II Aguas arriba en el pasado
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Al ver á Balboa sintió perderse una parte de la fuerza hostil que la había empujado hasta allí. Se sentó en el sillón que le ofrecía el dueño de la casa, mientras su modesta compañera ocupaba otro á su lado sin esperar á que la invitasen.
Fué contestando maquinalmente á los saludos del ingeniero, y al mismo tiempo sus ojos no podían apartarse de él, fijos por la atracción de la sorpresa. «¡Qué viejo está!... No le hubiese conocido al encontrarlo en la calle.»
Y mientras repetía esto en su cerebro, fué saltando mentalmente sobre un período considerable de su propia existencia.
En el tiempo empleado por ella para balbucear unas cuantas palabras de cortesía, su imaginación hizo revivir más de la mitad de su vida anterior. Se vió tal como era, teniendo catorce años, allá en Monterrey, la ciudad más española de California. Los Ceballos pertenecían á la nobleza colonial. Eran descendientes de militares ó funcionarios civiles que habían venido de España á Méjico en tiempo de la dominación española, pasando después, por sus empleos, á establecerse en la tranquila y remotísima California.
Estos hidalgos dedicados á la ganadería representaban la sociedad civil en los pueblos que habían ido creándose junto á los conventos de los franciscanos. Al separarse Méjico de España, las Misiones de California se arruinaban instantáneamente. Desaparecían los frailes, ahuyentados por las nuevas leyes mejicanas, y quedaban únicamente los hidalgos propietarios del suelo. Su vida apartada les hacía dar mayor importancia á su noble origen y á su raza blanca. En Los Ángeles, en San Diego y otras Misiones antiguas, las familias de apellidos españoles se mantenían en aristocrático aislamiento, cruzándose sólo entre ellas.
San Francisco era entonces una bahía hermosa, pero solitaria y sin utilidad. Aún no se había descubierto el oro californiano. Unas cuantas casas hechas de adobes junto á la iglesia de los Dolores y un fuerte en la entrada de la bahía era todo. Monterrey, puerto frecuentado por los navegantes españoles y residencia de las autoridades enviadas por el virrey de Méjico, figuraba como la capital del país. Y en Monterrey vivían los Ceballos desde la última década del siglo XVIII, ó sea desde que llegó el fundador de la familia siguiendo las huellas del capitán Portolá.
Cuando ella era niña había oído á su padre, don Gonzalo Ceballos, y á los amigos de éste lamentarse de la invasión de los gringos y la rapidez con que perdía California su antiguo aspecto. Sin embargo, Conchita aún había conocido un Monterrey tradicional é interesante, perdido ahora para siempre.
Los restos de la población amada en su niñez desaparecían, abrumados y borrados por las modernas construcciones. El Monterrey de ella era todavía hispano-colonial, compuesto de edificios de adobe enjalbegados de blanco, todos de un solo piso, y con un patio interior que recordaba la casa árabe copiada por los conquistadores procedentes de Andalucía ó Extremadura en todos los países de América. Las calles eran barrancos en días de lluvia ó profundos caminos, de cuyo fondo se elevaban columnas de polvo al soplar el viento. Apenas se conocía el carruaje. Todos iban á caballo. Se aprendía á montarlo antes de saber andar. Atados á los sombrajes de los edificios esperaban filas de caballos enjaezados con ricas y vistosas sillas mejicanas. Los hombres se calzaban las espuelas al salir de la cama y muchas veces dormían con ellas fijas en sus talones. La vida un poco ruda, pero patriarcal, estaba regida por las costumbres leales y hospitalarias de los pueblos que habitan el desierto.
La música y la danza eran diversiones frecuentes y los únicos esparcimientos intelectuales del país. Todas las noches había baile en una casa «distinguida». Hasta los señores graves y maduros bailaban el «vals chiqueado», danza llamada así porque los varones interrumpían su baile para recitar á sus parejas una tirada de versos comparándolas con una rosa, una perla ó algo semejante; después de lo cual, volvían á pasar el brazo por su talle y continuaban dando vueltas.
Mientras las familias de apellido noble vivían entre ellas, negándose á aceptar extranjeros en sus fiestas, con un mal humor de invadidos que se dan cuenta de su vencimiento, la gente popular se divertía igualmente en las calles, valiéndose de la música y la poesía. Sonaban guitarras ante las panzudas rejas; surgían de la fresca obscuridad nocturna voces apasionadas entonando cantos mejicanos ó de remoto origen español.
A la mañana siguiente, Conchita, sin sentir fatiga por estas largas horas de baile montaba á caballo lo mismo que un «vaquero» y salía al campo. Las mujeres de los suburbios se asomaban para saludarla á las puertas de sus casitas, edificios bajos de adobe pintados de blanco, con apretadas y purpúreas guirnaldas cubriendo sus muros. Desde lejos parecían hechas con rosas gigantescas de avinada púrpura, pertenecientes á la flora misteriosa de un mundo nunca visto. De cerca eran simples ristras de pimientos picantes, la cosecha anual puesta á secar del terrible «chile», que acaricia la boca como un cauterio.
Luego visitaba las tierras de su padre. Éstas eran cada vez más reducidas, y sus rebaños iban disminuyendo de un modo alarmante. Los Ceballos se consideraban cada año menos ricos, siguiendo en esto la suerte de toda la antigua aristocracia californiana.
El abuelo de ella había conocido la gran revolución que cambió instantáneamente la fisonomía del país. California, que había sido española y luego mejicana, acabó por pertenecer á los Estados Unidos.
Esto no impresionó mucho á los hidalgos coloniales. Vivían tan lejos de Méjico, que la influencia del gobierno mejicano después de la independencia había sido algo teórico y sin realidad. Los californianos, poco numerosos y esparcidos sobre un territorio enorme, vivían autonómicamente, conservando el espíritu de la antigua colonización española, y aunque sintiesen una predilección especial por el pueblo más allegado á su origen, no creyeron, sin embargo, asunto de vida ó muerte el nuevo cambio de bandera. Veintiocho años antes habían dejado de ser españoles para llamarse mejicanos; ahora dejarían de ser mejicanos para vivir dentro de la confederación de los Estados Unidos. Esto era todo.
Lo que resultó verdaderamente terrible fué que al mismo tiempo se hicieron los primeros descubrimientos auríferos en el país. Corrió por el mundo la noticia de que California era una tierra de oro, y las gentes aventureras y violentas de todas las razas marcharon como á una Cruzada de rapiña, para caer sobre este rincón de América. Los vicios y malicias del planeta entero llegaron en compañía de los hombres ansiosos de enriquecerse. El llamado «salón», taberna y posada al mismo tiempo, abundante en juegos y mujeres, surgió con la prodigalidad de las vegetaciones parásitas sobre esta tierra maravillosa, donde los aventureros de manos rudas, enriquecidos de pronto, no sabían qué hacer de su oro. Astutos tahures corrían el país para robar al minero con sus trampas, despojando al mismo tiempo de sus bienes á muchos californianos.
El hidalgo ganadero se hizo jugador, perdiendo en los golpes del azar sus rebaños y sus tierras. Los que se mantenían libres de la tentación de los naipes se entregaron á otro juego, siguiendo la influencia ancestral de los conquistadores ibéricos, grandes buscadores de tierras de oro. Se hicieron mineros, enajenando sus campos para aventurar su producto en la explotación de filones que muchas veces sólo existían en la fantasía del vendedor. Querían hacerse millonarios en unas semanas, como los europeos llegados en masa al país.
Todavía el abuelo de Conchita fué un Ceballos rico, con arreglo á la riqueza de su época, consistente en miles de cabezas de ganado y docenas de leguas de tierra. Pero antes de morir vió quebrantada profundamente la fortuna de la familia. Su hijo quedó casi arruinado por los malos negocios, pero igual á los jugadores caídos en la miseria, que únicamente quieren hablar del juego que les empobreció y le confían su porvenir, don Gonzalo sólo se ocupaba de minas, y estaba dispuesto á aceptar todos los negocios de esta clase que le ofreciesen. Su hijo visitaba con más frecuencia que él la única propiedad de campo que aún figuraba á su nombre con el gravamen de varias hipotecas. Toda la atención de él era para los filones metálicos, que pueden enriquecer á un hombre con inaudita largueza en el transcurso de unos días; algo maravilloso que sólo se ve en el juego.
Y como la época brillante de California ya había pasado y aún no estaban descubiertos los veneros de oro de Alaska, el señor Ceballos tenía vueltos sus ojos hacia la frontera de Méjico. Los últimos fragmentos de su fortuna los arriesgó en el descubrimiento y explotación de minas situadas en territorios indudablemente mejicanos, con arreglo á las indicaciones de los mapas, pero en los cuales no era posible una labor tranquila y continua, unas veces por las revueltas de los indios bravos, refractarios á toda innovación que viniese á turbar su vida primitiva, otras por las revoluciones de los blancos y de los seudoblancos, más temibles y frecuentes.
En este último período de la vida de su padre fué cuando conoció ella en Monterrey al ingeniero Balboa. Tenía catorce años, y este hombre venido para hablar con don Gonzalo de ciertas minas recién descubiertas al otro lado de la frontera no contaba indudablemente más allá de veinticinco. Una diferencia de diez ó doce años supone la juventud ó la vejez en la última parte de nuestra existencia, pero al principio del camino no es obstáculo insuperable, y muchas veces hasta representa para la mujer un atractivo misterioso, cuando la tal diferencia pesa del lado del varón.
Al contemplar ahora al ingeniero en su casa de Madrid, con cierta lástima por su avejentamiento melancólico, se dijo interiormente: «¡Y pensar que este hombre fué mi primer amor!»
Balboa era incapaz de sospecharlo, y en el caso de poder adivinar lo que pensaba su visitante, habría creído que esta señora se burlaba de él.
La hija de Ceballos no dejó nunca traducir sus sentimientos en aquella época lejana, pero se acordaba aún del interés que le había inspirado durante varios meses el extranjero de barba rubia y ojos azules, dulce de palabra y algo tímido, que por ser español lograba hacer revivir todo lo que ella había oído de sus ascendientes.
En casa de los Ceballos se hablaba con veneración de los tenientes y capitanes, así como de los leguleyos y empleados de la Real Hacienda, venidos de España para perderse en la silenciosa California. Se les describía como si hubiesen sido omnipotentes personajes, íntimos amigos de los monarcas. Todos los cuentos maravillosos de brujas, duendes y magos que le habían contado siendo niña las criadas mestizas de la casa ocurrían siempre en viejas ciudades de España. Además, ella había leído muchos libros españoles antes de aprender el inglés en la escuela pública, y estos volúmenes vetustos adquiridos por su abuelo eran novelas románticas ó colecciones de versos que hacían referencia siempre á la tierra originaria de sus ascendientes.
Ricardo Balboa, el primer español conocido por ella, personificó en forma tangible todos los héroes admirados en los libros. Su pasado le daba también un interés novelesco.
Venía á ella como un herido sentimental necesitado de curación y consuelo, arrastrando su historia melancólica. Iba de luto y parecía triste. Su mujer había muerto en Méjico y él tenía allá un hijo único, recuerdo de tan breve unión. Concha sintió agrandarse su amor silencioso de adolescente con abnegaciones de madre. Se admiraba á sí misma al pensar cómo podría ella rehacer y embellecer la vida de este hombre.
Pero Balboa se fué de Monterrey sin haber adivinado nada, y la hija de Ceballos fué la única que conoció esta novela de amor vivida unilateralmente durante unas semanas, sin palabras ni hechos.
Continuó su existencia, y el paso de cada año fué cambiando el curso de sus pensamientos, las predilecciones de su sensibilidad. Cuando Balboa escribía á su padre por negocios de minas, ella oía sin emoción su nombre ó sonreía compadeciéndose á sí misma. «¡Un capricho absurdo de los pocos años!» Otras cosas y personas le interesaban ahora.
Huérfana de madre y teniendo que mantener el decoro de su casa, el único hombre que debía preocuparle era don Gonzalo. Parecía el último superviviente de una época extinguida, con todas las amarguras y las quejas del vencido. Los gringos se habían adueñado del país. Los californianos á la antigua iban desapareciendo, y resultaban ya tan escasos, que pronto podrían contarse con los dedos en cada población. Los hijos se modificaban, educándose en tales ideas que no parecían haber sido engendrados por sus padres.
Ceballos miraba al cielo con asombro y escándalo al encontrar jóvenes del país que se llamaban Villa, Pérez ó Sepúlveda y le contestaban en inglés cuando él les hablaba en español.
Además el oro de California ya no era abundante, y esta riqueza, que tenía algo de poética por su brillantez y su tradición, había sido reemplazada por un producto sucio, hediondo, infernal. La gente hablaba menos de las minas auríferas. Todos buscaban descubrir un pozo de petróleo... Y al mismo tiempo que la vida se modificaba en torno á él, iban desapareciendo las últimas migajas de su fortuna.
Conchita no mostraba las tristezas y desalientos de su padre al pensar en su porvenir. Tenía la seguridad y el aplomo de la soltera en ciertos países del otro lado del Océano, donde la mujer se ve altamente apreciada, por ser menos numerosa que el hombre, y no tiene mas que escoger entre varios pretendientes. Podría casarse cuando quisiera. Miss Conchita Ceballos gozaba de cierta celebridad en todos los territorios de las antiguas Misiones.
Los periódicos de San Francisco habían publicado versos llamándola «estrella de Monterrey». Entre tantas mujeres rubias y de pupilas claras, originarias de los países nórdicos de Europa que poblaban ahora California, esta belleza morena, con ojos negros y dorados, grande, vigorosa, de aire resuelto, como una reina de tribu, representaba cierta novedad, que al mismo tiempo nada tenía de nueva, pues parecía responder á las tradiciones del país. Muchos la admiraban como una concreción de la raza india y la raza española confundidas durante el período colonial. Además era una Ceballos, pertenecía á la más noble familia del país, y su origen, tanto como su belleza, hacía que los mineros y los negociantes súbitamente enriquecidos acariciasen mentalmente el honor de casarse con ella.
Rechazó numerosas proposiciones de matrimonio y fué dejando pasar el tiempo sin decidirse por ningún hombre. Muchos juzgaban imprudente esta lentitud; temían que al ir entrando en años quedase soltera para siempre. Otros la juzgaban refractaria al matrimonio por su deseo de no separarse de don Gonzalo.
En realidad, no pensaba en el amor. Tenía en su familia una heroína de novela, la famosa Concha Argüello, parienta por su madre, que pasó treinta y seis años esperando la vuelta de su prometido y murió casi santa. Pero esta mujer extraordinaria, cuya historia le habían contado muchas veces siendo niña, había nacido para sufrir por los demás y necesitaba apoyarse en un hombre. Ella era más fuerte; podía vivir sola, se bastaba á sí misma. No temía la tristeza del aislamiento, pues trae consigo el regalo de una absoluta libertad.
Para mantenerse independiente sin la protección de los hombres imitaba los ejercicios y diversiones de éstos. Desde su niñez era gran jinete. En la adolescencia le había gustado ejercitarse en el boxeo y aprender los secretos de la lucha japonesa.
Era un medio seguro de verse respetada en todas partes y evitar demasías.
—Yo no he llorado nunca—decía con orgullo la señorita Ceballos.
De pronto circuló la noticia de su casamiento con un personaje político del país, el honorable señor Douglas, hombre tranquilo, sano, vigoroso, pero con veinticinco años más que ella: edad sobrada para haber podido ser su padre.
Nadie habló de amor al ocuparse de este matrimonio. El respetable personaje de cabeza gris y sonrisa dulce y tolerante no podía evocar la imagen de un amoroso como los que se ven en libros y teatros. El cariño reposado y protector con que trataba á la joven tenía mucho de paternal.
Ella no sabía mentir. «¿Acaso es preciso el amor ardoroso y romántico para el matrimonio?» Apreciaba y respetaba á su marido; procuraría hacerle grata la existencia común; no era necesario más para vivir dichosos.
Conchita se trasladó á Wáshington para no separarse de su marido, que era diputado y asistía puntualmente á las sesiones de la Cámara de Representantes. La señorita de Monterrey, que había pasado su niñez galopando como un cow-boy, se adaptó con fácil mimetismo á las costumbres de la capital federal y al trato con las esposas de los personajes del gobierno. El representante Douglas vió aumentarse considerablemente su prestigio gracias á la discreción de su esposa.
La amistad de un nuevo presidente de la República le hizo pasar á la diplomacia. Douglas, educado en California, hablaba el español, y su gobierno consideró conveniente enviarle como ministro á una República de la América del Sur. Además, sus amigos políticos creyeron que la señora Douglas, por su apellido de familia y sus orígenes, podía ayudar útilmente á su esposo en esta misión.
Tres años vivieron en la lejana República, y la «ministra» de los Estados Unidos, admirada por su belleza y su elegancia, lo fué todavía más por su carácter afable, refractario al mismo tiempo á las excesivas familiaridades.
La juventud del país, exuberante, apasionada y predispuesta á los desvaríos imaginativos, se sintió atraída por esta mujer hermosa unida á un hombre que empezaba á ser viejo. Pero los más audaces se convencieron pronto de su error, y después de tantos elogios empezaron á hablar mal de ella. Era «una puritana», incapaz de tolerar el menor flirt, una burguesa que ponía el gesto duro apenas las galanterías de salón tomaban cierta intimidad.
Descubrieron además que su hermosura era igual á la de las beldades hijas del país. ¡Ser morena y tener negros los ojos y el pelo!... Para eso no valía la pena venir de los Estados Unidos. ¡Si á lo menos hubiese sido rubia, aunque tuviera la nariz roja, como otras diplomáticas del Norte de Europa!...
Estando en Nueva York durante una licencia, el ministro plenipotenciario Douglas murió repentinamente, á consecuencia de una enfermedad contraída en sus tiempos de ruda propaganda electoral.
La viuda se vió enormemente rica; mucho más rica que había creído ella en vida de su esposo. Esta fortuna estaba representada por los valores más diversos y heterogéneos: acciones de ferrocarriles y de minas, de fundiciones de acero y de pozos de petróleo. Hasta heredó la mayor parte de la propiedad de un gran diario.
Como su padre había muerto poco después de su matrimonio, tuvo ella que correr con la administración y solidificación de su fortuna. Pero «la Embajadora» era de gran agilidad intelectual para adaptarse á las exigencias del medio en que la colocaba su destino. Vendió unos valores, cambió otros, arrendó á una empresa de anuncios su propiedad periodística, confió el cobro de sus rentas á personas seguras...
Este título de «Embajadora» se lo daban antonomásticamente allá en su tierra. La gente une por instinto en todas partes la noción de diplomacia con la de embajada. Todo enviado diplomático es para el vulgo un embajador. Los partidarios políticos del difunto se habían acostumbrado á llamarlo «el embajador Douglas», considerando este título como una gloria del país, y la viuda, por herencia, siguió disfrutando en las conversaciones el título de «Embajadora».
Al verse en absoluta libertad y con la independencia que proporciona la riqueza, sintió un repentino interés por el bienestar de los demás, por la pureza de las costumbres públicas, así como por la defensa de los inocentes y los oprimidos. Figuró en todas las asociaciones dedicadas á la protección de animales ó personas; trabajó con vehemencia por anular los desenfrenos de la carne, disfrazados con el falso nombre de «amor», así como los excesos alcohólicos. Los organizadores de toda obra filantrópica ó moralizadora, al dirigirse á ella, estaban seguros de recibir el apoyo de su carácter batallador y un cheque importante.
En San Francisco corrió peligros novelescos al perseguir, unida á otras personas de igual virtud acometedora, los garitos y fumaderos de opio del barrio chino—antes de que los borrase del subsuelo un terremoto famoso—, así como las tabernas licenciosas y los cafés cantantes para marineros del barrio llamado «la Costa de Berbería».
Falta de hijos y cortando con fría urbanidad las insinuaciones de los que deseaban casarse con ella, dedicó al bien público sus entusiasmos enérgicos y á la defensa de la virtud toda la acometividad de su carácter reciamente varonil y justiciero.
—Es Don Quijote—decía un profesor viejo de Los Angeles—; no puede desmentir su raza... Los abuelos venidos de España resucitan en ella.
Pero era mujer, y mostraba ciertos desfallecimientos de voluntad que le hacían olvidar por algún tiempo sus obras filantrópicas.
De pronto pensaba en ella nada más, limitándose á dar dinero para la defensa y regeneración de sus semejantes, pero no su persona. Sentía reverdecer en su interior los mismos entusiasmos que tantas veces la hicieron soñar despierta en su adolescencia ante un libro caído en su regazo, y esta emoción retrospectiva la impulsaba á emprender largos viajes por Europa.
Conoció los museos más célebres del mundo viejo, los hoteles de mayor lujo, las ruinas más famosas y los modistos más caros, todo á un mismo tiempo. Fué la dama de incesante curiosidad que lee á la vez los últimos libros, los catálogos de las exposiciones y los periódicos de modas, llamando la atención por sus vestidos incesantemente cambiados, por sus alhajas y por la prontitud con que adopta la última idea, considerando un triunfo poder lucirla veinticuatro horas antes que los otros.
En el curso de sus viajes se vió recibida en audiencia por tres Papas, y fué conociendo á todos los hombres de su época que acababan de obtener la celebridad por un día ó por varios años.
Pronto se fatigó de viajar, acompañada solamente de una doncella francesa. Las noches pasadas en el hotel, sin una fiesta ó una representación de teatro, le parecían interminables. Además, en ciertas naciones de Europa, una mujer elegante y hermosa que va sola de un lado á otro tiene que mantenerse en actitud defensiva, á causa de la audacia de muchos hombres, que se desorientan y equivocan.
Al morir Douglas se dió por seguro, en breve plazo, un segundo matrimonio de su viuda. Era joven, y fatalmente debía encontrar un hombre que le hiciese conocer el amor, después de su tranquila amistad con el primer esposo.
Estas suposiciones llegaban á irritar á la viuda cuando hablaba con sus amigos. ¡El amor! ¿Por qué debía ella conocer el amor, sometiéndose á la esclavitud de sus alegrías violentas y sus cóleras celosas?... Renunciaba á él sin pena. Era para una minoría de neuróticos y desequilibrados que necesitan vivir dramáticamente entre conflictos, por exigencias de su sistema nervioso. Ella quería ser como la gran mayoría de los humanos, que prefieren el cariño tranquilo y la amistad, á las tormentas del amor pasional.
Además, había resuelto mantenerse fiel al recuerdo de Douglas. Era su deber. Conocía algo más fuerte y noble que el amor: la gratitud.
Su marido le había dado la riqueza, y ella la tenía en mucho, porque afirma la independencia individual.
El dinero es un instrumento libertador, y la viuda amaba sobre todo su libertad. Le había tocado la suerte de encontrar un hombre bueno, tolerante y discreto, que además había asegurado al desaparecer la independencia y el decoro de su vida futura. Le bastaba con esto; no debía repetir tan arriesgado juego; ya había conocido á los hombres. Tenía marcado para siempre un sitio en la sociedad: sería la viuda rica, independiente y respetada por todos. Era locura cambiar esto por el tal amor, que sólo resulta interesante en las novelas.
Pero como abominaba de viajar sola, pensó en Rina, la amiga pobre y humilde que tienen todas las mujeres triunfantes y es al mismo tiempo su compañera y su admiradora.
La había conocido en Monterrey, por vivir su familia en trato amistoso con los Ceballos. El abuelo de Rina fué un chileno de Valparaíso arrastrado á las costas de California por el gran éxodo de emigrantes que atrajo el descubrimiento del oro.
Todavía era niña Conchita cuando ya Rina Sánchez lanzaba ojeadas lánguidas á los jóvenes de Monterrey, creyéndose adorada y disputada por todos ellos. Una diferencia de más de ocho años existía tal vez entre las dos, pero Rina aún estaba soltera, ostentando, unas veces con orgullo y otras con desaliento, su cualidad de señorita, mientras la señora Douglas era una viuda, doblemente respetada por su estado y por el nombre de su esposo.
Según iba entrando en años, se mostraba Rina más sentimental é ingenua, como si retrogradase hacia la infancia, aplicando á todos los actos de su existencia un criterio pueril y una timidez contradictoria, pues en ciertas ocasiones, por sobra de inocencia, llegaba á aparecer insolente.
«La Embajadora» se acostumbró á la simplicidad de esta acompañante tan pronto alegre como llorona. Necesitaba su presencia, abundante en risas y gemidos, como la de un perrillo melancólico y ladrador.
Si alguna vez se enfadaba con ella, parecía encogerse de espíritu y desaparecer, cual si la Naturaleza la hubiese dotado de una retractilidad extraordinaria, no dejando presente más que su envoltura material.
Los viajes por Europa de hotel en hotel, donde se bailaba tarde y noche y eran frecuentes las presentaciones de hombres elegantes, atraídos por la belleza y la fortuna de la viuda Douglas, excitaban la manía sentimental de su compañera. Rina sólo pensaba en el amor; un amor expresado con palabras rebuscadas y gestos de «alto idealismo», según ella, igual á los muchos amores que había conocido en las novelas imaginadas para señoritas de buena educación.
La vida le parecía sin sentido lejos de los hombres; y los hombres, por una ironía de la suerte, jamás habían querido fijarse en su persona. «La Embajadora», que mostraba una altanería hostil al hablar de ellos, se divertía interiormente haciendo relatar á Rina sus entusiasmos amorosos, así como sus esfuerzos, astucias y sacrificios para encontrar al futuro compañero entre tantos varones fugitivos ó indiferentes.
Para justificar la humilde derrota de su celibato, hacía Rina comparaciones mentales entre ella y su rica amiga. ¡Ay! ¡Si pudiese vestir con la elegancia de la otra, seguramente que los hombres la buscarían lo mismo!... Y más por necesidad de defenderse que por coquetería natural, palmoteaba de gozo cuando Concha Ceballos le regalaba algunos de sus vestidos todavía nuevos ó la hacía partícipe de sus compras de modas recientes.
También era una diversión para la señora Douglas, sana, fuerte, sólidamente bella, enterarse de los procedimientos extraordinarios de Rina para combatir y borrar los estragos que realizaba la edad en su cuerpo. La pobre parecía arrugarse y disminuir de volumen por el tostamiento interior de su sentimentalismo. Gran parte del dinero regalado por su amiga lo empleaba en productos de los llamados Institutos de belleza. Así fué conociendo la viuda muchos inventos extravagantes para el refrescamiento de la hermosura femenil.
Rina era cada vez más pequeña y al mismo tiempo más joven, con una juventud extraña y desconcertante que parecía de otra humanidad habitadora de un planeta remoto. Los que la habían visto un año antes en alguno de los hoteles célebres de Europa, al encontrarla después tardaban en reconocerla, y únicamente lograban restablecer su identidad por ir al lado de su amiga, cuya belleza resultaba invariable. Un año era rubia y al año siguiente de pelo negro ó castaño. Como la edad y la vehemencia pasional habían arrugado prematuramente su faz, fué de las primeras en valerse de la operación quirúrgica que levanta el rostro y estira su epidermis, de la face-lifting empleada por ciertos especialistas de Londres, Nueva York y París para rejuvenecer á las mujeres de teatro y las mujeres de salón.
Entusiasmada por este milagro de la cirugía epidérmica que borraba de su rostro las arrugas, repetíalo con frecuencia como algo ordinario, mostrando un heroísmo sin límites, frío, tranquilo, sonriente, del que sólo son capaces las mujeres cuando desean embellecerse.
Casi todos los años sentía la necesidad de que le cortasen la cara para estirar su piel en uno ú otro sentido. Pasaba horas ante el espejo, estudiándose el rostro con ojos de artista, para aconsejar luego al cirujano en qué sentido debía dar los tajos maestros para su nueva obra.
Después de tantos rajamientos y manipulaciones faciales, parecía de una raza distinta á la de los otros seres. Caso de tener semejanza con alguno de los grupos humanos que pueblan nuestro planeta, se aproximaba á las mujeres amarillas de Asia por la tirantez de su epidermis y el estiramiento de sus párpados prolongados y casi juntos, como los de las japonesas. Llevaba la frente cubierta de rizos y dos masas de bucles sobre las sienes. De este modo quedaban ocultas las cicatrices de los tajos que le habían dado para renovar la tersura de su rostro.
—Toma: para que te pagues otra vez el face-lifting—decía «la Embajadora» al hacerle un nuevo regalo de dinero.
Y Rina, para manifestar su agradecimiento, derramaba lágrimas, compadeciéndose á sí misma.
—Tú sabes, Conchita, que yo podía ser rica si ese mal hombre no se quedase con lo mío. Deseo recobrar lo que me pertenece, para que no te sacrifiques más por mí.
Este deseo de evitar á la viuda su costosa protección sólo ocupaba verdaderamente un segundo término en el pensamiento de Rina. Sus protestas contra el «mal hombre» y su ansia de verse rica eran principalmente porque al entrar en años hacía responsable á la pobreza de su forzoso celibato.
—Cuando yo vivía en Monterrey y era muchacha, todos los hombres andaban locos por mí, estoy segura de ello. Era porque entonces vivía papá y estaba metido en lo de las minas, que iba á hacerle rico... ¡Como ahora todos me creen pobre como una rata, y nadie sabe que ese ingeniero Balboa, ese mal hombre que vive en Madrid, se queda con lo que me toca por herencia y no me envía un céntimo!...
«La Embajadora» escuchó al principio distraídamente las lamentaciones de su acompañante. Pero en fuerza de oir hablar de aquel «mal hombre», acabó por interesarse en sus maldades.
Ella había intervenido, cuando vivía en su país, en la reparación de muchas injusticias, y continuaba desde lejos ayudando con su fortuna á la defensa de los débiles. ¿Por qué no extender su protección á esta solterona, cuyas charlas y manías parecían refrescarla lo mismo que un descanso á la sombra de un bosquecillo después de una jornada ardorosa?
Aceptando sin examen los informes de Rina y creyendo desde el primer momento en la culpabilidad del ausente, empezó á intervenir en dicho asunto, dictando cartas breves y duras para aquel «mal hombre» que vivía en Madrid y usurpaba las riquezas de la otra. Como era de una precisión matemática para el examen de sus propios negocios, pronto se enteró del asunto que le fué relatando su compañera y hasta rectificó algunos de sus errores.
El padre de Rina—un californiano que se llamaba Juan Sánchez por su padre el chileno, y Brown por su madre—se había asociado con Ricardo Balboa, durante el viaje de éste á Monterrey, para la explotación de unas minas en Méjico. Don Gonzalo, el padre de Concha, pretendió entrar en dicha empresa, pero tuvo que desistir finalmente por falta de capital, como ya le había ocurrido en otros negocios propuestos por Balboa.
—Los socios fueron tres—continuaba Rina—; ese mal hombre que lo dirigía todo, un señor que vive allá en Méjico, donde están las minas, y papá. Al morir papá, los dos hombres se entendieron, y como forman mayoría jamás me consultan, y hace años que no me envían un centavo. Como me ven sola en el mundo, ¡pobre huérfana! me roban como quieren.
«La Embajadora» ya no dictó cartas á su amiga, considerando más rápido y contundente escribir ella misma á Balboa. Sentía una predilección especial por este asunto que no era suyo. Se imaginó obrar así por el goce altruísta que proporciona el amparo del débil; pero tal vez fué un deseo inconsciente de agredir á aquel hombre que había atravesado su adolescencia, despertándola á la vida sentimental, para seguir después su camino, ignorante de lo que dejaba á sus espaldas. La antigua simpatía era ahora agresividad, por una transformación obscura é incomprensible que había estado elaborándose durante muchos años.
Las respuestas frías y corteses que el ingeniero envió desde Madrid la irritaron aún más contra él. Creyó leer entre líneas su verdadero pensamiento: «¿Por qué se mezcla usted, señora, en asuntos que ni son suyos ni puede entender?... Estos negocios son para hombres.»
El tal Balboa le pareció un verdadero europeo; mejor dicho, un «latino», de los que no conceden otra superioridad á las mujeres que las de la elegancia y la seducción amorosa, negándoles toda ingerencia en los asuntos de la vida civil.
—Yo arreglaré tu negocio—dijo à Rina con amenazadora energía—. Ese hombre no me conoce. Cree sin duda que aún soy la niña que vió en Monterrey. Iremos á Madrid si es necesario.
Ella quería que fuese necesario. Empezaba á encontrar algo molesta su vida en París. En aquellos días dos hombres la acosaban con sus pretensiones matrimoniales: uno tímido, buenazo y tenaz, que la seguía desde América, colocándose silenciosamente ante su paso; otro excesivamente atrevido, que pretendía acompañarla á todas partes y esperaba una ocasión propicia para comprometerla ó para vencer su voluntad. Necesitaba alejarse por algún tiempo de estos dos pegajosos adversarios de su viudez; despistarlos para que la dejasen gozar tranquila su independencia.
Después de haber escrito al «mal hombre» varias cartas de estilo cada vez más ácido, mostrando una incomprensión hostil para las explicaciones y justificaciones enviadas por Balboa, una mañana, al levantarse, anunció á su compañera que saldrían al día siguiente para España.
—He soñado que estábamos en Madrid. Me gustaría admirar una vez más los Velázquez; ver mujeres con mantilla y peineta, hombres con capa, bailadoras. ¿Por qué no ir?... Vamos á darle una sorpresa á tu «mal hombre». Yo me entenderé con él, y te aseguro que pronto tendrás dinero.
Dió unas semanas de asueto á su doncella francesa para que visitase á su familia, y allí estaban las dos, en el salón de Ricardo Balboa, convertido en gabinete de trabajo, sentadas en hondos sillones, frente á la mesa ocupada por el ingeniero.
Éste, después de los saludos y una breve alusión á Monterrey, así como á los lejanos tiempos en que se habían conocido, abordó con fría agresividad el asunto que motivaba aquella visita.
Fué dejándose dominar Balboa por la indignación de los tímidos que tiemblan antes del suceso esperado con inquietud, y cuando llega lo miran de frente, sin miedo alguno, por haber perdido ya para ellos el misterio de lo incierto.
Tenía al fin ante sus ojos aquella señora que le escribía desde lejos, duramente, tratándolo casi como á un ladrón. La iba á decir muchas verdades... Y fué exponiendo, con la tolerancia un tanto desdeñosa del que da explicaciones á gentes testarudas y de limitada mentalidad, la historia de las famosas minas, objeto de la cuestión.
Las tales minas estaban enclavadas cerca de la frontera de los Estados Unidos, en uno de los lugares menos civilizados de Méjico. Los indios llamados yaquis, que viven una existencia independiente, interviniendo en la vida mejicana sólo para batirse en sus revoluciones, habían perturbado muchas veces los trabajos de esta explotación. Pero de todos modos, las minas, aunque con frecuentes paralizaciones, habían sido trabajadas al principio, dando algunas ganancias. Esto había sido mientras estuvo sometida aquella tierra al gobierno dictatorial de Porfirio Díaz.
—No había libertad pero había orden—siguió diciendo el ingeniero—, y se podía trabajar en aquel país. Los extranjeros estaban defendidos por un poder que tal vez era duro, pero representaba una garantía... Después no ha habido libertad ni orden.
Y mirando fijamente á «la Embajadora», que le escuchaba con rostro impasible, estirando el labio superior y pretendiendo turbarle con la fijeza de sus ojos, continuó sus explicaciones.
Había empezado allá una revolución de numerosos y complicados episodios que duraba más de diez años y cuyo término nadie alcanzaba á ver todavía en el presento momento. Desde sus principios había sido una revolución social. Muchos propietarios se veían despojados de sus tierras, sus edificios y sus minas. Simples jornaleros del campo se convertían en generales ó pasaban á ser altos personajes políticos.
—Un capataz de nuestra mina que conoció mucho el padre de esta señorita es hoy general de división y acampa, con su enorme sombrero y su carabina en la rodilla seguido de una horda de jinetes, sobre los terrenos de nuestra propiedad. El socio que tenemos en la capital de Méjico intentó al principio hacer valer nuestros derechos y quiso ir allá. Luego desistió, é hizo bien, pues dicho viaje representa un suicidio. El tal general explota actualmente nuestra mina á su modo; esto es, vende la plata y se queda con el producto. La mina, según parece, ya no es nuestra; es del país. El general la ha «nacionalizado», palabra aprendida por él en la fraseología revolucionaria. La usa repetidas veces en una carta que se dignó enviarnos, con la delectación que sienten los mestizos por toda locución nueva y rara. La tal nacionalización consiste simplemente en haberse quedado con la mina que nosotros trabajamos, invirtiendo en ella nuestros capitales. Además, nos anuncia que exterminará á todo amigo de «la tiranía pasada» que pretenda recuperar lo que es del pueblo. Todo esto se lo he dicho, señora, en mis cartas, pero como usted no parece dispuesta á darme crédito, le puedo enseñar numerosas pruebas.
Balboa calló para tocar un botón eléctrico inmediato á su mesa. Al presentarse una criada, le preguntó si el señorito Florestán había vuelto, por ser ya la hora en que regresaba todos los días de la Escuela de Ingenieros.
A los pocos momentos, como si estuviese rondando por cerca del salón, se mostró Florestán. Era un joven alto, de miembros fuertes y bien armonizados, ojos azules, pelo rubio obscuro y rostro afeitado, que parecía dar con su presencia una impresión contradictoria de fuerza y timidez, de energía y puerilidad.
Las dos mujeres creyeron que esta juventud serena penetraba en el salón con un acompañamiento de nueva luz. La señora Douglas quedó mirándole fijamente, sin poder disimular su sorpresa. Pensaba en San Jorge... un San Jorge de veinte años, sin casco, con la hermosa y rubia cabeza descubierta, brillante el pecho por las escamas plateadas de su loriga, las fuertes y blancas manos sobre la cruz de su mandoble y teniendo á sus pies el destrozado dragón de la fealdad. Rina, más sentimental, creyó ver al caballero Primavera, con armadura de flores, erguido junto al cadáver del negro lobo del invierno. Su admiración por los hombres no le permitió mantenerse silenciosa.
—¡Oh, Conchita!... ¡Qué prodigio!—murmuró con voz susurrante.
Florestán huyó su mirada de aquellos cuatro ojos fijos en él con admirativa curiosidad. Luego enrojeció, con un avergonzamiento impropio de su aspecto vigoroso.
Casi volvió el dorso á las dos mujeres, luego de saludarlas con muda cortesía, mientras se inclinaba hacia su padre para oirle mejor.
—Trae el legajo de las minas de Sonora. Quiero leer á estas señoras todas las cartas que hemos recibido de allá. Busca también el resumen de los ingresos y los gastos desde el principio de su explotación.
Volvió Florestán á saludar á las dos damas con tímida cortesía y salió de la pieza, ligero como un empleado que ha recibido una orden.
Quedaron ambas con la vista fija en la puerta por donde acababa de desaparecer. Hubo un largo silencio. Cuando volvió á entrar el joven, con unos cartones bajo el brazo llenos de papeles, las dos señoras creyeron que de nuevo volvía á iluminarse la estancia, alejándose una nube que había pasado ante el sol.
Ya no estiraba «la Embajadora» su labio superior, ni tenía puestos sus ojos con fijeza agresiva en el ingeniero. Su dentadura esplendorosa empezó á brillar entre los labios, separados por un principio de sonrisa. La luz de un balcón inmediato tembló con reflejos de oro sobre sus pupilas obscuras y aterciopeladas, que buscaban á cada momento al joven, á pesar de su deseo de no mirarle.
Empezaba Ricardo Balboa á extraer de sus cartones aquel fajo de papeles, cuando se vió detenido en su intento de lectura por la voz amable y la sonrisa de Concha Ceballos.
Se acordaba de su padre en aquel momento, y tenía la certidumbre de haberle oído elogiar muchas veces la probidad del ingeniero español. ¡Y ella había ofendido con tanta ligereza á un hombre simpático y digno de respeto!...
Miró de reojo á su acompañante. Esta Rina loca tenía la culpa de todo. La había desorientado con sus cuentos, haciéndola ser injusta.
—Me parece muy largo de leer—dijo con dulzura, señalando el legajo—, y será mejor que nos enteremos de ello más despacio. Su hijo tendrá la bondad de traernos los papeles al hotel.
Y extremando el acento benevolente de su voz y la amabilidad de su sonrisa, continuó:
—Hablemos de cosas más agradables. No somos enemigos ni vamos á devorarnos. Viéndose acaban por entenderse las personas de buena voluntad. Acordémonos un poco de cuando nos conocimos, allá en California. ¡Qué de cosas han pasado desde entonces!...