ENSAYO DE UNA COSMOGONÍA EN DIEZ LECCIONES
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PROEMIO
Hallándome cierta vez en un paso de la cordillera de los Andes, hice conocimiento con un caballero que allí moraba desde poco tiempo atrás, por cuenta de cierto sindicato para el cual estaba efectuando una mensura.
Era un hombre alto, moreno, en cuyo tipo resaltaba ante todo una gran distinción, á poco acentuada por el encanto de su lenguaje.
Un accidente montañés, que inutilizó por varios días á mi peón de mano, me obligó á compartir su real de agrimensor con cierto exceso quizá; pero mi hombre merecía aquel corto sacrificio de tiempo, y yo, además, no llevaba prisa.
Arrobado verdaderamente por su conversación, confieso que las horas se me iban sin sentirlo, así las ideas expresadas por aquellos labios fuesen de las más extraordinarias; pero entre ellas y su autor, había cierta correlación de singularidad que las hacía enteramente aceptables mientras él hablaba.
En el hombre aquél, el tipo era tan indefinible como la edad, bien que á primera vista se le atribuyera una vigorosa juventud y una procedencia americana; pero éstas pueden ser ocurrencias mías en las cuales ruego al lector que no insista.
Nuestras pláticas—sus conferencias mejor dicho—dejaron en mi ánimo una gran impresión á la cual contribuirían ciertamente la soledad inspiradora de las noches andinas, la comunión de naturaleza que sugería su serenidad, y el silencio divino de las estrellas; pero cuyo mérito intrínseco bien merecía el estupor de un mortal.
Una de aquellas noches, cerca del fuego medio apagado, mientras los peones reparaban en el sueño las fatigas del día, escuché la revelación que procuraré transmitir tan fielmente como me sea posible, ya que no se me exigió secreto alguno. Por mucho que difiera de las ideas científicas dominantes, el lector apreciará su concepción profunda, su lógica perfecta, y comprenderá que explica bastantes cosas con mayor claridad aún. He meditado bien antes de decidirme á publicarla, pero dos circunstancias me han impulsado sobre todo. La primera es que, á pesar de las más prolijas indagaciones, no he podido encontrar indicio alguno de aquel casual interlocutor, pues todas las señas que me dió á su respecto han resultado inciertas; la segunda es la facilidad con que me hizo el confidente de sus revelaciones. Estas dos circunstancias, me hacen creer que yo fuí tomado como agente para comunicar tales ideas, papel que acepto desde luego con la más perfecta humildad.
La ocultación del revelador podría infundir sospechas; pero el lector verá que ella era innecesaria dada la naturaleza de sus enseñanzas, y que, en todo caso, responde á la decisión de no decir más, ó á la modestia. Ambas cosas respetables.
Para no caer en conjeturas, lo mejor será abordar cuanto antes el asunto.
PRIMERA LECCIÓN
EL ORIGEN DEL UNIVERSO
La vida, que es la eterna conversión de las cosas en otras distintas, abarca con su ley primordial el universo entero. Todas las cosas que son dejarán de ser, y vienen de otras que ya han dejado de ser. Tan universal como la vida misma, es esta periodicidad de sus manifestaciones.
El día y la noche, el trabajo y el reposo, la vigilia y el sueño, son como quien dice los polos de la manifestación de la vida. Engendrándose unos á otros y permutándose, es como engendran los fenómenos. Toda fuerza será inercia y toda inercia será fuerza. Siendo ambas vida en su esencia, su identidad radical es lo que produce sus permutaciones.
Su diferencia aparente, la contradicción en que parecen hallarse, es sencillamente una diferencia de magnitudes: la noche es menos día, y así en lo demás.
Ahora bien, toda magnitud es una progresión y de esto depende que no haya brusquedad en los cambios de estado de las cosas. Así es como la continuidad de la vida se mantiene en la periodicidad.
Vivir es estar continuamente viniendo á ser y dejando de ser. Cada uno de los focos donde esto se opera—átomo ó planeta, célula ú organismo—es una vida. Ese equilibrio infinitamente instable, sin duración puesto que la más mínima permanencia en uno ú otro de los estados que lo forman, lo anularía ya; y sin tiempo, puesto que es una coincidencia de ser y de no ser—ese equilibrio es lo que se llama la existencia. Dejar de existir es acabarse ese equilibrio; entrar el ser á un estado inconcebible. En nuestro universo, lo que viene á ser se llama materia, y lo que deja de ser se llama energía, pero claro está que estas cosas figuran aquí como entidades abstractas. No obstante, como las manifestaciones polares de la vida se permutan, lo que viene á ser, es decir, la materia, proviene de la energía y vice-versa.
Si toda magnitud es una progresión, su crecimiento y su decrecimiento deben tener una duración equivalente, y éste es otro carácter de la periodicidad en las manifestaciones de la vida. El isocronismo de las oscilaciones pendulares, materializa en forma visible tal ley.
Estas consideraciones que en nada afectan á las ideas científicas y filosóficas de nuestra época, son necesarias para que se comprenda mejor la exposición del sistema cosmogónico.
Un universo que nace, es el producto de un universo que fué, y basta para demostrarlo, que ese universo haya nacido: ex nihilo nihil.
Los universos acaban como manifestación material, convirtiéndose en energía pura según la ley fundamental de la vida, y en este último estado permanecen por una duración equivalente á la que tuvieron como materia. Esta duración, que respecto á la materia es un reposo absoluto en el cual no hay tiempo ni ninguna otra idea proveniente de la relación de magnitudes, pues al no existir la materia no hay magnitud de ningún género—esta duración es la eternidad. Eternidad significa, como es sabido, ausencia de tiempo.
Semejante estado, que es el no existir de que hablábamos más arriba, es un estado inconcebible como decíamos también. Hay, pues, una imposibilidad absoluta para especular á su respecto. Sólo podemos saber que es energía incondicionada.
Los antiguos decían que las tinieblas son luz absoluta; y siendo la luz una forma de energía, la forma más elevada mejor dicho para nuestra percepción, luz pura, es decir, energía pura, equivale á aquel estado inconcebible, ó sea á las tinieblas: luz absoluta. La ciencia habla ahora de luz negra, exactamente como el Zohar, libro hebreo más antiguo que la Biblia; y esta luz negra parece ser la forma más sutil del éter, teniendo una absoluta fuerza de penetración. Resulta superior á la otra luz, bien que sea invisible[1].
Transcurrida la duración de un universo como energía pura, la ley de periodicidad lo llama de nuevo á la existencia material; pero esta nueva existencia no será, naturalmente, una repetición de la antigua. Constituirá, por el contrario, una continuación de las actividades que cesaron al dejar de existir ese universo, y que han permanecido latentes en el seno de la absoluta energía[2]. De otro modo se volvería atrás, y la naturaleza nunca vuelve atrás.
¿Pero qué habrá podido ser, supongamos, el universo anterior al nuestro; aquél de que el nuestro procede?
Siendo una en realidad la ley que rige las manifestaciones de la vida bajo determinadas formas, la más simple desviación de ella implica el cambio de todas estas formas. Así, por ejemplo, nuestro universo tiene por base la curva; todo la presupone en él; todas nuestras percepciones dependen de este acomodo fundamental. Supongamos que en vez de ser la curva fuese la recta. El universo se convertiría en algo enteramente imperceptible para nosotros, y hasta podría coexistir con nuestro universo actual, sin la más mínima sospecha de nuestra parte. Ahora, si conjeturamos—lo que es bien posible—otros conceptos geométricos y otras formas de universos, el problema se simplifica más aún. Quizá el “mundo invisible” que nos rodea y se comunica á veces con nosotros bajo formas tan extrañas, no sea sino esto; y con una existencia tan real, tan material como el nuestro, nos resulta del todo imperceptible.
El universo antecesor del nuestro, había regresado, pues, á su estado de éter puro, de pura energía al concluir un ciclo de evolución bajo determinadas formas, cuyo desarrollo al entrar de nuevo en el período material, engendraría nuestro universo curvilíneo.
Este determinismo cósmico, nada tiene de violento para nuestros conceptos científicos; y quizá más pronto de lo que se cree, las especulaciones sobre la cuarta dimensión del espacio puedan darnos un esquema del origen de nuestra geometría.
Pero lo interesante es describir el proceso de la organización de la materia tal como la conocemos.
SEGUNDA LECCIÓN
EL ORIGEN DE LA FORMA
Cuando el éter puro en que se disolvió un universo, ha tenido una duración equivalente á la de éste, ocurre en él un cambio de estado. La vida, ya lo hemos dicho, es un eterno cambiar de estado.
La primera manifestación de esto en el éter del cual nuestro universo procede, fué un movimiento. Sabemos que las diversas manifestaciones de la electricidad, son cambios de estado por el movimiento; de tal modo que basta mover con velocidad uniforme un cuerpo cargado de electricidad estática, para que ésta se vuelva corriente voltaica; y que basta con variar esa velocidad, para producir la inducción, es decir, tres electricidades distintas.
Ahora bien, los primeros fenómenos del éter que va á organizarse en materia, presentan una gran analogía con estos cambios de estado, pues la primera manifestación del éter es, en efecto, electricidad.
Para seguir con la analogía, conviene recordar que la electricidad en el vacío produce los rayos catódicos y los rayos x. La ciencia acaba, de descubrir los rayos γ, más poderosos aún, pues atraviesan todos los obstáculos y no hay fuerza que pueda desviarlos. Este estado, todavía mal conocido de la electricidad, esta “luz” invisible que sólo presenta una analogía lejana con la luz habitual, es la primera manifestación material del éter. Es electricidad puramente dinámica en una forma que no podemos concebir ahora, según lo prueba su indiferencia ante todos los obstáculos y todas las fuerzas. Es el primer ser del universo, el universo mismo, puesto que todas las formas que han de componerlo, serán sus desdoblamientos; y he aquí por qué la antigua sabiduría llamaba á la electricidad alma del mundo. Representa el mundo de una sola dimensión, el mundo de la longitud absoluta, inconcebible para nosotros á no ser como una mera abstracción.
La propagación de este rayo es rectilínea, pero su forma es ondulada; y á medida que se propaga, van agrandándose naturalmente sus ondulaciones. Como el absoluto dinamismo posee una tendencia á convertirse en electricidad[3] estática, pues á esto se debe su manifestación en forma de “luz” γ, llega un momento en que las ondulaciones dividen el rayo en trozos venciendo su cohesión; y como estas ondulaciones son arcos de círculo, sus extremos, libres de toda solicitación por otras fuerzas, se buscan, se unen y forman ruedas en el espacio.
La ondulación, levísima al principio en el rayo γ, empieza siendo una tendencia hacia la segunda dimensión, la latitud; pero ésta no alcanza manifestación real sino al formarse los primeros círculos. El mundo de la longitud absoluta, el mundo de una dimensión, era, como es claro, el mundo de lo uniforme; un simple movimiento sin puntos de referencia, tan abstracto para nosotros como una idea, pero con existencia real. La transformación de la electricidad puramente estática en electricidad dinámica, es, pues, lo que engendra la segunda dimensión—la latitud—y con ella la superficie, es decir la forma.
Esta tendencia de la energía á permanecer, cambiando su movimiento absoluto en equilibrio, ó sea engendrando el principio de inercia, constituye la fuerza original en el nacimiento y organización de la materia; sin serlo todavía en nuestro supuesto universo de dos dimensiones, aunque en él existan ya la forma y la magnitud. Predomina en él todavía el dinamismo, pues la materia, es decir el equilibrio de fuerzas que conocemos bajo semejante nombre, no es posible sino en el espacio de tres dimensiones; cuando el equilibrio entre la electricidad estática y la dinámica, engendra la tercera dimensión.
Sábese, en efecto, que el único carácter constante de la materia, el que permanece bajo los diversos estados que ella puede asumir, es el peso; y el peso no puede existir sin volumen, ó lo que es lo mismo, sin la tercera dimensión.
Así, pues, las ruedas formadas por la división del rayo original, son simples manchas de luz en el espacio, pero carecen de volumen. Tienen magnitud y forma, pero no son materia aún, pues la forma y la magnitud anteceden á la materia. Por absurdo que esto pueda parecer, basta recordar la mancha de luz producida por la reflexión solar en un espejo. Tiene forma y magnitud; pero, ¿es materia?...[4].
TERCERA LECCIÓN
EL ESPACIO Y EL TIEMPO
Entre tanto, el espacio ha nacido con la manifestación de la vida, pues el dinamismo absoluto del éter puro excluye el espacio. El mundo de una dimensión, que supone un espacio de una dimensión también, da á éste su propio carácter inconcebible á no ser como abstracción. Conviene recordar que el concepto del espacio, nace para nuestra mente por comparación entre magnitudes de materia y de movimiento; y que siendo así, son éste y aquélla los que engendran el espacio.
Por incomprensible que sea el espacio, su objetividad es evidente, pues siempre lo concebiremos como un cuerpo, aunque sea ilimitado é inmaterial. El hecho de que es algo, prueba su objetividad, y desde este punto de vista su materialidad también[5]. Spencer ha demostrado en los Primeros Principios, que científicamente equivale á un sólido perfecto, pues si se le supusiera la más mínima solución de continuidad, la transmisión de la luz sería imposible, por ejemplo; pero como no es un sólido, y como los sólidos tampoco poseen la continuidad perfecta que excluiría, por otra parte, toda vibración, debe ser algo homogéneo é inmaterial á la vez, desde el punto de vista de la materia ponderable: el mundo de una dimensión, es decir, la primera manifestación de la vida, que está eternamente convirtiéndose en los otros estados más complejos.
Precisamente al convertirse en el segundo estado, adquiere el espacio la extensión, si bien continua siendo inconcebible para nuestra mente. Necesita llegar á la tercera para ser el espacio concebible, el objeto ilimitadamente hueco donde todo se mueve; pues ésta es nuestra concepción del espacio.
El tiempo es lo mismo que el espacio esencialmente, si bien no existe en el mundo de una dimensión. Es también una relación de magnitudes, pero con referencia á la duración de los seres, mientras que el espacio no necesita de ella para existir. Ahora bien, el rayo absolutamente longitudinal del primer mundo, es eterno como manifestación vital, puesto que sólo puede concluir en un estado negativo donde no hay espacio ni abstracciones siquiera: la energía absoluta de donde procede; pero las manchas luminosas del segundo estado de vida, pueden morir, es decir transformarse, y aquí cabe ya el tiempo. Por lo demás, el rayo primordial es unidad absoluta como manifestación vital[6], mientras las manchas son varios seres; cabe ya entre ellas la relación de existencia á que debe la suya el tiempo, pues una puede morir mientras las otras permanecen, engendrando así la relación.
Tenemos, entonces, que en el mundo de dos dimensiones, poblado únicamente por esas vastas y sencillas existencias cósmicas que son las manchas de luz, existe ya el espacio como magnitud, si bien no como extensión[7] todavía; y el tiempo en su concepto actual.
Podrá objetarse que siendo el tiempo y el espacio estados de conciencia, nuestras consideraciones son pura dialéctica; pero nosotros replicamos—y muy luego se verá el desarrollo de esto—que todas esas manifestaciones de la vida, de las cuales proceden el espacio y el tiempo, son estados de conciencia, puesto que son pensamiento. Así, pues, seguiremos la descripción del proceso vital de nuestro planeta[8].
CUARTA LECCIÓN
LOS ÁTOMOS
Las ruedas de luz continúan moviéndose en el espacio con la velocidad del rayo de que proceden; pero esta velocidad que era infinita en la longitud absoluta, lo cual da un carácter más abstracto aún á ese primer mundo de una dimensión, se convierte en rotatoria por la forma circular de las manchas. Éstas, seres unitarios como formas, si bien como vidas[9] son ya compuestas por el equilibrio de dos fuerzas, constituyen toda la población del espacio.
Sin embargo, la luz no era uniforme en todos los puntos de su superficie, pues se debilitaba hacia el centro; y sucedió que los puntos de mayor intensidad fueron los vértices de otros tantos polígonos regulares, primeras formas en la rueda luminosa que era la única hasta entonces.
Nuestra electricidad reproduce ahora este fenómeno; pues es sabido que en el fluido eléctrico acumulado sobre la superficie de un cuerpo, se provoca la formación de polígonos regulares por la proximidad de varios mecheros que ionizan[10] la electricidad. Esta propiedad de engendrar en su seno formas geométricas por acciones análogas, es común á todos los fluidos, así sean líquidos dispuestos en capas delgadas, ó metales en fusión bruscamente enfriados; y es ella la que, constituyendo una ley primordial como acaba de verse, engendra la tendencia hacia la cristalización, que todos los sólidos manifiestan. Pero ya veremos esto mejor en la parte relativa al origen de la vida orgánica.
Dichos polígonos son las primeras diferenciaciones individuales de la energía absoluta, consistiendo su tarea vital en marchar armónica y proporcionalmente con la rotación y la traslación de la mancha luminosa donde toman origen, y en el mismo sentido que ella. No existe, pues, para ellos, adelante ni atrás, conservando desde este punto de vista la tendencia del rayo primordial hacia el movimiento en un solo sentido. Disminuidas ó aceleradas sus velocidades, la línea que los forma se rompe y el ser perece: reingresa en el no ser, que es para él el ser absoluto, el infinito. Éste es el concepto superior de la muerte.
Semejantes seres, son lo que en nuestro lenguaje se llama “espíritus”, es decir existencias incorpóreas, bien que limitadas y dinámicas; y así es cómo procediendo la materia, de la energía pura localizada en movimiento, en forma, en extensión, el espiritualismo resulta una consecuencia lógica de la organización universal, y la inmortalidad del alma un fenómeno natural en el universo. Más adelante veremos que esas fuerzas primordiales tienen que ser inteligencias y voluntades en acción, si la ciencia positiva no quiere caer en el mismo contrasentido que las religiones, asignando al hombre un papel extranatural.
La vida que para esos seres rectilíneos es moverse en una sola dirección, dinamiza á su paso la luz amorfa incorporándola á cada uno de ellos, pero sin conservarla en él. En realidad lo único que permanece es la idea de la figura, una existencia puramente espiritual[11], como que es una idea solamente, y á la vez inmaterial, sin emociones y sin desgaste. Rotos los polígonos, se desvanecen en un ángulo infinito, pues son organismos unitarios en su esencia, bien que ya poseen forma, magnitud y movimiento. Su tarea es preparar la luz amorfa para la futura atomización, pues estas formas geométricas superficiales son los esbozos de los átomos.
Las ruedas luminosas han seguido, entre tanto, su curso por el infinito; pero como proceden de muchos puntos á la vez, y como su traslación se verifica en sentido rectilíneo bajo el impulso del rayo primordial, hay entre ellas acercamientos y conflictos. Éstos no son otra cosa que la absorción de unas ruedas por otras de mayor magnitud ó velocidad, es decir, nuevos cambios de estado equivalentes á nuevas formas de vida.
Pero las fuerzas tangenciales que estos choques engendran[12], unidas á una menor actividad central de las ruedas, por efecto de su propia forma, inicia en éstas un principio de expansión que las convierte en lentejas, originando la tercera dimensión y por consiguiente nuestro espacio. Esta fuerza obra de dentro hacia afuera, hasta convertir las lentejas en esferas huecas, existiendo en nuestro mundo una analogía sencillísima para objetivar el procedimiento. Nos referimos á las pompas de jabón, que la fuerza del soplo originario agranda, engendrando á la vez un rapidísimo movimiento rotatorio de sus partículas, perceptible claramente á simple vista[13].
Esta fuerza expansiva transforma los polígonos absolutamente superficiales, en poliedros; es decir, divide la luz dentro de la cual eran formas lineales, en partículas poliédricas. Ahora bien, si las ruedas de luz conservaban la velocidad del rayo primordial, y los polígonos formados en ellas marchaban con la misma velocidad según hemos visto; como en cada punto donde se hallaban dichas figuras dinamizaban la luz amorfa, geometrizándola[14] á la vez en otros tantos polígonos, y como aquella velocidad era prácticamente infinita, resulta que no había punto de la rueda que no estuviera contenido en una de dichas formas. Al convertirse éstas en poliédricas por electo de la expansión de toda la masa, que adquirió así la tercera dimensión, dicha masa quedó formada por poliedros innumerables, que constituyeron los átomos. Las masas fueron lo que conocemos astronómicamente por nebulosas.
Ahora, una explicación más detallada del fenómeno:
Cualquiera entiende que el número de puntos en que puede dividirse una superficie (las ruedas de luz) es infinito; y si es infinita también la velocidad de la fuerza divisora, quiere decir que la masa, en cualquier momento, se encuentra dividida en infinito número de puntos. No pudiendo éstos ser materiales por causa de su divisibilidad infinita, deben ser simples centros de fuerza, y la expansión de ésta tiene que resultar poliédrica para que todos sus planos de desarrollo puedan coincidir y no queden huecos en la masa.
Esto fué lo que sucedió, según hemos visto[15].
Así, pues, tenemos que la primera manifestación de la energía absoluta en que se resolvió, al concluir su ciclo de existencia, el universo predecesor del nuestro, fué un movimiento de desarrollo absolutamente longitudinal, un rayo γ; y que este movimiento engendró el espacio. El rayo en cuestión llevaba en su propio curso la segunda dimensión, puesto que serpenteaba; y sus ondulaciones al acentuarse, concluyeron por dividirlo en arcos cuyos extremos, faltos de toda solicitud hacia una ú otra parte, por no haber en el infinito más existencias, se unieron formando ruedas y engendrando el espacio de segunda dimensión.
En el ámbito de estas ruedas formáronse (ya vimos cómo) polígonos que fueron los primeros seres, con una existencia análoga á la de los que conocemos, y que constituyeron los prototipos lineales de los átomos.
Las ruedas luminosas se atrajeron, y al chocar ó absorberse según sus magnitudes, se desarrolló en ellas el volumen á que tendían, transformándolas en lentejas, en ovoides y en esferoides, y engendrando por consecuencia el espacio de tercera dimensión, nuestro espacio, al par que la rotación planetaria. Los polígonos se convirtieron en poliedros y nacieron los átomos, que son centros de fuerza individualizada.
Naturalmente, esto no es más que un desarrollo esquemático del proceso cósmico.
QUINTA LECCIÓN
NUESTRA TEORÍA ANTE LA CIENCIA
Fácilmente se echa de ver que estas ideas nada tienen de semejante con el sistema de Laplace, hoy en vigencia; pero intentemos demostrar que no son anticientíficas.
El sistema de Laplace, empieza suponiendo una nebulosa ígnea surgida del espacio ex nihilo, ó al impulso del azar que es la misma cosa[16]. Cualquiera nota la inferioridad de este comienzo, así como la consiguiente embrolla en la organización de los movimientos que impulsan á la nebulosa en cuestión, haciéndola girar, aplastarse, desprender anillos, dividirlos y reunirlos en esferoides; si bien existe con nuestra teoría un punto común: los arcos procedentes de la división de los anillos en que se descompone la nebulosa, tienden á unirse por sus extremos engendrando los esferoides, así como los provenientes de la división de nuestro rayo primordial, lo hacen para formar las ruedas luminosas. La diferencia está en que el sistema de Laplace, supone la existencia previa del espacio y de la materia tal como los conocemos, para describir la vida de su nebulosa; mientras el nuestro acomete radicalmente el problema de los orígenes El positivismo nada quiere saber de esto, y le daríamos razón, si no empezara por faltar á su propio método construyendo á su vez hipótesis como ésta de Laplace; pero cuando él lo hace, el mismo derecho nos asiste y usaremos ampliamente de él.
Ahora bien, como la ciencia quiere hechos y el método positivo afirma que teoría es “hipótesis verificada”, diremos que de todas las nebulosas conocidas, ninguna confirma la hipótesis de Laplace. Algunas se hallan en un estado de homogeneidad muy primitivo, pues su espectro sólo manifiesta la raya del hidrógeno, lo cual hace suponer que están formadas de este gas exclusivamente; pero ninguna presenta uno solo de los supuestos anillos. Adoptan las más variadas formas, bajo un aspecto común de masas profundamente atormentadas, y algunas han cambiado de forma, imposibilitando así el argumento de que si no se las ve anillarse, es debido á la gran lentitud de su evolución. Las más regulares, las que afectan precisamente una forma lenticular, han resultado no ser nebulosas sino sistemas de estrellas, vías lácteas semejantes á la nuestra[17]. Ya veremos de dónde resulta esa forma atormentada de las nebulosas.
Falta, entonces, el testimonio de los hechos; á no ser que se quiera darle por confirmación, harto lejana ciertamente, la subordinación planetaria al sol de nuestro sistema; pero como la ciencia admite que esta subordinación puede ser ejercida por los soles sobre los cometas, no queda ya mucho para la teoría.
No hemos olvidado, naturalmente, á Saturno, que con sus anillos parece presentar un testimonio, bien que ellos estén considerados sólidos lo cual es un obstáculo sobremanera grave; pero una excepción evidente entre los astros, no puede servir para verificar una hipótesis, con mayor razón cuando ella se refiere á las nebulosas donde no hay nada parecido, y cuando de conformidad á su enunciado, los astros sólidos no debieran presentar esa conformación[18].
Saturno es realmente un defectuoso del espacio, y de aquí que la astrología lo considerara el planeta de las malas influencias; pero esto puede ser desdeñado por el lector, sin más trámite.
Otra cosa que la hipótesis de Laplace no explica, es el origen del movimiento rotatorio, ya muy complicado, de su supuesta nebulosa originaria, que como todas las masas esferoidales del espacio giraba sobre sí misma y se trasladaba á la vez; para no hablar de los movimientos secundarios engendrados por los dos anteriores. La nebulosa en cuestión era un organismo bastante complejo, según se ve, y por templada que sea la curiosidad positivista, ha de sentir tentaciones de buscar más simples antecedentes.
Pero cuando la hipótesis pierde todo su valor, quedando reducida á un mero juego de gabinete, es cuando se considera que una masa rotatoria debe forzosamente trasladarse en una órbita espiral, tal como se acepta actualmente. Suprimidas entonces las curvas cerradas, vale decir las elipses perfectas de la hipótesis, los supuestos anillos desprendidos de la nebulosa serían largas espirales de materia cósmica difusa, que tenderían á concretarse en cometas, no en planetas concéntricos. El experimento de Plateau falla, entonces, por su base, y los anillos de Saturno se desvanecen definitivamente esta vez[19].
Al experimento de Plateau, que empieza por suponer la nebulosa originaria parada en el espacio (la gota de aceite en el seno del agua alcoholizada) nosotros oponemos nuestra modesta pompa de jabón, que le lleva de ventaja su sencillez, siendo ésta, como es sabido, un atributo de la verdad; y consecutivamente alegamos contra la hipótesis, la falta completa de hechos confirmatorios[20].
Tampoco es admisible la nebulosa infinita que supondría esa supuesta falta de movimiento traslaticio, necesario para que el experimento de Plateau se realice; pues con sólo tener en cuenta la aparición en ella de focos que serán los futuros soles centrales, y sus diversas magnitudes, la suposición se vuelve insostenible.
Por otra parte, la astronomía se aleja cada vez más de la suposición de un universo infinito, ó siquiera de ilimitadas dimensiones; pues piensa que si ello fuera así, los rayos de las estrellas infinitas llenarían todo el espacio (dado que el rayo de luz no se pierde por razones de distancia, según enseña la física); no habría punto del espacio sin un rayo de luz, y por consiguiente no existiría la noche.
Newcomb supone, basándose sobre las paralajes de las estrellas y por medio de complicados cálculos cuyo resumen es imposible sin confusión, que nuestro universo es una esfera de siete mil millones de millones de leguas de radio[21]. Sin aceptar especialmente ningún cálculo, opinamos que nuestro universo es limitado en efecto, es decir un organismo en evolución por enorme que se lo considere; si bien esto no supone que rechacemos la eterna actividad del cosmos en el infinito[22].
Nuestra teoría va apoyada en todo su desarrollo por hechos científicos, desde el rayo primordial hasta la generación de los átomos; consistiendo su diferencia con el criterio positivista, en que no hace distinción fundamental entre fuerza y materia, ó considera pues los elementos permutables y provenientes de una sola causa: la energía absoluta. Salvo esta última parte, la ciencia va aceptando la identidad substancial de fuerza y materia é inclinándose más á nuestra definición: materia es todo lo objetivo, sea ó no ponderable. La electricidad y el radium le imponen esta conclusión.
Los estados de la materia y de la conciencia, así como la generación de unos elementos por otros, puesto que la vida, como hemos dicho, es un perpetuo cambiar de estado, explican mejor la evolución total del universo que la hipótesis cosmogónica de la ciencia, sin subordinarla exclusivamente á la materia ni al azar que es lo arbitrario, antes conciliando el doble aspecto substancial de los fenómenos y dando á su producción inicial un carácter determinista; todo lo cual es, por cierto, mucho más filosófico y aceptable.
Expresaremos, para concluir este capítulo, algo que acentúa aun el carácter científico de la teoría.
Apenas la luz primordial se individualiza, comienza ya en el espacio la lucha por la vida (la absorción de unas ruedas por otras) que acarrea de consiguiente la supervivencia de los más aptos, principio progresivo de toda evolución; lo que está lejos de suceder en la demasiado perfecta maquinaria de la nebulosa de Laplace. Las leyes de la vida, ya lo hemos dicho, son las mismas para el insecto que para la nebulosa.
El lector está ya lo bastante informado para elegir entre esa hipótesis ó la nuestra; entre el proceso puramente material, ó el cambio de estado de la absoluta energía, que al volverse materia engendra simultáneamente al tiempo y al espacio, ó mejor dicho la extensión por el movimiento; la magnitud, la forma, el átomo, es decir los fundamentos del universo bajo sus múltiples aspectos de ideación, de conciencia, de número y de objetividad.
Veamos ahora cómo prosiguió la evolución de ese universo.
SEXTA LECCIÓN
LA VIDA DE LA MATERIA
Al adquirir la tercera dimensión, las lentejas se hacen perceptibles bajo la forma de copos de luz blanca, pues mientras fueron simples cambios de estado de la energía, tuvieron una existencia tan invisible como la de las “luces” α, β, γ que la ciencia conoce ahora. Entonces es cuando empieza á haber propiamente materia y fuerza, y á desarrollarse fenómenos más familiares para nosotros.
El primero de ellos (y en relación con la materia ponderable, el primordial) es el calor, ó sea la electricidad bajo este aspecto, resultante de la fricción de los átomos[23].
Átomos dotados de una velocidad casi infinita, producen al chocar entre sí una incandescencia enorme, cuyo primer efecto es consumir á muchos, ó mejor dicho refundirlos en otros, condensando así la materia al revés de lo que el calor hace ahora. Los átomos sobrevivientes de esa verdadera lucha por la existencia, representan, pues, sumas colosales de energía en equilibrio, explicándose así la proveniencia de esta energía que tiene perpleja á la ciencia. La armonía vibratoria formada por proporciones numéricas, que resulta de este acomodo tanto como de la estructura poliédrica de los átomos, es el prototipo de las vibraciones armónicas que llamamos música, y que explica á la vez la “música de las esferas” de Pitágoras y el poder constructor de la lira de Amphion; pues siendo el sonido fuerza primordial, es naturalmente fuerza creadora[24].
El calor se manifiesta al mismo tiempo que la luz roja, la luz más caliente como es sabido; del propio modo que la electricidad fría de los anteriores estados, había coincidido con los rayos ultravioletas excitadores de la fosforescencia y de la fluorescencia, manifestaciones á su vez de la radioactividad de la materia.
De aquí que el calor y la luz carezcan (en sentido material) de magnitud y de tiempo respectivamente. Basta con reflexionar que la más pequeña llama puede encender los fuegos de toda la Tierra sin disminuir absolutamente, y que el rayo de luz, según queda enunciado más arriba, no se pierde por razones de distancia, viajando incesantemente. No era necesario el radium, como se ve, para hacer perceptible la infinitud de la energía, pues bastaba observar la más mísera candela como fuente de luz y de calor; pero la ciencia requiere también sus maravillas. Por lo demás, sostenemos que el olor es también una forma de radioactividad, como lo prueba el ejemplo bien conocido de la partícula de almizcle que perfuma durante un siglo sin variar de peso. Ya veremos todo el alcance de estas consideraciones[25].
La materia, pues, existía ya, cada vez con mayor tendencia hacia la inercia; y para valernos de una analogía gráfica, que encierra una verdad, por otra parte, diremos que la tensión eléctrica se había transformado en gravedad, identificándose con el volumen. La materia es, si se tiene esto en cuenta, electricidad neutra cuya tensión se ha transformado en gravedad[26].
Pero, qué era esta materia? Esta materia era el hidrógeno, cuya raya figura única en el espectro de las nebulosas propiamente dichas. El hidrógeno es la electricidad bajo forma de gas, y de aquí sus cualidades características. Todos los gases son formas alotrópicas del hidrógeno, provienen de su átomo; pero este átomo, que es el hexaedro primordial antes mencionado, desarrolla al girar un torbellino formado por espirales concéntricos, según resulta de su forma en rotación, y este torbellino constituye como quien dice su cuerpo. Así, cuando la ciencia vea los átomos, no ha de ser bajo la forma de menudas chispas[27], sino de torbellinos espiraloides enteramente análogos á los sistemas solares.
Los tres estados que la energía debió asumir á convertirse en materia, son inapreciables para nosotros mientras no llegan al perfecto equilibrio y se manifiestan bajo forma de hidrógeno. He aquí por qué en los ochos grupos del sistema de los elementos, los compuestos hidrogenados primordiales no tienen clasificación sino á contar desde el cuarto (MH4); los tres restantes son materia radioactiva pura.
Esas masas de gas incandescente, sufren diversos percances: explosiones que las destruyen, absorciones, divisiones en regueros espirales que se convierten en cometas, y desplazamientos que las arrojan al espacio con movimiento parabólico, bajo forma de cometas igualmente[28]. Este desplazamiento eterno de las masas estelares, va dejando el sitio necesario para nuevas formaciones, y así es como vive el infinito, convirtiéndose perpetuamente; todo ello sin contar los cataclismos que semejantes movimientos suponen, y que explican la forma atormentada de las nebulosas.
La lucha por la vida es activísima entre esos errantes del espacio. Unos son devorados por los que ya se convirtieron en soles; otros se conjugan y forman seres mixtos; otros se organizan en sistemas; pero al cabo de cierto tiempo, ninguno es simple ya, sino una suma de otros, exactamente como el animal que incorpora á su organismo los de diversos seres; y su vida se vuelve singularmente compleja. Menester es que aquí dejemos al astro hipotético, para seguir la evolución de la vida en nuestro planeta.
Antes de pasar á otro capítulo conviene tener presente, sin embargo, que las leyes primordiales de la vida son comunes á todos los astros y á todos aplicables por analogía; así como que dichos astros nunca pierden su relación substancial, continuando ésta bajo comunicaciones luminosas, magnéticas, etc. El átomo originario sigue siendo el prototipo de cada ser, tanto en el insecto como en la estrella.
SÉPTIMA LECCIÓN
LOS ELEMENTOS TERRESTRES
Á cada uno de los cambios de estado del movimiento que engendra el espacio de tres dimensiones, corresponde, como hemos visto, una clase de electricidad, una clase de formas, una clase de luz. En la Tierra corresponde también á cada uno un elemento.
En el gas, predomina la fuerza expansiva del rayo primordial; en el líquido, la expansión horizontal del segundo estado; en el sólido, el equilibrio del tercero que es la tensión eléctrica convertida en gravedad—la electricidad neutra.
Prototipo de todos los líquidos, el agua es una permutación del hidrógeno, cuyo nombre significa, como es sabido, generador del agua. El agua viene á ser así electricidad líquida, como el hidrógeno es electricidad gaseosa[29]. Á esto se debe que las leyes de distribución de la electricidad y de los líquidos, sean las mismas; aunque éstos se hallen sometidos á la gravedad y aquélla no; pero tensión y gravedad son una misma cosa como hemos visto. Lo líquido es, pues, dado nuestro punto de vista, más vivo, es decir más próximo al estado de energía pura ó éter, y por esto el agua es la fuente de la vida orgánica. Los alquimistas decían que el mercurio es el más vivo de los metales (en francés vif argent) y debe notarse que los vehículos esenciales de la vida orgánica,—sangre, savia, leche—son líquidos.
Tanto en el estado gaseoso como en el líquido, la forma poliédrica de los átomos continúa siendo el prototipo, y esto se encuentra asaz bien demostrado por las fórmulas químicas, para que debamos insistir; no obstante, en el estado líquido, los poliedros son ya cristales prototípicos de los futuros sólidos en que se manifestará el máximum de inercia de la materia.
La Tierra era una especie de océano esferoidal, denso y glutinoso, en el cual los átomos se agruparon bajo formas cristalinas, es decir poliédricas, según su modelo fundamental. La ciencia produce cristales semifluidos en el seno de un líquido, por medio del calor y de la electricidad, y estos cristales se portan como seres vivos, no sólo por su estructura semejante á la de las células, sino porque poseen propiedades tan notables como la de reparar sus mutilaciones. Esto bastará, según creemos, para demostrar que el estado líquido no es un estado amorfo, y que el sólido ha podido perfectamente derivar de él. De aquí la tendencia de todos los sólidos á cristalizar, es decir á modelarse bajo el patrón originario.
Cuando un planeta[30] ha organizado toda su materia en los tres costados, ó en términos más generales: cuando la materia de un planeta ha alcanzado su máximum de estabilidad, comienza el proceso de desintegración de esta materia. Ella se ha de efectuar en un tiempo equivalente al que empleó para formarse, conforme á la ley de periodicidad, y en estados semejantes, bien que inversos[31].
La función vital preponderante, que era condensar éter, es reemplazada por la de “eterizar” la materia, aunque esto no quiere decir que haya sustitución completa de un proceso por otro. El equilibrio entre ambos persiste por mucho tiempo, exactamente como ahora lo vemos en nuestro mundo, sin diferencias apreciables, pero con tendencia progresiva hacia la eterización. Á esto último responde la aparición de los seres orgánicos.
NOTAS:
OCTAVA LECCIÓN
LA VIDA ORGÁNICA
En los mundos de una y de dos dimensiones, no había sensibilidad, puesto que faltaba extensión y la vida de relación no era posible por lo tanto. Al existir aquélla, ó sea el espacio de tres dimensiones, la sensibilidad se hizo posible en la materia.
Pero, ¿qué es la sensibilidad? La sensibilidad es la radioactividad de la materia, el fenómeno por el cual ésta se transforma en energía pura; y como toda materia es radioactiva, según lo prueba el descubrimiento de los rayos N, de Blondlot, toda materia posee sensibilidad.
La ciencia se encamina rápidamente á esta comprobación, que cuenta ya con una cantidad de hechos tan grande como singular. Los rayos N, la fatiga de los metales, sus propiedades eléctricas y terapéuticas, la vida de los cristales—han demostrado ya hasta la evidencia que la sensibilidad no es una propiedad exclusiva de la materia llamada orgánica.
Ahora, en cuanto á la producción de los seres vivos, las fuerzas de las moléculas libres en el seno de los líquidos; la presión osmótica que es un fenómeno fundamental de la vida orgánica, las propiedades todavía vagas—mas no por ello menos prodigiosas—de los metales coloidales tan semejantes á los fermentos orgánicos en sus manifestaciones[32]—todo eso está indicando cómo debió producirse grosso modo el fenómeno. La generación espontánea, es entonces un hecho real, bien que limitado á épocas, por la coexistencia en ellas de diversas circunstancias; todo depende de las condiciones en que se halle el átomo.
Los seres vivos son máquinas poderosas de eterización, porque son los cuerpos más sensibles, y la sensibilidad es—ya lo hemos dicho—la radioactividad de la materia. El amor es el producto eléctrico del contacto de dos cuerpos heterogéneos[33]. La sangre es un potentísimo reservorio de electricidad.
Ahora bien, los organismos siguieron al formarse, las mismas leyes que la materia. Un solo ser, primero difuso y de constitución unitaria, desarrolló de sí mismo los primeros órganos y se propagó por los conocidos procedimientos de generación,—fisiparidad, ovulación, hermafrodismo—hasta alcanzar en la sexualidad su máximum de materialización.
Poderosas oxidaciones habían engendrado la vegetación, cuyas formas asumió previamente el reino mineral como un intento prototípico, debiéndose á dichas oxidaciones el nacimiento de la vida orgánica.
El sexo único que concebía y paría por los métodos ya descriptos, era naturalmente femenino. Todos los seres eran madres, llevando reasumido, y luego latente en su facultad de autoengendrar, el sexo masculino futuro.
De aquí que la materia haya sido considerada por las antiguas filosofías como la “gran madre” (mater-ia) personificada en el agua, pues el agua es, á contar desde el punto en que la energía pura se manifiesta como materia, una permutación de la electricidad ó sea su cuarto estado.
Procuraremos hacer tangibles estas permutaciones de la energía absoluta, en un esquema que será un resumen á la vez de todo lo estudiado.
Lo que concibe y produce por sí mismo, llevará el signo (-) el signo de la pasividad ó femenino; y el elemento engendrador el signo (+), el signo de la actividad ó masculino.
El ser absoluto, la absoluta energía en que todo se reasume al concluir el universo su ciclo de manifestación material—será los dos elementos á la vez en un absoluto equilibrio equivalente á cero (+ −); mas como de eso sale el rayo primordial, puede ser considerado como elemento femenino: auto engendra.
Previa esta explicación, véase el esquema:

Estas propiedades lo son por excelencia de los diversos estados de materia, pero no excluyen las otras; forman sus características, pero no son exclusivas.
Se ve, entonces, que el elemento femenino es el primordial, y que la situación del estado líquido (agua) en el cuadro de las manifestaciones materiales, justifica su símbolo[34].
La biología moderna considera primitivo también al sexo femenino, y cree que desarrolló su contrario antecediéndolo con la fase hermafrodita. No tenemos, pues, por qué esforzarnos en buscar mayores razones.
Conviene hacer notar ahora que esas formas de vida eran fluídicas, verdaderos moldes de las actuales por causa del enorme calor del globo y de la todavía escasa diferenciación de sus elementos; y si el radium ú otra cosa análoga, era el sólido prototípico, dichas formas debían ser luminosas, ó en otros términos manifestar más intensamente la radiación que hoy perciben apenas los sensitivos (el od de Reichenbach, la exteriorización de la sensibilidad del coronel de Rochas) y que la placa fotográfica revela como rayos N.
La fluidez de esos seres, tanto como su relación de magnitud con la Tierra que, al ser casi gaseosa, era de mucho mayor volumen, debía darles una estructura gigantesca y á la vez sencillísima, para que resistieran mejor los vastos conflictos de fuerzas á que se veían sometidos.
El hombre, ó mejor dicho el ser inteligente que sería hombre con el tiempo, bogaba en el fluido glutinoso del mar universal como una célula gigantesca, sin órganos, sin conciencia, sin mente, reproduciéndose como los zoófitos y desvaneciéndose como ellos, sin morir realmente, en los seres que de su masa engendraba.
NOVENA LECCIÓN
LA INTELIGENCIA EN EL UNIVERSO
Lo que acabamos de expresar es de tal modo extraño á las ideas corrientes, que requiere una explicación de los fenómenos estudiados, bajo un aspecto no percibido hasta aquí; el aspecto intelectual del universo, ó mejor dicho el universo como manifestación inteligente.
Si el pensamiento es un producto de las combinaciones físico-químicas del organismo humano, donde quiera que haya análogas combinaciones, existirán efectos análogos. Á iguales causas idénticos efectos.
Ahora, cuando se piensa que la vida obedece á leyes muy simples en su comienzo, y que no hay realmente diferencia entre la materia orgánica y la inorgánica, siéndoles común la sensibilidad, parece que no es ya tan absurdo buscar pensamiento en toda manifestación de la vida. Atribuirlo solamente al hombre, es caer ya en el antropocentrismo del ser singular creado ex profeso por los dioses de las religiones positivas; decir que es una actividad peculiar á su organismo, es negar la perfecta analogía é identidad substancial de éste con los del resto del mundo animal, sin excluir á los insectos cuya inteligencia es tan notable; limitarlo á los seres vivos, es volver á la separación de materias que no existe en realidad.
¿Qué derecho tendría el hombre para considerarse como el único ser inteligente del universo, si apenas es superior en su pequeño mundo?
¿Superior en absoluto? De ningún modo. Superior á él es el mineral en estabilidad; el vegetal en duración como ser vivo; el animal en muchas facultades. Víctima de la bacteria microscópica durante edades, hace muy poco que ha empezado contra ella una lucha desigual en la que, hasta ahora, lleva la peor parte. Durante edades ha sido la víctima de los más ínfimos del reino animal.
Esto para los materialistas. Los espiritualistas, especialmente los fieles de las religiones positivas, creen en entidades espirituales ó inteligencias superiores al hombre, conforme lo manifiestan sus complicadas angelologías, y en otras inferiores á él según sus demonologías más complicadas aún. Con éstos nos bastará ponernos de acuerdo sobre el modus operandi de semejantes inteligencias.
Sentadas estas advertencias, podemos ya iniciar el asunto.
El pensamiento, nadie puede negarlo, es una forma de la energía, si bien no presenta identidad con ninguna de las otras. No es luz, calor, electricidad, aroma ó sonido; pero es lo que percibe de un modo consciente esas formas de energía, puesto que las estudia é investiga sus leyes. El pensamiento es la energía absoluta de que todo procede y á la que todo regresa, lo que en sí lleva potencialmente todas las formas de energía, sin tener sus cualidades, como es natural, pues no es ninguna de ellas parcialmente considerada. Él es realmente el ser absoluto cuya primera manifestación consiste en electricidad puramente dinámica, como se recordará, ó sea el movimiento absolutamente lineal é inconcebible. Sabe todo el mundo que la actividad cerebral produce fenómenos eléctricos: y los sensitivos y lúcidos de de Rochas, dicen que durante dicho trabajo ven á las células cerebrales relumbrar como estrellas. Más recientemente aún, se ha observado que la actividad nerviosa aumenta la producción de rayos N.
Como energía sensible, el pensamiento es imponderable y no objetivo á la vez: no es materia absolutamente. Su indiferencia á la distancia y al tiempo, puesto que se traslada con prescindencia de ambos y sin que ambos le estorben, prueba su superioridad sobre ellos; así como demuestra al concebirlos que los contiene y que puede crearlos. Las consecuencias de su lógica, anteriores al conocimiento de los hechos, puesto que los predice en ciertos casos, establece cuando menos la identidad de sus leyes con las que rigen el universo. Maxwell encontró como un resultado matemático, la onda eléctrica que Hertz hizo perceptible, sin realizar ninguna experiencia y bastante tiempo antes que Hertz. Estos hechos podrían multiplicarse.
Todas las manifestaciones de la vida son formas de pensamiento, puesto que lo son de la energía absoluta en su eterno doble trabajo de integrarse y desintegrarse; pero entonces también, las fuerzas son seres inteligentes en proporción con su mayor vecindad á la energía de donde proceden.
Así el primer movimiento en sentido lineal, ó bien la electricidad puramente dinámica, sería la primera idea, el primer ser que en su simple unidad lleva potencialmente todo el universo por desarrollarse—un dios verdaderamente; pero no la unidad neutra y extra-cósmica de las religiones, sino la síntesis de todas las energías, que hasta su tercer estado no es materia en realidad.
Oímos ya que se objeta con el panteísmo; pero los estados sucesivos no tienen lugar por disminución ó desaparición del primero, según lo prueba nuestro pensamiento en acción, pues coexiste con todo ellos y nunca deja de estar convirtiéndose. Así se explica que los universos acaben y vuelvan á empezar en el punto donde acabaron, no como un nuevo proceso de repetición, sino como una continuación del que lo precediera.
No siendo esa energía una magnitud, no puede disminuir, lo que explica su permanencia; y así está eternamente convirtiéndose y siendo la misma.
Las ruedas de luz en que luego se divide, forman la primera hueste de seres, multiplicados en los polígonos inscriptos en ellos, y sucesivamente en los poliedros del primer estado atómico; pero como estos seres no son materia de la nuestra, digamos así, es forzoso considerarlos entidades incorpóreas, ó sea espíritus[35].
Unitarios en un principio, como que no son sino formas, se convierten en hermafroditas al volverse átomos, no por razones de sexo naturalmente, sino por reunir en el perfecto equilibrio que constituye su existencia, la materia y la fuerza bajo el estado potencial. El átomo es así un espíritu puro, y su conversión al estado de materia y de fuerza ya definido, su caída.
Entre tanto, los seres que fueron las primeras ruedas, y que como estados de energía no han dejado de existir, van dirigiendo su propio fraccionamiento evolucionario, por actos de conciencia y de voluntad; pues se recordará que no siendo nada material, resultan forzosamente espíritus: pensamiento en acción.
¿Quién duda, por otra parte, que cada pensamiento es una individualidad? Cuando leemos un pensamiento, no necesitamos recordar á su autor, ni se ve que aquél tenga ninguna identidad con éste, pues de ninguna manera es necesario conocer al autor de un pensamiento, ni saber nada sobre él, para entenderlo. Una vez creado, el pensamiento es una individualidad con vida propia; y si esto sucede en la humanidad, cualquiera advierte la importancia que revestirá cuando se trata de seres cósmicos.
La fuerza, cualquiera que ella sea, nunca posee esta individualidad, y he aquí otra demostración de que son cosas distintas, así sea toda fuerza una manifestación de pensamiento, como son cosas distintas el rastro y la planta que lo imprimió.
Aquellas primeras energías cósmicas debían poseer una potencia prodigiosa, dadas su libertad y la asimilación de energías que constituía su ser; pero esto no querrá significar nunca la omnipotencia ni la omniciencia, sino relativamente al intelecto humano. Los fracasos de mundos estallados en asteroides ó consumidos en las hogueras solares, tanto como la desaparición de especies animales que convivieron con otras aún existentes, prueban errores de criterio y de procedimiento en esas inteligencias primordiales[36].
Ahora, lo que es existencia corpórea, no la tuvieron sino cuando hubo materia voluminosa y extensión, correspondiendo entonces al calor su rango de primer numen[37]; pero el catálogo de las existencias cósmicas no tendría interés para el lector, sino como una nomenclatura estéril de personajes fantásticos.
Lo que sí interesa saber, es que todas estas manifestaciones son atómicas y susceptibles de transformarse en otras, es decir de crear, si ha de darse á este verbo su único sentido aceptable[38]. Son atómicas, como el hombre es celular, sin que su unidad de ser individual se resienta; y si están sujetas á la evolución que hemos descripto como una serie de consecuencias, este determinismo es el resultado de las causas desconocidas que actuaron sobre ellas en el universo anterior; pero ellas sabían lo que les pasaba, y ayudaban á la evolución dirigiéndola en los seres emanados de ellas, si bien no sin conflictos, es decir sin errores, como lo prueban los cataclismos cósmicos[39]. Si hubiera un Creador omniciente y omnipotente, el universo sería una maquinaria perfecta, sin ningún tropiezo posible.
Por lo demás, las fuerzas están demostrándonos á cada momento su inteligencia. Todos los fenómenos naturales nos revelan operaciones complicadísimas, ejecutadas con una precisión, con una economía tal de esfuerzo, con una adaptación tan perfecta á su objeto, que revelan direcciones muy superiores á nuestra razón. Compárese el trabajo que ésta ha debido ejecutar para repetir el más insignificante de esos fenómenos, y se tendrá la relación entre ella y las fuerzas directoras de éstos.
La ley del menor esfuerzo, la tendencia á la regularidad de las formas, que la ciencia llama “inclinación natural” de la materia, ¿qué son sino deliberaciones inteligentes? ¿No implican acaso, comparación entre dos términos? Todavía si el universo fuera de una estabilidad perfecta, se explicaría esa precisión como un equilibrio resultante de largas oscilaciones; pero cuando todo cambia incesantemente, las fuerzas ciegas son inexplicables.
Al no asignar inteligencia sino al hombre, la ciencia cae en el error antropocéntrico de las religiones, ó está obligada á suponerla en toda manifestación físico-química, en todo fenómeno cuya dirección tenga analogía con un raciocinio, una comparación, una modalidad intelectual en una palabra; mucho más cuando esa modalidad resulte, como hemos visto, superior á las suyas. Efectos análogos, suponen causas semejantes.
¿Qué será, finalmente, si parangonamos al hombre con el planeta que habita, y cuyas manifestaciones físico-químicas mucho más poderosas y complicadas que la suya (como que él es una en el planeta) supone una inteligencia mucho más vasta, así sea ella la causa (espiritualismo) ó el efecto (materialismo) de esas manifestaciones?
¿O sería osado el hombre á suponerse más perfecto como ser, que el planeta—el ser enorme—en el cual aquél no es sino una célula?...[40].
Hay, sin embargo, otro aspecto muy interesante del asunto.
Si la radioactividad de la materia en forma de luz, calor, electricidad, olor, sonido, es un trabajo de regreso hacia la energía absoluta, percibir esas manifestaciones por medio de los sentidos es incorporarlas á dicha energía, es decir al pensamiento. Esto explica á la vez la percepción y la naturaleza etérea (radioactividad absoluta) del pensamiento. De aquí que el mejor aparato para apoderarse de la energía etérea, sea el hombre, que al llevarla en sí está en ella y es ella, como entidad espiritual naturalmente.
Así, pues, toda luz, todo sonido, todo calor, todo fenómeno olfatorio ó gustativo, son trabajos de desintegración de la materia, y toda percepción inteligente de estos fenómenos es reintegración de materia á la energía absoluta.
Esto acarrea una consecuencia racional inesperada, y que resuelve uno de los más obscuros problemas filosóficos.
Sábese, en efecto, que el espacio como extensión infinita é incorpórea, vale decir el movimiento absoluto, puesto que es el movimiento lo que engendra al espacio—es á un tiempo inconcebible é imprescindible para nuestra mente. Si el pensamiento es la energía absoluta, nuestro pensamiento y el espacio son una misma cosa, ó sea éter infinito é incondicionado donde no hay magnitud ni tiempo; resultando así inconcebible como sensación, bien que imprescindible porque constituye nuestro propio ser. Los términos al parecer antagónicos, se hallan así conciliados.
He aquí el espiritualismo y la inmortalidad del alma como soluciones racionales de una concepción cosmogónica, es decir aceptables sin conflicto con la ciencia ó con la razón. Posición intermedia, bien que sólo por razones de distancia, entre el materialismo y el super-naturalismo, la nuestra considera todos los fenómenos como naturales, pero no los deriva totalmente de la materia; y lejos de someterlos á la arbitrariedad del azar ó de un dios ex nihilo, los considera determinados por una existencia anterior. Todas las consecuencias que se derivan del espiritualismo así concebido: solidaridad humana, inmortalidad, causalidad del destino humano, son consecuencias racionales.
NOTAS:
DÉCIMA LECCIÓN
EL HOMBRE
Cuando vuelve á la vida un universo, los seres que lo poblaron vuelven también á la acción por orden de importancia; es decir que las fuerzas superiores, las más poderosas y activas, son las primeras en reaparecer. Esto explica la formación de los mundos como entidades primordiales, y todo el proceso de conversión de la energía en materia, hasta que ésta alcanza su máximum de estabilidad en el estado sólido. Á partir de este punto, se inicia el proceso inverso, ó de desintegración, y los seres van tendiendo á convertirse en focos de eterización cada vez más activa. Siendo éstos los seres vivos, según se expresó, y figurando entre ellos el hombre como el más activo de todos, alcanzar el estado humano viene á ser para los seres de la Tierra la suprema perfección en este mundo. Conociendo este proceso, la Kábala había dicho muchos siglos antes que los darwinistas: “La piedra se convierte en árbol, el árbol en animal, el animal en hombre y el hombre en espíritu puro”—dando á las cosas un alcance bien superior como se ve.
Sabido esto, es claro que al aparecer en la Tierra la vida animal, su primer representante ha tenido que ser el hombre; y ya hemos visto que vida animal, tanto como vegetal y mineral, hubo en la Tierra desde que ésta entró al estado líquido, bajo formas fluídicas, pero no menos reales por ello.
Antes del proceso cristalino y del vegetativo, en el cual la ciencia va encontrando ya las células poliédricas primordiales, así como los rudimentos de un sistema nervioso[41], el espíritu del hombre existía ya, pero no dividido todavía en seres humanos, sino como una entidad sintética que dirigía la evolución todavía poco diferenciada de su planeta. Era un habitante de la nebulosa ígnea que constituía la Tierra entonces, y engendraba por acción mental, es decir pensaba su descendencia.
Cuando el planeta entró al estado líquido, aparecieron en su seno los cristales blandos, los rudimentos de existencias filamentosas que constituirían la vegetación, y las primeras células animales. El ser planetario se había dividido en existencias. De éstas, las destinadas á formar el reino animal, eran inteligencias, es decir hombres, según correspondía, dado que el hombre era la fuerza superior en la animalidad, y debía, por lo tanto, aparecer primero. Todas las formas animales son derivados de aquellas células, ideaciones suyas, y la escala darwiniana se encuentra así totalmente invertida[42]. El hombre es, pues, el progenitor del reino animal, explicando esto por qué repite las características de la serie zoológica durante su vida intrauterina; argumento el más poderoso del darwinismo para demostrar que es la síntesis inversa de toda esa serie.
Pero Darwin, urgido por imperativos teológicos, habló del hombre como del “coronamiento de la escala animal”. La lógica anuló bien pronto esa capitulación con la Biblia; pues si el hombre no era más que un peldaño, no había razón para que fuese el superior y el último, sino uno de tantos. Así, pues, el mono antecesor se ha convertido en un primo, lo cual ya es algo.
Sin embargo, hay un hecho bastante significativo; y es que el esqueleto ó los rastros del hombre, coexisten con todas las formas de vertebrados extinguidos y en todas las épocas geológicas, sin mostrar alteraciones muy sensibles en su estructura y en su tamaño, lo cual revela, cuando menos, una estabilidad superior como especie; y teniendo en cuenta que semejante estabilidad no puede provenir sino de una organización superior á la de los coetáneos ya desaparecidos, así como que se requiere una antigüedad muy grande para fijar los caracteres de una especie cuanto más complejos son[43], parece que la misma ciencia va demostrando la situación anterior del hombre en el reino animal.
La división que hemos debido establecer entre el hombre como espíritu de la tierra y como ser material, requiere también una explicación.
En efecto, como espíritu de la tierra, ó sea en su carácter de fuerza sintética animadora, el hombre es el progenitor de todos los reinos; pero como ser material, es decir dividido en mónadas[44] activas, se circunscribe al reino animal. Eso sí, como la ley de vida es una sola, al constituir el hombre la fuerza superior de la animalidad, aparece primero.
Teniendo en cuenta, sin embargo, que la vida de los planetas concluye dentro del ciclo de todo el universo, del propio modo que la del hombre dentro de la vida del planeta, muchas de esas mónadas quedan detenidas en su evolución hacia la espiritualidad, cuando el planeta sucumbe. ¿Qué sucede entonces?
Hemos dicho que los astros de un sistema conservan relaciones magnéticas y luminosas, pudiendo agregar ahora que dichas relaciones son influencias evidentes, pues la ciencia dice que basta la incidencia de un rayo de luz sobre un punto para provocar múltiples fenómenos.
Siendo ello así, la energía de esas mónadas pasa á otros astros que se encuentran en evolución correlativa, para seguir su ciclo en ellos, y de aquí que el pretendido absurdo de la astrología sea sostenido por talentos superiores.
Callaremos, no obstante, lo que pasa, para limitarnos á decir lo que pasó, continuando así nuestras descripciones.
Al entrar la Tierra en el estado líquido, la vida orgánica de la luna había concluido su ciclo de manifestación, y las mónadas de sus seres inteligentes debieron pasar á incorporarse en las nuestras. No lo hicieron como puras energías, sino también como agregados de materia sutil que se infiltró en la masa de la gigantesca célula humana á modo de influencia magnética, comunicándole nuevas propiedades, de la manera que el imán al acero. De aquí las relaciones magnéticas que el estado líquido conserva con la luna bajo la forma de mareas.
El vehículo de que esos espíritus lunares se valieron para venir á la Tierra, fué el cono de sombra que ésta proyecta sobre la luna, y que durante los eclipses nos trae exhalaciones maléficas de aquel astro; pues siendo él un cadáver, no ha de exhalar vida naturalmente. Esto explica la tradición en cuya virtud los chinos y muchas otras gentes, alborotan durante los eclipses “para ahuyentar á los malos espíritus”.
El cono de sombra es tan objetivo para esas formas sutiles, como un chorro de agua ó una columna de humo; pues siendo la luz el más poderoso agente de eterización de la materia, donde ella falta, es decir donde hay sombra, la materia es más densa y puede servir de vehículo. Cuando se dice que la luz ahuyenta á los espectros, se expresa una verdad más grande de lo que parece; y cuando los “bárbaros” hacen ruido para producir un efecto igual, por estar la luna oculta, echan mano de un agente (el sonido) que según se ha visto es una fuerza primordial, pues es la que ordena los átomos en series armónicas. La luz y la música, son enemigas de la muerte.
Muchos errores había cometido el hombre, espíritu puro sin conciencia, en sus engendros de la animalidad, así como en los tanteos para adoptar su propia forma; y de este modo, sobre el glutinoso mar primitivo, iban formándose los monstruos (fracasos) cuya descendencia estudia nuestra paleontología.
Sobre un coágulo de temblorosa albúmina, aparecía de pronto un inmenso ojo azul; una pulida mano, que al carecer de huesos[45] era más tierna aún, surgía de la antena de un molusco monstruoso; peces con cara humana, copos de nácar fluido en cuyo centro latían con intermitente fosforescencia glándulas pineales; serpientes engendradas por el simple movimiento de las olas coloidales, y aniquiladas de pronto en una multitud de cabecitas de pájaro; membranas de colores esbozando en su tornasol complicaciones intestinales y vesículas natatorias...
Los espíritus de la luna trajeron al hombre su experiencia, es decir le dieron la percepción mental que puso orden en aquella confusión; pero esto no bastaba; requeríase aún la conciencia y la memoria para que aquel espíritu tuviera responsabilidad, ó sea para que se individualizara del todo, aprendiendo á causar su propio destino.
Entonces los espíritus solares se esparcieron por el planeta.
Iban á ayudar al hermano inferior en su obra, que la simple ley evolucionaría habría llevado á término; pero que por este acto, se adelantaba hacia la perfección, economizando edades[46]. Éste era un deber (como lo es todo acto caritativo) un deber de los espíritus solares; pero muchos de ellos no quisieron llenarlo, por no descender de su rango superior. Llegó un momento, sin embargo, en que la ley evolucionaría los impelió á cumplir como fatalidad lo que habían rehusado como deber[47]; y entonces debieron encarnarse en las mónadas que les tocaba animar; pero éstas, mientras tanto, habían seguido cometiendo errores, que refluyeron sobre los que habrían debido impedirlos animándolas, y es así cómo esas mónadas se encontraron retrasadas en su evolución.
Comprendiendo, entonces, que durante la vida de este globo no pueden alcanzar la perfección de los otros, continúan entregadas á la fatalidad, que es la transgresión del deber, es decir haciendo mal. El bien y el mal, las diferencias de calidad, de inteligencia, etc., en los hombres, quedan así explicados en carácter de fenómenos lógicos y productos de la conciencia espiritual. Así es cómo, únicamente, el mal no viene á ser una forma del bien, según el conocido sofisma deísta; y cómo el dualismo de Dios y de Satanás, no es tampoco un imperativo categórico. Hay condenados por su culpa (por no haber animado voluntariamente las mónadas) pero su condenación no es eterna, sino respecto al ciclo de evolución de este planeta. Los que han preferido obrar como fuerza ciega, son las víctimas de la fatalidad[48].
Sólo falta por agregar ahora, que así como después de reingresar en la energía absoluta, el universo vuelve á ser materia, mundos y hombres hacen lo propio en ciclos equivalentes á la duración de sus vidas; y que de tal modo, la reencarnación humana resulta una ley racional y necesaria[49]. Necesaria sobre todo, si á los actos de su corta vida no han de corresponder, contra toda razón y toda justicia, eternidades de gloria ó de tormento. Una sola es la ley de la vida, lo mismo para el insecto que para la estrella[50].
NOTAS:
EPÍLOGO
Y mi extraño interlocutor calló durante una hora cuyo silencio no me atreví á turbar.
Sobre nuestras cabezas palpitaba de astros la inmensidad transparente y obscura. Su antigüedad formada por el transcurso de todos los tiempos, era, no obstante, ligera como un aroma; su profundidad estaba serena como un sueño en paz.
En el silencio de aquella noche, ante la cordillera ahí erguida como una presencia superior, tenía realmente la elevación de una idea. Estrellas y sombra, infinito y eternidad, componían para mi mente en comunión con ellos, esa armonía del silencio que presta alas al éxtasis.
Pero semejante grandeza no me anonadaba. Era grata por el contrario á mi pequeñez, y experimentaba ante ella, como ante una madre, la dulce seguridad de un niño desnudo.
Los misterios cuya exposición había oído, eran poca cosa ante aquél mucho más grande de todos los astros del firmamento, concentrando sus rayos en mi pobre ojo humano, inconcebiblemente pequeño ante el universo, y subordinados por la mísera chispa de mi cerebro al imperio de una ley; pues á través del frágil cristal de mi ojo, el universo entero estaba en mí, y todos sus astros brillaban en mí como si yo hubiera sido el infinito.
Música de las esferas que el iniciado heleno concibió en su sistema: ¿qué necesidad tenía de oirte con mis orejas, si tu transporte comunicaba á mi ser la beatitud inefable? Espectáculo de la bóveda estrellada, siempre el mismo y nunca monótono para el humano en meditación: ¿qué mérito mayor podía atribuirte que el de consolar mis tristezas? Condición humana, dulcemente grata en tu pequeñez, puesto que á ella debes la dicha de adorar; vida del hombre, preciosa en su fugacidad de soplo, ya que ésta misma te acerca á la inmortalidad: nunca como aquella noche comprendí vuestro destino, uno con el infinito y siendo el infinito mismo, á la manera del rayo solar que tamizado por el más pequeño poro, lleva no obstante á la pupila la sensación de todo el sol.
Mi interlocutor hizo un movimiento como si despertara, y alzando su mano señaló el cielo del sur.
Las nubes magallánicas rozaban el horizonte con sus lejanos tules, evocando recuerdos de navegación y de noches antiguas.
Eso, dijo el sabio, aquellas manchas negras, sombra de la sombra, que la astronomía llama sacos de carbón, son sitios de futuros universos, abismos de pensamiento eterno donde reposa la eterna vida.
¿Qué fueron, qué son, qué serán? Un silencio más hondo que la muerte, el silencio mismo del no ser, guarda ese secreto. Los rayos de todos los astros son impotentes para penetrar esa sombra cuya existencia es tan real como la de la luz, puesto que se destaca sobre la otra sombra que es diminución de luz, siendo tinieblas existentes por sí mismas.
¿Cómo explica la ciencia la impenetrabilidad de esas sombras al rayo estelar? No lo explica. ¿Qué conjetura sobre su naturaleza? Nada conjetura. Ante esos abismos donde piensa la eternidad y no existe el tiempo; donde el sol más flamígero se apagaría como un candil en una cueva; donde el silencio mismo no existe, donde la extensión misma no es concebible—el pavor de lo absoluto paraliza aun al rayo de luz que la inmensidad no detiene.
Pero un día, cuando nuestro universo esté quizá disuelto en una nubecilla atómica, el seno de esas tinieblas se estremecerá al impulso del rayo inicial, y los abismos estelares volverán á transformarse en soles. Quizá nosotros mismos seamos los animadores de esa vida, y así como ahora pensamos ideas, pensemos entonces espíritus vivientes.
Pero nuestras ideas son también espíritus, espíritus que aspiran á realizar, como los astros en el cielo y las flores sobre la Tierra, no la sombría struggle for life de la ciencia, sino la divina struggle for light de los seres superiores...
Su estatura parecía haber crecido hasta sobrepasar la vecina montaña; no era ya más que una larga niebla confundiéndose con la vía láctea en el fondo del horizonte. Y fuese ilusión de mi mente sobrexcitada, ó maravillosa realidad, es lo cierto que sin darme cuenta del prodigio, estaba viendo, desde hacía un rato, emblanquecer su rostro entre las estrellas.