su disposición un templo, de que vino a ser señor y dueño. Fue libre de día para sus obras de caridad, facilitadas por la liberalidad de los duques; fue libre de noche para las meditaciones y los rezos; ninguno tendió redes a su buena fe, ni lazos a su tranquilidad; no hubo de luchar con nadie, y, sin embargo, su espíritu se volvió contra los que le enseñaron; su vida fue agitada, y su entusiasmo decayó lentamente. Sin olvidar los consejos del Obispo, llegó a entenderlos como inspirados por un ideal distinto; dejó que sobre los altares de la capilla fuese posándose el polvo de la incuria; la caridad sirvió para amargarle con el espectáculo de las miserias sociales; las oraciones fueron trasformándose en las impías preguntas de la duda; las noches cedieron al insomnio; perdió la paz del alma, y sin faltaren nada voluntariamente a sus promesas, vio moralmente quebrantados sus votos. La misión que le impusieron y él aceptó confiado en leales propósitos, llegó a parecerle tarea superior a sus fuerzas, y como el acero brillante puesto al fuego va oscureciéndose y empavonándose con tonos apagados, su ánimo juvenil y ardoroso fue sintiendo trasformarse los bríos en decaimiento y flojedad. Cuando llegó a convencerse de que no podía ser feliz, todo le pareció imposible, todo mentira.
El amor resumía todas sus ambiciones antes cifradas en la perfección religiosa, y precisamente cuando su conciencia rechazaba con más vigor lo que antes adoró, fue cuando las circunstancias le obligaron a adoptar una resolución que fijara definitivamente el sentido y la norma de su vida.
El conflicto se le presentó entonces bajo la forma de un dilema inflexible. Romper con el pasado, o borrar de su porvenir la esperanza. Confesar el error franca y honradamente, o seguir siendo sacerdote de un ideal en que ya no creía. Ser un farsante despreciable a sus propios ojos, o un renegado para el mundo, porque la sociedad transige con todas las deserciones y todas las apostasías, pero no tiene piedad para la abjuración del clérigo. Abjurar, o resignarse.
Lo primero sería aventurarse a la lucha contra el mundo; lo segundo, envilecerse. ¿Hasta dónde podían precipitarle las consecuencias de una abjuración? Era imposible calcularlo. Nadie debe echar cuentas sobre la maldad humana. ¿A qué grado de bajeza moral le arrastraría la abdicación de su propia dignidad? Ya se lo había dicho la duquesa: tenía que confesar a Josefina.
¡Confesar a la mujer que amaba! Es decir, emplear en provecho puramente humano y egoísta el prestigio de la Religión. Valerse de la autoridad del sacerdote para escudriñar un corazón que como amante no podía sondar, utilizando su sagrada investidura en sorprender los secretos que le estaban vedados como hombre.
Otro cualquiera podría estrechar entre sus brazos la gentil figura de la niña, arrodillarse a sus pies, aproximar los labios a su oído, estremecer su alma con palabras de amor, y sorprender sus dudas virginales ingenuamente dichas, envueltas en pecadillos cometidos con algo de malicia, y revelados más con el rubor que con la frase. Pero él habría de lograrlo por otros medios. Ella tendría que venir a buscarle, como penitente, entre la oscura lobreguez de un templo, al triste y fatigoso resplandor de los amarillentos cirios; caería de rodillas a sus pies, y le hablaría avergonzada a través de tupida y mugrienta celosía, oculto el rostro con el espeso velo y acobardado el ánimo por el terror religioso. Las palabras saldrían de su boca indiferentes o medrosas, y él, que debía escucharlas como ministro de Dios, se embriagaría con ellas, aspirando el grato aroma del fruto prohibido. Los labios de la mujer quedarían detenidos ante la rejilla de madera; pero su aliento, penetrando en los oídos de amante, le agitaría el cerebro con una conmoción nerviosa, fingiéndole las ardientes caricias de la tierra cuando debía pensar en las dulzuras inefables del cielo.
Su alma sufriría dos tormentos en un solo suplicio, deseando como enamorado lo que le mancillaba como sacerdote. El corazón y la conciencia libraban en su espíritu el mismo combate que antes riñeron la fe y la duda; pero el desenlace no podía ser igual. Sus creencias habían ido muriendo lentamente, día tras día, hora tras hora, como plantas creadas en la vida artificial y falsa de una estufa que de repente se sacan a la abrasada luz del sol y al frío azote de los vientos. Su corazón había de ser vencido por un imperativo de la voluntad, y su amor extirpado cruelmente como raíz que se arranca de cuajo con violenta mano.
El problema aparecía a sus ojos cada vez más claro, irresoluble siempre. No basta al hombre querer vencerse: es necesario que le dejen en condiciones de hacerlo. Pero Lázaro era de esos seres extraordinarios en quienes es virtud la intransigencia, porque, firmes en la moral de su derecho y lógicos consigo mismos, someten la voluntad a la razón, prefiriendo antes la propia estima que la hipócrita y baja transacción con el error ajeno.
XIII.
Cerró la noche lluviosa y triste. Por los balcones del palacio de los duques empezaron a divisarse, tendidas en doble fila a lo largo de las calles, luces de gas temblorosas y amarillentas, que se reflejaban como en un espejo en las húmedas losas de las aceras. Los caballetes de los tejados, las buhardillas, las chimeneas, destacaban las líneas de sus macizas sombras, bruscamente interrumpidas y dominadas por los negros contornos de las altas torres de los templos. En alguna ventana se veía lucir tras los vidrios mojados la pálida llama de una lámpara, y por cima de los edificios notaba esa claridad indecisa que anuncia desde lejos el asiento de las grandes ciudades. Las calles estaban enlodadas, los jardinillos de las plazas encharcados con el continuo gotear de las ramas de los árboles, cuyas hojas aparecían como barnizadas por la lluvia. El rodar de los coches y el chocar de los herrados cascos sobre el piso desigual y duro, formaban un ruido monótono, constante, que rasgaban de improviso los gritos de los vendedores, los pitos de los tranvías o las agrias notas de alguna murga que, refugiada en un portal, daba tormento a sus instrumentos de cobre enfundados en sacos de percalina negra. En las puertas y sobre las muestras de las tiendas brillaban los reverberos o las bombas, proyectando resplandores enérgicos que se derramaban profusamente en los escaparates llenos de sedas, objetos de nikel, cueros labrados, fotografías, frascos, botellas, estuches, corbatas, joyas, libros y cuanto el trabajo produce para que lo consuman las necesidades o la vanidad humana. Bajo los faroles, al borde del arroyo, las chulas y los granujas voceaban periódicos y décimos de lotería. Al atravesar de unas a otras aceras, las mujeres se levantaban la falda, más cuidadosas algunas de enseñar el pié que de resguardar los bajos. En las esquinas inmediatas a los talleres de modistas esperaban los estudiantes y los viejos verdes, acariciando en el bolsillo los billetes para ver una pieza en Eslava, o las entradas de favor para bailar en La Sutil. Ante las iglesias, cuyas campanas tañían sin poder sofocar los ruidos de las calles, esperaban el fin de la novena las berlinas de las grandes damas con los caballos engallados y los cocheros cubiertos de largos impermeables. Por todas partes reinaba la agitación confusa, animada, casi febril, que forman el continuo vaivén de los que vuelven de paseo o salen del trabajo con los que no hacen nada, yendo de un lado para otro, como seguros de tropezar alguna vez con la fortuna sin preocuparse de buscarla.
Lázaro, apoyados los codos en el antepecho de una ventana de su cuarto, y hundido el rostro entre las palmas de las manos, sentía llegar hasta su oído por cima de las enramadas del jardín el rumor sordo y constante que se alza de la villa y corte en las primeras horas de la noche; rumor semejante al ronco y prolongado rugir de una fiera que se estira y se espereza antes de tumbarse a dormir.
Escuchando aquellas voces engendradas por el movimiento y la actividad de la vida moderna, pensaba que en el ancho seno de la villa, tras cada balcón, en cada casa, al resplandor de cada luz, al volver de cada esquina, habría quien padeciese torturado por propias y punzantes penas; pero que nadie sufriría un dolor tan hondo y acerbo como el suyo.
Era llegado el momento de poner por obra su firme y decidido propósito. Había sonado la hora de abandonar para siempre aquella casa, y antes de dejarla quería abarcarlo, condensarlo todo por última vez en una despedida que grabase en su memoria los rasgos indelebles de cuanto allí le había rodeado mientras vivió cerca de ella.
Miró al jardín. Entre las ramas de los tilos vio brillar, lavados por la lluvia, los cristales de la estufa, donde tantas veces hablaron de cosas indiferentes que ahora le parecían dignas de recuerdo eterno. Hacia la izquierda de la enorme adelfa que extendía como múltiples brazos sus ramas cargadas de flores, estaban las sillas y la mesita de hierro, junto a las que la espió tantas veces, bordando ella, devorándola él con las pupilas dilatadas, mientras el airecillo juguetón levantaba la flotante bata de la niña hasta descubrir su primoroso pié, o desprendía del talle el pañuelo de finísimo estambre. Un poco más lejos estaban, reunidos en un solo plantío, erguidos sobre sus esbeltos troncos, los rosales de la Malmaison y Alejandría, que Josefina cuidaba para engalanarse luego con las rosas que ella misma había regado. Todo pronunciaba su nombre, y, por extraña casualidad, el único balcón en que había luz era el suyo.
Una idea imprudente, avivada por un deseo incontrastable, se apoderó entonces de Lázaro. Quiso, antes de partir, ver el cuarto de Josefina, tender la mirada sobre cuanto la pertenecía, tocar lo que ella tocaba, vivir un instante en el sagrado recinto que cobijaba su sueño, y recoger, tal vez con la imaginación extraviada, el eco de alguna palabra de amor perdida entre los cortinajes del lecho virginal. Quería llegar hasta el santuario del único ídolo en que siempre había de creer, porque era el solo a que no podía tocar.
Eran más de las diez de la noche, y los duques, que se habían marchado con su hija a la ópera, no volverían probablemente hasta muy tarde. El jardín estaba oscuro, desierto; no se percibían más ruidos que el caer continuo de la lluvia sobre los enarenados paseos y las alegres risotadas de la murmuración de la servidumbre que comía reunida en una cocina de la planta baja.
Lázaro, conociendo que tenía el campo libre y seguro, se aventuró a satisfacer su capricho. Bajó al jardín, lo atravesó andando casi de puntillas, y subió desde el vestíbulo a las habitaciones de los duques, llevando las manos delante, como quien se arriesga a oscuras y sin guía por un terreno poco conocido. El rumor de sus pasos quedaba apagado por la tira de tupida alfombra extendida a lo largo de los corredores. Al final de uno de ellos, el punto luminoso que brillaba en el ojo de una cerradura le indicó el cuarto de Josefina. Avanzando entonces confiadamente, posó la mano temblorosa sobre el pasador de la puerta, y, seguro de la impunidad de su osadía, abrió de pronto.
Una lámpara olvidada sobre la chimenea de mármol blanco esparcía tenues resplandores, filtrados a través de una bomba de cristal esmerilado, que, reproduciéndose en la luna de un gran espejo, duplicaba la imagen de la luz sin aumentar la claridad. En el centro de un veladorcito de ébano, cubierto por un tapete de seda con flecos de colores vivísimos, había un joyero de porcelana vieja de Sevres, y en el cóncavo de su copa varias horquillas, una sortija y una estrecha cinta tejida con raso de dos tonos, rosa y blanco. Tirado sobre la larga silla de reposo había un traje de calle con sus menudos tableados de seda, sus volantitos estrechos y sus largos lazos anudados como al descuido. Los frasquitos de perfumes y los acericos de encaje estaban desordenados en el tocador; y en la ancha jofaina de blanca porcelana, el agua conservaba todavía las blancas espumas y las irisadas burbujas del jabón. Caído al pié de una silla había un peinador de batista, y medio ocultas por sus huecos pliegues unas botitas de raso negro con pespuntes blancos. Puesto en el borde de una mesilla que sostenía algunos libros ricamente encuadernados, se veía un espejo de mano con mango de marfil. Era el amigo más íntimo, el abogado consultor de la niña, el que decidía sin apelación del efecto de los peinados. Un poco más allá de las columnas que separaban el gabinete de la alcoba, estaba la cama con las cortinas cerradas y caídas, como se oculta tras un velo sagrado el ara de una diosa. En la penumbra de un rincón se alzaba un mueblecito maqueado, con sus flores de nácar y sus cajoncitos entreabiertos, dejando caer hacia fuera algún trozo de encaje, alguna madeja de estambre. El atril del piano sostenía un grueso y manoseado tomo de melodías de Schubert, y de uno de sus candelabros colgaba, suspendido por el elástico de goma, un precioso sombrerillo de raso pálido, con plumas coquetamente rizadas y anchas cintas de seda algo ajadas en el sitio donde se formaba el lazo. Delante del balcón había una jardinera con flores de trapo admirablemente fingidas, y en su centro se alzaba una jaula, cárcel de dorados alambres, donde, oculta la cabecita bajo el ala, dormía un canario de Holanda, su mejor amigo, casi el rival del espejito de marfil.
La luz tranquila, que caía como una caricia sobre cuanto iluminaba, parecía hacer visibles a los ojos del espíritu el silencio y la soledad de aquella estancia, y ese excitante aroma desprendido de cuanto usa la mujer hermosa y limpia impregnaba la atmósfera de efluvios como formados con emanaciones de flores extrañas y aliento de bellezas soñadas. Había allí algo poéticamente sensual, cuya influencia era tanto mayor cuanto más puro era su origen.
Lázaro tendió la vista en torno suyo, aspirando con fuerza aquel ambiente embriagador, cual si quisiera asimilarse algo de lo que la pertenecía. El espíritu y la materia, lo casto y lo lascivo, le hablaban embargando su alma y sus sentidos. Cada objeto le decía una frase, de cada observación brotaba un deseo, y a lo más puro sucedía lo más humano. Unas cosas engendraban sentimientos dulces y tranquilos que confundían el amor con la adoración: otras hacían surgir tercos e insaciables los lascivos impulsos de la carne. Sus ojos lo escudriñaron todo.
—«Aquí se viste.... aquí vive.... aquí se peina.... aquí duerme.... aquí sueña!.... En esa almohada reclina su cabeza.... este armario guarda sus secretos.... aquél es el perfume en que humedece sus rizos. Allí están la imagen a quien reza la plegaria cortada por el sueño, y las sábanas a cuyo frío contacto se estremece su divino cuerpo.»
En su cerebro, extraviado por la plétora de vida, empezaron a dibujarse las exigencias de un nuevo deseo. Sintió algo parecido a los primeros vapores de la embriaguez. Quería esconderse, esperarla, escuchar cómo se acercaba desde lejos el coche que la traía, oír el ruido de sus pasos, el crujir de su falda en las salas contiguas, y verla entrar por fin, como presa ofrecida al apetito brutal de sus sentidos.
De pronto alzó los ojos, y en la luna del espejo vio reproducida su figura sombría y triste como una nota discordante con cuanto le rodeaba. Su sotana era una mancha negra caída sobre la clara alfombra, los rasos y las sedas de brillantes tonos. Parecía una mortaja tirada sobre un macizo de flores. La mirada del hombre se cruzó con la de la imagen reflejada, y sus propias pupilas le preguntaron asombradas con mudo y terrible lenguaje:
—«¿Qué haces aquí? El ciego debe ignorar que hay sol. El paraíso no existe para el réprobo. Para ti no hay amor.»
La voluntad sofocó el grito de la imaginación, tantas veces culpable a despecho de la conciencia, y Lázaro salió de aquél cuarto para tornar al suyo, como quien vuelve de los encantos de un sueño al rudo contacto de la realidad.
XIV.
Se encerró cual si tuviera miedo, atrancó cuidadosamente el balcón, y sin hacer ruido fue alzando la trampa que ocultaba el hogar de su chimenea.
A duras penas, con un mal cuchillo, hizo astillas la peana en que se sostenía la santa imagen puesta a la cabecera de la cama, colocó en el hogar los pedacitos de madera carcomida, y en torno suyo fue agrupando, apoyándolos sobre las tapas mugrientas y sobadas, los libros de rezo, las obras sagradas, los accesorios de sus trajes sacerdotales, los alzacuellos, los rosarios, todo lo que podía recordarle aquel pasado que hubiera querido aniquilar de un solo golpe. Arrancó después algunas hojas de un breviario, retorciéndolas tranquilamente entre las manos, y sin vacilar un punto, impasible, sereno, las encendió en la lámpara, prendiendo con ellas los combustibles hacinados.
Una llama pálida lo rodeó todo; enrojeciéronse rápidamente las astillas; las voraces y azuladas lenguas de fuego atacaron las compactas páginas de los libros, y a los pocos momentos, una llamarada de resplandores vivísimos iluminó el cuarto, ofuscando la apacible luz de la lámpara, y proyectando una siniestra claridad de incendio sobre la figura de Lázaro. Todo ardía. Los cantos de los tomos parecían haces de aristas encendidas, cada hoja era una línea, y unas caían sobre otras, torciéndose, quebrándose, hasta romperse como gavillas abrasadas. Los pliegos sueltos ardían rápidamente consumidos a un solo embate de la llama, y en su lugar quedaba una película negra, ingrávida, escrita con caracteres de fuego, que se iban extinguiendo poco a poco. Las chispas rodaban sobre los volúmenes hasta hacer presa en ellos, y sus puntos rojizos, agitándose como larvas ardientes, roían las hojas antes que se cebara en ellas la enfurecida llama. Las tapas y las cubiertas empezaban a retorcerse. Los pergaminos se abarquillaron, crujiendo y chasqueando, y las pavesas, absorbidas del foco de la hoguera, volaban envueltas en una nube de humo hasta desaparecer por el cañón de la chimenea.
¡Cuánto hubiera dado Lázaro por trocar en cosa tangible su memoria, para destruirla también! Cuando el hombre abjura de sus errores, debía tener el derecho de olvidarlos.
En el hogar, momentos antes encendido, no quedó de allí a poco más que un montoncillo de cenizas, y envueltos entre su tibio rescoldo se veían relucir los broches de un libro de horas, y los alambres del metálico engarce de un rosario.
El sacrificio estaba consumado. La conciencia de Lázaro se resistió siempre a darle el nombre de apostasía.
Entonces vinieron a consolarle esas ficciones engañosas que uno se forja en las grandes amarguras de la vida, falsas esperanzas que no han germinado al calor de la ilusión o del deseo, sino que llegan con paso tardo y torpe, rebeldes a la voluntad que las evoca: entonces los recuerdos tomaron formas de esperanzas, y no concebidas fríamente por el cerebro, sino brotadas del fondo de su corazón, Lázaro sintió llegar a los labios una idea que se tradujo en una palabra amorosamente pronunciada. Todo su porvenir estaba condensado en ella.
«¡La aldea!»
A la mañana siguiente el barro del jardín guardaba impresas todavía las huellas de Lázaro, indicando el sitio donde había escalado la verja para huir, como un ladrón, de aquella casa, donde era tenido casi por un santo.
XV.
Salió de la corte en un tren mixto, que se arrastraba torpemente como reptil enorme condenado a recorrer siempre el mismo camino, saludando con silbidos estridentes los mismos lugares, deteniéndose ante los mismos sitios, hasta que al cabo de veinte horas de viaje llegó a la estación más cercana a su pueblo, para ir al cual había de atravesar una dilatada llanura, a cuya extensión ponían límite varias colinas que se divisaban a larga distancia, veladas por flotantes brumas.
Alzábase cerca de la estación una venta con honores de posada, y junto a su puerta, sentados en torno de dos mesillas mugrientas e inseguras cubiertas de jarrillos de vino, bebían y vociferaban hasta media docena de arrieros y zagales. Lázaro cruzó ante ellos sin detenerse, pidió albergue, ajustó una mula para ir hasta su pueblo al otro día, y, encerrándose en un estrecho cuarto, se dispuso a pasar la noche.
Caía la tarde. Por la ancha ventana que iluminaba la habitación se distinguían a lo lejos, oscureciendo con sus enormes sombras la incierta luz crepuscular, los picos de la vecina sierra envueltos entre vapores débilmente violados y azules. En primer término, las tapias llenas de carteles de colores y las vallas de la estación dibujaban con líneas de intenso negro sus contornos. Los rails, abrillantados por el continuo roce de las ruedas, se alejaban hasta perderse en la revuelta de una curva. El polvillo del carbón oscurecía la tierra, marcando las huellas de los carros, y a unos trescientos metros de donde paraban los trenes, indicando la entrada en agujas, empezaban a brillar los farolillos rojos y las señales de la vía.
Frente de la ventana, a regular distancia del corralón de la posada, contrastando su fábrica de piedra con el maderaje y los tablones de que estaba formada la estación, había un edificio, rico en otro tiempo, a la sazón ruinoso, pobre, y sobre todo triste, como si su inerte mole fuera capaz de presentir la grandeza del rival que allí cerca y en pocas semanas alzaron unos cuantos hombres. Era una antigua iglesia, reconstruida sin criterio fijo, restaurada muchas veces, y que hasta en los más pequeños detalles acusaba gustos de distintas épocas o caprichos de los piadosos donantes que facilitaron fondos con que sostener en pié aquella amalgama en que parecían haber tomado cuerpo los desvaríos de un arquitecto loco.
Todo el que dio dinero para la obra imprimió en ella algo de su capricho o su ignorancia. Tenía rejas del Renacimiento, adaptadas a huecos ojivales; vanos trazados sin tener en cuenta la ponderación de las fuerzas, masas aglomeradas donde faltaba resistencia. Hasta la Naturaleza, a veces caprichosa, había añadido un sarcasmo a tanta burla, dejando brotar en la cornisa y enlazarse con las labores de la alta crestería, muchas de esas florecillas de un amarillo sucio que crecen en la frente de las ruinas como coronas funerarias puestas por el tiempo sobre aquello mismo que destruye.
Daba acceso al edificio un arco gótico de relieves esculturales, con santos puestos en mensulillas esculpidas, cubiertos por doseletes calados, decorados con profusión, pero desconchados y rotos. No quedaba apóstol sano, ni evangelista entero, ni virgen intacta, ni mártir respetado por las salvajes pedradas de los chicos. Los báculos, las mitras, los atributos y animales simbólicos estaban horriblemente mutilados; dos o tres Padres de la Iglesia estaban desnarigados.
Lázaro, puestos los codos en el antepecho de la ventana y apoyado el rostro entre las manos, miraba distraído las bandadas de pájaros que, volando sesgadamente en torno de la vieja techumbre, venían a guarecerse en los intersticios de las tejas, y sentía que, tan rápidas como ellos, pero menos alegres, sus reflexiones iban trayéndole a la mente, en invasión desordenada, revueltas con las tenaces preguntas de la conciencia, las inseguras disculpas de la razón; y al par que cada pensamiento le mostraba sus ilusiones muertas para siempre, en nada descubría apoyo de consuelos presentes o vislumbre de esperanzas futuras.
—Todo ha concluido. ¿He hecho bien? ¿He hecho mal? ¿Por qué no experimento la dulzura inefable que dejan las resoluciones honradas? Me he vencido: mi voluntad, domando los impulsos torpes, ha preferido a la hipocresía la sinceridad. Si cuanto creí era falso, mi alma se hubiera corrompido al contacto de la mentira; si era cierto, la oración se habría manchado al pasar por los labios del impío. Tan despreciable es a mis ojos el incrédulo que finge devoción, cuanto es infame el creyente que blasfema de lo que tiene por santo. No quise que la duda me arrastrase al cinismo. He aceptado la desdicha por no doblegarme al envilecimiento, y, huyendo de reconocerme perjuro, he parado en ser apóstata. He sido para la fe soldado leal y amante sin falsía; al dejar de amarla no he querido mentirla, que el corazón luego desprecia lo que prostituye. Plegaria que la vacilación suspende, frase de cariño que con el pensamiento se aquilata, ni entrañan fervor, ni acusan sentimiento. La religión y la mujer quieren al hombre todo entero: una para creer, nos ciega; otra para amar, nos ofusca: ambas transigen con el olvido antes que con la indiferencia, y para ellas en el menor desfallecimiento hay perjurio, en la más pequeña falta de entusiasmo hay engaño.
Ya no volveré a verla. Creyente o renegado, no debe existir para mí. Emblema vivo de la dicha, la he visto y la he sentido gozando, masque por la contemplación de su hermosura, con los presentimientos en que el alma adivinaba las dichas que pudiera darme. Y hoy, negada para la realidad, imposible para el logro, aún creo que puede ser eterna para la esperanza, cual si en mi ser se acrisolara lo que de terrenal me inspira, hasta trasformarse y fundirse el deseo del cuerpo en aspiración del alma. Su frente, que nunca habrá de reclinar sobre mi hombro; su boca, que mis labios no besarán jamás; el brillo intenso y profundo de sus pupilas negras, todo lo que sin haber llegado a conseguir juzgo perdido, me parece infamemente arrebatado al empezar a poseerlo. Recuerdo como pronunciadas las palabras que soñé para dichas por ella junto a mi oído; la imaginación se finge las amorosas respuestas, la memoria quiere engañarse a sabiendas, y los antojos de la fantasía se confunden con las reminiscencias de la realidad.... Ya no tendré estímulo para el bien, ni energía contra el mal. Ser algo por amor suyo me hubiera quizá impelido a serlo todo; ambicionar lejos de ella, es caminar sin término, pensar sin juicio, tender el vuelo a los espacios sin que la mente sepa dónde ha de hallar descanso la esperanza.
Así pensaba Lázaro, absorbido por sus cavilaciones, mientras la trémula claridad de los últimos instantes de la tarde iba dejando libre el paso en la atmósfera a las primeras sombras de la noche. Las formas de las cosas se desvanecían, perdidas poco a poco en la incertidumbre de la naciente oscuridad, y los contornos de árboles, caseríos, lomas y plantíos iban desvaneciéndose, permitiendo apenas destacar sus negras masas entre los espirantes resplandores del día.
Entonces, hendiendo el aire pausada y dulcemente, llegó hasta los oídos del cura el tembloroso tañer de una campana, cuyas voces debilitaba la distancia, confundiendo con sus propios sonidos las huecas repeticiones de los ecos.
—¡La oración! dijo Lázaro. ¡Si pudiera rezar!
Se levantó movido de secreto impulso, bajó al zaguán, salió hasta el campo, y como quien no pierde por la precipitación idea del sitio donde va, cruzando tierras sembradas, se fue hacia la iglesia que desde la ventana de su cuarto había visto.
Llegó hasta ella rendido y sin aliento, que el bien, aunque sea fingido, cuesta caro, y parándose primero ante la puerta cerrada del templo, rodeó después el edificio a grandes pasos, buscando inútilmente entrada franca para la casa de Dios. Mas hallándolo todo inútil a su empeño, vino a dar junto a una casuca estrecha, miserable, contigua a la iglesia, unida a ella por las tapias de un huerto, y que parecía ser morada del cura que cuidase el sagrado edificio.
Avanzó resuelto, y cogiendo con mano trémula el aldabón de hierro que pendía de la puerta, dio un recio golpe, que, retumbando en la desierta nave de la iglesia, fue devuelto en seguida por los ecos más prolongado y más nutrido. Entonces los pájaros cobijados entre las hendeduras de los sillares desquiciados, en los relieves de los frisos, en las estatuillas de piedra y las hojarascas de granito, se alzaron en medroso enjambre, yendo fugitivos y asustados a perderse en la altura o a refugiarse rastreando por los cercanos trigos.
—Así han huido, se dijo Lázaro, mis esperanzas; pero estas aves tornarán al nido antes que la noche cierre, y las ilusiones no volverán jamás al alma mía.
Nadie contestó al golpe. El edificio estaba abandonado y mudo. La campana cuyos tañidos llegaron hasta Lázaro, era la que en la estación servía para marcar las horas del trabajo.
De allí a poco rasgó los aires el pito de una locomotora que venía lejana, y confundidos con su penetrante silbido empezaron a escucharse cercanos los alegres cantares de los obreros que volvían de su ruda tarea.
Era inútil rezar. A un lado estaban la soledad, el egoísmo indiferente de todo lo que se siente morir, la puerta del templo cerrada para siempre; al otro lado bullían y se agitaban los símbolos del porvenir, de la esperanza y de la vida.
La Iglesia es como esas queridas desdeñosas que nunca vuelven a recibir entre sus brazos al que una vez se aparta de ellas.
Lázaro se volvió pensativo a la posada. Había comprendido aquella coincidencia extraña que le dio clara idea de su situación.
Al entrar en la venta vio, iluminados por la rojiza llama del hogar y las amarillentas luces de un velón, los arrieros y mozos de muías que descansaban en torno de la lumbre, jugando con barajas abarquilladas y sebosas, apurando vasos de vino.
Otros más descuidados o menos resistentes al trajinar del día, dormían a pierna suelta encima de los arcones de la cebada y tumbados sobre las mantas y albardas de las bestias.
Lázaro los contempló un instante, y pensó que el sueño del ignorante suele ser, por una injusticia que subleva, más sosegado y tranquilo que el del justo.
XVI.
Por un camino real que atraviesa los campos de Castilla rayanos con Andalucía, jinete en una mula parda, mal esquilada y sucia, va un hombre joven y de hermosas facciones, pero ojeroso, triste, pálido, callado, dejando al animal que arregle a su capricho el paso, sin hostigarle con espuela ni palo.
En el cielo, de un azul purísimo, no flota la más ligera nube. El aire, diáfano y trasparente, permite ver a grandes distancias las formas de las cosas, y el humo que se escapa de alguna choza perdida en la llanura, sube vertical y tranquilo a desvanecerse en la límpida atmósfera, sin que el más tenue soplo le conmueva. Algún ventorrillo, con su rama seca colgada, ante el portón, ofrece de trecho en trecho al caminante el cochifrito o el tasajo, compañeros del vino, y a lo lejos se extiende hasta perderse la blanca cinta del polvo de la carretera, manchada sólo por los excrementos de las bestias, o hendida por las pesadas llantas de los carros. Dilátanse a uno y otro lado las estrechas paralelas de los surcos cubiertas por mieses amarillentas o verdosas, y esmaltando el gris oscuro de los secos terrones, crecen profusamente las encendidas amapolas, los azulejos pálidos y las margaritas de botón de oro. En las cunetas del camino, junto a los montones de guijo y pedernal recién labrado, se arraigan los punzantes cardos, y rastreando entre los trigos, hurtando fuerza a las cañas y peso a las espigas, se extienden las tenaces gramas. El sol brilla con fuerza, recortando enérgicamente las sombras, y el aire, impregnado de rústicos aromas, apenas consigue agitar las hierbecillas sedientas del agua de los cielos. Todo está seco; en cuanto alcanza la mirada no hay una noria, ni un árbol, ni una fuente. Como flotantes en el ancho espacio, se oyen sonidos que la distancia debilita: el campanilleo tembloroso del andar de la recua, el cántico semisalvaje del gañán, o el cansado voltear de alguna esquila de torre perdida en la soledad de la planicie....
La mula seguía su trote acompasado y lento, dejando tras sí lo que dejan todas las cosas de la vida: polvo que se alzaba en el aire, dilatando un instante la nube sucia de sus átomos, para volver al sitio de donde procedía.
Las horas pasaban; a unos campos sucedían otros monótonamente iguales, repitiéndose sin cesar los accidentes del terreno, pareciéndose siempre en algo los caseríos, las granjas, los rediles vacíos, mientras sobre las lomas o en los cerros se divisaban, como puntos inquietos blancos y negros, las ovejas y cabras que corrían acosadas por los celosos perros.
Íbanse poco a poco destacando del fondo luminoso del cielo los ángulos rectos y los cortes bruscos de las casas de las aldeas, con sus tapias de tierra y sus paredes de cascote, dominadas desde lo alto del monte por la ermita, en torno de cuyo viejo campanario volaban las bulliciosas y alegres golondrinas. Entonces Lázaro forzaba el trote de su cabalgadura, y llegando a la plaza del lugar, lo atravesaba rápidamente, sin reparar en las mujeres puercas y los chicuelos harapientos que le miraban, curiosos y asombrados, desde las ventanas y los umbrales de las puertas.
En una revuelta vio de repente una sombra oscura, grande y extendida sóbrela blancura del camino: aquella mancha se movía, avanzando lentamente en dirección contraría a la que él llevaba, y entre su masa compacta brillaban a intervalos algunos puntos luminosos. Parecía una serpiente colosal de enormes escamas heridas por los rayos del sol, y seguida de una tenue nubecilla de polvo. Lázaro la dejó acercarse, parado en lo alto de un repecho, y al cabo de unos cuantos minutos vio clara, distintamente, lo que en un principio miró sin acertar qué era.
A pié, despedazados los trajes, roto el calzado, o desnudas y ensangrentadas las callosas plantas, casi sin ropa que mal cubriera su desnudez de día y en la noche les aliviara del frío, atados entre sí y alguno sujeto por los codos, venían hasta diez y seis o veinte hombres. Era una cadena de eslabones humanos brutalmente ensartados; gente forjada del Rey que iba a las galeras; una cuerda de presos. En torno suyo caminaban custodiándoles, sable en mano o arma al brazo, unos cuantos soldados. Lo que Lázaro había visto brillar en lontananza eran los hierros de las bayonetas.
Allí iban retratadas, si no juntas realmente, al menos visibles para la imaginación, todas las miserias humanas: el que mató por odio; el que hirió por venganza; el que robó por codicia; el que hurtó por hambre; el que delinquió por flaqueza; el que pecó por vicio: aquél a quien pervirtió la mala educación; aquél a quien la herencia de la viciada sangre hizo rabiosos los sentidos, y el de brutal naturaleza que dejó al instinto sobreponerse a la razón: juntos estaban el que holló la moral desconociéndola, y el que hizo mofa de ella desestimando su valía: atados a la par iban el avaro convertido en ladrón por la idolatría del oro, y el pródigo trocado en criminal por el desprecio de todas las riquezas: codo con codo, sujetos uno a otro, andaban el que delinquió contra la sociedad creyendo honrar a la virtud y el que hizo escarnio de lo bueno por asegurar lo útil: caminando unidos, avasallados por la misma tristeza, iban el que fue malo por fanático y el que dejó de ser justo por incrédulo: llagas en los tobillos y heridas en las manos llevaban igualmente quien faltó a la ley por no tener, y quien la violó para tener más: con grillos y esposas estaban sujetos, todos respirando venganzas, invocando auxilios, premeditando fugas, distintamente animados por el arrepentimiento o el rencor, pero sin que uno solo se eximiera de la pesadumbre y la vergüenza.