LIBRO SEGUNDO LOS EMIGRADOS DE BAYONA EN 1830
Reading edition
I. DOS AMIGOS
Ignacio Iturri, liberal emigrado en Francia desde los sucesos de 1823, era hijo de un comerciante de buena posición de Pamplona. Se había visto Iturri al llegar a Bayona sin medios de fortuna, y como estaba medio enamorado de una muchacha, que servía de cocinera en una casa rica de la plaza Grammont, se casó con ella y puso una posada en la calle de los Vascos, a donde fué atrayendo a todos sus paisanos que iban a Bayona por algún negocio.
La posada de Iturri ocupaba toda una casa de piedra y ladrillo rojo, con entramado de vigas negras y el tejado de piñón. Esta casa tenía dos pisos, y en el principal en el balcón muy saliente colgaba una muestra con un letrero en francés y otro en castellano.
La posada de Iturri era limpia y decente, los cuartos grandes con el suelo encerado y las ventanas de guillotina, los muebles modernos; además de esto, tenía el atractivo de ser uno de los sitios en donde se guisaba mejor en Bayona, pueblo en donde se guisa bien en todas partes.
Un inconveniente tenía la posada de Iturri y era el olor a bacalao que salía de los almacenes de la calle de los Vascos. A tal perfume había que acostumbrarse quieras que no; habituándose a ello la posada de Iturri podía considerarse casi como un lugar de delicias.
Iturri era hombre de unos cincuenta años, fuerte, rechoncho, de ojos negros, de cara redonda y rasurada de tono azul y expresión melancólica. Hablaba con mucha calma y circunspección. Cualquiera le hubiera tomado por un cura o por un exclaustrado, sin embargo, a pesar de su aire clerical, de su cara dulce y de sus manos blancas y regordetas era hombre de arrestos.
Su mujer Graciosa, era una vasca de aire de grulla, de nariz afilada y mejillas sonrosadas, que trabajaba, hablaba y reñía todo al mismo tiempo sin parar.
Iturri el posadero que no tenía hijos, aceptó en su casa a un sobrino suyo ex seminarista escapado de Pamplona, llamado Manuel Ochoa.
Manuel Ochoa era un muchacho hijo de unos labradores del valle de Ulzama. Considerándolo como chico listo sus padres le habían puesto a estudiar para cura. Al principio Ochoa marchó bien en el Seminario, pero luego comenzó a averiguarse que cortejaba a las mozas, después se supo que se manifestaba liberal y al último que había asistido a una reunión de militares masones. Ochoa buscado por la policía se metió en Francia y fué a acogerse a la fonda de su tío. Iturri le trató bien, y como tenía grandes conocimientos entre los emigrados le presentó a Don Sebastián Miñano que estaba por entonces trabajando en varias obras y que publicaba desde 1825 la Gaceta de Bayona.
La mujer que vivía con el abate Miñano, y de la que tenía varios hijos, era algo pariente de Ochoa así que éste fué protegido por el abate.
Ochoa era muchacho violento, capaz de trabajar con entusiasmo. En los ratos de ocio se dedicaba a jugar a la pelota, lo que era para él como un sucedáneo de la acción.
Pronto le disgustó a Ochoa la colaboración con Don Sebastián Miñano.
Entre los liberales emigrados se decía que la redacción de la Gaceta de Bayona que estaba en la calle del Pont Neuf bajo los arcos, en casa de Barandiaran, era un punto de espionaje de Calomarde.
Manuel Ochoa riñó varias veces con Miñano. Ochoa era de estos hombres tempestuosos, que saltan al menor roce, que arrastran a la gente y tienen siempre entusiastas por su valor y su energía.
Una señora de Bayona, casada con un propietario rico, se enamoró de Ochoa y el seminarista tuvo un momento de éxito y de orgullo. Esta señora que no tenía mucho miedo ni a la opinión ni a su marido, fué varias veces a cenar con el estudiante a un gabinete reservado de la fonda del Comercio.
Iturri el fondista, que temía el escándalo, fué a ver a Miñano y a contarle lo que pasaba, y entre los dos decidieron mandar a Ochoa con un pretexto a París. Ochoa copiaría documentos en la Biblioteca Nacional para el abate.
En aquella época, Ochoa hubiera preferido quedar en Bayona, pero como no encontraba la menor apariencia de pretexto que oponer tuvo que marcharse.
Ochoa fué a París, conoció a algunos emigrados españoles y tomó parte en la sublevación de Julio.
Cuando Leguía y Chacón, comisionados por los liberales de Londres, llegaron a París, Ochoa se unió a ellos en sus visitas y diligencias. Luego al ir presentándose los emigrados se hizo definitivamente de su grupo.
Conoció a Mina, a Chapalangarra, a Jáuregui. Como no tenía ya carrera ni oficio pensó que lo mejor sería unir su suerte a la de aquellos hombres. Más culto que estos militares, pudiendo hermanar las letras y las armas, pensó le sería fácil conseguir un éxito con poco que le ayudara la suerte.
En París trabó amistad con Eusebio de Lacy, con quien vivió durante algún tiempo.
Eusebio de Lacy era un joven de ojos azules, pelo rubio y aspecto poco fuerte, aunque tranquilo y noble.
Eusebio había nacido en Holanda, en la isla de Walcheren, adonde su madre había seguido a Luis de Lacy, que entonces era capitán en la legión irlandesa que mandaba Arturo O'Connor y que estaba al servicio de Napoleón.
Eusebio pasó su infancia en Quimper, pueblo de su madre, que de soltera se llamó la señorita de Guermeur.
Durante la guerra de la Independencia y mientras su padre don Luis se batía contra los franceses, Eusebio estuvo en un colegio; terminada la guerra, Lacy, que había sido teniente general del ejército de Galicia y de Cataluña, fué destituído por Fernando VII, que tenía esta manera de pagar a los que se sacrificaban por su persona mientras él adulaba de una manera baja a Napoleón.
Destituído el general Lacy fué a vivir a Vinaroz y desde allí escribió a su mujer para que viniera con su hijo a reunirse con él, pero la francesa tenía resentimientos con su marido y no quiso ir a su encuentro. Entonces se cruzaron entre los dos cartas agrias y recriminaciones violentas.
El general Lacy era de estos tipos extraños que aparecen en las naciones en épocas de turbulencia. Su padre era de origen irlandés; su madre, francesa; él, andaluz de San Roque. Su destino había sido tan contradictorio y su carácter tan arrebatado, que muchas veces llegaron a considerarle como loco.
Durante la juventud de Lacy luchó al lado de los franceses, más tarde peleó contra ellos.
El día 2 de Mayo estuvo a punto de ser muerto por su uniforme de francés. Lacy era hombre exaltado, atrevido, y pertenecía a la masonería. Muerto Porlier, todas las esperanzas del partido liberal estaban puestas en él.
Lacy, con Milans del Bosch, en combinación con La Bisbal y algunos otros, preparó de una manera aturdida el pronunciamiento que le perdió. Dejando Vinaroz se presentó en Caldetas con el pretexto de tomar las aguas y con el fin de ponerse al frente de la sublevación. Al fracasar ésta, el capitán general de Cataluña, don Francisco Javier Castaños, que estaba en el secreto de la conspiración y que había dado el permiso a Lacy para trasladarse de Valencia a Cataluña, sabiendo a lo que iba, mandó en persecución suya al brigadier Llauder, a Llauder que era masón y había estado protegido por Lacy.
Tanto Castaños como Llauder eran hombres de pocos escrúpulos, capaces de unirse a Lacy si vencía y de fusilarlo si fracasaba.
Llauder salió en busca de los sublevados camino de Mataró. Milans del Bosch alcanzó la frontera; Lacy, no se sabe por qué, en vez de apresurarse a huir, para lo que tenía tiempo sobrado, se detuvo y cayó preso.
Una Comisión militar le juzgó y le condenó a muerte; el Gobierno y Castaños, que en este asunto representó un papel muy ambiguo, ordenaron que Lacy fuera trasladado a Mallorca; hicieron creer al pueblo que era con el objeto de encerrarlo solamente y al llegar al castillo de Bellver lo fusilaron.
Al triunfar el movimiento liberal de 1820, los amigos de Lacy, entre ellos Milans de Bosch, escribieron a la viuda para que enviara a su hijo a educarse a España; un ayudante fué a buscar a Eusebio a Quimper y lo acompañó a Barcelona.
Poco después el muchacho asistió en Palma de Mallorca a la exhumación del cadáver de su padre enterrado en la iglesia de Santo Domingo, que fué transportado con gran pompa a Barcelona.
Las Cortes, para honrar su memoria nombraron a Eusebio primer granadero del Ejército español.
Eusebio siguió en el colegio de Barcelona, siendo un motivo de orgullo para todos, y estuvo viviendo una temporada en Madrid. Los amigos y camaradas de su padre le hablaban de él con entusiasmo; le contaban sus proezas y sus rasgos de energía y de valor.
Eusebio llegó a tener por su padre una adoración ciega, que le llevó a ver con disgusto el comportamiento de su madre.
Al acabar su existencia de tres años el Gobierno constitucional, Eusebio volvió a Quimper y vivió soñando con España y con los liberales amigos de su padre, hombres todos que le parecían de un romanticismo exaltado, de una generosidad extraordinaria.
Creía que en España todos los hombres eran valientes como el Cid y todas las mujeres seres poéticos e ideales; en cambio, tenía una profunda antipatía por los parientes y amigos de su madre, que querían hacerle comerciante y francés.
A los veinte años Eusebio fué a París y poco después a Londres. Allí se hizo amigo del hijo de Milans del Bosch, conoció a los emigrados españoles y fué a las tertulias elegantes, en donde se distinguía por su belleza Teresa Mancha, la hija del coronel don Epifanio.
Lacy llevaba en Londres una vida muy distinta a la de los demás emigrados; paseaba, leía, escribía un diario. Eusebio era un joven de espíritu claro y sereno; quería ver las cosas sin apasionamiento, empresa difícil, intentando al mismo tiempo conservar el entusiasmo.
Estaba enamorado de las cosas grandes y nobles, y hubiera querido que éstas se hicieran sin trabajo, sólo con abnegación y sacrificio.
La Revolución de Julio, sorprendió a Lacy en Londres. Como la mayoría de los liberales, al saber su resultado marchó a París, donde conoció a Ochoa, de quien se hizo gran amigo.
Al enterarse los dos del proyecto de intervención por la frontera de los constitucionales se trasladaron a Bayona, y como Lacy no tenía mucho dinero, fué a vivir con Ochoa a la fonda de Iturri de la calle de los Vascos.
Mientras llegaba el momento de batirse, Lacy vivía con mucho método; tenía las horas del día distribuídas y seguía sus costumbres formadas en el colegio.
En cambio Ochoa se exhibía ante el público, tenía el prestigio de ser un héroe de la Revolución, había presenciado la muerte de dos bayoneses en las calles de París, a los cuales se levantó después un monumento cerca de la Catedral; conocía el francés casi tan bien como el castellano y hablaba elocuentemente emborrachándose con su oratoria y con los licores con que le obsequiaban los entusiastas del nuevo régimen.
II. ESTAMPA DE BAYONA EN 1830
Bayona, como siempre que ha habido trastornos en la península, estaba en 1830 llena de españoles. Era en esta época la ciudad del Adour, un pueblo variado, pintoresco y un tanto indefinido. Los franceses del Norte lo consideraban como una ciudad de aspecto español, para los españoles del mediodía tenía un carácter completamente francés, para los vascos era un pueblo poco vasco y para los gascones poco gascón. Las cuatro lenguas, el francés, el español, el vasco y el patois se oían por las calles de la ciudad constantemente.
Bayona tenía, como ahora, tres barrios separados por sus dos ríos; la Gran Bayona, la Pequeña Bayona y Saint Esprit.
Este último barrio era entonces, no solamente un pueblo separado de Bayona, sino que hasta 1827 formaba parte de otro departamento.
Los tres barrios tenían sus fortificaciones; la Gran Bayona el castillo Antiguo, la Pequeña Bayona el castillo Nuevo y Saint Esprit la Ciudadela.
La grande y la pequeña Bayona, separadas por el río Nive, estaban encerradas por la misma muralla abierta en cuatro puertas, de las cuales la más monumental era la puerta de Francia, con sus baluartes, sus fosos y su puente levadizo.
El barrio de Saint Esprit era un pueblo pobre habitado por judíos.
Uniendo Bayona con ese barrio había por entonces un puente de barcas, que ondulaba, se balanceaba y crugía cuando el mar agitaba las aguas de la ría o cuando el Adour y el Nive venían hinchados por las lluvias. Este puente tenía dos andenes para los coches, uno de ida y otro de vuelta, y otro central para los peatones.
El puente sobre el Adour era la galería de todos los tipos de la vida bayonesa, la calle más concurrida de la ciudad.
Los aguadores iban a llenar sus cubas a una fuente de Saint Esprit que se consideraba la mejor de los contornos; filas de judíos de perfil aguileño y de voces graves o agrias cruzaban el puente para correr sus géneros; muchachas jóvenes artesanas vascas y gasconas pasaban riendo; alguna dama con miriñaque y crinolina iba a hacer compras, algún lion lucía su frac y sus melenas, y algún refugiado español marchaba sombrío embozado en la capa y con el cigarrillo entre los dedos.
Por las tardes con el buen tiempo los bayoneses paseaban en la plaza de Armas mientras tocaba la banda militar, los jóvenes tenientes arrastraban su sable con indolencia y las nodrizas hacían bailar a los niños en sus brazos.
Cuando llovía se paseaba en las Arcadas.
Al llegar el verano la gente salía al campo, iba hacia el mar, visitaba el lago de Mouriscot y la Chambre d'Amour, y miraba a lo lejos las crestas agudas del monte Larrun, en el cielo radiante.
III. LAS AMISTADES DE LACY
Varias visitas de amigos suyos y de algunos de su padre tuvo Lacy en su estancia en Bayona. La que más le extrañó fué la de un antiguo condiscípulo suyo en un colegio de Rennes, que se llamaba Jorge Tilly.
Tilly llegó con una señora inglesa y un abate y fueron los tres a hospedarse a la fonda de San Esteban.
Tilly fué a visitar a Lacy y estuvieron los dos charlando largo rato. Tilly hablaba muy mal el castellano.
Lacy se manifestó en el curso de la conversación como lo que era, un liberal entusiasta; en cambio Tilly estuvo muy reservado; para él las teorías no tenían importancia, sino los hechos; él creía que se podía encontrar una posición en que se elogiara a Felipe II y a Robespierre.
—Dado el papel que un tipo se haya propuesto ver cómo la cumple.—Esta era la cuestión según Tilly.
—¿Yo cómo voy a medir con la misma medida al que quiere ser fraile y al que quiere ser un Don Juan?
Como Eusebio Lacy siempre había tenido a Tilly por un extravagante no quiso discutir con él. Le preguntó por sus proyectos.
Tilly dijo que pensaba ir a España, en viaje de exploración. Desde allí le comunicaría a Lacy noticias de cómo iba aquello. Tilly era un joven alto, rubio, de aire cansado, con la cara un poco flácida, el labio inferior belfo, los ojos claros; tenía un tipo de príncipe degenerado de la Casa de Austria.
Lacy recordaba a Tilly de su época de colegial, como un chico algo místico que quería ser fraile. Tilly se mostraba siempre muy misterioso y no le gustaba hablar de sí mismo y menos de su familia.
—Aquí te tienen por aristócrata—le decía Lacy en el colegio.
—Sí—contestaba él—; dicen que nosotros descendemos de los Tilly de Normandía que tenían un castillo cerca de Caen; pero los Tilly se han dividido en tantas ramas, que la mayoría de los que llevan este apellido no tienen entre sí parentesco. Hoy hay Tillys ricos y pobres. Yo soy de los pobres y he nacido en Jersey donde vive mi familia. Mi padre era español y yo lo soy también, por lo tanto.
Tilly, a quien Lacy hacía diez años que no veía, se le reveló en Bayona como un muchacho cínico y atrevido, cansado de todo y con un gran desprecio por los hombres. Pretendía ir a España a hacerse una posición, y como creía que la tendencia liberal había de triunfar más pronto o más tarde, quería ponerse de acuerdo con los liberales.
Lacy quedó un poco asombrado de la audacia y del cinismo con que su condiscípulo se explicaba, y prometió relacionarle con los emigrados.
Consultó con Milans del Bosch, con Ochoa y otros amigos, y se tomaron informes de Tilly.
Tilly se había convertido en un muchacho crapuloso, jugador, de una moral incomprensible para Lacy. Al parecer tenía éxito con las mujeres, a las que no trataba bien. Su cara pálida, fría e impasible, su aire elegante y de aburrimiento le hacían un verdadero lion.
Tilly tenía unas tarjetas en donde se llamaba vizconde, en otras caballero y en otras se anunciaba como viajante de comercio.
A pesar de que quería demostrarlo no tenía seguridad en sus ideas, y muchas veces caía en unas preguntas candorosas y absurdas.
—¿Tú no crees en las cartas?—le preguntó una vez a Lacy.
—No, hombre, no; eso es una tontería.
Tilly tenía también unos proyectos tan poco lógicos, de una ingeniosidad tan pueril, que dejaban estupefacto a su amigo.
Tilly, en el tiempo que estuvo en Bayona anduvo en tratos con los judíos de Saint Esprit, a quienes vendió algunas joyas para jugar o para vivir.
La señora que le protegía y a quien llamaba su prima en público, era una señora inglesa de unos cuarenta años, que se hacía llamar Lady Russell. Tilly se la presentó a Lacy. A Eusebio le pareció que esta dama, por debajo de su máscara indiferente y sonriente, tenía un gran entusiasmo amoroso por Tilly y al mismo tiempo una profunda desolación.
A Tilly le acompañaba un abate que parecía ejercer el cargo de capellán de Lady Russell, pues esta dama era católica. El abate era un hombre de un aspecto selvático y al mismo tiempo inteligente; tenía el pelo rojo, la frente tempestuosa, las facciones toscas, groseras, de hombre de campo; el color encendido y los ojos claros y brillantes.
Tilly y el abate, en los días que estuvieron en Bayona, dejaron un rastro de desórdenes y de crápula.
Los dos en compañía de un aventurero francés que se las echaba de muy liberal y se llamaba Husson de Jour frecuentaban todos los lugares de perdición. Husson se daba por revolucionario y carbonario, que había peleado con Mina en España en 1823 en compañía de Armando Carrel, y era un tipo de hombre jactancioso y fanfarrón, de grandes bigotes y de grandes actitudes.
Al prepararse a marchar a España, Tilly se presentó a Lacy. Este, al verle pálido y desencajado, le dijo:
—¿Para qué haces esa vida de perdido?
—¡Pse! No sé, la verdad, porque ya me empieza a aburrir.
—Entonces no lo comprendo.
—Yo tampoco. ¿Que quieres? No hay hombre que no sea un enigma para los demás y para sí mismo. Unicamente los que tienen una tradición muy fija, como los judíos, saben lo que son y lo que quieren.
—Tú no tienes la tradición de ser un perdido.
—No; soy un perdido, como dices tú, por abandono y algo por curiosidad. En mi familia ha habido de todo: ricos, pobres, revolucionarios, realistas. En mí se han debido mezclar estas diversas tendencias, y me han hecho un tipo mixto y contradictorio.
—Pero en ti está escoger una línea y seguirla.
—Pienso hacerlo más tarde. Ahora me voy a España. Desde allí te enviaré algunas cartas con clave y cifra, que te las darán aquí descifradas.
—Bueno.
Tilly se despidió de Lacy y al día siguiente dejó Bayona.
IV. LOS GRUPOS HOSTILES
En una ciudad pequeña como Bayona, que no pasaba de los quince a diez y seis mil habitantes, todo el mundo se conocía, y más, como era natural, la colonia española y los que estaban relacionados con ella.
Al establecerse Lacy en Bayona e intimar con sus compatriotas, vió con tristeza que no había entre ellos más que odios, rivalidades y desunión.
Ya durante su estancia en Londres notó las rencillas de los emigrados; pero, naturalmente, en una ciudad inmensa las divisiones no se notaban tanto como en un pueblo pequeño, en donde la gente se veía a cada paso.
En Londres, los constitucionales españoles habían formado grupos que tan pronto crecían como se achicaban, casi siempre por un motivo personal.
El primer grupo moderado y aristocrático estaba dirigido por hombres de cierta cultura, como Argüelles, Alava, etc. Este grupo se caracterizaba por ser eminentemente civil, y había rechazado, cuando se lo propusieron, las ofertas de militares como Morillo, Ballesteros y O'Donnell.
El segundo grupo era de los ministas o partidarios de Mina. Los enemigos les llamaban despectivamente los mineros. Este grupo, el más extenso y el más fuerte, contaba con elemento civil y militar, pero predominaban en él los militares. Estaban en él casi todos los oficiales de mérito refugiados en Inglaterra, Bélgica y América, excepto los que tenían algún motivo de queja, fundado o no, contra el caudillo navarro. El Gobierno inglés trataba a este grupo con gran consideración, y según se decía le proporcionaba fondos para pagar sus agentes.
En España casi todos los liberales esperaban, más que de ningún otro jefe, de Mina. Era el que tenía más partidarios incondicionales. Este entusiasmo ciego por Mina parecía odioso a sus rivales. Mina, según éstos, quería ser un ídolo, un santón a quien se le obedeciera ciegamente.
Torrijos, San Miguel, Valdés y otros habían roto con él por este motivo, porque no querían obedecer con pasividad. Es posible que por dentro hubiera en ellos un fondo de rivalidad próximo a la envidia.
Mina quería dirigir él, sin dar parte a nadie de lo que hacía, y afirmaba que gracias a su prudencia y a sus precauciones los espías del Gobierno español no podían averiguar sus manejos.
Mina, mientras estaba en Inglaterra fechaba sus cartas en Plymouth y vivía cerca de Londres en una casa de campo.
El general llevaba sus asuntos con una gran cautela; para cada empresa que se le presentaba buscaba el hombre a propósito. Se había servido varias veces de Sanz de Mendiondo, otras del teniente coronel Baiges, un gallardo ex guardia de Corps, que tenía fama de conquistador y de fatuo, y otras de su secretario Aldaz. Algunas cuestiones muy reservadas las llevaba dictando a su mujer, y otras más secretas aún las seguía él mismo, sin comunicárselas a nadie.
El zorro navarro ocultaba muy bien sus maniobras y consideraba el secreto necesario e imprescindible.
El segundo partido militar, colocado enfrente del de Mina, lo capitaneaba Torrijos y tenía como lugarteniente al coronel don Francisco Valdés. Estos no sentían gran entusiasmo por la Constitución de Cádiz, como los ministas y deseaban algo más radical. Méndez Vigo y sus partidarios pensaban en la República.
Otra facción liberal era la de los masones, a cuya cabeza estaba don Evaristo San Miguel, que no ocultaba su aversión por Mina.
Mina nunca había sido un masón entusiasta: todas las mascaradas simbólicas de esta secta le producían cierta repulsión y se había afiliado, como Torrijos, al carbonarismo más activo, más eficaz que la masonería, y al mismo tiempo, por entonces, más internacional.
Mina, además, había puesto el veto a mucha gente; según sus enemigos, por celos, según sus amigos, por su natural prudencia.
El partido de los masones tenía relaciones continuas con las logias de la península y empleaba para ello a los capitanes de buques mercantes y a los comisionistas.
Otro último grupo era el de los ex comuneros. Estos tenían como prestigio civil a Flores Estrada y como militares a Milans de Bosch y a López Pinto.
Los ex comuneros no podían ver a los masones, ni éstos a los ex comuneros; pero ambos grupos tenían como lazo común el odio a Mina. Milans el viejo lo detestaba. Había tenido el desencanto de salir de la isla de Jersey, donde estaba confinado, para avistarse con algunos capitalistas ingleses liberales, pidiéndoles dinero para una expedición contra la frontera española, y los capitalistas habían dicho que únicamente si Mina dirigía la expedición prestarían dinero.
El grupo ex comunero sintió el desdén de esta negativa, y el grotesco y envidioso Romero Alpuente escribió un folleto contra el caudillo navarro.
Además de estos núcleos formados en Londres había los liberales que no querían formar grupo alguno y se consideraban independientes; tales eran Méndez Vigo, Chapalangarra, Bertrand de Lys, el padre Asensio Nebot y otros varios.
Cada grupo de los constituídos deseaba el fracaso del grupo rival; cada hombre que se sentía importante hacía lo posible para aplastar al compañero y para erigirse él; tenían todos ellos, unos para otros, esa terrible ferocidad de los ambiciosos, para los cuales no hay amistad ni comunidad de ideas.
A veces se manifestaban, sobre todo en las cartas, un afecto entusiasta y efusivo que no pasaba de figura retórica.
Entre gente ambiciosa como aquélla, la amistad desinteresada era casi imposible...
El hombre de acción es el que cree que obra casi exclusivamente por sus propias inspiraciones, el que afirma más su albedrio, el que escoge lo que debe hacer y no debe hacer, y, sin embargo, es el que está más sujeto a la ley de la fatalidad, el que marcha más arrastrado por la fuerza de los acontecimientos.
V. LAS ESTELAS SENTIMENTALES
Muchos de aquellos hombres sin haber repensado teoría alguna política o social, tenían no sólo la certidumbre de su realidad, sino el dogmatismo, el fanatismo y hasta la sed de martirio. ¿Quién podrá afirmar con más fuerza una cosa que el que no la comprende?
Estos hombres se dejaban llevar por la corriente sentimental del momento y eran capaces de hacer por ella el sacrificio de su vida.
En nuestro tiempo, más que en ningún otro, después de la Reforma y de la Revolución se da el caso de los pueblos y de los individuos que viven con un sentimentalismo distinto y a veces antagónico a sus ideas.
Las generaciones han ido moldeando nuestros instintos, lo consciente y lo inconsciente, les han dado una forma, un sentido; pero en este conglomerado de nuestra personalidad, la inteligencia se ha separado de sus viejos compañeros y ha comenzado a marchar sola.
Así, nuestra época ha dado, más que ninguna otra, santos sin ideas religiosas, ateos místicos, mujeres honradas con alma de cortesanas, y cortesanas con aspiraciones de monja.
Ante esta disociación de su personalidad, el hombre, que antes que nada quiere creer y poner un pie firme sobre la tierra, mira a su alrededor y cuando encuentra una ruta la va siguiendo.
Sus antepasados no escogían, se dejaban llevar; los hombres actuales escogen, de ahí su desgracia.
Unos escogen ciega y brutalmente—la mejor manera de escoger—, otros miran y remiran a derecha e izquierda, quieren pesar el pro y el contra ¡los ilusos!
Y cuando se deciden van como los demás a ciegas y siguen la estela que dejaron las grandes corrientes sentimentales pasadas.
En todas las esferas de la actividad humana, en la religión y en la política, en la literatura y en el arte quedan estas estelas sentimentales durante largas épocas históricas.
¡Cuántos espíritus religiosos, cuya vida ha sido una serie de esfuerzos heroicos para creer en el dogma que no creyeron, han marchado de desilusión en desilusión sugestionados por esa mágica estela! ¡Cuántos grandes revolucionarios marcharon adelante con un ademán gallardo enardeciendo a las masas, llevando el convencimiento íntimo de que dentro de sus ideas no había nada!
¡Cuántos millones de soldados muertos sabían únicamente que su patria era la que llevaba la bandera roja, la blanca o la azul, la que tenía este himno y nada más! Y, sin embargo, han ido arrastrados por la corriente sentimental y han hecho ante el caos ciego el sacrificio de la vida.
En todas las esferas de la actividad humana, en la religión y en la política, en la literatura y en el arte quedan estas estelas sentimentales. Todos los grandes hechos de la historia, todas las grandes corrientes han pasado por la inteligencia y por la sensibilidad de los pueblos dejando una estela.
Ahora, al notar esa estela que queda en el mar de las ideas; que es la nuestra, la que hemos escogido, quisiéramos avanzar por ella rápidamente y llegar a su más puro origen. Ya es tarde, el barco ha pasado para siempre y ya no volveremos a divisar sus velas.
Los astrónomos nos han hablado de que la distancia de algunos astros es tan grande, que su luz tarda en llegar a la tierra cincuenta, sesenta, ochenta años. Así puede muy bien suceder que una estrella haya desaparecido o se haya desplazado, y sin embargo nosotros la sigamos viendo en el cielo de las noches espléndidas.
¡Qué triste, qué melancólico resulta pensar que una de esas estrellas que parece que nos guía y nos contempla puede no existir ya y sin embargo, estarla viendo!
Así en la vida moral y en la vida sentimental cabe sospechar el carácter mítico de las ideas y de los dioses, y seguir en la corriente que produjeron ellos cuando todavía eran dioses e ideas.
VI. LOS PREPARATIVOS
Estaba el partido liberal dividido en grupos en la emigración cuando llegaron los sucesos de Julio de París, con el destronamiento de Carlos X, y toda la grey constitucional se conmovió y fué llamada a Francia por intermedio de los agentes de la masonería y el carbonarismo.
El gabinete de Fernando VII publicó contra el Gobierno de Julio un manifiesto injurioso suscrito por Calomarde.
No pudiendo contestar a Calomarde, que en punto a la legitimidad tenía razón, el ministro de Luis Felipe, decidió asustar a Fernando VII ayudando a los liberales españoles.
El auxilio del Gobierno francés permitió a los constitucionales ir y venir por Francia y acercarse libremente a la frontera.
El primer punto de cita de los emigrados se estableció en París. Allí fueron acudiendo todos ellos desde Londres, desde Bruselas y de Suiza. Torrijos y algunos de sus partidarios, que tenían preparada una expedición por Gibraltar, quedaron en Londres dispuestos a embarcarse para la Península.
Leguía y Chacón, enviados por Mina antes de las Jornadas de Julio, habían cruzado el Canal de la Mancha en un falucho. Avanzaron los dos hasta la frontera española, pero fueron presos y llevados con escolta de gendarmes hasta Calais.
Al triunfar la Revolución los dejaron libres, Leguía sin recursos fué a París y presenció los acontecimientos de Julio.
En Agosto comenzaron a pasar el Canal de la Mancha los emigrados. El 11 bajaron en Calais, Bertrand de Lys, Mendizábal, Olegario Cueto, el brigadier Palarea y Juan Llupius. Pocos días después el coronel Valdés desembarcó en el Havre.
En París se reunieron Valdés, Leguía, Aldaz el secretario de Mina, Mendizábal y Chapalangarra. Habían pasado de Inglaterra a Francia con la idea de ejercer una acción común y no había manera de que se pusieran de acuerdo.
Leguía, Aldaz y Chapalangarra, los tres navarros estuvieron a punto de reñir y de pegarse. Chapalangarra se había separado de Mina, Leguía había hecho lo mismo y ambos creían tener motivos de queja contra el general. Leguía se creía olvidado y estaba ofendido. Aldaz defendía a su jefe viniera o no a cuento.
La reunión de los liberales en París no demostró más que sus divisiones. Se decidió formar una junta en Inglaterra, otra en Francia y para secundar los trabajos de esta última, los radicales franceses constituyeron una segunda junta con el nombre de Comité Español.
Se abrió una suscripción y las listas engrosaron rápidamente. Los banqueros Ardouin, Calvo y Bertrand de Lys aseguraron que pronto tendrían dinero. La Junta de Francia formada por españoles y dirigida por Mendizábal escribió a Mina y le preguntó si podía contar con él.
Mina contestó que sí, y desde este momento la Junta se trasladó a Bayona.
Con los primeros fondos del empréstito comenzaron a comprarse armas y empezó el alistamiento de los emigrados.
El Comité Español de París, formado por franceses, buscó el apoyo del Gobierno de Luis Felipe y del mismo rey.
Luis Viardot, uno de los miembros de aquel Comité, fué a visitar a Guizot y Guizot le dijo:
—Decid a los que os envían que Francia ha cometido en España un crimen político en 1823 y que le debe una reparación y que esta reparación se llevará a cabo.
Dupont, Marchais y Loëwe-Weimar, del mismo Comité, fueron a ver a Luis Felipe. Luis Felipe dijo que Fernando VII era el mayor bribón que había existido. El rey de los franceses indicó que la tentativa contra el Gobierno de Fernando le parecía muy bien y dió dinero de su bolsillo.
Algunos amigos de la familia de Orleans aconsejaron que se ayudara a destronar a Fernando VII y en ese caso se ofreciera la corona de España al duque de Nemours, hijo de Luis Felipe, a quien se casaría con la reina doña María de la Gloria de Portugal, con lo cual se reunirían en su cabeza las coronas de los dos reinos peninsulares.
El rey de los franceses comprendía muy bien que estas combinaciones no se hacen cuando se quieren y vió en el asunto de los emigrados españoles únicamente una manera de imponerse al Gobierno de Calomarde para que le reconociera como rey de Francia.
Con la protección de Luis Felipe y del Gobierno, los españoles creyeron que el triunfo estaba asegurado. Todos los días grupos de treinta, de cuarenta, de cincuenta hombres iban hacia la frontera. Hojas de ruta autorizadas por el prefecto de policía favorecían los viajes. Había depósitos de armas con el consentimiento expreso de Montalivet y de Guizot.
La imperial de las diligencias de Burdeos a Bayona estaban siempre retenidas por los agentes españoles para los emigrados. Estos subían a sus asientos y hablaban, reían y a veces gritaban:
—¡Viva España! ¡Viva la libertad!
—Pronuncian Biba—decía algún francés con asombro.
Y el señor culto y erudito recordaba la frase de Escaligero sobre los españoles que parece de algún gran aficionado al vino: Felices populi quibus vivere est bibere.
VII. UNA CARTA DE TILLY
Estaba Lacy olvidado de Tilly cuando de la fonda de San Esteban donde vivía la inglesa Lady Russell le enviaron una carta de Lacy con anotaciones y entre paréntesis puestos después con otra letra. Era la carta de una ingeniosidad un tanto pueril como muchas de las cosas pensadas por Tilly. Estaba redactada en estos términos:
"Querido Lacy: Te escribo como te prometí para darte noticias de lo que pasa en la corte celestial. Mis informes son malos para vosotros. Ahí no lo creerán, pero yo veo que en esta comedia el Matemático (Luis Felipe) se entiende con Calígula (Fernando VII) que se ha asustado con los preparativos de los ilusos (los liberales). Era lo que buscaba la gente del Palacio Real de Babilonia (París). El Gobierno babilónico (el Gobierno francés) va a prohibir de un momento a otro la salida de los ilusos (liberales) de sus puntos de acantonamiento, impedirá las reuniones y decomisará los instrumentos de trabajo (las armas). Los agentes del Matemático (Luis Felipe) hacen creer a los ilusos (liberales) que estas medidas son para cubrir el expediente, pero no hay nada de eso.
Calígula y su Caballo (Fernando VII y Calomarde) al saber por sus hurones (espías) que se estaban organizando grandes mascaradas (juntas de insurrección) en Babilonia y en Nínive (en París y en Londres) reunieron el Consejo de familia (Consejo de Estado) para deliberar con los familiares (los ministros).
Hubo grandes disentimientos en la opinión de los consejeros.
Un partido aconsejó reunir el Agora de Esparta (las Cortes de España) publicar una amnistía y dar una carta biagórica (constitución de dos Cámaras) para neutralizar la acción de los ilusos (liberales), el otro quería la represión a todo trance aumentando el efectivo de los mamelucos (voluntarios realistas) y dejando Esparta (España) como hace siete años.
El Caballo de Calígula (Calomarde) tiene hurones (espías) entre los ilusos (liberales) y sabe día por día lo que ocurre entre ellos.
De estos hurones (espías) uno es el comandante don Antonio Oro. No es oro todo lo que reluce. Los otros son el francés que andaba conmigo, Husson de Jour, que no sé si seguirá aún en Villa-aburrida (Bayona) y un español, don Manuel Ruiz, que ha recorrido con fines de lince (de policía) la frontera babilónico-espartana (franco-española).
El Caballo de Calígula (Calomarde) tiene hormigas leones (agentes procuradores) en el campo iluso (liberal).
Los tres bajás de la frontera babilónico-espartana (los capitanes generales de la frontera) han remitido órdenes de vigilarla estrechamente.
Los jefes de los perros de presa (los tercios) y los mamelucos (voluntarios realistas) quedarán a las órdenes de los bajás (capitanes generales).
Va a publicarse un Iradé (Real decreto) poniendo en vigor otro de 1825 contra los ilusos (liberales) cogidos con los instrumentos entre los dedos (las armas en la mano) y contra los que les presten socorro, un asilo, o tenga con ellos correspondencia.
La pena de empalamiento (muerte) alcanzará por la menor cosa, la sospecha de complicidad bastará para gozar de la hospitalidad económica (ir a presidio).
Al mismo tiempo que el Caballo (Calomarde) toma estas medidas, hace reclamaciones enérgicas al Matemático (Luis Felipe), a quien no quiere reconocer, amenazándole con represalias y con formar cuerpos de camellos babilónicos (realistas franceses) que ataquen a Babel (Francia) por el mediodía.
El bajá general de la Marca (el capitán general de Cataluña) y el de Vardulia (Guipúzcoa), los dos babilónicos (franceses) y los dos elefantinos (absolutistas) trabajan en el reclutamiento de los emigrados babilónicos (franceses).
Estas medidas según se dice han hecho mella en el Gobierno babilónico (francés) que os empezará a poner trabas dentro de poco.
El acuerdo debe estar hecho. Esparta (España) reconocerá al Matemático (Luis Felipe) y no favorecerá a los elefantinos babilónicos (absolutistas franceses) y Babel (Francia) dificultará en cambio los trabajos de los ilusos espartanos (liberales españoles).
Tu amigo
El Esqueleto"
Eusebio Lacy quedó asombrado al leer esta carta que tenía entre ingeniosidades infantiles datos que parecían ciertos. La copió, poniendo los verdaderos nombres y fué a leérsela a sus amigos entre ellos a Valdés y a Milans del Bosch.
Las noticias de la carta alarmaron a los liberales. Se buscó al comandante Oro para pedirle explicaciones, pero Oro había desaparecido. Husson de Jour había salido también de Bayona.
Los de Valdés dijeron que respecto de Oro no les chocaba nada que fuese traidor, porque era amigo de Mina. Los ministas, en cambio, dijeron que hacía tiempo que Oro no se trataba con su jefe.
VIII. LOS JEFES
Con motivo de la carta de Tilly y de sus denuncias, Lacy habló con los principales jefes de la emigración largamente y tuvo ocasión de conocerlos.
Los encontró muy distintos de lo que él suponía.
Eran todos ellos gente de una ambición fuerte y exaltada, poco inteligentes, nada razonadores, fanáticos, arbitrarios y devorados por la ambición del mando; tenían en general la actitud orgullosa de los virreyes de América.
La mayoría eran hombres de poca lectura y de menos reflexión, aceptaban la ideología liberal porque era la del momento y la del posible éxito, quizás no la sentían fuertemente ni les importaba gran cosa el fondo humano encerrado en ella. En su vida eran austeros; no había entre ellos epicúreos, ni comilones, ni borrachos, su mayor vicio era el juego. No tenían tampoco efusiones, ni recuerdos sentimentales, ni recitaban versos, ni cantaban canciones patrióticas.
Había entre esta gente pocas amistades sinceras, porque cada uno lo quería todo para sí, de ahí las rivalidades, los odios, la envidia y la eterna suspicacia.
Tenían todos ellos con la fraseología de la Revolución el instinto del soldado español del siglo XVI. En ellos lo nuevo con relación a los militares españoles antiguos era el anhelo de pasar a la historia, de quedar erguidos ante la posteridad. En los antiguos soldados, el summun era el mandar y el enriquecerse, en éstos el ideal era el mandar y el pasar a la Historia, pero como buenos españoles no querían pasar a la Historia por un trabajo largo y persistente, sino por un golpe de mano, por una aventura de suerte en que se ganase la gloria o se perdiera la vida. El ejemplo de la fortuna de Napoleón, el teniente de artillería transformado en Emperador había trastornado el juicio a los militares de la época.
Con la esperanza del momento de fortuna estaban todos llenos de ansia; la presencia del rival que se encontraba en la misma actitud les molestaba.
Eran casi todos ellos gente orgullosa, individualista, que en vez de ir arrastrados por el pueblo tenían que suponer que éste les buscaba, lo que no pasaba de ser una ilusión. Eran conspiradores más que revolucionarios muchos de gustos aristocráticos. Se hubieran reunido mejor con Catilina que con Danton. No veían posible en España más que el pronunciamiento y cada uno quería hacer el papel de Riego en 1820 aunque tuvieran que sufrir el de Riego en 1823.
Como casi toda la gente que toma parte en movimientos revolucionarios, procedían de distintos campos, venían de los cuatro puntos cardinales. En una época en que se viajaba poco, el que más y el que menos había estado en Francia, en Inglaterra, en Alemania, en América, en Africa y en Oceanía.
Las mujeres de estos militares no intervenían jamás en las cuestiones políticas; en general la casa de cada uno estaba cerrada para los amigos de la calle y del café.
Las amistades no eran muy profundas. El exceso de personalismo les hacía con facilidad hostiles unos para otros. Suponían quizás que había una cantidad de gloria común y que si uno cogía mucha a los demás les debía quedar poca o nada.
No había posibilidad entre ellos de diálogos, sino de una serie de monólogos, cada cual recitaba el suyo con un aire desafiador, con la mano puesta en el puño de la espada y no quería oir ni enterarse de lo que los otros decían. De aquí que la Revolución española tuviera tan poco seso. Era una Revolución de Don Juanes y de Don Juanes sin éxito.
Al irlos tratando a cada uno de ellos, Lacy quedó un poco asombrado y desencantado. ¿Qué esperan estos hombres?—se preguntó él—. ¿Qué quieren?
La mayoría eran soldados de la guerra de la Independencia y soñaban con triunfos de espada y aventuras. Algunos habían absorbido las ideas liberales de Francia y de Inglaterra que no les habían modificado los instintos ancestrales, en general aceptaban como un dogma el valor del papel impreso.
Para ellos lo escrito con letras de molde tenía siempre una virtualidad misteriosa y estaban dispuestos a escribir en los periódicos protestas, contra-protestas, rectificaciones y vindicaciones.
Ninguno se manifestaba verdaderamente liberal capaz de benevolencia, de transigencia, todos eran militaristas y ordenancistas.
El mismo Espoz y Mina, valiente como un león y prudente como un zorro en sus empresas políticas, hombre que sabía disimular la violencia de su carácter con frases ambiguas, era, tratándose de cuestiones personales, de un arrebato impulsivo; a la menor ofensa ardía su alma con una cólera desesperada y furiosa.
Gaspar de Jáuregui, el Pastor, otro de los jefes, era un guipuzcoano que unía el valor con la astucia. Zumalacárregui, segundo de su partida en la guerra de la Independencia, le había enseñado a leer y a escribir. Jáuregui consciente de su ignorancia no había pretendido salir de ella y su conformidad de campesino con su incultura le había dejado siempre en un segundo plano.
Chapalangarra era un solitario, un místico que tenía la fiebre de la fama y del martirio; San Miguel un retórico, un escritor mediocre y difuso.
Respecto a López Campillo y a Leguía, los dos valientes guerrilleros, no tenían condiciones para ser primeras figuras.
Los únicos hombres que podían ponerse frente a Mina, por su influencia entre los demás, eran don Manuel Gurrea y don Francisco Valdés.
Méndez Vigo, que pretendía ser jefe, no arrastraba a nadie y era un motivo de discordia por su radicalismo inoportuno.
Don Pedro Méndez Vigo estaba acusado de haber mandado dar muerte a los prisioneros realistas de la Coruña en 1823, haciéndolos naufragar por un procedimiento a lo Carrier. Méndez Vigo era de ideas audaces y de muchas pretensiones. No servía ni para mandar ni para obedecer.
Gurrea, el otro rival de Mina, no le había declarado la guerra y esperaba el momento. No así don Francisco Valdés. El coronel Valdés había roto las hostilidades con Mina y lo trataba como a un enemigo.
Valdés pretendía haber tenido la prioridad en la idea de la expedición a la frontera después de la Revolución de Julio y consideraba la intervención de Mina como una usurpación.
Valdés era hombre altivo, soberbio, con una exaltación personal grande, ambicioso, poco inteligente y lleno de desconfianza.
Valdés era castellano, de Móstoles. En su juventud había estado en Dinamarca con el marqués de la Romana, había hecho la guerra de la Independencia y la campaña de 1823 y dirigido el golpe de mano de Tarifa de 1824.
La hostilidad de Valdés contra Mina y de Mina contra Valdés, procedía de una porción de causas y principalmente de los respectivos caracteres. Como militar de carrera, Valdés era poco amigo de los guerrilleros, como hombre que se había distinguido en el Mediodía nada afecto a la gente del Norte. A Mina le pasaba lo contrario, era guerrillero y nordista.
En los dos caudillos existía un fondo de patriotismo y un deseo de mando. La comunidad sola de estos sentimientos y el afán subsiguiente de defender y realzar su figura histórica en Mina y de buscar el medio de destacarla en Valdés debía hacerlos enemigos y ponerlos frente a frente.
Tanto el uno como el otro eran valientes, atrevidos y ambiciosos, pero Mina tenía el valor lleno de audacia y de prudencia; en cambio Valdés era más rectilíneo y de menos recursos. Mina sabía a las veces ser soldado y diplomático, Valdés no sabía más que ser soldado y soldado de filas. Mina tenía un conocimiento innato de la psicología de los hombres, sobre todo de los suyos, sabía por lo tanto arrastrar y convencer, Valdés no sabía ni lo uno ni lo otro.
Además de estos motivos hondos y personales existían otros políticos e ideológicos para el divorcio de ambos jefes.
Mina tenía el entusiasmo por la Constitución de Cádiz y por los hombres de aquella época, era anglómano, partidario de guardar las formas y consideraba necesario que hubiera en España una clase directora. Le quedaba también respeto por Fernando que al fin y al cabo era el Rey y no quería oir hablar ni en broma de la República.
Valdés creía que el liberalismo de Cádiz había pasado ya, que era necesario sustituirlo por otro más activo; tenía admiración por la Francia revolucionaria, era militarista y demagogo, odiaba a Fernando VII y creía que debía prepararse la posibilidad de la República. Valdés había llegado tarde a la lucha. Se encontraba entre soldados que representaban más que él y quería ponerse a su altura.
Los dos jefes, ásperos y orgullosos, no podían venir a un acuerdo. Valdés veía en Mina un caudillo a la antigua que mandaba despóticamente como un pater familias romano, le molestaba también verle en la práctica regionalista, siempre con sus navarros y sus vascos.
Valdés era castellano y por lo tanto más universal, menos regionalista. Le indignaba y le sorprendía la suerte de Mina y el éxito que éste había conseguido en Inglaterra. Valdés era un radical, todos los radicales se unían a él encontrando tibio a Mina. Algunos de los antiguos ministas como Fermín Leguía se habían pasado a su bando.
El caso de Chapalangarra y su enemistad contra Mina era de otra clase. Chapalangarra discurría y sentía como Mina, pero creía vivamente que tenía motivos serios personales de odio contra el general.
Al lado de los militares y oscurecidos ante ellos estaban los paisanos adictos a la Revolución. Sin tribuna donde perorar y en el extranjero no tenían prestigio alguno.
Eran en su mayoría literatos, jurisconsultos, oradores, no bastante fuertes para ser conocidos fuera de España. Entre ellos había algunos hombres de mérito como Flores Estrada y algunos políticos de talento como Mendizábal, pero la mayoría era gente sólo brillante, incapaz de una obra profunda e incapaz también de dominar y de arrastrar a los hombres.
IX. GESTIONES DE LACY
Unos días después de recibir la carta de Tilly y de leerla a los amigos y jefes, iba Lacy enviado por la Junta de Francia a Cambó a ver a Chapalangarra.
Se quería que Chapalangarra se aviniera a razones y no intentara hacer un movimiento solo y sin contar con los demás jefes. Se había escogido a Lacy para esta comisión por su juventud y por el prestigio de su apellido entre los liberales.
Lacy salió de la posada de Iturri y fué a la parada de la diligencia La Bayonesa que salía para San Juan Pie de Puerto y pasaba por Ustariz y Cambó.
—El interior está lleno—le dijo el empleado—la berlina ídem. Tiene usted un puesto en la imperial.
—Bueno.
Lacy subió en la imperial de la diligencia en donde iban una mujer gruesa, un campesino y dos emigrados españoles. La baca estaba llena de fardos, de bultos y de cestas.
Pasó el coche por la puerta de Mousserolles, y comenzó a marchar por la carretera.
El tiempo era de otoño, con un sol claro y brillante.
El mayoral de La Bayonesa iba magnífico de seguridad y de petulancia. Era corpulento, rojo, de patillas grises.
Manejaba sus cuatro caballos con una seguridad y un aplomo dignos del mismo Nerón. Vestía irreprochablemente gran redingot gris, corbata roja y guantes amarillos.
—¡Eh, Lajeunesse!—le decían. Se llamaba así.—A ver esa caja, esa sombrerera. Y Lajeunesse cogía los paquetes de la baca, los lanzaba a los mozos, agarraba los que le enviaban al aire, silbaba, hablaba a sus caballos, cruzaba las aldeas por callejuelas estrechas, torciendo rápidamente, siempre grave y solemne hasta detenerse en la posta. Allí hablaba, bebía y decía: Eh, señores, arriba y se lanzaba de nuevo a la carretera a correr al compás del estrépito de las campanillas.
Cuando Lacy, después de contemplar el campo, miró a sus compañeros de viaje de la imperial vió que uno de ellos era un señor grueso que acababa de conocer días antes y llegaba de Bruselas. Se llamaba don Juan Olavarría. El otro español Eusebio Lacy sabía que era emigrado, pero no lo conocía de nombre.
Olavarría entabló conversación con Lacy y se manifestó muy pesimista acerca de la empresa liberal.
—Para mí no cabe duda—dijo—que hay un acuerdo entre el Gobierno francés y el español. Por eso nuestra situación empeora.
—Yo no lo veo así—dijo Lacy.
—Pues no cabe duda. Luego nuestros recursos van mal. El empréstito negociado por las casas Ardouin y Calvo que había comenzado tan brillantemente se agota. Los reclutamientos, los envíos de armas y de municiones se dificultan y son detenidos por la policía francesa, las hojas de ruta y los pasaportes que se habían acordado a los refugiados españoles y a los voluntarios extranjeros se han suprimido. Muchos al verse así abandonados por unos y vigilados por el Gobierno comienzan a maldecir de Francia y a volverse a sus casas.
—Yo no veo que esto vaya tan mal—dijo Lacy.
—No le quepa a usted duda. Va muy mal—replicó Olavarría—la unión que produjo entre los emigrados el entusiasmo y la esperanza se ha roto. Esto toma ya mal aspecto, el aspecto de la descomposición.
Después de exponer las mil dudas que le sugería la expedición liberal, el señor Olavarría habló de sus proyectos. Era el buen señor un arbitrista; quería transformar el comercio, la economía, la raza y hasta la geografía de España. Para todas sus utopías tenía un precedente.
—No crea usted que esto es un absurdo. Esto se ha intentado en Escocia, en el Canadá, en Bélgica y en Australia, y lo han preconizado hombres tan ilustres como tal, cual (y aquí citaba ocho o diez nombres extranjeros).
El español desconocido que al principio de la conversación iba muy fosco, miraba después sonriendo al arbitrista.
Al llegar la diligencia a una venta del camino de Villefranque, el señor Olavarría y el campesino francés bajaron a tierra.
El coche echó a andar y quedaron en la imperial el emigrado desconocido y Lacy.
—Conserve usted el entusiasmo con gente así—exclamó el emigrado y soltó después un par de ternos.
—¿Es usted de los nuestros?—le preguntó Lacy.
—Yo soy Fermín Leguía.
—¡Ah! Le conozco a usted de nombre. Yo soy Lacy.
Se dieron la mano.
—¿Va usted a Cambó?—preguntó Lacy.
—No; voy a San Juan Pie de Puerto, a ver a Jáuregui y a Fermín Sarasa que están allá. A la vuelta me detendré en Cambó a hablar con Chapalangarra.
—¿Tiene usted buenas impresiones, señor Leguía?
—Buenas, sí. Hay que seguir adelante. De otra manera no se puede hacer nada. Lo malo es la vacilación. Hay que elegir un plan, y a él con los ojos cerrados.
Esto lo dijo Leguía asociándolo con toda clase de ternos y de interjecciones.
—¿Usted no es ahora amigo de Mina, don Fermín?
—No. Me ha abandonado de mala manera. A pesar de eso, yo le tengo cariño al general; pero es demasiado absolutista. ¿Que riñe con Chapalangarra o con Valdés? Pues ya no se puede hablar de Chapalangarra o de Valdés. Son unos necios, soberbios y ridículos. No tanto. Todos tenemos un poco de culpa en lo que pasa.
—Mina debe ser muy exclusivista...
—Sí, mucho; pero aquí lo malo no es que sea exclusivista, sino que no se decide. Hay unos que dicen que basta acercarse a la frontera para que todos los españoles de nuestras ideas se levanten; otros dicen que no, que es necesario tener apoyo en la península. De éstos es Mina. Pero si lo creía así, ¿para qué ha aceptado el proyecto de la expedición si no le gustaba? Valdés, Gurrea, Chapalangarra, Jáuregui y yo con ellos, tomamos en París la iniciativa esta. Si no le gustaba a Mina, ¿para qué tomó parte en ella? Podía habernos dejado a nosotros la responsabilidad y la dirección.
—Es que le escribieron, le instaron...
—Ya lo sé; pero podía no haber aceptado.
—Hubieran dicho que era una cobardía.
—Sí, es verdad. En fin, veremos a ver qué sale de esto.
Al llegar a Cambó, Lacy se despidió de Leguía y bajó de la imperial.
Chapalangarra vivía en una posada del barrio bajo de Cambó. El bajo Cambó era entonces una pequeña aldea escondida entre árboles, al pie de una colina poblada de robles; sus casas, antiguas y negras, estaban en parte ocultas por emparrados verdes.
Lacy preguntó por la posada que le habían indicado y entró en ella. Era un fonducho solitario, con un comedor en la parte baja y una taberna.
En el comedor de este fonducho paseaba Chapalangarra de arriba a abajo, mirando al suelo, con las manos en la espalda.
En un rincón de la mesa jugaban a las cartas cuatro muchachos, y un joven melenudo, el poeta Espronceda, leía sentado en un sofá.
Al presentarse Lacy, Chapalangarra le invitó a salir para hablar libremente. Tenía miedo de los espías y no confiaba gran cosa en los jóvenes que le acompañaban.
Chapalangarra era hombre serio, fuerte, grave, de unos cincuenta años; un tipo oscuro, ceñudo y sombrío. Tenía la piel ennegrecida por el sol, los ojos grandes, negros; iba afeitado, con tufos sobre las orejas. Se le hubiera podido tomar por un cura. Hablaba a trompicones y era desaliñado en el vestir.
Durante más de una hora fué Chapalangarra hablando, accionando, quejándose de la frialdad y de la falta de entusiasmo de la gente...
La tarde de otoño estaba tan espléndida, el campo tan lleno de aromas, de colores, de pájaros, que Lacy miraba a veces al guerrillero preguntándose si no dejaría un momento sus resquemores para echar una mirada a las maravillas de la Naturaleza; pero Chapalangarra no veía más que su mundo interior de violencias y de pasiones.
Era el coronel de Pablo, apodado Chapalangarra, de la Ribera de Navarra, de Lodosa, tierra áspera, fea y caliente.
Había peleado en la guerra de la Independencia a las órdenes de Mina; después, en los años de 1820 al 1823, concluyó su campaña defendiendo como gobernador militar, la ciudad de Alicante hasta lo último.
En la época de su emigración en Londres, de Pablo se presentó a Mina, y en la primera entrevista riñó con él. Chapalangarra quería ir a España inmediatamente a levantar partidas liberales para restablecer la Constitución.
Mina intentó convencerle de que era imposible, de que faltaba dinero y medios de todas clases. Chapalangarra se indignó y acusó a Mina de tibio y de indiferente.
Ya para aquella época Torrijos había formado su partido radical entre los emigrados, en contra del de Mina que era más conservador. Chapalangarra fué invitado por los amigos de Torrijos a entrar en él; pero no quiso y se decidió a vivir solo, separado de todo el mundo, sin amigos ni partidarios.
Chapalangarra tenía la preocupación de Mina y hablaba constantemente de él.
Por entonces, en un periódico inglés, salió un artículo en el que se acusaba a Chapalangarra de actos de tiranía y de rapiña cometidos en el año 1823 cuando gobernaba Alicante.
Chapalangarra denunció ante los tribunales al autor del artículo, y éste, temeroso de ser condenado, propuso retractarse en el periódico y darle al guerrillero una cantidad como indemnización.
Aceptó Chapalangarra el trato, cogió el dinero e inmediatamente fué a casa de Mina.
—Ya hay dinero para la Revolución—le dijo, y le entregó todo lo que le habían dado.
Mina aceptó la cantidad por no defraudar las esperanzas de su paisano; pero éste al ver que pasaban los días y no le avisaban sintió redoblar su furor contra el caudillo, a quien acusaba de egoismo, de frialdad y de falta de entusiasmo.
Chapalangarra entonces pensó formar rancho aparte con Gaspar de Jáuregui (el Pastor) y que éste rompiera con Mina; pero Jáuregui creía en la estrella de Mina y no quería abandonarle por ningún motivo.
Era muy monorrima la reconvención de Chapalangarra contra los políticos para un hombre como Lacy, que creía que en el mundo había algo más que guerras y revoluciones. Lacy se cansó pronto de las quejas del guerrillero y pretextó tener prisa.
Volvieron los dos a Cambó, y al llegar cerca del puente Lacy vió que un señor le saludaba. Era Miguel Aristy que iba a montar en un tilburí.
—¿Quiere usted venir a Ustariz?—le dijo.
—Muchas gracias, señor Aristy.
—Si no ha traído usted coche, tiene usted que esperar hasta mañana.
—¿No le estorbaré a usted?
—No, no; de ninguna manera. Contentísimo en tener compañía.
Lacy se despidió de Chapalangarra y montó en el cochecito de Aristy.
—Me han dado dos horas de política aburridísimas—exclamó Lacy.—Tenía ganas de mirar el campo. ¡Qué tarde más espléndida!
—Mal político—exclamó Miguel Aristy dando una palmada a Lacy.—¡Un político que quiere mirar los montes y las flores! No será usted un Richelieu, ni un Pitt.
—Pse. No me importa.
Y Miguel Aristy y Eusebio Lacy dejaron el bajo Cambó, y al trotecillo del caballo fueron bordeando el río hasta llegar a Ustariz.