LIBRO XXIV.
Mariano Antonio Collado translation
SUMARIO.
Durante la navegación hace Telémaco que le explique Méntor varias dificultades que acerca del modo de gobernar se le ofrecían. Al finalizar la conversación obligoles el mar a abordar en una isla en donde se encontraba Ulises recientemente arribado. Telémaco le ve y le habla sin conocerle; mas una secreta conmoción que siente al mirarle partir de nuevo, sin atinar la causa le tiene confuso hasta que Méntor se la explica consolándole con la idea de que pronto verá a su padre. Retardada la partida para hacer un sacrificio a Minerva, abandona esta la figura con que hasta entonces se había ocultado, y desaparece. Arriba Telémaco a su patria y encuentra a Ulises en la casa del fiel Eumeo.

LIBRO XXIV.
Hínchanse las velas, levantan las anclas, y la tierra empieza a huir al parecer de su vista. Percibe de lejos el experimentado piloto los montes de Léucade, cuyas cimas se ocultan entre un torbellino de heladas escarchas, y los Acroceraunios, que ostentan su orgullosa frente humillada tantas veces por el rayo celeste.
Durante la navegación decía Telémaco a Méntor: Ahora me parece comprendo las máximas de gobierno que me habéis explicado. Parecíanme un sueño al principio; mas poco a poco se van desarrollando en mi entendimiento, presentándose con claridad, a la manera que todos los objetos aparecen sombríos y en confusión al amanecer y cuando brillan los primeros crepúsculos de la aurora, y saliendo de un caos al lucir la luz que crece insensiblemente, se les distingue dándoles las figuras y colores naturales. Estoy bien persuadido de que lo esencial en el que gobierna es distinguir los diferentes caracteres del entendimiento para elegir y aplicar a cada uno según sus talentos; pero réstame saber de qué manera puede conocerse a los hombres.
Es preciso estudiarlos para conocerlos, respondió Méntor; y para conocerlos, verlos y tratarlos. Los reyes deben hablar con los súbditos, consultarlos, experimentarlos en los empleos de poca importancia, de los cuales hagan les den cuenta para cerciorarse de si son capaces de otros más elevados. ¿Cómo es, mi querido Telémaco, que en Ítaca adquiristeis conocimientos de las buenas o malas propiedades de los caballos? A fuerza de observarlos y observar sus defectos o perfecciones junto a gente experimentada. Del mismo modo llegaréis insensiblemente en lo posible a conocer las buenas o malas cualidades de los hombres, hablando con los sabios y virtuosos que por largo tiempo hayan estudiado sus caracteres. ¿Quién os ha enseñado a distinguir los poetas buenos de los malos? La frecuente lectura y las reflexiones de personas que conocen la poesía. ¿Por qué medios habéis adquirido discernimiento en la música? Aplicándoos a observar varios músicos. ¿Cómo podrá esperarse gobernar bien a los hombres sin conocerlos? ¿Y cómo se llegará a conocerlos no habiendo vivido jamás con ellos? Porque no es vivir con ellos verlos en público, cuando solo dicen cosas indiferentes o preparadas con estudio, sino tratarlos en particular, extraer del fondo de sus corazones los secretos que encierran, tantearlos y sondearlos para descubrir sus máximas. Mas para juzgar de ellos perfectamente, ha de conocerse primero lo que deben ser, y el mérito sólido y verdadero, para distinguir a los que le tienen de los que carecen de él.
Sin conocer el mérito y la virtud, se habla continuamente de uno y otro, que para la mayor parte de los hombres no son otra cosa que palabras que se honran de pronunciar a toda hora. Pero es preciso tener principios ciertos de justicia, de razón y de virtud para conocer al justo y virtuoso, y poseer las máximas de un gobierno sabio y bueno para distinguir al que las profesa del que se aleja de ellas por medio de sutilezas ingeniosas. Por último, para pesar muchos cuerpos es indispensable un peso fijo; y para juzgar, principios constantes a que se reduzcan todos nuestros juicios, y penetrar con exactitud el objeto de la vida humana y qué fin se debe buscar al gobernar a los hombres. Este objeto único, esencial, es no apetecer jamás la autoridad y el poder para sí; porque en este caso arrastrará la ambición a satisfacer el orgullo tiránico; sino sacrificarse a las infinitas penalidades del gobierno para hacer al hombre bueno y feliz. De otro modo se camina a ciegas por la senda de la vida, entregándose a la casualidad, a la manera que el bajel surca los mares sin piloto, sin consultar los astros, y desconociendo las inmediatas costas: necesariamente ha de naufragar.
Por ignorar muchas veces los príncipes en qué consiste la verdadera virtud, ignoran también lo que deben buscar entre los hombres. A sus ojos se presenta la verdadera virtud con cierta aspereza; les parece demasiado austera e independiente; les espanta y disgusta, y dan oídos a la lisonja: desde este momento ya no pueden hallar sinceridad ni virtud, y corren en pos de un fantasma de falsa gloria que les hace indignos de la verdadera. En breve se acostumbran a juzgar que no existe virtud sólida sobre la tierra; pues así como el bueno conoce al malo, desconoce este a aquel y no se persuade de que exista ninguno. Tales príncipes solo saben desconfiar de todos; se ocultan, se aíslan, envidian las cosas de menor importancia, y a todos temen mientras de todos son temidos. Huyen la luz, procurando no aparecer cuales son: sin embargo, aspirando a no ser conocidos no pueden lograrlo, porque la maligna curiosidad de los súbditos todo lo penetra y adivina. Complácense al verles inaccesibles las personas interesadas que les rodean; porque saben que siéndolo a los hombres lo son también a la verdad, y por lo mismo se esfuerzan a oscurecer el mérito con relaciones infames para alejar de su lado a los que pudieran abrirles los ojos. Los monarcas que obran de esta suerte, pasan la vida en una grandeza estúpida, en la cual temiendo a cada paso ser engañados, llegan a serlo inevitablemente, y merecen serlo; porque desde el momento que no hablan sino a un corto número de personas, se obligan a recibir el influjo de las pasiones y preocupaciones de estas, y hasta los buenos tienen defectos y prevenciones. Además se entregan al arbitrio de los chismosos, raza infame y maligna que se alimenta de veneno, que emponzoña las cosas más inocentes, abulta las pequeñas, inventa el mal antes de dejar de perjudicar, y se goza por interés propio en sembrar la desconfianza e indigna curiosidad en el corazón de un príncipe débil y suspicaz.
Conoced, pues, mi querido Telémaco, conoced a los hombres: examinadlos haciendo que hablen unos de otros; experimentadlos poco a poco sin entregaros a ninguno. Aprovechaos de vuestra experiencia cuando hayáis sido engañado en vuestros juicios; porque lo seréis alguna vez, y porque los malos poseen demasiado bien el arte de sorprender al bueno por medio del fingimiento. Aprended por tales medios a no juzgar bien ni mal con precipitación: lo uno y lo otro es igualmente peligroso; y así os instruirán con utilidad los yerros padecidos. Cuando encontréis talentos y virtud en un hombre, servíos de él sin desconfianza; porque el hombre de bien apetece sea reconocida su rectitud, y aprecia más la estimación y la confianza que los tesoros. Pero cuidad de no corromperlos dándoles un poder ilimitado; porque tal vez siempre habría sido virtuoso el que no lo es por haberle dado demasiada autoridad y excesivas riquezas. Bastante favorecen los dioses al que encuentra en un reino dos o tres amigos verdaderos, de bondad y sabiduría constantes; pues en breve halla por su medio personas semejantes a ellos que ocupen los empleos inferiores. Confiándose el monarca a los buenos, conoce lo que no es posible conozca por sí mismo.
¿Pero será preciso, decía Telémaco, servirse de los malos cuando son hábiles, como he oído decir tantas veces? Es necesario hacerlo frecuentemente, respondió Méntor; porque en una nación agitada y en desorden, se hallan hombres injustos y artificiosos que ya tienen poder, que poseen empleos de importancia de que no puede despojárseles, y que han adquirido la confianza de ciertas personas poderosas con quien es preciso contemporizar; y debe hacerse también porque se les teme como malvados capaces de trastornar la sociedad. Indispensable es servirse de ellos por algún tiempo; mas debe cuidarse de que poco a poco lleguen a ser inútiles. Guardaos bien de depositar en ellos jamás vuestra íntima y verdadera confianza; porque pueden abusar de ella y sujetaros a pesar vuestro, por la importancia del secreto que les confiéis, cadenas mucho más difíciles de romper que las de hierro. Servíos de ellos para cosas de poca importancia, tratadlos bien, empeñadlos por su propio interés en que os sean fieles; único medio de lograrlo; mas no les deis parte en vuestras secretas deliberaciones. Tened siempre dispuesto un resorte que obre según vuestra voluntad; pero sin darles jamás la llave de vuestro corazón. Y cuando el estado goce de quietud, regido por hombres sabios y de probidad, de quienes estéis seguro, irán siendo inútiles los malvados que os fuera preciso emplear. Entonces continuad tratándoles bien, porque nunca es lícito ser ingrato aun con los malvados; pero tratándolos bien, procurad sean buenos, sin olvidaros de que es necesario tolerar ciertos defectos a la humanidad, recobrando sin embargo la autoridad poco a poco, y evitando los males que harían si no se les reprimiese. Es un mal producir el bien valiéndose del malo, y aunque aquel sea inevitable muchas veces, debe procurarse que desaparezca. Un monarca sabio, que solo apetece la justicia, llegará a conseguirla con el tiempo sin el auxilio de hombres corrompidos y engañosos, y encontrará hombres de bien, dotados de la aptitud necesaria.
Pero no basta encontrarlos: preciso es formar otros nuevos. Eso, respondió Telémaco, debe producir grandes dificultades. Ninguna, replicó Méntor, porque dedicándoos a buscar hombres hábiles y virtuosos para ensalzarlos, excitaréis y animaréis a los que posean valor o talentos, y todos se esforzarán en merecerlo. ¡Cuántos yacen en una oscura ociosidad, que serían grandes hombres si les estimulase al trabajo la emulación o la esperanza! ¡Cuántos a quienes la miseria o la imposibilidad de medrar por la virtud arrastra a lograrlo por el delito! Si destináis las recompensas y los honores al talento y a la virtud, ¡cuántos formaréis adornados de uno y otra! ¡Y cuántos haciéndoles ascender de grado en grado desde los primeros empleos hasta los de mayor importancia! Ejercitaréis sus talentos, experimentando la extensión de ellos y la sinceridad de su virtud; y los que lleguen a los más elevados, habrán servido a vuestra vista en los inferiores, y juzgaréis de ellos no por sus palabras sino por la serie de sus acciones.

En tanto que discurrían de esta suerte Méntor y Telémaco, descubrieron un bajel feacio que había recalado en cierta isla pequeña, inculta y desierta, rodeada de espantosos peñascos; y al mismo tiempo cesaron de soplar los vientos, suspendiendo al parecer sus agradables soplos: serenose el mar cual un espejo: no podían las velas dar movimiento al bajel, y eran inútiles los esfuerzos de los fatigados remeros. Fue preciso arribar a la isla, que era más bien un escollo que propia para habitarla los hombres. En tiempo de menos calma no habrían podido arribar a ella sin gran peligro.
Los feacios, que aguardaban el viento para partir, no se hallaban menos impacientes de continuar su viaje que los salentinos: acercose a ellos Telémaco por entre aquellas escarpadas riberas, y preguntó al primero a quien halló si había visto a Ulises, rey de Ítaca, en el palacio del rey Alcínoo.

No era feacio el que casualmente fue preguntado por Telémaco, sino un extranjero desconocido, de semblante majestuoso, aunque abatido y triste; pensativo al parecer apenas escuchó al principio lo que le preguntaba Telémaco; mas al fin le respondió: No os engañáis: Ulises fue recibido en el palacio del rey Alcínoo, como asilo en donde se teme a Júpiter y en donde se ejerce la hospitalidad; mas ya no está allí, y le buscaríais inútilmente: partió para Ítaca, si es que los dioses aplacados ya, permiten pueda saludar a sus penates.
Apenas hubo pronunciado el extranjero estas tristes palabras, se introdujo en un pequeño bosquecillo que señoreaba una roca, desde el cual miraba atentamente las aguas, huyendo de los hombres afligido al parecer por no poder partir.
Tenía Telémaco fija la vista en él, y se aumentaba su conmoción y sorpresa cuanto más le miraba. Este desconocido, decía a Méntor, me ha respondido como el que apenas escucha lo que le dicen por hallarse lleno de pesadumbre: compadezco a los desgraciados desde que lo soy, y siento que se interesa mi corazón por este hombre sin conocer la causa. Me ha recibido mal, apenas se ha dignado escucharme y responderme: sin embargo, no me es posible dejar de desear el término de sus desgracias.
He ahí, respondió Méntor sonriendo, el fruto de los infortunios de la vida: hacer a los príncipes moderados y sensibles a los padecimientos del hombre. Cuando solo han gozado el veneno halagüeño de la prosperidad, se consideran dioses, quieren que para satisfacer sus deseos humillen sus cumbres las montañas, desprecian a los hombres, y se burlan de la naturaleza entera. Si oyen hablar de padecimientos ignoran lo que sean considerándolos como un sueño; pues jamás han visto la distancia que media entre el bien y el mal. El infortunio solamente puede hacerlos sensibles y cambiar sus corazones de peña en corazones humanos. En este caso llegan a conocer que son hombres, y cómo deben tratar a sus semejantes. Si un desconocido excita tanto vuestra compasión, porque como vos va errante por esta costa, ¿cuánta deberá excitaros el pueblo de Ítaca cuando le veáis un día padecer, considerando que os le confiaron los dioses cual el rebaño al pastor, y que será tal vez desgraciado a causa de vuestra ambición, lujo o imprudencia? Porque no padecen las naciones sino por culpa de los reyes que deberían vigilar para impedir que padeciesen.
Mientras hablaba así Méntor, hallábase Telémaco melancólico y disgustado; mas al fin le respondió algo conmovido: Si todas esas cosas son ciertas, bien infeliz es el rey; porque llegará a ser esclavo de los que manda: nacido para ellos, a ellos debe consagrarse enteramente. Encargado de sus necesidades, será padre del pueblo y de cada individuo: deberá acomodarse a sus debilidades, corregirles cual padre y hacerlos sabios y felices. La autoridad que tiene no es al parecer suya, sino de aquellos: nada puede hacer para su gloria ni para sus comodidades. Únicamente reside en él la de las leyes; ha de obedecerlas para dar ejemplo a los vasallos; y hablando con propiedad, es el defensor de ellas para hacerlas obedecer. Para mantenerlas ha de velar y trabajar incesantemente; porque goza menos libertad y quietud que los demás, y es un esclavo que sacrifica su reposo y libertad por la libertad y felicidad públicas.
Cierto es, respondió Méntor, que el rey lo es únicamente para cuidar de su pueblo, como el pastor del rebaño, o cual el padre de la familia; pero ¿pensáis Telémaco que sea infeliz por tener que hacer bien a tanto número de personas? Corrige al malo castigándole, alienta al bueno con la recompensa, y representa a los dioses conduciendo por el camino de la virtud a todo el género humano. ¿No le cabe bastante gloria en hacer observar las leyes? La de hacerse superior a ellas es una falsa gloria que merece desprecio y horror. Si es malo no puede dejar de ser infeliz, porque no sabrá hallar paz en el seno de la vanidad y de las pasiones; y si bueno debe gozar el más puro y sólido de todos los placeres, trabajando en obsequio de la virtud y esperando de los dioses la recompensa eterna.
Agitado interiormente Telémaco, parecía no haber llegado a persuadirse jamás de estas máximas, a pesar de enseñarlas a los otros. Contra estos sentimientos le suministraba la melancolía cierto espíritu de contradicción y sutileza para resistir las verdades que le explicaba Méntor, oponiendo a ellas la ingratitud tan común entre los hombres. ¡A qué, decía, esforzarse a costa de tantas fatigas para hacerse amar de ellos, cuando acaso no os amarán nunca! ¡A qué hacer bien a los malvados que se servirán de los beneficios para causaros daño!
Debe contarse con la ingratitud de los hombres, respondió Méntor con serenidad; pero sin dejar por ello de hacerles beneficios, pues ha de ejecutarse así, menos por amor hacia ellos que por satisfacer a los dioses, porque nunca es perdido el bien que se hace: si llegan a olvidarle los hombres, los dioses lo recompensan. Además, si la multitud es ingrata, siempre se encuentran algunos virtuosos que se interesan por la virtud; y aun la multitud misma, aunque caprichosa e inconstante, no deja de hacer justicia tarde o temprano al virtuoso.
Pero si aspiráis a evitar la ingratitud de los hombres, no os ocupéis únicamente en hacerlos poderosos, ricos, temibles por sus armas, felices por la variedad de placeres; porque esta gloria, esta abundancia de delicias llegarán a corromperles, y al paso que se aumentará su maldad, crecerá su ingratitud. Esto es hacerles un presente funesto; ofrecerles un veneno delicioso. Aplicaos a mejorar sus costumbres, a inspirarles sentimientos de justicia, de sinceridad, de temor a los dioses, de humanidad, de fidelidad, moderación y desinterés; y haciéndolos buenos, impediréis sean ingratos: les proporcionaréis el verdadero bien, que es la virtud; y si es sólida, les inclinará al que se la haya inspirado. De esta suerte os haréis bien a vos mismo dándoles bienes ciertos, y no deberéis temer su ingratitud. ¿Por qué ha de causar sorpresa que sean ingratos los hombres para con un príncipe que solo les ha ejercitado en la injusticia, ambición, envidia, inhumanidad, altivez y mala fe? No debe prometerse el príncipe otra cosa de sus vasallos, que lo que les ha enseñado a hacer. Si emplease su poder y su ejemplo en hacerlos buenos, encontraría el premio de sus fatigas en las virtudes de aquellos, o al menos hallaría en las suyas y en el favor de los dioses motivos de consuelo en sus errores.
Apenas terminó su discurso Méntor, se acercó Telémaco presuroso hacia los feacios del bajel que se hallaba detenido en aquella costa; y dirigiéndose a un anciano, preguntole de dónde venían, a dónde se dirigía su navegación, y si habían visto a Ulises.

Venimos de la isla de Feacia, respondió el anciano, y navegamos hacia el Epiro en busca de mercancías. Ulises, como ya os han dicho, pasó a nuestra patria; mas partió de ella. ¿Y quién es, añadió Telémaco, ese hombre poseído de tristeza, que busca los lugares más apartados mientras vuestro bajel se da a la vela? Es, contestó, un extranjero a quien no conocemos: dicen se llama Cleómenes, natural de Frigia, y que un oráculo había presagiado a su madre, antes que él naciese, sería rey con tal que no permaneciera jamás en su patria; y que si permanecía, experimentarían los frigios el enojo de los dioses sufriendo una peste cruel. Luego que nació le entregaron sus padres a unos marineros que le condujeron a la isla de Lesbos, y allí fue alimentado en secreto a expensas de su patria, tan interesada en que permaneciese lejos de ella. Pronto llegó a ser vigoroso, robusto, afable, y diestro en todos los ejercicios corporales, y aun se aplicó gustoso a las ciencias y nobles artes; pero no pudieron sufrirle en ningún país. La predicción le hizo célebre; fue conocido en breve por donde quiera que iba, y causaba temor a todos los reyes, que recelaban les arrebatase la corona. Así vaga desde la juventud, sin hallar lugar alguno en que pueda permanecer. Ha transitado por varias naciones muy lejanas de la suya; mas apenas llega a una ciudad, descubren su nacimiento y el oráculo anunciado, y cree conveniente ocultarse y elegir en cada lugar un género de vida oscura: sin embargo, en todas partes sobresalen sus talentos a pesar suyo, según dicen, ora en la guerra, ora en las letras, ora en los negocios de mayor importancia; porque en cada país se presenta alguna ocasión imprevista que le obliga a ser conocido del público. Su mérito le hace desdichado; pues por él es temible y se ve desterrado de todas las naciones en que quiere morar. Su destino le hace digno de estimación y de aprecio; pero le aleja de todos los países conocidos. No es ya joven, y sin embargo aún no ha podido hallar ninguna costa del Asia ni de la Grecia en donde le hayan permitido vivir con reposo. No le seduce la ambición, ni corre tras la fortuna: se consideraría feliz si el oráculo no le hubiese anunciado jamás la corona. Ninguna esperanza le queda de volver a su patria; porque sabe no podría llevar a ella sino duelo y lágrimas a todas las familias. La misma corona, causa de sus padecimientos no le parece apetecible: corre tras ella a su pesar, arrastrado por la fatalidad, de nación en nación, mientras aquella huye de él para gozarse en su desgracia hasta la senectud. ¡Presente funesto de los dioses que llena sus días de inquietud, y le causa pesares en la edad en que debilitado el hombre solo ha menester el reposo! Corre, dice, hacia la Tracia en busca de algún pueblo salvaje e insociable para reunirle, civilizarle y regirle por algunos años; y después de haber cumplido el anuncio del oráculo, nada tendrán que temer de él las naciones más florecientes, y se promete retirarse a una aldea de la Caria para dedicarse a la agricultura, que aprecia con pasión. Es sabio y moderado, teme a los dioses, conoce a los hombres, y sabe vivir en paz en medio de ellos sin estimarlos. He aquí lo que refieren de ese extranjero por quien me preguntáis.
Durante esta conversación volvía la vista Telémaco repetidamente hacia el mar, que comenzaba a agitarse. Elevaba el viento las olas, que venían a estrellarse contra las rocas y las cubría de espuma, e improvisadamente prosiguió el anciano: Me es preciso partir: no pueden esperarme mis compañeros; y al decir estas palabras corre a la orilla, se embarca, y solo se percibe la confusa gritería de los marineros que desean con impaciencia continuar su viaje.
El desconocido a quien llamaban Cleómenes había andado errante algún tiempo por lo interior de la isla, subiendo a la cumbre de las rocas y contemplando el espacio inmenso de los mares con semblante melancólico, sin perderle de vista Telémaco y observando todos sus pasos. Había interesado su corazón aquel hombre virtuoso, errante, desgraciado, destinado a los más grandes hechos, y convertido en blanco de la rigurosa fortuna lejos de su patria. Al menos, decía Telémaco, yo veré tal vez a Ítaca, pero Cleómenes jamás podrá regresar a Frigia. El ejemplo de un hombre aún más desgraciado que él, mitigaba las penas de Telémaco. Por último, viendo preparado su bajel, el hombre descendió de las rocas escarpadas con tanta agilidad y ligereza como el mismo Apolo en las selvas de la Licia, tras recoger el rizado cabello, pasa a través de los precipicios para herir con sus flechas a los ciervos y jabalíes. Llegó el desconocido al bajel, y cortando este las aguas comenzó a alejarse de la tierra.

Entonces se apoderó del corazón de Telémaco una secreta impresión: afligíase sin conocer la causa, lloraba, y llorando hallaba consuelo. Al mismo tiempo descubrió a los marineros de Salento tendidos sobre la yerba y entregados al sueño. Hallábanse cansados y abatidos, y el benéfico sueño se había insinuado en sus miembros, derramándose sobre ellos los narcóticos de la noche en medio del día por el influjo de Minerva. Maravillose Telémaco al observar la pereza de los salentinos, mientras diligentes y atentos los feacios habían aprovechado el viento favorable; pero todavía se hallaba aún más ocupado en observar el bajel feacio, próximo a desaparecer entre las olas, que de acercarse a los salentinos para despertarlos de su profundo sueño. Una admiración y agitación interior le arrastraban a seguir con la vista el bajel, del cual solo descubrían las velas que blanqueaban algún tanto sobre el campo azulado de las aguas. Ni aun escuchaba a Méntor que le hablaba; y fuera de sí, era su agitación semejante a la de las Ménades cuando con el tirso en la mano hacen resonar sus gritos en las riberas del Hebro, y en las montañas de Ródope y de Ismaro.
Por último volvió de la especie de encanto en que se hallaba, y comenzaron a correr de nuevo sus lágrimas. No me maravilla, dijo entonces Méntor, veros llorar: la causa de vuestro dolor, que os es desconocida, no la ignora Méntor: la naturaleza habla y se hace sentir, y ella enternece vuestro corazón. El desconocido que ha producido en vos tan viva inquietud es el grande Ulises; y cuanto os ha referido de él el anciano feacio bajo el nombre de Cleómenes es una ficción dirigida a ocultar con más seguridad el regreso de Ulises a su reino. Va en derechura a Ítaca, ya se halla cerca del puerto, y vuelve por fin a ver aquellos lugares tanto tiempo deseados. Le habéis visto según os predijeron en otro tiempo; pero sin conocerle: en breve le veréis, le conoceréis y él os conocerá; pero los dioses no podían permitirlo ahora fuera de Ítaca. No ha estado su corazón menos agitado que el vuestro; pero es demasiado prudente para descubrirse a mortal alguno en unos lugares en que pudiera verse expuesto a las asechanzas de los crueles amantes de Penélope. Ulises es el más sabio de los hombres; su corazón es semejante a un profundo pozo, del cual no podría extraerse el secreto. Ama la verdad, y jamás dice lo que puede ofenderla; pero solo dice lo necesario, y la prudencia tiene cerrados sus labios cual un sello para articular palabras inútiles. ¡Cuán agitado se hallaba mientras os habló! ¡Cuánta violencia se hizo para no descubrirse! ¡Cuánto ha padecido al veros! He aquí la causa de su tristeza y abatimiento.
Lloraba Telémaco mientras Méntor hablaba, y los sollozos le impidieron responder en mucho tiempo. Por último exclamó: ¡Ah, mi querido Méntor! no en balde experimentaba yo que este desconocido alteraba mis entrañas. ¿Mas por qué, conociéndole, no me habéis dicho que era Ulises antes que partiese? ¿Por qué le habéis dejado partir sin hablarle y sin manifestar que le conocíais? ¿Qué misterio es este? ¿Seré yo siempre desgraciado, o querrán los dioses, irritados contra mí, tenerme lleno de agitación como a Tántalo sediento, embelesado con una agua engañosa que huye sin cesar de su abrasado labio? ¡Ulises! ¡Ulises! ¿Os habré perdido para siempre? ¡Acaso no le volveré a ver! ¡Acaso también le harán caer los amantes de Penélope en los lazos que me tendían! Si al menos le siguiese, moriría con él. ¡Ulises! ¡Ulises! Si las tempestades no os conducen a algún nuevo escollo (porque todo lo temo de la enemiga fortuna), tiemblo al considerar si os aguardará en Ítaca suerte tan funesta como la de Agamenón en Micenas. Mas, querido Méntor, ¿por qué me habéis privado de tanta dicha? En este momento le abrazaría, me hallaría con él en el puerto de Ítaca, y pelearíamos ambos para vencer a nuestros enemigos.
He ahí, respondió Méntor sonriendo, cómo son los hombres, mi querido Telémaco: os halláis desconsolado por haber visto a Ulises sin conocerle. ¿Cuánto habríais dado ayer por tener seguridad de que existía? Sin embargo, asegurado hoy por vuestros propios ojos de que vive, os causa pesadumbre lo que ayer habría colmado de gozo vuestro corazón. De esta manera desprecia el corazón del hombre lo que más deseaba luego que lo posee; y así se atormenta a sí mismo sobre lo que aún no ha poseído.
Para ejercitar vuestro sufrimiento, obran de este modo los dioses; y mientras consideráis perdidos estos momentos, sabed son los más útiles de vuestra vida, pues os empleáis en la más necesaria de todas las virtudes para el que debe mandar. Porque para ser el hombre dueño de sí mismo y de los demás, debe ser sufrido; pues la impaciencia, que se reputa como vigor del alma, es una flaqueza, una impotencia para sobrellevar las penas. El que no sabe aguardar y padecer, puede compararse al que no sabe callar un secreto: ambos carecen de firmeza para reprimirse, como el que corre en un carro sin fuerza bastante para contener a los briosos caballos, que desobedeciendo el freno, se precipitan arrastrando en su caída al hombre débil cuya mano no obedecen. El hombre impaciente se ve arrastrado a un abismo de desgracias por sus propios deseos; y cuanto mayor es su poder, más funesta le es la impaciencia. Nada le contiene; todo lo violenta para satisfacerse; rompe las ramas del árbol para coger el fruto antes de maduro; destroza las puertas antes que aguardar a que se las abran, y quiere segar la mies cuando la siembra el labrador prudente. Cuanto hace con precipitación y fuera de tiempo, tiene tan poca duración como sus inconstantes deseos. Tan insensato es el hombre que todo cree preverlo y se entrega a deseos impacientes abusando de su poder. Para enseñaros a sufrir ejercitan los dioses vuestra prudencia, y se gozan al parecer en la vida errante e incierta en que siempre os tienen. Si os presentan los bienes que apetecéis, y huyen cual el sueño, es para enseñaros que aquello que cree el hombre tener en la mano desaparece en un instante. Las lecciones más sabias de Ulises no serían tan útiles para vos como su larga ausencia y las penas que padecéis por buscarle.

Todavía quiso Méntor poner a prueba el sufrimiento de Telémaco de un modo más fuerte. Cuando corría a estrechar a los marineros para que apresurasen la partida, le detuvo Méntor para que ofreciese a Minerva un sacrificio; y con la mayor docilidad lo ejecutó. Prepararon dos altares de césped, ardió el incienso y corrió la sangre de las víctimas. Dirigió Telémaco al cielo fervorosas súplicas, y reconoció la poderosa protección de la diosa.
Acabado el sacrificio siguió Telémaco a Méntor por las sendas sombrías de un pequeño bosque, y observa alteradas repentinamente las facciones de su amigo; y a la manera que borra Aurora las sombras de la noche cuando al abrir las puertas de oriente inflama el horizonte, así desaparecen las arrugas que afeaban su rostro: bórrase el colorido de sus ojos, y resplandece en ellos un fuego celestial en vez de la austeridad de sus miradas: huye la descuidada y blanca barba, y admira Telémaco las facciones de una mujer de aspecto majestuoso y agradable al mismo tiempo; y en su tez, más fresca y hermosa que aparece la tierna flor que se abre al nacer Apolo, descubre el albor del lirio y el carmín de la rosa. Sobresalían en su rostro juventud permanente, sencillez y majestad: exhalaba ambrosía el flotante cabello, y veíanse brillar en las vestiduras los vivos colores que pinta el sol al comenzar su carrera en las oscuras bóvedas del firmamento y en las nubes que dora. El pie de la deidad no descansaba en tierra: vagaba por los aires cual el ave de ligera pluma, y empuñaba una lanza que causaría temor a las ciudades y naciones más guerreras, y aun al mismo Marte. Su voz era sonora y agradable; pero introducíanse sus palabras cual el rayo en el corazón de Telémaco. Brillaba en su pecho la terrible égida, y aparecía sobre el casco el ave de Atenas.
Estas señales hicieron conocer a Telémaco que era Minerva, y exclamó: ¡Oh diosa! ¡Sois vos la que os dignáis conducir al hijo de Ulises por amor hacia su padre!.... Más quería decir; pero faltole la voz, y esforzábase en vano para expresar las ideas que cual un raudal le presentaba el entendimiento. La presencia de la diosa le sobrecogía, y hallábase como el que oprimido por el sueño no puede articular palabra alguna por la agitación que entorpece su labio.
Hijo de Ulises, dijo por último la diosa, escuchadme por la postrera vez. A ningún mortal he instruido con tal solicitud como a ti: te he conducido por la mano a través de los naufragios, guerras sangrientas, tierras desconocidas, y cuantos males pueden poner a prueba el corazón del hombre. Te he hecho ver por medio de la experiencia las máximas verdaderas y falsas para reinar, y tus errores no te han sido menos útiles que las desgracias; porque ¿cuál es el hombre que pueda gobernar sabiamente si nunca ha padecido ni aprovechádose de los padecimientos a que le han arrastrado sus errores?
Semejante a tu padre han llenado la tierra y los mares tus tristes aventuras: ya eres digno de seguir sus huellas. Ve: nada te falta sino la corta y fácil travesía hasta Ítaca, adonde tu padre arriba en este momento: pelea a su lado y obedécele como el último de sus vasallos: da ejemplo a estos. Será Antíope tu esposa, y vivirás feliz con ella por haber buscado menos la belleza que la virtud y la sabiduría.
Cuando ocupes el trono, cifra tu gloria en renovar el siglo de oro: escucha a todos, cree a muy pocos; guárdate de creerte a ti mismo: teme engañarte; pero nunca temas conozcan que has sido engañado.
Ama al pueblo y nada omitas para hacerte amar; porque el miedo solo es necesario cuando falta el amor, y debe únicamente emplearse con disgusto como remedio violento y el más peligroso.
Considera en todas ocasiones las consecuencias de tus empresas, previendo los mayores inconvenientes, persuadido de que el verdadero valor consiste en prever los peligros y arrostrarlos cuando son inevitables. El que no quiere verlos carece de ánimo para sobrellevarlos con tranquilidad; y el que los ve todos y evita los que puede, arrostrando los demás con esfuerzo, es el sabio y magnánimo.
Huye la molicie, el fasto y la profusión, cifrando tu gloria en la sencillez. Las virtudes y las buenas acciones sean el ornato de tu persona y de tu palacio, y la guardia que te custodie: aprendan todos en ti a conocer en lo que consiste el verdadero honor.
No olvides nunca que los reyes no reinan para su propia gloria, sino para el bien de sus pueblos: que los beneficios que hacen se trasmiten a los más remotos siglos, y los males que causan se multiplican de generación en generación a la remota posteridad; pues un mal rey produce a veces calamidades para muchos siglos.
Sobre todo está siempre alerta contra tu genio, enemigo que llevarás hasta el sepulcro, y que tomará parte en tus decisiones, y te engañará si le escuchas. Él te hará perder las ocasiones más importantes, producirá inclinaciones o aversiones semejantes a las de la niñez, en perjuicio de tus verdaderos intereses: él decide los negocios de mayor consecuencia por razones frívolas; y él por último oscurece los talentos, abate el valor, y hace al hombre inconsecuente, débil, infame e insoportable. Desconfía pues de este enemigo.
¡Teme a los dioses, oh Telémaco! Este temor es el mayor tesoro del corazón humano: a él acompañan la sabiduría, la justicia, la paz, el gozo, los placeres puros, la verdadera libertad, la agradable abundancia y la gloria sin mancilla.

¡Hijo de Ulises!, yo te dejo; pero nunca te abandonará mi sabiduría con tal que no olvides jamás que nada puedes sin ella. Ya es tiempo de que aprendas a marchar solo. No me separé de ti en Egipto y en Salento sino para acostumbrarte a la privación de mi compañía, a la manera que se desteta al infante cuando ha llegado el tiempo de suministrarle alimentos más sólidos.
Luego que la diosa terminó este discurso se fue remontando en el aire, y ocultándose en una nube de oro y azul, desapareció. Maravillado Telémaco se prosternó lloroso y alzando las manos al cielo. Fue después a despertar a sus compañeros; se apresuró a partir, corrió a Ítaca, y reconoció a su padre en casa del fiel Eumeo.

FIN DEL TELÉMACO.
