ACTO PRIMERO
Reading edition
Sala de lectura de un Casino de provincias. En el centro una mesa de forma oblonga, forrada de bayeta verde. Sobre ella periódicos diarios prendidos a sujetadores de madera con mango, y algunas revistas ilustradas españolas y extranjeras, metidas en carpetas de piel muy deterioradas, con cantoneras metálicas. Pendientes del techo, y dando sobre la mesa, lámparas con pantallas verdes. Junto a las paredes, divanes. Alrededor de la mesa sillas de rejilla.
Al foro, dos balcones grandes, amplios; por cada uno de ellos se verá, toda entera, la ventana correspondiente de una casa vecina. Dichas ventanas tendrán vidrieras y persianas practicables. Las puertas de los balcones del Casino también lo son.
En la pared, lateral derecha del gabinete de lectura, una puerta mampara con montante de cristales de colores.
En la pared izquierda, puertas en primero y segundo término, cubiertas con cortinas de peluche raído, del tono de los divanes. Todo el mobiliario, muy usado.
En el lateral derecha, en segundo término, una mesita pequeña con algunos periódicos que todavía conservan la faja, papel de escribir y sobres. Entre la mesa y la pared, una silla. En lugar adecuado, un reloj.
Es de día. Sobre la pared de la casa frontera da un sol espléndido.
ESCENA PRIMERA
MENÉNDEZ, el criado de enfrente. Luego TITO GUILOYA, MANCHÓN y TORRIJA.
Al levantarse el telón, aparece Menéndez con el uniforme de ordenanza del Casino y zapatillas de orillo, durmiendo, sentado detrás de la mesita de la derecha. Se escucha en la calle el pregón lejano de un vendedor ambulante, y más lejana aún, la música de un piano de la vecindad, en el que alguien ejecuta estudios primarios. Un criado, en la casa de enfrente, limpia los cristales de la ventana de la derecha. La otra permanecerá cerrada. El criado, subido a una silla y vistiendo delantal de trabajo, canturrea un aire popular mientras hace su faena. Por la puerta primera izquierda, aparecen Tito Guiloya, Manchón y Torrija. El primero es un sujeto bastante feo, algo corcovado, de cara cínica, biliosa y atrabiliaria. Salen riendo.
Man.
¡Eres inmenso!
Tor.
¡Formidable!
Man.
¡Colosal!
Tor.
¡Estupendo!
Tito
Chits... (Imponiendo silencio.) ¡Por Dios, callad! (Señalándole y en voz baja. Andan de puntillas.) Menéndez en el primer sueño.
Tor.
¡Angelito!
Man.
(Riendo.) ¿Queréis que le dispare un tiro en el oído para que se espabile?
Tor.
¡Qué gracioso! Sí, anda, anda...
Tito
(Deteniendo a Manchón que va a hacerlo.) Es una idea muy graciosa, pero para otro día. Hoy no conviene. Y como dice el poeta: ¡Callad, que no se despierte! Y ahora... (Se acercan.) Ved el reloj... (Se lo señala.)
Tor.
Las once menos cuarto.
Tito
Dentro de quince minutos...
Man.
(Riendo.) ¡Ja, ja, no me lo digas, que estallo de risa!
Tito
Dentro de quince minutos ocurrirá en esta destartalada habitación el más famoso y diabólico suceso que pudieron inventar imaginaciones humanas.
Tor.
¡Ja, ja, ja!... ¡Va a ser terrible!
Man.
¿De manera que todo lo has resuelto?
Tito
Absolutamente todo. Los interesados están prevenidos, las cartas en su destino, las víctimas convencidas, nuestra retirada cubierta. No me quedó un cabo suelto.
Tor.
¿De modo que tú crees que esta broma insigne, imaginada por ti?...
Tito
Va a superar a cuantas hemos dado, y las hemos dado inauditas. Va a ser una broma tan estupenda que quedará en los anales de la ciudad como la burla más perversa de que haya memoria. Ya lo veréis.
Tor.
Verdaderamente a mí, a medida que se acerca la hora me va dando un poco de miedo.
Man.
¡Ja, ja!... ¡tú, temores pueriles!
Tor.
¡Hombre, es una burla tan cruel!...
Tito
¡Qué más da! La burla es conveniente siempre; sanea y purifica; castiga al necio, detiene al osado, asusta al ignorante y previene al discreto. Y sobre todo, cuando como en esta ocasión escoge sus víctimas entre la gente ridícula, la burla divierte y corrige.
Man.
Eres un tipo digno de figurar entre los héroes de la literatura picaresca castellana.
Tor.
¡Viva Tito Guiloya!
Tito
Yo, no, compañeros... Sea toda la gloria para el Guasa-Club, del que soy indigno presidente y vosotros dignísimos miembros.
Man.
¡Silencio!... (Escucha.) Alguien se acerca.
Tor.
(Que ha ido a la puerta derecha.) ¡Don Marcelino... es don Marcelino Córcoles!
Tito
¡Ya van llegando! Ya van llegando nuestros hombres. Chits... Salgamos por la escalera de servicio.
Man.
Vamos.
Tito
Compañeros: Empieza la farsa. Jornada primera.
Todos
¡Ja, ja, ja!...
(Vanse de puntillas, riendo, por la segunda izquierda.)
ESCENA II
MENÉNDEZ y DON MARCELINO por primera derecha
Marc.
(Entrando.) Nadie. El salón de lectura desierto, como siempre. Es el Sahara del Casino. Menéndez dormido, como de costumbre; pues, ¡vive Dios! que no veo señal de lo que en este anónimo y misterioso papel se me previene. Anoche lo recibí, y dice a la letra... (Leyendo.) «Querido Córcoles: Si quieres ser testigo de un ameno y divertido suceso, no faltes mañana a las once menos cuarto, al salón de lectura del Casino. Llega y espera. No te impacientes. Los sucesos se desarrollarán con cierta lentitud, porque la broma es complicada. Salud y alegría para gozarla.—X.» ¿Qué será esto?... Lo ignoro; pero está la vida tan falta de amenidad en estos poblachos, que el más ligero vislumbre de distracción atrae como un imán poderoso. Esperaré leyendo. Veamos qué dice la noble prensa de la ilustre ciudad de Villanea. (Busca.) Aquí están los periódicos locales, El Baluarte, La Muralla, La Trinchera. ¡Y todo esto para defender a un cacique!... El Grito, La Voz, El Clamor, El Eco. Y estotro para decir las cuatro necedades que se le ocurran al susodicho cacique... (Deja los periódicos con desprecio.) ¡Bah! Me entretendré con las Ilustraciones extranjeras. (Coge una y lee.) U, u, u, u, u... (Don Marcelino al leer produce un monótono ronroneo que crece y apiana alternativamente y que no tiene nada que envidiar al zumbido de cualquier moscón. Menéndez sacude el aire con la mano como espantándose una mosca. Las primeras veces don Marcelino no lo advierte y sigue con su ronroneo. Al fin observa el error de Menéndez.) ¿Qué hace ese?... (Llamándole.) Menéndez... (Más fuerte.) ¡Menéndez!
Men.
(Despertando.) ¿Eeeh?...
Marc.
No sacudas, que no te pico.
Men.
¡Caramba, señor Córcoles! Hubiera jurado que era un moscón. (Se despereza.)
Marc.
Pues soy yo. Dispensa.
Men.
Deje usted; es igual.
Marc.
Tantísimas gracias.
Men.
¿Pero cómo tan de mañana? ¿Es que no ha tenido usté clase en el Estituto?
Marc.
Que los chicos no han querido entrar hoy tampoco.
Men.
¿Pues?...
Marc.
Es el cumpleaños del Gobernador civil.
Men.
¡Hombre! ¿Y cuántos cumple?
Marc.
El año pasado cumplió cincuenta y cuatro; este año no sé, porque es una cuenta que le gusta llevarla a él solo. ¿Ha venido el correo de Madrid?
Men.
Abajo estará.
Marc.
Pues anda a subirlo, hombre.
Men.
Es que como a mí no me gusta moverme de mi obligación.
Marc.
No, y que además tú, cuando te agarras a la obligación no te despierta un tiro.
Men.
(Haciendo mutis.) ¡Qué don Marcelino, pero cuidao que es usté muerdaz! (Vase segunda izquierda.)
ESCENA III
DON MARCELINO. Luego PICAVEA, puerta derecha.
Marc.
Bueno, y cualquiera que me vea a mí con este periódico en la mano cree que yo sé alemán; pues no, señor. Es que me entretengo en contar las pes, las cús y las kás que hay en cada columna. ¡Un diluvio! ¡Qué gana de complicar! ¡Para qué tantas consonantes, señor! Es como añadirle espinas a un pescado.
(Entra Pablito Picavea, mozo vano y elegante, con una elegancia un poco provinciana. Entra anheloso, impaciente. Es sujeto rápido de expresión y de movimientos.)
Pic.
Buenos días, don Marcelino.
(Deja el bastón y el sombrero, mira por el balcón de la izquierda, consulta su reloj, lo confronta con el del salón y empieza a revolver entre los periódicos.)
Marc.
Hola, Pablito. ¡Qué raro!... ¡Tú por el gabinete de lectura!
Pic.
Que no tengo más remedio.
Marc.
Ya decía yo.
Pic.
(Rebuscando entre los periódicos.) ¿Está El Baluarte?
Marc.
Sí, aquí lo tienes. (Se lo da cada vez más asombrado.) ¡Pero tú leyendo un periódico! ¡No salgo de mi asombro!
Pic.
Que no tengo más remedio. Quiero enterarme de una cosa.
Marc.
¿Ciencias, política, literatura?
Pic.
¡Ca, hombre! Que quiero enterarme de una cosa que va a pasar en la casa de enfrente; y para ello cojo el periódico; ¿entiende usted? le hago un agujero como la muestra, (Se la hace.) y por él, sentado estratégicamente, averiguo cuándo se asoma Solita, la doncella de los Trevelez. (Hace cuanto dice colocándose frente a la ventana de la derecha y mirando a ella por el roto del periódico.)
Marc.
¡Ah, granuja! ¡Conque Solita! ¡Buen bocadito!
Pic.
Eso no es un bocadito, don Marcelino, eso es un banquete de cincuenta cubiertos.
Marc.
Con brindis y todo... Pero lo que no me explico es lo del agujero que haces en el diario...
Pic.
Muy sencillo. Como Solita tiene relaciones con el criado de la casa, que es un animal, con un carácter que se pega con su sombra, yo vengo, agujereo la sección de espectáculos y a la par que atisbo, evito el peligro de una sorpresa y la probabilidad de un puñetazo, ¿usted me comprende?
Marc.
¡Ah, libertino!
Pic.
¡Si viera usted Los Baluartes que llevo agujereados!
Marc.
Eres un mortero del cuarenta y dos.
Pic.
Calle usté... ¡Ella!... La absorbo como una vorágine, don Marcelino. ¡Verá usté qué demencia!
Marc.
Yo os observaré desde aquí. (Coge un periódico.) Me conformaré con El Eco.
Pic.
No, que es muy pequeño, coja usted La Voz.
Marc.
Cogeré La Voz. (Coge el periódico «La Voz». Mete los dedos, arranca un trozo de papel, hace un agujero y mira.)
ESCENA IV
DICHOS y SOLEDAD, por ventana derecha
Con unos vestidos y una mano de mimbre se asoma a la ventana y comienza a sacudir, cantando el couplet de «Ladrón... ladrón...»
Pic.
(Por encima de «El Baluarte».) ¡Chits... Solita!
Sol.
(Dejando de sacudir y cantar.) ¡Hola, don Pablito, usted!
Pic.
Perdona que te hable por encima de El Baluarte... pero hasta vista así, por encima, me gustas...
Sol.
Que me mira usted con buenos ojos...
Pic.
Gracias. Oye, eso que cantabas de ladrón... ladrón, digo yo que no sería por mí, ¿eh?
Sol.
Quiá. Usted no le quita nada a nadie...
Pic.
Eso de que no le quito nada a nadie, es mucho decir.
Sol.
Digo en metálico.
Pic.
En metálico, no te quitaré nada, pero en ropas y efectos no te descuides. (Ríen.)
Sol.
¿Y qué, leyendo la sección de espetáculos?
Pic.
Sí, aquí echando una miradita a los teatros.
Sol.
¿Y qué hacen esta noche en el Principal?
Pic.
(Con gran malicia.) En el principal no sé lo que hacen. En el segundo izquierda sé lo que harían.
Marc.
(¡Muy bueno, muy bueno!)
Sol.
¿Y qué harían, vamos a ver?
Pic.
«Locura de amor.»
Sol.
¿Y eso es de risa?
Pic.
Según como se tome. A la larga, casi siempre. Y oye, Solita, ¿vendrías tú conmigo al teatro, una noche?
Sol.
De buena gana, pero donde usté va no podemos ir los pobres, don Pablito.
Pic.
Es que yo, por acompañarte, soy capaz de ir contigo al gallinero.
Sol.
¡Ay, quite usted, por Dios!... Una criada en el gallinero y con un pollo... creerían que lo iba a matar...
Marc.
(Riendo.) (¡Muy salada, muy salada!)
Sol.
(Por don Marcelino.) ¡Ay! ¿pero qué voz es esa?
Marc.
(Asomando por encima del periódico.) La Voz de la Región... una cosa de Lerroux, pero no te asustes...
Pic.
Oye, Solita...
Sol.
Mande...
Pic.
No dejes de salir esta tarde, que tengo gana de estrenar dos piropos que se me han ocurrido.
Sol.
¡Ay, sí!... A ver, adelánteme usté uno al menos.
Pic.
Verás. (Se asoma y habla en voz baja.)
Sol.
(Riendo.) ¡Ja, ja, ja!...
(Sale el criado y furioso y violento coge a Soledad de un brazo.)
Criado
¡Maldita sea!... Adentro.
Sol.
Ay, hijo... ¡Jesús!
Pic.
(Cubriéndose con «El Baluarte».) ¡Atiza!
Marc.
(Idem con «La Voz».) ¡El novio!
Criado
¡Hale pa dentro!
Sol.
¡Pues hijo, qué modales!
Criado
Y más valía que en vez de estar de palique con los sucios del Casino...
Marc.
(Detrás de «La Voz».) Socios.
Criado
Sucios... Te estuvieras en tu obligación. Pa adentro.
Sol.
¡Pero hijo, Jesús, si estaba sacudiendo!
Criado
Ya sacudiré yo, ya... ¡Y menudo que voy a sacudir!
Marc.
¡Qué bruto!
Pic.
(Sujetándole el periódico.) No levante usted La Voz, que le va a ver por debajo.
Criado
Y en cuanto yo consiga verle la jeta a uno de esos letorcitos, va a ir pa la Casa de Socorro, pero que deletreando. ¡Ay, cómo voy a sacudir! ¡A cuatro manos!
(El criado cierra los cristales. Se les ve discutir acaloradamente. Él dirige miradas y gestos amenazadores al Casino. Al fin hace una mueca de ira y cierra maderas y todo.)
Marc.
¡Qué hombre más bestia!
Pic.
Habrá usted comprendido la utilidad de El Baluarte.
Marc.
Como que a mí me ha dado un susto que he perdido La Voz.
ESCENA V
DON MARCELINO y PABLITO PICAVEA
Pic.
Bueno, pero al mismo tiempo habrá usted comprendido también, que a ese monumento de criatura le he puesto verja.
Marc.
¿Cómo verja?
Pic.
Que esa chiquilla es de mi absoluta pertenencia, vamos.
Marc.
(Sonriendo irónicamente.) Hombre, Pablito, no quisiera quitarte las ilusiones, pero tampoco quiero que vivas engañado.
Pic.
¿Yo engañado?
Marc.
Las mismas coqueterías que ha hecho Solita contigo, se las vi hacer ayer tarde, con el más terrible de tus rivales; con Numeriano Galán, para que lo sepas.
Pic.
¡Con Numeriano Galán!... ¡Ja, ja, ja! ¡Ella con Galán! ¡Ja, ja, ja! (Ríe a todo reír.) ¡Galán con... ja, ja, ja!
Marc.
¿Pero de qué te ríes?
Pic.
(Con misterio. Cambiando su actitud jovial por una expresión de gran seriedad.) Venga usted acá, don Marcelino. (Le coge de la mano.)
Marc.
(Intrigado.) ¿Qué pasa?
Pic.
Que esa mujer no puede ser de nadie más que mía. Oigalo usted bien, ¡mía!...
Marc.
¡Caramba!
Pic.
Es un acuerdo de Junta General.
Marc.
¿Cómo de Junta General?... No comprendo...
Pic.
Va usted a comprenderlo en seguida. ¿No nos oirá nadie?
Marc.
Creo que no.
Pic.
Usted sabe, don Marcelino, que yo pertenezco al Guasa-Club, misterioso y secreto Katipunán formado por toda la gente joven y bullanguera del Casino, para auxiliarnos en nuestras aventuras galantes, para fomentar francachelas y jolgorios y para organizar bromas, chirigotas y tomaduras de pelo de todas clases. Como nos hemos constituído imitando esas sociedades secretas de películas, nos reunimos con antifaz y nos escribimos con signos.
Marc.
Sí, alguna noticia tenía yo de esas bromas, pero vamos...
Pic.
Pues bien, a Numeriano Galán y a mí nos gustó Solita a un tiempo mismo y empezamos a hacerla el amor los dos. Yo, como él no es socio del Guasa-Club, denuncié al tribunal secreto su rivalidad para que me lo quitaran de enmedio, y a la noche siguiente Galán encontró clavada con un espetón de ensartar riñones, en la cabecera de su cama, una orden para que renunciara a esa mujer; no hizo caso y se burló de la amenaza, y en consecuencia ha sido condenado a una broma tan tremenda que si nos sale bien, no solo abandonará a Solita, dejándome el campo libre, sino que tendrá que huir de la ciudad renunciando hasta su destino de oficial de Correos; no le digo a usted más.
Marc.
¡Demontre! ¿y qué broma es esa?
Pic.
No puedo decirla, pero dentro de unos instantes y en esta misma habitación, verá usted a Galán debatirse lloroso, angustiado e indefenso en la tela de araña que le ha tejido el Guasa-Club y lo comprenderá usted todo.
Marc.
Os tengo miedo. Recuerdo la broma que le disteis al pintor Carrasco el mes pasado y se me ponen los pelos de punta.
Pic.
Aquello no fué nada; que le hicimos creer que su marina titulada «Ola, ola»... había sido premiada con segunda medalla en la Exposición de pinturas.
Marc.
¡Una friolera!... Y el pobre hombre asistió tan satisfecho al banquete que le disteis para festejar su triunfo. ¡Sois tremendos!
Pic.
¡Damos cada broma!... ¡Ja, ja, ja!... (Empieza a tocar en la calle, un cuarteto de músicos ambulantes, la despedida del bajo de «El Barbero de Sevilla», que canta un individuo con muy mala voz y peor entonación.) ¡Hombre, a propósito!
Marc.
¿Qué pasa?
Pic.
¿Oye usted eso?... ¿Oye usted esa música?... Otra broma nuestra.
Marc.
¿También esa música?
Pic.
También. Esa música está dedicada a don Gonzalo de Trevelez, nuestro vecino. Es la hora en que se afeita, y como se afeita solo, hemos gratificado a un cuarteto ambulante, para que todos los días a estas horas, vengan a tocarle una cosa que le recuerde al barbero.
Marc.
Hombre, qué mala intención.
Pic.
Verá usted cómo se asoma indignado.
Marc.
Ya está ahí.
Pic.
(Riendo.) Ja, ja... ¡No lo dije!... ¡Y a medio afeitar!... ¡Verá usted, verá usted!
ESCENA VI
DICHOS y DON GONZALO. Luego MENÉNDEZ.
Gonz.
(Que se asoma por la ventana de la izquierda de la casa vecina. Aparece despeinado, con un peinador puesto, media cara llena de jabón y una navaja en la mano.) ¡Pero hoy también el Barbero!... ¡Caramba, qué latita! ¡Quince días con lo mismo, y a la hora de afeitarme! Esto parece una burla. (Mirando a la calle y en voz alta.) Chits... ejecutantes... (Más alto.) Ejecutantes... Tengan la bondad de evadirse y continuar el concierto extramuros... ¿Qué?... ¿Que si no me gusta la voz del bajo? No, señor. Eso no es voz de bajo; ¡es voz de enano, todo lo más! (Como siguiendo la conversación con alguien de abajo.) Y como me estoy afeitando y desentona de una forma que me crispa, me he dado un tajo que se me ven las muelas... ¿Cómo?... ¿Que si las postizas?... ¡Hombre, si no hubiera señoritas en los balcones, ya le diría yo a usted!... pero ahora le bajará un criado el adjetivo que merece esa estupidez para que se lo repartan entre los cinco del cuarteto. ¡So sinvergüenzas!... ¡No, señor, no echo de menos al barbero!... ¡Vayan muy enhoramala, rasca intestinos!
Marc.
No les hagas caso, Gonzalo.
Pic.
Desprécielos usted, don Gonzalo.
Men.
(Que se ha asomado también.) Ya se van.
Marc.
Y no es el cuarteto de ciegos.
Gonz.
¡No, es un cuarteto de cojos!... Unos cojos que se atreven con todo. Ayer ejecutaron un andante de Mendelssohn. ¡Figúrate como les saldría el andante!
Marc.
¡Desprécialos!
Gonz.
(Gesto de desprecio.) ¡Aaaah!...
(Don Marcelino y Pablito entran del balcón. Pablito dando suelta a una risa contenida, habla en voz baja con don Marcelino.)
Gonz.
(A Menéndez y en tono confidencial.) Chits... Menéndez.
Men.
Mande usted, don Gonzalo.
Gonz.
¿He tenido cartas?
Men.
Cinco.
Gonz.
Masculinas o... (Gesto picaresco.)
Men.
Tres masculinas y dos o... (Imita el gesto.) Una de ellas perfumada.
Gonz.
¿A qué huele?
Men.
A heno.
Gonz.
Ya sé de quién es. No me la extravíes, que me matas. ¿Y la otra?
Men.
Tiene letra picuda.
Gonz.
De la de Avecilla.
Men.
Viene dirigida al señor Presidente del Real Aero-Club de Villanea.
Gonz.
Sí, sí... ya sé... Esa puedes extraviármela si te place. Es pidiéndome un donativo para un ropero. El ropero de San Sebastián. ¡Figúrate tú, San Sebastián con ropero! ¡Nada, es la monomanía actual de las señoras! Empeñadas en hacer mucha ropa a los pobres y ellas cada vez con menos.
Men.
Que no quieren pedricar con el ejemplo.
Gonz.
Se dice predicar, querido Menéndez; de hablar bien a hablar mal hay gran diferiencia. Hasta luego. (Entra y cierra la ventana.)
Men.
Adiós, don Gonzalo. Otro muerdaz. (Vase izquierda.)
ESCENA VII
DON MARCELINO y PABLITO PICAVEA
Marc.
(Reanudan su conversación en voz alta.) Vamos, no seas terco.
Pic.
Nada, que no insista usted. No desplego mis labios.
Marc.
Anda, dime. ¿Qué broma es la que preparáis a Galán? que tengo impaciencia...
Pic.
¿No dice usted que ha sido invitado misteriosamente a presenciarla?... pues un poco de calma... (Atendiendo.) que poca será... porque, si no me equivoco... (Va a mirar hacia la derecha.) sí... ¡Él es!... ¡Galán!...
Marc.
¿Galán?...
Pic.
Ya está aquí la víctima. Aquí la tenemos. Va usted a satisfacer su curiosidad. ¡Pobre Galán, ja, ja!
Marc.
Pero...
Pic.
¡Dejémosle solo!... ¡ay de él!... ¡ay de él!... Por aquí. Pronto. (Vase primera izquierda.)
ESCENA VIII
NUMERIANO GALÁN y MENÉNDEZ
Num.
(Sale por la derecha. Entra y mira a un lado y a otro.) Personne... que dicen los franceses cuando no hay ninguna persona. Faltan tres minutos para la hora: ¡hora suprema y deliciosa! La ventana frontera cerrada todavía. Me alegro. Colocaré las puertas de los balcones en forma propicia para la observación. (Las entorna.) ¡Ajajá! Y ahora a esperar a mi víctima, como espera el tigre a la cordera: cauteloso, agazapado y voraz. ¡Manes de don Juan, acorredme! (Pausa.)
Men.
(Por segunda izquierda.) ¡Caray! (Andando a tientas.) ¿Pero quién ha cerrao?
Num.
Chits, por Dios, querido Menéndez... (Deteniéndole.) que es un plan estratégico. No me abras el balcón que me lo fraguas.
Men.
¿Pero don Numeriano, y no se puede saber por qué ha entornado usted?
Num.
¿Que por qué he entornado?... ¡Ah, plácido y patriarcal Menéndez!... tú, sí, tú puedes saberlo. Ven, que voy abrir mi pecho a tu cariñosa amistad.
Men.
Abra usted.
Num.
Menéndez, yo te debo a ti...
Men.
Trescientas cuarenta y cinco pesetas de bocadillos.
Num.
Y un cariño muy grande, porque si no me quisieras, ¿cómo me ibas a haber dado tantos bocadillos?...
Men.
Que le tengo a usted ley.
Num.
Pues por eso, como sé que me quieres... y que te alegras de mis triunfos amorosos...
Men.
Por descontado...
Num.
Voy a hacerte una revelación sensacional.
Men.
¡Carape!
Num.
Sensacionalísima.
Men.
¿Ha caído la viuda?
Num.
Ha tropezado nada más; pero no es eso. Atiende. Muchos días, efusivo Menéndez, ¿no te ha chocado a ti verme entrar a deshora en este salón de lectura?
Men.
Mucho, sí, señor.
Num.
Pues bien, ¿al entrar yo en el salón de lectura tú no leías nada en mis ojos?
Men.
No, señor; yo casi nunca leo nada.
Num.
¿Pero no te chocaba verme huraño, triste y solo, metido en ese rincón?
Men.
Sí, señor; pero yo decía: será que le gusta la soledad.
Num.
Y eso era, perspicaz Menéndez, que me gusta la Soledad... pero no la de aquí, sino la de ahí enfrente.
Men.
¡La doncellita de los Trevelez!
Num.
La misma que viste y calza... de una manera que conmociona.
Men.
Entonces, ahora me explico por qué teniendo usté tanta ilustración aquí dentro...
Num.
No hacía más que tonterías ahí fuera... como señas, sonrisitas, juegos de fisonomía... ¿lo comprendes ahora?
Men.
¡Ya lo creo!... ¡Menudo pimpollo está la niña!
Num.
¡Qué Soledad más apetecible!, ¿verdad, Menéndez?
Men.
Es una Soledad pa no juntarse con nadie, don Numeriano.
Num.
Para no juntarse con nadie más que con ella.
Men.
Natural.
Num.
A mí, Menéndez, esa chiquilla me inspira un sentimiento de deseo, un sentimiento de pasión, un sentimiento de...
Men.
(Dándole la mano.) Acompaño a usted en el sentimiento.
Num.
Muchas gracias, incondicional Menéndez. Pues bien, por conseguir los favores de esa monada, andábamos a la greña Pablito Picavea y yo.
Men.
¿Y qué?
Num.
Que lo he arrollado... ¡que esa bizcotela ya es mía!
Men.
¡Arrea!
Num.
Aquí tengo los títulos de propiedad. (Saca una carta.) Atiende y deduce. Por la tarde la pedí relaciones y por la noche me trajo el cartero del interior esta expresiva y seductora cartita. Juzga. «Señorito Numeriano. De palabra no me he atrevido esta tarde a darle una contestación aparente porque no me dejó el reparo.» ¡El reparo!... ¡qué monísima!... «Pero si usted quiere que le diga lo que sea, estese mañana a las once en el salón de lectura del Casino y si tiene valor una servidora, se asomará y se lo dirá; aunque sé que es usted muy mal portao con las mujeres...» ¡Mal portao!... ¡Me ha cogido el flaco!
Men.
¡La fama que vola!
Num.
(Sigue leyendo.) «No falte. Saldré a sacudir... No vuelva...» (Vuelve la hoja.) «No vuelva a asomarse hasta mañana, porque mi señorita está escamada. Sulla. Ese.» ¡Sulla! (Guardándose la carta.) ¡Ah, estupefacto Menéndez, este sulla no lo cambio yo por una dolora de Campoamor, porque estas cuatro letras quieren decir que esa fruta sazonada y exquisita ha caído en mi implacable banasta!
Men.
¡Pero qué suerte tiene usté!
Num.
(Por sus ojos.) ¡Le llamas suerte a estas dos ametralladoras!
Men.
¡Hombre!...
Num.
Lo que hay es que tengo una mirada que es para sacar patente. La fijo cuarenta segundos en un puro y lo enciendo. No te digo más. Y hay días que los enciendo de reojo.
Men.
De modo que viene usted a la cita.
Num.
Di más bien a la toma de posesión.
Men.
Poquito que va a rabiar el señor Picavea.
Num.
El señor Picavea y todos esos imbéciles del Guasa-Club, que hasta me amenazaron con no sé qué venganzas si no abandonaba mi conquista... ¡abandonarla yo!... Cuando es ella la que... ¡ja, ja, ja!
Men.
¿Y a qué hora es la cita?
Num.
¿No lo has oído? A las once. Faltan solo unos segundos.
Men.
Pues miremos a ver... (Dan las once en el reloj.)
Num.
¡Ya dan!... ¡Estoy emocionado!... (A Menéndez, que mira.) ¿Ves algo?
Men.
No... aún nada... ¡pero calle!... Sí... los visillos se menean.
Num.
(Mira.) Es verdad, algo se mueve detrás.
Men.
¿Será ella?...
Num.
Sí, ella, ella es, veo su silueta hermosísima. Aparta, Menéndez. (Se retoca y acicala.)
Men.
Salga usted.
Num.
Sí, voy a salir; porque hasta que no me vea no se asoma.
Men.
Ya va a abrir, ya va a abrir...
Num.
Ahora verás aparecer su juvenil y linda carita... ahora verás cómo fulgen sus ojos africanos. ¡Fíjate!... (Sale.) ¡Ejem, ejem!... (Tose delicadamente. Se abre la ventana poco a poco y asoma entre las persianas la cara ridícula, pintarrajeada y sonriente de la señorita de Trevelez.)
ESCENA IX
DICHOS y FLORITA
Flora
(Después de mirar con rubor a un lado y a otro.) Buenos días, amigo Galán.
Num.
(Aterrado.) (¡Cielos!)
Men.
(¡Atiza! ¡Doña Florita!)
Num.
Muy buenos los tenga usted, amiga Flora.
Flora
Es usted cronométrico.
Num.
¿Un servidor?
Flora
Y no tiene usted idea de todo lo que me expresa su puntualidad.
Num.
¿Mi puntualidad?... (¿Sabrá algo?)
Men.
(Muerto de risa.) (¡Qué plancha!)
Num.
(A Menéndez.) (No te rías, que me azoras.)
Flora
(Acariciando las flores de un tiesto.) ¡Galán!
Num.
Florita.
Flora
(Con rubor.) He recibido eso.
Num.
¿Que ha recibido usted eso?... (¿Qué será eso?)
Flora
Lo he leído diez veces y a las diez su fina galantería ha vencido mi natural rubor.
Num.
¿A las diez?... De modo que dice usted que a las diez mi fina... (¿pero de que me hablará esta señora?) Florita, usted perdone, pero no comprendo y yo desearía que me dijese de una manera breve y concreta...
Flora
(Con vivo rubor.) ¡Ah, no, no, no, no!... Eso es mucho pedir a una novicia en estas lides... Hágase usted cargo... mi cortedad es muy larga, Galán.
Num.
Bueno, pero por muy larga que sea una cortedad, si a uno no le dicen claramente las cosas...
Flora
Sí, pero repare usted que hay gente en los balcones...
Num.
Ya lo veo, pero qué importa eso para...
Flora
Y como yo presumía que no podríamos hablar sin testigos, le he escrito en este papel unas líneas que expresarán a usted debidamente mi gratitud y mi resolución.
Num.
¿Dice usted que su gratitud y su...?
Flora
(Tirando el papel que cae en la habitación.) Ahí va mi alma.
Num.
(Esquivando el golpe.) (Caray, de poco me deja tuerto.)
Flor
Galán... en el texto de esa carta voy yo misma. Léalo, compréndala y júzguele. (Entorna.)
Num.
Bueno, pero...
Flora
Voy tal cual soy: sin malicia, sin reserva, sin doblez. (Cierra.)
Num.
¡Pero Florita!
Flora
(Abre.) Sin doblez. Adiós, Galán. (Cierra.)
ESCENA X
NUMERIANO GALÁN y MENÉNDEZ
Num.
(A Menéndez que está muerto de risa en una silla.) ¡Dios mío!... Ay, Menéndez, ¿pero qué es esto?
Men.
(Señalando la carta que está en el suelo.) Parece un papel.
Num.
No, eso ya lo sé; mi pregunta es abstracta: digo, ¿qué es esto?, ¿qué me pasa a mí?, ¿por qué en vez de Solita sale ese estafermo y me arroja una carta?
Men.
¡Qué sé yo! Ábrala, léale y averígüelo.
Num.
Tienes razón. Veamos. (Coge el papel y empieza a desdoblarlo, tarea dificilísima por los muchos dobleces que trae.) ¡Caramba y decía que sin doblez!... ¿Y qué viene aquí dentro?
Men.
Ella ha dicho que venía su alma.
Num.
Pues es una perra gorda.
Men.
Que la ha metido pa darle impulso al papel.
Num.
Veamos qué trae la perra. (Leyendo.) «Apasionado Galán.»
Men.
¡Atiza!
Num.
¡Yo apasionado! (Lee.) «Después de leída y releída su declaración amorosa...»
Men.
¡Repeine!
Num.
¡¡Pero qué dice esta anciana!! (Lee.) «Y sus entusiastas elogios a mi belleza estética, que solo puedo atribuir a una bondad insólita...» (¡qué tía más esdrújula!) «consultele a mi corazón, pedile consejo a mi hermano como usted indicome...» ¡cuerno! «y mi hermano y mi corazón de consuno, decídenme a aceptar las formales relaciones que usted me ofrenda...» ¡Me ofrenda!... ¡Mi madre!
Men.
¿Pero usted la ha ofrendido?
Num.
¡Yo qué la voy a ofrender, hombre! (Lee.) «¡Ah, Galán! el amor que usted me brinda es una suerte...» ¡Pero Dios mío, si yo no la he brindado ninguna suerte a esta señora! «Es una suerte, porque prendióse en mi alma con tan firmes raíces, que nadie podrá ya arrancarlo; y si quieren hacer la prueba, háganla cuanto antes; ¡ah, Galán! ¿Se lo digo todo en esta carta?... Yo creo que sí.»
Men.
Y yo creo que también.
Num.
«Nada reserveme y sepa que al escribirla entreguele mi alma... Adiós.»
Men.
¿Se ha muerto?
Num.
Se ha vuelto loca. (Lee.) «Suya hasta la ultratumba. Flora de Trevelez.» ¡Pero Dios mío, yo me vuelvo loco!... ¿Pero qué es esto?
Men.
(Señalándole los ojos.) Las ametralladoras.
Num.
¿A qué viene esta carta?... ¿Pero quién le ha dicho a ese pliego de aleluyas que yo la amo? ¿Pero qué es esto?... ¡Dios mío, qué es esto!
ESCENA XI
DICHOS, TITO GUILOYA, PICAVEA, TORRIJA y PEPE MANCHÓN. Luego DON MARCELINO.
Los cuatro primeros salen de la segunda izquierda muertos de risa. El último se asoma por la primera izquierda y queda presenciando la escena.
Todos
¡Ja, ja, ja! (Riendo.)
Tito
Pues esto es, amigo Galán, que el Guasa-Club ha triunfado.
Tor.
¡Viva el Guasa-Club!
Num.
¡Pero vosotros!... ¿Pero es que vosotros?...
Man.
Que sea enhorabuena, Galán; ya eres dueño de esa beldad.
Tito
¡Querías a la doncella y te entregamos a la señora!
Pic.
¡La doncellita para mí!
Num.
¡Ah, pero vosotros!... ¡Pero esta canallada!
Pic.
«Ardides del juego son.»
Todos
(Vanse riendo por la derecha.) ¡Ja, ja, ja! (Menéndez les sigue estupefacto y haciéndose cruces.) Hagan la prueba que hagan. ¡Ah, Galán!... ¡Ja, ja, ja!
ESCENA XII
NUMERIANO GALÁN y DON MARCELINO
Num.
(Desesperado.) ¿Pero qué han hecho estos cafres, don Marcelino?
Marc.
¿No lo adivinas, infeliz? Pues que imitando tu letra han escrito una carta de declaración a Florita de Trevelez firmada por ti.
Num.
¡Dios mío!
Marc.
Que ella, romántica y presumida como un diantre, te ha visto mil veces al acecho en ese balcón y creyendo que salías por ella ha caído fácilmente en el engaño, y que te contesta aceptando tu amor.
Num.
¡Cuerno!
Marc.
Y de ese modo te inutilizan para que sigas cortejando a la doncellita y Picavea se sale con la suya. ¿Ves qué sencillo?
Num.
¡Dios mío, pero esto es una felonía, una canallada, que no estoy dispuesto a consentir! Yo deshago el error inmediatamente. (Llamando desde el balcón.) ¡Flora... Flora... Florita... amiga Flora!...
Marc.
Aguarda, hombre, aguarda. Así, a voces y desde el balcón, no me parece procedimiento para deshacer una broma que pone en ridículo a personas respetables.
Num.
¿Y qué hago yo, don Marcelino? Porque ya conoce usted el carácter de don Gonzalo.
Marc.
¡Que si le conozco! ¡Pues eso es lo único grave de este asunto!
Num.
Y por lo que aquí dice, se ha enterado.
Marc.
Como que esta burla puede acabar en tragedia: porque Gonzalo, en su persona, tolera toda clase de chanzas, pero a su hermana, que es todo su amor... ¡Acuérdate que tuvo a Martínez cuatro meses en cama de una estocada, sólo porque la llamó la jamona de Trevelez!... ¡Conque si se entera de que esto es una guasa, hazte cargo de lo que sería capaz!...
Num.
¡Ay, calle usted, por Dios!... Pero yo le diré que la carta no es mía, que compruebe la letra.
Marc.
Sí, pero ellos pueden decirle que la has desfigurado para asegurarte la impunidad, y entre que si sí y que si no, el primer golpe lo disfrutas tú.
Num.
¡Miserables, canallas!... ¿Y qué hago yo, don Marcelino, qué hago yo?
(Se oye rumor de voces.)
Marc.
¡Silencio!... ¿Oyes?...
Num.
¡Madre!... ¡Es don Gonzalo! ¡Don Gonzalo que viene!
Marc.
Y viene con esos bárbaros.
Num.
¡Ay, don Marcelino!... ¡ay! ¿qué hago yo?
Marc.
Ocúltate. En cuanto nos dejen solos, yo procuraré tantearle. Le dejaré entrever la posibilidad de una broma... Tú oyes detrás de una puerta, y según oigas, procede.
Num.
Sí, eso haré. ¡Canallas! ¡Bandidos! (Vase segunda izquierda.)
ESCENA XIII
DON MARCELINO, DON GONZALO, TITO GUILOYA, MANCHÓN, TORRIJA y PICAVEA. Salen por la derecha.
El rumor de las voces ha ido creciendo; al fin aparecen por la puerta derecha, precediendo a don Gonzalo, Manchón, Picavea y Torrija, que bulliciosa y alegremente se forman en fila a la parte izquierda de la puerta, y al salir don Gonzalo agitan los sombreros aclamándole con entusiasmo.
Tito
¡Hurra por don Gonzalo!
Todos
¡Hurra!
Gonz.
(Sale sombrero en mano. Viste con elegancia llamativa y extremada para sus años. Va teñido y muy peripuesto.) Gracias, señores, gracias.
Tito
¡Bravo, don Gonzalo, bravo!
Tor.
¡Elegantísimo! ¡Cada día más elegante!
Man.
¡Deslumbrador!
Pic.
¡Lovelacesco!
Gonz.
(Riendo.) ¡Hombre, por Dios, no es para tanto!
Pic.
Inmóvil, y con un letrero debajo, la primera plana del Pictorial Revieu.
Tito
¡Si Roma tuvo un Petronio, Villanea tiene un Trevelez!... ¡Digámoslo muy alto!
Gonz.
Nada, hombre, nada. Total un trajecillo higge faeshion, un chalequito de fantasía, una corbata bien entonada, una flor bien elegida, un poquito de caché, de chic... y vuestro afecto. Nada, hijos míos, nada. (Les abraza.) ¿Y tú, qué tal, Marcelino, cómo estás?
Marc.
Bien, Gonzalo, ¿y tú?
Gonz.
Ya lo ves; confundido con los elogios de estos tarambanas... ¡Yo!... ¡un pobre viejo!... ¡figúrate!...
Pic.
¿Cómo viejo? Usted es como el buen vino, don Gonzalo; cuantos más años más fuerza, más aroma, más bouquet.
Tito
Y si no que lo digan las mujeres. Ellas acreditan su marca. Le saborean y se embriagan. ¿Niéguelo usted?
Gonz.
(Jovialmente.) ¡Hombre, hombre!... Entono y reconforto... Voila tout... ¡Ja, ja, ja!
Todos
(Aplauden.) ¡Bravo, bravo!
Tor.
¡Y lo que le ocurre a don Gonzalo es rarísimo, cuanto más años pasan, menos canas tiene!
Tito
Y se le acentúa más ese tinte juvenil... ese tinte de distinción, que le da toda la arrogancia de un Bayardo.
Gonz.
¡Ah, no, amigos míos, no burlaros de mí! Yo ya no soy nada. Claro está que las altas cimas de mis ilusiones aún tienen resplandores de sol, postrera luz de un ocaso espléndido... pero al fin mi vida ya no es más que un crepúsculo...
Todos
¡Bravo, bravo!
Tito
¡Qué poetazo!
Pic.
Pero usted todavía ama, don Gonzalo, y el amor...
Gonz.
¡Amor, amor!... Eterna poesía. Es el dulce rumor que va cantando en su marcha hacia el misterio de la muerte, el río caudaloso de la vida. Esto es de un poema que tengo empezado.
Todos
¡Colosal! ¡Colosal!
Tor.
Gran maestro en amor debe ser usted.
Gonz.
¡Maestro!... ¡Ah, hijo mío, en amor, como las que enseñan son las mujeres, cuanto más te enseñan... más suspenso te dejan!
Todos
¡Muy bien, muy bien!
Gonz.
Sin embargo, yo tengo mis teorías.
Todos
Veamos, veamos.
Gonz.
La mujer es un misterio.
Man.
Muy nuevo, muy nuevo.
Gonz.
Amar a una mujer es como tirarse al agua sin saber nadar: se ahoga uno sin remedio. Si le dicen a uno que sí, le ahoga la alegría; si le dicen que no, le ahoga la pena...
Tito
¿Y si le dan a uno calabazas?
Gonz.
¡Ah, si le dan a uno calabazas, entonces... nada!
Todos
(Riendo.) ¡Ja, ja, ja!... ¡Muy bien! ¡Bravo!
Pic.
¡Graciosísimo!
Tito
¡Y se llama viejo un hombre de tan sutil ingenio!
Pic.
¡Viejo, un hombre de contextura tan hercúlea!... ¡Porque fijaos en este torso!... (Le golpea la espalda.) ¡Qué músculos!
Tor.
¡Es el Moisés de Miguel Ángel!
Gonz.
(Satisfecho.) ¡Ah, eso sí!... ¡Todavía tuerzo una barra de hierro y parto un tablero de mármol!... Hundo un tabique...
Tito
¡Mirad qué bíceps!
Man.
¡Enorme!
Tor.
Pues ¿y los sports, cómo los practica?...
Todos
¡¡Oh!!
Gonz.
En fin, pollos, esperadme en la sala de billar, que tengo algo interesante que decir a don Marcelino, y en seguida corro a vuestro encuentro y jugaremos ese match prometido.
Tito
Pues allí esperamos.
Pic.
¡Viva don Gonzalo!
Todos
¡Viva!
Tito
¡Arbiter elegantorum civitatis villanearum, salve!
Pic.
¡Salve y Padre nuestro! (Se abrazan.)
Gonz.
Gracias, gracias.
(Vanse riendo primera izquierda.)
ESCENA XIV
DON GONZALO y DON MARCELINO
Gonz.
Marcelino.
Marc.
Gonzalo.
Gonz.
(Con gran alegría.) Estaba deseando que nos dejasen solos. He venido especialmente a hablar contigo.
Marc.
¿Pues?...
Gonz.
Abrázame.
Marc.
¡Hombre!...
Gonz.
Abrázame, Marcelino. (Se abrazan efusivamente.) ¿No has notado desde que traspuse esos umbrales que un júbilo radiante me rebosa del alma?
Marc.
¿Pero qué te sucede para esa satisfacción?
Gonz.
¡Ah, mi querido amigo, un fausto suceso llena mi casa de alegres presagios de ventura!
Marc.
¿Pues qué ocurre?
Gonz.
Tú, Marcelino, conoces mejor que nadie este amor, qué digo amor, esta adoración inmensa que siento por esa noble criatura llena de bondad y de perfecciones que Dios me dió por hermana.
Marc.
Sé cuánto quieres a Florita.
Gonz.
¡Oh, no!, no puedes imaginarlo, porque en este amor fraternal se han fundido para mí todos los amores de la vida. De muy niños quedamos huérfanos. Comprendí que Dios me confiaba la custodia de aquel tesoro y a ella me consagré por entero; y la quise como padre, como hermano, como preceptor, como amigo; y desde entonces, día tras día, con una abnegación y una solicitud maternales, velo su sueño, adivino sus caprichos, calmo sus dolores, alivio sus inquietudes y soporto sus puerilidades, porque claro, una juventud defraudada produce acritudes e impertinencias muy explicables. Pues bien, Marcelino, mi único dolor, mi único tormento era ver que pasaban los años y que Florita no encontraba un hombre... un hombre, que estimando los tesoros de su belleza y de su bondad en lo que valen, quisiera recoger de su corazón todo el caudal de amor y de ternura que brota de él. ¡Pero al fin, Marcelino, cuando yo ya había perdido las esperanzas... ese hombre...!
Marc.
¿Qué?
Gonz.
¡Ese hombre ha llegado!
(Galán se asoma por la izquierda con cara de terror.)
Marc.
(Aparte.) ¡Dios mío!
Gonz.
Y si lo pintan no lo encontramos ni más simpático, ni más fino, ni más bondadoso. Edad adecuada, posición decorosa, honorabilidad intachable... ¡un hallazgo!... ¿Sabes quién es?
Marc.
¿Quién?
Gonz.
Numeriano Galán... ¡Nada menos que Numeriano Galán! (Galán manifiesta un pánico creciente.) ¿Qué te parece?
Marc.
Hombre, bien... me parece bien. (Galán le hace señas de que no.) Buena persona... (Siguen las señas negativas de Galán.) Un individuo honrado... (Galán sigue diciendo que no.) pero yo creo que debías informarte, que antes de aceptarle debías...
Gonz.
(Contrariado.) ¿Pero qué estás diciendo?
Marc.
Hombre, se trata de un forastero que apenas conocemos, y por consecuencia...
Gonz.
¡Bah, bah, bah!... ya empiezas con tus suspicacias, con tus pesimismos de siempre... ¡Has de leer la carta que le ha escrito a Florita!... Una carta efusiva, llena de sinceridad, de pasión, modelo de cortesanía, diciéndola que me entere de sus propósitos y que le fijemos el día de la boda... Conque ya ves si en un hombre que dice esto... ¡dudar, por Dios!...
Marc.
(¡Canallas!) No, si yo lo decía porque como es una cosa tan inopinada, quién no te dice que a veces... como este pueblo es así... figúrate que alguien... una broma...
Gonz.
(Le coge de la mano vivamente con expresión trágica.) ¡Cómo broma!
Marc.
Hombre, quiero decir...
Gonz.
¿Qué quieres decir?
Marc.
No, nada, pero...
Gonz.
(Sonriendo.) ¡Una broma!... No sueñes con ese absurdo. Ya sabe todo el mundo que bromas conmigo, cuantas quieran. Las tolero no con la inconsciencia que suponen, pero en fin, con esa amable tolerancia que dan los años; pero una broma de este jaez con mi hermana, sería trágica para todos. Sería jugarse la vida sin apelación, sin remedio, sin pretexto. Te lo juro por mi fe de caballero.
Marc.
No, no te pongas así... si te creo, si figúrate, pero vamos...
Gonz.
Además, puedes desechar tus temores, Marcelino, porque esto no es una cosa tan inopinada como tú supones.
Marc.
¿Ah, no?
Gonz.
Hoy, llena de rubor la pobrecilla, me lo ha confesado todo. Ella ya tenía ciertos antecedentes. Dudaba entre Picavea y Galán, porque los dos la han cortejado desde esos balcones; pero su preferido era Galán, y por eso se ha apresurado a aceptarle loca de entusiasmo... ¡Sí, loca! ¡porque está loca de gozo, Marcelino! Su alegría no tiene límites... y a ti puedo decírtelo... ¡ya piensa hasta en el traje de boda!
Marc.
¡Hombre, tan deprisa!...
Gonz.
Quiere que sea liberty... ¡Yo no sé qué es liberty, pero ella dice que liberty y liberty ha de ser!... ¡Florita es dichosa, Marcelino!... ¡Mi hermana es feliz!... ¿Comprendes ahora este gozo que no cambiaría yo por todas las riquezas de la tierra?... ¡Ah, qué contento estoy! ¡Y es tan buena la pobrecilla que cuando me hablaba de si al casarse tendríamos que separarnos, una nube de honda tristeza nubló su alegría! Yo, emocionado, balbuciente, la dije:—«No te aflijas, debes vivir sola con tu marido. Mucho ha de costarme esta separación al cabo de los años, pero por verte dichosa, ¿qué amargura no soportaría yo?...» Nos miramos, nos abrazamos estrechamente y rompimos a llorar como dos chiquillos. Yo sentí entonces en mi alma, algo así como una blandura inefable, Marcelino, algo así como si el espíritu de mi madre hubiera venido a mi corazón para besarla con mis labios. Y ves... yo... todavía... una lágrima... (Emocionado se enjuga los ojos.) Nada, nada...
Marc.
(¡Dios mío, y quién le dice a este hombre que esos desalmados!...)
Gonz.
¿Comprendes ahora mi felicidad, comprendes ahora mi júbilo?
Marc.
Hombre, claro, pero...
Gonz.
Conque vas a hacerme un favor, un gran favor, Marcelino.
Marc.
Tú dirás...
Gonz.
Que llames a Galán...
Marc.
¿A Galán?
Gonz.
A Galán. Sé que está aquí y quiero, sin aludir para nada el asunto, claro está, darle un abrazo, un sencillo y discreto abrazo en el que note mi complacencia y mi conformidad.
Marc.
Es que si no estoy equivocado, me parece que ya se marchó.
Gonz.
No, no... está en el Casino; me lo ha dicho el Conserje. Y tengo interés, porque además del abrazo, traigo un encargo de Florita: invitarle a una suaré que daremos dentro de ocho días. (Toca el timbre. Aparece Menéndez.) Menéndez, haz el favor de decir al señor Galán que venga un instante.
Men.
Sí, señor. (Vase.)
Gonz.
¡Qué boda, Marcelino, qué boda!... Voy a echar la casa por la ventana. Traigo al Obispo de Anatolia para que los case; y digo al de Anatolia, porque en obispos es el más raro que conozco.
Marc.
(¡Pobre Galán!)
ESCENA XV
DICHOS y NUMERIANO GALÁN por segunda izquierda
Num.
(Haciendo esfuerzos titánicos para sonreír. Viene pálido, balbuciente.) Mi querido don Gon... don Gon...
Gonz.
¡Galán!... ¡Amigo Galán!...
Num.
¡Don Gonzalo!
Gonz.
¡A mis brazos!
Num.
Sí, señor. (Se abrazan efusivamente.)
Gonz.
¿No le dice a usted este abrazo mucho más de lo que pudiera expresarse en un libro?
Num.
Sí, señor... Este abrazo es para mí un diccionario enciclopédico, don Gonzalo.
Gonz.
Reciba usted con él la expresión de mi afecto sincero y fraternal. ¡Fra-ter-nal!
Num.
Ya lo sé... Sí, señor... Gracias... muchas gracias, don Gonzalo. (Le suelta.)
Gonz.
¿Cómo don?... Sin don, sin don...
Num.
Hombre, la verdad, yo, como...
Gonz.
Pero parece usted hondamente preocupado... está usted pálido...
Num.
No, la emoción... la...
Marc.
Hazte cargo; le ha pillado tan de sorpresa... y luego esta acogida...
Num.
Sí, señor... sobre todo la acogida...
Gonz.
¡Pues venga otro abrazo! (Se abrazan.)
Num.
(¡Qué bíceps!)
Gonz.
¿Qué dice?
Num.
Nada, nada, nada...
Gonz.
Y después de hecha esta ratificación de afecto, diré a usted que le he molestado, querido Galán, para invitarle, al mismo tiempo que a Marcelino, a una suaré que celebraremos en breve en los jardines de mi casa, que es la de ustedes...
Num.
Con mucho gusto, don Gonzalo.
Gonz.
Allí será usted presentado a nuestras amistades.
Num.
Tanto honor... (Yo salgo esta noche para Villanueva de la Serena.)
Gonz.
Bueno, y ahora vamos a otra cosa.
Num.
Vamos donde usté quiera.
Gonz.
Me ha dicho Torrijita que es usted un entusiasta aficionado a la caza... ¡Un gran cazador!
Num.
¿Yo?... ¡Por Dios, don Gonzalo, no haga usted caso de esos guasones!... ¡Yo cazador!... Nada de eso... Que cojo alguna que otra liebre, una perdicilla, pero nada...
Gonz.
Bueno, bueno... usted es muy modesto; de todos modos, he oído decir que le gustan a usted mucho mis dos perros setter, Castor y Polux... Una buena parejita, ¿eh?...
Num.
Hombre, como gustarme, ya lo creo. Son dos perros preciosos.
Gonz.
Pues bien, a la una los tendrá usted en su casa.
Num.
¡Quiá, por Dios, don Gonzalo, de ninguna manera!...
Gonz.
Le advierto que son muy baratos de mantener. Por cuatro pesetas diarias los tiene usted como dos cebones.
Num.
¿Cuatro pesetas?... ¿Y dice usted?...
Gonz.
A la una los tiene en su casa.
Num.
Que no me los mande usted, don Gonzalo, que los suelto... ¡No quiero que usted se prive!...
Gonz.
Pero hombre...
Num.
Además, a mí se me podían morir. Como no me conocen los animalitos, la hipocondría...
Gonz.
¡Ah, eso no, son muy cariñosos, y dándoles bien de comer!...
Num.
Pues ahí está, que en una casa de huéspedes... Ya ve usted, a nosotros nos tratan como perros...
Gonz.
Pues conque den a los perros el trato general, arreglado.
Num.
Si ya lo comprendo, pero usted se hará cargo...
Gonz.
A la una los tendrá usted en su casa.
Num.
Bueno...
Gonz.
Además, también le voy a mandar a usted...
Num.
¡No, no, por Dios!... No me mande usted nada más... yo le suplico...
Gonz.
Ah, sí, sí, sí... ha de ser para mi hermana, conque empiece usted a disfrutarlo. Le voy a mandar mi cuadro, mi célebre cuadro, último vestigio de mi bohemia artística. Una copia que hice de la Rendición de Breda, la obra colosal de Velázquez, conocida vulgarmente por el cuadro de las lanzas...
Num.
Sí; ya, ya...
Gonz.
Sino que yo lo engrandecí; el mío tiene muchas más lanzas.
Marc.
Que le sobraba lienzo y se quedó solo pintando lanzas.
Gonz.
Ocho metros de lanzas, ¡calcule usted!
Num.
¡Caramba!... ¡¡Ocho metros!!
Gonz.
Lo que tendrá usted que comprarle es un marquito.
Num.
¿Ocho metros y dice usted que un marquito? ¿Por qué no espera usted a ver si me cae la Lotería de Navidad y entonces...?
Gonz.
¡Hombre, no exagere usted, no es para tanto!... El marco todo lo más se llevará...
Num.
Medio kilómetro de moldura. Lo he calculado grosso modo. Además, me parece que no voy a tener donde colocarle, porque como no dispongo más que de un gabinete y una alcoba...
Gonz.
Puede usted echar un tabique.
Num.
Sí; ¿pero cómo le voy yo a hablar a mi patrona de echar nada... si está conmigo si me echa o no?
Marc.
Bueno, pero todo puede arreglarse: divides el cuadro en dos partes; pones la mitad en el gabinete y debajo una mano indicadora señalando a la alcoba, y el que quiera ver el resto, que pase...
Gonz.
¡Ja, ja!... Muy bien... muy gracioso, Marcelino, muy gracioso... ¡Qué humorista!... Conque, con el permiso de ustedes me marcho, reiterándoles la invitación a nuestra próxima suaré... (Tendiéndoles la mano.) Querido Marcelino...
Marc.
Adiós, Gonzalo.
Gonz.
Simpático Galán...
Num.
Don Gonzalo... (Le va a dar la mano.)
Gonz.
No, no... la mano, no... otro efusivo y fraternal abrazo. (Se abrazan.) ¡Fra-ter-nal!
ESCENA XVI
DICHOS, TORRIJA, MANCHÓN, TITO GUILOYA y PICAVEA
Todos
(Desde la primera izquierda, aplaudiendo.) ¡Bravo, bravo!
Tito
¡Abrazo fraternal!
Pic.
¡Preludio de venturas infinitas!
Tor.
¡Hurra!... ¡Tres veces hurra!
Todos
¡Hurra!
Tito
¿Con que era cierto lo que se susurraba?
Gonz.
¡Ah, pero estos saben!...
Tito
¡Estas noticias corren como la pólvora!...
Man.
¡Enhorabuena, don Gonzalo!
Tor.
¡Enhorabuena, Galán!
Marc.
(¡Canallas!)
Num.
(¡Granujas! ¡Por estas que me las pagáis!)
Tito
Y aquí traemos una botella de Champagne, para rociar con el vino de la alegría los albores de una ventura que todos deseamos inacabable.
Man.
Adelante, Menéndez.
(Pasa Menéndez, primera izquierda, con servicio de copas de Champagne.)
Gonz.
Se acepta y se agradece tan fina y delicada cortesanía. Gracias, queridos pollos, muchas gracias.
Tito
Escancia, Torrija. (Se sirve el Champagne.) Señores: levanto mi copa para que este glorioso entronque de Galanes y Trevelez, proporcione a un futuro hogar, horas de bienandanza y a Villanea hijos preclaros que perpetúen sus glorias y enaltezcan sus tradiciones.
Todos
(Con las copas en alto.) ¡¡Hurra!!
Gonz.
Gracias, señores, gracias... y yo, profundamente emocionado, quiero corresponder con un breve discurso a la...
(En este momento se escucha en el piano de enfrente el «Torna a Surriento» y a poco la voz de Florita que lo canta de un modo exagerado y ridículo.)
Tito
¡Silencio!
Tor.
¡Callad!... (Quedan exageradamente atentos.)
Gonz.
(Casi con emoción.) ¡Es ella!... ¡Es ella, Galán!... ¡Es un ángel!
Tito
¡Qué voz! ¡Qué extensión!... (Suena un timbre.) ¡Qué timbre!
Tor.
¡Qué timbre más inoportuno!
Gonz.
(Indignado.) ¡Pararle, hombre, pararle!
Tor.
¡Ah, don Gonzalo!... Eso es, en una pieza, la Pareto y la Galicursi.
Man.
¡Yo la encuentro más de lo último que de lo primero!
Todos
Mucho más, mucho más...
Gonz.
Silencio... no perder estas notas...
(Todos callan. Florita acaba con una nota aguda y estalla una ovación.)
Todos
¡Bravo, bravo!... (Aplauden.)
Marc.
¡Bravo, Florita, bravo!
Flora
(Levanta la persiana a manera de telón y se asoma saludando.) Gracias, gracias. (Baja la persiana.)
Todos
(Volviendo a aplaudir.) ¡Bravo, bravo!
Gonz.
¡Es un ángel! ¡Es un ángel!
Flora
(Volviendo a levantar la persiana.) Gracias, gracias... ¡Muchas gracias! (Vuelve a bajarla.)
Man.
¡Admirable!
Tito
¡Colosal!
Tor.
¡Suprema!
Gonz.
(Se limpia los ojos.) ¡Son lágrimas!... ¡Son lágrimas!... ¡Cada vez que canta me hace llorar!
Tito
(Fingiendo aflicción.) ¡Y a todos, y a todos!
Flora
(Vuelven a aplaudir. Levanta la persiana, sonríe y tira un beso.) ¡Para Galán! (Felicitaciones, abrazos y vítores.)
(Telón)
FIN DEL ACTO PRIMERO
