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La Novela Picaresca

DON FRANCISCO DE QUEVEDO (continued 2)

Reading edition

No me pareció mal la traza, y yo confieso que me incliné a ella por hallarme con algún natural a la poesía, y más que tenía ya conocimiento con algunos poetas y había leído a Garcilaso; y así, determiné de dar en el arte. Y con esto y representar pasaba la vida; que pasado un mes que había que estábamos en Toledo haciendo muchas comedias buenas, y también enmendando el yerro pasado—que con esto ya yo tenía nombre, y había llegado a llamarme Alonsete, porque yo había dicho llamarme Alonso; y por otro nombre me llamaban el Cruel, por serlo una figura que había hecho con gran aceptación de los mosqueteros y chusma vulgar—, tenía ya tres pares de vestidos y autores que me pretendían sonsacar de la compañía. Hablaba ya de entender de la comedia, murmuraba de los famosos, reprehendía los gestos a Pinedo, daba mi voto en el reposo natural de Sánchez, llamaba bonico a Morales, pedíanme el parecer en el adorno de los teatros y trazar las apariencias. Si alguno venía a leer comedia, yo era el que la oía. Al fin, animado con este aplauso, estréneme como poeta en un romancico, y luego hice un entremés, y no pareció mal.

Atrevíme a una comedia, y porque no escapase de ser divina cosa, la hice de Nuestra Señora del Rosario.

Estaba viento en popa con estas cosas, rico y próspero, y tal, que casi aspiraba ya a ser autor.

Sucedióme un día la mejor cosa del mundo, que, aunque es en mi afrenta, la he de contar. Yo me recogía en mi posada, el día que escribía comedia, al desván; y allí me estaba y allí comía. Subía una moza con la vianda y dejábamela allí. Yo tenía por costumbre escribir representando recio, como si lo hiciera en el tablado. Ordena el diablo que a la hora y punto que la moza iba subiendo por la escalera—que era angosta y oscura—con dos platos y olla, yo estaba en un paso de una montería, y daba grandes gritos componiendo mi comedia: decía:

Guarda el oso, guarda el oso, que me deja hecho pedazos, y baja tras ti furioso.

¿Qué entendió la moza—que era gallega—como oyó decir "baja tras ti" y "me deja"? Que era verdad y que la avisaba; va a huir, y con la turbación písase la saya y rueda toda la escalera; derrama la olla y quiebra los platos, y sale dando gritos a la calle, diciendo que mataba un oso a un hombre. Y por presto que yo acudí, ya estaba toda la vecindad conmigo, preguntando por el oso; y aun contándoles yo como había sido ignorancia de la moza—porque era lo que he referido de la comedia—, aún no lo querían creer. No comí aquel día; supiéronlo los compañeros, y fué celebrado el cuento en la ciudad. Y de estas cosas me sucedieron muchas mientras perseveré en el oficio de poeta y no salí del mal estado.

Sucedió, pues, que mi autor—que siempre paran en esto—, sabiendo que en Toledo le había ido bien, le ejecutaron por no sé qué deudas, y le pusieron en la cárcel; con lo cual nos desmembramos todos, y echó cada uno por su parte. Yo—si va a decir verdad—, aunque los compañeros me querían guiar a otras compañías, como no aspiraba a semejantes oficios, y el andar en ellos era por necesidad, viéndome con dineros y bien puesto, no traté más que de holgarme.

Despedíme de todos; tomé mi camino para Sevilla, donde, como en tierra más ancha, quise probar ventura.

Pasé el camino de Toledo a Sevilla prósperamente. Fuíme luego a apear al mesón del Moro, donde me topó un condiscípulo mío de Alcalá, que se llamaba Mata, y ahora se decía—por parecerle nombre de poco ruido—Matorral. Trataba en vidas, y era tendero de cuchilladas, y no le iba mal. Traía la muestra de ellas en su cara, y por las que le habían dado concertaba tamaño y hondura de las que había de dar; decía: "No hay tal maestro como el bien acuchillado"; y tenía razón, porque la cara era una cuera y él un cuero. Díjome que me había de ir a cenar con él y otras camaradas, y que ellos me volverían al mesón.

Fuí, llegamos a su posada, y dijo: "Ea, quite la capa vucé y parezca hombre, que verá esta noche todos los buenos hijos de Sevilla; abaje ese cuello y agobie de espaldas, la capa caída—que siempre andamos nosotros de capa caída—y ese hocico de tornillo, gestos a un lado y a otro, y haga vucé de la j, h, y de la h, j; y diga conmigo: jerida, mojino, jumo, pahería, mohar, habalí y harro de vino." Tomélo de memoria. Prestóme una daga, que en lo ancho era alfanje, y en lo largo no se llamaba espada, que bien podía. "Bébase—me dijo—-esta media azumbre de vino puro; que si no da vaharada no parecerá valiente." Estando en esto, y yo con lo bebido atolondrado, entraron cuatro de ellos con cuatro zapatos de gotosos por caras, andando a lo columpio, no cubiertos con las capas, sino fajados por los lomos, los sombreros empinados sobre las frentes, altas las faldillas de delante, que parecían diademas, un par de herrerías enteras por guarniciones de dagas y espadas, las conteras en conversación con el calcañar derecho, los ojos derribados, la vista fuerte, bigotes buídos a lo cuerno y barbas turcas, como caballos. Hiciéronnos un gesto con la boca, y luego a mi amigo le dijeron—con voces mohinas, sisando palabras—: "Seidor." "So compadre", respondió mi ayo. Sentáronse; y para preguntar quién era yo, no hablaron palabra, sino el uno miró a Matorrales, y abriendo la boca y empujando hacia mí el labio de abajo, me señaló; a lo cual mi maestro de novicios satisfizo empuñando la barba y miran do hacia abajo; y con esto, con mucha alegría se levantaron todos, y me abrazaron e hicieron muchas fiestas, y yo de la propia manera a ellos, que fué lo mesmo que si catara cuatro diferentes vinos. Llegó la hora de cenar; vinieron a servir a la mesa unos grandes picaros, que los bravos llaman cañones. Sentámonos todos juntos a la mesa: aparecióse luego el alcaparrón, y con esto empezaron—por bienvenido—a beber a mi honra, que yo de ninguna manera, hasta que la vi beber, no entendí que tenía tanta. Vino pescado y carne, y todo con apetitos de sed. Estaba una artesa en el suelo toda llena de vino, y allí se echaba de bruces el que quería hacer la razón: contentóme la penadilla. A dos veces no hubo hombre que conociese al otro. Empezaron pláticas de guerra; menudeábanse los juramentos; murieron de brindis a brindis veinte o treinta sin confesión. Recetáronsele al asistente mil puñaladas: tratóse de la buena memoria de Domingo Tiznado y Gayón; derramóse vino en cantidad al alma de Escamilla. Los que las cogieron tristes lloraron tiernamente al malogrado Alonso Alvarez. Ya a mi compañero con estas cosas se le desconcertó el reloj de la cabeza, y dijo, algo ronco, tomando un pan con las dos manos y mirando a la luz: "Por ésta, que es la cara de Dios, y por aquella luz que salió por la boca del ángel, que si vucedes quieren, que esta noche hemos de dar al corchete que siguió al pobre Tuerto." Levantóse entre ellos alarido dis forme, y sacando las dagas, lo juraron, poniendo las manos cada uno en un borde de la artesa; y echándose sobre ella de hocicos, dijeron: "Así como bebemos este vino, hemos de beber la sangre a todo acechador." "¿Quién es este Alonso Alvarez—pregunté—, que tanto se ha sentido su muerte?" "Mancebo—dijo el uno—lidiador ahigadado, mozo de manos y buen compañero. Vamos; que me retientan los demonios." Con esto salimos de casa a montería de corchetes.

Yo, como iba entregado al vino, y había renunciado en su poder mis sentidos, no advertí al riesgo que me ponía. Llegamos a la calle de la Mar, donde encaró con nosotros la ronda. No bien la columbraron, cuando sacando las espadas, la embistieron. Yo hice lo mismo, y limpiamos dos cuerpos de corchetes de sus malas ánimas al primer encuentro. El alguacil puso la justicia en sus pies, apeló por la calle arriba dando voces; no lo pudimos seguir, por haber cargado delantero. Y al fin nos acogimos a la iglesia Mayor, donde nos amparamos del rigor de la justicia, y dormimos lo necesario para espumar el vino que hervía en los cascos. Y vueltos ya en nuestro acuerdo, me espantaba yo de ver que hubiese perdido la justicia dos corchetes y huído el alguacil de un racimo de uva, que entonces lo éramos nosotros. Pasábamoslo en la iglesia notablemente, súpome bien y mejor que todas esta vida, hasta morir. Estudié la jacarandina, y a pocos días era rabí de los otros rufianes. La justicia no se descuidaba de buscarnos; rondábanos la puerta; pero con todo, de media noche abajo rondábamos disfrazados.

Yo, que vi que duraba mucho este negocio, y más la fortuna en perseguirme—no de escarmentado, que no soy tan cuerdo, sino de cansado, como obstinado pecador—, determiné de pasarme a Indias a ver si mudando mundo y tierra mejoraría mi suerte. Y fuéme peor, pues nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar y no de vida y costumbres.

Illustration from La Novela Picaresca
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