Las ideas capitales de la civilización en el momento que pasa
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LA VIDA Y EL BIENESTAR
En el siglo XIV, en el que 25:000.000 de habitantes—casi la mitad de la población de Europa—sucumbieron de la peste negra, los peligros que asediaban permanentemente al habitante, provenían de los poderes sobrenaturales a los que les eran atribuidas las sequías, las inundaciones, las epidemias, los terremotos, las pestes, las cosechas y los triunfos de la guerra.
Tres horas diarias de pensamiento y de acción, en término medio por cada hombre y cada mujer, estaban empleadas en precaverse de los males y asegurarse los bienes individualmente, y un ejército permanente de teólogos en la más radical ignorancia de la higiene la agricultura, la pedagogía y la mecánica, estaba dedicado a asegurar el bienestar general por procedimientos místicos, percibiendo en compensación, coercitivamente, el diez por ciento de la producción ajena y voluntariamente otro tanto en donativos.
Era como si cada persona llevase sobre sus espaldas una plancha de plomo de diez a veinte kilos de peso, para asegurarse la posibilidad de andar, suponiéndola imposible sin esa carga, y la diferencia más importante entre los colonizadores anglosajones y latinos del nuevo mundo fue el mayor gasto inútil de éstas en el seguro de vida, por el mayor empleo y el mayor costo de los servicios espirituales obligatorios e indispensables para estar "en gracia de Dios" y a cubierto de los demonios. Se explicaría así el ningún resultado de la libertad política para labrar el bienestar general, hasta que sobrevino por la instrucción pública el descreimiento, que llevó a emplear en mejoras agrícolas el dinero que se malograba en la compra de indulgencias, y en médico y boticas lo que se gastaba en pagar curaciones imaginarias a los santos.
Que la multiplicación de los templos y de los teólogos en una región no tiene influencia de ninguna clase sobre los caracteres del suelo y del clima, ni sobre la criminalidad, ni suprime los terremotos y los tiranos, ni detiene las epidemias ni las pestes, cualquier persona sensata podría observarlo; pero el que mostraba síntomas de sensatez era perseguido a muerte por los poderes públicos, y el mismo Blas Pascal, que se hacía torturar las carnes con un cilicio, para asegurarse la salud a la moda del tiempo, no se vio libre de persecuciones.
En esas condiciones de la vida medioeval, ningún progreso era posible, porque la imbecilidad humana era igual a la capacidad humana, y gravitando más duramente allí donde el clima era menos clemente, la insurrección empezó en los arenales del Brandemburgo, y prosperó en la Alemania del Norte, desde que los príncipes vieron en la Reforma el medio de apoderarse de los cuantiosos y codiciados bienes de las iglesias, que producían el empobrecimiento universal por el expendio del consuelo universal.
Del mismo modo en Inglaterra, la necesidad de contener las extracciones de dinero a Roma, (ascendentes en la Francia del siglo XVI a 700.000 escudos anuales), que enflaquecían al país para retornar en reliquias e indulgencias, indujo a prescindir del milagro, substituido por "la angustia mental" que inutilizó el domingo inglés, y a confiar en el "self-help", que paulatinamente trasladó al hombre del rol pasivo al rol activo, de la devoción a la acción, desalojando a la Providencia en la política y en la producción, para iniciar esa prodigiosa transformación de la agricultura rutinaria en la agricultura científica, que culmina en Norte América.
El remanente de riqueza retenido para las necesidades nacionales por la supresión del "drenage del ahorro para la expiación del pecado", vino a ser para las naciones del Norte de la Europa Central, que habían sido hasta entonces las más pobres, el comienzo de una prosperidad creciente hasta nuestros días, particularmente acelerada con el refuerzo del "self-help" por el empleo del vapor, que "es casi un inglés", como dijo Emerson.
La civilización medioeval consistió en el empleo de las fuerzas sobrenaturales captadas por procedimientos teológicos para la defensa de la vida, y la civilización moderna consiste en el empleo de las fuerzas naturales captadas por procedimientos físico-químicos. Los países musulmanes y los cristianos del Oriente, Armenia y Abisinia han quedado fieles al primer plan, y los cristianos del Occidente han empleado simultáneamente los dos, en proporciones tan diferentes, que en la actualidad, mientras la América del Norte tiene diez escuelas por cada iglesia y cuatro caballos de vapor por cada habitante, la Rusia y mucha parte de la América del Sur tienen todavía diez iglesias por cada escuela nacional y un décimo de H. P. por habitante. Nosotros tenemos cerca de cuatro escuelas por cada iglesia (5.000 y 1.290).
Hasta el siglo XVIII, la enseñanza primaria, secundaria y universitaria estaban arregladas para conferir al educando un poder indirecto sobre el ambiente por la consecuencia de la gracia divina y el patronato de los santos, a fin de que éstos cambiaran o predispusieran los fenómenos naturales en manera favorable a los intereses personales del respectivo devoto, y la enseñanza arreglada para conferir al hombre un poder directo sobre los recursos ambientes por medio de los instrumentos, las máquinas y los procedimientos científicos, sólo empezó a acentuarse desde los comienzos del siglo XIX. Se inicia entonces francamente la decadencia de las ciencias sobrenaturales y el desarrollo creciente de las ciencias naturales, y de sus aplicaciones a la defensa de la vida y la sociedad, al ensanche de la producción y de las comunicaciones, al mejoramiento de las relaciones entre los individuos y entre los pueblos por la comunidad de artes y de ciencias, aun en la disparidad de creencias, y el carbón de piedra engorda prodigiosamente a los más mientras los otros siguen enflaqueciendo por el empleo del milagro, "costoso y de rendimiento incierto".
Como el poder actual de las naciones depende de la proporción de fuerzas naturales que han puesto al servicio de la vida nacional, por el cultivo y el empleo de la inteligencia humana, la "Reina del Océano" en el siglo XVI, no tiene hoy ni escuadra, y el más remoto país, que era entonces desconocido, pero que ya practicaba por una feliz intuición de la ciencia moderna el aseo personal, ha llegado a ser una de las grandes potencias de la era presente, en sólo cuarenta años de no emplear ninguna parte de los recursos fiscales en pagar auxilios imaginarios y de invertirlos íntegramente en la apropiación de las energías naturales, primer caso en el mundo de aplicación de los métodos modernos de vida con prescindencia casi absoluta de los métodos medioevales.
En cambio, parece que, por compensación o por la urgencia de recuperar el tiempo perdido, los pueblos que se despiertan más tarde del supernaturalismo al racionalismo, se despiertan más completamente. Así la Francia, así el Portugal, que han expulsado a los frailes, cuando Inglaterra no puede todavía establecer la enseñanza laica y obligatoria que tienen aquéllas, porque la resisten los obispos y sus hechuras en la Cámara de los Lores, y se ve aventajada por los norteamericanos y los franceses en las industrias que requieren una mayor inteligencia en el obrero.
Del mismo modo, parece también que la más cristiana de todas las virtudes cristianas, que es la imprevisión espontánea en el salvaje, deliberada en el anacoreta, es reemplazada por la más anticristiana, que es la previsión, con mayor empuje en los pueblos que llegan más tarde a practicarla.
No obstante la conminación evangélica a vivir como el lirio del valle y el pájaro del bosque, sin pensar en el mañana, sin sembrar y sin guardar, fue posible el ahorro desde que cesó la costumbre de invertir el dinero sobrante de esta vida en la otra y se le ocupó entonces en la industria o el comercio y en préstamos a los gobiernos extranjeros. Y el capital inglés, el primeramente formado, fomentó el progreso de todo el mundo y particularmente en la América del Sur que sin él estaría aún en la barbarie.
Luego, a proporción que los franceses dejaban de preocuparse de las tribulaciones de los antepasados para atender a las de los descendientes, la Francia que había sido, al estallar la gran Revolución, el país de menos capitales y de más bellas deudas, pasando de un extremo al otro y yendo hasta economizar el número de hijos para aumentarles la dote, ha llegado a ser el país que tiene más capitales y más préstamos a cobrar.
Las otras naciones, donde el ahorro ha seguido aplicándose a la obtención de las energías sobrenaturales para asegurar la salud de los vivos y el bienestar de los muertos, Rusia, España, Turquía, Portugal, Austria-Hungría, no han pasado aún de las condiciones de prestatarios a la de prestamistas.
LA VIDA Y LA SALUD
(El costo de las velas)
Enjaezado por una manera particular de concebir la vida y sus incidencias, el individuo está determinado en el curso de su existencia por sus respectivos arneses mentales, llevando las riendas, de ordinario, las necesidades sobrenaturales en el que las padece, las naturales en todos y alternativamente los gustos, los vicios, las virtudes, el amor o el odio preponderantes en cada momento dado. Toda la diferencia con el caballo de tiro está en que uno lleva los arneses por fuera y a la vista y el otro los lleva por dentro e invisibles, salvo, por supuesto, los que llevan el duplicado del espíritu en el traje profesional.
Diferencias mentales insignificantes de individuo a individuo, se hacen enormes cuando son, por acumulación, diferencias de millones a millones de individuos. Muchas hebras de paja reunidas detienen el paso de un elefante y muchas menudencias acumulativas detienen la marcha de una nación.
En su forma originaria, el misticismo era la subordinación de la salud del cuerpo a la salud del alma, de modo que toda disminución de aquello debía importar necesariamente un mejoramiento de la vida.
El espíritu práctico, que fue la característica del pueblo romano en la antigüedad, resurgió en oposición al espíritu místico y llegó a ser una característica de los pueblos que se plegaron a la Reforma, particularmente de los anglosajones, mientras el espíritu medioeval continuó siendo la característica de los pueblos que quedaron fieles al misticismo medioeval.
Y acentuándose con el andar del tiempo la nueva tendencia, se ha llegado en el más práctico de los pueblos modernos a hacer de la religión misma un instrumento de sugestión mental para la salud corporal, en la llamada "Christian Science" de Mrs. Eddy.
En virtud de la doctrina de la expiación del pecado por el sufrimiento, y en repudio de las costumbres paganas, el desaseo fue erigido en virtud religiosa, y más tarde Mahoma estableció las abluciones como una práctica religiosa.
Con esto, en la lucha por la salud, este elemento de superioridad quedó de parte de los musulmanes, que conquistaron dos grandes porciones de la Europa, estableciendo en ellas una civilización más alta que la que habían desalojado.
Esa ventaja fue después contrarrestada y superada por el mayor desenvolvimiento de las ciencias y las artes entre los cristianos, al influjo del racionalismo naciente, con más fuerza o contra menores resistencias en algunas regiones, en manera que dos o tres siglos más tarde las naciones cristianas de Europa eran muy desigualmente poderosas.
En el siglo XII, la defensa de la salud se realizaba por las oraciones y los amuletos en el Oriente; por las oraciones y las reliquias en el Occidente. La Reforma, que fue un movimiento de carácter económico para la abolición del comercio de indulgencias y reliquias, descalificó el milagro para descalificar el vehículo de la extorsión, y por esta coyuntura pudo renacer la higiene pagana en la fórmula del "mens sana in corpore sano", por el baño y los sports, a punto de que puede decirse que la higiene por métodos naturales renació protestante y anglo-sajona principalmente.
Cuando los enfermos sanaban por milagro solamente, tenían razón de ser y no existían la higiene y la terapéutica, que estaban condenadas por la Iglesia en defensa de la castidad y de la taumaturgia respectivamente; la mortalidad igualaba a la natalidad y el crecimiento vegetativo de las poblaciones era nulo o insignificante, estando la salud de los vivos encomendada a la voluntad de los muertos en la heroicidad o la santidad.
Decreció en cambio la población de alimañas y parásitos externos, de los inquilinos del desaseo, colaboradores inconscientes de la salvación medioeval, con el empleo del jabón y de la camisa visible y lavable que inventó Burmmel, novedades que se han abierto camino muy lentamente allí donde el sentir de los teólogos había encontrado su complemento popular en el viejo refrán "chancho limpio nunca engorda".
Definiendo la nueva manera de realizar la defensa de la vida contra la insalubridad ambiente, los norteamericanos decían que "la civilización de un país se mide por el consumo de jabón", y consiguientemente, la incivilización debía medirse por el consumo de velas a los santos para el mismo objeto.
Cuando el milagro era el agente exclusivo para la conservación de la salud, la mortalidad excedía del 30 por mil, y en razón de la enorme mortalidad infantil, el término medio de la vida humana no pasaba de quince años, que se han doblado primeramente para los anglosajones, porque la higiene experimental ha hecho descender la mortalidad a cerca de 15 por mil, mientras excede todavía del veinticinco en la cepa española. Calculando para ésta un promedio de 20:000.000 de habitantes en el siglo XIX, y tomando la cifra sajona para la gente que ha muerto inevitablemente, y su diferencia con la cifra española e hispanoamericana para la que ha muerto evitablemente, la higiene mística nos habría costado veinte millones de vidas, prematuramente aniquiladas en el siglo en que se ha consolidado la higiene racional.
Y a continuar en la misma relación, otros veinte millones de vidas, con otros dos mil millones de pesos se perderán, evitablemente, en holocausto a la fe en la higiene y la terapéutica sobrenaturales.
"La principal industria de la Edad Media, dice Seignobos, era la cría de abejas por la cera para alumbrar las iglesias, y la miel para endulzar los vinos". En Rusia, donde el pueblo analfabeto es el 97 % y se sigue practicando la defensa de la salud por medio de las velas de cera, de cada mil niños, 495 mueren antes de los 5 años. En dos años de administración norteamericana, la mortalidad, que era de 132 0|00 bajo la dominación española, descendió a 22 0|00 en Cuba[9].
Según las informaciones telegráficas de Santiago de Chile, el mes pasado han perecido allí setecientos niños de menos de un año, pero todo el horror de este hecho queda fuera de los arneses mentales del hispanoamericano, como estuvieron antes fuera del alcance de sus sentimientos la tortura, la servidumbre, la esclavitud, el despotismo, la ignorancia y la miseria consecutiva.
Para el modo de ver de un teólogo soltero, esos niños habrían ido derechamente al cielo o al limbo, según que estuviesen bautizados, y "san" se acabó. La pérdida que ello importa para el país y para la raza, siendo una ganancia para el cielo, no se toma en cuenta, pues para el que tiene arneses de ir al otro mundo, judío, cristiano, musulmán, etc., los intereses de este mundo quedan fuera de la respectiva carretera, cuando las anteojeras son muy grandes y puede aún llegar al punto de destino sin haber dado un paso en este planeta. Vale decir que, en un solo mes y de una sola procedencia, la población de aquellos parajes se habrá aumentado con 700 párvulos a perpetuidad por consignación eclesiástica.
LA RELIGIÓN Y LA CIENCIA
El objetivo de la ciencia es la vida que transcurre en el mundo natural, y el de la teología es la que transcurre y la que no transcurre, y está en primer término.
Como la vida y las leyes naturales son las mismas en todas partes, hay una sola ciencia verificable de la vida y más de cuatro mil religiones o ciencias inverificables de la vida y de la muerte.
Si la salvación depende de no comer jamón o de no beber alcohol, o de beber tres gotas diarias de orines de vaca sagrada, o de no comer vaca profana en día viernes, son asuntos que están fuera de la ciencia positiva, porque los problemas imaginarios sólo pueden ser planteados y resueltos por las ciencias imaginarias.
Porque la mente tiene el privilegio de salir de la realidad, construirse realidades mentales, poblar con ellas el mundo natural, y arreglar a ellas la conducta personal, pudiendo desacertar en mayor o menor medida, lo que tendrá una influencia más o menos desfavorable sobre el sujeto y sus alrededores y ninguna sobre su teología, pues todo el mal que de ésta resulte será considerado como una fatalidad inevitable o como infinitamente inferior a los bienes inverificables. Por esto la ciencia es buscada como el pan, en razón de las utilidades reales que proporciona a todo el que la use, y la religión se hereda como el color de la piel y se la aguanta, por mucho que reduzca las posibilidades individuales y nacionales, por las utilidades imaginarias que proporciona al que la cree y que no proporciona al que no la cree y que por esto no la busca, ni la quiere o la repudia.
La vida puede ser reducida o rebajada en diferente porcentaje por un andamiaje de terrores y esperanzas ilusorias o por la disminución de los sentidos o del intelecto, o por las dos desgracias juntas, y el saldo será diferente pero la conformidad será igual, correspondiendo a cada diferente plan de vida un coeficiente de duración diferente también.
"La mente que va paralela con las leyes de la naturaleza estará en la corriente de los acontecimientos, y fortalecida con las fuerzas de éstas", dice Emerson. Y la que no vaya paralela no será fortalecida, y la que vaya en contra será debilitada por ellas, pues el hombre puede hacer su verdad y extraviarse con ella, pero no puede hacer la verdad del mundo exterior y extraviarlo en la misma dirección.
Como los peligros y las defensas sobrenaturales sólo existen por creación del espíritu humano, son diferentes en especie y en grado en todas las gestiones y latitudes y susceptibles de ser abandonados o mantenidos, disminuidos o aumentados, por simple cambio del pensamiento, sin que cambie en el mundo otra cosa que el empleo de la vida del sujeto mismo, que cesará de gastar en ellos si cesa de creer en ellos, o gastará el doble si cree el doble, en perjuicio o en beneficio de los respectivos intermediarios, por esto instintivamente interesados en mantener en la más alta tensión el terror sobrenatural para ordeñarlo con más provecho, a cuyo efecto hacían creer antes a las gentes que el mundo existía por y para las creencias y se acabaría si ellas cesaban.
Como en la Europa central y occidental los teólogos no lograron mantener en tensión máxima universal el terror religioso, la inteligencia humana pudo emanciparse del peligro teológico y llegar a engrandecerse con todo el poder de las energías cósmicas, que trabajan gratuitamente para todo el que aprende a gobernarlas.
En los males imaginarios, el empresario del remedio es, por supuesto, el más entusiasta y el más infatigable propagandista del peligro: cada cual se preocupa de hacer creer en la realidad del infierno de que puede sacar penados, siendo al mismo tiempo el más ardoroso negador de la existencia de los otros infiernos de que sacan otros especialistas.
Pero resulta que sobre los peligros y los temores sobrenaturales del pasado están injertadas, no solamente las instituciones religiosas, sino también las instituciones políticas del pasado, con lo que hay dos grandes y poderosos interesados en su mantenimiento, desde que su cesación comportaría el derrumbamiento de entrambos. Y la mayor complicación proviene de la competencia internacional, que impone la educación del pueblo, so pena de anularse brusca o lentamente el país que la suprima o la reduzca. El dilema es inevitable: ser comido lentamente por los frailes, los derviches, los bonzos, con elevada mortalidad y miseria grande, para ser luego despojado o absorbido de golpe por los rivales o levantarse y andar como ellos.
Y la solución que se ha encontrado para cultivar los poderes intelectuales sin destruir o disminuir el miedo a los peligros sobrenaturales, obviando el antagonismo entre la casualidad natural y la sobrenatural, es la enseñanza religiosa de las ciencias profanas; el cultivo de la memoria sin despertar el raciocinio, por la ingestión de explicaciones depuradas en respuestas hechas, aprendidas y almacenadas en la mente para responder a preguntas hechas, a fin de que el educando atraviese la escuela, el colegio y la universidad con anteojeras de mula, "con sujeción estricta a los textos", viendo lo que ponen delante y no lo que le substraen o queda a los costados, como Renan, que recibió las órdenes menores en San Sulpicio sin saber que había existido la revolución del 89.
Pero el individuo habilitado solamente para repetir como un fonógrafo, con o sin variaciones, lo que le han enseñado en la ciencia circunscripta por la fe, no podrá ser más que un loro sabio, de grande o aun de maravilloso vocabulario, y el país que cultive todos los poderes intelectuales del habitante estará siempre mucho más arriba del que sólo cultive alguna parte. Aun edificando el saber sobre la capacidad pasiva de asimilar conocimientos, la enseñanza religiosa corre graves riesgos de despertar inopinadamente la capacidad activa, suscitando en un seminarista un Combes, y un France en un discípulo de los asuncionistas.
Mariano Moreno, el alma de la revolución de Mayo, era doctor en teología de la Universidad de Chuquisaca, como Voltaire era discípulo de los jesuítas, porque la misma educación calculada para atrofiar las alas del espíritu, fracasa en las inteligencias descollantes no habiendo procedimiento que valga para transformar los cóndores y las águilas en aves de corral.
De la casualidad milagrosa, que es la base de la escuela eclesiástica, no ha salido ningún invento, ningún descubrimiento, pero han salido todos los actores de la Revolución Francesa, los terroristas, los nihilistas, y los anarquistas; y de las Universidades fundadas y regenteadas por obispos, salieron todos los emancipadores de la América del Sur, consistiendo así su único mérito en haber servido para lo que no fueron establecidas.
A consecuencia de esto, y a precio de rebajar la mentalidad nacional por la enseñanza anticientífica de la ciencia, a menudo equivalente a escamotearla, y de que son víctimas en primer término los huérfanos y las clases conservadoras, los poderes dogmáticos sólo consiguen aplazar su derrumbe para hacerlo más completo en definitiva. Bajo la enseñanza religiosa, la Francia monárquica llegó a ser más republicana y más librepensadora que la Inglaterra liberal, cuyo Parlamento votaba, en 1840, 30.000 libras para escuelas y 70.000 para las caballerizas del rey.
Abrazando la causa del liberalismo, la casa de Saboya levantó la monarquía levantando a la Italia, y apoyándose en el clericalismo, la casa de Braganza perdió la corona, atrasando, empobreciendo y endeudando a Portugal.
La América del Sur se encuentra en plena evolución del espíritu místico al espíritu práctico en algunas partes, y en plena regresión en otras. Para la prosperidad de las poblaciones, un ferrocarril, un puerto, una escuela, un banco, son infinitamente más eficaces que un obispado, y es con ellos que, en sesenta años de liberalismo tibio, la Argentina ha hecho descender el precio del oro del 2000 al 227 0|0, mientras Colombia lo ha hecho ascender al 5000 0|0 y perdido a Panamá en 18 años de reaccionarismo rabioso. Con su prodigioso santuario, Catamarca no ha podido aún salir de la pobreza consuetudinaria, y con la agricultura científica, Mendoza ha aumentado sus recursos de medio a cuatro y medio millones de pesos en 25 años, aún teniendo adentro, como las manzanas averiadas, a los más hábiles despojadores de viudas ricas y beatas, que pagan el más alto tributo al miedo religioso, en dinero acumulado por sus maridos descreídos que pasa al activo de la riqueza eclesiástica.
La penetración de los instrumentos materiales de la civilización moderna es inevitable aun en los países en que el hombre vive sintiendo, pensando y pereciendo en los viejos moldes y en pos de aquellos va la infiltración de las métodos mentales de que proceden. El vapor, el ferrocarril, el automóvil, son los precursores del régimen constitucional y del librepensamiento en Turquía, en Persia, en China, en Rusia.
Se ve cuán profundo era el pensamiento de lord Acton, el famoso católico inglés, cuando decía, en referencia al gran pontífice que dejó nacer y crecer al modernismo: "Pienso que León XIII es el primer Papa que haya sido bastante sabio para desesperar, y sentido que debía empezar una nueva partida y gobernar por extrañas estrellas sobre mares desconocidos".
INSTITUCIONES LIBRES [10]
El problema que las instituciones libres deben resolver es el del gobierno de las sociedades humanas, a gusto y beneficio de los gobernados, y el mayor inconveniente para la buena gestión de los intereses ajenos, es la tendencia espontánea del individuo a preferir su propia voluntad y su propia conveniencia a las de los otros tanto más cuanto le sean menos afines por la sangre, el espíritu, el suelo, la lengua o el color, y las maneras de suprimirlo o atenuarlo son, naturalmente, la división del poder en varias ramas, que se contrapesen recíprocamente, y su contralor por la opinión pública.
En la antigüedad, solamente los griegos, que hicieron los primeros ensayos de confederación y de gobierno del pueblo por el pueblo, y los romanos, que se dedicaron a la conquista con incorporación, concibieron el problema y trabajaron para resolverlo, ensayando una gran variedad de formas políticas incompletas, que fracasaron sucesivamente, y desarrollando la cultura del entendimiento en una medida tan vasta que, aun preterida porque "no servía para salvarse", durante la noche de diez siglos en que nuestros antepasados se olvidaron de las necesidades de la tierra para delirar con el cielo, el purgatorio y el infierno, ha venido a ser la fecunda simiente de que procede la civilización moderna.
Las repúblicas griegas, en quienes el instinto de la venganza era todavía más grande que el sentimiento de la justicia, que ignoraban los derechos de las minorías, como nosotros en la primera mitad del siglo pasado, y no llegaron a conocer ni la división, ni la limitación de los poderes, ni los grandes beneficios recíprocos de la benevolencia para los vencidos, condenados siempre al ostracismo y la conspiración, fueron asimismo el paraje en que el pensamiento humano pudo levantarse y desenvolverse con mayores holguras.
Como dice Renan, "el estado habitual de Atenas era el terror. Jamás las costumbres políticas fueron más implacables, jamás la seguridad de las personas fue menor. El enemigo estaba siempre a diez leguas; todos los años se le veía aparecer; todos los años era necesario guerrear con él. Y en el interior, ¡qué serie interminable de revoluciones! Hoy desterrado, mañana vendido como esclavo, o condenado a beber la cicuta; después, lamentado, honrado como un dios; todos los días expuesto a verse arrastrado a la barra del más inexorable "tribunal revolucionario", el ateniense que, en medio de esta vida agitada, jamás estaba seguro del día siguiente, producía con una expontaneidad que nos asombra".
La república romana, que llegó a realizar en cierta manera la división de los poderes y el principio de la responsabilidad, tuvo, en consecuencia, una vida más robusta y una existencia más larga, pero, desconociendo el principio de la representación, tiranizó fatalmente a los pueblos vencidos, tanto menos oídos en la opulenta capital cuanto más esquilmados en la remota provincia, y el ejercicio del despotismo afuera, inhabilitando a los dominadores para la práctica de la libertad en casa, substituyó paulatinamente a los gustos y las formas republicanas, el absolutismo y las pompas orientales.
Y aquella incomparable agrupación humana que empezó como escuela de libertad política, terminó en cátedra de absolutismo asiático, inoculado a la parte más civilizada del mundo antiguo, en cinco siglos del más absorvente centralismo.
La ley, que había empezado por ser la expresión de la voluntad del pueblo, acabó por ser nada más que la expresión de la voluntad del príncipe, según la máxima de las Institutas, que sir John Fortescue declaraba en el siglo XV "completamente extraña a los principios de la ley inglesa": quod principe placuit, leges habet vigorem.
"Más esfuerzos han sido necesarios para formular la idea de que el hombre es libre que para saber que la tierra se mueve alrededor del sol, dice Ihering. La historia ha trabajado infinidad de años, millones de hombres gimieron en la esclavitud y ríos de sangre han corrido en los tiempos más recientes, antes de que aquel principio se realice".
Y esto se refiere ya al segundo de los obstáculos mayores que ha encontrado el problema de las instituciones libres.
Porque el terror a lo desconocido y la necesidad de saber para obrar o abstenerse, han originado las seis mil explicaciones diferentes de los fenómenos naturales por los poderes sobrenaturales que llamamos religiones, y éstas han puesto fuera del contralor de la razón y de la experiencia humanas los asuntos que más interesaban, al dar carácter sagrado a las concepciones primitivas, tanto más sagradas cuanto más antiguas, vale decir, cuanto más absurdas.
Por supuesto, el entendimiento se adapta a las creencias en que ha sido amamantado como el paladar a los alimentos, y toda religión es tenida por los que la profesan, y mayormente por los que de ella viven, como el mayor bien posible. Por sus efectos morales, intelectuales y económicos sobre las sociedades, todas son desastrosas en diferente medida, según la historia y la estadística, que los creyentes no pueden entender, y que los estadistas deben tomar en cuenta, si realmente les interesa el porvenir de su país.
"Una religión es una causa de debilidad para un país", ha dicho el marqués Ito. Y en efecto, sea que se propongan gobernar a los vivos a gusto y beneficio de los muertos, para que sean felices después de muertos, como las derivadas del judaísmo, sea que se propongan defenderlas contra los malos espíritus, como las de la China, el África, la Oceanía y la América salvajes, toda religión es una doble defraudación a la energía humana, desde luego porque inducen a ejercitarla en vías tan costosas como estériles, y después por las servidumbres y las limitaciones que imponen al individuo a trueque de beneficios imaginarios, dependiendo la extensión de los males que producen del grado de poder político de que disponen para cohibir al pensamiento dentro de sus recintos cerrados.
Así, nada les debe la libertad, pero el despotismo les debe mucho, pues han sido siempre un resorte de gobierno, y precisamente el que ha dado continuidad y estabilidad al poder, al proveerlo del único carácter que podía hacerlo hereditario—el carácter sagrado—desde que las capacidades naturales no se transmiten necesariamente de padres a hijos. Los del primer dictador romano que fue proclamado dios, quedaron por esta sola circunstancia en condición superior a la de todos los demás ciudadanos romanos, y para evitar que el suyo quedara, como el de Cromwell, en el común. Napoleón se hizo ungir de potestad divina y consagrar por el papa.
De aquí que todo poder dinástico y toda aristocracia hereditaria sean los aliados naturales de alguna religión, es decir, de la forma particular de instrumentación del terror a lo desconocido de que proviene o en la que descansa su autoridad o su superioridad extra personal.
Nada fue así más natural que la "Santa Alianza", en la que los déspotas europeos, sacudidos por los primeros estallidos del sentimiento renaciente de la libertad, al finalizar el siglo XVIII, se concertaron para destruirla, sostenerse mutuamente y ayudar a Fernando VII a sofocar la independencia de sus colonias americanas, que el papa, por su parte, había excomulgado desde el primer momento.
En las poblaciones helénicas de que surgieron las repúblicas griegas y la romana, como en las tribus germanas, la virilidad individual por la fuerza, el talento y la salud, era un desideratum nacional, el valimiento actual pesaba más que el mérito ancestral, y la religión era un auxiliar del estado, en categoría tan secundaria, que los héroes semidioses de la mitología griega provienen del campo de la acción laica, a diferencia de la civilización cristiana, en la que provienen del campo de la acción religiosa; a diferencia también de la civilización moderna, en la que provienen del campo de la acción política, social, científica y educacional.
En las tribus germanas que poblaban la Inglaterra en la época de Tácito, el jefe civil era un funcionario elegido, no en mérito de su nacimiento sino en el de sus hechos, para administrar la justicia y presidir las asambleas de los hombres libres, en las que los sacerdotes sólo tenían misión para guardar el orden; el jefe militar era elegido para cada expedición común, en mérito de sus proezas en anteriores expediciones personales voluntarias, y la conservación del carácter electivo y del poder limitado y revocable de los reyes anglosajones, en frente del poder absoluto e irrevocable de los reyes de derecho divino, erigidos por el cristianismo, ha sido durante doce siglos la gran obra del pueblo inglés en beneficio de la civilización liberal.
Porque el proceso de asiatización de la Europa, que rebajó el estandarte de la vida en todo el continente, desde la fe en el esfuerzo humano a la fe en la gracia divina, aun en Escocia con el protestantismo y en Irlanda con el catolicismo, fue menos eficazmente llevado o más felizmente resistido por las tendencias indígenas en la Inglaterra, el país que relativamente ha producido menos santos y más políticos, exploradores, pensadores e inventores, el único país donde la libertad ha fluido del espíritu de independencia, no obstante las excomuniones reiteradas de los papas contra todas las cartas sucesivas de libertades; donde el derecho político ha salido de los precedentes ensanchados por crecimiento natural, como planta indígena, y no de trasplante o ingerto como planta exótica; donde un mayor interés por los bienes positivos, contrarrestando las exageraciones del idealismo visionario, originó la mayor aptitud para el comercio, la industria y la colonización, dando margen para ese espíritu práctico que se desinteresa de los modos de pensar para atender a los modos de obrar, a la inversa de ese espíritu sentimental impreso a los hombres por el cristianismo y el mahometismo, que prescinde de los hechos y se infeuda a las doctrinas, hasta no poder producir más que santos y mahdis, es decir, momias espirituales, manera de pasividad mental que el estancamiento social secular convierte en instinto nacional, que la Inquisición llevó al máximum en España, extinguiendo el foco aislado de liberalismo de Aragón, y de que provino entre nosotros la feroz intransigencia de unitarios y federales sobre doctrinas políticas liberales sostenidas por los procedimientos más brutalmente tiránicos.
Con el espíritu del self government, se preservó también en la Gran Bretaña el amor a la justicia y el instinto de progreso, adormecidos en el continente por la confianza en la justicia divina y la esperanza del cielo para los pobres de espíritu; anquilosados en las civilizaciones de la India y la China por la institución de las castas cerradas y el mandarinismo, que oponían una barrera infranqueable a las capacidades particulares, y se salvaron precisamente por el sistema de las clases abiertas, pues la nobleza misma no era hereditaria sino el título de par y por el hijo mayor, quedando así la aristocracia interesada en la suerte de los comunes de la que participaban sus demás descendientes.
De estos factores provino esa resistencia siempre vencida y siempre renaciente del pueblo contra los desmanes y la avaricia de los reyes y de los papas, que alcanza su primera grande etapa en la Magna Carta, arrancada al rey Juan por los barones en 1215, eludida a menudo después, pero jamás borrada del espíritu público, donde se conserva con la fijeza de una constelación en el firmamento; reconfirmada y ampliada en el parlamento de Simón de Monfort, en 1265, echando al mar en Dover la bula que contenía la excomunión del papa contra los barones rebeldes para quedar, desde entonces, como el gran faro nacional para los días de tormenta o de niebla política, mientras en el continente, aun en Escocia y en Irlanda, y con la sola excepción de la Holanda y la Suiza, la sumisión cristiana a la autoridad divina de los papas, los pastores y los reyes, bajo la forma protestante, la católica o la ortodoxa, hacía tabla rasa de todos los sentimientos de independencia individual o comunal, y mayormente en España, donde el Santo Oficio, sentaba sus reales y sus instrumentos de tortura veintiún años después del nacimiento de la Magna Carta en Inglaterra, para modelar a nuestros mayores por el terror máximo en el plan de la más grande intolerancia sectaria y de la más completa sumisión pasiva al altar y al trono.
Y desde 1534 esta abdicación universal de la capacidad natural del hombre en la capacidad divina de la iglesia fue reconfirmada con la fundación de la compañía de Loyola, y el consiguiente orgullo fanático de los siervos favoritos de Dios exteriorizado medio siglo después, en la "invencible", enviada, dice Fiske, "para extrangular la libertad en su patria predilecta, por el tirano más execrable y cruel que haya visto jamás la Europa tirano cuya victoria hubiera significado no simplemente la usurpación de la corona de Inglaterra, sino el establecimiento de la Inquisición española en el tribunal de Westminster".
La característica de la civilización greco-romana, que en veinte siglos preparó el terreno sobre el cual se extendieron, más tarde, en simple substitución, las civilizaciones cristiana y árabe, y lo que hizo posible su prodigiosa expansión sobre los países y los continentes vecinos, fue la circunstancia de que la religión—regional, sin cosmología sagrada, sin dogmas teológicos y sin gerarquía eclesiástica—no cohibiera mayormente el libre juego de las capacidades naturales, como la parte progresiva de la misma circunstancia en Inglaterra—su tolerancia con las costumbres y las religiones particulares de los países conquistados hasta el punto de tener dos religiones oficiales en el mismo reino unido, constituido en cuna de la libertad y refugio de los perseguidos de toda la Europa,—explica la incesante expansión inglesa; como la misma circunstancia, bruscamente producida en Francia sobre el orden político y militar, por la revolución del 89, y a que se refería Napoleón al decir que todo soldado llevaba en su mochila el bastón de mariscal de Francia, explica la inopinada expansión francesa y la epopeya napoleónica, como la misma circunstancia sobre el terreno educacional, comercial e industrial en Norte América explica su portentosa prosperidad; como el cristianismo sin la ciencia europea en Abisinia, y la ciencia europea sin cristianismo en el Japón, explican el estancamiento secular del primero y el prodigioso desenvolvimiento repentino del segundo; como la circunstancia inversa—el fanatismo sin pensamiento y sin ciencia,—en España y Portugal, explica a su vez, el estancamiento regresivo a la manera musulmana de aquel imperio ibérico en que no se ponía el sol, cuando aquello de que ha salido toda la potencialidad moderna—el espíritu humano—estaba aún en todas partes prisionero de los siglos pasados, como dice Ugarte; cuando la esperanza en los milagros de la fe obstruía en todas partes el advenimiento de los milagros de la ciencia y la inteligencia humanas.
"Entre las grandes naciones modernas fue únicamente la Inglaterra, dice Fiske, la que en su desenvolvimiento político se mantuvo más independiente de la ley romana y de la iglesia romana, y la única que salió del crisol medioeval con su gobierno propio teuton substancialmente intacto".
"De Homero a Constantino la ciudad antigua es una agrupación de hombres libres que tiene por objeto la conquista y la explotación de otros hombres libres", dice Taine. De Constantino adelante, otros objetivos para la vida dirigen la conducta por otros rumbos, pues una nueva concepción del hombre y del mundo, que ha hecho camino en el espíritu de las masas y llegado finalmente a la supremacía política y social, ha invertido todos los valores humanos, descalificando el pensamiento y la acción, la alegría, la salud y la fuerza y exaltando la esterilidad, la tristeza, la suciedad, la enfermedad, y la pobreza, porque el ideal y el destino del hombre han sido magnificados en el bien y en el mal y situados fuera de la humanidad, en un otro mundo que será el inverso del presente. La moral, que Aristóteles hacía consistir en "la utilidad social", consiste según los teólogos en "la sumisión a la voluntad de Dios", es decir, en la utilidad de Dios.
Esto se llama la "civilización cristiana", y a ella son convertidos los demás semibárbaros europeos por la persuación o la fuerza. Desde entonces, la ciudad medioeval es una agrupación teocrática de visionarios a la expectativa del fin del mundo y del juicio final, levantando castillos, presidios, horcas y fortalezas para defenderse de la barbarie natural de los malvados vivos, y santuarios, templos, conventos y oratorios para procurarse la gracia divina, conseguir milagros y defenderse de la barbarie sobrenatural de los malvados muertos, a quienes la teología ha dado una segunda existencia, infinitamente peor que la primera, en los demonios, las brujas, los duendes, los fantasmas, las ánimas en pena, etc., etc.
Esta civilización cristiana, que considera al hombre perdido desde el pecado original, en imperiosa necesidad de salvarse, incapaz de conducirse por sí mismo y necesitado de curatela, sucedió a la civilización greco-romana, imperando exclusivamente en el continente europeo hasta el siglo XVIII, en diversas formas, y en una de las peores fue importada al nuevo mundo por la España en el XV.
La cosa vino así: un enviado especial del autor de todo lo que existe, que los judíos esperaban y siguen esperando aún, había descendido entre ellos, a la tierra, para iluminar el camino de la vida a los hombres, en una época en que la brújula, la ciencia, la navegación a vapor, las escuelas, los ferrocarriles, la libertad, y "esos signos de la idea, esas santas letritas de plomo que han esparcido el derecho y la razón por el mundo", como dice France, eran insospechables, y, naturalmente les había aconsejado lo mejor posible en la ocasión: la resignación ante las calamidades inamovibles del presente mediante la esperanza de un bienestar póstumo.
Este programa de vida era un sistema de compensación ideal de los males de la tierra, calculado para dar la capacidad de sobrellevarlos pacientemente, y no la de superarlos poco a poco, que sólo podía provenir del acrecentamiento indefinido de la inteligencia humana por el ejercicio, que son el método y el objetivo de la civilización moderna. Por el contrario, empujado por la propia lógica de los suyos, el cristianismo creó nuevas formas de males para agrandar las recompensas del cielo—que es el plan y el objetivo de la vida conventual—instituyendo para los infieles las penas más atroces y para los fieles las torturas morales por los terrores del infierno, y las torturas físicas por el cilicio, las privaciones y las penitencias, prohibiendo la medicina, las diversiones y los anestésicos, porque tendían a disminuir el dolor y la tristeza, que eran tenidas como fuentes de dicha futura.
Lo que había empezado como ensueños de esperanzas, degeneró en pesadilla de horrores futuros, sustentados y acrecentados por una gerarquía de profesionales en las cosas del otro mundo, que llegaron a constituirse en un segundo poder público, que enseguida vino a ser el más fuerte de los dos, para empezar a declinar, a su turno, cuando empezó a elaborarse la civilización moderna, que tiende a suprimir la tristeza, el dolor, la pobreza de espíritu, la miseria, el miedo y el castigo por la educación, la instrucción y la dignificación.
Pues, como dice Renan, "no es del cristianismo que han salido las ideas liberales, sino del espíritu moderno, formado sin duda en parte por el cristianismo, pero libertado del cristianismo. La ortodoxia las maldecía desde luego; después, cuando ha visto que era imposible detener el torrente, que la humanidad seguía su camino, inquietándose poco de dejarla atrás, se ha puesto a correr detrás de su pupila infiel, a hacerse la apurada, a pretender que había querido lo que ha sucedido—y que se le debe mucho reconocimiento por ello".
Pero es justo decir que el programa cristiano de conformidad con los males de la tierra, considerados como castigos del cielo por los pecados de los hombres, sólo atenuables por la oración, la penitencia y las peregrinaciones, ha sido superado en su acción enervante de la energía humana, por otra religión igualmente fatalista salida en el siglo VII de la misma cepa judía: "el islamismo, de la palabra islam, que significa resignación a la voluntad de Dios".
Con la transferencia operada por Constantino, de la protección imperial y de las rentas y bienes del antiguo culto oficial al nuevo, la iglesia llegó a ser un poder político, y como estaba organizada en el plan del pastor y el rebaño, que es decir, en manera más opuesta a la autonomía moral del individuo, la libertad quedó aplastada bajo dos lápidas, y el problema de las instituciones libres para el libre desenvolvimiento de la personalidad, desapareció de la escena en que se trataba sólo de "apacentar a las ovejas del Señor", a gusto y beneficio del propietario por sus delegados y representantes, los obispos y los príncipes, sólo responsables ante él, y por ende omnipotentes e irresponsables ante la majada humana.
Ellos podían poner la mano sobre todos impunemente; nadie podía ponerla sobre ellos sin quedar condenado ipso facto. La libertad individual no había llegado antes a un estado de mayor aniquilamiento doctrinario, pues era entendido que todo mal provenía de la perversidad del diablo o de la ira de Dios, todo bien de su gracia y toda autoridad de su voluntad, trasmitida por ordenación en la gerarquía eclesiástica y por herencia y unción o por usurpación y consagración en el orden político, ejerciéndose por delegación descendente.
Este era el orden de cosas consuetudinario cuando reaparecieron en la Europa cristiana traídas por los ex-prisioneros de las cruzadas, las ciencias y las artes griegas, que fueron un poderoso estimulante de actividad mental, y consiguientemente, de diferenciación del medio ambiente. "La cultura antigua, dice Renan, como los ríos que desaparecen en la arena, tuvo un curso secreto, no traicionando su existencia sino por débiles hilos de agua, hasta que reapareció gloriosamente en el Renacimiento con todas sus virtudes fecundantes. Ella fue la levadura intelectual de las naciones modernas".
En efecto, como el árbol y el fruto en la simiente, los descubrimientos científicos, las máquinas y las invenciones que han elaborado las instituciones libres, la salud, la riqueza y el bienestar, estaban en el camino inaugurado por Euclides, Sócrates, Fídias, Aristóteles y Arquímedes, y no estaban en la senda en que trabajaron Zoroastro, Moisés, Confucio, Buda, Jesús y Mahoma, como que no han sido encontrados por sus respectivos secuaces o fieles, sino, por sus rebeldes, herejes o infieles a medias o a enteras, que, apartándose de esta vía, se echaron a andar por aquella.
La vida de las sociedades humanas depende de la producción y la distribución de la riqueza, y, hasta el advenimiento de las ciencias y de las máquinas en el siglo XVIII, promovidas entrambas por el método experimental descubierto por Bacon en el XVI, la producción de la riqueza, confiada principalmente a los esclavos y a los siervos embrutecidos por el exceso de trabajo y de supersticiones, fue mezquina y precaria, y hasta la consolidación y difusión de los principios políticos ingleses, su distribución estuvo a merced de la avaricia de los poderosos, que, en tiempo de guerra se comían los huevos y la gallina, y en tiempo de paz los huevos y los pollos.
"Como la de todas las civilizaciones antiguas, la causa principal de la caída de Roma, fue la desigual distribución de la riqueza con la resultante esclavitud de la población, dice H. Spencer. En vez de producción de riqueza por medio de la ciencia y la industria hubo anexión de riqueza por guerra y conquista, en monopolio de las clases gobernantes, que por ella se corrompieron".
Las leyes romanas, que daban al acreedor el derecho de vender como esclavo a su deudor, fueron hechas por los acreedores, dice Brooks Adams, y la expoliación capitalista mató al imperio romano. Eran, en efecto, en manos de los usureros, una máquina de arruinar a los más en beneficio de los menos. Y así, cuando la conquista del Egipto, abaratando el trigo en Roma, arruinó a los agricultores que trabajaban a crédito en Italia, fueron estos vendidos con sus tierras, y millones de hombres libres descendieron de este modo a la condición de siervos de la gleba.
En las provincias, los procuradores de los prestamistas romanos al 4 0|0 mensual, y los publicanos o empresarios de contribuciones, eran un flajelo más temible que las pestes y las inundaciones. "Además de la contribución territorial, había una sobre las industrias, que se pagaba cada cinco años. Cuando llega la época de la colación lustral, dice un escritor de entonces, no se oyen en la ciudad más que llantos y lamentos. Los que no pueden pagar reciben palos y maltratos; las madres venden a sus hijos para satisfacer a los colectores. Los contribuyentes eran sometidos a tormento en algunos casos", agrega Seignobos.
El régimen del terror supersticioso por males y peligros imaginarios, en que vivía el hombre en la pura civilización cristiana, y la servidumbre espiritual a los dogmas absurdos y al absolutismo de la iglesia, fue fatal a la libertad y a todos los intereses humanos que estuvieron subordinados a los intereses divinos. "Nadie puede ahora hacerse una idea de lo que fue el estado mental de un hombre en el siglo IX," dice Huxley. Por más altamente educado que fuese, su vida era un campo de permanente entre santos y demonios por la posesión de su alma. La vida medioeval fue en lo principal tan angustiada por el miedo de los malos espíritus como la de cualesquiera salvaje de nuestro tiempo, dice Robertson en su Short History of Christianity; pues el pueblo había conservado la noción de sus espíritus hostiles, y el diablo cristiano era el Dios de ese reino.
La vida también, era tan breve como apenas pueden concebirla los modernos, tan alta era la mortalidad normal, tan frecuentes las pestilencias, tan poco entendidas las enfermedades; y la cercanía de la muerte hacía a los hombres atolondrados o aterrorizados. Donde la ignorancia y el temor van unidos, es el reino de la superstición. La religión consistía de ordinario en un empleo perfectamente supersticioso de los sacramentos del bautismo y la eucaristía; un temor constante de la actividad del diablo; un uso singularmente mecánico de los formularios; una intensa ansiedad de poseer o de beneficiarse por las reliquias, cuya fácil manufactura debe haber enriquecido a muchos; un temor crónico de la brujería; y una concepción tan literal del purgatorio y del infierno, que su universal fracaso en enmendar o controlar la conducta es una revelación de la inconsecuencia de la moralidad media. Es a menudo difícil distinguir en la religión medioeval entre la sugestión devota y la criminal. En la vida del italiano S. Romualdo (siglo X) se dice que cuando insistió en dejar su retiro en Cataluña, donde había ganado una reputación de santidad, los catalanes proyectaron matarlo para poseer sus reliquias. El mismo, por su parte, apaleó a su padre casi hasta matarlo para hacerlo consentir en su profesión de vida religiosa. Tales ideas morales desarrollaron en los siglos 13, 14 y 15 los movimientos crónicos de los Flagelantes a cuyas salvajes auto-torturas públicas no pudieron poner coto ni la Iglesia ni el Estado mientras duró la manía".
Las profesiones instruidas, que en la civilización moderna ascienden a 57, según el cómputo de Hubbard, sólo llegaban a tres en la civilización cristiana: predicador, abogado y médico. Aún en el siglo XVII, las materias que se enseñaban en los seminarios a los confesores de los reyes y directores de la sociedad eran: Teología Moral, Liturgia o Ritos y Disciplina Eclesiástica. "Lo que se llamaba el conocimiento enciclopédico en las escuelas, dice Robertson, consistía en las reglas de la gramática latina, dialéctica o lógica elemental, retórica, música, aritmética, geometría elemental y alguna astronomía tradicional. Las tres primeras constituían el Trivium, o curso de introducción en las escuelas medioevales; las otras el Quadrivium: juntas "las siete artes liberales".
Las únicas profesiones lucrativas eran: la guerra, reservada a los nobles, y la religión para los segundones de los nobles en los beneficios mayores y para los plebeyos en los menores. El exceso de sacerdotes era tal que las prebendas eclesiásticas—más disputadas y con más artimañas que los empleos políticos en nuestros días—se vendían para cuando ocurriera la vacante y hasta en 2.ª, 3.ª o 4.ª andana.
No combatiendo la inicua distribución de la riqueza sino su producción misma, el cristianismo fue un grande error económico, político y moral, aun siendo un grande progreso relativo sobre el paganismo. Por lo pronto, empobreció a las poblaciones cristianas, hasta ponerlas en la imposibilidad de resistir a la invasión de los árabes. Aniquilando por la resignación el deseo de mejorar, desalentó el esfuerzo, acrecentando la indigencia por la esterilidad, la inactividad y el misticismo, desde luego, y por la avaricia insaciable de las iglesias después.
Porque todo se arreglaba por dinero y sumisiones en Roma, residencia del poder absoluto para atar y desatar, para vender el perdón y la indulgencia divinas, y no eran el crimen o el vicio, expiables por el arrepentimiento, los que tenían que pagar el más alto rescate.
Las matanzas de judíos—creadores y víctimas perpetuas del odio religioso—hoy excepcionalmente perpetradas por las masas fanáticas, lo eran, entonces, por los gobiernos, con el aplauso de los pueblos y las bendiciones de los papas.
Es que la barbarie no había sido suprimida por el cristianismo, sino trasladada desde el campo de la lucha por los bienes reales al campo de la lucha por los bienes ideales, perdiéndose en estética lo que se ganó en ética, en mentalidad y en virilidad lo que se ganó en castidad y en mansedumbre.
Consiguientemente, los sentimientos se distendieron y las costumbres se suavizaron por un lado, para contraerse y endurecerse respectivamente, por el otro, hasta que la ciencia moderna, entibiando las esperanzas y los terrores medioevales, desarmó los odios religiosos por la tolerancia y levantó, por la industria y la escuela, en frente de las clases privilegiadas por el nacimiento o la ordenación, las clases privilegiadas por el talento, el saber y la energía, que están transformando al mundo con una rapidez sin igual en la historia de la especie humana.
Y después de veinte siglos de sensualismo sobre el ideal de la belleza en la mujer, en el hombre y en el arte, vinieron diez siglos de misticismo sobre el ideal de la santidad en las personas y en las cosas; a las luchas por predominio sucedieron las luchas por los credos, tan devastadoras y sanguinarias éstas como aquéllas; la disputa por las reliquias reemplazó a la disputa por las hembras, y la guerra de Troya por la posesión de Elena, tuvo su contra parte en las cruzadas por la posesión del Santo Sepulcro, que costaron nueve millones de vidas entre cristianos y musulmanes.
Porque había un artículo más valioso que el oro y las perlas y las piedras preciosas y la belleza femenina. Para robar huesos de santos y demás reliquias, los monges de la Edad Media se preparaban con tres días de ayunos y oraciones, como los bandidos calabreses y los rateros napolitanos, que se encomiendan a la Madonna para asegurar su concurso antes de dar el golpe. La mentira, la felonía, la traición, la estafa, todo les parecía lícito para lograr la posesión de estos talismanes milagrosos.
Hoy mismo, de los países de Europa, son la España, la Turquía y la Rusia, los que pagan la contribución más grande a los poderes sobrenaturales, para evitar las calamidades naturales, y a la vez los más castigados por ellas y por las humanas de yapa, inclusive por esas que son una vergüenza para todo país civilizado, porque provienen del desaseo y la ignorancia: la mortalidad infantil y el hambre; "azotes de Dios" que la ciencia humana ha reducido y suprimido respectivamente.
Por lo demás, la crueldad humana había cambiado de objetivos y de formas, casi sin merma apreciable. Los mismos hospitales eran, por la suciedad, lugares de tormento y pudrideros humanos, como los presidios y los in pace. Las leyes y las costumbres eran igualmente bárbaras, pero en otro sentido. Infinidad de acciones u omisiones, antes y después lícitas, eran penadas entonces con la pérdida de la vida, la libertad, los ojos, la lengua, las manos o los bienes.
"Con respecto a la crueldad la evidencia sobreabunda, dice también Robertson. En Nuremberg se ha conservado una colección de instrumentos de tortura, empleados hasta la Reforma. Es un arsenal de horror. Tales máquinas de atrocidad fueron el expediente punitivo normal en un mundo en que los sacerdotes enseñaban la crueldad por el ejemplo. Ellos presidían o asistían cuando los herejes eran atormentados o quemados vivos; y toda su concepción de la moral estaba encaminada a tales métodos. Considerando al loco como poseído del demonio, enseñaban que debía ser duramente castigado y huido el leproso como castigado por Dios".
En la Edad Media dos poderes mancomunados, el civil y el eclesiástico hacían el trasiego de la riqueza producida por los gobernados a los gobernantes; los diezmos y primicias eran de institución divina y el derecho al trabajo era definido por los jurisconsultos como "un derecho real que el príncipe puede vender y que los súbditos deben comprar".
Tres insaciables vampiros enflaquecían al productor maniatado por la ignorancia, la tradición y los reglamentos: el fisco, la iglesia y el bandolerismo, que era el oficio de los nobles, contra los cuales era impotente la justicia,—que sólo existía como fuente de recursos, por vía de extorsión, hasta el punto de que se prefiriese apelar al duelo como un medio menos oneroso para dirimir las contiendas de intereses, dice Hanotaux. El habitante no podía alejarse 12 leguas de su residencia sin correr peligro de muerte, dice Seignobos, y como en el continente los bienes del clero y los de la nobleza estaban libres de impuestos, al finalizar la época moderna, la sociedad europea era la explotación más inicua del estado llano por las clases privilegiadas. Según el viajero inglés Young, al estallar la Gran Revolución, el siervo estaba en la condición de bestia de labranza, trabajando de sol a sol para los ociosos, y alimentándose de raíces en los malos tiempos.
Especialmente la iglesia, absorviendo y acaparando constantemente los bienes positivos para producir bienes imaginarios, con la explotación del milagro y de los sacramentos sobre las almas por ella misma aterrorizadas, rebajando la inteligencia a la pasividad del absurdo obligatorio, que "en mano del clero el lenguaje y el arte de escribir se habían convertido en medios de matar el sentido común", como dice Robertson, enflaqueciendo la voluntad subalternizada a la de los santos y los demonios que hacían la suerte favorable o adversa; la Iglesia ingerida en todos los actos de la vida para manejar y usufructuar a las personas como intermediario exclusivo entre la impotencia de los vivos y la omnipotencia de los muertos, era un poder asfixiante de la sociedad civil.
Aliviada la situación en Inglaterra, Alemania y Holanda, por la Reforma, que secularizó los bienes eclesiásticos y suprimió la deprimente confesión auricular y el dispendioso culto de las reliquias, y agravada en Francia por las Dragonadas y la expulsión de los hugonotes, que exportó para aquellos países, con los industriales, las industrias francesas, este país, que había alcanzado en l'élite qui fait la foule, un más alto nivel de cultura, y no tenía, como la España, un continente colonial para ordeñarlo en beneficio de la metrópoli, vino a ser el paraje en que hicieron crisis las iniquidades de la civilización cristiana, agotando los límites de la dignidad humana agrandada y de la paciencia achicada por los filósofos del siglo XVIII.
La seguridad de vida y bienes y la libertad de pensamiento y de acción, que son la materia de las ciencias políticas, asuntos completamente extraños a la teología y bases esenciales de la prosperidad de los pueblos, sólo podían provenir de aquellos principios políticos que germinaban en la Gran Bretaña cuando César conquistaba las Galias, y que en su natural desenvolvimiento han llegado a crear el gobierno del pueblo por sus propios representantes, contra el principio cristiano del gobierno de los hombres por los delegados y representantes de Dios, que fue regla en la Edad Media y en la primera parte de la época moderna.
"En el siglo XVII, dice Seignobos, la sociedad europea tenía bases análogas en todas las naciones: la autoridad absoluta del Estado y de la Iglesia. El poder del soberano emana de Dios y no tiene límite... No era posible publicar libros sin el consentimiento del gobierno, y los habitantes podían ser presos indefinidamente. No existía, pues, garantía de ningún género, ni libertad individual; este régimen es lo que se llama despotismo. No se admitía más que una iglesia, en cada país, y los habitantes estaban obligados a practicar el culto del Estado. Este y la Iglesia se ayudaban mutuamente, los gobiernos, persiguiendo a los herejes y obligándolos a someterse al clero, y el clero imponiendo la obediencia al rey como un deber religioso".
Esto era el "antiguo régimen", que en Inglaterra, emancipada del centralismo romano y papal, sin necesidad de ejército para su defensa exterior y sin los peligros que entraña para la libertad, como dice Fiske,—existía ya muy atenuado, que por entonces lo fue aún más con la revolución de 1688, el bill de derechos y el de la tolerancia, y que en la actualidad sólo subsiste en el orden espiritual, porque el hombre es, naturalmente, más progresivo en lo que concierne al estómago, que en lo que concierne a la cabeza, porque los apetitos de orden inferior no pueden ser satisfechos con alimentos ficticios como los de orden superior; porque la libertad de pensar es inoficiosa para los que no saben pensar, y es odiosa a los que están inhabilitados para disfrutarla por una opción paternal previa que la excluye o la hace innecesaria, hasta el punto de que todo creyente, budhista, católico, ortodoxo, brahmanista, protestante o mahometano se sienta contento y feliz de las creencias a que está aclimatado, y que por esto supone son las mejores, y como la fuerza de toda creencia tradicional descansa sobre el argumento hotentote: "lo creyeron nuestros padres", aumenta o disminuye, por lo tanto, con el número de los adherentes, que sienten una valorización de sus creencias en la aceptación que de ellas hagan los otros y una desvalorización en el repudio.
Y mientras no hay en Inglaterra memoria de violencia contra la libertad en el orden de los bienes, existen todavía violencias a la libertad en el orden de las ideas: enseñanza obligatoria de creencias absurdas a los niños en la escuela pública, viven aún personas que han padecido condenas de los tribunales por delitos mentales, como el de herejía, por ejemplo, abolido recién en 1865, y está fresco aún el caso de Bradlangh, dos veces excluido del parlamento por negarse a prestar el juramento religioso, finalmente abolido también.
Puede decirse, por lo tanto, que el "nuevo régimen" ha existido parcial y progresivamente en Inglaterra desde los tiempos históricos, con el espíritu germano de independencia individualista que ha elaborado las instituciones libres, sorteando los formidables escollos del absolutismo cristiano, por ese espíritu de transacción que entra por mitad en la composición de la sensatez humana y ni por un ápice en aquél, y gracias al cual ha podido surgir la más amplia libertad política en la monarquía hereditaria, mediante esa ingeniosa combinación por la que, si la sabiduría divina del rey se equivoca, los ministros pagan el pato.
Que le ha permitido, finalmente suprimir la rebelión por el meeting y las revoluciones por el gobierno de la oposición triunfante en los comicios, gracias también a esa otra doctrina de compromiso entre la democracia y la monarquía, según la cual el rey reina, pero gobierna el parlamento por el ministerio responsable, a la inversa del continente, donde el sistema inglés se estrelló con las doctrinas regalistas de los doctores de la Iglesia, de Bossuet y de Fenelón, que hacían de la abnegación una virtud denigrante en los jefes de estado por institución divina, falso concepto que indujo siempre a los caudillos latinos al absolutismo, en Europa y en América y que Carlos X expresaba en esta fórmula que lo llevó a perder la corona en la revolución de 1830: "prefiero ser aserrador a reinar en las condiciones del rey de Inglaterra".
En el continente, por el contrario, prevaleció el absolutismo congénito del derecho divino sustentado por la Iglesia, y como, por la plasticidad del espíritu humano, todo régimen es un vivero de modalidades personales, una escuela de hábitos de pensamiento, de sentimiento y de acción, al finalizar los tiempos modernos estaban consolidadas por el tiempo las tendencias mentales de las poblaciones que se designan con el nombre de raza latina, y que explican su ineptitud para moverse dentro de las instituciones liberales, procedentes de la ordenación opuesta, que radica en el pueblo mismo la fuente del poder, con delegación ascendente.
"La gran característica del sistema constitucional inglés—el principio de su crecimiento, el secreto de su construcción—dice Stubbs, es el desarrollo continuado de las instituciones representativas desde el primer estado elemental, en que son empleados para propósitos locales y en la más simple forma, hasta aquel en que el parlamento aparece como la concentración de toda la maquinaria local y provincial, el depositario de los poderes de los tres estados del reino".
En la Francia del siglo XVIII fue una calamidad aguda y pasajera, porque todo volvió a reacomodarse al centralismo tradicional; pero en la América latina, donde el cambio de régimen tuvo lugar también exabrupto, la ineducación política para el self government asumió las proporciones de calamidad continental crónica, porque la desconcordancia entre la constitución escrita y las costumbres existentes, entre el carácter fundamentalmente flaco de iniciativa, arbitrario y autoritario del habitante, irrespetuoso de la libertad ajena por estar educado en el régimen católico dinástico de la imposición y la sumisión forzadas, y el carácter esencialmente democrático de las nuevas formas políticas traídas de Norte América, que dejaban al descubierto toda esa incapacidad de conducirse que el régimen paternal acrecienta por el desuso en el rebaño y encubre por el exceso de gobierno, obligó a suplementar los poderes limitados del nuevo régimen con los ilimitados del antiguo, hasta convertir a los nuevos estados libres en simples despotismos democráticos, como lo fueron las repúblicas italianas de la Edad Media.
El antecedente de esta incapacidad para el self government y el de la barbarie, la ferocidad, la crueldad y el terror consecutivos estaban en la madre patria, donde el espíritu humano estuvo por más largo tiempo y más diametralmente alejado del sentimiento de la moral humana y de la idea de las instituciones libres, por el "deber sagrado de sumisión pasiva al altar y al trono" creado y encarnado por el catolicismo, y Robertson, en el lugar citado, los describe así:
"El principal efecto de la inquisición se ve en España, donde el período sarraceno había sido de grandes fuentes de nuevo pensamiento y conocimientos. Cuando fue permanentemente introducida en 1236, fue recibida por una gran parte de la población con temor y disgusto, y el primer gran inquisidor fue asesinado en Aragón. Es un error suponer que había algo en el carácter español, especialmente favorable a sus métodos. La ortodoxia española es un producto manufacturado y representa el triunfo, bajo circunstancias especiales, del elemento fanático que pertenece a todas las naciones".
"Se calcula que en 36 años, 200.000 vidas fueron destruidas por la inquisición española. Sus métodos fueron la negación de todo principio de justicia. Todo testimonio, incluyendo el de los criminales, niños y aun idiotas, era válido contra la persona acusada, mientras sólo era oído en su favor el de los insospechables; todos los procedimientos eran estrictamente secretos; los falsos informes eran rara vez castigados, y el principio general era que todo acusado debía ser de alguna manera culpable, siendo la inquisición, como el papa, infalible. La cámara de torturas difícilmente podía fallar en suministrar las pruebas que se querían. Ningún reinado semejante de terror y horror ha ocurrido en ningún otro período de la historia de Europa; y solamente en las prácticas de los buscadores de brujas entre los salvajes puede encontrar paralelo su atrocidad sistemática".
"Después del fracaso de la Invencible Armada contra Inglaterra, los inquisidores decidieron que la causa de la ira divina era su indebida tolerancia de la herejía, y un millón de moros reacios fueron miserablemente arrojados de la España, como lo habían sido un siglo antes 160.000 judíos. En un solo auto de fe, en Salamanca, fueron quemados 6.000 volúmenes".
"Como toda civilización subsiste por el juego de la variación intelectual, la España fue entonces despojada de una gran parte de sus recursos mentales y materiales; y a la larga el continuado trabajo de la inquisición consolidó la detención de su brillante literatura por siglos, manteniéndola desprovista de ciencia mientras el resto de la Europa la estaba acumulando. Introduciendo la inquisición la Iglesia había destruido la civilización específica de la Francia meridional; y de allí adelante aplicando la máquina a la civilización de España la redujo a la inanición".
"La ganancia neta por el protestantismo consiste en la disrupción de la tiranía espiritual centralizada. Las grietas en la estructura dieron espacio para el aire y la luz, en un tiempo en que nuevas corrientes empezaban a soplar y nueva luz a brillar. Veinte años antes del cisma de Lutero, Colón había descubierto el nuevo mundo. Copérnico, muerto en 1543, dejó su enseñanza al mundo en que el protestantismo acababa de establecerse. Al principio del siglo siguiente, Kepler y Galileo empezaron a extender los soñados viejos límites del universo. La era moderna estaba en pleno desarrollo; y con ella el cristianismo empezó la de su declinación".
"Es evidente que desde mediados del siglo XVII las ciencias físicas por su propio método y carácter minaron la teología. En ellas fue posible la prueba racional y la convicción inteligente, en lugar de la eterna esterilidad del debate teológico sobre proposiciones irracionales. En la segunda mitad del siglo XIX, finalmente la balanza del pensamiento filosófico ha sido abrumadoramente hostil a las creencias cristianas, y es significativo el hecho de que en estos tiempos su defensa se apoya más frecuentemente sobre su utilidad que sobre su verdad". (Es decir, se vuelve al punto de vista de Polibio).
"Se ha dicho con amplia verdad que mientras la Grecia con su disciplina dialéctica, exhortaba a los hombres a concordar recíprocamente sus creencias, y la Iglesia cristiana les manda conformarlas a sus dogmas, el espíritu moderno requiere que se acomoden a los hechos. Tal espíritu promovió primero, y fue después inmensamente promovido por el estudio de las ciencias naturales".
Hablando siempre grosso modo, podríamos decir que la Grecia creó, con las bellas letras y las bellas artes, la levadura del progreso material e intelectual. Roma el derecho civil; la Palestina el misticismo y la teología sobre la doctrina de la caída del hombre en el Paraíso por la pérdida de la inocencia, que coloca el estado de perfección en el comienzo de la especie, y que es exactamente el reverso de la teoría moderna de la evolución o del progreso incesante y continuo, y que la Inglaterra ha creado, por otras vías y en el mismo transcurso del tiempo, las instituciones representativas, de que disfrutan en la actualidad todos los pueblos civilizados, en la medida de su capacidad para las necesidades y las tendencias del tiempo, como diría Emerson.
La verdad, que era buscada por adivinación en la antigüedad grecorromana, y por inspiración o revelación en la antigüedad judía y cristiana, es buscada por la observación en la Edad Media.
La libertad y la ciencia, las dos palancas de la civilización liberal, que por su incompatibilidad con la teoría cristiana del mundo han tardado seis siglos en constituirse, que en sólo 30 años han levantado a la categoría de gran potencia al Japón, donde fueron precedidas por lo otro en 300 años sin fruto, fuera del natural rosario de mártires, y que en otros 30 ó 40 levantarán a la China, la libertad y la ciencia provienen de la inteligencia humana que se ha ejercitado en los terrenos vedados por las religiones, del pensamiento que ha brotado contra las prohibiciones de la Iglesia, hasta desarmarla y civilizarla un poco a ella también, obligada hoy bajo la ley común a buscar por la seducción lo que antes obtenía por la tortura.
Y desde que el espíritu humano empezó en Europa a desbordar el dogma, lecho de Procusto en que lo mantenían las iglesias cristianas, todas las instituciones medioevales, políticas, económicas y sociales estuvieron condenadas a desaparecer o a transformarse en sentido democrático, según el rumbo de las concepciones filosóficas y la seducción permanente de aquellas primeras y gloriosas repúblicas de la antigüedad, que alumbraron los destinos de la especie humana con tan refulgentes resplandores de pensamiento, de belleza, de gracia y de libre energía creadora.
Pero la evolución fue felizmente anticipada por la obra larga, paciente y perseverante del pueblo inglés, que a fines del siglo XVII había logrado ya forjar todos los resortes políticos necesarios para dar al organismo gubernamental la consistencia, la suavidad, la fuerza, la elasticidad y la capacidad de superar dificultades, que faltaron en las democracias griegas, en la república romana y en los imperios medioevales.
Aun antes de estallar en Francia, al influjo de las ideas políticas inglesas, el gran sacudimiento que derribó al inmutable derecho divino para levantar en su lugar la soberanía del pueblo sobre "los derechos del hombre", estaba ya construida y en operación "la obra más admirable que haya sido creada en una hora determinada por el genio y la voluntad del hombre", según la frase de Gladstone, la constitución norteamericana, por cuyo medio se ha improvisado en un siglo la más libre, la más grande, próspera y feliz nación del mundo, porque "la república americana ha comprendido, dice Renan, que la educación intelectual y moral va por 3|4 y más aún, en la formación del hombre, y que trabajar en la instrucción y en la educación de los ciudadanos, es crear valores a la patria".
EVOLUCIÓN INTELECTUAL DE LAS SOCIEDADES [11]
SUMARIO:—La barbarie.—Cómo se realiza el progreso.—Las civilizaciones antiguas.—Las civilizaciones medioevales.—La civilización moderna.—Evolución de la moral.
Cuando la expedición al desierto las barrió definitivamente por la superioridad del rémington sobre la lanza,—en 1879, el mismo año en que Edison descubría la luz eléctrica por incandescencia en el vacío,—las tribus de pastores seminómades que poblaban la Pampa como ocupantes de territorios en común no conocían el derecho de propiedad individual sobre la tierra, pero sí sobre la choza y los enseres domésticos. Cada tribu tenía un jefe: el cacique y varios hechiceros para expulsar del cuerpo de los enfermos a los malos espíritus; cada grupo de hombres de lanza un capitanejo, éstos y aquél vitalicios y electivos en razón del prestigio adquirido. Su alimento predilecto era la carne de caballo, y en más de tres siglos de contacto no siempre hostil, con los pobladores europeos circunstantes, sólo habían asimilado de ellos el caballo, la vaca, la oveja, la lanza y el cuchillo. Aunque había mediado un considerable cruzamiento con los cautivos de origen europeo, los prisioneros que fueron incorporados al ejército como soldados tardaban en aprender la instrucción del recluta doble tiempo que los más rudos campesinos, atrasados éstos de diez siglos y aquéllos de veinte en la evolución mental que culmina en el Mago de Menlo Pak.
Todavía más primitiva es la situación de las tribus del Chaco, que subsisten de la caza, la pesca y los frutos silvestres, con dioses rudimentarios, pero sin ganados, porque el mal de cadera no ha permitido la aclimatación del caballo.
En la época de César, y según sus referencias, la Inglaterra estaba poblada por tribus pastoras, que vivían principalmente de leche, queso y carne, de expediciones predatorias sobre sus vecinos, emprendidas por guerreros voluntarios bajo la dirección de jefes accidentales, por aquéllos elegidos o aceptados, y considerando como su mayor gloria la amplitud del desierto intermediario con las otras tribus que les garantía contra ataques repentinos.
Es decir, que los indígenas del Chaco se encuentran hoy, aproximadamente, en la misma situación en que se encontraron los de la Gran Bretaña y los de la Antigua Grecia 2.000 y 4.000 años atrás, respectivamente.
El proceso de evolución cerebral que asciende en los vertebrados desde el pez sin las células de la memoria, y para el que todo es imprevisto aunque ocurra por la milésima vez, hasta el hombre con las células del raciocinio, se prolonga en el segundo desde el salvaje primitivo, con inteligencia rudimentaria, hasta el inventor, el filósofo, el artista y el astrónomo de nuestros días, que puede predecir para millares de años los inofensivos eclipses que aterrorizaban a nuestros ignorantes antepasados.
La continuidad del trabajo cerebral en unas mismas sencillas operaciones, lo hace rutinario, automático, casi instintivo. Si ningún cambio interviene por las complicaciones ulteriores de la existencia para extender el campo de las operaciones mentales, éstas continúan en el mismo grado de actividad o de inacción en las generaciones sucesivas, por los siglos de los siglos, con la cooperación reducida al estado rudimentario de la crianza de los hijos y la procuración de alimentos sobre la producción espontánea del suelo, apenas más desenvuelta en lo segundo que las de los rebaños de ganado o las bandadas de pájaros sociables. Tal es el caso de los indios del Chaco que aun andan en cueros.
Las células del pensamiento tienen, sin duda, más trascendencia, pero están sometidas a las mismas leyes de crecimiento que las de la locomoción o de la digestión. La extensión de su desarrollo, depende también, de la del campo, del tiempo y del grado de ejercitación en el individuo y en la familia o el grupo, correspondiendo muy probablemente, una variedad particular de células a cada variedad particular de aptitudes y pudiendo algunas suplirse recíprocamente.
La ejercitación de las células psíquicas de la corteza cerebral en las generaciones sucesivas, produce un aumento subjetivo del número y un ensanche del manto que las contiene, por medio de repliegues o circunvoluciones, generalmente transmisibles en germen de posibilidades a la descendencia, y un ensanche objetivo en las construcciones, los instrumentos, los métodos, las ideas, las leyes y las costumbres, que constituyen el medio ambiente y punto de partida, igual o diferente, en que se desenvuelven los individuos y las generaciones posteriores, forma en que la inteligencia humana es exportable y en gran parte accesible a los ignorantes y a los pobres de espíritu, siendo, además la propiedad colectiva de las ideas el paliativo principal de la propiedad individual de las cosas.
El progreso, que vale para todos, pues los mismos que excomulgan o maldicen a la ciencia que lo ha producido, se aprovechan de sus resultados, disfrutando, desde luego, su parte de los quince años en que ha alargado la duración media de la vida, el progreso, por lo tanto, depende de las posibilidades mentales transmitidas y del ambiente que las desenvuelve, pues, la aptitud heredada sin la ocasión para manifestarse, es como si no existiera, y la ocasión tampoco puede despertar aptitudes que no existen. Sin incentivos, sin alicientes, la capacidad de inventar no pasará de la condición pasiva a la condición activa, del estado latente al estado patente, o pasará sólo en el género y en la medida en que los haya. Es por esto que han preparado la arquitectura y la credulidad, y no se han desarrollado la música, la escultura, la pintura y el espíritu crítico entre los musulmanes; es por esto que la capacidad de inventar se ha desenvuelto entre los cristianos en todos los órdenes de las necesidades presentes, desde que la filosofía moderna rompió las barreras eclesiásticas que la tenían confinada en el orden de las necesidades futuras. Carlos Aldao ha dicho que "los de origen español no hemos inventado un clavo para aumentar el bienestar del hombre". Pero no fue porque nos faltaran aptitudes sino porque las teníamos ocupadas en sacar ánimas del purgatorio.
Porque el desenvolvimiento de las aptitudes individuales depende de las oportunidades generales y éstas dependen uniformemente de las condiciones comunes de la vida y particularmente de las instituciones sociales que, siendo diferentes en especie o en grado, de una nación a otra, despiertan principalmente un orden particular de aptitudes, o de inclinaciones que la caracterizan. Y lo que llamamos "el genio de un pueblo", es el conjunto de las aptitudes suscitadas preferentemente por los ideales en él predominantes. Alentadas las que concuerdan con ellos, desalentadas las que difieren, y prolongado en las generaciones sucesivas este doble proceso de selección y de exclusión combinadas, se llega a la uniformidad de los móviles de la conducta sobre las pautas establecidas, y del mismo modo que en los ganados, sacrificando a los que no salen del color preferido, se consigue uniformar en este a todo el rebaño, así, quedando sin aplicación las aptitudes que no tienen oportunidad en las agrupaciones humanas, éstas se uniforman sobre las que la tienen, y el carácter nacional queda determinado por las oportunidades nacionales.
Definiéndolos por sus características, Swift dijo que "el inglés es un animal político y el francés un animal social", y así era en esa época en que los poderes políticos estaban universalmente insumidos en los militares, y sólo en Inglaterra las instituciones comunales y la vida parlamentaria habían preservado la oportunidad política, que suscita las aptitudes políticas, al lado de la oportunidad religiosa, que había desalojado a las de la civilización grecorromana, de tal modo que la energía mental, encauzada en esos dos canales, sólo produjo caudillos y santos, castillos y conventos, la literatura caballeresca y eclesiástica. Y no existiendo la vida política en Francia, no había más posibilidades de aplicación para las aptitudes personales que la guerra, la devoción y la galantería, por lo que, a ellos como a nosotros, a la caída del viejo régimen, les faltaron las aptitudes para el nuevo, que no eran improvisables, porque se necesitan años, por lo menos, para deshacer o rehacer en el espíritu la obra de los siglos.
Viceversa, creando nuevas oportunidades para el pensamiento y la acción, se despiertan nuevas aptitudes, y la serie correspondiente de capacidades sin aplicación, encontrando abierta su vía, entra en actividad. Es lo que ha hecho la civilización liberal, aumentando progresivamente las profesiones instruidas, que eran sólo tres en la civilización cristiana: predicador, abogado y médico, y que hoy llegan a cincuenta y siete, según el cómputo de Hubbard.
Pero el caso más gracioso es el del Japón, al que los misioneros europeos trataban de convertir al cristianismo, pretendiendo que de él procedía la superioridad de las naciones occidentales, y que, en vez de eso, se convirtió él solo, en cuarenta años al liberalismo, declinando el ofrecimiento gratuito de las ciencias sagradas y de los instrumentos mágicos del Occidente, las biblias, los catecismos y las vidas de santos, las imágenes, las reliquias y los escapularios milagrosos para llevarse, en lugar de ellos, las ciencias profanas y los instrumentos mecánicos, y sobre la higiene y la despreocupación de la muerte, que ya tenía, implantó las escuelas, los laboratorios, los ferrocarriles, los vapores, los correos y telégrafos, compró acorazados, fabricó sabios, pólvora, cañones y fusiles a la europea, y derrotó a la santa Rusia por agua y por tierra, con milagros y todo.
Ni objetiva ni subjetivamente puede haber mejoramiento sin cambio del estado precedente. Y, en efecto, la circunstancia que más ha contribuido al adelanto de las sociedades antiguas, es la misma que determina en primer término el progreso de las modernas: lo que John M. Robertson, completando el concepto de Buckle, llama "la variación intelectual".
Los dos focos de la civilización americana, originados por la fertilidad del suelo en las dos regiones tropicales, con dos cosechas por año, aunque habían alcanzado a elaborar algunas construcciones permanentes, en templos, por supuesto, y a cierto desarrollo político y social, no habían llegado a ponerse en contacto, ni a difundirse mayormente, hasta la época del descubrimiento, por la falta del caballo, del buey, del elefante y del camello, que tanto contribuyeron en el viejo mundo a facilitar la circulación de los productos y de las ideas, y las invasiones que desempeñaron para la inteligencia humana el oficio destructor y fecundante a la vez, de las tormentas atmosféricas sobre el suelo.
Hallándose lejos y aisladas de todas las corrientes de la civilización antigua, y hasta que fueron puestas en contacto con ellas por la conquista romana, no entraron en la vía del progreso las poblaciones autóctonas de la Gran Bretaña, y hallándose las tribus helénicas en contacto con los egipcios y fenicios, y al mismo tiempo en aislamiento relativo por el Mediterráneo, que les permitía importar su cultura para implantarla y cultivarla en el propio suelo, bajo las propias instituciones políticas, tan semejantes a las teutónicas, en opinión de Freeman, como si procedieran de un origen común; en una situación excepcionalmente ventajosa para defenderse de los extraños y apropiarse sus adelantos, los griegos espigaron en los dominios ajenos, seleccionando los materiales existentes, para formar una nueva cultura superior a todas las concurrentes, que sus proscriptos, sus mercaderes y sus colonos llevaron al Archipiélago, a Italia, a Cartago y a Marsella, al Epiro y a la Macedonia, y los soldados de Alejandro al Asia y al Egipto.
Empezando con una organización política, social y militar que superaba en mucho a las ventajas de la situación geográfica de la Grecia, y beneficiados con sus progresos intelectuales, los romanos la subyugaron porque les había cedido su superioridad sin adquirir la de ellos, y adueñada de las más altas conquistas del entendimiento humano, Roma conquista en seguida todos los países circundantes, y se queda señora del mundo antiguo, colindando con la plena barbarie en todos los rumbos.
Se ha dicho que "ser el mejor entre los presentes es la manera más segura de empeorar", y, en efecto, el individuo se encuentra entonces en la situación de un cuerpo de elevada temperatura en medio de otros que la tienen baja. Cediéndole calor o cultura, y no recibiendo de ellos sino lo inverso, el enfriamiento o la incultura, no hace más que levantar la ajena, si acaso, y rebajar la propia. Es la conocida influencia del ambiente, particularmente notoria en el individuo de la ciudad que se hace campechano residiendo en el campo, y la del campesino que se urbaniza residiendo en la ciudad, la del maestro de escuela que, dando y no recibiendo instrucción, se embrutece en la noble y fecunda tarea de "desasnar a las gentes", pues, como el domador de bestias a quien algo se le pega siempre de las bestias, como el barrendero que se ensucia limpiando las calles, a fuerza de transmitir saber a los que no lo tienen, suele agotarse hasta quedar "ignorant comme un maître d'école", a menos de reponerse constantemente por el libro, las revistas y los periódicos, que desempeñan en nuestros días el oficio de las vestales antiguas, manteniendo inextinguible la actividad mental, que es el fuego sagrado de la civilización liberal.
La cultura moral depende, también, del ejercicio de la generosidad, el amor, la simpatía, la benevolencia, la ecuanimidad, la dulzura, la consideración para los padecimientos de los otros; que hacen el cultivo de las células o de las conexiones correspondientes en los órganos respectivos, y en la propagación del Evangelio por el sable, sin lástima para los sufrimientos de los herejes, los españoles la perdieron también para los de los fieles, y así nació la famosa crueldad, que conocieron y aprendieron los Países Bajos, la Italia y la América en ocasión de la conquista, la colonización y la emancipación. El trato de la ruda, y grosera tropa de antaño, en la vida de frontera y en la guerra contra los salvajes, rebajaba visiblemente la cultura de los oficiales, es del negro trato de los negros que proceden las peores grietas o depresiones morales de los norteamericanos, y ninguna profesión, ni la de carnicero, ha llegado nunca a degradar tan monstruosamente el carácter humano, como el Santo Oficio de la Inquisición.
Es que las agrupaciones humanas sacan su cultura del comercio intelectual, como los individuos educándose recíprocamente, y así cuando los romanos no tuvieron de dónde sacar o de quién adquirir nuevos instrumentos de cultura, teniendo de sobra en quienes degradar la propia, con los sesenta millones de bárbaros, incorporados a la sociedad romana como esclavos, y que, por lo pronto, redujeron a la mayoría de los hombres libres a la miserable condición de siervos o de clientes de los ricos, gobernando a los peores que ellos rebajaron su capacidad de gobernarse, en las circunstancias mismas en que una variación intelectual, de origen interno, empezaba a cambiar la orientación política que subordinaba el individuo al "servicio del Estado", por la ordenación teológica que lo subordinó al "servicio de Dios", sobre el mismo o a un mayor desconocimiento de lo que hoy llamamos los "derechos del hombre", más particularmente acentuado sobre esa vasta provincia de jurisdicción eclesiástica, que ha costado tanta sangre, lágrimas, atraso y miseria, y que, por ello precisamente, nuestra constitución declara "reservada a Dios y exenta de la autoridad de los magistrados".
Con la transferencia operada por Constantino, de la protección oficial y de las rentas y bienes del antiguo culto al nuevo, el cristianismo, cuya más genuina y completa forma es la perfecta esterilidad del misticismo, desaloja al helenismo y al filosofismo, y determina, efectivamente, una nueva actividad intelectual, de carácter especial, inhibitoria de toda otra, como el islamismo, que surge, más tarde, de la misma cepa judía, y también para secar o esterilizar como ésta y aquélla la fuente de que han brotado, a fin de quedar en la situación privilegiada del hijo único del entendimiento, monopolizando todas las facultades y las afecciones, heredero universal de los bienes, los mimos y los honores en la persona de sus tanto más celosos guardianes y adherentes; unicato intelectual que la revelación cristiana conserva hasta los tiempos modernos y la musulmana hasta el presente.
La uniformidad intelectual que estancó la actividad mental de los árabes en el apogeo de su grandeza, por la reducción a un común denominador, resultante de la circunscripción del pensamiento a una revelación inampleable, pesó también sobre los cristianos durante los diez siglos en que estuvieron obligados a la pasividad del creyente forzoso en otra revelación infranqueable, y que se caracterizaron por la más desesperante esterilidad, en todos los terrenos en que ha realizado adelantos portentosos el entendimiento moderno que pasó las fronteras del entendimiento antiguo; no franqueadas aún por los abisinios, los maronitas, los armenios, la inmensa mayoría de los rusos, más de la mitad de los españoles y los tres cuartos de los sudamericanos, todavía encerrados por la credulidad en el redil de la fe, mientras fuera de ella, el espíritu crítico ha logrado ya crear una fuente de renovación intelectual inagotable, cuya superioridad proviene, precisamente, de la circunstancia a que Brunetière atribuía su supuesta bancarrota: de su incapacidad para cerrar en ninguna dirección los horizontes del espíritu humano con una explicación definitiva e infranqueable.
Justamente, el impulso de la variación intelectual introducida por Mahoma, sacó a los árabes de las supersticiones del tiempo de Abraham, en las que estaban enquistados, y los llevó aún más arriba que los mismos cristianos que, en cierta época, tenían que ir a las universidades de Córdoba, Fez y Bagdad, para aprender lo que todavía se ignoraba en las suyas.
Pero, una vez pasados los efectos de la novedad, como decimos hoy, agotado y aquietado el sacudimiento intelectual producido por la nueva doctrina, con la conversión de los infieles a la nueva fe, en la que volvieron a enquistarse, sintiendo, pensando y obrando todos de la misma manera, a impulso de las mismas pasiones y las mismas esperanzas, siendo todos iguales por los componentes del espíritu, aunque diferentes por la condición social, como los diferentes ejemplares de un mismo libro en distinta encuadernación, rústica, media pasta, tela, pasta o cuero, con o sin cantos dorados, el comercio intelectual en el trato mutuo, quedó reducido a la confirmación recíproca de las supersticiones comunes, que así recalentadas se conservan en la tensión de fanatismo indurado, efecto que alcanzan en nuestros días los sacerdotes católicos con las misiones, las cofradías y las hermandades, y los protestantes con sus revivals.
En el fondo, fue una reedición sobre el Corán, de lo que los judíos habían realizado sobre el Talmud y los cristianos sobre la Biblia, crucificando a todos los que se atrevían a mirar el mundo sin las anteojeras confeccionadas por los respectivos profetas, para suprimir la originalidad, que es la fuente de diferenciación que origina el progreso. Y así, cuando Newton, viendo caer una manzana madura, vio en ello un motivo diferente de la voluntad de Dios, "se le acusó, dice White, de haber quitado a Dios la acción directa sobre su obra que le atribuye la Escritura, para transferirla a un mecanismo material y substituir la gravitación a la Providencia."
Como el Maestro había dicho: "buscad primeramente el amor de Dios y todo lo demás vendrá de yapa" el procedimiento cristiano del progreso consistía en llegar a la ciencia por la vía de la inocencia, haciendo la extirpación del pecado y la absoluta sumisión al Todopoderoso, para que, cesando el trabajo impuesto como pena a la desobediencia del primer hombre, y degradante por ello, el pan viniera del cielo, como el maná, y la sensatez bajara de las nubes, en forma de bendiciones del Altísimo. Con la idea de la redención de los pecados de los hombres por el sacrificio de un Dios, y de la expiación de la maldad por el sufrimiento y la oración, junto con la suposición de que los muertos están en mayores necesidades que los vivos, mereciendo, por lo tanto, más atenciones, la Iglesia buscaba en el cielo todo lo que la inteligencia humana viene encontrando en el suelo, por medio del pensamiento rehabilitado y del trabajo ennoblecido.
Y sobre ese plan, la maestra universal de cultura religiosa para las poblaciones semibárbaras de la Europa, a la caída del imperio romano, cegando todas las fuentes de nuevo pensamiento y los manantiales del antiguo, negándose a aprender nada en la ciega convicción de saberlo todo, confinada en el aislamiento intelectual de su propia doctrina, estancó en el culto de los muertos la cultura europea, y al influjo persistente del remanente de ignorancia y de barbarie correspondiente a la ausencia de las demás formas de cultura que ella misma había impedido, llevando en el pecado la penitencia, llegó a ser el más bárbaro de los poderes de Europa.
Y como la cultura musulmana no se había detenido aún en el choque de estas dos civilizaciones unilaterales, por la disputa del Santo Sepulcro, pudo verse que, en ferocidad y crueldad inútiles, los caudillos cristianos eclipsaron a los mahometanos, como los rusos a los japoneses en nuestros días.
Finalmente, en cuatro o cinco siglos más de suministrar alimento intelectual de una sola especie y sin permitir el cultivo de las otras especies, flagelando por piedad a la impiedad, al sobrevenir las incidencias intestinas de la Reforma, la maestra de cultura que durante diez siglos había enseñado mucho y no aprendido nada, aparece en un grado de barbarie intrínseca, no alcanzado en los tiempos antiguos y que empieza a ser motivo de asombro para las generaciones posteriores, que no pueden ya explicarse o entender a los vicarios del Redentor haciendo quemar vivos a los hombres y a las mujeres más virtuosos, desde Bruno hasta Juana de Arco, y abriendo de antemano y de par en par la Porta Coelum a los que se alistasen en las bandas de forajidos devotos para torturar hombres, mujeres y niños cristianos de distintas cofradías ad mayorem Dey gloriam.